He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica.

(Marina Tapia)

viernes, 15 de septiembre de 2017

Estudios sobre Literatura Fantástica


Con gran alegría, doy noticia de la publicación de Estudios sobre Literatura Fantástica. El Doble, Maupassant y Olgoso (Editorial Académica Española), de Juan Herrero Cecilia, catedrático de Filología Francesa en la Universidad de Castilla-La Mancha y estudioso de la literatura fantástica contemporánea (española, hispanoamericana, francesa, belga, quebequense, etc.). Entre sus trabajos destaca el libro Estética y pragmática del relato fantástico. También editó Reescrituras de los mitos en la literatura.

Juan Herrero siempre ha calificado a Ángel como un excelente escritor de relatos fantásticos y visionarios mediante los que consigue explorar con originalidad sorprendente, imaginación deslumbrante y palabras de orfebre, el lado oculto e inquietante de la misteriosa realidad de la vida y del mundo.

Las fotos pertenecen a las jornadas que se celebraron durante abril de 2016 en la Universidad de Castilla-La Mancha (Literatura fantástica hispano-francófona actual. Nuevas narrativas de lo desconocido), organizadas por la Dra. Esther Bautista Naranjo. Por la parte española, participaron el mismo Juan Herrero, el académico José María Merino y Ángel Olgoso.












domingo, 10 de septiembre de 2017

Lectura en Chile


Con esta invitación, el pintor y poeta Iván T. Contardo informaba del la lectura compartida que dimos hace unas semanas cerca de Valparaíso:


Estimados amigos: Les invitamos para este jueves 24 de agosto, a la presentación de los escritores MARINA TAPIA y ÁNGEL OLGOSO, residentes en Granada, España, quienes se encuentran de paso por Chile. El evento titulado HECHOS A MEDIDA, se realizará en Galería Modigliani, ubicada en 5 Norte 168, Viña del Mar, a las 19 horas. Será la oportunidad para disfrutar de la obra literaria de dos relevantes creadores.


Iván T. Contardo


HECHOS A MEDIDA

Iván Tapia Contardo


MARINA y ÁNGEL,

mar y cielo,

océano y extensión sideral,

pasión e inspiración.

Poesía y relato,

la Palabra que siente y la Palabra que crea, vuela y se eleva, nos eleva.

La Palabra que funda realidades.

Desde lo telúrico de nuestra América,

desde los molinos y la sangre de España,

hoy como la marejada impetuosa,

la vida nos devuelve un océano de belleza,

una ESCRITORA y un ESCRITOR.

La buena Literatura tiene esta capacidad:

Nos devuelve la vista,

Nos enseña a caminar,

Nos limpia.

Abre nuestros oídos

Resucita y enriquece el espíritu

Les invitamos a escuchar a dos voces de la Lengua

Hechos a medida:

ÁNGEL OLGOSO y MARINA TAPIA


Con Hilda Campos

Con Dino Samoiedo



Con el doctor Luis Miguel Roca Zela


domingo, 3 de septiembre de 2017

Astrolabio ilustrado (5)


Tras un fabuloso viaje a Chile, fértil tierra de vinos (pensad en Casillero del Diablo, Almaviva, Concha y Toro, Gato Negro) os dejo con una nueva ilustración para Astrolabio, basada en el impactante y embriagador relato de Ángel Los buenos caldos, antologado en numerosas ocasiones.


M. Tapia



LOS BUENOS CALDOS


En la anochecida, cuando el extraño pasó a nuestro lado, le abrimos el cráneo con el grueso sarmiento que usamos en estas ocasiones. Un solo golpe, certero y sin rabia, nada más. El sombrero que el desconocido llevaba requintado en la cabeza rodó como a diez pasos. Mi hermano lo levantó del almagre y se lo puso en la suya. Sería un buen año aquel. Encendimos el candil. Su luz hizo rebrillar las palas. Nos remangamos y estudiamos con curiosidad el cuerpo durante unos segundos antes de enterrarlo al pie de una cepa, primorosamente, bien encamado en la hondura, como manda la tradición en vísperas de vendimia, para que su sangre retinte las uvas, para que su cecina nutra las raíces y rice los pámpanos, para que sus huesos den vigor a esta tierra requemada por la calígine y pongan a crecer el viñedo hasta que corran los jugos, nobles, únicos, virtuados por su secreto fermento.




jueves, 24 de agosto de 2017

Reseña en El Cultural



Continuando con el rescate de reseñas sobre Las frutas de la luna, traigo hoy aquí la que el crítico Ángel Basanta publicó en el suplemento El Cultural de El Mundo, en febrero de 2014.




LAS FRUTAS DE LA LUNA. 
ÁNGEL OLGOSO

ÁNGEL BASANTA


Con varios libros de relatos en su haber y el reconocimiento explícito de su presencia en las mejores antologías de narrativa breve, Ángel Olgoso (Granada, 1961) es uno de los mejores autores de cuentos de los últimos años. Así lo confirman los textos reunidos en Las frutas de la luna. En ellos destaca su propensión a lo fantástico en la invención de situaciones inquietantes a partir de visiones extrañas u oníricas impregnadas de lo asombroso y lo irracional. Aunque también hay en la veintena de cuentos abundantes muestras de narraciones realistas, pero no por ello menos cargadas de oscuras inquietudes. La variedad en los temas tratados y las formas empleadas, el cosmopolitismo de sus ambientes, la riqueza imaginativa y una prosa de suma eficacia narrativa y altos valores poéticos son elementos comunes de todos los cuentos. 


En “Jueves del Valle de Josafat” se impone el diálogo, salpicado de coloquialismos lingüísticos entre viudos en un velatorio; en forma de carta está compuesto “Dybbuk”, cuyo juego de autoficción del narrador, que se llama como el autor y se relaciona con otros escritores reales, se adentra en lo fantástico por el miedo a que otro se apodere de su personalidad; en “Los túmulos” se adopta el modelo de un informe; y las características de un trabajo académico próximo al ensayo sustentan las reflexiones sobre la naturaleza y el arte en la magia seductora de pintar la luna encarnada por el romántico Friedrich en "Las Montañas Gigantes a la caída de la tarde", uno de los cuentos más extensos (32 paginas), solo sobrepasado por las cuarenta de “El síndrome de Lugrís”, construido como una larga retrospección temporal a partir del internamiento del protagonista en un psiquiátrico de Santiago de Compostela, desde donde se recrea, con bien asimilados galleguismos lingüísticos, su enigmático viaje al abismo conducente a la locura. Y entre los textos más breves merecen especial mención algunos que por su corta extensión, su narratividad y su intensidad, constituyen auténticos microrrelatos. El mejor hallazgo está en los autoengaños con que el ser humano dilapida toda su vida en beneficio de nada en “Designaciones”, excelente microrrelato. 


Como suele ocurrir en las mejores obras de literatura fantástica, también las de Olgoso rezuman pesimismo. Así sucede en la fantasía futurista de “Contraviaje” donde el universo queda encerrado en los paneles desmontados por dos menestrales, y en “Materia oscura”, angustiosa parábola de la explotación humana donde un programado apagón planetario programado por la multinacional que monopoliza la energía eléctrica condena a las personas a convertirse en fuente de energía como único remedio para no vivir en perpetua ceguera. Lo fantástico sobrenatural tiene sus mejores manifestaciones en “La promesa”, donde un moribundo cumple su palabra de volver con noticias del más allá, y la humanización de Dios, hecho tiempo y mortal en “Dibujé un pez de polvo”. Dos narraciones más destacan por su cuidadosa elaboración poética en el encanto de la música del afilador ambulante en “Aramundos” y en la milagrosa lucha de la muchacha solitaria por salvar a su enamorado en “Un cuenco de madera de ciprés”. 

Este libro ratifica la maestría del autor en el cultivo del relato breve, por su capacidad de inquietar y el arte de sugerir.



miércoles, 16 de agosto de 2017

Un cuenco de madera ciprés...


Publico este relato oriental perteneciente a Las frutas de la luna (XX Premio Andalucía de la Crítica), que seguro refresca con su delicada luz selenita los días que quedan de agosto. 
Como Ángel escribió a propósito de El elogio de la sombra de Tanizaki, "la belleza nipona no reside exclusivamente en la luz o en los elementos brillantes, y la sombra pierde ese matiz negativo que se le atribuye en Occidente. Es como si en la cultura japonesa velaran todo con una ligera penumbra para que no se pueda discernir el límite". 
Lo he ilustrado con un viejo dibujo mío de 2006 que creo le viene como anillo al dedo.

 M. Tapia


UN CUENCO DE MADERA DE CIPRÉS, CON AGUA, PARA RECOGER LA LUZ DE LA LUNA


Una muchacha pobre peinaba con esmero su largo cabello negro. Huérfana, sin parientes, vivía en un cuarto en el que apenas entraba el sol, pegado a la parte posterior de la miserable posada y privado de brasero de carbón. Allí, por las noches, para disipar su desesperación, le gustaba contemplar desde el ventanuco el agua estancada en un socavón de la tierra del patio, imaginar que en realidad el agua destellaba a la luz de la luna en un cuenco dispuesto con encanto entre la rocalla de un jardín misterioso, y que aquella imagen atravesaba su corazón como una brisa primaveral.

La joven, reducida a la extrema necesidad pero tan hermosa y de piel tan blanca como la resplandeciente albura de una gardenia, se pasaba las noches sin dormir, entumecida por el frío de la habitación. Muy temprano, con sus manos estropeadas de lavar a diario ropa para otros, se aseaba, doblaba la colchoneta muy gastada en un hatillo y tomaba un poco de té ya sin sabor. Se sentaba luego frente a un espejito agrietado para cepillar y acomodar el pelo con candoroso detenimiento antes de ir a visitar de nuevo, en la sede de la prefectura, a su prometido, un muchacho apocado, dulce, impulsivo, que aún no sabía hacer frente a las acechanzas de la vida e injustamente sentenciado a muerte. Le turbaba que la viera despeinada. El pelo arreglado era su vínculo con el vehemente deseo que la habitaba, el de casarse en fecha próxima y vivir junto a ese ser, al que pese a todo adoraba con devoción, hasta el fin de sus horas.

Desde principios de otoño y durante veinte días consecutivos, la muchacha, con una obstinación indestructible, había adoptado la decisión de cruzar toda la ciudad, de subir la larga avenida de piedra donde se levantaba la oficina del gobernador para exigirle la revisión de la arbitraria causa contra su novio, para apremiarlo a que firmara su indulto, para rogarle clemencia arrodillada. 

Cada día andaba en vano dos horas a la ida y a la vuelta, cada día guardaba en vano una brizna de esperanza en sus ojos amustiados, cada día saludaba en vano con una reverencia a los oficiales de guardia que, para su continua desazón, nunca le dejaban ver a su enamorado. Ella era la única persona que, ocultando con delicadeza una dolorosa ansiedad, subía hasta la prefectura a pedir explicaciones o compasión, pues todos conocían los oscuros sentimientos que roían, como una rata, el corazón del gobernador. Además, cumpliendo órdenes, los oficiales confiscaban a la humilde joven las ciruelas en conserva o los pastelillos de arroz que le traía invariablemente a su prometido: ella no podía permitirse llevar la ropa apropiada, comprar un braserillo, unas modestas manoplas de fibra de salvado de arroz para calentar sus dedos ateridos, un paraguas de papel encerado, ungüento de camelia para un maquillaje que de todas formas las lágrimas desbaratarían de continuo, ni siquiera polvo para las pulgas; sin embargo, conservaba empecinadamente los dos yenes de paga para costearse el albergue y obtener algunos comestibles para su novio.

Cuando regresaba a la posada, frustrado una y otra vez el propósito, procuraba no reprocharse el infortunio de su vida, aunque sabía que intentar acceder a la aprobación del gobernador era como sacar maleza de los arrozales.

Cuando regresaba a la posada, la implacable expresión de dominio de quien podía salvar la vida de su prometido la horrorizaba tanto como le daba pena. Condicionado de tal modo su devenir, la hermosa muchacha sentía añoranza de un futuro de amantes, de pareja en su propia casa, de marido y mujer que se hablarían sin necesidad de palabras, que caminarían cada uno con una sandalia de madera del mismo par, para ser así uno solo.

Cuando regresaba a la modesta posada, la joven hallaba una manera de ahuyentar su amargura mirando con embeleso, completamente absorta, el agua detenida en ese hoyo abierto entre la tierra descuidada, en ese cuenco imaginario donde el brillo sobrenatural de la luna espejeaba y hacía crecer en el interior de la novia una intensa y refrescante sensación de confianza, de promesa, que agitaba su efecto con cada onda del agua.


Los días pasaban y, al cabo de veinte, la belleza de la muchacha se había ido destruyendo con cada nueva humillación del gobernador y cada nueva negativa de los oficiales de guardia. La calidad diáfana de su rostro estaba ahora desvaída, como un farol de piedra bajo la lluvia constante. Al día siguiente vencía el plazo y era de conocimiento público que, a media mañana, el gobernador firmaría la ejecución de su anhelado novio. La joven, agotada, cayó esa noche en un sueño muy profundo, como ya no recordaba, en el que se vio junto a su amado mojando los dedos en la límpida agua del cuenco que albergaba la luna, vestidos ambos para una alegre ceremonia nupcial. Se despertó, algo desorientada, más tarde que de costumbre, a pesar de que esperaba ese día como si su encogido corazón aguardara la orden de izar velas con un portentoso estallido del aire y todo el océano por delante, como si el color regresara por fin a sus mejillas en forma de ramo de corales.

Así pues, corrió a sentarse frente al espejito cuarteado. Exaltada por el tiempo que se cumplía, con la agitación de operar sobre los malos presentimientos y sobre el baluarte de su propia voluntad, repitiéndose sin cesar su único, firme y misericordioso deseo, la muchacha intentaba ordenar su larga cabellera negra, reluciente todavía como la laca. Pero tenía los dedos tan atenazados por la angustia y el frío y el pelo tan enredado que, al volver a pasarse por tercera vez el viejo y vulgar peine, una de las finas púas se partió. En ese mismo instante, en la sede de la prefectura, el gobernador desplomó su cabeza sobre el escritorio como si hubiera recibido un súbito tajo en el corazón, derramando el cubilete de tinta encima de la orden que ya nadie habría de firmar.





martes, 8 de agosto de 2017

Reseña de Flavio Sevilla


Rescatamos las palabras que en su momento escribió Flavio Sevilla en su blog Metaars, tras asistir a la presentación de Las frutas de la luna en la librería Nueva Gala. Es de agradecer la breve descripción del emotivo ambiente que reinó en el acto, así como sus apreciaciones sobre el libro y, en particular, sobre tres de sus relatos.


LAS FRUTAS DE LA LUNA, DE ÁNGEL OLGOSO

Aquella tarde de marzo en la presentación del nuevo libro de Ángel Olgoso “Las frutas de la luna”, asistí a una fiesta de la Literatura. La sinceridad de los testimonios de los participantes, el afecto y la admiración que muchos profesamos a Ángel, citas a autores como Chejov, Borges, Azorín…, caras de sorpresa, sonrisas sin malicia, lecturas en italiano y la declamación de un nuevo juglar que nos dejó atónitos. Tal cúmulo de sensaciones condensadas en tan poco tiempo, inevitablemente te hace pensar que estamos ante un hombre especial, que desde su sencillez y humildad personal ha construido todo un mundo riquísimo que ha plasmado en este libro con la serenidad de un viejo faro. Un hombre fiel a sí mismo, honesto y trabajador con una vocación muy clara a la que día a día se dedica sin ruido. Salí de aquella presentación con ese estado que en psicología se denomina “de flujo”.

Juan Carlos Friebe


El autor granadino ha bebido de muchas fuentes, literatura oriental, hindú, americana, española que unido a su imaginación inagotable y a un vocabulario excelso le confieren un dominio magistral del relato. Con la precisión de un relojero va engarzando cada rueda dentada hasta conseguir que el mecanismo de la narración funcione en la mente del lector dejándole un regusto de expectación, asombro, tristeza, esperanza, resignación. 

Los veinte relatos que componen“Las frutas de la luna” engendran un racimo de uvas tiernas, jugosas, dulces y amargas a la vez que dejan un sabor a calles angostas de Galicia, cerveza somnífera nórdica, caldo caliente de velatorio, a arroz de preso. De los veinte relatos yo destacaría tres que me han gustado especialmente, que me han llegado más profundamente, son “Suero”, “El síndrome de Lugrís” y “Perlas de Indra”. 

“Suero” es un relato absolutamente magistral. A través del hilo conductor de las gotas de suero que se deslizan sin remedio hacia las venas, el autor trenza una historia de tres generaciones: A (madre), B (hija) y C (nieta). A pesar de lo despersonalizado de los nombres de las tres mujeres, la historia es un compendio de absoluta humanidad. El relato alcanza cotas sublimes de lirismo: 

A, harinada aún de sueños de jovencita y de blancura de ajuar… 

La sensibilidad del escritor se muestra aquí de una forma palmaria. Las tres protagonistas construyen una historia femenina donde la alegría de los nacimientos, la preocupación y desasosiego de la enfermedad y el dolor de la muerte son hiladas a través de esas gotas de suero. En unas pocas páginas, el escritor da una lección de vida con mayúsculas, la alegría de una madre al dar a luz, la congoja de una hija al ver a su madre enferma, la rueda que vuelve girar con el nacimiento de la nieta, la madurez y el desamor. Y esas gotas de suero que impasibles asisten como silenciosas espectadoras a ese lento transcurrir hacia la vida y hacia la muerte. 

José Carlos Jiménez


“El síndrome de Lugrís” es el relato más extenso de“Las frutas de la luna”. Según nos reveló el autor en la presentación del libro, tardó ocho meses en escribirlo, describiendo un síndrome nuevo o desconocido hasta la fecha y que dejo que el propio lector descubra deslizándose por sus páginas. Sí me quiero centrar en la maestría que rebosa este relato, como Olgoso traza a la perfección ese camino que hay hacia el abismo de la locura, dejando en la cuneta lazos familiares, recuerdos y olvidos. Profundamente gallego, nos traslada a esa tierra a través de citas, calles, monumentos, comidas, pazos, gentes. Tiene la rara virtud de empaparte en Galicia, las calles que transitan los personajes las estás andando tú al mismo tiempo. Sobre todo, el autor hace un canto a la amistad, a la relación acrisolada de los protagonistas a lo largo de muchos años. La entrega al amigo preso de la locura, el tesón y la capacidad de empatía son las señas que engrandecen esta historia; saber que hay alguien que trata de evitar el descenso al infierno y tiende su mano afable y desinteresada: 


Pero el ser humano siempre teje esperanzas hasta el último momento.

Paolo Remorini y Giorgia Pordenoni


“Perlas de Indra” nos sumerge en el mar de la inocencia perdida de una niña de nueve años a través de uno de los hechos más atroces que puedan suceder. Sin embargo está narrado de una forma bellísima, pura poesía. No hay rencor, ni odio, hay compasión y un trascender el pasado de silencio y oscuridad, saltando por las finísimas cuerdas de seda que mantiene unido al mundo: 

Bela jai. El tiempo pasa.

Víctor Erice y Cristina García

martes, 1 de agosto de 2017

Astrolabio ilustrado (4)


Los bucles temporales, los desajustes espaciales, las dimensiones alternativas, las enumeraciones de piezas de una realidad que los personajes no pueden controlar son puntos centrales en la obra de Ángel Olgoso, elementos por los que siempre ha sentido fascinación. Con ellos logra atraparnos, envolvernos en un universo donde es posible lo imposible, lo inefable, donde las fronteras se rompen para -a la vez que nos deslumbran- dejar un reguero de sensaciones y preguntas.

M. Tapia


EL PAPEL


Encuentro en mi portal un papel que alguien ha roto en varios trozos. Está escrito a mano con letra diminuta: parece la enumeración de algo, una lista o quizá instrucciones, se trata en cualquier caso de una serie ordenada de párrafos. No hay en el mundo otro corrosivo equiparable al de la curiosidad. Intento recomponer los pedazos pero no encajan de ninguna manera. De pronto, aunque es mediodía, cae la noche. Me asomo a la ventana y veo la luna. Tras unos instantes, sale de nuevo el sol de junio pero comienza a nevar. Regreso ante el papel y, alarmado por la contemplación de tales arbitrariedades, busco atropelladamente otras combinaciones. Ni los bordes ni las líneas se corresponden. Afuera, las aves chillan enloquecidas mientras abandonan el pueblo en bandadas, unos leones rugen al arrimo de la sacristía, todos compiten con el disonante aullido de la tramontana, sobrepujada a su vez por el canto de las arenas que trae el simún de algún desierto. Se suceden los eclipses y las lluvias de sapos. Temblando, sin respiración, muevo una y otra vez los fragmentos, me esfuerzo desesperadamente en unir cada filo serrado, cada arista, cada rebaba del papel, como si con ello pudiera remendar derroteros incomprensibles o, al menos, mi propia confusión. En vano doblo y aliso irregularidades para hacer coincidir los trozos. Un tren recorre las estrechas calles desprovistas de raíles. Las olas de un mar desconocido suben por el valle, por los caminos de herradura, por los huertos en terraza, hasta batir contra las casitas de este pueblo montañés, y las guijas de sus playas ruedan inclementes sobre nuestros tejados de pizarra y nuestros patinillos. Hace años que soy viudo y, sin embargo, reconozco a mi esposa en esa figura que camina hacia mí con una sonrisa de desconcierto.




jueves, 27 de julio de 2017

Reseña doble de Las frutas de la luna, por Gärt


José Luis Gärtner es, posiblemente, uno de los más entusiastas conocedores de la obra de Ángel Olgoso: ha presentado sus libros en varias ocasiones, ha escrito reseñas sobre ellos (como la extensa que hoy traigo aquí, publicada con coda en la revista digital Tendencias 21) y colabora con él mano a mano en el Institutum Pataphysicum Granatensis. 
Sus reflexiones sobre la literatura -llenas de matices y a menudo apasionadas- envuelven armónicamente la lectura que hace de los relatos de Ángel, lo que en mi opinión potencia y enriquece estos textos escritos desde la admiración y el conocimiento.
La entrada va humildemente acompañada por algunas viejas ilustraciones mías y dos fotos alusivas.

Gärt y Olgoso, nutriendo la amistad


LAS FRUTAS DE LA LUNA: 
ORFEBRERÍA Y MAGIA

Ángel Olgoso publica un libro de relatos que deslumbra al intelecto. 

Para el autor granadino, frente a la perversión del lenguaje por parte de los poderes fácticos, es deber del escritor devolver a las palabras la magia que poseen intrínsecamente, la capacidad de deslumbrar al intelecto. En su libro de relatos “Las frutas de la luna” (Editorial Menoscuarto, 2013), Olgoso es fiel a este precepto al buscar su propio trayecto fuera de senderos marcados, y también al desarrollar con pulcritud de orfebre su narrativa.                             Por gärt.


La literatura de Ángel Olgoso evoluciona en sentido inverso a la norma mercantil según la cual la aceptación del hecho literario corre en paralelo al empobrecimiento del estilo. 

El estilo no es eso que hace que todos los libros de éxito parezcan escritos por la misma mano. Se trata más bien de aquello que hace que las palabras vertidas sobre el papel parezcan únicas. 

Tampoco es tan solo cuestión de saber combinarlas con pericia, es algo mucho más complejo, algo que hace reverberar la música que produce su sonido íntimo, que se apodera de los sentidos del lector y sumerge su espíritu en los abismos de la emoción. 

Nada de ello cae del cielo como la nieve. El estilo es producto de toda una vida volcada en la literatura, pues literatura sólo hay una, y nada tiene que ver con la resignación al argumento que padecemos ya desde el siglo XIX. 

Según Olgoso, frente a la perversión del lenguaje por parte de los poderes fácticos, es deber del escritor devolver a las palabras la magia que poseen intrínsecamente, la capacidad de deslumbrar al intelecto. 

En ese sentido, los relatos de Ángel Olgoso, labrados con la paciente entrega del orfebre, rebosan ya el tópico de la pulcritud. Hablar de pulcritud en este caso concreto, es ya un lugar común tan visitado como el fantasma de la “lucidez” en Francisco Ayala. Y lo peor es que nos vamos acostumbrando al despropósito de tratar de resumir el sentido de toda una obra literaria por medio de una sola palabra. 

Pues no, la genialidad no es una chispa divina que toque a los mortales de forma aleatoria. El único talento que conozco es aquel que proviene de la obstinación; y no siempre da resultados. Esa es la diferencia: mientras los demás divagamos en la vida, él escribe. 

El talento está en ese oficio –escribir no es un trabajo, sino un arduo oficio- que busca y encuentra su camino, cuando se sabe lo que se quiere saber y se escribe lo que se quiere escribir. Y eso no se logra dejándose arrastrar por criterios dominantes, sino más bien a fuerza de buscar el trayecto fuera de los senderos marcados. 

Tiene su riesgo -no lo vamos a negar- eso de circular contracorriente, pero también alberga una ventaja innegable: caminando en sentido contrario las ves venir de frente. Nadie dijo que la excelencia fuera un camino de rosas. Ser uno entre millones no es fruto de un día, es, a buen seguro, tan complicado como cultivar frutas en la luna. 

M. Tapia


Manjares lunares 


El maestro Olgoso no es de los que se duermen en los laureles. Con su nueva entrega de relatos, Las frutas de la luna (Menoscuarto, 2013), siempre a medio camino entre los mundos oníricos y las entelequias biográficas, el escritor de Cullar Vega ha descorchado la botella de su delirante universo interior, abriendo el paso a fragmentos que conjugan su reconocido lirismo con más de una efervescencia emocional. 

Ahí está el detalle –que diría Mario Moreno-, habida cuenta de que Olgoso administra lo pasional a base de redoma y alambique, en el caso de “Las frutas de la luna”, el escritor ha abierto las válvulas de escape, sin dejar, eso si, que el cauce se le vuelva torrencial, pero permitiendo que el fluido amniótico se deslice suavemente sobre el lecho escalonado, a modo de amplias gradas, que retienen levemente el cristalino arroyo de la prosa poética, dejándolo precipitarse en breves desniveles, a modo de una fina película. 

En otros términos, Ángel Olgoso es ya un consumado experto en el arte de aderezar sus relatos con versadas imágenes y sensaciones, sin caer en la fácil tentación del empalago. 

Las frutas de la luna, esos manjares cuyo sabor reconocen muy pocas papilas, albergan sabores, perfumes, texturas y músicas que nada tienen que ver con la melaza, el azúcar, la salsa de ketchup o la canción del verano. 

Obvio es decirlo; Ángel Olgoso nunca ha escrito ni escribirá libros de caballería. Eso, con seguridad, lo alejará (¡todo un drama!) de las listas de superventas. Ya conocemos, gracias al lapidario latino, que cierto tipo de mamífero artiodáctilo no siente el menor interés por las perlas.

M. Tapia


Un cuento gallego 


Atención especial merecería, bajo mi punto de vista, el extenso relato “El síndrome Lugrís” incluido en el libro que nos ocupa. No se trata en este caso de la extensión –cuarenta deliciosas páginas- lo que ha resultado más llamativo a este lector, sino más bien de la exhaustividad con que el autor ha cincelado un cuento que, desde la primera lectura, apunta a clásico. 

Por medio de un desdoblamiento del objetivo, bajo la apariencia de un juego entre la primera y la tercera persona, el desarrollo de la acción reflexiva, regala al perceptor la posibilidad de penetrar en el delirante imaginario de Manuel Lugrís, el personaje atormentado por una misteriosa percepción del rostro de sus semejantes. 

Bajo este soporte temático, el narrador, aparente sujeto pasivo, transgrede todas las fronteras descriptivas para involucrar al lector en el drama del protagonista. Nada de especial tendría esta pieza si no fuera por el alto grado de verismo que se esconde bajo densas descripciones, aromatizadas por la constante presencia del paisaje, el paisanaje, las luces y los manjares gallegos. Toda una conquista para un escritor sureño que, a modo del buen actor, acaba convenciendo al más escéptico de que quien habla no es él, sino ese personaje presuntamente secundario que Olgoso arraiga en tan poético escenario. 

El lector experimenta, desde el primer fraseo, la convicción de que está siendo llevado de la mano entre el verdín de los soportales compostelanos por un cicerone nacido y criado en esos lares. 

En ningún momento de la prodigiosa narración se adivina la impostura; jamás tiene uno la sensación de dejarse embaucar por falsetes ni simulaciones. Olgoso tiene que ser gallego -de Cullar Vega, por supuesto- mientras no se demuestre lo contrario. 

Y en semejante envoltura, de una formidable riqueza descriptiva, la voz omnisciente del personaje/cronista, sumerge al impávido voyeur en el vórtice de los dolorosos desvaríos de Manuel Lugrís, haciéndonos partícipes del hondo sentimiento de impotencia de aquel que es persona antes que demente. 

En esta vindicación del ser humano que la sociedad y la propia familia ocultan con un pudor indigno, hay mucho más que una labor creativa. El grado de compromiso de aquel que mueve los hilos, incumbe a la verosimilitud de toda la composición. No es necesario enloquecer para transmitir lo que ello significa, pero al menos hay que saber colocarse en ese lugar donde nadie quiere entrar para comprender los más opacos sentimientos. 

Al igual que en el relato "Materia oscura" donde el autor se sirve de una situación distópica para explicar de forma oblicua en qué lugar se encuentran las raíces de la interminable debacle social que nos ha tocado vivir, en "El síndrome Lugrís" se esconde aquello que no puede explicarse con simples palabras. El alma humana tiene tanta capacidad para la pesadilla -como se demuestra en "La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos"- como para la ensoñación. 

Otrosí digo: A quienes gocen de la fortuna de tener entre sus manos esta primorosa y delicada gavilla de quimeras, encarecería la relectura de "Dybbuk". No solo por el inmenso valor que supone la capacidad de hacer mofa y befa de los propios miedos, sino porque a partir de una situación patafísica por excelencia (casi tanto como el autor) el asunto -puedo dar fe de su veracidad- adquiere una dimensión tan lógica como los sueños y tan absurda como la realidad. Toda una lección de literatura para quienes aún no lo tengan claro. 

Somos anhelo casi tanto como desasosiego. Tan cierto como que lo uno puede llevar a lo otro. Tal vez para sobrevivir a las pesadillas de la realidad tenemos al alcance de la mano las páginas con que Olgoso va tejiendo un caprichoso autorretrato maquillado por la precisión del verbo y la armonía del pensamiento.

M. Tapia


LA LUNA INACABADA 


Por múltiples razones que no vienen al caso, me veo en la coyuntura de escribir dos reseñas -diferentes, por supuesto- en la misma semana, sobre el mismo autor y acerca del mismo libro. 

El motivo de fondo es la inconveniencia de extenderse más de lo razonable cuando se trata de hacer crítica literaria. Es por ello que, en este caso, me gustaría referirme a un relato en particular y no al resto de ese libro llamado "Las frutas de la luna" del que, a buen seguro, se hablará y mucho. El relato lleva por título el inquietante nombre de "Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde". 

Pues bien, aparte de las incuestionables calidades literarias a las que nos tiene acostumbrados el autor, Ángel Olgoso, este cuento posee ciertos matices que, a mi juicio, lo hacen particularmente interesante. 

La narración conduce al lector hasta la localidad sajona de Dresden, en pleno siglo XIX, donde se desarrolla una suerte de retrato costumbrista en torno al pintor alemán Caspar David Friedrich. Para llegar al citado escenario el autor utiliza tres planos narrativos, por medio de otros tres ficticios narradores que se van dando paso de forma escalonada. De esa manera, el lector realiza un viaje descendente desde el presente hasta el pasado, encadenando el pulso literario por medio de transposiciones temporales que cada uno de los narradores imprime a su particular visión de los hechos. 

Siendo los dos primeros, aquellos que incumben a un presente indefinido quienes hacen las veces de genuina introducción al relato final, la estructura dramática resulta tan bien hilada y superpuesta, que en ningún momento da la sensación de que aquellos sean meros accesorios del que contiene la verdadera sustancia, esto es, el tercero. 

Confío plenamente en que mis escasos lectores no se hayan extraviado en el dédalo que aparenta todo lo anterior. Si es así, les pido mil perdones y procedo a explicarles el porqué de tal embrollo. 

Que un pintor tan reconocido como Friedrich ocupe el interés de un escritor como Ángel Olgoso es notoriamente sintomático. Durante el relato que nuestro autor sitúa hábilmente en las memorias de un tal Johann Graff-Schleier (teólogo, pintor, botánico y diplomático) la trama se resume en algo tan sencillo y a la vez tan lleno de sentido como el obsesivo intento de captar la belleza de la luna. Friedrich acude durante tres noches, acompañado del (entonces) joven Graff-Schleier, en busca del lugar idóneo donde tomar apuntes del natural, con el objetivo de transponer al lienzo la mágica pesencia del modesto satélite. En cuanto al argumento, no hay mucho más que destacar. Tan sólo aclarar que el alumno Graff-Scheier nunca llegó a heredar el genio de su maestro, por más que éste aprovechara las horas que compartieron para -nada más y nada menos- explicarle el sentido del arte. 

La imitación esclava de la naturaleza y la ejecución rigurosa son propias del arte malogrado, dice Friedrich, la imagen debe recordar al original, insinuarlo, ocupar a la fantasía mucho más que satisfacer al ojo. 

En esas palabras, el escritor nos revela el secreto que todo artista debería conocer y deducir: la realidad debe ser observada con absoluta subjetividad y reescrita huyendo de la pretensión fotográfica, pues ni siquiera el objetivo de la cámara recoge lo que hay, sino aquello que el fotógrafo decide encuadrar. El objetivo no es tan objetivo como puede parecer. 

La pretensión de algunos escritores realistas decimonónicos de narrar los hechos sin establecer juicios de valor, es poco menos que un acto de arrogante ingenuidad. El autor existe para reinterpretar el mundo, para enriquecer al lector con otra mirada diferente, e incluso opuesta, a la suya. Ni siquiera el hiperrealismo pictórico más acérrimo ha conseguido establecer una neutralidad en las imágenes que intenta reproducir al mínimo detalle. Y si tal cosa fuera posible -que no lo es por la misma razón que la expuesta con la fotografía- ¿qué sentido tendría una obra que sólo se sostuviera sobre el mérito de la copia exacta? Nada sería más utópico, más fantástico, que el sueño de mostrar las cosas tal como son. Y no hablemos del tedio que acabaría produciendo algo que se puede captar directamente del modelo. 

En las palabras que pone en boca del pintor Friedrich, Ángel Olgoso se retrata a sí mismo, nos muestra su hoja de ruta -de forma solapada, eso sí- tal vez con la pretensión de defender un concepto del arte que, lamentablemente, no se ha generalizado. Puede que la confusión que reina en el mundo de la literatura, donde las querencias comerciales se han estancado en los parámetros decimonónicos, tenga algo de positivo. La literatura no está al alcance de todos, eso es cierto, ya que el talento debería incumbir tanto al escritor como al lector. 

El lector medio no dispone del mismo acceso a la lectura de entretenimiento que al verdadero placer que proporciona la literatura inteligente. Delimitar la belleza estilística, diferenciándola de la torpe cursilería, daría lugar a estériles debates que jamás llevarían a buen puerto. 

Tal vez nos queda confiar en que, estas mismas circunstancias históricas que han quebrantado la dignidad de las masas, nos devuelvan el brillo de la individualidad. 

A los que han llegado hasta el final de la presente -si es que se da la circunstancia- les pido perdón por la licencia, y prometo enmendarme en lo sucesivo, recuperando al menos parte de mi capacidad de síntesis. Confío en que la -¿posible?- lectura de las dos reseñas sobre la obra de Ángel Olgoso, no suenen a reiteración.

M. Tapia

José Luis y Ángel durante la presentación de "Breviario negro"

viernes, 21 de julio de 2017

Minotauro blues en Infolibre


Ayer, la sección Liebre por gato (coordinada por Fernando Valls) del suplemento Los diablos azules (dirigido por Luis García Montero) en el diario Infolibre, finalizó su temporada de colaboraciones con el relato de Ángel Olgoso Minotauro blues, un texto inédito cuyo título original era Hispania II
A continuación de esta narración, transcribo otra que hizo pareja con ella en el momento de la gestación, y con cuyo título comparte referencia: Hispania I, publicado en La máquina de languidecer (Ed. Páginas de Espuma, 2009), un vivísimo cuento breve en el que la crueldad del hombre para con sus semejantes convive con una desarmante ironía.

                                         Victor Delhez                                                    


MINOTAURO BLUES 


Refieren que los habitantes de esta ciudad son seres primitivos, de espíritu filisteo, carentes por completo de educación y cortesía, sin capacidad para ver más allá de sus ideas parásitas, para pensar en los otros o ponerse en su lugar, para imaginar, para hacer algo distinto de su vulgar rapiña diaria, algo mínimamente civilizado. Recordé esto a propósito de la noche en que al volver caminando de una cita, a la una de la madrugada, me vi asediado por una turbamulta vociferante que se acompañaba de explosiones y bocinazos de autos. Mientras me refugiaba aterrorizado en un zaguán pensé en revoluciones, en insurgentes e incitadores, en asaltos y saqueos, en barbaries desatadas. Creemos conocer el verdadero miedo hasta que nos topamos de pronto con algo cuyas consecuencias no podemos siquiera calibrar. Temí por mi vida. Sin el menor asomo de esperanza, me demoré en el escondite durante horas. La ensordecedora tromba humana, quizá enervada por el odio, la conmoción o la ignominia, ahogaba aún las calles, violando impunemente el silencio de la noche. Cuando más tarde, al borde del colapso, logré asomar sin peligro la cabeza y entrever al fondo unas banderas multicolores, creí entender que aquella buena gente celebraba la victoria deportiva de algún equipo local. 


 Victor Delhez



HISPANIA I 


Salí al pasillo y supliqué educadamente a mis vecinos que cesaran en su vocinglería. Como es natural, fui ofrecido a la ira de la familia: me tumbaron de espaldas sobre la mesa del salón, apaleándome con un vivo sentido del ritmo, extirparon mis ojos y mi lengua, me desollaron la piel a tiras, cortaron manos y pies y arrancaron brazos y piernas, desmembrándome por completo. Resultaba extremadamente curiosa su espontaneidad, casi rayana en el desapego, y se veía a padres e hijos persuadidos de la eficacia de su labor, en absoluto impelidos por animosidad alguna. Parecía bastante probable que, de un momento a otro, habría de prescindir de toda mi sangre, que borboteaba y manaba de forma espléndida y corría zumosa. Lamenté en verdad que se prodigara hasta empapar aquel tapete de ganchillo, poseedor, por lo demás, del intemporal encanto de la artesanía. Al final, quizá un tanto arbitrariamente desde mi parecer, me separaron la cabeza del tronco con un hacha de cocina, sin embargo en modo alguno trato de sugerir descortesía por su parte, puesto que ellos no hacían más que ceñirse a los usos del lugar. La mesa producía ya el efecto de una aguilera con despojos: mi vesícula colgaba de las flores de plástico del jarrón y mis ojos, depositados en el cenicero de cerámica, aún describían una trayectoria semicircular. Pero al menos me extinguí con la convicción de haber defendido sustanciosamente mi derecho a la tranquilidad. 


martes, 18 de julio de 2017

Astrolabio ilustrado (3)


Estoy disfrutando con el proceso de ilustrar los relatos de Astrolabio, más de lo que pensaba, ya que llevaba mucho tiempo sin dibujar. Cada historia es un reto que agudiza los sentidos, una búsqueda que me obliga a plasmar de forma sutil elementos del texto que no saltan en una primera lectura. Espero que saboreéis los cuentos de Ángel tanto como yo lo estoy haciendo.

M. Tapia



LOS DESPEÑADEROS


Es sabido que cuando nuestra población crece de forma desmesurada, un acto reflejo nos lleva periódicamente a los despeñaderos cortados a pico. Tras el anuncio de los heraldos, abandonamos las ciudades amuralladas y subimos a miles de trenes cremallera que día y noche salvan lo angosto de los escarpes para trasladarnos, en distintos puntos del globo, a los más altos tajos, acantilados, desfiladeros, cañones o gargantas. La multitud, ordenada en fila india, avanza entonces apresuradamente sobre el camino trazado, pisando las pisadas de los que nos precedieron. Se ven charreteras, uniformes y abrigos rescatados del almidón, alfileres de corbata, zapatos y bastones relucientes, mujeres de labios pintados portando todas sus joyas, obreros con monos limpios, enfermos sobre angarillas con pijamas bien planchados. Pese al silencio, no hay aire de duelo, prevalece en general nuestro sentido de la responsabilidad cuando llegamos al borde desde el que, sin detenernos, sin pensar, apretados unos contra otros, nos precipitamos al vacío. Sólo se escucha una incesante serie de crujidos blandos y lejanos, breves retumbos que pugnan por subir de las profundidades. Y cuando la polvareda se disipa, únicamente quedan sobre la tierra las manchas de aceite de castor de las lámparas y, en el cielo, el púrpura diáfano de un mundo más clareado y vasto, más sereno, menos incierto, delicadamente ingrávido, como recién creado.




viernes, 14 de julio de 2017

Presentación de Mil años después


Retomando el hilo de los textos irónicos e ingeniosos de Ángel, os dejo con otra muestra, en este caso de fino y a la vez hiperbólico humor británico: la presentación del libro de relatos de Celia Correa Góngora (presidenta del Centro Artístico de Granada, patafísica y buena amiga del escritor) el 21 de noviembre de 2013 en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Granada.



Presentación de Mil años después



Si hay algo que me agrada es la vida tranquila, sin sobresaltos. La vida nunca es lo bastante plácida para mí. Denme sosiego, denme rutina, y seré feliz. No pido más. Pero hete aquí que el pasado 3 de noviembre, a las ocho de la tarde, hora del meridiano de Greenwich, recibo un correo de la amiga Celia. Los que la conocen ya saben que se trata de una persona notoria por su persuasión, que no es de las que se pueden tener a raya con un bastón y, peor aún, que está a favor de no dejar que se ponga el sol sin haber iniciado una actividad artística o literaria calculada para hacer temblar a la humanidad. En el correo en cuestión, Celia me pedía que la acompañara en la presentación de su primer libro de relatos, ignorante del peligro mortal al que acababa de exponer a su viejo amigo. Tras leer aquellas líneas envenenadas, mis sentimientos eran, a la sazón, como los de quien, buscando margaritas entre los raíles del ferrocarril, se da cuenta de que tiene un expreso a pocos milímetros de la espalda. Es bien sabido que, sea cual fuere la provocación, un caballero no debe perder la compostura, pero aquella inaudita petición de Celia me hizo retemblar de proa a popa, provocándome una considerable pérdida de sangre fría, convirtiéndome en una joven mancha en las baldosas, en un plato de serrín, en un pedacito de tostada que cae atónita al suelo. Muy cerca del colapso, sin saber cómo echar a rodar la bola, le expliqué a mi temeraria amiga del alma que apenas si podía sobrevivir al compromiso de mis propias presentaciones, que incluso había conseguido no asistir a una de ellas, y que estas terribles experiencias habían encanecido los largos y lustrosos bucles de mis cabellos, desde el cuello hacia arriba. Celia contraatacó entonces asegurando que no iba a estar sólo en el envite, que mi presencia sería meramente testimonial, que el libro iba a ser presentado en sociedad comandita con José Luis Gärtner, Fernando de Villena y un cuarteto de cuerda. Acerté a exclamar: ¡Madre del amor hermoso! Y en ese instante comprendí que los presentadores no éramos más que unos escuálidos números, unos solitarios comparsas, un mero esbozo del multitudinario presentador con el que Celia soñaba: ella en realidad quería que su presentación la hicieran los Coros del Ejército Ruso. Poniendo a prueba mi capacidad de autodominio, intenté declinar educadamente el ofrecimiento. Ella insistió armada con un poderoso argumento: sólo te pido media cuartilla leída. Yo me defendí heroicamente ofreciéndole marfil, pavos reales y una primera edición autografiada del primer libro publicado por Francisco Gil Craviotto en los años cincuenta, pero fue inútil. Celia quiso rematarme dejando claro que deseaba que estuviera en esta mesa aunque no abriera la boca, aunque sólo fuera para decir “Ahí le has dao”. Mi fortaleza comenzó a tambalearse peligrosamente. Celia añadió, remedando un enternecedor puchero, “Porfa, Ángel de mis entretelas”. A pesar de que ese “porfa” -traicionero a más no poder- me había desarmado por completo, me conduje con una irreprochable contención, con una impasibilidad proverbial, pero mentalmente ya había sometido a Celia a toda una serie entera de exquisitas torturas. Una de las primeras lecciones que la vida nos enseña es que los amigos son los amigos, de modo que, fingiendo de forma maestra, le di plenas seguridades de que hablaría en la presentación. Para colmo, Celia, ajena a los locos latidos de mi corazón, se permitió citarme la máxima de un escritor jovenzuelo y prometedor, Alonso de Ercilla y Zúñiga, “el miedo es natural en el prudente y el saberlo vencer es ser valiente”. Aquella humillación fue decisiva: en modo alguno estaba dispuesto a glosar su magnífico libro de relatos, a alabar su impresionante versatilidad, que le permite moverse con idéntica eficacia en registros poéticos, realistas e históricos; manejar con delicadeza tanto lo exquisito como lo sórdido o lo macabro; usar una caligrafía tradicional en los cuentos más largos -pespunteada por imágenes y símiles insólitos pero muy bien traídos- y una caligrafía depurada e impactante en los microrrelatos; situar las historias en los momentos álgidos de una vida; lograr que otras épocas reverberen en el lector con gran lujo de detalles, arrancarle todo su color a las desvaídas arenas del tiempo. Después de haberme puesto en peligro de muerte, Celia se iba a quedar con las ganas de que presentara su libro formalmente. Cuando llegue la hora de mi intervención, y antes de que la protagonista refunfuñe como si una mano invisible la empujara al abismo, sólo pronunciaré “Ahí le has dao”, y el resultado, ocioso es decirlo, saltará a la vista. Esto debería bastar para enseñarle a mi querida amiga Celia, debería bastar para enseñarnos a todos que un hombre puede ser calvo y tener cejas pobladas.

Miguel Arnas y Gärt leyeron algunos textos de Celia

Fernando de Villena, Celia y Ángel