He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica.

(Marina Tapia)

domingo, 28 de mayo de 2017

De lo que aconteció al guardar dos hojas de árbol en un libro


Comparto con vosotros el poema De lo que aconteció al guardar dos hojas de árbol en un libro, que es un pequeño homenaje a Las frutas de la luna (Premio Andalucía de la Crítica). Este texto, donde he intentado mezclar lo lírico con lo fantástico, está incluido en mi poemario Botánica fantástica, trabajo que cuenta con numerosos fragmentos (a modo de pie de página) de relatos de Ángel y con ilustraciones de Guillermo Rodríguez de Lema Blanco. Espero que os guste.

Guillermo Rodríguez de Lema Blanco




DE LO QUE ACONTECIÓ AL GUARDAR 

DOS HOJAS DE ÁRBOL EN UN LIBRO



Puse a secar dos hojas

dentro de Las frutas de la luna.

Y en aquella fresca buhedera,

fibra a fibra,

se empaparon de visiones,

de un delicioso vértigo,

de sabores extraños,

de bucles y de vívidas atmósferas.



Eclosionaron,

pequeñas cosmogonías,

hacia un sol negro pero destellante.

Germinaron

en cada curva de las letras

con raíces aéreas y zarzillos.



Llegó la primavera.

Sarmentosa,

la rama abandonó las páginas,

trepó por las paredes,

rompió la claraboya del tejado

para invitar al sol y a los vencejos

a su expansión.

Y fue una nebulosa,

y cubrió cada muro del tiempo

hasta alcanzar

los límites.



Un árbol nos cobija,

con su floración perenne,

desde que yo planté dos hojas en un libro.





Bajo aquel copo de luz que se cernía sobre la hoja, creía advertir cada brizna de hierba, o la tirantez de los regueros invisibles de savia que ocultaba la tupida techumbre del bosque; tenía la sensación de poder acariciar las cortezas plateadas de los troncos, las grietas de las rocas o la piel de la luna, demorar las yemas de los dedos sobre sus cráteres, sus mesetas y llanuras moteadas, y aun sus árboles y las raras alhajas de sus frutas cenicientas”.




domingo, 21 de mayo de 2017

El Palacio de las Imaginaciones


Este relato es un nuevo homenaje olgosiano a los libros, a la vez reverencial y lúdico, pues el lector puede jugar a las adivinanzas con las pistas que Ángel deja sobre algunas de las inmortales historias que la literatura nos ha legado.

Victor Hugo



Victor Delhez



EL PALACIO DE LAS IMAGINACIONES 


En este lugar inexistente donde todo el mundo ha estado alguna vez, las puertas permanecen abiertas, pasillos y vestíbulos tienen por alfombra, no lisura de pórfido ni pieles de Siberia, sino el conocimiento del pasado y la adivinación del futuro, y las estancias están preparadas para gozar de los sueños más fascinadores y delirantes. La sencillez de la fachada no iguala a la magia del interior, dilatada por el silencio y sus ecos. Los viajeros que allí se hospedan suspenden todo trato con lo real; enfebrecidos durante horas, días o semanas, su sombra se aparta del cuerpo, sienten incluso deshacerse su envoltura de arcilla. Al elegir una de entre las incontables habitaciones, como un vino que les concediera una luminosa lucidez, como una tarde de verano que les entregara su cálida brisa, ya se descubren embriagados, con el espíritu dispuesto a regocijarse en las ilusiones de la especie. En este palacio el día nunca se despide y, aun así, una llama se mantiene siempre encendida en cada habitación. Y hay tantas como estrellas caen por el cielo, albergando todas algo distinto, como en las divisorias de un bazar prodigioso: ciudades de oro y lapislázuli hundidas bajo las aguas; un caballo de madera al otro lado de murallas formidables; seres que eclosionan cuando el sol se ha puesto y vuelan a la caza de un cuello que alivie su sed; un paladín, osado pero iluso y melancólico, que tiene por yelmo la bacía de un barbero; mosqueteros brincadores; un viajante de comercio que despierta, en su habitación, convertido en un monstruoso insecto; las islas de la Eterna Juventud; una caja vacía de la que escaparon todos los males; un navío submarino que, en su travesía de veinte mil leguas, sortea el látigo de luz de los faros mientras arrastra guirnaldas de hinojo marino; el enloquecedor latido de un corazón que sigue palpitando mucho después de haber sido arrancado; ejércitos que cruzan hierro y fuego sobre campos de nieve; muchachos que fuman en pipa bajo los árboles, rebuscan huevos de tortuga, rizan un gran río con su balsa y se adentran en una caverna tras un tesoro escondido sujetando hilo de cometa; un príncipe danés, agónicamente indeciso, que conversa en las almenas con el fantasma de su padre; el escudo de plata, grande y pesado, que dejó ciego a Homero, en cuyo triple borde Hefesto labró todo cuanto ocurría en el mundo; un preso que, para escapar del penal de un castillo al borde del mar, ocupa el lugar de un cadáver en el saco embreado atando por dentro la costura; un sultán al que una voz, hija de la astucia, hace olvidar el sabor del hastío en el transcurso exacto de mil y una noches; valientes que descienden hasta las puertas del Hades y amansan a Cerbero con tortas de miel; un barco errante sin tripulación; un libro maldito, con bajorrelieves y piedras de color en la cubierta, que guarda entre sus páginas poderes arcanos y cultos inefables; el pueblo arrojando el polvo de reyes muertos al rostro de reyes vivos; una joven de hermosas trenzas que contempla, estremecida, la espada retinta por la sangre del Minotauro; una tabla, redonda, en torno a la cual rinden honores los caballeros más gallardos; un lobo de mar, con pata de marfil y un blanco relámpago recorriéndole cabello y rostro, que maneja su odio a guisa de arpón; el horror de los Grandes Antiguos irrumpiendo en nuestra dimensión, amorfos y primordiales, tras haber sido pronunciadas las Palabras y aullados los Ritos; las lágrimas de rabia de una casada de provincias que sueña con pasiones voluptuosas y espléndidos días de gala; una pequeña esfera fulgurante que encierra, ocupando simultáneamente el mismo punto, una infinidad de actos. Y en el desván del palacio, adonde sólo puede llegar la zarzur, la legendaria ave de los oasis perdidos, viven, muy al fondo, vecinos de las sombras, los dioses. Llegados de los cuatro puntos cardinales, se esconden ahí, asustadizos, tratando de evitarnos por todos los medios. Y cuando se echan a dormir tienen por almohada, no las nubes de olímpica luz de los paraísos, sino las cosquilleantes pestañas de los soñadores.


domingo, 14 de mayo de 2017

Presentación de Nocturnario


Tuve el privilegio de presentar el libro Nocturnario. 101 imágenes y 101 escrituras en la Casa de América de Madrid, acompañando a los coordinadores del mismo, Ángel Olgoso y José María Merino, así como a Rosa Montero y a Andrés Ibáñez. Aquí os dejo con las palabras que escribí para la ocasión sobre este volumen tan especial, un libro colectivo y solidario, donde los textos de un centenar de escritores españoles e hispanoamericanos ilustran las fantásticas imágenes creadas por Ángel. Podéis acceder a todos los collages en el apartado correspondiente de este blog.



INVITACIÓN PARA ENTRAR EN LA 
OBRA PLÁSTICA DE ÁNGEL OLGOSO

He tenido la suerte de crecer en una familia de pintores y poetas; he contemplado, en mi padre y en mi madre, esa ansia de encontrar un lenguaje propio, un estilo; los he visto inmersos en el trance de la creación, en ese dialogar íntimo con un cuadro, con una hoja en blanco, o deambular por los pasillos de la casa de Valparaíso abstraídos buscando una idea para completar la nueva serie de pinturas que realizaban, como hipnotizados, hablando solos, leyendo en voz alta, haciendo bocetos en el aire. He sido testigo y partícipe de la celebración, del espíritu de fiesta que llenaba el hogar cuando mi padre daba por terminado un poema y lo compartía con nosotros, o la alegría contagiosa que transmitía mi madre al buscar, por todos los rincones del taller, plásticos, tuercas, objetos en desuso para realizar sus “matéricos”. Por eso me es familiar esa forma con la que Ángel navega entre lenguajes. Le imagino deslumbrado en el proceso de crear, haciendo acopio de material, recortando, pensando, probando combinaciones, trabajando en sus collages con entrega, paciencia y pasión, con la actitud seria –pero a la vez ligera– que tiene un niño cuando juega con los elementos del mundo que descubre, actitud fundamental que posee el artista genuino. Por eso nos deslumbran, por eso es fácil dejarnos envolver con la capa traslúcida de sus visiones, porque en su obra –tanto en la plástica como en la narrativa– hay un entusiasmo febril y auténtico que el lector siente y reconoce; un mundo único poblado de historias extrañas y perspectivas perturbadoras; un cosmos sombrío pero lleno de maravillas; una formidable potencia imaginativa y una versatilidad asombrosa; una luz que traspasa, una llamada a reflexionar, a despertar, a estar atento. Después de leerle, de acercarnos a su universo, no volveremos a estar situados en el mismo punto en el que nos encontrábamos antes de tan intensa experiencia: es un autor transformador, que encamina al ojo hacia nuevas posibilidades de mirar, que invita a percibir la cotidianidad de otra manera, a atrevernos a cuestionarlo todo, a no quedarnos en la superficie. Y creo que esta capacidad solo la logra la buena literatura, el arte verdadero. Esta alquimia no es posible sin riesgo, sin compromiso; no hallaremos la sustancia que nos ofrece su obra en la literatura complaciente con las modas y gustos del momento. Las creaciones de Ángel parten de una imperiosa necesidad de contar, de fabular, de sumergir a un lector-espectador en esos parajes que se encuentran en los bordes de nuestra realidad. Su lector pasará a tener una actitud activa, será permeable a lo que lee o contempla porque, insisto, la obra de Ángel Olgoso transforma.

Él bucea en la palabra escondida tras la imagen, dota de vida, de diálogos y gestos una estampa quieta (que antes tenía una sola lectura, que ilustraba un determinado capítulo o pasaje de un libro). Sus collages son una muestra visible de que el arte puede transmutar la materia desde la cual parte, que el arte tiene múltiples vías de expresión, puentes donde se comunican las distintas disciplinas que lo conforman, donde se dan la mano para alumbrar algo único, cargado de sentido y que puede hermanar y redefinir los conceptos de belleza y verdad.

Es sus collages viaja, va de un tiempo a otro y de una esfera a otra, con sutileza realiza una perfecta integración de distintos personajes, ambientes y escenarios. Podemos degustar en ellos elementos irónicos y contestatarios, mágicos y surrealistas, costumbristas y apocalípticos, minimalistas y barrocos, poéticos y realistas, y en todos encontraremos la postura del autor, su mirada analítica que recorre la vida y la muerte, todas las épocas de la historia, todas las clases sociales, toda la humanidad.

Por eso, os invito a entrar en la mansión de su obra, en ese palacio de las imaginaciones, os emplazo a cruzar la puerta de este libro, quiero que tengáis la ventura de conocer, de transitar, de dialogar con ese mundo preñado de posibilidades, de beber el agua de los aljibes que este autor levanta en el desierto. 

Cuando se ha tenido la suerte de leer todos y cada uno del más de medio millar de relatos de Ángel Olgoso, se advierte en seguida que el centenar de imágenes suyas que ilustran “Nocturnario” es otro hijo legítimo de su fecunda imaginación; otra faceta de este poeta de la narrativa, que forma parte de una obra coherente y de abrumadora belleza; otra prueba de que cuando se tienen alas para volar no importa el lugar si hay aire donde moverlas, ya sea abriéndose paso a través de la prosa repujada o de las líneas tramadas de los grabados.





domingo, 7 de mayo de 2017

Presentación de El menor espectáculo del mundo


Es cierto que entre los más de seiscientos relatos escritos por Ángel abundan las invenciones sombrías, obsesivas y hasta escalofriantes, pero creo que la ironía también está muy presente en buena parte de sus cuentos, así como en sus textos de no ficción. Iré rescatando algunos ejemplos. Y comienzo con la divertida presentación que en 2010 realizó del libro de relatos de Félix J. Palma El menor espectáculo del mundo.



PRESENTACIÓN DE 
“EL MENOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO”


Buenas tardes y bienvenidos al menor y más lamentable espectáculo del mundo. No me refiero por ahora a este maravilloso libro, sino al penoso espectáculo que van a dar a continuación -que están dando ya- estos dos tímidos patológicos aquí presentes, aterrorizados frente a un público expectante, compuesto sí por amigos, conocidos y aficionados al relato breve y fantástico y a la literatura en general, pero también un público feroz en su individualidad de seres provistos de ojos, de oídos y de cerebros dispuestos para cartografiar sin piedad y para paralizar de miedo a estas dos criaturas indefensas y cohibidas, cuyo único pecado es escribir de vez en cuando, y que se han visto obligadas a comparecer hoy aquí amenazadas de muerte por un ogro monstruoso, horripilante, llamado Editor. 


Hace unos meses, Félix Palma, sufriendo sin duda la misma tortura que un servidor, presentó un libro de la escritora Care Santos y tituló su intervención “10 razones por las que odio a Care Santos”. Por supuesto, no podía dejar pasar esta oportunidad que él mismo, sin saberlo, me servía en bandeja y elaborar yo la mía siguiendo sus directrices. Seguramente no es la presentación que Félix esperaba, pero me pareció irresistible la tentación de darle una cucharada de su propia y vitriólica medicina. El ingrediente principal de aquella pieza maestra de las presentaciones literarias que Félix escribió era el humor; en esta ocasión, como obviamente no estoy dotado para tan noble cualidad, he optado por limitarme a un ingrediente local que abunda en nuestra tierra hasta límites de plaga y que todos conocéis: la malafollá.


10 RAZONES POR LAS QUE ODIO 

A FÉLIX J. PALMA

Una. Porque es más joven. Puede parecer que una diferencia de siete años es un minucia, pero os aseguro que las neuronas, la vista, las rodillas y los demás salientes que el viento puede erosionar lo notan, por no hablar del tiempo extra del que va a disponer Félix para escribir nuevas obras maestras.


Dos. Porque es más prolífico. A sus cinco libros de relatos -fantásticos en su doble sentido- hay que sumar una novela juvenil muy sui generis, otra novela que es un verdadero viaje a los infiernos, una tercera que es la mejor novela de ciencia ficción -y mucho más- escrita en España, cientos de columnas de prensa y de críticas literarias y la guinda de un blog propio donde encuentra tiempo para informar a sus miles de lectores de sus viajes por este y otros mundos. Mientras algunos, debido a nuestra evidente falta de talento, reprobable pereza y exasperante lentitud, tardamos cinco años en pergeñar un relato de quince páginas y al final lo que escribimos no parece sino una simple guarnición, tengo la dolorosa constatación de que a Félix únicamente le llevó dos años elaborar ese rotundo plato principal, levantar ese monumento ciclópeo de casi 700 páginas que es “El mapa del tiempo”, y hacerlo además con una energía y una maestría sobrehumanas. Con lo cual Félix no es sólo el escritor más odioso que conozco, sino también el más titánico.

Tres. Porque ha ganado todos los concursos literarios habidos y por haber, sin importarle arruinar las ilusiones de la mayoría de nosotros, pobres aspirantes a la gloria o, lo que es lo mismo, a la bolsa de sextercios municipales y provinciales. Ni Atila el Huno aplicaba de forma tan implacable la táctica de la tierra quemada como lo hace Félix Palma tras su paso por el fértil y florido vergel de los certámenes literarios; aunque, eso sí, de vez en cuando tiene la desfachatez de dejar gentilmente las migajas de los accésit para el resto de la troupe.


Cuatro. Porque es capaz de divertir al lector. Utiliza de manera portentosa el humor, la ironía y el sarcasmo y, según sus necesidades, los dosifica y espolvorea con mesura o los derrocha con loco desenfreno, apelando directamente al lector, al desparpajo del narrador, a la desdramatización de personajes o situaciones o incluso a lo escabroso y escatológico. Muestras de esta envidiable frescura, de este ingenio y de estos guiños fecundos se encuentran en todos los textos de “El menor espectáculo del mundo”, en especial en ese desopilante cuento de fantasmas que es “Margabarismos”, en ese entretejido desternillante de existencias posibles que es “La siete vidas (o así) de Sebastián Mingorance”, y en la absurda y delirante aventura de un padre encerrado en un estrecho trastero que es “Una palabra tuya”. Un consejo -a mi pesar- para los que acostumbran a alimentarse con insípidas e intercambiables lonchas de jamón envasadas al vacío, es que en este volumen, en este auténtico manjar, encontrarán la sabrosa grasa de lo cómico entreverada profusamente con oscuras vetas dramáticas, como en el mejor jamón ibérico.


Cinco. Porque posee una máquina para fabricar de un modo mágico e infatigable metáforas preciosas y sorprendentes, símiles brillantes y originales. Mientras otros las rebuscamos arduamente como en una eterna prospección petrolera, Félix, con la endiablada habilidad de un ilusionista, esculpe sin cesar -mediante continuos fogonazos de analogías- un lenguaje increíblemente plástico y sensorial, una exuberancia formal luminosa donde los ojos son revólveres amartillados y las preguntas martillazos inoportunos, donde el sol golpea la ventana como una pedrada, los besos se desovan en la frente y el mar dispone en la orilla su mercadillo de caracolas. Lo más grave es que incluso la locura y el dolor de la vida, la mezquindad cotidiana o los matrimonios condenados a no entenderse devienen en un magma poético gracias a la abrumadora catarata de metáforas. Lo más grave es que este odioso escritor, con la ayuda de su milagroso jarabe de símiles visuales, consigue que el lector beba encantado -diluyéndolos- los tragos de amargura que componen el miserable festín de la existencia.



Seis. Porque logra una empatía total con el lector. Su voz narrativa, segura, poderosa, exploratoria, le permite a éste la reconfortante sensación de una cercanía instantánea con lo narrado, algo dificilísimo de obtener y que la mayoría de los escritores sólo conocemos de oídas. En los cuentos de Félix existe una comunicación real, un vis a vis, una intimidad asombrosa con el lector, que parece ser llevado agradablemente en volandas a merced del vertiginoso tobogán de una acción y una introspección trepidantes, de una viva y certera pirotecnia de imágenes y, sobre todo, de la irresistible filosofía vital de los protagonistas. En este libro son seres solitarios y débiles, hundidos en la ciénaga del tedio, en ocasiones cautivadoramente zafios, siempre patéticos, víctimas de tropelías domésticas, capaces de encerrarse un día y otro a leer mensajes en la puerta del cochambroso retrete de un bar, pero también capaces de conmovedores gestos en las postrimerías de la vida como en el relato “Un ascenso a los infiernos”, o de rebelarse contra la infidelidad en “El síndrome de Karenina” o en “El valiente anestesista” -la insólita vuelta de tuerca al cuento de los hermanos Grimm-, cruzadas que todos ellos consideran heroicas pero que, por desgracia, pasan desapercibidas para la humanidad. La voz narrativa del muy canalla de Félix consigue que el corazón se acelere a medida que nuestros ojos se internan en cada página, y que sintamos el mismo embeleso devorador que la hija en “El País de las Muñecas” cuando lee las cartas que supuestamente le escribe, desde algún rincón perdido del planeta, su muñeca extraviada.

Siete. Porque tiene la osadía de describrir la vulgar realidad y hacerlo de fábula. Los que nos dedicamos cómodamente a cultivar sólo orquídeas raras y exquisitas despreciamos -envidiándolos secretamente- a los autores que muestran un saludable impudor a la hora de dibujar la fealdad del mundo; una destreza innata para recrear, con minuciosa y eficaz exactitud, el universo doméstico y su basura escondida bajo las alfombras, ese “olor familiar hecho de tufo a sumidero, guiso de siempre y vida apretada”; para diseccionar las existencias malgastadas, la descomposición grotesca y desoladora del matrimonio provocada por la carcoma de la años y la rutina, dejándole a los personajes, sin embargo, intacta la esperanza para alzarse del lodazal insoportable en el que han caído.


Ocho. Porque ha encontrado la fórmula, la mezcla justa para obtener de la realidad su destilado fantástico. Mientras algunos seguimos buscándola sin éxito en nuestros polvorientos laboratorios, realizando cientos de pruebas y aproximaciones fallidas, Félix, con cada relato, proporciona al sorprendido y entregado lector un vial que desde entonces le hará percibir la realidad como un hojaldre. Así, asistirá como a la cosa más natural del mundo a encuentros contra natura, a atajos a otras dimensiones, al deslizamiento de lo cotidiano hacia un final inesperado e impactante, al inquietante encadenamiento de hechos que subvierte el orden natural de las cosas, a reencarnaciones como en el relato “Maullidos”, a simulacros de vidas ramificadas como en “Las siete vidas de Sebastián Mingorance” o a un mundo dentro de otro mundo como en el cuento “Bibelot”.


Nueve. Porque tiene la capacidad de crear personajes femeninos tridimensionales, a diferencia de los que nos conformamos con recortar unas siluetas, unos ridículos desmontables de cartón a los que aplicamos algo de colorete con la lastimosa intención de engatusar al lector. Es cierto que muchas veces las mujeres inventadas por Félix son infieles, esquivas y escurridizas, que algunas desprecian a los hombres o los conducen al precipicio de la locura, o que otras contemplan la vida como si fuera “una inacabable parrillada de felicidad”. Pero, por muy perversas que nos resulten -o quizá por ello- todo esto es irrelevante para alguien que invariablemente acaba enamorándose de personajes femeninos tan vivos y tan seductoramente presentados. Como dice el protagonista de un relato del libro, “en el fondo, lo único que nos diferencia de la ameba es el amor de una mujer”.


Diez. Porque es adictivo. Porque aborda sin miedo la literatura de género. Porque es capaz de la hazaña de escribir, magistralmente y sin despeinarse, relatos largos y novelas colosales. Porque ha desempolvado la genuina máquina del tiempo de H. G. Wells y al mismo H. G. Wells. Porque su imaginación y recursos estilísticos son tan inagotables como la energía nuclear de fusión. Porque le quita a uno las ganas de perder el tiempo escribiendo y le despierta a uno las de leer. Demasiado tarde me he dado cuenta de que diez es un número insuficiente para inventariar mi odio hacia Félix J. Palma.


Espero, al menos, que tanto él como los presentes hayan entendido las sensatas razones de este odio. Y espero igualmente que Félix no me odie demasiado por estos motivos pormenorizados que no son de odio, sino de rendida admiración.


Y ahora os dejo con el escritor más odioso que conozco.


martes, 2 de mayo de 2017

Reseña de Breviario negro


Hoy os traigo una apasionada reseña de Juan Peregrina sobre Breviario negro, extraída de su blog literario Me no know nothing. Espero que os guste. Próximamente colgaré otra reseña suya, en este caso de Los demonios del lugar. Es de agradecer la atención que Juan está prestando a la obra de Ángel.

Victor Delhez


BREVIARIO NEGRO: ÁNGEL OLGOSO
Juan Peregrina Martín

Leí Cuentos de otro mundo, hace años, cuando lo publicaron en Granada Dauro e Ideal: enmudecí, por supuesto, con lo planteado y sus soluciones. 

Hoy, unos 16 años después, envidio a Paolo Remorini y a Luis Alberto de Cuenca: cosas de la vida. 

Ángel Olgoso escribe literatura: abstenerse quienes deseen anécdotas y chismes extraliterarios. 

Rendir pleitesía a escritores como Olgoso es fácil: nos recuerda a García Márquez, a Lovecraft, a Chateaubriand, a Shakespeare, a Cervantes… y bien recordados: nos crea la necesidad de conocer a esos escritores, pero no por la wikipedia, sino conocer su obra, leerlos, palparlos, degustarlos. 

Si el miedo es un arma narrativa, Olgoso recrea la atmósfera del miedo a la perfección; como la de los planteamientos filosóficos, trascendentales o metafísicos, no se puede explicar el cruce de sensaciones rápidas, difusas y contradictorias que embargan su lectura, las pausas, el poso que queda, la mirada perdida de trasiego vital que utilizamos cuando levantamos la cara de las páginas de este libro. 

Considero que lo bueno y breve es mejor, como decía Gracián, así que ahí va: dos de los mejores cuentos son La Rosa Azul y Últimas voluntades. Son dos cuentos o piezas, como dice Merino en el prólogo, o algo más que cuentos que no son piezas… que hablábamos José Luis Gartner y yo hace poco, recordando su presentación en Granada de este volumen raro. Qué importa: literatura de la más alta calidad. No hay sorpresa gratuita al final: hay un encuentro o epifanía con la verdad de lo relatado, algo consustancial que no nos extraña más que lo disfrutado o sufrido antes pero que no deja indiferente. 

Y con esto no digo que los finales no sean espectaculares: lean un cuento -…-, el que quieran, al azar. Inesperado, contundente, fresco… un final como nos gusta a los lectores de cuentos. Merino, cita las enumeraciones que imagina Olgoso, y cierto es que son un recurso bien distribuido, del que el propio escritor se ríe en un momento dado, cuando el escritor que escribe se parodia a sí mismo. Signo de inteligencia. 

Y La Rosa Azul está dedicado a Luis Alberto de Cuenca: lean este cuento. Al igual que Últimas voluntades, para Paolo Remorini, disfrútenlo. 

Así que envidio a estas dos personas -uno, poeta, y otro editor- porque quieran o no, además de por sus tareas diversas relacionadas con la cultura, ya forman parte de la historia de la literatura española, porque presumo que estos dos cuentos se citarán como ejemplos -al menos yo así lo haré- de cómo han de escribirse buenos cuentos, de cómo la buena literatura nos lleva a los clásicos y por qué los clásicos sin referentes, y qué hacen estando ahí y que es cierto: son lo que son por lo que dijeron y cómo lo dijeron, y gente… hay que conocerlos. 

E inevitablemente, diremos -dirán, citarán- a quiénes están dedicadas estas dos piezas bellísimas de la historia del cuento español: y serán envidiados, como otros a los que Olgoso tiene a bien dedicarles historias excelentes de una prodigiosa imaginación. 

Lean a Olgoso, si no este libro, otro: al menos conozcan a este autor. No habrá arrepentimiento posible.

Joseph Cornell