He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica.

(Marina Tapia)

viernes, 17 de noviembre de 2017

La Rosa de los Vientos, en el Centro Artístico




En un cálido ambiente de amigos y aficionados a la literatura, se asistió en el Centro Artístico a una nueva sesión del ciclo Anomalía (Conversaciones transversales). En esta ocasión, no en torno a un autor sino a un texto. Con las luces apagadas, se escuchó primero la grabación realizada por José Luis Gärt de La Rosa de los Vientos, relato inédito de Ángel Olgoso, toda una carta de amor a la historia de la literatura universal que comienza con el Ulises de Homero y acaba en el Ulises de Joyce.


Luego Gart y Miguel Arnas propusieron un juego: adivinar las referencias a otras obras que aparecen en el cuento, en su recorrido por distintos hitos, escenarios y personajes de diferentes libros de ficción (La isla del tesoro, Moby Dick, Pinocho, Veinte mil leguas de viaje submarino, Cuento de Navidad, Bajo el volcán, La cartuja de Parma, Peter Pan, Alicia en el País de las Maravillas, En busca del tiempo perdido, Robinson Crusoe, Quo vadis?, Las aventuras de Huckleberry Finn, El retrato de Dorian Gray, etc.). Ulises hace hilo de Ariadna y va pasando de historia en historia, recomponiéndose, convirtiéndose en personaje principal o secundario de cada nuevo relato, viviendo otras vidas que es realmente lo que permite la literatura. Miguel lo calificó de "hipertexto", de texto que te lleva a otros muchos, y José Luis de "cuento google", en el sentido de que la riqueza de imágenes y de menciones del autor despiertan la curiosidad del lector, lo estimulan a investigar esas alusiones, a conocer otras historias, a leer otros libros. Se habló también de que un relato como éste ayuda a restituir la posibilidad de soñar, a devolver la imaginación a su lugar original, lejos por ejemplo de la impuesta perversamente por Walt Disney o la industria audiovisual.


En sus intervenciones, el público asistente hizo hincapié en el estilo plástico y sensorial de Ángel Olgoso, en ese gusto por los detalles, en ese lenguaje suyo poético o en esas maravillosas enumeraciones. Así como el hecho de que La Rosa de los Vientos parezca un cuento atemporal al estar escrito en presente, lo que le presta una enorme agilidad pues da la sensación de que todos los acontecimientos -por muy remotos que sean- se están viviendo en ese momento. O la vida propia que pueden llegar a adquirir algunos personajes y que remitirían a la muerte del autor.



Finalmente, por cortesía de Elisa Serna, se proyectó un montaje audiovisual en el que aparecieron imágenes de todos los personajes de La Rosa de los VientosÁngel Olgoso, voluntario convidado de piedra, recibió el habitual diploma que lo acredita como modelo de anomalía (en este caso, por su dedicación a transcribir sueños y su desbordante imaginación), y pronunció las siguientes palabras:


"Muchísimas gracias a todos por haber acudido a la convocatoria de una nueva ocurrencia gärtiana. Yo mismo no pensaba venir (por pánico escénico crónico y congénito), hasta que José Luis me aseguró que no tenía que hablar, que sólo iba a estar de cuerpo presente. Pero después de asistir al estupendo resultado de esta generosa y anómala iniciativa, lo menos que puedo hacer es volver de la tumba para agradecerle de corazón -a él, a Miguel y a Elisa- que se hayan tomado tantas molestias con lo que no es más que uno de los muchos relatos de mi nuevo libro, Devoraluces, con lo que no es más que un simple juego metaliterario sobre la corriente narrativa continua, un viajillo -en cierto modo circular- a través de la historia de la literatura. De modo que, caballeros, benditos seáis por ser como sois y por vuestro interés por mis relatos, y malditos seáis por haberme hecho hablar otra vez en público".


viernes, 10 de noviembre de 2017

Astrolabio, por Roberto Martínez Mancebo


Siempre es un gusto leer y poder compartir una opinión tan sincera, profunda y a la vez minuciosa hecha por un lector. En este caso un lector ávido, atento a los detalles, que busca conexiones entre las piezas de los libros de Ángel Olgoso y afinidades con otros autores, un lector con una mirada no tecnicista, sino limpia e impresionable. He querido compartir esta valoración porque, como escritora, sé que resulta de lo más estimulante para un autor conocer la opinión de los lectores. Aquí presento sólo un resumen de las 27 páginas en las que Roberto comenta exhaustivamente Astrolabio, cuento por cuento. Aprovecho esta entrada para agradecerle públicamente su ingente y magnífica labor: la grabación de centenares de relatos de Ángel, muchos de ellos con música y efectos sonoros, que va colgando en Ivoox, junto con audios de conferencias y presentaciones olgosianas. Su gesto tan generoso y poco común me conmueve. Gracias, amigo.

Santiago Caruso

ASTROLABIO, POR ROBERTO MARTÍNEZ MANCEBO


Para mí Astrolabio es un libro enigmático. No es un libro que “se haga presente” con facilidad; sin embargo, cuando me vienen a la mente relatos, veo que muchos de ellos se encuentran en Astrolabio. Creo que se podría definir como un “libro etéreo”, que está rodando constantemente la cabeza, pero sin materializarse (ahora que lo pienso, quizá un buen libro sea precisamente esto). Muchos de sus textos representan perfectamente la concreción y capacidad evocadora del relato, frente a la disgresión generalista y redundante de la novela. 

“De pronto, aunque es mediodía, cae la noche”, se dice en El papel. En el fondo las personas somos animales de rutinas, y todo aquello que, involuntariamente, nos rompa esa rutina o trastoque el ritmo al que estamos acostumbrados, nos produce cierto vértigo o cierta inquietud. Esa aceleración del relato, del ritmo, esa inquietud, hace que también nosotros sintamos la misma tensión del protagonista al tratar de recomponer el papel. 

Los relatos de Ángel Olgoso son una inmersión directa y brutal en lo fantástico, en mundos donde todo es posible, pero la forma de narrarlo, de hacérnoslo sentir y vivir, hace que parezca que todas esas imposibles posibilidades se puedan materializar en este mundo. Es como si se expandieran o difuminaran sus límites, haciéndonos partícipes de esos otros cosmos o posibilidades (de manera muy resumida, puede que esa sea la finalidad de la literatura fantástica, pero creo que muy pocos autores lo logran hacer de la forma en que lo hace Ángel). Esta idea se pude resumir perfectamente en una de esas frases que me parecen magistrales, perteneciente a Historia del rey y del cosmógrafo: “la madera no le vedó el paso” (un amigo mío diría “esa frase pide mármol”). Cómo, con esas siete palabras, con esa personificación, comienza un mundo mágico, nuevo, fascinante, en la que a partir de ahí todo es posible. 


Algo que se pone de manifiesto en prácticamente todos los artículos o críticas que leo sobre la obra olgosiana, es la variedad de registros, temáticos, técnicos, etc. Para mí, sin duda, esta variedad enriquece los libros. Se podrá tener mayor afinidad por un tipo u otro de relato, por un enfoque u otro, pero creo que en todos sus libros cada narración depara nuevas sorpresas. Esa riqueza de temas, de enfoques, de matices, imposibilita una sensación de hartazgo. Al contrario, cuando acabo los libros de Ángel siempre pienso que había hueco para más, que la riqueza con la que presenta los temas hubiera dado para muchísimas más historias, y que uno siempre descubriría aspectos nuevos. Relatos como Los bajíos, por ejemplo, engrandecen la propia mitología, la amplifican, la llenan de matices de una manera sencillamente genial. 

Alejandro Bello Ayala

Otro rasgo característico suyo, las enumeraciones, está presente de forma magistral en El lamento del dinosaurio. Me fascina esa descripción minuciosa y precisa, esa concreción que se va ampliando hasta alcanzar aquí uno de sus grados máximos. La reescritura de los mitos, el dar voz a aquellos que tradicionalmente no la han tenido, el aportar nuevos puntos de vista, nuevas perspectivas, está presente en el angustioso pero impresionante La ciénaga. El rasgo fundamental de la poesía de los relatos de Olgoso se siente más abiertamente en Las nubes, otra maravilla de relato en que tras un inicio verdaderamente precioso, las enumeraciones hacen que el lector poco a poco vaya identificándose con esa nubes y acabe sintiendo el final como una afrenta personal. Y cómo olvidar esos títulos que son un relato en sí mismos: Será como si no hubieras existido, o Si mi cabeza cae, historia inmersa en una aureola de incertidumbre, de indeterminación que hace que durante toda su lectura se tenga que contener la respiración. Me gusta la forma de ir cercando cada vez más la visión, desde el lo más amplio a lo concreto hasta llegar a nosotros mismos. O esos relatos magníficos que -como El vuelo del pájaro elefante- tienes que leer dos veces seguidas para intentar descubrir el juego y la sorpresa final que encierra. Ese es otro de los aspectos que me maravillan de los relatos olgosianos: puedes saber de qué tratan, ubicarlos en el tiempo, en el espacio (si ello es posible), conocer a los protagonistas y el fin de los mismos... pero siempre acabas sorprendido, bien por la trama, bien por el final, bien por el enfoque o la perspectiva con la que se cuenta. Véase Tributo, El incidente Avellaneda, Todas hieren, El eremita, Caballeros de los puentes, Venablos o En el lagar. La verdad es que es absolutamente admirable. 


Me parece espectacular la forma que tiene Ángel de describir con muy pocas palabras, con una precisión deudora de una gran exactitud terminológica, y su facilidad para la creación de metáforas e imágenes verdaderamente bellas. Aunque imagino que detrás de todo esto se esconde una ingente cantidad de trabajo. 

Los guardianes del trueno es uno de mis relatos favoritos, no solo de Astrolabio si no de todos sus libros. No sé ni explicar por qué me apasiona este relato, pero para mí tiene una atracción especial, hipnótica. Hay ciertos libros que releo todos los años (convengo con Borges en que el placer no está en leer sino en releer), y entre ellos se encuentra la que para mí es una de las obras cumbre de la Literatura, La historia interminable. Pues bien, este relato es mi historia interminable particular: quiero visitar el Palacio del Presente, quiero ver la clepsidra del Ministerio de la Adivinación, quiero saber el porqué de la isla de los perros, y sobre todo quiero yo también coger un arco y abatir a la tormenta. 


Las barbas del cielo, El flautista mágico, Artículo genuino y Perikhoresis teológica son claros ejemplos de la facilidad de Ángel Olgoso para plasmar perspectivas o puntos de vista en los que generalmente uno no piensa, ya sea de seres vivos o de objetos inanimados a los que es capaz de “animar”. Creo que la verdadera realidad aumentada está en la imaginación, en los libros y en lo que de ellos se deriva. Por eso, relatos como De Il Corriere della sera dejan un regusto melancólico. Y es que, junto con los sapos y los príncipes encantados, lo que en cierta manera está desapareciendo también es la imaginación y la fantasía. 

Si una vez leído Claudicación es inevitable esbozar una sonrisa por la situación, y quedar pensando en cómo hemos vuelto a ser sorprendidos de una manera espectacular, en La impunidad de los sueños no puede dejar uno de admirarse de lo que Ángel es capaz de hacer con el lenguaje, cómo lo amolda a una determinada circunstancia para que nos representemos otra distinta, cómo lo modela, como juega con él. En numerosas reseñas se le define con toda justicia como un orfebre del lenguaje, debido a su formidable precisión terminológica (algo que debe ser fundamental en un buen escritor de cuentos), pero en relatos como éste va incluso un paso más allá. Por cierto, la expresión “trabazón apendicular” es memorable. 

Me encanta la inseguridad que presta Olgoso a lo que percibimos como real, cómo descoloca al lector para que no dé como segura, incluso, la realidad del propio cuento. Que el propio relato sea una realidad que genere incertidumbre, inseguridad. Así ocurre en el estupendo El pez que no había oído hablar del agua

Domenico Remps

Cuenta atrás: No creo que se pueda concentrar en menos palabras toda una vida. Uno de esos relatos que te hace volver a leerlo un par de veces, y en el que cada una de esas frases se puede expandir de manera indefinida. Inevitable unirlo con otra joya suya, el relato Conjugación, incisivo y lacerante. Y cómo no mencionar aquí el que para mí es una verdadera obra de arte de los microrrelatos: Confirmación. O Más que humano, otra muestra más de la capacidad olgosiana de forjar una historia incluso a partir de frases hechas. 

La influencia del azar en diferentes aspectos de la vida está presente, de modo palpable, en La quinta extinción, donde sería la prueba definitiva. Siempre he pensado que es una mera cuestión de azar el hecho de que estemos aquí, juntos en esta pelota y en este tiempo, y que debería ser motivo de celebración constante. En este y otros muchos textos de Astrolabio se vuelve a poner de manifiesto esa otra perspectiva que nos regala Ángel, ese punto de vista inédito y amplificador que siempre sorprende. 

Desde aquí quiero darle mis más sinceras gracias por los ratos de felicidad que me hacen pasar sus relatos.

Victor Delhez

viernes, 3 de noviembre de 2017

Memorias de un viejo profesor, de Miguel Díez R.


En el libro, recién y hermosamente editado por Reino de Cordelia, Cómo enseñar a leer en clase. Memorias de un viejo profesor, Miguel Díez R. "responde a las causas del fracaso escolar, que está acabando con el desarrollo intelectual de los jóvenes, y ofrece su experiencia de casi cuatro décadas como profesor para fomentar la lectura, analizando los grandes enemigos que la acechan. Al mismo tiempo, este libro es una antología de textos -desde canciones hasta poemas, artículos y cuentos- destinados a enseñar a leer o, mejor dicho, a despertar el interés por el conocimiento, a fomentar la curiosidad, porque la buena lectura es el medio definitivo y único para dominar la propia lengua y para abrir la mente a los mundos infinitos de la fantasía, aprender sobre la vida, conocer, confrontar y pensar".

En este libro teórico y práctico, imprescindible sobre el acto de la lectura, que además de una fresca reflexión sobre la actividad pedagógica es también una entrañable carta sobre el arte de inculcar la afición lectora, Miguel Díez R. dedica todo un capítulo a Ángel Olgoso y a su obra. Junto a un breve ramillete de las premisas literarias de Ángel -sacadas de diversas entrevistas y poéticas- y una selección escogida de diez relatos suyos, Miguel Díez R. escribe una estupenda introducción en la que da cuenta de su relación con Ángel Olgoso y con su literatura. 


LOS RELATOS MUY BREVES DE ÁNGEL OLGOSO 

Miguel Díez R. 


Hace ya un largo tiempo, cuando Paz Díez Taboada y yo nos dedicábamos a buscar cuentos cortos para algunos de los proyectos antológicos que entonces nos ocupaban, descubrimos a un desconocido autor granadino, llamado Ángel Olgoso. Nos impresionó la categoría literaria de sus brevísimos cuentos, la altura estilística, la riqueza verbal, la imaginación, la acertada construcción narrativa, el poderoso imaginario y la temática fantástica. Eran cuentos originales, nuevos, distintos, de un autor rara avis en estos pagos de nuestra cuentística, bastante uniformemente vestida, salvo un puñado de escritores en boca de todos. 

Aquellos cuentos no habían salido al azar, no eran fruto de un momento de inspiración; eran el resultado de un serio y lento trabajo de búsqueda, eliminación y condensación, de tal manera que, como él mismo ha manifestado, escribiendo y puliendo un relato de, quizá media página, puede pasar semanas y, por esta misma razón, en muchos casos requieren un lector preparado y exigente. 

Llamaba enseguida la atención el fondo de lecturas que dejaban entrever aquellas breves piezas narrativas. La presencia de los más grandes narradores de la literatura mundial, leídos, releídos y asimilados por nuestro autor, era el humus en que se asentaban y desde el que florecían sus sorprendentes historias. 

A medida que íbamos conociendo sus nuevos libros nuestra admiración iba subiendo de tono. En muchos momentos, para saborear buena literatura, leíamos en alto alguna de sus breves piezas, como siempre lo hemos hecho con la lectura de buenos poemas. 

En fin, establecimos con él una fecunda comunicación vía mail, convertida enseguida en una apreciada amistad; tuvo la amabilidad de comentar uno de sus cuentos para una antología preparada por nosotros* y dedicarnos uno de sus hermosos cuentos** y yo, a mi vez, seleccioné varios relatos suyos y los comenté en la sección de Narrativa Breve, Cuentos Breves Recomendados. En encuentros que Paz y yo hemos tenido con profesores y alumnos, los relatos de Ángel siempre han estado presentes. 

Una recomendación para profesores de Lengua y Literatura que buscan textos para intentar descolocar, zarandear y espabilar por lo menos a alguno de sus alumnos y llevarlos a un lugar oculto, pero maravilloso, en el que tal vez se olviden por un momento del uso mostrenco de sus dispositivos móviles y atisben, en otra dimensión de sus vidas, un tesoro tan lejano y extraño para ellos, como es la buena literatura: 

Tomad algunos de los libros de Ángel Olgoso -Los demonios del lugar, Las frutas de la luna, Los líquenes del sueño, La máquina de languidecer, Breviario negro...-, buscad en ellos textos maravillosos y seguro que los encontraréis. 



*Daiquiri (en Cincuenta cuentos breves. Una antología comentada (Cátedra, 2011). 


**Los túmulos (en Las frutas de la luna, Menoscuarto, 2013).


Miguel Díez R., profesor español de Lengua y Literatura durante cerca de cuarenta años, publicó en 1985 Antología del cuento literario en la Editorial Alhambra (hoy Alhambra Longman), uno de los primeros intentos en España de una selección de cuentos muy variados y universales, destinada exclusivamente a estudiantes de Enseñanza Media y que ha tenido, y sigue teniendo, una difusión muy amplia en toda la geografía española. Además de varios manuales de Literatura Española y de comentarios de textos literarios, ha publicado la edición de Jardín Umbrío de Ramón del Valle-Inclán (Madrid, Espasa Calpe, 1993) y la de Días del Desván de Luis Mateo Díez (Madrid, Anaya, 2001). Es, así mismo, autor de la Antología de cuentos e historias mínimas (2002) (Madrid, Espasa-Calpe, Austral nº 527, 2008) y en colaboración con su mujer, Paz Díez Taboada, ha publicado Antología de la poesía española del siglo XX (1991) (Madrid, Istmo, 2004), La memoria de los cuentos (Madrid, Espasa-Calpe, Austral nº 151, 1998, reeditado en la misma editorial y colección con el título de Relatos populares del mundo), Antología comentada de la poesía lírica española (2005) (Madrid, Cátedra, 2006) y Cincuenta cuentos breves. Una antología comentada, Madrid, Cátedra, 2011. 
También ha publicado en Internet diversos trabajos en: Biblioteca Digital Ciudad Seva y en las revistas digitales Espéculo y Letralia. En el blog de Francisco Rodríguez Criado, coordina una sección titulada “Cuentos breves recomendados”, que reúne relatos universales seleccionados por su alta calidad literaria, con una extensión de media página a cinco o seis: textos antiguos muy variados (mitos, leyendas, fábulas, apólogos, pequeñas historias, cuentos tradicionales) y cuentos modernos literarios. Está dirigida a profesores y alumnos de Lengua y Literatura Española y a cualquier lector de buenos cuentos.






viernes, 27 de octubre de 2017

Antonio Muñoz Molina, Académico de Buenas Letras


El pasado lunes 23 de octubre, en la Sala Máxima de la antigua Facultad de Medicina, Antonio Muñoz Molina fue investido Académico Honorario de la Academia de Buenas Letras de Granada, a la que también pertenece Ángel Olgoso desde el 6 de octubre de 2014, ingreso que se hizo efectivo con la lectura de su deliciosamente evocador discurso Las luciérnagas de lo breve, lo extraño y lo imaginativo

Allí, en el Espacio V Centenario de la Universidad de Granada (que es como se llama ahora el edificio), el escritor ubetense pronunció su discurso de ingreso -literalmente magistral como todos los suyos- Una novela de Granada, del que extraigo algunos párrafos, acerca del proyecto siempre aplazado e inconcluso de un libro sobre una parte decisiva de su educación vital, civil, literaria y estética en nuestra ciudad.



(...) Está la posibilidad de los libros sin escribir o de los libros malogrados que yacen no en un cajón ni en un disco duro sino en el interior de otros libros que sí se escribieron. Una novela puede ser el mausoleo de una novela mucho mejor que podía haberse escrito con los mismos materiales, si el autor hubiera estado a la altura de las primeras intuiciones, si hubiera tenido la paciencia necesaria o el talento necesario, si no se hubiera perdido por caminos laterales.




(...) Los mejores libros, como los encuentros decisivos en la vida, están siempre a punto de suceder, y corren a cada momento el peligro de malograrse, o de ser de otro modo, de llegar a ser mejores o peores. Apollinaire dice que la poesía es un étincelle qui dure. Lo propio de los chispazos es la fugacidad. La duración exige un plan, un esfuerzo sostenido. La luciérnaga ha de persistir al menos como un cometa que se queda varios meses en el cielo nocturno y deja un recuerdo que se mantiene vivo en las generaciones hasta su próximo regreso. Sin la espoleta de la étincelle la duración no estalla. Hay que cuidarla, como ese rescoldo de fuego primitivo que servirá para alimentar una nueva hoguera. Hay una llamarada, un relámpago primitivo, pero una novela o un libro largo necesita algo más: varios relámpagos repartidos a lo largo del tiempo que ocupa la tarea.




(...) Yo vi, con esa claridad con que se ven las cosas que todavía no existen, un libro que fuera el relato de mi devenir, y con el mío el de los tiempos que había vivido, porque el arco vital de la generación a la que pertenezco se corresponde muy estrechamente con el tránsito histórico de nuestro país. Pasamos de la adolescencia a la madurez al mismo tiempo que nuestro país pasaba de la dictadura a la democracia, y una gran parte de las cosas que nos han sucedido y de las que hemos logrado o no hemos llegado a alcanzar o a mantener son inseparables de las circunstancias históricas que las acompañaron. En los últimos años 70 la exaltación de la libertad recién sobrevenida se parecía mucho a la del descubrimiento de formas innovadoras y experimentales de la literatura y de las artes. En Granada, igual que en todas partes, despertábamos al mismo tiempo a la ciudadanía y a la conciencia estética.



(...) Creía haber encontrado esas dos cosas que uno necesita al principio aún más que un título: un buen arranque y un tono, esa música que aparece sin que uno sepa bien de dónde llega y que si tiene suerte va a guiarlo a lo largo de toda la escritura. Escribir es una continua oscilación entre el fervor y el desaliento. Un libro es un empeño que ha de prolongarse durante cierto tiempo. El proceso de la escritura va creando su propia disciplina, reclamando las fuerzas intelectuales, morales e incluso físicas necesarias. Pero esas fuerzas, como en cualquier otra tarea que no sea del todo mecánica, sufren altibajos, y a veces pueden desaparecer del todo, y lo que es más grave todavía, desaparecer antes de tiempo. Juan Gris decía que la última pincelada era para él "la pincelada de la muerte".


(...) Hay algo de acto de fe ciega y de encabezonamiento en el trabajo de escribir un libro, sin la menor garantía de nada, ni de su calidad verdadera ni del ánimo con que será recibido. Y no hablo ya de quien escribe sin que lo conozca nadie y con una esperanza escasa o nula de publicación. Un remedio privado que yo me aplico contra el desaliento es acordarme de cuando escribía en esta ciudad, hace treinta y tantos años, mi primera novela, desconocido y obstinado, prohibiéndome el pensamiento de qué haría cuando la hubiera terminado.


(...) No tengo ninguna queja. Lo perdido, perdido está. Donde seguía de verdad el libro, su parte valiosa para mí, era en la imaginación, o en esa zona de penumbra donde está la frontera muy porosa entre la imaginación y la memoria. Un verso de García Lorca es la contraseña que desata siempre un caudal de imágenes que unas veces forman parte de una novela y otras no, que vuelven al cabo de meses o años pero no se van nunca. El verso es como un principio que me anima siempre a su continuación: 

"Granada era una corza rosa por las veletas".



(...) Desde un cigarral cerca de Toledo vi la ciudad al fondo bajo un atardecer cárdeno y recobré de pronto la imagen de Granada, y la intuición de mi novela no escrita, aplazada siempre. Quizás un día, cuando menos lo espere, llegará de verdad un arranque decisivo, una música a la que o pueda resistirme, que me guíe hacia adelante en ese estado de sonambulismo parcial y aguda lucidez impersonal que hace posible la escritura.


viernes, 20 de octubre de 2017

Cómo escribir un microrrelato



Ana María Shua, la más destacada cultivadora del microrrelato en lengua castellana, acaba de publicar en Alba Editorial un libro didáctico, Cómo escribir un microrrelato. En él usa uno de los textos de Ángel Olgoso (Océanos de ceniza) como ejemplo para "tener una alta idea de lo que se puede lograr en un formato intermedio, ni largo ni brevísimo", calificándolo de "texto poético y misterioso que nos ofrece un concepto de narratividad muy especial".



La admiración entre ambos escritores es mutua, pues La máquina de languidecer le pareció a Ana María Shua "un libro bellísimo, los mejores microrrelatos que he leído en España". 

Y sobre Los demonios del lugar: "El libro entero es de una hermosura temible y lujosa, con lo fantástico filtrándose por todas las grietas, y esa prosa de maravillas que fascina y perturba".

Os dejo con Océanos de ceniza.

Santiago Caruso


OCÉANOS DE CENIZA 


Contraviniendo las normas jurídico-botánicas que rigen la ornamentación de cementerios (según las cuales nunca han de sembrarse en ellos especies vegetales capaces de ofrecer productos comestibles), he plantado árboles frutales de vivos colores orillando la tapia norte de nuestro minúsculo camposanto montañés. ¿Será por eso que ahora contemplo, espantado, esos frutos que cuelgan de sus ramas, cerúleos, helados, horrendos, como bulbos híbridos, como homúnculos o creaciones imperfectas y caprichosas exudadas de las esencias sacras de nuestros antepasados? ¿Será por eso que crecen con tanta reciedumbre, como si buscasen una perduración plena, ayudados por la sangre que vuelve? 

(La máquina de languidecer
Páginas de Espuma, Madrid, 2009)


Santiago Caruso

 Victor Hugo

Alfred Kubin

viernes, 13 de octubre de 2017

Almanaque de asombros


Continuando con Almanaque de asombros, os dejo con algunas de las ilustraciones que Claudio Sánchez Viveros realizó para este librito tan peculiar, y con las palabras que el escritor Fernando de Villena leyó durante su presentación en la librería Picasso.




PRESENTACIÓN

Fernando de Villena

A finales de los ochenta, mi hermano José Manuel, que es novelista y trabaja en ocasiones para el ayuntamiento de Cúllar Vega, me contaba que dicho organismo público solía organizar anualmente un concurso de narrativa del cual él era el presidente del jurado e, indefectiblemente, una vez y otra, siempre salía ganador y con diferencia un joven de la localidad que se llamaba Ángel Olgoso. Ponderaba mi hermano su originalidad hasta extremos tales que deseé conocerlo. Y después supe que nuestros padres habían sido amigos y fui leyendo sus ya numerosos libros y confirmando la valoración aquella de mi hermano.

Efectivamente, Ángel Olgoso era un autor con un mundo propio y que había llegado al torbellino literario con una madurez y una consistencia admirables. Toda una trayectoria cuajada de éxitos a la cual se unen los méritos de ser el fundador y rector del Institutum Pataphysicum Granatensis y de haber sido traducido a diversos idiomas. La crítica ha recibido muy bien las obras de Olgoso, y así, por ejemplo, Juan Hódar escribió: 

“Ángel Olgoso no enciende grandes hogueras, prende diminutas ascuas avivadas con el atizador de una prosa camaleónica que se adapta a los más variados rumbos, con la que construye decorados vívido y hermosos, lujosos marcos donde brota como un flor espontánea el elemento perturbador e inesperado que precipita los sentimientos humanos primigenios –curiosidad, miedo, deseo- y nos devuelve el sentido primero del cuento: el asombro ante el mundo”.

Fernando, Ángel y Claudio

Hoy hemos venido a presentar su última obra, “Almanaque de asombros” bellamente ilustrada por Claudio Sánchez Viveros. Fueron quizá los “Apotegmas” de Plutarco y las “Noches Áticas” de Aulo Gelio las obras que propiciaron el nacimiento en nuestros siglos dorados de el gusto por los libros misceláneos donde se daban noticias, históricas o fabulosas, de cualquier índole con el denominador común de ser manjares siempre de sabroso ingenio. La “Floresta española” de Melchor de Santa Cruz de Dueñas, la “Miscelánea” de Luis de Zapata o el “Deleite de la discreción y fácil escuela de la agudeza” de Fernández de Velasco y Pimentel son algunos de los títulos que, consultados como verdaderos oráculos en su tiempo, llegaron a engendrar un nuevo género literario. 

Ángel Olgoso, en el prefacio de la obra que hoy presentamos hace alusión a otros dos libros de esta índole que acaso fueron los adelantados en dicho género: en primer lugar, el “Jardín de flores curiosas” de Antonio de Torquemada, libro que influiría mucho en la novela última de Cervantes, “Los Trabajos de Persiles y Segismunda”, por cuantas noticias recoge de las zonas del norte de Europa, siempre bajo la influencia de la obra latina del obispo Olao Magno “Historia de gentibus septentrionalibus”. Y después la voluminosa “Silva de varia lección” del cronista del emperador Pedro o Pero de Mexía, que llegó a ser considerada la enciclopedia de su tiempo. Las anécdotas recogidas en estos libros pasarán a ser las citas o incluso los tópicos de otros muchos autores del siglo de Oro. Y lo mejor de estos libros es que en ellos siempre resulta muy difícil deslindar lo real de lo fantasioso. Claro que esa es característica común de la mayor parte de los libros de creación del Renacimiento y del Barroco. Pensemos, por ejemplo, que los cronistas de Indias, que intentan ser historiadores y como tales fieles a la verdad, llenan sus páginas de historias que hoy nos parecen inverosímiles. Claro que América es el territorio del realismo mágico.


Y si todo esto sucedía en América, en la vieja Europa las gentes también creían a pie juntillas deliciosos disparates. Sin embargo, lamentablemente, a partir del siglo XVIII la literatura española siempre ha mirado con recelo y desagrado cualquier atisbo de fantasía. ¡Y bien que la necesitamos en estos tiempos para sobrellevar los horrores de la realidad! Los primeros en atacarla abiertamente fueron Nicolás Antonio con su “Censura de historias fabulosas” y Feijoo con su “Teatro Crítico” y sus “Cartas eruditas y curiosas”. Después llegó la Ilustración, un fugaz Romanticismo y… realismo y más realismo. Desde entonces, a los escritores que cultivaron la literatura fantástica como Bécquer o Rosalía en el siglo XIX se los consideró unos inadaptados y a quienes la practicaron en el siglo XX como Álvaro Cunqueiro o, sobre todo, el sapientísimo Juan Perucho, autor de ese gran libro que fue “Las historias naturales”, se los acusó de raros. Rafael Pérez Estrada en su época final siguió también este camino que en Hispanoamérica, gracias a Borges, sí gozo de aceptación y también la novelista Pilar Pedraza.

Pues bien, he dicho todo esto para situar a Ángel Olgoso dentro de esa línea subterránea de nuestras letras que apuesta abiertamente por la fantasía. La obra que hoy presentamos, “Almanaque de asombros” constituye un magnífico salto en el tiempo hasta el estilo y las temáticas del siglo XVI. Esto se trata de nuevo manierismo, pero ni mucho menos de un pastiche, ya que mientras la mentalidad renacentista creía firmemente en todo aquel catálogo de rarezas y disparates, Ángel Olgoso utiliza todo ello para crear una literatura humorística de primer orden, valiéndose, claro está de la ironía y de la hipérbole o de algunas metáforas y símiles descendentes:

Así, por ejemplo, refiriéndose a las “partes verendas” de un pez-mujer las compara con “un calabazote confitado” y las piernas de la misma “con un requesón”, de tan blancas como eran.



Ángel Olgoso recurre en el prólogo al recurso del manuscrito encontrado, en esta ocasión un manuscrito que aparece en cierta casa de la Alpujarra y se atribuye a un tal Fulgoso, imaginario antepasado suyo. Y es que nuestro escritor, tal como le ocurría a Cervantes, convierte en literatura y concretamente en narración todo cuanto se le pone por delante: los títulos de los capítulos, los prólogos, etc.

En los relatos que componen el libro, unos muy breves y otros de mediana extensión, el léxico resulta torrencial como corresponde a la época que se evoca, y en el mismo abundan los neologismos de sabor quevediano como “ojiprieto” y las paranomasias tales como “puta reputada”. Son frecuentes también las falsas citas latinas y las referencias a autores inventados, recursos que usaron mucho los escritores ingleses de novela gótica de quienes los aprendió Borges, pero que ya habían sido usados con descaro y gracia por nuestro fray Antonio de Guevara, cronista de emperador, varios siglos antes.


Los argumentos de los relatos son muy diversos y todos ellos de gran ingenio e inspiración en antiguas tradiciones españolas o en algunas disparatadas páginas de la “Natural Historia” de Plinio el viejo o de la de Claudio Eliano.

Así ante el cuento titulado “Mixturas de Venus” o remedios para no defraudar en el lecho, debemos considerar que lo que se nos refiere no es tan inverosímil, pues, según se nos dice, nuestro Fernando el Católico falleció por causa de uno de estos brebajes, el cual había tomado con la pretensión de engendrar en la reina doña Germana un varón fuerte.


Y en el relato de la cueva de Tragallena nos parecen llegar los ecos de aquella cueva de Salamanca que inspiró a Cervantes donde, según la tradición, el diablo impartía cátedra y de cada siete de los que allá iban a aprender, el maligno se quedaba con uno. 

Y llegando al final, añadiré sólo otras dos consideraciones: la una, que a mi juicio de genealogista el apellido Olgoso o Fulgoso no viene del fulgido, que nuestro autor siempre lo es, ni tampoco del antiguo verbo holgar o folgar, sino que viene a significar: abundante en hojas o boscoso, porque, ¿quién me negará que los libros de este gran relatista son como un delicioso bosque lleno de maravillas, y que muy poco tiene que ver con el aburrido realismo urbano?


La segunda consideración que me ha venido a la cabeza ante este “Almanaque de asombros” es una bella cita latina de Ulrico de Hutten que nuestro común amigo Antonio Enrique puso al frente de uno de sus libros: “¡Oh Literae! iuvat vivere”. “Oh Literatura!, ayudas a vivir".



jueves, 5 de octubre de 2017

Ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros


Me complace compartir dos ilustraciones inéditas que el artista Claudio Sánchez Viveros creó a partir de los relatos "El vaso" ("Los demonios del lugar") e "Il giardino segreto" ("La máquina de languidecer"), acompañadas por sus textos respectivos y un audio de Roberto Martínez Mancebo. 
Hace tiempo que Claudio colabora estrechamente con Ángel Olgoso. Prueba de ello son estas dos láminas, los simpáticos retratos "cervantinos" y, sobre todo, "Almanaque de asombros", un delicioso librito escrito, ilustrado y editado en 2103 al modo medieval, del que daré más extensa cuenta en la próxima entrada.



IL GIARDINO SEGRETO 


Bajo la breve tarde de invierno todo mueve al silencio en el patio del convento de clausura. Arriates entre blancos muros, el verdor del huerto y, al fondo, la antigua cripta rodeada de plantas medicinales. Huele a incienso olíbano y ciprés. Dos gatos se pasean despreocupadamente sobre las enormes losas pulidas. En esto, las monjas salen de sus celdas, van desnudas a excepción de la toca que cubre sus cabezas, y en un rincón del patio, cerca de la galería porticada, atrapan a los gatos, que maúllan y chillan enloquecidos durante un corto tiempo. Como ménades de un rito siniestro, degradado, los desentrañan y comienzan a devorarlos. Oscurece. Los lienzos blancos de sus tocas y de sus carnes refulgen con la luna. La glicinia trepa por el muro. 



EL VASO 


Cuando el ángel Dumah se acerque a tu tumba con la vara de fuego y pregunte tu nombre, te creerás a salvo de nos, los demonios. Conforme a canon, reclamarás el derecho a reposar en paz porque recitaste a diario la Bendición antes de comer, porque acudiste a los rezos de la sinagoga con tu libro de súplicas, porque ordenaste que purificasen tu cuerpo tras la agonía y pagasen cinco mil guldens a la Comisión de Entierros. Te imaginarás en compañía de justos y piadosos entre las columnas de diamantes de Paraíso, abrazado a las almas de tus antepasados ante el Trono de Gloria. Estimarás que tus acciones han sido lavadas y redimidas por el kaddish de tu virtuosa familia. El hedor de tu cadáver se te antojará perfume de violeta, rosa y ciclamen, el olor de la santidad. Pensarás vadear el sueño de los muertos en una calesa con anillos de luz por ruedas, invulnerable a nos, patihendidos demonios. Cuidado, lleva tiempo lograr esquivarnos, un tiempo infinito como las tinieblas. No bastarían miles de generaciones. Es un problema insoluble, al igual que la esposa de vuestro rabino, la contabilidad de tu negocio y los secretos de la Torá. Algunos pueblos creen poder librarse de nos llevando un clavo en el bolsillo, o taponando las rendijas de su hogar con ramas de enebro, o al pesar una cierta cantidad de su sangre en una balanza de platero, o con sutras cocidos en la arcilla de las tejas, o incluso disparando sus espingardas contra cuevas subterráneas. Infelices, si vosotros mismos no sois más que la forma visible de los excrementos de Belcebú. Ningún maestro de Talmud, ningún mes de luto ni ablución os impedirá contemplar eternamente los terrores del Gehena. Todos los desdichados os laváis a diario en sus aguas sombrías y os secáis después con la memoria de los días felices. Aún permanece encendida una vela en la habitación donde has muerto y, junto a ella, el vaso de agua con el trozo de lino dentro, dispuesto para que tu espíritu se limpie a sí mismo de sus pecados. Nos, la serpiente nocturna que se desliza entre oquedades para hurtarle la leche a la dormida madre amamantadora, beberemos tu vaso con recogimiento, con delectación, apurando hasta el fondo esa esencia líquida que supones sagrada. Nos te anunciamos, nos te participamos, nos te revelamos que nada iguala el sabor de un alma.









viernes, 29 de septiembre de 2017

II Simposio de Cultura de Atenas



Comparto con vosotros la alegría (y el orgullo) que supone la invitación que ha recibido Ángel Olgoso para participar en el II Simposio de Cultura de Atenas. La Cámara de Comercio Americano-Helénica, en colaboración con Relaciones Internacionales para la Cultura, organiza dicho evento el 13 de noviembre de 2017 en la Escuela Americana de Estudios Clásicos. 

El Comité Organizador considera que Ángel es "un escritor muy significativo en el cuento y que sus libros tienen un alto impacto en la audiencia griega". Los convocantes "conocen su amor por Grecia y su cultura, así como su experiencia en el campo de la literatura y el cine. Su presencia en el simposio contribuirá a la creación de propuestas significativas y factibles, a través de las mejores prácticas y tendencias de la ficción en el extranjero, pero también de la producción cultural contemporánea". 


Os copio varios enlaces que explican esta valoración de Ángel Olgoso por parte de los organizadores de tan interesante iniciativa: 




Pablo Picasso


Y os dejo con dos de estos relatos: 


ULISES 

Yo, el paciente y sagaz Ulises, famoso por su lanza, urdidor de engaños, nunca abandoné Troya. Por nada del mundo hubiese regresado a Ítaca. Mis hombres hicieron causa común y ayudamos a reconstruir las anchas calles y las dobles murallas hasta que aquella ciudad arrasada, nuevamente populosa y próspera, volvió a dominar la entrada del Helesponto. Y en las largas noches imaginábamos viajes en una cóncava nave, hazañas, peligros, naufragios, seres fabulosos, pruebas de lealtad, sangrientas venganzas que la Aurora de rosáceos dedos dispersaba después. Cuando el bardo ciego de Quíos, un tal Homero, cantó aquellas aventuras con el énfasis adecuado, en hexámetros dactílicos, persuadió al mundo de la supuesta veracidad de nuestros cuentos. Su versión, por así decirlo, es hoy sobradamente conocida. Pero las cosas no sucedieron de tal modo. Remiso a volver junto a mi familia, sin nostalgia alguna tras tantos años de asedio, me entregué a las dulzuras de las troyanas de níveos brazos, ustedes entienden, y mi descendencia actual supera a la del rey Príamo. Con seguridad tildarán mi proceder de cobarde, deshonesto e inhumano: no conocen a Penélope.

Herbert James Draper


LOS BAJÍOS 

Se untan con pomadas para cicatrizar las terribles grietas que deja en su piel la humedad constante y reblandecedora. Frotan sin piedad sus uñas con estropajos y perfuman su cuerpo con artemisa y lavanda para enmascarar el hedor a pescado. Toman infusiones con miel para suavizar sus destrozadas cuerdas vocales. Pero el efecto es poco duradero: ningún emplasto las libra del dolor de garganta, de las profundas estrías, del sabor submarino a algas que prevalece sobre cualquier empeño. Y, rendidas, vuelven disciplinadamente a su ocupación, como bestias uncidas al yugo, como esos niños con las orejas clavadas al banco de trabajo en la fábrica, regresan a su puesto en esta isla rocosa sin discutir la índole de su tarea, doce horas con el agua hasta la cintura, absortas entre las piedras infestadas de minúsculos cangrejos, percebes y pulgas de mar, en compañía de los cormoranes, de las flagelaciones de espuma, de la rutinaria pesadilla de las tormentas, del gemido agónico de los ahogados, siempre ojo avizor tras cualquier barco que cabotea cerca o hace ondear las velas, las grímpolas y las flámulas, llorando en silencio, soñando con subir a bordo y escapar lejos de estos bajíos, surcar las aguas crestadas de blanco hacia no importa qué país, perderse tierra adentro en un bosque de hayas, en un desierto quemado por el sol salvaje, en una atronadora ciudad, en las herbosas laderas de una montaña. Mientras tanto, la sombría marea baja les absorbe la vitalidad y sienten que su piel se va apagando como la de un lagarto que acabase de morir, ya no es más que un manchón de plata, con largos cabellos apresados en salitre y esa pronunciación de escamas abajo. Sin embargo, a pesar de todo, aún cantan con exquisita dulzura, quizá lo hagan al dictado de arcaicas servidumbres, pero cantan sin parar, aún cautivan, aún entonan promesas que atraerán irresistiblemente a marinos incautos. 


Gérôme