He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica.

(Marina Tapia)

lunes, 27 de febrero de 2017

Celebrando el Carnaval en México

Un vibrante y terrorífico relato histórico en la revista mexicana La Peste (monográfico sobre el Carnaval), con ilustración exclusiva de Fred Stonehouse.











LINAJES

A trece días andados del mes de abril, mientras gemía nocturno el mistral y los torbellinos del aguacero se abatían contra los verdores de la Borgoña, una docena de personas que dieron en refugiarse en la capilla del monasterio de Saint-Maur habían arrastrado hasta el altar, para comerlo, a un caballo flaco lleno de mataduras, un penco del que ahora descarnaban los huesos sobre las losas de los sepulcros. Apiñados en el presbiterio alrededor de un fuego improvisado, rezaban el Miserere, bebían en los vasos sagrados, renegaban ebrios, danzaban como locos, fornicaban, se contaban historias para aventar la sombra agorera de la muerte. Por mor de eso que llaman epidemia, su gran mano había metido el mundo en un sudario de tiniebla, hedor y miedo. Los naturales del país, aunque porfiaban en marcar las puertas de sus casas con cruces de ceniza y óleo bendecido, caían por obra de fiebres y supuraciones entre los muros de adobe o piedra, se arrojaban sedientos sobre las fuentes, venían a tierra en mercados y claustros quedando rígidos, cecinados. Pero la cabalgata espectral de huérfanos y vagabundos, de enfermos y difuntos llegó a tal que los cuerpos se alzaban a media vara en las pinas callejuelas de los gremios: ya no se podía dar camposanto ni mal cubrir con cal viva los negros despojos, no doblaban más las lúgubres campanas y los carros atestados de muertos se abandonaban por doquier. Entretanto, al fondo de la capilla, el grupo desmigaba las últimas hebras de aquella triste carne de jamelgo. Como lechones apretados contra las doce mamas de una cerda, se arrimaban a la lumbre avivada con banquetas viejas y maderos de confesionario y rogaban al cielo que mantuviera en pie el tablado de su fortuna, lejos de las asechanzas de la rondadora muerte. Uno de ellos, que a diferencia de los sayos, calzas y delantales agujereados de los demás, gastaba paño negro con capucha y no soltaba un bordón con contera de hierro, parecía, por veces, peregrino o señor principal. Enteco y silencioso, habló de pronto con voz rugosa y tonante como salida de una barrica vacía: “Se dice que las epidemias sólo embisten a la pobreza, que son cosa del demonio y que éste respeta la vida de los poderosos. Podemos engañarlo haciéndole creer, de socapa, que cada uno de nosotros desciende de nobles familias, de soberanos de feudos, de abades mitrados, de ricos mercaderes, de augustos paladines que salieron a la guerra. Bastaría con escupir dentro de una iglesia y, a cierra ojos, pretenderse un pasado de abolengo bajo las torres de castillos o palacios, una cuna blasonada con bolsas de dineros y flores heráldicas. El demonio es litigante pero, si se le borran con astucia las lindes del origen, se confunde como un pájaro y toma lo vivo por lo pintado”. El viento soplaba a través del campanario y la lluvia atormentaba las tejas del monasterio. Aquel hombre, tras mirarlos interrogativamente, halló que una punta de esperanza se abría paso en los once y vino a ennoblecerlos uno por uno, repartiendo alcurnias como plomo en troquel: emparentó al herrero con el señor de Ventoux, a la hilandera con Leonor de Aquitania, al ladrón de puercos con el rey Carlos el Temerario, al cantero tuerto con micer Bertrand du Guesclin, al soldado sin hueste con el sebastocrátor Constantino, al pellejero con el duque de Chalon, al fraile con el cardenal de la Mothe; y así, por arte suasoria, como quien desgrana maíz, le fue dando memoria gallarda y pompa lisonjera al mendigo y al labriego, a la nodriza y al carbonero. Luego, todos se aprestaron a escupir en suelo sagrado y a figurarse con gran convencimiento el lustre y las regalías de su nueva condición, imaginándose librados de la mortaja. El gallo quebró el alba, ya de retirada el chaparrón, en el momento en que preguntaron al extraño por su estirpe elegida: “La de Sammael, príncipe infernal, amante de Lilith y de Eva, padre de Asmodeo y de Caín”, dijo grave descubriéndose la cabeza. Los demás sintieron un repeluzno que les cortó el aliento cuando vieron, al chisporroteo de la hoguera, que aquel réprobo tenía córneo el borde de las orejas.




viernes, 24 de febrero de 2017

Mar de nubes y Lamedores de cielo



En su blog Mar de nubes, el escritor José Luis Gärtner acaba de publicar una entrada emocionada y emocionante sobre los perros, lo que me ha llevado al recuerdo de un conmovedor relato de Ángel Olgoso, "Lamedores de cielo".









LAMEDORES DE CIELO



Cuando estacioné y bajé del coche, el perro estaba allí, en la zona sombreada de una esquina del café, echado sobre la acera, mirándome. Dejé de saborear el cigarrillo. De pronto me di cuenta que estaba cambiando una mirada apreciadora, de una vívida afinidad, con un perro desconocido. Según observaba con más detalle al viejo animal, sentí un peso oprimiéndome la nuca. El despiadado estrépito de la ciudad, todos los sépticos ruidos de la vida, se desvanecieron. Creí apreciar huellas en su forma de ladear la cabeza, en la mansedumbre de sus ojos azulencos, en esa aura de reyezuelo indolente que el tiempo ha desamparado. Intuí otras formas bajo su tostado pelaje, otras facciones bajo su hocico y los pliegues de su testuz. Sopesé indefinidas reminiscencias, sombras en movimiento, reveladores vestigios. Un nexo de acción puramente refleja y de dolorosa nostalgia por todo aquello que falta. El perro olfateó desperezado. Y mientras sus ojos avanzaban hacia un brillo más intenso, la angustia me iba empapando como ese aguacero que se encona a veces sobre nosotros. Había algo sólido ahí dentro, en su mirada, sus parpadeos de reconocimiento murmuraban frases que instintivamente yo podía entender, palabras mudas que me dirigió diez años atrás mi hermano mayor antes de huir para siempre de nuestro padre y de nuestras vidas. Había un melancólico sentimiento piadoso retrepado en el interior de aquel perro callejero. Sus orejas colgantes y melladas hablaban en apariencia de huroneos interminables, de luchas y gemidos, de gloriosas carreras, de tácticas de garduño, de hambres y heridas, de territorios rendidos y recobrados. En el reflejo de sus ojos vi de pronto a las nubes amontonarse sobre la línea de los tejados, merced al impulso de un viento apacible. Y entonces, con un gesto de lealtad hacia el niño que fuimos, acaricié su lomo. Recibí una oleada de evocaciones, de imágenes y pensamientos, una especie de confirmación de identidad, de estupor extremo, un calor reconfortante que estalló inmediatamente entre mis dedos dejando escapar los infinitos susurros de seres sin hogar, de seres desencarnados, como si expiaran la absoluta aflicción que nos provocó su pérdida. La brisa trajo el olor de fuegos lejanos, el aroma de distantes recuerdos, entre tristes y cómicos. Por un momento me pareció que aquel perro, que mi hermano desaparecido y atrapado en aquel perro, asentían lenta e imperceptiblemente con la cabeza. Creí haber comprendido. Y de mis ojos manaron lágrimas.



lunes, 13 de febrero de 2017

Recomendación en el Blog de Cultura FNAC.

Blog Cultura FNAC


Libros de maravillas

ADOLFO GARCÍA ORTEGA


2. Otro libro de “maravillas” muy distinto al de Marco Polo es Nocturnario, de Ángel Olgoso. Se trata de una obra singular por varias razones. La primera y principal, porque son 101 collages de Olgoso absolutamente asombrosos, irónicos y surrealistas. Combina con humor situaciones paradójicas, estrambóticas, anómalas, inquietantes, con el estremecimiento en el espinazo de lo saturnal y oscuro. La segunda razón es que siempre son collages que manipulan grabados del XIX mezclados con dibujos actuales que imitan el estilo de otras épocas. Todas son ilustraciones chocantes, imaginativas y geniales, en su concepción y en su realización. Olgoso es escritor, pero ha desvelado en este innovador libro una deslumbrante faceta de “compositor” de imágenes oníricas, minuciosamente montadas desde el chispazo creativo que causa sonrisa, admiración y sorpresa. Sobre todo una enorme sorpresa. La tercera razón de la originalidad de este libro, publicado por la editorial Nazarí, es que aporta un valor añadido: Olgoso le pidió a 101 escritores que creasen un breve texto a la luz de los collages. El resultado es magnífico: puede decirse aquí que los textos “ilustran” las imágenes y asumen su papel subsidiario. Los microcuentos o poemas, todos inéditos, de los 101 escritores realzan la fuerza impactante de los collages, pero están a disposición de estos para “recrearlos”. Es Nocturnario, también, una especie de “gabinete de las maravillas” a su manera y no merece pasar desapercibido en el bosque de los libros. Una gran antología y un gran museo se dan cita en esta cuidada edición.

Publicado el 13/02/2017


Libros-de-maravillas


martes, 7 de febrero de 2017

Litoral (1)

Litoral, la veterana y exquisita revista que compagina palabra e imagen de forma maravillosa, publicó en uno de sus monográficos  (Nº 259, Agua. Arte y literatura) este relato tan sensorial:




LAS NUBES


Sólo tendiéndote al raso sobre la hierba, desocupado, con la cabeza vacía y la mirada limpia, podrás asistir a la verdadera vida de las nubes, descifrar su lenguaje, sus inadvertidas costumbres, sus viajes, sus calmos paseos y sus pletóricas derivas, la vertiginosa serenidad de las persecuciones en defensa de sus territorios sin linde, gobernadas como nosotros por fuerzas elementales, desterradas por el vendaval, zarpando puntualmente con la estiba siempre llena de algodón hidrófilo, sus aletargamientos y sus desplantes, sus amores, la inmovilidad de sus metamorfosis, sus caricias de aguanieve, ese juego silencioso de abrazarse y fundirse a sobreviento, en almiares aéreos, ese juego de ser otro, un híbrido de musarañas que se forma y deforma, se estira y se agiganta en la luz pasajera, sus cónclaves familiares, los torbellinos de sus rencores, sus tragedias, sus terribles batallas ingrávidas, el colérico retumbo de sus luchas, sus traiciones en llama viva, sus lágrimas después de la rendición de las tropas, sus orfandades, su camaleónico vestuario sobre los buches sin peso, sus mantos con un viso del oro tostado al gris lava, sus vellones, sus lentejuelas de vencejos y cometas, su rubor hiperbóreo, sus digestiones al sol, sus cuenta cuentos junto a las hogueras de las estrellas, sus premiosas despedidas, sus estertores, lastimadas por el azufre que remonta, acribilladas por avionetas y reactores, cañoneadas sin piedad con cristales de yoduro de plata, titanes de humo deshaciéndose sigilosamente bajo cielos sombríos, disipándose en perezosos despojos de muselina, olvidadas, mortales como nosotros.

Robert and Shana ParkeHarrison

lunes, 6 de febrero de 2017

Finalista Premio Ángel Ganivet



 Finalista del X Concurso Literario Internacional “ANGEL GANIVET” 2016, convocado desde Finlandia, entre un total 1367 trabajos enviados al certamen por participantes de 35 nacionalidades.





domingo, 5 de febrero de 2017

El confeti de nuestras cenizas

Narrativa Breve, estupendo blog literario, reproduce en su sección "Cuento breve recomendado" el vertiginoso relato 
El confeti de nuestras cenizas:

"Un bastón de enebro es el objeto que en mano de distintos personajes une estas nueve pequeñas historias acaecidas en tiempos históricos distintos, desde la prehistoria hasta la actualidad. La única separación de cada historia es el punto y seguido para así, englobadas en un todo completo por medio del objeto antedicho, dirigirlas hasta el final, a su conversión en huesos o mejor en “el confeti de nuestras cenizas”.                                                                                                                                                                   Miguel Díez R.




EL CONFETI DE NUESTRAS CENIZAS

(cuento)

Ángel Olgoso (España, 1961)


En lo alto de la ladera, entre el bosquecillo donde rebuscaba bayas y piñones y desde donde se avistaban huidizas manadas de uros patilargos y rinocerontes lanudos, el anciano encontró aquella rama de enebro desgajada por un rayo; regresó con ella al abrigo de la angosta boca de la cueva, se sentó en torno al fuego junto a las mujeres y las pieles sin preparar, dobló trabajosamente sus piernas deformes y, valiéndose de una piedra cortante y de una punta de hueso descamado, tajó, desbastó la rama, la limpió de resina, alisó sus nudos hasta convertirla en una vara tosca, en una especie de bastón recto y sólido con el puño sin rematar que alzó, contento como un niño, ante los hombres que regresaban de la cacería. El capataz se apresuró a guardarse el bastón de enebro bajo el brazo izquierdo, con el derecho solicitó un flagelo para apartar a los esclavos, y al hacerlo chasquear airado golpeó el saco de semillas con el que cargaba uno de ellos, derribándolo: había visto venir hacia él sobre la tierra ardiente el séquito del sacerdote, con la silueta de la inacabada pirámide a su espalda, vistiendo esa túnica de pájaros y jeroglíficos propia de la consagración a Tot de la momia de un ibis. Tras hacer la última libación, el tutor se despidió de su anfitrión, se calzó las sandalias y, apoyándose en el viejo bastón de enebro que no podía usar como distintivo de dignidad, cruzó bajo las columnas del peristilo y siguió el pavimento de mosaico hasta salir por el atrio en dirección a la plaza donde vivía su pupila, a la que cortejaba en secreto como a un ídolo; sobre la última grada del templo, los arúspices examinaban las entrañas buscando señales favorables e interpretaban la voluntad divina, el fuego de las lamparillas despedía un mareante perfume de mirra e iluminaba ya las estatuas en sus nichos abiertos, mientras el tutor se abría paso entre literas y ciudadanos que llevaban guirnaldas votivas o compraban amuletos, que hablaban del copero ahogado en las termas, de la incorrupta gloria del macedonio o de los alaridos de los condenados a las fieras en la arena del circo. El ennegrecido cadáver, cubierta la piel con bubones e inflamado el vientre como un odre, se pudría en el camino junto a un hito de piedra marcado con una cruz; al pasar, el niño, que viajaba solo, con unas calzas harapientas y una calabaza medio vacía en la cintura, no se atrevió a hurtarle al difunto los borceguíes pero recogió de su lado aquel bastón repulido y lo examinó como haría con una moneda de medio florín: se figuró un pastor, un templado arriero de bestias, un ufano tratante de lino, se imaginó dueño de un jubón de terciopelo, de una jauría de lebreles, de heredades sin cuento, y echó a andar feliz por la suave cuesta haciendo molinetes con el bastón mientras aprendía a silbar, descansando a las horas del rocío, de día en procura de un faisán que colgara de alguna ventana o de un trago de leche ordeñada a hurtadillas, pareciéndole que el sonido de los carros de los muertos y de las tablillas de San Lorenzo daba paso a las trompas de caza y al zumbido de las abejas, que al hedor de las fosas abiertas le sobrevenía el aroma de la mies sin recoger tendida en las eras y el de la hierba color de esmeralda engalanada por el sol, que su cuerpo desmedrado y sediento ya no necesitaba el socorro de una umbría catedral o de las murallas de ese castillo cuyos pendones, a lo lejos, temblaban de purpura y oro. Cuando llegó al patio de armas del fuerte, y después que se hubo recobrado con dos cazos de agua y una escudilla de gallina, el escribano de la expedición contó a todos sin menoscabo de detalles las mañas crueles de la lucha, el considerable espanto que allí vio, cómo pudo ocultarse tras el cuerpo asaeteado del capitán, pues no era de mucho bravear, cómo quedó untado de sangre y regresó sustentándose en el bastón de enebro que se trajo a las Indias, cómo los feroces caribes, que andaban en vivas carnes, pintados de muchas maneras y tocados con plumas de papagayo, los flecharon y diezmaron, y tomaron cautivos a los soldados que padecían algún daño, menos al escribano dado por muerto: de nada sirvieron los ladridos de los perros y los relinchos de los caballos, el brillo de las corazas y los truenos de los arcabuces, las siete jornadas con gran hambre por ríos caudales, las cincuenta leguas y más por caminos asperísimos llenos de maleza de palmas y raíces, aparejando cómo alcanzar ese lugar que decían abundante en oro y joyuelas, en toda clase de frutas y bastimento, en arboles de los que hacían bálsamos y en yerbas cuyo humo admirable sacaba de seso y procuraba remedios y mercedes. Luego de fumarse una lenta pipa tras los vidrios de la taberna, el viejo caballero, que se solazaba al mismo tiempo en una emulación vanidosa de sus recuerdos, de cuando fue soldado en batallas de alcoba y podía mantener un carruaje propio, cuando lo cubrían una chaqueta de lustrina y unas rellenas medias blancas, unas botas con vueltas amarillas y un sombrero con divisas, cuando compraba a diario seis peniques de pasteles “Damas de honor”, cuando jugaba al whist rodeado por cortinas de legitima cretona y tenía una fe genuina en el Imperio y en la suerte, salió al oscuro callejón de una yarda de ancho, la nariz colorada, cocido en ginebra y cerveza de jengibre, tambaleándose con la sucia casaca bajo la enseña del Jabalí Azul y las ventanas devoradas por el hollín, entre sacos de yute y escaleras mugrientas, entre chiquillos andrajosos que en ocasiones vendían carbón al menudeo y que ahora se burlaban de él, le daban patadas y forcejeaban para arrebatarle su única posesión de valor, ese lustroso bastón que el viejo caballero se resistía a empeñar, un vestigio de sus negocios americanos, un blasón, un poderoso asidero que veía alejarse desde su posición en el suelo enfangado mientras, a través de sombríos pasajes y zaguanes, se acercaba la lejana tonada de un organillo de manubrio. Amoratado por el frío, se incorporó al fin el teniente después de una cabezada en el húmedo catre del puesto de mando, avanzó por la estrecha trinchera de altas paredes rematadas con sacos terreros y, como una institutriz que vigilara a los infantes en un parque, pasó revista a sus hombres de la quinta del 15 repartiendo órdenes a la vez que se golpeaba las polainas, como solía, con el bastón perteneciente a aquel abuelo que logró huir de la miseria de East End; habían resistido la primera ofensiva, y aunque el enemigo descargó sobre ellos una tormenta de fuego y acero, abrió brechas en los flancos y sepultó viva toda una sección con la tierra de un obús, el sector estaba en calma, ya no se oían los clamores del cañoneo incesante ni los gemebundos gritos de dolor, se cambiaban los apósitos a los heridos, se enterraban los cadáveres ametrallados, panzudos, reventados, tumefactos, se limpiaban de barro las palas y las bayonetas, los puntos de mira y las máscaras antigás, se rezaba por los placeres que iban a malograrse, se procedía al espulgo de las cabezas y a la reparación del enredijo de las alambradas. Justo en medio de ellas, y al lado de las vías del tren que morían allí mismo, se abría un camino ancho por el que marchaban despacio multitudes de recién llegados antes de acceder a la rampa; cientos, miles de personas que habían abandonado los vagones azuzadas con brutalidad por los perros y los látigos y las furiosas voces, cargaban ahora con niños de pecho, con bultos de ropa y maletitas; aquel lugar desconocido no era una estación y toda la aterrorizada comitiva se detuvo ante tres puntos negros y uno blanco: un sanitario y tres soldados de rostros anodinos y bien alimentados, de pie, hablaban entre ellos con sonrisas furtivas para estimular el deber y sobreponerse al acre olor y al aburrimiento de una nueva jornada de trabajo rutinario; se volvieron, en el borde de la rampa, hacia la silenciosa muchedumbre y uno de los soldados, con gorra de oficial y un bastón de enebro en la mano derecha, comenzó a levantarlo de forma veloz y despreciativa y, señalando a cada cual, indicaba un lado u otro, separaba a los hombres a la derecha y a las mujeres a la izquierda, seleccionaba después entre las apretadas filas, con un leve pero firme movimiento del bastón, a los débiles, a los ancianos, a los enfermos. El doctor, sintiéndose culpable por tantos años de desapego, decidió que esta vez complacería a su esposa y viajarían juntos; y paseó aquel resistente bastón suyo de enebro que, según ella, le hacía parecer mayor y más ridículo por el suelo encerado del aeropuerto, por entre las mimosas y los algarrobos locos del jardín de un palacio, por los alrededores del faro sobre una playa desierta, por la puerta de una iglesia donde arrojaban arroz sobre los novios, por la habitación del hotel en la que hicieron el amor sin reticencias y con pasión por primera vez en un lustro, por la yerba seca de un sinuoso camino de montaña donde los sobrepasó un pequeño camión envolviéndolos en una nube de polvo anaranjado, por la plaza del pueblo que celebraba una verbena en la que bailaron y él tomó tres copitas de un vino verde, por la Capilla de los Huesos de Évora, ante cuya entrada el doctor se apoyó con las dos manos sobre aquel bastón infinitamente bruñido que parecía flotar solo frente a los azulejos, y leyó, traduciéndolas, las palabras escritas en el dintel del pórtico: «Nosotros, huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos».

Las frutas de la luna, Palencia, Menoscuarto, 2013, págs.119-125



jueves, 2 de febrero de 2017

UKIGUMO (5)

Breve selección de su único poemario publicado, "Ukigumo" (Editorial Nazarí, 2014, edición hispanoitaliana).



M. Tapia: Montañas de Lishui, 2013



Desde las nubes
una nube nos mira
a la deriva.






El pico de la perdiz
en miles de gotas de rocío se refleja.
Cada amanecer.




Sentado inmóvil
entre el arriba y el abajo
que se alejan en la distancia.





Las estrellas son guijarros,
las flores se marchitan
aunque se las ame.




Boga una nube.
Polvareda del mundo
aquí abajo.




Una alubia común.
Una relampagueante gema.
No hay diferencia.