Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

domingo, 15 de julio de 2018

Presentación En la cárcel

El pasado lunes 9 de julio, en el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, Ángel Olgoso presentó el libro En la cárcel. Los mejores relatos carcelarios del Certamen Conrada Muñoz (2010-2017). Lo acompañaron en la puesta de largo de la antología: Francisco José Carpena, patrono de la Fundación Sociedad y Justicia, Antonio Marín, portavoz del Certamen, y Juan Chirveches, coordinador del volumen.
La portada del libro es obra del pintor David Zaafra.
Os dejo con el texto de Ángel y con algunas imágenes del acto.




PRESENTACIÓN DE "EN LA CÁRCEL"



El mundo es un infierno, y los hombres se dividen en almas atormentadas y diablos atormentadores. La idea que Shopenhauer tenía de la organización de la sociedad humana -a la que veía oscilar como un péndulo entre el despotismo y la anarquía-, podría colgar perfectamente como una vitola del lomo de este libro insólito. Insólito no sólo por la temática, porque nos proporcione el negativo del orden establecido; porque obligue al lector a negociar con la cara oculta de la realidad, con su lado brutal o simplemente desafortunado; porque configure un delta al que van a parar existencias tristes y rabiosas que han ardido en su propio fuego; no sólo por sus atestados sobre los límites de lo aceptable, sobre la droga dura de las tentaciones, sobre el demonio de los impulsos destructivos, sobre el perpetuo combate contra el prójimo o sus bienes, sobre el mayor juego de dados que hay (el del nacimiento y la muerte); es insólito sobre todo por su origen, una admirable iniciativa de la Fundación Sociedad y Justicia, una asombrosa y benéfica labor de vasos comunicantes: difundir el arte y la cultura en el medio penitenciario y divulgar en la sociedad las actividades culturales generadas en estos centros por el entusiasmo de sus empleados públicos y por las capacidades de sus internos. Y este brote que ahora, tras ocho esmeradas convocatorias del premio, florece en forma de libro germinó como un continuado homenaje, como un sentido recuerdo a Conrada Muñoz, la primera víctima del terrorismo etarra en la provincia de Granada, asesinada por unos verdugos cobardes y crueles, sin empatía ni neuronas, profesionales de una violencia que se ha revelado inútil, como todas. Quizá tenía razón el filósofo alemán al pensar que el hombre es en el fondo una bestia salvaje, una fiera, y que por eso retrocedemos con horror ante las explosiones accidentales de su naturaleza.


Celdas como pequeños avernos, jornadas seriadas, patios como campos de batalla, voces como disparos, el tiempo como gotero, la esperanza como cielo, la justicia como ultraje, la condena como un muro, las cicatrices como el rítmico sonido de una porra sobre una puerta metálica, la redención como una mujer leal que te aguarda sin desfallecer. Bajo el denominador común del mundo carcelario, en este volumen candente encontramos una variedad que -según observa en su pormenorizado prólogo Francisco Gil Craviotto- a primera vista juzgaríamos imposible. En efecto, sorprende que un tema tan ceñido, que un espacio tan literalmente acotado, pudiese ofrecer tantos matices, tantas situaciones y puntos de vista, que por cierto poco tienen que ver con la imagen tópica de las prisiones en el cine.


La literatura es un animal montaraz que no cría en cautividad pero es también, a la vez, un hecho individual que la falta de libertad no puede matar. Todo en las páginas de este libro parece verdadero, nada parece novelesco en una esfera habitualmente inexplorada. Sus autores copian con exactitud la realidad en la anécdota, en los trazos psicológicos, en el tono de desafiante coloquialidad que despliegan para describir el tumulto de miseria, riñas y sufrimientos que ocupan a los personajes, gente luchando hasta que el alma se cae a pedazos, mientras la conciencia queda reducida a la mera supervivencia, a la voluntad de persistir. En su afán de consignar un ecosistema de vidas desdichadas o extremas, de ir a contrapelo de una existencia ordenada, convencional y respetuosa de las leyes, estos treinta relatos -premiados o destacados- dejan forzosamente una profunda impronta en la blanda tablilla de nuestra conciencia de sujetos civilizados, tal vez porque cualquier rasgo de autenticidad nos admira, igual que sentimos avidez por conocer la intimidad ajena. En su modo de operar con la atroz sordidez, con la tensión y las vejaciones entre semejantes, con las respuestas viscerales, con el miedo a no llegar a nada, con la desigualdad levantando vallas visibles e invisibles, los autores de esta obra colectiva crean a priori una estética oscura, escatológica, tremendista.


No obstante, es posible que -como pensaba Robert Penn Warren- la vileza del individuo, para ser amada, deba vestirse de gloria. Por eso, en estas historias, además de espeluznantes descensos a los infiernos, además de delitos, locura y desesperación, podremos encontrar talleres y bibliotecas, actos de piedad y de coraje, de consuelo y de salvación. En estas narraciones aprenderemos también el emocionante valor de la camaradería, de una palabra dada, de una caricia, de una oportunidad; aprenderemos a afrontar riesgos, a esperar el momento de una meditada venganza, a descubrir que la valentía y la cobardía se esconden bajo una misma vida, que las flores que se marchitan y las criaturas vulnerables que purgan sus pecados pueden emitir, en ocasiones, la luz de la ilusión, de la ternura natural, de la expansión del alma, de los afectos y los ensueños y de toda esa suave y confortadora corriente que constituye el misterio de la condición humana.


La mitad de los escritores (o la mayoría, si hablamos de los escritores realistas de nuestro país) siguen la involuntaria directriz que expresó el pintor Gustave Courbet con su pregunta: "¿Cómo quieren que pinte ángeles si no he visto ninguno en mi vida?". Sin embargo, hay otros escritores, algo más imaginativos, que prefieren la idea de Rémy de Gourmont: "Sólo se escribe bien de lo que no hemos vivido". Resulta difícil saber a quién pertenecen las peripecias narradas en esta antología, si están extraídas de vivencias reales, qué se añadió para convertir estos testimonios en ficción. En cualquier caso, la vocación literaria es un fuego que puede prender en el lugar más inhóspito. Con su descripción de una realidad desaseada, con sus protagonistas moviéndose entre el desbordamiento pasional y una dolorosa contención a causa de la condena o de la culpa, con sus ejercicios de estilo sinceros y retadores, lúcidos y airados, los treinta autores presentes en este libro han de sortear un peligro mayor que una navaja apoyada en la espalda o que un cerrojo que se cierra tras de ti: el de las cosas demasiado reales. Estas, cuando son excesivamente remachadas por su dimensión física corren el riesgo de convertirse en tragedia o, como dice Vila-Matas, tanta realidad puede acabar pareciendo una fantasía, una borrachera de realidad. Totalmente de acuerdo. Pero si bien es cierto que ese exceso folletinesco nos puede llevar a creer que la base materialista de la vida es la verdad fundamental, no es menos cierto que el único peligro letal para la creación verbal es la falta de calidad. Sin ella, la invención no es útil como promesa ni como magia que nos redima de nuestra anodina existencia; sin ella, la imaginación no es útil como instrumento para un gozo sin límites; y, sin ella, la literatura no es útil como desveladora de un sentido, de un destino que nos concierne a todos.


Este volumen recopilatorio -imprescindible ya de facto en el género carcelario-, además de articular un posible muestrario de los caminos por los que discurre el cuento actual, demuestra que entre los males de un establecimiento penitenciario no es el menor la sociedad en la que se encuentra. Y este capitalismo depredador, desbocado y autoritario en que estamos inmersos resulta tan esperanzador como una noche de Walpurgis. Presidio, jaula, gayola, buitrera, patio de Monipodio, Código Penal, hipotecas, moral, al fin y al cabo todos estamos presos en una cárcel más amplia, felizmente sometidos, todos estamos acostumbrados a este vis a vis con la suerte, todos estamos habituados a esta libertad vigilada.


Fotos de M. Tapia

sábado, 7 de julio de 2018

Entrevista en SecretOlivo

SecretOlivo es una activa y refrescante revista de Cultura Andaluza contemporánea que mira desde Andalucía hacia todos los puntos cardinales. Fundada en 2011 por Tono Cano y Miguel Blanco, secretOlivo es -en palabras suyas- un proyecto cultural colectivo e independiente formado por un equipo que roza el centenar de creadores en los más diversos campos: periodismo, historia, bioquímica, antropología, música, audiovisual, literatura, imaginería, teatro, cómic e ilustración, arte urbano... Sus objetivos son aunar los mejores proyectos de los diversos creadores andaluces; potenciar la Cultura Andaluza exponiendo, cultivando y fomentando sus valores universales así como sus vínculos con otras culturas; y ser una herramienta útil para dar voz a ideas renovadas y visibilidad a los creadores con mayor proyección y sus obras.




ENTRE2VISTA por JAVIER GILABERT y FERNANDO JAÉN


Ángel Olgoso es considerado por muchos como un maestro del relato en lengua castellana. Cuenta en su haber con cerca de setecientos cuentos. Desde sus primeras publicaciones en los años de 1990 (aunque comenzó a escribir relatos en los años setenta), destaca un cuidado estilo literario no exento de cierto lirismo, que dotan a sus narraciones de una emotiva originalidad y una geométrica perfección. Su luz oscura (como dice José María Merino), sirve para iluminar lo asombroso y lo fascinante de este mundo. 

Nacido en Cúllar Vega (Granada), en 1961, es miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada y de la Amateur Mendicant Society de estudios holmesianos, fundador y Rector del Institutum Pataphysicum Granatensis, y Auditeur del Collège de Pataphysique de París. 

Entre sus más de treinta premios destacan: Finalista del XII Premio Setenil 2015 al Mejor Libro de Relatos Publicado en España por 'Breviario negro'. XX Premio Andalucía de la Crítica 2014 de relato por 'Las frutas de la luna'. Finalista del XVII Premio Andalucía de la Crítica 2011 por 'Los líquenes del sueño. Relatos 1980-1995', y Libro del Año 2007 según La Clave y Literaturas.com por 'Los demonios del lugar', también finalista del XIV Premio Andalucía de la Crítica 2008. 

Junto a su intensa y prolífica dedicación al relato, Ángel Olgoso ha trabajado asimismo otros campos literarios o artísticos: el haiku en su libro 'Ukigumo', escrito en 1992 y publicado en edición hispanoitaliana en 2014; y el collage fantástico a partir de grabados decimonónicos, al estilo de Max Ernst, un centenar de piezas publicadas primorosamente en el libro-objeto 'Nocturnario', proyecto colectivo en el que cien escritores españoles e hispanoamericanos ilustraron con textos inéditos aquellas imágenes oníricas y totalmente artesanales. Mención aparte merece su antiguo interés por la Ciencia de las Soluciones Imaginarias creada por Alfred Jarry, la Patafísica. En enero de 2007, espoleado por el escritor Miguel Arnas, pronuncia la conferencia 'Aproximación imposible a la Patafísica' y funda el Institutum Pataphysicum Granatensis, del cual es Rector y Proveedor-Propagador, y en cuyo seno ha otorgado el rango de Sátrapa Trascendente, entre otros muchos escritores y artistas, a José María Merino y Umberto Eco. Para esta Sociedad de Investigaciones Sabias e Inútiles ha elaborado los veintincinco números de 'Los Escarbadientes Espirales del I.P.G.', donde se alternan números monográficos con florilegios patafísicos.

Foto: M. Tapia

- Fernando Jaén (F.J.): Ángel, eres un hombre con un acervo cultural incuestionable, abnegado e impenitente lector y escritor de producción lenta pero imparable. Se te considera un maestro del cuento. Cuentas en tu haber con más de 700 relatos escritos, la mayoría con un cierto tono sombrío, donde exploras esas habitaciones que tenemos los seres humanos y que pocos deciden abrir. ¿Cuál es tu inspiración? ¿Te queda algún tema sobre el te gustaría escribir? 

Gracias, Fernando, por tus generosas palabras. Supongo que a los soñadores nos resulta difícil resistirnos a una buena historia, a una pirueta intensa, a un encantamiento que convierta el carbón en diamante, a una visión que conjure la monótona vulgaridad de lo real, a la vez pueril y terrorífica. No podemos dejar de gravitar hacia las estrellas, tratando de escapar de la atracción de la tierra; es una especie de fuerza magnética inversa, como si la realidad nos impulsara a buscar el éxtasis en los viajes imaginarios. Hay una necesidad apremiante de contar, de buscar epifanías diarias. Y, al menos en mi caso, a la hora de resistir los violentos asaltos de la realidad, trato de conservar un mundo individualmente bello a través de la magia -me atrevería a decir que sagrada- de las palabras. Motivos literarios siempre habrá para un epígono del Romanticismo como un servidor, al que le fascina expandir la realidad, crear un mundo imaginativo y verbal propio, sugerente y extraño, de fabulaciones simbólicas, de prodigios inquietantes, de perspectivas asombrosas y, sobre todo, intentar la proeza de conmover con unas pocas páginas. Aparte de la iluminación poética y onírica de la vida, creo que mi inspiración es lo que el niño deja al hombre: la capacidad de maravillarse, la renovación, la apertura de nuevos caminos, esa mirada sorprendida por la dureza y la locura del mundo. 


- Javier Gilabert (J.G.): Tu carrera literaria entronca en sus orígenes en la poesía y, sin duda, lo lírico está muy presente en tu prosa. ¿Cuál de los dos géneros es, en tu opinión, más difícil de escribir? ¿Está entre tus proyectos el de escribir un poemario? 

Creo que los dos géneros son hermanos, y los dos son hijos difíciles si son genuinos. Ambos trabajan con esencias, intentan descubrir una luz aún no dicha, pintar con breves pinceladas la infinita tormenta de belleza del mundo, pesan las palabras en balanzas de platero antes de llevarlas hasta sus límites para que reclamen nuevos espacios y significados. Sus autores son captadores de lo incapturable, de lo invisible, exploradores de otros mundos. La diferencia está en el método elegido para destilar esos relámpagos visionarios, esas miniaturas de variadas texturas. Sus autores tienen un don que ni la sabiduría, ni la práctica, ni la experiencia pueden sustituir. Y, por lo general, ambos cultivan la invisibilidad, voluntaria o forzosa, y escriben consecuentemente más allá del éxito o el fracaso cosechado. Quizá si lo escrito no es efímero, es poesía. No, no tengo en mente ningún poemario como tal ('Ukigumo' fue una excepción): a mis relatos ya suelen calificarlos de poéticos, tal vez porque uso una prosa que -según la idea de Sartre- se sirve de las palabras pero también sirve a las palabras. Y luego está esa embriaguez verbal, esa música barroca que parece propia de los escritores andaluces. Puede que los estilistas empleemos la prosa como si fuera un arcabuz de oro, no obstante se procura que esa retórica no envejezca y mantenga fresca su vibración en el futuro, que esa materia densa y exuberante no deje de ser un arte que toque el corazón y satisfaga la necesidad de consuelo. En cualquier caso, como decía Cunqueiro, las palabras son el país de las maravillas. 


- F.J.Algunos de tus libros de relatos como ‘Los demonios del lugar’ (Libro del Año 2007 según La Clave y Literaturas.com y finalista del XIV Premio Andalucía de la Crítica 2008), ‘Las frutas de la Luna’ (XX Premio Andalucía de la Crítica 2014 de Relato), o ‘Breviario negro’ (Finalista del XII Premio Setenil 2015), son auténticas joyas del cuento y han recibido merecido reconocimiento. Sin embargo, tengo la impresión de que el gran público no tiene en tanta consideración este género con respecto a otros, aún siendo uno de los más difíciles de conseguir. ¿Por qué decidiste escribir y atesorar tantos relatos y ninguna novela? ¿Qué hace que tus relatos sean tan especiales? 


Por cabezonería, quizá. Por mi falta de talento para los maratones literarios, tal vez. No hay premeditación, ni siquiera rebelión contra el pragmatismo o el comercialismo, sólo una predisposición genética a la palabra justa. Lo cierto es que prefiero degustar la emoción verbal en bebedizos, en esa "rara quintaesencia" que le adjudicó Valera a Rubén Darío, en ese milagro provocado que es la escritura, el de atrapar la gracia, lo misterioso, lo conmovedor que vive en las cosas y en las personas, y no hacerlo al por mayor ni en contenedores descomunales sino con las palabras medidas, necesarias, escrupulosamente sopesadas, que transmitan a la página y al corazón del lector un reverbero, una resonancia de ensueño. El relato fantástico, imaginativo, lleva puesto -como decía Anaïs Nin de los cuentos de hadas- un vestido que produce una brisa, que crea un espacio entre los pies y la tierra. 

No sé si mis relatos son especiales, pero es cierto que hay una voluntad de estilo, de lograr la página con cuño artístico, de mezclar el lirismo y los elementos perturbadores, el fatalismo y el planteamiento lúdico, de infiltrar dosis de lo ominoso, de la extrañeza cósmica, en el mundo de la realidad. Hay una sed de perfección en estas alucinaciones aritméticas, de alcanzar el absoluto como querían los románticos, a través del poder de la imaginación, de su fuerza inventiva, de su explosión de semillas; un humor un tanto lúgubre; un deseo de cultivar sensaciones de todo tipo en relatos versátiles que pueden desarrollarse en cualquier época o lugar, ajenos al anecdotismo inmediato, de largo vuelo, de intensidad contenida, de enumeraciones obsesivas e interrogantes existenciales. En cualquier caso, mis libros no hacen más que traslucir mi modo de ver el mundo, y me parece primordial que la creación traiga a nuestra realidad lo inaudito, sus ecos y sus registros, como un caballo de Troya hermoso y desconcertante preñado de transgresiones. Y, ya puestos, me gustaría llegar a ser lo que decía Pla de Walter Pater, un escritor quintaesenciado y opalescente. 


- J.G.: El humor negro es un elemento que aparece recurrentemente en tus relatos, al igual que lo fantástico y lo inquietante. ¿Cuáles son tus referentes literarios en estos aspectos? ¿Cuánto de humor y de fantasía necesita el mundo en el que vivimos para ser mejor? 

El humor aparecía sobre todo en mis primeros libros, como antídoto -junto a la imaginación- contra el veneno de la realidad. Puede ser, además, rebelión, desinfectante, empresa de demolición, liberación o, como pensaba Boris Vian, la cara civilizada de la desesperación. Los referentes, infinitos: Saki, Wodehouse, Jardiel Poncela, Julio Camba, Miguel Mihura, el humor anarquista de Groucho, el patafísico de Andrés Sopeña, el sociopolítico de Mrozek, el frío de Piñera, el socarrón de Pla, el culturalista de Denevi, el kafkiano de Kafka, etc. En cuanto a las condiciones y necesidades del mundo, depende de la perspectiva: según Pinker, ahora mismo vivimos en el mejor de los mundos posibles dentro de la historia de la humanidad; según Cioran, todo es irreal y no tiene sentido fatigarse para demostrarlo; según Poe, estamos al borde de un precipicio, nuestro primer impulso es apartarnos pero, inexplicablemente, no lo hacemos; según Stanislaw Jerzy Lec, "soñé con la realidad. Me desperté aliviado". Un servidor, como Laforgue, se queja de cien formas de que la vida sea demasiado cotidiana: ya en el Quijote se reconoce la superioridad del arte sobre la realidad. El verdadero Grial, la materia inmortal, la única realidad superior es la obra de arte; el resto sería una sombra imperfecta, degradada. Sin embargo, la piedra realmente angular que habría que anteponer a todo es la educación: sin ella no habría humor, ni fantasía, ni humanidad digna de tal nombre. 


- F.J.Muchas de tus narraciones se desenvuelven entre hechos fantásticos, con reminiscencias de la tradición del “romanticismo negro”, la mitología y el asombro del mundo en que vivimos. Siempre ofreces una luz nueva desde la que contemplar la realidad, todo ello escrito con un cuidado lenguaje y un desarrollo casi geométrico de la narración. ¿Son la noche y los sueños tu fuente de inspiración o más bien la cruda y esperpéntica realidad? 

Los primeros, por supuesto. Siempre me ha interesado explorar la frontera entre sueño y realidad en mis relatos, dar rienda suelta a la potencia expresiva de nuestras capas más oscuras y profundas, vivir como fuera del mundo para estar más adentro, provocar el vuelco de la razón, de las leyes del espacio y el tiempo. De hecho, muchos de los títulos de mis libros ('Los días subterráneos', 'Los líquenes del sueño', 'Breviario negro', 'Racconti abissali' o 'Nocturnario') aluden literalmente a esa dimensión onírica, a ese trasvase entre mundos, a esas horas en que el ser humano -y sus sentidos- se muestra más desprotegido. La noche, los sueños y la vigilia potencian el carácter visionario de mis textos, como si se tratara de un arrecife donde embiste la realidad convencional contra su reverso, contra la realidad subvertida, renovándola y provocando las salpicaduras de lo inaudito, lo misterioso, lo absurdo, lo amenazador. Según Salman Rushdie, cuando la razón y lo irracional se separan producen monstruos; cuando se combinan, crean maravillas. 

Ahora que lo pienso, sin llegar al extremo de las recopilaciones de sueños hiladas por Kafka, por Kerouac en 'Book of Dreams', por Perec en 'La cámara oscura', por Bolaño en 'Un paseo por la literatura', o por Marina Tapia en 'El libro de las visiones', he visitado con mucha asiduidad ese país nocturno donde los miedos, las experiencias y los deseos se transmutan en fantasmagorías: 'Arponeando sueños', 'Las verdes aguas del sueño', 'La técnica de soñar monstruos', 'Sueño nº 333' o 'La impunidad de los sueños'. Incluso, recientemente la profesora portuguesa Ana Sofia Marques Viana Ferreira ha publicado un estudio sobre ellos: 'La técnica de despertar y seguir soñando. Lo onírico y lo fantástico en los microrrelatos de Ángel Olgoso (2007-2015)'. Y los collages de 'Nocturnario' quizá no sean más que una muestra gráfica de mis pesadillas y mis quimeras, deudoras a su vez de los de Ernst y de los grabados de Goya y de Kubin. Sí, puede que la clave esté en la tradición que con tanta puntería has señalado, y en la que me inscribo con orgullo, la que Mario Praz llamó "romanticismo negro": lo bello y lo siniestro, Chateaubriand y Friedrich, Poe y Füssli, los simbolistas y los decadentistas, Blake y Villa Diodati... Necesitamos los sueños, la imaginación, no para soñar o para evadirnos de la realidad sino, precisamente, para despertar y comprender, para combatir la certeza de se está muerto antes de la muerte. Inventamos pesadillas para hacer más llevaderas las reales. Necesitamos conjurarlas con esa luz oscura con la que Merino califica en su prólogo a los textos de 'Breviario negro'. Y es que uno encuentra lo extraordinario en proporción a su propia rebelión contra lo ordinario. 


- J.G.: Como recién llegado a este mundillo literario granadino, el término “patafísico” que adorna los currículos de escritores como es tu caso, o el de Josefina Martos, Miguel Ángel Zapata, el propio Fernando Jaén…, me llama poderosamente la atención. ¿Podrías explicar para los legos en la materia como yo qué es la Patafísica? ¿Cómo llegas a ella y qué influencia tiene en tu vida y en tu forma de escribir? 


Me temo, Javier, que necesitaríamos una entrevista entera para tratar este singular y heterodoxo movimiento cultural. Básicamente, la Patafísica es una ciencia paródica dedicada "al estudio de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones", que tiene su origen en la obra de Alfred Jarry 'Gestas y opiniones del Doctor Faustroll, patafísico'. Etimológicamente, sería la ciencia que se sobreañade a la metafísica, aquello que se encuentra “alrededor” de lo que está “más allá” de la física. En 1948 se fundó en París el Collège de Pataphysique, del que formaron parte Boris Vian, Prévert, Ionesco, Queneau, Genet, Miró, Arrabal, Eco, etc. Los patafísicos cuentan con su propio calendario (de trece meses, cuya era actual empezó el 8 de septiembre de 1873, día del nacimiento de Jarry), santoral laico, organigrama, innumerables cátedras, departamentos y subcomisiones, cargos y dignidades de críptico nombre y publicaciones internas de alto valor bibliográfico. La creación de Jarry ejerció una considerable influencia en las vanguardias literarias, plásticas, teatrales, filosóficas y hasta científicas del siglo XX. De su semilla crecieron el Dadá, el Surrealismo, el Futurismo, el Teatro del Absurdo, el Art Brut, el Grupo Cobra, el Situacionismo, el Movimiento Pánico, etc. La Patafísica -que se ocupa no sólo de este universo sino también de los universos suplementarios- tiene como tarea principal huir de la banalidad circundante, de la losa muerta de una cultura adquirida durante cincuenta siglos y de una ciencia constreñida a preferir la solución que conviene a los hechos. A la luz de del razonamiento, del humor y del azar, la Patafísica constituye una crítica de las costumbres capaz de sustituir con ventaja al conocimiento y a la moral convencionales. "Nada es extraño a la Patafísica puesto que en la vida todo son excepciones", "A lo fácil por lo difícil", "El verdadero patafísico no se toma nada en serio salvo la Patafísica" o "La existencia no es todo, es incluso lo mínimo", son algunos de los postulados de esta disciplina arbitraria pero rigurosa, siendo su emblema la espiral, que representa el conocimiento perpetuo. 

Antes de fundar oficialmente el Institutum Pataphysicum Granatensis, fui durante diez años su único miembro (tras descubrirla en el libro de Noël Arnaud 'Las vidas paralelas de Boris Vian') y, por pudor, no hice un sólo movimiento para consolidar la plaza fuerte o extender la acción de esta “ciencia de lo particular” hasta que, espoleado por el escritor y amigo Miguel Arnas, decidí dar un paso adelante. A tal efecto, mi conferencia Aproximación imposible a la Patafísica -el 25 de enero de 2007- se reconoce como acto fundacional-público del I.P.G. Aquella fue una velada inolvidable y brillante, adobada por los Sátrapas granadinos con declaraciones entrañables, entrega de diplomas, imposición de insignias, lectura de comunicados y fotografías pataphistóricas. En el número 25 de Viridis Candela, revista trimestral del Collège, el I.P.G. fue reconocido oficialmente por el Proveedor Editor General y Representante Hypostático de Su Magnificencia, Monsieur Thieri Foulc. Si desde hace casi cuarenta años años los relatos son mi vida íntima, desde hace diez la Patafísica ocupa casi por completo mi escasa vida social: Reuniones Estacionales, una Gran Exposición Patafísica, la convocatoria del Premio Internacional A. F. Molina al Espíritu Patafísico (que en su primera convocatoria recayó en el dibujante y autor de los Grandes Inventos de TBO Ramón Sabatés, y en su segunda convocatoria en el poeta Carlos Edmundo de Ory), la supervisión y presentación del volumen 'El siglo Ubú', un blog y una web propios, celebraciones del Nuevo Año Patafísico, el aprendizaje por parte de todos del nuevo Himno del Heroico Destacamento de Camellería Patafísica, Defenestraciones puntuales, Veladas Patafísicas Públicas, y la continua elevación a rango de Sátrapa Trascendente de nuevos y numerosos miembros, nacionales e internacionales. Serenísimos todos ellos, son elegidos por propia iniciativa, por su condición patafísica innata o por su natural interés hacia la Ciencia de las Excepciones, sobreentendiendo que se trata de individuos creativos, con inquietudes intelectuales y artísticas. Sin estar sometidos a regla alguna, actúan patafísicamente con su sola presencia o incluso con su ausencia. 


- F.J: Tu relato ‘Aramundos’ (‘Las frutas de la Luna’) es uno de mis preferidos, y leí hace poco un análisis que hizo de él Juan Herrero, en el que destacaba una percepción visionaria del poder transformador del tiempo y una invitación a «regresar al comienzo, cuando el mundo era nuevo y los hombres, benévolos, vivían en la inocencia y en la hospitalidad». ¿Qué importancia tiene la voz poética en tu obra? ¿Cuánto hay de sueño y cuánto de reflexión en él? ¿Consideras que es uno de tus mejores relatos? 


No quedó mal. Aunque, para mí, la pieza más lograda en los cuarenta años que llevo escribiendo relatos es 'El síndrome de Lugrís', también incluido en 'Las frutas de la luna', que considero mi mejor libro. En 'Aramundos' se plasma, de manera literal, el sueño de detener el tiempo. En esa historia cohabitan dos dimensiones o dos tiempos contrapuestos, merced al hechizo de la melodía del chiflo de un misterioso afilador, mensajero que cada año trae la posibilidad de una tregua, de un cambio, de un tránsito a otro mundo posible, mejor, por fin armónico y fraterno, libre de la lepra del egoísmo, la crueldad y la avaricia. Una nostalgia por la plenitud. Cuanta más fealdad hay alrededor, más se necesita soñar, más se siente la necesidad de la belleza, de buscar un refugio al que no llegue la vulgaridad estética ni la zafiedad ética. Pero es cierto que este texto aúna, por una parte, el deseo de imaginar otras realidades y de que al lector le invada ese vértigo, ese escalofrío que se siente al saberse de pronto en coordenadas diferentes y, por otra, la idea de que el deber de la literatura es expresar la belleza por medio de la palabra. Como muy bien afirma Juan Herrero en su minucioso trabajo, se trata de un relato poético con una retórica especial que juega con imágenes, metáforas o enumeraciones inesperadas que sorprenden las expectativas del lector. Como otros cuentos de 'Las frutas de la luna' ('Contraviaje', 'Los túmulos', 'El confeti de nuestras cenizas' o 'La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos'), proporcionan una visión de conjunto de la especie, una perspectiva totalizadora que permite contemplar el planeta según lo expresó Chateaubriand, como un insecto microscópico inadvertido en el pliegue del manto del cielo. 



- J.G.: El pasado año se editó un volumen de 700 páginas con los 25 primeros ejemplares de la serie de ‘Los escarbadientes espirales’. ¿Cómo explicarías a los no iniciados en la Patafísica en qué consisten esos “escarbadientes”? 


Los patafísicos son aquellos que hacen de manera consciente lo que los demás hacen de manera inconsciente, así que tras su Desocultación en 2013 (vulg.) después de un lustro hibernado, el I.P.G. se entregó a una febril actividad institucional aspirando a mostrar la excepción patafísica, y tal eclosión obligó a exorcizar la conspicua pereza de este Rector que entonces, durante cuatro años, ideó, diseñó, imprimió en un secreto falansterio granadino y repartió puntualmente una serie de opúsculos -monográficos y florilegios- con las invaluables aportaciones de los Sátrapas Trascendentes, hijos del cáustico Jarry que pidió un mondadientes en el momento de su ingreso en la Ethernidad patafísica. 

Ahora, en esta época de voraces Ubús falsarios y en este año en que celebramos nuestro Décimo Ubuaniversario, hemos presentado la edición reunida, simbólica y oficial de aquellas plaquettes confidenciales de tirada limitada y uso interno, de aquellos primeros 25 números de 'Los Escarbadientes Espirales del I.P.G.', sociedad sabia, inútil y faustrollizante. Ismael Ramos ha sido el responsable de la maquetación vivísima e imaginativa de este precipitado estético, de este poliedro de ideas, toda una sublimación de lo Irrelevante, una navegación epigeana, un regurgitamiento indiscernible. Supuso todo un privilegio personal contribuir a esta imantación de intereses en torno a la Ciencia de las Ciencias, a invencionar y eyectar esta publicación mano a mano con los serenísimos miembros del I.P.G., pataeminencias ocurrentes de corazón sublime y cerebro prodigioso, a los que desde aquí rindo honores ubuescos, y a los que ruego que no cambien: las excepciones mejoran al permanecer excepcionales. 

La hazaña se llevó a cabo en la granadina Imprenta del Arco. El volumen, con calidades de tesoro bibliográfico, está encuadernado en tapa dura y tiene lomo cuadrado, papel interior ahuesado de 100 gramos, guardas amarillas, 25 portadillas en pergaminol transparente con efecto tridimensional, Pataintroito en papel Kraft, diseños con juegos en espejo, en espiral, en ondas, ajedrezado, etc. Para José María Merino, se trata de "una joya, un majestuoso toisón, imaginado con sutileza Ubuenísima, digno de figurar en la Biblioteca de Babel y en la de Babilonia, por lo menos". En el índice del libro podemos encontrar títulos como 'El clítoris de Arrabal', 'El abrazo de la Venus de Milo', 'Teoría General de las Ingles', 'Ubú Panóptico', 'Siderurgia Sideral', 'Escupiremos sobre vuestras tumbas (Epistemología del Gran Saqueo)', 'Eco Dadá', 'Catoblepas (Bestiario patafísico)', 'Erótica Patafísica', 'Epifenómenos fenomenales', 'Nicolas Cirier, tipógrafo loco' o 'Patafísicos sin fronteras'. 



- F.J: En tus libros siempre se escapa algún relato con Japón y la cultura japonesa como telón de fondo. ¿De dónde nace esta pasión? 

El brillo prometedor de lo lejano, de lo exótico, el silencio elocuente de Oriente, siempre me han atraído mucho más que la aspereza roma de lo cotidiano y que la jaula de grillos occidental. Esa fascinación comenzó en la adolescencia con la civilización china, pero pronto dejé atrás su innegable apariencia kitsch y caí rendido ante la tradición y las formas más sobrias y exquisitas de Japón. También surge de cierta identificación con sus patrones de pensamiento budista, de la armonía absoluta con la naturaleza, de mi admiración por su acervo artístico, por la amorosa atención a los minúsculos detalles, por el esmero, por las sensaciones sutiles, por la modestia de la maestría, por la maravillosa delicadeza de sus logros literarios, pictóricos, arquitectónicos, artesanales, gastronómicos, etc. Cuando en 1992 escribí los haikus de 'Ukigumo', o cuando compuse casi para cada libro mío un relato ambientado en Japón, quizá lo que hacía inconscientemente era pagar un modesto tributo por el deslumbramiento que en su momento me produjo, por ejemplo, el encuentro con el Zen, con el concepto taoísta del Wu Wei, la ceremonia del té, el arte ukiyo-e, la visión de 'Kwaidan' o de los films de los maestros clásicos japoneses, la vida y muerte de Mishima, la lectura del 'Manioshu', del 'Libro de la almohada', de las obras de Kawabata o de 'El elogio de la sombra' de Tanizaki. 



- J.G.: Se te puede considerar un pionero en el campo del relato breve. ¿Cuáles son, en tu opinión, la evolución y el momento actual de este género, al que cada vez se suman más escritores y que es también más demandado por el público? ¿Y su futuro? 

Puede que haya cierta efervescencia propiciada por el Nobel a Alice Munro, por la continua publicación de libros de creciente calidad de autoras hispanoamericanas, y por las estructuras lectoras del colonialismo digital (que facilita su inmediatez, su difusión, y también su banalización y la dispersión de la mirada), pero tengo la impresión de que -inexplicablemente- los relatos y los libros se relatos se mantienen invisibles para el gran público, exceptuando pequeñas ráfagas puntuales. Es obvio, asimismo, que se están diluyendo los géneros y borrando las lindes, lo fantástico se infiltra en el realismo, la no ficción en la ficción, y viceversa, lo cual es por supuesto una contaminación positiva y fructífera. No obstante, me temo que -como decía Carlos Edmundo de Ory- lo fantástico sigue sin tener público en nuestros pagos de viñas y olivares, que no presta demasiada atención a los ensueños intelectuales de lo gótico, de lo macabro y otras exquisitas melancolías de sello romántico; y me temo que hasta que no haya revistas pagadoras de los trabajos de los narradores, hasta que los libros de relatos no demuestren ser rentables a ojos de las editoriales, el género nunca obtendrá la atención multitudinaria y el prestigio que disfruta por ejemplo en América. Y mientras tanto seguiremos probablemente, durante mucho tiempo, bajo la aplastante, bajo la abrumadora y gregaria tiranía de las novelas. 



- F.J.: Te gusta disfrutar con el arte y en ese sentido tienes un gusto especial por realizar collages. Hace unos años se publicó ‘Nocturnario. 101 imágenes y 101 escrituras’, libro coeditado con José María Merino, ilustrado con tus collages y acompañándolos con textos de un centenar de escritores españoles e hispanoamericanos (Nazarí, 2016), entre los que tuve la suerte de estar. ¿Cómo surgió la idea y tu afición a los collages? ¿Cómo fue recibido un libro tan particular, esta pequeña joya? 


A mediados de los noventa, entre 1994 y 1999, estuve varios años sin escribir, pero el caudal de la imaginación encontró una brecha en el dique de los contratiempos del día a día: collages en blanco y negro a partir de grabados decimonónicos, en la tradición surrealista de Max Ernst. Al principio contaba casi únicamente con los libros ilustrados por Doré; luego, fui ampliando el material de imágenes con volúmenes de grabados del siglo XIX sobre moda, fauna, maquinaria, erotismo, viajes, medicina, etc. Eran imágenes tan sugestivas que no pude resistirme a experimentar con ellas, a buscar texturas oníricas, poéticas, macabras, libertinas, satíricas, legendarias, a crear historias completas conectando una imagen recién recortada con otra disímil o con un fondo inesperado. Me hacía feliz ese humilde pasatiempo, esa meticulosa labor de artesanía en la que esgrimía tijeras y pegamento, esa otra variante más de la taracea granadina, como mis relatos. Recuerdo con nitidez la fascinación que me provocaban aquellas combinaciones más íntimas de la mente, el placer que me procuraba huir de lo familiar, traducir libre y visualmente otras facetas, otras dimensiones que son inseparables de la condición humana. 

Casi quince años después, en Madrid, le mostré a Merino unas fotocopias de los collages y, entusiasmado, sugirió el proyecto en el que -al contrario de lo que es usual- las imágenes fueran ilustradas por el mismo número de textos literarios. Tuvimos que crear una compleja logística que abarcó toda una red amistosa de escritores de distintas edades y promociones y de diferentes sexos y lugares, sin excluir el otro lado del océano, que se enfrentaron con las imágenes para “ilustrarlas” con sus textos en prosa o en verso: cien miradas planteando analogías entre unas formas de lenguaje y otras, ofreciendo la creación de imágenes más mentales, una obra abierta y repleta de referencias a la literatura, al arte, a los propios ensueños y figuraciones. Así, al aunarse ahora con poesía, narrativa y pensamiento en una fusión creativa particular, en un palimpsesto de voces, en un corpus cargado de múltiples lecturas, aquellos viejos collages fueron llevados a una dimensión asombrosa, expandiéndose en un universo mestizo y delirante. Hoy, cuando parece que estamos ante la muerte de la imaginación a manos de la sobreinformación, creo que 'Nocturnario' favorece el uso de la parte del cerebro que está a la vista -los ojos- y reclama una mirada personal que despierte los sentidos, que los limpie de esa aturdidora abundancia de imágenes que, en la actualidad, con los medios digitales, no han hecho sino multiplicarse hasta el infinito, persuadiéndonos de que imaginar es un lujo innecesario. 

Mi amigo Paolo Remorini maquetó este hermoso volumen polifónico e intertextual, este libro-espejo donde las palabras reflejan imágenes y las imágenes evocan palabras, y Nazarí se encargó de una edición primorosa en su elegancia y sobriedad. Aunque me temo que, a pesar de su condición solidaria (los derechos de autor se donaron a Médicos Sin Fronteras) y de su más que ajustado coste, el libro ha tenido escasa repercusión, convirtiéndose en una flor rara y exquisita. Pero siempre me quedará la alegría de haber hecho literalmente realidad este sueño de sueños, estos esponsales de la imagen y la palabra. 



- J.G.: Hablemos sobre tu próximo trabajo. ¿En qué andas, literariamente hablando, ahora? ¿Qué “de viejo” y qué “de nuevo” van a encontrar tus lectores en él? 

Acabo de terminar mi nuevo libro de relatos, 'Devoraluces', un punto de inflexión literario en mi obra que se origina tras haber conocido a Marina, dulce huracán que ha reinventado mi vida. Se trata de un libro celebratorio, nacido de la gratitud a Marina y a su amor luminoso, y que me ha reconciliado con la humanidad. Es, básicamente, un catálogo de sus dulzuras: la pasión, la esperanza, la pulsión creativa, la alegría, el poder de la imaginación, la solidaridad, el cariño paternofilial, la fascinación de las historias, la bondad, los sueños, el ingenio o la amistad. Aunque no ignoro que la existencia no tiene ningún sentido, que oscila claramente entre la estafa y el horror y que tarde o temprano enseña las garras, hay que vivirla como si fuera algo precioso e intentar, sin descanso, encontrar la avara belleza y los instantes de luz que se esconden entre sus rincones. Vivimos en un mundo cada vez más sombrío, y precisamos cada vez más fulgor, nos urge ser conscientes de que estar vivos es algo milagroso, un goce del que Xavier de Maistre pensaba que al común de los mortales le parecería singular: el de existir y respirar. 

Los libros anteriores compartían un aire burlón, pesismista, oscuro, perturbador. Si con 'Breviario negro' puse un crespón a mi narrativa (en la línea de la extrañeza onírica de Andreiev, Aickman o Ewers), si hacía resonar en los oídos del lector el hueco sonido de la tierra amazacotada sobre la tumba, con 'Devoraluces' remite el fatalismo y el narrador a la cálida marea de la vida, se reencuentra con la dicha, con las mil y un facetas que cada día ofrece la existencia, con la belleza del mundo, con la felicidad de amar y ser amado, el narrador se sabe efímero y sin embargo no duda en ensalzar la vida en la que nos consumimos. Ya Dante condenaba al Infierno a aquellos que fueron tristes "en el dulce aire que del sol se alegra". A diferencia de mi obra anterior, en estas historias he procurado insuflar un ánimo benigno, positivo, inocente, abierto a los sentidos, he intentado escribir un librito que dé gusto leer, que haga soñar, que sea como un bálsamo para el alma del lector. Es, definitivamente, mi obra más vitalista (con desnudo integral incluido), pero en él no renuncio a seguir transfigurando la realidad. En cuanto a futuros proyectos, ya se sabe que las melodías no oídas son más dulces que las escuchadas. 


- J.G.: Eres miembro de la Amateur Mendicant Society de estudios holmesianos. En los últimos años, Holmes es un recurso muy utilizado tanto en el cine como en las series de televisión. ¿A qué crees que se debe esta fascinación del mundo del celuloide? ¿Te parece que alguna de éstas adaptaciones está bien lograda? 

Es la atracción lógica que causan los personajes inmortales, una combinación perfecta, un invento imbatible, como el libro, la cuchara, la rueda o el pan con aceite. Atraídas por la popularidad del Gran Sabueso, las distintas generaciones no pueden evitar la tentación de volver a mirarse en su espejo, de dar su propia versión, de apropiárselo. Incluso Jardiel Poncela compuso 'Novísimas aventuras de Sherlock Holmes' y 'Los 38 asesinatos y medio del Castillo de Hull', suplantando el propio Jardiel a Watson en todos los relatos de la serie. Un servidor mismo escribió para la A.M.S. un largo y paródico relato holmesiano, 'El Lecho Celestial del doctor Graham', publicado después por la editorial Cazador de Ratas en la antología 'Los Irregulares de Baker Street'. Y en mi libro inédito 'Devoraluces' va también un extenso homenaje a la Amateur Mendicant Society, 'El encuentro de los países sin niebla'. En cuanto a las versiones cinematográficas, siento especial cariño por el perfil clásico de Basil Rathbone y por la vibrante traslación al mundo actual de la serie 'Sherlock', pero la inmortalidad en este caso se la adjudico a la serie que Granada Television rodó entre 1984 y 1994 (la más fiel adaptación del Canon, en la que por fin se siguen al pie de la letra los relatos de Conan Doyle) y a su intérprete principal, el añorado Jeremy Brett. 


- J.G.: Momento “carta blanca”. Acaba esta entrevista como lo haría un sátrapa patafísico… o como te apetezca. 

Lo haré agradeciendo primero vuestra paciencia (siempre resulta tedioso explicar la obra de uno) y vuestra propuesta (quien se ha sentido por lo común invisible agradece la atención que otros prestan a su trabajo). 

Y brindando después, a hombros de gigantes, con unos chupitos de citas: 

"Sólo la belleza salvará al mundo" (Dostoievski). 

"La bondad es el afrodisíaco más potente que existe" (Robert Aickman) 

"Cuando encuentres que estás al lado de la mayoría, es hora de hacer una pausa y reflexionar" (Mark Twain). 

"Espera y hallarás lo desconocido" (máxima del maestro presocrático). 

"Sed pacientes, vuestro futuro os alcanzará y se acurrucará a vuestros pies como un perro que os conoce y os ama sin importarle lo que eres" (Kurt Vonnegut).

Foto: M. Tapia

sábado, 30 de junio de 2018

Astrolabio ilustrado (9)

Muchas veces, sin percatarnos, vivimos dentro de una especie de prisión social y, atraídos por una supuesta promesa de libertad, nos dejamos arrastrar hasta lo que creemos una salida, una luz al final del túnel, panaceas fáciles y falsas como el nacionalismo o el consumismo. Este breve relato de Ángel, El vuelo del pájaro elefante, escrito en 2002, sigue siendo una interesante llamada de atención para repensar nuestra relación con la realidad y con esas cárceles a las que nos dejamos conducir sin oponernos.

¡Ojo con el desenlace! Sorpresa garantizada.

Acompañamos la ilustración con un nuevo audio de nuestro querido amigo Roberto Martínez Mancebo.



EL VUELO DEL PÁJARO ELEFANTE 


Avanzo a través del túnel que excavé durante meses en la toba blanda. Me arrastro por este nauseabundo arroyo con la desesperación de los que se saben imantados por fuerzas fatales, de los que han infligido dolor, de los que han sido martillos inclementes para numerosos clavos. Después de dos horas de angustia, mi cuerpo asoma fuera de la boca del túnel. El zumbido de los oídos desaparece. Logro esquivar los reflectores en el mortal damero del patio de la prisión. Me muevo como un veneno recién inoculado. Acometo sin respiro los vastos y resbaladizos muros de cantería. Tras ocultar las sábanas encordadas, atento a los paseos de los guardianes, me interno en las sombras reconocibles de la tercera galería. Puedo escuchar el roce de mis pisadas y el frotecillo asombrado del mecanismo de la suerte. Por fin estoy ante los barrotes. Inspiro profundamente, adelgazándome, y me deslizo entre ellos. Con infinito alivio regreso a las dulzuras de mi celda, a salvo de la aturdidora, extenuante y espantosa libertad. 





domingo, 24 de junio de 2018

Nimrod


En homenaje a los doscientos años de la creación de aquel ser que imaginó Mary Shelley, publicamos el relato de Ángel Olgoso «Nimrod» (Breviario negro) que, con su poesía metafísica, nos trae también el aroma de los cuentos de E.T.A. Hoffmann «Los autómatas» (donde narra la historia del Turco Parlante, que capturó el interés del público del siglo XVIII por esta clase de dispositivos mecánicos) y «El hombre de arena», protagonizado por la bella y artificial Olimpia y su enamorado Nathanael.

En esta sugestiva estela de seres de "pupila inerte y corazón caliente", encontramos además al esclavo que Petronio describe en El Satiricón, que sirve los platos y las bebidas con su esqueleto de plata articulado; El jugador de ajedrez de Maelzel, de Edgar Allan Poe; El maestro Zacarías, de Julio Verne; La Eva futura, de Villiers de L´Isle Adam; Las aventuras de Pinocho, de Carlo Collodi; o Los Robots Universales de Rossum, de Karel Čapek. Algunos autores españoles también han recurrido a la figura del autómata, de la creación innatural, de la apariencia de vida en una materia inanimada, como Carmen Martín Gaite, Jesús Ferrero, Adolfo García Ortega, Andrés Ibáñez y Óscar Esquivias. Sin olvidar al mismísimo Cervantes que, en el capítulo 62 de la segunda parte del Quijote, presenta una cabeza parlante (el Ingenioso Hidalgo la cree hecha por medio de la brujería, cuando en realidad era un truco de feria). 

Las ilustraciones pertenecen al pintor, dibujante y grabador José Hernández.


NIMROD

Como quien sopla vidrio para hacer una botella, febril, oculto en esta cripta, he fabricado a mi hijo. Antes, había cortado la piel de gacela siguiendo el patrón de medida, la mojé para trabajarla blanda, la hilvané y cosí del revés, así el pelo quedó por dentro al darle la vuelta. Y cuando estuvo bien seca, le eché con esmero la pez.



Lo llamaré Nimrod, como el primer hombre que fue poderoso en la tierra, fundador del primer reino después del Diluvio universal.


Los necrománticos toledanos y los taumaturgos judíos acudieron a los arcanos métodos de la alquimia y la hechicería para ingeniar homúnculos, bustos adivinadores, baphomets parlantes. Los peritos constructores de artilugios se sirvieron de la relojería de péndulos, la cerámica, las varillas de Napier o la hidráulica para surtir a la industria de los autómatas circenses, de los teatros mecánicos de movimiento continuo.


Yo nunca emprendí esos caminos fúnebres. Ni el álgebra, ni las evocaciones diabólicas, ni los hilos de metal, ni las palabras del profeta Ezequiel (“Ossa arida, dabo vobis spiritum et vivetis”), ni el modo complicado como operan los gélidos artefactos pueden proporcionarme inspiración. Sin embargo, la misteriosa poesía de los sentimientos y de la imaginación es, para el artífice, un probado soplo de vida, un medio precioso, una forma sutil y poderosa de animar la naturaleza artificial. Pacientemente, con invencible obstinación, de una bota de vino se puede obtener un estómago, de diez mil alas de mosca una mujer de ingrávido encanto, de una ramita de enebro un carro tirado por una mariposa, de una piel de cabra o de gacela un niño que no ha de presentar batalla al Eterno. Como quien sopla vidrio, inflé aquel pellejo curtido hasta que tomó forma. Para los persas, la llama se parecía a la anémona, y la brasa a la granada. Hombre crédulo, este humilde bricoleur no precisa de reglas de cálculo, hendijas, tambores dentados o prismas para su empresa bienhechora; tampoco indaga los recovecos y el rechinamiento de los especímenes simulados: le basta una caricia al hijo recién trabajado, en el lugar de la mejilla, para proclamar su nueva identidad; una lágrima precipitada sobre el pequeño odre antropomorfo para iniciar las señales que atestiguan el prodigio, ese parpadeo, ese repliegue lentísimo de las extremidades, ese ronroneo musical propio de la materia alborotada.


Oculto en esta cripta, tal desafío se avino bien con la razón contumaz, y no obstante legítima, que siempre me guió: crear un alma libre. Con el hálito de mis labios, mi hijo de piel animal recibió los matices particulares del sentir, las impresiones generales, los rasgos de carácter de nuestra arcilla humana pero, a la vez, quedó a salvo de los tormentos que afligen a nuestra raza provista de sangre perecedera. Mi pálido Nimrod nunca estará sujeto a la arena del tiempo. Jamás será humillado por las decepciones y las falsedades, envilecido por la rutina y las prisas, malbaratado por las pérdidas, amordazado por la menesterosa vulgaridad cotidiana, por tanta menudencia de tragedias minúsculas, irrisorios afanes, gozos efímeros, privaciones, naderías y mezquindades que van tejiendo sin fin nuestro sudario. Mi niño sin vísceras se regirá por los principios de Ariel y no de Calibán; se gobernará a vista de pájaro, no a vista de gusano; nunca formará parte de nuestras miríadas de vidas hechas de repeticiones triviales, de esa inacabable uniformidad de los días, de ese enojoso vestirse y desnudarse, comer y evacuar, transpirar y asearse, dormir y despertar; no se prestará a los arranques de vanidad o de odio, no subirá a la parihuela formada por las gruesas varas de la moral y el deber. Para Tales, el alma es una naturaleza sin reposo: pues bien, yo añadí a las gracias de mi hijo el esplendor de la inmutabilidad. Para Hipócrates, el alma es un espíritu extendido en todo el éter: en cambio, yo no desaté la lengua de Nimrod; el conocimiento ha de agolparse entre sus costuras, junto al silencio y la voluntad soberana. Para Zenón, el alma es la quintaesencia de los cuatro elementos: por mi parte, doté a mi hijo de talentos tan múltiples como el corazón humano, mas de ningún modo cederá a su esclavitud. Yo mismo, a través de mi modesta criatura de piel soplada, podré experimentar la ilusión del alma libre, cobraré verdadera vida y ya no habrá motivo alguno de infelicidad. Y cuando llegue el momento de desaparecer, cuando nuestra existencia no sea más que el aleteo de un insecto que nos distrajo un segundo, la muerte confiará mi memoria a alguien infalible, sin signos de fatiga ni de resignación.




domingo, 17 de junio de 2018

La mirada de un escritor

Alentador es para un escritor el hecho de que el público más joven dedique tiempo en clase a los relatos, un género ideal para motivar literariamente a los alumnos pero por desgracia minoritario (al que no se le destinan campañas de promoción, y que apenas si se incluye en el temario escolar o en el listado de libros de los clubs de lectura). Que por iniciativa propia un grupo de alumnas lean, analicen y expongan ante sus compañeros la obra de Ángel nos ha emocionado. Las fotografías -que tan gentilmente nos ha enviado su profesor Eduardo Iáñez- traslucen ese cariño que pusieron al realizar el power point, la alegría de descubrir ese mundo rico y único, el poso que dejaron sus relatos.
Cuando una creación vive y alimenta a otras mentes, cuando anima a imaginar, a desear seguir leyendo, a explorar nuevos caminos del pensamiento y otros lugares y culturas: un escritor siente que ese fuego feliz que lo arropó en la soledad es también una hoguera colectiva que aviva aquella luz mágica de la lectura. Y percibe que el trabajo realizado con tanta entrega se multiplica. Que ha valido la pena.
Os dejamos con la presentación expuesta en clase por Itxaso Bengochea Fortes y Marta Viladés Leblic, alumnas de 2º de ESO del I.E.S. Pedro Soto de Rojas.




ÁNGEL OLGOSO. LA MIRADA DE UN ESCRITOR 


Hablar de Ángel Olgoso en el mundo literario —especialmente de relato y microrrelato—, es hablar de una persona afable, tranquila, con ojos de bonachón, donde las ideas brotan de una inteligencia y sensibilidad interior propias de un artista. 



Tenemos la suerte de verlo a diario, de charlar con él, de conocer cómo es la vida de un afamado escritor. Ángel ha publicado un gran número de obras como Los días subterráneos (1991), La hélice entre los sargazos (1994), Nubes de piedra (1999), Granada, año 2039 y otros relatos (1999), Cuentos de otro mundo (1999, 2003 y 2013​), Tenebrario (2003),  El vuelo del pájaro elefante (2006), Los demonios del lugar (2007), Astrolabio (2007 y 2013), La máquina de languidecer (2009), Los líquenes del sueño. Relatos 1980-1995 (2010), Cuando fui jaguar (2011), Racconti abissali (2012), Las frutas de la luna (2013), Almanaque de asombros (2013), Las uñas de la luz (2013), Breviario negro (2015) el libro de haikus Ukigumo (2014). Además colabora con diferentes medios de comunicación, ha publicado diversos ensayos y es miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada. 



Sus textos son agudos, pero a la vez bellos; amenos, pero no simplistas; refinados, pero no pedantes; frescos; cercanos; sensibles…, en definitiva pequeñas obras maestras de corta duración. Mi libro preferido es La máquina de languidecer donde cada renglón te hace avanzar de forma inconsciente hacia un final que no se intuye y que siempre sorprende. Después suelo reflexionar sobre el relato y saborearlo; lenta, pero conscientemente, para posteriormente volver a releerlo deteniéndome en sus pequeños detalles, en la maestría del autor al recrear un personaje, un escenario o una situación. 



Al realizar este trabajo me impresionó cómo manejaba la escritura, cómo dentro de pocas líneas se pueden expresar tantas cosas. El tener a alguien importante que se haya visto mil veces y no saber reconocerlo es algo que no se debe permitir. Por ello se agradece que por medio de un trabajo aprendas un mundo nuevo que siempre ha estado frente a ti. Sus relatos son muy bonitos y están bastante trabajados, pues es difícil buscar un medio por el cual se dé a entender algo pero a través de un relato que resulte bonito e impactante. 




Espero que tengamos la suerte de disfrutar de Ángel durante muchos años en nuestro instituto, por lo que es y lo que representa para todos nosotros.






domingo, 10 de junio de 2018

Prólogo de El acero y la seda


Os traigo el prólogo que Ángel Olgoso compuso para el libro de relatos El acero y la seda, de José Abad, excelente escritor granadino y también profesor en su Universidad, donde imparte entre otras la materia «Cine y sociedad en Italia». Entre sus novelas publicadas están Nunca apuestes con el diablo y Del infierno, y otro libro de relatos, King Kong y yo. En el campo del ensayo ha centrado su atención en la literatura y el cine, destacando Las cenizas de Maquiavelo, El vampiro en el espejo (sobre el que Ángel escribió un artículo para el diario Granada Hoy que colgaremos más adelante) y Mario Bava. El cine de las tinieblas.




José y Ángel en la presentación de Los líquenes del sueño




PRÓLOGO


Se dice que los japoneses de los siglos XVII y XVIII jugaban a contarse historias de fantasmas: al atardecer, reunidos en una habitación con cien velas encendidas, apagaban una vela por cada cuento. Y así, poco a poco, la atmósfera se iba oscureciendo al tiempo que crecía la tenebrosidad de las historias y la inquietud de los oyentes.




Estos cuatro deliciosos relatos de José Abad podrían haber formado parte cumplidamente de aquellas veladas. Cada uno es un poema misterioso, un cuadro vivo, una refinada pero sólida estampa de trágico colorido. Como él mismo escribió sobre el arte de contar en su Elogio de la ficción, José Abad sabe “destilar la esencia de las vivencias, elegir los personajes y las acciones más significativas, reconstruir verosímilmente el momento y el lugar, verse en esos hechos pretéritos y repetir los pasos del pasado en el pensamiento”. Aunque fieles a los motivos de la tradición japonesa y a la imaginería del samurái, escritos con exquisita naturalidad, alérgicos al exceso, estos relatos captan y desarrollan emociones universales, verdades atemporales. José Abad reflexiona con elegancia acerca de la ofensa y la venganza, el honor y el coraje, las rivalidades entre clanes y las luchas contra uno mismo, acerca de la crueldad del destino, de la obstinación y la muerte, dejando una sensación de sosegada tristeza en el lector, que nota como si se levantara un palmo sobre el suelo, “como si caminase sobre un lecho de hojas caídas en otoños diferentes”.



No deja de ser sorprendente que, en Granada, tres narradores (en orden cronológico inverso: José Abad con los relatos incluidos en este libro, Carlos Almira con la magnífica novela Issa Nobunaga, y un servidor con los relatos Las manos de Akiburo, Los guardianes del trueno, Los mil cerezos de Yoshitsune o Un cuenco de madera de ciprés, con agua, para recoger la luz de la luna) nos hayamos sentido atraídos por el Japón medieval, fascinados por audaces y feroces héroes que retaban a la autoridad y morían sin rendirse, por la sobrias costumbres de esa sociedad cerrada regida por exigentes códigos de virtud y violencia, por la sutileza de sus manifestaciones artísticas y de su relación con los elementos naturales. Quizá el motivo no resida sólo en el hecho de que estas historias proporcionan el obvio placer de lo lejano, sino en que conjugan como ninguna las emociones más impetuosas y las más gráciles (entre batallas, muchos de aquellos guerreros componían sofisticados poemas con primorosa caligrafía), en que al viajar a ese pasado remoto nos deslizamos “en el regazo de la leyenda”, en que el torbellino de las acciones y el roce de la seda nos llegan con los colores singularmente vívidos, atractivos y enigmáticos de otro tiempo, entre real y mítico, como iluminado desde arriba por la luz de un fanal. Es más, me atrevería a afirmar que José Abad, apasionado cinéfilo él mismo, ha logrado dotar al primero de los relatos -Holocausto (entendido en su acepción de sacrificio)- del hálito fatalista propio de las películas de Akira Kurosawa; y, a los otros tres, de la melancolía ruda, del desafiante sacrificio que exudan las de John Ford. Al fin y al cabo, según se afirma muy acertadamente en estas páginas, “una buena fábula, como el filo de una buena espada, puede hacerte un profundo corte”.


Entre los cuatro textos, merece destacarse con justicia Kagemusha (que significa sombra o doble) donde, al albur de una implacable persecución, José Abad realiza el prodigio de una descripción cristalina y no obstante sombría de la naturaleza, de un paisaje que refleja las tensiones internas, y cuyo fin sume por igual en la zozobra al protagonista y al lector. Así como el más extenso, El vuelo incierto de la libélula, el vuelo inquieto del gorrión, impresionante tapiz temporal en el que se devana el hilo, ligero y al mismo inquebrantable, que nos une a lo que más amamos; y por supuesto el relato que presta título al libro, donde el samurái Senbei ordena sus pensamientos antes de batirse en duelo casi fantasmal, a la sombra de un cerezo, con su rival Fukasaku. Pero todos los cuentos de este hermoso y delicado librito producen una íntima catarsis; sus tramas, concentradas, trágicas e inciertas, se cumplen como infortunios purificadores. Los cuatro relatos nos devuelven, en fin, la impresión que deben dejar los buenos textos breves, la de ocupar más espacio en la memoria que sobre la página.