Recuento de mis Cuentos completos (Eolas Ediciones). Los primeros cuatro volúmenes de seis, ordenados por temas. 700 relatos en total. Un universo de historias.
He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)
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domingo, 9 de agosto de 2026
lunes, 23 de marzo de 2026
Ciclo "Con voz propia" en el Centro Artístico de Granada
Muy agradecido a todos los amigos que nos acompañaron el pasado viernes en el Centro Artístico, en torno a la hoguera primigenia de los cuentos. Fue en el ciclo "Con voz propia", coordinado por Pilar Bueno, en el que leímos relatos Miguel Arnas, Celia Correa, José Antonio López Nevot y un servidor.
martes, 17 de marzo de 2026
"Holobionte" (Eolas Ediciones)
No suelo tener el don de la oportunidad, pero la publicación de “Holobionte”, el cuarto volumen temático de mis relatos completos centrado en el prójimo y la sociedad, parece más acertada que nunca, dada la forma en que unos pocos se están 'luciendo' -de forma un tanto demente- con el resto de sus semejantes. Y es que no conviene olvidar que somos un ecosistema cuyas relaciones y comportamientos afectan a todos y acaban modificando nuestro entorno. Muy feliz de que este nuevo libro vaya acompañado por el prólogo del maestro argentino del relato Raúl Brasca y por la impactante portada de Marina Tapia. Ya en preventa en Eolas Ediciones. Espero que os sintáis identificados, perturbados, confrontados y hasta esperanzados con estos relatos, con esta exploración de las pulsiones humanas, de la presencia especular de los otros, de los protocolos sociales, de las relaciones de poder, de la tragedia y la comedia de nuestra especie.
viernes, 30 de enero de 2026
Tres relatos en la revista Vórtice
Muy agradecido al poeta chileno Sebastián Waldo por contar con relatos de un servidor para la revista Vórtice de Literatura contemporánea:
OCÉANOS DE CENIZA
Contraviniendo las normas jurídico-botánicas que rigen la ornamentación de cementerios (según las cuales nunca han de sembrarse en ellos especies vegetales capaces de ofrecer productos comestibles), he plantado árboles frutales de vivos colores orillando la tapia norte de nuestro minúsculo camposanto montañés. ¿Será por eso que ahora contemplo, espantado, esos frutos que cuelgan de sus ramas, cerúleos, helados, horrendos, como bulbos híbridos, como homúnculos o creaciones imperfectas y caprichosas exudadas de las esencias sacras de nuestros antepasados? ¿Será por eso que crecen con tanta reciedumbre, como si buscasen una perduración plena, ayudados por la sangre que vuelve?
EL ESPANTO
Acodado en una mesita exterior del café Madagascar, sorbo el contenido de mi taza y contemplo a los transeúntes, estudiándolos como quien pesca con chispa y mosca ahogada. El aire remolca muy despacio las nubes. Me fijo en un hombre agradable con sombrero y maletín que lleva de la mano a una niña de no más de seis años, tironeando un poco de su bracito, lo suficiente como para impedir que avance con naturalidad. Parece asustada. El contacto de aquellas dos manos desparejas no es el idóneo, ni responde a la bendición del amor, remite por el contrario a la vorágine de peligros que se extiende más allá de uno mismo. Esos detalles triviales me sobrecogen. Y su efecto hace que, de pronto, tenga del hombre la percepción -repugnante en el más genuino sentido de la palabra- de algo como una langosta, una más entre las langostas de una plaga que bulle sobre un mar de sangre negra. Los observo mientras se alejan: la niña con pasitos descompasados y él emitiendo sonidos de masticación. Ambos, finalmente, se pierden entre los huevos de oscuridad que están siendo incubados bajo los farallones de nuestros edificios.
TODAS HIEREN
El reloj de pulsera finge que es un inofensivo accesorio, un adminículo útil, un satélite diminuto y encantador. Su apariencia no sólo no resulta amenazadora sino que, a modo de lisonja, parece prestarte brillo, distinción y un poder absoluto sobre el tiempo. Sin embargo, sin que sospeches nada, y mientras las manecillas distraen tu atención, él se aferra codiciosamente a la muñeca, se prende a la piel atraído por el rumor de tu sangre, devorando tus latidos, cebándose en tus sueños, palpitando al unísono con tu corazón de incauto. Debes saber que, aunque apenas se le pronuncian los colmillos, toma siempre la precaución de insensibilizar la zona para volver imperceptibles sus dentelladas. Y un día, completamente succionado por él, ya no te necesita, y hay gente alrededor que habla a media voz mientras alguien lo desata de tu muñeca inerte.
viernes, 5 de diciembre de 2025
“Cerco a la Bella Durmiente” en Youtube
“Cerco a la Bella Durmiente” en Youtube: ‘Relatos Breves con Miriam Salinas. Cuentos diarios de menos de 2 minutos’.
CERCO A LA BELLA DURMIENTE
El príncipe se inclina sobre el lecho adornado con flores y besa a la Bella Durmiente, pero la princesa no se despierta. Es posible que a) tenga el sueño muy, muy pesado, b) no sea la auténtica Bella Durmiente, c) él sea un impostor de mirada tierna en horas bajas, incapaz ya de despertar a una doncella tras otra, d) advertida por sus lecturas de cuentos populares, la Bella Durmiente se niegue a entregarse al primer príncipe que la roce con los labios, e) el huso que pinchó su dedo estuviese emponzoñado a conciencia, f) el príncipe no haya besado a la princesa en el punto propicio acordado por la tradición, g) la Bella Durmiente, dada su aristocrática condición, considere procaz e indigna la actitud del príncipe al no haber sido debidamente presentados, h) simule estar dormida al entrever el horrible aspecto del príncipe, i) la princesa, de naturaleza escasamente virtuosa, necesite algo más que un simple y casto beso para ser despertada, j) el hada benévola intente así evitarles la crueldad de vivir juntos hasta la muerte, y k) cuando el príncipe acertó a pasar cerca del palacio encantado y atravesó el espinoso seto de escaramujos, no habían transcurrido aún los cien años prescritos ni llegado, por tanto, el día en que la Bella Durmiente tenía que despertar, lo que obligará al torpe príncipe a esperar aquí dos, quince, treinta y ocho años más.
("La máquina de languidecer", Páginas de Espuma, 2009)
viernes, 21 de noviembre de 2025
Entrevista en la revista Quimera (nº503)
Comparto la entrevista que me ha hecho el gran Miguel Arnas para la revista Quimera. Este número de noviembre (503) incluye, entre otros interesantes contenidos, ensayos sobre Henry Miller, Guillermo Cabrera Infante, Cormac McCarthy y Roberto Juarroz, y entrevistas a Sabina Urraca y Cristina Sánchez-Andrade:
QUIMERA (503-Noviembre 2025)
Cambio de amura. Entrevista a Ángel Olgoso
Cambio de amura. Entrevista a Ángel Olgoso
Miguel Arnas Coronado
La entrevista que le hice hace ya veinte años para la revista Ficciones -y que supuso el inicio de una fértil, profunda y patafísica amistad- la titulé “Ángel Olgoso o el relato poético”. Con esta otra, de algún modo se cierra un ciclo aprovechando que Ángel va por la mitad de la publicación de los seis volúmenes de sus relatos completos, unos setecientos, hazaña que lo emparenta, en cantidad y calidad sostenida, con producciones cuentísticas de la envergadura de Maupassant o Pardo Bazán. Al mismo tiempo, se acaba de editar la primera obra de una nueva etapa híbrida y sin apenas ficción, “Madera de deriva”. El universo olgosiano es un espacio reconocible, de perspectivas insólitas, de relatos simbólicos y medulares por su concentración e intensidad, de mimo en la precisión y coloratura del idioma, de un singular minimalismo barroco, como diría él. Una literatura de quilates aunque venga en pequeños recipientes. Al adentrarse entre sus páginas inquietantes y sorprendentes, el lector no puede sino sentirse abrumado por la potencia imaginativa, la riqueza estilística y la versatilidad de un escritor que trasciende los límites de los géneros breve y fantástico, y del que muchos pensamos que no ocupa el lugar que merece por derecho propio. Cualquier otro autor con este bagaje sería ya hace tiempo un hito insoslayable.
-Estás publicando tus cuentos completos en una serie de seis tomos, donde los seleccionas en función de su temática. Al menos desde fuera, da impresión de proeza ¿Qué sientes al echar la vista atrás?
Es cierto, Miguel, tras abandonar la ficción (unos 700 relatos escritos en 42 años) por otros senderos narrativos más híbridos, los estoy recopilando temáticamente. Ya han aparecido los tres primeros volúmenes en la editorial Eolas: “Bestiario”, “Sideral” y ”Estigia”. Y están previstos que salgan otros tres más: "Holobionte", "Ánfora" y "Maelstrom". Siento la satisfacción, y un poco la inquietud, del deber cumplido, de dejar organizada la obra de mi vida.
-Setecientos relatos son un número considerable ¿Cómo lo has hecho, no te has encontrado con la duda de clasificar alguno que podría figurar a la vez en dos o más compendios?
A pulso, vertiéndolos relato a relato en cada uno de sus seis archivos correspondientes, con cuidado de no repetir ninguno. En realidad, sólo el tema del amor y el erotismo tenía entidad para componer otro volumen unitario, pero este asunto recorre transversalmente los otros seis volúmenes, a los que sin duda presta un toque de color y calidez. Más allá de esto, no he tenido dudas con los ejes temáticos de mis relatos completos, que he estabulado mediante agrupaciones de algún modo imperativas.
-Hace ya muchos años Justo Navarro dijo que posees una capacidad verbal e imaginativa que es una excepción en la literatura que se escribe en España. Desde luego tu estilo inconfundible implica un altísimo tratamiento del lenguaje, un prurito en las enumeraciones, una prosa muy cercana a la poesía, unos finales sorpresivos, una fantasía voladora. ¿El amor por la palabra es tu clave de bóveda?
Como supiste ver muy bien en aquella antigua entrevista, algo de la poesía que cultivé entre los trece y los diecisiete años ha seguido rezumando en todos los relatos que he escrito, como las gotitas de un cántaro poroso. Supongo que porque soy un apasionado de las palabras vivas o muertas: me parecen claves de acceso a otro mundo, polizones que desenmascaran o interrogan la realidad, caballos de Troya de la mente. Me sirvo y sirvo a las palabras: no sólo cuentan la historia, son la historia. Encuentro extremadamente vigorizante el embeleso verbal y tangible que procuran. Siento una clara simpatía por autores que tratan el lenguaje como un material totalmente artístico (‘prosa comestible’ la llamo), Azorín, Cunqueiro, Gabriel Miró, Pla, Aldecoa, García Pavón, Dieste o Caballero Bonald. Creo que la belleza formal ejerce de contrapunto de los delirios un tanto sombríos que conforman la mayor parte de mi obra. Ese gusto por la orgía perpetua del lenguaje proviene de mi querencia adolescente por el barroco de Carpentier o Lezama Lima, y de la herencia formal de la Andalucía barroca, que se superpone a la herencia familiar gallega, de aliento céltico y neblinoso. No considero las frases tornasoladas como un simple adorno, sino como una condición esencial de la literatura, la de su capacidad para crear belleza a través de las palabras, que es también el más fundamental de los placeres. Tal vez después de todo, como dijo D. H. Lawrence, al comienzo no era el Verbo sino un gorjeo.
-Es evidente que los cuentos han sido la médula de tu obra.
Por supuesto. Los cuentos son como las perlas, decía Karen Blixen, enfermedad transformada en belleza. Pescar esas perlas ha sido la pasión de mi vida. Creo que de joven padecía un estado interior ígneo, eran veinticuatro horas de erupción imaginativa. Aunque ese magma se haya ido enfriando, sigo pensando que la imaginación puede entender el mundo lo mismo o mejor que la razón: el escritor como visionario, como domesticador de relámpagos. Y que esas ‘islas de orden’, esas medidas estructuras, esos diminutos cedazos, esos precisos mecanismos narrativos son un género destinado a autores que no necesitan escribir largo para decir mucho. Por su brevedad, el relato permite la estética del todo, la armonía del conjunto cerrado, autoconclusivo, algo imposible en una novela, que se cifra en algunos fragmentos satisfactorios, y donde es muy difícil que todo esté a su misma altura. Mi estética, además, ha intentado traducir el sentimiento de extrañeza que produce el mundo. Historias contadas con brevedad, intensidad y trascendencia. Mis relatos son como esas gárgolas y bajorrelieves de monstruos en los capiteles del Románico, proyecciones del inconsciente, del lado oculto de la naturaleza humana, de sus pesadillas, de lo que no se puede expresar.
-¿Podemos afirmar entonces que eres de los que consideran que la obra de arte, en lugar de ser un espejo en el camino, debe transportar al lector o al espectador a un mundo en el que no ha estado?
Clarísimamente. Poco hay más estimulante que cuando se diluyen los límites entre lo real y lo soñado, cuando arrancas al lector de la costumbre. Al arte le pido una especie de cautivación. Esta es la función del creador artístico: dar comida de lo que no existe para que la gente se alimente. Pienso, con Gonzalo Suárez, que si partes de la realidad sólo puedes falsificarla, pero si partes de la ficción paradójicamente no te escapas de la realidad. Porque la realidad (categoría, por cierto, que a estas alturas se ha pulverizado hasta límites cuánticos) no es sólo lo que vemos, también lo que imaginamos y soñamos. Siempre he creído en la primacía de la imaginación (desbordante y filistea en mi caso y jugadora a veces de malas pasadas), en su capacidad para transfigurar y subvertir la realidad, para abrir puertas, para ‘asombrar desde la sombra’.
-Te he visto como inoculado siempre por ese insobornable fervor imaginativo, que es también el gusto por el misterio y la excepción.
Así es, el vínculo con el misterio está en la base no sólo de la creación artística sino de la conciencia humana. Lo imaginativo, lo insólito, todo lo que tiene la relación adecuada con lo Extraño, es como una lente a través de la cual examinar la realidad. Mis relatos se propusieron cautivar, hechizar al lector, que viajara al encuentro con lo sorprendente, a otros estados de conciencia, mediante visiones singulares, de una intensidad exacerbada, y mediante atmósferas inmersivas. El misterio fragua estéticamente. En cuanto a la excepción, creo que el estudio de la realidad reside menos en las leyes que en las excepciones, y que el interés del artista debe dirigirse a lo excepcional, en un esfuerzo por superar los hechos genéricos; algo que -como sabemos, dada nuestra condición de Sátrapas del Institutum Pataphysicum Granatensis- que está en el centro mismo del corazón espiral de la Patafísica.
-Corre la leyenda de que Ángel Olgoso es en realidad un combinado, un escritor conformado en calibrada proporción por tres partes perfectamente prorrateadas, Poe, Kafka y Borges.
Es una visión muy plástica, y desde luego halagüeña e hiperbólica hasta más no poder. Para completar tan milagroso compuesto, yo añadiría algunos excipientes imprescindibles -Schwob, Azorín, Buzzati, Arreola o Cunqueiro, por citar los principales- que dan consistencia a aquellos principios activos.
-De pronto, nos anuncias que has dejado de escribir ficción. Pero, por lo que sabemos, no implica abandono de la escritura. Tus cuentos nos han seducido durante décadas. ¿A qué se debe este golpe de timón? ¿A qué te vas a dedicar, o quizá ya te estás dedicando?
Sigo siendo defensor a ultranza de la imaginación como recurso creativo primordial pero deseaba zafarme de las bridas y convenciones de la narración tradicional. Es decir, subyace un deseo de libertad. Aunque antes ya había experimentado con los relatos y jugado con los límites de su territorio, la hibridación (lo que Ginés Cutillas denomina con acierto el ensayo-ficción) me ha ido pareciendo cada vez más sugestiva. Me ha permitido diversificar mi atención, levantar el tingladillo de una teoría peregrina, dar rienda suelta a la jugosidad interior sin una necesidad constante de fabulación. Quizá me influyó esa fatiga reciente de las formas literarias, ese magnetismo actual de lo fragmentario, ese hambre circundante de realidad. Las piezas de los dos primeros libros de esta nueva época, “Madera de deriva” (Libros del Innombrable) y “Mirabilia”, suceden entre la epigrafía, el ensayo, la poesía y otros géneros. Prosas apátridas en el sentido que le dio Ribeyro, textos alérgicos a la trama. Tal vez, a medida que uno envejece, descubre que la meditación es un país incomparablemente más vasto que el de la ficción.
-Acabas de publicar tu primer libro de la nueva manera, “Madera de deriva”. ¿Qué puedes decirnos de él? Por lo que comentas, va a ser afín al ensayo. ¿Te satisface tanto tu nueva tarea como la que has abandonado? Te pregunto esto porque de tu narrativa anterior se deducía un goce íntimo, no solo del lector, del que doy fe, sino también un goce grande del propio autor.
“Madera de deriva” es una obra miscelánea de textos fronterizo, un ‘collage’ literario donde hago acopio de apostillas libérrimas, de elementos marginales de la cultura, entradas de diccionario, evocaciones, viñetas, teorías extravagantes, guiones, marcapáginas de la Historia y algún texto discretamente confesional. Aunque aquí el grado de ficción se haya reducido, sigue habiendo esa capacidad del arte de dilatar la realidad. Y en todo está presente cierta pulsión poética, reflexiva o incluso erudita. Un libro lleno de fervor por la literatura. Pero a pesar del título estos escritos no son restos de naufragio sino piezas forjadas con toda premeditación y hasta sus últimas consecuencias, con respeto por la inteligencia del lector y por la lengua, y sin miedo a la exigencia ni al culturalismo.
-Me consta que tienes cuentos largos como El síndrome de Lugrís, Los palafitos, Villa Diodati, Dybbuk o Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde para los que has necesitado muchísimo tiempo. Estos textos híbridos, o como quieras llamarlos, ¿te son igual de costosos?
Ahora que lo dices, soy consciente de pronto de lo brutal del contraste: si “Madera de deriva”, el libro entero, me llevó tres intensos meses -los del confinamiento-, el esfuerzo y el tiempo que requirieron relatos como El síndrome de Lugrís (ocho meses), Los palafitos (cinco años), y Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde (veinte años de acopio de documentación) pueden suponer una desproporción bárbara e incomprensible, pero creo que no sólo son indicadores de mi lentitud sino también de la implicación absoluta, de una dedicación enfermiza a la búsqueda de la excelencia literaria. Recordemos que, si no hay precisión, la pasión creativa se convierte en caos.
lunes, 27 de octubre de 2025
III Festival Internacional de Ficción Insólita "Quimeras"
Todo un placer literario, amistoso y nada quimérico estos días en el ‘insólito’ Festival Quimeras de León, en compañía de mi 'hermano' mexicano Alberto Chimal, de mi 'hermano' gaditano Félix Palma y de otras también impagables integrantes de la hermandad de la literatura de imaginación, Elia Barceló, Raquel Castro, Susana Barragués y Arantxa Rochet. Mil gracias a Natalia Álvarez Méndez, a Ana Abello Verano y a Paula Fernández Chamorro por su generosidad, impecable labor organizativa y entrañable conversatorio, así como al fiel y receptivo público y a Marina por las fotos. Una experiencia inolvidable en el Palacio del Conde Luna y hermosos aledaños leoneses. En Youtube se encuentran enlaces a todos los actos de este III Festival Internacional de Ficción Insólita. Os dejo con imágenes de algunos de ellos, con los videos de las dos intervenciones de un servidor:
• COLOQUIO CON ÁNGEL OLGOSO "Un mundo de relatos".
•Lectura de microrrelatos. VELADA FANTÁSTICA CON ALBERTO CHIMAL, ÁNGEL OLGOSO Y SUSANA BARRAGUÉS SAINZ
Y con distintos enlaces de prensa:
https://www.heraldodeleon.es/articulo/cultura/festival-quimeras-despliega-fin-semana-literatura-fantastica-palacio-conde-luna/20251024095118054293.html
https://www.diariodeleon.es/cultura/251025/2063956/quimeras-inspira-leon-mejor-ficcion-insolita.html
https://www.lanuevacronica.com/lnc-culturas/alberto-chimal-vivimos-en-mundo-hace-diez-anos-se-habria-considerado-ciencia-ficcion_184747_102.html
https://ileon.eldiario.es/cultura/vuelve-leon-festival-internacional-ficcion-insolita-encuentros-literarios-fantastico-mitico_1_12691451.html
sábado, 4 de octubre de 2025
Reseña de "Breviario negro" por Alejandro Molina
Reseña de "Breviario negro" (Menoscuarto) por Alejandro Molina.
<<“BREVIARIO NEGRO” DE ÁNGEL OLGOSO, EL PINTOR DE PALABRAS.
Me contó Ángel que este libro es fruto del más terrible de los temores de un escritor: no volver a disponer de tiempo u ocasión para escribir. Creo que esa angustia que experimentó ha quedado sin duda reflejada en los cuentos reunidos en “Breviario negro” (Menoscuarto Ediciones), solo que no a modo de aflicción o melancolía, sino de arrojo y convicción testamentaria, como si, al igual que le sucede a una madre que encuentra dentro de sí fuerzas sobrehumanas cuando debe proteger o rescatar a un hijo en una situación repentina y desesperada, hubiera hallado Ángel Olgoso una fórmula extraordinaria o una pericia casi monstruosa con la que poner las historias que rondaban tu mente a salvo en el papel (el refugio del artista), algo tan frágil y sin embargo eterno, al igual que ocurre, según decía Chesterton en Ortodoxia, con el cristal: «Recuérdese, no obstante, que frágil no es sinónimo de perecedero. Golpéese un cristal y no durará ni un minuto, pero basta con no golpearlo para que dure un millar de años».
Una vez puestos a buen recaudo en las páginas de este volumen, sus cuentos revelan una naturaleza única que, en muchos casos, creo que merecen un nombre diferente al de microrrelato o cuento. A menudo, cuando terminamos de leerlos, la historia que hemos recorrido en sus líneas deja la satisfacción de un relato corto, es decir: la impresión de toda una novela, al tiempo que condensa en un puñado de párrafos, lo que por norma general rescatamos precisamente de una novela, despojada, eso sí, de toda paja, y comprimida en oraciones más o menos cortas que, mediante una suerte de hechizo, capturan capítulos completos. Pero no acaba ahí la cosa. La capacidad de Ángel, me atrevería a decir superior a la de Flaubert de encontrar ‘le mot juste’, recubre las historias de una pátina poética que nos agota (en el buen sentido) del modo en que lo hace un poema que recorremos verso a verso: una escalada tan terrible y dura como satisfactoria una vez alcanzamos la cima y comprendemos la grandeza de lo que contemplamos ahora a vista de pájaro. Las historias olgosianas no son microrrelatos porque esa es una palabra que solo con Ángel ha tenido sentido y que sin embargo desmerece por completo lo que hace, reduciendo su trabajo a un texto narrativo extremadamente breve. Sus historias logran la síntesis que condujo a la abstracción (y hasta la única abstracción posible) sin renunciar, como sería de rigor, al detalle meticuloso y al enriquecimiento figurativo. Así pues, propongo definir tus cuentos como ‘óleos sobre página’ o ‘sinfonías filológicas’.
Si bien en obras anteriores ya logra Ángel Olgoso lo que señalo, me ha parecido que en “Breviario Negro” hay un nivel de perfección asombroso, y si propongo el término ‘óleo sobre página’ es porque considero que la pintura comparte con la poesía y con la música la maestría de desvelar lo invisible (o lo que es lo mismo: lo intuitivo en tanto que inefable). Los cuentos de Ángel Olgoso, como ocurre con los cuadros de Cézanne o de Nicolas de Staël y con los grandes poemas, van a la esencia, prescinden de lo anecdótico y lo superficial, y apuntalan justamente aquello que hay entre y detrás de las palabras, pero sin que prescindas por ello de la palabra o la deformes hasta hacerla irreconocible. El modo en el que Ángel las dispone en el texto hace que al leerlas brille sobre ellas la esencia significativa que no refulge sobre esos mismos términos en cualquier otro texto. Pero, a diferencia de Nicolás de Staël o de Cézanne, Olgoso va más allá del no rechazo a lo figurativo o de la simplificación extrema, pues abraza el barroquismo, el tenebrismo incluso. ¿Cómo es eso posible? Aislando el tema del cuadro, haciendo así de la riqueza del detalle una lupa que realza el misterio de la cotidianeidad al quedar asilado de cuanto podría desviar nuestra atención. Gracias a la abstracción del fondo, que hace suceder la obra en ninguna parte y en cualquiera posible, los enigmas de nuestra existencia pueden contemplarse pormenorizadamente.
Las historias de Ángel consiguen hacen caer la máscara de lo visible valiéndose de ese espacio en negro que hay tras el telón de las cosas, donde sitúa con su conocida precisión de cirujano las palabras exactas, en todo su orgulloso esplendor de vocablo, deformando la realidad para hacerla más realista que nunca, ya sea desde lo simbólico-onírico de Frederick Watts (como en su cuadro “Esperanza”), al paisajismo más filosófico de su amado Friedrich, pero también de autores de la escuela del Río Hudson como Frederic Edwin Church (su pintura de 1865 “Aurora Borealis”).
Y todo ello, insisto, a través de la síntesis más lograda, extrayendo el tuétano de la historia sin privarnos por ello de disfrutar también del hueso. Sus ‘óleos sobre página’, una suerte de milagro alquímico que, son la mixtura perfecta entre Nicolás de Staël y Velázquez, criaturas nacidas de tan imposible encuentro que tienen lo mejor de ambos al tiempo que resultan genuinos, lo que hace que el término olgosiano cobre todo el sentido del mundo en lugar de ser un simple gesto de deferencia académica con el que diferenciarte de otros que, aunque por válidas razones entomológicas acuñen también un distintivo a partir de sus apellidos, no disponen de un carácter único en el sentido de extraordinario y sin igual.
Dicho esto, paso a comentar qué ‘óleos’ del “Breviario negro” me han fascinado y, si encuentro las palabras adecuadas, por qué o de qué manera lo han hecho.
“Cartografía”: creo que aquí Ángel logra hacer exactamente todo lo que he expuesto anteriormente, es un poema y una novela y un relato y mucho más que eso al mismo tiempo. La sensación que deja su lectura es abrumadora, como si pudieran vivirse una y mil relaciones amorosas y se recordaran todas ellas, a la par que el autor desmenuza cada aspecto del amor y la convivencia con maestría. La imagen del mapa es sublime porque de hecho lo que uno acomete en la lectura es toda una odisea. Y qué frases, qué delicia: “a veces, espero durante días para encontrarla mientras silbo y agito los brazos en el rincón de un milímetro cuadrado”; “en sus meridiano se dibuja mi destino, en sus paralelos anida mi memoria”; “cuando llegan el tedio o las discusiones, se oscurece el color del relieve, restallan truenos por el hemisferio norte y me ladran perros en la boca de un túnel”.
“La técnica de soñar monstruos”: una exquisita aproximación a la figura del padre (podemos enlazarlo a las mil maravillas con la kafkiana “Carta al hijo”, que más allá de su evidente juego lingüístico, contiene ecos del mejor Kenzaburo Oé), y a la muerte como aquello que queda cuando alguien se va.
“Stella Splendens”: delicioso, con una frase final que quita el hipo: en este abismo acuático donde prosperan los semilleros de espectros.
“Ondina de la Sierra” y “Toque de ánimas”: encuentro en estos dos lienzos los rasgos de Proust cuando recoge las flores de su memoria y las muestra como se hace en los museos: de modo que veamos mucho más de lo que a simple vista encontramos, pues ha sido debidamente situado, iluminado y contextualizado. Una vez más, el misterio de la vida bellamente expuesto.
“Espléndida teoría física que nos explica la aurora boreal por el reflejo de los arenques”: ¿cómo lo hace Olgoso? ¿De dónde saca y cómo elige tamaña y tan divina selección de imágenes y leyendas de manera que hable de ellas y de la más rabiosa actualidad sin hacerlo?
“Ancianas tomando bizcochos en salitas sombrías”: el contraste entre el ruido mundanal y la calma prologando a modo de resignación ese fin del mundo que es también la aceptación de la vejez. Tan sabroso como los bizcochos.
“Novedades en el cortejo”: este lienzo de poderosísima imagen final contiene una meditación increíblemente compleja de los rituales humanos, pues al poner a los pies de la Virgen “como ramilletes de flores escarlata, todas nuestras lenguas cortadas” (los finales de estos cuentos son sublimes), uno no puede más que pensar en lo turbio y lo grotesco, en el apartado macabro que hay en el origen de los rituales que han sido depurados con el tiempo anteponiendo tradición sobre sacrificio, pero que solo en la desnuda brutalidad de gestos extremos cobran auténtico significado.
“Las pavesas de la gloria”: “cada movimiento se espeja en charcos de sangre”. Un caleidoscopio de batallas engarzadas con absoluta maestría que nos habla de la fugaz pero también absurda condición humana a través de la guerra.
“Nimrod”: una nueva exploración de la condición humana reivindicando la imaginación como el proceso alquímico definitivo. Es tan hermoso y tan patético (en el sentido de la sonata de Beethoven) que conmueve, pero conmueve del modo (también cercano en estilo) a como marida la reflexión existencial con los textos bíblicos.
“Crisálida”: otro lienzo redondo en el que la historia de la humanidad y del planeta se nutre de sí misma para comenzar de nuevo. Es sencillamente precioso, un texto, como muchos de los que hay aquí, sobre los que no debería escribirse porque no podemos decir nada (ni mejor) que no esté ya en él. Leer, leer y leer, eso es lo que hay que hacer con los libros de Ángel Olgoso.
“Ars Topiaria”: jamás había logrado ponerme al nivel que lo hago aquí, no ya en la piel de un árbol, sino de una persona. Es un lienzo increíblemente revolucionario, de esos capaces de cambiarle a uno la vida, de convertirlo a una fe o a una condición ética determinadas. Este texto es un prodigio, un texto de obligada lectura que es, de nuevo, poema y más que poema y que texto.
“El descanso de Sísifo”: seré breve, es una obra maestra. “Ofuscados por el ímpetu homicida, aturdidos por el vértigo y la continua torsión de un escenario sin término, desorientados por la premonición de sus actos como cuando un sueño lo sueña a uno, no necesitan mirar de dónde se viene ni hacia dónde se va”. Que alguien escriba una tesis sobre esta imagen, por favor. Vuelvo a ver la historia de la humanidad aquí contenida, en un lienzo perfectamente dibujado, detallado al milímetro pero con ese vigor abstracto de Staël que se aprecia en “Los futbolistas” y que descubre aquello que no vemos al ver. Todo, absolutamente todo es perfecto aquí.
“Lengua de madera”: aquí vuelve a superarse el autor, sobredimensiona las palabras, logra ridiculizar a Sócrates cuando reprochaba a lo escrito que siempre significase lo mismo, porque estas palabras están vivas y son una cosa y serán y podrán ser otras totalmente distintas. Siembra una calma que se mastica en una estampa plácida que resulta perfecta para amontonar una tensión que no sabíamos que nuestro autor estaba armando hasta que SUGIERE lo que podría ocurrir mientras ocurre. Olgoso hace y deshace, propone y expone, muestra y oculta. Si esto no es dominar el lenguaje, ser un maestro absoluto de la narrativa y trascender sus fronteras, yo no sé lo que escribir ni leer>>.
miércoles, 6 de agosto de 2025
Reseña de "Estigia" por Rodolfo Padilla
Muy agradecido al escritor Rodolfo Padilla Sánchez por su completísima, por su excepcional reseña de "Estigia" (Eolas) en la Revista MoonMagazineMoonMagazine.
MEMENTO MORI
Reseña de Estigia, de Ángel Olgoso (EOLAS Ediciones, 2025)
Rodolfo Padilla Sánchez
¿Qué nos espera al otro lado? Algunos dirán que el fuego del Infierno o la luz del Paraíso, una estancia en el Purgatorio que todavía podemos reducir con el pago de indulgencias, la Daena vieja o hermosa al otro lado del Puente de Cinvat en virtud de nuestros actos en vida, tal vez tengamos que seguir al perro que nos lleve al Mictlán o esperar que la pluma de Maat no nos arroje a las fauces del terrible Ammyt. Quizás, cuando esta máquina de languidecer (en homenaje a otro título de nuestro Caronte particular) emita el último suspiro, nos encontremos con la nada, con el vacío, o regresemos reencarnados en un insecto. La muerte es, junto con el amor, un tema universal que ha supuesto el centro de las preocupaciones del ser humano desde sus orígenes, por eso la religión busca moralizar y dar consuelo, la ciencia ensaya la inmortalidad, la filosofía reflexiona sobre la esencia del ser y el arte la ha utilizado para combatir a la vanidad en épocas de crisis o para ensalzar la vida en años felices.
Nada es seguro frente a la muerte, salvo la muerte misma. Por eso, una vez hemos sucumbido a ella y aparecemos a orillas de la laguna mitológica que nos llevará irremediablemente al Hades, es mejor tomar la mano del barquero que nos amenizará el viaje con las múltiples historias que desde su desbordarte imaginación iluminan el inframundo.
Ese barquero no es otro que Ángel Olgoso, quien después de Bestiario y Sideral, publica Estigia, el tercer volumen temático de sus cuentos en EOLAS Ediciones, en la colección «Las puertas de lo posible», de un total previsto de seis. Compuesto por noventa y nueve relatos, es hasta el momento el más extenso de los tres volúmenes y evidencia, como el propio autor afirmó en una entrevista para Todoliteratura.es, que la muerte es un tema que le obsesiona «porque siempre está ahí como una sombra, rodeándote sin que te des cuenta, una presencia en sordina y, cuando de pronto se repara en ella, con un escalofrío, uno se siente como perdiendo pie, como tanteando en lo oscuro». Y es que no hay mejor manera de definir la literatura olgosiana que como un vértigo en la cuerda floja, un juego de expectativas donde la sorpresa, lo inesperado, nos deslumbra o aterroriza, nos hacer sudar, reír o temblar, nos transporta a lugares lejanos en unas pocas líneas o en varias páginas nos invita a la introspección.
Si utilizamos una doble terminología artística, Estigia conforma a la vez un collage y un mosaico: un collage, en tanto que cada tesela (cada relato) está fabricada de un material diverso de tonos, estilos, espacio, tiempo y temas, si bien están atravesados por el protagonismo absoluto de la muerte, el cual compone el mosaico en el que Olgoso-Caronte nos conduce hacia reflexiones profundas, terroríficas aventuras, cementerios profanados, canibalismo o sacrificios rituales, a veces con ironía o con la increíble ternura o la inocencia que transmite incluso en las narraciones más crueles e inhumanas, dejando un agradable sabor de normalidad entre lo extraño y terrible de suicidios (a veces reincidentes), asesinatos perpetrados o padecidos, fanatismo sectario, guerra, coleccionistas extravagantes, los viajes eléctricos de un condenado a muerte, niños sacados de las entrañas de su madre muerta durante el funeral, una barbería de muertos o el amor entre una madre y una hija unidas por un vínculo más allá de la sangre.
Entre la diversidad del collage, como señala Ana María Shua en su prólogo, hay una multiplicidad de estilos, desde las frases cortas y lapidarias de relatos como «Designaciones» o «Cuenta atrás», donde logra edificar un mundo y acabar con una vida en escasas líneas, hasta los relatos más barrocos e intrincados que mejor definen su estilo, con enumeraciones caleidoscópicas que fragmentan y diseccionan la (ir)realidad para describir todas las perspectivas posibles como en un cuadro cubista, relatos oscuros con otros luminosos, contemporáneos o historicistas como en «Quauhxicalli» o «El Valle», con la influencia de leyendas y cuentos populares como en «Toque de ánimas» o el registro coloquial de un velatorio en «Jueces del valle de Josafat», la narrativa japonesa en «Fantasmas de las Cuatro Suertes» o de la china de «Wu», con cierta pretensión edificante; relatos que nos invitan a viajar a lugares lejanos como la India de «Vínculos» y «El tintero de bronce», a cometer un asesinato infinito en el cíclico «Crimen perfecto» o a apreciar la espantosa y corrupta resurrección por medio de la jardinería en «Océanos de ceniza».
La comunión entre brevedad y tensión narrativa se manifiesta de forma palpable en relatos como «Conjugación», un microrrelato que al parecer pone siempre José María Merino como ejemplo del movimiento interno que debe tener este género:
Yo grité. Tú torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos olvidarán.
Gracias a esta multiplicidad de temas, estilos y tratamientos, Olgoso logra componer un mosaico perfecto de la muerte como tema universal, donde a veces se ríe de ella o la trata con veneración o hace una desgarrada crítica social en relatos como «Introito para arpa de tendones humanos», una escena extrema convertida en alegato capaz de disuadir todo afán belicista, o «Días felices», donde una montaña se lamenta de la barbarie del ser humano, ejemplo animista del que también encontramos otros como «Los trabajos del carnicero». Pero la muerte no es solo una dama vestida de negro y con una guadaña que siega nuestras vidas y nos lleva al más allá (sea el que sea), sino también la kafkiana rutina de «Un fúnebre sabor a tiempo muerto» que hace una ácida crítica al sistema que nos empuja a la repetición cansina e irracional de estar muertos en vida, y la búsqueda desesperada de la inmortalidad en la extravagante colección de «Naglfar». Incluso hay cabida para preguntarse con qué ojos miraríamos la vida si regresáramos de entre los muertos como en «La ciénaga» o para hacer una relectura de los mitos bíblicos con el Dios caprichoso de «Alternativa», así como el riguroso cumplimiento del voto de silencio que imponen las «Novedades en el cortejo» de una cofradía en Semana Santa o cómo el hambre puede llevarnos a cometer atrocidades contra seres celestiales en «Las huellas de los pájaros en el aire», que recuerda a aquel relato de García Márquez «Un señor muy viejo con unas alas enormes», pero con un final más tremendo y que deja las mismas dudas que en el narrador y, de forma inevitable, una habitación embargada por el olor de las almendras.
Lo más destacado de sus relatos, junto con su extrema originalidad y el humor negro de muchos de ellos, es la naturalidad y la inocencia con que Ángel Olgoso puede narrar algo tan terrible como la interpretación literal de las frases hechas de «El futuro pertenece a nuestro alumnado» o la ternura con que afronta la pérdida cargada de remordimientos de un ser querido en «Tributo», la mezcla romántica y trágica de sufrir o imaginar la muerte de la persona amada de «La muerte desordenada» o «Los simunes del deseo». Además, y como es su sello personal, manifiesta la maestría de levantar falsas expectativas desde un título desconcertante como en «El octavo día de la semana» o «El confeti de nuestras cenizas» para adentrarnos en una narración que bien nos lleva desde lo común a la espiral de felicidad macabra que culmina con una última línea impactante, o bien establecer lo extraño e inquietante como regla para romperlo con la normalidad más absoluta.
Las alusiones al arte no son gratuitas, pues Ángel Olgoso concibe su literatura como los arquitectos de la antigüedad grecorromana que buscaban el estupor; él lo consigue con una literatura que cuida el detalle hasta el extremo, manejándonos a voluntad en relatos laberínticos que nos pierden o lanzándonos un dardo certero que nos hace replantearnos hasta lo más básico de nuestra existencia, utilizando a veces un vocabulario elevado y obscuro para, justo después, cambiar a un registro coloquial y de aparente simplicidad que no menoscaba sino que resalta la variedad de un estilo tan inabarcable como la propia muerte a la que homenajea en este volumen.
Ahora, el viaje parece acercarse a su fin cuando la barca arriba en «El purgatorio» y este autor, que durante noventa y nueve relatos se ha erigido en nuestro Caronte a través de la laguna Estigia, finaliza su obra y se dispone a descansar para toda la eternidad. Y nosotros, sin más remedio, nos apeamos con el convencimiento de que la muerte es infinita y en ella cabe hasta la inquietud, los rumores, la asfixia, la desesperación y, si ahondamos en ella, también la risa y el placer.
sábado, 17 de mayo de 2025
Cuatro relatos de "Estigia" en Amanece Metrópolis
Muchas gracias a Ana Fúster por cobijar en la revista cultural digital Amanece Metrópolis cuatro relatos breves pertenecientes a “Estigia (Eolas Ediciones).
DESIGNACIONES
Levantó una casa y a ese hecho lo llamó hogar. Se rodeó de prójimos y lo llamó familia. Tejió su tiempo con ausencias y lo llamó trabajo. Llenó su cabeza de proyectos incumplidos y lo llamó costumbre. Bebió el jugo negro de la envidia y lo llamó injusticia. Se sacudió sin miramientos a sus compañeros y lo llamó oportunidad. Mantuvo en suspenso sus afectos y lo llamó dedicación profesional. Se encastilló en los celos y lo llamó amor devoto. Sucumbió a las embestidas del resentimiento y lo llamó escrúpulos. Erigió murallas ante sus hijos y lo llamó defensa propia. Emborronó de vejaciones a su mujer y lo llamó desagravio. Consumió su vida como se calcina un monte y lo llamó dispendio. Se vistió con las galas de la locura y lo llamó soltar amarras. Descargó todos los cartuchos sobre los suyos y lo llamó la mejor de las salidas. Mojó sus dedos en aquella sangre y lo llamó condecoración. Precintó herméticamente el garaje y lo llamó penitencia. Se encerró en el coche encendido y lo llamó ataúd.
OCÉANOS DE CENIZA
Contraviniendo las normas jurídico-botánicas que rigen la ornamentación de cementerios (según las cuales nunca han de sembrarse en ellos especies vegetales capaces de ofrecer productos comestibles), he plantado árboles frutales de vivos colores orillando la tapia norte de nuestro minúsculo camposanto montañés. ¿Será por eso que ahora contemplo, espantado, esos frutos que cuelgan de sus ramas, cerúleos, helados, horrendos, como bulbos híbridos, como homúnculos o creaciones imperfectas y caprichosas exudadas de las esencias sacras de nuestros antepasados? ¿Será por eso que crecen con tanta reciedumbre, como si buscasen una perduración plena, ayudados por la sangre que vuelve?
LOS BUENOS CALDOS
En la anochecida, cuando el extraño pasó a nuestro lado, le abrimos el cráneo con el grueso sarmiento que usamos en estas ocasiones. Un solo golpe, certero y sin rabia, nada más. El sombrero que el desconocido llevaba requintado en la cabeza rodó como a diez pasos. Mi hermano lo levantó del almagre y se lo puso en la suya. Sería un buen año aquel. Encendimos el candil. Su luz hizo rebrillar las palas. Nos remangamos y estudiamos con curiosidad el cuerpo durante unos segundos antes de enterrarlo al pie de una cepa, primorosamente, bien encamado en la hondura, como manda la tradición en vísperas de vendimia, para que su sangre retinte las uvas, para que su cecina nutra las raíces y rice los pámpanos, para que sus huesos den vigor a esta tierra requemada por la calígine y pongan a crecer el viñedo hasta que corran los jugos, nobles, únicos, virtuados por su secreto fermento.
EL ESPEJO
El barbero tijereteaba sin descanso. El barbero afilaba una y otra vez la navaja en el asentador. Clientes de toda laya acudían al local, abarrotándolo. El barbero manejaba las tijeras, el peine y la navaja con velocísimos movimientos tentaculares. Ser barbero precisa de unas cualidades extremas, formidables, exige la briosa celeridad del esquilador y el tacto sutil del pianista. Sin transición, el barbero despojaba a la nutrida clientela de sus largos mechones, de sus desparejas pelambres, señalizaba lindes en el blanco cuero cabelludo, se internaba en sus orejas y en sus fosas nasales, sonreía, pronunciaba las palabras justas, apreciaciones que sabía no serían respondidas, mientras los clientes miraban sin mirar el progreso de su corte en el espejo, coronillas, nucas, barbas cerradas, sotabarbas, patillas de distinta magnitud, luchanas, cabellos que planeaban incesantemente en el aire antes de caer formando ingrávidas montañas: el barbero nunca imaginó que el pelo de los cadáveres pudiera crecer con tanta rapidez bajo tierra.
martes, 13 de mayo de 2025
Prólogo de "Viajes y otros desatinos"
Comparto el prólogo que escribí para el espléndido libro colectivo “Viajes y otros desatinos” (Ed. Támesis), y que presentamos en la Feria del Libro de Granada. Un volumen versátil que merece la pena, relatos físicos y mentales, alegres y melancólicos, horizontales y verticales, con equipaje y sin él, relatos sensoriales, solidarios, panorámicos, existenciales, relatos que hacen viajar hacia fuera y hacia dentro.
<<Tenemos entre las manos una incitadora invitación a otros mundos, a latitudes distantes, un canto de amor a las travesías, a los tránsitos interiores, a los trayectos misteriosos o confortadores de los libros, como lo es “Bookcrossing”, el relato que abre irónica y atinadamente esta obra colectiva de título a la vez rotundo y sugestivo, este pasaporte a treinta y siete jugosas expediciones: Londres, Milán, Papúa, Argentina, un pueblo de Castilla, pero también a la añoranza de la infancia, de la juventud y del amor, al ‘refugio ansiado, confortable, del hogar’.
”En lugar de Rocinante, aviones y autobuses”. Puede que los meros desplazamientos sean el inevitable signo de los tiempos, no obstante el lector seguirá hallando en estas páginas el fuego inextinguible del viaje. Turistas, sí, pero además viajeros, caníbales, emigrantes en pos de raíces nuevas, antigüedades engañosas que abolen el tiempo, niñas convalecientes que viajan con la imaginación. En sus historias, los trenes tienen el olor de un animal milenario, los rayos de sol son orugas de oro, las ancianas huelen a jardincillo, se cumplen las ofrendas a la Pachamama, Lorca aún está vivo en un hotel de Lanjarón, las gárgolas parlantes salen a planear por las noches sobre París, el perfume aletea alrededor de una persona como gaviotas tras un barco de pesca, un perrillo alegre se interna en una profunda comunicación con la especie humana como en una deliciosa escaramuza...
Es este un cuaderno de viaje completado a veinte manos por diez amigas letraheridas (integrantes por cierto del Laurel de la Azotea, civilizado y urbano grupo literario que se reúne en Granada), una bitácora de huidas, de encuentros, de anhelos, de despedidas, de umbrales enigmáticos que hay que cruzar. Sus personajes deambulan o vuelan literalmente, son parasitados por el paisaje, luchan contra las limitaciones o las convenciones, se orientan en el espacio ancho del campo o se desorientan en el angosto de un ascensor, algunos no comprenden que ‘las mujeres también somos seres viajeros y sexuados’, otros rompen el cerco e intentan escapar de las redes de citas, compromisos y proyectos, de las lianas de relaciones humanas a veces asfixiantes o lóbregas, del vértigo oscuro de uno mismo en busca del silencio, la soledad y la calma, o sencillamente del simple crisol natural del mundo.
Sorprende la calidad sostenida de todas las piezas narrativas, así como su versatilidad, todo ello hará del lector un nómada dichoso y entregado: la elegancia expresiva y psicológica de María Ángeles Barrionuevo, con ese cálido espíritu de los cuentos de O. Henry; las originales perspectivas de Carmen Bedmar, con sus enfoques secuenciales y panorámicos; la melancolía existencial de Ana Burgos, como si recogiera las pavesas del tiempo entre sus dedos; la brevedad luminosa de Elvira Cámara, con su mesurado exotismo; el detallismo sensorial de Isabel M. Martos y su buena mano para la evocadora descripción de los olores y para reproducir el gracejo del habla popular; la naturalidad y la realista espontaneidad de Luciana Montemezzo; la erudición irónica y cosmopolita de Ana Morilla; el clasicismo memorialista de Rosario Pérez; la potente intensidad de Alicia Ruiz, de orden social o sideral; y el erotismo poético de Marina Tapia, capaz de encender al lector ‘como la zarza que vio Moisés’.
En la mixtura vivificante de este volumen están contenidos los tres sabores del té: el primer trago (según se nos dice en “Cenizas”), suave como la vida; el segundo, dulce como el amor; el tercero, amargo como la muerte. Porque este libro habla también del viaje sin retorno, con sus marchas inesperadas o injustas. Y del desazonador viaje de la edad, de las huellas del paso del tiempo y de las enfermedades sobre los cuerpos y las vidas. Quizá sea la curiosidad por lo que está lejos, por lo que permanece fuera del alcance, la indagación del prójimo, de ‘lo otro’, la piedra imantada que ha guiado a las creadoras a componer al alimón esta espléndida gavilla de relatos. Puede sin embargo que el estímulo haya partido del azar -‘la forma en que funciona la vida misma’-, o tal vez del amor, sobre todo el amor a los libros y a la gente, puesto que es bien sabido que el mundo se sostiene en él.
Como se nos informa en “Archibald, le chef rôtisseur”, los korowai -que se creían los únicos habitantes de la Tierra- se comían a los viajeros al creerlos espíritus malignos que habían tomado la forma de seres humanos. El lector no corre tal peligro al acercarse a este volumen; más bien al contrario, como mínimo podrá llenar varias horas de ‘una alegría inesperada y tenue’, incluidos el humor y la nostalgia. En cualquier caso, en esta miscelánea escrita íntegramente por mujeres cada una de las autoras opera enriqueciendo y fortaleciendo los textos de las demás, multiplicando las emociones, acumulando visiones y moldes audaces, logrando que convivan en estrecha compañía lo sórdido y lo doloroso, lo grácil y lo mordaz con imágenes de belleza, solidaridad y ternura inefables.
Al parecer, hace más de cien años, cuando las señoras de París iban a la ópera solían detenerse a comprar patatas asadas, que colocaban en el interior de sus manguitos para evitar así, durante la representación, el frío propio de una sala grande sin calefacción. Como el esponjoso tejido de aquellos manguitos, estoy seguro de que tras leer “Viajes y otros desatinos” nuestra mente y nuestro corazón guardarán el calor de estas historias mientras asistimos, a la intemperie, a nuestra propia representación en el vasto e inclemente recinto del mundo>>.
jueves, 3 de abril de 2025
“La larga digestión del dragón de Komodo” en Youtube
“La larga digestión del dragón de Komodo” en Youtube: ‘Relatos Breves con Miriam Salinas. Cuentos diarios de menos de 2 minutos’.
LA LARGA DIGESTIÓN DEL DRAGÓN DE KOMODO
Alrededor de las once de la mañana, a petición mía, el vehículo oficial del Ministerio me deja ante la vieja casa -ahora abandonada- donde viví cuando era niño. El asistente dobla mi abrigo en su brazo, esperándome. Aplasto el puro contra la acera deshecha. Sin pena, sin ternura, puede que con suficiencia y hasta con un ligero asco, veo el zócalo gris ratón, la puerta carcomida, los escombros de la salita. Subo las mismas escaleras que cuarenta años antes me llevaban al pequeño dormitorio. Los balcones están cerrados. Parece de noche.
-¿De dónde vienes a estas horas, sinvergüenza? -Es el vozarrón de menestral de mi padre, repudiando una vez más mi conducta.
Bajo la cabeza para tolerar el horror. Miro mis pantalones cortos, mis zapatitos embarrados que se tocan por la puntera buscando un arrimo, un cálido refugio. En la penumbra, mi padre hace un movimiento amenazador, como si inclinara su cuerpo hacia delante. Oigo un eco familiar, ese roce seguido de un chasquido que se escucha cada vez que mi padre se quita el cinturón.
(“La máquina de languidecer”, Páginas de Espuma, 2009)
jueves, 5 de diciembre de 2024
Reseña de "Sideral" por Luis Cerón, en Culturamas
‘Sideral’, de Ángel Olgoso: Sublime cosmovisión literaria
Por Luis Cerón Marín
<<La literatura es la máxima expresión artística departida gracias a la lengua. Y el idioma es el vehículo conductor que hace posible la traslación de ese lenguaje que el autor quiere plasmar en la obra literaria, más allá de ser su composición un intercambio lingüístico radicado entre la relación establecida, obviamente, entre las personas emisora y receptora. A diferencia de un discurso ofrecido como gramático, prosaico y meramente comunicativo, el discurso literario va más lejos de lo que la obra verbal pudiera ofrecer a simple vista. Representa, en suma, una relación muy estrecha con todo lo que atañe a la dimensión estética. Tanto es así, que podríamos decir que la obra literaria pretende denotar una visión más amplia y filosófica. Por esa vertiente discurren los cauces de expresión más profundos del alma humana. Y para exponerlos en el papel (o piedra o papiro o pequeña tabla de arcilla) se necesitan nuevas formas para transmitir esos contenidos. Y dentro de esa amalgama existente de maneras innovadoras caben diversos géneros literarios. Entre ellos, el género narrativo; y dentro de él, el relato breve; y más adentro, la ciencia ficción. Una vez dispuestos los utensilios y artificios varios para gestarlo, tan solo resta hallar autores o autoras que den rienda suelta a sus visiones, percepciones u ocurrencias varias. O sea, dejarse llevar por el torrente desbocado que constituye la imaginación. Y escritores como Ángel Olgoso reúnen toda esa retahíla de requisitos previos a la composición de una obra literaria.
"Sideral" es el título del nuevo libro de relatos de Ángel Olgoso, de este ingente hacedor de historias granadino, un narrador clave para entender el devenir del relato breve en España. El estudio de su obra merece ser degustado debidamente. Y es que su impronta literaria es tan propia como amena. Ante esta situación, nosotros, los lectores, únicamente tenemos que dejarnos llevar por el deleite sumo de su lectura para dejarnos transportar a otros ámbitos más recónditos e inimaginables, a priori. Pues bien, este libro reúne a la perfección todos los ingredientes necesarios para que nuestra inmersión en sus relatos no nos deje indiferentes. Porque Olgoso no crea su cosmología literaria a vuela pluma. Su profundo corpus fantástico nace, más bien, de la anatomía de un instante sin parangón, en el que cualquier hecho, segundo (o milésima del mismo), destello o nota desbordante acaecidos pasan a ser los eminentes protagonistas del relato, dentro de una atmósfera mágica en la que la idiosincrasia de los acontecimientos que van aconteciéndose se nos ofrecen surrealista y patafísicamente sin plan alguno, tan solo imbricados por la inercia fantástica que destila la escritura de nuestro autor.
Sirvan como ejemplo relatos tales como ‘El espanto’, en el que la descripción enérgica, rápida y emotiva que Olgoso nos ofrece parece estar trazando un boceto en espiral, yendo de un menor bucle inicial a una mayor ondulación léxico-semántica: "Y su efecto hace que, de pronto, tenga del hombre la percepción -repugnante en el más genuino sentido de la palabra- de algo como una langosta"; o la ‘Historia del rey y el cosmógrafo’, en el que nuestro escritor destape el tarro de las mil y una esencias inimaginables gracias a su locuaz inventiva: "Se dijo que aquel día, hasta su declinación, obraron más extraños prodigios en la sala del trono: brisas del lejano sur soplaron sobre los tapices, se oyó al aire restallar…; […] y después, con cada giro del globo, los aromas tomaron voz […] nueces de cayú…, incienso árabe…, parras y olivos…, violetas de presbiterio..." Todo nos está ofrecido como un placer engalanado. Se nos dispone, por tanto, un buen compendio de luz y color y una exposición de movimiento y estatismo excelentes. Tanto es así, que Olgoso nos consigue sumergir en ese ambiente ideal, en ese locus amoenus tan propicio para soñar otros mundos. "El conjunto se ve reforzado por la placidez del momento, por una calma sobrenatural..." Todo ello nos produce "terror a no ser más que una fotografía". Pero es que nuestro escritor también resulta innovador en el manejo de la técnica narrativa. En ‘La aurora de Zürn’ podemos ver cómo, sin olvidar tampoco su innata capacidad de percepción, nos sigue cautivando gracias a su agudeza y arte de ingenio. En esta ocasión, el autor habla en primera persona constatando así una mayor implicación epistolar, si cabe, a la hora de escribir este relato: "Se me permite salir en ocasiones especiales del lugar en que me oculto"; y prosigue, así: "[debido a] esta raza abominable e inmunda a la que ahora pertenezco". El texto habla por sí mismo. Cobra relevancia per se. Siguiendo con esta entelequia, otro aspecto a destacar es la comicidad que existe en algunos relatos, como ‘La cámara Limehouse’, en el que […] "una cámara catóptrica provista de lentes, espejos y prismas producen un resultado formidable al aplicarse sobre la adecuada zona cerebral del moribundo", cuya perspectiva inicial es, en principio, "balbuceante", tanto que semeja "un infusorio incipiente". Y Olgoso lo hace modelando un caso de transfiguración plena entre realidad y ficción. Muy bien conseguido. Al igual que la evocación onírica latente en ‘El mundo en el año uno antes de la nada’, relato en el que Olgoso hace gala de una miscelánea óptica mitológica que nos adentra en unas imaginarias profundidades abisales…: "Sin sus arcanos, el Universo no sería más que un puñado de polvo en una violenta tempestad". O el cálido fervor erotizante que suscita ‘Iris’, una pieza relevante de este libro. Podría escoger diversos fulgores de este relato. Cualquiera valdría, ya que el irisado resultado ofrecido es sublime. El lector es transportado a los confines de todo ente físico, palpable… hasta hacerle llegar a una sensación de clímax total: "La velocidad y la quietud total se funden en una noche cegadora. Me voy a pique". O el final de ‘Biomórfico Canal Trece’, que como si tal cosa (como si nada fuera), reza así: […] "y las borboteantes esquirlas de espuma no hallaron entre las olas al tembloroso destello con el que siempre jugaban". Inmejorable. O la ternura humanizante que constituyen las almas del astrónomo Ennio Torrese y del leñador Tanabe, protagonistas de los relatos ‘Materia oscura’ y ‘Los mil cerezos de Yoshitsune’, respectivamente; dos pequeños sujetos cuya sensibilidad va más allá de simples observaciones rutinarias: "A Ennio le gustaba contemplar las blancas aspas de los aerogeneradores que se extendían, como el vello erizado de un antebrazo gigantesco, a lo lejos, sobre la línea descendente de las colinas…"; sobre Tanabe, decir que "era bueno, alegre y hospitalario, pero su ejemplar condición y su amor por todos los seres se empequeñecían frente a la curiosidad que sentía por todas las cosas".
Y podría citar más ejemplos de la fantástica prosa del escritor que nos ocupa. Son tantos los detalles de este astral espectro de lo desconocido, que no resulta fácil poder abarcarlos. Sucumbir a tal deleite no está exento de riesgo. La inspiración y la constancia creadoras de Olgoso son tan profusas como un eminente surtidor de cristalinas aguas, cuyo parterre de frutos silvestres y destellos de fatuas llamas dinamiza a la perfección el matiz predominante que late en el relato. Nada queda al azar. Toda textura tratada en este inusual libro está amenizada por una impronta caótica, inusual y ajena a toda lógica circundante. He aquí el innegable efecto de la ciencia ficción que entinta, espolvorea y baña las entrañas que anidan en este "Sideral" concepto, que tan gratamente enmarca el también escritor y filósofo Juan Jacinto Muñoz-Rengel. Ante esta situación, lo mejor es que el lector se adentre en él y se deje llevar por el innegable rumbo indeleble que late en esta sublime cosmovisión literaria>>.
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