He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica.

(Marina Tapia)

sábado, 10 de diciembre de 2016

Puente levadizo. 24 cuentistas de Panamá y España




Puente levadizo. 24 cuentistas de Panamá y España 
(Editorial Sagitario - Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación)

"Puente levadizo", océano Atlántico de por medio, pone en relación literaria y propiciando el mutuo conocimiento, el intercambio intelectual y la posibilidad de acercamientos más amplios, a algunos de los cuentistas actuales más destacados de Panamá y España: doce de cada país. Se trata de autores vivos, con al menos un libro de cuentos publicado. La antología de los autores panameños la ha preparado el destacado escritor Enrique Jaramillo Levi, escritor panameño; y la de los autores españoles responsabilidad de Pedro Crenes Castro, escritor hispano-panameño que reside en Madrid desde hace 25 años.


Ángel Olgoso participa con el impresionante relato Contraviaje, que abre Las frutas de la luna. Le acompañan otros primeros espadas del cuento español:

1. José María Merino.
2. Juan Pedro Aparicio.
3. Eloy Tizón
4.Pilar Adón
5.Marina Perezagua.
6. Juan Carlos Márquez.
7. Hipólito G. Navarro
8. Javier Sáez de Ibarra
9.Patricia Esteban Erlés
10.Cristina Fernández Cubas
11.Ángel Olgoso.
12.Ángel Zapata.




viernes, 9 de diciembre de 2016

De Buenas Letras (1)

Artículo en la sección "De Buenas Letras" 
del diario Ideal.



REIVINDICACIÓN DE LA RETÓRICA



El lenguaje no es la cifra de la vida, sino la vida misma. Sin lenguaje no hay nada. Su magia lo es todo: uno dice manzana y la manzana ya cuelga del árbol o su color brilla entre los dedos. La potencia genésica y embaucadora de las palabras es tal que puede convocar la más pura belleza y el horror más extremo. Cada vocablo supone un nuevo y diminuto universo o, si se engasta con precisión en el discurso, una gota de ámbar donde late viva la experiencia del mundo. La dimensión retórica del hecho literario reside en la riqueza expresiva, en los mecanismos que rigen nuestro proceso lector, en las formas y tropos para representar lo real o desentrañarlo. El epicentro de la retórica es la fascinación por el sonido de las palabras y por el ritmo de las frases, por los encantos de una escritura que sin ir en detrimento del sentido, contribuya al carácter musical de la prosa. Según Borges, “el equilibrio entre la respiración y la frase, la lectura y la escritura son de los pocos goces verdaderos de este mundo”. Tengo el convencimiento de que la literatura sólo ha de rendir vasallaje a la altura poética, de que el escritor no está sujeto a otros límites que el juicio estético. Un escritor que se precie busca la belleza perenne en las palabras lavadas, en las conexiones del pensamiento, en el tintineo de la expresión al entrechocar armoniosamente con el sentido. Un escritor -que está haciendo posible para los otros un mayor rango de emoción y percepción- no debe ser como un arpa eólica, que sólo emite algunos bellos sonidos sin ejecutar ninguna melodía, debe conceder a las palabras una dignidad de carta de nobleza, la calidad de lo verdaderamente real. Platón acusó a los poetas de sacrificar la verdad siempre que surge la alternativa de escoger entre la belleza y lo verdadero. Pero el filósofo ateniense no reparó en que para los poetas la belleza constituye una verdad en sí misma. Desde que el Romanticismo -con su naturaleza díscola, nocturna y afiebrada, su frenética melancolía y su loable forma de resistencia a la cárcel de la razón- hiriera de muerte a la retórica, los textos literarios no han hecho sino volverse más pedestres e irrelevantes, empobrecerse de referencias, de vibración y plasticidad, de organización semántica, de elocuencia, de todo lo que las artes compositivas tienen de asilo del pensamiento libre, aunque parezca una paradoja. La fulgente pureza de las volutas de un fósil frente a una informe roca de lava. Para Alfonso Reyes, el arte literario es un juego de espuela y freno parecido a la equitación. Resulta lamentable el desprestigio de la retórica, su incuria y su olvido, su consideración de disciplina anacrónica, su desaparición como parte de la escritura. Debería dolernos el eclipse continuado de la persuasión, de la armonía entre forma y contenido, de la elegante gestión de la expresión. La función de esta disciplina es transmitir de la manera más precisa las sutilezas, las profundidades, los semitonos, las sinuosidades del pensamiento humano: toda coartada retórica resulta lícita si un autor utiliza sus recursos para que la fricción entre esas dos piedras -la del autor y la del lector- acabe prendiendo un fuego placentero, confortador, excelso, sagrado. El ser humano necesita fabular, pero también explicarse, reinterpretarse, compartir sus experiencias y sus reflexiones, pugnar contra el desistimiento de la inteligencia, elevar la calidad de sus semejantes con la comunicación quintaesenciada de la poesía o del arte, contribuir a que sean más complejos y tengan una visión más sutil de la realidad. Escribir es participar de un misterio, y ese misterio pierde su halo y quizá no es tal si no se transmite a través de un discurso literario bien engastado, prístino, indeleble. 


martes, 6 de diciembre de 2016

Olho d'água



Comparto esta publicación de una universidad brasileña, en cuyo dossier "Expresiones del fantástico" se incluyen dos trabajos sobre Ángel Olgoso realizados por los especialistas Juan Herrero Cecilia y Roxana Guadalupe Herrera Álvarez, y una entrevista en portugués.











viernes, 2 de diciembre de 2016

UKIGUMO (4)


Breve selección de su único poemario publicado, "Ukigumo" (Editorial Nazarí, 2014, edición hispanoitaliana).


M. Tapia (2005)



Flor escondida
entre hojas de un libro.
¿Cuál es el huésped?





Sólo estoy en ti
cuando no estoy ante ti:
amor vaivén.





Olvida al hombre,
mira la gentil nube,
y entenderás.


M. Tapia (2005)


Sol, aire, lluvia,
dos manos amorosas…
¿No he vivido?



Los muertos velan el cadáver del vivo
en el féretro de la noche dilatada.


M. Tapia (2005)




Sesteabas y hacías volar piedras planas sobre el agua;
pero el verano se ha ido, huérfano de infancia.




La límpida nube se retira y, soñolientamente,
pespuntea el tapiz del cielo-tierra.







martes, 29 de noviembre de 2016

jueves, 17 de noviembre de 2016

Litoral (2)


Litoral, la veterana y exquisita revista que compagina palabra e imagen de forma maravillosa, publicó en uno de sus monográficos  (Nº 260, El signo anunciado) este relato tan irónico:






DE IL CORRIERE DELLA SERA

Brasilia, 23 de sept. Herpetólogos de todo el mundo, presentes en la Conferencia Internacional sobre Biodiversidad, han dado la voz de alarma: los sapos, a un ritmo doscientas veces superior al proceso natural, se extinguen. Todos niegan su continuidad como especie a muy corto plazo. Sin madrigueras donde hibernar, sin estanques o cañaverales donde desovar, perseguidos por sus propiedades afrodisíacas y anticancerígenos, diezmados por enfermedades desconocidas, sometidos a una cadena de fatalidades, estos seres tímidos y torpes, de pupilas horizontales y piel desnuda, áspera y verrugosa, se unirán sin remedio a la fantasmal legión de animales desaparecidos. Los informes sobre el declive de estos anfibios a escala planetaria (que repasan minuciosamente el censo de la mayoría de sus poblaciones, la progresiva pérdida de hábitat, la desecación de humedales, las radiaciones ultravioletas B, los desequilibrios e imponderables, incluyendo análisis en varios ámbitos relacionados con la toxicidad de la tierra, del agua y del aire, y con la desidia humana) concitan la melancolía de esta corresponsal. Sin embargo, ¿es casual que, pese a evidenciar un claro interés por su destino, ninguno de entre el centenar de investigadores mencionara que con los sapos se extinguirán irremisiblemente los príncipes encantados a los que no besó nadie?






jueves, 3 de noviembre de 2016

De Buenas Letras (2)



Artículo en la sección "De Buenas Letras" 

del diario Ideal.










ACERCA DE LO FANTÁSTICO


Suele decirse que en toda realidad hay algo más de lo que llamamos realidad, que lo fantástico es la intromisión violenta de un suceso extraño en el mundo real, la irrupción de lo inadmisible en el seno de la inalterable legalidad cotidiana o, según Cortázar, el momento inesperado en que la puerta que da al zaguán se entorna lentamente para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio. Suele decirse que el autor debe hacer verosímil lo inverosímil, conseguir que la narración vacile entre una explicación natural y otra sobrenatural, sin decidirse por ninguna, creando así la inquietud en el lector. A pesar del actual desprestigio de la ficción, aún hay quien cree que sólo lo excepcional es digno de ser contado; que la búsqueda de lo insólito, de lo extraordinario, de lo misterioso, de lo irracional, de lo portentoso, de lo que los griegos llamaban tháumata, los romanos mirabilia y Freud Unheimlich, va unida desde la Antigüedad a la creación literaria, siendo de hecho su matriz misma; que el fantástico es el lugar natural de la escritura, la fascinante posibilidad de inventar mundos diversos, alternativos, imposibles. Aún hay quien suscribe las palabras de Walter Scott y prefiere los momentos de delirio, los vagabundeos de la imaginación a todos los tediosos hechos de la existencia, aclarando que no se trata de un plan de evasión, de una modesta magia contra la opresión de una realidad vulgar, asfixiante o aterradora, sino más bien de revelación, de iluminación (Félix Grande habló de esos fogonazos a cuya luz vemos, de pronto y por primera vez, un rincón apartado que había permanecido entre sombras), de la facultad de jugar, de agregar algo a la Creación, de suplantarla, de reinterpretarla mediante enfoques audaces y saltos impensados que sitúen al lector sobre la cuerda floja del espacio y el tiempo, impidiéndole una aceptación sumisa de la realidad. 

Es cierto que España nunca se ha distinguido por su predisposición a los fantástico. Se culpa de esta fatalidad al clima, a las circunstancias históricas, religiosas y sociales, a una atávica visión a ras de tierra, a un inusitado pudor. Acerca de este defecto de nacimiento del país, Álvaro Cunqueiro tenía la impresión de que durante demasiado tiempo ha prevalecido entre los escritores españoles un miedo paralizante a abordar lo fantástico, y el lector se ha ido desacostumbrando a que los acontecimientos fabulosos pudieran ocurrir. Esos lectores olvidan que, según Martin Amis, la realidad está sobrevalorada; que, según Lord Dunsany, la existencia es una noche llena de prodigios; y que, según Murakami, todavía nos aguardan grandes extensiones desconocidas y fértiles que esperan que las cultivemos. Puede que esa escasez de la tradición fantástica española se deba además al erróneo, desafortunado juicio que han tenido hasta hace poco de ella los lectores, los editores, los críticos e incluso los mismos escritores. Quizá también suceda que la noción de fantástico, al filtrarse paulatinamente a otros géneros según la tendencia actual, ha ido debilitando su radicalidad. 

Lo fantástico nos permite escapar de lo consabido, lo mostrenco, del repertorio tan limitado que tiene lo que Eça de Queirós llamaba “la impertinente tiranía de la realidad”; acercarnos al envés de la ilusoria superficie de las cosas, a un mundo que se enfrenta al mundo real y, al hacerlo, puede producir una enorme colisión o un simple contraste, pero de ese choque siempre se desprende una lluvia de chispas que ilumina nuestras pobres vidas. Es el alimento de los que prefieren un sabroso toque de extrañeza a la insipidez de una explicación racional; sorber la emoción del misterio y la incertidumbre; saciar la cosquilleante necesidad de habitar otras dimensiones, otros territorios perdidos en el ensueño y la lejanía, en la bruma de maravilla que flota sobre las delgadas fronteras que separan lo real de lo irreal. 


miércoles, 2 de noviembre de 2016

Los Irregulares de Baker Street

Con su divertidísimo pastiche victoriano El Lecho Celestial del Doctor Graham, Ángel Olgoso abre el volumen Los Irregulares (Editorial Cazador de Ratas).






Contenidos:

Lem Ryan: Prólogo
Ángel Olgoso: El Lecho Celestial del Doctor Graham
Elia Barceló: Una mujer respetable
Carmen Moreno: Los Irregulares & Jack
Rodolfo Santullo: El niño al otro lado de la tapia
Kike Ferrari: Dura como un martillo, filosa como una hoz
Juan Guinot: La Yumba
Mercedes Rosende: Peleando en la cubierta del Titanic
Alejandro Castroguer: ¿Alguien recuerda a Vera Lynn?
Cristina Jurado: Out of context
María Zaragoza: Corinne
Daniel Pérez Navarro: Argón Californio










sábado, 22 de octubre de 2016

UKIGUMO (3)

Breve selección de su único poemario publicado, "Ukigumo" (Editorial Nazarí, 2014, edición hispanoitaliana).

M. Tapia (2007)



La luna tiembla sumisa
en el charco
pisado por un perro.



Una palpitación, una esencia,
un eco súbito, un piadoso destello
de lo que ha sido amado.



Todo es perecedero.
Hasta el dolor del deseo
se abonanza.



Tordo.
Disparo de un cazador:
átomo de plumas.



Se van los días
por el erial, furtivos,
azafranados.



Bandada de aves
ensartando una nube.
Cielo enjoyado.





miércoles, 19 de octubre de 2016

Libro de las invocaciones


Libro de las invocaciones. 
Antología de citas y espíritus
(Ed. Reino de Cordelia)





Durante cinco años el pintor y dibujante Pablo Gallo ha invitado a 131 escritores en lengua española a invocar a aquellos de sus maestros que ya han cruzado la frontera de la vida. El resultado es un libro con 262 retratos que pretenden abrir una puerta al diálogo entre dos mundos: el de los vivos y el de los muertos. Incluye también 131 ilustraciones por cada una de las 131 citas, que funcionan a modo de conjuros, como fórmulas mágicas que animan a la invocación mediante la energía de las palabras.




Ángel Olgoso / Robert de Flers


"Me esfuerzo de buena gana en pensar cosas en las que pienso que los demás no pensarán"

sábado, 15 de octubre de 2016

El Pájaro Azul





Os dejo con la sugerente prosa poética, de tintes eróticos, recogida en el libro colectivo "El pájaro azul. Homenaje a Rubén Darío", junto con más de sesenta autores, en el año del centenario de la muerte del maestro nicaragüense. 











VOLÚBILES



“y hechos son de perfume, de armiño, 
de luz alba, de seda y de sueño”.
(Blasón, Rubén Darío)


A vosotras os invoco, blancas como el faldar de una Virgen Inmaculada, pulpa firme pero jugosa que se descubre cuando un melón es calado con brío por la navaja, globos de oro que portaban los antiguos emperadores de las estampas, arcilla mórbida, gentiles cimas, espuma fecunda, fuga de palomas, cirios de miel, violonchelo barnizado por la luna, banco elástico para mis muslos, terso esmalte para mis manos, enloquecedores andenes para mis caderas, tembloroso tobogán para mis piernas, atarazana de mis deseos. A vosotras voy, con esa sensación de mareo que nace de la redondez, horizonte que me acerca a la eternidad, dominio exacto con orillas de agua y aire, coto incógnito, lugar sacro, testuz nevada, mullido palanquín sobre el que os tendéis, cristal esmerilado por los capilares que de pronto se vuelve hondonada, precipicio, hoyuelo, pomo, bisagra, almendra, dátil marrón, belladona. Voy hasta este vuestro mar, hasta estos vuestros vasos paganos, con sed de playa en los labios y hambre de nenúfar en los ojos. A vosotras olfateo, tórtolas saladas, campánulas, sobrepellices consteladas de canela, a vosotras -vibrátiles- azoto para hacer sonar el diapasón del ardor, a vosotras estrujo para comprobar las oscilaciones de las mareas en óptimas condiciones, a vosotras -en cuclillas, agachadas, de rodillas- riego con vermut dulce, a vosotras os dibujan artistas de Persia para vanagloria de museos íntimos, vosotras os volvéis para ver si os sigo con la mirada, a vosotras -absolutamente perfectas y eucarísticas, búcaro, custodia, sagrario, altar- os venero, en vuestro combado hotel me hospedo para contemplar el cielo abierto.



martes, 4 de octubre de 2016

Entrevista de Alfonso Cost para Literaturas.com

Os cuelgo la lúcida y valiente entrevista que le hizo el amigo y magnífico escritor cordobés Alfonso Cost:


Con Alfonso Cost y Antonio Luis Ginés en Córdoba


Ángel Olgoso (Cúllar Vega, Granada 1961), es un escritor que aglutina a un buen número de seguidores entre los adictos a la vertiente fantástica de la narrativa breve. Este hecho, conseguido a base de un constante trabajo narrativo siempre orientado en una misma dirección, hace que desde hace ya algunos años sea considerado como un autor de culto. 

Su estilo inconfundible, tanto en forma como en contenido, crece cualitativamente en cada obra que sale a la luz, por lo que hemos asistido, con la publicación de Breviario Negro por parte de la editorial Menoscuarto, al parto del que quizás sea su ser más esférico, más sustancioso y, arrobándonos un simil culinario, cabría decir que más “trabado” dentro de ese mundo funambular suyo en el que, con cada historia, Olgoso parece recorrer un tenso hilo mientras mantiene un eficaz equilibrio, que hace a sus lectores olvidarse incluso del pestañeo.

En la presente entrevista intentaremos acercarnos, en diez preguntas, a los pensamientos del autor acerca de la salud de su especialidad narrativa. 

1-Alfonso Cost: Resulta evidente que el género breve, y en concreto su vertiente fantástica, no gozan de tanta aceptación como la novela, aún siendo más rápido y asequible degustar un buen cuento que una kilométrica historia. ¿A qué piensa que es debida esta circunstancia? 

Ángel Olgoso: Si un cuento es bueno, su degustación no por fuerza ha de ser más rápida y asequible que la de textos de lectura al peso. Es cierto que en España la sombra de Sancho Panza sigue siendo muy alargada, que la picaresca, el realismo, la miopía de la crítica, la pereza mental de los lectores, la escasa tradición, e incluso el buen clima, ha favorecido que el relato breve fantástico sea visto como el apestado de los apestados. Y eso que el cuento es embrión y origen de la literatura, y lo fantástico la realidad vista por dentro. Al parecer los que anteponemos la potencia de la imaginación y las perspectivas insólitas a la recreación plana de lo ordinario, la intensidad a la extensión, la voluntad de estilo a la prosa monótona, inane e intercambiable que prevalece hoy, debemos pagar, por el pecado de estos gustos, ese precio o penitencia del carácter minoritario. 

Es cierto que siempre me he movido a sabor en esa literatura imaginativa que explora el espacio escondido en los intersticios de lo real, en la extrañeza, en las perspectivas inquietantes, en lo fantástico como forma de conocimiento (el Código de Hammurabi incluía en sus enumeraciones no sólo la realidad común y observable, sino también lo excepcional y todo lo posible), pero desde “Las frutas de la luna”, y ahora con “Breviario negro”, intento virar hacia otras áreas, forzar los límites del relato tradicional, de la narración, de lo perceptible, del lenguaje mismo. Durante más de treinta años he llevado con gusto ese traje del fantástico y de la brevedad, pero la verdad es que -aunque en realidad se trata de un tejido amplísimo, inabarcable- comienzan a apretarme un poco sus costuras. Me confieso un autor de relatos literarios, sin más, que sólo intenta dar cuenta de sus obsesiones.

2-A.C.: Existe una discusión seria sobre lo que es microcuento y lo que es relato. En su opinión ¿cuál debe ser la extensión máxima de un micro? ¿Dónde debemos trazar la frontera? ¿Es necesaria esa frontera? 

A.O.: Creo que resulta tan absurdo como trazar una raya en el agua (para empezar la noción de brevedad es subjetiva); en lugar de la extensión, habría que considerar otros parámetros como el efecto de unidad, la lógica interna o que el texto pueda ser abarcado mediante un sólo vistazo, produciendo una impresión espacial y de sentido. Como dijo Savater, lo breve nos convence por su rotundidad. Para mí resulta evidente que fondo y forma son inseparables, que la brevedad no debe ser nunca un fin, un valor en sí mismo, y que la literatura sólo debe rendir vasallaje a la altura poética de una obra. Comencé a escribir relatos brevísimos en los años setenta, mucho antes de que se inventara el término microrrelato, y estoy luchando para desprenderme de esa pesada e injusta etiqueta de microrrelatista: a la hora de escribir, lo sacrifico todo a las exigencias de cada relato; a veces, sin premeditación alguna por parte del autor, el resultado tiene una línea y a veces treinta páginas. Lo único que sí busco deliberadamente, tanto en relatos breves como largos, es la quintaesencia, el rigor, el amor por la palabra exacta y de peso específico, por la concentración y la intensidad. 

3-A.C.: La mayoría de los cuentos de su última publicación “Breviario Negro”, apenas completan un par de páginas cada uno ¿Deberían ser considerados microcuentos? ¿Debe ser tenida en cuenta la intensidad narrativa como otro componente más para determinar este encasillamiento? 

A.O.: Tuve muy claro desde el principio que no se trataba de microrrelatos, ya que poseen un tempo, una densidad de detalles, un caudal léxico, una imaginería exuberante, un desarrollo que los acercan al espíritu de historias más complejas y extensas. Quizá ni siquiera se trate de relatos. Tal vez puedan emparentarse con la exactitud alucinada de Jules Supervielle. Como le digo, en este libro abundo en la idea de trascender el género, de romper los moldes. Son textos fronterizos entre lo narrativo, lo poemático, lo metafísico y lo onírico, textos que se bastan a sí mismos y tienen sus propias leyes, piezas trabajadas en clave de orfebre que conviene leer despacio, con una predisposición especial, saboreando cada palabra. Los escribí casi en estado febril, sin perder de vista el instinto estilístico (siempre procuro dotar de belleza e inventiva al lenguaje, tratando de que no se derrumbe la narración). Tal vez en mis primeros libros sólo imploraba asombrar al lector, sin embargo en “Las frutas de la luna” y en este “Breviario negro” me he volcado en las posibilidades, ideas y sensaciones que pueden inocular los textos en el lector; quería que la inquietud no procediera sólo de los hechos narrados; que, más que en la acción, la trama estuviera presente en el lenguaje (que a su vez se confunde con el universo representado), en el misterio, la tensión, la atmósfera, en el simbolismo de lo que se cuenta; que las imágenes o visiones que las palabras evocan, desafiaran y ampliaran los límites de la razón y de los sentimientos. Algunos críticos han intentado acercarse a la verdadera condición de los textos de “Breviario negro” calificándolos como plegarias de belleza, quimeras, iluminaciones, material a la vez sólido y etéreo, piezas con apariencia de relato y alma de haiku que poseen la cualidad de lo breve al tiempo que acarician la eternidad del instante, prosas breves y negras como tizones por su trasfondo y a la vez luminosas gracias a su imaginación y originalidad. 

4-A.C.: ¿Puede elegir un autor y un cuento, y justificarnos su elección? 

A.O.: Tengo una sintonía muy íntima con el autor ruso Leonid Andréiev, al que llamaban “el apóstol de las tinieblas”, siempre atraído por los tonos sombríos, por los temas ligados al dolor humano como la enfermedad, la guerra, la locura o la muerte. De él dijo Chéjov: “Después de leer dos de sus páginas hay que darse un paseo y respirar dos horas de aire fresco”. Puestos a elegir, entre sus inquietantes relatos me quedo con “El misterio”, por la atmósfera extraña y angustiosa que el autor consigue, de la que exhala una especie de sueño que te arrastra, de tristeza oscura que se va filtrando sutilmente hasta los huesos.

5-A.C.: ¿Hoy por hoy, se puede vivir exclusivamente del cuento en nuestro país?

A.O.: Lo dudo mucho, de lograrlo lo harán sólo unos pocos editores. A pesar de cierta efervescencia propiciada por las estructuras lectoras del colonialismo digital y por el creciente número de autores con cierta calidad, el relato -inexplicablemente- sigue siendo un género menospreciado. Por algún extraño motivo (inercia, censura comercial, descenso a la baja del nivel cultural de la gente, pereza a cambiar de historia y de personajes cada pocas páginas), los lectores prefieren la carroña al néctar, ser acunados cómodamente por historias ciclópeas, farragosas, interminables. No hay que olvidar tampoco que vivimos en un país que no lee, que la mayoría de los pocos que lo hacen es gregaria y se deja llevar por mercancías banales que se publicitan y venden a granel. Y si a esos hábitos de lectura no precisamente escandinavos sumamos lo esquilmados que están los bolsillos para todo lo que no sean efímeros artilugios y vacuidades electrónicas, tendremos una plausible explicación.

A mí me costó veinte años -hasta 1999- publicar en ediciones que pudieran verse en el escaparate de una librería. Como decía George Bernard Shaw, florecí antes de los veinte años, pero casi nadie aspiró mi aroma hasta después de los cuarenta. Los pastores de Virgilio y de Teócrito, en premio a sus cantos, se conformaban con una flauta o una cabra de ubres hinchadas, yo me conformo con un puñado más de lectores entusiastas ganados a pulso.

6-A.C.: ¿Tiene usted alguna pesadilla recurrente?, ¿algún terror oculto sobre el que no se atrevería a escribir?

A.O.: Precisamente en “Breviario negro” hay una pesadilla literal y recurrente extraída de mi infancia, bajo el título de “La técnica de soñar monstruos”. Bachelard dividió el orbe onírico en sueños y ensoñaciones, pero sin duda le faltó añadir las pesadillas. Un libro mío anterior, “Los demonios del lugar”, contiene buen número de ellas, como “El día primero de la tumba”, “Las tormentas”, “El espanto”, “El borde de la luz”, “La piel en el rompiente”, “El panal”, “Sueño nº 333”, “Introito para arpa de tendones humanos”, “Geometría”, etc. Pero en el origen de mi último libro, de esta Opus Nigrum en la que he suscrito una vez más las las palabras de Wallace Stevens (“el mundo imaginado es el bien definitivo”), está el verdadero terror real que me espoleó creativamente: entre enero y agosto de 2012, enclaustrado en las horas libres, destrozado el ánimo como la mayoría de los españoles, agotadas la rabia y las maldiciones, con una permanente náusea en el estómago, rumiando día y noche la posible llegada del despido, del impago de la hipoteca y del desahucio, aterrado por las noticias que ya no me atrevía a seguir, asqueado por la Involución Española (reverso tenebroso de la francesa), conseguí escribir a destajo, con la emoción en carne viva pero tratando de mantener al mismo tiempo la cabeza fría, los cuarenta relatos de “Breviario negro”. Creo que, al hacerlo, logré conjurar esa pesadilla.

7-A.C.: Si de toda su extensa producción tuviese que elegir un solo cuento ¿con cuál se quedaría?

A.O.: En “Los demonios del lugar” hay un relato de sólo quince páginas, “Los palafitos”, que me llevó cinco años acabar y del que me siento bastante orgulloso. Sin embargo, considero que en “El síndrome de Lugrís”, un relato de “Las frutas de la luna” cuya gestación fue sólo de ocho meses (me exigió una mayor extensión, de treinta páginas, para hacer verosímil el descenso a la locura del personaje: que yo recuerde, es la única vez que una historia me ha apuntado con su pistola), se encuentra el resultado más cercano a mi ideal de madurez literaria, ese cuento perfecto que justifique una vida, que toque el corazón de la gente, que permanezca (siempre me ha emocionado el “misticismo estético” de Flaubert, ese aliento, esa esencia sagrada, esa armonía absoluta entre la idea y la expresión). Además, con Lugrís creo humildemente haber descrito un síndrome nuevo o, al menos, haberle puesto nombre a algo que no lo tenía. Su protagonista siente, en mitad de una calle atestada, un momento epifánico pero terrible (la pesadilla de la repetición del molde humano, de los rasgos físicos de la especie) que acaba llevándolo primero al sol negro de la melancolía y después a la locura. Fue como aplicar a una persona una lente de aumento en busca de los límites de su identidad. 

8-A.C.: Recientemente hemos asistido a la publicación de obras compuestas por relatos que cuentan con un sólido hilo conductor entre ellos. ¿Está usted de acuerdo con ese tipo de armazón o prefiere la autonomía de cada relato? ¿Se ha planteado alguna vez escribir un libro de cuentos con apariencia de novela?

A.O.: En general mis colecciones de relatos no tienen un hilo conductor; sólo en “La máquina de languidecer” me propuse conscientemente, más como un reto, escribir una serie de cien relatos brevísimos con mimbres más o menos comunes. Pero lo normal es que cada pieza cristalice según sus necesidades, de una forma precisa e intransferible, como un objeto absolutamente independiente, como una gema que no tiene porqué formar parte de un collar. Es más, me parece un contrasentido esa costumbre tan extendida entre los críticos de desacreditar un libro de relatos por su “falta de unidad”, por no estar encadenados unos a otros como una cuerda de presos: que un libro de relatos tenga unidad no garantiza una mayor calidad y viceversa. Mi medida sagrada es el relato y no el conjunto de relatos, me atrae la versatilidad, poder cambiar de registro, de personaje, de época, de lugar, casi a cada página, poder visitar una gran variedad de mundos en un solo libro. En ocasiones, como en “Los demonios del lugar” o en “Las frutas de la luna”, me di cuenta una vez finalizados, a la hora de organizarlos, de que todos compartían, en mayor o menor medida, una atmósfera común, un afán totalizador, un sustrato que de alguna manera los armonizaba. No obstante, en “Breviario negro” quizá he dado un pasito al frente, de nuevo inconscientemente: José Luis Gärtner acaba de escribir que “las piezas de este complejo rompecabezas han sido ensambladas con un afán de perfección poco común, y con un mimo apreciable después de la lectura global. Todas ellas obran como habitaciones de un mismo edificio, comunicadas por un largo pasillo donde confluyen las cuarenta puertas entreabiertas”. En cuanto a la posibilidad de que escriba algún día algo semejante a la novela, es como pedirle peras al olmo.

9-A.C.: ¿Cree usted que la aparición de las redes sociales puede aportar algo bueno al género breve?

A.O.: Es innegable que facilita su inmediatez y su difusión, pero pienso que aporta también, y en gran medida, numerosa escoria: la banalización, la falsa idea de facilidad de lo breve, la confusión, la dispersión de la mirada, la avalancha de lo fragmentario (que Merino califica sarcásticamente de “picadillo literario”), la falta de concentración, la mala leche o el pasteleo en los comentarios, etc. Señalar que Internet y las redes sociales parece que estuvieran incubando tantos lectores como autores (cegados por el fanal hipnótico de sus pantallas) y multiplicando las gollerías de toda especie hasta el infinito, aunque resulta difícil encontrar diamantes en ese aluvión. Mientras tanto, tengo la sensación vehemente de que los relatos de calidad no sólo se mantienen invisibles para el gran público sino también para los críticos de los grandes suplementos, quienes no pueden otear más que las novelas, esa vianda única, esa indigesta piltrafa que los grandes grupos editoriales les dejan justo bajo los ojos, ninguno de los cuales ha oído hablar por lo visto de la radical máxima de Calímaco de Cirene, “un libro grande es un mal libro”.

10-A.C.: ¿Cree qué hay que cambiar algo en el mundo que rodea al cuento para que crezca su número de adeptos? 

A.O.: Empezar naturalmente por la educación, trabajando sistemáticamente los relatos en clase e incluyendo el género (el más apropiado para nuestra época) en los planes de estudio y en los libros de texto de forma intensiva y extensiva. Recuperar el protagonismo y el espacio que tenían en los periódicos entre los siglos XIX y XX. Crear revistas especializadas y pagadoras de las colaboraciones. Intentar cambiar, en definitiva, de manera muy considerable la percepción que tienen de la narrativa breve los lectores, los editores, la publicidad, la prensa e incluso los mismos autores. Pero me temo que hasta que los libros de relatos no demuestren ser rentables a ojos de las editoriales, nunca obtendrán la atención multitudinaria y el prestigio que disfrutan por ejemplo en América. Recuerdo a propósito la paradoja señalada por Vila-Matas: una obra nueva sólo tiene sentido si forma parte de una tradición, pero sólo tiene valor en esa tradición si ofrece algo nuevo. Hay que tener en cuenta que hablamos de la matriz misma de la literatura, de su origen, de las historias al amor de la lumbre en las cavernas, de un género fascinante que es ahora mismo el más arriesgado, el más libre, el más proteico, el depositario de las vanguardias y que, a la vez, tiene las dimensiones justas, el fulgor y el vértigo, la tensión y la concentración necesarias para conseguir la mayor expresividad narrativa posible con el menor número de palabras.




sábado, 1 de octubre de 2016

UKIGUMO (2)

Breve selección de haikus de su único poemario publicado, "Ukigumo" (Nazarí, 2014, edición hispanoitaliana).




Retrato de Ángel Olgoso por Jaime Lechuga Rodríguez del Castillo






La luz del sol

embiste la escarcha

con risa crujiente.






Bajo el quieto arrecife

de la vida de los hombres,

miríadas de luchas.





Cuando intentas conocerla,

la nube no es más que una nube,

y se disipa.






Piedras dispersas

del camino, dormida

caligrafía.





Círculos en el agua, trazos en la arena,

surcos en la almohada. Vida invisible.




martes, 27 de septiembre de 2016

Diodati. La cuna del monstruo.



"Diodati. La cuna del monstruo", libro colectivo para celebrar el bicentenario de un crisol cultural







PRÓLOGO

Se le atribuye a Schiller la frase “no existe la casualidad, y lo que se nos presenta como azar surge de las fuentes más profundas”. El destino, siempre a punto de morir y siempre renacido, convierte la fortuna en un trozo de cielo. No fue casual, por lo tanto, que el verano de 1816 sufriera las consecuencias de la erupción del monte Tambora en Indonesia en abril del año anterior, ni que las bajas temperaturas ocuparan el estío y las cenizas apagaran nuestra estrella, que la quebraran igual que se quiebra un ídolo de arcilla, ni que los Shelley, Byron, Polidori, recogieran el hilo de las sombras para transformarlo en cuentos, ni que los misterios fueran grandes monumentos funerarios de papel, Frankestein, El Vampiro, dos pasiones alentadas por el terror y el hielo, ni que Ángel Olgoso y Francisco Javier Guerrero, doscientos años más tarde, conversaran sobre el paisaje intelectual de aquella época, sus laberintos, tragedias e intereses, plantando la semilla de un hermoso proyecto, arropados por la intimidad y el sigilo, qué casualidad que ambos tuvieran una deuda con Villa Diodati, ¿no?, no lo fue, por supuesto, ni que las veladas que acogió la magnífica residencia fueran el lienzo perfecto sobre el que volcar los miedos de otro tiempo, aquel, este, qué importa, ¿acaso no todas las estaciones son el mismo hermoso lugar para esperar la nada?
Diodati, la cuna del monstruo, surge de un compromiso, de un deber libre y soberano con el encuentro que propició la aparición, igual que sus quimeras, de dos libros esenciales para la literatura moderna; también con el lugar, la villa, un espacio pulsado por el hechizo histórico de las letras; y con el ideario de insumisión política y vital que, como nos recuerda Inés Mendoza en su El Romanticismo: tormenta y rebelión, eleva a sus autores por encima de la popularidad “terrorífica” y del anecdotario con el que, a veces, se oculta su irrevocable rebeldía.
El legado de aquella reunión que tanto ha influido en todas las disciplinas artísticas, no solo literarias, también musicales, plásticas, escénicas y visuales (sobre todo en el cine), reluce como un faro que ha detenido el tiempo y se ancla en nuestros días, en nuestros poetas, ilustradores, narradores y cronistas, cargado a sus espaldas, por decirlo con los versos de Valente, para ascender de nuevo hacia la luz. Para seguir creando, dando vida, alumbrando nuevos mundos y horizontes de los que da cuenta este volumen. Cada autor pone el foco en una habitación del mito, de la historia o de la casa, en una de las muchas cicatrices del monstruo, en un sueño o en una utopía, en lo que pudo ser o solo en un reflejo, en un análisis certero o en una interpretación, en un tributo o en un agradecimiento al fin y al cabo, en la silueta del mismo paisaje que en todas las páginas revela el punto más claro del eclipse.




Editorial Adeshoras