He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

Mostrando entradas con la etiqueta revista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta revista. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de junio de 2026

Reseña de "Madera de deriva" en Anthropologies, por Rodolfo Padilla

Muy agradecido a Rodolfo Padilla Sánchez por su maravillosa singladura de “Madera de deriva” (Libros del Innombrable) en la revista Anthropologies. Es de las pocas ocasiones en que se ha confeccionado una reseña de un libro mío hilvanando de forma narrativa e impecable prácticamente todos los textos:



<<VIAJE MISCELÁNEO A LA BELLEZA: “MADERA DE DERIVA, DE ÁNGEL OLGOSO”


Vamos a embarcar en el navío “Madera de deriva”, flotado por la compañía Libros del Innombrable (2025). Lo vemos a lo lejos, recortado por el arrebol, y algo resalta a la vista: las velas y la popa muestran una dirección divergente a la acostumbrada; el simple hecho pudiera parecer una minucia fruto de alguna ilusión óptica, y es que, aunque así fuera ya determina que no va a ser un viaje ordinario. La impresión cobra fuerza al saber que su capitán es Ángel Olgoso, aventurero de reconocido prestigio por haber degustado las frutas de la luna y transitado en incontables veces la laguna Estigia y salir indemne para revelarnos los secretos de la tierra de los muertos, mientras que experiencias siderales lo llevaron a conocer todas las eras humanas y a reconocer la naturaleza caprichosa de Dios. Ahora su ambición es mayor si cabe, pues después de casi un millar de maravillosas aventuras, en este viaje misceláneo pone rumbo hacia la Belleza, buscándola en lo cotidiano sin menoscabar su particular mirada del mundo.

Conforme soltamos amarras comprendemos que la belleza es esquiva y para localizarla hace falta identificar primero la fealdad y destruirla, sólo entonces nuestros ojos quedarán libres para observar la naturaleza primigenia y aprender cómo levantar utopías. Por eso, en nuestra primera parada escuchamos el «Papel sonoro» de hojas caídas y libros rescatados entre novedades invasivas y superfluas, aquejadas de la misma prisa con que serán olvidadas, pues en «La pocilga de la facilidad» hay mucha soberbia y reconocimiento efímero, mucho impostor que se cree escritor por publicar e ignora que la creación se parece más a «La lentitud del meteoro» que fragua obras de artesanía únicas e irrepetibles como el «Hápax» hallado en libros aún no escritos. Observar la alienación le llevará a preguntarse «si el grito tiene sintaxis» cuando contemplemos los «forúnculos ciclópeos» cuya desaparición sería imprescindible para recuperar la pureza frente al vandalismo visual; luego podremos ser testigos en «El resplandor de lejanos incendios» de cómo hechos y actos insignificantes en apariencia tienen mayor repercusión que la vana grandeza.

Tendremos ocasión de compartir momentos de intimidad con Ángel Olgoso en los que confesará alguna de sus derrotas como esos «Besos de fantasmas» que quiso dibujar con palabras y nunca llegó a escribir, aunque sus descripciones serán tan precisas, sus referencias de autores previos tan valiosas, que nos introducirá en la paradoja de visualizar como obra terminada lo no realizado; y aunque no es desconocida su afición por el más allá, son variados los espectros que habitan en su «Glosario», como el propio amor, que pese a su concepción peligrosa y fantasmagórica nunca adquirirá mayor corporalidad y placidez que durante nuestra estancia latinoamericana que nos dejará a «Chile en el corazón», pues la exuberancia paisajística y gastronómica del país y la mirada antropológica de su cultura se concretará en la luz, la creatividad arrolladora y la confirmación de haber hallado la felicidad y el amor verdaderos encarnados por la poeta Marina Tapia.

Las tierras lejanas que visitaremos nos llevarán a la voluptuosidad de «Cruzar la estepa a lomos de un oso a medianoche» y a descubrir el propósito común de la versátil forma del iunx, beberemos el «Bálsamo de Fierabrás» como antídoto de un Stendhal hipocondríaco, nos convertiremos en programadores-ficcionadores del mundo mientras atravesamos «Las montañas flotantes de Plutón» y elaboraremos el insólito «Vino de viña submarina». En «Las islas de los bienaventurados» sabremos que la belleza se muestra en su plenitud cuando no hay hombres cerca, aunque podremos admirarla como apóstoles de un tiempo remoto «Caminando sobre el mar de Thetys» o en el vuelo de pájaros e insectos de «Tántalo», mientras los cronotopos de «Tulpas» nos hacen ver el pasado como un segundo corazón. Sin embargo, no todo será placer en el viaje: «Odiadores del silencio» intentarán perturbar nuestra paz y será difícil escapar de ellos porque, al contrario de las criaturas mitológicas, estas bestias aulladoras son humanas y estamos obligados a convivir entre ellas y afrontar sus ignominiosas masacres midiendo «El peso específico de la barbarie». En cualquier caso, al contrario que el pobre «Suertesquiva» perseguido por la fatalidad, nosotros contamos con el viento a favor y habrá suficientes momentos de dicha y armonía que nos inviten a la constante «Celebración», y si el proceso de la vida nos pesa, rodeados por el humo de «Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro» nos entregaremos con pasión al acto de escritura, a la epifanía de la creación como recurso para desembarazarnos de la angustia de la existencia.

Ángel Olgoso puede metamorfosearse y si lo conocemos como el capitán que nos guía en esta búsqueda ideal, cuando veamos los páramos helados del norte se transformará en el Gran Danés para predicar en favor del placer y descubrirnos «el límite indistinguible del silencio y la luz», aunque quienes sólo anhelan el miedo a la vida no lo escuchen; también será el astrónomo que en noches diáfanas nos muestre los «Asterismos de la constelación de la Osa Mayor» donde habitan toda clase de prodigios y parábolas que abren una brecha entre la realidad y la imaginación que nos invita a saltar, pero será en los días nublados cuando descifremos en las nubes epitafios de grandes imaginadores yacentes en la eternidad de la que de vez en cuando precipitan para regar los campos de la irrealidad y librarnos de la pesadilla del pragmatismo y las expectativas cumplidas. Y es que nuestro capitán particular se declara a sí mismo como un sempiterno habitante de las nubes, «desarmado ante el lado externo y utilitario de la realidad», incluso a partir del encuentro con su admirado Bioy Casares se atreve a calificarse como secundario por su timidez, cuando lo cierto es que en las nubes guarda el «Árbol candelabro» que desde el hallazgo de su «Kairós» en las luciérnagas de su Cúllar Vega natal no sólo alumbra, sino que mejora las leyes que rigen el mundo.

Al terminar el viaje y desembarcar estaremos embriagados por todas las experiencias vividas y estaremos convencidos no sólo de haber encontrado la belleza, sino también de disponer de las herramientas imprescindibles para repararla. La mirada melancólica y a veces descarnada de Olgoso nos demuestra que hemos entendido mal el pesimismo: no es angustia ni dolor, es una actitud crítica y de rebeldía ante los defectos del mundo que no incurre en la pasividad del conformismo, aunque todo a nuestro alrededor se desintegre. La visión olgosiana nos mantiene despiertos y lúcidos con la firme esperanza de que está en nuestra mano revertir la mezquindad>>.

viernes, 30 de enero de 2026

Tres relatos en la revista Vórtice

Muy agradecido al poeta chileno Sebastián Waldo por contar con relatos de un servidor para la revista Vórtice de Literatura contemporánea:



OCÉANOS DE CENIZA

Contraviniendo las normas jurídico-botánicas que rigen la ornamentación de cementerios (según las cuales nunca han de sembrarse en ellos especies vegetales capaces de ofrecer productos comestibles), he plantado árboles frutales de vivos colores orillando la tapia norte de nuestro minúsculo camposanto montañés. ¿Será por eso que ahora contemplo, espantado, esos frutos que cuelgan de sus ramas, cerúleos, helados, horrendos, como bulbos híbridos, como homúnculos o creaciones imperfectas y caprichosas exudadas de las esencias sacras de nuestros antepasados? ¿Será por eso que crecen con tanta reciedumbre, como si buscasen una perduración plena, ayudados por la sangre que vuelve?




EL ESPANTO

Acodado en una mesita exterior del café Madagascar, sorbo el contenido de mi taza y contemplo a los transeúntes, estudiándolos como quien pesca con chispa y mosca ahogada. El aire remolca muy despacio las nubes. Me fijo en un hombre agradable con sombrero y maletín que lleva de la mano a una niña de no más de seis años, tironeando un poco de su bracito, lo suficiente como para impedir que avance con naturalidad. Parece asustada. El contacto de aquellas dos manos desparejas no es el idóneo, ni responde a la bendición del amor, remite por el contrario a la vorágine de peligros que se extiende más allá de uno mismo. Esos detalles triviales me sobrecogen. Y su efecto hace que, de pronto, tenga del hombre la percepción -repugnante en el más genuino sentido de la palabra- de algo como una langosta, una más entre las langostas de una plaga que bulle sobre un mar de sangre negra. Los observo mientras se alejan: la niña con pasitos descompasados y él emitiendo sonidos de masticación. Ambos, finalmente, se pierden entre los huevos de oscuridad que están siendo incubados bajo los farallones de nuestros edificios.




TODAS HIEREN

El reloj de pulsera finge que es un inofensivo accesorio, un adminículo útil, un satélite diminuto y encantador. Su apariencia no sólo no resulta amenazadora sino que, a modo de lisonja, parece prestarte brillo, distinción y un poder absoluto sobre el tiempo. Sin embargo, sin que sospeches nada, y mientras las manecillas distraen tu atención, él se aferra codiciosamente a la muñeca, se prende a la piel atraído por el rumor de tu sangre, devorando tus latidos, cebándose en tus sueños, palpitando al unísono con tu corazón de incauto. Debes saber que, aunque apenas se le pronuncian los colmillos, toma siempre la precaución de insensibilizar la zona para volver imperceptibles sus dentelladas. Y un día, completamente succionado por él, ya no te necesita, y hay gente alrededor que habla a media voz mientras alguien lo desata de tu muñeca inerte.

viernes, 21 de noviembre de 2025

Entrevista en la revista Quimera (nº503)

Comparto la entrevista que me ha hecho el gran Miguel Arnas para la revista Quimera. Este número de noviembre (503) incluye, entre otros interesantes contenidos, ensayos sobre Henry Miller, Guillermo Cabrera Infante, Cormac McCarthy y Roberto Juarroz, y entrevistas a Sabina Urraca y Cristina Sánchez-Andrade:

                                                                                

QUIMERA (503-Noviembre 2025)
Cambio de amura. Entrevista a Ángel Olgoso

Miguel Arnas Coronado

La entrevista que le hice hace ya veinte años para la revista Ficciones -y que supuso el inicio de una fértil, profunda y patafísica amistad- la titulé “Ángel Olgoso o el relato poético”. Con esta otra, de algún modo se cierra un ciclo aprovechando que Ángel va por la mitad de la publicación de los seis volúmenes de sus relatos completos, unos setecientos, hazaña que lo emparenta, en cantidad y calidad sostenida, con producciones cuentísticas de la envergadura de Maupassant o Pardo Bazán. Al mismo tiempo, se acaba de editar la primera obra de una nueva etapa híbrida y sin apenas ficción, “Madera de deriva”. El universo olgosiano es un espacio reconocible, de perspectivas insólitas, de relatos simbólicos y medulares por su concentración e intensidad, de mimo en la precisión y coloratura del idioma, de un singular minimalismo barroco, como diría él. Una literatura de quilates aunque venga en pequeños recipientes. Al adentrarse entre sus páginas inquietantes y sorprendentes, el lector no puede sino sentirse abrumado por la potencia imaginativa, la riqueza estilística y la versatilidad de un escritor que trasciende los límites de los géneros breve y fantástico, y del que muchos pensamos que no ocupa el lugar que merece por derecho propio. Cualquier otro autor con este bagaje sería ya hace tiempo un hito insoslayable.

-Estás publicando tus cuentos completos en una serie de seis tomos, donde los seleccionas en función de su temática. Al menos desde fuera, da impresión de proeza ¿Qué sientes al echar la vista atrás?

Es cierto, Miguel, tras abandonar la ficción (unos 700 relatos escritos en 42 años) por otros senderos narrativos más híbridos, los estoy recopilando temáticamente. Ya han aparecido los tres primeros volúmenes en la editorial Eolas: “Bestiario”,  “Sideral” y ”Estigia”. Y están previstos que salgan otros tres más: "Holobionte", "Ánfora" y "Maelstrom". Siento la satisfacción, y un poco la inquietud, del deber cumplido, de dejar organizada la obra de mi vida. 

-Setecientos relatos son un número considerable ¿Cómo lo has hecho, no te has encontrado con la duda de clasificar alguno que podría figurar a la vez en dos o más compendios?

A pulso, vertiéndolos relato a relato en cada uno de sus seis archivos correspondientes, con cuidado de no repetir ninguno. En realidad, sólo el tema del amor y el erotismo tenía entidad para componer otro volumen unitario, pero este asunto recorre transversalmente los otros seis volúmenes, a los que sin duda presta un toque de color y calidez. Más allá de esto, no he tenido dudas con los ejes temáticos de mis relatos completos, que he estabulado mediante agrupaciones de algún modo imperativas. 

-Hace ya muchos años Justo Navarro dijo que posees una capacidad verbal e imaginativa que es una excepción en la literatura que se escribe en España. Desde luego tu estilo inconfundible implica un altísimo tratamiento del lenguaje, un prurito en las enumeraciones, una prosa muy cercana a la poesía, unos finales sorpresivos, una fantasía voladora. ¿El amor por la palabra es tu clave de bóveda?

Como supiste ver muy bien en aquella antigua entrevista, algo de la poesía que cultivé entre los trece y los diecisiete años ha seguido rezumando en todos los relatos que he escrito, como las gotitas de un cántaro poroso. Supongo que porque soy un apasionado de las palabras vivas o muertas: me parecen claves de acceso a otro mundo, polizones que desenmascaran o interrogan la realidad, caballos de Troya de la mente. Me sirvo y sirvo a las palabras: no sólo cuentan la historia, son la historia. Encuentro extremadamente vigorizante el embeleso verbal y tangible que procuran. Siento una clara simpatía por autores que tratan el lenguaje como un material totalmente artístico (‘prosa comestible’ la llamo), Azorín, Cunqueiro, Gabriel Miró, Pla, Aldecoa, García Pavón, Dieste o Caballero Bonald. Creo que la belleza formal ejerce de contrapunto de los delirios un tanto sombríos que conforman la mayor parte de mi obra. Ese gusto por la orgía perpetua del lenguaje proviene de mi querencia adolescente por el barroco de Carpentier o Lezama Lima, y de la herencia formal de la Andalucía barroca, que se superpone a la herencia familiar gallega, de aliento céltico y neblinoso. No considero las frases tornasoladas como un simple adorno, sino como una condición esencial de la literatura, la de su capacidad para crear belleza a través de las palabras, que es también el más fundamental de los placeres. Tal vez después de todo, como dijo D. H. Lawrence, al comienzo no era el Verbo sino un gorjeo.

-Es evidente que los cuentos han sido la médula de tu obra.

Por supuesto. Los cuentos son como las perlas, decía Karen Blixen, enfermedad transformada en belleza. Pescar esas perlas ha sido la pasión de mi vida. Creo que de joven padecía un estado interior ígneo, eran veinticuatro horas de erupción imaginativa. Aunque ese magma se haya ido enfriando, sigo pensando que la imaginación puede entender el mundo lo mismo o mejor que la razón: el escritor como visionario, como domesticador de relámpagos. Y que esas ‘islas de orden’, esas medidas estructuras, esos diminutos cedazos, esos precisos mecanismos narrativos son un género destinado a autores que no necesitan escribir largo para decir mucho. Por su brevedad, el relato permite la estética del todo, la armonía del conjunto cerrado, autoconclusivo, algo imposible en una novela, que se cifra en algunos fragmentos satisfactorios, y donde es muy difícil que todo esté a su misma altura. Mi estética, además, ha intentado traducir el sentimiento de extrañeza que produce el mundo. Historias contadas con brevedad, intensidad y trascendencia. Mis relatos son como esas gárgolas y bajorrelieves de monstruos en los capiteles del Románico, proyecciones del inconsciente, del lado oculto de la naturaleza humana, de sus pesadillas, de lo que no se puede expresar. 

-¿Podemos afirmar entonces que eres de los que consideran que la obra de arte, en lugar de ser un espejo en el camino, debe transportar al lector o al espectador a un mundo en el que no ha estado?

Clarísimamente. Poco hay más estimulante que cuando se diluyen los límites entre lo real y lo soñado, cuando arrancas al lector de la costumbre. Al arte le pido una especie de cautivación. Esta es la función del creador artístico: dar comida de lo que no existe para que la gente se alimente. Pienso, con Gonzalo Suárez, que si partes de la realidad sólo puedes falsificarla, pero si partes de la ficción paradójicamente no te escapas de la realidad. Porque la realidad (categoría, por cierto, que a estas alturas se ha pulverizado hasta límites cuánticos) no es sólo lo que vemos, también lo que imaginamos y soñamos. Siempre he creído en la primacía de la imaginación (desbordante y filistea en mi caso y jugadora a veces de malas pasadas), en su capacidad para transfigurar y subvertir la realidad, para abrir puertas, para ‘asombrar desde la sombra’. 

-Te he visto como inoculado siempre por ese insobornable fervor imaginativo, que es también el gusto por el misterio y la excepción.

Así es, el vínculo con el misterio está en la base no sólo de la creación artística sino de la conciencia humana. Lo imaginativo, lo insólito, todo lo que tiene la relación adecuada con lo Extraño, es como una lente a través de la cual examinar la realidad. Mis relatos se propusieron cautivar, hechizar al lector, que viajara al encuentro con lo sorprendente, a otros estados de conciencia, mediante visiones singulares, de una intensidad exacerbada, y mediante atmósferas inmersivas. El misterio fragua estéticamente. En cuanto a la excepción, creo que el estudio de la realidad reside menos en las leyes que en las excepciones, y que el interés del artista debe dirigirse a lo excepcional, en un esfuerzo por superar los hechos genéricos; algo que -como sabemos, dada nuestra condición de Sátrapas del Institutum Pataphysicum Granatensis- que está en el centro mismo del corazón espiral de la Patafísica.

-Corre la leyenda de que Ángel Olgoso es en realidad un combinado, un escritor conformado en calibrada proporción por tres partes perfectamente prorrateadas, Poe, Kafka y Borges.

Es una visión muy plástica, y desde luego halagüeña e hiperbólica hasta más no poder. Para completar tan milagroso compuesto, yo añadiría algunos excipientes imprescindibles -Schwob, Azorín, Buzzati, Arreola o Cunqueiro, por citar los principales- que dan consistencia a aquellos principios activos.

-De pronto, nos anuncias que has dejado de escribir ficción. Pero, por lo que sabemos, no implica abandono de la escritura. Tus cuentos nos han seducido durante décadas. ¿A qué se debe este golpe de timón? ¿A qué te vas a dedicar, o quizá ya te estás dedicando?

Sigo siendo defensor a ultranza de la imaginación como recurso creativo primordial pero deseaba zafarme de las bridas y convenciones de la narración tradicional. Es decir, subyace un deseo de libertad. Aunque antes ya había experimentado con los relatos y jugado con los límites de su territorio, la hibridación (lo que Ginés Cutillas denomina con acierto el ensayo-ficción) me ha ido pareciendo cada vez más sugestiva. Me ha permitido diversificar mi atención, levantar el tingladillo de una teoría peregrina, dar rienda suelta a la jugosidad interior sin una necesidad constante de fabulación. Quizá me influyó esa fatiga reciente de las formas literarias, ese magnetismo actual de lo fragmentario, ese hambre circundante de realidad. Las piezas de los dos primeros libros de esta nueva época, “Madera de deriva” (Libros del Innombrable) y “Mirabilia”, suceden entre la epigrafía, el ensayo, la poesía y otros géneros. Prosas apátridas en el sentido que le dio Ribeyro, textos alérgicos a la trama. Tal vez, a medida que uno envejece, descubre que la meditación es un país incomparablemente más vasto que el de la ficción.

-Acabas de publicar tu primer libro de la nueva manera, “Madera de deriva”. ¿Qué puedes decirnos de él? Por lo que comentas, va a ser afín al ensayo. ¿Te satisface tanto tu nueva tarea como la que has abandonado? Te pregunto esto porque de tu narrativa anterior se deducía un goce íntimo, no solo del lector, del que doy fe, sino también un goce grande del propio autor.

“Madera de deriva” es una obra miscelánea de textos fronterizo, un ‘collage’ literario donde hago acopio de apostillas libérrimas, de elementos marginales de la cultura, entradas de diccionario, evocaciones, viñetas, teorías extravagantes, guiones, marcapáginas de la Historia y algún texto discretamente confesional. Aunque aquí el grado de ficción se haya reducido, sigue habiendo esa capacidad del arte de dilatar la realidad. Y en todo está presente cierta pulsión poética, reflexiva o incluso erudita. Un libro lleno de fervor por la literatura. Pero a pesar del título estos escritos no son restos de naufragio sino piezas forjadas con toda premeditación y hasta sus últimas consecuencias, con respeto por la inteligencia del lector y por la lengua, y sin miedo a la exigencia ni al culturalismo.

-Me consta que tienes cuentos largos como El síndrome de Lugrís, Los palafitos, Villa Diodati, Dybbuk o Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde para los que has necesitado muchísimo tiempo. Estos textos híbridos, o como quieras llamarlos, ¿te son igual de costosos?

Ahora que lo dices, soy consciente de pronto de lo brutal del contraste: si “Madera de deriva”, el libro entero, me llevó tres intensos meses -los del confinamiento-, el esfuerzo y el tiempo que requirieron relatos como El síndrome de Lugrís (ocho meses), Los palafitos (cinco años), y Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde (veinte años de acopio de documentación) pueden suponer una desproporción bárbara e incomprensible, pero creo que no sólo son indicadores de mi lentitud sino también de la implicación absoluta, de una dedicación enfermiza a la búsqueda de la excelencia literaria. Recordemos que, si no hay precisión, la pasión creativa se convierte en caos.



jueves, 13 de noviembre de 2025

Reseña de "Madera de deriva" por Diego Prado en Librújula

Muy agradecido a Diego Prado por su reseña de “Madera de deriva” (Libros del Innombrable) en el último número de la revista Librújula:



<<Si el autor granadino Ángel Olgoso ha lucido el blasón de lo fantástico en lo mejor de su extensa producción cuentística, es cierto que en este libro misceláneo se despega un poco de ello. Pero no del todo, claro, porque lo insólito, lo sobrenatural y lo extraño conviven con nosotros y Olgoso, como buen rastreador, no puede sustraerse a ello.

‘Madera de deriva’ es un libro para leer lentamente, sin prisas, un libro compuesto de reflexiones sobre el arte de narrar, breves artículos, fragmentos de un diario de viaje, semblanzas y recuerdos literarios, notas para relatos que nunca fueron escritos, cuentos dispersos, etc. Diríase, en fin, que está compuesto de hojas volanderas que, afortunadamente, han encontrado cobijo en este tomo. Cada una de estas piezas, no obstante, comparte unos rasgos comunes: están escritas con un lenguaje primoroso, con un magnífico uso del castellano, y acarrean en ello el bagaje de una fina ironía, la fértil inventiva del cuentista y el lirismo verbal del que sabe mirar a su alrededor con los ojos de un cazador de prodigios. Un pedazo, pues, del amplio universo Olgoso>>.



jueves, 11 de septiembre de 2025

Reseña de "Estigia", por Marina Tapia, en Masticadores

Todo un privilegio contar con la mirada entusiasta y cómplice de Marina Tapia acerca de “Estigia” (Eolas Ediciones) en esta reseña publicada en la revista Masticadores:



UN CARONTE GRANADINO

Marina Tapia


<< “Estigia”, el tercer volumen de la compilación de los cuentos completos de Ángel Olgoso, y que con un cuidado al mínimo detalle, publicado por Eolas, dentro de su colección “Las puertas de lo posible” (2025), viene una vez más a confirmarnos que nos encontramos con un verdadero maestro de la literatura.

Aunque la muerte pueda parecer un tema sombrío o un eje vertebrador complejo y del que muchas veces nuestra sensibilidad desea huir, la manera magistral de abordarla, el abanico variado de historias y situaciones diversas (un centenar de relatos de calidad sostenida), nos ayuda a superar nuestra posible percepción estrecha de la muerte abriendo galaxias de posibilidades y nuevos ángulos de enfoque.

Qué estimulante resulta adentrarse en las páginas de un libro con buenas citas. Las seleccionadas por Ángel, son todas lúcidas y precisas, y nos ayudan a entender más profundamente algunas ideas contenidas en sus relatos. Por ejemplo, el enfoque de Jules Renard, concluyendo que lo dulce de la muerte nos libera del pensamiento de la muerte, es genial. También la de Giuseppe Mazzini apuntando que no existe la muerte, sino el olvido. Como siempre, Olgoso escogerá para nosotros interesantes frases desbrozadas de sus numerosas lecturas y las entrelazará −con el nudo de su reflexión siempre en guardia− en los encabezamientos de su obra. Él siempre tendrá sus píldoras aromáticas de pensamientos para regalárnoslas en el momento justo, cuando empieza la tos.

Los relatos que inician el conjunto abren inmejorablemente el apetito del lector. Textos como “Designaciones” o “Relámpagos” son piezas magistrales (uno se pregunta, de manera inevitable, por qué tras más de cuatro décadas de trabajo silencioso y de múltiples premios y traducciones, un autor de tan probada excelencia, todo un referente del relato en español, no brilla con la fuerza que merece en el lugar que le corresponde).

Esta colección olgosiana en Eolas es un verdadero festín para sus lectores, a los que nos gusta tener en nuestra biblioteca, bien recopilados y a nuestro alcance, toda su creación −desde los textos breves a los más extensos−. Hoy en día, disfrutar la obra completa de alguien que ha participado en numerosas antologías y cuyo material se encuentra disperso o descatalogado, es un milagro. Cuántas veces he buscado en Internet un escritor o una poeta que me interesaba, y sólo he encontrado fragmentos, paja y neblina. Son muy de celebrar este tipo de compilaciones realizadas con elegancia y rigurosidad, que ponen a nuestro alcance las versiones definitivas, escogidas y agrupadas por el propio autor. También es una suerte este tipo de volúmenes temáticos que nos ayudará a localizar más fácilmente un relato en cuestión. Gracias a este trabajo editorial, podemos hacer una inmersión en el universo olgosiano sin ninguna cortapisa.

Volveremos a llorar con “La muerte desordena” porque, aunque se haya leído y se conozca su planteamiento, es un tejido de emociones palpitantes tan bien hilado que vuelve a conmover. Impresionante asimismo “La ciénaga”, descarnada visión del hermano que vuelve de la muerte con otra percepción: una narración inquietante, lóbrega, de sorprendente final, una acertada reescritura bíblica. Sentiremos la voz desalentada de la naturaleza en “Días felices”. El mundo rural nos acogerá en su fértil territorio para lo atávico con “Las huellas de los pájaros en el aire”, “Jueces del Valle de Josefat” o “Estorninos en la higuera”. Lo poético vendrá de la mano de “Los simunes del deseo”, “El papel” o “Armonía de las esferas”. El simbolismo trascendente de “Umbrales” o “Los despeñaderos” nos deslumbrará. El mundo de los afectos familiares palpita bellamente en “Suero” o en “Vínculos”. Nos extasiaremos con la belleza de “El pigmento de la creación”, “La piel en el rompiente”, “Mujeres desnudas bajo impermeables mojados” o “Diadema en tu cabello”. La presencia del cuerpo, con sus huesos, jugos y descomposiciones, con su deseos pujando más allá de la muerte, erizarán nuestra piel: el autor nos trae aquí por ejemplo “Manos que ven”, De masticatione mortuorum” o “Un introito para arpa de tendones humanos”. Y, como es habitual, Ángel nos transportará a la cultura del Japón que tanto ama y que no puede faltar en cada libro, esta vez con “Fantasmas de las Cuatro Suertes”. Hay espacio para lo oscuro, para la ironía, para lo metafísico, para lo imaginativo, para lo mítico, para lo erudito y lo fantástico. Este verano, acompañados de “Estigia”, se nos hará mucho más fresco y más corto gozando con esta colección tan heterogénea y excelsa.

Navegad, marineros en la laguna de sus letras, llegad a horizontes velados e infinitos. Porque, como dice Ana María Shua en el prólogo, nada es tan simple cuando nuestro Virgilio se llama Ángel Olgoso, que nos hace viajar en el tiempo y en el espacio, atormentándonos dulcemente mientras leemos y nadamos, con la cabeza apenas sobresaliendo de las negras aguas.

Y, para terminar, y a modo de invitación, quiero dejaros con “El purgatorio”, relato con el que finaliza el libro:

“En la última página de su última obra, el autor escribió la palabra «Fin». Los empleados de la funeraria −que mostraban ya una cortés impaciencia− pudieron entonces asegurar la tapa del ataúd.”>>


miércoles, 10 de septiembre de 2025

Reseña de "Y tú durante", de Alejandro Molina, en Suburbano

Mi reseña de la magnífica novela de Alejandro Molina "Y tú durante" (Oblicuas Ediciones) en la revista Suburbano.


    Hay una línea directa que va desde Faulkner a Benet, pasando por Carson McCullers, Rulfo, Onetti, Martín Santos, Cormac McCarthy, Nic Pizzolatto, David Vann o Chuck Palahniuk, hasta Alejandro Molina (Granada, 1984): la inclusión de múltiples narradores o puntos de vista, los saltos en el tiempo en la narración, el flujo de conciencia, la tensión del fraseo, los recursos retóricos más propios de la poesía que de la prosa en las descripciones, el poder para descifrar ciertos rasgos de la conducta humana que, al estar tan cercanos a nosotros, no vemos con la suficiente claridad. Como sabemos, las obras de Faulkner y de Benet no explican la vida, tratan de reflejarla en su desordenado amasijo. Según María Elena Bravo, al leerlos “no actuamos como testigos de otras vivencias, sino que la novela, subrogado de la vida y vida misma, nos hace conocer mejor el enigma de nuestra naturaleza, nos enfrenta con el problema de la lengua, de la memoria, de las creencias y del conocimiento por vía artística”. Hay naturalmente cuantiosas diferencias, y la esencia malvada del ser humano no cruje tanto en la última y formidable obra de Alejandro, Y tú durante (Oblicuas Ediciones), como ocurría en el escritor sureño -no sólo por lo distinto de la premisa y de la geografía, sino porque más que el resultado de una influencia cardinal se trata quizá de una deconstrucción consciente, posmoderna, de Faulkner-, pero ambos nos arrojan con sus asombrosas aptitudes al caos que es el tiempo. Y la vivaz porosidad que los diálogos sin guiones prestan a la narración juega a favor del granadino.

A Magda, una joven ensayista amiga de la familia, el célebre poeta Anselmo Espadas le ha encargado abordar una biografía suya que no sea al uso. Pero los incoherentes y deslavazados circunloquios de este la obligan a recurrir a un investigador privado, Melquiades Castillo. Sin embargo, el pasado del detective al parecer corre paralelo al de Valeria, la mujer del poeta: la biografía y las existencias de los implicados y de sus secretos tejen entonces un enmarañado tapiz anímico y afectivo.

    Y tú durante es una novela mayúscula, un fértil territorio que manifiesta la evolución constante de Alejandro Molina desde los libros de relatos Mañana no habrá ayerEl glaciarLuces prestadas y las novelas Defunctos Ploro Elección y sacrificio. Hay ahora, si cabe, una mayor complejidad estilística y conceptual (“nada escapa a los ojos de un poeta”). La obra es medidamente torrencial, sinuosa y llena de entresijos, de consideraciones sofisticadas y sugestivas (la novela está llena de frases que invitan a subrayar, “En poesía, las palabras son fósiles y el poeta un arqueólogo que interpreta una civilización perdida”, “a veces la vida pone al arte en su lugar”, “el mundo es bello, pero tiene un defecto llamado hombre”, “sólo a través de la tristeza podemos acercarnos a lo que con tanta claridad ven los animales a través de su pureza”, “el ser humano sustituye la vastedad del mundo y la infinitud de la existencia por una jaula bajo una carpa”, etc.). Los detalles y las escenas se dilatan y se expanden orgánicamente. La dicción está soldada de manera impecable con la idea (la oralidad perfectamente remachada de Silvio). Hay diferentes niveles del lenguaje, que cristaliza en cogitaciones e introspecciones profundas. A veces el autor despliega un costumbrismo refinado, un naturalismo enriquecido con referencias culturales, con tablas periódicas de enumeraciones, con sutiles pinceladas poéticas que motean exquisitamente la página (“el atardecer tenía los colores de la canela y la piel de los leones, el oro viejo y el óxido y la arena del desierto”), todo ello alternado con fugas de la memoria y con sus siempre agilísimos diálogos. Con frecuencia parece estar leyendo uno a Faulkner. O se encuentra de pronto con esas excelsas frases que podría haber escrito Benet, “flirteando con las trazas hedentinas de agua sucia”, “decantando la savia que alimenta el revestimiento y la apariencia de lo que llamamos experiencia”, “anhelando destellos de genialidad, vibrantes escenas de adolescencia, pasadizos, vericuetos, laberintos y ordalías de los que salir airoso”.

Para los personajes de Alejandro Molina, no se puede estar solo, el amor no es más que una dioptría y la memoria una prisión: “Anselmo envidia lo que llama la capacidad más hermosa de entre todas las que algunos animales nos pueden brindar, la de recordar algo durante apenas veintisiete segundos”. Este libro, que “es un espejo en el que una vez Anselmo se miró”, arrastra al lector “por cálidas mareas y frenéticas corrientes”, y muestra al ser humano como esa libélula -con su “majestuoso y brillante abdomen lapislázuli, el delicado mosaico que formaban las venas y las celdillas de sus alas, perpendiculares a su alargado y fino cuerpo”- que abre y cierra la novela, yaciendo inerme en la acera frente a la que avanza el estruendo de una máquina barredora, con sus implacables  cepillos, que son para nosotros -tan vulnerables como ella- el paso del tiempo, el dolor, el sinsentido de la vida o la crueldad de nuestros semejantes.

    Y tú durante emerge como una obra mucho más sensorial que las anteriores (esos olores y enumeraciones de las páginas 25 y 26), esas “fragancias de cosméticos antediluvianos como el yeso y la harina de habas, los cominos y los posos del vino y el azúcar de saturno y el sudor purificado del carnero y el estiércol de cocodrilo” (¡glorioso!). Está también la ‘pasmosa belleza’ de sus poéticas descripciones del planeta y del cosmos. Y los recuerdos como animales bien vivos, aunque haya muchos animales muertos, sobre todo insectos. Y las vidas de los personajes parecen inmersas en “una corriente oceánica”, se cruzan como “colisionan las galaxias” o confluyen como engranajes: “Padecemos una ceguera de la que sólo somos conscientes cuando personas como Anselmo alumbran las tinieblas en las que sin saberlo nos movemos, con esa linterna que son sus versos”.  Qué gran idea esa de suicidarse cortándose el cuello con el canto de una hoja de un relato de la Lispector; o la invocación del espíritu de Bécquer en un molino en ruinas; o la evidencia de que hay hombres que son más árbol que persona, más río que individuo, que no esperan réplicas sino comprensión muda. Qué buenos títulos los de los poemarios de Anselmo (Las lágrimas del astronautaOpus CaementiciumOsamentas Mientras se sostenga el aire). Hubiera estado bien alguno de ellos en lugar del de un tanto melifluo Y tú durante. U otro más rotundo, más salvaje, lleno de palmeras, santuarios, agonías, ruido y furia, un título digno de esta proeza narrativa que delata el mucho conocimiento del ser humano que tiene Alejandro a pesar de su juventud, cuyo natural talento literario da aquí un salto cualitativo y cuantitativo.

    Con su obra, Alejandro Molina revela una vez más que la mejor forma de la espada -además del pensamiento, la ironía y la imaginación- es la palabra. Por no hablar de que él sabe que “de dónde venimos es mero testamento; adonde llegamos es lo que somos”.

 

lunes, 8 de septiembre de 2025

Entrevista en Horizonte Garnata

Agradecido a la revista Horizonte Garnata por esta entrevista a propósito de la publicación de "Estigia" (Eolas Ediciones).


Referente del relato en español, traducido a numerosos idiomas, con más de una treintena de premios, el granadino Ángel Olgoso es académico de Buenas Letras de Granada y rector del Institutum Pataphysicum Granatensis.


ENTREVISTA A ÁNGEL OLGOSO

Entre otras muchas obras (casi imposible citarlas todas) es autor de «Los días subterráneos», «La hélice entre los sargazos», «Nubes de piedra», «Granada año 2039 y otros relatos», «Cuentos de otro mundo», «El vuelo del pájaro elefante», «Los demonios del lugar», «Astrolabio», «La máquina de languidecer». «Los líquenes del sueño», «Cuando fui jaguar», «Racconti abissali», «Las frutas de la luna», «Almanaque de asombros», «Breviario negro», «Nocturnario», “Devoraluces”, «Bestiario», «Sideral»… Hemos hablado con él con motivo de una de sus últimas obras, «Estigia».


-Según indica Ana María Shua en el prólogo, “Estigia” es un libro que gira en torno a la muerte, pero ¿cómo lo define usted? ¿Qué puede esperar el lector de esta antología?

“Estigia” es, tras “Bestiario” y “Sideral”, el tercer volumen temático de un total de seis de mis relatos completos, que está publicando la editorial leonesa Eolas en su colección Las Puertas de lo Posible. Podría definirlo como mi personal y modesto Oficio de Tinieblas: por su número de páginas se demuestra que la muerte ha sido, sin duda, uno de los temas más recurrentes en mis relatos.
Aquí están agavilladas, de entre las setecientas que escribí en más de cuarenta años, todas las ficciones que encajan en ese escenario sombrío, desde lo más mítico y simbólico a lo más físico, pasando por el humor negro, la sorpresa, la sátira, la melancolía, la fabulación o la ironía.
En este libro el lector podrá encontrar una larga serie de ‘mementos mori’ protagonizados por suicidas, resucitados, fantasmas, vivos dados por muertos, vivos que ignoran que están muertos, muertos tímidos, muertos que se niegan a serlo o que dan testimonio de su estado, podrá hallar velatorios y rituales singulares, muertes sorprendentes y miedos cervales, asesinatos bíblicos y cementerios planetarios, reencarnaciones y organizaciones de posteridad, enterramientos erróneos y escenas bélicas extremas, despojos y reliquias, un barbero de difuntos y un mar de los muertos, el eterno retorno, etc.

-En una entrevista calificó de ‘lorquiana’ su obsesión con la muerte…

Casi lorquiana, es cierto. Pero todos los escritores están obsesionados de una forma u otra con la Gran Oscuridad. Tengo, de hecho, un larguísimo listado que recoge apreciaciones de distintos creadores sobre la muerte. Y es que la muerte es el Tema, con mayúscula, el verdadero argumento de la obra, el gran acontecimiento, el misterio más sobrecogedor, la única certeza, el lugar del que procedemos y al que vamos.
Dentro de cien años ninguno de nosotros andará por aquí, todos estaremos en otro sitio, y nuestra posición y nuestra textura serán, como mínimo, muy distintas. La muerte, que nos acompaña como una sombra es, paradójicamente, el centro de la vida. Podrá ser un insulto a nuestro ego, sin embargo también da sentido a nuestra existencia.
Escribir estos relatos me permitió hacerme preguntas, reflexionar sobre esa angustiosa incertidumbre de no saber qué vendrá después. También sobre las infinitas formas en que el ser humano va al encuentro de la muerte.


¿Se puede considerar la literatura una defensa contra la muerte?

En efecto, quizá el arte y el amor sean sus únicos contrapesos. El humor también ayuda, y la memoria por supuesto: no hay muerte si no hay olvido. Ya se sabe que, mientras alguien lo recuerde, un muerto no se extingue. O, lo que es lo mismo, mientras se cuenta y se narra, la muerte no tiene todo ganado.
La creación artística, literaria, es una defensa -relativa, claro- contra ese degradante biológico que es el tiempo, contra “el espanto seguro de estar muerto” según el verso de Rubén Darío. Puede que la eternidad que encontramos en los libros sea ficticia, pero al menos permite protegernos de lo que nos da miedo, de la proximidad y de la idea misma de la muerte.
Habría que repetir como un mantra esa máxima de Leonardo da Vinci, «la belleza perece en la vida pero es inmortal en el arte».


-En «Estigia», y quizá también en el conjunto de su obra, ¿diría que la tradición clásica grecolatina y judeocristiana ha tenido un peso destacado?

Naturalmente, ha sido inevitable por educación forzosa (la segunda) y por educación y elección (la primera). Son estructuras culturales en las que te ves encuadrado por el simple motivo de nacer y vivir en un lugar concreto. De hecho, hay cinco textos míos en la antología “Después de Troya. Microrrelatos hispánicos tradición clásica”.
Pero la versatilidad es una de las características de mi obra, y siempre he sentido curiosidad por otras tradiciones más lejanas, budista, judía, ortodoxa, china, vikinga, etc. que he explorado en diversos relatos (“ Las manos de Akiburo”, “El vaso”, “La diligencia del abismo”, “La torre de Hunan” o “Águila de sangre”, entre otros muchos).
Volviendo al tema de la muerte, para otras culturas, la vida y la muerte dibujan un círculo y no una línea que se interrumpe bruscamente. Para esas culturas somos como las flores de diente de león, una flor insignificante que crece entre la maleza y que se deshace en el viento, pero su dispersión no significa un ocaso irremediable.
No puede uno sino envidiar a los etruscos, aquel pueblo secreto que precedió a Roma, para quienes ese terrorífico drama sólo era una agradable continuación de la vida, un momento sensual que se celebraba con una naturalidad y una sensualidad profundos, con joyas, con sonrisas, con banquetes fúnebres donde corría el vino, al son de flautas que invitaban a la danza y al amor.


¿Qué balance hace Ángel Olgoso de su obra a día de hoy?

Miro hacia atrás con la satisfacción, y un poco con la inquietud, del deber cumplido. He escrito mucho, demasiado tal vez para alguien tan poco dicharachero, alguien al que de ordinario hay que arrancarle las palabras con tenazas de sacamuelas: una veintena de libros de relatos, varias misceláneas de textos diversos (prólogos, artículos, conferencias, reseñas), un libro de haikus, a los que habría que añadir varias compilaciones de material patafísico y un centenar de collages artesanales.


-Por lo general, usted trabaja en varios proyectos a la vez. ¿En este caso también?

Así es. Cuando se presentaba “Estigia” estaba en imprenta, por fin, “Madera de deriva”, un libro que escribí hace cinco años y que es el inicio de una nueva época creativa, alejada de la ficción, liberada de su corsé un tanto restrictivo. Se trata de libro híbrido, de un collage literario donde conviven crónicas viajeras, apuntes ensayísticos, especulaciones sociales y metaliterarias, evocaciones, entradas de diccionario, apólogos, epitafios, viñetas de perplejidad sensorial y metafísica.
Quizá ya no haya aquí una necesidad constante de fabulación, pero sigue habiendo como siempre respeto por la inteligencia del lector y por la lengua. “Madera de deriva” lo publica una de las editoriales españolas más interesantes, hogar de la heterodoxia, Libros del Innombrable. Le estoy muy agradecido a Raúl Herrero por apostar por esta obra singular y arriesgada, a la que califica de “textos libres, irónicos y profundamente literarios”.

miércoles, 27 de agosto de 2025

Reseña de "Asterismos de la constelación de la Osa Mayor" en Brevilla, por Lilian Cheruse


Gracias a Lilian Cheruse por su magnífica reseña de mi texto “Asterismos de la constelación de la Osa Mayor”, perteneciente a “Madera de deriva” (Libros del Innombrable), publicada en Brevilla, revista hispanoamericana de minificción.




Sobre “Asterismos de la Constelación de la Osa Mayor”, de Ángel Olgoso

(Lilian H. Cheruse)


<<Angel Olgoso ha trocado ese "carro rutinario" que menciona García Pavón, refiréndose a la vida cotidiana, en un carro cósmico: la constelación de La Osa Mayor, y lo configura como eje de este reflexivo texto central de su último libro “Madera de deriva” (Libros del Innombrable). Nuestro escritor ejemplifica su postura con la cita de otros escritores y así, en vuelo narrativo, estructura un ensayo para combatir ese aburrimiento propio de “nuestras desdichadas vidas” y propone un sorpresivo viaje por el mundo de la creación. Nos invita a transitar por el misterio donde la realidad y los sueños se combinan, a correr tras nuestros límites, tras la imprecisión de lo fantástico, a bucear el “despropósito” y la “noticia curiosa”. El título del texto y los nombres de los relatos que integran esta especie de micro-libro simbólico se corresponden con los asterismos de esa Osa de estrellas que dotará a este mix de rutilante brillo. Una metáfora perfecta del poder de la palabra recreando belleza, volviendo extraordinario lo anodino, como dice la cita de Lafcadio Hearn. Angel, escritor artesano de la ficción, le ha adosado astros al andar de los hábitos para darle vuelo y espacio. Esos puntos resplandecientes transforman la visión. Alguno visible como la estrella Polaris, otros más débiles a simple vista pero todos parte de esa trama de cuerpos celestes con diferente magnitud y color. Luz naranja, amarilla o blanca, cuerpos finitos en el tiempo pero inmersos en la infinitud de la ficción. Están Borges, Bioy y Cervantes en “Merak” a modo de intertexto reafirmando esa realidad-sueño inseparable o deslizables entre sí que Olgoso configura desde su idónea mirada de hombre-escritor. Un texto articulado con vastos conocimientos e información. Las breves piezas poseen notas de curiosidad. Algunas son objetivas con el dato real y se completan con la personal visión olgosiana. Pertenecen al anecdotario del tiempo pasado, como “Dubhe”, “Megrez”, “Phad”, “Talitha Borealis”, “Al Kaphrah”. Otros construyen símbolos a través de la leyenda y el mito (“Alkaid”, “Alcor”, “Mizar”) o del texto literario, dignos homenajes a sus autores, por ejemplo “Alioth”, “Muscida”, “Tania Australis”. Nuestro autor también teje sus propios relatos: “Mizar” es la célula de “Asterismos de la Constelación de la Osa Mayor”. Hay un impecable desarrollo de forma y pensamiento donde se recrea el dios de Platón como referencia filosófica-cosmogónica. Las civilizaciones se tocan desde el mito y lo sagrado. Convergen en un punto como signos de la estética y la existencia. En “Tania Borealis” trastoca el final dramático del Titanic con un micro de ficción e ironía. En “Polaris”, la cola de la Osa, la más visible de la constelación y cercana al Polo Norte remata con su conclusión final, reafirma el valor de “contar historias”, “el deleite por lo estrafalario”, la “pulsión atávica”, y los anuda a una afirmación sobre los Nefilim. ¿Ficción?

En “Asterismos…” delibera sobre el rol del escritor y la técnica para jugar con el espacio-tiempo, conjuga las especias que condimentan los sinsabores de la vida a través de la literatura.

La estructura de “Asterismos de la Constelación de la Osa Mayor” nos prodiga un cosmos, un marco original creativo, poético y reflexivo del firmamento narrativo.

Sabemos que, de niño, las luciérnagas, como luces de la noche, fueron sus silenciosos testigos del misterio. Ellas, titilando guiños, alimentaron la imaginación de Ángel Olgoso, a tal punto que las ha trocado en estrellas e iluminan el cosmos en sus textos con su presencia>>.



viernes, 15 de agosto de 2025

Reseña de "Madera de deriva" por Marina Tapia en Culturamas

Siempre es algo muy especial tener por escrito los pensamientos de la persona que mejor te conoce o que convive contigo. Por eso resulta tan emocionante esta maravillosa reseña -certera y a la vez cálida- que Marina Tapia ha escrito sobre “Madera de deriva” y publicado en Culturamas.




<<“Madera de deriva” (Libros del Innombrable, 2025), el último trabajo publicado por el maestro del relato en español Ángel Olgoso, es un libro bisagra entre su ingente producción cuentística y la nueva etapa creativa, entre la ficción y la indagación y experimentación más libres, un libro abierto a cascadas de ideas y sensaciones que manan y se desatan, una especie de inventario conceptual, un registro de documentos marginales, de libros que pudieran haber existido. Un artefacto (y digo esto recordando también a mi paisano Nicanor Parra) capaz de sentar los cimientos, a través de cada uno de sus textos, para que los lectores vayamos edificando nuestro propio universo con cada relectura. Cómo se agradecen este tipo de narraciones híbridas, frescas, empapadas, embebidas de cultura, estas divagaciones exigentes y sin complejos, armonizadas por una voz que arropa con su minuciosidad de detalles, referencias y citas. Aquí no hay argumentos convencionales, lo que importa es la brújula, la esencia, el disparadero de planteamientos. No esperamos finales sorpresa, comienzos como cebos o remates altos, sólo necesitamos tener despierta nuestra curiosidad, nuestra parte más maleable, el goce de esa fruta rara que ha quedado aislada y que es deliciosa. Quizá sea imprescindible marchar al territorio Olgoso sin ningún juicio previo. Ir con traje blanco e impoluto para que las letras nos impriman su universo, impregnándonos de audacia y de singularidad. Estamos en las islas extrañas y afortunadas de los imaginarios medievales. Estamos ante una colección de cuadros que encierran otros cuadros dentro de sus márgenes, en un juego de espejos en el que la literatura, el arte o la historia se miran a sí mismas.

El autor no pretende complacer, no busca hacer valer su nombre, lo mueve un impulso genuino de fascinación y de compromiso absoluto con el lenguaje. Es un creador que indaga, que dibuja su mapa mientras se busca por caminos apartados, que nos hace partícipes de sus fabulaciones exquisitas, de sus apuntes sensoriales, de su enjambre de luces y pensamientos. Orilla la libertad que hemos perdido, se levanta firme sobre esa marea de composiciones fáciles de la actualidad; y pide al lector que lea entre líneas, que se mantenga activo, que sea −él mismo− un trozo de madera consciente y conmovido en medio de la corriente o del naufragio.

Leer un libro que abre puertas mentales es un milagro. Toparse con narraciones de difícil clasificación, inquietantes por sus enfoques y temáticas es oro puro. Ya cansada de transitar por tramas genealógicas sensibleras, por novelones redundantes que se limitan a calcar o a remedar obras, épocas o acontecimientos, encontrar otras propuestas más cercanas al ensayo, es abrir una ventana para que entre el aire del verano. Una brisa densa, cargada de perfumes, con reminiscencias de lejanos incendios o de profundidades marinas. Porque un libro no sólo puede responder a una secuencia bien estructurada, o no sólo tiene el cometido de la evasión. Un volumen de narrativa también puede ser probeta de nuevas fórmulas y especulaciones, catálogo de jugos destilados, compendio de fogonazos para que los lectores completemos el experimento, para que mezclemos el bebedizo que necesitamos o para que encendamos nuestra noche. Cultivar este tipo de literatura en tiempos áridos es toda una proeza.

Lo lírico, como en todas sus obras anteriores, también sigue presente en “Madera de deriva”. Como si de versos se tratara, os dejo con algunas frases que bien podrían serlos: “El silencio me lastima con el arrullo de sus labios de ágata, mas no aborrezco sus leyes: alfileres de paz. Sobre ribazos destilados cruje la espuma. Una dulce vibración envuelve todas las formas. No es de día ni es de noche en sus dominios” (del texto ‘Celebración’). “Veo la pasión azucarada de las libélulas [...] veo las arquerías tornasoladas de los pavos reales” (del texto ‘Tántalo’).

Ángel tampoco desdeña aquí el humor y la ironía que han sido siempre marca de la casa. En el conjunto de piezas “Gaveta de miniaturas” hace gala de nuevo de un ingenio mordaz, de una capacidad para atrapar lo sorprendente y a la vez lo irrisorio del comportamiento humano, continúa demostrando una soltura única al componer brevedades que van más allá de las estrecheces del género.

Viajamos con el autor por distintas latitudes (el Ártico, Chile, un pueblo de Córdoba, la constelación de la Osa Mayor o las Islas de los Bienaventurados) y por distintas épocas, mostrándonos cómo las historias imposibles, simbólicas y reales se entrelazan y acoplan de una forma perfecta bajo el cuidado de su voz magistral. Además, nuestro autor sabe muy bien cómo ser permeable a la dicción de distintos escritores de diversos períodos, lo que nos llevará al deleite de los ecos y resonancias de otros maestros, que parecen florecer y seguir vivos entre estos papeles. Y no sólo a través de tributos, como es el caso de Ribeyro (‘Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro’), sino también de escenarios precisos con la sustancia y la atmósfera del Camilo José Cela de los libros de viajes (‘Alcancía’) o de Álvaro Cunqueiro (‘Vino de viña submarina’), o la asimilación con Adolfo Bioy Casares en ‘Los secundarios’, el texto en el que justamente se relata un encuentro de ambos en Granada.

Con este libro, en el que Olgoso va más allá del relato en busca de nuevas órbitas, podemos ser partícipes −quizá más que en otros− de todas las preocupaciones, intereses, deducciones y lecturas que rondan por su cabeza; es como compartir su intimidad, sus propias debilidades, sus percepciones tan peculiares, ser la cámara que graba sus movimientos internos. Si pensamos que en este trabajo pesa más la destilación de sus lecturas, hay sin embargo un buen puñado de textos en los que la balanza se inclina más a lo vivencial. Nos encontramos con una indagación profunda, un exprimir la realidad y sus posibilidades a fondo. Un equilibrio entre pensamiento y vida. Cual caballero andante, Olgoso lleva sus armas: la observación acuciosa, la maestría de sus años entregado a la escritura, las perspectivas desusadas, la sensibilidad y la sensualidad de su lenguaje. Si en sus libros anteriores, veíamos a Ángel dorando delicadamente iconos a la luz del candil de lo irreal, en esta “Madera de deriva” la luz de su candil verbal alcanza también a lo empírico.

Y agradecemos la generosidad de su mirada, que recopila para nosotros conocimientos variados: pulpa y tuétano. Dispone un cofre con leyendas, fábulas, catálogos, saberes populares o excéntricos; va tras los frutos de la cultura y de la civilización para presentárnoslos limpios y brillante, tentadores y muy bien dispuestos al paladar.

Elementos que enlazan espacios (‘Papel sonoro’), nuevos motivos de revolución (‘Espuela vana’, ‘Odiadores del silencio’), cuadros fantásticos que nos siguen interpelando (‘Besos de fantasmas’), momentos de la historia en los que sumergirnos como en una gota de ámbar (‘Tulpas’), recuento de definiciones en torno al fantasma (‘Glosario’), crónica de un viaje exótico y pasional (‘Chile en el corazón’), personajes fundadores de sociedades inéditas (‘Árbol candelabro’), la mixtura de lo extravagante (‘Asterismos de la constelación de la Osa Mayor’), la integridad en el oficio de la escritura (‘La pocilga de la facilidad’), un viaje en el tiempo sin abandonar el presente (‘Caminando sobre el mar de Tethys’), por nombrar unas pocas composiciones. Como veis, todo un mundo imaginativo, intelectual e incluso erótico late entre estas páginas. Todo un cosmos olgosiano alumbrado con esa manera tan suya: recopilatoria, colorista, vertiginosa, culta, trascendente y reflexiva.

No dejéis de leer este libro, este ‘papel sonoro’ de un escritor inmenso y fundamental que enriquecerá y ampliará la visión de vuestra existencia. Un autor, un estilista en el que los ideales y la coherencia creativa vibran y hacen vibrar a sus lectores>>.

Marina Tapia

martes, 12 de agosto de 2025

Reseña de "Madera de deriva" en Zenda por Joaquín Fabrellas

No tengo palabras para agradecer a Joaquín Fabrellas su 'invitación al laberinto' de "Madera de deriva" en la revista Zenda, su exquisita y generosa travesía por este libro híbrido:




La invitación al laberinto
Joaquín Fabrellas


<<He tardado un tiempo en leerme lo último de Ángel Olgoso. Lo digo con gozo. Toda demora abre un nuevo camino en la ingente producción literaria del autor granadino.

En este caso, además, en cada relato se encuentra la clave para ese desafío lector que se nos propone. Cada texto tiene su némesis y su clímax. Se empeña nuestro autor en plantearnos un problema, del tipo que sea, y conforme te adentras en la lectura se escucha primero esa música íntima que acompaña lo literario creando un cronotopo, una marca que quedará indeleble en el corazón lector, y después un camino de salida de la ensoñación literaria.

A diferencia de lo narrado en otros de sus volúmenes, los intereses que ahora trata el escritor tienen que ver con lo terrenal, con lo cotidiano, con aspectos que antes no había tratado en su selecta narrativa, ya que había recorrido lugares aún inexistentes, o espacios exteriores, casi acercándose a la ciencia ficción, o a reinos antiguos o ficciones aterradoras de soledad cósmica.

Sin embargo, pese a haber un cambio de registro estilístico, en este nuevo libro Olgoso sigue transitando los lugares del sueño, porque los sueños son lugares reales que existen de forma breve pero cuya memoria queda escrita para siempre.

Reúne aquí el autor treinta y cinco cuentos que colman el placer lector.

Borges dijo de Quevedo que equivalía a toda una literatura. Pues bien, leer a Olgoso, me aventuro, equivale a una clase acelerada de literatura excelente. Decanta la lectura (la lectura profunda como marca del escritor) y la metaboliza en sus relatos. Así surgen textos como “Enterradme en una nube”, en donde recuenta y trata de buscar el epitafio más hermoso entre diferentes autores predilectos:

“Ninguna vida que no se haya escrito se ha vivido de verdad”, según Gertrud Stein. O, por ejemplo: “Haced un orinal con mi cráneo”, según Joshu Joshin.

De unos epitafios nos marchamos al tratamiento del azar en los libros, en donde podemos encontrar los hápax legomena, es decir, esas palabras que solo han aparecido una vez de forma escrita en la lengua y no se han registrado en ningún diccionario porque no han existido, y solo una persona los ha encontrado.

Fulguraciones léxicas, azar que hace que nos encontremos con esa palabra entre ruinas y restos de textos antiguos. Olgoso nos propone varias en “Hápax”, una encontrada por él, la cual no desvelaré, pues pronunciarla es darle carta de naturaleza, y eso corresponde al lector curioso cuando lea este volumen.

Mientras se avanza, el autor crea un mundo en miniatura, con fronteras claras, mapas exactos de los lugares. En pocos autores se dan tan bien estos condicionantes de la narrativa: tiempo, lugar, autor, el cristal con que miramos y asistimos a esa recreación sensorial de la materia, de lo narrado, la vivificación de lo sensible.

Yo creo que Olgoso es un hacedor de laberintos, te reta a que entres en ellos y a que salgas, no lo antes posible, sino cuando el lector estime oportuno.

Yo tuve la posibilidad de quedarme en uno, en “Bálsamo de Fierabrás”: lo que parecía una referencia inerme al bálsamo del Quijote se ha transformado en todo un tratado para prevenir lo que se debe hacer para no convertirse en un enfermo imaginario, para aquellos que padecen el mal de Stendhal o padecen de hipocondría:

“[…]la literatura les permite olvidar por un tiempo la ferretería de los dolores (en acertadísima expresión de Macedonio Fernández), abstraerse de los tratamientos, postergar la mano tendida a la muerte”.

Notable es aquel relato llamado “Tulpas”, en donde se habla de los lugares que han quedado, existiendo, tras una lectura en el corazón lector:

“[…] el poeta chino Li Po, ebrio en una barca, intentando abrazar la luna en el lago; el momento en que san Bernardo, agobiado por las moscas, la excomulga y estas mueren en el acto […], algunos grandes errores literarios, el reloj de Hamlet, los leones de Kipling, la sobredosis de marihuana en “El perseguidor” de Cortázar”

En este “Tulpas” hay una especie de catálogo de alephs cotidianos que existen gracias a ese otro mundo de la lectura.

No importa el relato que escojas, porque siempre se aprende algo que queda. Procede su literatura de la reflexión, así dice en “Las montañas flotantes de Plutón”:

“El mundo que creemos visible es, en realidad, una suerte de origamis cuánticos, de capas de civilización plegadas con extrema minuciosidad, de geografías y existencias cinceladas primorosamente a golpe de códigos binarios”.

Razón no le falta. El mundo real está siendo sustituido por una copia pixelada y digital.

Prosigo. Olgoso es una fiesta, un placer escaso en estos tiempos de best sellers furibundos.

No solo es placer lector. En “La pocilga de la facilidad” también hay crítica a la literatura y a esa figura que tanto se da en los últimos años: el escritor advenedizo que no puede aguantar esa vena explosiva que le asalta cuando ve que su vida no ha significado nada y se pone a escribir las intensas experiencias sentidas mientras toma un café esa mañana:

“Si se les pregunta, todos dicen vivir para expresarse, para rescatar la poesía ahogada en el tintero […], todos saben que hay más brochas que pinceles […]. Sin embargo nadie desea el silencio, el anonimato, el desamparo inclemente”.

La literatura de Olgoso juega con los diccionarios, con las palabras, incluso se atreve con el diario personal y la correspondencia, sí, ese ejercicio estilístico que hace siglos desapareció. Convoca a grandes autores de la literatura. ¿Qué me dicen de ese encuentro con Bioy Casares, il miglior fabbro de Borges, en plena Granada y al cual apenas Olgoso se atreve a saludar, o el relato donde nos trae a Ribeyro, del que ya pocos lectores actuales se acuerdan de ellos?

A veces la excelencia está muy cerca, a tan solo unos kilómetros de casa, o a un estrechar de manos; yo los invito a sumergirse dentro de alguno de sus relatos, que encuentren el suyo y se metan dentro, ya verán qué bien se está ahí.

A veces no hay que salir de los laberintos. O que el camino de vuelta les sea largo>>.

miércoles, 6 de agosto de 2025

Reseña de "Estigia" por Rodolfo Padilla

Muy agradecido al escritor Rodolfo Padilla Sánchez por su completísima, por su excepcional reseña de "Estigia" (Eolas) en la Revista MoonMagazineMoonMagazine.



MEMENTO MORI
Reseña de Estigia, de Ángel Olgoso (EOLAS Ediciones, 2025)

Rodolfo Padilla Sánchez


    ¿Qué nos espera al otro lado? Algunos dirán que el fuego del Infierno o la luz del Paraíso, una estancia en el Purgatorio que todavía podemos reducir con el pago de indulgencias, la Daena vieja o hermosa al otro lado del Puente de Cinvat en virtud de nuestros actos en vida, tal vez tengamos que seguir al perro que nos lleve al Mictlán o esperar que la pluma de Maat no nos arroje a las fauces del terrible Ammyt. Quizás, cuando esta máquina de languidecer (en homenaje a otro título de nuestro Caronte particular) emita el último suspiro, nos encontremos con la nada, con el vacío, o regresemos reencarnados en un insecto. La muerte es, junto con el amor, un tema universal que ha supuesto el centro de las preocupaciones del ser humano desde sus orígenes, por eso la religión busca moralizar y dar consuelo, la ciencia ensaya la inmortalidad, la filosofía reflexiona sobre la esencia del ser y el arte la ha utilizado para combatir a la vanidad en épocas de crisis o para ensalzar la vida en años felices.

    Nada es seguro frente a la muerte, salvo la muerte misma. Por eso, una vez hemos sucumbido a ella y aparecemos a orillas de la laguna mitológica que nos llevará irremediablemente al Hades, es mejor tomar la mano del barquero que nos amenizará el viaje con las múltiples historias que desde su desbordarte imaginación iluminan el inframundo. 

    Ese barquero no es otro que Ángel Olgoso, quien después de Bestiario y Sideral, publica Estigia, el tercer volumen temático de sus cuentos en EOLAS Ediciones, en la colección «Las puertas de lo posible», de un total previsto de seis. Compuesto por noventa y nueve relatos, es hasta el momento el más extenso de los tres volúmenes y evidencia, como el propio autor afirmó en una entrevista para Todoliteratura.es, que la muerte es un tema que le obsesiona «porque siempre está ahí como una sombra, rodeándote sin que te des cuenta, una presencia en sordina y, cuando de pronto se repara en ella, con un escalofrío, uno se siente como perdiendo pie, como tanteando en lo oscuro». Y es que no hay mejor manera de definir la literatura olgosiana que como un vértigo en la cuerda floja, un juego de expectativas donde la sorpresa, lo inesperado, nos deslumbra o aterroriza, nos hacer sudar, reír o temblar, nos transporta a lugares lejanos en unas pocas líneas o en varias páginas nos invita a la introspección. 

    Si utilizamos una doble terminología artística, Estigia conforma a la vez un collage y un mosaico: un collage, en tanto que cada tesela (cada relato) está fabricada de un material diverso de tonos, estilos, espacio, tiempo y temas, si bien están atravesados por el protagonismo absoluto de la muerte, el cual compone el mosaico en el que Olgoso-Caronte nos conduce hacia reflexiones profundas, terroríficas aventuras, cementerios profanados, canibalismo o sacrificios rituales, a veces con ironía o con la increíble ternura o la inocencia que transmite incluso en las narraciones más crueles e inhumanas, dejando un agradable sabor de normalidad entre lo extraño y terrible de suicidios (a veces reincidentes), asesinatos perpetrados o padecidos, fanatismo sectario, guerra, coleccionistas extravagantes, los viajes eléctricos de un condenado a muerte, niños sacados de las entrañas de su madre muerta durante el funeral, una barbería de muertos o el amor entre una madre y una hija unidas por un vínculo más allá de la sangre. 

    Entre la diversidad del collage, como señala Ana María Shua en su prólogo, hay una multiplicidad de estilos, desde las frases cortas y lapidarias de relatos como «Designaciones» o «Cuenta atrás», donde logra edificar un mundo y acabar con una vida en escasas líneas, hasta los relatos más barrocos e intrincados que mejor definen su estilo, con enumeraciones caleidoscópicas que fragmentan y diseccionan la (ir)realidad para describir todas las perspectivas posibles como en un cuadro cubista, relatos oscuros con otros luminosos, contemporáneos o historicistas como en «Quauhxicalli» o «El Valle», con la influencia de leyendas y cuentos populares como en «Toque de ánimas» o el registro coloquial de un velatorio en «Jueces del valle de Josafat», la narrativa japonesa en «Fantasmas de las Cuatro Suertes» o de la china de «Wu», con cierta pretensión edificante; relatos que nos invitan a viajar a lugares lejanos como la India de «Vínculos» y «El tintero de bronce», a cometer un asesinato infinito en el cíclico «Crimen perfecto» o a apreciar la espantosa y corrupta resurrección por medio de la jardinería en «Océanos de ceniza». 

    La comunión entre brevedad y tensión narrativa se manifiesta de forma palpable en relatos como «Conjugación», un microrrelato que al parecer pone siempre José María Merino como ejemplo del movimiento interno que debe tener este género:

Yo grité. Tú torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos olvidarán.
 
Gracias a esta multiplicidad de temas, estilos y tratamientos, Olgoso logra componer un mosaico perfecto de la muerte como tema universal, donde a veces se ríe de ella o la trata con veneración o hace una desgarrada crítica social en relatos como «Introito para arpa de tendones humanos», una escena extrema convertida en alegato capaz de disuadir todo afán belicista, o «Días felices», donde una montaña se lamenta de la barbarie del ser humano, ejemplo animista del que también encontramos otros como «Los trabajos del carnicero». Pero la muerte no es solo una dama vestida de negro y con una guadaña que siega nuestras vidas y nos lleva al más allá (sea el que sea), sino también la kafkiana rutina de «Un fúnebre sabor a tiempo muerto» que hace una ácida crítica al sistema que nos empuja a la repetición cansina e irracional de estar muertos en vida, y la búsqueda desesperada de la inmortalidad en la extravagante colección de «Naglfar». Incluso hay cabida para preguntarse con qué ojos miraríamos la vida si regresáramos de entre los muertos como en «La ciénaga» o para hacer una relectura de los mitos bíblicos con el Dios caprichoso de «Alternativa», así como el riguroso cumplimiento del voto de silencio que imponen las «Novedades en el cortejo» de una cofradía en Semana Santa o cómo el hambre puede llevarnos a cometer atrocidades contra seres celestiales en «Las huellas de los pájaros en el aire», que recuerda a aquel relato de García Márquez «Un señor muy viejo con unas alas enormes», pero con un final más tremendo y que deja las mismas dudas que en el narrador y, de forma inevitable, una habitación embargada por el olor de las almendras.

    Lo más destacado de sus relatos, junto con su extrema originalidad y el humor negro de muchos de ellos, es la naturalidad y la inocencia con que Ángel Olgoso puede narrar algo tan terrible como la interpretación literal de las frases hechas de «El futuro pertenece a nuestro alumnado» o la ternura con que afronta la pérdida cargada de remordimientos de un ser querido en «Tributo», la mezcla romántica y trágica de sufrir o imaginar la muerte de la persona amada de «La muerte desordenada» o «Los simunes del deseo». Además, y como es su sello personal, manifiesta la maestría de levantar falsas expectativas desde un título desconcertante como en «El octavo día de la semana» o «El confeti de nuestras cenizas» para adentrarnos en una narración que bien nos lleva desde lo común a la espiral de felicidad macabra que culmina con una última línea impactante, o bien establecer lo extraño e inquietante como regla para romperlo con la normalidad más absoluta.

Las alusiones al arte no son gratuitas, pues Ángel Olgoso concibe su literatura como los arquitectos de la antigüedad grecorromana que buscaban el estupor; él lo consigue con una literatura que cuida el detalle hasta el extremo, manejándonos a voluntad en relatos laberínticos que nos pierden o lanzándonos un dardo certero que nos hace replantearnos hasta lo más básico de nuestra existencia, utilizando a veces un vocabulario elevado y obscuro para, justo después, cambiar a un registro coloquial y de aparente simplicidad que no menoscaba sino que resalta la variedad de un estilo tan inabarcable como la propia muerte a la que homenajea en este volumen.

    Ahora, el viaje parece acercarse a su fin cuando la barca arriba en «El purgatorio» y este autor, que durante noventa y nueve relatos se ha erigido en nuestro Caronte a través de la laguna Estigia, finaliza su obra y se dispone a descansar para toda la eternidad. Y nosotros, sin más remedio, nos apeamos con el convencimiento de que la muerte es infinita y en ella cabe hasta la inquietud, los rumores, la asfixia, la desesperación y, si ahondamos en ella, también la risa y el placer.