He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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jueves, 23 de julio de 2026

Prólogo de "El mar interior y otras ingladuras", de Antonio Sancho

Un placer y un privilegio haber escrito el prólogo de “El mar interior y otras singladuras” (Grupo Pandora), libro de relatos de Antonio Sancho Villar, fantástico en su doble sentido e ilustrado profusamente a todo color por Kim Aubert, mítico historietista de El Jueves. Os dejo con mis palabras, como aperitivo de otra de las maravillosas ediciones de tirada reducida a las que nos tiene acostumbrados el gran Pedro Tabernero:




<<COMETAS BICÉFALOS QUE CRUZAN EL CIELO.

Como sabemos, la literatura maneja una segunda realidad, y esta es tan firme como la primera, aunque no tiene las mismas leyes: ofrece una realidad transfigurada, profundizando en el conocimiento de la primera. Antonio Sancho Villar forma parte de ese grupo de autores jóvenes que vienen despuntando, y que, aunque no desprecian el realismo y lo cultivan sin remilgos, lo enriquecen al prestar la debida atención a lo imaginativo, a lo fantástico, como el granadino Alejandro Molina, el valenciano Javier Navarro o el mexicano Juan Antonio Tamez-Elizondo. Todos ellos, partidarios de la invención, “cometas bicéfalos que cruzan el cielo”, son capaces de tornasolar sus obras con esas aves que no hay y esas rosas que no se marchitan de las que hablaba el añorado Cunqueiro, profeta celta de las ensoñaciones y las leyendas, nutricio en milagros, sirenas y ciudades sumergidas. Todos ellos profesan admirablemente, y casi a contrapelo, un gusto por las historias insólitas, extraordinarias, especulativas, delirantes, por los sabrosos desvaríos de la percepción, por los gabinetes de maravillas. Para todos ellos, la quimera de lo fantástico es realidad evidente y no hay que presentarla en bruto sino nimbada por el misterio y el escalofrío. Según José María Merino -otro eximio cultivador de lo irreal, de lo intranquilizador, de lo fabuloso, de lo ‘unheimlich’-, la literatura debe hacer la crónica de la extrañeza. Para que los artistas puedan considerarse como tales, quizá sea una condición indispensable el hecho de no ver nunca las cosas como son, de persuadir a sus semejantes a mirar más allá de la rutilante pero fina y engañosa piel de la realidad -si es que tal cosa existe-, de sembrar la duda en el lector sobre la verosimilitud de lo narrado, de inocularles una desazón irresoluble, una perplejidad no exenta de nostalgia por un mundo distinto al que nos toca vivir.

“El mar interior” y otras singladuras” es un magnífico ejemplo de cómo alinear el asombro con eficacia y naturalidad en el friso de lo habitual. Entre sus páginas, el lector encontrará ”licores llenos de ensueños y odiseas”, mares interiores, fantasmas y grimorios, caníbales y arponeros, ganado unicorne y taxidermia humana, ocultistas, mascotas fieles más allá de la muerte, pipas de espuma de mar con un diminuto mascarón de proa tallado en forma de ondina, micromundos delirantes encerrados en las cabezas de los locos. Entre estos “apocalipsis en miniatura”, entre estos desajustes cósmicos en los que se quiebra el orden natural, el lector se codeará con personajes fantasmales, con protagonistas que atraen los milagros, con almas en pena, con espectadores de la soledad y del horror del universo, encariñados con sus secretos, encerrados en pequeños infiernos hechos a medida, donde la mentira resulta más cómoda que la verdad, donde la cadena trófica, y el lugar que ocupas en ella, es lo único cierto.

Ya Casanova observó que la facultad de ver la verdad sólo se aviva en los seres humanos a través de un sobresalto o convulsión. Antonio Sancho posee un talento poco común para hacer soluble lo anómalo en lo ordinario, para favorecer en lo familiar lo imprevisto y lo fatal, y de manera más terrible por cercana e inesperada: desde las atractivas premisas, pasando por cierta concatenación de muñeca rusa en la narración, hasta las acertadas resoluciones, los intensos e inolvidables relatos de “El mar interior” satisfacen la sed de misterio, hacen sentir al lector “el hormigueo de lo imposible”, como un niño a la vez asustado y fascinado. Son relatos que se sitúan en esas equívocas y sugerentes fronteras entre la luz y la sombra, que demuestran a las claras que ”cualquier cosa que exista por mínima que sea, también los objetos inanimados, deja su huella fantasmal en la realidad”.

Algunas historias tal vez le podrán traer al lector la fragancia de Aldecoa o Dieste, otras de Roald Dahl o de Jean Ray. Pero en todas queda urdida un síntesis perfecta de lo real y lo fantástico, como la lograda por Torrente Ballester en Castroforte del Baralla, aquella ciudad imaginaria de su “La saga/fuga de J. B.”. Otro autor imaginativo que suscribiría sin duda las palabras que pone Antonio Sancho en boca de uno de sus personajes: “el mar es el representante en nuestro mundo de lo sobrenatural y lo mutable”. Y así se manifiesta en estos excelentes relatos, ya sea en ese mar que llega a Ardiza, la polvorienta ciudad de provincias, tras el capitán Ismael, o en ese mar interior bajo el Albaicín de Granada, con una isla repleta de tesoros. El mar, sonoro y poderoso, siempre haciéndose y rehaciéndose, navegando sin navegar, abre y cierra su colección de relatos del sevillano Antonio Sancho Villar, que alguna vez se definió como domador de tortugas y pacífico vendedor de teseractos. Nuestro autor, que repudia la estrecha senda que lleva a la cárcel de la razón, no sólo no tiene miedo de dejarse llevar por lo fantástico de sus historias (como en cierto modo le ocurría a Joan Perucho y Bioy Casares) sino que porta con brío su lumbre.

”La literatura es un pobre sustituto para el mundo de maravillas que se abre tras la muerte”, se lee en estas páginas no exentas de mirada irónica. Sin embargo, tras la lectura de “El mar interior”, donde tienen predicamento y posada los embelecos de la imaginación, dan unas ganas irrefrenables de quedarse a vivir entre sus fabulaciones y trances, entre sus sorpresas y prodigios, de convertirse también ahí en un feliz fantasma>>.

martes, 24 de febrero de 2026

Prólogo de "Cronotopos" por Marina Tapia

Impagable regalo este prólogo que Marina escribió para “Cronotopos”, el libro de gran formato ilustrado a todo color por el maestro Antonio Madrigal y publicado por Pandora.



<<DOMESTICADOR DE RELÁMPAGOS.

Jamás pensé, y menos aún en mi Chile natal, que un día conocería a un caballero de la Tabla Redonda: Ángel Olgoso es un Sir Galahad de la escritura, un caballero puro, fiel a sí mismo, a su insobornable independencia, al valor supremo de escribir con total libertad, a defender la belleza y riqueza del lenguaje así como la exigencia literaria y la inteligencia del lector, con plena entrega a su tarea. Un Don Quijote que ha cabalgado entre dos siglos hechizándonos con el fuego de su imaginación y con la intensidad de sus historias.

Recuerdo la primera vez que escuché una de sus historias, hace trece años, la leyó él mismo en el Aljibe del Rey, un mágico y alhambresco enclave. Su relato “La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos” envolvió y conmovió a todos los presentes, fue como escuchar un texto que estaba más vivo aún que el mismo espacio natural que nos cobijaba. Hablaba de un mar compuesto de cuerpos muertos que se superponen formando las olas y que, cómo no, evocaba a nuestro Mediterráneo, tan enlutado por las pérdidas de vidas humanas a causa de las migraciones, pero también por la sucesión de los siglos y siglos que contiene. Ángel sabe arrastrar a los lectores a su terreno; por eso, cuando se le lee, uno se vuelve inevitablemente un ‘olgosiano’, desea con adicción habitar esos mundos que él convoca, vibrar con los acordes medidos de su narrativa. Entramos a ese habitáculo construido por él no sólo a través de la potencia de sus imágenes, de su lenguaje colorista y escogido con minuciosidad, accedemos a ese camarín mágico gracias a un despliegue intencionado que es capaz de poner en funcionamiento al mismo tiempo nuestros cinco sentidos: todo nuestro cuerpo y sensibilidad se despiertan, como de un sueño o un letargo, bajo la fascinación y el influjo de su escritura. Letras de fuego y letras empapadas sutilmente con el sello de su lugar de origen: el sur de la península, Granada. Letras mestizas, deliciosamente mixturadas. Letras que son taracea en movimiento, azulejos reflejando realidades paralelas, posibles e imposibles, abovedados que amplían los dictados de la imaginación. Así como Valparaíso ha donado a mi poesía su marca de inventiva, nostalgia o el azul rubeniano, la escritura de Ángel aviva y mantiene el empaque y la exquisitez de los reinos dorados del sur, siendo a la vez, universal y única.

Creador de un mundo propio, poético e inquietante (setecientos relatos, varios volúmenes misceláneos, un poemario de haikus y un centenar de collages), autor de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica, soñador que hace viajar al lector por mil espacios distintos, y que cuenta historias que nos representan a cada uno en singular y a todos como especie. Los que lo leemos con asiduidad agradecemos: su variedad de temas y registros, las abundantes lecturas que se traslucen y que dan perspectiva y profundidad al texto, su búsqueda de un contar estético pero a la vez cercano en su plasticidad, su gusto por las citas y datos singulares que preserva para nosotros, su calidad en medio de tanta publicación comercial, su ironía revitalizadora. Ángel es capaz, con el simbolismo de sus relatos, de transfigurar la realidad y de resumir la condición del ser humano en una gota de rocío o de cifrarla en una galaxia, se ha mantenido siempre fiel a la divisa patafísica de su caballería: “Me esfuerzo de buena gana en pensar cosas en las que pienso que los demás no pensarán”. Una ‘rara avis’, por así decirlo, un creador genuino, discreto en la vida real y aguerrido ante el folio en blanco. Los que hemos tenido la suerte de convivir y relacionarnos con él, sabemos cómo su timidez se vuelve arrojo para narrar, para desarrollar su vocación, para darse a los demás a través de palabras impresas e impregnadas de su dialogar interno.

Mi percepción es que el motor que mueve a Olgoso es la búsqueda de la belleza, de una especial, aquella que va más allá de lo definido. Belleza en el lenguaje, y en la mirada que acoge lo más auténtico e indestructible de los alimentos terrestres. Percibo ese impulso en él, ese afán por acoger, por compendiar los saberes y experiencias, por prenderse a la vida −real e imaginada− como grácil semilla. Un escritor de nacimiento, según mi parecer, ya trae la chispa inquieta del decir en sus ojos (también en los que se abren desde el interior). Observa, recorre lo que ve, intuye los estratos que forman cada elemento, cada hecho, sus capas de pasado, lo que ha quedado escondido, la luz y las sombras. Y de esa capacidad de observación hace gala Ángel, la trae en sus genes, es su cimiento, su viga maestra.

En el relato que viene a continuación, los lectores gozaremos de un mundo rebosante en el que se despliegan todas estas virtudes. En él encontraremos, además, personajes misteriosos y a la vez desenfadados, organizaciones secretas, diálogos filosóficos, nuevas posibilidades del tiempo y el espacio, horizontes que difícilmente antes imaginábamos. “Cronotopos” es una joya que engalanará nuestra biblioteca. Un libro plástico y conceptual, un libro para leer, releer y disfrutar visualmente. Un volumen de los que el autor tanto aprecia: arte con palabras y arte con pintura, ambos unidos en estrecho abrazo.

Dejémonos llevar por el lúcido fogonazo de este domesticador de relámpagos, de este caballero que no sólo no lucha contra los encantamientos sino que los provoca, dejémonos seducir por una literatura que deja huella>>.




domingo, 1 de junio de 2025

Del prólogo de Ana María Shua a "Estigia"

Del prólogo de Ana María Shua para “Estigia” (Eolas):

<<Cuánto más tranquilos estaríamos si solo se tratara de cruzar el Estigia. Solo que nada es tan simple cuando nuestro Virgilio se llama Ángel Olgoso. No en vano nuestro guía es autor de libros de relatos tan hermosos y perturbadores como “Los demonios del lugar”, “Las frutas de la luna” o “Breviario negro”, con esa prosa de maravillas que fascina; y de un libro bellísimo, “La máquina de languidecer” (los mejores microrrelatos que he leído en España). No en vano la categoría de ‘fantástico’ es insuficiente para definir sus cuentos antirrealistas.

Nuestro guía no escamotea ningún recurso para sorprender y perturbar al viajero, y maneja con maestría registros muy diversos. En él conviven estilos aparentemente opuestos. Elige una prosa barroca, compuesta por oraciones complejas y palabras poco frecuentes (pero maravillosamente sonoras), una prosa que se apresta a deslumbrarnos. Pero cuando es necesario, también puede sorprender al lector con un estilo mucho más simple, limpio y filoso como un cuchillo.

Olgoso nos hacer viajar en el tiempo, en el espacio, nos sumerge en la angustia de la transmigración, pero además nos pasea por las personas gramaticales. Todos los trucos son válidos si se trata de provocar el desasosiego del lector, juega con las posibilidades como un mago insondable al que siempre le queda un ardid más, listo para asombrar.

Olgoso no pretende encontrarle una definición única a la muerte. Porque en realidad no estamos hablando de la muerte sino de la vida y de la literatura, una de las mejores maneras de burlar a la muerte, de distraernos y olvidarnos por un breve lapso de nuestro destino>>.




martes, 27 de mayo de 2025

Una delicia el nuevo libro de José Luis Gärt, “La dama de Amberes” (Entorno Gráfico Ediciones), y no sólo para melómanos. Comparto el prólogo que tuve el privilegio de escribirle:



<<Monterroso pensaba que la buena narrativa tiende por lo general a la sátira, que en el fondo de todo buen novelista o cuentista hay alguien con un látigo. Es la misma idea de Gorki de que el escritor debe estar siempre contra la sociedad. La obra de José Luis Gärt -autor de novelas, de relatos, de heterofactos y de obras de teatro estrenadas o publicadas- es también la de un hombre en desacuerdo absoluto con su época, y sus textos suelen derivar casi siempre en reflexiones que trascienden el marco argumental, en formatos que transgreden las convenciones académicas. Sin embargo, ”La Dama de Amberes” posee la engañosa apariencia de una novelita histórica, el narcótico encanto del folletín bien temperado. Pero la conmovedora historia de amor entre Andreas y Eunice, de su lucha contra el demonio del opio y contra la crueldad del prójimo, va más allá de la vida y viajes del pelirrojo suizo Andreas Vogel; del milagroso talento musical de aquel joven pastor que abandonó las montañas -donde sólo había improvisado cancioncillas en una flauta- en busca de la instrucción del maestro veneciano Girolamo Kapsberger; que nunca conocería los secretos del pentagrama pero era capaz de improvisar composiciones de un encanto magnético sin igual, de arrancar a la tiorba con funda de pieles de conejo que le fabricara el luthier Zacarías Gaillard, gitano errante, arpegios inconcebibles, melodías que detenían el tiempo y la respiración, “belleza a raudales, belleza sin palabras, belleza indiscutible y objetiva”. Va más allá del ‘Descensus ad Inferos’ de la jovencísima expósita y mulata Eunice Lemaitre, de cristalina voz.

La música es una experiencia que elude el lenguaje y se resiste a la comunicación. Para Gärt, ”aunque las palabras puedan caber en la música, ésta no puede ser albergada en el interior de las palabras”. No obstante, quizá lo mejor, lo más extraordinario de esta ‘nouvelle’ -aparte de su final descolocador, dinamitador- sean las sensuales descripciones que nuestro autor logra de los efectos de la música en los afortunados oyentes, cómo se apodera de ellos desde el primero al último compás, cómo les sobrecoge, cómo les hace levitar, cómo les deja sin aliento, el estado de abandono en que los suma el contrapunto de ‘aquella cascada de hermosura’, de aquellos requiebros de amor, de aquellas palabras que no existían, de aquello que deja en su alma la última nota, “la nostalgia de los paraísos perdidos”, “un vuelo de ensueños, un turbión de aguas que me arrastraban hacia abismos infinitos, hacia lo más profundo de mi interior. Aquellos sonidos eran puro opio”. Evidentemente, el arte sin una relación con lo invisible, con el misterio, es letra muerta. Y la música, ese arte invisible, inmaterial, que “nace para morir, para evaporarse en el instante”, es un arte efímero y misterioso, como nosotros y nuestra memoria.

Mención aparte merece Pieter Hofmannsthal, el Holandés, ‘deus ex machina’ de esta novela, comerciante naval inmensamente rico y dueño de La Dama de Amberes, “uno de los mejores navíos que surcaban el océano Índico, cuyas bodegas transportaban a Europa el opio más refinado que circulaba en los mejores fumaderos”. Un personaje descreído, incapaz de conmoverse o llorar, sentado en su trono capitoné, alguien que parece hecho de la misma sustancia que el tiempo, capaz sin embargo de valorar el singular portento de Vogel, la excelsitud de aquellas notas sin partitura, de aquella tiorba dotada de magia. La música como moneda de cambio. El oro del arte por el barro del comercio, un lujo inefable por otro mostrenco. Durante una semana, cada noche, a oscuras según las instrucciones del Holandés, exclusivamente para él, el suizo se propondrá arrebatarle los sentidos con una música que sólo está en su cabeza, una música que nadie hasta ahora había escuchado, una música que poseía sabor, una música adictiva capaz de extraer gemas de alegría y tempestades de dolor. “El valor de lo improvisado debe quedar en el instante”.

Apunté antes que José Luis está en desacuerdo absoluto con su época, que abomina de unos tiempos depauperados y resecos como la piel de Eunice tras su paso forzoso por los burdeles, unos tiempos zafios y desangelados que malversan la imaginación y la belleza. Y lo deja bien claro en el sorprendente cambio de punto de vista de un final desatado, un final que revienta a placer la premisa y las costuras de la trama, un final donde la idea se vuelve carne y viceversa, donde se desarraiga literalmente al lector. Así como en el listado final de dedicatorias a lo más fino de la civilización, representantes todos del arte musical en los siglos XX y XXI. Ya lo dijo Tennessee Williams, el artista es el pájaro en la mina.

Resulta curioso -pero no extraño- constatar la coincidencia en las librerías de dos cartas de amor a la música, de dos apasionadas declaraciones por parte de dos melómanos, entrañables e ingeniosos amigos y enormes escritores: una reciente, “La novena” de Miguel Arnas Coronado, y esta ”La Dama de Amberes” de José Luis Gärt. Ambas novelas son ”una suerte de reflexión sobre el misterio de la existencia, la grandeza de la creación o simplemente la espiritualidad en sí misma”.

Suba el lector sin demora a bordo de La Dama de Amberes, navegue sobre el hálito invisible hacia la Arcadia, vibre con las armoniosas notas que destiló aquel prodigio de Vogel (chaconas, madrigales, lamentos, sonatas, tarantelas o motetes), “sobrecogido ante la enorme grandeza de aquella pequeñísima música”, testigo privilegiado y completamente ausente de este mundo, “como si la última nota dejara en el aire una pregunta sin respuesta”>>.



martes, 13 de mayo de 2025

Prólogo de "Viajes y otros desatinos"

Comparto el prólogo que escribí para el espléndido libro colectivo “Viajes y otros desatinos” (Ed. Támesis), y que presentamos en la Feria del Libro de Granada. Un volumen versátil que merece la pena, relatos físicos y mentales, alegres y melancólicos, horizontales y verticales, con equipaje y sin él, relatos sensoriales, solidarios, panorámicos, existenciales, relatos que hacen viajar hacia fuera y hacia dentro.



<<Tenemos entre las manos una incitadora invitación a otros mundos, a latitudes distantes, un canto de amor a las travesías, a los tránsitos interiores, a los trayectos misteriosos o confortadores de los libros, como lo es “Bookcrossing”, el relato que abre irónica y atinadamente esta obra colectiva de título a la vez rotundo y sugestivo, este pasaporte a treinta y siete jugosas expediciones: Londres, Milán, Papúa, Argentina, un pueblo de Castilla, pero también a la añoranza de la infancia, de la juventud y del amor, al ‘refugio ansiado, confortable, del hogar’.

”En lugar de Rocinante, aviones y autobuses”. Puede que los meros desplazamientos sean el inevitable signo de los tiempos, no obstante el lector seguirá hallando en estas páginas el fuego inextinguible del viaje. Turistas, sí, pero además viajeros, caníbales, emigrantes en pos de raíces nuevas, antigüedades engañosas que abolen el tiempo, niñas convalecientes que viajan con la imaginación. En sus historias, los trenes tienen el olor de un animal milenario, los rayos de sol son orugas de oro, las ancianas huelen a jardincillo, se cumplen las ofrendas a la Pachamama, Lorca aún está vivo en un hotel de Lanjarón, las gárgolas parlantes salen a planear por las noches sobre París, el perfume aletea alrededor de una persona como gaviotas tras un barco de pesca, un perrillo alegre se interna en una profunda comunicación con la especie humana como en una deliciosa escaramuza...


Es este un cuaderno de viaje completado a veinte manos por diez amigas letraheridas (integrantes por cierto del Laurel de la Azotea, civilizado y urbano grupo literario que se reúne en Granada), una bitácora de huidas, de encuentros, de anhelos, de despedidas, de umbrales enigmáticos que hay que cruzar. Sus personajes deambulan o vuelan literalmente, son parasitados por el paisaje, luchan contra las limitaciones o las convenciones, se orientan en el espacio ancho del campo o se desorientan en el angosto de un ascensor, algunos no comprenden que ‘las mujeres también somos seres viajeros y sexuados’, otros rompen el cerco e intentan escapar de las redes de citas, compromisos y proyectos, de las lianas de relaciones humanas a veces asfixiantes o lóbregas, del vértigo oscuro de uno mismo en busca del silencio, la soledad y la calma, o sencillamente del simple crisol natural del mundo.

Sorprende la calidad sostenida de todas las piezas narrativas, así como su versatilidad, todo ello hará del lector un nómada dichoso y entregado: la elegancia expresiva y psicológica de María Ángeles Barrionuevo, con ese cálido espíritu de los cuentos de O. Henry; las originales perspectivas de Carmen Bedmar, con sus enfoques secuenciales y panorámicos; la melancolía existencial de Ana Burgos, como si recogiera las pavesas del tiempo entre sus dedos; la brevedad luminosa de Elvira Cámara, con su mesurado exotismo; el detallismo sensorial de Isabel M. Martos y su buena mano para la evocadora descripción de los olores y para reproducir el gracejo del habla popular; la naturalidad y la realista espontaneidad de Luciana Montemezzo; la erudición irónica y cosmopolita de Ana Morilla; el clasicismo memorialista de Rosario Pérez; la potente intensidad de Alicia Ruiz, de orden social o sideral; y el erotismo poético de Marina Tapia, capaz de encender al lector ‘como la zarza que vio Moisés’.


En la mixtura vivificante de este volumen están contenidos los tres sabores del té: el primer trago (según se nos dice en “Cenizas”), suave como la vida; el segundo, dulce como el amor; el tercero, amargo como la muerte. Porque este libro habla también del viaje sin retorno, con sus marchas inesperadas o injustas. Y del desazonador viaje de la edad, de las huellas del paso del tiempo y de las enfermedades sobre los cuerpos y las vidas. Quizá sea la curiosidad por lo que está lejos, por lo que permanece fuera del alcance, la indagación del prójimo, de ‘lo otro’, la piedra imantada que ha guiado a las creadoras a componer al alimón esta espléndida gavilla de relatos. Puede sin embargo que el estímulo haya partido del azar -‘la forma en que funciona la vida misma’-, o tal vez del amor, sobre todo el amor a los libros y a la gente, puesto que es bien sabido que el mundo se sostiene en él.

Como se nos informa en “Archibald, le chef rôtisseur”, los korowai -que se creían los únicos habitantes de la Tierra- se comían a los viajeros al creerlos espíritus malignos que habían tomado la forma de seres humanos. El lector no corre tal peligro al acercarse a este volumen; más bien al contrario, como mínimo podrá llenar varias horas de ‘una alegría inesperada y tenue’, incluidos el humor y la nostalgia. En cualquier caso, en esta miscelánea escrita íntegramente por mujeres cada una de las autoras opera enriqueciendo y fortaleciendo los textos de las demás, multiplicando las emociones, acumulando visiones y moldes audaces, logrando que convivan en estrecha compañía lo sórdido y lo doloroso, lo grácil y lo mordaz con imágenes de belleza, solidaridad y ternura inefables.

Al parecer, hace más de cien años, cuando las señoras de París iban a la ópera solían detenerse a comprar patatas asadas, que colocaban en el interior de sus manguitos para evitar así, durante la representación, el frío propio de una sala grande sin calefacción. Como el esponjoso tejido de aquellos manguitos, estoy seguro de que tras leer “Viajes y otros desatinos” nuestra mente y nuestro corazón guardarán el calor de estas historias mientras asistimos, a la intemperie, a nuestra propia representación en el vasto e inclemente recinto del mundo>>.



domingo, 22 de septiembre de 2024

Mi prólogo de "Céfiro vuelve", de Lilian Cheruse, en el diario argentino Mirador



Mi prólogo de "Céfiro vuelve", de Lilian Cheruse, en el diario argentino Mirador:

<<Autora de dos volúmenes narrativos, “Lilian escribe” y “Vueltas locas”, y de dos obras de literatura infantil, “El cometa tiene un secreto” y “El avión celeste”, Lilian recoge ahora en “Céfiro vuelve” una nueva muestra, verdaderamente inspirada, de su talento para el relato. Pleno de variados registros y extensiones, nos reencontramos en este libro con el estilo cristalino, luminoso, tintineante, colorista y poético de Lilian, con sus imágenes genésicas o con su conmovedora sencillez, con sus infalibles toque de color local unas veces y exótico otras. En ocasiones, los textos toman prestado su material de la vida; otras, en cambio, lo toman del espejo empañado de la memoria, o de la historia, y del espejo sensual de la naturaleza.

Ante la imposibilidad de citar los numerosos relatos que componen el volumen, haré referencia a los que me han parecido más destacados: “Barranca arriba” tiene un equilibrio perfecto de los elementos poéticos y sensoriales, una sabia dosificación del tempo narrativo; es un texto precioso con un final perfecto, con su dosis de ambigüedad, de emoción contenida, con su proyección más allá de la historia. Un relato genial “Mi reino no es de este mundo”, con su sutil aroma a Denevi y a Buzzati, con todos los atributos del poder enumerados en el densamente trabado espacio del primer tramo; impresionante el parrafito final, y la conclusión contrastante, brutal y poética a la vez, tan liberadora. Excelente también “Alta mar en Pandemia”, cuya documentación para este cuaderno de bitácora proporciona una plena verosimilitud; la alternancia del avance del barco y de la pandemia, así como el paralelismo de los confinamientos, le dan vigor y profundidad a la narración, y una inquietante resonancia. “El canto del aire” es redondo, con un final sorpresivo pero de una coherencia absoluta, y su simbolismo encaja como un guante en la desasosegante y mustia época actual.

“El gato de los sueños” resulta muy colorista, brillante, casi ‘art déco’’, como una de las joyas diseñadas por René Lalique; las acciones en el sueño están integradas como muñecas rusas, y sus logradas sensaciones oníricas describen una especie de movimiento ondulante hasta el estupendo broche final. “El regreso de la barca”, tan plástico, posee una ambigüedad en el desarrollo que lo abre a distintas interpretaciones. En “Las llaves del reino” la autora sabe establecer, dosificar perfectamente la progresión y la complejidad psicológica de la situación y los personajes. Muy bien resuelto “El restaurador”, relato en la noble tradición fantástica del personaje misterioso y del objeto mágico. “La catedral sumergida” es un pequeño prodigio sensorial, colorista, musical, con ecos de Debussy y de Lord Dunsany. “Sombras de estanque” o el vértigo del dolor contado breve y limpiamente. “Revival de un mito”, una historia de amistad -o de amor- muy sensual sobre fondo onírico. “Ocho puntas”, otro texto de historias locales que se abre a inesperados puntos cardinales de la historia y la cultura. "La fuerza del débil" es claramente una ‘vendetta’ anunciada, y merecida, contra la condenada "cofradía" de los bancos, como muy bien la llama Lilian. “Del otro lado” habla de selvas, de colonos y civilizaciones perdidas, con su evocador hálito a Conrad.

También está el costumbrismo plástico y más narrativo de “Keops” y el costumbrismo vivísimo de “Aventura en Pecadores”; la riqueza expresiva del realista “Coto de caza”; el tapiz sensorial de “Hay nieblas en el cosmos”, con su lindo viaje en el tiempo; el vacío metafísico, casi sideral de la noche austral en “Larga noche”; o el exotismo a lo Schwob de “El pescador del Tigre”, facetado de detalles.

Mención aparte merecen microrrelatos como “Encantamiento”, una delicada filigrana, un fino bordado sentimental; “Caleidoscopio”, un texto hecho de impresiones, movimientos de cámara e imágenes; el micro poético “No existen cerrojos”; el estupendo microrrelato “Cortar por lo sano”, con la gradación perfecta de sus enunciados; el poético y a la vez concreto y detallista “Testigo en isla Mocha”, microrrelato atmosférico con final amplificador; o “Ese otro”, excelente micro sobre la fuerza de los anhelos (tener un hermano en este caso).

Y, para finalizar, un millón de gracias a la autora, a Lilian, por dedicarme “Gráfico de una leyenda” -hermoso pentagrama de conexiones en la distancia-, así como por sus sugestivas creaciones y por su entrañable amistad>>.


BIO

Lilian Haydée Cheruse:

Profesora en Letras, escritora y gestora cultural. Posgrado Internacional en Cultura y Comunicación (FLACSO). Ex Directora General de la Comisión de Cultura y Educación Concejo Municipal Rosario. Participación en programas radiales, televisivos y digital por medio de revistas, entrevistas y Canal TV + y eventos literarios. Recibió Diploma por labor cultural otorgó Movimiento Cultural Rosarino (2007). 2010, Diploma de Honor por labor Cultural e Interés Municipal del libro “Lilian Escribe”, por Concejo Municipal Rosario. 2019, Premio Madre Selva por Medios TV+ como escritora y aporte cultural. 2019 Interés Municipal por “Vueltas Locas”, narrativa y “El cometa tiene un secreto”, infantil. Autora de reseñas y prólogos. Ganadora 1 Concurso Infantil “Felices porque sí” con el cuento “El avión Celeste” (2021), Antología. Publicaciones digitales de Eos Villa Argentina e Internacionales. Publicó en mayo 2024 el libro “Céfiro Vuelve (microficciones) /La Mujer Azul” (Poemas).Autora de reseñas. Participa en Antologías internacionales. Asesora cultural de SADE San Pedro-Baradero y Miembro Concejo Asesor del Grupo Lectia/Arte y Cultura.




viernes, 22 de marzo de 2024

Prólogo de "Sideral" por Juan Jacinto Muñoz Rengel

Si os gusta viajar lejos, visitar otros mundos y otras dimensiones, habéis venido al lugar apropiado: “Sideral”. Podéis empezar sintonizando el fantástico prólogo de Juan Jacinto Muñoz-Rengel, verdadera síntesis del género y extraordinaria destilación de mi segundo volumen recopilatorio.



I

“Para indagar en los antecedentes de la imaginación extraterrestre de Ángel Olgoso, en su forma de soñar, cósmica, lúdica, preciosista, enumerativa, rizomática, a veces macabra y no siempre tecnológica, tendríamos que ser mucho más ambiciosos.

Habríamos de revertir toda la historia de la civilización, sobrevolar más de dos mil años y situarnos en la épica apocalíptica del poema sumerio de Gilgamesh, para así buscar la inmortalidad con la misma valentía que lo hacen los personajes de nuestro autor en la expedición del volcán de la Montagne Pelée.

Deberíamos surcar continentes y arribar a la India, para asombrarnos ante las naves espaciales, los vimanas, que aparecen en la epopeya en sánscrito ‘Ramayana’ (siglo V a. C.), esas máquinas voladoras capaces de viajar al espacio o sumergirse bajo agua, y de destruir ciudades enteras utilizando avanzados proyectiles.

Tendríamos que abrir nuestra mente y desprendernos de los rigurosos esquemas del género.

Solo así nos aproximaríamos a las verdaderas raíces de la obra de Olgoso y a su modo de concebir su ficción científica. Si imagináramos con la misma libertad que lo hace Yambulo en ‘La Isla del Sol’ durante el periodo helenístico, convenciéndonos de que hemos arribado a una isla donde los días y las noches son siempre iguales y los nativos ostentan huesos flexibles. Estaríamos en sintonía con su misma perspectiva soñadora si nos dejáramos llevar y nos maravillásemos ante este pueblo pacífico y longevo, cuyos miembros viven hasta ciento cincuenta años con la salud intacta y, cuando se sienten envejecer, se echan a dormir sobre una planta de propiedades mortíferas.

Este sería el enfoque. Para entender las fuentes de los cuentos de este libro tendríamos que viajar, como lo hizo Antonio Diógenes en el mismo siglo III a. C en sus ‘Historias increíbles de más allá de Tule’, en línea recta, hacia el norte, donde siempre es invierno y las noches duran más de seis meses y habitan los muertos vivientes. Este vuelo pitagórico, el primero de la historia de la literatura universal que culmina con un hombre en cuerpo y alma sobre la superficie lunar, nos llevaría a conocer unas plantas y animales más espléndidos, suculentos y hermosos que los terrestres. Y, sin duda, se ajustaría de una forma mucho más precisa a la materia ficcional que nos ocupa.

Solo de este modo nos alinearíamos con la imaginación del escritor español. Eludiendo los cánones genéricos y avanzando de la mano de estos imaginadores libres, como Luciano de Samosata, que en el siglo II d. C. concibe en sus ‘Relatos verídicos’ el primer viaje espacial en el que aparecen formas de vida alienígenas, como los cabalgabuitres, guardianes de la frontera lunar, o un linaje de hombres arbóreos.

II

Porque, a la manera de Borges, hay autores de ideas. Autores que basan toda su escritura en una intuición, en un destello, en un instante —a veces mínimo— de gracia o de vértigo, en una revelación, en un pasmo.

Es en el sustrato de esos instantes donde arraiga y crece la prosa de Ángel Olgoso. Algunos de sus relatos pueden construirse por entero alrededor de un único coito, entregarse al repicar de los dientes entrechocando, las lenguas bullendo, el zureo de los gemidos, al sexo envarado, incandescente, y a sus empellones contra la pulpa abierta de una fruta reventada. O bien, desde el acodo en una mesita del café Madagascar, desde un promontorio de corales, desde un fumadero de opio, desde una nave interestelar, consagrarse a la mera contemplación de acontecimientos y paisajes: esa franja marítima de basalto donde crecen extraños árboles coronados de plata, los tambores africanos, los cuernos de caza de Yucatán, el reflejo de los astros sobre el agua y, bajo la superficie, adamantinos sargazos y bancos de peces de luz capaces de encender las profundidades del océano, los cantos en lenguas mazatecas, el hielo que se repliega y los mares que hierven, enjambres de pobladores derramándose por los valles, imperios desmoronándose, realidades errantes en las volutas de infinitos mundos posibles, que nacen y se deshacen fugaces. En ocasiones, la historia girará en torno a un descubrimiento, en torno a la revelación de que nuestra realidad no es tal, se arremolinará alrededor del presentimiento de que existe una lógica arcana e insondable, de que no hacemos pie y los muros de la razón se hunden, de que la gente que nos rodea cada día no era lo que parecía o ni siquiera lo es la pareja amante que vibra sobre nuestra pelvis. Y entonces, las más de las veces, es en esos momentos cuando resbalamos y nos precipitamos en el horror: el espanto de vislumbrar la verdadera anatomía, membranosa, escamosa o insondable, que se escondía bajo su piel. De reparar, de pronto, en la enorme masa de huevos primigenios que estaban adheridos al cemento de nuestros edificios. De contemplar, cara a cara, toda la miseria humana concentrada en el fruto del árbol Yggdrasil, que sostiene el universo. De no poder olvidar la visión de todo un pueblo dormido bajo el lecho marino, hombres, mujeres, niños y animales domésticos en trance, mecidos por las corrientes oceánicas. El pavor ante la posibilidad de que un buen día, a media mañana, el mundo se acabe sumiendo por completo en la oscuridad. O más aún, que al salir de la barbería, sencillamente, el mundo haya desaparecido.

Por el contrario, hay otros autores que se dedican al amplio y cabal desarrollo de las tramas de la literatura prospectiva, que invierten su tiempo en la documentación técnica y en la consulta a especialistas, en la laboriosa planificación de las escaletas. Escritores que edifican un mundo completo, con sus muchos personajes y sus líneas de acción cruzadas, con sus detalladas escenas a tiempo real, sus subconflictos y sus diálogos hiperrealistas. Muchos de los cuales, de hecho, se verán tentados y acabarán internándose en la ‘hard science fiction’.

Y por esta razón, y no por ninguna otra que pueda leerse por ahí en artículos o entrevistas, ni siquiera en palabras del propio Ángel Olgoso, todas sus ficciones literarias cobran forma de cuento o de microrrelato, y nunca hasta la fecha de novela. Porque su obra surge de un instante de clarividencia, explota hasta los límites de lo posible una imagen, un pálpito, un escalofrío, una conmoción, un diminuto seísmo. Pero su musa no tiene mayor interés en seguir avanzando, estudiando y acompañando ‘sine die’ a sus personajes. Su creación permanece en el instante suspendido, como el hombre que observa la superficie de un mar a la que no estremece ni el más ligero temblor, el mutismo de los árboles y la luz congelada del sol, las bandadas de pájaros petrificadas en el cielo.

Si tuviéramos que establecer un parangón, la imaginación de Olgoso se removería excitada ante la oscura y turbadora visión de los invasores de Wells; pero con probabilidad se mantendría ajena a las investigaciones científicas de Verne, a sus visitas a exposiciones y museos, indiferente a su constante estudio de maquetas y prototipos, a su afición por las publicaciones especializadas y, sobre todo, a su necesidad de justificar la precisión de sus inventos y de acertar en sus predicciones.

Sus relatos guardan un íntimo parentesco con las criaturas primordiales y la dimensión ominosa del universo de H. P. Lovecraft; pero repelen los complejos argumentos de suspense, la calculada arquitectura de giros inesperados y revelaciones escalonadas de los libros de Stephen King.

Y serían también consanguíneos de la misma libre inspiración que insufla vida a los cuentos de Bradbury en sus ‘Crónicas marcianas’. Mucho más que del Bradbury ordenado y disciplinado de ‘Fahrenheit 451’.

En ese sentido, entre los escritores distópicos tendríamos que descartar a todos aquellos que construyen precisos sistemas políticos anticipados, mundos viables, estables, basados en el estudio sociológico y de la economía. Y acaso solo nos quedaríamos con alguno tan poco convencional como William S. Burroughs.

Porque nuestro autor tiene mucho más de la imaginación desordenada, perturbadora, inflamada y febril de un J.G. Ballard o de un Philip K. Dick, que del tipo de mente científicamente rigurosa que comparten Arthur C. Clarke o Carl Sagan.

Si nos ciñéramos a los viajes en el tiempo, se aproximaría más a la alterada temporalidad de los tralfamadorianos y ‘Matadero Cinco’ de Kurt Vonnegut, que a las teorías planteadas en ‘El fin de la Eternidad’ de Asimov.

Estaría más ligado al mar protoplasmático y pensante de ‘Solaris’ de Stanisław Lem, o a los disparatados y gamberros viajes de sus ‘Diarios de las estrellas’, que a la tecnología, las hipótesis y el horizonte de sucesos de su titánica ‘Fiasco’.

En el panorama actual, podría perfectamente haber escrito ‘Exhalación’, de Ted Chiang, mucho antes que ‘El problema de los tres cuerpos’, ‎de Liu Cixin.

O, si se quiere, y por poner fin de una vez a este cotejo, la ciencia ficción de este volumen no es la de ‘Black Mirror’. En cambio, sí podríamos leerla como si viéramos ‘El gabinete de curiosidades’ de Guillermo del Toro.

III

Entonces, ¿qué se van a encontrar los lectores de ‘Sideral’ agazapado en el interior de sus páginas?

A estas alturas, alguien podría pensar que nada demasiado conforme al género de la ficción científica. Sin embargo, las páginas de este volumen están recorridas de principio a fin por una de las grandes preocupaciones de esta literatura, el tópico de la realidad como simulacro, la sospecha de que la realidad no es lo que perciben nuestros sentidos, tan presente desde la alegoría de la caverna de Platón hasta ‘El tiempo desarticulado’ o ‘El show de Truman’, desde la noción de ‘māyā’ hasta la película ‘Matrix’, pasando por Calderón, Borges o Lewis Carroll. Aunque en los relatos de Ángel Olgoso la matriz sea puesta al descubierto en «Contraviaje» por dos operarios tan mundanos como Tibor, montador jefe, y Ferenc, ayudante, dedicados a desmontar con toda parsimonia bastidores, paneles y el resto del armazón del decorado universal.

Y no es, ni mucho menos, el único de los grandes temas de la ciencia ficción tratado en este libro.

La realidad virtual, sin ir más lejos, se aborda en «Las montañas flotantes de Plutón» y no solo afecta a nuestro presente, sino también a todo nuestro pasado.

La inteligencia artificial se despliega pues en su versión digital, pero también con toda la contundencia de chapas, engranajes y pistones, en textos breves como «La impunidad de los sueños». Si bien, en consonancia con la mucho más libre condición soñadora del escritor granadino, que hemos venido proponiendo en estas líneas, quizá su verdadera aproximación a un modelo de IA se encuentre mucho mejor reflejada dentro del contexto y la tradición del gólem, de lo que es perfecta muestra «Nimrod», su criatura de piel soplada.

Los viajes en el tiempo a veces se manifiestan como meros desórdenes entre distintas dimensiones, como ocurre en «La miel de lo visible», o anomalías circulares, como en «El bucle». Aunque en otros casos también lleguen a adoptar la moderna forma de las conexiones espacio-temporales, a través de algo tan orgánico, laminado e iridiscente como «La vaina».

No faltan tampoco jugosas muestras de exploración galáctica, entre las cuales acaso la lectura más apasionante sea la de «Van Utt y el millar de mundos». Van Utt es uno de los doce pilotos distribuidos por el plasma abismal del universo en busca de inteligencia extraterrestre, y su última aventura resultará de lo más reveladora.

Y se hallan, claro que sí, formas de vida extraterrestre. Seres unicelulares, dicotiledóneos, simples filamentos, criaturas metamórficas, langostas invasoras que emiten repugnantes sonidos de masticación, gelatinosos rastreadores con aguanosa sangre de yema escarlata, elefantes amarillos, gatos tonkineses con plumas de avestruz, seres que parpadean de abajo hacia arriba, que poseen una piel lumínica o palpos sensores en la frente.

Incluso abundan los artefactos y los inventos, como la cámara Limehouse, un dispositivo catóptrico que aplicado sobre la corteza cerebral del moribundo nos permite ver el más allá. O el néfesch, un prisma de cristal con forma de crisálida que contiene todas las vidas posibles de cada individuo. O la celda triangular de mármol pulido y fulgores translúcidos de «Geometría», cuya ausencia de curvatura es capaz de despojar al preso de toda humanidad.

Y así, uno tras otro, los temas y las líneas maestras de la ciencia ficción van cobrando una forma nueva en las manos de Ángel Olgoso.

En tanto que, como si dispusieran de todo el tiempo del mundo, Tibor y Ferenc siguen cargando su camioneta, desacoplando monturas, introduciendo planchas bajo la lona raída y, capa por capa, acaban por desarmar este prólogo”.

viernes, 28 de agosto de 2020

Prólogo de Jardín imposible en Culturamas

En Culturamas, sitio de referencia y de excelencia de información cultural en la Red, han publicado el maravilloso prólogo que Ángel Olgoso escribió para mi libro Jardín imposible, recién editado por el Ayuntamiento de Baena. Con mi inmensa gratitud para todos ellos.


PRÓLOGO DE JARDÍN IMPOSIBLE
DE MARINA TAPIA


Ángel Olgoso


Marina Tapia ha dado en la flor de escribir este hermoso y singularísimo libro, de apostar por la imaginación y la alta poesía con un estilo plástico y proteico. En su Jardín imposible, Marina se ofrece al lector dotada del numen lírico, se mimetiza con la naturaleza, va allegando insólitas figuraciones vegetales, voces inesperadas, secretos orgánicos, poemas impregnados de limpio sol o de una especie de melancólica añoranza. En unos da cuenta de la fugacidad y la fragilidad de la existencia, de los sensatos despropósitos de las pasiones, de las magulladuras de la carencia o la lejanía; en otros, se embriagan en un instante los sentidos porque la poeta se hace eco de las fértiles corrientes de la creación, del encantamiento de la luz, de la pujanza de la savia, del ofrecimiento de los cálices, del esplendor diverso de las flores, de las metamorfosis entre especies, de los híbridos fabulosos de la imaginación. 

La ciencia se limita a describir la naturaleza. Para la poesía, en cambio, la naturaleza no es un simple fenómeno, sino un misterio que fluye, un aliento que trasciende los límites de la experiencia. Es lo sagrado que no ha desaparecido, la ebriedad, la plenitud. Marina repara en esta fuerza rebosante y ciega, se acerca como en trance a su sentido y logra, con este libro, que las palabras recuperen su condición de ofrendas.

Jardín imposible es un proyecto casi matérico -cuyo atractivo realzan las fascinantes láminas de Guillermo Rodríguez de Lema-, recorrido por una sensación que puede resultar paradójica: la mixtura de realidad tangible y aire de fábula. Tenemos entre las manos literatura en estado puro, es decir, lenguaje que se hace carnal, despliegue de sensibilidad, de creatividad e imagen sorprendente. Aquí el poema es otra cosa que poema, la prosa poética es otra cosa que prosa poética, por cuanto los textos se convierten en cadencia, en exquisita inventiva, en una unidad de atmósfera y dicción. Con su fraseo envolvente, con su canto de aire, agua y planta, Marina teje una melódica red verbal que atrapa al lector, levanta estructuras de una delicadeza prodigiosa, recoge las palabras en su intimidad de emociones e intuiciones para hacerlas fulgurar en un segundo eterno. Aquí la escritura física, localizada, se entrevera con la frondosamente mágica, con la mítica, con la espacialidad conceptual o la de il pensiero poetante.

Este Jardín imposible también duele, como duele todo lo hermoso, como duele la rosa al acercarse a ella sin precaución o la nieve al tocarla con la piel desnuda. Pero según Manuel Rivas, las palabras, al nombrarlos, protegen los bosques y los huertos, y la naturaleza corresponde. Pertrechados de deslumbrante voluptuosidad que eriza y mantiene en vilo, envueltos en tintes oníricos, los poemas de Marina Tapia desvelan una mirada asombrada hacia el mundo, metabolizan una aventura interior, un viaje iniciático por las taxonomías botánicas, por el pelaje verde de la tierra, para el que se vale por igual de la introspección y del cuaderno de campo, de acogedoras obsesiones y de pulsiones inquietantes, sugeridoras todas de nuevos significados.

Este libro único por raro e inefable -de referencia en cualquier vademécum poético sobre la naturaleza, lo mismo que su penúltima obra, Marjales de interior, en un registro más realista- semeja una fina lluvia de versos que en realidad es una lluvia de pétalos que va calando sutilmente, con pulcritud y suma precisión, que va permeando poco a poco el musgo de la piel y se adentra hasta quedarse y echar raíces. Versos que combinan belleza y erudición, ciencia natural y erotismo. Una extraña pregnancia. Un sosegado aquelarre de árboles. Poesía acerca de la humanización de plantas que -como nosotros- germinan, se mecen con la brisa y caen al arcano de la podredumbre, no sin antes haber ofrecido a la vida su color y su perfume. Versos que polinizan el alma. Una exploración trascendente y reveladora. Una misteriosa salmodia. Un gesto adánico. Versos en lugar de alas; en vez de alas, corolas para volar sobre las ramas del mundo.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Acerca de los prólogos

Ángel Olgoso siempre ha mostrado generosidad a la hora de promover y apoyar a sus amigos y a escritores de su entorno. Acoge sin dudar y con entusiasmo los proyectos que le parecen interesantes, prueba de ello son los numerosos prólogos, presentaciones, reseñas, etc. que ha escrito a lo largo de los años. Por ahora, os dejo con un listado de los prólogos (como veréis, he tenido la suerte de que haya prologado varios de mis libros) y con una breve muestra: