He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

sábado, 21 de abril de 2018

Las mil caras del monstruo

Una vez desaparecida la editorial Bracket Cultura, que en 2012 publicó digitalmente la antología Las mil caras del monstruo, la editorial leonesa EOLAS y el GEIG (Grupo de Estudios de lo Insólito y perspectivas de Género) la vuelve a publicar, ahora en papel, corregida y aumentada, y de nuevo a cargo de los especialistas Ana Casas y David Roas. A los doce autores de la primera edición (Fernando Iwasaki, Santiago Eximeno, Manuel Moyano, Patricia Esteban Erlés, Ángel Olgoso, David Roas, Pablo Martín Sánchez, Raúl del Valle, Andrés Neuman, Ismael Martínez Biurrun, Félix J. Palma y Juan Jacinto Muñoz Rengel) se unen ahora cuatro autoras, Care Santos, Aixa de la Cruz, Marian Womack y María Zaragoza.

Os dejo con el inquietante pero sensual relato de Ángel, Flores atroces, procedente de su libro Los demonios del lugar.





FLORES ATROCES 


Mi hermano había regresado de Myanmar para una estancia de dos semanas con intención de presentarme -soy el único familiar vivo- a su esposa birmana, Ngapali. Después de cuatro años de separación íbamos a celebrar el reencuentro en un hotel cercano al aeropuerto, donde se hospedaban por unas horas debido a mi imposibilidad de recogerlos en el momento de la llegada. Mientras atravesaba el vestíbulo y subía las escaleras sentía ya ese efecto expansionador que suele manifestarse cuando alguien nuevo entra en la vida de uno y preveía, además, las reacciones que su aparición podría suscitar en mi carácter incisivo y algo fantasioso. 

Una vez en aquella estancia de aspecto acogedor, sorteé los bultos del equipaje y corrí a abrazar a mi hermano, el habitador de islas, el cruzador de mares, el ser exultante que tenía siempre, sin embargo, los cinco sentidos puestos en su negocio. Mi cuñada nativa, sonriendo con una salvaje e ilícita ternura, permaneció inmóvil, de pie, los brazos a la espalda, no muy lejos de la mesa preparada con tetera y tazas colmadas. Me acerqué y la besé en ambas mejillas, armado con una falsa seguridad. Aún iba envuelto en su perfume narcótico cuando me senté junto a mi hermano en el sofá de dos plazas. Desde mi posición podía fijar la vista indistintamente en cualquiera de los dos. De tal modo que mientras mi hermano se entregaba a un monólogo pletórico, casi colonial, acerca de las hechizadoras joyas naturales de su país de adopción, pude demorarme en el atento pero discreto estudio de Ngapali. Calzaba sandalias doradas, vestía una especie de sedosa falda entubada donde los colores se arracimaban en cada pliegue y rielaban con cada movimiento, y se cubría sin embutir los brazos con una amplia chaqueta occidental, azul oscuro, que le abultaba de forma un poco desproporcionada en la espalda. Más que sus ojos grandes y decididos, eran esos destellos que las porciones descubiertas de su piel lanzaban a lo largo y ancho de la habitación los que me miraban fijamente, esos destellos de sus labios prominentes, de su cabello oscuro y limpio, de su frente y pómulos amplios, facciones cobrizas que resplandecían como si estuvieran barnizadas por una capa de ríos caudalosos corriendo de noche hacia el mar, de deltas turbios, de luciérnagas, de frondas de palmeras, de campanillas y velas encendidas en miles de hornacinas. 


En algún momento, Ngapali se había sentado tras la mesa sin despojarse de la prenda que llevaba echada sobre los hombros. Parecía un hermosísimo mascarón de proa, pero no de una belleza inerte, sino vívida y palpitante, un mascarón de proa acostumbrado a que el mundo lo rodeara asintiendo ante su iridiscencia, a que los hombres se odiaran a sí mismos por no poseerlo. Su sonrisa contenía una genuina calidad natural, y llegué a creer que bastaban los arrobadores arqueos de sus cejas para comunicarme que se dolía de mi vida anodina. Por todo ello no tuve el menor reparo en dejar de lado una nimia cuestión subjetiva, la idoneidad de su unión sentimental con mi hermano. El, entretanto, hablaba atropelladamente, intentando despertar en mí la banal nostalgia de lo desconocido, hablaba de los ocho cabellos de Buda en la pagoda Shwedagon, de las bocas enrojecidas por el betel, de las telas de Mandalay, lacas de Bagan y otros artículos con los que comerciaba, del neblinoso reino “rakhaing”, dominador en su época de la bahía de Bengala, de los portugueses y samuráis cristianos que se contaban entre los mercenarios de su corte. 

Súbitamente, un esbozo de inquietud asomó como una exhalación a mi conciencia. No había reparado de inmediato en ese detalle insignificante. Algo me inducía a creer que la actividad de los brazos de Ngapali estaba cargada de un sentido oculto, de una inasible rarefacción: creo poder afirmar que nunca vi sus dos brazos al mismo tiempo. Si removió antes la cucharilla en la taza con la mano izquierda, extendió más tarde el brazo derecho para servirse otro té, manteniendo mientras tanto su contrario detrás del respaldo de la silla. La nimia circunstancia de que aquella mujer adorable como una abubilla de exótico plumaje moviera o hiciera oscilar sus brazos alternadamente, uno y después otro, al tiempo que ocultaba su pareja, comenzó a mortificarme. Sentía que debía acechar con cautela cada remota insinuación, cada órbita incierta que describieran sus extremidades. 



Ngapali, con el codo izquierdo sobre la mesa, había hecho reposar ahora en la mano su perfil, dibujado contra la luz que penetraba por el ventanal. Su cuello delgado se perdía bajo la chaqueta –que mantuvo puesta en todo momento pese a la eficacia de la calefacción- y convergía en una serie de protuberancias debidas, en rigor, a las hombreras, pero esos abullonamientos se mostraban evidentemente descolocados e incluso, quizá por la intervención de un temor condensado o de una ilusión óptica, parecían realinearse con cada nueva mirada. Al notar que demoraba sobre ella mi estado de extrañeza, que insistía en mi absurda vigilancia, tuve la sensación, subrepticia, dolorosa, de que Ngapali se volvía repentinamente vulnerable, de que su temperamento alegre y calmo se revertía en una cualidad poco propicia, casi hostil, y lo daba a entender a través de un estilizado pestañeo que llegaba desde muy atrás y desde muy lejos, al otro lado del ecuador. 

Mi hermano continuaba su monólogo deshilvanado donde cabían las aguas azul cobalto de Marauk-U y el curandero que ofrecía ungüentos y cráneos de mono, la vegetación paradisíaca de la Isla de las Perlas y los graznidos de los cuervos al atardecer en Yangon. Ensimismado, apenas lo escuchaba y, sin pensar, intercalaba a veces vagos comentarios. No podía evitar mirarla. Como insistía en conocer las verdaderas proporciones de las ideas y sentimientos, plenamente turbadores, que acometían mi cerebro, observaba unos instantes a Ngapali -regresando por así decirlo al lugar de un increíble y peligroso descubrimiento- pero a continuación mi mirada, incómoda, corría una y otra vez a perderse en la alfombra, en las molduras de las patas de la mesa, o acababa en el cenicero vacío. Cuando la insistencia se ha llevado al extremo, nuestra imaginación a menudo colorea de oscuros miasmas los pensamientos y es imposible enfrentarlos con serenidad de juicio. Llegué a alimentar el deseo de arrancarle la chaqueta azul, de obligarla a disipar cualquier indicio de tan siniestra sugestión. Mi corazón latía desacompasado bajo el saliente de aquella prenda, pugnaba por cobijarse en las sombras de aquel reverso, sentía el impulso de desaparecer allí y reaparecer con el secreto desnudo entre mis dedos, con la certeza llameante que restaurara o volatilizara definitivamente la fascinadora impresión que me produjo, quince minutos atrás, el asalto de lo diferente.



Apoyando la mano derecha en el borde de la mesa, Ngapali hacía girar con indolencia un platillo del servicio de té. Accesoriamente, la mirada de sus ojos color musgo caía en ángulo recto sobre el sofá tapizado con tela de crin y la figura sentada de mi hermano, el habitador de islas, el cruzador de mares, el ser exultante, elocuente, veleidoso, poco suspicaz, la clamorosa víctima, emparejado en un país extraño con una extraña desconocida, emparejado desatinadamente, por el envés. Pensé que si no cortaba de raíz esta aprensión, estas recelosas y alarmantes conjeturas, pronto sus brotes devorarían la debilitada planta de la verdad. Y era más que probable que con ello el equívoco comportamiento de las extremidades de Ngapali y el sinuoso espacio bajo su chaqueta tallarían, multiplicándolas de modo completamente demencial, las facetas de mi angustia, en cuyo prisma emponzoñado quizá los cristales revelasen una forma marchita o mutilada, una forma de medidas imprecisas pendiendo inacabada o fosilizada, con los contornos de un cardo largo y poblado de espinas, un atrofiado miembro rebullidor e insidioso que había que inmovilizar con ayuda de al menos otro brazo, un extremo palmípedo, desarticulado, unos grávidos racimos axilares, un enorme tallo podado, una aleación de cicatrices y vellosidades, un intrincado tocón de ligamentos, un muñón semejante a una lamprea cartilaginosa y baboseadora. 

Mi hermano, absorto en sus explicaciones, indiferente a la agitación de mi inmóvil y enrarecida búsqueda en este hemisferio, tildaba de prodigio la llanura de Bagán con sus dos mil templos y de impostura la creencia de que el elefante blanco traerá riqueza y prosperidad a Myanmar. De tiempo en tiempo, acompañaba sus comentarios con miradas aprobatorias que enviaba a su esposa, instintivamente confiado, como quien sabe que ésta nunca le hará daño, que nunca se abandonará por inadvertencia al poder embriagador de las panteras agazapadas y al ciego propósito de las plantas carnívoras. Y aunque ella, sentada al otro lado de la mesa, se limitaba a hacer repiquetear inocentemente las media lunas de cinco de sus uñas sobre el mantel vainilla, yo no conseguía desterrar de mi mente la sospecha -plausible, desbocada, espantosa- de que Ngapali pudiera tener más de dos brazos.


3 comentarios:

  1. Genial derroche de genialidad, solo capaz de un genio sumamente genial de la voz y palabra.
    Entre otros muchos me ha encantado el estilizado pestañeo de Ngapali llegado en los vientos del otro lado del ecuador.

    GENIAL..

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  2. Gracias por tus palabras, amiga, y por darle vidilla a este blog. Reconforta saber que estás tan atenta a cada una de nuestras entradas. Un abrazo.

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  3. ¿Sería Shiva? Qué manera más magistral de suscitar y alimentar la curiosidad, Ángel!

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