He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica.

(Marina Tapia)

jueves, 27 de julio de 2017

Reseña doble de Las frutas de la luna, por Gärt


José Luis Gärtner es, posiblemente, uno de los más entusiastas conocedores de la obra de Ángel Olgoso: ha presentado sus libros en varias ocasiones, ha escrito reseñas sobre ellos (como la extensa que hoy traigo aquí, publicada con coda en la revista digital Tendencias 21) y colabora con él mano a mano en el Institutum Pataphysicum Granatensis. 
Sus reflexiones sobre la literatura -llenas de matices y a menudo apasionadas- envuelven armónicamente la lectura que hace de los relatos de Ángel, lo que en mi opinión potencia y enriquece estos textos escritos desde la admiración y el conocimiento.
La entrada va humildemente acompañada por algunas viejas ilustraciones mías y dos fotos alusivas.

Gärt y Olgoso, nutriendo la amistad


LAS FRUTAS DE LA LUNA: 
ORFEBRERÍA Y MAGIA

Ángel Olgoso publica un libro de relatos que deslumbra al intelecto. 

Para el autor granadino, frente a la perversión del lenguaje por parte de los poderes fácticos, es deber del escritor devolver a las palabras la magia que poseen intrínsecamente, la capacidad de deslumbrar al intelecto. En su libro de relatos “Las frutas de la luna” (Editorial Menoscuarto, 2013), Olgoso es fiel a este precepto al buscar su propio trayecto fuera de senderos marcados, y también al desarrollar con pulcritud de orfebre su narrativa.                             Por gärt.


La literatura de Ángel Olgoso evoluciona en sentido inverso a la norma mercantil según la cual la aceptación del hecho literario corre en paralelo al empobrecimiento del estilo. 

El estilo no es eso que hace que todos los libros de éxito parezcan escritos por la misma mano. Se trata más bien de aquello que hace que las palabras vertidas sobre el papel parezcan únicas. 

Tampoco es tan solo cuestión de saber combinarlas con pericia, es algo mucho más complejo, algo que hace reverberar la música que produce su sonido íntimo, que se apodera de los sentidos del lector y sumerge su espíritu en los abismos de la emoción. 

Nada de ello cae del cielo como la nieve. El estilo es producto de toda una vida volcada en la literatura, pues literatura sólo hay una, y nada tiene que ver con la resignación al argumento que padecemos ya desde el siglo XIX. 

Según Olgoso, frente a la perversión del lenguaje por parte de los poderes fácticos, es deber del escritor devolver a las palabras la magia que poseen intrínsecamente, la capacidad de deslumbrar al intelecto. 

En ese sentido, los relatos de Ángel Olgoso, labrados con la paciente entrega del orfebre, rebosan ya el tópico de la pulcritud. Hablar de pulcritud en este caso concreto, es ya un lugar común tan visitado como el fantasma de la “lucidez” en Francisco Ayala. Y lo peor es que nos vamos acostumbrando al despropósito de tratar de resumir el sentido de toda una obra literaria por medio de una sola palabra. 

Pues no, la genialidad no es una chispa divina que toque a los mortales de forma aleatoria. El único talento que conozco es aquel que proviene de la obstinación; y no siempre da resultados. Esa es la diferencia: mientras los demás divagamos en la vida, él escribe. 

El talento está en ese oficio –escribir no es un trabajo, sino un arduo oficio- que busca y encuentra su camino, cuando se sabe lo que se quiere saber y se escribe lo que se quiere escribir. Y eso no se logra dejándose arrastrar por criterios dominantes, sino más bien a fuerza de buscar el trayecto fuera de los senderos marcados. 

Tiene su riesgo -no lo vamos a negar- eso de circular contracorriente, pero también alberga una ventaja innegable: caminando en sentido contrario las ves venir de frente. Nadie dijo que la excelencia fuera un camino de rosas. Ser uno entre millones no es fruto de un día, es, a buen seguro, tan complicado como cultivar frutas en la luna. 

M. Tapia


Manjares lunares 


El maestro Olgoso no es de los que se duermen en los laureles. Con su nueva entrega de relatos, Las frutas de la luna (Menoscuarto, 2013), siempre a medio camino entre los mundos oníricos y las entelequias biográficas, el escritor de Cullar Vega ha descorchado la botella de su delirante universo interior, abriendo el paso a fragmentos que conjugan su reconocido lirismo con más de una efervescencia emocional. 

Ahí está el detalle –que diría Mario Moreno-, habida cuenta de que Olgoso administra lo pasional a base de redoma y alambique, en el caso de “Las frutas de la luna”, el escritor ha abierto las válvulas de escape, sin dejar, eso si, que el cauce se le vuelva torrencial, pero permitiendo que el fluido amniótico se deslice suavemente sobre el lecho escalonado, a modo de amplias gradas, que retienen levemente el cristalino arroyo de la prosa poética, dejándolo precipitarse en breves desniveles, a modo de una fina película. 

En otros términos, Ángel Olgoso es ya un consumado experto en el arte de aderezar sus relatos con versadas imágenes y sensaciones, sin caer en la fácil tentación del empalago. 

Las frutas de la luna, esos manjares cuyo sabor reconocen muy pocas papilas, albergan sabores, perfumes, texturas y músicas que nada tienen que ver con la melaza, el azúcar, la salsa de ketchup o la canción del verano. 

Obvio es decirlo; Ángel Olgoso nunca ha escrito ni escribirá libros de caballería. Eso, con seguridad, lo alejará (¡todo un drama!) de las listas de superventas. Ya conocemos, gracias al lapidario latino, que cierto tipo de mamífero artiodáctilo no siente el menor interés por las perlas.

M. Tapia


Un cuento gallego 


Atención especial merecería, bajo mi punto de vista, el extenso relato “El síndrome Lugrís” incluido en el libro que nos ocupa. No se trata en este caso de la extensión –cuarenta deliciosas páginas- lo que ha resultado más llamativo a este lector, sino más bien de la exhaustividad con que el autor ha cincelado un cuento que, desde la primera lectura, apunta a clásico. 

Por medio de un desdoblamiento del objetivo, bajo la apariencia de un juego entre la primera y la tercera persona, el desarrollo de la acción reflexiva, regala al perceptor la posibilidad de penetrar en el delirante imaginario de Manuel Lugrís, el personaje atormentado por una misteriosa percepción del rostro de sus semejantes. 

Bajo este soporte temático, el narrador, aparente sujeto pasivo, transgrede todas las fronteras descriptivas para involucrar al lector en el drama del protagonista. Nada de especial tendría esta pieza si no fuera por el alto grado de verismo que se esconde bajo densas descripciones, aromatizadas por la constante presencia del paisaje, el paisanaje, las luces y los manjares gallegos. Toda una conquista para un escritor sureño que, a modo del buen actor, acaba convenciendo al más escéptico de que quien habla no es él, sino ese personaje presuntamente secundario que Olgoso arraiga en tan poético escenario. 

El lector experimenta, desde el primer fraseo, la convicción de que está siendo llevado de la mano entre el verdín de los soportales compostelanos por un cicerone nacido y criado en esos lares. 

En ningún momento de la prodigiosa narración se adivina la impostura; jamás tiene uno la sensación de dejarse embaucar por falsetes ni simulaciones. Olgoso tiene que ser gallego -de Cullar Vega, por supuesto- mientras no se demuestre lo contrario. 

Y en semejante envoltura, de una formidable riqueza descriptiva, la voz omnisciente del personaje/cronista, sumerge al impávido voyeur en el vórtice de los dolorosos desvaríos de Manuel Lugrís, haciéndonos partícipes del hondo sentimiento de impotencia de aquel que es persona antes que demente. 

En esta vindicación del ser humano que la sociedad y la propia familia ocultan con un pudor indigno, hay mucho más que una labor creativa. El grado de compromiso de aquel que mueve los hilos, incumbe a la verosimilitud de toda la composición. No es necesario enloquecer para transmitir lo que ello significa, pero al menos hay que saber colocarse en ese lugar donde nadie quiere entrar para comprender los más opacos sentimientos. 

Al igual que en el relato "Materia oscura" donde el autor se sirve de una situación distópica para explicar de forma oblicua en qué lugar se encuentran las raíces de la interminable debacle social que nos ha tocado vivir, en "El síndrome Lugrís" se esconde aquello que no puede explicarse con simples palabras. El alma humana tiene tanta capacidad para la pesadilla -como se demuestra en "La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos"- como para la ensoñación. 

Otrosí digo: A quienes gocen de la fortuna de tener entre sus manos esta primorosa y delicada gavilla de quimeras, encarecería la relectura de "Dybbuk". No solo por el inmenso valor que supone la capacidad de hacer mofa y befa de los propios miedos, sino porque a partir de una situación patafísica por excelencia (casi tanto como el autor) el asunto -puedo dar fe de su veracidad- adquiere una dimensión tan lógica como los sueños y tan absurda como la realidad. Toda una lección de literatura para quienes aún no lo tengan claro. 

Somos anhelo casi tanto como desasosiego. Tan cierto como que lo uno puede llevar a lo otro. Tal vez para sobrevivir a las pesadillas de la realidad tenemos al alcance de la mano las páginas con que Olgoso va tejiendo un caprichoso autorretrato maquillado por la precisión del verbo y la armonía del pensamiento.

M. Tapia


LA LUNA INACABADA 


Por múltiples razones que no vienen al caso, me veo en la coyuntura de escribir dos reseñas -diferentes, por supuesto- en la misma semana, sobre el mismo autor y acerca del mismo libro. 

El motivo de fondo es la inconveniencia de extenderse más de lo razonable cuando se trata de hacer crítica literaria. Es por ello que, en este caso, me gustaría referirme a un relato en particular y no al resto de ese libro llamado "Las frutas de la luna" del que, a buen seguro, se hablará y mucho. El relato lleva por título el inquietante nombre de "Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde". 

Pues bien, aparte de las incuestionables calidades literarias a las que nos tiene acostumbrados el autor, Ángel Olgoso, este cuento posee ciertos matices que, a mi juicio, lo hacen particularmente interesante. 

La narración conduce al lector hasta la localidad sajona de Dresden, en pleno siglo XIX, donde se desarrolla una suerte de retrato costumbrista en torno al pintor alemán Caspar David Friedrich. Para llegar al citado escenario el autor utiliza tres planos narrativos, por medio de otros tres ficticios narradores que se van dando paso de forma escalonada. De esa manera, el lector realiza un viaje descendente desde el presente hasta el pasado, encadenando el pulso literario por medio de transposiciones temporales que cada uno de los narradores imprime a su particular visión de los hechos. 

Siendo los dos primeros, aquellos que incumben a un presente indefinido quienes hacen las veces de genuina introducción al relato final, la estructura dramática resulta tan bien hilada y superpuesta, que en ningún momento da la sensación de que aquellos sean meros accesorios del que contiene la verdadera sustancia, esto es, el tercero. 

Confío plenamente en que mis escasos lectores no se hayan extraviado en el dédalo que aparenta todo lo anterior. Si es así, les pido mil perdones y procedo a explicarles el porqué de tal embrollo. 

Que un pintor tan reconocido como Friedrich ocupe el interés de un escritor como Ángel Olgoso es notoriamente sintomático. Durante el relato que nuestro autor sitúa hábilmente en las memorias de un tal Johann Graff-Schleier (teólogo, pintor, botánico y diplomático) la trama se resume en algo tan sencillo y a la vez tan lleno de sentido como el obsesivo intento de captar la belleza de la luna. Friedrich acude durante tres noches, acompañado del (entonces) joven Graff-Schleier, en busca del lugar idóneo donde tomar apuntes del natural, con el objetivo de transponer al lienzo la mágica pesencia del modesto satélite. En cuanto al argumento, no hay mucho más que destacar. Tan sólo aclarar que el alumno Graff-Scheier nunca llegó a heredar el genio de su maestro, por más que éste aprovechara las horas que compartieron para -nada más y nada menos- explicarle el sentido del arte. 

La imitación esclava de la naturaleza y la ejecución rigurosa son propias del arte malogrado, dice Friedrich, la imagen debe recordar al original, insinuarlo, ocupar a la fantasía mucho más que satisfacer al ojo. 

En esas palabras, el escritor nos revela el secreto que todo artista debería conocer y deducir: la realidad debe ser observada con absoluta subjetividad y reescrita huyendo de la pretensión fotográfica, pues ni siquiera el objetivo de la cámara recoge lo que hay, sino aquello que el fotógrafo decide encuadrar. El objetivo no es tan objetivo como puede parecer. 

La pretensión de algunos escritores realistas decimonónicos de narrar los hechos sin establecer juicios de valor, es poco menos que un acto de arrogante ingenuidad. El autor existe para reinterpretar el mundo, para enriquecer al lector con otra mirada diferente, e incluso opuesta, a la suya. Ni siquiera el hiperrealismo pictórico más acérrimo ha conseguido establecer una neutralidad en las imágenes que intenta reproducir al mínimo detalle. Y si tal cosa fuera posible -que no lo es por la misma razón que la expuesta con la fotografía- ¿qué sentido tendría una obra que sólo se sostuviera sobre el mérito de la copia exacta? Nada sería más utópico, más fantástico, que el sueño de mostrar las cosas tal como son. Y no hablemos del tedio que acabaría produciendo algo que se puede captar directamente del modelo. 

En las palabras que pone en boca del pintor Friedrich, Ángel Olgoso se retrata a sí mismo, nos muestra su hoja de ruta -de forma solapada, eso sí- tal vez con la pretensión de defender un concepto del arte que, lamentablemente, no se ha generalizado. Puede que la confusión que reina en el mundo de la literatura, donde las querencias comerciales se han estancado en los parámetros decimonónicos, tenga algo de positivo. La literatura no está al alcance de todos, eso es cierto, ya que el talento debería incumbir tanto al escritor como al lector. 

El lector medio no dispone del mismo acceso a la lectura de entretenimiento que al verdadero placer que proporciona la literatura inteligente. Delimitar la belleza estilística, diferenciándola de la torpe cursilería, daría lugar a estériles debates que jamás llevarían a buen puerto. 

Tal vez nos queda confiar en que, estas mismas circunstancias históricas que han quebrantado la dignidad de las masas, nos devuelvan el brillo de la individualidad. 

A los que han llegado hasta el final de la presente -si es que se da la circunstancia- les pido perdón por la licencia, y prometo enmendarme en lo sucesivo, recuperando al menos parte de mi capacidad de síntesis. Confío en que la -¿posible?- lectura de las dos reseñas sobre la obra de Ángel Olgoso, no suenen a reiteración.

M. Tapia

José Luis y Ángel durante la presentación de "Breviario negro"

viernes, 21 de julio de 2017

Minotauro blues en Infolibre


Ayer, la sección Liebre por gato (coordinada por Fernando Valls) del suplemento Los diablos azules (dirigido por Luis García Montero) en el diario Infolibre, finalizó su temporada de colaboraciones con el relato de Ángel Olgoso Minotauro blues, un texto inédito cuyo título original era Hispania II
A continuación de esta narración, transcribo otra que hizo pareja con ella en el momento de la gestación, y con cuyo título comparte referencia: Hispania I, publicado en La máquina de languidecer (Ed. Páginas de Espuma, 2009), un vivísimo cuento breve en el que la crueldad del hombre para con sus semejantes convive con una desarmante ironía.

                                         Victor Delhez                                                    


MINOTAURO BLUES 


Refieren que los habitantes de esta ciudad son seres primitivos, de espíritu filisteo, carentes por completo de educación y cortesía, sin capacidad para ver más allá de sus ideas parásitas, para pensar en los otros o ponerse en su lugar, para imaginar, para hacer algo distinto de su vulgar rapiña diaria, algo mínimamente civilizado. Recordé esto a propósito de la noche en que al volver caminando de una cita, a la una de la madrugada, me vi asediado por una turbamulta vociferante que se acompañaba de explosiones y bocinazos de autos. Mientras me refugiaba aterrorizado en un zaguán pensé en revoluciones, en insurgentes e incitadores, en asaltos y saqueos, en barbaries desatadas. Creemos conocer el verdadero miedo hasta que nos topamos de pronto con algo cuyas consecuencias no podemos siquiera calibrar. Temí por mi vida. Sin el menor asomo de esperanza, me demoré en el escondite durante horas. La ensordecedora tromba humana, quizá enervada por el odio, la conmoción o la ignominia, ahogaba aún las calles, violando impunemente el silencio de la noche. Cuando más tarde, al borde del colapso, logré asomar sin peligro la cabeza y entrever al fondo unas banderas multicolores, creí entender que aquella buena gente celebraba la victoria deportiva de algún equipo local. 


 Victor Delhez



HISPANIA I 


Salí al pasillo y supliqué educadamente a mis vecinos que cesaran en su vocinglería. Como es natural, fui ofrecido a la ira de la familia: me tumbaron de espaldas sobre la mesa del salón, apaleándome con un vivo sentido del ritmo, extirparon mis ojos y mi lengua, me desollaron la piel a tiras, cortaron manos y pies y arrancaron brazos y piernas, desmembrándome por completo. Resultaba extremadamente curiosa su espontaneidad, casi rayana en el desapego, y se veía a padres e hijos persuadidos de la eficacia de su labor, en absoluto impelidos por animosidad alguna. Parecía bastante probable que, de un momento a otro, habría de prescindir de toda mi sangre, que borboteaba y manaba de forma espléndida y corría zumosa. Lamenté en verdad que se prodigara hasta empapar aquel tapete de ganchillo, poseedor, por lo demás, del intemporal encanto de la artesanía. Al final, quizá un tanto arbitrariamente desde mi parecer, me separaron la cabeza del tronco con un hacha de cocina, sin embargo en modo alguno trato de sugerir descortesía por su parte, puesto que ellos no hacían más que ceñirse a los usos del lugar. La mesa producía ya el efecto de una aguilera con despojos: mi vesícula colgaba de las flores de plástico del jarrón y mis ojos, depositados en el cenicero de cerámica, aún describían una trayectoria semicircular. Pero al menos me extinguí con la convicción de haber defendido sustanciosamente mi derecho a la tranquilidad. 


martes, 18 de julio de 2017

Astrolabio ilustrado (3)


Estoy disfrutando con el proceso de ilustrar los relatos de Astrolabio, más de lo que pensaba, ya que llevaba mucho tiempo sin dibujar. Cada historia es un reto que agudiza los sentidos, una búsqueda que me obliga a plasmar de forma sutil elementos del texto que no saltan en una primera lectura. Espero que saboreéis los cuentos de Ángel tanto como yo lo estoy haciendo.

M. Tapia



LOS DESPEÑADEROS


Es sabido que cuando nuestra población crece de forma desmesurada, un acto reflejo nos lleva periódicamente a los despeñaderos cortados a pico. Tras el anuncio de los heraldos, abandonamos las ciudades amuralladas y subimos a miles de trenes cremallera que día y noche salvan lo angosto de los escarpes para trasladarnos, en distintos puntos del globo, a los más altos tajos, acantilados, desfiladeros, cañones o gargantas. La multitud, ordenada en fila india, avanza entonces apresuradamente sobre el camino trazado, pisando las pisadas de los que nos precedieron. Se ven charreteras, uniformes y abrigos rescatados del almidón, alfileres de corbata, zapatos y bastones relucientes, mujeres de labios pintados portando todas sus joyas, obreros con monos limpios, enfermos sobre angarillas con pijamas bien planchados. Pese al silencio, no hay aire de duelo, prevalece en general nuestro sentido de la responsabilidad cuando llegamos al borde desde el que, sin detenernos, sin pensar, apretados unos contra otros, nos precipitamos al vacío. Sólo se escucha una incesante serie de crujidos blandos y lejanos, breves retumbos que pugnan por subir de las profundidades. Y cuando la polvareda se disipa, únicamente quedan sobre la tierra las manchas de aceite de castor de las lámparas y, en el cielo, el púrpura diáfano de un mundo más clareado y vasto, más sereno, menos incierto, delicadamente ingrávido, como recién creado.




viernes, 14 de julio de 2017

Presentación de Mil años después


Retomando el hilo de los textos irónicos e ingeniosos de Ángel, os dejo con otra muestra, en este caso de fino y a la vez hiperbólico humor británico: la presentación del libro de relatos de Celia Correa Góngora (presidenta del Centro Artístico de Granada, patafísica y buena amiga del escritor) el 21 de noviembre de 2013 en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Granada.



Presentación de Mil años después



Si hay algo que me agrada es la vida tranquila, sin sobresaltos. La vida nunca es lo bastante plácida para mí. Denme sosiego, denme rutina, y seré feliz. No pido más. Pero hete aquí que el pasado 3 de noviembre, a las ocho de la tarde, hora del meridiano de Greenwich, recibo un correo de la amiga Celia. Los que la conocen ya saben que se trata de una persona notoria por su persuasión, que no es de las que se pueden tener a raya con un bastón y, peor aún, que está a favor de no dejar que se ponga el sol sin haber iniciado una actividad artística o literaria calculada para hacer temblar a la humanidad. En el correo en cuestión, Celia me pedía que la acompañara en la presentación de su primer libro de relatos, ignorante del peligro mortal al que acababa de exponer a su viejo amigo. Tras leer aquellas líneas envenenadas, mis sentimientos eran, a la sazón, como los de quien, buscando margaritas entre los raíles del ferrocarril, se da cuenta de que tiene un expreso a pocos milímetros de la espalda. Es bien sabido que, sea cual fuere la provocación, un caballero no debe perder la compostura, pero aquella inaudita petición de Celia me hizo retemblar de proa a popa, provocándome una considerable pérdida de sangre fría, convirtiéndome en una joven mancha en las baldosas, en un plato de serrín, en un pedacito de tostada que cae atónita al suelo. Muy cerca del colapso, sin saber cómo echar a rodar la bola, le expliqué a mi temeraria amiga del alma que apenas si podía sobrevivir al compromiso de mis propias presentaciones, que incluso había conseguido no asistir a una de ellas, y que estas terribles experiencias habían encanecido los largos y lustrosos bucles de mis cabellos, desde el cuello hacia arriba. Celia contraatacó entonces asegurando que no iba a estar sólo en el envite, que mi presencia sería meramente testimonial, que el libro iba a ser presentado en sociedad comandita con José Luis Gärtner, Fernando de Villena y un cuarteto de cuerda. Acerté a exclamar: ¡Madre del amor hermoso! Y en ese instante comprendí que los presentadores no éramos más que unos escuálidos números, unos solitarios comparsas, un mero esbozo del multitudinario presentador con el que Celia soñaba: ella en realidad quería que su presentación la hicieran los Coros del Ejército Ruso. Poniendo a prueba mi capacidad de autodominio, intenté declinar educadamente el ofrecimiento. Ella insistió armada con un poderoso argumento: sólo te pido media cuartilla leída. Yo me defendí heroicamente ofreciéndole marfil, pavos reales y una primera edición autografiada del primer libro publicado por Francisco Gil Craviotto en los años cincuenta, pero fue inútil. Celia quiso rematarme dejando claro que deseaba que estuviera en esta mesa aunque no abriera la boca, aunque sólo fuera para decir “Ahí le has dao”. Mi fortaleza comenzó a tambalearse peligrosamente. Celia añadió, remedando un enternecedor puchero, “Porfa, Ángel de mis entretelas”. A pesar de que ese “porfa” -traicionero a más no poder- me había desarmado por completo, me conduje con una irreprochable contención, con una impasibilidad proverbial, pero mentalmente ya había sometido a Celia a toda una serie entera de exquisitas torturas. Una de las primeras lecciones que la vida nos enseña es que los amigos son los amigos, de modo que, fingiendo de forma maestra, le di plenas seguridades de que hablaría en la presentación. Para colmo, Celia, ajena a los locos latidos de mi corazón, se permitió citarme la máxima de un escritor jovenzuelo y prometedor, Alonso de Ercilla y Zúñiga, “el miedo es natural en el prudente y el saberlo vencer es ser valiente”. Aquella humillación fue decisiva: en modo alguno estaba dispuesto a glosar su magnífico libro de relatos, a alabar su impresionante versatilidad, que le permite moverse con idéntica eficacia en registros poéticos, realistas e históricos; manejar con delicadeza tanto lo exquisito como lo sórdido o lo macabro; usar una caligrafía tradicional en los cuentos más largos -pespunteada por imágenes y símiles insólitos pero muy bien traídos- y una caligrafía depurada e impactante en los microrrelatos; situar las historias en los momentos álgidos de una vida; lograr que otras épocas reverberen en el lector con gran lujo de detalles, arrancarle todo su color a las desvaídas arenas del tiempo. Después de haberme puesto en peligro de muerte, Celia se iba a quedar con las ganas de que presentara su libro formalmente. Cuando llegue la hora de mi intervención, y antes de que la protagonista refunfuñe como si una mano invisible la empujara al abismo, sólo pronunciaré “Ahí le has dao”, y el resultado, ocioso es decirlo, saltará a la vista. Esto debería bastar para enseñarle a mi querida amiga Celia, debería bastar para enseñarnos a todos que un hombre puede ser calvo y tener cejas pobladas.

Miguel Arnas y Gärt leyeron algunos textos de Celia

Fernando de Villena, Celia y Ángel

domingo, 9 de julio de 2017

Reseña de Las frutas de la luna en Culturamas

El escritor y crítico Luis Borrás publicó esta fresca y a la vez rigurosa reseña de Las frutas de la luna en la revista Culturamas, donde aquilata de manera desenfadada la singularidad literaria de Ángel Olgoso. Da gusto encontrarse con reseñas que no se ciñen solamente al contenido del libro, sino que lo cercan con un único motivo recurrente (en este caso la pesca), haciendo un ejercicio de lo más interesante con dicho símil. 






EL ARTE DE LA PESCA 

Luis Borrás 


Podría decirse que esto de la literatura es como un inmenso lago al que acuden a pescar los escritores. Y mientras esperan los hay que se dedican a entablar conversación con los vecinos; compartir con ellos experiencias y anhelos, su termo de café y su tartera de croquetas con la mejor de las sonrisas. Con constancia, afinidad y un poco de suerte lo normal es que acaben compartiendo sombrilla, mesa de camping y devociones. Pero para algunos lo realmente importante de todo esto de la pesca es lo que viene después: las reuniones en el bar del embarcadero-lonja del lago; guateque al que muchos llegan invitados por ese vecino que ahora es su amigo y otros de la mano de su padre o amante y en los que se habla de peces y trofeos, gatos y liebres, recetas de cocina y piscifactorías y en las que se pueden hacer nuevas e interesadas amistades o hacerte novia/o de un funcionario, un pescadero, un crupier o un falsificador. 


Pero entre esos pescadores que se acercan al lago y sueñan con fiestas, besamanos, padrinos y plantas trepadoras los hay también que pasan del sushi y la comida precocinada, del garrafón y la mercadotecnia. Unos son furtivos que pescan por hambre, de noche y con explosivos; y otros son nómadas o bohemios que van por libre y no han ido a ninguna academia de corte y confección. Consideran la pesca como una aventura, un arte y un placer y no un club o un coto. 


Ángel Olgoso pertenece a los solitarios, a los viejos –por expertos- que conocen todas las especies que pueblan este inmenso y profundo lago, que han probado todos los estilos y manejan todos los aparejos de este arte, de los que viven esto como un romance o un desafío y que devuelven al lago los peces pequeños. Hay días que llega, se sienta en la orilla y entretiene la espera leyendo u observando a los demás. Ensimismado y en silencio lo observa todo y parece más atento al paisaje que al agua, al mundo más allá de este lago y sus límites, pequeña porción de tierra de un mundo inmenso. Otros llega y, en lugar de quedarse quieto, camina hasta la desembocadura de un río alejándose de la orilla atestada y su aire de verbena y puticlub, se descalza y remonta el curso del agua a contracorriente y entonces parece más un biólogo, un astrónomo o un arqueólogo que un pescador. Al menos así es como yo lo veo los días que, igual que hoy, me acerco a la orilla esperando a que se haga de noche y la pólvora sacie el hambre. 




Lo mejor y -para mí- más destacable de la narrativa de Olgoso es que es capaz de hacernos renunciar a nuestros gustos o predilecciones. Quiero decir que en general cada uno tenemos a la hora de leer nuestras preferencias y -bien por miedo o por comodidad- no solemos salirnos de ellas; yo, por ejemplo, reconozco que las mías van más por la prosa lírica y caníbal, por los relatos urbanos, realistas y contemporáneos que por lo enigmático, lo invisible o la cuarta dimensión. Pero la narrativa de Olgoso tiene -y produce- una innegable fascinación. Y esa atracción -la que sólo consigue la buena literatura- es debida en primer lugar a la precisión y belleza de su prosa: “El calor, a esas horas, no tenía aún su grávida consistencia, no era todavía una eclosión de vidrio o un coágulo candente sino algo tibio y límpido”. Riqueza que en otros abruma o resulta pedante y que en él se vuelve placentera y exacta matemática del lenguaje. Algunos -el lenguaje- lo utilizamos como el atracador usa una navaja; Olgoso lo utiliza con el cuidado, exquisitez y destreza que un florista compone un ramo. 


Y el segundo motivo por el que admirarle es su capacidad para cambiar de registro. Sí, ya sé que es un lugar común, pero no lo es cuando resulta totalmente cierto. A Olgoso se le incluye dentro de la literatura fantástica, y aunque es verdad que en su obra hay una querencia por ese género, en “Las frutas de la luna” nos demuestra que él esta más allá de corsés y clasificaciones porque si hay relatos como “La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos”, “La torre de Hunan”, “Águila de sangre” o “Perlas de Indra” que tienen esa característica marca de la casa de fantasía, mitología y exotismo, en otros es capaz de volverse gallego y nueve relatos más tarde recuperar el acento andaluz; de escribir un entremés, un microrrelato, una fábula contemporánea o un bestiario. De viajar a la India o a la China; de escribir un relato con sabor antiguo, otro atemporal y otro que sucedió ayer y se repetirá mañana; capaz del humor, la pesadilla, la locura y la insinuación; de ser pescador inquieto, artista, historiador, hombre de campo y filósofo. 


Y sí, claro que tengo mis favoritos: “Contraviaje”, “Designaciones”, “El síndrome de Lugrís”, “Suero”, “Aramundos” y “Dybbuk”, cualquiera de ellos –o todos juntos- puede servir de patrón o ejemplo a seguir para aquellos que quieran aprender a pescar o salir en busca de El Dorado; en todos está la fascinación que produce la maestría de su lenguaje, están sus temas recurrentes, lo que de él esperamos: la Historia, la imaginación, la alucinación, el anverso y reverso de lo visible y real; la denuncia de un mundo imperfecto y sus carencias de las que los humanos somos productores y consumidores; y está además la sorpresa de un Olgoso totalmente inesperado e íntimo. Pero sin lugar a dudas “Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde” es mi relato preferido; una maravillosa declaración de principios acerca de lo que significa el Arte y que por sí solo vale por cualquier libro de autoayuda. 



La narrativa de Olgoso no es de hamburguesería o picnic, está más cercana -por dar alguna referencia- a la de Francisco López Serrano, Gonzalo Hidalgo Bayal o Juan Gómez Bárcena. Precisión y destreza lingüística, reflexión y filosofía temática, y el gusto por ir a pescar a lugares menos frecuentados. 


En esto de la literatura hay tramposos y enchufados; hay starlettes –masculinos y femeninos- que transpiran vanidad y mean colonia; hay muy buenos y esforzados artesanos y en un punto y aparte excelentes escritores. Olgoso es de los excelentes.


domingo, 2 de julio de 2017

Astrolabio ilustrado (2)

Este relato fue uno de los primeros textos de Ángel que escuché, recitado por José Carlos Jiménez, integrante de las Personas-Libro de Granada. Siempre me pareció una versión que enriquecía las de otros creadores como Cortázar ("Instrucciones para dar cuerda al reloj") o Guillermo del Toro ("Cronos"). Empezando por su título que, según el autor, hace referencia a la sentencia latina que acompañaba antiguamente a los relojes y que describe el inexorable paso de las horas: Vulnerant omnes, ultima necat (todas hieren, la última mata).

M. Tapia



TODAS HIEREN



El reloj de pulsera finge que es un inofensivo accesorio, un adminículo útil, un satélite diminuto y encantador. Su apariencia no sólo no resulta amenazadora sino que, a modo de lisonja, parece prestarte brillo, distinción y un poder absoluto sobre el tiempo. Sin embargo, sin que sospeches nada, y mientras las manecillas distraen tu atención, él se aferra codiciosamente a la muñeca, se prende a la piel atraído por el rumor de tu sangre, devorando tus latidos, cebándose en tus sueños, palpitando al unísono con tu corazón de incauto. Debes saber que, aunque apenas se le pronuncian los colmillos, toma siempre la precaución de insensibilizar la zona para volver imperceptibles sus dentelladas. Y un día, completamente succionado por él, ya no te necesita, y hay gente alrededor que habla a media voz mientras alguien lo desata de tu muñeca inerte.