Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

miércoles, 30 de septiembre de 2026

“El fenómeno fantástico a través de la integración de la ficción breve y collage: algunas creaciones de Ángel Olgoso”.

Muy agradecido a Paula Fernández Chamorro, profesora de la Universidad de León, por su exhaustivo artículo “El fenómeno fantástico a través de la integración de la ficción breve y collage: algunas creaciones de Ángel Olgoso”, publicado en la revista Narrart. Arte y Narrativa Hispánica Contemporánea (Cátedra Miguel Delibes):





<<INTRODUCCIÓN.

En esta investigación voy a centrarme en el análisis de parte de la obra narrativa y gráfica del escritor Ángel Olgoso, nacido en Granada en 1961. En lo literario, la obra del autor se caracteriza principalmente por dos rasgos: su brevedad y su inclinación personal por lo fantástico. Así, por un lado, Olgoso reconoce que le fascina el relato como miniatura, esa magia de la síntesis y la conmoción, de la puntería afinada, de la veloz emboscada. Por el otro, en lo concerniente al género, él mismo dirá: “No puedo evitarlo: me gusta lo poco común, me encuentro cómodo con lo extraño y me procura una enorme felicidad estética lo asombroso y lo inquietante”. En su prolífica obra se pueden encontrar varias centenas de cuentos y microrrelatos recogidos en aproximadamente veinte libros propios y más de setenta antologías de literatura breve. De este modo, comparte actividad con autores pertenecientes a dos grupos: el propio escritor indica que se ve “como un humilde puente entre los autores que de manera magistral y valiente, aunque esporádica, lo cultivaron en España hasta los setenta (Gómez de la Serna, Ana María Matute, Max Aub, A. F. Molina, Alfonso Sastre, Pere Calders o Ferrer Lerín) y la legión que ha venido después”.

Remorini aclara que los escritores más populares de esta nueva “legión” a la que se refiere Olgoso son Hipólito G. Navarro, Pedro Ugarte, David Roas, Andrés Neuman, Fernando Iwasaki, Miguel Ángel Zapata o Carlos Almira Picazo.

Cabe destacar que, además de en narrativa breve, el autor al que aquí se alude ha hecho pequeñas incursiones en el terreno de lo poético, como pone de manifiesto su libro de haikus “Ukigumo”. Nubes pasajeras, publicado en 2014. Es pertinente destacar cómo, muchas veces, estas composiciones —que en su sentido más tradicional poco tienen que ver con lo angustioso o perturbador— recogen los rasgos insólitos de la poética del autor. Esto puede verse, por ejemplo, en “Se ha movido / un poco y sin viento. / Espantapájaros” (Olgoso, 2014: 116), o en “Asoma el ciervo / la testuz tras el olmo. / Decapitado” (Olgoso, 2014: 126); de este modo, más que a una contemplación del mundo natural, el lector se enfrenta a, respectivamente, un hecho sobrenatural y alarmante y una imagen cercana al horror que rompen con la armonía de la naturaleza. Como se verá a continuación, similar transposición de la poética narrativa del autor puede hallarse en diferentes creaciones que trascienden lo literario para alcanzar otras artes. En esta investigación, voy a hablar de una de ellas, a saber, el collage, una técnica de origen vanguardista “que se fundamenta en la yuxtaposición de materiales sobre un soporte (por lo general bidimensional), para lograr una composición plástica”.

En concreto, voy a dirigir mi atención a uno de los libros más particulares del escritor granadino, “Tenebrario”, publicado en 2003 como resultado de un primer puesto en la V Edición de los Premios de Cuentos Ilustrados convocados por la Diputación de Badajoz. Se trata de un volumen en el que Olgoso recupera textos de su anterior obra “Cuentos de otro mundo”, publicada por primera vez en 1999 —y también ganadora, en este caso del Premio Caja España de libros de cuentos 1998—. Sin embargo, en esta ocasión, los textos del volumen “Tenebrario” se combinan, como elemento novedoso, con diferentes collages obra también del propio autor.

Olgoso, que en lo literario es sin duda un autor fecundo, cuenta que, sin embargo, la mayor parte de sus collages fueron fruto de una época de bloqueo literario que experimentó entre 1994 y 1999 . Interrupción que, no obstante, le permitiría la realización de una exposición de los mismos en 1999 en el instituto Pedro Soto de Rojas, en Granada y, con posterioridad, la ilustración de, como sabemos, “Tenebrario” en 2003. A esta última publicación se debe añadir, años más tarde, “Nocturnario. 101 imágenes y 101 escrituras” (Merino y Olgoso, Ed. Nazarí, 2016).

Aunque principalmente voy a hablar de los textos y collages de “Tenebrario”, me gustaría hacer una breve alusión a “Nocturnario”, obra de gran interés para lo que aquí se refiere. En esta, Olgoso y el también escritor José María Merino se unieron para la creación de un volumen compuesto por una selección de 101 collages de Olgoso, cada uno de los cuales sirvió de inspiración para la escritura o selección de 101 microrrelatos inéditos de 101 autoras y autores distintos del panorama de las letras en lengua española. Precisamente, “Nocturnario” contiene muchos de los collages ya publicados en “Tenebrario”. Asimismo, cabe destacar la similitud morfológica y semántica de ambos títulos, conformados ambos por un nombre al que se le ha añadido el morfema derivativo -ario. Los dos sustantivos, tiniebla (del latín tenĕbrae) y noche se relacionan con la falta de luz, la oscuridad, es decir, el caldo de cultivo idóneo para que ocurra el fenómeno inquietante. En efecto, los dos volúmenes contienen numerosas ficciones e imágenes en las que lo sobrenatural o pavoroso es protagonista indiscutible.

Es precisamente en el prólogo de “Nocturnario” en el que Olgoso refiere algunas de sus fuentes: sobre todo ilustraciones de Doré y volúmenes de grabados del siglo XIX sobre moda, fauna, maquinaria, erotismo, viajes, medicina, etc. Merino encuadra las creaciones gráficas del granadino en la estela de la tradición surrealista de Marcel Duchamp, Juan Benet y Max Ernst. Además, Marina Tapia, también escritora y artista, y el propio Olgoso especifican, en el blog dedicado al autor granadino, quiénes son las dos principales influencias seguidas en la composición de sus collages: el caricaturista francés J. J. Grandville y, de nuevo, el dadaísta y surrealista Marx Ernst. Este influjo puede verse, como indica el propio autor, en su estilo “en blanco y negro, con todos sus elementos integrados en un fondo y contando una historia”.


1. ÁNGEL OLGOSO: LO FANTÁTICO, EL MICRORRELATO Y EL COLLAGE.

En primer lugar, me gustaría hacer una reflexión acerca de la relación que se establece entre los elementos collage, microrrelato y fantástico en la obra de Ángel Olgoso. Antes se ha destacado cómo, en la definición que del collage da el propio escritor, se alude al hecho de que esta creación artística cuenta una historia. Esto, sin duda, lo acerca al microrrelato, género que, en palabras de Andres-Suárez, además de por su brevedad, se caracteriza precisamente por su “narratividad” (2010: 57), rasgo que lo diferencia del aforismo, el refrán o la greguería, por ejemplo. La propia brevedad, a mi juicio, también permite establecer una cierta vinculación entre ambas formas de arte y literatura, pues, en los dos casos, en un breve instante puede percibirse más o menos la completitud de una historia. Es curiosa, además, la utilización de la misma metáfora para describir el proceso de Olgoso tanto de composición del collage como de redacción de sus ficciones: la meticulosa labor artesana de la taracea granadina. Asimismo, el autor confiere a aquel arte gráfico la característica de “extraña epifanía”, precisamente uno de los rasgos esenciales que Lagmanovich atribuye a la ficción hiperbreve.

El collage, por otro lado, es un práctica basada en la “apropiación” (Trabado Cabado, 2022: 167), en la reelaboración de elementos, lo que nos aporta otro punto en común: de acuerdo con Andres-Suárez, la intertextualidad constituye —junto con lo fantástico y el humor— una de las tres estrategias para reducir el microrrelato a su mínima expresión pues, a través de los conocimientos compartidos, permite “llevar la astringencia textual y lingüística hasta sus últimas consecuencias”. De este modo, los dos tipos de creación vuelven la cabeza a elementos preexistentes con el objeto de aprovecharlos, rehacerlos o jugar con ellos, sirviéndose de estos y dándoles otros sentidos.

Como acabamos de ver, Andres-Suárez destaca asimismo la estrategia de lo fantástico, que, como se ha mencionado al comienzo, es el género literario predilecto de Olgoso. Para Roas, el relato fantástico “nos sitúa inicialmente en un mundo cotidiano, normal (el nuestro), que inmediatamente es asaltado por un fenómeno imposible y, como tal, incomprensible que subvierte los códigos y las certezas que hemos diseñado para percibir y comprender la realidad”.

Este mismo efecto se produce en el collage: de nuevo, recupero el concepto de “epifanía”, que Trabado Cabado aplica de la siguiente manera hablando de esta técnica artística: “en esa combinación anómala de dos realidades disímiles existía una verdadera epifanía, un extrañamiento conseguido a partir de la conjunción insólita de elementos cotidianos”. Así, como también expone Bermúdez Dini, en el collage se toma con ademán violento la cotidianidad y se pervierte la naturaleza, lo que resulta en lo siniestro que plantea Freud. De este modo, a través de la utilización de ambas técnicas, la razón entra en entredicho por la imposibilidad de concebir o entender lo que estamos leyendo, viendo e imaginando. Además, así como la brevedad favorece al género fantástico —pues la lectura continua intensifica su efecto final—, de la misma manera, el collage produce su impacto en un vistazo, en una percepción inmediata y global de la imagen.

De la combinación de la ficción breve y el collage, entonces, concluiríamos que se puede llegar a producir una suerte de potenciación de la fractura, de la inquietud fantástica, pues se traspasan en mayor medida los límites del lenguaje, es decir, esa imposibilidad de explicación o descripción de la que habla Roas (2011: 128). A través del comentario de una selección de textos e imágenes del escritor granadino, podremos comprobar si, en su caso, esto es cierto.

Para comenzar, he constatado que la propia forma de redacción de Olgoso podría considerarse en muchos textos una suerte de “collage en palabras”. Si algo caracteriza su proceso de redacción, es una tendencia a la lista o enumeración descriptiva; de este modo, Andres-Suárez se refiere a “sus galas de estilista, su inmenso talento para la descripción así como la riqueza y diversidad de su lenguaje”, y también a su “densidad poética y plástica”. Es decir, por un lado, a partir de esa sucesión de elementos —muchas veces diversos e incluso en ocasiones aparentemente azarosos— que describen un acontecimiento, un proceso o un objeto, Olgoso construye una historia. Por el otro, pese a tratarse de textos breves, el autor consigue, a través del esmero en el lenguaje y la adjetivación, unas descripciones tan minuciosas, tan plásticas que pareciera que pretenden comunicar, en un “golpe de lectura”, tanto como una imagen.

Para ilustrar esta idea, voy a referirme al relato “Yggdrasil”. Este sitúa al lector en una subasta luganesa al tiempo que enumera los diferentes objetos de la puja, valiosísimos por antigüedad y rareza. Así, en la primera página se realiza el inventariado de estas reliquias, completamente diferentes y heterogéneas en apariencia y tradición —como los elementos que conforman un collage—: “el planeador de Saqqara; un juego de billar «mamontova kosty», marfil de mamut de característico color humo moscovita; un sello «misionero» de Hawai, un ejemplar de dos centavos azul”. Sin embargo, para el narrador, resultarán meras “trivialidades”, pues, como expondrá, él ha ido a obtener —para, a continuación, destruir— “la Flor de la Miseria”; aquí entraría, en efecto, el elemento insólito.

Similar mixtura de componentes puede verse en un peculiar microrrelato, de carácter fundamentalmente humorístico, con la originalidad de que, en este caso, la enumeración se encuentra en el propio título:

“El capitán cuenta historias de piratas de tesoros ocultos que todos buscan y que nadie encuentre así como historias de mujeres bellísimas con vestidos de agua de mar rociados con polvo de oro para conquistar a las cuales cualquier hazaña es poco y después duelos y donde se encuentra el buen vino y las ballenas que se pasean con un bosque sobre el lomo y dentro del bosque viven las sirenas”.

El cuerpo del microrrelato es, sin embargo, brevísimo: “El capitán, ciertamente, no carece de imaginación”. La miscelánea de motivos literarios, cuya disparidad queda acentuada por la ausencia de marcas de puntuación, se complementa además con un collage en la página derecha que nos conduce también a las historias y cuentos maravillosos: caballeros de armadura, un bosque en el que una mujer se encuentra prisionera, una señal mágica en el cielo o bandadas de amenazantes pájaros.


2. COLLAGES Y FICCIONES BREVES EN “TENEBRARIO”.

Los dos últimos textos comentados pertenecen ya a “Tenebrario”, en el que Olgoso incluyó 40 collages y más de 80 ficciones breves. De entre ellos, se pueden encontrar textos a los que presumiblemente les corresponde un collage, collages que no parecen asociarse a un texto concreto y, también, textos sin correlato gráfico. Por otro lado, aunque, como el collage, el contenido del libro resulta variopinto y heterogéneo, podemos destacar un tema fundamental que se repite dentro del crisol de historias literarias y composiciones visuales: a saber, la muerte.

Como indica Andres-Suárez, la muerte, junto con sus manifestaciones físicas, constituye uno de los temas recurrentes de Olgoso. De hecho, en este 2025, el escritor ha publicado en Eolas Ediciones “Estigia”, una recopilación de ficciones del autor granadino agrupadas en torno al citado tema —como perfectamente ilustran el título y la portada del volumen—. Y es que lo fantástico, a través de la inquietud y el extrañamiento que busca ocasionar, es un género que permite reflexionar, jugar o aventurarse con diferentes miedos, y uno de los más universales es, sin duda, la muerte.

Por ejemplo, en “Samsara”, se muestra un ciclo de reencarnaciones —“arbitrarias, maliciosas, extemporáneas”— que, apelando al sufrimiento de todos, combina una sucesión de animales aniquilados por otros animales con humanos asesinados por otros humanos (en fusilamientos, inmolaciones, accidentes…). Este es un ejemplo de cómo el tema de la muerte es utilizado por Olgoso para poner de manifiesto una de las ideas que más se repite en sus textos: la desesperanza o derrota con las que ve la vida —al menos a través de su literatura— y, en concreto, al ser humano. En este sentido, Andres-Suárez ha hablado acerca de su “visión fatalista […] de la naturaleza humana y de la fugacidad de la existencia, acorde con el pensamiento estoico de Séneca y de la literatura ascética tan fecunda en las letras españolas”. A su vez, Fernández Bustos dirá:“Ángel Olgoso […] advierte en toda su obra que no hay salida y, a la manera de Juan Rodolfo Wilcock, compila una serie de historias tristes, incluso crueles, con un trasfondo pesimista”.

Algunos de los collages sin clara adscripción a un texto concreto también se vinculan con la muerte, tal y como sucede en el primero de ellos, altamente perturbador por, como diría Bermúdez Dini, “la acumulación en el espacio de tantas imágenes y mensajes disímiles”: unos hombres introducen un ataúd en un nicho al tiempo que una especie de quimera camina por el techo, un hombre en zancos amenaza con una espada a un bebé que duerme en una cuna y una mujer toca una pandereta —imágenes estas últimas incongruentes con la pesadumbre generalizada, pues en segundo plano se aprecian personajes de luto y otros llorando o con el rostro tapado—. También se puede relacionar con la muerte el collage que se presenta en la imagen expuesta más adelante (Fig. 1); en él se amalgaman ideas antitéticas: lo bello y lo feo, la vida y la muerte, el esplendor de una bandada de mariposas con lo sobrecogedor de la calavera a través de la que vuelan. Por otro lado, la parca, a la zaga de un caballero, aparece en forma de figura encapuchada en el collage de la página 85, que tal vez podría vincularse con el relato anterior, “Eternidad”, que describe el funeral sobrenatural de un escritor y que comienza con la metáfora: “El ángel de la muerte se inclinó sobre los hombros de Mordecai Brown”.

Es, asimismo, muy interesante la combinación entre el relato “La ceniza de los besos” y el collage que lo acompaña. El primero de ellos, basado en el empleo de la intertextualidad, relata la historia de una de las quizá últimas conquistas del célebre Casanova: como se dirá al final, “había seducido en realidad a una dama rica, furtiva y perversa como mazo de naipes y afectada secretamente de lepra”. Es en el collage, que aparece además en la portada de “Nocturnario”, en el que encontramos el elemento fantástico: tal y como Casanova persiguió a la marquesa M., ahora, lo que queda de él, nada más que un esqueleto burlado, implora a una mujer desnuda que parece estar perfectamente sana. ¿Podría converger, en la unión de ambos elementos, el tópico del enamorado que persigue hasta su propio final a una dama trasunto de la muerte?

En este último relato, se puede resaltar el tipo de la ‘femme fatale’, tipo que se repetirá en “Noches del Bósforo”, un texto de tintes eróticos en el que un encuentro sexual entre un hombre y una mujer termina con la muerte del primero:

“El placer olía a cúrcuma y a ciruelas pútridas y a agua de cocer bueyes de mar cuando Vlady, con un movimiento espasmódico, con una brutal sacudida de cabeza, cayó fulminado al suelo sobre las diminutas chinelas rojas de Lilith. Sucedió en un instante. Lilith permaneció tendida, muda, más oscura. Lilith era casi melancolía, casi cuévano, casi ensoñación vibrátil. No necesitaba inclinarse sobre Vlady para descubrir las estelas de baba reluciente, las dos perforaciones, la feroz mordedura venenosa”.

Además del tipo, este cuento comparte con el anterior el juego intertextual; en este caso, ambos personajes hacen referencia a, primero, el príncipe rumano que presumiblemente inspiró al personaje del Conde Drácula y, segundo, la mujer del folclore religioso judío con vinculación demoníaca. El fragmento presentado anteriormente constituye el final del cuento, en el que se da aquella “epifanía” o giro conclusivo: frente a lo que cabría esperar, no es él el que ha succionado la sangre de ella hasta su defunción, sino que es ella la que, tal y como adelantaba el tatuaje sobre su piel —“Una mano prodigiosa había grabado con minuciosidad contundente aquella boa esmeralda enroscada en toda la cálida extensión de Lilith”—, le ha dado el mordisco ponzoñoso y letal que la hace libre. Se puede hablar, en ambos casos, de figuras monstruosas (una mujer diablo con capacidad de metamorfosearse en serpiente y un vampiro), tema estrechamente vinculado con lo fantástico en el que haré hincapié más adelante5. El relato “Noches del Bósforo” aparece seguido de un collage con el que fácilmente se puede establecer una relación: en él, una mujer desnuda se encuentra encadenada a una pared sobre la que cae una suerte de lluvia de fuego; esta, además, está rodeada de una larga fila de hombres encapuchados. Así, tenemos en ambos casos a la mujer bruja, la mujer poderosa y libre, vista como fatal por el patriarcado y castigada, de este modo, por su conocimiento y autonomía (Fig. 2).

En muchos otros textos, la muerte se manifiesta de forma grotesca, una categoría estética que, según Roas, “depende de la combinación de dos elementos esenciales: la risa y el horror (o sentimientos vecinos a este como la inquietud, el asco o lo abyecto)”. Este es el caso, por ejemplo, de “Océanos de ceniza”, microrrelato en el que los árboles frutales que rodean la tapia del cementerio comienzan a dar frutos “cerúleos, helados, horrendos, como bulbos híbridos, como homúnculos o creaciones imperfectas y caprichosas exudadas de las esencias sacras de nuestros antepasados”. Se puede apreciar cómo a través de la descripción y la cuidada elección de adjetivos, se crea una imagen que lleva a la repugnancia y la risa nerviosa. El mismo efecto se genera a partir de muchos de los collages presentes en “Tenebrario”; por ejemplo, se puede mencionar una estampa protagonizada por una pareja de cocineros cuya casa se ve repleta de cuerpos indefensos enterrados cabeza abajo, de los que solo pueden verse los miembros inferiores; la idea del canibalismo queda reforzada por la obesidad de aquellos, que además portan sendos cuchillos de grandes dimensiones.

Por su parte, en muchos otros collages, lo grotesco se consigue a través de la hibridez entre cuerpos de seres pertenecientes a especies diferentes, lo que genera monstruos. Como indica Trabado Cabado en relación con el monstruo y el collage, este ser, como la técnica artística, alberga también una enorme potencia visual. Además, el collage muchas veces comparte con el ser la forma compositiva, es decir, la mezcla, la fusión; así, Bermúdez Dini dirá:

“La monstruosidad del collage debe comprenderse, en primer lugar, a propósito de su régimen heterogéneo de naturalezas distintas. Lo que sustenta a todo collage es su afán híbrido de mezclar materiales sobre un mismo soporte hasta generar una maraña enrevesada de sentidos y visualidades. Esa es, sin duda, la principal característica monstruosa: su acertado golpe contra la belleza clásica, contra las composiciones diáfanas y contra la homogeneidad”.

Dentro de los collages de Olgoso, se puede ver un ejemplo de aquella monstruosidad grotesca en uno de la segunda parte, en el que aparece una mujer-araña, bastante repulsiva por los seis miembros inferiores arácnidos, que suman ocho con los brazos humanos del ser —situados estos últimos en una posición inverosímil—; en esta composición, la criatura está siendo abatida por un soldado que la apunta con un rifle —aparece, de nuevo, el tema de la muerte—.

Hay muchos más collages en los que pueden verse este tipo de seres monstruosos. Por ejemplo, en Olgoso encontramos uno cuya cabeza es una suerte de caracola marina y cuyo cuerpo es aparentemente humano y se encuentra decentemente trajeado —acompaña, de hecho, a un tercer microrrelato, “Bebe, ésta es mi sangre”, protagonizado por la figura vampírica: en él se expone una supuesta teoría sobre el origen de la leyenda de este chupasangres, caracterizado muchas veces, como en la imagen, por su suma elegancia—. Aparecen, en otros casos, damas con cara de ave, caballeros con cabeza de rana, galgos con testa de anciano, mujeres con cuernos de ciervo o cara de insecto o, también, un gran ser con rasgos de pulpo, pez y reptil que amenaza a un diminuto individuo. Estamos, en todo caso, ante la presencia de monstruos formados por fusión, definidos por Carroll como compuestos que unen atributos que “se tienen por categorialmente distintos y/o opuestos en el esquema cultural de las cosas en una entidad espacio-temporal discreta”. En general, seres imposibles que, desde siempre, han representado uno de los principales resortes de la literatura fantástica, pues constituyen, en palabras de Casas, “el desvío de la norma, la violación de los límites que hemos creado en relación a lo que resulta aceptable desde un punto de vista físico, biológico, y también social y moral”.

También en relación con la muerte y lo adverso, me gustaría destacar otro de los temas que sobresalen en “Tenebrario”: la debacle, que a veces se convierte en el fin del mundo. Este es un motivo que se repite en muy diferentes textos del autor, a veces en una línea más cercana a la ciencia ficción, y otras en las que la especulación imaginativa no hace hincapié en las ciencias tecnológicas, sociales o humanas que han causado la catástrofe, pues no es tan importante el porqué del cambio, sino que este constituye solo un marco fantástico en el que se desarrollan los hechos7. Dentro de “Tenebrario”, encontramos ejemplos de esta última orientación en ficciones como “Hojaldre de universos” —un hombre se plantea qué acontecimiento catastrófico tendrá lugar cuando complete un rompecabezas, no obstante “Nada sucede, pero ¿qué ocurrirá cuando Labiel deshaga el puzle?”; “La caja de los truenos” —en una clara alusión al mito de Pandora, la vida se detiene y millones de seres vivos “con voraz ansia y la respiración suspendida” aguardan inquietos cuando un niño llamado Nayib se dispone a abrir una cajita de madera—; o “Tappity tappity tap tap ding!” —en un planteamiento metaficcional, se juega con la idea del escritor pretencioso en su torre de marfil que, sin embargo (y como ya había adelantado el hecho de que en su ordenador solo pudiese escribir en griego “Descenso a los infiernos”), termina cayendo: “¿cómo es posible que alguien de mi talento se esté hundiendo?”—.

“Tábula rasa”, por el contrario, se recrea más en la debacle. En pocas palabras, se describen las infectas ruinas de un orbe en el que “Tras la catástrofe, no ha quedado vida alguna sobre el planeta a excepción de las cucarachas”; con cierto matiz irónico, se aclara que entre las ruinas han aparecido pasquines publicitarios para la eliminación de aquellos insectos. No por casualidad, este texto se encuentra precedido y seguido de dos collages que representan sendos desastres: en el primero, un tren descarrila en un paraje natural escarpado mientras un ángel, quizás el de la muerte, lo contempla todo desde arriba; en el segundo, cientos de humanos se apilan buscando refugio en torres palaciegas mientras jaurías de lobos les dan caza (Fig. 3). A mi juicio, tanto el microrrelato como los collages pueden analizarse desde una línea ecocrítica, pues a menudo, en sus ficciones, Olgoso pone de manifiesto que la naturaleza y los seres que pertenecen a ella podrían llegar a vengarse del maltrato a los que han sido sometidos por parte del ser humano y su visión antropocéntrica. Así, aunque el tren descarrile, el mundo natural, con sus cascadas, acantilados, rocas e incluso cucarachas, va a permanecer impasible; o, más directamente, los lobos, hambrientos, pueden buscar su alimento en el frágil ser humano, da igual su dinero o condición, pues somos son una especie más de las millones que habitan el planeta.

Por último, en “Tenebrario” se puede constatar la presencia de relatos que, no tan relacionados con el tema de la muerte, evidencian una correlación directa con el collage que los acompaña (o viceversa); así, se produce una interacción entre ambos elementos que, como se vio, incrementa su efecto. Por ejemplo, el texto de tono eróticos “Manzanas fermentadas”, relativo al mito de Adán y Eva, se ilustra con una imagen de ambos personajes, identificables por estar desnudos en una suerte de locus amoenus. El elemento disonante, híbrido, aparece en el collage, donde se ve que los personajes bíblicos están siendo contemplados por una pareja, diminuta en comparación, que los observa desde un viejo Rolls Royce. Se pueden resaltar otros ejemplos similares: tanto el microrrelato “Al Aaraaf” como el cuento “Marmaduke y Scarmentado, filibusteros”, de ambientación marítima, tienen a su derecha sendos collages que representan una embarcación —delante del primer barco un golfista que camina sobre las aguas va a hacer un swing; el segundo bajel, muy similar al primero (de hecho, parece que comparten la misma bandera), va a ser abordado por dos peces de enorme proporción, uno sin piel y otro con ella—.

Por su parte, el microrrelato “El gigante” —en el que se describe, de forma casi mítica, la llegada de la noche— aparece seguido de un collage donde encontramos una suerte de ser humano sin piel, imagen probablemente procedente de un libro de anatomía, rodeado por personitas que no le llegan ni a la rodilla (Fig. 4). De este modo, para generar la idea de anormalidad y fractura inherentes al fenómeno fantástico, en muchos de sus collages Olgoso no solo juega con la inserción y mezcla de elementos dispares, sino también con las dimensiones de estos mismos. Por ejemplo, en el collage que aparece antes del microrrelato “El gigante”, destaca un murciélago de proporciones desmedidas en comparación con los humanos de su alrededor. En la página 50, un ser descomunal, del que solo se ve la mano, entra con una jeringuilla —otro elemento médico— a un refugio en el que se guarecen varias decenas de personas. Este tipo de imágenes generan, de nuevo, una serie de monstruos fantásticos formados, en este caso, por magnificación. En esta última línea, Olgoso muestra una particular preferencia por el juego con los tamaños de diferentes insectos, grotescos en muchas ocasiones por la repulsión o asco que generan —Carroll, precisamente, aplica la magnificación a “entidades o seres ya típicamente juzgados como impuros o repugnantes en el seno de la cultura”—: un saltamontes gigante rodeado de un aura de divinidad parece nombrar a un caballero o un hombre carga a sus espaldas con dificultad a, por lo menos, cuatro escarabajos ingentes en relación con las dimensiones con las que los encontramos en la naturaleza.


CONCLUSIONES.

Con todo, en “Tenebrario” Olgoso hibrida técnicas literarias y artísticas, formas y motivos, sin que esto pierda un cierto aire de uniformidad. Todo ello lo consigue a través de la elección de temas y argumentos —la muerte, lo grotesco, el monstruo en sus variantes de configuración y tamaño, la catástrofe, en definitiva, el miedo— que, sin duda, encajan tanto dentro de los resortes literarios de la narración breve fantástica como dentro de la técnica compositiva del collage.

De hecho, a través de la particular combinación de ambas formas de creación —coherente, como se ha visto, por las numerosas similitudes que presentan—, a lo largo de todo el volumen el escritor logra la creación de una atmósfera de inquietud y desazón que potencia en gran medida el efecto e impacto del fenómeno sobrenatural. El propio Olgoso es defensor de esta idea: “Quizá a los autores imaginativos la palabra escrita nos resulta insuficiente para contener tantas visiones, y necesitamos además otras formas de expresión o buscamos atajos para poder representar”.

En este sentido, “Tenebrario” debe leerse no solo como una colección de microrrelatos y cuentos fantásticos, sino también como una obra integral, donde lo visual y lo verbal se entrelazan para generar una experiencia estética más compleja, que traspasa las fronteras de la ficción breve y se establece como vía original para el acceso al territorio de lo fantástico>>.



GEIGhd (Grupo de Estudios Literarios y Comparados. Insólito, Género y Humanidades Digitales)

Si hay un autor que no necesita presentación, ese es Ángel Olgoso. En estos cuatro títulos, su prosa deslumbrante logra transportarnos a mundos imaginativos y fantásticos que brindan un reflejo invertido de la realidad, que nos hablan de nuestros sueños secretos y de los misterios que nos rodean. Además, pronto contaremos con otros dos libros de este gran autor para la colección “Las puertas de lo posible. Narrativas de lo insólito”, así que síguenos si quieres enterarte de su lanzamiento.

Autoría: Ángel Olgoso.
Prologuistas: Jorge Fernández Bustos, Juan Jacinto Muñoz-Rengel, Ana María Shua, Raul Brasca.
Editorial: Eolas Ediciones.
Grupo de investigación: Geighd Unileon.
Directoras de la colección: Natalia Álvarez Méndez y Ana Abello Verano.











viernes, 18 de septiembre de 2026

La poesía nómada de Marina Tapia

Comparto mi reseña de “Nômade”(Entorno Gráfico), el último y extraordinario libro de Marina Tapia, en la revista Horizonte Garnata:




<<LA POESÍA NÓMADA DE MARINA TAPIA.

Resulta fácil escribir sobre cualquier libro de Marina, dada la calidad intrínseca de todos ellos. Y al mismo tiempo resulta muy difícil hablar de la autora dada su humildad, dado su deseo congénito de invisibilidad. Es como intentar atrapar a un humilde gorrión sin que se le parta a uno el alma; un gorrión que, a lo sumo, sólo quiere que nos fijemos en su vuelo y no en su condición de ave, de criatura aérea. Pero cómo hablar de la poesía de Marina sin decir que pertenece a ese linaje escaso de los poetas de nacimiento, que viven, respiran y transmiten poesía. Cómo ocultar su singularidad, tan rara y valiosa sobre todo en un presente colonizado por vanidades, oropeles impostados y egos revueltos. Aunque a Marina le horroricen estas afirmaciones, somos afortunados de que su suculenta savia chilena esté renovando de nutrientes los vasos liberianos de la poesía granadina y española.

Tras ese hito en su trayectoria creativa que ha sido “Mixtura”, la antología personal en la que ha recopilado una buena muestra de sus diez primeros poemarios (algunos inencontrables al tratarse de ediciones debidas a diversos premios literarios), nos entrega ahora su nueva obra, “Nômade”, que Entorno Gráfico ha tenido el tino y buen gusto de publicar aquí, en Granada, el hogar desde hace trece años de una Marina ya no tan nómada. De alguna manera, “Nômade” entronca con “Islario”, una obra suya anterior donde peregrinaba con emoción contenida a numerosos lugares del mundo, ya que “Nômade” fue escrito en gran parte durante su residencia en Óbidos, becada por Granada Ciudad de Literatura Unesco. Digo en gran parte porque, además de contener “Cuaderno portugués”, con los poemas destilados y tamizados durante su estancia en aquella hermosa ciudad medieval, “Nômade” cuenta con un segundo grupo de poemas titulado “Errantía”, formado exclusivamente por sonetos. Piezas todas hermosísimas, en las que Marina retoma, se ciñe y revitaliza los temas de este molde clásico con una altura tal que uno parece estar leyendo por ejemplo a Sor Juana Inés de la Cruz. “Cuaderno portugués” es belleza sencilla, es azul, es melancolía, es bodega, es Atlántico, es muralla, es verdín, es tiempo desflecado, es dulzura, es nudo y salitre, es barca amarrada, es viento verde, es alfiletero de saudades. “Errantía”, en cambio, es verbo sonoro, espíritu inquieto, rima felina, destierro leve, nácar escarchado, es andadura, feliz ejercicio, vida renovada, pupila y bravura, es sol a manos llenas, es orbe de diamante.

Como dije en uno de los prólogos que tuve el privilegio de escribir a alguno de sus libros, los versos de Marina son versos que polinizan el alma. O, por decirlo al modo de Cunqueiro, la poesía de Marina es ambrosía, madre de levitaciones. Y Marina es a su vez, como todos los poetas auténticos, una médium verdaderamente modesta. Su humildad custodia la pureza que necesita, por encima de todo, el poeta. Pienso que Marina podría ser uno de aquellos ángeles que visitaron a Abraham, en pura misión de consolarnos en un mundo demasiado feo y bárbaro. Que Marina podría ser como esos médicos, como esos contados seres misericordiosos que tienen la seguridad de que con dulzura y consuelo se curan muchas enfermedades. O como esos místicos que pasan de puntillas por su tiempo, porque el ruido del mundo no deja oírlos, pero luego, aunque sea mucho tiempo después, acaban resonando como un fragor en el corazón de las gentes, que por fin pueden escucharlos. Porque tengo la certeza -como la tiene cualquier persona que se haya acercado a su poesía o la frecuente en el futuro- de que la lectura de los versos de Marina es realmente un descansadero, un lugar de quietud, un espacio calmante del alma donde se amortiguan los ruidos y se otea el mundo, con sus colores y misterios, como desde una particular y gratísima lontananza; donde los sentidos se expresan y glorifican mediante la razón y el ritmo interno; donde los apetitos, con sus batallas y cicatrices, se subliman, y se auscultan apaciblemente los afectos.

Quizá la sensación de transparencia que se respira en su obra provenga de que nuestra poeta no se deja atrapar por el paisaje, por las vivencias o los sentimientos, sino que los deglute y los fija para nosotros en planos mentales. Según Azorín, lo que da la medida de un artista es su sentido de la naturaleza: un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje. No parece sino que Azorín se refiriera a Marina. Porque ella no habla acerca de las hojas de los árboles y de las ardillas y de la espuma y del musgo en las rocas y de las golondrinas, sino que habla en su nombre, sin intermediarios, impregnada la poeta de su gracia, de sus átomos, de su sustancia tangible, ataviada de luz, transmitiéndonos -con cordial belleza y frescura- un mundo natural vivo, soberano, inteligible, en primera persona, y en el que percibimos la eternidad del cambio incesante, su enigmático y exuberante deleite físico. Ahí están para demostrarlo esos hitos de su errancia poética, los poemarios “Marjales de interior”, “Jardín imposible”, “Bosque y silencio”, “Islario” o “Piedra que mengua”, cada uno con sus propios matices, con su serena plenitud vital, con su ritmo musical. Todos los libros de su vagabundeo literario son proyectos autónomos y autoconclusivos, repensados y alumbrados con titánico esmero, también los amorosos, los reivindicativos, los homenajeadores, los metaliterarios como “50 Mujeres desnudas”, “El relámpago en la habitación”, “El deleite”, “Corteza” o “Un kilim de palabras”. Marina, con su fino oído literario y su solidaridad, sensitiva y carente de voluntad de poder, es capaz de explorar en su fragua infatigable la frontera entre la palabra y el silencio, de sondear las entrañas tectónicas de la Tierra, de sentir apego por todos los seres, de atrapar epifanías en la pinaza de un bosque, de esculpir las fases del deseo, de atisbar el infinito tras los marcos azules de una ventana portuguesa, de celebrar la existencia como si fuera un centelleante trozo de ámbar, de agasajarla con versos, pinceles o títeres.

Como dice María Negroni, la poesía es la continuación de la infancia por otros medios. Y es que hay una afinidad entre las cajitas donde los niños guardan sus diminutos tesoros y los retazos de vida, los datos sedimentados del mundo que los poetas guardan en sus libros. Lo infantil, como lo poético, es una sublimación de la curiosidad y la memoria, una resistencia testaruda, un ataque al mundo adulto. Igual que el espacio mágico de la infancia, la poesía de Marina Tapia se habita más que se lee, es el arte del silencio inteligente y hermoso, del fervor asombrado, de las esquirlas de un yo que se preocupa por todos nosotros y cuyos temas giran alrededor de la poeta en una espiral armónica, como quería Sor Juana Inés de la Cruz.

Para Gertrude Stein, la poesía perfecta era como perfecta sabiduría y santidad, simplicidad y transparencia. La poesía de Marina Tapia, hasta este su último libro, “Nômade”, se acerca de manera extraordinaria a esa idea, a ese deleitoso ideal. Porque los poemas de Marina existen, no parecen haber sido fabricados sino que pertenecen al orden natural, como el lirio silvestre. Se encuentra uno muy a gusto respirando su aire puro, lleno de misteriosas fragancias, de brisas sensuales, de combinaciones armónicas, de exquisitas ósmosis. Sólo muy pocos autores nos acompañan muy profundamente, creadores que poseen un don donde se funde la gracia y la tersura expresiva con una lucidez especialísima, genuinos artistas que son esclavos del don que han recibido. Sólo muy pocas veces nos penetran palabras esenciales por su verdad o su belleza. Por lo general, y porque la sed no se apaga sino con agua de manantial, hay que cavar un pozo muy hondo para encontrar una veta pura. Y la poesía de Marina lo es, un don como la claridad del agua o de la luz. Un don que no se sabe de dónde viene, sólo se sabe que hay que cavar mucho y esperar mucho. Hasta hoy, en que tenemos la suerte de atesorarlo de nuevo en el cuenco de nuestras manos, en este pequeño volumen de una poeta destinada a ser un clásico, porque sus libros poseen la elegancia, la limpieza y la precisión de lo atemporal.

No me resisto a concluir dejando aquí una breve muestra de ese regalo para todos que es un poema de Marina Tapia; el emocionante autorretrato del inmortal soneto 4 de “Errantía”, la segunda parte de “Nômade”:

Si a fuerza de ascensiones, me depongo,
si cada vez que empiezo, finalizo,
si pinto de dorado aquel plomizo
oráculo interior que recompongo.


Si un beso desvaído yo prolongo
negando su latir color pajizo,
si el hielo que se aviva nunca atizo
y de la decepción ya no dispongo.


Si convertí lo rudo en algo ameno,
si altero cada invierno en primavera:
ha sido porque he huido de mi suerte.


Cansada ya de mí, de este veneno,
hoy voy a ver la muerte como muerte
y al mundo con su flor y calavera.


jueves, 17 de septiembre de 2026

Espacio Ralo recomienda "Holobionte"

 La librería Espacio Ralo de Zaragoza recomienda Holobionte:


Aproximarse a Holobionte, la reciente propuesta de Ángel Olgoso editada por Eolas ediciones, implica sumergirse en un entramado literario donde la exuberancia estilística se entrelaza con una disección implacable de la índole humana. Tomando como premisa el concepto biológico del holobionte —ese organismo que solo existe gracias a la asociación simbiótica de múltiples especies—, Olgoso traslada esta noción al territorio de la narrativa para cartografiar vínculos que, lejos de ser idílicos, a menudo se fundamentan en el sometimiento, el tormento somático y una desconfianza visceral hacia el prójimo. El autor hace gala de una soberanía creativa que ignora las fronteras entre el realismo y lo fantástico, optando en cada relato por la mirada que mejor sirva a su propósito de desmantelar las convenciones sociales mediante una ironía punzante y un escepticismo que raya en lo absoluto.

En medio de esta geografía de la indigencia moral, emerge de forma paradójica una corriente de compasión que suaviza las aristas de las historias más atroces, permitiendo que la lealtad o el afecto actúen como contrapuntos luminosos ante la sombra predominante. La prosa de Olgoso posee una cualidad sensorial difícil de asir mediante la pura razón, operando de manera análoga a la atmósfera inmaterial de una pieza de Debussy; se percibe y se reconoce su singularidad desde el primer contacto, pero exige del lector una renuncia a los prejuicios y una disposición a mirar con ojos renovados. Con este volumen de doscientas páginas, el autor no solo reafirma su maestría en la distancia corta, sino que entrega una obra inmarcesible que se sitúa al margen de cualquier precepto genérico, consolidando un universo propio donde la belleza y la inquietud son las dos caras de una misma moneda biológica.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Reseña de "Holobionte" en Librújula, por Diego Prado

Muy agradecido a Diego Prado por su generosa reseña de “Holobionte” (Eolas) en el último número de la revista Librújula:




<<A lo largo de más de veinte libros de relatos publicados, Ángel Olgoso se ha convertido por derecho propio en uno de los más activos referentes del cuento y de la literatura fantástica española, entendida esta desde muchas vertientes que van del relato satírico al de terror. “Holobionte”, su última entrega, sigue por los derroteros de lo extraño, lo perturbador y lo insólito. Compuesto en su mayoría por cuentos breves o muy breves, algunos verdaderos microrrelatos, se trata de historias que en no pocas ocasiones rozan la crueldad y el sadismo de nuestros semejantes, pero también la locura, al enfermedad y la soledad. Sin embargo, al margen de la imaginación febril del autor, hay que hacer una especial mención al tratamiento del lenguaje, que en el granadino es especialmente primoroso y particular. Sobre los cimientos de una idea vertebral, muchas piezas de Olgoso se sostiene realmente en su maravillosa arquitectura lingüística, servida por un castellano poderoso, repleto de matices y creación verbal, hasta el punto de que algunas de las piezas más breves se asemejan a auténticos poemas (también hay alguno en verso).

Cuentos como “La mujer transparente”, “Vidas privadas”, “Flores atroces”, “La travesía”, “A Dentist’s Dream”, “El síndrome de Lugrís”, y así hasta una cincuentena de historias, dan fe de una maestría alcanzada libro a libro, relato a relato, como se construían antaño esos señoriales caserones que, a pesar del tiempo, siguen majestuosamente en pie. Aquí hay narraciones de más de viente páginas y de una sola línea, aterradoras o tiernas, bienhumoradas y oscuras, todo ello dando testimonio de una capacidad creativa sin fronteras de géneros ni estilos, porque la marca Olgoso es ya única e intransferible>>.