Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica.

(Marina Tapia)

viernes, 13 de octubre de 2017

Almanaque de asombros


Continuando con Almanaque de asombros, os dejo con algunas de las ilustraciones que Claudio Sánchez Viveros realizó para este librito tan peculiar, y con las palabras que el escritor Fernando de Villena leyó durante su presentación en la librería Picasso.




PRESENTACIÓN

Fernando de Villena

A finales de los ochenta, mi hermano José Manuel, que es novelista y trabaja en ocasiones para el ayuntamiento de Cúllar Vega, me contaba que dicho organismo público solía organizar anualmente un concurso de narrativa del cual él era el presidente del jurado e, indefectiblemente, una vez y otra, siempre salía ganador y con diferencia un joven de la localidad que se llamaba Ángel Olgoso. Ponderaba mi hermano su originalidad hasta extremos tales que deseé conocerlo. Y después supe que nuestros padres habían sido amigos y fui leyendo sus ya numerosos libros y confirmando la valoración aquella de mi hermano.

Efectivamente, Ángel Olgoso era un autor con un mundo propio y que había llegado al torbellino literario con una madurez y una consistencia admirables. Toda una trayectoria cuajada de éxitos a la cual se unen los méritos de ser el fundador y rector del Institutum Pataphysicum Granatensis y de haber sido traducido a diversos idiomas. La crítica ha recibido muy bien las obras de Olgoso, y así, por ejemplo, Juan Hódar escribió: 

“Ángel Olgoso no enciende grandes hogueras, prende diminutas ascuas avivadas con el atizador de una prosa camaleónica que se adapta a los más variados rumbos, con la que construye decorados vívido y hermosos, lujosos marcos donde brota como un flor espontánea el elemento perturbador e inesperado que precipita los sentimientos humanos primigenios –curiosidad, miedo, deseo- y nos devuelve el sentido primero del cuento: el asombro ante el mundo”.

Fernando, Ángel y Claudio

Hoy hemos venido a presentar su última obra, “Almanaque de asombros” bellamente ilustrada por Claudio Sánchez Viveros. Fueron quizá los “Apotegmas” de Plutarco y las “Noches Áticas” de Aulo Gelio las obras que propiciaron el nacimiento en nuestros siglos dorados de el gusto por los libros misceláneos donde se daban noticias, históricas o fabulosas, de cualquier índole con el denominador común de ser manjares siempre de sabroso ingenio. La “Floresta española” de Melchor de Santa Cruz de Dueñas, la “Miscelánea” de Luis de Zapata o el “Deleite de la discreción y fácil escuela de la agudeza” de Fernández de Velasco y Pimentel son algunos de los títulos que, consultados como verdaderos oráculos en su tiempo, llegaron a engendrar un nuevo género literario. 

Ángel Olgoso, en el prefacio de la obra que hoy presentamos hace alusión a otros dos libros de esta índole que acaso fueron los adelantados en dicho género: en primer lugar, el “Jardín de flores curiosas” de Antonio de Torquemada, libro que influiría mucho en la novela última de Cervantes, “Los Trabajos de Persiles y Segismunda”, por cuantas noticias recoge de las zonas del norte de Europa, siempre bajo la influencia de la obra latina del obispo Olao Magno “Historia de gentibus septentrionalibus”. Y después la voluminosa “Silva de varia lección” del cronista del emperador Pedro o Pero de Mexía, que llegó a ser considerada la enciclopedia de su tiempo. Las anécdotas recogidas en estos libros pasarán a ser las citas o incluso los tópicos de otros muchos autores del siglo de Oro. Y lo mejor de estos libros es que en ellos siempre resulta muy difícil deslindar lo real de lo fantasioso. Claro que esa es característica común de la mayor parte de los libros de creación del Renacimiento y del Barroco. Pensemos, por ejemplo, que los cronistas de Indias, que intentan ser historiadores y como tales fieles a la verdad, llenan sus páginas de historias que hoy nos parecen inverosímiles. Claro que América es el territorio del realismo mágico.


Y si todo esto sucedía en América, en la vieja Europa las gentes también creían a pie juntillas deliciosos disparates. Sin embargo, lamentablemente, a partir del siglo XVIII la literatura española siempre ha mirado con recelo y desagrado cualquier atisbo de fantasía. ¡Y bien que la necesitamos en estos tiempos para sobrellevar los horrores de la realidad! Los primeros en atacarla abiertamente fueron Nicolás Antonio con su “Censura de historias fabulosas” y Feijoo con su “Teatro Crítico” y sus “Cartas eruditas y curiosas”. Después llegó la Ilustración, un fugaz Romanticismo y… realismo y más realismo. Desde entonces, a los escritores que cultivaron la literatura fantástica como Bécquer o Rosalía en el siglo XIX se los consideró unos inadaptados y a quienes la practicaron en el siglo XX como Álvaro Cunqueiro o, sobre todo, el sapientísimo Juan Perucho, autor de ese gran libro que fue “Las historias naturales”, se los acusó de raros. Rafael Pérez Estrada en su época final siguió también este camino que en Hispanoamérica, gracias a Borges, sí gozo de aceptación y también la novelista Pilar Pedraza.

Pues bien, he dicho todo esto para situar a Ángel Olgoso dentro de esa línea subterránea de nuestras letras que apuesta abiertamente por la fantasía. La obra que hoy presentamos, “Almanaque de asombros” constituye un magnífico salto en el tiempo hasta el estilo y las temáticas del siglo XVI. Esto se trata de nuevo manierismo, pero ni mucho menos de un pastiche, ya que mientras la mentalidad renacentista creía firmemente en todo aquel catálogo de rarezas y disparates, Ángel Olgoso utiliza todo ello para crear una literatura humorística de primer orden, valiéndose, claro está de la ironía y de la hipérbole o de algunas metáforas y símiles descendentes:

Así, por ejemplo, refiriéndose a las “partes verendas” de un pez-mujer las compara con “un calabazote confitado” y las piernas de la misma “con un requesón”, de tan blancas como eran.



Ángel Olgoso recurre en el prólogo al recurso del manuscrito encontrado, en esta ocasión un manuscrito que aparece en cierta casa de la Alpujarra y se atribuye a un tal Fulgoso, imaginario antepasado suyo. Y es que nuestro escritor, tal como le ocurría a Cervantes, convierte en literatura y concretamente en narración todo cuanto se le pone por delante: los títulos de los capítulos, los prólogos, etc.

En los relatos que componen el libro, unos muy breves y otros de mediana extensión, el léxico resulta torrencial como corresponde a la época que se evoca, y en el mismo abundan los neologismos de sabor quevediano como “ojiprieto” y las paranomasias tales como “puta reputada”. Son frecuentes también las falsas citas latinas y las referencias a autores inventados, recursos que usaron mucho los escritores ingleses de novela gótica de quienes los aprendió Borges, pero que ya habían sido usados con descaro y gracia por nuestro fray Antonio de Guevara, cronista de emperador, varios siglos antes.


Los argumentos de los relatos son muy diversos y todos ellos de gran ingenio e inspiración en antiguas tradiciones españolas o en algunas disparatadas páginas de la “Natural Historia” de Plinio el viejo o de la de Claudio Eliano.

Así ante el cuento titulado “Mixturas de Venus” o remedios para no defraudar en el lecho, debemos considerar que lo que se nos refiere no es tan inverosímil, pues, según se nos dice, nuestro Fernando el Católico falleció por causa de uno de estos brebajes, el cual había tomado con la pretensión de engendrar en la reina doña Germana un varón fuerte.


Y en el relato de la cueva de Tragallena nos parecen llegar los ecos de aquella cueva de Salamanca que inspiró a Cervantes donde, según la tradición, el diablo impartía cátedra y de cada siete de los que allá iban a aprender, el maligno se quedaba con uno. 

Y llegando al final, añadiré sólo otras dos consideraciones: la una, que a mi juicio de genealogista el apellido Olgoso o Fulgoso no viene del fulgido, que nuestro autor siempre lo es, ni tampoco del antiguo verbo holgar o folgar, sino que viene a significar: abundante en hojas o boscoso, porque, ¿quién me negará que los libros de este gran relatista son como un delicioso bosque lleno de maravillas, y que muy poco tiene que ver con el aburrido realismo urbano?


La segunda consideración que me ha venido a la cabeza ante este “Almanaque de asombros” es una bella cita latina de Ulrico de Hutten que nuestro común amigo Antonio Enrique puso al frente de uno de sus libros: “¡Oh Literae! iuvat vivere”. “Oh Literatura!, ayudas a vivir".



jueves, 5 de octubre de 2017

Ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros


Me complace compartir dos ilustraciones inéditas que el artista Claudio Sánchez Viveros creó a partir de los relatos "El vaso" ("Los demonios del lugar") e "Il giardino segreto" ("La máquina de languidecer"), acompañadas por sus textos respectivos y un audio de Roberto Martínez Mancebo. 
Hace tiempo que Claudio colabora estrechamente con Ángel Olgoso. Prueba de ello son estas dos láminas, los simpáticos retratos "cervantinos" y, sobre todo, "Almanaque de asombros", un delicioso librito escrito, ilustrado y editado en 2103 al modo medieval, del que daré más extensa cuenta en la próxima entrada.



IL GIARDINO SEGRETO 


Bajo la breve tarde de invierno todo mueve al silencio en el patio del convento de clausura. Arriates entre blancos muros, el verdor del huerto y, al fondo, la antigua cripta rodeada de plantas medicinales. Huele a incienso olíbano y ciprés. Dos gatos se pasean despreocupadamente sobre las enormes losas pulidas. En esto, las monjas salen de sus celdas, van desnudas a excepción de la toca que cubre sus cabezas, y en un rincón del patio, cerca de la galería porticada, atrapan a los gatos, que maúllan y chillan enloquecidos durante un corto tiempo. Como ménades de un rito siniestro, degradado, los desentrañan y comienzan a devorarlos. Oscurece. Los lienzos blancos de sus tocas y de sus carnes refulgen con la luna. La glicinia trepa por el muro. 



EL VASO 


Cuando el ángel Dumah se acerque a tu tumba con la vara de fuego y pregunte tu nombre, te creerás a salvo de nos, los demonios. Conforme a canon, reclamarás el derecho a reposar en paz porque recitaste a diario la Bendición antes de comer, porque acudiste a los rezos de la sinagoga con tu libro de súplicas, porque ordenaste que purificasen tu cuerpo tras la agonía y pagasen cinco mil guldens a la Comisión de Entierros. Te imaginarás en compañía de justos y piadosos entre las columnas de diamantes de Paraíso, abrazado a las almas de tus antepasados ante el Trono de Gloria. Estimarás que tus acciones han sido lavadas y redimidas por el kaddish de tu virtuosa familia. El hedor de tu cadáver se te antojará perfume de violeta, rosa y ciclamen, el olor de la santidad. Pensarás vadear el sueño de los muertos en una calesa con anillos de luz por ruedas, invulnerable a nos, patihendidos demonios. Cuidado, lleva tiempo lograr esquivarnos, un tiempo infinito como las tinieblas. No bastarían miles de generaciones. Es un problema insoluble, al igual que la esposa de vuestro rabino, la contabilidad de tu negocio y los secretos de la Torá. Algunos pueblos creen poder librarse de nos llevando un clavo en el bolsillo, o taponando las rendijas de su hogar con ramas de enebro, o al pesar una cierta cantidad de su sangre en una balanza de platero, o con sutras cocidos en la arcilla de las tejas, o incluso disparando sus espingardas contra cuevas subterráneas. Infelices, si vosotros mismos no sois más que la forma visible de los excrementos de Belcebú. Ningún maestro de Talmud, ningún mes de luto ni ablución os impedirá contemplar eternamente los terrores del Gehena. Todos los desdichados os laváis a diario en sus aguas sombrías y os secáis después con la memoria de los días felices. Aún permanece encendida una vela en la habitación donde has muerto y, junto a ella, el vaso de agua con el trozo de lino dentro, dispuesto para que tu espíritu se limpie a sí mismo de sus pecados. Nos, la serpiente nocturna que se desliza entre oquedades para hurtarle la leche a la dormida madre amamantadora, beberemos tu vaso con recogimiento, con delectación, apurando hasta el fondo esa esencia líquida que supones sagrada. Nos te anunciamos, nos te participamos, nos te revelamos que nada iguala el sabor de un alma.









viernes, 29 de septiembre de 2017

II Simposio de Cultura de Atenas



Comparto con vosotros la alegría (y el orgullo) que supone la invitación que ha recibido Ángel Olgoso para participar en el II Simposio de Cultura de Atenas. La Cámara de Comercio Americano-Helénica, en colaboración con Relaciones Internacionales para la Cultura, organiza dicho evento el 13 de noviembre de 2017 en la Escuela Americana de Estudios Clásicos. 

El Comité Organizador considera que Ángel es "un escritor muy significativo en el cuento y que sus libros tienen un alto impacto en la audiencia griega". Los convocantes "conocen su amor por Grecia y su cultura, así como su experiencia en el campo de la literatura y el cine. Su presencia en el simposio contribuirá a la creación de propuestas significativas y factibles, a través de las mejores prácticas y tendencias de la ficción en el extranjero, pero también de la producción cultural contemporánea". 


Os copio varios enlaces que explican esta valoración de Ángel Olgoso por parte de los organizadores de tan interesante iniciativa: 




Pablo Picasso


Y os dejo con dos de estos relatos: 


ULISES 

Yo, el paciente y sagaz Ulises, famoso por su lanza, urdidor de engaños, nunca abandoné Troya. Por nada del mundo hubiese regresado a Ítaca. Mis hombres hicieron causa común y ayudamos a reconstruir las anchas calles y las dobles murallas hasta que aquella ciudad arrasada, nuevamente populosa y próspera, volvió a dominar la entrada del Helesponto. Y en las largas noches imaginábamos viajes en una cóncava nave, hazañas, peligros, naufragios, seres fabulosos, pruebas de lealtad, sangrientas venganzas que la Aurora de rosáceos dedos dispersaba después. Cuando el bardo ciego de Quíos, un tal Homero, cantó aquellas aventuras con el énfasis adecuado, en hexámetros dactílicos, persuadió al mundo de la supuesta veracidad de nuestros cuentos. Su versión, por así decirlo, es hoy sobradamente conocida. Pero las cosas no sucedieron de tal modo. Remiso a volver junto a mi familia, sin nostalgia alguna tras tantos años de asedio, me entregué a las dulzuras de las troyanas de níveos brazos, ustedes entienden, y mi descendencia actual supera a la del rey Príamo. Con seguridad tildarán mi proceder de cobarde, deshonesto e inhumano: no conocen a Penélope.

Herbert James Draper


LOS BAJÍOS 

Se untan con pomadas para cicatrizar las terribles grietas que deja en su piel la humedad constante y reblandecedora. Frotan sin piedad sus uñas con estropajos y perfuman su cuerpo con artemisa y lavanda para enmascarar el hedor a pescado. Toman infusiones con miel para suavizar sus destrozadas cuerdas vocales. Pero el efecto es poco duradero: ningún emplasto las libra del dolor de garganta, de las profundas estrías, del sabor submarino a algas que prevalece sobre cualquier empeño. Y, rendidas, vuelven disciplinadamente a su ocupación, como bestias uncidas al yugo, como esos niños con las orejas clavadas al banco de trabajo en la fábrica, regresan a su puesto en esta isla rocosa sin discutir la índole de su tarea, doce horas con el agua hasta la cintura, absortas entre las piedras infestadas de minúsculos cangrejos, percebes y pulgas de mar, en compañía de los cormoranes, de las flagelaciones de espuma, de la rutinaria pesadilla de las tormentas, del gemido agónico de los ahogados, siempre ojo avizor tras cualquier barco que cabotea cerca o hace ondear las velas, las grímpolas y las flámulas, llorando en silencio, soñando con subir a bordo y escapar lejos de estos bajíos, surcar las aguas crestadas de blanco hacia no importa qué país, perderse tierra adentro en un bosque de hayas, en un desierto quemado por el sol salvaje, en una atronadora ciudad, en las herbosas laderas de una montaña. Mientras tanto, la sombría marea baja les absorbe la vitalidad y sienten que su piel se va apagando como la de un lagarto que acabase de morir, ya no es más que un manchón de plata, con largos cabellos apresados en salitre y esa pronunciación de escamas abajo. Sin embargo, a pesar de todo, aún cantan con exquisita dulzura, quizá lo hagan al dictado de arcaicas servidumbres, pero cantan sin parar, aún cautivan, aún entonan promesas que atraerán irresistiblemente a marinos incautos. 


Gérôme

viernes, 22 de septiembre de 2017

Revista de Soria

Manuel Villar Raso (Soria, 1936, Granada, 2015), escritor, columnista, viajero, catedrático de Literatura Norteamericana en la Universidad de Granada y académico de las Buenas Letras, llevaba a África en las venas. Posiblemente es el escritor español que más libros ha escrito sobre ese continente. 

Al cuidado de su hijo Eloy, acaba de aparecer, en la "Revista de Soria", un impresionante número monográfico de 150 páginas dedicado a él, donde participan -por citar sólo a unos pocos- Rafael Guillén, Antonio Carvajal, Fernando Sánchez Dragó, José Ladrón de Guevara, Ismael Diadié, Julio Alfredo Egea, Álvaro Salvador, Antonio Sánchez Trigueros, Juan Ángel Juristo, Antonio Chicharro, Francisco Gil Craviotto o Antonio Enrique. 

Ángel Olgoso le dedica su hermoso relato de ambiente africano "Arponeando sueños", que se edita a la vez en la revista y en la separata, ilustrado con un cuadro al óleo de Jesús Conde.







ARPONEANDO SUEÑOS





Dame una moneda de cobre, viajero, y te contaré una historia de oro:

En el mes de Rajib, el mismo que habría de contemplar su primera cacería, un joven guerrero llamado Nyâmbu soñó que salía a cazar y se le escapaba su presa, un antílope de color azafranado y cuernos rotos.

Cuando despertó del sueño pidió consejo al anciano, quien le recordó que debía retornar a su sueño hasta encontrar y dar muerte al antílope o pasar hambre, de otro modo sería repudiado por la tribu. Después, el anciano espolvoreó sobre Nyâmbu la sal de la sabiduría y los granos de sésamo de la paciencia, y le colgó al cuello una pezuña de antílope, talismán que favorecería la caza.

Al dormirse esa noche, el joven guerrero encontró a su presa bebiendo en una charca. Pero el olor del cazador se enredó en la barba invisible del Viento y el antílope huyó velozmente. Nyâmbu lo persiguió en vano durante horas, de colina en colina y de bosque en bosque, hasta que no pudo con su lanza y se detuvo a descansar a la sombra de un grupo de palmeras. En aquel momento, con el escudo sobre su cabeza para protegerse de las serpientes que caían de los árboles, se despertó.

Durante el sueño de la noche siguiente, Nyâmbu quiso sorprender dormido al antílope y lo acechó antes de que el Sol tomara posesión del mundo con sus dedos de oro. El joven guerrero azotó el aire con un largo tallo para limpiar el espacio que debía hendir la lanza. Luego, apuntó conteniendo el aliento. El corazón le martilleaba en el pecho. Arrojó su arma con brío, pero la oscuridad y la distancia hicieron que apenas rozara la piel de la presa y se perdiera entre los matorrales. El antílope se irguió al instante, lo miró burlón y brincó en dirección a la sabana.

El hambre comenzó a picotear sin piedad a Nyâmbu que, tozudo, no perdía la esperanza de dar caza al antílope. Cuando sucumbió al sueño un día después, se ató los pies a una liana encaramado a las ramas de un ébano, y esperó a su presa colgando cabeza abajo, como esos avestruces de los que hablaba el anciano, que a veces se transforman en árboles mudando sus plumas en hojas. La sombra del guerrero, dos veces más grande que su cuerpo, se movió sobre la hierba y lo descubrió al antílope, que se mofó de nuevo de él huyendo con ágiles saltos.

Al recobrarse del sueño, Nyâmbu advirtió acongojado la pérdida de su talismán. Volvió a dormir y soñó que trenzaba una red con piel de ramazones y perseguía al antílope zarandeándola en el aire. Pero el animal corría tan deprisa como un torbellino de arena.

Y así, durante el resto de las noches, el espíritu del joven guerrero viajó del sueño a la vigilia mediante el hilo invisible que había atado a la muñeca del durmiente. Y así, una noche tras otra, sin lograr apoderarse de su presa, Nyâmbu iba desfalleciendo. Pudo aliviar el peso del hambre y el fuego de la sed cuando tuvo al alcance de su mano incontables animales, cuando descansó bajo una higuera, cuando un mendigo le ofreció agua de su odre hecho con estómago de gacela, cuando en lo alto de una duna los caravaneros le entregaron una medida de dátiles y de carne de cigarras, buena contra la sed. Pero Nyâmbu no quería traicionar la ley de su tribu. Hasta que buscara el corazón de su presa con la lanza, los perfumados ríos de agua, leche, vino y miel que fluyen hacia el lago celestial de la abundancia estaban proscritos para él, y guardados en una vasija cerrada con siete sellos en la choza del anciano.

La decimocuarta luna de Muharram, cuando los ojos de la Noche brillaban en las alturas, Nyâmbu soñó que sentía próximo su fin. El miedo a morir de hambre y de sed le hacía llorar lágrimas de polvo rojo. Y he aquí que, tendido bajo un sicomoro, la muerte ya le entornaba los párpados para llevárselo cuando el antílope se postró ante él. Siempre había alabado para sí el valor y la determinación del joven guerrero, y su infortunio no hacía más que avivar la compasión hacia el cazador moribundo. El antílope se tendió entonces grácilmente y se desventró con sus propios cuernos partidos. Nyâmbu, hambriento y sediento, no tenía elección. Apenado, devoró parte de las entrañas y bebió un poco de su sangre sin llegar a saciarse. Luego, el joven guerrero, débil aún, despellejó con esmero a su rival.

Al llegar la mañana despertó con la piel de color azafranado entre las manos. Tras mostrársela al anciano y narrarle la conmovedora acción de aquel antílope en su sueño, Nyâmbu confeccionó con ella una prenda que habría de cubrirlo, abrigarlo y acompañarlo hasta el final de su vida y en el territorio de las sombras.


viernes, 15 de septiembre de 2017

Estudios sobre Literatura Fantástica


Con gran alegría, doy noticia de la publicación de Estudios sobre Literatura Fantástica. El Doble, Maupassant y Olgoso (Editorial Académica Española), de Juan Herrero Cecilia, catedrático de Filología Francesa en la Universidad de Castilla-La Mancha y estudioso de la literatura fantástica contemporánea (española, hispanoamericana, francesa, belga, quebequense, etc.). Entre sus trabajos destaca el libro Estética y pragmática del relato fantástico. También editó Reescrituras de los mitos en la literatura.

Juan Herrero siempre ha calificado a Ángel como un excelente escritor de relatos fantásticos y visionarios mediante los que consigue explorar con originalidad sorprendente, imaginación deslumbrante y palabras de orfebre, el lado oculto e inquietante de la misteriosa realidad de la vida y del mundo.

Las fotos pertenecen a las jornadas que se celebraron durante abril de 2016 en la Universidad de Castilla-La Mancha (Literatura fantástica hispano-francófona actual. Nuevas narrativas de lo desconocido), organizadas por la Dra. Esther Bautista Naranjo. Por la parte española, participaron el mismo Juan Herrero, el académico José María Merino y Ángel Olgoso.












domingo, 10 de septiembre de 2017

Lectura en Chile


Con esta invitación, el pintor y poeta Iván T. Contardo informaba del la lectura compartida que dimos hace unas semanas cerca de Valparaíso:


Estimados amigos: Les invitamos para este jueves 24 de agosto, a la presentación de los escritores MARINA TAPIA y ÁNGEL OLGOSO, residentes en Granada, España, quienes se encuentran de paso por Chile. El evento titulado HECHOS A MEDIDA, se realizará en Galería Modigliani, ubicada en 5 Norte 168, Viña del Mar, a las 19 horas. Será la oportunidad para disfrutar de la obra literaria de dos relevantes creadores.


Iván T. Contardo


HECHOS A MEDIDA

Iván Tapia Contardo


MARINA y ÁNGEL,

mar y cielo,

océano y extensión sideral,

pasión e inspiración.

Poesía y relato,

la Palabra que siente y la Palabra que crea, vuela y se eleva, nos eleva.

La Palabra que funda realidades.

Desde lo telúrico de nuestra América,

desde los molinos y la sangre de España,

hoy como la marejada impetuosa,

la vida nos devuelve un océano de belleza,

una ESCRITORA y un ESCRITOR.

La buena Literatura tiene esta capacidad:

Nos devuelve la vista,

Nos enseña a caminar,

Nos limpia.

Abre nuestros oídos

Resucita y enriquece el espíritu

Les invitamos a escuchar a dos voces de la Lengua

Hechos a medida:

ÁNGEL OLGOSO y MARINA TAPIA


Con Hilda Campos

Con Dino Samoiedo



Con el doctor Luis Miguel Roca Zela


domingo, 3 de septiembre de 2017

Astrolabio ilustrado (5)


Tras un fabuloso viaje a Chile, fértil tierra de vinos (pensad en Casillero del Diablo, Almaviva, Concha y Toro, Gato Negro) os dejo con una nueva ilustración para Astrolabio, basada en el impactante y embriagador relato de Ángel Los buenos caldos, antologado en numerosas ocasiones.


M. Tapia



LOS BUENOS CALDOS


En la anochecida, cuando el extraño pasó a nuestro lado, le abrimos el cráneo con el grueso sarmiento que usamos en estas ocasiones. Un solo golpe, certero y sin rabia, nada más. El sombrero que el desconocido llevaba requintado en la cabeza rodó como a diez pasos. Mi hermano lo levantó del almagre y se lo puso en la suya. Sería un buen año aquel. Encendimos el candil. Su luz hizo rebrillar las palas. Nos remangamos y estudiamos con curiosidad el cuerpo durante unos segundos antes de enterrarlo al pie de una cepa, primorosamente, bien encamado en la hondura, como manda la tradición en vísperas de vendimia, para que su sangre retinte las uvas, para que su cecina nutra las raíces y rice los pámpanos, para que sus huesos den vigor a esta tierra requemada por la calígine y pongan a crecer el viñedo hasta que corran los jugos, nobles, únicos, virtuados por su secreto fermento.




jueves, 24 de agosto de 2017

Reseña en El Cultural



Continuando con el rescate de reseñas sobre Las frutas de la luna, traigo hoy aquí la que el crítico Ángel Basanta publicó en el suplemento El Cultural de El Mundo, en febrero de 2014.




LAS FRUTAS DE LA LUNA. 
ÁNGEL OLGOSO

ÁNGEL BASANTA


Con varios libros de relatos en su haber y el reconocimiento explícito de su presencia en las mejores antologías de narrativa breve, Ángel Olgoso (Granada, 1961) es uno de los mejores autores de cuentos de los últimos años. Así lo confirman los textos reunidos en Las frutas de la luna. En ellos destaca su propensión a lo fantástico en la invención de situaciones inquietantes a partir de visiones extrañas u oníricas impregnadas de lo asombroso y lo irracional. Aunque también hay en la veintena de cuentos abundantes muestras de narraciones realistas, pero no por ello menos cargadas de oscuras inquietudes. La variedad en los temas tratados y las formas empleadas, el cosmopolitismo de sus ambientes, la riqueza imaginativa y una prosa de suma eficacia narrativa y altos valores poéticos son elementos comunes de todos los cuentos. 


En “Jueves del Valle de Josafat” se impone el diálogo, salpicado de coloquialismos lingüísticos entre viudos en un velatorio; en forma de carta está compuesto “Dybbuk”, cuyo juego de autoficción del narrador, que se llama como el autor y se relaciona con otros escritores reales, se adentra en lo fantástico por el miedo a que otro se apodere de su personalidad; en “Los túmulos” se adopta el modelo de un informe; y las características de un trabajo académico próximo al ensayo sustentan las reflexiones sobre la naturaleza y el arte en la magia seductora de pintar la luna encarnada por el romántico Friedrich en "Las Montañas Gigantes a la caída de la tarde", uno de los cuentos más extensos (32 paginas), solo sobrepasado por las cuarenta de “El síndrome de Lugrís”, construido como una larga retrospección temporal a partir del internamiento del protagonista en un psiquiátrico de Santiago de Compostela, desde donde se recrea, con bien asimilados galleguismos lingüísticos, su enigmático viaje al abismo conducente a la locura. Y entre los textos más breves merecen especial mención algunos que por su corta extensión, su narratividad y su intensidad, constituyen auténticos microrrelatos. El mejor hallazgo está en los autoengaños con que el ser humano dilapida toda su vida en beneficio de nada en “Designaciones”, excelente microrrelato. 


Como suele ocurrir en las mejores obras de literatura fantástica, también las de Olgoso rezuman pesimismo. Así sucede en la fantasía futurista de “Contraviaje” donde el universo queda encerrado en los paneles desmontados por dos menestrales, y en “Materia oscura”, angustiosa parábola de la explotación humana donde un programado apagón planetario programado por la multinacional que monopoliza la energía eléctrica condena a las personas a convertirse en fuente de energía como único remedio para no vivir en perpetua ceguera. Lo fantástico sobrenatural tiene sus mejores manifestaciones en “La promesa”, donde un moribundo cumple su palabra de volver con noticias del más allá, y la humanización de Dios, hecho tiempo y mortal en “Dibujé un pez de polvo”. Dos narraciones más destacan por su cuidadosa elaboración poética en el encanto de la música del afilador ambulante en “Aramundos” y en la milagrosa lucha de la muchacha solitaria por salvar a su enamorado en “Un cuenco de madera de ciprés”. 

Este libro ratifica la maestría del autor en el cultivo del relato breve, por su capacidad de inquietar y el arte de sugerir.



miércoles, 16 de agosto de 2017

Un cuenco de madera ciprés...


Publico este relato oriental perteneciente a Las frutas de la luna (XX Premio Andalucía de la Crítica), que seguro refresca con su delicada luz selenita los días que quedan de agosto. 
Como Ángel escribió a propósito de El elogio de la sombra de Tanizaki, "la belleza nipona no reside exclusivamente en la luz o en los elementos brillantes, y la sombra pierde ese matiz negativo que se le atribuye en Occidente. Es como si en la cultura japonesa velaran todo con una ligera penumbra para que no se pueda discernir el límite". 
Lo he ilustrado con un viejo dibujo mío de 2006 que creo le viene como anillo al dedo.

 M. Tapia


UN CUENCO DE MADERA DE CIPRÉS, CON AGUA, PARA RECOGER LA LUZ DE LA LUNA


Una muchacha pobre peinaba con esmero su largo cabello negro. Huérfana, sin parientes, vivía en un cuarto en el que apenas entraba el sol, pegado a la parte posterior de la miserable posada y privado de brasero de carbón. Allí, por las noches, para disipar su desesperación, le gustaba contemplar desde el ventanuco el agua estancada en un socavón de la tierra del patio, imaginar que en realidad el agua destellaba a la luz de la luna en un cuenco dispuesto con encanto entre la rocalla de un jardín misterioso, y que aquella imagen atravesaba su corazón como una brisa primaveral.

La joven, reducida a la extrema necesidad pero tan hermosa y de piel tan blanca como la resplandeciente albura de una gardenia, se pasaba las noches sin dormir, entumecida por el frío de la habitación. Muy temprano, con sus manos estropeadas de lavar a diario ropa para otros, se aseaba, doblaba la colchoneta muy gastada en un hatillo y tomaba un poco de té ya sin sabor. Se sentaba luego frente a un espejito agrietado para cepillar y acomodar el pelo con candoroso detenimiento antes de ir a visitar de nuevo, en la sede de la prefectura, a su prometido, un muchacho apocado, dulce, impulsivo, que aún no sabía hacer frente a las acechanzas de la vida e injustamente sentenciado a muerte. Le turbaba que la viera despeinada. El pelo arreglado era su vínculo con el vehemente deseo que la habitaba, el de casarse en fecha próxima y vivir junto a ese ser, al que pese a todo adoraba con devoción, hasta el fin de sus horas.

Desde principios de otoño y durante veinte días consecutivos, la muchacha, con una obstinación indestructible, había adoptado la decisión de cruzar toda la ciudad, de subir la larga avenida de piedra donde se levantaba la oficina del gobernador para exigirle la revisión de la arbitraria causa contra su novio, para apremiarlo a que firmara su indulto, para rogarle clemencia arrodillada. 

Cada día andaba en vano dos horas a la ida y a la vuelta, cada día guardaba en vano una brizna de esperanza en sus ojos amustiados, cada día saludaba en vano con una reverencia a los oficiales de guardia que, para su continua desazón, nunca le dejaban ver a su enamorado. Ella era la única persona que, ocultando con delicadeza una dolorosa ansiedad, subía hasta la prefectura a pedir explicaciones o compasión, pues todos conocían los oscuros sentimientos que roían, como una rata, el corazón del gobernador. Además, cumpliendo órdenes, los oficiales confiscaban a la humilde joven las ciruelas en conserva o los pastelillos de arroz que le traía invariablemente a su prometido: ella no podía permitirse llevar la ropa apropiada, comprar un braserillo, unas modestas manoplas de fibra de salvado de arroz para calentar sus dedos ateridos, un paraguas de papel encerado, ungüento de camelia para un maquillaje que de todas formas las lágrimas desbaratarían de continuo, ni siquiera polvo para las pulgas; sin embargo, conservaba empecinadamente los dos yenes de paga para costearse el albergue y obtener algunos comestibles para su novio.

Cuando regresaba a la posada, frustrado una y otra vez el propósito, procuraba no reprocharse el infortunio de su vida, aunque sabía que intentar acceder a la aprobación del gobernador era como sacar maleza de los arrozales.

Cuando regresaba a la posada, la implacable expresión de dominio de quien podía salvar la vida de su prometido la horrorizaba tanto como le daba pena. Condicionado de tal modo su devenir, la hermosa muchacha sentía añoranza de un futuro de amantes, de pareja en su propia casa, de marido y mujer que se hablarían sin necesidad de palabras, que caminarían cada uno con una sandalia de madera del mismo par, para ser así uno solo.

Cuando regresaba a la modesta posada, la joven hallaba una manera de ahuyentar su amargura mirando con embeleso, completamente absorta, el agua detenida en ese hoyo abierto entre la tierra descuidada, en ese cuenco imaginario donde el brillo sobrenatural de la luna espejeaba y hacía crecer en el interior de la novia una intensa y refrescante sensación de confianza, de promesa, que agitaba su efecto con cada onda del agua.


Los días pasaban y, al cabo de veinte, la belleza de la muchacha se había ido destruyendo con cada nueva humillación del gobernador y cada nueva negativa de los oficiales de guardia. La calidad diáfana de su rostro estaba ahora desvaída, como un farol de piedra bajo la lluvia constante. Al día siguiente vencía el plazo y era de conocimiento público que, a media mañana, el gobernador firmaría la ejecución de su anhelado novio. La joven, agotada, cayó esa noche en un sueño muy profundo, como ya no recordaba, en el que se vio junto a su amado mojando los dedos en la límpida agua del cuenco que albergaba la luna, vestidos ambos para una alegre ceremonia nupcial. Se despertó, algo desorientada, más tarde que de costumbre, a pesar de que esperaba ese día como si su encogido corazón aguardara la orden de izar velas con un portentoso estallido del aire y todo el océano por delante, como si el color regresara por fin a sus mejillas en forma de ramo de corales.

Así pues, corrió a sentarse frente al espejito cuarteado. Exaltada por el tiempo que se cumplía, con la agitación de operar sobre los malos presentimientos y sobre el baluarte de su propia voluntad, repitiéndose sin cesar su único, firme y misericordioso deseo, la muchacha intentaba ordenar su larga cabellera negra, reluciente todavía como la laca. Pero tenía los dedos tan atenazados por la angustia y el frío y el pelo tan enredado que, al volver a pasarse por tercera vez el viejo y vulgar peine, una de las finas púas se partió. En ese mismo instante, en la sede de la prefectura, el gobernador desplomó su cabeza sobre el escritorio como si hubiera recibido un súbito tajo en el corazón, derramando el cubilete de tinta encima de la orden que ya nadie habría de firmar.