He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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martes, 27 de mayo de 2025

Una delicia el nuevo libro de José Luis Gärt, “La dama de Amberes” (Entorno Gráfico Ediciones), y no sólo para melómanos. Comparto el prólogo que tuve el privilegio de escribirle:



<<Monterroso pensaba que la buena narrativa tiende por lo general a la sátira, que en el fondo de todo buen novelista o cuentista hay alguien con un látigo. Es la misma idea de Gorki de que el escritor debe estar siempre contra la sociedad. La obra de José Luis Gärt -autor de novelas, de relatos, de heterofactos y de obras de teatro estrenadas o publicadas- es también la de un hombre en desacuerdo absoluto con su época, y sus textos suelen derivar casi siempre en reflexiones que trascienden el marco argumental, en formatos que transgreden las convenciones académicas. Sin embargo, ”La Dama de Amberes” posee la engañosa apariencia de una novelita histórica, el narcótico encanto del folletín bien temperado. Pero la conmovedora historia de amor entre Andreas y Eunice, de su lucha contra el demonio del opio y contra la crueldad del prójimo, va más allá de la vida y viajes del pelirrojo suizo Andreas Vogel; del milagroso talento musical de aquel joven pastor que abandonó las montañas -donde sólo había improvisado cancioncillas en una flauta- en busca de la instrucción del maestro veneciano Girolamo Kapsberger; que nunca conocería los secretos del pentagrama pero era capaz de improvisar composiciones de un encanto magnético sin igual, de arrancar a la tiorba con funda de pieles de conejo que le fabricara el luthier Zacarías Gaillard, gitano errante, arpegios inconcebibles, melodías que detenían el tiempo y la respiración, “belleza a raudales, belleza sin palabras, belleza indiscutible y objetiva”. Va más allá del ‘Descensus ad Inferos’ de la jovencísima expósita y mulata Eunice Lemaitre, de cristalina voz.

La música es una experiencia que elude el lenguaje y se resiste a la comunicación. Para Gärt, ”aunque las palabras puedan caber en la música, ésta no puede ser albergada en el interior de las palabras”. No obstante, quizá lo mejor, lo más extraordinario de esta ‘nouvelle’ -aparte de su final descolocador, dinamitador- sean las sensuales descripciones que nuestro autor logra de los efectos de la música en los afortunados oyentes, cómo se apodera de ellos desde el primero al último compás, cómo les sobrecoge, cómo les hace levitar, cómo les deja sin aliento, el estado de abandono en que los suma el contrapunto de ‘aquella cascada de hermosura’, de aquellos requiebros de amor, de aquellas palabras que no existían, de aquello que deja en su alma la última nota, “la nostalgia de los paraísos perdidos”, “un vuelo de ensueños, un turbión de aguas que me arrastraban hacia abismos infinitos, hacia lo más profundo de mi interior. Aquellos sonidos eran puro opio”. Evidentemente, el arte sin una relación con lo invisible, con el misterio, es letra muerta. Y la música, ese arte invisible, inmaterial, que “nace para morir, para evaporarse en el instante”, es un arte efímero y misterioso, como nosotros y nuestra memoria.

Mención aparte merece Pieter Hofmannsthal, el Holandés, ‘deus ex machina’ de esta novela, comerciante naval inmensamente rico y dueño de La Dama de Amberes, “uno de los mejores navíos que surcaban el océano Índico, cuyas bodegas transportaban a Europa el opio más refinado que circulaba en los mejores fumaderos”. Un personaje descreído, incapaz de conmoverse o llorar, sentado en su trono capitoné, alguien que parece hecho de la misma sustancia que el tiempo, capaz sin embargo de valorar el singular portento de Vogel, la excelsitud de aquellas notas sin partitura, de aquella tiorba dotada de magia. La música como moneda de cambio. El oro del arte por el barro del comercio, un lujo inefable por otro mostrenco. Durante una semana, cada noche, a oscuras según las instrucciones del Holandés, exclusivamente para él, el suizo se propondrá arrebatarle los sentidos con una música que sólo está en su cabeza, una música que nadie hasta ahora había escuchado, una música que poseía sabor, una música adictiva capaz de extraer gemas de alegría y tempestades de dolor. “El valor de lo improvisado debe quedar en el instante”.

Apunté antes que José Luis está en desacuerdo absoluto con su época, que abomina de unos tiempos depauperados y resecos como la piel de Eunice tras su paso forzoso por los burdeles, unos tiempos zafios y desangelados que malversan la imaginación y la belleza. Y lo deja bien claro en el sorprendente cambio de punto de vista de un final desatado, un final que revienta a placer la premisa y las costuras de la trama, un final donde la idea se vuelve carne y viceversa, donde se desarraiga literalmente al lector. Así como en el listado final de dedicatorias a lo más fino de la civilización, representantes todos del arte musical en los siglos XX y XXI. Ya lo dijo Tennessee Williams, el artista es el pájaro en la mina.

Resulta curioso -pero no extraño- constatar la coincidencia en las librerías de dos cartas de amor a la música, de dos apasionadas declaraciones por parte de dos melómanos, entrañables e ingeniosos amigos y enormes escritores: una reciente, “La novena” de Miguel Arnas Coronado, y esta ”La Dama de Amberes” de José Luis Gärt. Ambas novelas son ”una suerte de reflexión sobre el misterio de la existencia, la grandeza de la creación o simplemente la espiritualidad en sí misma”.

Suba el lector sin demora a bordo de La Dama de Amberes, navegue sobre el hálito invisible hacia la Arcadia, vibre con las armoniosas notas que destiló aquel prodigio de Vogel (chaconas, madrigales, lamentos, sonatas, tarantelas o motetes), “sobrecogido ante la enorme grandeza de aquella pequeñísima música”, testigo privilegiado y completamente ausente de este mundo, “como si la última nota dejara en el aire una pregunta sin respuesta”>>.



viernes, 8 de marzo de 2024

Presentación de "Sideral"

Muy agradecido a todos los amigos que nos acompañaron durante la presentación de Sideral en el Ateneo de Granada. A los presentadores José Abad y José Luis Gärtner, que tan sabia y descacharrantemente me propulsaron al espacio, situándonos a todos en órbita, A los rapsodas que leyeron maravillosamente algunos de los relatos, Marina Tapia, Carlos González e Ismael Ramos. Y a las artes fotográficas de Antonia Ortega, Ana Jiménez, Marina y Daniel Martin.















lunes, 12 de junio de 2023

Presentación de "Nubes de piedra"

Os dejo con mi texto para la presentación de Nubes de piedra (Fagus Editorial), con ilustraciones de Marina Tapia y prólogo de José Luis Gärtner. Se celebró en la librería Picasso de Granada el sábado 10 de junio de 2023.




    No puedo estar más feliz por el nacimiento de esta criatura de papel: fue gestada hace casi cincuenta años (¡qué barbaridad!) y sin embargo llega hoy lustrosa al mundo, como un recién nacido arropado por los mejores padrinos y madrinas posibles, por la editora Silvina Elías y el escritor Beni Domínguez con su entusiasta labor a favor del cuento en Fagus Editorial; por José Luis Gärtner con su generoso, ingenioso y completo prólogo, tan heterodoxo como él mismo; y por Marina Tapia con su arte, con sus vislumbres, con su delicadeza especial para mirar el mundo, con su capacidad para destilar poética y sugestivamente cada relato dejándolo en sus elementos esenciales.


    Aunque fui uno de esos niños repelentes que a los once años ya está escribiendo versos debajo de las sábanas (mientras estudiaba en La Salle), no creo haber sido uno de esos jóvenes letraheridos y arrogantes que se imaginan que el mundo está esperando su prosa. De hecho, fue un servidor el que tuvo que esperar veinte años a ver un libro suyo en el escaparate de una librería y treinta a ser publicado por una editorial nacional. Pues bien, tras aquella etapa en La Salle y tras cinco años escribiendo poesía, en 1978 cayó en mis manos la Antología de la literatura fantástica, de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, y sufrí una combustión espontánea. La lectura de aquel libro me inoculó para siempre el veneno del relato imaginativo. El formidable, el nutricio impacto de aquellos textos (junto con el de otros autores menos conocidos descubiertos, por ejemplo, en la valiosísima antología publicada en 1977 por Bruguera en dos volúmenes, Narraciones de lo real y lo fantástico) me hicieron abandonar la poesía y entregarme con brío a la imaginación, capaz esta de convertir las historias en alfombras voladoras. Aún me veo escribiendo con furor desbocado, tecleando con fuerza en una Olivetti verde, en mi dormitorio, rodeado de posters de cine, imágenes de cómic y fotografías de escritores, envuelto en un papel pintado lleno de espirales que mareaban a todo el que entraba en la habitación. Aún recuerdo ese milagroso impulso, esa poderosa excitación, esa pasión creativa caudalosa y libre. Aún recuerdo a la mente hirviendo, encendiéndose como un tizón que alumbrara un lugar encantado, cuando uno se creía capaz de ponerle herraduras al diablo. Aún revivo esa intensidad, esa ebriedad de la imaginación haciéndome planear sobre las tierras y mares del tiempo, sin miedo a la gramática, a la sintaxis, a los anacronismos o los neologismos, haciéndome vivir febrilmente en el interior de los seductores espejismos de las ficciones. Eran los jóvenes años en que uno anhelaba que lo imaginativo fuera, como en el primer Romanticismo, hermoso, loco, embelesador. Eran los años de un convencimiento absoluto: que la imaginación proporciona un sustituto soberano a la vulgar realidad de la experiencia veraz. Me fui acostumbrando, sin saberlo, a que sólo lo extraño me resultara familiar. Pronto sentí predilección por las historias extraordinarias, desaforadas, especulativas, visionarias, enemigas del día, por los desvaríos de la percepción, por los gabinetes de maravillas, por el lado de la sombra en definitiva.



    Este libro que hoy presentamos, Nubes de piedra, es mi prehistoria literaria, mi punto de partida, pero no es sólo un libro de tanteo; creo que en él, escrito a finales de los 70 y comienzos de los 80 (cuando, como dice José Luis Gärtner en el prólogo, “era rubio y hermoso como la cerveza”; ahora, me temo, no soy más que un chupito de ron pálido y añejo) ya está presente el germen de los principales temas de mis libros posteriores: lo extraño, lo inquietante, lo sorprendente, la ironía e incluso la sátira, las premisas extravagantes, las composiciones pesadillescas, las propuestas asombrosas, los retos narrativos. Aquel narrador en ciernes ya comenzaba a gozar con la capacidad subversiva de la escritura breve. Ya comenzaba a pulsar las notas espectrales, a desarrollar ángulos de visión inusuales, historias inauditas, mundos alternativos, a violentar las reglas de los posible, a percibir el mundo con una mirada curiosa y perpleja. Que lo haya conseguido o no, es ya otra historia. De lo que sí tengo certeza es de que, al principio, en mis relatos las palabras caían más como meteoritos, mientras que con el tiempo he intentado de que lo hagan como suaves copos. Pese a todo, aquella prosa era de alguna forma más relajada, más permisiva con el material que dejaba entrar en ella. Al no existir Internet, al no disponer de libros de consulta a mi alcance aparte de una pequeña enciclopedia de tapas rojas, al verme obligado -cada vez que necesitaba hacer alguna consulta en la Biblioteca Provincial de Granada- a coger dos autobuses desde el pueblo y caminar andando por la Vega de noche en caso de perder el último, opté en no pocas ocasiones por inventarme flora, fauna y vocablos diversos; algo que, al tratarse de literatura más o menos fantástica, le venía como anillo al dedo. Al fin y al cabo, estas historias me las contaba a mí, me complacía hablar de lo que no conocía, y no tenía ningún interés en la reproducción a escala real del mundo. Al fin y al cabo, hasta el mismo Marcel Proust, en una carta a madame Straus, reconoció que la única forma de defender el lenguaje es atacarlo.



    Más tarde descubrí la Patafísica e hice mío con ganas el lema de Boris Vian, uno de sus más inspirados príncipes: me esfuerzo de buena gana en pensar cosas en las que pienso que los demás no pensarán. Máxima creativa que empezó a dar sus frutos en este volumen, donde hay alojados dos relatos estrictamente patafísicos, Pulstar y El Club de los Novecientos Flautistas. Supe luego que la literatura se oxigena mediante los desafíos, que aquellos que no tienen imaginación se refugian en la realidad, que en la guerra contra la realidad la imaginación es la única arma. Y la mía, en aquella época, era un tanto perversa, como podréis comprobar en muchos ejemplos de incorrección política que espolvorean estas Nubes de piedra, a años luz de nuestro tiempo de fábulas esterilizadas por el buenismo o la moralina. Sigo pensando que se lee para sumergirnos en otros mundos, precisamente en esos mundos remotos, exóticos, fascinadores y -por qué no- desasosegantes de la imaginación. Es sabido que lo que se sueña, lo que se desea, tiene también su realidad, aunque de ordinario las ordinarias preocupaciones de la vida práctica no dejen volar al daimon de los sueños. Por esa razón adoraba -y trataba de emular- a los profanadores de realidades, a los creadores de asombros, a los exploradores de los márgenes, a los que construyen en el lomo del misterio, a los que buscan el sentido de lo inaudito, del milagro, del estupor. Por ese motivo pensaba que los escritores que son esclavos de la realidad están penosamente limitados. Pascal, en sus Pensamientos, confiesa que nada hay más inquietante que oír el giro de una veleta de noche sin viento. Esa sensación, ese escalofrío, esa reverberación especial de la mente es lo que buscaba en mis narraciones, adobadas además con frecuencia (sobre todo en aquella primera etapa), con dosis abundantes de humor negro.



    Creo que los 35 relatos de Nubes de piedra viven en ese estado fronterizo entre el sueño y la realidad, entre la humorada y la insolencia propia de la primera juventud, entre la fantasía y una incipiente exigencia formal. Son como una sonrisa sin gato del personaje de Alicia en el País de las Maravillas. Lógicamente, muchos los escribía sobre la base de mis lecturas mientras luchaba por encontrar el vínculo entre literatura y vida. Me parece, pensándolo ahora, que la ironía presente aquí se debía tal vez a un innato sentido de la injusticia, al deseo de emular por ejemplo la salvaje indignación de Swift, de vengar (al menos sobre el papel) la que sufren aquellos miembros de la especie que son víctimas de la estupidez, la ambición, la crueldad o la hipocresía de sus semejantes. Por otra parte, con estos textos comencé a tantear las posibilidades de ese cubo de Rubik que es el relato corto: en poco espacio hay que crear la premisa, el conflicto, los personajes, la atmósfera, la voz narrativa y la resolución, y todo ello intentando mantener el interés de la página. 48 años después, ya he abandonado el cultivo de ese primoroso y sugestivo jardincillo de la ficción por el terreno sin bardas de lo híbrido. En cualquier caso, a estas alturas, tengo la impresión de que si llevo la penitencia del carácter minoritario de mi obra es debido, entre otras cosas, a una independencia insobornable, a mi condición de autor periférico, a mi preciosismo estilístico y a que solía anteponer la invención y la imaginación a la calderilla de la realidad ordinaria. Como Jules Laforgue -o como todo buen epígono del Romanticismo- me lamento sin cesar de que la vida sea demasiado cotidiana, objetiva y chata, me lamento de no vivir en el lugar en que ocurren los prodigios.



    Se dice que las obras de juventud son fuego y oro y las de madurez sobriedad y plata. Ojalá este libro sea al menos, para el lector, como morder una fruta desconocida, en su doble sentido de obra inédita y extraña. Un fruta refrescante que todavía conserva su acidez. Y espero que las historias que contienen resulten interesantes no sólo para el seguidor que ya me ha tomado cierto apego, el especialista o el curioso, sino también para el aficionado al género del relato en particular y el amante de la literatura en general. En fin, como solía decirse, si sale con barba san Antón, y si no la Purísima Concepción.



miércoles, 6 de octubre de 2021

Audio de "Las luciérnagas", por José Luis Gärtner

Nuestro agradecimiento al querido amigo, excelente escritor y Sátrapa de nacimiento José Luis Gärtner por el audio con que deleitó al público asistente -el domingo 3 de octubre- a la presentación de Devoraluces en la Feria del Libro de Granada. Las luciérnagas es el relato que abre el libro. La meticulosa laboriosidad de Gärt para con esta poética evocación de los veranos de la infancia es invisible, como él quería, pero el resultado impresiona y emociona. Aquí el enlace:

LAS LUCIÉRNAGAS





domingo, 3 de octubre de 2021

Texto de la presentación de "Devoraluces"

 

Gerardo Rodríguez-Salas, Ángel Olgoso y José Luis Gärtner

 en el Espacio Central de la Feria del Libro de Granada



PRESENTACIÓN  DE  DEVORALUCES

Ángel Olgoso


Confieso que mi gusto por el Romanticismo negro embridó durante años mi gusto por la vida, que fui seducido con placer por el prestigio del abismo, por lo que Poe denominaba “el demonio de la perversidad”, reconozco que creía en la elegancia de habitar las sombras. Por eso, en general, en mis libros anteriores interpretaba el mundo a través de una mirada inquietante y sombría, potenciada por la imaginación y el estilismo, y prefería la extrañeza, la intensidad, la sorpresa, las quimeras, lo que Valéry llamaba "todos los valores de choque". Es cierto que se dice que la felicidad no es literaria. Es cierto que los momentos espléndidos de cualquier existencia son raros como luciérnagas, que las ocasiones de amargura y odio son mayores que las del goce y la serenidad, que las miserias y pequeñeces parecen oscurecer la aventura humana, una aventura que sin duda debería desplegarse en formas infinitamente más ricas y exultantes. Es cierto que Valente aconsejó no separar la sombra de la luz que ella ha engendrado. Es cierto que el dolor tiene un prestigio inmerecido y que la oscuridad es parte de la vida. Pero también es cierto que la desesperación no es más hermosa ni más inteligente que la esperanza, y que toda biografía -por muy terrible que sea si se mira con detalle- tiene sus instantes luminosos; que al igual que el sol se abre paso tras la tiniebla nocturna, es preciso atravesar la oscuridad para llegar a la luz y devorarla (como sugiere el título de este libro) y celebrar su condición efímera y sus múltiples dulzuras, como intentan celebrar cada uno de los relatos de Devoraluces la bondad, la gratitud, la dicha, la fuerza arrasadora de la pasión -ya sea amorosa o creativa-, los sueños, la solidaridad, la imaginación sin límites, el consuelo que procura el arte, la ardorosa afirmación de sentirse vivo frente a la amenaza del paso del tiempo o de la muerte. La literatura, según Cunqueiro, nace de la necesidad de luz, verdad y libertad, de la necesidad de evasión llamada "icarismo", que se enfrenta al laberinto de desdichas de la condición humana. Vivir la alegría del presente es, probablemente, una forma de sentirnos inmortales. Además, aunque la vida sea casi siempre hostil y siempre provisional, ningún hombre -tal y como sensatamente formula un proverbio chino- puede impedir que el pájaro oscuro de la tristeza vuele sobre su cabeza, pero lo que sí puede impedir es que anide en su cabellera.

Si con Breviario negro (escrito a resultas del Gran Saqueo de 2008) puse un crespón a mi narrativa, si escribí durante décadas en la estela nocturna de los alucinados Poe, Hoffmann, Bécquer, Andreiev, Quiroga o Kafka, si con aquellos relatos y con cientos de textos anteriores hacía resonar en los oídos del lector el cóncavo son de la tierra amazacotada sobre la tumba, en Devoraluces (escrito tras conocer a Marina) remite el pesimismo, hay una reconciliación con el aquí y el ahora, con las mil y un facetas que cada día ofrece la realidad; se comunica la sencillez y gentileza de todo lo vivo, la poderosa y delicada finura que irradia todo lo que simplemente es, todo lo que tiende a la luz; se insufla un ánimo benigno y positivo; se siente el rompeolas de la vida de los otros; se contempla a los demás seres con ternura, como unos niños ejerciendo su libertad alrededor de una fuente. Devoraluces es, como digo, una toma de partido por la alegría en el arte y la vida, por un suave estado de exaltación. Como cuando el mundo parece inédito de nuevo, cuando te guían impulsos positivos, cuando de pronto suceden inesperadamente lo que Vila-Matas llama “pequeñas fiestas sigilosas del espíritu”.

La escuela Shingon y el fundador de ese templo, el monje erudito Myoe que vivió entre los siglos XII y XIII, enseña que somos seres iluminados aunque no lo sepamos. Basta con observar suficiente tiempo el misterio del orbe para que uno se deslumbre. Devoraluces es -en este sentido- una iluminación creativa, profana; un diálogo con la esporádica alegría vital; un libro abierto a los sentidos y que ha reconciliado al autor con la capacidad de maravillarse, de cantar la belleza que otorga la existencia, de extraer lo que tiene de fantástico; con los bienes más elementales de la materia en la que nos consumimos; un ungüento para su alma y ojalá también para la del lector. Traer una medida de luz a un área que estaba oscura cambia obviamente la forma en que vemos el mundo. Para llegar a la celebración de éste, se parte incluso del miedo o de la melancolía en algunos relatos de Devoraluces. Para potenciar por contraste el lado luminoso, permanece cierta oscuridad velada, quizá como resabio lógico, como fuerza centrífuga de mis anteriores libros. Etty Hillesum (asesinada en Auschwitz en 1943) escribió en su diario: "Quiero estar en medio de todo aquello que la gente llama 'atrocidades' y aún así decir luego: la vida es hermosa. Quisiera ser un bálsamo derramado sobre tantas heridas". Pero todos sabemos que la vida en bruto no basta y que solo adquiere algún sentido cuando es pasada por el tamiz del arte y la reflexión.

El título de Devoraluces es una sola palabra, una palabra que no existía hasta que la puse en la portada, y no se trata en modo alguno de un gesto gratuito sino propio de a quien le preocupa la estética y la calidad estilística tanto o más que el tema, aunque ello reclame al lector un ejercicio de atención, le oponga un cierto grado de resistencia. Cualquier escritura esencializada, cualquier declaración de amor por el lenguaje, requieren un estado propicio de calma para su lectura. En todos los relatos de Devoraluces imprimí un tratamiento poético a la materia narrativa, dotándola de una sensorialidad que espero haya resultado sugerente. Llegando incluso -en el texto Émula de la llama- a un desnudo integral con el que intenté contar la verdadera e indecible embriaguez del amor, del milagro de un amor verdadero, con su sincronización absoluta en todos los campos de la existencia, un amor huracanado como lo llamaría Manuel Vilas. Llegando también, en el texto titulado Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies, a poner un broche último, vitalicio, a una producción ficcional de cuarenta años. Lo bello es un anhelo, un estado, no una meta alcanzada, sino un misterio huidizo y profundo. Los relatos de Devoraluces caminan morosamente en pos de esa belleza, encarnada no en el muslo de una Dánae pintada por Tiziano sino en una intensificación de las sensaciones, en la magia de la infancia representada por las luciérnagas, en el sortilegio de la esperanza, de los sueños, de la solidaridad, de los arrebatados viajes por los libros, de la inocencia, de los afectos, del color como salvación y del erotismo como delirio.

Como dije antes, Devoraluces nació -o al menos se potenció- tras mi encuentro con Marina Tapia, un bien inesperado. Escribí casi todos los relatos “tendido a toda luz” bajo el influjo de ese tornado personal, de esa dulcísima y enriquecedora colisión en cuyas órbitas increíblemente sincrónicas aún estamos (y seguiremos por siempre) orbitando. Para Blanchot, la literatura era una forma de la muerte, mientras que para Thoreau era parte del impulso de la vida. Puede que ambos tengan razón pero, aunque todos vivamos realmente en la plenitud de la nada, la opinión más certera me parece la de Carlos Marzal: "Cuando se deja atrás la 'inmortal' juventud y el lujo del catastrofismo y la negatividad, uno se da cuenta de lo frágil y fugaz que es todo y tiende a desarrollar como defensa el vitalismo".

Creo que con Devoraluces no sólo asumí esa defensa lógica que impone el paso del tiempo, pienso que con Devoraluces no sólo brotó una especie de Cantar de los Cantares bajo el benéfico y risueño auspicio de Marina, sino que quise escribir un libro que diera gusto leer e hiciera soñar, que buscara los momentos de felicidad entre los pliegues tenebrosos de los días y entre los amenazadores desfiladeros del mundo. Un libro que fuera una grata ola de palabras fluyendo sobre el lector como el sol sobre un campo. Ya sabemos que las palabras nos salvan; que, sin el lenguaje, el amor no existe; que la literatura es la experiencia de ver la naturaleza, el cosmos, la materia misma, como un milagro.

Hago votos para que este libro ponga siquiera una gota de luz, una filigrana de luz, una voluta de luz en la vida de alguno de sus lectores. Y para que les recuerde que cada acto de la vida puede ser un acontecimiento extraordinario. Como escribió Cioran en sus Cuadernos: "Un alma cantarina... Pese a lo ridículo de la expresión, ¿hay algo más bello, más elevado?".

domingo, 9 de diciembre de 2018

Reseña de Las frutas de la luna por Miguel Arnas


Más que un amigo de Ángel Olgoso, Miguel Arnas es como un hermano mayor y el culpable de haberlo espoleado a fundar el Institutum Pataphysicum Granatensis. Escritores ambos, académicos de Buenas Letras y patafísicos, su amistad va a cumplir veinte años. Os dejo con esta jovial y afectuosa reseña que Miguel escribió para su blog elarboldearnas sobre Las frutas de la luna cuando se publicó aquel libro capital de Ángel.

viernes, 17 de noviembre de 2017

La Rosa de los Vientos, en el Centro Artístico




En un cálido ambiente de amigos y aficionados a la literatura, se asistió en el Centro Artístico a una nueva sesión del ciclo Anomalía (Conversaciones transversales). En esta ocasión, no en torno a un autor sino a un texto. Con las luces apagadas, se escuchó primero la grabación realizada por José Luis Gärt de La Rosa de los Vientos, relato inédito de Ángel Olgoso, toda una carta de amor a la historia de la literatura universal que comienza con el Ulises de Homero y acaba en el Ulises de Joyce.

jueves, 27 de julio de 2017

Reseña doble de Las frutas de la luna, por Gärt


José Luis Gärtner es, posiblemente, uno de los más entusiastas conocedores de la obra de Ángel Olgoso: ha presentado sus libros en varias ocasiones, ha escrito reseñas sobre ellos (como la extensa que hoy traigo aquí, publicada con coda en la revista digital Tendencias 21) y colabora con él mano a mano en el Institutum Pataphysicum Granatensis. 

viernes, 14 de julio de 2017

Presentación de Mil años después


Retomando el hilo de los textos irónicos e ingeniosos de Ángel, os dejo con otra muestra, en este caso de fino y a la vez hiperbólico humor británico: la presentación del libro de relatos de Celia Correa Góngora (presidenta del Centro Artístico de Granada, patafísica y buena amiga del escritor) el 21 de noviembre de 2013 en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Granada.

domingo, 26 de marzo de 2017

Entrevista en Granada Hoy

A pesar de que Ángel Olgoso ha sido siempre un escritor discreto, casi huidizo, acaba de aparecer en Granada Hoy esta divertida entrevista (selfie incluido) que le ha hecho el periodista y también escritor Andrés Cárdenas, centrada sobre todo en la literatura y en la Patafísica. Y aunque Ángel siempre ha estimado un arte hoy poco cultivado, el de desaparecer, me consta que, al menos en este caso, ha cumplido de buena gana -incluso disfrutado- esos a menudo penosos menesteres que obligan a hablar de uno mismo.

lunes, 13 de marzo de 2017

Reseña de Cuentos de otro mundo

Reseña en cicutadry.


Cuentos de otro mundo. 
Ángel Olgoso: el asombro de lo cotidiano


Publicado por: Jaime Molina


He decir que hasta hace muy poco Ángel Olgoso era un autor completamente desconocido para mí y, como sucede con bastante frecuencia, llegó a mis oídos a través de recomendaciones o, más concretamente, mediante la recomendación de mi amigo Ismael, sobre cuyo gusto y criterio literario tengo confianza sobrada. Así pues, tras apuntarme el nombre del escritor y algunos de sus títulos, me lancé en su busca y el primer libro que encontré en una librería fue este "Cuentos del otro mundo". Creo que no exagero si digo que Olgoso es un autor que deslumbra desde la primera página. El libro en cuestión es una colección inusualmente extensa de cuentos, alrededor de noventa, si no recuerdo mal, normalmente de tamaño bastante corto, siendo algunos de ellos microrrelatos, pero independientemente de su tamaño, aunque tengan solo unas pocas líneas, cada una de las historias que se narran rezuman literatura en estado puro, y están escritas con un estilo muy personal, depurado y formal, con un vocabulario tremendamente preciso y elegante, pero sin que este resulte cargante ni tedioso. Incluso en los textos de formato más corto, recomiendo al lector que no se precipite en la lectura, sino que paladee despacio cada frase, pues el autor juega con el lenguaje de un modo extraordinario, utilizando de forma impecable y con absoluto dominio la sintaxis y el léxico, sin resultar alambicado, pero demostrando un amplio conocimiento y gusto por el idioma, en cierto modo a la manera de aquellos escritores hispanoamericanos que a partir de mediados del siglo XX comenzaron a revolucionar la concepción de la literatura y del uso del lenguaje. Olgoso es, como lo fueron muchos de esos escritores, una especie de experimentador del lenguaje que no solo nos sorprende por su manera de usarlo, sino por su manera de construir historias y desarrollarlas.

Los relatos de este libro están divididos en tres partes, cuyos títulos ya nos anuncian el carácter extraordinario de los relatos con los que vamos a enfrentarnos: “Mundo murciélago”, “Nuevos cuentos del Folio Club” y “Cuentos alrededor de una mesita de té en el vientre de una ballena”. Muchos de los cuentos que se engloban en estas secciones son de un formato muy breve, microrrelatos que ni siquiera llegan a ocupar una página. La temática general de las historias es, como se sugiere a través del título, de índole fantástica. Sin que existan claras reminiscencias a los autores hispanoamericanos que tanto exploraron este género, cada uno de los relatos de Olgoso es como un pequeño bombón con el que conviene deleitarse sin prisas, no solo para disfrutar con su construcción, sino para no perder ni un solo detalle, pues son muchos los que se esconden en cada párrafo y algunos resultan claves para entender el desenlace.

El tratamiento que Ángel Olgoso hace del cuento fantástico es extremadamente personal, y pese a las analogías con la literatura hispanoamericana que antes he mencionado, y aunque en cierta manera el estilo de estos cuentos pueda considerarse deudor de la narrativa fantástica hispanoamericana, sus historias no deben considerarse, para nada, meras imitaciones de cuentistas como, por ejemplo, Borges, Cortázar, Bioy, Arreola, Monterroso, etc. Creo que "Cuentos de otro mundo" tiene poco que ver, desde una perspectiva formal, con las de esos autores, en el sentido de que si, por poner un ejemplo, mientras que Borges se decanta en sus narraciones por temas con un cierto componente erudito, falsas bibliografías, etcétera, Ángel Olgoso parece sentirse más cómodo con asuntos cotidianos, en los que a menudo le gusta introducir un componente humorístico, a veces con matices jocosamente negros. Como creo que dijo el propio Borges en una ocasión, para construir un buen cuento hay que tratar de buscar ese asombro en lo cotidiano ya que es ahí, en esas historias aparentemente triviales, donde precisamente por ese carácter tan insustancial, tan común, resulta más fácil sorprenderse con un giro inesperado. En ese sentido, sí puede afirmarse que Olgoso sigue fielmente el consejo del maestro Borges, y consigue triunfar con cuentos verdaderamente brillantes, deslumbrantes. De hecho, los cuentos de Ángel Olgoso pueden considerarse como ejercicios para despertar la imaginación, huir del tedio de esa normalidad o cotidianidad y sumergir al lector en ese mundo fantástico, nunca bien comprendido y mal apreciado de los relatos cortos. Recomiendo vivamente a todos aquellos lectores que aún no conozcan estas pequeñas joyas literarias que lean los relatos de este singular cuentista. No se arrepentirán.


Con Paolo Remorini y José Luis Gärtner, durante la presentación granadina de "Cuentos de otro mundo" en el salón de plenos del Ayuntamiento de Granada.

viernes, 24 de febrero de 2017

Mar de nubes y Lamedores de cielo



En su blog Mar de nubes, el escritor José Luis Gärtner acaba de publicar una entrada emocionada y emocionante sobre los perros, lo que me ha llevado al recuerdo de un conmovedor relato de Ángel Olgoso, "Lamedores de cielo".









LAMEDORES DE CIELO



Cuando estacioné y bajé del coche, el perro estaba allí, en la zona sombreada de una esquina del café, echado sobre la acera, mirándome. Dejé de saborear el cigarrillo. De pronto me di cuenta que estaba cambiando una mirada apreciadora, de una vívida afinidad, con un perro desconocido. Según observaba con más detalle al viejo animal, sentí un peso oprimiéndome la nuca. El despiadado estrépito de la ciudad, todos los sépticos ruidos de la vida, se desvanecieron. Creí apreciar huellas en su forma de ladear la cabeza, en la mansedumbre de sus ojos azulencos, en esa aura de reyezuelo indolente que el tiempo ha desamparado. Intuí otras formas bajo su tostado pelaje, otras facciones bajo su hocico y los pliegues de su testuz. Sopesé indefinidas reminiscencias, sombras en movimiento, reveladores vestigios. Un nexo de acción puramente refleja y de dolorosa nostalgia por todo aquello que falta. El perro olfateó desperezado. Y mientras sus ojos avanzaban hacia un brillo más intenso, la angustia me iba empapando como ese aguacero que se encona a veces sobre nosotros. Había algo sólido ahí dentro, en su mirada, sus parpadeos de reconocimiento murmuraban frases que instintivamente yo podía entender, palabras mudas que me dirigió diez años atrás mi hermano mayor antes de huir para siempre de nuestro padre y de nuestras vidas. Había un melancólico sentimiento piadoso retrepado en el interior de aquel perro callejero. Sus orejas colgantes y melladas hablaban en apariencia de huroneos interminables, de luchas y gemidos, de gloriosas carreras, de tácticas de garduño, de hambres y heridas, de territorios rendidos y recobrados. En el reflejo de sus ojos vi de pronto a las nubes amontonarse sobre la línea de los tejados, merced al impulso de un viento apacible. Y entonces, con un gesto de lealtad hacia el niño que fuimos, acaricié su lomo. Recibí una oleada de evocaciones, de imágenes y pensamientos, una especie de confirmación de identidad, de estupor extremo, un calor reconfortante que estalló inmediatamente entre mis dedos dejando escapar los infinitos susurros de seres sin hogar, de seres desencarnados, como si expiaran la absoluta aflicción que nos provocó su pérdida. La brisa trajo el olor de fuegos lejanos, el aroma de distantes recuerdos, entre tristes y cómicos. Por un momento me pareció que aquel perro, que mi hermano desaparecido y atrapado en aquel perro, asentían lenta e imperceptiblemente con la cabeza. Creí haber comprendido. Y de mis ojos manaron lágrimas.