Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

jueves, 4 de junio de 2026

Entrevista acerca de "Holobionte" en Todoliteratura.es

Comparto con gusto esta entrevista sobre “Holobionte” (Eolas) recién publicada en Todoliteratura.es, donde hablo en profundidad acerca de este cuarto volumen de mis relatos completos, centrado en el prójimo y la sociedad.



<<-¿Qué es “Holobionte”?

Es el cuarto volumen de mis relatos completos, organizados temáticamente en seis tomos, que está publicando la editorial leonesa Eolas. Aquí he extraído todos los escritos en más de cuarenta años con referencias al prójimo y la sociedad. Quizá el título perfecto para esta obra ya lo usó para el suyo en el siglo XVIII un monje benedictino, fray Juan Crisóstomo de Olóriz: “Molestias del trato humano”. Un tomito que fue el libro de cabecera de Pío Baroja y al que volvía cada vez que era víctima de algunas de las mil refinadas formas en que nuestros semejantes tienen por costumbre incomodar a los demás, queriendo o sin querer. El título mío, “Holobionte”, es una actualización antropológica y empírica de las asociaciones y lazos de los seres humanos, de sus procesos de colaboración o dominación; remite al término acuñado por la bióloga Lynn Margulis para designar el ecosistema conformado por la simbiosis entre especies que colaboran entre sí y, al hacerlo, acaban modificando el medio en que viven. Los humanos mismos somos holobiontes: nuestro cuerpo aloja miríadas de microorganismos que cumplen diversas funciones en su propio beneficio y en el nuestro.

-¿Se trata entonces de una visión casi entomológica del fenómeno humano, dentro del cual no somos conscientes de nuestra pequeñez?

En cierto modo sí, se podría decir que en “Holobionte” he bajado al barro. Como apunta Raúl Brasca en su prólogo, y como sugiere la hermosa e impactante portada de Marina Tapia, este libro es una visión crítica de la sociedad humana. Creo que era Pla el que dijo que los sentimientos provocados por los contactos entre personas pueden llegar a tan sólidos que se podrían estudiar con la misma precisión que uno puede poner en la observación de las arañas o de las hormigas. Contempladas desde una nube, estas animosidades resultarían insignificantes si pudiesen ser vistas. Apreciadas de cerca, fastidian y molestan porque generalmente son incomprensibles. Y es que las ficciones sociales a menudo son fricciones amargas. Estos relatos tratan sobre la desconfianza en la compañía humana, sobre las misteriosas y azarosas órbitas en las que todos nos movemos y que provocan dolorosas colisiones, rivalidades y sometimientos, pero también abarcan situaciones más dulces, compañías menos ásperas o incluso gloriosas: desde textos que narran colaboración, lealtad, abnegación y amistad en distintos grados, pasando por variadas formas de amor filial, hasta un texto que describe los momentos climáticos de la pasión, de la fusión más íntima y completa entre dos personas (“Émula de la llama”). En definitiva, nos acompañamos, nos hacemos daño, nos amamos mientras intentamos responder nuestra pregunta primordial: ¿estamos vivos antes de morir?

-Imagino que, al igual que los tres primeros volúmenes, “Bestiario”, “Sideral” y “Estigia”, continúa aquí esa diversidad de registros estilísticos, de escenarios, de épocas, de voces y miradas que es una de las marcas de la casa.

Desde luego. No es sólo que me apasione la versatilidad, la exuberancia de formas, que disfrute contemplando la realidad desde distintas perspectivas o haciendo cabriolas, es que pienso que todo ello enriquece la lectura. En cualquier caso, esa pluralidad está al servicio del tema de “Holobionte”, el de sacar punta a la condición humana, al cíclico teatro de la vanidad, la estupidez y la crueldad de los hombres. En ese espejo incómodo y nada complaciente hay miradas irónicas acerca de ella, sarcásticas, terroríficas, tiernas, implacables, cómplices o esperanzadoras. Es un caldero donde hierven los sentimientos, la fatalidad, las luchas de poder, los encontronazos de unos contra otros como carneros salvajes, los protocolos hipócritas, las miserias, las vilezas, las humillaciones, pero también las entregas desinteresadas. En muchos de sus relatos, la inocencia y la singularidad de los protagonistas se ven amenazadas por el carácter despótico del prójimo o por la brutalidad de las instituciones. He intentado mirar la naturaleza humana no sólo con su patetismo, sus prejuicios, incoherencias y servilismos, sino también con sus grandes cualidades, su constancia, entusiasmo o solidaridad. Por estas páginas pasean misántropos, solipsistas, vecinos inquietantes, padres e hijos, máscaras y dobles, tribus y corporaciones, revoluciones y reconciliaciones, ceremonias grupales, guerras civiles, veladas absurdas, historias de amor y desamor.

-Para Cioran, de cuyo pensamiento usted parece sentirse tan cerca, la humanidad es un experimento fallido, y él arrojaba su odio absoluto contra el mundo entero.

Supongo que, además de la filosofía pesimista de Schopenhauer y de la nihilista de Cioran, también ha influido en mi visión crítica y sombría del ser humano el gusto por el Romanticismo Negro, el Simbolismo o el Decadentismo. Pero es difícil -sobre todo en momentos como estos- no ser pesimista y pensar que la historia de la humanidad es la historia de sus guerras, que todavía no puede pensar en sí misma como ‘humanidad’, que tiene aún una constitución tribal, y que dirime por tanto con guerras las diferencias entre tribus. Según el biólogo E. O. Wilson, hemos creado una civilización de la Guerra de las Galaxias, con emociones de la Edad de Piedra, instituciones medievales y tecnología que parece de dioses. Para Einstein, tres fuerzas gobernaban el mundo, la estupidez, el miedo y la avaricia. Pla consideraba la entrada en nuestra vida de otras personas, con su agitación, una de las causas más profusas y perennes de dolor. La teoría de que el hombre es un ser espiritual y moral le parecía grotesca, y creía que el hombre, con sus cosas inherentes a la animalidad humana, no es más que lo que es en cada momento. Albert Caraco, en su Breviario del caos, apunta que “los hombres se hacían la guerra por la posesión del suelo, mañana se matarán mutuamente por la posesión del agua; cuando el aire nos falte, nos degollaremos con el fin de respirar en medio de las ruinas. El exterminio será el común denominador de las políticas por venir. No subsistirá isla en la que los poderosos puedan ocultarse al infierno general que nos preparan, y el espectáculo de su agonía será la consolación de los pueblos que extraviaron”. Para Salvador de Madariaga, los hombres en general eran malos, bichos de naturaleza perversa, y lo que habría que esforzarse por obtener sería que hicieran el menor daño posible (¡convendría incluso procurar que durmieran cuanto más mejor, porque no cometen fechorías cuando duermen!). Según H. G. Wells, ningún camino intermedio se abre ante la humanidad: o se eleva o se hunde. Y, en un reciente artículo, Vila-Matas recuerda que el cerebro humano consta de una pequeña parte, ética, racional y todavía muy pequeña, y de una enorme trastienda bestial, territorial, cargada de miedos, irracionalidades e instintos asesinos. En definitiva, habrá que tener mucha paciencia para este largo viaje a la civilización. Mientras tanto, resulta de lo más tentador pensar que el ser humano no tiene remedio, que seguramente nos vamos a extinguir como los dodos. Como mínimo, la sociedad del futuro será -es- una esclavitud sin amos.

-¿Hay algún relato por el que sienta especial predilección en esta recopilación?

Curiosamente, “Holobionte” contiene el que considero el mejor relato que he escrito nunca, “El síndrome de Lugrís”, el más extenso, con el que he descrito un síndrome nuevo o, al menos, le he puesto nombre a algo que no lo tenía: para mí fue como mi propia subida al Everest, un esfuerzo titánico que me consumió ocho meses de escritura y de vida en mi humilde búsqueda de la excelencia literaria. Tardé tanto porque me exigió una mayor extensión para hacer verosímil el descenso a la locura del personaje, Manuel Lugrís, que siente, en mitad de una calle atestada, un momento epifánico pero terrible (la regularidad de todos los rostros humanos, el demonio de la simetría, la pesadilla de la repetición de los rasgos físicos de la especie) que acaba llevándolo a la locura. Vivimos en la conciencia de un único yo, que cada uno de nosotros se cree el centro del mundo -algo lógico, producto de la tiranía de nuestra conciencia individual y de las vivísimas sensaciones físicas proporcionadas por nuestro cuerpo-, cuando no somos más que integrantes anónimos de las infinitas arenas de una playa. Durante cuatro décadas he escrito relatos que son una visión de conjunto de la especie, otros que aplican a los seres humanos una lente de aumento, y otros que podríamos llamar bifocales, donde se alternan las dos perspectivas. Me gusta pensar en “El síndrome de Lugrís”, y en todos los demás textos que integran “Holobionte”, como ventanitas desde las que asomarse a las simas de la condición humana, desde las que preguntarse quiénes somos y cuál es nuestro lugar en el universo. Las experiencias, las relaciones, los sueños, los vínculos que nos unen y los rencores que nos separan, destilado todo ello por medio de la alquimia de las palabras, permiten singladuras únicas a cada lector, viajes siderales al fondo de cada uno donde descubrir que no somos más que polvo de estrellas.

-¿La relación más radical de todas es la que se establece con los otros?

Sin duda. Somos, dentro de nuestro entorno social, como esas moléculas que nos conforman y que interactúan en un espacio vacío tridimensional, como bolas de billar en manos del azar: basta un roce con otra para salir disparada hacia otro rumbo. Más que el resultado de determinadas circunstancias, lo somos de la confrontación con ciertas circunstancias. Kafka decía que las organizaciones humanas no son agua que se puede pasar de un vaso a otro, pero en todas partes ocurre que para que unos estén contentos otros tienen que no estarlo. Existen interacciones entre personas que se asemejan a las relaciones entre objetos (las bolas de billar no se encuentran, chocan), sin embargo a veces ocurren verdaderos encuentros, justo cuando un alma toca otra alma. Hay de todo. Algunos semejantes son como las epífitas del bosque pluvial: plantas que crecen en otras plantas, sobre todo en árboles, gracias a su soporte, su trabajo, su buena voluntad y su inocencia. Sin eso no sobrevivirían porque no tiene raíces en el suelo. Otros, sin embargo, son como los líquenes, un ejemplo de que la colaboración es transformadora. Pero todos vivimos en una red natural donde los seres vivos dependen unos de otros para sobrevivir y mantener el equilibrio en los ecosistemas de la Tierra. Los humanos somos en definitiva como los microorganismos de un sistema intestinal, y me temo que nuestra microbiota está enferma y necesita urgentemente probióticos: respeto, comunicación, empatía, cooperación, bondad, cortesía, concordia.

-A diferencia de los tres primeros volúmenes de sus relatos completos, en “Holobionte” parece haber una mayor cantidad de microrrelatos.

Ahora que lo señala me doy cuenta de que es cierto que en esta agrupación predominan los relatos bastante breves. Al tratarse de una recopilación de cuarenta años de escritura (aunque las narraciones no están extraídas en orden cronológico), conviven en “Holobionte” distintos registros y distintas extensiones, desde el microrrelato de una línea hasta el relato más largo que he escrito jamás (“El síndrome de Lugrís”). Ha sido una coincidencia, provocada quizá por el tema mismo del volumen -el cruce entre individuo y sociedad- y por el pudor a la hora de tratar ‘in extenso’ el rumor de la colmena humana, el eterno y delicado problema de la incomprensión de los seres, de sus complejísimas relaciones. En cualquier caso, pese a esta puntual abundancia, mis relatos siempre se han movido -paradójicamente- entre la concisión y la precisión y la exuberancia de detalles. Y siempre me he plegado por completo a las exigencias del texto, independientemente de la extensión. La soberanía de la historia es sagrada, no se puede forzar, ni podándola ni hinchándola.

-La violencia hacia el otro es una de las actitudes más presentes en los relatos de “Holobionte”.

Totalmente de acuerdo, hay numerosos ejemplos de relatos centrados en luchas de poder o de roles, sometimiento, humillación, ambición, crueldad, etc., en toda esa violencia que está instalada en cualquier estrato de la sociedad, ya sea de manera difusa o explícita. Annie Dillard lo dijo con ironía: “Testimonios de los expertos lo confirman: ahí afuera las pasan canutas, con la mitad de las criaturas intentando escapar de la otra mitad”. O comes o eres comido. Todos tenemos algo de monstruo y, por tanto, en algún momento todos podemos ser un monstruo para otros. No hay más que recordar las toneladas de sufrimiento que los humanos hemos sido y somos capaces de infligir a otros humanos, esa invasión tan perturbadora y persistente de la barbarie. No hay más que ver cómo nos acaba afectando a todos la mala cabeza y las malas intenciones de unos pocos o de muchos de nuestros semejantes. Parece que estamos tocando fondo, que vivimos en un mundo sobresaturado de falta de empatía y de crueldad, sobre todo por parte de unas élites depredadoras, avariciosas, sin escrúpulos, y de ovejas que balan jaleándolas, cada vez más asustadas y descerebradas. Resulta descorazonador. Nunca acabas de conocer por completo al otro. Exceptuando a esas raras criaturas que consiguen ser felices, o esa parejas que está milagrosamente conectadas como palomas mensajeras, muchas personas, para no sentirse defraudadas o traicionadas, prefieren la soledad a sufrir compañía; en un primer momento puede ser un poco áspera, pero luego -si es elegida- puede llegar a ser algo maravilloso, sereno y enriquecedor.

-Para terminar ¿es posible en su opinión una manera civilizada de convivir?

Es imprescindible. Las relaciones humanas pueden y deben ser motivo de cordialidad. Hay mucha más gente comprensiva que tiznada de crueldad. Cada ser humano me parece un milagro, decía Julián Marías. Habría que hallar el valor extraviado de las palabras, de escuchar y contar, de sentir compasión, de recuperar nuestra humanidad. Puede que el verdadero encanto de la existencia resida en la belleza de darse a los demás. Recordemos el lema humanista de la Institución Libre de Enseñanza: “Todo lo sabemos entre todos”. Puede que, después de todo, no sea el prójimo el más experto de los torturadores, sino uno mismo. Pero nada de esto será posible hasta que se imponga por sí sola la forma más noble de inteligencia, la empatía, esa apertura del corazón, esa capacidad de ponerse en el lugar del otro. Hasta que dejemos de estar separados por las fronteras de la mente; a un lado el respeto y el pudor, y al otro el abuso, el dominio o la barbarie. Y es que el mal y la fealdad ya se cuidan solos, son el bien y la belleza los que necesitan de nuestros cuidados.>>


miércoles, 3 de junio de 2026

Feria del Libro de Zaragoza

Días de libros, de amistad y de garnacha en Zaragoza. Muy agradecido a todos los viejos y nuevos amigos (con especial cariño para Carlos Manzano, Alfredo Moreno, Jose Antonio Lozano, Ana Alcubierre, Miguel Ángel Ordovás, la maravillosa ilustradora chilena Alejandra Acosta o Antonio Sancho que se desplazó expresamente desde Logroño con su pareja) que nos acompañaron en la caseta de Libros del Innombrable este domingo en el impresionante parque José Antonio Labordeta. Mil gracias a mi heroico editor el escritor Raúl Herrero Herrero, paladín de la heterodoxia, con el que comparto afinidades y pertenencia al Collège de Pataphysique, y naturalmente a Marina Tapia por las fotitos.













Reseña de "Holobionte" por Marina Tapia

Un honor que sea Marina Tapia la que abra fuego sobre “Holobionte” (Eolas Ediciones) con esta magnífica, completísima reseña publicada en la revista CaoCultura:


<<”HOLOBIONTE”: UN INTENSO VIAJE A LA ESENCIA HUMANA.

El prójimo puede ser encantador, pero también puede mostrarnos su cara más oscura. En un mundo donde todos colindamos, en este hormiguero, en este avispero, en este mar de cuerpos que chocan, es difícil no crear ciertas distancias, reparos, fobias, rechazos o antipatías hacia los otros. Pero la soledad absoluta tampoco es el antídoto. Necesitamos hermanos −para bien o para mal−, necesitamos ser piña, manada, rueda engrasada que hace girar el mundo. Necesitamos contacto físico, ser emisores y receptores: es parte de la herencia que nos han dejado generaciones anteriores. Nuestra fuerza como especie está en la comunidad. Sí, todos estos argumentos los sabemos y están sembrados profundamente en la tierra de nuestra educación, en los acuerdos tácitos y por escrito, y en diversos papelorios. Pero, el prójimo es una cruz, cargamos a los demás (que pesan como un muerto) sobre nuestra espalda a duras penas. Oídos, vista, olfato se resienten y erizan frente a la modulación de nuestros iguales. La resistencia interna, el mundo espiritual y el soliloquio no siempre forma una coraza. Somos débiles. Nos volvemos dependientes de familiares y compañeros, y queremos decir: "La libertad, Sancho…" pero caemos en los lazos y en las uniones, en el eslogan de las manos unidas y de las cadenas humanas ‘que todo pueden lograr’.

"Holobionte", de Ángel Olgoso (el cuarto volumen de ese anaquel de tesoros que son sus cuentos completos y que tenemos la fortuna de que esté publicando la editorial Eolas), muestra todo esto a la perfección, y refleja con excelencia la tirantez de esas órbitas en las que vive el hombre desde que nace. Este libro pone palabras a tantas emociones complejas y sutiles relacionadas con el edificio social. Nos sentiremos reflejados en él, nos reiremos de nosotros mismos gracias al delicioso e inteligente sarcasmo que el autor acuña. Encontraremos un relato y una expresión precisa para cada comportamiento humano. Es difícil no caer rendida ante todas las historias aquí planteadas, cuentos que son un muestrario amplísimo de situaciones, fieles retratos del Homo Sapiens. Un libro redondo como los anteriores volúmenes temáticos, "Bestiario", "Sideral" y "Estigia", más lúcido y necesario que nunca en estos días en los que amamos y aborrecemos a la humanidad casi por igual (inclinando la balanza, en numerosos momentos, hacia lo segundo).

"Holobionte" es un intenso viaje a la esencia humana. El libro se abre magistralmente con "Hispania I", relato que, con una ironía y maestría únicas, nos habla de las fricciones entre dos caracteres opuestos: el ser indolente que se deja llevar por sus impulsos primitivos y desenfrenados, frente al ser comedido y educado que intenta encajar recatadamente en la sociedad. Esa lucha de dos posturas, de dos fuerzas opuestas tan habituales, vale como acertada obertura de lo que encontraremos después. El narrador sigue avanzando por esta colección de piezas perfectas con relatos cortos unidos bajo la idea de la familia y de las distintas edades y etapas de la vida. Familia: ese primer espacio emocional donde experimentamos la colisión con los demás. Nos deleitarán "Perspectiva" (retratando la figura del padre), "La mujer transparente" (pintando los desvelos de una esposa), o "Reconciliación" (mostrando vivamente la soledad de una anciana). Ángel Olgoso es un maestro capaz de −en poquísimas líneas− mostrar arquetipos y patrones habituales. Pero también hay espacio en este libro para fundir lo humano con el mundo natural, como es el caso del bellísimo texto "Las nubes", con ese final tan potente: "disipándose en perezosos despojos de muselina, olvidadas, como nosotros". Entre sus páginas el autor da voz también a los afligidos, a los castigados por el egoísmo y la crueldad extrema de los otros, como en "La travesía", "El descanso de Sísifo", "El misántropo", "Caballeros de los puentes" o, sobre todo, "Perlas de Indra" que, doloroso y hermoso a la vez, da muestra de un terrible desgarro moral y luego, en otro plano dimensional, de una benéfica justicia poética. Y hay espacio para el sentimiento amoroso, por ejemplo en "Venablos", "Émula de la llama" (ópera pasional con distintas arias de erotismo explícito ordenadas alfabéticamente), "La fortaleza" o "El solipsista". Potentes narraciones, lejos del cliché del romanticismo fácil y almibarado. Quedan reflejados los habituales conflictos vecinales (que todos hemos sufrido por desgracia) de una forma dinámica, humorística o descarnada en relatos como "El tendedero", "El prójimo", "El misántropo" y "Huéspedes". Ángel se extiende a los de orden colectivo o mundial como en "Vidas privadas", "Anfiteatro", "El tabernáculo", "Hispania II", "La corporación" o "El mensaje". Interesantísimos textos epistolares "Las espuelas y la carne" y "Carta al hijo", texto que da voz al padre de Kafka, una genial vuelta de tuerca a la célebre misiva kafkiana y a la metamorfosis. En ella se muestra el el reverso paterno, ese sinsabor del progenitor al no ser comprendido por su hijo. También hallaremos la extrañeza ante un otro distinto, desconocido y amenazante ("Flores atroces") o el ser humano repetido como un patrón monótono hasta la saciedad ("El síndrome de Lugrís"). Y esa visión poética −unida a la extrañeza− tan frecuente en la obra de Olgoso, nos llevará a una especie de éxtasis sensorial, a un rapto, como cuando nos dice: "El tuétano de cada uno de mis huesos comenzaba a licuarse. La pura evidencia y el estupor me mantienen paralizado desde entonces. Solo sé que tengo ojos y veo. Y ayer me vi a mí mismo alejándome calle abajo". Maravilloso el texto "Okitsu", encarnando al hijo que ve a su padre en toda su dimensión, con una valoración tan desusada: "No soy más que mi propia, nimia y atolondrada creación floral. No soy más que la flor que brotó, para apartarse, del tronco seco de mi padre. No soy más que la imperfección voluntaria que requiere un jardín, la impureza exquisita de un paisaje, la limitación, lo inacabado".

Mención especial merece el relato más largo del volumen: "El síndrome de Lugrís", una portentosa y emocionante historia, la obra más extensa escrita por el autor entre sus setecientas piezas, y su preferida a juzgar por las declaraciones de Ángel. Canto a la amistad ungida del brillo esmerilado de palabras gallegas. Esa contraposición de la indefensión del personaje principal y de la sobreprotección de su amigo hiere como una estocada. La relación entre Manuel y Ramón nos dejará huella. El ‘demonio de la simetría’, de la repetición del molde humano, es el que desencadena el delirio. Y cómo no deleitarnos con la constelación de detalles, con la riqueza estilística de las enumeraciones y con las vivísimas caminatas a través de la geografía gallega. "No era miedo, insistía; como si se le hubiera activado una facultad desconocida, le dolía de golpe, y hasta la náusea, la concordancia general de los rostros de todos los hombres y mujeres más allá de épocas o razas, la sofocante proliferación de ese molde". "Siempre había tenido la certeza de que la vida estaba llena de imposturas, de miserias que ‘afogan e non matan’, de pequeñas vejaciones infligidas por el prójimo que se sucedían en vaivenes sin interrupción, en cúmulos de mayor o menor magnitud", "mientras siniestramente, por las galerías del edificio, por los caminos y ciudades del mundo, pululan y se propagan sombras provistas de cabezas, de cabezas todas iguales, de piernas y brazos iguales, sombras simétricas con las mismas extremidades duplicadas, el mismo paso alterno de las piernas y el mismo balanceo alterno de los brazos, huestes espectrales, dispersos ejércitos de insectos zancudos transportados de aquí para allá con feroz y marcial ansiedad". Es de celebrar que Olgoso haya inventado un síndrome nuevo, sustentado clínicamente de forma verosímil y que sienta un precedente acerca de este sofocador descenso a la locura (¿o a la lucidez?), de esta multiplicación clónica a la que cada vez estamos más abocados, de este futuro cada vez más estándar en todos los rincones del planeta.

El libro termina con un microrrelato brillante, "Cuento de horror", que en sólo dos líneas perfila y sintetiza el conjunto: "Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano". Y tal como destaca Raúl Brasca a esta visión crítica de la sociedad humana en su preciso prólogo: "Si algo caracteriza a ‘Holobionte’ es su exuberancia, en el mejor sentido. A todos los aspectos −temáticos, procedimentales, estéticos− puede aplicarse el término. Aplicado al lenguaje, hay que decir que tiene protagonismo, pero su frondosidad no es ornamental. Se trata de un lenguaje barroco y potente, capaz de alcanzar niveles expresivos muy altos, gracias a su precisión y belleza. Quiero decir que sirve bellamente a la historia que cuenta y, que aun siendo protagonista, nunca se pone por delante de ella". Sí, es el lenguaje en estado puro el culpable de esa fidelidad y de esa adicción nacida en los lectores que rápidamente nos volvemos ‘olgosianos’, el lenguaje con sus atmósferas y sus arpegios reconocibles en cuanto llegan a nuestros oídos, como ocurre con artistas como Miró o Remedios Varo.

Tras la relectura de este fabuloso libro, siento que se prende en mí la belleza, la indagación honesta, la búsqueda de la pulcritud y la justedad de las palabras, siento que puedo ver la humanidad transparentada. Todo lo que no encuentro en otros autores lo hallo en Olgoso: esa independencia, esa integridad, esa falta de complacencia, ese compromiso insobornable con el lenguaje. Ya se ha dicho tanto acerca de su escritura, que mis sencillas palabras son sólo un apunte entusiasta pero sincero. Seguro se perderán. Pero esta reseña ha nacido de la admiración y la gratitud hacia otro libro magnífico de Ángel.>>

miércoles, 13 de mayo de 2026

Reseña de “Holobionte” y “Madera de deriva” por Pedro Bohórquez Gutiérrez

Comparto la generosa, certera y pormenorizada lectura personal que Pedro Bohórquez Gutiérrez publica en el magacín TriplEnlace de mis dos últimos libros publicados, “Holobionte” (Eolas) y “Madera de deriva” (Libros del Innombrable).



<<“Holobionte” es el primer libro de relatos que leo de Ángel Olgoso. Granadino, de Cúllar Vega, el autor está reputado como sólido referente en el panorama del relato breve en lengua castellana, con más de una veintena de libros publicados.

Hasta ahora solo conocía de Olgoso los microrrelatos incluidos en dos importantes antologías de lo que se ha dado en llamar «el cuarto género»: la exhaustiva y completa “Antología del microrrelato español (1906-2011)” (ed. de Irene Andrés-Suárez. Cátedra. Letras Hispánicas) y la más específica “Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica” (ed. de Antonio Serrano Cueto, Menoscuarto Ediciones). En esta, como en la anterior, las «historias mínimas» de Ángel Olgoso y otros autores de su generación conviven con las de los grandes maestros (Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Juan José Arreola, Augusto Monterroso o Marco Denevi) de un género que no es una invención reciente como pudiera hacer creer tanto el auge actual de su cultivo y su proliferación como el desconocimiento de la tradición de una concepción «hiperbreve» del relato que no por haber sido considerada, injusta y erróneamente, «menor» es menos antigua, y de tanta raigambre y exigencia que la de sus hermanos mayores, el cuento o la novela.

“Holobionte” (Eolas Ediciones, 2026) es el último libro de su autor. Su lectura, una experiencia gozosa y un auténtico festín literario, ha ido precedida en mi caso de la de otro libro de Olgoso, de difícil clasificación, “Madera de deriva” (Libros del Innombrable, 2025), donde ficción y realidad, reflexión y poesía se funden y confunden en una amalgama coherente y feliz. Sus textos están a caballo entre el ensayo breve y el artículo, la crónica –viajera, en varios casos– y el poema en prosa, pues de todo hay en la obra, jubilosamente revuelto.

Podemos rastrear, además, en “Madera de deriva”, diseminada por sus textos, toda una «poética» en la que el autor expone su concepción de la literatura y de un género, el cuento en todos sus formatos y fórmulas, al que hasta ahora Olgoso ha prestado una especial, aunque no exclusiva, atención: también es poeta en verso, y de ello hay muestras en el libro “Holobionte”.

A falta de un decálogo del «perfecto cuentista», como el que el gran Horacio Quiroga pergeñó o el que otro señero cultivador del género, Julio Ramón Ribeyro, dejó en su introducción a la recopilación de sus cuentos completos “La palabra del mudo”, podemos rastrear en “Madera de deriva” las líneas maestras con las que concibe el oficio de contador de historias del autor granadino.

No sé si Ángel Olgoso habrá inventado su propio decálogo, como recomendaba Ribeyro, pero tengo la impresión, dada la variedad de registros y de tonos de sus relatos, que se atiene al consejo con que el peruano remata su personal decálogo: la transgresión regular de cualquier conjunto de preceptos, incluido el propio.

Traigo, a continuación, una cita del autor de la que puede extraerse una poética, amplia y versátil, del género breve, ya sea cuento o historia mínima:

..nadie recela de que contar historias sea sanador para el alma; de la imaginación como cartografía, como modo primigenio que tiene el hombre de entender el mundo, de sentir la evanescencia de lo real a pesar de sus sólidos contornos; de que la inclinación por las imposibilidades, de que el deleite por lo estrafalario, por lo peregrino, por lo ocioso, por la ensoñación en suma –con su caos liberador, su vuelo liviano y titilante a través del espacio y el tiempo– son una pulsión atávica, un placer innato e irrenunciable….
(Asterismos de la constelación de la Osa Mayor, pág.89)

Esta otra cita, extraída de ‘La lentitud del meteoro’, otro de los ensayos de “Madera de deriva” pone de relieve la apertura del autor a lo inefable y peregrino, hacia lo fantástico e imaginado o soñado, hacia la fértil, feliz e insospechada «ocurrencia», donde la observación va de la mano, en perfecto equilibrio, de la invención, llena de resonancias y correspondencias secretas, como maneras o vías de abordar y penetrar en el misterio del existir y de la experiencia humana en toda su amplitud:

Ya que la creación es la más extrema de las experiencias humanas (un desdoblamiento que satisface el hambre de irrealidad, esa necesidad tan antigua como comer o adornarse), quizá no haya que despreciar nunca lo que de carácter sagrado tiene la escritura, de poder fáustico, de atención dirigida a lo inefable; quizá únicamente desde la invención pueda explicarse lo vivido; y tal vez no deba escribirse solo sobre lo que se sabe sino también sobre lo otro, como quería Felisberto Hernández. Es por eso por lo que la exigencia con la que ha sido forjado un libro, por lo que el relieve de una prosa matizada, verdaderamente humana, inolvidable, capaz de impregnar la sensibilidad de los lectores, el fulgor de una forma que tenga fuerza y la singularidad para durar, o la tenacidad de un escritor que asume el riesgo de dejar su impronta en cada párrafo, contrastan notablemente con esa literatura levantada con el adobo de simples conocimientos formularios, con una sarta de anécdotas inteligibles y corrientes, con una poesía informe, difusa y banal.
(Pág. 177)

Su alejamiento de la escritura roma, pedestre por adocenada y predecible, y su autoexigencia estética como escritor, su inclinación y gusto (contagioso) por la palabra y la expresión precisas, capaces de nombrar lo más difícil sin traicionarlo y banalizarlo, están aquí, en esta lúcida declaración de principios extraída de “Madera de deriva”:

…escribir bien deviene un acto profundamente moral donde estética y ética se confunden.

Porque, como afirma y matiza más adelante el autor de “Holobionte”,

…no basta con que algo pueda ser leído con agrado, sino sentir que la llama creativa ha ardido al rojo vivo. Lo menos a que está obligado un creador es a hacer las cosas de la mejor manera posible, con paciencia y con recogimiento, con minuciosidad y moroso esmero, con palabras hechas a medida, sin atajos y sin expectativas, poniendo toda la carne en el asador, como uno de esos ígneos cuerpos estelares que atraviesan cuidadosa pero decididamente el espacio hasta colisionar con el otro que les estaba destinado (el lector, en este caso).
(Pág. 177)

De “Holobionte” puede afirmarse lo que el propio Olgoso dice de la obra “Prosas apátridas” de uno de los dos maestros del cuento hispanoamericano a quienes homenajea en sendos retratos literarios, impagables para sus admiradores y que incluye “Madera de deriva”, ‘Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro’ (el otro va dedicado a Adolfo Bioy Casares, con quien narra un encuentro, bajo el título de ‘Los secundarios’): una vez que el lector se «instala» en sus páginas «ya se ha suscitado la devoción». No encuentro mejores palabras para expresar mi experiencia lectora de “Madera de deriva” y “Holobionte”.

El término ‘holobionte’ procede del campo de la biología y designa la asociación simbiótica entre macroorganismos (animal o planta) y microorganismos. El título podría interpretarse como una referencia al equilibrio entre especies que colaboran entre sí y también como una referencia al ser humano, puesto que su cuerpo presta albergue a microrganismos en un intercambio de beneficios mutuos. El significado de ‘holobionte’ podría abarcar también a la sociedad humana donde únicamente, y gracias al apoyo mutuo al darse recíproco uno al otro, puede desarrollarse y prosperar la vida del hombre. Sin embargo, desde el primer relato hasta el último –con excepciones– se pone de relieve el sentido irónico del título, tal como advierte el prologuista Raúl Brasca.

Esa relación simbiótica que en teoría es consustancial al ser humano aparece cuando no amenazada (‘Perspectiva’, ‘Hispania II’, ‘Huéspedes’), llena de fricciones y desequilibrios (‘Hispania I’, ‘La travesía’) o se presenta rota, como un claro aplastamiento del ser indefenso e inocente por la fuerza bruta y la maldad (‘Perlas de Indra’, ‘El prójimo’), o del individuo inerme ante el monstruo del poder deshumanizado y corrompido (‘El lobo viejo de las desgracias’, ‘El tabernáculo’, ‘La corporación’, ‘Contratiempos’). A veces, es la propia conciencia del individuo escindido el escenario donde se confrontan los impulsos contradictorios desatados por el equilibrio roto de la simbiosis entre el individuo y los otros (‘El síndrome de Lugrís’, ‘Claudicación’, ‘El hombre bifurcado’, ‘Amargo’, ‘Laconismo’).

Las vías para escapar del choque con el prójimo, de la infelicidad y del dolor se muestran cegadas y ni la memoria y ni el apartamiento sirven (‘Será como si no hubieras existido’, ‘El misántropo’, ‘Curso acelerado de filantropía’, ‘Cuento de horror’). Hasta el amor de pareja parece marcado por el desencuentro (‘La mujer transparente’, ‘Venablos’, ‘El solipsista’, ‘Ultima necat’, ‘Doxografía’). El mal y la desgracia se ciernen sobre el hombre como una fatalidad contra la que la acción evitadora está condenada al fracaso (‘Dones’). Con todo, en este panorama desolador, la ironía y el soterrado humor, la poesía y el poder de la palabra abren brechas por las que asoma la compasión (‘Perlas de Indra’), el perdón (‘Carta al hijo’), o el amor en sus variadas facetas (‘Okitsu’, ‘Émula de la llama’) y la armonía de la simbiosis parece restablecerse, y el «holobionte» del título cobra su sentido exacto. El darse mutuamente ofrece sus frutos: «tu firmamento es mío, mi firmamento es tuyo», expresa el narrador, transmutado en poeta, en el largo y torrencial poema de amor que, con el título ‘Émula de la llama’, tomado del poema que a la rosa dedicó el poeta barroco sevillano Francisco de Rioja, se abre pasada la mitad del libro. Olgoso combina verso y prosa en este poema, que, en cierto modo, contrasta con el laconismo y la condensación que impone la brevedad del cuento y la historia mínima. Sus enumeraciones exhaustivas y exuberantes, y sus poderosas imágenes arrastran al lector en este caudaloso poema barroco de amor.

Otro texto, un cuento largo y de apariencia realista, ‘El síndrome de Lugrís’, sirve también de contrapunto en el conjunto, formado por sesenta y cinco «relatos» de formatos diversos en los que predomina el microrrelato (alguno de apenas dos líneas como este ‘Cuento de horror’: «Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano») o el cuento corto.

Si nos atenemos a la clasificación temática que en unos de sus títulos (“Cuentos de amor, de locura y de muerte”) hace Horacio Quiroga, ‘El síndrome Lugrís’ entraría de lleno entre los cuentos de locura. A diferencia de lo que ocurre con ilustres antecedentes, como en ‘El hombre de la multitud’, ‘El gato negro’ o ‘El corazón delator’, de Poe, o en ‘El Horl’a del otro gran padre de la cuentística moderna, Guy de Maupassant (dejo aparte a ‘El licenciado vidriera’ de Cervantes), aquí no se nos hace partícipe a los lectores del proceso que lleva a la locura mediante el uso de una primera persona narrativa que nos instala en la mente perturbada del protagonista por ser desde su perspectiva desde la que se narra, sino que se recurre, en un arriesgado «más difícil todavía», al narrador testigo. Sin embargo, no por ello el resultado es menos inquietante, angustioso y perturbador. Al contrario. El autor nos enfrenta ante el misterio de la locura y la angustia que suscita más allá de explicaciones racionales. Nos pone, sin recurrir al artificio ya explotado por otros de contar desde dentro las etapas, frente a frente ante la locura y su misterio descarnados, en crudo, tan difíciles de explicar (aunque la ciencia esté en ello) y de comprender. Como todo lo que rebasa los parámetros de la razón y la lógica, la locura suscita angustia y miedo, y el autor sabe convocarlos. De resultas de esa convivencia tan estrecha y afectiva que el personaje narrador –el cuento también puede leerse como un homenaje a la fidelidad en la amistad– mantiene con su amigo perturbado, la visión delirante de este impregna y se mezcla con su angustia y miedo propios, y tememos que también se apodere de él, y de paso que prenda en nosotros, los lectores. Es un cuento de terror sin paliativos, con fantasmas interiores.

Las referencias geográficas y la ubicación en lugares concretos propias de un cuento realista –tan raras en un conjunto de relatos donde el espacio es inventado o mítico en la mayoría de los casos, siempre difuso e inconcreto–, acentúa por contraste la sensación de extrañamiento que suscita el relato del lector. ‘El síndrome Lugrís’ discurre en una Galicia donde las nieblas parecen haber sido disipadas por la alegría de vivir. Otra excepción en la que el espacio se concreta es el cuento largo Amargo en el que las calles y los bares de una Granada nocturna son el escenario por el que el protagonista arrastra su soledad radical en su bajada al infierno.

La intertextualidad es otro atractivo del conjunto. ‘Carta al hijo’, imaginada respuesta a la famosa ‘Carta al padre’ de Frank Kafka, propone otro final en un juego de espejos para la amarga ‘La metaformosis’. ‘El misántropo’ es una genial y humorística variante del «enterrado vivo» de Edgar Allan Poe. ‘Okitsu’, por delicadeza y su rosa alada recuerda a los maestros japoneses. El argumento de ‘Determinación’ parece condensar el argumento de ‘La bien amada’ de Thomas Hardy. ‘El solipsista’ podría pasar por una página arrancada de “Rayuela” y un homenaje a Julio Cortázar.

El lector que se adentre en las páginas de “Holobionte” podrá encontrar muchas sugestiones y diferir (por supuesto) de mi personal lectura. Como ocurre con la buena literatura, “Holobionte” puede leerse muchas veces –es aconsejable– y no se agota en una sola lectura. El placer está garantizado en cualquier caso>>.

ALGUNAS CITAS
De «Madera de deriva»

El límite indistinguible del silencio y de la luz…
(Pág. 72)
  …un estado de exaltación muda, una epifanía, un punto exacto pero localizado, un kairós, un intervalo oportuno y decisivo, un instante bellamente herido, un gozo sensual, una delicadeza difusa, sin materia. Era como si las manchas de luz tintinearan y los sonidos centellearan durante aquel lapso…
(Págs. 78/79)
…nadie recela de que contar historias sea sanador para el alma; de la imaginación como cartografía, como modo primigenio que tiene el hombre de entender el mundo, de sentir la evanescencia de lo real a pesar de sus sólidos contornos; de que la inclinación por las imposibilidades, de que el deleite por lo estrafalario, por lo peregrino, por lo ocioso, por la ensoñación en suma –con su caos liberador, su vuelo liviano y titilante a través del espacio y el tiempo– son una pulsión atávica, un placer innato e irrenunciable…
(Pág. 89)
…cuánta violencia, ambición, vanidad y pleitos, aparatosamente y para nada.
(Pág. 94)
Hacer del mundo un lugar decente para todos, ya que únicamente nos llevaremos lo que hemos dado.
(Pág. 95)
Era otro de nuestros viajes de proximidad (la vida no da para más). Exponernos por un día a un territorio diferente, a otra realidad, agudiza los sentidos. Nosotros –pobres y esporádicos viajeros de paso– no viajamos para huir sino para alcanzar la posibilidad del misterio, para nuestro propio deleite, para compartir un temblorcillo de curiosidad, un acto sensorial, un trayecto iniciático, una búsqueda del tesoro.
(Pág. 98)
…la belleza necesita que alguien la vea.
(Pág. 102)
Se pertenezca o no a un pueblo para el que el sol se pone invariablemente sobre el regazo del mar, quizá los paraísos –si los hay– residan en puntos más próximos e inapreciables, como una simple gota de agua que serpea por el borde de una hoja. Aunque no haya un hombre cerca para apreciarla. Sobre todo si no hay un hombre cerca.
(Pág. 109)
Pero sigamos admitiendo el pasado como un condimento necesario de los placeres de la vida. Esas secuencias tangibles del ayer nos reconcilian con nuestra caducidad, nos consuelan de nuestra incompletitud y nos desagravian de la muerte, con su disolución, su podredumbre y su olvido inadmisibles. (…) esa especie de ámbar no solo alberga brutales delitos, lances heroicos e intempestivos y todo cupo de infortunios y de terribles fúlguras de la historia de la humanidad (…), sino también humildes ocasiones cotidianas; que puede percibirse todavía, mucho después de haber titilado la materia, esa vibración afanosa y delicada como alas de libélula en las habitaciones en las que alguien ha llorado, ha amado o ha muerto.
(pág. 132)
No puedo evitar traer a colación también entre los cronotopos, siquiera someramente, las coyunturas espaciales en que cada uno leyó los libros que timbraron su vida…
(Pág. 135)
… nada que nos concierne se desvanece para siempre sin dejar rastro, y menos aún estos apegos, nuestros dolores, nuestros goces o nuestra necesidad de consuelo. Todo es único, todo sobrevive de una manera u otra a los estragos del tiempo y de la relegación.
(Pág. 137)
…en Ribeyro cada vez encuentro más cosas similares a las que pienso y siento y tan bien dichas, además, que me eximirían de escribirlas…
(Pág.139)
…un escritor no puede en realidad formarse idea de la dimensión de su escritura. Según Salter, resulta improbable ver a esta íntegramente como un edificio o una escultura, ya que es solamente una especie de humo capturado y estampado en una página.
…para muchos será mejor vivir de la literatura que con la literatura.

No basta con que algo pueda ser leído con agrado, sino sentir que la llama creativa ha ardido al rojo vivo. Lo menos a que está obligado un creador es a hacer las cosas de la mejor manera posible, con paciencia y con recogimiento, con minuciosidad y moroso esmero, con palabras hechas a medida, sin atajos y sin expectativas, poniendo toda la carne en el asador, como uno de esos ígneos cuerpos estelares que atraviesan cuidadosa pero decididamente el espacio hasta colisionar con el otro que les estaba destinado (el lector, en este caso)….
(Pág. 177)
…la peor tinta es mejor que la mejor memoria….
(Pág. 182)
Lo mejor que puede hacer el desventurado es aislarse del resto de los hombres. Hay que evitarlos porque son enemigos del que sufre. Quien es desdichado, piensan, es culpable. Lo único que le resta entonces al infeliz es no perder la dignidad. El orgullo es el corolario de la desdicha. Cuando un revés del destino nos arroja fuera de la sociedad, nuestra alma, desprovista de objeto al cual dirigir sus apetitos, se dilata hasta encontrar refugio en el orden armónico de la creación. La desgracia tiene un lado útil: afina el diapasón del alma. Logra entonces estar en paz consigo misma, pues sabe en carne propia que el alma sin herida es un alma muerta
(Pág. 183).

De «Holobionte»

El malentendido es la carta de presentación de los solitarios.

Yo escuchaba a mi padre embelesado, y él se derretía de dicha ante mis ojos abiertos como calderos de bronce por la exposición de sus ocurrencias.

Nuevo como el sol de cada mañana, iba descubriendo el alarde discreto de la naturaleza artificial, su esplendor menos transitorio que el nuestro…

…el melancólico gorjeo de los cuclillos que vuelan entre el reino de los vivos y el de los muertos…

Ya no vigilas nidos, ya no habrá más verdes renuevos ni terroncillos de azúcar que llevarte a los labios, ya tus miembros no van a las mil maravillas, ya no recibirás nunca un mirar amistoso ni volverás a meter el brazo hasta el codo en la aventura. Ya quedaron atrás las espigas en los calcetines. El dibujo infantil de las casitas del pueblo, los manteles limpios, el olor de un libro nuevo, la luz sobre su cuerpo desnudo, la risa del niño-jabato, el rosal que plantasteis, las vacaciones como castañas cocidas en leche fresca, la verbena del mundo con sus brillantes cadenetas de momentos e ilusiones.

Vivos mientras yo paso inmóvil por las pasiones que me destrozan sin rozar siquiera el muro que me separa del universo. Sufro de verdad. No soy sino una mueca de mí mismo. ¡Tan angustioso y tan ridículo! Ha, ha… «El corazón es un cazador solitario». Eso es. Mi liberación interna entraña determinadas modificaciones: debería, en primer lugar, abandonar la conciencia de mí mismo en todo lo que hago; y después, particularmente, dejar de mordisquear mi propio martirio. Quizá escriba un relato, una confesión.

Cuento de horror: Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano.

jueves, 7 de mayo de 2026

50º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

Un honor participar en la 50º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, invitado por Raúl Brasca (coordinador de la Jornada Ferial de Microficción y prologuista de “Holobionte”), a través de un video con la lectura de mi texto “Designaciones”. En compañía de grandes nombres del género y de la querida amiga rosarina Lilian Cheruse.





DESIGNACIONES

Levantó una casa y a ese hecho lo llamó hogar. Se rodeó de prójimos y lo llamó familia. Tejió su tiempo con ausencias y lo llamó trabajo. Llenó su cabeza de proyectos incumplidos y lo llamó costumbre. Bebió el jugo negro de la envidia y lo llamó injusticia. Se sacudió sin miramientos a sus compañeros y lo llamó oportunidad. Mantuvo en suspenso sus afectos y lo llamó dedicación profesional. Se encastilló en los celos y lo llamó amor devoto. Sucumbió a las embestidas del resentimiento y lo llamó escrúpulos. Erigió murallas ante sus hijos y lo llamó defensa propia. Emborronó de vejaciones a su mujer y lo llamó desagravio. Consumió su vida como se calcina un monte y lo llamó dispendio. Se vistió con las galas de la locura y lo llamó soltar amarras. Descargó todos los cartuchos sobre los suyos y lo llamó la mejor de las salidas. Mojó sus dedos en aquella sangre y lo llamó condecoración. Precintó herméticamente el garaje y lo llamó penitencia. Se encerró en el coche encendido y lo llamó ataúd.