He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

sábado, 31 de octubre de 2026

Ensayo sobre Cunqueiro en Entorno Gráfico

El pasado viernes 30 de octubre se presentaron en la librería Picasso los dos últimos números de la revista Entorno Literario, inaugurando nueva época donde cabe la narrativa, la poesía, el ensayo, las reseñas, las artes del libro, el cine, etc. Intervinieron el editor José Antonio Rodríguez, Francisco Acuyo, director de la revista, Francisco Martínez Vela, responsable de la sección de artes gráficas y Juan Vellido, responsable de la versión digital de la misma, los contenidos de cuyas secciones se irán actualizando diariamente. En el número 2 colaboro con mi ensayo “Las mil primaveras de Álvaro Cunqueiro, fabulador”. Comparto el texto íntegro tras las fotografías.









        LAS MIL PRIMAVERAS
DE ÁLVARO CUNQUEIRO, FABULADOR

Al igual que el abad san Ero se quedó dormido durante 300 años por el deleite, escuchando el canto de un mirlo en la fraga frente al monasterio de Armenteira, del mismo modo saboreé ensimismado, en cabal intimidad, la única recopilación de artículos de Álvaro Cunqueiro que aún no había leído. Me reservé avaramente Al pasar de los años. Artículos periodísticos (1930-1981), un grueso volumen de 800 páginas publicado en la Biblioteca Castro que se hace muy corto, para degustarlo in situ, en la tierra de mis lejanos ancestros gallegos, en un verde cerro sobre la ría de Vigo, con las frescas crines de la brisilla atlántica saludando mi frente. La parla sabrosa, erudita, fantasiosa y triscadora de don Álvaro, fabuloso fabulador, poeta, trovador, vitral de estelas y de estrellas, bardo sin malicia, escritor mágico, artista puro, flor de los ingenios galaicos, enriquece la vida del que lo lee. Su lenguaje voluptuoso de dulces versos, cabelleras de algas y campanas flotantes, su escritura de envolvente melodía es la más dulce, tibia y amorosa lluvia que se pueda soñar. Sus crónicas miniadas se beben como un buen albariño de paladar sabio y amigo, a la vez alegre y melancólico, dorado, ennoblecido por el tiempo.
Como en Galicia la gula no es pecado, da igual si se trata de textos suyos que ya se han leído anteriormente en otras compilaciones, de temas que ya se han frecuentado o de las mismas palabras que vuelven a brincar una y otra vez, «nombres sonoros y significativos, intensamente coloreados, de la misteriosa familia de los nombres que se ven». Estamos ante una prosa que se cata con fruición no sólo hedónica sino existencial, que se mete dentro morosamente, como la peregrinación por el Camino de Santiago, «una de las venas mayores del cuerpo de Europa». El caso es que sigo encontrando en su obra un licor precioso, del que continúo bebiendo hasta embriagarme, como él lo hizo con la de Lord Dunsany, descendiente de asesinos y leprosos, de abuelos amamantados por yeguas y de piratas del Donogal, y cuyo lema era «Lo inverosímil es verdad, la verdad es inverosímil». Los artículos cunqueirianos («hijos más bien de mi sorpresa ante la fauna y la flora mundanal»), su remanso de imaginación y buen estilo, su decir solazado, la fresca y lujosa imaginería literaria de su prosa, al igual que tinta el ribeiro las tazas cuncas de su apellido, entran en ti como si una mano ancha y cordial se posase sobre tu hombro.
Sus casi veinte mil artículos (muchos de ellos enveses, de su mítica sección El Envés en el diario Faro de Vigo), «en los cuales he contado los días del mundo y del trasmundo, mis aprendizajes y mis imaginaciones, mis melancolías y mis sueños, mis parvas erudiciones y mis sorpresas ante la variedad de los días, cada uno, para quien no quiere renunciar a la gran palanca del asombro, con un milagro o una sirena -igual da- dentro», son como finos caldos con un rubí disuelto en el vaso. Cunqueiro confesó haber tomado mucho de fray Antonio de Guevara, obispo de Guadix y de su Mondoñedo, gran imaginativo también y uno de los más sabrosos escritores de las letras castellanas, capaz de inventarse a sí mismo con sus citas y con argumentos de autoridad. Lo que precisamente Cunqueiro ponderaba sobre todos los placeres era que cuentos, consejas e historias de su invención vivieran en los labios de la gente gallega de manera anónima, y le llegaran de nuevo a él como un búmeran, ignorando el interlocutor que estaba ante el creador de esa leyenda popular e intemporal. «Montaigne, como nosotros, hablaba de Guevara, paseaba, tomaba el sol y bebía un cuartillo de vino rojo. Más o menos, esto es todo». Entre las páginas de Cunqueiro no deja de apreciarse, «entre una violenta nostalgia y una confortadora melancolía», su sentido de la historia como eterna huida y eterno retorno, estando el hombre siempre en el mismo sitio.
Al placer de vagabundear por las páginas de Cunqueiro, al gozo prosódico de sus historias y de sus antiguos mitos que suspendían la lógica y que me envolvieron durante un mes como los ramos verdes de maio y como los dulces y asonantados versos de las cantigas de amigo, pude sumar el cumplimiento de un viejo sueño (propuesto hacía décadas por mi buen amigo el escritor Manuel Moyano): peregrinar a su Mondoñedo natal, recostado en un húmedo valle, entre la Terra Chá y la Tierra de Miranda, con las montañas saludadas a veces por el dorado de unos rayos de sol; absorber ese tesoro de silencio vespertino de las finas tardes y ese sosiego de siglos que él tanto ensalzaba en su ciudad «románica, mitrada y labradora», en su villa episcopal de «tejados de oro y plata»; pasear ante la vivienda familiar junto a la Fonte Vella; visitar a fondo su Casa Museo frente a la Catedral, tres plantas ahora entrelazadas gastronómicamente con el restaurante A Taberna de Galiana, y donde escribió algunas de sus obras más extraordinarias (Merlín y familia, Las crónicas del sochantre, Las mocedades de Ulises o Escuela de curanderos); mirar desde la ventana del faiado, el desván donde trabajaba, la espesura del bosque vecino de Silva que siempre le sirvió de telón de fondo de sus portentosas figuraciones; sentarse junto a él en la estatua que se le erigió en el décimo aniversario de su muerte (obra del artista mindoniense Juan Puchades) oteando la hermosa «catedral arrodillada» y el paseo porticado de la plaza; emocionarse ante su humilde nicho en el Cementerio Viejo. Y a tales delicias directas, vivenciales, pude sumar otra inesperada, equivalente a tocar, dentro de la Kaaba, la sagrada Piedra Negra de La Meca: la visita al archivo de Cunqueiro custodiado en la Fundación Penzol de Vigo, un tesoro de manuscritos de artículos, poemas, novelas, obras teatrales y guiones radiofónicos, un astrolabio de dibujos, fotografías y documentos personales que pude palpar a placer (conmovido por la íntima cercanía al donaire de su letra clara, de sus dibujos, de sus esquemas, de sus cuentas domésticas y sus mecanoscritos de apurados márgenes) gracias a la gentileza de archivero y bibliotecaria.
Ahí reposaba, ordenada, buena parte del venero que hizo brotar -con sus ojos siempre abiertos para el milagro- este amigo de las quiméricas imaginaciones, una persona un poco alucinada, a la vez mesurada y con cierta inclinación a la francachela, a la carnavalada incluso, alguien que, decepcionado, no terminó la carrera de Filosofía y Letras y se preguntaba por qué no había una cátedra para soñadores en la Universidad. Ahí estaba la corte de los milagros y el retablo de las maravillas, ese universo lúdico, chispeante, gratísimo («Si cuando escribo no me divierto, pienso que malamente se podrán divertir los lectores con lo que he escrito»), donde conviven en plena armonía los ángeles y las tahonas, las boticas y los cantares de ciego, los capiteles románicos y los potes en la lumbre, la ruta jacobea y las cantigas de Martín Códax, los sochantres y el otoño, las lampreas y los arzobispos, los unicornios y el año del cometa, Merlín y Orestes, Simbad y don Hamlet, san Brendan y Ulises con el salado rocío de las peregrinaciones en la barba, el mítico rey Cintolo y el mariscal Pardo de Cela, el salmón y los demonios, la cartomancia y los molinos, las bestias marinas y el primer canto del cuco, don Gaiferos y las curaciones por invisibilidad, la Atlántida y la camelia del cielo sacro de Compostela, las brujas y los Reyes Magos, los conjuros y la palingenesia, las chocolatadas de canónigos y el señor zorro, las ciudades sumergidas y la antropofagia de los paraguas, el relleno imperial aovado y el paso del viento entre las hojas del maizal, las aldeas perdidas entre caminos «a donde no llegaba viento de mar ni niebla de mar, ni gentes ni fábulas del mar» y las sirenas que «son música, miradas de ojos verdes, sueños cálidos de jengibre y de canela en el corazón del hombre mozo».
Como aprendiz de brujo, en su afán de maravillosería y de unas ciertas dosis de azar y de prodigio, Cunqueiro creía que la necesidad de lo maravilloso, de lo irracional, era universal. Aunque él se mostrara modesto («Soy el ser menos imaginativo que ande por ahí, y que lo más propio mío es sumar noticias que muestren lo vario que es el mundo y lo ricamente, y con cuántas sorpresas, se puede almacenar la memoria humana»), su literatura, disfrazada de una erudición acomodada a sus preferencias, poseía ese mirífico ojo gaélico de antaño, ese no saber del celta distinguir lejos y cerca, ni en el tiempo ni en el espacio. «Mi punto de partida es siempre este: hacer cotidiano lo fantástico, aun a costa de teñir de fantástico lo real». Quizá, por recrear imaginativamente la vida como gesta, por defender su derecho a la imaginación frente a los obsesos de la verosimilitud, por creer que el mundo moderno envilece, por tratar cosas que en esta época nuestra no se llevan («hay demasiadas novedades en este siglo, se hace mucho ruido alrededor de ellas y de nada, y el estar a la moda no da tiempo ni para echar un vistazo a los encantadores de antaño»), no ha tenido antecedentes ni descendientes: «Doy testimonio de la fantasía humana, que es una parte importante de la realidad del hombre, y muchas veces esclarecedora de los profundos resortes». Como a Roger Caillois, a Cunqueiro siempre le preocupó la estructura del mundo imaginario, su lógica, sus inclinaciones naturales, los secretos sueños del «animal más extraño» que es el hombre.
Créamne que hay horas perfectas: las de leer los artículos de Cunqueiro. Un placer inefable, sobre todo si se hace oyendo las gaviotas, el ronco mar, la pajarería de la fraga cercana y, a lo lejos, la sirena de algún barco y las desbrozadoras con las que los gallegos intentan luchar contra el vigor -aún invencible aquí en el norte- de la naturaleza. Los tratadillos deliciosos de don Álvaro, de personalísimo estilo, de enjundia aparentemente ligera, un pasmo de gracia, un diálogo pacífico, irónico e imaginativo acerca del tiempo hermoso, huelen a los perfumados membrillos que él gustaba disponer sobre su cama y en su cuarto de trabajo en la buhardilla de Mondoñedo, sobre el huerto donde florecía el manzano y cantaba el mirlo.
Cunqueiro y Aloysius Bertrand lograron el milagro -como decía Baudelaire del autor de Gaspard de la nuit- de una prosa poética, musical, que se adaptaba a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones de la ensoñación y a los sobresaltos de la conciencia. Cunqueiro, que, según César Antonio Molina, siempre estuvo en la vanguardia poética, «en la narrativa fue a la contra de su tiempo y también por delante relanzando un estilo, el fantástico, que había estado muy ajeno a la literatura castellana, no así en la gallega».
La filosofía de Cunqueiro, como la de Wenceslao Fernández Flórez, consistía en la aceptación de lo soñado como la vida más vivida. En hacer deliberadamente difusas las fronteras entre realidad y ficción, por ejemplo partiendo de datos exactos para una construcción ficticia. «Conviene decir, por lo que toca al espíritu gallego, que no se puede habitar impunemente durante siglos el Finis Terrae, el punto final de la tierra conocida». Una veta distinta y complementaria a la ira irónica del proteico Castelao y a la melancólica Rosalía, que no sabía lo que significaban esas sombras que la asombraban y que ya lloró por todos los gallegos. Los tres creadores, hermanos entrañables, son un bien gallego, una parte dichosamente esencial de la conciencia, de la memoria, de la emoción y de la cultura gallegas, de una Galicia que dominaba la ciencia de la diáspora, de un pueblo humilde y maltratado, escéptico y crédulo, amargo y compasivo que «resiste porque sueña y porque el amor hace olvidar el hambre. Yo no me evado ni ayudo a nadie a evadirse: me enfrento, simplemente, con los tristes, porque creo que la tristeza traiciona la condición humana». Cunqueiro figura por méritos propios en «la lista de transeúntes iluminados de este mundo, con salvoconducto divinal».
A título personal, la obra de aquel dulce escribano que declaró con valentía que el hombre precisa beber sueños como quien bebe agua, la obra de aquel juglar campechano que veía el prodigio como alfa y omega de todo y pensaba que las cosas, además del haz, tienen una cara secreta, el envés, que a veces es la más significativa, me sigue suscitando a un tiempo gratitud, admiración y deleite. Precisamente, el deleite de Montaigne al explorar su propio intelecto y el de Proust o Boswell al explorar el mundo de la sociedad es el que siente Cunqueiro al explorar las fantasías y los mitos con la fuerza de su invención y la vivaz hondura de su imaginación. Pocas cosas que fueran humanas le eran ajenas a don Álvaro, dotado de una cultura y unas facultades pasmosas, ni la sociedad, ni la mente, ni las fábulas que ambas pueden proyectar, ni siquiera los menudos asuntos de cada día, y su visión resulta tan convincente que se ha desbordado de sus libros para dar color a una época, a un país y a una manera de entender y de plasmar la realidad. Cunqueiro, con su imaginación exuberante y su espíritu de chanza afable, con su juego literario y erudito, dio nombre -de forma entretenida, natural y espontánea- a un universo propio, reconocible, que se contiene a sí mismo. Y así, como mínimo, ya siempre tenderemos a ver el mundo gallego a través de él, impregnados por completo de la plenitud gozosa de su presentación.
Umbral, en un artículo-entrevista de 1969, sentenció sobre Cunqueiro: «En América sería Borges. En Europa sería Andersen. En España dirige un periódico para vivir. Nunca aprenderemos a valorar a nuestros escritores con menos de un siglo de retraso». Y creo que Juan Cueto también acertó en parte cuando, un año después del entierro de Cunqueiro, visitó Mondoñedo y advirtió en un célebre artículo (Mondoñedo no existe) que de lo que había sido una de las privilegiadas capitales de la ficción literaria no quedaba nada: se había disipado como por ensalmo, como un espejismo tras la desaparición del mago que supo levantar aquel delicioso conjuro. Algo queda de magia, piensa uno sin embargo, en aquella atmósfera rodeada de verdes paisajes lucenses, en aquellas callejas empedradas, en aquel silencio asediado por el zafio galimatías del presente («estamos avanzando a pasos agigantados hacia una época de analfabetismo y una vida puramente instintiva»); apenas un rescoldo, es cierto, una difusa reverberación, pero si se cierran los ojos todavía es posible percibir la nostalgia de la maravilla, de la gracia y vivacidad del lenguaje jugoso, de la centella del ingenio en aquel lejano cronotopo del noroeste español. Aún es posible sentir -dependiendo de la receptividad de cada cual, claro- el eco frágil del hechizo de Cunqueiro. Ya se sabe que «el choque con la belleza, por imprevisto, produce una atracción contra la que nada se puede»
Nos dimos el gusto de dejarle un bolígrafo al pie de su lápida para que siguiera escribiendo fabulaciones en el trasmundo, para que continuara jugando con «las humanas palabras, las mariposas mágicas de la lengua». Quién sabe si con esta humilde ofrenda nuestra, Marina y un servidor no inauguramos una nueva tradición, y la tumba de don Álvaro Cunqueiro acabe convirtiéndose en un altar parecido a la de Jim Morrison en París. Eso sería muy merecido, muy esperanzador y bastante improbable, por desgracia. Eiqui xaz alguén, que coa súa obra, fixo que Galicia durase mil primaveras máis. Aquí yace alguien que, con su obra, hizo que Galicia durase mil primaveras más, dice el epitafio que él mismo redactó expresando su deseo de inmortalidad para su tierra. Alguien que, según Francisco Carantoña -que sí pudo asistir a su entierro- representaba «el espíritu de un pueblo, el alma de un idioma, el secreto de una geografía, las fantasías de mil generaciones».

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