He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica.

(Marina Tapia)

miércoles, 26 de abril de 2017

Los caballos pensantes de Elberfeld


En estos ajetreados días de la Feria del Libro, os traigo un relato de Ángel que es una preciosa declaración de amor a los cuentos, al arte de narrar historias. Ojalá, junto con el audio del mismo grabado por Roberto Martínez Mancebo, hubiera podido acompañar esta entrada con el emocionante video en el que su querida amiga Giorgia Pordenoni -a la que va dedicado el relato- lo recita durante la presentación granadina de Breviario negro en la Biblioteca de Andalucía, pero por desgracia excede el tamaño permitido en el blog.

Victor Delhez



Erik Johansson


LOS CABALLOS PENSANTES 
DE ELBERFELD 


Me pidió un cuento y le conté la historia del gigante Pan Gu, que creó el mundo dividiendo el cielo y la tierra de un hachazo, y que tras aquel tajo descomunal permaneció entre ellos durante dieciocho mil años, empujando a la vez hacia arriba y hacia abajo en la tarea de mantenerlos separados. Esa noche la fiebre desapareció. 

Me pidió un cuento y le conté la historia del niño glotón que tras la papilla se comió el plato, tras la mesa se comió la casa, tras la ciudad se comió los terrones de azúcar moreno de las montañas, tras beberse los océanos se tragó de un bocado el panecillo del planeta con su copete de helado, tras la macedonia del Sistema Solar engulló la ensaimada de las galaxias y el tazón de leche con canela de las nebulosas, tras los cascabillos garrapiñados de los meteoros se zampó el almíbar ardiente de las estrellas, tras la materia oscura con su punto de picante rebañó los restos ya fríos del universo, pero ni todo ese glorioso festín bastó para saciarlo. Esa noche no quiso otro biberón. 

Me pidió un cuento y le conté la historia del viejo que trata de desprenderse de sus babuchas desgastadas, que harto de no conseguirlo porque alguien se las devuelve siempre, las arroja desde la azotea y golpea al emir de la provincia, que ordena su inmediata decapitación. Esa noche me sonrió como a un perro fiel tendido a su lado. 

Me pidió un cuento y le conté dos historias, la del caballero inglés que sufría de melancolía y se quejaba de los términos de su vida, al que un amigo, para escarmentarlo, lo introdujo durante cinco minutos en el ataúd que usaba para guardar sus licores en el comedor de su casa, de donde el taciturno caballero salió contento y renacido, y la del poeta que se creyó hecho de mantequilla, por lo que eludía cualquier fuente de calor temiendo derretirse, hasta que una mañana muy calurosa, asustado, se arrojó de cabeza a un pozo y murió ahogado. Es noche le dejé la lucecita encendida. 

Me pidió un cuento y le conté la historia de un posadero de Ática, un tal Procusto, que estiraba o cortaba las extremidades de sus huéspedes para que se ajustaran al tamaño de los lechos. Esa noche se mantuvo bien arropado. 

Me pidió un cuento y le conté la historia del rey que decretó que fueran sacrificadas todas las personas mayores de treinta años, para estar rodeado sólo de belleza y juventud, pero que al cumplir él mismo esa edad cambió la ley y ordenó que fueran ejecutados los menores de treinta, para estar rodeado sólo de gente sensata y experimentada. Esa noche durmió a cuerpo de rey. 

Me pidió un cuento y le conté la historia del indio coruba que, tras apuntar con una flecha hacia el avión que sobrevuela su poblado en el Amazonas, consigue derribarlo. Esa noche lloró añorando a su madre. 

Me pidió un cuento y le conté la historia de los cuatro caballos pensantes de Elberfeld que, antes de morir en la Primera Guerra Mundial, sabían leer marcando sobre el pupitre las letras del abecedario y, para resolver raíces cuadradas y problemas matemáticos, contaban las decenas con una pata y las unidades con la otra. Esa noche no tuvo pesadillas con el colegio. 

Un buen día, el tiempo que no transcurría ni hacia adelante ni hacia detrás al fin se decidió, y él creció y creció y, en razón a las circunstancias, ahora es él quien me lava y me viste, quien me peina y me arropa, quien me besa en la mejilla, y yo el que balbuceando, contemplándolo con aire de súplica y fervorosa gratitud, le pide un cuento, que me sorprenda cada noche con la fascinación que procura el asombro.

Erik Johansson


domingo, 23 de abril de 2017

Firmas en el Día del Libro

Muchas gracias a todos los amigos que os habéis acercado a la caseta del diario Ideal, porque para un autor es impagable el apoyo de los lectores, poder compartir su trabajo y cambiar impresiones. Os dejo con la portada del libro, la entrevista de hoy a Ángel en el periódico y fotos de varios momentos de la firma.




 Josefina Martos




Juan Chirveches


Flavio Sevilla

Firmando "Nocturnario"


 Con Ángeles Ocaña y su familia





Con Alberto





Dedicando el libro a María José y a Guillermina




Carmelo Amado


 Con el también autor de la antología Alfonso Salazar


 Con lectores de Guadix


lunes, 17 de abril de 2017

Feria del Libro de Granada

El próximo domingo 23, a las 12'00 h., Ángel Olgoso estará en la caseta de Ideal firmando ejemplares de GRANADA IMAGINARIA, volumen colectivo de relatos editado por el periódico. 
Es una inmejorable ocasión para que los lectores y amigos que aún tengan libros suyos pendientes de dedicatoria se acerquen por allí.



martes, 11 de abril de 2017

Fantasmas de las Cuatro Suertes


Ángel tuvo la deferencia de dedicarme este hermoso relato perteneciente a su libro Breviario negro, esta historia de amor más allá de la muerte donde se dan poéticamente la mano tres de sus pasiones, el Japón tradicional, el romanticismo oscuro y lo fantástico.





FANTASMAS DE LAS CUATRO SUERTES


En las afueras de Okitsu, en una casita cerca del lindero del bosque, antaño vivía apaciblemente un matrimonio: Tokubei, un buen hombre que trabajaba al servicio del daimyō, había conocido la dicha en la persona de Hanako, llena de probidad y de una belleza cautivadora. Aunque la esposa era estéril, él la adoraba porque encontraron, en la pasión que sentían el uno por el otro, el contrapeso a la falta de hijos. Nadie en el poblado le reprochaba su condición de mujer piedra. Los vecinos la sabían a un tiempo gentil y franca, laboriosa y risueña, y tan poco despilfarradora que podría convertir las hojas secas en monedas. Hanako llevaba la casa y el huerto, tejía sus prendas y visitaba el templo a menudo para ofrendar a la divinidad Daikoku. Parecía no cansarse jamás. Y todo lo hacía con el delicado paso flotante de las cortesanas durante el paseo.

Un día de otoño, alertados por la fama de buen gobierno de aquel hogar, llegaron a Okitsu dos ladrones sobre el pontón del río. Uno, entrado en años, tenía un lobanillo en la mejilla y el otro era un muchacho enjuto y desdentado. Ambos deseaban mejorar la escasa fortuna de su vida crapulosa. En el hatillo no guardaban más que un tarro de fuerte bebida de batata y sendos puñales bajo los fajines mugrientos. Se escondieron en el bosque antes de ponerse el sol y esperaron hasta la Hora de la Rata, pasada la medianoche, para encaminarse a la vivienda. Tokubei se encontraba acompañando a su amo, el señor de Horikawa, en su viaje a la capital. Después de penetrar con sigilo a través de la pantalla de una ventana, los dos ladrones se abrieron camino y acecharon por la rendija del tabique corredizo del dormitorio. Al resplandor de la luna que cintilaba sobre la pequeña forma yaciente de Hanako, descubrieron su buena suerte, despertaron a la mujer y encendieron un farolillo de papel. Decididos a acometer el que sería su mejor robo, rebuscaron con ojos ávidos en todos los rincones, en las gavetas del viejo armario y los morteros de arroz, las esteras y la campana de arcilla, el pebetero y los cañizos. Como no apareció ni una moneda tras aquel ventarrón que dejó los aposentos en gran desorden, amenazaron a la mujer y la golpearon con crueldad. Orgullosa, ésta ahogó los gritos y reprimió el temblor, custodiando bajo llave en su pecho el lugar donde escondía las veinte monedas de cobre que representaban toda la hacienda del matrimonio. Ante tal desdén, el bandido del lobanillo sucumbió a la ira, sacó el puñal y le dio un hondo tajo a la mujer. Asustados por su propia acción, los dos ladrones arrojaron el cadáver de Hanako en el pozo del huerto, al que cayó como un pétalo blanco manchado de sangre, y huyeron de aquella casa con las manos vacías y la cara roja de rabia.


A su regreso, horrorizado, Tokubei creyó oír unos gemidos débiles pero desgarradores que salían del pozo. Logró izarla de la fría oscuridad y, desde ese momento, al menos en su mente, dedicó cada hora a prodigarle cuidados hasta que su esposa se restableció por completo. La tragedia vivida por Hanako, y su entereza, daban todavía más sentido a la veneración que Tokubei le profesaba. Únicamente deseaba abrazar día y noche a aquel ser sublime, llevarlo prendido a su vestimenta como un gallardete, un recordatorio del amor que nunca se acaba.

Transcurrió un año y medio. El ladrón más viejo había muerto en otra pendencia, a la puerta de un albergue de Asamimura, y el muchacho, desharrapado y famélico tras tantos tumbos, dio en pasar de nuevo por Okitsu. Cuando buscaba alivio al insoportable calor de los primeros días del verano, sus pies descalzos lo guiaron primero al bosque y luego a la vivienda que en el pasado intentó robar en vano. Estaba anocheciendo. El joven, sediento, apenas permaneció emboscado: en la casa, que mostraba el desaliño inconfundible del abandono, no se escuchaba ruido alguno y él, con despreocupación y ganas, bebió de una vasija que colgaba junto a la entrada. Para sorpresa suya, en el fondo de la vasija, como un poso brillante o unos fuegos fatuos atrapados en el agua, halló envueltas las veinte monedas de cobre. Atónito ante la inesperada suerte y creyendo el hogar vacío, el ladrón, avivado ahora por un fiero deseo de rapiña, accedió al interior a través del estrecho vano de la ventana que él mismo hendió la otra vez. Sin embargo, pronto advirtió una mortecina claridad en la estancia más alejada. Volvió a asomarse por la rendija del tabique corredizo. Como en las historias de aparecidos que tantas veces escuchó en las montañas de Niigata, la sangre se le heló en las venas y su semblante palideció: a la luz espectral de un farolillo de caña, contempló al matrimonio abrazado en el lecho. Tokubei, sin casaquilla alguna, demacrado, acunaba tiernamente el esqueleto de Hanako. Los huesos amarillentos de sus costillas, brazos y manos, las colgantes adherencias de su carne seca, las encías negras, los mechones de su cabello ralo y marchito, nada de eso parecía importunar a Tokubei, atado como estaba aún a Hanako por las sólidas cadenas del apego. Lo último que vio el muchacho fue a Tokubei susurrándole al cráneo de su esposa, besando su calavera con la dulcísima suavidad de los amantes que se cobijan inconsolables en sus eternidades. Aterrado por aquella horripilante escena, el ladrón abandonó la casa, dejó atrás el hatillo e incluso las monedas, corrió despavorido, como si se hubiera tropezado con un zorro duende, hasta internarse en el bosque y sentir el silbar de un extraño viento en los bambúes.


viernes, 7 de abril de 2017

Reseña de Los demonios del lugar

Alfred Kubin



En mi opinión, la que sigue (publicada en "Las lecturas de JB" del portal abandomoviez) quizá sea una de las mejores reseñas que se han escrito sobre este libro fundamental en su obra y, por extensión, acerca de Ángel Olgoso. Y lo es porque se centra sobre todo en esa vibración estética que posee la auténtica literatura. Aún recuerdo el impacto que me produjo la lectura, en una sola noche, de Los demonios del lugar, lo inquietante y con frecuencia sobrecogedor de sus historias, así como su riqueza estilística.



M. C. Escher




Los Demonios del Lugar 
por Javier Bocadulce

Decir que a Olgoso le define su prosa poderosa es menguar su elitista frondosidad. No es prosa, no es poesía, ni siquiera es una mezcla de ambas. Es algo nuevo, sin consolidar, porque es de una magnificencia tal que duele pretender su clasificación.

Se puede -se debe- leer bebiéndose casi literalmente todo su significado; pero es que su sonoridad es tan rotunda, tan plástica su laboriosidad, tan concienzuda y, a la vez, atractiva su puesta en acción, que uno puede prescindir, si lo desea, de tratar de atrapar su contenido. Es fácil emborracharse de goce literario en plan culterano con su prosa, con esta oda a la perfección, este magnífico ejercicio de estilo que mantiene absorta la atención del lector. Podríamos considerar a Olgoso, sin miedo a error, como la única persona que podría vivir del cuento, de forma honrada. Literalmente.


Es curioso que, aunque para muchos su estilo puede ser recargado, en cambio no sobrecarga. Es fluido y barroco a la vez. Es un logro casi mágico. Evidentemente, este escritor tiene un don. Hasta dónde lo puede explotar, dependerá de muchas circunstancias. Tiene en contra su ocupación como hacedor de relatos cortos. Esa brevedad se paga mal en nuestro país. Pero, en el caso que nos ocupa, es una brevedad cargada de sustancia. Subsiste en nuestro país, desde hace mucho tiempo, el prejuicio de creer que un relato corto, fuere su temática la que fuere, está abocado a desentonar en el panorama literario. Es fácil entender que muchos piensen "bah, ¿qué mérito puede tener escribir tres o cuatro folios?". Ahí radica el enorme problema. Pero es una cuestión que se muerde la cola. Si planteáramos a ese descreído que demostrase la fatuidad del relato breve construyendo uno, probablemente, aunque atesorara cierto talento para escribir, su propio desprecio por el género implicaría un proyecto sin futuro. De hecho, siempre ha habido personas que dicen mucho sin necesitar grandes parrafadas; y a quienes poco aprovecha hablar demasiado, pues no cuentan nada. Pero, también los hay que aman tanto el idioma que, aun necesitando poco espacio para engatillar una buena historia, prefieren crear un armazón de belleza que parece no tener fin, y nos dejan embelesados. De ese tipo de escritores es Olgoso.


Sus relatos son de una elocuencia casi erótica, como una trampa electrificada que va radiografiando el cadáver de nuestras limitaciones y las pone a prueba, lo redime y resucita, y le da una nueva forma, lo transforma en un coloso diseñado con palabras que retumban y se agrupan espeluznadas ante su talento avasallador, puestas en fila desesperadas ante su genio creativo, dispuestas a obedecerle en todo momento, a dejar de ser carcasas para alimentar su voracidad de significados.


Pareciera egoísmo que desee todas las palabras para él, y causaría celos que todas las palabras le buscaran para arrinconarse junto a su pluma, pero no; Olgoso nos hace partícipes, nos brinda esa brillante ocasión. Que la duda y el temblor ante tamaña grandiosidad no nos aflija. Dejémonos sumergir o atrapar o sugestionar o hipnotizar o rendir o eclosionar por ellos... Es un regalo de brillantez.


En sus relatos da voz al ser que se transforma y se siente un nuevo Kafka; nos habla del horror del hombre de las cavernas cuando siente que la evolución mueve macabramente su sangre; testifica que el absurdo mueve el mundo hasta el punto de que los vivos deben demostrar que lo están; es de apreciar el acierto increíble en la elección de la última palabra en relatos como el del zorrito acosado, abrumado en una cacería "eterna", en un apunte macabro de primer nivel; o el terror de no conocerse uno mismo ante el espejo, en una historia en la que el reflejo nos habla de lo que no deseamos conocer de nosotros mismos. Dotado, más que para el terror, para la narración contundente, en Lamedores de cielo, evoca el reconocimiento sobrenatural de la pérdida, recuperada en otra forma de vida. El terror tiene tantas formas... como el pánico a la felicidad y sus consecuencias, en Los simunes del deseo. Olgoso es capaz de mezclar lo sensible y delicado con lo horroroso sin solución de continuidad, por ejemplo, en Arponeando sueños. Pasa de un lado al otro, de la realidad a la ficción y viceversa, como si su capacidad verbal fuera un puente que concede realidad a lo inestable. Olgoso es, pues, una mala bestia de esto de la escritura; es fácil envidiar su insultante facilidad para animar lo que no contiene vida; para dar voz a una postal y a sus intrigantes personajes, que se revuelven inquietos en su paradójica quietud, planteándose su propia realidad, y aterrados ante la posible evidencia. Así es en El borde de la luz. En Naglfar se exprime una oda a lo despreciable apreciado, una parodia del terror que subyace en la manía de cualquier coleccionismo, en tanto nunca se acaba con una pasión desmesurada hecha de imposibilidad satisfactoria: una ansiedad que genera placer, y un placer que genera ansiedad, en este caso con un fondo de materia vil, deleznable y causante de desagrado.


No se trata simplemente de que Olgoso escriba bien, ni de que sus textos lleguen más o menos. Sencillamente, Olgoso parece un diccionario humano, andante, el que halla la expresión justa, aun rebuscada, y más propicia en el momento que describe; tarea que se hace ardua como lectura a la vez que anhelante, porque nos muestra nuestras posibles carencias como devoradores de libros; pero que nos entrena como un manual del perfecto lector para futuras empresas. Es la fácil combinación continuada de las palabras que, conozcamos o no, resulta fácil recordar para cada momento, si nos dispusiéramos a utilizarlas en el caso de que nos aventuráramos a emular a Olgoso... pues si decidiéramos que la perfección no existe, estos relatos nos apuntarían con su fría y mortífera piel directamente a la sien para rebatirlo.


La adjetivación, la retórica, forman un campo fecundísimo donde apenas se repiten las asignaciones. A la vez que se intuye un arduo trabajo, da la impresión de que su fluidez es tan natural que no le cuesta esfuerzo alguno deleitarnos. Lectura imprescindible para adoradores mayúsculos del idioma, que puedan echar de menos a Aldecoa y su prosa perfecta, aquél que, no me cabe duda alguna, de seguir viviendo hoy en día, alabaría tal lectura reposada y disfrutable a cada paso, con la sensación de que el autor ha ido colocando su monolito de adoración y respeto al lenguaje, honrándole con su escultura, palabra tras palabra.


Olgoso es un prosista de la corta distancia con unos ribetes poéticos tan magnéticos que merece la pena leerle más reposadamente de lo que el ansia devoradora, que inspiran sus sugerentes jugos literarios, desearía; se hace imprescindible refrenar la energía del entusiasmo para paladear la prosa magnífica que destila en sus relatos breves este autor, que resucita un género tan injustamente menospreciado y denostado, al que ubica con sus geniales aportaciones, en el lugar que le corresponde, considerando la dificultad que entraña plasmar en tan poco espacio todo un orbe de sensaciones. Ha reescrito el miedo, le ha dado un sinfín de identidades dentro de los pequeños significantes cargados como mulas con significados acurrucados, hacinados en escasas líneas. Se hace difícil creer que, tras tal profusión de vocablos por metro cuadrado, no haya uno solo que no sirva más que de espectro para meter bulto, pero es que al conocimiento se une ese desparpajo que parece confundirse con algo sencillo para él; mas tiene que haber mucho trabajo detrás, de febril pulido y abrillantado textual, cargado de consistencia. Cada frase es tan meticulosa que cabe pensar que sus textos sean para Olgoso como pequeños mundos creados por un dios amoroso, un minúsculo pero valioso regalo de reyes para adultos que siempre serán niños dispuestos a dejarse sorprender por semejantes joyas.

Victor Delhez

lunes, 3 de abril de 2017

El asedio


Os dejo otro impactante relato de Ángel, acompañado de nuevo por la lectura de Roberto Martínez Mancebo, esta vez con efectos sonoros.





EL ASEDIO

A Alberto Granados

Los encargados de la defensa organizan la guardia nocturna entrando en cada casa, las rondas inspeccionan el estado de cepos y víveres, los centinelas vigilan cercados, gateras y barricadas. Son protocolos de una población sitiada.

Ya no hay autoridades ni llegan noticias del resto del mundo. Nadie sabe dar indicación alguna del origen de los hechos, a qué circunstancia atribuir tal sublevación, tal azar incomprensible, tal hecatombe. Desde hace meses, en esta pequeña ciudad en lo alto de un alcor, nos acucia el pánico, la sed, el hambre. Mientras, ellos ventean con sus hocicos nuestra amedrentada debilidad.

Los ladridos, los aullidos, alcanzan el punto máximo por la noche. Resuenan rabiosos en los anchos espacios de la paramera, presagio de un nuevo asalto. Es preciso taponarse los oídos con brío y habilidad para atenuar aquel ruido implacable, enloquecedor. Es preciso hacer de la ciudad un escudo, una cobija bien protegida, una estratagema plural. Insomnes ellos y nosotros.

Antes de este tiempo invernizo, en que los días empiezan invariablemente con una niebla que lo ocupa todo, uno de los centinelas gritaba la alerta y los veíamos ahí, en manadas erráticas y desafiadoras, a unos metros de las últimas casas, flacos, la mirada vidriosa y afiebrada, las lenguas fuera, espumeantes, las orejas tiesas de codicia, mostrando los colmillos con fiereza, copulando entre rugidos, comiendo el cadáver de cualquiera que intentara huir a la desesperada a través de los páramos, reuniendo montañas de huesos repelados frente a nuestros parapetos, como un reclamo o un mensaje largamente esperado.

Los recibíamos con piedras y palos, con escopetas de caza. Ahora los cartuchos escasean.

Fuera lo que fuera, esta desviación del orden natural ha demostrado falaz la intimación de miles de años entre nuestras especies. Ahora los perros son más que eso. Han escapado a su ciega servidumbre, han roto el pacto de fidelidad. Se tensan, nos amenazan, se ensañan, nos devoran, se disputan nuestros cuerpos despedazados, imprudente pitanza de carroñeros. Se multiplican en las parideras del yermo.

Hemos olvidado las risas de las mujeres y el feliz griterío de los niños. Siempre ojo avizor, hemos olvidado los sueños y las dichas de la rutina, ya irrecobrable. Las hogueras han de lucir toda la noche. Los armadijos, las trampas para alimañas, se hacen y rehacen en un ir y venir angustioso.

Antes de que llegaran los días de niebla, antes de que persistieran en salvar las trincheras para caer sobre nosotros con desconocida ferocidad, durante los primeros ataques los veíamos ahí, imitando las sombras del terreno con el hopo entre las patas. Al arrastrarse, al levantarse y avanzar, distinguíamos perros de todas las razas, diminutos o formidables, ovejeros o de caza, de compañía o de trineo, callejeros o con pedigrí, de pelaje cuidado, raído o tiñoso, pero preparados todos para hostigar, desgarrar, desventrar.

A la pestilencia de calles y guaridas, y de nuestro propio miedo, se une el hedor penetrante de los cercadores, que levantan a su alrededor fétidas colgaduras con el vaho de sus alientos, de sus efluvios seminales, de la grasa de su pelambre, de las vísceras y putrefacción de sus víctimas.

Ahora, en el silencio de la noche, se avivan una vez más los ladridos, reverberan los aullidos sobre la landa ingrata que rodea esta pequeña ciudad condenada. Es un eco perenne, invasor, insoportable. Un diálogo ininterrupido, como la repetición creciente de órdenes que recorren las filas de un ejército sin disciplina, precediendo a una ofensiva temeraria.

Victor Delhez