He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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lunes, 10 de agosto de 2026

"La máquina del tiempo de Morla Lynch" en Horizonte Garnata

Comparto mi artículo en la revista Horizonte Garnata acerca del que es probablemente el libro más vívido jamás escrito sobre Lorca, entresacado de sus extraordinarios diarios íntimos por el diplomático chileno Carlos Morla Lynch, “En España con Federico García Lorca”:





<<LA MÁQUINA DEL TIEMPO DE MORLA LYNCH.

Cualquiera puede viajar en el tiempo y recibir el estremecedor impacto de ver ‘vivo’ a García Lorca, en primera fila, de convivir doméstica y socialmente con esa criatura milagrosa y con toda una pléyade de los mejores creadores literarios y artísticos de la España anterior a la Guerra Civil. Ese artefacto prodigioso (en versión limitada desde 1957 y completa desde 2008) es el excepcional libro ‘En España con Federico García Lorca (Páginas de un diario íntimo, 1928-1936)’, obra del diplomático chileno Carlos Morla Lynch, compositor musical, escritor y humanista, quien mantuvo una íntima e intensa relación de amistad con Federico y con lo mejor de la intelectualidad española del momento, y la puso por escrito en estado de gracia. Sus casas de Madrid -primero en Velázquez, frente al torreón de Gómez de la Serna, y luego en Alfonso XII-, donde vivía con su esposa Bebé Vicuña y su hijo Carlos, fueron centro de reuniones literarias y de veladas sin parangón. Allí acudían no sólo los poetas de la generación del veintisiete, también sus compatriotas Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Vicente Huidobro, así como numerosos pintores, escultores, toreros, periodistas o políticos.

En mi opinión, este documento único, subyugante, es el testimonio más vívido jamás escrito sobre Federico, por encima incluso de los maravillosos libros de sus hermanos Francisco e Isabel. El mismo Morla Lynch lo explica al comienzo del volumen: “Alguien me dijo un día: -Tú que has fraternizado tanto con García Lorca y vivido una larga etapa unido a él; tú que llevas un apunte de tus impresiones diarias, ¿por qué no escribes una semblanza suya, un retrato íntimo y sencillo, un ‘film’ del Federico de todos los días, del cual tanto se habla sin un verdadero conocimiento de lo que fue su personalidad incomparable? Se desearía verle de cerca, sentirle vivir en esos trechos de su camino en que, desligado del público, se reintegraba al desempeño del papel de su personaje auténtico”. Morla Lynch se revela en este libro como un admirable memorialista, de los que por desgracia apenas existe tradición en las letras españolas. La altura literaria, la profundidad psicológica y el dinamismo de las páginas de este diario no tienen comparación ni equivalente: poseen la virtud de ser coloquiales, entrañables, mágicas, amenas, anecdóticas, sentimentales, antropológicas, filosóficas, dramáticas y, claro, conmovedoramente testimoniales. Destaca sobremanera la portentosa capacidad de Morla Lynch para el retrato de personajes en pocas líneas, verdaderos camafeos físicos y espirituales de los mismos, de esa gran familia, “de esa hermandad admirable que reúne en un haz de oro a Federico, Alberti, Cernuda, Manolito, Jorge Guillén, Aleixandre, Salinas, Gerardo Diego, Moreno Villa, etc.”, imágenes de una finura y plasticidad tales que hace que permanezcan indelebles en el lector. Además, y por encima de todo, siempre vale la pena rendir homenaje a la belleza y a la amistad, y más cuando vienen realzadas por la cultura, la alegría y la inteligencia.

En sendas cartas, Aleixandre y Jorge Guillén respectivamente, expresaron a Morla Lynch su entusiasmado parecer sobre la obra: “El libro rebosa cariño de la figura que lo llena, y está saturado de pululante vida, como escrito con el frescor de cada día”. “Tu libro es maravilloso, me ha tenido en vilo, me ha hecho gozar lo indecible, me ha divertido con una insólita alegría de otros tiempos, me ha causado admiración. Y me alegro infinito no haberme muerto sin conocer este testimonio único de aquella época, que bien evocada, tiene que hacernos llorar a los que la vivimos. Eres un observador de una increíble bondad, siempre generoso, y por eso mismo tan justo y sagaz. Posees un profundísimo sentido del prójimo, y siempre a través de un alma clara y un gran don de simpatía. Esa simpatía profunda era algo genial en Federico y en ti también. Para saber quién fue aquella extraordinaria criatura no habrá mejor testimonio que el tuyo. ¡Cómo reaparece todo: época, ambiente, gentes, amigos! Sí, te gusta España, y la sabes querer. Y esto también me conmueve”.
En estas “Aleluyas tiernas del Federico pirulino”, comparece un Lorca en primer plano, un ser de recursos inagotables que, según la expresión andaluza, tiene cielo. Él mismo dijo -hablando de otros- que “hay seres cuyas vidas han irradiado destellos demasiado intensos para que las sombras de la muerte puedan extinguirlos”. Según Morla Lynch, Lorca, “como todos los seres en los cuales predomina la bondad, no le da a su talento la importancia que merece”. El lector podrá estar a solas con él, acompañar a Federico de excursión (soberbias las de la Semana Santa de Cuenca y la Sierra de Gredos), verlo en la habitación del hotel en calzoncillos y roncando, o con sus viejas y feas botas, o con un pijama gris con rayas que le da un aspecto de presidiario, o en cama con barba de tres días y una gripe imaginaria. Podrá asistir, desde una privilegiada butaca, a conferencias, a lecturas privadas en el salón (“La obra leída por Federico es quizá la forma más perfecta de conocerla”), a estrenos teatrales en primicia (“Son éstos los momentos en que se me antoja que Federico es casi superior a sus obras; libro abierto que derrocha tesoros. Es casi imposible expresar lo que me inspira cuando se presenta en toda su deslumbradora autenticidad: felicidad de oírle hablar, felicidad de penetrar su espíritu, felicidad de sentirme a su lado”). Federico es un vendaval que va y viene con un caudal de noticias. “Exuberante, vibrátil, desordenado, efervescente, un volcán en constante erupción. Fuerza incontenible de estallidos violentos e inesperados. Con todo: el encanto de un niño grande, juguetón y travieso”.

Hay, asimismo, decenas de personajes irrepetibles, como Rafael Martínez Nadal, “algo así como una perpetua llamarada”, una especie de Harpo Marx de una vitalidad asombrosa, que de pronto lanza manotazos y alaridos y sale de las casas por la ventana (“Todo lo que se produce espontáneamente resulta superior e inimitable”). Hay poetas que no quedan muy bien parados en sus actitudes y suspicacias, como Neruda o Huidobro, perpetuos querellantes (“Vicente Huidobro me da su impresión particular sobre los poemas de Federico: -Pinceladas magníficas, pero meditación escasa, e imágenes demasiado fáciles”). Y, en medio de todos ellos, un Federico que “no me habla hoy de la muerte, sino de las bellezas de que está llena la vida. -Cada día -dice- trae consigo un nuevo aliciente y una nueva sorpresa”. Un Federico que le confiesa: “Yo también estoy acostumbrado a sufrir por cosas que la gente no comprende ni sospecha”, “Hay seres linajudos que tienen almas plebeyas, y campesinos que son príncipes”, “¿Dormir cuando la vida es buena? ¡Qué va! ¿Cómo puedes pensar en dormir cuando la vida está que arde fuera?”. Un Federico que “ha traído consigo todos los tesoros que abundan en su corazón de oro con el fin de distraerla y, con un derroche de ingenio y de fervor irresistible, los ha tendido a sus pies. Más que nunca ha brillado hoy en ese papel de sol que a veces desempeña”. Un Federico creador de neologismos, como ‘epéntico’ (los que crean pero no procrean), ‘chorpatélico’ (difícil de definir), que se propone crear un Club Elepente (“otro neologismo suyo que no expresa nada preciso, un club de seres buenos, simpáticos, comprensivos, sin prejuicios, que perdonan todo lo que es sincero aunque sea equivocado”) y el Teatro de la Anfistora, que significa todo, lo que se quiera o ninguna cosa. Y está, cómo no, esa escena antológica, la boda de Manuel Altolaguirre y Cóncha Méndez, “un descomunal disparate en un ambiente de alegría sin igual, de completa desorganización y revoltillo inenarrable”, hilarante y veloz como una secuencia de ‘slapstick comedy’.

Con su máquina del tiempo, con la modesta, minuciosa y continuada labor de su diario, Morla Lynch combate el poderoso avasallamiento de lo efímero. Para que no se pierdan los afectos, los pasatiempos, los fastos humanos de un grupo excepcional de gente, sus diálogos, diversiones, anhelos, proyectos y pensamientos, el diplomático chileno los recoge como una hormiga hacendosa y maravillada, y, mediante la fijación de un lenguaje a la vez exquisito y colorista, sutil y efusivo, grato siempre, logra la proeza de perpetuarlos, de mantenerlos tal y como eran en vida, pero animados, en el aire de sus gestos y sus palabras, del ambiente impar de sus reuniones, pícnics, tertulias, fiestas, ensayos, soirées como no se habrán visto otras iguales, corridas de toros, zarzuelas, de La Barraca, la Residencia de Estudiantes y el Pen Club, de la situación política del país (Cataluña o la Revolución de Asturias), esperando a un nuevo lector, a un nuevo viajero del tiempo que desee acceder a esa época concreta, a esa gota de ámbar bulliciosa de actividad donde podrá encontrarse por ejemplo -además de con todos los citados anteriormente- con Unamuno, Gregorio Marañón, Ortega y Gasset, Manuel de Falla, Valle-Inclán, La Argentinita, Azaña, María de Maeztu, Eugenio d’Ors, Rosa Chacel, Ignacio Sánchez Mejías, Maruja Mallo, Fernando de los Ríos, Jean Cocteau, Salvador de Madariaga, Wenceslao Fernández Flórez, Concha de Albornoz, el expedicionario capitán Iglesias, el cardenal Tadeschini, Francis Poulenc, Artur Rubinstein o Yehudi Menuhin.

En definitiva, en esta impagable edición de Renacimiento -notablemente aumentada con respecto a la edición anterior de los años cincuenta, censurada y expurgada, enriquecida ahora con imágenes, documentos y apéndices-, Carlos Morla Lynch atestigua, certifica, refleja y revela fidedignamente, a corazón abierto, la honda y cómplice amistad que mantuvo con Federico García Lorca y con buena parte de los integrantes de la fabulosa Edad de Plata de la cultura española. “Bajo el hechizo de esta lectura que nos hizo Federico, y que conservaré grabada en mi alma como se atesora lo sublime que no volverá a producirse, experimento la sensación de haber asistido a una ‘cosa perfecta’; perfecta como arte y belleza y perfecta como como armonía espiritual. Impresión de fiesta campestre improvisada, exenta de egoísmos y de rivalidades, en la que se han reunido tan sólo factores edificantes, inteligencia, levedad, colorido, poesía, pintura, música y, envolviéndolo todo, amistad, cariño y alegría. No se puede pedir más. Es uno de los días en que he sentido más contento a Federico. He observado que, para elevarse a estas cumbres, tiene él que dominar a la asistencia, planear sobre ella, ser él quien mande e impere quien ate a su auditorio al carro de su elocuencia. Y esto lo obtiene cuando quiere -cuando le interesa y cautiva el ambiente en que se encuentra-, porque posee la llama sagrada y el fluido magnético para hacerlo que ahuyenta todas las susceptibilidades. Logra así, travieso y atrevido mas nunca mal intencionado, que todo se le soporte y permita. No he podido llegar aún a explicarme cómo se las arregla para cantar y reírse a carcajadas a un tiempo sin que se pierda una palabra de lo que dice”.

A destacar también, además de la riqueza singular de su memoria y de su estilo -no sólo de ‘En España con Federico García Lorca’ sino del resto de sus diarios, el de París y Berlín-, la admirable caballerosidad de Carlos Morla Lynch, su compromiso social, su valentía para vencer el miedo generalizado tras el golpe militar franquista, su inusual equidistancia a la hora de conceder refugio en la embajada a cualquiera que lo necesitara, independientemente del bando o del partido. Como dice el prologuista Sergio Macías Brevis, “esperamos que se valore como se merece su contribución diplomática, solidaria, literaria, artística y, sobre todo, humana”. En una de las cartas, Federico se despidió de su amigo chileno a su manera inimitable y simpatiquísima: “No me has escrito y te has portado como con cerdito chiquito bonito que se llama Luisito y que tenía una copa en el culito. Carlitos tampoco me ha comunicado y se ha portado como un pescado colorado, que está demasiado salado y tiene el hígado esponjado. Escríbeme, Carlos. En seguida seré con vosotros y esto me alegra el aire adorable de Granada. Abrazos. Federico”>>.
(Ángel Olgoso)


domingo, 15 de febrero de 2026

Relato hiperbreve o cuántico, por Luis Santillán

Muy agradecido a Luis Santillán por la parte que me toca en esta breve reivindación de lo brevísimo, del microrrelato, publicada en Cuadernos del Sur del diario Córdoba.



<<RELATO HIPERBREVE O CUÁNTICO.
Los siglos XIX, XX y XXI han deparado grandes cuentistas.

Ya me he referido en alguna ocasión al relato breve o hiperbreve, un género literario considerado menor y maltratado por la historia. No en vano la literatura de los siglos XIX, XX y XXI nos ha deparado grandes cuentistas, maestros del relato corto, y por encima de cualquier otro continente, los hispanoamericanos se llevan la palma. ¿Habrá alguien que no haya leído las minificciones de Juan José Arreola, Augusto Monterroso o Julio Torri? Pero la literatura española también es rica en dicho género. Ahí tenemos a Ángel Olgoso, por ejemplo, para no pocos el maestro, o Juan José Millas, todo un alarde literario de la brevedad llamado a acompañarnos en la mesilla de noche durante bastante tiempo. O Andrés Neuman, poeta, novelista, autor de relatos y «contador de historias», o los «relatos cuánticos», de Juan Pedro Aparicio en los que cobra más dimensión «lo que no está que lo que está, aunque todo esté». Podríamos citar a muchos más… aunque yo al menos me quedo por su escasa presencia en el género con Cristina Fernández Cubas, autora de alguno de los más maravillosos hiperbreves de la literatura española. Sin embargo, el microrrelato, hiperbreve, relato cuántico, cuento corto, minificción…, por fin ha alcanzado la madurez como género literario. Es más, se codea de igual a igual con sus hermanos mayores, la poesía, la novela, el aforismo…Y rebuscando en los anaqueles de las librerías, gracias al buen hacer de las Editoriales Paginas de Espuma y Menoscuarto, podemos encontrar maravillosos cuentos de Luis Mateo Diez, Medardo Fraile, Juan Pedro Aparicio, Max Aub, Manuel Moyano, Javier Tomeo, Max Aub, o Ana María Matute, compartiendo espacio con Fernando Quiñones, Ángel Olgoso, Juan José Millas, José María Merino, Oscar Esquivias…y tantos otros. Solo cabe decirle al lector: por favor, sean breves al leer los microrrelatos, pero déjense enredar por la magia de sus palabras. Porque como decía Julia Otxoa, otra cuentista, microrrelatista, «en este umbral del siglo XXI es absolutamente necesario acabar con la estrechez de miras en la percepción de otros géneros que no sean la novela, el ensayo, o el cuento clásico».

Se precisa urgente la apertura de la comprensión intelectual a otras formas de escritura breve cuya creación ha dado nombres como Kafka, Max Aub, Borges, o Monterroso, y cuyo legado literario es indiscutible. Y cuando se dejen imbuir por la maravilla del género, acudan a la historia del Círculo Cultural Faroni, quien, de la mano de Luis Landero, que por cierto acaba de publicar novela, fue pionero y hacedor de uno de los premios literarios de mas solera a finales del siglo pasado>>.

(Luis Santillán)


sábado, 14 de junio de 2025

Artículo de Pedros Crenes Castro

Comparto este sugestivo artículo del escritor panameño Pedro Crenes Castro, donde nos hermana al norteamericano William Kennedy, al venezolano Juan Carlos Chirinos y a un servidor, celta nazarí, en torno a la luz y la oscuridad, los epígrafes y las congojas, el asidero de la ficción y la experiencia intransferible de la lectura.



¿Cómo sobrevivimos a nuestros venenos internos?
Jun 13, 2025 
Reseña por: Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural: Literatura Panameña


Convivimos con las sombras. Hace tiempo, releyendo los microrrelatos de “La máquina de languidecer” de Ángel Olgoso, encontré una chispa en la oscuridad circundante: “La herida ofendía a la vista y me asombraba pensar cómo sobrevivimos a nuestros venenos internos”. La cita me sobrecogió. La firma «un tal» William Kennedy, premio Pulitzer en 1984. ¿Cómo sobrevivimos?, comencé a preguntarme el transcurso de mi relectura, de mi búsqueda.

Estas semanas llego al convencimiento de que leer es mantener la luz encendida en el alma cuando la oscuridad nos inquieta más de la cuenta. Mi papá me decía de chico que la oscuridad es solo que no hay luz, y que las cosas permanecen iguales, que no hay que temer nada, pero no, contradigo a mi viejo y su sencillez de antaño: cuando no hay luz está la oscuridad, esa señora que se mueve despacio al rededor de las cosas, que nos roza con sus dedos de inquietud. Y el adulto que somos enciende una lucecita para que le acompañe, para que espante a la señora del traje negro.

Kennedy, entonces, enciende una luz. Ángel Olgoso me encendió lucecitas por el alma para espantar las sombras. La lectura, esa luz en la que nos empeñamos unos cuantos, no debe apagarse nunca. Es tragicómico comprobar cómo Marx está siendo «tragiversado»: se cierran libros y se encienden televisores y demás artilugios de entretenimiento, que no es más que una forma tecnológica de encender la oscuridad.

Cuando se acumulan las congojas, cuando miras por todas partes en busca de una salida, —ni siquiera una solución—, llega la lectura para espantar a los cuervos. Entonces te das cuenta de que Juan Carlos Chirinos y sus cuentos de “La manzana de Nietzsche” muestran senderos por los que escaparse unas horas al sol de la ficción, que es tan verdad que no nos creemos que somos los protagonistas de esas historias. Y un soplo de aire olor manzana te empuja para que salgas del letargo. Y te ríes.

Leer es un empeño absurdo. Pienso en Sísifo. O en la mujer del «justo» Job, que le anima a dejar de mantener su fe paciente e inquebrantable y morirse. Pero no, Job no cede aunque no le faltaran razones para hacerlo. El lector empedernido siempre es Sísifo, nunca maldice las letras para morirse luego: no ceja, se rodea de personajes de papel y tinta, se narra y se lee, lee a los otros ampliando su radio de empatía.

Y luego están los escritores. Los hay que entretienen, que encienden por miles de ejemplares soles oscuros que empozan el entendimiento y el criterio. El soberano público vive junto a estas obras un sueño del criterio que termina en pesadilla, en paisajes con citas de gurús tenidos por la masa por «grandes escritores». Será la envidia, me dicen…

Leer es un camino de vuelta. Es, muchas veces, un amanecer. Parece simple, pero cuando experimentas en el alma la certeza de las letras tienes que rendirte a la evidencia: leer es uno de los hechos más importantes que le puede ocurrir a alguien. Y encontrarte con otro ser humano al otro lado del libro, es una experiencia personal que transforma.

La letra menuda de Olgoso, su epígrafe, me abrió un claro en los nubarrones y me descubrió a un novelista. Hasta me ha dado caminos para resolver mi propia ficción. Sobrevivimos a nuestros venenos internos leyendo; la ficción mantiene a raya la máquina de languidecer; activa los resortes de la vida y le aporta asideros para nos resbalarnos hacia la oscuridad.

https://lawebdelasalud.com/como-sobrevivimos-a-nuestros-venenos-internos/

sábado, 24 de octubre de 2020

La brújula de Olgoso

Compartimos el cariñoso y reivindicativo artículo que el escritor y periodista César Requesens publicó en el periódico Granada Hoy a propósito de la reedición ilustrada de Astrolabio.
 


LA BRÚJULA DE OLGOSO

(César Requesens)



No puedo ser objetivo al escribir sobre mi amigo Ángel Olgoso y su exquisito libro Astrolabio (Reino de Cordelia, 2020), primorosa reedición ilustrada por la artista Marina Tapia, que presentó en el Cuarto Real el viernes tarde arropado de una nutrida caterva de enmascarados a lo Covid que no éramos otros que sus muchos amigos, admiradores de una trayectoria literaria generosa en la entrega a la escritura y en la renuncia al oropel por el que otros pierden el alma para ganar no se sabe bien qué y si ese qué compensa.

Lo que sí que compensa es escuchar a Olgoso releer sus cuentos y disfrutar de esa su concisión milimétrica macerada con los años de oficio, esa su forma abnegada de construir una gran obra, con líneas propias y coherentes, marcando un camino que luego siguen y seguirán otros muchos tras los pasos de la 'brújula' que es este escritor ya imprescindible de las letras hispanas.

Es envidiable su paciencia, de la cual yo carezco. Porque uno, en su modesta pretensión literaria, aspira tan sólo y como mucho a recoger la espuma de los días lo mejor que puede mientras que otros, como es su caso, son capaces de ponerle puertas al mar apresando en sus palabras hasta el mismo rumor del oleaje. Admirable.

Cada relato de Astrolabio es una voz lanzada entre las montañas que reverbera devolviendo el eco de otras grandes voces a las que da gusto distinguir entreveradas con la voz tan pura y medida de este escritor de aquí.

Ocurre con Olgoso que, al contrario de muchos, no es él quien se hace el panegírico. Bien al contrario, su modestia le lleva a que tengamos que ser otros escritores, casi todos, los que ensalcemos su obra rica y variada, diversa y compacta, en lo que supone ya un lugar común en las letras actuales ese decir sin dudarlo: "Qué bien escribe Olgoso".

Estando ya en la cima de su obra, extraña que no se editen más sus obras, que la oficialidad cultural no caiga en la obviedad de que tenemos entre nosotros a un grande que no va de nada más que de Ángel, salvo para los que le tenemos por lo que es, un destello de luz entre la espesura, un autor que deja su estela de sincero buscador de estrellas en libros que quedan como un alarde en la forja de lo imaginario, metal blando entre las manos de este titán que me dedicaba su Astrolabio al borde mismo de la noche.


Astrolabio ilustrado en Ideal

Compartimos el artículo de Antonio Arenas publicado en Ideal en su edición en papel el 20 de octubre, así como el enlace al artículo completo del suplemento IDEAL EN CLASE, que contiene fotografías, ilustraciones del volumen y los tres textos íntegros de los presentadores, Andrés Cárdenas, Marina Tapia y Ángel Olgoso. Gracias a Antonio Arenas por su incansable labor informativa en beneficio de la cultura de Granada.




UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD 

PARA 'ASTROLABIO', 

DE ÁNGEL OLGOSO

 

(Antonio Arenas)


                                                            Foto: Antonio Arenas


Hay libros que se publican y en poco tiempo pasan a dormir el sueño de los justos (por no decir a ser olvidados en una estantería, en el mejor de los casos, o al contenedor de reciclado de papel). Otros, en cambio, como los buenos vinos, ganan con los años e incluso se revalorizan por su rareza, calidad y dificultad para encontrarlos. Algo así es lo que le ha ocurrido a la edición de 'Astrolabio', de Ángel Olgoso (Granada, 1961), editado en 2007 por cuadernos del Vigía que, en las librerías de segunda mano, se cotiza a cerca de 150 euros. Por ello, el autor ha creído que obra merecía una nueva oportunidad -y nuevos lectores- con un importante valor añadido: las ilustraciones de la artista chilena Marina Tapia (Valparaíso, 1975). Y todo por un precio mucho más asequible del que veníamos encontrando en las librerías de segunda mano.


Y, por fin, esta nueva edición ilustrada de la obra de "uno de los grandes cuentistas en la lengua de Cervantes", en palabras de Fernando Valls, se presentó en público en el Cuarto real de Santo Domingo, ante un público que, con cita previa, ocupó este espacio. Sobre la tarima, el periodista Andrés Cárdenas que contó varias curiosidades y anécdotas relacionadas con Olgoso, para terminar afirmando que este narrador "utiliza un universo, su universo, para decir lo que siente y dice lo que siente para completar su universo. Con 'Astrolabio' -añadió-, el lector se lo pasa bien porque le permite acrecentar un montón de sensaciones: la de estupor, la del miedo, la del asombro, la del humor incluso..." Por su parte, Marina Tapia, en su breve intervención, explicó cómo surgió la idea de la reedición con el valor añadido de sus ilustraciones. "Fue el primero que leí y me deslumbró -dijo Tapia-. Se prestaba a ser ilustrado con imágenes potentes pero sencillas que no repitieran lo ya narrado. Me basé sobre todo en el mundo de los objetos".


Caleidoscopio


Ángel Olgoso fue el último en hacer uso de la palabra para leer unos folios en los que fueron desfilando relevantes figuras de la narrativa como Eça de Queirós, Álvaro Cunqueiro, Italo Calvino, Borges, Bioy Casares, perucho, Carlos Edmundo de Ory, para terminar con la lectura de varios de los relatos incluidos en 'Astrolabio' que definió como un "libro poliédrico, versátil, un pequeño caleidoscopio hecho de sueños disparatados, un puñado de miniaturas un tanto desaforadas sorprendidas en esta deliciosa edición de belleza casi artesanal a cargo de la editorial Reino de Cordelia, donde brotan libros hechos para la fruición de los sentidos, con un papel, unos detalles gráficos y una tipografía que son toda una tentación para los lectores ávidos de belleza". Además, el escritor citó a uno de los primeros lectores que le comentó que con este libro "había experimentado algo semejante a un menú de Ferrán Adriá, muy variado, de sabores audaces y texturas sorprendentes que iban de lo dulce a lo salado, de lo crujiente a lo gelatinoso, de lo ácido a lo agrio, de lo esponjoso a lo quebradizo". Tras el acto, Marina y Ángel, provistos de guantes, dedicaron los ejemplares con los que habían acudido la mayoría de los asistentes.