Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

viernes, 18 de septiembre de 2026

La poesía nómada de Marina Tapia

Comparto mi reseña de “Nômade”(Entorno Gráfico), el último y extraordinario libro de Marina Tapia, en la revista Horizonte Garnata:




<<LA POESÍA NÓMADA DE MARINA TAPIA.

Resulta fácil escribir sobre cualquier libro de Marina, dada la calidad intrínseca de todos ellos. Y al mismo tiempo resulta muy difícil hablar de la autora dada su humildad, dado su deseo congénito de invisibilidad. Es como intentar atrapar a un humilde gorrión sin que se le parta a uno el alma; un gorrión que, a lo sumo, sólo quiere que nos fijemos en su vuelo y no en su condición de ave, de criatura aérea. Pero cómo hablar de la poesía de Marina sin decir que pertenece a ese linaje escaso de los poetas de nacimiento, que viven, respiran y transmiten poesía. Cómo ocultar su singularidad, tan rara y valiosa sobre todo en un presente colonizado por vanidades, oropeles impostados y egos revueltos. Aunque a Marina le horroricen estas afirmaciones, somos afortunados de que su suculenta savia chilena esté renovando de nutrientes los vasos liberianos de la poesía granadina y española.

Tras ese hito en su trayectoria creativa que ha sido “Mixtura”, la antología personal en la que ha recopilado una buena muestra de sus diez primeros poemarios (algunos inencontrables al tratarse de ediciones debidas a diversos premios literarios), nos entrega ahora su nueva obra, “Nômade”, que Entorno Gráfico ha tenido el tino y buen gusto de publicar aquí, en Granada, el hogar desde hace trece años de una Marina ya no tan nómada. De alguna manera, “Nômade” entronca con “Islario”, una obra suya anterior donde peregrinaba con emoción contenida a numerosos lugares del mundo, ya que “Nômade” fue escrito en gran parte durante su residencia en Óbidos, becada por Granada Ciudad de Literatura Unesco. Digo en gran parte porque, además de contener “Cuaderno portugués”, con los poemas destilados y tamizados durante su estancia en aquella hermosa ciudad medieval, “Nômade” cuenta con un segundo grupo de poemas titulado “Errantía”, formado exclusivamente por sonetos. Piezas todas hermosísimas, en las que Marina retoma, se ciñe y revitaliza los temas de este molde clásico con una altura tal que uno parece estar leyendo por ejemplo a Sor Juana Inés de la Cruz. “Cuaderno portugués” es belleza sencilla, es azul, es melancolía, es bodega, es Atlántico, es muralla, es verdín, es tiempo desflecado, es dulzura, es nudo y salitre, es barca amarrada, es viento verde, es alfiletero de saudades. “Errantía”, en cambio, es verbo sonoro, espíritu inquieto, rima felina, destierro leve, nácar escarchado, es andadura, feliz ejercicio, vida renovada, pupila y bravura, es sol a manos llenas, es orbe de diamante.

Como dije en uno de los prólogos que tuve el privilegio de escribir a alguno de sus libros, los versos de Marina son versos que polinizan el alma. O, por decirlo al modo de Cunqueiro, la poesía de Marina es ambrosía, madre de levitaciones. Y Marina es a su vez, como todos los poetas auténticos, una médium verdaderamente modesta. Su humildad custodia la pureza que necesita, por encima de todo, el poeta. Pienso que Marina podría ser uno de aquellos ángeles que visitaron a Abraham, en pura misión de consolarnos en un mundo demasiado feo y bárbaro. Que Marina podría ser como esos médicos, como esos contados seres misericordiosos que tienen la seguridad de que con dulzura y consuelo se curan muchas enfermedades. O como esos místicos que pasan de puntillas por su tiempo, porque el ruido del mundo no deja oírlos, pero luego, aunque sea mucho tiempo después, acaban resonando como un fragor en el corazón de las gentes, que por fin pueden escucharlos. Porque tengo la certeza -como la tiene cualquier persona que se haya acercado a su poesía o la frecuente en el futuro- de que la lectura de los versos de Marina es realmente un descansadero, un lugar de quietud, un espacio calmante del alma donde se amortiguan los ruidos y se otea el mundo, con sus colores y misterios, como desde una particular y gratísima lontananza; donde los sentidos se expresan y glorifican mediante la razón y el ritmo interno; donde los apetitos, con sus batallas y cicatrices, se subliman, y se auscultan apaciblemente los afectos.

Quizá la sensación de transparencia que se respira en su obra provenga de que nuestra poeta no se deja atrapar por el paisaje, por las vivencias o los sentimientos, sino que los deglute y los fija para nosotros en planos mentales. Según Azorín, lo que da la medida de un artista es su sentido de la naturaleza: un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje. No parece sino que Azorín se refiriera a Marina. Porque ella no habla acerca de las hojas de los árboles y de las ardillas y de la espuma y del musgo en las rocas y de las golondrinas, sino que habla en su nombre, sin intermediarios, impregnada la poeta de su gracia, de sus átomos, de su sustancia tangible, ataviada de luz, transmitiéndonos -con cordial belleza y frescura- un mundo natural vivo, soberano, inteligible, en primera persona, y en el que percibimos la eternidad del cambio incesante, su enigmático y exuberante deleite físico. Ahí están para demostrarlo esos hitos de su errancia poética, los poemarios “Marjales de interior”, “Jardín imposible”, “Bosque y silencio”, “Islario” o “Piedra que mengua”, cada uno con sus propios matices, con su serena plenitud vital, con su ritmo musical. Todos los libros de su vagabundeo literario son proyectos autónomos y autoconclusivos, repensados y alumbrados con titánico esmero, también los amorosos, los reivindicativos, los homenajeadores, los metaliterarios como “50 Mujeres desnudas”, “El relámpago en la habitación”, “El deleite”, “Corteza” o “Un kilim de palabras”. Marina, con su fino oído literario y su solidaridad, sensitiva y carente de voluntad de poder, es capaz de explorar en su fragua infatigable la frontera entre la palabra y el silencio, de sondear las entrañas tectónicas de la Tierra, de sentir apego por todos los seres, de atrapar epifanías en la pinaza de un bosque, de esculpir las fases del deseo, de atisbar el infinito tras los marcos azules de una ventana portuguesa, de celebrar la existencia como si fuera un centelleante trozo de ámbar, de agasajarla con versos, pinceles o títeres.

Como dice María Negroni, la poesía es la continuación de la infancia por otros medios. Y es que hay una afinidad entre las cajitas donde los niños guardan sus diminutos tesoros y los retazos de vida, los datos sedimentados del mundo que los poetas guardan en sus libros. Lo infantil, como lo poético, es una sublimación de la curiosidad y la memoria, una resistencia testaruda, un ataque al mundo adulto. Igual que el espacio mágico de la infancia, la poesía de Marina Tapia se habita más que se lee, es el arte del silencio inteligente y hermoso, del fervor asombrado, de las esquirlas de un yo que se preocupa por todos nosotros y cuyos temas giran alrededor de la poeta en una espiral armónica, como quería Sor Juana Inés de la Cruz.

Para Gertrude Stein, la poesía perfecta era como perfecta sabiduría y santidad, simplicidad y transparencia. La poesía de Marina Tapia, hasta este su último libro, “Nômade”, se acerca de manera extraordinaria a esa idea, a ese deleitoso ideal. Porque los poemas de Marina existen, no parecen haber sido fabricados sino que pertenecen al orden natural, como el lirio silvestre. Se encuentra uno muy a gusto respirando su aire puro, lleno de misteriosas fragancias, de brisas sensuales, de combinaciones armónicas, de exquisitas ósmosis. Sólo muy pocos autores nos acompañan muy profundamente, creadores que poseen un don donde se funde la gracia y la tersura expresiva con una lucidez especialísima, genuinos artistas que son esclavos del don que han recibido. Sólo muy pocas veces nos penetran palabras esenciales por su verdad o su belleza. Por lo general, y porque la sed no se apaga sino con agua de manantial, hay que cavar un pozo muy hondo para encontrar una veta pura. Y la poesía de Marina lo es, un don como la claridad del agua o de la luz. Un don que no se sabe de dónde viene, sólo se sabe que hay que cavar mucho y esperar mucho. Hasta hoy, en que tenemos la suerte de atesorarlo de nuevo en el cuenco de nuestras manos, en este pequeño volumen de una poeta destinada a ser un clásico, porque sus libros poseen la elegancia, la limpieza y la precisión de lo atemporal.

No me resisto a concluir dejando aquí una breve muestra de ese regalo para todos que es un poema de Marina Tapia; el emocionante autorretrato del inmortal soneto 4 de “Errantía”, la segunda parte de “Nômade”:

Si a fuerza de ascensiones, me depongo,
si cada vez que empiezo, finalizo,
si pinto de dorado aquel plomizo
oráculo interior que recompongo.


Si un beso desvaído yo prolongo
negando su latir color pajizo,
si el hielo que se aviva nunca atizo
y de la decepción ya no dispongo.


Si convertí lo rudo en algo ameno,
si altero cada invierno en primavera:
ha sido porque he huido de mi suerte.


Cansada ya de mí, de este veneno,
hoy voy a ver la muerte como muerte
y al mundo con su flor y calavera.


jueves, 17 de septiembre de 2026

Espacio Ralo recomienda "Holobionte"

 La librería Espacio Ralo de Zaragoza recomienda Holobionte:


Aproximarse a Holobionte, la reciente propuesta de Ángel Olgoso editada por Eolas ediciones, implica sumergirse en un entramado literario donde la exuberancia estilística se entrelaza con una disección implacable de la índole humana. Tomando como premisa el concepto biológico del holobionte —ese organismo que solo existe gracias a la asociación simbiótica de múltiples especies—, Olgoso traslada esta noción al territorio de la narrativa para cartografiar vínculos que, lejos de ser idílicos, a menudo se fundamentan en el sometimiento, el tormento somático y una desconfianza visceral hacia el prójimo. El autor hace gala de una soberanía creativa que ignora las fronteras entre el realismo y lo fantástico, optando en cada relato por la mirada que mejor sirva a su propósito de desmantelar las convenciones sociales mediante una ironía punzante y un escepticismo que raya en lo absoluto.

En medio de esta geografía de la indigencia moral, emerge de forma paradójica una corriente de compasión que suaviza las aristas de las historias más atroces, permitiendo que la lealtad o el afecto actúen como contrapuntos luminosos ante la sombra predominante. La prosa de Olgoso posee una cualidad sensorial difícil de asir mediante la pura razón, operando de manera análoga a la atmósfera inmaterial de una pieza de Debussy; se percibe y se reconoce su singularidad desde el primer contacto, pero exige del lector una renuncia a los prejuicios y una disposición a mirar con ojos renovados. Con este volumen de doscientas páginas, el autor no solo reafirma su maestría en la distancia corta, sino que entrega una obra inmarcesible que se sitúa al margen de cualquier precepto genérico, consolidando un universo propio donde la belleza y la inquietud son las dos caras de una misma moneda biológica.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Reseña de "Holobionte" en Librújula, por Diego Prado

Muy agradecido a Diego Prado por su generosa reseña de “Holobionte” (Eolas) en el último número de la revista Librújula:




<<A lo largo de más de veinte libros de relatos publicados, Ángel Olgoso se ha convertido por derecho propio en uno de los más activos referentes del cuento y de la literatura fantástica española, entendida esta desde muchas vertientes que van del relato satírico al de terror. “Holobionte”, su última entrega, sigue por los derroteros de lo extraño, lo perturbador y lo insólito. Compuesto en su mayoría por cuentos breves o muy breves, algunos verdaderos microrrelatos, se trata de historias que en no pocas ocasiones rozan la crueldad y el sadismo de nuestros semejantes, pero también la locura, al enfermedad y la soledad. Sin embargo, al margen de la imaginación febril del autor, hay que hacer una especial mención al tratamiento del lenguaje, que en el granadino es especialmente primoroso y particular. Sobre los cimientos de una idea vertebral, muchas piezas de Olgoso se sostiene realmente en su maravillosa arquitectura lingüística, servida por un castellano poderoso, repleto de matices y creación verbal, hasta el punto de que algunas de las piezas más breves se asemejan a auténticos poemas (también hay alguno en verso).

Cuentos como “La mujer transparente”, “Vidas privadas”, “Flores atroces”, “La travesía”, “A Dentist’s Dream”, “El síndrome de Lugrís”, y así hasta una cincuentena de historias, dan fe de una maestría alcanzada libro a libro, relato a relato, como se construían antaño esos señoriales caserones que, a pesar del tiempo, siguen majestuosamente en pie. Aquí hay narraciones de más de viente páginas y de una sola línea, aterradoras o tiernas, bienhumoradas y oscuras, todo ello dando testimonio de una capacidad creativa sin fronteras de géneros ni estilos, porque la marca Olgoso es ya única e intransferible>>.



martes, 8 de septiembre de 2026

Libros con una nueva mirada a la naturaleza (Eolas Ediciones)

No se puede entender al ser humano sin tener en cuenta el paraje natural del que procede. Con esta selección de libros, queremos aportar diferentes puntos de vista que buscan demostrar que nosotros también somos parte del bosque.









Editorial: Eolas Ediciones
Grupo de investigación: Geighd Unileon
Directoras de la colección: Natalia Álvarez Méndez Ana Abello Verano



lunes, 24 de agosto de 2026

Reseña de "Holobionte" por Joaquín Fabrellas en Zenda

Muy agradecido a Joaquín Fabrellas por su magnífica reseña de “Holobionte” (Eolas Ediciones) en la revista Zenda:



LA FLOR ATROZ DE LA NARRATIVA

22 Ago 2026/Joaquín Fabrellas 


Escojo uno de los títulos, modificado, de uno de los relatos que nos presenta Ángel Olgoso en esta nueva entrega, ya que su literatura se introduce con forma de rasgadura, y digo esto por varios motivos: la capacidad única de cambiar de registro, tanto dentro del libro, como fuera de él, de tantear el relato erótico amoroso, a la más pura ciencia ficción de anteriores entregas, como en Sideral (Eolas, 2024), por ejemplo, o, a los hechos narrados en este libro en torno al prójimo, y también, a cómo nos vemos nosotros mismos dentro de esta sociedad basculante en la que somos engranajes móviles de las grandes narrativas tecnológicas de grandes lobbies en donde somos súbditos digitales.


Dicho eso, la narrativa breve, y no tan breve de Olgoso, se posiciona al nivel de los grandes narradores españoles por su minuciosidad, por su esmero léxico, y por sus situaciones inéditas, ahí transitan Medardo Fraile, Aldecoa, Ferlosio, que ya es decir, donde Olgoso es el continuador de un estilo que tan buenos frutos ha dado en la narrativa española. Y digo esto porque no se parece a ningún otro escritor español de su generación, ni de generaciones posteriores. Olgoso es uno de los todoterreno mejor equipados de la literatura breve actual. Es un hecho.


En Holobionte (Eolas, 2026) pasean sus obsesiones reunidas en torno a la figura del otro, ese desconocido furioso que somos nosotros mismos, o al que saludamos en el ascensor y del que no tenemos ni idea de quién es. O la relación filio-paternal, ejemplificado aquí en torno a Kafka y su padre, el cual le escribe una misiva a su hijo, recriminándole todo lo que Kafka le dijo por escrito a su padre.


“Querido Franz: He sabido, por tu madre, que me escribiste una larga carta de reproche en la que registrabas el aborrecimiento que te causa mi presencia […]”. Así empieza este relato de un Kafka herido por el comportamiento de su padre, donde el progenitor le da la vuelta a la relación y la convierte en una carta de descargo sobre su hijo.


Por otra parte, Olgoso introduce también un extenso relato, “El síndrome de Lugrís”, en una Galicia mítica, en donde uno de los amigos comienza a sentir un miedo desmedido por los otros, en una ciudad que se ha visto transformada por la llegada de los otros, del turista buscando la preciada Compostela. La masificación convierte a este gallego en un agorafóbico depresivo, porque no reconoce en los otros, ninguna humanidad, sino que se convierte en una masa informe, en un monstruo sin cabeza. Y su ciudad convertida en un escaparate sin fondo, cuando los dos amigos representaban esos valores seculares de unión con la tierra y con las costumbres. Si extrapolamos esa situación a cualquier otra ciudad española, se nos desvela el problema del turismo empobrecedor que convierte a la gente en masa y a los lugares en decorado.


“Allí, en la Rúa do Doiro, le tomé entonces de la mano (como queriendo decirle “Xá te entendo”) y Manuel Lugrís, narcotizado todavía, me la apretó un poco, sin rastro de fuerzas, pero fundamentando el contacto en una ofrenda de lealtad […]”.


Esa tendencia a hablar del prójimo se muestra igualmente en el relato de “Los Ujiji”, tribu desconocida que no sabe mercadear, sino que además, regala los productos con los que quiere hacer negocio, en una especie de potlach, de agasajo al otro, ese regalo inusitado que te deja en una posición desfavorecida, como esa famosa sentencia de Tennesee Wiliams: “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”.


Pero qué mayor conciencia del otro sino es la de sentir con la conciencia del otro, ese otro ser que vive y ama con nosotros, aquel, parafraseando a Rilke cuando decía que somos los garantes de la soledad de nuestra pareja. Nada menos, guardianes de los silencios de la persona que amamos. Así se presenta: “Mi patria camina con tacones o condoritas, lleva pañuelos de colores, floreados zarcillos colgantes y diademas de felpa, se recoge con gomas y horquillas su pelo ingobernable, enciende su carita de manzana reineta”.


Las costumbres de los otros cuando vivimos en comunidad, ese vivir colectivo y la acendrada manera de entender el silencio cuando convivimos y que tantos nos molesta. En “El tendedero”: “Un rechinar concéntrico. Un clamor cortado a pico. Una aturdidora letanía. Una cólera compacta. Nosotros, mientras tanto, nos encorvamos hasta tocar los pies con la barbilla, gemimos impotentes […]”.


Como digo, todo un ejemplo de saber hacer narrativo, de placer lector, comprobar con deleite cómo habitan en Olgoso tantos registros y cómo los manipula para ofrecernos estas colecciones de urgencia. Leer para acordarnos del otro, para que no desaparezca, para que no desaparezcamos en esa masa informe de la globalización pobre que nos vendieron como riqueza.


Léanlo, tienen 64 motivos para hacerlo.