He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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domingo, 29 de enero de 2023

Lilian Cheruse y "Bestiario"

Con mi gratitud hacia la querida amiga y escritora argentina Lilian Cheruse por sus lindas palabras sobre “Bestiario”:

“BESTIARIO es más que una pintura fantástica, más que una colección de animales-humanos o/y humanos- animales. Representa posibilidades genéticas desconcertantes, mixturas creativas, textos imbuidos de extrañeza. Bestiario es un juego exquisito de la palabra y de la mente. Los personajes están vivos y tienen identidad. Pueden trocarse o mutar en uno o varios modelos, no hay límite de posibilidades: volverse humano o animal o vegetal o cohabitar identidades. Las personificaciones nos sorprenden durante el desarrollo del texto y en sus finales. El tono también puede conformar una delicada sorpresa imaginaria, una sátira despiadada, una humorada o azotarnos con el horror. He marcado la mayoría de los relatos como mis favoritos, donde incluyo las historias protagonizadas por perros. Ellos y sus ojos me dicen que tienen alma de humano. BESTIARIO lleva un prólogo esclarecedor, pero la clave la inscribe Ángel en el último texto, porque este libro es más que una colección de estilos con sus seres creados. Esta obra es un mensaje contundente sobre la existencia y sobre ese misterio de posibilidades del universo desconocido, es un puzle donde se tocan dimensiones, tiempo y espacio. Esa caldera de la vida inexplicable...”.






sábado, 12 de noviembre de 2022

Reseña de "Bestiario" por José Ignacio García

José Ignacio García publica una estimulante lectura de “Bestiario” en La Nueva Crónica de León.


“Ambos titulares me encajan como anillo al dedo. El primero, porque ambos libros ponen de manifiesto la grandeza de las narraciones más breves, de esos microrrelatos que esconden una historia grande detrás de una cortina escasa de palabras; y el segundo, porque la muerte y las aves (y otros animales reales o legendarios) abundan en este par de pequeñas joyas que han escrito esos dos pájaros de cuidado que son Elías Moro y Ángel Olgoso.

Pero ambos libros reúnen algunas concomitancias, que me han animado a aunarlos en esta crónica; y así, de un plumazo, me quito dos lecturas pendientes de encima, abro un mínimo hueco en mi agenda de libros por reseñar, hago justicia a un par de narradores fantásticos (en el doble sentido del término) y espero despertar en algunos de ustedes el apetito voraz de devorar dos colecciones de microrrelatos tan diferentes como complementarias.

Porque ambas recopilaciones se basan en narraciones mínimas para enamorarnos, deslumbrarnos o desternillarnos de risa con sus argumentos. Ambas están publicadas por el sello leonés Eolas. Ambas muestran la imaginación y la capacidad creativa de sus autores. Ambas usurpan títulos ya usados antes por otros escritores o cineastas. Y ambas, manifiestan, a la manera particular de cada cual, la dimensión literaria de quienes las rubrican.

Es más, si como me ocurre a mí, muchos de ustedes son de leer varios libros a la vez (coincidiendo unas veces los géneros y otras no), les resultará deliciosa la mezcla de los divertidos relatos de Moro y los imaginarios de Olgoso.

En lo que se refiere al granadino Ángel Olgoso (este de pura cepa y raíz nazarí, sin trasplantes geográficos), recientemente galardonado con el Premio Andalucía de la Crítica con su deslumbrante ‘Devoraluces’, del que dimos buena cuenta en este arcón hace unos meses, solo cabe rendirse una vez más a su majestuosidad narrativa, a su magisterio a la hora de crear mundos y personajes que convierten la ficción en una ciencia. En su particular ‘Bestiario’ tienen cabida personas, animales auténticos, especímenes mitológicos, seres que emergen de su ideario particular, y que muchas veces se van transmutando a lo largo de cada «breviario» asilado en estas páginas. Unos «breviarios» donde lo poético y lo metafórico pactan coaliciones con la fantasía para crear unas historias mágicas, en las que aparecen robinsones naturalistas que ponen en peligro de extinción extrañas especies animales, en las que las cucarachas se enfrentan a los insecticidas, los burros se refugian en la pasión y la locura, algunos hermanos humanos anidan en cuerpos caninos, las ratas tienen pretensiones eruditas, los tatuajes se convierten en serpientes, las abejas hacen enloquecer a los leones o la Humanidad es un insecto a punto de perecer, aplastada por un pisotón.

Hay un prólogo esclarecedor e imperdible de Jorge Fernández Bustos, que sitúa con precisión en su lugar al cuento fantástico. Ese cuento fantástico que, a través de la pluma de Olgoso, se convierte en «fantástico zoológico literario», donde caben todo tipo de animales que son capaces de agotar las posibilidades narrativas.

Si Olgoso es siempre un orfebre del lenguaje, puede que en este libro bestial dé su mejor muestra en el relato La ilusión del horizonte, donde las frases y las descripciones minúsculas y precisas alcanzan un grado superlativo y demuestran la grandeza de un narrador que, sin embargo, tiene la humildad de pedir permiso para yacer con los adverbios acabados en mente.

Puede ser que lo que les estoy contando a algunos les resulte, por ejemplo, kafkiano. Están en su derecho. Pero, en mi humilde opinión, los horizontes creativos de Olgoso van mucho más allá de Gregor Samsa, quizás expandidos por los aires de Sierra Nevada.

Asegura Ángel Olgoso, en un coloquio entre dinosaurios, previo a su aniquilamiento, que «cuando una civilización acaba por hacer literatura sobre la literatura de la literatura, llega al límite y sus días están contados». Pero ya les aseguro yo que este par de pájaros, Moro y Olgoso, y a pesar de las pretensiones de mi título alternativo, son difíciles de matar; que les queda cuento, por enormemente breve que sea, para rato. 

Ojalá que ningún pie exterminador (vírico o nuclear) nos aplaste y podamos seguir disfrutándolos. Y que sea por muchos años”.

domingo, 2 de octubre de 2022

Reseña de "Bestiario" por Miguel Arnas Coronado

Comparto la magnífica reseña de “Bestiario” que Miguel Arnas Coronado (gran escritor de grandes libros grandes, gran patafísico, gran amigo, gran persona, de las que insuflan un poco de alegría al horror del mundo) ha publicado en La Página de los Libros, de Ideal. Mil gracias, querido Miguel.


ANIMALES SUGESTIVOS, PALABRAS FASCINANTES

Miguel Arnas Coronado


Valéry habló de la ‘parole juste’, la palabra precisa, tanto en el sentido de exacta como en el de necesaria. Necesaria para decir exactamente lo que se quiere decir. Esa es la característica de la prosa de Olgoso. Y ese es el auténtico protagonista de este libro, como de otros anteriores: el lenguaje. Los temas de los cuentos son subsidiarios, pero lo son como esos actores secundarios que, a despecho de su condición de anexos, consiguen el Óscar.

En este caso, Olgoso se centra en pequeñas narraciones sobre animales, tanto reales como soñados, ficticios o fantásticos. Hay pesadillas, sí, como nos tiene habituados: onirismos alteradores del ritmo cardiaco, pero también hay animálculos e incluso monstruos bondadosos que despiertan en el lector, no la carcajada vulgar, sino la sonrisa cómplice.

Maestro del microrrelato, sin duda uno de los mejores en nuestra lengua, Olgoso crea un lenguaje propio, inconfundible, lleno de imágenes portentosas, metáforas brillantes. Un lenguaje que a uno le impulsa a releerlo, a relamerse, a gozar como quien observa y admira un diamante facetado en el que se refleja lo existente y lo incierto, un diamante que luce en el cuello de una bella dama: nuestra lengua. Capaz de crear mundos, no se inhibe, solo se contiene y construye miniaturas. Olgoso se hace tigre en sus relatos, deviene perro, narval, pulga, camaleón o cocodrilo, y nos sorprende con finales luminosos como lo es el rayo, que ilumina y destruye, aunque lo que dicho rayo se digna destruir es nuestra monotonía, nuestro romo realismo. Se recrea más en las cucarachas que en los mininos, cierto, porque es kafkiano, no edulcorado: un gatito melindroso puede convertirse, en una de las narraciones, en pesadilla amenazante que se aproxima sinuosa con siniestras intenciones. O unos dinosaurios pueden entretenerse, a la espera de la extinción, en discutir sobre teoría literaria utilizando conceptos abstrusos que generan la hilaridad (comedida, como dije) de quien se atreve a merodear por entre estos cuentos.

¿Antecesores, inspiración? Olgoso tiene muchos, pero Olgoso es Olgoso. Porque nadie pule las palabras como él, nadie deja la frase como acabada de nacer. Y es con esa arma, el lenguaje, que sus animales se vengan de la condición vasalla a la cual los hemos condenado. 

Algunos cuentos eran ya conocidos de anteriores libros, pero retornar sobre ellos es grato, y encontrárselos nuevos, sin conocer esas antiguas entregas, es adentrarse en el marasmo de su forma de narrar que, no solo es eficaz, sino también sabrosa. Dije en una ocasión que Olgoso me recordaba a Spinoza puliendo sus lentes. En el prólogo de Fernández Bustos se habla de labor de taracea. Todo es cierto: su prosa no es solo arte, sino también artesanal, extraordinaria, bella.

martes, 27 de septiembre de 2022

Reseña de "Bestiario" por Antonio Tamez-Elizondo

Comparto la extraordinaria reseña de “Bestiario” que el escritor y arquitecto mexicano Antonio Tamez-Elizondo ha publicado en MEER, revista norteamericana en seis idiomas e innovador canal digital. Antonio analiza admirablemente esta primera recopilación temática de mis relatos, enmarcándolos a la perfección en sus coordenadas, y lo hace con su enjundia habitual (por algo es el autor de los brillantísimos e inquietantes cuentos de “Historias naturales”, y poseedor de un mundo propio).


LOS CUENTOS DE ÁNGEL OLGOSO Y LA INDUSTRIA EDITORIAL. ¡QUÉ HERMOSAS LAS BESTIAS!

 Antonio Tamez-Elizondo


Con frecuencia se escucha decir por ahí (en las academias, en los cursos, en los talleres de escritura creativa) que el cuento no solo es un género cargado de sus propias complicaciones; es, si cabe, más complejo incluso que la propia novela. De esto sabrán más quienes tienen experiencia comprobable en ambos géneros, pues, hablando desde lo personal, me costaría mucho afirmar la veracidad de lo que he escrito hasta el momento. A mi haber hay solo una pequeña colección de relatos, y he perdido cuenta de las novelas inconclusas que guardo en el cajón imaginario de mi computadora, esperando el día en que se aclare la nube de mi mente para al fin terminarlas. Más acertado, me parece, sería decir que cada género cuenta con su propia lógica y maquinaria especializada.

Nótese aquí que he hecho un pequeño truco de mago; una prestidigitación grosera, pero no por eso sin sus razones. Me tomé la molestia, a medio camino del párrafo anterior, de cambiar el sustantivo «cuento», por el más cómodo «relato», en lugar de agregar la coletilla «para adultos», que me parece excesiva, por no decir vulgar. Es una manía que a algunos nos asola, y viene de la muy común experiencia de que se nos pregunte, una vez que hemos hablado de nuestros pequeños logros, si nuestros cuentos pueden ser leídos por niños de tal o cual edad. Nada en contra de la literatura infantil, pero es cierto que, en un mundo en el que la novela es vista como «el género» al que se dedican los escritores serios y de éxito, el cuento es supuesto por muchos como un dominio exclusivo para el deleite de los más jóvenes. Algo así como lo que ocurre con lo fantástico y lo insólito que, se supone, tampoco deberían entrometerse en la buena conversación literaria. Tonterías que de tanto en tanto nuestra cultura asegura.

Estas observaciones no son originales; ya muchos las han hecho antes y mejor. Se encuentran, incluso, en las primeras páginas del prólogo escrito por Jorge Fernández Bustos para celebrar Bestiario (Eolas, 2022), la más reciente publicación de Ángel Olgoso (Granada, 1961), un libro que a muchos de quienes le admiramos nos vino como un regalo, luego de que se anunciara, tras la aparición de Devoraluces (Reino de Cordelia, 2021), que quien es considerado uno de los mejores cuentistas contemporáneos de nuestra lengua se despedía para siempre de este pequeño gran género. Un sentimiento fugaz, ya que Bestiario es una colección de 59 relatos tomados de las muchas publicaciones a nombre de Olgoso.

Sobre él se puede afirmar lo que se encuentra en los canales comunes de investigación. Nació a finales de febrero de 1961, en la pequeña Cúllar Vega. Se educó entre los lasallistas, de cuyas bibliotecas extrajo el gusto por las palabras, y fue mientras estudiaba con ellos que logró su primer premio literario en 1974. Por aquel entonces se inclinaba por la poesía, y fue la clásica Antología de la literatura fantástica, editada por Borges, Casares y Ocampo, el encuentro afortunado que lo enmarcó en su vertiente cuentista. Estudió filología hispánica en la Universidad de Granada, y, tras varios años de escritura, publicó en 1991 su primer libro, Los días subterráneos, un logro al que le siguieron más de otros quince títulos, además de artículos y crítica literaria en la prensa, por no hablar de los muchos premios y reconocimientos. Su nombre figura también como fundador y director del Institutum Pataphysicum Granatensis, donde se estudia y practica la patafísica de Alfred Jarry. Un sitio de naturaleza no del todo divorciada del resto de su obra escrita, esa en la que lo extraño y lo fantasmagórico existen como parte de una dimensión más poética del buen y el mal vivir, aquí abajo en «este sueño». Pues, escribe Olgoso en su introducción:

Según Chesterton, hay dos movimientos hacia lo imaginativo, hacia lo fantástico, uno centrípeto y otro centrífugo: una espiral marcha hacia dentro, hacia los secretos sueños del hombre, y otra hacia los poderes o verdades que están más allá de su alcance.

Cada una de las pequeñas bestias que duermen y sueñan dentro de este Bestiario fueron extraídas del grueso de su catálogo, que es otra manera de decir que han sido seleccionadas de entre los casi setecientos textos que, a lo largo de cuarenta y cuatro años, han fluido de los bolígrafos de Olgoso. Moscas, tigres, perros, narvales, ñus y zopilotes, cocodrilos, cucarachas, luciérnagas, dinosaurios, camaleones y algunos otros de extracción más mítica, como el buey negro guardador de la «nada». Aquí se cumple el cometido de todo buen bestiario, como los viejos del medievo, en cuanto a su función de muestrario de animales que viven más allá de la experiencia ordinaria, distorsionados todos por la fugacidad de la memoria, la licencia artística del dibujante, o la exageración del testigo. Pero no se trata de un bestiario cualquiera, ya que no se molesta con los animales de nuestro mundo ordinario, cuantificado y catalogado, sino en los que habitan los bosques, las montañas y las vastas llanuras de la imaginación.

Leerlo me recuerda un poco a la manera en la que Maurice Maeterlinck solía escribir sobre las hormigas, las abejas, y las termitas. También trae recuerdos de El libro de los seres imaginarios, si al menos en espíritu, ya que sus propiedades son otras. Mientras que aquel libro de Borges es un compendio de las fieras literarias y míticas del mundo, el de Olgoso reúne a las que acechan las cavernas de su mente. Cuentos de animales o sobre animales en los que estos pueden ser su centro o el conducto a otras dimensiones de la experiencia humana, como la crueldad en Águila de sangre, las pretensiones de clase en Aristocracia, la locura repentina (la más hermosa) en El perro verde, o el lamento por las oportunidades perdidas en Cálculo de probabilidades. Ya de antiguo nos viene la tradición de utilizar a los animales como símbolo para expresar lo que la lengua, por sus limitaciones y contradicciones, es incapaz de decir, o para dar color a lo que deseamos comunicar. Se es sabio como un búho o astuto como un zorro, calenturiento como un conejo y necio como un burro, siniestro como el cuervo o anticuado como el dinosaurio. Los santos hablan el idioma de las aves, pues están cerca del cielo, y el verdadero Señor de este mundo se aparece en el cruce de los caminos como un gran chivo negro. Para Ana de Bretaña, reina consorte de los franceses, el armiño representaba la pureza de su legado. Para Schopenhauer, su perrita Atma fue toda la dulzura a la que la humanidad, sucia, cruel e inmunda, jamás podrá llegar.

Bestiario no es una colección en la que las narraciones compartan una única atmósfera, una estética, o una fijación temática a la manera en la que los cuentos de Aickman o Ballard, por ejemplo, comparten las mismas atmósferas, estéticas y fijaciones. Hay una variedad de técnicas narrativas, puntos de vista, incluso humores, que las diferencian bien unas de otras, aunque están todas hermanadas por la riqueza de su vocabulario, la precisión de relojero con las que fueron escritas, su erudición y barroquismo. Esta última cualidad, en especial, muy apreciada por algunos de nosotros, a pesar de ser considerada por otros tantos como una reliquia literaria que no tiene sitio en un mundo en el que la atención y la paciencia lectora descienden sin piedad. Un barroquismo, sin embargo, que se integra sin costuras a la brevísima extensión con la que Olgoso trata muchas de sus ficciones, haciéndolas ver en ocasiones como el trabajo de un miniaturista rococó.

En alguna otra parte he comparado sus cuentos con los paisajes de Brueghel el Viejo y El Bosco, y es una comparativa que no me canso de hacer. Como ocurre en la obra de los neerlandeses, la oscuridad y la comedia aquí también son muy buenas comadres. Al igual que con los dos pintores, hay una rica abundancia en personajes y detalles. No deja de sorprenderme la facilidad con la que bestias y hombres, dioses y monstruos, científicos y exploradores, personajes de la literatura y héroes de la mitología, llegan y salen sin problema de entre las líneas mínimas en las que transcurren muchos de sus cuentos. Deidades de varios panteones se asoman y hacen estragos en Un melange mitológico, de apenas 115 palabras, y el curso de las civilizaciones y sus tragicomedias se deslizan sin problemas por las diecinueve líneas en De coleópteros y firmamentos. Cuando lo complejo nos parece sencillo sabemos que estamos ante la presencia de un talento que ha logrado la maestría de lo artesano e intelectual.

Varios de los textos reunidos aquí, como en el resto de su obra, son menos narraciones y más estampas: paisajes o retratos en los que lo importante es la composición verbal de la imagen, la transmisión de una idea, una sensación o reflexión. La presencia de los animales, así, hace de Bestiario algo parecido a pasar una tarde solitaria en un parque en el que lo que impera son los pensamientos de uno mismo y el canto de los pájaros.

Que Olgoso haya hecho del cuento fantástico —y del microcuento—el eje de casi toda su obra, y cultivado con este un listado de reconocimientos y premios, debería ser reflexión para una industria (y un público) en la que la novela es vista como garantía del pedigrí de quien escribe. Incluso mejor aún si su realismo social es de lo más rancio. «Nadie te leerá hasta que no tengas una novela», me dijo alguien hace tiempo, y es esta la situación en la que nos encontramos. Pero hay que recordar que la literatura no es lo mismo que la industria del libro; la primera existe bajo reglas muy distintas a las de la segunda, por lo que uno puede estar bien asentado en una de ellas sin necesariamente tener un pie en la otra. Desde luego, y por fortuna, existen aún sellos y casas editoriales como Eolas que no le hacen el feo al cuento y lo reciben con ediciones bien cuidadas como la de este Bestiario.

Aunque la narrativa ya ha llegado a su fin en la carrera de Olgoso, sigo esperando que esto no signifique el término de su obra. No dejo de recordar el caso del compositor estadounidense Harold Budd, quien en dos ocasiones dijo haber terminado su carrera musical solo para resucitarla dos veces más. ¿Tal vez ahora Ángel Olgoso se dedicará al micro ensayo? Habrá que preguntárselo al oráculo, aunque, como bien ocurre casi siempre, estas sorpresas solo pueden disfrutarse más adelante en el tiempo.

miércoles, 24 de agosto de 2022

Entrevista sobre "Bestiario" en Ideal

Entrevista de hoy martes, 23 de agosto, en el diario Ideal sobre "Bestiario" a cargo del periodista José Antonio Muñoz.


Ángel Olgoso (Granada, 1961), uno de los maestros del relato en español y Premio de la Crítica con "Devoraluces", vuelve con “Bestiario” (Eolas Ediciones), una aproximación literaria al complejo mundo de los seres que no existen, o que no vemos. El volumen cuenta con un prólogo de Jorge Fernández Bustos.

1. ¿Quizá nos llama tanto la atención lo entomológico porque los humanos no somos conscientes de nuestra pequeñez?

Exacto, tenemos un problema de perspectiva, nos cuesta vernos como un simple formicario de hormigas. Los tímidos estamos más acostumbrados a ese recogimiento del ego. Aunque si eres un tímido miope, es inevitable que te veas a ti menos borroso que a los demás. En realidad todos somos Gregor Samsa, el protagonista de “La metamorfosis” de Kafka. Este “Bestiario” podría considerarse un terrario de cristal, un termitero, un bosque animado en miniatura, donde sopla a placer la brisa de la imaginación. Aquí los animales son protagonistas pero también testigos y vehículo de reflexión sobre la identidad y sobre los límites entre especies y géneros. Más que apólogos, fábulas o alegorías, la fauna que acompaña desde sus inicios a la humanidad se materializa, entre estas páginas, en una estética del extrañamiento que es, por otra parte, sobre la que casi siempre he trabajado. Según Cortázar, las criaturas zoológicas permiten introducir la extrañeza en el discurso y desvelar las grietas fantásticas que se esconden bajo la superficie de la cotidianeidad. 

2. La muerte forma parte de la vida, dicen. Y hay quien sueña con la reencarnación, sin pensar en que la vida cansa, y determinadas vidas, más…
Me fascina el atroz hecho de que, de todas las formas de vida conocidas, sólo queden vivas un magro diez por ciento. Las demás, muchas de ellas extrañas o inimaginables, han desaparecido para siempre (aunque quedan pequeñas muestras como ornitorrincos, pangolines, capibaras, ajolotes, hormigas terciopelo, ranas de cristal, etc.). Me apasiona esa exuberancia de formas, esa energía desenfrenada, como si la naturaleza se hubiera ido alegremente por las ramas una vez tras otra. Te refieres al protagonista de “Samsara”, quien sufre la rueda de las reencarnaciones hasta acabar como un animal disecado. Sabemos que lo único que nos diferencia de los animales (que viven en estado de pureza, eternos, con el ritmo elemental de la tierra misma) es la conciencia de nuestra mortalidad. De hecho, si los miramos a los ojos nos parece intuir exactamente lo que sienten. Sin embargo nadie puede saber qué es un animal, en parte porque nadie puede saber lo que es cualquier cosa, y además porque es imposible considerar a un animal sin superponerse antropomórficamente a él.

3. ¿Qué tipo de cuentos de los protagonizados por animales le gusta más?
Todos, pues disfruto contemplando la realidad desde otras perspectivas, borrando la tenue silueta de la identidad entre las especies, agotando las posibilidades narrativas, cruzando puentes que conducen a otros estados de la materia, viva o incluso inerte. No podría elegir sólo algunos de entre todo este recorrido exhaustivo por la totalidad de mis libros (700 relatos), incluido el primero e inencontrable “Nubes de piedra”. Gocé por igual al escribir cada uno de ellos. En “Bestiario” hay lugar para la inquietud, la erudición y la extravagancia, para lo tierno y lo monstruoso, para el prodigio y la pesadilla, para la interpretación simbólica del cosmos o del imaginario colectivo, para la aproximación mitológica y arqueológica. Por suerte, en la literatura los pájaros pueden nadar y los peces volar, y los seres humanos cambiar de forma y de ser, metamorfosearse unos en otros de forma ovidiana, mendeliana o kafkiana: de la poderosa imaginación de los creadores siguen saliendo a enfrentar el mundo el cuervo de Poe, la cucaracha de Kafka, el dinosaurio de Monterroso, los pavos presuntuosos de Shakespeare, la ballena de Melville, los animales selváticos de Kipling,  el burrito de Juan Ramón y la “flor y espejo de los caballos” de Cervantes, los toros degollados de Esquilo o la tortuga que lo mató cuando un quebrantahuesos la dejó caer sobre su cabeza.

4. En uno de sus cuentos, plantea una subversión de las relaciones perro-amo. ¿Una parábola sobre las relaciones consideradas 'canónicas' y que se están subvirtiendo también?
He escrito mucho sobre perros, me di cuenta a posteriori: un perro que habla en “Bárbaro solo”, un hombre que se cree convertido en perro en “El perro verde”, un hombre que se promete con una perra callejera en “Grandes esperanzas”, un perro que contiene el espíritu y los recuerdos del hermano del protagonista en “Lamedores de cielo”. El relato “El asedio” es no obstante la rebelión del mejor amigo de hombre, la ofensiva de un ejército sin disciplina, una desviación del orden natural, de la falaz intimación de miles de años entre nuestras especies. En esta historia, los perros han escapado a su ciega servidumbre, han roto el pacto de fidelidad. Y es que, más que un compendio de animales parlantes, fabulosos o legendarios (también presentes algunos en este volumen) encontramos en “Bestiario” historias naturales y nada ejemplarizantes, retratos poco benevolentes de la condición humana. El campo de acción de las historias es siempre el ser humano, sus comportamientos, sus temores, su memoria, su crueldad, sus dudas, sus proyecciones mentales. Hay que recordar que los bestiarios medievales no sólo ayudaban a la gente a conocer animales exóticos y monstruosos, sino que servían para hablar de las virtudes y defectos, para hablar de personas y animales que ganaban o perdían su libertad.

5. Usted juega con frecuencia con las paradojas del espacio y el tiempo. Lo que para unos es un instante, para otros es una eternidad. ¿Se siente pulga o cocodrilo?

Sabemos que lo pasajero es eterno, las más grandes y solemnes verdades mentira y la poesía (la creación de belleza) la única prueba concreta de la existencia del hombre. “Bestiario” responde a mi apetito por lo maravilloso, lo distorsionado, lo fuera de lo común; a una cierta predisposición por mi parte a animalizar la realidad, mediante metáforas o literalmente. Quizá disfruto liberando a los animales de las jaulas de la convención, a través del juego, la broma y la sorpresa, desautomatizando el pelaje verbal de su naturaleza, que es la nuestra. Respondiendo a tu pregunta, a estas alturas debo haberme encarnado ya -siempre con gusto- en un buen número de animales, desde camaleón (“El pisapapeles”), cucaracha (“Edén Exprés”), tigre (“El demonio de Bengala”), burro bíblico (“Caída de cuerpos siderales”), tiburones (“Naufragio”), zorro (“Almohada de hierba dulce”), abeja (“Las barbas del cielo”), pulga (Merodeadora), cocodrilo (Samsara) hasta dinosaurios o perros. Además recuerdo animalizaciones literales en “Parte meteorológico” (revisión del mito del Arca de Noé) o en “Árboles al pie de la cama”.

6. ¿Hasta qué punto le influye la tradición del cuento oriental? ¿Y la mitología clásica?

Es cierto que casi cada libro mío de relatos incluye una historia oriental propia, homenajeando en especial a la fascinante y exquisita tradición japonesa. Y seis textos míos se incluyeron en la antología “Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica”. No se trata sólo de una cuestión de gusto, de afinidades o de formas, sino de maneras. Estas tradiciones, por lo general, perduran porque han logrado recoger con sencillez algo esencial humano, una verdad eterna, común al hombre de cualquier tiempo y lugar. Son historias que están sustentadas a la vez en la autenticidad y en el misterio, no en banalidades, conflictos espurios ni ingeniosidades efímeras.

7. ¿Le supone un reto como escritor mezclar el microrrelato con el nanorrelato y los relatos de mayor extensión?

Siempre me he plegado por completo a las exigencias del texto, independientemente de la extensión. La soberanía de la historia es sagrada, no se puede forzar, ni podándola ni hinchándola.
Volvemos a la idea de la perspectiva: un árbol es, como decía Bruno Munari, la lentísima explosión de una semilla. Al tratarse de una recopilación de cuarenta años de escritura (aunque las narraciones no están extraídas en orden cronológico), conviven en “Bestiario” distintos registros, el microrrelato y el relato largo, la evocación poética, el terror, la sátira, la ensoñación, la metamorfosis, el cuento tradicional, la antropomorfización, la fábula, la escena bíblica, las hibridaciones, etc., y se barajan no sólo animales sino diversas atmósferas, técnicas narrativas y la propia extensión de los textos. Pienso que el resultado oscila entre entre el onirismo y la mirada poética, entre el barroquismo y el informe pericial.

8. ¿Qué le sugiere el término "mascota"?

Una simplificación, una pobre expresión un tanto peyorativa hacia quienes nos acompañan y nos ayudan a salvarnos de esta vida que, en palabras de Lezama, “se agazapa como una bestia de interminable lomo para la caricia”. Confieso que sería capaz de dar una oreja por haber escrito la historia del decano Spanley, de Lord Dunsany, una de las más hermosas relaciones jamás narradas entre humanos y animales. Mientras tanto, me conformo con este modesto crisol de “Bestiario”, donde he reunido vínculos amistosos y crudamente terribles, donde espero haber dibujado una batalla de centauros cuyas dos mitades se acompañan familiarmente o luchan instintivamente una contra otra. A fin de cuentas, somos los únicos animales que fabulan. 

9. Dijo que se retiraba del relato con 'Devoraluces', Premio de la Crítica. ¿Se lo ha pensado mejor?

Me temo que ya he dado por concluida mi obra de ficción. “Devoraluces” ha sido el punto final, la bisagra de una nueva puerta. En otros libros anteriores habían comenzado ya a infiltrarse algunas piezas de un universo fragmentario entre lo metafísico, lo ensayístico y lo confesional, pero ya tengo listo el primer volumen de esta nueva etapa más libérrima, titulado “Madera de deriva”. La verdad es que siento cierto hartazgo del corsé constreñidor de la ficción y, al mismo tiempo, mucha curiosidad y ganas de explorar -mediante otros registros- este territorio fronterizo. Pero no dejaré totalmente de lado los mundos sumergidos y fascinantes de la imaginación, los seguiré recorriendo a través de la lectura de otros autores.

viernes, 24 de junio de 2022

"Sobre humanos y bestias"

Comparto con gusto desde Infolibre el texto que el escritor Alejandro Pedregosa dedicó a Bestiario en su presentación durante la Feria del Libro de Granada, y que ahora se publica en la sección cultural Los diablos azules de Infolibre.





SOBRE HUMANOS Y BESTIAS

Alejandro Pedregosa


La polisemia es siempre una opción. Podría empezar diciendo que los cuentos de Ángel Olgoso son fantásticos, y la verdad estaría de mi parte en cualquiera de sus significaciones. Podría decir también que se trata de un escritor bestial, monstruoso, incluso brutal, y sus lectores, con una sonrisilla cómplice, entenderían la picardía del asunto. Porque la polisemia –es lo que tiene– mata siempre dos pájaros de un tiro. También la metáfora participa de este juego reproductor y expansivo, pero de la metáfora hablaremos más tarde, cuando esté a punto de acabar la presentación.

Ahora vayamos sin más preámbulos de lo general a lo concreto. Voy a ser claro: nos encontramos ante un libro absoluto; un libro que trasciende la sofisticación estética –ampliamente celebrada en la obra de Olgoso– para situarse en los territorios de la literatura imprescindible, donde unas veces se llega por virtuosismo y otras por simple intuición, pero donde siempre, siempre, opera la irrefutable verdad de lo humano. Pues justo ahí, en esa alta comarca de las cumbres, se encuentra Bestiario.

Quizá el lector inadvertido –y es por eso que yo quiero advertirles– se abandone a la brillante panoplia de bichos y bestias que transitan por estas páginas. Y hará bien, porque ciertamente hay un goce en la inquietud que genera cada peripecia, un abismo en cada pregunta que nos surge y un puñetazo en cada respuesta. Pero por encima de eso –recuerden que estoy hablando de lo general y todavía no de lo concreto– hay en Bestiario una apelación constante a los cuatro elementos fundacionales, aquellos que nos han convertido en lo que somos, a saber: nuestra parte humana, nuestra zona animal, nuestra sofisticación fantástica y nuestros imponderables realistas.

Y me voy explicando.

Cuando el homo sapiens levantó la cerviz definitivamente dejó orillado –aunque no oculto– ese torrente sanguíneo que lo convertía en preso de su realidad más acuciante: el instinto. A cambio de abandonar ese poder –y como si de una novela fantástica se tratase– se le concedió otro aún mayor, una gracia inalcanzable para el resto de criaturas: el don del sueño. Empezó el ser humano a soñar su vida más allá de la cueva, la charca y la montaña, y soñó también el pasado mitológico de aquellos animales a los que temía, y de tanto soñar acabó por soñarle a sus muertos una vida eterna allá en las estrellas, para verlos tintinear cada noche y dormir bajo su amparo.

Una vez que la imaginación estuvo bien engrasada llegó el código. Una serie de palitos dibujados en el barro que, unidos de diabólica manera, conseguían fijar aquellos sueños en la memoria de un modo casi eterno. Ahí estaban, la fantasía y la escritura, las dos grandes armas con las que el ser humano se había pertrechado para explicar –es decir, para inventar– su mundo. No obstante, por más que ha inventado, por más que ha soñado nunca ha podido alejarse demasiado de esa orilla primigenia donde descansa jadeante su realidad animal. Porque –nos ha costado, pero ya empezamos a entenderlo–, del mismo modo que el ser humano es una evolución del ser animal, el discurso fantástico supone una evolución del discurso realista. No es su contrario, sino una extensión del mismo, una extensión imprescindible para nombrar esos lugares en sombra donde laten los verdaderos misterios.

Pues bien, es por todo esto que veo en Bestiario un libro absoluto y trascendente, porque mezcla, en un cóctel maravilloso y telúrico, lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos; y al mismo tiempo nos niega todas estas posibilidades, para presentarnos la mezcla indisoluble que nos corre por dentro, donde a ratos somos animales soñadores y a ratos alimañas realistas (e incluso surrealistas).

Acabo aquí lo general y me pongo con lo concreto. En este caso, cuanto puedo decir lo ha desentrañado ya la crítica que estudia los cuentos de Olgoso, pero no por eso voy a dejar de recordar algunos detalles de su estilo que andan más cerca del prodigio que del mero oficio de escritor. Lo primero es la audacia a la hora de elegir las situaciones narradas. Entra ahí un elemento que es previo a cualquier decisión gramatical: la mirada. Sin mirada no hay escritor. Y la mirada de Olgoso nos coloca en situaciones inmejorables para que estalle el relato. ¿Cómo no interesarse por los pensamientos de una pulga pegada a la oreja de un perro, o los del pollino blanco que cargaba a Jesús de Nazaret, o los del aquel tiburón que en mitad de un refrescante baño se topó inesperadamente con un naufragio? Un buen punto de partida es fundamental y Bestiario está repleto de grandes ideas iniciales.

Decía Maupassant que no debía la pluma tocar el papel hasta que no tuviera un designio claro de dónde iba a llegar. En este sentido los cuentos de Olgoso son artefactos perfectos, relojes de precisión que marcan cada tiempo del relato hasta llevarte a la explosión final, donde el lector cae abatido por las tres posibilidades inherentes al arte de contar: el impacto de lo inesperado, la reflexión sobre lo acontecido o el aroma del estilo. No son exclusivos ni incompatibles. De hecho, en algunos cuentos como “Botany bay blues” o “Lección de música” los tres finales se conjugan en un alarde delicado y conmovedor.

Pero no quiero terminar sin referirme a esa evidencia que todos celebramos en la literatura olgosiana: la virtud verbal. Trabajar el cuento con vocación de orfebre, no avanzar hasta que la palabra correcta esté en su lugar exacto, mezclar, como en un delicado elixir, aquellos adjetivos de naturaleza evocadora que le dan vuelo al relato con estos otros cuyo peso material anclan al sustantivo en el lugar idóneo, donde nunca lo moverá el viento de la vacuidad, ese hablar por hablar, ese contar por contar.

Les dije al principio que no solo la polisemia provoca el juego de espejos y referencias. También las metáforas ayudan a duplicar lo imaginado. Así, se me ocurre que cada cuento de Ángel, cada cuento de este Bestiario, es una olla exprés en ebullición. Y amplío la imagen: una olla exprés en ebullición observada por una tribu que apenas conoce el fuego. Nosotros, sus lectores, –humildes miembros de la tribu– miramos con arrobo la pequeña válvula por la que escapa el vapor de agua y decimos «Oh, es fantástico…, se trata de un cuento fantástico». Y sí, de acuerdo, es fantástico, pero para disfrutar del prodigio con más enjundia, conviene observar la olla en su conjunto, conocer los ingredientes que borbotean en su interior, porque sospecho que es ahí, y no en el silbido trepidante y blanco del pitorro, donde reside la magia de este cuentista sobrenatural que es Ángel Olgoso. Y dentro de la olla, no lo duden, está cociéndose el ser humano, en todas sus derivas animales y soñadoras.

sábado, 11 de junio de 2022

Sexto Continente recomienda "Bestiario"

El programa Sexto Continente de RTVE recomienda “Bestiario” (Eolas) en la última edición de este interesantísimo “café literario” de Radio Exterior de España. Mil gracias a su director Miguel Ángel De Rus por sus palabras y la lectura de unos de los relatos.




domingo, 5 de junio de 2022

Reseña de "Bestiario" por Santos Domínguez





BESTIARIO DE ÁNGEL OLGOSO

Santos Domínguez Ramos

Volvía del trabajo, al anochecer, cansado, casi enfebrecido, cuando se me ocurrió que me gustaría ser un animalillo silvestre, que sabría administrar esa vida simple, limpia de la confusión y el alboroto de las preocupaciones, que podría acomodar con facilidad mi conciencia a ese estado ideal. Como una bendición, alguien, lejos de escamotear mi deseo, me dio la forma de una criatura peluda y diminuta y me soltó en el bosque. Era, como vi después, una vida descorazonadora: no sentía interés por otra cosa que no fuera acarrear alimentos, avariciosa e infatigablemente, hasta mi agujero al pie del tronco de un árbol podrido; los límites de cada territorio desencadenaban continuos litigios entre los habitantes de la fronda; las voces de los pájaros me ensordecían; los parásitos habían invadido mi pelambre; los apareamientos resultaban tan gravosos como los espulgos; y mis ojos revolaban de pánico en sus órbitas cada vez que presentía a los rapaces. Aquel desconsuelo, por fortuna, no duró demasiado. Un día se acercó con sigilo un trozo de oscuridad y, aunque husmeé su hedor a distancia y oí luego las pisadas y los furiosos ladridos, apenas tuve tiempo de entrever sus dientes cerrándose sobre mí.

Ese espléndido relato, ‘Árboles al pie de la cama’, abre el Bestiario que Ángel Olgoso publica en Eolas Ediciones.

Es el primero del medio centenar largo de textos narrativos que el autor ha recopilado de entre los setecientos relatos que ha venido publicando durante cuarenta y cinco años para que formen parte de esta antología temática que tiene como eje el mundo de los animales reales o fantásticos.

Reorganizados en este nuevo conjunto, esos relatos dialogan entre sí de manera distinta a como lo hacían en el contexto de los volúmenes de los que proceden. Y aunque hay una palmaria unidad temática, hay también una evidente variedad genérica y tonal: del relato fantástico al de terror, de la sátira al humor negro, de lo onírico a lo filosófico, del microrrelato a la fábula, al cuento tradicional o a consejas circulares y perturbadoras como esta de ‘Hábitat’:

A las doce y veinte de un sábado soleado de octubre, contra un rincón de la cocina de su vivienda en un pueblecito cercano a la industriosa capital de la provincia, el hombre golpea a la mujer que castigará al hijo que dará una patada al perro que morderá al gato que perseguirá al ratón que abatirá a la cucaracha que atrapará al gusano que devorará al hombre.

Tras la libertad imaginativa y la potencia creadora de la palabra de Olgoso, hay en estos relatos casi siempre -como en las fábulas clásicas y medievales- una voluntad alegórica que tiene como fondo continuo el sostenido propósito de reflejar la condición humana con sarcasmo o ironía a través de la mirada simbólica al mundo de los animales.

En la recopilación de entrevistas con autores de cuentos que Miguel Ángel Muñoz tituló hace diez años La familia del aire, le preguntaba a Ángel Olgoso por esta zoología fantástica que recorre sus relatos. Y en la respuesta, recuperada oportunamente como pórtico de este Bestiario, decía Olgoso que ese era “un tema característico de la literatura fantástica; eso sí, el paso de la humanidad a la animalidad y viceversa -y sus estados equívocos- es de los más estimulantes junto con los juegos temporales y el deslizamiento y confusión de planos distintos.” Y añadía que esa afición por el mundo animal era “una consecuencia de mi afán por contemplar la realidad desde otras perspectivas, por borrar la tenue silueta de la identidad entre las especies, por agotar las posibilidades narrativas. Creo que a estas alturas debo haberme encarnado ya en un buen número de animales, cada uno con su propia visión de la vida expresada en un castellano estólido o afrentoso, según la ocasión.”

Abre la edición un prólogo en el que Jorge Fernández Bustos destaca la importancia que tienen en estos relatos dos rasgos: la sorpresa y la capacidad metamórfica del narrador:

“El asombro —sobre todo la sorpresa final— es una característica esencial de todos los cuentos aquí reunidos, así como la alegoría continua, el exotismo puntual y el fino humor que a veces roza lo grotesco, cómo podríamos entender en algunas páginas de Cunqueiro o de Sánchez Ferlosio, entretejiendo un rompecabezas, formulando en cada corte una adivinanza, un enigma que no se desvela hasta el fin cual escorpión que mata con el extremo de su apéndice caudal.

Por lo demás, Olgoso es camaleón, mosca y cocodrilo; tigre, sapo y cucaracha; escualo, perro y ratón; abeja, colibrí y todo lo contrario; hasta llegar a una última entrega, llamada precisamente Bestiario que, en una declaración conclusiva y abnegada, viene a decirnos que todos somos monstruos, que irremediablemente somos, hemos sido y seremos animales.”

Reseña de "Bestiario" en Libros de Cíbola





{RESEÑA} ÁNGEL OLGOSO: BESTIARIO (EOLAS)

Con la publicación de su libro de cuentos Devoraluces (Reino de Cordelia, 2021) anunciaba Ángel Olgoso su despedida de un género que había cultivado durante toda su vida con tremendo éxito de crítica y lectores. Parecería, por tanto, que el lanzamiento reciente de Bestiario por la editorial leonesa Eolas contradecía esa decisión que tanto disgusto nos produjo a su legión de admiradores; lamentablemente, no es así dado que se trata de una recopilación de trabajos anteriores que se han agrupado para armar ex novo un atractivo volumen de textos que tienen en común el que podrían formar parte de un hipotético bestiario, ese «tema característico la literatura fantástica» según el autor.

    En un texto clarificador dedicado al cuento fantástico escribió Olgoso: «En mi opinión, el fantástico es el lugar natural de la escritura, la maravillosa posibilidad —quintaesenciada— de inventar mundos diversos, alternativos, imposibles, mundos al revés. […] La mía es una literatura de imaginación, de torsión de lo real, con un obsesivo gusto por los contenidos expectantes y vertiginosos, insólitos y perturbadores. El relato fantástico me permite escapar de lo consabido, de lo mostrenco, de lo plano». Ciertamente, todo es insólito y perturbador en Bestiario, un volumen que, más que ejemplos de un bestiario fantástico convencional, esto es, textos que describen las formas y el comportamiento de animales inexistentes, contiene invenciones donde el animal y el hombre son monstruos en acto o en potencia, siempre vacilantes ante su propia condición biológica —que no es inmutable— y siempre al acecho de sus víctimas.
    Como se sabe, lo monstruoso en todas sus variantes es uno de los temas predilectos de la literatura fantástica de todos los tiempos. No hay más que observar que en la mitología universal y en el imaginario medieval abundan los seres monstruosos (Minotauro, Cancerbero, Basilisco, Dragón, Grifo). Existe una ciencia (Taratología) y toda una tipología de los monstruos, normalmente conformados por una hibridación (Hombre-lobo), una magnificación (King-Kong) o una masificación (Los Pájaros). Todas estas transgresiones son de índole biológica, pero hay otras, no menos efectivas y espeluznantes, que son de orden psicológico, social o moral. Una hecho muy importante (más en literatura), del que se encuentran muchos ejemplos en este Bestiario de Olgoso, es que el monstruo, la bestia, lo anormal, produce en el lector dos sentimientos encontrados y simultáneos: la atracción y la repulsión. Aquí radica, por tanto, la eterna vitalidad del monstruo literario, porque «nos pone frente a frente con nuestros terrores, deseos e inseguridades» (David Roas).
    SAMSARA
Soy un ñu. Me persiguen, incansables, las hienas. Siento el primer mordisco y los ataques sucesivos. Mientras me están comiendo vivo y se acercan ya buitres y carabús, en el instante exacto de la muerte, me deslizo inexplicablemente dentro del cuerpo de una india tolteca que va a ser inmolada en el altar de los sacrificios. Muero y vuelvo a revivir en las formas de un condenado ante un pelotón centroeuropeo de fusilamiento. Esta es una situación, huelga decirlo, deprimente. Una vez pasada la ilusión de la novedad, el ciclo de las reencarnaciones —arbitrarias, maliciosas, extemporáneas— se convierte en un estigma insoportable. Abismado en este perpetuo vórtice, apenas he conocido el esparcimiento. Fui, sin ir más lejos, peón en las Pirámides, en la Gran Muralla, en Machupichu y en la Basílica de san Pedro. No es gratuito afirmar que, a estas alturas, mi conciencia y mis miembros se hallan en un estado de escarnecimiento y extenuación indecibles. Ahora, aquí, en esta taberna turística ecuatorial, arrojo mis mudas zozobras justo sobre vuestras cabezas: soy ese cocodrilo que cuelga del techo y os mira. 
    Señala el prologuista que «el asombro —sobre todo la sorpresa final— es una característica esencial de todos los cuentos aquí reunidos, así como la alegoría continua, el exotismo puntual y el fino humor que a veces roza lo grotesco». Yo añadiría también a estas definiciones de su estilo cierta dosis de erudición naturalista y de crueldad, una crueldad siempre bajo control para no desembocar en lo macabro. Sorprende asimismo la unidad estilística de estos cuentos escritos durante un periodo tan largo de su actividad creadora. Algunas peculiaridades fácilmente reconocibles en la escritura de Olgoso son el barroquismo de su prosa, su riquísimo vocabulario, el usual empleo de largas enumeraciones, la escasa acción, la ausencia de diálogos y el predominio del monólogo discursivo; en definitiva, un estilo literario muy trabajado que, ciertamente, es bastante inusual en otros autores actuales del género.
    Bestiario se compone de sesenta microrrelatos y cuentos cortos procedentes, como he indicado, de libros anteriores (lamentablemente, no se especifica el origen de cada pieza). Los procedimientos que encontramos en Bestiario son variados: el apócrifo erudito (El mugido de la Nada; Las moscas), el apólogo (El libro del batir de palmas de las medusas), el bestiario fantástico clásico (Sátiros, faunos, panes, silvanos y rbhus; Cuadrimensional), el terror (El yacimiento), y también magníficos cuentos de estirpe kafkiana, como El perro verde, historia de un hombre que súbitamente se comporta como un perro callejero, o El asedio, sobre una rebelión de los perros contra los seres humanos. Tampoco faltan los cuentos sobre el tema clásico de la metamorfosis, como el estupendo El pisapapeles, que refiere la historia de un hombre que entra en una extraña tienda de antigüedades y sale convertido en un camaleón. En muchos textos es la propia estructura verbal, al margen del propio argumento, la que produce el efecto de extrañamiento que es fundamental para la eficacia de un cuento fantástico. Con todo, la mayoría de las piezas están narradas o protagonizadas por los propios animales: ñu, tiburón, abejas, lepidópteros, asno, gato, luciérnagas…
    «Bienvenidos a la bruma inquietante y magnética de lo inaudito —escribe Olgoso en el texto que citaba al principio—, bienvenidos a la bruma de maravilla del relato fantástico, esa que flota sobre las delgadas fronteras que separan lo real de lo irreal». Bienvenidos, pues, a este Bestiario fascinante que no defraudará ni a los lectores devotos de Olgoso ni a los que se acerquen por primera vez al escritor andaluz.

martes, 24 de mayo de 2022

Presentación de "Bestiario" en la FLG

En el marco de la Feria del Libro de Granada, Alejandro Pederegosa y Ángel Olgoso presentaron el domingo 22 de mayo, en el Pabellón Fundación Caja Rural (Fuente de las Batallas), “Bestiario” (Eolas), una recopilación de historias protagonizadas por animales, extraídas de un corpus de 700 relatos escritos durante más de cuarenta años.