He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

lunes, 10 de agosto de 2026

"La máquina del tiempo de Morla Lynch" en Horizonte Garnata

Comparto mi artículo en la revista Horizonte Garnata acerca del que es probablemente el libro más vívido jamás escrito sobre Lorca, entresacado de sus extraordinarios diarios íntimos por el diplomático chileno Carlos Morla Lynch, “En España con Federico García Lorca”:





<<LA MÁQUINA DEL TIEMPO DE MORLA LYNCH.

Cualquiera puede viajar en el tiempo y recibir el estremecedor impacto de ver ‘vivo’ a García Lorca, en primera fila, de convivir doméstica y socialmente con esa criatura milagrosa y con toda una pléyade de los mejores creadores literarios y artísticos de la España anterior a la Guerra Civil. Ese artefacto prodigioso (en versión limitada desde 1957 y completa desde 2008) es el excepcional libro ‘En España con Federico García Lorca (Páginas de un diario íntimo, 1928-1936)’, obra del diplomático chileno Carlos Morla Lynch, compositor musical, escritor y humanista, quien mantuvo una íntima e intensa relación de amistad con Federico y con lo mejor de la intelectualidad española del momento, y la puso por escrito en estado de gracia. Sus casas de Madrid -primero en Velázquez, frente al torreón de Gómez de la Serna, y luego en Alfonso XII-, donde vivía con su esposa Bebé Vicuña y su hijo Carlos, fueron centro de reuniones literarias y de veladas sin parangón. Allí acudían no sólo los poetas de la generación del veintisiete, también sus compatriotas Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Vicente Huidobro, así como numerosos pintores, escultores, toreros, periodistas o políticos.

En mi opinión, este documento único, subyugante, es el testimonio más vívido jamás escrito sobre Federico, por encima incluso de los maravillosos libros de sus hermanos Francisco e Isabel. El mismo Morla Lynch lo explica al comienzo del volumen: “Alguien me dijo un día: -Tú que has fraternizado tanto con García Lorca y vivido una larga etapa unido a él; tú que llevas un apunte de tus impresiones diarias, ¿por qué no escribes una semblanza suya, un retrato íntimo y sencillo, un ‘film’ del Federico de todos los días, del cual tanto se habla sin un verdadero conocimiento de lo que fue su personalidad incomparable? Se desearía verle de cerca, sentirle vivir en esos trechos de su camino en que, desligado del público, se reintegraba al desempeño del papel de su personaje auténtico”. Morla Lynch se revela en este libro como un admirable memorialista, de los que por desgracia apenas existe tradición en las letras españolas. La altura literaria, la profundidad psicológica y el dinamismo de las páginas de este diario no tienen comparación ni equivalente: poseen la virtud de ser coloquiales, entrañables, mágicas, amenas, anecdóticas, sentimentales, antropológicas, filosóficas, dramáticas y, claro, conmovedoramente testimoniales. Destaca sobremanera la portentosa capacidad de Morla Lynch para el retrato de personajes en pocas líneas, verdaderos camafeos físicos y espirituales de los mismos, de esa gran familia, “de esa hermandad admirable que reúne en un haz de oro a Federico, Alberti, Cernuda, Manolito, Jorge Guillén, Aleixandre, Salinas, Gerardo Diego, Moreno Villa, etc.”, imágenes de una finura y plasticidad tales que hace que permanezcan indelebles en el lector. Además, y por encima de todo, siempre vale la pena rendir homenaje a la belleza y a la amistad, y más cuando vienen realzadas por la cultura, la alegría y la inteligencia.

En sendas cartas, Aleixandre y Jorge Guillén respectivamente, expresaron a Morla Lynch su entusiasmado parecer sobre la obra: “El libro rebosa cariño de la figura que lo llena, y está saturado de pululante vida, como escrito con el frescor de cada día”. “Tu libro es maravilloso, me ha tenido en vilo, me ha hecho gozar lo indecible, me ha divertido con una insólita alegría de otros tiempos, me ha causado admiración. Y me alegro infinito no haberme muerto sin conocer este testimonio único de aquella época, que bien evocada, tiene que hacernos llorar a los que la vivimos. Eres un observador de una increíble bondad, siempre generoso, y por eso mismo tan justo y sagaz. Posees un profundísimo sentido del prójimo, y siempre a través de un alma clara y un gran don de simpatía. Esa simpatía profunda era algo genial en Federico y en ti también. Para saber quién fue aquella extraordinaria criatura no habrá mejor testimonio que el tuyo. ¡Cómo reaparece todo: época, ambiente, gentes, amigos! Sí, te gusta España, y la sabes querer. Y esto también me conmueve”.
En estas “Aleluyas tiernas del Federico pirulino”, comparece un Lorca en primer plano, un ser de recursos inagotables que, según la expresión andaluza, tiene cielo. Él mismo dijo -hablando de otros- que “hay seres cuyas vidas han irradiado destellos demasiado intensos para que las sombras de la muerte puedan extinguirlos”. Según Morla Lynch, Lorca, “como todos los seres en los cuales predomina la bondad, no le da a su talento la importancia que merece”. El lector podrá estar a solas con él, acompañar a Federico de excursión (soberbias las de la Semana Santa de Cuenca y la Sierra de Gredos), verlo en la habitación del hotel en calzoncillos y roncando, o con sus viejas y feas botas, o con un pijama gris con rayas que le da un aspecto de presidiario, o en cama con barba de tres días y una gripe imaginaria. Podrá asistir, desde una privilegiada butaca, a conferencias, a lecturas privadas en el salón (“La obra leída por Federico es quizá la forma más perfecta de conocerla”), a estrenos teatrales en primicia (“Son éstos los momentos en que se me antoja que Federico es casi superior a sus obras; libro abierto que derrocha tesoros. Es casi imposible expresar lo que me inspira cuando se presenta en toda su deslumbradora autenticidad: felicidad de oírle hablar, felicidad de penetrar su espíritu, felicidad de sentirme a su lado”). Federico es un vendaval que va y viene con un caudal de noticias. “Exuberante, vibrátil, desordenado, efervescente, un volcán en constante erupción. Fuerza incontenible de estallidos violentos e inesperados. Con todo: el encanto de un niño grande, juguetón y travieso”.

Hay, asimismo, decenas de personajes irrepetibles, como Rafael Martínez Nadal, “algo así como una perpetua llamarada”, una especie de Harpo Marx de una vitalidad asombrosa, que de pronto lanza manotazos y alaridos y sale de las casas por la ventana (“Todo lo que se produce espontáneamente resulta superior e inimitable”). Hay poetas que no quedan muy bien parados en sus actitudes y suspicacias, como Neruda o Huidobro, perpetuos querellantes (“Vicente Huidobro me da su impresión particular sobre los poemas de Federico: -Pinceladas magníficas, pero meditación escasa, e imágenes demasiado fáciles”). Y, en medio de todos ellos, un Federico que “no me habla hoy de la muerte, sino de las bellezas de que está llena la vida. -Cada día -dice- trae consigo un nuevo aliciente y una nueva sorpresa”. Un Federico que le confiesa: “Yo también estoy acostumbrado a sufrir por cosas que la gente no comprende ni sospecha”, “Hay seres linajudos que tienen almas plebeyas, y campesinos que son príncipes”, “¿Dormir cuando la vida es buena? ¡Qué va! ¿Cómo puedes pensar en dormir cuando la vida está que arde fuera?”. Un Federico que “ha traído consigo todos los tesoros que abundan en su corazón de oro con el fin de distraerla y, con un derroche de ingenio y de fervor irresistible, los ha tendido a sus pies. Más que nunca ha brillado hoy en ese papel de sol que a veces desempeña”. Un Federico creador de neologismos, como ‘epéntico’ (los que crean pero no procrean), ‘chorpatélico’ (difícil de definir), que se propone crear un Club Elepente (“otro neologismo suyo que no expresa nada preciso, un club de seres buenos, simpáticos, comprensivos, sin prejuicios, que perdonan todo lo que es sincero aunque sea equivocado”) y el Teatro de la Anfistora, que significa todo, lo que se quiera o ninguna cosa. Y está, cómo no, esa escena antológica, la boda de Manuel Altolaguirre y Cóncha Méndez, “un descomunal disparate en un ambiente de alegría sin igual, de completa desorganización y revoltillo inenarrable”, hilarante y veloz como una secuencia de ‘slapstick comedy’.

Con su máquina del tiempo, con la modesta, minuciosa y continuada labor de su diario, Morla Lynch combate el poderoso avasallamiento de lo efímero. Para que no se pierdan los afectos, los pasatiempos, los fastos humanos de un grupo excepcional de gente, sus diálogos, diversiones, anhelos, proyectos y pensamientos, el diplomático chileno los recoge como una hormiga hacendosa y maravillada, y, mediante la fijación de un lenguaje a la vez exquisito y colorista, sutil y efusivo, grato siempre, logra la proeza de perpetuarlos, de mantenerlos tal y como eran en vida, pero animados, en el aire de sus gestos y sus palabras, del ambiente impar de sus reuniones, pícnics, tertulias, fiestas, ensayos, soirées como no se habrán visto otras iguales, corridas de toros, zarzuelas, de La Barraca, la Residencia de Estudiantes y el Pen Club, de la situación política del país (Cataluña o la Revolución de Asturias), esperando a un nuevo lector, a un nuevo viajero del tiempo que desee acceder a esa época concreta, a esa gota de ámbar bulliciosa de actividad donde podrá encontrarse por ejemplo -además de con todos los citados anteriormente- con Unamuno, Gregorio Marañón, Ortega y Gasset, Manuel de Falla, Valle-Inclán, La Argentinita, Azaña, María de Maeztu, Eugenio d’Ors, Rosa Chacel, Ignacio Sánchez Mejías, Maruja Mallo, Fernando de los Ríos, Jean Cocteau, Salvador de Madariaga, Wenceslao Fernández Flórez, Concha de Albornoz, el expedicionario capitán Iglesias, el cardenal Tadeschini, Francis Poulenc, Artur Rubinstein o Yehudi Menuhin.

En definitiva, en esta impagable edición de Renacimiento -notablemente aumentada con respecto a la edición anterior de los años cincuenta, censurada y expurgada, enriquecida ahora con imágenes, documentos y apéndices-, Carlos Morla Lynch atestigua, certifica, refleja y revela fidedignamente, a corazón abierto, la honda y cómplice amistad que mantuvo con Federico García Lorca y con buena parte de los integrantes de la fabulosa Edad de Plata de la cultura española. “Bajo el hechizo de esta lectura que nos hizo Federico, y que conservaré grabada en mi alma como se atesora lo sublime que no volverá a producirse, experimento la sensación de haber asistido a una ‘cosa perfecta’; perfecta como arte y belleza y perfecta como como armonía espiritual. Impresión de fiesta campestre improvisada, exenta de egoísmos y de rivalidades, en la que se han reunido tan sólo factores edificantes, inteligencia, levedad, colorido, poesía, pintura, música y, envolviéndolo todo, amistad, cariño y alegría. No se puede pedir más. Es uno de los días en que he sentido más contento a Federico. He observado que, para elevarse a estas cumbres, tiene él que dominar a la asistencia, planear sobre ella, ser él quien mande e impere quien ate a su auditorio al carro de su elocuencia. Y esto lo obtiene cuando quiere -cuando le interesa y cautiva el ambiente en que se encuentra-, porque posee la llama sagrada y el fluido magnético para hacerlo que ahuyenta todas las susceptibilidades. Logra así, travieso y atrevido mas nunca mal intencionado, que todo se le soporte y permita. No he podido llegar aún a explicarme cómo se las arregla para cantar y reírse a carcajadas a un tiempo sin que se pierda una palabra de lo que dice”.

A destacar también, además de la riqueza singular de su memoria y de su estilo -no sólo de ‘En España con Federico García Lorca’ sino del resto de sus diarios, el de París y Berlín-, la admirable caballerosidad de Carlos Morla Lynch, su compromiso social, su valentía para vencer el miedo generalizado tras el golpe militar franquista, su inusual equidistancia a la hora de conceder refugio en la embajada a cualquiera que lo necesitara, independientemente del bando o del partido. Como dice el prologuista Sergio Macías Brevis, “esperamos que se valore como se merece su contribución diplomática, solidaria, literaria, artística y, sobre todo, humana”. En una de las cartas, Federico se despidió de su amigo chileno a su manera inimitable y simpatiquísima: “No me has escrito y te has portado como con cerdito chiquito bonito que se llama Luisito y que tenía una copa en el culito. Carlitos tampoco me ha comunicado y se ha portado como un pescado colorado, que está demasiado salado y tiene el hígado esponjado. Escríbeme, Carlos. En seguida seré con vosotros y esto me alegra el aire adorable de Granada. Abrazos. Federico”>>.
(Ángel Olgoso)


domingo, 9 de agosto de 2026

Cuentos completos en marcha

Recuento de mis Cuentos completos (Eolas Ediciones). Los primeros cuatro volúmenes de seis, ordenados por temas. 700 relatos en total. Un universo de historias.



jueves, 23 de julio de 2026

Manuel Ángel Gómez Angulo escribe sobre "Los líquenes del sueño"

Muy agradecido al escritor Manuel Ángel Gómez Angulo por la frescura y originalidad de sus apreciaciones sobre "Los líquenes del sueño. Relatos 1980-1995" (Tropo), libro inencontrable que -según tengo entendido- ha conseguido en Inglaterra. Una lectura donde hace escala en algunos de mis relatos preferidos de aquella lejana época. En cualquier caso, todos estos textos van recogidos en los cuentos completos que está publicando Eolas en seis volúmenes:






<LA MODESTA OPINIÓN DEL LECTOR.

En los líquenes —edición descatalogada— pese (o gracias) a su multiplicidad de temas y universos hay un punto en común, la lengua. Creo que es el engrudo que nos hace deleitarnos con esas historias disparatadas o no (y lo que nos hará volver a ellas). Al final, todas son creíbles o verosímiles, que es de lo que se trata. Dejan algo, un transporte, un sabor del tipo que sea en nuestras bocas que 'paladean' su delicadeza, horror, humor o hermosura. En Ángel hay un cuidado especial por ella y por supuesto por la esmerada estructura del relato y la prestidigitación de sus finales. A volapié, me acuerdo del vampiro torero con el que no he parado de reír; de la disfunción eréctil de Holmes (fenomenal ejercicio camaleónico en el uso doyleano de la prosa de un maestro, al que supera); del cosmonauta /mamarracho Utt que lo mismo podría haber estrellado su nave contra un muro de la casa de Jeloquiti, un árbol centelleante del jardín de la abeja Maya o la espesa pelambre de los mundos de Yupi; esa genial vuelta de tuerca de continuidad de los parques en una pecera que me parece más imaginativa que la del propio original, etc etc etc. Para rematar la función, no es erróneo saludar y aplaudir la road movie de un gaucho/cowboy, que huye de un abrazo parricida a bordo de un destartalado Barracuda a través de un mundo desquiciado que ya quisieran para sí C. McCarthy o Dick o Vonnegut. A propósito de este último cuento, uno de los ejemplos paradigmáticos entre altura estilística y soberbia imaginación, pura alucinación a velocidad de vértigo, Olgoso hace gala, dueño de su usual maestría, de la imaginación y el sarcasmo hasta límites insospechados, sin caer por ello en ningún momento, en el mal gusto o la extravagancia.>>

Prólogo de "El mar interior y otras ingladuras", de Antonio Sancho

Un placer y un privilegio haber escrito el prólogo de “El mar interior y otras singladuras” (Grupo Pandora), libro de relatos de Antonio Sancho Villar, fantástico en su doble sentido e ilustrado profusamente a todo color por Kim Aubert, mítico historietista de El Jueves. Os dejo con mis palabras, como aperitivo de otra de las maravillosas ediciones de tirada reducida a las que nos tiene acostumbrados el gran Pedro Tabernero:




<<COMETAS BICÉFALOS QUE CRUZAN EL CIELO.

Como sabemos, la literatura maneja una segunda realidad, y esta es tan firme como la primera, aunque no tiene las mismas leyes: ofrece una realidad transfigurada, profundizando en el conocimiento de la primera. Antonio Sancho Villar forma parte de ese grupo de autores jóvenes que vienen despuntando, y que, aunque no desprecian el realismo y lo cultivan sin remilgos, lo enriquecen al prestar la debida atención a lo imaginativo, a lo fantástico, como el granadino Alejandro Molina, el valenciano Javier Navarro o el mexicano Juan Antonio Tamez-Elizondo. Todos ellos, partidarios de la invención, “cometas bicéfalos que cruzan el cielo”, son capaces de tornasolar sus obras con esas aves que no hay y esas rosas que no se marchitan de las que hablaba el añorado Cunqueiro, profeta celta de las ensoñaciones y las leyendas, nutricio en milagros, sirenas y ciudades sumergidas. Todos ellos profesan admirablemente, y casi a contrapelo, un gusto por las historias insólitas, extraordinarias, especulativas, delirantes, por los sabrosos desvaríos de la percepción, por los gabinetes de maravillas. Para todos ellos, la quimera de lo fantástico es realidad evidente y no hay que presentarla en bruto sino nimbada por el misterio y el escalofrío. Según José María Merino -otro eximio cultivador de lo irreal, de lo intranquilizador, de lo fabuloso, de lo ‘unheimlich’-, la literatura debe hacer la crónica de la extrañeza. Para que los artistas puedan considerarse como tales, quizá sea una condición indispensable el hecho de no ver nunca las cosas como son, de persuadir a sus semejantes a mirar más allá de la rutilante pero fina y engañosa piel de la realidad -si es que tal cosa existe-, de sembrar la duda en el lector sobre la verosimilitud de lo narrado, de inocularles una desazón irresoluble, una perplejidad no exenta de nostalgia por un mundo distinto al que nos toca vivir.

“El mar interior” y otras singladuras” es un magnífico ejemplo de cómo alinear el asombro con eficacia y naturalidad en el friso de lo habitual. Entre sus páginas, el lector encontrará ”licores llenos de ensueños y odiseas”, mares interiores, fantasmas y grimorios, caníbales y arponeros, ganado unicorne y taxidermia humana, ocultistas, mascotas fieles más allá de la muerte, pipas de espuma de mar con un diminuto mascarón de proa tallado en forma de ondina, micromundos delirantes encerrados en las cabezas de los locos. Entre estos “apocalipsis en miniatura”, entre estos desajustes cósmicos en los que se quiebra el orden natural, el lector se codeará con personajes fantasmales, con protagonistas que atraen los milagros, con almas en pena, con espectadores de la soledad y del horror del universo, encariñados con sus secretos, encerrados en pequeños infiernos hechos a medida, donde la mentira resulta más cómoda que la verdad, donde la cadena trófica, y el lugar que ocupas en ella, es lo único cierto.

Ya Casanova observó que la facultad de ver la verdad sólo se aviva en los seres humanos a través de un sobresalto o convulsión. Antonio Sancho posee un talento poco común para hacer soluble lo anómalo en lo ordinario, para favorecer en lo familiar lo imprevisto y lo fatal, y de manera más terrible por cercana e inesperada: desde las atractivas premisas, pasando por cierta concatenación de muñeca rusa en la narración, hasta las acertadas resoluciones, los intensos e inolvidables relatos de “El mar interior” satisfacen la sed de misterio, hacen sentir al lector “el hormigueo de lo imposible”, como un niño a la vez asustado y fascinado. Son relatos que se sitúan en esas equívocas y sugerentes fronteras entre la luz y la sombra, que demuestran a las claras que ”cualquier cosa que exista por mínima que sea, también los objetos inanimados, deja su huella fantasmal en la realidad”.

Algunas historias tal vez le podrán traer al lector la fragancia de Aldecoa o Dieste, otras de Roald Dahl o de Jean Ray. Pero en todas queda urdida un síntesis perfecta de lo real y lo fantástico, como la lograda por Torrente Ballester en Castroforte del Baralla, aquella ciudad imaginaria de su “La saga/fuga de J. B.”. Otro autor imaginativo que suscribiría sin duda las palabras que pone Antonio Sancho en boca de uno de sus personajes: “el mar es el representante en nuestro mundo de lo sobrenatural y lo mutable”. Y así se manifiesta en estos excelentes relatos, ya sea en ese mar que llega a Ardiza, la polvorienta ciudad de provincias, tras el capitán Ismael, o en ese mar interior bajo el Albaicín de Granada, con una isla repleta de tesoros. El mar, sonoro y poderoso, siempre haciéndose y rehaciéndose, navegando sin navegar, abre y cierra su colección de relatos del sevillano Antonio Sancho Villar, que alguna vez se definió como domador de tortugas y pacífico vendedor de teseractos. Nuestro autor, que repudia la estrecha senda que lleva a la cárcel de la razón, no sólo no tiene miedo de dejarse llevar por lo fantástico de sus historias (como en cierto modo le ocurría a Joan Perucho y Bioy Casares) sino que porta con brío su lumbre.

”La literatura es un pobre sustituto para el mundo de maravillas que se abre tras la muerte”, se lee en estas páginas no exentas de mirada irónica. Sin embargo, tras la lectura de “El mar interior”, donde tienen predicamento y posada los embelecos de la imaginación, dan unas ganas irrefrenables de quedarse a vivir entre sus fabulaciones y trances, entre sus sorpresas y prodigios, de convertirse también ahí en un feliz fantasma>>.

Reseña de "Holobionte" por Carlos Manzano en Entretanto Magazine

La magnífica reseña de "Holobionte" por el escritor Carlos Manzano en Entretantomagazine:





    <<Podría pensarse que los que hemos leído exhaustivamente a Ángel Olgoso, los que nos hemos empapado hasta la médula de la exquisitez de sus prosa, de la delicadeza de su estilo, tan lleno de aliento poético y tan proclive a la fabulación, difícilmente podremos sentirnos conmovidos de nuevo por sus monumentales construcciones semánticas, por sus imponentes juegos verbales, por sus impresionantes alegorías imaginativas, asentadas no obstante en unos trazos mínimos, unas breves pero enjundiosas frases que, en ocasiones, ni siquiera llegan a superar la longitud de una página. Sin embargo, igual que un viajero vocacional jamás se cansaría de admirar una y mil veces la majestuosidad del Taj Mahal o las refinadas geometrías de los techos de la Alhambra, los buenos lectores nunca nos hartaremos de degustar la prosa exquisita y depurada de Olgoso, su sentido preciso del ritmo ni su absoluto y apabullante dominio del idioma. El autor granadino escribe como si trazara exquisitas filigranas en los frisos de una imponente ‘haveli’ o afinara los sutiles y cimbreantes esmaltes que decoran el exterior de una porcelana Ming: sus textos pueden leerse una y otra vez sin que el ingenio que los ha hecho nacer ni su capacidad de causar asombro sufran merma alguna.

En «Holobionte», el cuarto volumen del total de sus relatos que la editorial Eolas se ha propuesto publicar a lo largo de seis entregas, tenemos una prueba más (como si hicieran falta más pruebas) de lo dicho. En «Holobionte» están sus textos más específicamente alusivos a lo que podríamos denominar la dimensión humana; los diferentes seres y la intrincada red de relaciones que se crean en el curso de la interacción social protagonizan el grueso de los relatos que tienen cabida en este volumen. Predomina, como primera característica, una mirada algo oscura, o tal vez escéptica, o puede que desencantada, sobre las circunstancias que definen la esencia de lo que somos. Más allá del excelente relato que da fin al libro, “Cuento de horror”, con el que por otra parte me identifico plenamente, hay otros más donde esa mirada se expresa con absoluta contundencia, como puedan ser “La travesía” o “El solipsista”. También nos encontramos con textos donde la exquisitez estilística de Olgoso se despliega con toda maestría, como sucede con “Nubes”, una exquisitez a la altura de los más grandes autores clásicos, o “Perlas de Indra”, que no por cruel y despiadado deja de ser eminentemente bello. Hay también otros donde se percibe el acerado sentido crítico del escritor granadino, como “El lobo viejo de las desgracias”, “Los ujiji” o “La corporación”. Igualmente, tenemos relatos donde la mirada actual se entronca con la del pasado como si se tratara de un juego de espejos deformantes, como “La larga digestión del Dragón de Komodo”. Y también hay textos en los que prevalece cierta fijación obsesiva en la conducta de sus protagonistas, como “Flores atroces” o “El descanso de Sísifo”. A lo largo del libro predominan los relatos breves, como mucho de tres o cuatro páginas, a menudo de un solo párrafo, con excepción de dos textos realmente magistrales como son “El síndrome de Lugrís”, quizá el más prosaico de todos, pero no por ello menos excepcional (de hecho es uno de mis favoritos), y “Amargo”, que al mismo tiempo destila una distinguida misantropía. También, por supuesto, los hay donde el sentido del humor de Ángel Olgoso hace acto de presencia, como “Hispania II” o “Darwinismo”, aunque la ironía y la sátira están presentes en mayor o menor medida en casi todos ellos.

    Habría muchos más relatos a destacar, obviamente (no creo que haya ni uno que no merezca el halago y el reconocimiento), en un libro que acoge hasta sesenta y cuatro cuentos, pero no es este el lugar apropiado para ello, por espacio y por intención de quien esto escribe. Solo cabría insistir en que Ángel Olgoso es uno de los más grandes escritores nacionales de la actualidad, que su extraordinario talento para construir universos ficcionales en unos pocos párrafos y edificar enjundiosas fabulaciones con el simple uso del lenguaje encuentra pocas correspondencias hoy en día (al menos que yo conozca), y que cada texto suyo, cada relato, contiene dentro de sí varias lecturas que jamás agotan su significado por muchas veces que se acuda a él. «Holobionte» es la más reciente prueba de ello>>. 

miércoles, 24 de junio de 2026

Presentación de "Circunloquio de amapolas" de Sebástián Waldo

 Presentación en la Biblioteca de Andalucía, junto con Marina Tapia, de "Circunloquio de amapolas", el último poemario del poeta chileno afincado en Granada Sebastián Waldo. Comparto mi mi introducción:





<<Hoy presentamos el nuevo libro de Sebastián Waldo y, para ello, nos acompaña la también poeta y paisana suya Marina Tapia. Voy a ser muy breve, porque es a ellos a quienes hemos venido a escuchar.

Sebastián Waldo nació en Santiago de Chile en 1984. Además de poeta, es docente, licenciado en Lengua y Literatura por la Universidad Alberto Hurtado y doctor en Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Dirige la revista de literatura contemporánea Vórtice y es editor en Verba Editorial Cooperativa. Es autor de las obras El bosque de los ausentes (Puerto de Escape, 2015), Las arpas rotas (Bajo la Lluvia Ediciones, 2020), Espejismos (Vórtice Ediciones, 2022) y Jornadas neorrománticas (Averso, 2024). Sus poemas y artículos han sido publicados en diversas revistas literarias y una parte de su obra se encuentra traducida al inglés.

Sebastián Waldo es de la estirpe de los poetas caudalosos (aunque suele refrenar la montura del poema algo más que ellos), y los primeros que me vienen a la memoria son también, precisamente, dos chilenos que me impresionaron de manera viva e inolvidable en la adolescencia, los dos Pablos, Pablo Neruda y su enemigo Pablo de Rockha. A ese lirismo torrencial y telúrico asentado en las fuerzas terrestres, tan vigorosas en Chile, se une el vitalismo nerorromántico de Sebastián (como a él le gusta denominarlo), la reverencia amable a la naturaleza -reflejo del carácter gentil de nuestro autor- y la denuncia a veces iracunda de la modernidad tecnológica.

Es como si Lord Byron zigzagueara de nuevo en el intertiempo y aterrizara en las estribaciones de los Andes o junto al rumor del Pacífico, y se detuviera a reflexionar sobre el corazón humano bajo la sombra de los aromos y los copihues.

Sebastián Waldo contempla a la humanidad como una Atlántida agonizante, sepultada bajo la torrentera de su páramo rocoso y vacío. Pero en ese granito aún palpita la esperanza; aún vuela una mariposa, una golondrina, una gaviota; aún se vislumbra un color; aún crece alguna flor, una amapola por ejemplo. La poesía atávica y plutónica de Sebastián Waldo busca a quien “cantar en una tierra de sordos”, busca retornar a un “caudal de siglos”.

Por último, no puedo dejar de señalar lo un tanto extraño que resulta el título del libro -aunque Circunloquio de amapolas corresponde al primer poema del mismo- y que parece contradecir a priori la potencia visionaria de los versos que aloja en su interior. Pero, pensándolo mejor, también hay ebriedad aquí, como la había a raudales en esos dos maestros de la poesía compatriotas suyos. Al fin y al cabo, un campo de amapolas embriaga los sentidos; en especial, la vista>>.



lunes, 22 de junio de 2026

Reseña de "Madera de deriva" en Anthropologies, por Rodolfo Padilla

Muy agradecido a Rodolfo Padilla Sánchez por su maravillosa singladura de “Madera de deriva” (Libros del Innombrable) en la revista Anthropologies. Es de las pocas ocasiones en que se ha confeccionado una reseña de un libro mío hilvanando de forma narrativa e impecable prácticamente todos los textos:



<<VIAJE MISCELÁNEO A LA BELLEZA: “MADERA DE DERIVA, DE ÁNGEL OLGOSO”


Vamos a embarcar en el navío “Madera de deriva”, flotado por la compañía Libros del Innombrable (2025). Lo vemos a lo lejos, recortado por el arrebol, y algo resalta a la vista: las velas y la popa muestran una dirección divergente a la acostumbrada; el simple hecho pudiera parecer una minucia fruto de alguna ilusión óptica, y es que, aunque así fuera ya determina que no va a ser un viaje ordinario. La impresión cobra fuerza al saber que su capitán es Ángel Olgoso, aventurero de reconocido prestigio por haber degustado las frutas de la luna y transitado en incontables veces la laguna Estigia y salir indemne para revelarnos los secretos de la tierra de los muertos, mientras que experiencias siderales lo llevaron a conocer todas las eras humanas y a reconocer la naturaleza caprichosa de Dios. Ahora su ambición es mayor si cabe, pues después de casi un millar de maravillosas aventuras, en este viaje misceláneo pone rumbo hacia la Belleza, buscándola en lo cotidiano sin menoscabar su particular mirada del mundo.

Conforme soltamos amarras comprendemos que la belleza es esquiva y para localizarla hace falta identificar primero la fealdad y destruirla, sólo entonces nuestros ojos quedarán libres para observar la naturaleza primigenia y aprender cómo levantar utopías. Por eso, en nuestra primera parada escuchamos el «Papel sonoro» de hojas caídas y libros rescatados entre novedades invasivas y superfluas, aquejadas de la misma prisa con que serán olvidadas, pues en «La pocilga de la facilidad» hay mucha soberbia y reconocimiento efímero, mucho impostor que se cree escritor por publicar e ignora que la creación se parece más a «La lentitud del meteoro» que fragua obras de artesanía únicas e irrepetibles como el «Hápax» hallado en libros aún no escritos. Observar la alienación le llevará a preguntarse «si el grito tiene sintaxis» cuando contemplemos los «forúnculos ciclópeos» cuya desaparición sería imprescindible para recuperar la pureza frente al vandalismo visual; luego podremos ser testigos en «El resplandor de lejanos incendios» de cómo hechos y actos insignificantes en apariencia tienen mayor repercusión que la vana grandeza.

Tendremos ocasión de compartir momentos de intimidad con Ángel Olgoso en los que confesará alguna de sus derrotas como esos «Besos de fantasmas» que quiso dibujar con palabras y nunca llegó a escribir, aunque sus descripciones serán tan precisas, sus referencias de autores previos tan valiosas, que nos introducirá en la paradoja de visualizar como obra terminada lo no realizado; y aunque no es desconocida su afición por el más allá, son variados los espectros que habitan en su «Glosario», como el propio amor, que pese a su concepción peligrosa y fantasmagórica nunca adquirirá mayor corporalidad y placidez que durante nuestra estancia latinoamericana que nos dejará a «Chile en el corazón», pues la exuberancia paisajística y gastronómica del país y la mirada antropológica de su cultura se concretará en la luz, la creatividad arrolladora y la confirmación de haber hallado la felicidad y el amor verdaderos encarnados por la poeta Marina Tapia.

Las tierras lejanas que visitaremos nos llevarán a la voluptuosidad de «Cruzar la estepa a lomos de un oso a medianoche» y a descubrir el propósito común de la versátil forma del iunx, beberemos el «Bálsamo de Fierabrás» como antídoto de un Stendhal hipocondríaco, nos convertiremos en programadores-ficcionadores del mundo mientras atravesamos «Las montañas flotantes de Plutón» y elaboraremos el insólito «Vino de viña submarina». En «Las islas de los bienaventurados» sabremos que la belleza se muestra en su plenitud cuando no hay hombres cerca, aunque podremos admirarla como apóstoles de un tiempo remoto «Caminando sobre el mar de Thetys» o en el vuelo de pájaros e insectos de «Tántalo», mientras los cronotopos de «Tulpas» nos hacen ver el pasado como un segundo corazón. Sin embargo, no todo será placer en el viaje: «Odiadores del silencio» intentarán perturbar nuestra paz y será difícil escapar de ellos porque, al contrario de las criaturas mitológicas, estas bestias aulladoras son humanas y estamos obligados a convivir entre ellas y afrontar sus ignominiosas masacres midiendo «El peso específico de la barbarie». En cualquier caso, al contrario que el pobre «Suertesquiva» perseguido por la fatalidad, nosotros contamos con el viento a favor y habrá suficientes momentos de dicha y armonía que nos inviten a la constante «Celebración», y si el proceso de la vida nos pesa, rodeados por el humo de «Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro» nos entregaremos con pasión al acto de escritura, a la epifanía de la creación como recurso para desembarazarnos de la angustia de la existencia.

Ángel Olgoso puede metamorfosearse y si lo conocemos como el capitán que nos guía en esta búsqueda ideal, cuando veamos los páramos helados del norte se transformará en el Gran Danés para predicar en favor del placer y descubrirnos «el límite indistinguible del silencio y la luz», aunque quienes sólo anhelan el miedo a la vida no lo escuchen; también será el astrónomo que en noches diáfanas nos muestre los «Asterismos de la constelación de la Osa Mayor» donde habitan toda clase de prodigios y parábolas que abren una brecha entre la realidad y la imaginación que nos invita a saltar, pero será en los días nublados cuando descifremos en las nubes epitafios de grandes imaginadores yacentes en la eternidad de la que de vez en cuando precipitan para regar los campos de la irrealidad y librarnos de la pesadilla del pragmatismo y las expectativas cumplidas. Y es que nuestro capitán particular se declara a sí mismo como un sempiterno habitante de las nubes, «desarmado ante el lado externo y utilitario de la realidad», incluso a partir del encuentro con su admirado Bioy Casares se atreve a calificarse como secundario por su timidez, cuando lo cierto es que en las nubes guarda el «Árbol candelabro» que desde el hallazgo de su «Kairós» en las luciérnagas de su Cúllar Vega natal no sólo alumbra, sino que mejora las leyes que rigen el mundo.

Al terminar el viaje y desembarcar estaremos embriagados por todas las experiencias vividas y estaremos convencidos no sólo de haber encontrado la belleza, sino también de disponer de las herramientas imprescindibles para repararla. La mirada melancólica y a veces descarnada de Olgoso nos demuestra que hemos entendido mal el pesimismo: no es angustia ni dolor, es una actitud crítica y de rebeldía ante los defectos del mundo que no incurre en la pasividad del conformismo, aunque todo a nuestro alrededor se desintegre. La visión olgosiana nos mantiene despiertos y lúcidos con la firme esperanza de que está en nuestra mano revertir la mezquindad>>.

jueves, 18 de junio de 2026

José María Merino acerca de "Cronotopos" (Pandora)

Muy agradecido a José María Merino, escritor y académico de la Real Academia Española de la Lengua, por sus palabras sobre “Cronotopos” (Pandora Ediciones):




<<Magistral libro “CRONOTOPOS” de Ángel Olgoso, una joya en todos los sentidos. En el aspecto literario, la búsqueda -y encuentro- de Ricardo Marcén por Amador Niebla y su compañero Sepúlveda, con sus agentes, y sus sabrosas declaraciones sobre el arte y, sobre todo, el juego con el tiempo, me parecen fascinantes porque, además, se combina con maestría con las más de cuarenta ilustracionazas de Antonio Madrigal, que juegan, desde el Neoexpresiosimo, al Neosurrealismo...

    Objeto insólito que demuestra la personalidad, belleza y eficacia del LIBRO como instrumento imprescindible para la materialización del tiempo, precisamente y de la Patafísica como base de la cultura profunda del homo sapiens, el libro es tan insólito como estimulante. Felicidades a Ángel, domesticador de relámpagos y desvelador de las apariencias de la realidad>>.

domingo, 14 de junio de 2026

Reseña de "Holobionte" por Félix Ángel Moreno Ruiz

Muy agradecido a Félix Ángel Moreno Ruiz por esta sintética y certera reseña de “Holobionte” (Eolas) publicada en el suplemento Cuadernos del Sur, del diario Córdoba.



<< COEXISTIR, AUNQUE DUELA.


Escribir sobre Ángel Olgoso es hacerlo sobre uno de los principales y más reputados cuentistas en castellano. Utilizo este término y no el adjetivo «españoles» para incluir también a los escritores hispanoamericanos porque los relatos salidos de la pluma de Olgoso en nada tienen que envidiar a los de los mejores hacedores de cuentos del otro lado del océano. Su producción literaria, iniciada en 1991 con “Los días subterráneos”, es inmensa en calidad y en cantidad, y ha sido merecedora de los más importantes galardones: el Andalucía de la Crítica (en dos ocasiones), el Clarín o el Julio Cortázar, por poner solo algunos ejemplos paradigmáticos.

Ahora la editorial leonesa Eolas nos permite seguir disfrutando de su prosa con “Holobionte”. Editado con primor y con un esclarecedor prólogo de Raúl Brasca, conforman el libro sesenta y cuatro cuentos de diversa extensión: aunque algunos son microrrelatos en su más exacta y pura expresión (el sobrecogedor “Cuento de horror”, que cierra el corpus; el deslumbrante “La mujer transparente”; el filosófico “Subir abajo” o el irónico “Vidas privadas”), predominan los que ocupan una o dos páginas y hay, incluso, relatos más extensos como “Émula de la llama” o “El síndrome de Lugrís”.


Sin embargo, existen en todos ellos suficientes elementos que otorgan unidad a “Holobionte”. Así, encontramos, en primer lugar, un estilo muy peculiar e identificable, caracterizado por la riqueza del lenguaje, por una prosa de gran belleza formal, serena y pausada, por la búsqueda de la palabra exacta y precisa, y por la profusa utilización de recursos expresivos, reservados tradicionalmente a la poesía.

También hallamos un dominio absoluto de las técnicas del relato corto: un planteamiento atractivo y enigmático que conduce al lector, en un abrir y cerrar de ojos, a un final impactante, que lo noquea con un golpe seco y duro, dejándolo sobrecogido, admirado y aturdido; tampoco puede faltar en este libro un rasgo característico del universo narrativo de Olgoso como es el uso de la ironía y del humor inteligente, que actúan como terapia para tratar, con cierto distanciamiento, los aspectos más desconcertantes y tenebrosos de la naturaleza humana.

Aparecen, también, los rendidos homenajes a los grandes maestros cuentistas y los guiños metaliterarios que exigen un lector atento y culto (“Carta al hijo” es, probablemente, el ejemplo más evidente). Por último, y como reza el propio título del libro (holobionte es un término acuñado por la ciencia biológica que hace referencia a la convivencia de distintos organismos, uno de ellos el anfitrión, que colaboran para sobrevivir), los relatos muestran la complejidad de los comportamientos humanos, las paradójicas relaciones de dependencia y de cohabitación que se establecen, a veces, entre opresores y oprimidos, entre víctimas y verdugos, entre perseguidores y perseguidos>>.

(Félix Ángel Moreno Ruiz)

https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2026/06/13/coexistir-duela-131204219.html

jueves, 11 de junio de 2026

Reseña de "Holobionte" por Santos Domínguez

Muy agradecido al gran Santos Domínguez por su magnífica reseña sobre “Holobionte” (Eolas), recién publicada en su blog ‘En un bosque extranjero’:



<<HOLOBIONTE, DE ÁNGEL OLGOSO.

“Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano”.

Con ese sarcástico “Cuento de horror" cierra Ángel Olgoso su “Holobionte”, el cuarto de los seis volúmenes que reúnen en conjuntos temáticos sus relatos completos, publicados por Eolas Ediciones.

Tras los relatos sobre animales de “Bestiario", la ciencia ficción de “Sideral" y los relatos sobre la muerte de “Estigia”, “Holobionte” tiene como eje la complejidad de las relaciones humanas y su problemática armonía. Lo abre este texto, el brutal “Hispania I”:

“Salí al pasillo y supliqué educadamente a mis vecinos que cesaran en su vocinglería. Como es natural, fui ofrecido a la ira de la familia: me tumbaron de espaldas sobre la mesa del salón, apaleándome con un vivo sentido del ritmo, extirparon mis ojos y mi lengua, me desollaron la piel a tiras, cortaron manos y pies y arrancaron brazos y piernas, desmembrándome por completo. Resultaba extremadamente curiosa su espontaneidad, casi rayana en el desapego, y se veía a padres e hijos persuadidos de la eficacia de su labor, en absoluto impelidos por animosidad alguna. Parecía bastante probable que, de un momento a otro, habría de prescindir de toda mi sangre, que borboteaba y manaba de forma espléndida y corría zumosa. Lamenté en verdad que se prodigara hasta empapar aquel tapete de ganchillo, poseedor, por lo demás, del intemporal encanto de la artesanía. Al final, quizá un tanto arbitrariamente desde mi parecer, me separaron la cabeza del tronco con un hacha de cocina. Sin embargo, en modo alguno trato de sugerir descortesía por su parte, puesto que ellos no hacían más que ceñirse a los usos del lugar. La mesa producía ya el efecto de una aguilera con despojos: mi vesícula colgaba de las flores de plástico del jarrón y mis ojos, depositados en el cenicero de cerámica, aún describían una trayectoria semicircular. Pero al menos me extinguí con la convicción de haber defendido sustanciosamente mi derecho a la tranquilidad”.

Si se reflexiona sobre el sentido del título “Holobionte” -simbiosis colaborativa y beneficiosa entre organismos o personas- que Olgoso ha elegido como resumen caracterizador de la temática de esta recopilación de textos sobre las relaciones humanas, el lector advertirá la ironía implícita en esa elección y en la mayoría de estos relatos en los que hay una mirada muy crítica hacia la condición humana y las relaciones sociales, entre la discordancia y el sometimiento, como anticipa el narrador argentino Raúl Brasca en su excelente prólogo, de título elocuente, “Una visión crítica de la sociedad humana”, donde escribe: “Entre la ironía y el escepticismo, el conjunto de los relatos compone una concepción sombría del hombre y del mundo, una mirada compleja pero nada maniquea, porque, aunque domina la ausencia de fe en la naturaleza humana, un sentimiento intenso de compasión sobrevuela las historias más atroces y, en las relaciones interpersonales, algunas veces el amor y la amistad enaltecen a los personajes. Pero la literatura se hace con palabras, y de nada valdrían las excelencias del contenido sin un uso sabio de ellas.”

Los lectores de Ángel Olgoso conocen bien ese uso sabio de las palabras y la alta calidad de página que caracteriza cada uno de los textos narrativos que caracterizan su admirable trayectoria de cuatro décadas de escritura exigente y brillante. Y aquí tienen una nueva ocasión de comprobarlo, en cuentos como “Flores atroces” o “Lengua de madera” y en microrrelatos como “Revolución” o “Doxografía”, que son, como él mismo ha señalado, un “espejo incómodo” de la naturaleza humana y de las “molestias del trato humano” que adelantó en un exacto título el monje benedictino fray Juan Crisóstomo de Olóriz en el siglo XVIII.

Un espejo que refleja las relaciones conflictivas que generan diferentes maneras de desorden inarmónico y destructivo: violencias y rivalidades, envidias y dominaciones, opresiones y maltratos, vanidades y rencores, mezquindades, encontronazos y desencuentros en todas sus desoladoras variantes imaginables.

No faltan, con todo, en esta panorámica holobióntica de la narrativa olgosiana manifestaciones más optimistas y esperanzadas de los vínculos humanos que se manifiestan a través del amor y la amistad, la lealtad y la solidaridad, la cordialidad y el afecto, de la compasión y la generosidad.

Forma parte de esta reunión de sesenta y cuatro textos, variados en voces y enfoques, en técnicas y registros verbales, en guiños intertextuales y homenajes a los maestros y en una amplia presencia de personajes de lo más diverso un extenso relato, “El síndrome de Lugrís”, casi una nouvelle o novela corta por su tempo, su temple y su hondura, que Olgoso define como “el mejor relato que he escrito nunca”, un magnífico, inquietante y angustioso cuento sobre la locura que comienza con este estupendo párrafo:

“El riachuelo de su cordura acabó por secarse: ayer ingresó mi amigo Manuel Lugrís en el Hospital Psiquiátrico de Conxo. Severina, su hermana y único familiar desde que Manuel enviudó, tomó la decisión «para ahorrarle grimos y descalabros a él mismo o a los demás» y me pidió que los acompañara. Era una de esas tardes que se van cuajando de oro viejo. Frente a la entrada, mientras lo ayudaba a salir del vehículo, el aire nos rodeó con unas hilachas de ese olor, entre montaraz y eucarístico, a humedad tibia de las manzanas tabardillas que tantas veces recogí para costearme los estudios, y que tanto gustaron siempre a Manuel. Severina, nerviosa como un lobo cuando ventea a los trasgos, conversó con médicos, esgrimió informes y firmó papeles. Ya en la habitación, acariñó a su hermano mayor con aspereza y, sin ocultar su impaciencia, me dirigió un ademán explícito para que abandonáramos el lugar. De temperamento reservado, me envalentoné sin embargo como si un vino cacholán se me hubiera subido de pronto a la cabeza: preferí quedarme. Al menos por una vez, la lealtad prevalecería sobre la timidez. Cuando la lechuza alzó súbitamente el vuelo, arrimé una silla a la cama para acompañar un rato a mi amigo y lloré en silencio”>>.

jueves, 4 de junio de 2026

Entrevista acerca de "Holobionte" en Todoliteratura.es

Comparto con gusto esta entrevista sobre “Holobionte” (Eolas) recién publicada en Todoliteratura.es, donde hablo en profundidad acerca de este cuarto volumen de mis relatos completos, centrado en el prójimo y la sociedad.



<<-¿Qué es “Holobionte”?

Es el cuarto volumen de mis relatos completos, organizados temáticamente en seis tomos, que está publicando la editorial leonesa Eolas. Aquí he extraído todos los escritos en más de cuarenta años con referencias al prójimo y la sociedad. Quizá el título perfecto para esta obra ya lo usó para el suyo en el siglo XVIII un monje benedictino, fray Juan Crisóstomo de Olóriz: “Molestias del trato humano”. Un tomito que fue el libro de cabecera de Pío Baroja y al que volvía cada vez que era víctima de algunas de las mil refinadas formas en que nuestros semejantes tienen por costumbre incomodar a los demás, queriendo o sin querer. El título mío, “Holobionte”, es una actualización antropológica y empírica de las asociaciones y lazos de los seres humanos, de sus procesos de colaboración o dominación; remite al término acuñado por la bióloga Lynn Margulis para designar el ecosistema conformado por la simbiosis entre especies que colaboran entre sí y, al hacerlo, acaban modificando el medio en que viven. Los humanos mismos somos holobiontes: nuestro cuerpo aloja miríadas de microorganismos que cumplen diversas funciones en su propio beneficio y en el nuestro.

-¿Se trata entonces de una visión casi entomológica del fenómeno humano, dentro del cual no somos conscientes de nuestra pequeñez?

En cierto modo sí, se podría decir que en “Holobionte” he bajado al barro. Como apunta Raúl Brasca en su prólogo, y como sugiere la hermosa e impactante portada de Marina Tapia, este libro es una visión crítica de la sociedad humana. Creo que era Pla el que dijo que los sentimientos provocados por los contactos entre personas pueden llegar a tan sólidos que se podrían estudiar con la misma precisión que uno puede poner en la observación de las arañas o de las hormigas. Contempladas desde una nube, estas animosidades resultarían insignificantes si pudiesen ser vistas. Apreciadas de cerca, fastidian y molestan porque generalmente son incomprensibles. Y es que las ficciones sociales a menudo son fricciones amargas. Estos relatos tratan sobre la desconfianza en la compañía humana, sobre las misteriosas y azarosas órbitas en las que todos nos movemos y que provocan dolorosas colisiones, rivalidades y sometimientos, pero también abarcan situaciones más dulces, compañías menos ásperas o incluso gloriosas: desde textos que narran colaboración, lealtad, abnegación y amistad en distintos grados, pasando por variadas formas de amor filial, hasta un texto que describe los momentos climáticos de la pasión, de la fusión más íntima y completa entre dos personas (“Émula de la llama”). En definitiva, nos acompañamos, nos hacemos daño, nos amamos mientras intentamos responder nuestra pregunta primordial: ¿estamos vivos antes de morir?

-Imagino que, al igual que los tres primeros volúmenes, “Bestiario”, “Sideral” y “Estigia”, continúa aquí esa diversidad de registros estilísticos, de escenarios, de épocas, de voces y miradas que es una de las marcas de la casa.

Desde luego. No es sólo que me apasione la versatilidad, la exuberancia de formas, que disfrute contemplando la realidad desde distintas perspectivas o haciendo cabriolas, es que pienso que todo ello enriquece la lectura. En cualquier caso, esa pluralidad está al servicio del tema de “Holobionte”, el de sacar punta a la condición humana, al cíclico teatro de la vanidad, la estupidez y la crueldad de los hombres. En ese espejo incómodo y nada complaciente hay miradas irónicas acerca de ella, sarcásticas, terroríficas, tiernas, implacables, cómplices o esperanzadoras. Es un caldero donde hierven los sentimientos, la fatalidad, las luchas de poder, los encontronazos de unos contra otros como carneros salvajes, los protocolos hipócritas, las miserias, las vilezas, las humillaciones, pero también las entregas desinteresadas. En muchos de sus relatos, la inocencia y la singularidad de los protagonistas se ven amenazadas por el carácter despótico del prójimo o por la brutalidad de las instituciones. He intentado mirar la naturaleza humana no sólo con su patetismo, sus prejuicios, incoherencias y servilismos, sino también con sus grandes cualidades, su constancia, entusiasmo o solidaridad. Por estas páginas pasean misántropos, solipsistas, vecinos inquietantes, padres e hijos, máscaras y dobles, tribus y corporaciones, revoluciones y reconciliaciones, ceremonias grupales, guerras civiles, veladas absurdas, historias de amor y desamor.

-Para Cioran, de cuyo pensamiento usted parece sentirse tan cerca, la humanidad es un experimento fallido, y él arrojaba su odio absoluto contra el mundo entero.

Supongo que, además de la filosofía pesimista de Schopenhauer y de la nihilista de Cioran, también ha influido en mi visión crítica y sombría del ser humano el gusto por el Romanticismo Negro, el Simbolismo o el Decadentismo. Pero es difícil -sobre todo en momentos como estos- no ser pesimista y pensar que la historia de la humanidad es la historia de sus guerras, que todavía no puede pensar en sí misma como ‘humanidad’, que tiene aún una constitución tribal, y que dirime por tanto con guerras las diferencias entre tribus. Según el biólogo E. O. Wilson, hemos creado una civilización de la Guerra de las Galaxias, con emociones de la Edad de Piedra, instituciones medievales y tecnología que parece de dioses. Para Einstein, tres fuerzas gobernaban el mundo, la estupidez, el miedo y la avaricia. Pla consideraba la entrada en nuestra vida de otras personas, con su agitación, una de las causas más profusas y perennes de dolor. La teoría de que el hombre es un ser espiritual y moral le parecía grotesca, y creía que el hombre, con sus cosas inherentes a la animalidad humana, no es más que lo que es en cada momento. Albert Caraco, en su Breviario del caos, apunta que “los hombres se hacían la guerra por la posesión del suelo, mañana se matarán mutuamente por la posesión del agua; cuando el aire nos falte, nos degollaremos con el fin de respirar en medio de las ruinas. El exterminio será el común denominador de las políticas por venir. No subsistirá isla en la que los poderosos puedan ocultarse al infierno general que nos preparan, y el espectáculo de su agonía será la consolación de los pueblos que extraviaron”. Para Salvador de Madariaga, los hombres en general eran malos, bichos de naturaleza perversa, y lo que habría que esforzarse por obtener sería que hicieran el menor daño posible (¡convendría incluso procurar que durmieran cuanto más mejor, porque no cometen fechorías cuando duermen!). Según H. G. Wells, ningún camino intermedio se abre ante la humanidad: o se eleva o se hunde. Y, en un reciente artículo, Vila-Matas recuerda que el cerebro humano consta de una pequeña parte, ética, racional y todavía muy pequeña, y de una enorme trastienda bestial, territorial, cargada de miedos, irracionalidades e instintos asesinos. En definitiva, habrá que tener mucha paciencia para este largo viaje a la civilización. Mientras tanto, resulta de lo más tentador pensar que el ser humano no tiene remedio, que seguramente nos vamos a extinguir como los dodos. Como mínimo, la sociedad del futuro será -es- una esclavitud sin amos.

-¿Hay algún relato por el que sienta especial predilección en esta recopilación?

Curiosamente, “Holobionte” contiene el que considero el mejor relato que he escrito nunca, “El síndrome de Lugrís”, el más extenso, con el que he descrito un síndrome nuevo o, al menos, le he puesto nombre a algo que no lo tenía: para mí fue como mi propia subida al Everest, un esfuerzo titánico que me consumió ocho meses de escritura y de vida en mi humilde búsqueda de la excelencia literaria. Tardé tanto porque me exigió una mayor extensión para hacer verosímil el descenso a la locura del personaje, Manuel Lugrís, que siente, en mitad de una calle atestada, un momento epifánico pero terrible (la regularidad de todos los rostros humanos, el demonio de la simetría, la pesadilla de la repetición de los rasgos físicos de la especie) que acaba llevándolo a la locura. Vivimos en la conciencia de un único yo, que cada uno de nosotros se cree el centro del mundo -algo lógico, producto de la tiranía de nuestra conciencia individual y de las vivísimas sensaciones físicas proporcionadas por nuestro cuerpo-, cuando no somos más que integrantes anónimos de las infinitas arenas de una playa. Durante cuatro décadas he escrito relatos que son una visión de conjunto de la especie, otros que aplican a los seres humanos una lente de aumento, y otros que podríamos llamar bifocales, donde se alternan las dos perspectivas. Me gusta pensar en “El síndrome de Lugrís”, y en todos los demás textos que integran “Holobionte”, como ventanitas desde las que asomarse a las simas de la condición humana, desde las que preguntarse quiénes somos y cuál es nuestro lugar en el universo. Las experiencias, las relaciones, los sueños, los vínculos que nos unen y los rencores que nos separan, destilado todo ello por medio de la alquimia de las palabras, permiten singladuras únicas a cada lector, viajes siderales al fondo de cada uno donde descubrir que no somos más que polvo de estrellas.

-¿La relación más radical de todas es la que se establece con los otros?

Sin duda. Somos, dentro de nuestro entorno social, como esas moléculas que nos conforman y que interactúan en un espacio vacío tridimensional, como bolas de billar en manos del azar: basta un roce con otra para salir disparada hacia otro rumbo. Más que el resultado de determinadas circunstancias, lo somos de la confrontación con ciertas circunstancias. Kafka decía que las organizaciones humanas no son agua que se puede pasar de un vaso a otro, pero en todas partes ocurre que para que unos estén contentos otros tienen que no estarlo. Existen interacciones entre personas que se asemejan a las relaciones entre objetos (las bolas de billar no se encuentran, chocan), sin embargo a veces ocurren verdaderos encuentros, justo cuando un alma toca otra alma. Hay de todo. Algunos semejantes son como las epífitas del bosque pluvial: plantas que crecen en otras plantas, sobre todo en árboles, gracias a su soporte, su trabajo, su buena voluntad y su inocencia. Sin eso no sobrevivirían porque no tiene raíces en el suelo. Otros, sin embargo, son como los líquenes, un ejemplo de que la colaboración es transformadora. Pero todos vivimos en una red natural donde los seres vivos dependen unos de otros para sobrevivir y mantener el equilibrio en los ecosistemas de la Tierra. Los humanos somos en definitiva como los microorganismos de un sistema intestinal, y me temo que nuestra microbiota está enferma y necesita urgentemente probióticos: respeto, comunicación, empatía, cooperación, bondad, cortesía, concordia.

-A diferencia de los tres primeros volúmenes de sus relatos completos, en “Holobionte” parece haber una mayor cantidad de microrrelatos.

Ahora que lo señala me doy cuenta de que es cierto que en esta agrupación predominan los relatos bastante breves. Al tratarse de una recopilación de cuarenta años de escritura (aunque las narraciones no están extraídas en orden cronológico), conviven en “Holobionte” distintos registros y distintas extensiones, desde el microrrelato de una línea hasta el relato más largo que he escrito jamás (“El síndrome de Lugrís”). Ha sido una coincidencia, provocada quizá por el tema mismo del volumen -el cruce entre individuo y sociedad- y por el pudor a la hora de tratar ‘in extenso’ el rumor de la colmena humana, el eterno y delicado problema de la incomprensión de los seres, de sus complejísimas relaciones. En cualquier caso, pese a esta puntual abundancia, mis relatos siempre se han movido -paradójicamente- entre la concisión y la precisión y la exuberancia de detalles. Y siempre me he plegado por completo a las exigencias del texto, independientemente de la extensión. La soberanía de la historia es sagrada, no se puede forzar, ni podándola ni hinchándola.

-La violencia hacia el otro es una de las actitudes más presentes en los relatos de “Holobionte”.

Totalmente de acuerdo, hay numerosos ejemplos de relatos centrados en luchas de poder o de roles, sometimiento, humillación, ambición, crueldad, etc., en toda esa violencia que está instalada en cualquier estrato de la sociedad, ya sea de manera difusa o explícita. Annie Dillard lo dijo con ironía: “Testimonios de los expertos lo confirman: ahí afuera las pasan canutas, con la mitad de las criaturas intentando escapar de la otra mitad”. O comes o eres comido. Todos tenemos algo de monstruo y, por tanto, en algún momento todos podemos ser un monstruo para otros. No hay más que recordar las toneladas de sufrimiento que los humanos hemos sido y somos capaces de infligir a otros humanos, esa invasión tan perturbadora y persistente de la barbarie. No hay más que ver cómo nos acaba afectando a todos la mala cabeza y las malas intenciones de unos pocos o de muchos de nuestros semejantes. Parece que estamos tocando fondo, que vivimos en un mundo sobresaturado de falta de empatía y de crueldad, sobre todo por parte de unas élites depredadoras, avariciosas, sin escrúpulos, y de ovejas que balan jaleándolas, cada vez más asustadas y descerebradas. Resulta descorazonador. Nunca acabas de conocer por completo al otro. Exceptuando a esas raras criaturas que consiguen ser felices, o esa parejas que está milagrosamente conectadas como palomas mensajeras, muchas personas, para no sentirse defraudadas o traicionadas, prefieren la soledad a sufrir compañía; en un primer momento puede ser un poco áspera, pero luego -si es elegida- puede llegar a ser algo maravilloso, sereno y enriquecedor.

-Para terminar ¿es posible en su opinión una manera civilizada de convivir?

Es imprescindible. Las relaciones humanas pueden y deben ser motivo de cordialidad. Hay mucha más gente comprensiva que tiznada de crueldad. Cada ser humano me parece un milagro, decía Julián Marías. Habría que hallar el valor extraviado de las palabras, de escuchar y contar, de sentir compasión, de recuperar nuestra humanidad. Puede que el verdadero encanto de la existencia resida en la belleza de darse a los demás. Recordemos el lema humanista de la Institución Libre de Enseñanza: “Todo lo sabemos entre todos”. Puede que, después de todo, no sea el prójimo el más experto de los torturadores, sino uno mismo. Pero nada de esto será posible hasta que se imponga por sí sola la forma más noble de inteligencia, la empatía, esa apertura del corazón, esa capacidad de ponerse en el lugar del otro. Hasta que dejemos de estar separados por las fronteras de la mente; a un lado el respeto y el pudor, y al otro el abuso, el dominio o la barbarie. Y es que el mal y la fealdad ya se cuidan solos, son el bien y la belleza los que necesitan de nuestros cuidados.>>


miércoles, 3 de junio de 2026

Feria del Libro de Zaragoza

Días de libros, de amistad y de garnacha en Zaragoza. Muy agradecido a todos los viejos y nuevos amigos (con especial cariño para Carlos Manzano, Alfredo Moreno, Jose Antonio Lozano, Ana Alcubierre, Miguel Ángel Ordovás, la maravillosa ilustradora chilena Alejandra Acosta o Antonio Sancho que se desplazó expresamente desde Logroño con su pareja) que nos acompañaron en la caseta de Libros del Innombrable este domingo en el impresionante parque José Antonio Labordeta. Mil gracias a mi heroico editor el escritor Raúl Herrero Herrero, paladín de la heterodoxia, con el que comparto afinidades y pertenencia al Collège de Pataphysique, y naturalmente a Marina Tapia por las fotitos.













Reseña de "Holobionte" por Marina Tapia

Un honor que sea Marina Tapia la que abra fuego sobre “Holobionte” (Eolas Ediciones) con esta magnífica, completísima reseña publicada en la revista CaoCultura:


<<”HOLOBIONTE”: UN INTENSO VIAJE A LA ESENCIA HUMANA.

El prójimo puede ser encantador, pero también puede mostrarnos su cara más oscura. En un mundo donde todos colindamos, en este hormiguero, en este avispero, en este mar de cuerpos que chocan, es difícil no crear ciertas distancias, reparos, fobias, rechazos o antipatías hacia los otros. Pero la soledad absoluta tampoco es el antídoto. Necesitamos hermanos −para bien o para mal−, necesitamos ser piña, manada, rueda engrasada que hace girar el mundo. Necesitamos contacto físico, ser emisores y receptores: es parte de la herencia que nos han dejado generaciones anteriores. Nuestra fuerza como especie está en la comunidad. Sí, todos estos argumentos los sabemos y están sembrados profundamente en la tierra de nuestra educación, en los acuerdos tácitos y por escrito, y en diversos papelorios. Pero, el prójimo es una cruz, cargamos a los demás (que pesan como un muerto) sobre nuestra espalda a duras penas. Oídos, vista, olfato se resienten y erizan frente a la modulación de nuestros iguales. La resistencia interna, el mundo espiritual y el soliloquio no siempre forma una coraza. Somos débiles. Nos volvemos dependientes de familiares y compañeros, y queremos decir: "La libertad, Sancho…" pero caemos en los lazos y en las uniones, en el eslogan de las manos unidas y de las cadenas humanas ‘que todo pueden lograr’.

"Holobionte", de Ángel Olgoso (el cuarto volumen de ese anaquel de tesoros que son sus cuentos completos y que tenemos la fortuna de que esté publicando la editorial Eolas), muestra todo esto a la perfección, y refleja con excelencia la tirantez de esas órbitas en las que vive el hombre desde que nace. Este libro pone palabras a tantas emociones complejas y sutiles relacionadas con el edificio social. Nos sentiremos reflejados en él, nos reiremos de nosotros mismos gracias al delicioso e inteligente sarcasmo que el autor acuña. Encontraremos un relato y una expresión precisa para cada comportamiento humano. Es difícil no caer rendida ante todas las historias aquí planteadas, cuentos que son un muestrario amplísimo de situaciones, fieles retratos del Homo Sapiens. Un libro redondo como los anteriores volúmenes temáticos, "Bestiario", "Sideral" y "Estigia", más lúcido y necesario que nunca en estos días en los que amamos y aborrecemos a la humanidad casi por igual (inclinando la balanza, en numerosos momentos, hacia lo segundo).

"Holobionte" es un intenso viaje a la esencia humana. El libro se abre magistralmente con "Hispania I", relato que, con una ironía y maestría únicas, nos habla de las fricciones entre dos caracteres opuestos: el ser indolente que se deja llevar por sus impulsos primitivos y desenfrenados, frente al ser comedido y educado que intenta encajar recatadamente en la sociedad. Esa lucha de dos posturas, de dos fuerzas opuestas tan habituales, vale como acertada obertura de lo que encontraremos después. El narrador sigue avanzando por esta colección de piezas perfectas con relatos cortos unidos bajo la idea de la familia y de las distintas edades y etapas de la vida. Familia: ese primer espacio emocional donde experimentamos la colisión con los demás. Nos deleitarán "Perspectiva" (retratando la figura del padre), "La mujer transparente" (pintando los desvelos de una esposa), o "Reconciliación" (mostrando vivamente la soledad de una anciana). Ángel Olgoso es un maestro capaz de −en poquísimas líneas− mostrar arquetipos y patrones habituales. Pero también hay espacio en este libro para fundir lo humano con el mundo natural, como es el caso del bellísimo texto "Las nubes", con ese final tan potente: "disipándose en perezosos despojos de muselina, olvidadas, como nosotros". Entre sus páginas el autor da voz también a los afligidos, a los castigados por el egoísmo y la crueldad extrema de los otros, como en "La travesía", "El descanso de Sísifo", "El misántropo", "Caballeros de los puentes" o, sobre todo, "Perlas de Indra" que, doloroso y hermoso a la vez, da muestra de un terrible desgarro moral y luego, en otro plano dimensional, de una benéfica justicia poética. Y hay espacio para el sentimiento amoroso, por ejemplo en "Venablos", "Émula de la llama" (ópera pasional con distintas arias de erotismo explícito ordenadas alfabéticamente), "La fortaleza" o "El solipsista". Potentes narraciones, lejos del cliché del romanticismo fácil y almibarado. Quedan reflejados los habituales conflictos vecinales (que todos hemos sufrido por desgracia) de una forma dinámica, humorística o descarnada en relatos como "El tendedero", "El prójimo", "El misántropo" y "Huéspedes". Ángel se extiende a los de orden colectivo o mundial como en "Vidas privadas", "Anfiteatro", "El tabernáculo", "Hispania II", "La corporación" o "El mensaje". Interesantísimos textos epistolares "Las espuelas y la carne" y "Carta al hijo", texto que da voz al padre de Kafka, una genial vuelta de tuerca a la célebre misiva kafkiana y a la metamorfosis. En ella se muestra el el reverso paterno, ese sinsabor del progenitor al no ser comprendido por su hijo. También hallaremos la extrañeza ante un otro distinto, desconocido y amenazante ("Flores atroces") o el ser humano repetido como un patrón monótono hasta la saciedad ("El síndrome de Lugrís"). Y esa visión poética −unida a la extrañeza− tan frecuente en la obra de Olgoso, nos llevará a una especie de éxtasis sensorial, a un rapto, como cuando nos dice: "El tuétano de cada uno de mis huesos comenzaba a licuarse. La pura evidencia y el estupor me mantienen paralizado desde entonces. Solo sé que tengo ojos y veo. Y ayer me vi a mí mismo alejándome calle abajo". Maravilloso el texto "Okitsu", encarnando al hijo que ve a su padre en toda su dimensión, con una valoración tan desusada: "No soy más que mi propia, nimia y atolondrada creación floral. No soy más que la flor que brotó, para apartarse, del tronco seco de mi padre. No soy más que la imperfección voluntaria que requiere un jardín, la impureza exquisita de un paisaje, la limitación, lo inacabado".

Mención especial merece el relato más largo del volumen: "El síndrome de Lugrís", una portentosa y emocionante historia, la obra más extensa escrita por el autor entre sus setecientas piezas, y su preferida a juzgar por las declaraciones de Ángel. Canto a la amistad ungida del brillo esmerilado de palabras gallegas. Esa contraposición de la indefensión del personaje principal y de la sobreprotección de su amigo hiere como una estocada. La relación entre Manuel y Ramón nos dejará huella. El ‘demonio de la simetría’, de la repetición del molde humano, es el que desencadena el delirio. Y cómo no deleitarnos con la constelación de detalles, con la riqueza estilística de las enumeraciones y con las vivísimas caminatas a través de la geografía gallega. "No era miedo, insistía; como si se le hubiera activado una facultad desconocida, le dolía de golpe, y hasta la náusea, la concordancia general de los rostros de todos los hombres y mujeres más allá de épocas o razas, la sofocante proliferación de ese molde". "Siempre había tenido la certeza de que la vida estaba llena de imposturas, de miserias que ‘afogan e non matan’, de pequeñas vejaciones infligidas por el prójimo que se sucedían en vaivenes sin interrupción, en cúmulos de mayor o menor magnitud", "mientras siniestramente, por las galerías del edificio, por los caminos y ciudades del mundo, pululan y se propagan sombras provistas de cabezas, de cabezas todas iguales, de piernas y brazos iguales, sombras simétricas con las mismas extremidades duplicadas, el mismo paso alterno de las piernas y el mismo balanceo alterno de los brazos, huestes espectrales, dispersos ejércitos de insectos zancudos transportados de aquí para allá con feroz y marcial ansiedad". Es de celebrar que Olgoso haya inventado un síndrome nuevo, sustentado clínicamente de forma verosímil y que sienta un precedente acerca de este sofocador descenso a la locura (¿o a la lucidez?), de esta multiplicación clónica a la que cada vez estamos más abocados, de este futuro cada vez más estándar en todos los rincones del planeta.

El libro termina con un microrrelato brillante, "Cuento de horror", que en sólo dos líneas perfila y sintetiza el conjunto: "Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano". Y tal como destaca Raúl Brasca a esta visión crítica de la sociedad humana en su preciso prólogo: "Si algo caracteriza a ‘Holobionte’ es su exuberancia, en el mejor sentido. A todos los aspectos −temáticos, procedimentales, estéticos− puede aplicarse el término. Aplicado al lenguaje, hay que decir que tiene protagonismo, pero su frondosidad no es ornamental. Se trata de un lenguaje barroco y potente, capaz de alcanzar niveles expresivos muy altos, gracias a su precisión y belleza. Quiero decir que sirve bellamente a la historia que cuenta y, que aun siendo protagonista, nunca se pone por delante de ella". Sí, es el lenguaje en estado puro el culpable de esa fidelidad y de esa adicción nacida en los lectores que rápidamente nos volvemos ‘olgosianos’, el lenguaje con sus atmósferas y sus arpegios reconocibles en cuanto llegan a nuestros oídos, como ocurre con artistas como Miró o Remedios Varo.

Tras la relectura de este fabuloso libro, siento que se prende en mí la belleza, la indagación honesta, la búsqueda de la pulcritud y la justedad de las palabras, siento que puedo ver la humanidad transparentada. Todo lo que no encuentro en otros autores lo hallo en Olgoso: esa independencia, esa integridad, esa falta de complacencia, ese compromiso insobornable con el lenguaje. Ya se ha dicho tanto acerca de su escritura, que mis sencillas palabras son sólo un apunte entusiasta pero sincero. Seguro se perderán. Pero esta reseña ha nacido de la admiración y la gratitud hacia otro libro magnífico de Ángel.>>