He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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lunes, 10 de agosto de 2026

"La máquina del tiempo de Morla Lynch" en Horizonte Garnata

Comparto mi artículo en la revista Horizonte Garnata acerca del que es probablemente el libro más vívido jamás escrito sobre Lorca, entresacado de sus extraordinarios diarios íntimos por el diplomático chileno Carlos Morla Lynch, “En España con Federico García Lorca”:





<<LA MÁQUINA DEL TIEMPO DE MORLA LYNCH.

Cualquiera puede viajar en el tiempo y recibir el estremecedor impacto de ver ‘vivo’ a García Lorca, en primera fila, de convivir doméstica y socialmente con esa criatura milagrosa y con toda una pléyade de los mejores creadores literarios y artísticos de la España anterior a la Guerra Civil. Ese artefacto prodigioso (en versión limitada desde 1957 y completa desde 2008) es el excepcional libro ‘En España con Federico García Lorca (Páginas de un diario íntimo, 1928-1936)’, obra del diplomático chileno Carlos Morla Lynch, compositor musical, escritor y humanista, quien mantuvo una íntima e intensa relación de amistad con Federico y con lo mejor de la intelectualidad española del momento, y la puso por escrito en estado de gracia. Sus casas de Madrid -primero en Velázquez, frente al torreón de Gómez de la Serna, y luego en Alfonso XII-, donde vivía con su esposa Bebé Vicuña y su hijo Carlos, fueron centro de reuniones literarias y de veladas sin parangón. Allí acudían no sólo los poetas de la generación del veintisiete, también sus compatriotas Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Vicente Huidobro, así como numerosos pintores, escultores, toreros, periodistas o políticos.

En mi opinión, este documento único, subyugante, es el testimonio más vívido jamás escrito sobre Federico, por encima incluso de los maravillosos libros de sus hermanos Francisco e Isabel. El mismo Morla Lynch lo explica al comienzo del volumen: “Alguien me dijo un día: -Tú que has fraternizado tanto con García Lorca y vivido una larga etapa unido a él; tú que llevas un apunte de tus impresiones diarias, ¿por qué no escribes una semblanza suya, un retrato íntimo y sencillo, un ‘film’ del Federico de todos los días, del cual tanto se habla sin un verdadero conocimiento de lo que fue su personalidad incomparable? Se desearía verle de cerca, sentirle vivir en esos trechos de su camino en que, desligado del público, se reintegraba al desempeño del papel de su personaje auténtico”. Morla Lynch se revela en este libro como un admirable memorialista, de los que por desgracia apenas existe tradición en las letras españolas. La altura literaria, la profundidad psicológica y el dinamismo de las páginas de este diario no tienen comparación ni equivalente: poseen la virtud de ser coloquiales, entrañables, mágicas, amenas, anecdóticas, sentimentales, antropológicas, filosóficas, dramáticas y, claro, conmovedoramente testimoniales. Destaca sobremanera la portentosa capacidad de Morla Lynch para el retrato de personajes en pocas líneas, verdaderos camafeos físicos y espirituales de los mismos, de esa gran familia, “de esa hermandad admirable que reúne en un haz de oro a Federico, Alberti, Cernuda, Manolito, Jorge Guillén, Aleixandre, Salinas, Gerardo Diego, Moreno Villa, etc.”, imágenes de una finura y plasticidad tales que hace que permanezcan indelebles en el lector. Además, y por encima de todo, siempre vale la pena rendir homenaje a la belleza y a la amistad, y más cuando vienen realzadas por la cultura, la alegría y la inteligencia.

En sendas cartas, Aleixandre y Jorge Guillén respectivamente, expresaron a Morla Lynch su entusiasmado parecer sobre la obra: “El libro rebosa cariño de la figura que lo llena, y está saturado de pululante vida, como escrito con el frescor de cada día”. “Tu libro es maravilloso, me ha tenido en vilo, me ha hecho gozar lo indecible, me ha divertido con una insólita alegría de otros tiempos, me ha causado admiración. Y me alegro infinito no haberme muerto sin conocer este testimonio único de aquella época, que bien evocada, tiene que hacernos llorar a los que la vivimos. Eres un observador de una increíble bondad, siempre generoso, y por eso mismo tan justo y sagaz. Posees un profundísimo sentido del prójimo, y siempre a través de un alma clara y un gran don de simpatía. Esa simpatía profunda era algo genial en Federico y en ti también. Para saber quién fue aquella extraordinaria criatura no habrá mejor testimonio que el tuyo. ¡Cómo reaparece todo: época, ambiente, gentes, amigos! Sí, te gusta España, y la sabes querer. Y esto también me conmueve”.
En estas “Aleluyas tiernas del Federico pirulino”, comparece un Lorca en primer plano, un ser de recursos inagotables que, según la expresión andaluza, tiene cielo. Él mismo dijo -hablando de otros- que “hay seres cuyas vidas han irradiado destellos demasiado intensos para que las sombras de la muerte puedan extinguirlos”. Según Morla Lynch, Lorca, “como todos los seres en los cuales predomina la bondad, no le da a su talento la importancia que merece”. El lector podrá estar a solas con él, acompañar a Federico de excursión (soberbias las de la Semana Santa de Cuenca y la Sierra de Gredos), verlo en la habitación del hotel en calzoncillos y roncando, o con sus viejas y feas botas, o con un pijama gris con rayas que le da un aspecto de presidiario, o en cama con barba de tres días y una gripe imaginaria. Podrá asistir, desde una privilegiada butaca, a conferencias, a lecturas privadas en el salón (“La obra leída por Federico es quizá la forma más perfecta de conocerla”), a estrenos teatrales en primicia (“Son éstos los momentos en que se me antoja que Federico es casi superior a sus obras; libro abierto que derrocha tesoros. Es casi imposible expresar lo que me inspira cuando se presenta en toda su deslumbradora autenticidad: felicidad de oírle hablar, felicidad de penetrar su espíritu, felicidad de sentirme a su lado”). Federico es un vendaval que va y viene con un caudal de noticias. “Exuberante, vibrátil, desordenado, efervescente, un volcán en constante erupción. Fuerza incontenible de estallidos violentos e inesperados. Con todo: el encanto de un niño grande, juguetón y travieso”.

Hay, asimismo, decenas de personajes irrepetibles, como Rafael Martínez Nadal, “algo así como una perpetua llamarada”, una especie de Harpo Marx de una vitalidad asombrosa, que de pronto lanza manotazos y alaridos y sale de las casas por la ventana (“Todo lo que se produce espontáneamente resulta superior e inimitable”). Hay poetas que no quedan muy bien parados en sus actitudes y suspicacias, como Neruda o Huidobro, perpetuos querellantes (“Vicente Huidobro me da su impresión particular sobre los poemas de Federico: -Pinceladas magníficas, pero meditación escasa, e imágenes demasiado fáciles”). Y, en medio de todos ellos, un Federico que “no me habla hoy de la muerte, sino de las bellezas de que está llena la vida. -Cada día -dice- trae consigo un nuevo aliciente y una nueva sorpresa”. Un Federico que le confiesa: “Yo también estoy acostumbrado a sufrir por cosas que la gente no comprende ni sospecha”, “Hay seres linajudos que tienen almas plebeyas, y campesinos que son príncipes”, “¿Dormir cuando la vida es buena? ¡Qué va! ¿Cómo puedes pensar en dormir cuando la vida está que arde fuera?”. Un Federico que “ha traído consigo todos los tesoros que abundan en su corazón de oro con el fin de distraerla y, con un derroche de ingenio y de fervor irresistible, los ha tendido a sus pies. Más que nunca ha brillado hoy en ese papel de sol que a veces desempeña”. Un Federico creador de neologismos, como ‘epéntico’ (los que crean pero no procrean), ‘chorpatélico’ (difícil de definir), que se propone crear un Club Elepente (“otro neologismo suyo que no expresa nada preciso, un club de seres buenos, simpáticos, comprensivos, sin prejuicios, que perdonan todo lo que es sincero aunque sea equivocado”) y el Teatro de la Anfistora, que significa todo, lo que se quiera o ninguna cosa. Y está, cómo no, esa escena antológica, la boda de Manuel Altolaguirre y Cóncha Méndez, “un descomunal disparate en un ambiente de alegría sin igual, de completa desorganización y revoltillo inenarrable”, hilarante y veloz como una secuencia de ‘slapstick comedy’.

Con su máquina del tiempo, con la modesta, minuciosa y continuada labor de su diario, Morla Lynch combate el poderoso avasallamiento de lo efímero. Para que no se pierdan los afectos, los pasatiempos, los fastos humanos de un grupo excepcional de gente, sus diálogos, diversiones, anhelos, proyectos y pensamientos, el diplomático chileno los recoge como una hormiga hacendosa y maravillada, y, mediante la fijación de un lenguaje a la vez exquisito y colorista, sutil y efusivo, grato siempre, logra la proeza de perpetuarlos, de mantenerlos tal y como eran en vida, pero animados, en el aire de sus gestos y sus palabras, del ambiente impar de sus reuniones, pícnics, tertulias, fiestas, ensayos, soirées como no se habrán visto otras iguales, corridas de toros, zarzuelas, de La Barraca, la Residencia de Estudiantes y el Pen Club, de la situación política del país (Cataluña o la Revolución de Asturias), esperando a un nuevo lector, a un nuevo viajero del tiempo que desee acceder a esa época concreta, a esa gota de ámbar bulliciosa de actividad donde podrá encontrarse por ejemplo -además de con todos los citados anteriormente- con Unamuno, Gregorio Marañón, Ortega y Gasset, Manuel de Falla, Valle-Inclán, La Argentinita, Azaña, María de Maeztu, Eugenio d’Ors, Rosa Chacel, Ignacio Sánchez Mejías, Maruja Mallo, Fernando de los Ríos, Jean Cocteau, Salvador de Madariaga, Wenceslao Fernández Flórez, Concha de Albornoz, el expedicionario capitán Iglesias, el cardenal Tadeschini, Francis Poulenc, Artur Rubinstein o Yehudi Menuhin.

En definitiva, en esta impagable edición de Renacimiento -notablemente aumentada con respecto a la edición anterior de los años cincuenta, censurada y expurgada, enriquecida ahora con imágenes, documentos y apéndices-, Carlos Morla Lynch atestigua, certifica, refleja y revela fidedignamente, a corazón abierto, la honda y cómplice amistad que mantuvo con Federico García Lorca y con buena parte de los integrantes de la fabulosa Edad de Plata de la cultura española. “Bajo el hechizo de esta lectura que nos hizo Federico, y que conservaré grabada en mi alma como se atesora lo sublime que no volverá a producirse, experimento la sensación de haber asistido a una ‘cosa perfecta’; perfecta como arte y belleza y perfecta como como armonía espiritual. Impresión de fiesta campestre improvisada, exenta de egoísmos y de rivalidades, en la que se han reunido tan sólo factores edificantes, inteligencia, levedad, colorido, poesía, pintura, música y, envolviéndolo todo, amistad, cariño y alegría. No se puede pedir más. Es uno de los días en que he sentido más contento a Federico. He observado que, para elevarse a estas cumbres, tiene él que dominar a la asistencia, planear sobre ella, ser él quien mande e impere quien ate a su auditorio al carro de su elocuencia. Y esto lo obtiene cuando quiere -cuando le interesa y cautiva el ambiente en que se encuentra-, porque posee la llama sagrada y el fluido magnético para hacerlo que ahuyenta todas las susceptibilidades. Logra así, travieso y atrevido mas nunca mal intencionado, que todo se le soporte y permita. No he podido llegar aún a explicarme cómo se las arregla para cantar y reírse a carcajadas a un tiempo sin que se pierda una palabra de lo que dice”.

A destacar también, además de la riqueza singular de su memoria y de su estilo -no sólo de ‘En España con Federico García Lorca’ sino del resto de sus diarios, el de París y Berlín-, la admirable caballerosidad de Carlos Morla Lynch, su compromiso social, su valentía para vencer el miedo generalizado tras el golpe militar franquista, su inusual equidistancia a la hora de conceder refugio en la embajada a cualquiera que lo necesitara, independientemente del bando o del partido. Como dice el prologuista Sergio Macías Brevis, “esperamos que se valore como se merece su contribución diplomática, solidaria, literaria, artística y, sobre todo, humana”. En una de las cartas, Federico se despidió de su amigo chileno a su manera inimitable y simpatiquísima: “No me has escrito y te has portado como con cerdito chiquito bonito que se llama Luisito y que tenía una copa en el culito. Carlitos tampoco me ha comunicado y se ha portado como un pescado colorado, que está demasiado salado y tiene el hígado esponjado. Escríbeme, Carlos. En seguida seré con vosotros y esto me alegra el aire adorable de Granada. Abrazos. Federico”>>.
(Ángel Olgoso)