He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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viernes, 24 de junio de 2022

"Sobre humanos y bestias"

Comparto con gusto desde Infolibre el texto que el escritor Alejandro Pedregosa dedicó a Bestiario en su presentación durante la Feria del Libro de Granada, y que ahora se publica en la sección cultural Los diablos azules de Infolibre.





SOBRE HUMANOS Y BESTIAS

Alejandro Pedregosa


La polisemia es siempre una opción. Podría empezar diciendo que los cuentos de Ángel Olgoso son fantásticos, y la verdad estaría de mi parte en cualquiera de sus significaciones. Podría decir también que se trata de un escritor bestial, monstruoso, incluso brutal, y sus lectores, con una sonrisilla cómplice, entenderían la picardía del asunto. Porque la polisemia –es lo que tiene– mata siempre dos pájaros de un tiro. También la metáfora participa de este juego reproductor y expansivo, pero de la metáfora hablaremos más tarde, cuando esté a punto de acabar la presentación.

Ahora vayamos sin más preámbulos de lo general a lo concreto. Voy a ser claro: nos encontramos ante un libro absoluto; un libro que trasciende la sofisticación estética –ampliamente celebrada en la obra de Olgoso– para situarse en los territorios de la literatura imprescindible, donde unas veces se llega por virtuosismo y otras por simple intuición, pero donde siempre, siempre, opera la irrefutable verdad de lo humano. Pues justo ahí, en esa alta comarca de las cumbres, se encuentra Bestiario.

Quizá el lector inadvertido –y es por eso que yo quiero advertirles– se abandone a la brillante panoplia de bichos y bestias que transitan por estas páginas. Y hará bien, porque ciertamente hay un goce en la inquietud que genera cada peripecia, un abismo en cada pregunta que nos surge y un puñetazo en cada respuesta. Pero por encima de eso –recuerden que estoy hablando de lo general y todavía no de lo concreto– hay en Bestiario una apelación constante a los cuatro elementos fundacionales, aquellos que nos han convertido en lo que somos, a saber: nuestra parte humana, nuestra zona animal, nuestra sofisticación fantástica y nuestros imponderables realistas.

Y me voy explicando.

Cuando el homo sapiens levantó la cerviz definitivamente dejó orillado –aunque no oculto– ese torrente sanguíneo que lo convertía en preso de su realidad más acuciante: el instinto. A cambio de abandonar ese poder –y como si de una novela fantástica se tratase– se le concedió otro aún mayor, una gracia inalcanzable para el resto de criaturas: el don del sueño. Empezó el ser humano a soñar su vida más allá de la cueva, la charca y la montaña, y soñó también el pasado mitológico de aquellos animales a los que temía, y de tanto soñar acabó por soñarle a sus muertos una vida eterna allá en las estrellas, para verlos tintinear cada noche y dormir bajo su amparo.

Una vez que la imaginación estuvo bien engrasada llegó el código. Una serie de palitos dibujados en el barro que, unidos de diabólica manera, conseguían fijar aquellos sueños en la memoria de un modo casi eterno. Ahí estaban, la fantasía y la escritura, las dos grandes armas con las que el ser humano se había pertrechado para explicar –es decir, para inventar– su mundo. No obstante, por más que ha inventado, por más que ha soñado nunca ha podido alejarse demasiado de esa orilla primigenia donde descansa jadeante su realidad animal. Porque –nos ha costado, pero ya empezamos a entenderlo–, del mismo modo que el ser humano es una evolución del ser animal, el discurso fantástico supone una evolución del discurso realista. No es su contrario, sino una extensión del mismo, una extensión imprescindible para nombrar esos lugares en sombra donde laten los verdaderos misterios.

Pues bien, es por todo esto que veo en Bestiario un libro absoluto y trascendente, porque mezcla, en un cóctel maravilloso y telúrico, lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos; y al mismo tiempo nos niega todas estas posibilidades, para presentarnos la mezcla indisoluble que nos corre por dentro, donde a ratos somos animales soñadores y a ratos alimañas realistas (e incluso surrealistas).

Acabo aquí lo general y me pongo con lo concreto. En este caso, cuanto puedo decir lo ha desentrañado ya la crítica que estudia los cuentos de Olgoso, pero no por eso voy a dejar de recordar algunos detalles de su estilo que andan más cerca del prodigio que del mero oficio de escritor. Lo primero es la audacia a la hora de elegir las situaciones narradas. Entra ahí un elemento que es previo a cualquier decisión gramatical: la mirada. Sin mirada no hay escritor. Y la mirada de Olgoso nos coloca en situaciones inmejorables para que estalle el relato. ¿Cómo no interesarse por los pensamientos de una pulga pegada a la oreja de un perro, o los del pollino blanco que cargaba a Jesús de Nazaret, o los del aquel tiburón que en mitad de un refrescante baño se topó inesperadamente con un naufragio? Un buen punto de partida es fundamental y Bestiario está repleto de grandes ideas iniciales.

Decía Maupassant que no debía la pluma tocar el papel hasta que no tuviera un designio claro de dónde iba a llegar. En este sentido los cuentos de Olgoso son artefactos perfectos, relojes de precisión que marcan cada tiempo del relato hasta llevarte a la explosión final, donde el lector cae abatido por las tres posibilidades inherentes al arte de contar: el impacto de lo inesperado, la reflexión sobre lo acontecido o el aroma del estilo. No son exclusivos ni incompatibles. De hecho, en algunos cuentos como “Botany bay blues” o “Lección de música” los tres finales se conjugan en un alarde delicado y conmovedor.

Pero no quiero terminar sin referirme a esa evidencia que todos celebramos en la literatura olgosiana: la virtud verbal. Trabajar el cuento con vocación de orfebre, no avanzar hasta que la palabra correcta esté en su lugar exacto, mezclar, como en un delicado elixir, aquellos adjetivos de naturaleza evocadora que le dan vuelo al relato con estos otros cuyo peso material anclan al sustantivo en el lugar idóneo, donde nunca lo moverá el viento de la vacuidad, ese hablar por hablar, ese contar por contar.

Les dije al principio que no solo la polisemia provoca el juego de espejos y referencias. También las metáforas ayudan a duplicar lo imaginado. Así, se me ocurre que cada cuento de Ángel, cada cuento de este Bestiario, es una olla exprés en ebullición. Y amplío la imagen: una olla exprés en ebullición observada por una tribu que apenas conoce el fuego. Nosotros, sus lectores, –humildes miembros de la tribu– miramos con arrobo la pequeña válvula por la que escapa el vapor de agua y decimos «Oh, es fantástico…, se trata de un cuento fantástico». Y sí, de acuerdo, es fantástico, pero para disfrutar del prodigio con más enjundia, conviene observar la olla en su conjunto, conocer los ingredientes que borbotean en su interior, porque sospecho que es ahí, y no en el silbido trepidante y blanco del pitorro, donde reside la magia de este cuentista sobrenatural que es Ángel Olgoso. Y dentro de la olla, no lo duden, está cociéndose el ser humano, en todas sus derivas animales y soñadoras.

sábado, 10 de julio de 2021

La herencia gris de la historia

Comparto el enlace a la reseña que Ángel Olgoso escribió del libro relatos Cenizas (Editorial Sonámbulos), de Alfonso Salazar, publicada en Infolibre.




lunes, 14 de junio de 2021

Reseña de Devoraluces en Infolibre

Da gusto comenzar la semana con una reseña tan completa y entusiasta de “Devoraluces” como la que ha publicado el escritor Pedro M. Domene en Infolibre.es.


                                        

EL MONSTRUO QUE SE ALIMENTABA DE LITERATURA

Pedro M. Domene 


Ángel Olgoso (Granada, 1961) plantea prodigiosos momentos en su forma narrativa, su expresión es milimétrica, su estilo es depurado y logra un efecto concreto y curioso porque la mayoría de sus relatos provocan una emoción, con esa facilidad que solo es capaz de regalar la pluma de los escritores verdaderamente grandes. Y si añadimos la precisión, la destreza y la fascinación que produce en el lector la maestría de su lenguaje, una característica esencial que se complementa con esa variada temática recurrente que encabeza la denuncia de un mundo imperfecto, los vaivenes y mixtificaciones de la Historia, su concepto de la imaginación y el mundo de las alucinaciones, el anverso y el reverso de lo visible, el misticismo de lo real, e incluso lo irreal, las evidentes carencias de los humanos y, en muchas de sus colecciones, un acusado lirismo, o quizá un intimismo aún más logrado.

La nueva entrega de Ángel Olgoso, Devoraluces (2021), reúne 14 piezas de diversa extensión y, una vez más, ofrece una amplia variedad temática y de registros que dejan esa huella personal del granadino. Los relatos enfrentan al lector a toda una serie de curiosos homenajes intertextuales respecto a obras universales como Las mil y una noches, el Quijote o la Odisea, y se convierte en un curioso viaje a la esencia misma de la literatura occidental por la que el mítico Ulises se pasea por distintas obras hasta llegar al siglo XX. Además, nos sumerge en una interesante y original revisión de la literatura erótica en una suerte de Cantar de los cantares que irá desgranando en microtextos, para terminar su recorrido con una exquisita poética sobre el cuento breve, una reflexión con la que el autor, pretendidamente, dejará atrás la ficción breve entendida como invención para entrar, según propósito, en una nueva etapa creativa.

Dentro del viaje al que nos invita, Olgoso propone en cada relato otro periplo dentro del mismo viaje, una suerte de bitácora de la mente fantástica del autor y de su extensa travesía vital, casi una sublimación íntima y apasionada de sí mismo y de su oficio a lo largo de una veintena de propuestas e historias, desde Los días subterráneos (1991) a Astrolabio (2020), que subliman el concepto de relato breve en su expresión más concreta. Y para más señas, con Devoraluces emprendemos el viaje por el complejo mundo del arte, tanto textual como visual, sin olvidar algunos apuntes biográficos que nos regalan referencias al mundo del cine, auténticos guiños de un cinéfilo, como se aprecia en el relato “Hajdú”, un personaje cuyos ojillos maliciosos recordaban a Charles Laughton, el elegante cinismo de George Sanders y la esnob pedantería de Clifton Webb.

Aunque en el primer relato, “Las luciérnagas”, ya se nos ofrece un viaje por la memoria, por los recuerdos del corazón, que nos acercan a una geografía ya perdida y a unos sentidos ya lejanos en el tiempo, aunque cercanos en las emociones y los sentimientos. Sobresale una memoria íntima y el homenaje a un tiempo ido, presente cuando es nombrado, y se rememoran esos lugares reconocidos por la nostalgia: la Vega, Charca de la Viña, Cruz de los Cigarrones, Cerrillo del Tesoro, El Salado, Acequia Gorda. El relato “Fulgor”, de la mano de Matteo y El Pajarillo, nos apunta el devenir de un senderista y su pasión por la naturaleza y los caminos que es la literatura y la vida. El eje literario de “La Rosa de los vientos” nos implica en un prolongado homenaje bibliográfico donde aflora el inquieto lector que Olgoso lleva dentro, y nos guía por las aguas procelosas de la literatura, un itinerario que conduce Ulises, alter ego del autor. El relato se llena de nombres que resuenan como una letanía, Polifemo, Cíclope, Crotón, Ligia, Laertes, Paris, Ítaca, Homero, o los más cercanos, Nautilus, Capitán Nemo y Julio Verne, Moby Dick y Melville, Swan y En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, Scrooge o el Cuento de Navidad, de Charles Dickens, James M. Barrie y la tripulación pirata de Peter Pan, Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, Basil Hallward y Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, Tom Sawyer y sus aventuras, de Mark Twain, Madame Bovary de Gustave Flaubert, Davy Byrne y James Joyce, el niño Oskar Matzerath y El tambor de hojalata, de Günter Grass, Lázaro de Tormes, o don Quijote. Con el relato “Pelikan” nos lleva hasta la metáfora de un campo de concentración, y el siguiente, “Villa Diodati”, se convierte en una evidente propuesta metaliteraria que nos devuelve el protagonismo de Lord Byron, Percy B. Shelley y Mary Wollstonecraft en aquel palacio suizo, de tenebroso ambiente romántico, recreando el episodio como si se tratara de un momento literario único y fundacional de todo un género literario: el Romanticismo, porque Olgoso le tributa su particular homenaje de testigo privilegiado, y nos esperan escenas visionarias de futuros títulos universales.

El granadino, según afirma, no quiere ser “el primero en ensayar lo nuevo ni el último en abandonar lo viejo”, y desde las primeras páginas nos lleva a las lindes del misterio y de la fantasía, acompañados de una palabra compuesta Devoraluces que parece estar escrita al trasluz, cual espejo en que mirarnos. El título, como una metáfora, nos lleva a la mitología griega y a sus monstruos con cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón, aunque, también, viajamos al Siglo de las Luces, a la Ilustración y sus fantasmas/mitos o al romanticismo de los seres góticos. Todo un esplendor de luz y también de sombras incluso el título, con esa palabra nueva compuesta de verbo más sustantivo: podría significar en lo más hondo el nombre de un monstruo bueno, que se alimenta de rayos de sol y de destellos de vida, o de esas migajas que desprenden nuestros sentidos.

“La ilusión del horizonte” es, casi, un viaje de precisas y sutiles enumeraciones, de frases cortas y simples, de abundantes puntos, de reiterada ausencia de comas y una enumeración de imágenes en un solo párrafo. “Okitsu” se traduce como una ofrenda verbal y nos transporta a los rituales de la infancia con esas palabras y el momento en que se aprendieron, abundan las oraciones extensas y compuestas, y un uso más frecuente de comas frente a los puntos, quedando dividido en dos amplios párrafos. “La arena de las historias” cuenta, de la mano del sultán Schariar y Schahrasad, una singular recreación de Las mil y una noches y subraya la oralidad de los cuentos, y deja testimonio de esa intertextualidad que rezuma el fértil reloj/desierto/vergel de Devoraluces. En “El calendario quimérico de lo que podía haber sido”, su néfesch nos sumerge en la luz y en la oscuridad; y, en el siguiente relato, “Medio real” transmutado en Cide Hamete Benengeli, y por añadidura en don Quijote de la Mancha y en Miguel de Cervantes, el autor nos traslada a Toledo y paseamos por sus calles. “Émula de la llama” es un curioso relato que encabezan dos citas, una de Petrarca y otra de Paul Klee. De exquisita textualidad, se convierte en un poemario de amor dedicado a Marina Tapia donde va “su voz destilándose en el alambique sagrado de la poesía”, un total de 22 poemas, 2 en verso y el resto en prosa, cuyos títulos inician otro viaje más, el del “erotismo en aluvión”: “Aljibe”, “Aspiración”, “Bocajarro”, “Calendario”, “Diapasón”, “Estrellamar”, “Gusto”, “Lactar”, “Lamer”, “Literatura”, “Maravilla”, “Nupcias”, “Oído”, “Olfato”, “Orbes”, “Parque”, “Patria”, “Puerta”, “Sudor”, “Tacto”, “Vista”, y un epílogo, “Apelativo”. Y es aquí donde sucede el milagro y el autor reconoce: “no acierto a definir la literatura; te has mezclado con ella”.

En “Odres nuevos” nos lleva a la Guerra Civil con Társila y Elisio, con Águeda y Amador, donde “durante tres años, a los hombres se les había ido cayendo la ceniza del corazón”. Y en la “Coda” final, que titula, “Nomenclatura Boghini para los dedos de los pies”, reúne hasta 30 entradas breves y elabora un auténtico ensayo de crítica literaria, reflexiones, deseos, explicaciones sobre la escritura, vuelven los homenajes/deudas/agradecimientos. Esos textos se convierten en metaliteratura en su estado más puro, porque frente a la página en blanco, se ejercita en conceptos de sintaxis y de gramática, y el autor se desdobla en un “constante principio de incertidumbre”, y enumera toda una lista de intertextualidad de biblioteca, y se recuerdan los nombres de Borges, Leopardi, Nicanor Parra, Benjamin, Hannah Arendt, Gombrowicz, Thoreau, Blake, Chateaubriand, Savater, Aramburu, Flaubert, Raymond Roussel o García Márquez.

Un libro como Devoraluces se merece un pormenorizado recorrido por sus páginas, porque, además, cada uno de estos cuentos podría reclamar aquel título de un relato que nunca se escribió, como al final leemos de la mano de Olgoso, y bien deberían titularse “los mejores relatos del mundo”.

viernes, 21 de agosto de 2020

Reseña de Astrolabio, por Pedro M. Domene

En el suplemento 'Los diablos azules' de Infolibre, el escritor y crítico Pedro M. Domene publicó una estupenda reseña de Astrolabio (Reino de Cordelia). Con su sabiduría habitual, Pedro inserta la obra de Ángel en la corriente imaginativa de la literatura española y ofrece las claves de sus colecciones de relatos y, en particular, de esta reedición ilustrada por Marina Tapia.



viernes, 21 de julio de 2017

Minotauro blues en Infolibre


Ayer, la sección Liebre por gato (coordinada por Fernando Valls) del suplemento Los diablos azules (dirigido por Luis García Montero) en el diario Infolibre, finalizó su temporada de colaboraciones con el relato de Ángel Olgoso Minotauro blues, un texto inédito cuyo título original era Hispania II.