He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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viernes, 18 de septiembre de 2026

La poesía nómada de Marina Tapia

Comparto mi reseña de “Nômade”(Entorno Gráfico), el último y extraordinario libro de Marina Tapia, en la revista Horizonte Garnata:




<<LA POESÍA NÓMADA DE MARINA TAPIA.

Resulta fácil escribir sobre cualquier libro de Marina, dada la calidad intrínseca de todos ellos. Y al mismo tiempo resulta muy difícil hablar de la autora dada su humildad, dado su deseo congénito de invisibilidad. Es como intentar atrapar a un humilde gorrión sin que se le parta a uno el alma; un gorrión que, a lo sumo, sólo quiere que nos fijemos en su vuelo y no en su condición de ave, de criatura aérea. Pero cómo hablar de la poesía de Marina sin decir que pertenece a ese linaje escaso de los poetas de nacimiento, que viven, respiran y transmiten poesía. Cómo ocultar su singularidad, tan rara y valiosa sobre todo en un presente colonizado por vanidades, oropeles impostados y egos revueltos. Aunque a Marina le horroricen estas afirmaciones, somos afortunados de que su suculenta savia chilena esté renovando de nutrientes los vasos liberianos de la poesía granadina y española.

Tras ese hito en su trayectoria creativa que ha sido “Mixtura”, la antología personal en la que ha recopilado una buena muestra de sus diez primeros poemarios (algunos inencontrables al tratarse de ediciones debidas a diversos premios literarios), nos entrega ahora su nueva obra, “Nômade”, que Entorno Gráfico ha tenido el tino y buen gusto de publicar aquí, en Granada, el hogar desde hace trece años de una Marina ya no tan nómada. De alguna manera, “Nômade” entronca con “Islario”, una obra suya anterior donde peregrinaba con emoción contenida a numerosos lugares del mundo, ya que “Nômade” fue escrito en gran parte durante su residencia en Óbidos, becada por Granada Ciudad de Literatura Unesco. Digo en gran parte porque, además de contener “Cuaderno portugués”, con los poemas destilados y tamizados durante su estancia en aquella hermosa ciudad medieval, “Nômade” cuenta con un segundo grupo de poemas titulado “Errantía”, formado exclusivamente por sonetos. Piezas todas hermosísimas, en las que Marina retoma, se ciñe y revitaliza los temas de este molde clásico con una altura tal que uno parece estar leyendo por ejemplo a Sor Juana Inés de la Cruz. “Cuaderno portugués” es belleza sencilla, es azul, es melancolía, es bodega, es Atlántico, es muralla, es verdín, es tiempo desflecado, es dulzura, es nudo y salitre, es barca amarrada, es viento verde, es alfiletero de saudades. “Errantía”, en cambio, es verbo sonoro, espíritu inquieto, rima felina, destierro leve, nácar escarchado, es andadura, feliz ejercicio, vida renovada, pupila y bravura, es sol a manos llenas, es orbe de diamante.

Como dije en uno de los prólogos que tuve el privilegio de escribir a alguno de sus libros, los versos de Marina son versos que polinizan el alma. O, por decirlo al modo de Cunqueiro, la poesía de Marina es ambrosía, madre de levitaciones. Y Marina es a su vez, como todos los poetas auténticos, una médium verdaderamente modesta. Su humildad custodia la pureza que necesita, por encima de todo, el poeta. Pienso que Marina podría ser uno de aquellos ángeles que visitaron a Abraham, en pura misión de consolarnos en un mundo demasiado feo y bárbaro. Que Marina podría ser como esos médicos, como esos contados seres misericordiosos que tienen la seguridad de que con dulzura y consuelo se curan muchas enfermedades. O como esos místicos que pasan de puntillas por su tiempo, porque el ruido del mundo no deja oírlos, pero luego, aunque sea mucho tiempo después, acaban resonando como un fragor en el corazón de las gentes, que por fin pueden escucharlos. Porque tengo la certeza -como la tiene cualquier persona que se haya acercado a su poesía o la frecuente en el futuro- de que la lectura de los versos de Marina es realmente un descansadero, un lugar de quietud, un espacio calmante del alma donde se amortiguan los ruidos y se otea el mundo, con sus colores y misterios, como desde una particular y gratísima lontananza; donde los sentidos se expresan y glorifican mediante la razón y el ritmo interno; donde los apetitos, con sus batallas y cicatrices, se subliman, y se auscultan apaciblemente los afectos.

Quizá la sensación de transparencia que se respira en su obra provenga de que nuestra poeta no se deja atrapar por el paisaje, por las vivencias o los sentimientos, sino que los deglute y los fija para nosotros en planos mentales. Según Azorín, lo que da la medida de un artista es su sentido de la naturaleza: un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje. No parece sino que Azorín se refiriera a Marina. Porque ella no habla acerca de las hojas de los árboles y de las ardillas y de la espuma y del musgo en las rocas y de las golondrinas, sino que habla en su nombre, sin intermediarios, impregnada la poeta de su gracia, de sus átomos, de su sustancia tangible, ataviada de luz, transmitiéndonos -con cordial belleza y frescura- un mundo natural vivo, soberano, inteligible, en primera persona, y en el que percibimos la eternidad del cambio incesante, su enigmático y exuberante deleite físico. Ahí están para demostrarlo esos hitos de su errancia poética, los poemarios “Marjales de interior”, “Jardín imposible”, “Bosque y silencio”, “Islario” o “Piedra que mengua”, cada uno con sus propios matices, con su serena plenitud vital, con su ritmo musical. Todos los libros de su vagabundeo literario son proyectos autónomos y autoconclusivos, repensados y alumbrados con titánico esmero, también los amorosos, los reivindicativos, los homenajeadores, los metaliterarios como “50 Mujeres desnudas”, “El relámpago en la habitación”, “El deleite”, “Corteza” o “Un kilim de palabras”. Marina, con su fino oído literario y su solidaridad, sensitiva y carente de voluntad de poder, es capaz de explorar en su fragua infatigable la frontera entre la palabra y el silencio, de sondear las entrañas tectónicas de la Tierra, de sentir apego por todos los seres, de atrapar epifanías en la pinaza de un bosque, de esculpir las fases del deseo, de atisbar el infinito tras los marcos azules de una ventana portuguesa, de celebrar la existencia como si fuera un centelleante trozo de ámbar, de agasajarla con versos, pinceles o títeres.

Como dice María Negroni, la poesía es la continuación de la infancia por otros medios. Y es que hay una afinidad entre las cajitas donde los niños guardan sus diminutos tesoros y los retazos de vida, los datos sedimentados del mundo que los poetas guardan en sus libros. Lo infantil, como lo poético, es una sublimación de la curiosidad y la memoria, una resistencia testaruda, un ataque al mundo adulto. Igual que el espacio mágico de la infancia, la poesía de Marina Tapia se habita más que se lee, es el arte del silencio inteligente y hermoso, del fervor asombrado, de las esquirlas de un yo que se preocupa por todos nosotros y cuyos temas giran alrededor de la poeta en una espiral armónica, como quería Sor Juana Inés de la Cruz.

Para Gertrude Stein, la poesía perfecta era como perfecta sabiduría y santidad, simplicidad y transparencia. La poesía de Marina Tapia, hasta este su último libro, “Nômade”, se acerca de manera extraordinaria a esa idea, a ese deleitoso ideal. Porque los poemas de Marina existen, no parecen haber sido fabricados sino que pertenecen al orden natural, como el lirio silvestre. Se encuentra uno muy a gusto respirando su aire puro, lleno de misteriosas fragancias, de brisas sensuales, de combinaciones armónicas, de exquisitas ósmosis. Sólo muy pocos autores nos acompañan muy profundamente, creadores que poseen un don donde se funde la gracia y la tersura expresiva con una lucidez especialísima, genuinos artistas que son esclavos del don que han recibido. Sólo muy pocas veces nos penetran palabras esenciales por su verdad o su belleza. Por lo general, y porque la sed no se apaga sino con agua de manantial, hay que cavar un pozo muy hondo para encontrar una veta pura. Y la poesía de Marina lo es, un don como la claridad del agua o de la luz. Un don que no se sabe de dónde viene, sólo se sabe que hay que cavar mucho y esperar mucho. Hasta hoy, en que tenemos la suerte de atesorarlo de nuevo en el cuenco de nuestras manos, en este pequeño volumen de una poeta destinada a ser un clásico, porque sus libros poseen la elegancia, la limpieza y la precisión de lo atemporal.

No me resisto a concluir dejando aquí una breve muestra de ese regalo para todos que es un poema de Marina Tapia; el emocionante autorretrato del inmortal soneto 4 de “Errantía”, la segunda parte de “Nômade”:

Si a fuerza de ascensiones, me depongo,
si cada vez que empiezo, finalizo,
si pinto de dorado aquel plomizo
oráculo interior que recompongo.


Si un beso desvaído yo prolongo
negando su latir color pajizo,
si el hielo que se aviva nunca atizo
y de la decepción ya no dispongo.


Si convertí lo rudo en algo ameno,
si altero cada invierno en primavera:
ha sido porque he huido de mi suerte.


Cansada ya de mí, de este veneno,
hoy voy a ver la muerte como muerte
y al mundo con su flor y calavera.


lunes, 10 de agosto de 2026

"La máquina del tiempo de Morla Lynch" en Horizonte Garnata

Comparto mi artículo en la revista Horizonte Garnata acerca del que es probablemente el libro más vívido jamás escrito sobre Lorca, entresacado de sus extraordinarios diarios íntimos por el diplomático chileno Carlos Morla Lynch, “En España con Federico García Lorca”:





<<LA MÁQUINA DEL TIEMPO DE MORLA LYNCH.

Cualquiera puede viajar en el tiempo y recibir el estremecedor impacto de ver ‘vivo’ a García Lorca, en primera fila, de convivir doméstica y socialmente con esa criatura milagrosa y con toda una pléyade de los mejores creadores literarios y artísticos de la España anterior a la Guerra Civil. Ese artefacto prodigioso (en versión limitada desde 1957 y completa desde 2008) es el excepcional libro ‘En España con Federico García Lorca (Páginas de un diario íntimo, 1928-1936)’, obra del diplomático chileno Carlos Morla Lynch, compositor musical, escritor y humanista, quien mantuvo una íntima e intensa relación de amistad con Federico y con lo mejor de la intelectualidad española del momento, y la puso por escrito en estado de gracia. Sus casas de Madrid -primero en Velázquez, frente al torreón de Gómez de la Serna, y luego en Alfonso XII-, donde vivía con su esposa Bebé Vicuña y su hijo Carlos, fueron centro de reuniones literarias y de veladas sin parangón. Allí acudían no sólo los poetas de la generación del veintisiete, también sus compatriotas Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Vicente Huidobro, así como numerosos pintores, escultores, toreros, periodistas o políticos.

En mi opinión, este documento único, subyugante, es el testimonio más vívido jamás escrito sobre Federico, por encima incluso de los maravillosos libros de sus hermanos Francisco e Isabel. El mismo Morla Lynch lo explica al comienzo del volumen: “Alguien me dijo un día: -Tú que has fraternizado tanto con García Lorca y vivido una larga etapa unido a él; tú que llevas un apunte de tus impresiones diarias, ¿por qué no escribes una semblanza suya, un retrato íntimo y sencillo, un ‘film’ del Federico de todos los días, del cual tanto se habla sin un verdadero conocimiento de lo que fue su personalidad incomparable? Se desearía verle de cerca, sentirle vivir en esos trechos de su camino en que, desligado del público, se reintegraba al desempeño del papel de su personaje auténtico”. Morla Lynch se revela en este libro como un admirable memorialista, de los que por desgracia apenas existe tradición en las letras españolas. La altura literaria, la profundidad psicológica y el dinamismo de las páginas de este diario no tienen comparación ni equivalente: poseen la virtud de ser coloquiales, entrañables, mágicas, amenas, anecdóticas, sentimentales, antropológicas, filosóficas, dramáticas y, claro, conmovedoramente testimoniales. Destaca sobremanera la portentosa capacidad de Morla Lynch para el retrato de personajes en pocas líneas, verdaderos camafeos físicos y espirituales de los mismos, de esa gran familia, “de esa hermandad admirable que reúne en un haz de oro a Federico, Alberti, Cernuda, Manolito, Jorge Guillén, Aleixandre, Salinas, Gerardo Diego, Moreno Villa, etc.”, imágenes de una finura y plasticidad tales que hace que permanezcan indelebles en el lector. Además, y por encima de todo, siempre vale la pena rendir homenaje a la belleza y a la amistad, y más cuando vienen realzadas por la cultura, la alegría y la inteligencia.

En sendas cartas, Aleixandre y Jorge Guillén respectivamente, expresaron a Morla Lynch su entusiasmado parecer sobre la obra: “El libro rebosa cariño de la figura que lo llena, y está saturado de pululante vida, como escrito con el frescor de cada día”. “Tu libro es maravilloso, me ha tenido en vilo, me ha hecho gozar lo indecible, me ha divertido con una insólita alegría de otros tiempos, me ha causado admiración. Y me alegro infinito no haberme muerto sin conocer este testimonio único de aquella época, que bien evocada, tiene que hacernos llorar a los que la vivimos. Eres un observador de una increíble bondad, siempre generoso, y por eso mismo tan justo y sagaz. Posees un profundísimo sentido del prójimo, y siempre a través de un alma clara y un gran don de simpatía. Esa simpatía profunda era algo genial en Federico y en ti también. Para saber quién fue aquella extraordinaria criatura no habrá mejor testimonio que el tuyo. ¡Cómo reaparece todo: época, ambiente, gentes, amigos! Sí, te gusta España, y la sabes querer. Y esto también me conmueve”.
En estas “Aleluyas tiernas del Federico pirulino”, comparece un Lorca en primer plano, un ser de recursos inagotables que, según la expresión andaluza, tiene cielo. Él mismo dijo -hablando de otros- que “hay seres cuyas vidas han irradiado destellos demasiado intensos para que las sombras de la muerte puedan extinguirlos”. Según Morla Lynch, Lorca, “como todos los seres en los cuales predomina la bondad, no le da a su talento la importancia que merece”. El lector podrá estar a solas con él, acompañar a Federico de excursión (soberbias las de la Semana Santa de Cuenca y la Sierra de Gredos), verlo en la habitación del hotel en calzoncillos y roncando, o con sus viejas y feas botas, o con un pijama gris con rayas que le da un aspecto de presidiario, o en cama con barba de tres días y una gripe imaginaria. Podrá asistir, desde una privilegiada butaca, a conferencias, a lecturas privadas en el salón (“La obra leída por Federico es quizá la forma más perfecta de conocerla”), a estrenos teatrales en primicia (“Son éstos los momentos en que se me antoja que Federico es casi superior a sus obras; libro abierto que derrocha tesoros. Es casi imposible expresar lo que me inspira cuando se presenta en toda su deslumbradora autenticidad: felicidad de oírle hablar, felicidad de penetrar su espíritu, felicidad de sentirme a su lado”). Federico es un vendaval que va y viene con un caudal de noticias. “Exuberante, vibrátil, desordenado, efervescente, un volcán en constante erupción. Fuerza incontenible de estallidos violentos e inesperados. Con todo: el encanto de un niño grande, juguetón y travieso”.

Hay, asimismo, decenas de personajes irrepetibles, como Rafael Martínez Nadal, “algo así como una perpetua llamarada”, una especie de Harpo Marx de una vitalidad asombrosa, que de pronto lanza manotazos y alaridos y sale de las casas por la ventana (“Todo lo que se produce espontáneamente resulta superior e inimitable”). Hay poetas que no quedan muy bien parados en sus actitudes y suspicacias, como Neruda o Huidobro, perpetuos querellantes (“Vicente Huidobro me da su impresión particular sobre los poemas de Federico: -Pinceladas magníficas, pero meditación escasa, e imágenes demasiado fáciles”). Y, en medio de todos ellos, un Federico que “no me habla hoy de la muerte, sino de las bellezas de que está llena la vida. -Cada día -dice- trae consigo un nuevo aliciente y una nueva sorpresa”. Un Federico que le confiesa: “Yo también estoy acostumbrado a sufrir por cosas que la gente no comprende ni sospecha”, “Hay seres linajudos que tienen almas plebeyas, y campesinos que son príncipes”, “¿Dormir cuando la vida es buena? ¡Qué va! ¿Cómo puedes pensar en dormir cuando la vida está que arde fuera?”. Un Federico que “ha traído consigo todos los tesoros que abundan en su corazón de oro con el fin de distraerla y, con un derroche de ingenio y de fervor irresistible, los ha tendido a sus pies. Más que nunca ha brillado hoy en ese papel de sol que a veces desempeña”. Un Federico creador de neologismos, como ‘epéntico’ (los que crean pero no procrean), ‘chorpatélico’ (difícil de definir), que se propone crear un Club Elepente (“otro neologismo suyo que no expresa nada preciso, un club de seres buenos, simpáticos, comprensivos, sin prejuicios, que perdonan todo lo que es sincero aunque sea equivocado”) y el Teatro de la Anfistora, que significa todo, lo que se quiera o ninguna cosa. Y está, cómo no, esa escena antológica, la boda de Manuel Altolaguirre y Cóncha Méndez, “un descomunal disparate en un ambiente de alegría sin igual, de completa desorganización y revoltillo inenarrable”, hilarante y veloz como una secuencia de ‘slapstick comedy’.

Con su máquina del tiempo, con la modesta, minuciosa y continuada labor de su diario, Morla Lynch combate el poderoso avasallamiento de lo efímero. Para que no se pierdan los afectos, los pasatiempos, los fastos humanos de un grupo excepcional de gente, sus diálogos, diversiones, anhelos, proyectos y pensamientos, el diplomático chileno los recoge como una hormiga hacendosa y maravillada, y, mediante la fijación de un lenguaje a la vez exquisito y colorista, sutil y efusivo, grato siempre, logra la proeza de perpetuarlos, de mantenerlos tal y como eran en vida, pero animados, en el aire de sus gestos y sus palabras, del ambiente impar de sus reuniones, pícnics, tertulias, fiestas, ensayos, soirées como no se habrán visto otras iguales, corridas de toros, zarzuelas, de La Barraca, la Residencia de Estudiantes y el Pen Club, de la situación política del país (Cataluña o la Revolución de Asturias), esperando a un nuevo lector, a un nuevo viajero del tiempo que desee acceder a esa época concreta, a esa gota de ámbar bulliciosa de actividad donde podrá encontrarse por ejemplo -además de con todos los citados anteriormente- con Unamuno, Gregorio Marañón, Ortega y Gasset, Manuel de Falla, Valle-Inclán, La Argentinita, Azaña, María de Maeztu, Eugenio d’Ors, Rosa Chacel, Ignacio Sánchez Mejías, Maruja Mallo, Fernando de los Ríos, Jean Cocteau, Salvador de Madariaga, Wenceslao Fernández Flórez, Concha de Albornoz, el expedicionario capitán Iglesias, el cardenal Tadeschini, Francis Poulenc, Artur Rubinstein o Yehudi Menuhin.

En definitiva, en esta impagable edición de Renacimiento -notablemente aumentada con respecto a la edición anterior de los años cincuenta, censurada y expurgada, enriquecida ahora con imágenes, documentos y apéndices-, Carlos Morla Lynch atestigua, certifica, refleja y revela fidedignamente, a corazón abierto, la honda y cómplice amistad que mantuvo con Federico García Lorca y con buena parte de los integrantes de la fabulosa Edad de Plata de la cultura española. “Bajo el hechizo de esta lectura que nos hizo Federico, y que conservaré grabada en mi alma como se atesora lo sublime que no volverá a producirse, experimento la sensación de haber asistido a una ‘cosa perfecta’; perfecta como arte y belleza y perfecta como como armonía espiritual. Impresión de fiesta campestre improvisada, exenta de egoísmos y de rivalidades, en la que se han reunido tan sólo factores edificantes, inteligencia, levedad, colorido, poesía, pintura, música y, envolviéndolo todo, amistad, cariño y alegría. No se puede pedir más. Es uno de los días en que he sentido más contento a Federico. He observado que, para elevarse a estas cumbres, tiene él que dominar a la asistencia, planear sobre ella, ser él quien mande e impere quien ate a su auditorio al carro de su elocuencia. Y esto lo obtiene cuando quiere -cuando le interesa y cautiva el ambiente en que se encuentra-, porque posee la llama sagrada y el fluido magnético para hacerlo que ahuyenta todas las susceptibilidades. Logra así, travieso y atrevido mas nunca mal intencionado, que todo se le soporte y permita. No he podido llegar aún a explicarme cómo se las arregla para cantar y reírse a carcajadas a un tiempo sin que se pierda una palabra de lo que dice”.

A destacar también, además de la riqueza singular de su memoria y de su estilo -no sólo de ‘En España con Federico García Lorca’ sino del resto de sus diarios, el de París y Berlín-, la admirable caballerosidad de Carlos Morla Lynch, su compromiso social, su valentía para vencer el miedo generalizado tras el golpe militar franquista, su inusual equidistancia a la hora de conceder refugio en la embajada a cualquiera que lo necesitara, independientemente del bando o del partido. Como dice el prologuista Sergio Macías Brevis, “esperamos que se valore como se merece su contribución diplomática, solidaria, literaria, artística y, sobre todo, humana”. En una de las cartas, Federico se despidió de su amigo chileno a su manera inimitable y simpatiquísima: “No me has escrito y te has portado como con cerdito chiquito bonito que se llama Luisito y que tenía una copa en el culito. Carlitos tampoco me ha comunicado y se ha portado como un pescado colorado, que está demasiado salado y tiene el hígado esponjado. Escríbeme, Carlos. En seguida seré con vosotros y esto me alegra el aire adorable de Granada. Abrazos. Federico”>>.
(Ángel Olgoso)


lunes, 8 de septiembre de 2025

Entrevista en Horizonte Garnata

Agradecido a la revista Horizonte Garnata por esta entrevista a propósito de la publicación de "Estigia" (Eolas Ediciones).


Referente del relato en español, traducido a numerosos idiomas, con más de una treintena de premios, el granadino Ángel Olgoso es académico de Buenas Letras de Granada y rector del Institutum Pataphysicum Granatensis.


ENTREVISTA A ÁNGEL OLGOSO

Entre otras muchas obras (casi imposible citarlas todas) es autor de «Los días subterráneos», «La hélice entre los sargazos», «Nubes de piedra», «Granada año 2039 y otros relatos», «Cuentos de otro mundo», «El vuelo del pájaro elefante», «Los demonios del lugar», «Astrolabio», «La máquina de languidecer». «Los líquenes del sueño», «Cuando fui jaguar», «Racconti abissali», «Las frutas de la luna», «Almanaque de asombros», «Breviario negro», «Nocturnario», “Devoraluces”, «Bestiario», «Sideral»… Hemos hablado con él con motivo de una de sus últimas obras, «Estigia».


-Según indica Ana María Shua en el prólogo, “Estigia” es un libro que gira en torno a la muerte, pero ¿cómo lo define usted? ¿Qué puede esperar el lector de esta antología?

“Estigia” es, tras “Bestiario” y “Sideral”, el tercer volumen temático de un total de seis de mis relatos completos, que está publicando la editorial leonesa Eolas en su colección Las Puertas de lo Posible. Podría definirlo como mi personal y modesto Oficio de Tinieblas: por su número de páginas se demuestra que la muerte ha sido, sin duda, uno de los temas más recurrentes en mis relatos.
Aquí están agavilladas, de entre las setecientas que escribí en más de cuarenta años, todas las ficciones que encajan en ese escenario sombrío, desde lo más mítico y simbólico a lo más físico, pasando por el humor negro, la sorpresa, la sátira, la melancolía, la fabulación o la ironía.
En este libro el lector podrá encontrar una larga serie de ‘mementos mori’ protagonizados por suicidas, resucitados, fantasmas, vivos dados por muertos, vivos que ignoran que están muertos, muertos tímidos, muertos que se niegan a serlo o que dan testimonio de su estado, podrá hallar velatorios y rituales singulares, muertes sorprendentes y miedos cervales, asesinatos bíblicos y cementerios planetarios, reencarnaciones y organizaciones de posteridad, enterramientos erróneos y escenas bélicas extremas, despojos y reliquias, un barbero de difuntos y un mar de los muertos, el eterno retorno, etc.

-En una entrevista calificó de ‘lorquiana’ su obsesión con la muerte…

Casi lorquiana, es cierto. Pero todos los escritores están obsesionados de una forma u otra con la Gran Oscuridad. Tengo, de hecho, un larguísimo listado que recoge apreciaciones de distintos creadores sobre la muerte. Y es que la muerte es el Tema, con mayúscula, el verdadero argumento de la obra, el gran acontecimiento, el misterio más sobrecogedor, la única certeza, el lugar del que procedemos y al que vamos.
Dentro de cien años ninguno de nosotros andará por aquí, todos estaremos en otro sitio, y nuestra posición y nuestra textura serán, como mínimo, muy distintas. La muerte, que nos acompaña como una sombra es, paradójicamente, el centro de la vida. Podrá ser un insulto a nuestro ego, sin embargo también da sentido a nuestra existencia.
Escribir estos relatos me permitió hacerme preguntas, reflexionar sobre esa angustiosa incertidumbre de no saber qué vendrá después. También sobre las infinitas formas en que el ser humano va al encuentro de la muerte.


¿Se puede considerar la literatura una defensa contra la muerte?

En efecto, quizá el arte y el amor sean sus únicos contrapesos. El humor también ayuda, y la memoria por supuesto: no hay muerte si no hay olvido. Ya se sabe que, mientras alguien lo recuerde, un muerto no se extingue. O, lo que es lo mismo, mientras se cuenta y se narra, la muerte no tiene todo ganado.
La creación artística, literaria, es una defensa -relativa, claro- contra ese degradante biológico que es el tiempo, contra “el espanto seguro de estar muerto” según el verso de Rubén Darío. Puede que la eternidad que encontramos en los libros sea ficticia, pero al menos permite protegernos de lo que nos da miedo, de la proximidad y de la idea misma de la muerte.
Habría que repetir como un mantra esa máxima de Leonardo da Vinci, «la belleza perece en la vida pero es inmortal en el arte».


-En «Estigia», y quizá también en el conjunto de su obra, ¿diría que la tradición clásica grecolatina y judeocristiana ha tenido un peso destacado?

Naturalmente, ha sido inevitable por educación forzosa (la segunda) y por educación y elección (la primera). Son estructuras culturales en las que te ves encuadrado por el simple motivo de nacer y vivir en un lugar concreto. De hecho, hay cinco textos míos en la antología “Después de Troya. Microrrelatos hispánicos tradición clásica”.
Pero la versatilidad es una de las características de mi obra, y siempre he sentido curiosidad por otras tradiciones más lejanas, budista, judía, ortodoxa, china, vikinga, etc. que he explorado en diversos relatos (“ Las manos de Akiburo”, “El vaso”, “La diligencia del abismo”, “La torre de Hunan” o “Águila de sangre”, entre otros muchos).
Volviendo al tema de la muerte, para otras culturas, la vida y la muerte dibujan un círculo y no una línea que se interrumpe bruscamente. Para esas culturas somos como las flores de diente de león, una flor insignificante que crece entre la maleza y que se deshace en el viento, pero su dispersión no significa un ocaso irremediable.
No puede uno sino envidiar a los etruscos, aquel pueblo secreto que precedió a Roma, para quienes ese terrorífico drama sólo era una agradable continuación de la vida, un momento sensual que se celebraba con una naturalidad y una sensualidad profundos, con joyas, con sonrisas, con banquetes fúnebres donde corría el vino, al son de flautas que invitaban a la danza y al amor.


¿Qué balance hace Ángel Olgoso de su obra a día de hoy?

Miro hacia atrás con la satisfacción, y un poco con la inquietud, del deber cumplido. He escrito mucho, demasiado tal vez para alguien tan poco dicharachero, alguien al que de ordinario hay que arrancarle las palabras con tenazas de sacamuelas: una veintena de libros de relatos, varias misceláneas de textos diversos (prólogos, artículos, conferencias, reseñas), un libro de haikus, a los que habría que añadir varias compilaciones de material patafísico y un centenar de collages artesanales.


-Por lo general, usted trabaja en varios proyectos a la vez. ¿En este caso también?

Así es. Cuando se presentaba “Estigia” estaba en imprenta, por fin, “Madera de deriva”, un libro que escribí hace cinco años y que es el inicio de una nueva época creativa, alejada de la ficción, liberada de su corsé un tanto restrictivo. Se trata de libro híbrido, de un collage literario donde conviven crónicas viajeras, apuntes ensayísticos, especulaciones sociales y metaliterarias, evocaciones, entradas de diccionario, apólogos, epitafios, viñetas de perplejidad sensorial y metafísica.
Quizá ya no haya aquí una necesidad constante de fabulación, pero sigue habiendo como siempre respeto por la inteligencia del lector y por la lengua. “Madera de deriva” lo publica una de las editoriales españolas más interesantes, hogar de la heterodoxia, Libros del Innombrable. Le estoy muy agradecido a Raúl Herrero por apostar por esta obra singular y arriesgada, a la que califica de “textos libres, irónicos y profundamente literarios”.