He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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jueves, 11 de junio de 2026

Reseña de "Holobionte" por Santos Domínguez

Muy agradecido al gran Santos Domínguez por su magnífica reseña sobre “Holobionte” (Eolas), recién publicada en su blog ‘En un bosque extranjero’:



<<HOLOBIONTE, DE ÁNGEL OLGOSO.

“Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano”.

Con ese sarcástico “Cuento de horror" cierra Ángel Olgoso su “Holobionte”, el cuarto de los seis volúmenes que reúnen en conjuntos temáticos sus relatos completos, publicados por Eolas Ediciones.

Tras los relatos sobre animales de “Bestiario", la ciencia ficción de “Sideral" y los relatos sobre la muerte de “Estigia”, “Holobionte” tiene como eje la complejidad de las relaciones humanas y su problemática armonía. Lo abre este texto, el brutal “Hispania I”:

“Salí al pasillo y supliqué educadamente a mis vecinos que cesaran en su vocinglería. Como es natural, fui ofrecido a la ira de la familia: me tumbaron de espaldas sobre la mesa del salón, apaleándome con un vivo sentido del ritmo, extirparon mis ojos y mi lengua, me desollaron la piel a tiras, cortaron manos y pies y arrancaron brazos y piernas, desmembrándome por completo. Resultaba extremadamente curiosa su espontaneidad, casi rayana en el desapego, y se veía a padres e hijos persuadidos de la eficacia de su labor, en absoluto impelidos por animosidad alguna. Parecía bastante probable que, de un momento a otro, habría de prescindir de toda mi sangre, que borboteaba y manaba de forma espléndida y corría zumosa. Lamenté en verdad que se prodigara hasta empapar aquel tapete de ganchillo, poseedor, por lo demás, del intemporal encanto de la artesanía. Al final, quizá un tanto arbitrariamente desde mi parecer, me separaron la cabeza del tronco con un hacha de cocina. Sin embargo, en modo alguno trato de sugerir descortesía por su parte, puesto que ellos no hacían más que ceñirse a los usos del lugar. La mesa producía ya el efecto de una aguilera con despojos: mi vesícula colgaba de las flores de plástico del jarrón y mis ojos, depositados en el cenicero de cerámica, aún describían una trayectoria semicircular. Pero al menos me extinguí con la convicción de haber defendido sustanciosamente mi derecho a la tranquilidad”.

Si se reflexiona sobre el sentido del título “Holobionte” -simbiosis colaborativa y beneficiosa entre organismos o personas- que Olgoso ha elegido como resumen caracterizador de la temática de esta recopilación de textos sobre las relaciones humanas, el lector advertirá la ironía implícita en esa elección y en la mayoría de estos relatos en los que hay una mirada muy crítica hacia la condición humana y las relaciones sociales, entre la discordancia y el sometimiento, como anticipa el narrador argentino Raúl Brasca en su excelente prólogo, de título elocuente, “Una visión crítica de la sociedad humana”, donde escribe: “Entre la ironía y el escepticismo, el conjunto de los relatos compone una concepción sombría del hombre y del mundo, una mirada compleja pero nada maniquea, porque, aunque domina la ausencia de fe en la naturaleza humana, un sentimiento intenso de compasión sobrevuela las historias más atroces y, en las relaciones interpersonales, algunas veces el amor y la amistad enaltecen a los personajes. Pero la literatura se hace con palabras, y de nada valdrían las excelencias del contenido sin un uso sabio de ellas.”

Los lectores de Ángel Olgoso conocen bien ese uso sabio de las palabras y la alta calidad de página que caracteriza cada uno de los textos narrativos que caracterizan su admirable trayectoria de cuatro décadas de escritura exigente y brillante. Y aquí tienen una nueva ocasión de comprobarlo, en cuentos como “Flores atroces” o “Lengua de madera” y en microrrelatos como “Revolución” o “Doxografía”, que son, como él mismo ha señalado, un “espejo incómodo” de la naturaleza humana y de las “molestias del trato humano” que adelantó en un exacto título el monje benedictino fray Juan Crisóstomo de Olóriz en el siglo XVIII.

Un espejo que refleja las relaciones conflictivas que generan diferentes maneras de desorden inarmónico y destructivo: violencias y rivalidades, envidias y dominaciones, opresiones y maltratos, vanidades y rencores, mezquindades, encontronazos y desencuentros en todas sus desoladoras variantes imaginables.

No faltan, con todo, en esta panorámica holobióntica de la narrativa olgosiana manifestaciones más optimistas y esperanzadas de los vínculos humanos que se manifiestan a través del amor y la amistad, la lealtad y la solidaridad, la cordialidad y el afecto, de la compasión y la generosidad.

Forma parte de esta reunión de sesenta y cuatro textos, variados en voces y enfoques, en técnicas y registros verbales, en guiños intertextuales y homenajes a los maestros y en una amplia presencia de personajes de lo más diverso un extenso relato, “El síndrome de Lugrís”, casi una nouvelle o novela corta por su tempo, su temple y su hondura, que Olgoso define como “el mejor relato que he escrito nunca”, un magnífico, inquietante y angustioso cuento sobre la locura que comienza con este estupendo párrafo:

“El riachuelo de su cordura acabó por secarse: ayer ingresó mi amigo Manuel Lugrís en el Hospital Psiquiátrico de Conxo. Severina, su hermana y único familiar desde que Manuel enviudó, tomó la decisión «para ahorrarle grimos y descalabros a él mismo o a los demás» y me pidió que los acompañara. Era una de esas tardes que se van cuajando de oro viejo. Frente a la entrada, mientras lo ayudaba a salir del vehículo, el aire nos rodeó con unas hilachas de ese olor, entre montaraz y eucarístico, a humedad tibia de las manzanas tabardillas que tantas veces recogí para costearme los estudios, y que tanto gustaron siempre a Manuel. Severina, nerviosa como un lobo cuando ventea a los trasgos, conversó con médicos, esgrimió informes y firmó papeles. Ya en la habitación, acariñó a su hermano mayor con aspereza y, sin ocultar su impaciencia, me dirigió un ademán explícito para que abandonáramos el lugar. De temperamento reservado, me envalentoné sin embargo como si un vino cacholán se me hubiera subido de pronto a la cabeza: preferí quedarme. Al menos por una vez, la lealtad prevalecería sobre la timidez. Cuando la lechuza alzó súbitamente el vuelo, arrimé una silla a la cama para acompañar un rato a mi amigo y lloré en silencio”>>.

domingo, 8 de marzo de 2026

Reseña de “Cronotopos” en Andanzas, por Rafael Ávila

Muy agradecido a Rafael Ávila por su reseña de “Cronotopos” (Pandora) en el blog Andanzas:



CRONOTOPOS: VIDA , MEMORIA Y LITERATURA.

He disfrutado hoy con la lectura del número 21 de la colección Relatos del Desertor del Presidio. El cuento se titula “Cronotopos” y es del escritor andaluz Ángel Olgoso. Las ilustraciones son del pintor Antonio Madrigal. Y como siempre, bajo la magnífica supervisión de Pedro Tabernero, que reuniendo escritores y artistas plásticos excepcionales, consigue dar a luz libros hechos para perdurar en el tiempo, por su calidad única en fondo y forma. Algo de lo que los lectores nos congratulamos.

"Cronotopos", el título del relato, es un concepto sacado de la obra de Mijail Bajtín que se define como la “conexión indisoluble entre las relaciones temporales y espaciales en la literatura” y se convierte en el eje central que vertebra toda la narración, en la medida en que si la literatura es capaz de romper la continuidad racional del eje espacio-tiempo, en el cuento, pura literatura, sus protagonistas relatan cómo es posible romper ese mismo eje en la vida real que vivimos, estableciendo un nuevo 'cronotopos' entre vida y literatura, ya que la vida y lo que vivimos no es sólo un recuerdo del pasado sino también la forma en qué lo contamos, lo narramos. Los protagonistas son Ricardo Marcén, hombre capaz de viajar en el tiempo, de ser testigo de momentos épicos de la humanidad, por ejemplo, “la primera vez que un neandertal levantó la cabeza hacia la noche estrellada” o espía de instantes casi marginales, pero de gran peso en el avance cultural de la humanidad, como cuando a la espalda de Covarrubias, ve cómo escribe alguna de las etimologías que incluirán en su obra “Tesoros de la lengua castellana” y su antagonista, Amador Niebla, 'cazador' enviado por la organización Qliphoth, para detenerlo, cosa que consigue junto a su compañero Sepúlveda. Tras su detención, lo llevan a un piso franco de la organización en Madrid, donde durante varios días, ya a solas, los dos protagonistas, entablarán un diálogo, iniciado por Amador, en el que Ricardo Marcén contará el origen de su don, siendo él el último de los seres que lo posee, y el carcelero, que a través de preguntas muy pensadas, hará que le muestre sus secretos, sin saber que al hacerlo, caerá en una telaraña de la que no escapará, y que no es otra que el arte del relato, el abrazo de una historia bien contada. Surge ahí la contaminación e identificación entre detenido y el que lo detiene, un síndrome de Estocolmo al revés, que provocará el desenlace final del cuento.

Ángel Olgoso, es capaz, en ese diálogo, con algo de socrático, que habla sobre espacio y tiempo, pero también sobre vida, historia, los recuerdos, la memoria, la ficción, lo real y lo soñado, lo imaginado, y un abanico casi infinito de temas, de sintentizar en pocas páginas el avance de la cultura humana, sus pasos y retrocesos, sus luces y sus sombras. Pero no sólo brilla nuestro narrador por su hercúlea capacidad de síntesis sino también por el cómo, el uso de un lenguaje que abre sus capacidades expresivas al máximo y que con su afinada significación y belleza, hace que el relato vaya penetrando en nuestra mente y corazones, y nos conquiste, del mismo modo que le sucede a Amador Niebla, siendo Ricardo Marcén la 'Sherezade' de este fantástico relato. Para que nada se pierda, Amador nos confiesa que ha ido grabando sus conversaciones con Ricardo, porque intuye y comprende que está asistiendo a otro único e irrepetible de esos cronotopos a los que viaja Ricardo Marcén. Un momento que tiene que fijarse para la posteridad, que no son sino los humanos que vendrán detrás, y a los que ayudará a entender su presente, pues como afirma Ricardo Marcén en una de las primeras conversaciones con Amador, somos “una pequeña isla de presente rodeada de un océano de pasado”.

Ángel Olgoso nos entrega una muestra más de su don excepcional para el cuento, no en vano, sus relatos han sido premiados, traducidos y aparecen en varias antologías, siendo considerado uno de los grandes autores de dicho género, donde puede comparársele con otros autores que dieron carta de gran naturaleza a un género muchas veces considerado menor, me refiero a Cunqueiro, Borges, Cortázar, entre otros, narradores capaces de generar en unas pocas páginas, universos enteros, como hace Olgoso, y de enamorarnos con el discurrir de su prosa, la elegancia del vocabulario y la precisión de su sintaxis. Dice en su famoso decálogo sobre el cuento, otro cuentista excepcional, Julio Ramón Ribeyro, que en el cuento “no debe sobrar nada, cada palabra es absolutamente imprescindible” y en el caso de nuestro narrador eso es categóricamente así.

Si como comentamos, el relato es magistral, con la misma importancia y peso en el libro, aparecen las ilustraciones de Antonio Madrigal, pintor de larga y destacada trayectoria, con trabajos en la revista La Codorniz, Diario 16 o El País por citar sólo algunos medios donde ha colaborado. Son pinturas con un tono expresionista y cubista, de clara raíz vanguardista, con gran fuerza en el juego cromático y que acompañan magníficamente la imaginación y fantasía del relato. De nuevo, Tabernero ha enlazado con maestría a narrador e ilustrador para que dispongamos de una obra de arte donde palabra y color son dos caras de una misma moneda>>.

(Rafael Ávila)



jueves, 6 de noviembre de 2025

Reseña de "Madera de deriva" por Emma Prieto Rubio

Muy agradecido a Emma Prieto Rubio por sus palabras sobre “Madera de deriva” (Libros del Innombrable) en las lecturas de octubre del blog Irredimibles:

<<Qué mejor para hablar de Madera de deriva que tomar las palabras en la contraportada del maestro del cuento, Eloy Tizón: "Olgoso nos regala un modelo de cuentos desabrochado y libre en el que no escatima los juegos con la historia y la ciencia, la cita culta y oportuna ni la imaginación metaliteraria". Es este un libro de cuentos fronterizo, híbrido, asombrosamente divagante -como esas cajas de Joseph Cornell que contienen diferentes universos dentro-, lejos de los argumentos convencionales, lejos incluso del argumento- al límite entre realidad y fantasía, repleto de cultura. Ángel Olgoso, a través de un lenguaje muy cuidado y preciso, que no deja ni por un instante de brillar, desata en el lector una cascada de sensaciones invitándole no sólo a participar en su universo sino a que sea capaz de construir el suyo propio>>.


viernes, 8 de agosto de 2025

Reseña de "Madera de deriva" por Santos Domínguez

Impagable esta reseña del poeta, profesor y crítico literario Santos Domínguez a mi último libro, “Madera de deriva” (Libros del Innombrable) en su blog de referencia En un bosque extranjero.


<<Cinco años después de dar por cerrada con Devoraluces su fecunda etapa de casi cuarenta y cinco años como narrador de ficciones, con setecientos relatos que están siendo recopilados en seis volúmenes temáticos, Ángel Olgoso reúne en “Madera de deriva”, que publica Libros del Innombrable, treinta y cinco textos que en su riqueza miscelánea y en su diversidad se resisten a cualquier intento valor de clasificación, por otro lado inútil cuando estamos, como en este caso, ante la alta literatura:
Llegado el caso, concebir un pensamiento cuya simple formulación pudiera hacer añicos el universo, como esa idea gnóstica de que el mundo fue echado a suertes entre los ángeles. O que en realidad es nuestra sombra la que nos proyecta a nosotros: imaginarnos títeres bullidores de la propia sombra, marionetas sin voluntad, al albur de esas cenefas oscuras a ras de tierra, de esos filetes de fieltro, de esos ribetes perpendiculares, de esas siluetas galoneadas, de esas misteriosas veladuras, de esas huellas delebles, de esos papeles vitela, de esos diosecillos recoletos, arrastrándonos con ellos por las esquinas del mundo, sincronizados, bien batidos de acá para allá, como las bordadas de un barco, como torres de peaje en medio de un río, como árboles ahorquillados, huyendo del peligro de los soles de agosto, dando realce acordadamente a nuestra sombra como un traje de lanilla ligera, creyéndonos aún en el congreso de los vivos, echando las cuentas de la lechera de lo que pudimos hacer por nosotros mismos, añorando los vasos de la sangre y el libre albedrío, espolvoreado sobre el cuero de nuestra piel el polvo de caminos no elegidos, llevando en el mirar -heridos de ala- una levadura de melancolía.
Con ese texto, “Dóciles huestes”, se cierra un volumen agenérico, lo que los clásicos hubieran llamado un jardín de flores curiosas o una silva de varia lección. Una colección caleidoscópica de textos que tiene algo de enciclopedia deslumbrante recorrida por el amazónico estallido de la vegetación imaginativa y por la constante celebración de la palabra.
Textos que mantienen una evidente relación con el resto de la obra de Ángel Olgoso: la excelencia de la prosa, la persistencia del impulso lírico y del pulso narrativo, la presencia de lo mágico, lo misterioso y lo fantástico, tan presentes en los magníficos “Asterismos de la constelación de la Osa Mayor”. Este es uno de ellos:
ALIOTH
La cantiga 103 de Alfonso el Sabio cuenta la historia de un monje que ruega a Nuestra Señora para que le permita probar, en vida, las delicias del paraíso. Una tarde paseando por el jardín del monasterio, ve una fuente de agua cristalina y oye el canto de un pajarillo que le deleita. Al retornar al monasterio, creyendo que era la hora de la cena, se encuentra todo cambiado; le dicen que han transcurrido trescientos años desde su paseo.
Textos fronterizos que transitan desde el ensayo narrativo heredero de Borges (‘Hápax’) a la especulación histórica de “Tulpas”, desde la crónica viajera y sentimental de “Chile en el corazón” a los epitafios de “Enterradme en una nube” y a las entradas de diccionario de “Glosario”, desde los microrrelatos de “Gaveta de miniaturas” al homenaje a dos de sus referentes literarios: Ribeyro (“Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro”) y Adolfo Bioy Casares (“Los secundarios”).
A ese carácter caleidoscópico de “Madera de deriva” se refiere Óscar Esquivias cuando escribe en el “Prologuillo hecho con astillas” que abre la edición: “Ángel Olgoso ha escrito un libro al estilo de los que tanto le gusta leer: variopinto, raro, sabio, misterioso, lleno de fervor por la literatura, en el que relata historias reales que parecen fábulas y cuentecillos con aspecto de noticias o crónicas. El lector puede recorrer las páginas de “Madera de deriva” como quien visita una ciudad medieval, se deja llevar por la intuición y camina al azar, escogiendo los callejones más bellos y pintorescos. No es tanto un libro como un zoco oriental, el bosque frondoso de una leyenda romántica, un laberinto de palabras donde es un placer perderse.”
Los espléndidos textos híbridos de “Madera de deriva” culminan un proceso continuo y creciente de escritura en libertad que indaga, más allá de la ficción de su etapa anterior, en lo autobiográfico y en lo confesional, en la mirada al espejo que dibuja el rostro del que escribe y refleja el entorno personal y literario del autor, como el intenso “Los fuegos fatuos”, un párrafo compacto al que pertenecen estas líneas:
Me conozco pero no me conozco. A hurtadillas, veo mi lado Tonio Kröger, alguien pudoroso en exceso рего temerario en ocasiones, lacónico pero parlanchín cuando consigue confianza, no meditativo pero residente en las nubes, domesticado hasta la médula pero insobornable, noble pero puntualmente mezquino, desprendido pero rencoroso como el asno del papa que guardaba su coz durante ocho años, instintivo pero calculador, entusiasta pero desesperado, perezoso pero infatigable trabajador, amable con todos pero fiel con ninguno, y escindido entre su cuerpo real y las páginas de escribiente que ha ido segregando, meros reflejos de ilusiones; como uno de esos seres idealistas -pienso en Jules Laforgue- que pasan por la vida soñando despiertos sin apenas hacer ruido, más por circunstancias inherentes a su propia naturaleza que por deseo íntimo, ajenos a las estridencias de la sociedad o al hervor del guiso literario, y buscando sin premura las felicidades pequeñas. Me conozco рего по me conozco. Vida en la sombra. Más aún, el sueño de una sombra. Extraña disgregación. Identidad, estados, humores, sentimientos desleídos, neutralizados en una especie de disolvente. La apariencia como una fosforescencia, como una huella de caracol. Sólo sé algunas cosas. Que probablemente nunca seré de los que dicen «no, que me conozco». Que todos somos iguales en el hecho de ser únicos. Que el mundo está lleno de colmillos. Que de Granada me gusta la jaula, no el pájaro: Que lo que deseo no suele realizarse jamás, mientras lo que temo se cumple siempre. Que cualquier detalle de afecto me conmueve, por la falta de costumbre. Que, sin embargo, un individualismo feroz me lleva a no desear depender de nadie. Que prefiero viajar por valles amables y no por riscos y montañas, al contrario de como definía Blake su destino. Que estoy desarmado ante el lado externo y utilitario de la realidad, inepto para la menor gestión práctica. Que si no tuviera familia, o si no hubiese atravesado la zarza ardiente del amor, acabaría mis días dedicado al silencio: un monje jerónimo en el monasterio segoviano de Santa María del Parral. Que carezco del énfasis y la convicción de un Szukalski y su arte barbárico («Meto a Rodin en un bolsillo y a Miguel Ángel en el otro, y camino hacia el sol»). Que un escritor corre peligro de malograrse si -por su infortunio, su timidez, su entorpecimiento, su desinterés, su disidencia o su soledad radical- pasa desapercibido. Que profeso la pasión por el atajo; es decir, por la brevedad. Y una culpable afición a sabotearme a mí mismo, sin la infinita capacidad de Kafka para ello. Que añoro sobre todo ese contento puro de los niños cuando nieva. Que me horroriza lo primario a la vez que me tienta. Que este hijo de un tendero -como también lo fue Hitchcock- abomina del suspense en la existencia, ese doloroso desconocer si a otro instante seguirá una dicha o una catástrofe. Que, contradictorio, sin ninguna pretensión, en cambio no me resisto de manera absoluta al impulso de dejar alguna huella.>>


lunes, 7 de julio de 2025

Reseña de "Estigia" por Santos Domínguez

Comparto la magnífica reseña que de "Estigia" ha escrito el poeta, catedrático de literatura y crítico literario Santos Domínguez Ramos para su veterano blog En un bosque extranjero:



ESTIGIA, DE ÁNGEL OLGOSO


“Para qué huir de ella. No puedes guardarte ni escapar. Antepone tu persecución a toda otra idea. Más pronto o más tarde, a la menor oportunidad, te atrapará. Con paso poderoso, como una sombra leonada, buscará hasta encontrarte. De nada te sirven la Capa de Invisibilidad y su caperuza cubierta de rocío, las Botas de Siete Leguas con las que corres treinta y dos veces más rápido que el más veloz de los hombres, la Hierba de Glauco que hace saltar las cerraduras de todas las puertas, el Tapete de Rolando que te permite convocar cualquier alimento que desees, la Flor Mágica capaz de colorear y perfumar cada una de tus desdichas. De nada te servirán cuando ella —ávida, arrogante, burlona— cierre los caminos y te cerque con infalible celeridad. Puede que llegue sin aliento —es vieja y seca—, que su jadeo delate lo agotador de la incesante tarea que la ocupa desde siempre, pero no puedes albergar dudas sobre el desenlace”.

Ese espléndido relato de Ángel Olgoso, titulado ‘La derrota’, forma parte de “Estigia”, el tercero de los seis volúmenes temáticos que, editados por Eolas Ediciones, reúnen un conjunto de setecientos relatos que ha venido escribiendo y publicando durante cuarenta y cinco años.

Suena en ese relato el eco de los perros que ladran en el inquietante aforismo de Kafka: “Todavía juegan los perros de caza en el patio, pero las piezas no se les escaparán por mucho que corran ahora por el bosque.”

Un aforismo kafkiano que es una alegoría de la muerte, el tema que recorre buena parte de la excepcional obra narrativa de Ángel Olgoso y que sirve para vertebrar este tercer volumen a través de un centenar de relatos en los que, entre Caronte y Virgilio, nos guía por la siniestra laguna que Patinir vio como nadie.

Relatos que abordan el tema de la muerte a través de muy diversos personajes y situaciones, desde muy distintas perspectivas y lo tratan literariamente con muy variados enfoques narrativos y registros estilísticos: entre lo físico y lo metafísico, entre el terror y la broma, entre lo satírico y lo simbólico, entre la ironía y el mito, entre el humor y la sorpresa.

Porque, como señala Ana María Shua en el prólogo que abre el volumen, “Olgoso nos hacer viajar en el tiempo, en el espacio, nos sumerge en la angustia de la transmigración, pero además nos pasea por las personas gramaticales. Todos los trucos son válidos si se trata de provocar el desasosiego del lector, juega con las posibilidades como un mago insondable al que siempre le queda un ardid más, listo para asombrar. Olgoso no pretende encontrarle una definición única a la muerte. Porque en realidad no estamos hablando de la muerte sino de la vida y de la literatura, una de las mejores maneras de burlar a la muerte, de distraernos y olvidarnos por un breve lapso de nuestro destino.”

Como he escrito cada vez que he reseñado un libro suyo, Ángel Olgoso es un maestro en la difícil tarea de equilibrar fondo y forma, de fundir tensión narrativa y altura estilística, imaginación y experiencia, vida y literatura; un autor dotado de una inusual capacidad para contar esas historias de frontera entre la realidad y el sueño con densidad y exigencia verbal sin caer nunca en los peligros de la prosa poética, porque en sus relatos la prosa se pone al servicio de la construcción narrativa y se orienta a crear en el lector estados de ánimo que le permitan entrar en los universos literarios que propone sus deslumbrantes relatos.

Estos dos textos son no sólo un reflejo de la variedad de tonos con que Ángel Olgoso aborda el tema de la muerte que vertebra el contenido del libro. Son también una muestra representativa de la magnífica prosa con que elabora sus admirable obra narrativa:


EL ESPEJO

“El barbero tijereteaba sin descanso. El barbero afilaba una y otra vez la navaja en el asentador. Clientes de toda laya acudían al local, abarrotándolo. El barbero manejaba las tijeras, el peine y la navaja con velocísimos movimientos tentaculares. Ser barbero precisa de unas cualidades extremas, formidables, exige la briosa celeridad del esquilador y el tacto sutil del pianista. Sin transición, el barbero despojaba a la nutrida clientela de sus largos mechones, de sus desparejas pelambres, señalizaba lindes en el blanco cuero cabelludo, se internaba en sus orejas y en sus fosas nasales, sonreía, pronunciaba las palabras justas, apreciaciones que sabía no serían respondidas, mientras los clientes miraban sin mirar el progreso de su corte en el espejo, coronillas, nucas, barbas cerradas, sotabarbas, patillas de distinta magnitud, luchanas, cabellos que planeaban incesantemente en el aire antes de caer formando ingrávidas montañas: el barbero nunca imaginó que el pelo de los cadáveres pudiera crecer con tanta rapidez bajo tierra”.


DESIGNACIONES

“Levantó una casa y a ese hecho lo llamó hogar. Se rodeó de prójimos y lo llamó familia. Tejió su tiempo con ausencias y lo llamó trabajo. Llenó su cabeza de proyectos incumplidos y lo llamó costumbre. Bebió el jugo negro de la envidia y lo llamó injusticia. Se sacudió sin miramientos a sus compañeros y lo llamó oportunidad. Mantuvo en suspenso sus afectos y lo llamó dedicación profesional. Se encastilló en los celos y lo llamó amor devoto. Sucumbió a las embestidas del resentimiento y lo llamó escrúpulos. Erigió murallas ante sus hijos y lo llamó defensa propia. Emborronó de vejaciones a su mujer y lo llamó desagravio. Consumió su vida como se calcina un monte y lo llamó dispendio. Se vistió con las galas de la locura y lo llamó soltar amarras. Descargó todos los cartuchos sobre los suyos y lo llamó la mejor de las salidas. Mojó sus dedos en aquella sangre y lo llamó condecoración. Precintó herméticamente el garaje y lo llamó penitencia. Se encerró en el coche encendido y lo llamó ataúd”.

viernes, 22 de marzo de 2024

Reseña de "Sideral" por Santos Domínguez Ramos

Reseña de Sideral en el blog En un bosque extranjero, por Santos Domínguez Ramos:




SIDERAL, DE ÁNGEL OLGOSO

“Ahora, a punto de concluir el extenuante puzle, Labiel demora la colocación de la última pieza. Durante años ha cifrado únicamente su existencia en componer, con la precisión de un relojero, su gran proyecto, ese puzle descomunal que ocupa por entero la superficie de la vivienda vacía. Quizá -piensa- el acoplamiento de la última pieza signifique algo horrible para el mundo, un sacrilegio, una claudicación, una amenazadora transfiguración, una catástrofe. Labiel sostiene cansinamente en el aire la troqueleda pieza. Al fin se decide y, sin reprimir un estremecimiento, completa la imagen como quien dibuja un destino, levanta un castillo de naipes o procede a la última de los inmolaciones. Nada sucede, pero ¿qué ocurrirá cuando Labiel deshaga el puzzle?”

Ese Hojaldre de universos es uno de los cincuenta y un textos que forman parte de Sideral, el libro que reúne los relatos de ciencia ficción de Ángel Olgoso.

Publicado por Eolas Ediciones, es, tras Bestiario, el segundo volumen de un proyecto que recopilará en seis tomos los relatos completos de quien es un referente imprescindible del género en las últimas décadas en España.

Lo abre un prólogo en el que Juan Jacinto Muñoz-Rengel destaca la imaginación creadora como motor de la narrativa de Olgoso y la vincula a la escritura borgeana: “Porque, a la manera de Borges, hay autores de ideas. Autores que basan toda su escritura en una intuición, en un destello, en un instante -a veces mínimo- de gracia o de vértigo, en una revelación, en un pasmo. Es en el sustrato de esos instantes donde arraiga y crece la prosa de Ángel Olgoso.”

Con una enorme potencia imaginativa para darnos una perspectiva inédita del mundo a partir de su sostenida voluntad visionaria, estos relatos son una magnífica incursión en lo fantástico y una exploración iluminadora de otros mundos.

Entre la fascinación y el horror, la imaginación planetaria e interestelar de Olgoso se proyecta en el tiempo y el espacio para invitar al lector a viajar por las nebulosas y los agujeros negros, a observar de cerca las colisiones de galaxias y el desmontaje de las piezas del universo, a contemplar las Pléyades como piezas de caza y a sobrecogerse con un cielo de tres lunas.

Y entre la narrativa y la poesía, ese lector abducido por la cuidada palabra de este narrador excepcional asistirá a la irrupción de un pez de polvo y a la elaboración de un calendario quimérico, verá inolvidablemente la materia oscura y las montañas flotantes de Plutón, oirá la conversación de las máquinas rebeldes que sueñan e imaginan, evocará la creación de la vida y la geometría armónica de la muerte. Y conocerá el magnífico relato de la historia del rey y el cosmógrafo:

“Refiere Von Uexkull, en su Nouveaux voyages où personne n’a jamais pénétré, que cierto día el rey ordenó al mejor cosmógrafo del país la construcción de un globo terráqueo que superara a cualquier otro en grandiosidad y precisión. El cosmógrafo, un fraile menor, de nombre Jacob Haim o Behaim, accedió a los deseos reales aunque, por su disposición natural a la austeridad, rechazó las prebendas que se le otorgaban y se encerró a trabajar durante meses en su gabinete. El tiempo empleado en la elaboración del globo terráqueo fue motivo de controversia; su secretismo, de desmedidas figuraciones. Cuando llegó la mañana en que habría de descubrirse la obra maestra en el centro del salón del trono, bajo el óculo de tres metros de diámetro del techo, rodeaban al rey diputaciones de nobles y arquitectos, de obispos y algebristas. Con un calmoso movimiento del brazo, el cosmógrafo de hábito encordado retiró la tela: aquel globo terráqueo no tenía trazas de soberana perfección, no era monumental ni se hallaba montado sobre zócalos de bronce o pedestales esculpidos en mármol, no representaba la Geografía de Ptolomeo, no lo adornaban la Rosa de los Vientos, la flor de lis del norte, las banderas, los animales fabulosos, los rumbos de colores, las minúsculas notas descriptivas, no habían sido artísticamente dibujados sus husos, ni siquiera graduados para indicar las distancias, y los paralelos y meridianos tampoco se indicaban mediante flejes de oro. Era solo un pequeño globo terráqueo de madera de la altura de un hombre, puesto en pie sobre una sencilla peana de madera sin tornear, y con los contornos de tierras vagamente reconocibles como única pretensión científica. Toda la corte, perpleja en su avidez de ojos muy abiertos, afrentada por la simplicidad de tal representación del mundo, miró al rey que, confundido y ultrajado, mandó a sus capitanes detener al cosmógrafo y ajusticiar con el rigor que merecía a quien se burlaba así de los deseos reales. El fraile no profirió queja alguna. Se limitó a hacer girar suave y resignadamente la esfera y desapareció de la vista de todos, como llevado por la invisible fuerza centrípeta al interior del globo terráqueo, donde la madera no le vedó el paso. Se dijo que aquel día, hasta su declinación, obraron más extraños prodigios en la sala del trono: brisas del lejano sur soplaron sobre los tapices, se oyó al aire restallar en el gratil de unas velas, el ruido en sordina del oleaje, el trémolo metálico de un ancla; y después, con cada giro del globo, los aromas tomaron voz, y todos creyeron recibir en el salón real fragancias de las nueve partes del mundo, árboles de la pimienta, nueces de cayú, campos dilatados de espigas, incienso árabe, el olor meloso de calles entoldadas y el áspero de encuadernaciones de becerro en ciudades levíticas, piedras lavadas por las corrientes, flósculos de girasoles, marismas, parras y olivos, emanaciones telúricas de herrerías, barrunto de animales salvajes, violetas de presbiterio, hedor de miasmas. El rey y sus cortesanos imploraron el cese de las oleadas de esencias, de las infinitas figuraciones de vida que se expandían hacia ellos desde el cuerpo geométrico, alcanzándolos como una pleamar de veloces saetas, de afiladas crestas glaciales, de estrellas cayendo por el cielo hasta que, en su última vuelta, no quedó sobre la esfera terrestre más que una grata oscuridad sin dioses y la voz de un pájaro.”

O viajará a estos Pantanos celestes:

“Subí al Metro y eché una cabezadita en el asiento. Cuando desperté, ya habíamos dejado atrás el hermoso y multicolor flujo meteórico de los anillos de Saturno.”

Además del constante cuidado por la expresión que caracteriza la escritura de Ángel Olgoso, hay en estos cuentos una libertad imaginativa y una búsqueda de la extrañeza heredada de la mejor zona de la literatura fantástica. Sobre ese potencial literario de la imaginación, escribía en la presentación de Cuentos de otro mundo: “Cuando uno tiene imaginación, no puede evitar imaginar: se pirra por lo insólito, lo disparatado o lo imposible, por lo poco común, las ideas asombrosas, el extrañamiento, las epifanías siniestras, los misterios y las quimeras, las secretas perspectivas desde las que el mundo se manifiesta distinto, en definitiva por todo lo que le falta a esta vida cotidiana escandalosamente aburrida. Yo al menos no sé de cosa alguna que lo tonifique a uno tanto como hacer posible, en cualquier ámbito, lo imposible. Aunque, si se piensa con frío detenimiento, la literatura fantástica es realista de un modo inequívoco, porque reflexiona sobre el hecho enteramente fantástico de existir.”




domingo, 10 de marzo de 2024

Audiovisuales sobre "El proyecto"

Muchas gracias a Rafael Fernández Louro por su estupendo trabajo multimedia -en varios formatos- sobre mi relato “El proyecto”, perteneciente al nuevo libro “Sideral”.
https://www.youtube.com/watch?v=1dgkRQiJjcQ




“¡Hola, queridos amigos! ¡Hola, queridas amigas! ¡Bienvenidos, bienvenidas a mi canal! En este vídeo os traigo la lectura del relato titulado El proyecto, del escritor Ángel Olgoso. El Planeta Tierra es, que se sepa, un proyecto maravilloso, único y singular. Para muchos ha sido siempre objeto de culto, adoración y respeto. Otros, sin embargo, lo han convertido en fuente en la que saciar su avariciosa sed. Espero que os guste el relato”.

https://www.youtube.com/watch?v=1dgkRQiJjcQ

Podéis ver estos otros dos vídeos con el mismo cuento: • El proyecto, un cuento de Ángel Olgos... • El proyecto, un cuento de Ángel Olgoso También podéis visitar mi publicación en wordpress sobre este relato:

https://idiomasralfer.wordpress.com/2022/07/08/el-proyecto-un-cuento-de-angel-olgoso-con-video-subtitulado/

martes, 25 de julio de 2023

Reseña de "Astrolabio" por Carmen Hernández Montalbán

Muchas gracias a Carmen Hernández Montalbán por sus generosas palabras sobre “Astrolabio”, la mejor invitación posible a esta singladura literaria, ideal para el solaz veraniego. En el blog de la revista La oruga azul.



<<Los títulos de todos los libros de Ángel Olgoso son, por sí mismos, células de cuentos. Los lectores sabemos que un buen título es como un imán que nos atrae hacia la lectura del libro, sea cual sea el género en cuestión. Pero la elección del título de un libro de cuentos breves, como es el caso, es algo que merece cuidado. El título nos orienta y, sin él, las historias pueden producirnos desconcierto, sobre todo a los lectores menos avezados. El título de este libro, “Astrolabio”, cumple más que en otro la función que debe, porque la palabra astrolabio nos lleva a pensar en el objeto al que alude; algo que nos sitúa, nos orienta, nos advierte que existe un universo por descubrir.

Olgoso ha sido, ya desde el inicio, un maestro del cuento breve. Sus relatos y microrrelatos han servido de ejemplo en numerosos talleres y cursos por su singularidad, y por ajustarse a las características del microcuento o el microrrelato.

No es únicamente en la brevedad en la que se define un microrrelato, como se pudiera erróneamente pensar. Cualquier texto breve no es un microrrelato. Podrá ser un aforismo, un poema, una idea, un apunte, una noticia, una carta..., el microrrelato es un subgénero complicado que requiere destreza y precisión.

Un microrrelato es un texto hiperbreve que nos cuenta una historia y debe tener la capacidad suficiente para turbar al lector. En este tipo de textos, lo que se insinúa o como lo llama la hispanista Irene Andrés-Suárez: “los espacios de indeterminación” cobran doble importancia.

Un ejemplo taxativo de microrrelato lo tenemos en el titulado “Cuenta atrás” de este libro:


CUENTA ATRÁS

Siete decenios. Seis trabajos. Cinco infidelidades. Cuatro operaciones. Tres hijos. Dos latidos. Un suspiro.

O el extraordinario microcuento “Todas hieren”..., con el ingrediente prodigioso que distingue a la mayoría de los cuentos de este libro.

TODAS HIEREN

El reloj de pulsera finge que es un inofensivo accesorio, un adminículo útil, un satélite diminuto y encantador. Su apariencia no sólo no resulta amenazadora sino que, a modo de lisonja, parece prestarte brillo, distinción y un poder absoluto sobre el tiempo. Sin embargo, sin que sospeches nada, y mientras las manecillas distraen tu atención, él se aferra codiciosamente a la muñeca, se prende a la piel atraído por el rumor de tu sangre, devorando tus latidos, cebándose en tus sueños, palpitando al unísono con tu corazón de incauto. Debes saber que, aunque apenas se le pronuncian los colmillos, toma siempre la precaución de insensibilizar la zona para volver imperceptibles sus dentelladas. Y un día, completamente succionado por él, ya no te necesita, y hay gente alrededor que habla a media voz mientras alguien lo desata de tu muñeca inerte.

Este microcuento, en mi opinión, contiene implícita la advertencia del paso ineludible de las horas. Esa es otra característica propia del cuento: contiene una sentencia, una enseñanza que nos lleva a la reflexión. Todos los cuentos de astrolabio cumplen ese cometido.

Este universo literario está poblado de mundos. Cada relato es un mundo en el que viviremos experiencias inquietantes, prodigiosas, iniciáticas..., basta con afinar el telescopio de la lectura. Dejarse guiar por este astrolabio olgosiano es fascinante, pues los mundos que señala siempre nos resultarán sorpresivos. Parábolas orientales, metáforas del fin de los tiempos, ecos metaliterarios, imágenes poéticas, metamorfosis..., todo un cosmos por revelar.

Aconsejo su lectura como aconsejo la de cualquier otra obra de este creador de mecanismos literarios de precisión, este mago de la agudeza narrativa que es Ángel Olgoso, ante quien me quito el sombrero>>.

(Carmen Hernández Montalbán)


domingo, 18 de junio de 2023

Reseña de "Un unicornio fuera de su tapiz", por Santos Domínguez

Reseña de “Un unicornio fuera de su tapiz” (Entorno Gráfico Ediciones) a cargo del poeta, catedrático de literatura y crítico literario Santos Domínguez, publicada en su blog ‘En un bosque extranjero’.



“El lenguaje no es la cifra de la vida, sino la vida misma. Sin lenguaje no hay nada. Su magia lo es todo: uno dice manzana y la manzana ya cuelga en el árbol o su color brilla entre los dedos. La potencia genésica y embaucadora de las palabras es tal que puede convocar la más pura belleza y el horror más extremo. Cada vocablo supone un nuevo y diminuto universo o, si se engasta con precisión en el discurso, una gota de ámbar donde late viva la experiencia del mundo”, escribía Ángel Olgoso en ‘Reivindicación de la retórica’, uno de los textos de ‘Un unicornio fuera de su tapiz’, la miscelánea que recopila presentaciones de libros propios y ajenos, prólogos y reseñas, una estupenda lectura de las ‘Memorias de ultratumba’ o de la obra narrativa de Boris Vian o la brillante evocación sensorial y sentimental de la infancia en su pueblo, Cúllar Vega.

Y el fondo, siempre, como un hilo conductor la reflexión sobre la teoría y la práctica del relato en artículos como ‘Cuentos medulares’, donde señala que “los cuentos requieren lectores exigentes, de una atención sin descanso, lectores que prefieren un picotazo directo a un zumbido obsesivo e inacabable, la intensidad a la languidez, morder más que masticar, hacer un viaje al centro más que hacía un horizonte que se aleja sin cesar.”

Otras veces esa reflexión sobre el cuento aparece en respuestas a cuestionarios o entrevistas. Destacan en ese terreno las más de treinta páginas de la espléndida entrevista que Miguel Ángel Muñoz le hizo para El síndrome Chéjov, que publicó Páginas de Espuma en 2011.

En esas páginas que cierran el volumen está recogida con profundidad y detalle toda la teoría de Ángel Olgoso sobre la escritura de relatos o lo fantástico. Se leen allí afirmaciones como esta:

“No puedo evitarlo: me gusta lo poco común, me encuentro cómodo con lo extraño y me procura una enorme felicidad estética lo asombroso y lo inquietante. Pla decía que la sensación de hallarse en un mundo desconocido deja el espíritu como nuevo. Debe ser eso. Por no hablar del placentero latigazo que se recibe el conseguir atrapar la escurridiza anguila eléctrica de lo inaudito”.

domingo, 21 de agosto de 2022

"Ulises" en El hacedor de sueños

 Mi relato “Ulises” en el blog El hacedor de sueños:



ULISES


Yo, el paciente y sagaz Ulises, famoso por su lanza, urdidor de engaños, nunca abandoné Troya. Por nada del mundo hubiese regresado a Ítaca. Mis hombres hicieron causa común y ayudamos a reconstruir las anchas calles y las dobles murallas hasta que aquella ciudad arrasada, nuevamente populosa y próspera, volvió a dominar la entrada del Helesponto. Y en las largas noches imaginábamos viajes en una cóncava nave, hazañas, peligros, naufragios, seres fabulosos, pruebas de lealtad, sangrientas venganzas que la Aurora de rosáceos dedos dispersaba después. Cuando el bardo ciego de Quíos, un tal Homero, cantó aquellas aventuras con el énfasis adecuado, en hexámetros dáctilos, persuadió al mundo de la supuesta veracidad de nuestros cuentos. Su versión, por así decirlo, es hoy sobradamente conocida. Pero las cosas no sucedieron de tal modo. Remiso a volver junto a mi familia, sin nostalgia alguna tras tantos años de asedio, me entregué a las dulzuras de las troyanas de níveos brazos, ustedes entienden, y mi descendencia actual supera a la del rey Príamo. Con seguridad tildarán mi proceder de cobarde, deshonesto e inhumano: no conocen a Penélope.


(De La máquina de languidecer, Páginas de Espuma, 2009)

miércoles, 27 de octubre de 2021

Audio de "Suicida" en Ivoox

Gracias a Raúl Luna por grabar el audio del microrrelato Suicida (perteneciente a La máquina de languidecer, Ed. Páginas de Espuma) para su blog "Las lecturas del abu" y su difusión a través de Ivoox y Spotify.


Escuchar audio




lunes, 2 de agosto de 2021

'Ulises' en el blog La Canción de la Sirena

El relato Ulises, perteneciente a La máquina de languidecer, en el blog La Canción de la Sirena.


ULISES


Yo, el paciente y sagaz Ulises, famoso por su lanza, urdidor de engaños, nunca abandoné Troya. Por nada del mundo hubiese regresado a Ítaca. Mis hombres hicieron causa común y ayudamos a reconstruir las anchas calles y las dobles murallas hasta que aquella ciudad arrasada, nuevamente populosa y próspera, volvió a dominar la entrada del Helesponto. Y en las largas noches imaginábamos viajes en una cóncava nave, hazañas, peligros, naufragios, seres fabulosos, pruebas de lealtad, sangrientas venganzas que la Aurora de rosáceos dedos dispersaba después. Cuando el bardo ciego de Quíos, un tal Homero, cantó aquellas aventuras con el énfasis adecuado, en hexámetros dactílicos, persuadió al mundo de la supuesta veracidad de nuestros cuentos. Su versión, por así decirlo, es hoy sobradamente conocida. Pero las cosas no sucedieron de tal modo. Remiso a volver junto a mi familia, sin nostalgia alguna tras tantos años de asedio, me entregué a las dulzuras de las troyanas de níveos brazos, ustedes entienden, y mi descendencia actual supera a la del rey Príamo. Con seguridad tildarán mi proceder de cobarde, deshonesto e inhumano: no conocen a Penélope.

sábado, 15 de mayo de 2021

Reseña de Devoraluces por Custodio Tejada

Es difícil encontrar palabras para agradecer a Custodio Tejada su impresionante reseña de Devoraluces: generosa, exhaustiva, laboriosa, a la vez panorámica y microscópica, llena de frases subrayables, iluminando rincones de los que ni el mismo autor era consciente. Os dejo con unos párrafos seleccionados. La reseña completa se puede leer en el siguiente enlace:

http://custodiotejada.blogspot.com/2021/04/devoraluces-de-angel-olgoso.html 
 



Aunque uno no puede ir de profeta, ni saber cuál será el juicio del tiempo, de la historia y de los lectores futuros, sí se puede aventurar y afirmar hoy que Ángel Olgoso es un firme candidato a “Clásico” en la Gala de la Literatura Española.

Al principio de la lectura de “Devoraluces” el jugador se puede “bugear” un poco, sobre todo si está acostumbrado al Ángel Olgoso más sombrío y fantástico. Pero antes de leerlo linealmente, hago unas catas aleatorias entre sus páginas y de repente descubro la “pulpa firme pero jugosa que se descubre cuando un melón es calado con brío por la navaja”. Cuando lees “Devoraluces” especialmente, pero también cuando lees cualquier otro libro suyo, sus palabras, como “amebas de luz”, te acercan al néfesch que las habita y actúan como sublimación/justificación o explicación de un temblor, el de Ángel Olgoso y su peculiar iconografía literaria. Sus relatos son iconos de una mente erudita, despierta y juguetona, de una imaginación privilegiada y un saber hacer casi alquímico.

El título sugerente de “Devoraluces”, como un ser quimérico a modo de destello de luciérnaga y “canto de alondra” que huele a despedida de Ave Fénix, nos señala la declaración de intenciones del autor: “No ser el primero en ensayar lo nuevo ni el último en abandonar lo viejo” –nos revela en la página 134. Y así, desde el principio, nos lleva a las lindes del misterio y la fantasía a lomos de una palabra compuesta. “Devoraluces” está escrito al trasluz, como un “espejo ustorio”. ¿Pero… y si el libro fuera “una alegoría de la fertilidad” y de la felicidad? El título, como una metáfora, me lleva por sinestesia o serendipia, no lo sé bien, a la mitología griega y sus monstruos con cabeza de león-vientre de cabra-y cola de dragón, pero también al Siglo de las Luces, a la Ilustración y sus fantasmas/mitos o al romanticismo de los seres góticos. Con todo lo que allí hubo de luz, pero también de sombra, como un cepo a la espera de la herida brutal que secciona. Incluso hasta cierto punto el título, esa palabra nueva compuesta de verbo más sustantivo, pudiera significar en lo más hondo de su significado el nombre de un monstruo bueno, que se alimenta de rayos de sol y destellos de vida, pero también de las migajas que desprenden nuestros sentidos. Olgoso, aquí, no busca cualquier luz, sino la luz de la nostalgia, la luz primigenia, la de la vida hecha sugerencia o recuerdo que proyecta delicadas sombras chinescas en la mente de los lectores.

El autor, para alcanzar la Ítaca que nos propone, juega en sus renglones al “geoescodite”, y nos presenta unas maniobras de “realidad/virtualidad aumentada” e interactiva. Y así frecuenta distintos géneros, diferentes registros, y va de lo narrativo a lo poético (encontramos el poemario Émula de la llama como una isla en medio). Y ya sea en prosa, prosa poética o en verso, algunos de sus relatos son otros libros dentro del mismo libro, ensamblados con un efecto matrioska marca de la casa. Formando un “paisaje como gélida ágata” (p. 47), que a veces incluso nos deja cierto sabor gongorino entre los oídos. Si en Olgoso cada palabra es una puerta giratoria que más que abrir o cerrar lo que hace es sugerir, con la adjetivación lo que consigue es delimitar o expandir la capacidad de asombro o la dosis de misterio, extender su magia, practicar la alquimia del lenguaje. Un mundo simbólico e iconográfico, casi onírico impregna su palabrario, que es mucho más que un acuario de palabras o un acantilado repleto de cantos de sirenas. El territorio “Olgoso” es amplio, tanto que daría para hacer una gran retrospectiva. Con una veintena de libros publicados nos damos cuenta que estamos ante un escritor de gran recorrido, con una trayectoria que lo avala como “uno de los autores de referencia del relato breve y fantástico en español”. Sus relatos, como iconos de una fe antigua o como retazos de un grimorio, perduran en la imaginación del lector, en ese mundo paralelo que va y viene de la realidad a la escritura, de la imaginación a los sueños. Ahí está Wikipedia y demás artículos de opinión para profundizar en la figura alargada del autor y su bibliografía. Ángel Olgoso escribe “paladeando cada sílaba como si fuera esponjoso pan de azúcar”. “Las palabras pronunciadas” por su pluma se convierten en puertas a otras dimensiones, y como si fuera Hajdú en su propio cuento, despierta el mundo del lenguaje para postrarlo a tus pies de lector incansable y paciente.

Varios itinerarios surcan el libro, nos marcan un rumbo. Uno es las dedicatorias. Abre el libro con una dedicatoria principal, casi como un aljibe o un parterre: “Para Marina, mi compañera, mi luz”. Todos los relatos están dedicados a alguien, marcando una ruta sentimental y de agradecimientos. Otro itinerario son las citas y los nombres que menciona o invoca: Marco Aurelio, Leonardo Da Vinci, Xavier de Maistre, Conde de Lautréamont, Vincent Van Gogh, William Faulkner, Franz Kafka, Jorge Guillén, Claudio Rodríguez, Annie Dillard, Pere Gimferrer, Marina Tapia, Jesús Cotta, Petrarca, Paul Klee… Otro camino son los libros y los autores que campan por sus páginas, otro sería el hilo temporal o el orden de los textos… Nombres, dedicatorias y citas como “fanales de cuento de hadas” que proponen “un diálogo luciente de chiribitas” en el estómago lector.

Dentro del viaje general, cada relato es otro viaje dentro del mismo viaje, una especie de diario de a bordo de la mente fantástica del autor y de su travesía vital escritora/lectora, una sublimación íntima y apasionada de sí mismo y de su oficio para “ser amanecer y anochecer a un mismo tiempo” (p. 116). Los catorce textos son relatos proteicos, densos, que beben de todas las fuentes y que se convierten a su vez en fuente intertextual y biográfica, casi de telaraña o red. Las referencias al cine, como guiños de un cinéfilo, aparecen en sus relatos. “Hajdú… que tenía los ojillos maliciosos de Charles Laughton, el elegante cinismo de George Sanders y la esnob pedantería de Clifton Webb” (p.19), donde lo que no dicen las palabras lo añaden la imagen de dichos actores. Como un Messi del relato, nos da un centenar de fintas y regates (de personajes y libros, de quiebros y requiebros, de nombres y aventuras…), en unos cuantos párrafos nos voltea tantas veces que quedamos a expensas de las exclamaciones y las interjecciones que tengamos más a mano, pero sin demorarnos mucho, que hay que tomar aire y seguir el recorrido de orientación que nos ha preparado.

En el relato “Las luciérnagas” nos ofrece un viaje por la memoria, por los recuerdos del corazón, que nos acercan a una geografía ya perdida y a unos sentidos ya lejanos en el tiempo, pero próximos en las emociones y los sentimientos. Brilla la memoria íntima y el territorio, el homenaje a un tiempo ido, pero presente al nombrarlo. Una retahíla de lugares ofrecen el mapa de una nostalgia: la vega, Charca de la Viña, Cruz de los Cigarrones, Cerrillo del Tesoro, El Salado, Acequia Gorda... Y como “una puñalada de luz” “Hajdú” y el mundo de los sueños, que “Salvo ellos, todo es ficticio en el mundo”. Con “Fulgor” y “su dulce conversar” nos apunta el devenir de un senderista que es “una pleamar de inocencia y cosas menudas”, una pasión por la naturaleza y los caminos, de la mano de Matteo y El Pajarillo que es la literatura y la vida. En “La Rosa de los vientos”, su eje literario, nos hace un homenaje bibliográfico donde aflora el lector que lleva dentro. El relato, como si de unas cartas náuticas se tratase, nos guía por las aguas procelosas de la literatura, dejándote exhausto en su viaje. Es un itinerario lector conducido de la mano de su alter ego Ulises. Lleno de nombres, mitológicos o no, que resuenan como una letanía, (Polifemo, Cíclope, Crotón, Ligia –ya sea como sirena o como amada del general romano Vinicio- Laertes, Paris, Ítaca, vino de Maron, Homero, Nautilus Capitan Nemo Julio Verne, Pequod Mobi Dick Melville, Swann Vinteuil En busca del tiempo perdido Marcel Proust, Scrooge Cuento de navidad Charles Dickens, obra teatral de James M. Barrie y la tripulación pirata - Esmee y Starkey- de Peter Pan –el niño que volaba y no quería crecer, Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, Bail Hallward y Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, la Banda de Tom Sawyer y Mark Twain, Madame Bovary de Gustave Flaubert, Davy Byrne y James Joyce –personaje y autor de Ulises, Oskar Matzerath y el tambor de hojalata de Günter Grass, Lázaro de Tormes, don Quijote y el Freeman´s Journal…). Con el relato “Pelikan” y su reguero “de ausencias y recuerdos” nos lleva hasta la metáfora de un campo de concentración y “A la ruina y el desamparo. A las amenazas. A un cielo de metrallas. A once horas de trabajo diario”. En el relato “Villa Diodati”, con un claro componente metaliterario, nos introduce (de la mano de Lord Byron, P. B. Shelley, M. W Godwin) en aquel palacio suizo y en el romanticismo. Y como si fuera un momento literario único y fundacional de un género literario, Ángel Olgoso le tributa su particular homenaje de testigo privilegiado en un tour de force. Allí nos esperan quince escenas visionarias con sus títulos respectivos, y otra vez sus letanías de perlas geocaches (“lecturas de Tasso y Coleridge, Phantasmagoriana, El paraíso perdido de Milton, Gibbon, F. Bonnivard, Voltaire, Rousseau, Madame de Staël, Goethe, Séneca, la Biblia, Nerón, Calígula, el Ángel Caído y Adán, “un poco de luz y un poco de sombra” p.55). En “La ilusión del horizonte” un recorrido/viaje de enumeraciones, frases cortas y simples, uso de puntos y ausencia de comas y un aluvión de imágenes en tropel en un solo párrafo nos espera, como si viajáramos en un tren hecho de palabras. En “Okitsu”, como un “festival de Kamo”, una ofrenda verbal nos transporta a los rituales de la infancia y sus palabras-milagro, donde rememora el momento en que aprendió “que el silencio es más elocuente que el sonido, pero las palabras de mi padre… removieron mi mente y mi corazón”. Aquí se usan oraciones largas y compuestas, y un uso más frecuente de comas que de puntos, dividido en dos párrafos. “La arena de las historias”, de la mano del sultán Schariar y Schahrasad, nos hace volar hasta “Las mil y una noches” y la oralidad de los cuentos, y a toda la intertextualidad que rezuma el fértil reloj/desierto/vergel de Devoraluces. En la página 73 nos dice metalingüísticamente: “las palabras eran todopoderosas y, como tales, de una gran persuasión a la hora de otorgar sus favores: enlazadas unas con otras se convertían en cuentos maravillosos; solas, en talismanes y fórmulas mágicas”. “El calendario quimérico de lo que podía haber sido”, como crisálida, nos engendra “en la hiedra del instante” y su néfesch, nos sumerge en la luz y en la oscuridad. Y otra vez la letanía de nombres e intertextualidades (Josué, Ormuz y Ahriman que nos puede teletransportar a Lucifer y Ahriman de Rudolf Steiner o al Zoroastrismo, Hitler, Gavrilo Princip, Newton, Alarico, reino de Ugarit, biblioteca de Alejandría, “Cronos no devora a sus hijos”). En el relato “Medio real” transmutado en Cide Hamete Benengeli, y por añadidura en don Quijote de la Mancha y en Miguel de Cervantes, nos catapulta a Toledo y sus calles. Y a los lectores nos convierte en la burra de Balaam y en Diego Torrearias, quizá para “librarse(librarnos) de recelos, de los inquisidores”. “Émula de la llama” no es un relato más. Dos citas abren sus estancias, una de Petrarca y otra de Paul klee, a modo de écfrasis. Es un poemario de amor dedicado a Marina Tapia donde va “su voz destilándose en el alambique sagrado de la poesía”. Un libro dentro de otro libro (efecto matrioska). 22 poemas, dos en verso y el resto en prosa. Los sentidos y las sinestesias nos encandilan e hipnotizan. Y al leerlo el autor nos convierte “ipso facto” en lectores voyeristas, como si Velázquez estuviera pintando “Las meninas”, en este caso, Ángel Olgoso y sus 22 espejos que nos meten dentro de la escena. Los títulos nos inician en otro viaje más, el del “erotismo a raudales”: Aljibe, Aspiración, Bocajarro, Calendario, Diapasón, Estrellamar, Gusto, Lactar, Lamer, Literatura, Maravilla, Nupcias, Oído, Olfato, Orbes, Parque, Patria, Puerta, Sudor, Tacto, Vista, Epílogo: Apelativo. Y es aquí donde sucede el milagro y el autor lo reconoce: “no acierto a definir la literatura; te has mezclado con ella” p.97. Ahí está la clave. Con esos dos hilos, fundamentalmente, Literatura y Marina (a partes iguales) (o con los hilos de biografía y de lecturas) ha ido entretejiendo todo el libro y su horizonte de sucesos, el paño dorado y luminiscente de su poética, en una perfecta simbiosis. En “Odres nuevos” nos lleva a la Guerra Civil con Társila y Elisio, con Águeda y Amador, donde “durante tres años, a los hombres se les había ido cayendo la ceniza del corazón”. Y en la Coda final, “Nomenclatura Boghini para los dedos de los pies”, con sus 30 estancias, elabora un ensayo/caminata de crítica literaria, reflexiones, deseos, explicaciones sobre la escritura, más homenajes/deudas/agradecimientos... Metaliteratura en estado puro, pero también metafísica. Nos habla de la página en blanco, de la sintaxis y la gramática. En él, el autor habla del lector, que él mismo ha sido y es, o sea, que se desdobla en un “constante principio de incertidumbre”. Y más letanías de nombres en una intertextualidad de biblioteca (Borges, Leopardi, Nicanor Parra, Benjamin, Hannah Arendt, Gombrowicz, Thoreau, Blake, Chateaubriand, Savater, Aramburu, Flaubert, Raymond Roussel, García Máquez…) Solo le ha faltado a Ángel Olgoso que se transmutara en Alcuino de York y nos dijera como aquél: “Qué dulce fue la vida mientras nos sentábamos tranquilos entre los libros”, o a modo de epitafio nos dijera: “Ruega, lector, por mi alma”.

Ángel Olgoso sabe que “el alma se puede curar por medio de los sentidos” y por el amor, pero también por la literatura. ¿Qué es lo que nos propone el autor en realidad? ¿Qué es “Devoraluces”? ¿Es el testamento vital y lector de Ángel Olgoso, su último juego fantástico, la herencia iconográfica de un autor clásico, o un deseo de compartirse en “el afecto de las almas afines”? ¿Es un mapa, una ofrenda, un itinerario sentimental y de pensamiento, un camino hacia la felicidad? ¿Es un quinqué, un incendio, un fuego que quiere alcanzar el fulgor de la luz y un estilo a seguir? ¿Es un sueño, y he ahí la paradoja y el acierto, que la realidad es sueño y que la escritura es la mejor realidad, entroncando así con nuestros clásicos? ¿Y si fuera solo un libro trampa, de poemas y relatos, un compendio del ser íntimo y juguetón de Ángel Olgoso o el final de una partida de Brawl Stars? Una de las herencias más preciadas que siempre deja la lectura de este autor es la gran fuerza “collage” de esas imágenes iconográficas que deja impresas en la mente del lector. Se nos dice en la página 70 que “el verdadero misterio, el verdadero encanto, reside(n) en la belleza de darse a los demás”, y eso es precisamente lo que hace “de manera fantástica” Ángel Olgoso en “Devoraluces”, entregarse a sus lectores y a su amada de una forma divertida y lúdica. Si tuviéramos que pintar de algún color este libro, ése sería el azul, no cualquier azul, sino el que se convierte en “un arroyo creciente de ausencias y recuerdos” de una época que termina “añilándolo” todo “para siempre”, y también de las grandes presencias que hay en su vida y en sus lecturas. Pero ésta es solo la opinión lectora de Custodio Tejada y quizá haya que “anticipar la ejecución de es(t)e pobre ser al que habían sorprendido leyendo un libro”, para erradicar de una vez por todas el “perecedero poder del último lector vivo”. Y perdonadme que me haya excitado con la oratoria, pero es un libro para excitarse y arder en la llama viva del verbo y de la pasión. El libro-sueño titulado Devoraluces “es suyo. Usted perdone”, amigo lector, yo solo le paso la vez del efecto matrioska que supone la lectura de un libro como éste, ya que queda espacio de sobra para recoger el testigo y seguir creciendo en su hoguera de palabras.



Reseña de Devoraluces por Santos Domínguez

Comparto la versión completa de la magnífica reseña que el poeta, catedrático y crítico literario Santos Domínguez ha escrito acerca de Devoraluces.





“Imaginar es más rico y más bello que contar”, escribe Ángel Olgoso en la espléndida coda (‘Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies’) que cierra Devoraluces, su nueva entrega narrativa, publicada por Reino de Cordelia.


Envueltas en el prodigio de la palabra y en su poder de sugerencia, hay en esa coda sutiles reflexiones sobre la concentración narrativa, la invención y la libertad imaginativa y creativa del lector.


“No pasa día sin que sueñe con escribir un libro de relatos compuesto únicamente por sus títulos. [...] Limitarme al portón de la casa, a templar su único adorno, el llamador, la rosa de hierro forjado. Que el lector no necesite franquear la puerta, que le baste con golpear la aldaba que corona el vacío para sentir el corazón henchido de plenitud o reconfortado por la piedad.”


Olgoso cuenta en esa empresa con un antecesor ilustre: “Durante muchos años, García Márquez soñó con escribir un cuento del cual solo tenía el título, El ahogado que nos traía caracoles: «Recuerdo que se lo dije a Alvaro Cepeda Samudio en una fragosa noche de la casa de amores de Pilar Ternera, y él me dijo: Ese título es tan bueno que ya ni siquiera hay que escribir el cuento.»
   
Se trata -insiste la coda- de que “el poder de la ficción no concierna al narrador, que resida invariablemente en las pocas palabras del título, listas para ser gozadas como un terroncillo de azúcar entre los labios, que libere la imaginación de las cadenas de la causalidad: ¿Es realmente necesaria la cabeza? Libro del esforzado Partinuples. Semen y celindas. Camello asado relleno de corderos. Compendio Monumental de la Era de la Eterna Felicidad. No son duendes. Paisaje de antes o de después del hombre. La sonrisa del delfín. Los miradores ciegos. Al decir de los griegos chipriotas, todos tiran de la manta hacia su lado.”


Y en definitiva, “no escribir más cuentos. No hacer más morisquetas, más arduos artificios. No empacar más fardos. A lo sumo, anotar únicamente su etiqueta. Su destino. Solo un elemental y discreto sistema de cartelas. Solo la categórica intensidad de los títulos. Solo su cosquilleante, regocijadora opción. Acicalada, sólida, memorable. Suprema. Solo la inspiración suficiente. Una mera pero sugestiva referencia. Una sutil indicación. El placer de un trazo rítmico, de una estructura sumarísima, de un índice. No sanar de esta enfermedad aunque la salud sea un estado provisional. No ser el primero en ensayar lo nuevo ni el último en abandonar lo viejo.”


Pero, afortunadamente para el lector, antes de esa coda Ángel Olgoso nos ha dejado en este libro trece relatos luminosos, trece inmersiones en la luz.


De la mano de su prosa cuidada y tensa, viven en estos relatos las tardes de verano de la infancia, iluminadas por el fanal de la memoria; la revelación del amor en la luz lenta de los sueños de Hajdú, alimentados por el milagro de la imaginación; la plenitud de los resplandores y el fulgor de la alegría de Matteo en los amaneceres; el encuentro de Ulises con Nemo, Long John Silver, Ahab, Swann, Scrooge, el Cónsul, Fabricio del Dongo, Lázaro, los mosqueteros o Holmes en el emocionado homenaje a la narrativa y la imaginación que es La Rosa de los Vientos; el indeleble azul oceánico de Pelikan; la potente voz narradora de Villa Diodati, hija de la Sibila, que evoca en el relato central del libro el memorable verano sin sol en que la habitaron inmortalmente Byron y Polidori, Percy y Mary Shelley; el delicado y conmovido recordatorio del hijo del carretero Okitsu y su mirada asombrada y asombrosa; la variación sobre Sherezade y el poder salvador de las palabras y las historias de noche de La arena de las historias; La luz como regalo del presente en un calendario quimérico; la benéfica sombra de Cervantes en el relato del descubrimiento en la casa toledana de Diego de Torrearias de unos cartapacios arábigos de un tal Cide Hamete Benengeli o la apasionada ofrenda amorosa y carnal de Émula de la llama.


Trece relatos que “dan un golpe de timón a su narrativa -donde dominaba lo extraño, lo turbador o lo sombrío-, poniendo proa a un territorio más luminoso: la bondad, la pasión amorosa y creativa, la alegría, la solidaridad, los sueños, la gratitud, la esperanza, la capacidad de maravillarse ante la belleza milagrosa del mundo. Devoraluces es celebración y reconciliación, un breve catálogo de las raras dulzuras que puede otorgar la vida, una iluminación profana, un bálsamo para tiempos inciertos.”


Luciérnagas, Fulgor o Émula de la llama son algunos de los significativos títulos de estos textos solares de quien es sin duda uno de los mejores narradores actuales. Así comienza el primero:


Durante aquellas eternas tardes entre la vega y el secano, alborotados por la sangre joven, azuzados por la libertad del verano, corríamos de un lado para otro como trompos ligeros, dábamos saltos como gorriones que van a echar a volar, pirueteábamos como virutas despedidas de la garlopa de un carpintero, perseguíamos vilanos, vigilábamos trampas de liria, destapábamos culebras, picoteábamos zarzamoras, nos atrincherábamos en los maizales, partíamos cañas por la mitad en busca de gusanos, saltábamos acequias lanzando silbidos terribles, arrancábamos juncos para entablar ridículos duelos de espadas tiernas y cimbreantes, tirábamos chinas contra los grajos y piedras grandes como membrillos contra los secaderos de tabaco.


Perdida la noción del tiempo, embriagados de licor de sol, llevados en volandas por un aire inmóvil con fragancias de mastranzo y pajuelas secas, planeando sobre un silencio de siesta roto solo por las chicharras y algunas esquilas de ovejas, culebreábamos en el agua verdosa de la Charca de la Viña, escalábamos riendo la Cruz de los Cigarrones, explorábamos entre bufidos el empinado Cerrillo del Tesoro y el barranco hondo de El Salado, nos tendíamos despreocupados en la umbría de las piedras romanas de la Atalaya, alcanzábamos dulzonas brevas pajareando en higueras que, como nosotros, no pertenecían a nadie.


Una celebración de la alegría y de la luz, convocadas mágicamente en un nuevo homenaje de Ángel Olgoso a la literatura y la palabra.