He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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martes, 24 de marzo de 2026

Relato en la antología "Nocaut" de la Asociación Mucho Cuento

Un placer participar en “Nocaut”, la antología de relatos con que la Asociación Cultural Mucho Cuento -nacida en Córdoba en 2006- celebra este año su 20 aniversario. Con prólogo de José María Merino, la antología (que se presentó ayer en la Biblioteca Grupo Cántico) está formada por 50 microrrelatos, inéditos en mayoría, de autores relevantes en el género breve, junto a integrantes de los talleres que organiza la asociación. Participo con el texto inédito “El águila de lo inmediato”. 
La finalidad de esta asociación imprescindible en el tejido cultural cordobés y andaluz (con la que he colaborado en numerosas ocasiones en el pasado) siempre ha sido fomentar la lectura y la creación del cuento literario, construyéndose sobre cuatro pilares básicos: la publicación de microrrelatos, relatos cortos y obras didácticas (hasta ahora 22 títulos); la impartición de talleres de escritura creativa; la organización y funcionamiento de un club de lectura centrado exclusivamente en el cuento, y un complejo entramado de actividades de difusión del cuento, como lecturas de los propios autores, conmemoraciones de escritores destacados o presentaciones de libros. 
¡Enhorabuena a Mucho Cuento, y a por otros veinte años manteniendo encendida la llama del relato!




jueves, 20 de octubre de 2022

Discurso de recepción del Premio Andalucía de la Crítica por "Devoraluces"

“Muchísimas gracias a todos por vuestra presencia, al Patronato de La Alhambra, al jurado de la Asociación de Escritores y Críticos Literarios con su presidenta Remedios Sánchez al frente, y a Francisco Morales Lomas por la generosidad de su glosa. Me disculpo por tener que leer: muchos ya sabéis que me horroriza improvisar y, como me temo que me ha tocado el papel de paladín del relato, voy directamente al grano.

El cuento no es una poda ni una suma de poquedades, sino un arte mayor en un formato menor. Nada hay comparable al placer, la emoción, la intimidad que procura el regalo más valioso: el érase una vez, la dulcísima miel de las historias -que nos ayudan a afrontar los desafíos de la vida-, la delicada urdimbre del lenguaje, el sagrado fuego de la palabra, el aura de los cuentos desovillados primorosa y fascinadoramente, esas crisálidas que se abren al contacto con el lector, esas piedras pulidas por la concisión y la intensidad y que nimban de interés al género. Aunque Kant afirmara que lo posible no se convierte en real al nombrarlo, tengo la firme convicción de que la imaginación es omnipotente y puede sostener la realidad, puede conmover, seducir o inquietar, dar cuenta del mundo y conferirle un sentido. Y es que el artista da comida de lo que no existe para que la gente se alimente.

Premios como éste ayudan a visibilizar un género casi invisible pero ancestral y de fulgor palpitante, capaz de abarcar tanto el arcano más hondo de las más sencillas y minúsculas cosas como las mayores complejidades cósmicas, a sacarlo del circuito de menosprecio y malentendidos, a que todos los lectores dejen de ver a los autores de cuentos como gente empeñada en llevar el traje dos o tres tallas más pequeñas. Y, en lo personal, con unas gotas de orgullo, unos litros de vergüenza y un quintal de alegría, agradezco de corazón a la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios que haya vuelto a reparar en mi obra. Este es un momento muy especial de mi trayectoria creativa (no sé si un cambio de rasante o una encrucijada) y me siento muy honrado de que hayan distinguido los castillos verbales de Devoraluces -cuyo verdadero Big Bang es Marina Tapia-, aunque lo recibo sobre todo como un estimulante colofón a una labor larga, sostenida y solitaria de más de cuatro décadas de cultivo ininterrumpido del relato; un trabajo de disciplina casi prusiana que mi hermano Miguel A. Zapata, felizmente aquí presente, sintetizó de manera preciosa hace muchos años como “una nave cargada de estrellas y calaveras”.

Devoraluces es un viaje y un homenaje a las fuentes primigenias del cuento (Homero, Las mil y una noches, El Quijote...), una despedida de la ficción como heredero agradecido y, al mismo tiempo, una puerta entreabierta al futuro, simbolizada en el último texto del libro.

En situaciones tan gratas como ésta (más grata aún por desarrollarse bajo la sombra asombrada de nuestra Granada), es inevitable evocar las palabras de Juan Rulfo al recoger el Premio Nacional en 1970, rogando que no se le guardara ningún resentimiento: “Si estamos aquí, pobres de nosotros, tal vez se deba a que tenemos algunas virtudes que ni nosotros mismos conocemos”.

En cualquier caso, la miopía te hace individualista a la fuerza: te ves perfectamente a ti y ves borrosos a los demás. Quizá por eso uno sabe cómo se siente: un poco como un loco de los cuentos, como un iluso que intentara avistar esos milagros que hay a mares sin que nos demos cuenta, como un técnico de I+D que ensayara una astronomía de formatos imaginativos, excursiones al abismo, vertiginosos bucles, caprichos del sueño o visiones perturbadoras. Como digo, esta encomiable y rigurosa iniciativa de la Asociación favorece una literatura orientada a la excelencia, propicia la existencia de una punta de ariete que abra paso literario al futuro, de un puñado de autores exigentes (como los que hoy nos acompañan), de argonautas en busca de lo nuevo para los que escribir sea un fin y no un medio, capaces de potenciar tentativas arriesgadas de forma y pensamiento, de encender las palabras, de producir una sacudida medular en el lector, de adentrarse en el país desconocido de la conciencia, de dejar una estela de emoción, de ofrecer el hechizo del arte y, además, una verdad que inspire o ilumine, como ocurre con los clásicos.

Somos seres efímeros y, por ello, siempre buscaremos la embriaguez y la revelación de una historia eterna, siempre anhelaremos un buen arranque para un cuento embelesador, para un cuento mágico, para un cuento extraordinario, para un cuento como promesa de misterio, para un cuento sin fin. Muchas gracias”.

Ángel Olgoso







viernes, 24 de junio de 2022

"Pistas para descubrir si es usted un personaje de un cuento de Ángel Olgoso"

Ángel Olgoso y Carlos de la Fé


PISTAS PARA DESCUBRIR SI ES USTED UN PERSONAJE DE UN CUENTO DE ÁNGEL OLGOSO


Carlos de la Fé


Si se está preguntando si es usted un personaje de un cuento de Ángel Olgoso, mentiría si le dijera que es la primera vez que me hacen llegar a mi consulta esa inquietud. También si le dijera que es la segunda, la tercera o la enésima y, además, en mi estado, mentir es una virtud que no se me está permitida.

Hay incluso quien me ha amenazado para que le revelara cómo ser un personaje de Ángel Olgoso, pero esa es otra historia. No estoy sugiriendo que no lo sepa, solo que este no es el lugar. No estoy sugiriendo que no lo sepa, solo que este no es el momento.

Sin embargo, sí estoy en disposición de darle —a usted y a quien los necesite— algunos consejos, llámelos pistas si se empeña, para descubrir si es usted un personaje de Ángel Olgoso.

Déjeme advertirle, de entrada, que si usted se ha hecho alguna vez esa pregunta, la respuesta es evidente. Lo que yo me pregunto es cuándo empezó a dudarlo.

La recomendación más incontrovertible y, por lo tanto, la que se puede tropezar en cualquier suplemento literario, es que lea toda la obra olgosiana y que se busque. Mi experiencia me confirma que cualquier recensión, cualquier estudio o aproximación al universo olgosiano (perdón por el lugar común, por la manida frase de revista de letras) fracasará por no poder abarcar tanto. En este caso, además, porque se produce una cruel paradoja: si, finalmente, es usted un personaje de Ángel Olgoso, no podrá —no se lo podrá creer— reconocerse, y pensará entonces que no lo es.

La sugerencia más fácil —llámela, si quiere, aviso— es que se cuente el número de patas. Más de dos, la respuesta es sí. Menos de dos, también. Todas o ninguna, ídem. Con el número de cabezas, ojos y demás adminículos la respuesta es la misma. Llevo la cuenta.

Pero, reconózcamelo, si alguna vez se ha preguntado si es usted un personaje de un cuento de Ángel Olgoso, estará conmigo en que esa no es su principal inquietud. Lo que usted —como yo— realmente quiere —necesita; necesito— saber es en qué cuento aparece.

Déjeme compartirle las dos únicas certezas que sé a ciencia cierta (y créame que la palabra ciencia aquí está escogida con toda la —mala— intención): 

Primera: No es en este cuento.

Segunda: Ángel Olgoso no existe.


miércoles, 26 de abril de 2017

Los caballos pensantes de Elberfeld


En estos ajetreados días de la Feria del Libro, os traigo un relato de Ángel que es una preciosa declaración de amor a los cuentos, al arte de narrar historias. Ojalá, junto con el audio del mismo grabado por Roberto Martínez Mancebo, hubiera podido acompañar esta entrada con el emocionante video en el que su querida amiga Giorgia Pordenoni -a la que va dedicado el relato- lo recita durante la presentación granadina de Breviario negro en la Biblioteca de Andalucía, pero por desgracia excede el tamaño permitido en el blog.

domingo, 5 de febrero de 2017

El confeti de nuestras cenizas

Narrativa Breve, estupendo blog literario, reproduce en su sección "Cuento breve recomendado" el vertiginoso relato 
El confeti de nuestras cenizas:

"Un bastón de enebro es el objeto que en mano de distintos personajes une estas nueve pequeñas historias acaecidas en tiempos históricos distintos, desde la prehistoria hasta la actualidad. La única separación de cada historia es el punto y seguido para así, englobadas en un todo completo por medio del objeto antedicho, dirigirlas hasta el final, a su conversión en huesos o mejor en “el confeti de nuestras cenizas”.                                                                                                                                                                   Miguel Díez R.




EL CONFETI DE NUESTRAS CENIZAS

(cuento)

Ángel Olgoso (España, 1961)


En lo alto de la ladera, entre el bosquecillo donde rebuscaba bayas y piñones y desde donde se avistaban huidizas manadas de uros patilargos y rinocerontes lanudos, el anciano encontró aquella rama de enebro desgajada por un rayo; regresó con ella al abrigo de la angosta boca de la cueva, se sentó en torno al fuego junto a las mujeres y las pieles sin preparar, dobló trabajosamente sus piernas deformes y, valiéndose de una piedra cortante y de una punta de hueso descamado, tajó, desbastó la rama, la limpió de resina, alisó sus nudos hasta convertirla en una vara tosca, en una especie de bastón recto y sólido con el puño sin rematar que alzó, contento como un niño, ante los hombres que regresaban de la cacería. El capataz se apresuró a guardarse el bastón de enebro bajo el brazo izquierdo, con el derecho solicitó un flagelo para apartar a los esclavos, y al hacerlo chasquear airado golpeó el saco de semillas con el que cargaba uno de ellos, derribándolo: había visto venir hacia él sobre la tierra ardiente el séquito del sacerdote, con la silueta de la inacabada pirámide a su espalda, vistiendo esa túnica de pájaros y jeroglíficos propia de la consagración a Tot de la momia de un ibis. Tras hacer la última libación, el tutor se despidió de su anfitrión, se calzó las sandalias y, apoyándose en el viejo bastón de enebro que no podía usar como distintivo de dignidad, cruzó bajo las columnas del peristilo y siguió el pavimento de mosaico hasta salir por el atrio en dirección a la plaza donde vivía su pupila, a la que cortejaba en secreto como a un ídolo; sobre la última grada del templo, los arúspices examinaban las entrañas buscando señales favorables e interpretaban la voluntad divina, el fuego de las lamparillas despedía un mareante perfume de mirra e iluminaba ya las estatuas en sus nichos abiertos, mientras el tutor se abría paso entre literas y ciudadanos que llevaban guirnaldas votivas o compraban amuletos, que hablaban del copero ahogado en las termas, de la incorrupta gloria del macedonio o de los alaridos de los condenados a las fieras en la arena del circo. El ennegrecido cadáver, cubierta la piel con bubones e inflamado el vientre como un odre, se pudría en el camino junto a un hito de piedra marcado con una cruz; al pasar, el niño, que viajaba solo, con unas calzas harapientas y una calabaza medio vacía en la cintura, no se atrevió a hurtarle al difunto los borceguíes pero recogió de su lado aquel bastón repulido y lo examinó como haría con una moneda de medio florín: se figuró un pastor, un templado arriero de bestias, un ufano tratante de lino, se imaginó dueño de un jubón de terciopelo, de una jauría de lebreles, de heredades sin cuento, y echó a andar feliz por la suave cuesta haciendo molinetes con el bastón mientras aprendía a silbar, descansando a las horas del rocío, de día en procura de un faisán que colgara de alguna ventana o de un trago de leche ordeñada a hurtadillas, pareciéndole que el sonido de los carros de los muertos y de las tablillas de San Lorenzo daba paso a las trompas de caza y al zumbido de las abejas, que al hedor de las fosas abiertas le sobrevenía el aroma de la mies sin recoger tendida en las eras y el de la hierba color de esmeralda engalanada por el sol, que su cuerpo desmedrado y sediento ya no necesitaba el socorro de una umbría catedral o de las murallas de ese castillo cuyos pendones, a lo lejos, temblaban de purpura y oro. Cuando llegó al patio de armas del fuerte, y después que se hubo recobrado con dos cazos de agua y una escudilla de gallina, el escribano de la expedición contó a todos sin menoscabo de detalles las mañas crueles de la lucha, el considerable espanto que allí vio, cómo pudo ocultarse tras el cuerpo asaeteado del capitán, pues no era de mucho bravear, cómo quedó untado de sangre y regresó sustentándose en el bastón de enebro que se trajo a las Indias, cómo los feroces caribes, que andaban en vivas carnes, pintados de muchas maneras y tocados con plumas de papagayo, los flecharon y diezmaron, y tomaron cautivos a los soldados que padecían algún daño, menos al escribano dado por muerto: de nada sirvieron los ladridos de los perros y los relinchos de los caballos, el brillo de las corazas y los truenos de los arcabuces, las siete jornadas con gran hambre por ríos caudales, las cincuenta leguas y más por caminos asperísimos llenos de maleza de palmas y raíces, aparejando cómo alcanzar ese lugar que decían abundante en oro y joyuelas, en toda clase de frutas y bastimento, en arboles de los que hacían bálsamos y en yerbas cuyo humo admirable sacaba de seso y procuraba remedios y mercedes. Luego de fumarse una lenta pipa tras los vidrios de la taberna, el viejo caballero, que se solazaba al mismo tiempo en una emulación vanidosa de sus recuerdos, de cuando fue soldado en batallas de alcoba y podía mantener un carruaje propio, cuando lo cubrían una chaqueta de lustrina y unas rellenas medias blancas, unas botas con vueltas amarillas y un sombrero con divisas, cuando compraba a diario seis peniques de pasteles “Damas de honor”, cuando jugaba al whist rodeado por cortinas de legitima cretona y tenía una fe genuina en el Imperio y en la suerte, salió al oscuro callejón de una yarda de ancho, la nariz colorada, cocido en ginebra y cerveza de jengibre, tambaleándose con la sucia casaca bajo la enseña del Jabalí Azul y las ventanas devoradas por el hollín, entre sacos de yute y escaleras mugrientas, entre chiquillos andrajosos que en ocasiones vendían carbón al menudeo y que ahora se burlaban de él, le daban patadas y forcejeaban para arrebatarle su única posesión de valor, ese lustroso bastón que el viejo caballero se resistía a empeñar, un vestigio de sus negocios americanos, un blasón, un poderoso asidero que veía alejarse desde su posición en el suelo enfangado mientras, a través de sombríos pasajes y zaguanes, se acercaba la lejana tonada de un organillo de manubrio. Amoratado por el frío, se incorporó al fin el teniente después de una cabezada en el húmedo catre del puesto de mando, avanzó por la estrecha trinchera de altas paredes rematadas con sacos terreros y, como una institutriz que vigilara a los infantes en un parque, pasó revista a sus hombres de la quinta del 15 repartiendo órdenes a la vez que se golpeaba las polainas, como solía, con el bastón perteneciente a aquel abuelo que logró huir de la miseria de East End; habían resistido la primera ofensiva, y aunque el enemigo descargó sobre ellos una tormenta de fuego y acero, abrió brechas en los flancos y sepultó viva toda una sección con la tierra de un obús, el sector estaba en calma, ya no se oían los clamores del cañoneo incesante ni los gemebundos gritos de dolor, se cambiaban los apósitos a los heridos, se enterraban los cadáveres ametrallados, panzudos, reventados, tumefactos, se limpiaban de barro las palas y las bayonetas, los puntos de mira y las máscaras antigás, se rezaba por los placeres que iban a malograrse, se procedía al espulgo de las cabezas y a la reparación del enredijo de las alambradas. Justo en medio de ellas, y al lado de las vías del tren que morían allí mismo, se abría un camino ancho por el que marchaban despacio multitudes de recién llegados antes de acceder a la rampa; cientos, miles de personas que habían abandonado los vagones azuzadas con brutalidad por los perros y los látigos y las furiosas voces, cargaban ahora con niños de pecho, con bultos de ropa y maletitas; aquel lugar desconocido no era una estación y toda la aterrorizada comitiva se detuvo ante tres puntos negros y uno blanco: un sanitario y tres soldados de rostros anodinos y bien alimentados, de pie, hablaban entre ellos con sonrisas furtivas para estimular el deber y sobreponerse al acre olor y al aburrimiento de una nueva jornada de trabajo rutinario; se volvieron, en el borde de la rampa, hacia la silenciosa muchedumbre y uno de los soldados, con gorra de oficial y un bastón de enebro en la mano derecha, comenzó a levantarlo de forma veloz y despreciativa y, señalando a cada cual, indicaba un lado u otro, separaba a los hombres a la derecha y a las mujeres a la izquierda, seleccionaba después entre las apretadas filas, con un leve pero firme movimiento del bastón, a los débiles, a los ancianos, a los enfermos. El doctor, sintiéndose culpable por tantos años de desapego, decidió que esta vez complacería a su esposa y viajarían juntos; y paseó aquel resistente bastón suyo de enebro que, según ella, le hacía parecer mayor y más ridículo por el suelo encerado del aeropuerto, por entre las mimosas y los algarrobos locos del jardín de un palacio, por los alrededores del faro sobre una playa desierta, por la puerta de una iglesia donde arrojaban arroz sobre los novios, por la habitación del hotel en la que hicieron el amor sin reticencias y con pasión por primera vez en un lustro, por la yerba seca de un sinuoso camino de montaña donde los sobrepasó un pequeño camión envolviéndolos en una nube de polvo anaranjado, por la plaza del pueblo que celebraba una verbena en la que bailaron y él tomó tres copitas de un vino verde, por la Capilla de los Huesos de Évora, ante cuya entrada el doctor se apoyó con las dos manos sobre aquel bastón infinitamente bruñido que parecía flotar solo frente a los azulejos, y leyó, traduciéndolas, las palabras escritas en el dintel del pórtico: «Nosotros, huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos».

Las frutas de la luna, Palencia, Menoscuarto, 2013, págs.119-125



lunes, 9 de noviembre de 2015

Zürich: Congreso del cuento hispano del siglo XXI


Congreso del cuento español del siglo XXI en Zürich, junto con los escritores José María Merino, Julia Otxoa, Ángel Zapata, Iban Zaldúa y Gemma Pellicer, y especialistas como Irene Andres-Suárez, Fernando Valls o Angeles Encinar. La profesora Gina Maria Schneider, de la Universidad de Zürich, dictó su interesante conferencia "La mirada transgresora: a propósito de Lucernario, de Ángel Olgoso" (de la que publico aquí las primeras páginas), editada posteriormente en Versants, la revista suiza de las literaturas románicas. Y Ángel Olgoso leyó una cuidada selección de relatos que sobrecogió al público asistente.