Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

jueves, 23 de julio de 2026

Manuel Ángel Gómez Angulo escribe sobre "Los líquenes del sueño"

Muy agradecido al escritor Manuel Ángel Gómez Angulo por la frescura y originalidad de sus apreciaciones sobre "Los líquenes del sueño. Relatos 1980-1995" (Tropo), libro inencontrable que -según tengo entendido- ha conseguido en Inglaterra. Una lectura donde hace escala en algunos de mis relatos preferidos de aquella lejana época. En cualquier caso, todos estos textos van recogidos en los cuentos completos que está publicando Eolas en seis volúmenes:






<LA MODESTA OPINIÓN DEL LECTOR.

En los líquenes —edición descatalogada— pese (o gracias) a su multiplicidad de temas y universos hay un punto en común, la lengua. Creo que es el engrudo que nos hace deleitarnos con esas historias disparatadas o no (y lo que nos hará volver a ellas). Al final, todas son creíbles o verosímiles, que es de lo que se trata. Dejan algo, un transporte, un sabor del tipo que sea en nuestras bocas que 'paladean' su delicadeza, horror, humor o hermosura. En Ángel hay un cuidado especial por ella y por supuesto por la esmerada estructura del relato y la prestidigitación de sus finales. A volapié, me acuerdo del vampiro torero con el que no he parado de reír; de la disfunción eréctil de Holmes (fenomenal ejercicio camaleónico en el uso doyleano de la prosa de un maestro, al que supera); del cosmonauta /mamarracho Utt que lo mismo podría haber estrellado su nave contra un muro de la casa de Jeloquiti, un árbol centelleante del jardín de la abeja Maya o la espesa pelambre de los mundos de Yupi; esa genial vuelta de tuerca de continuidad de los parques en una pecera que me parece más imaginativa que la del propio original, etc etc etc. Para rematar la función, no es erróneo saludar y aplaudir la road movie de un gaucho/cowboy, que huye de un abrazo parricida a bordo de un destartalado Barracuda a través de un mundo desquiciado que ya quisieran para sí C. McCarthy o Dick o Vonnegut. A propósito de este último cuento, uno de los ejemplos paradigmáticos entre altura estilística y soberbia imaginación, pura alucinación a velocidad de vértigo, Olgoso hace gala, dueño de su usual maestría, de la imaginación y el sarcasmo hasta límites insospechados, sin caer por ello en ningún momento, en el mal gusto o la extravagancia.>>

Prólogo de "El mar interior y otras ingladuras", de Antonio Sancho

Un placer y un privilegio haber escrito el prólogo de “El mar interior y otras singladuras” (Grupo Pandora), libro de relatos de Antonio Sancho Villar, fantástico en su doble sentido e ilustrado profusamente a todo color por Kim Aubert, mítico historietista de El Jueves. Os dejo con mis palabras, como aperitivo de otra de las maravillosas ediciones de tirada reducida a las que nos tiene acostumbrados el gran Pedro Tabernero:




<<COMETAS BICÉFALOS QUE CRUZAN EL CIELO.

Como sabemos, la literatura maneja una segunda realidad, y esta es tan firme como la primera, aunque no tiene las mismas leyes: ofrece una realidad transfigurada, profundizando en el conocimiento de la primera. Antonio Sancho Villar forma parte de ese grupo de autores jóvenes que vienen despuntando, y que, aunque no desprecian el realismo y lo cultivan sin remilgos, lo enriquecen al prestar la debida atención a lo imaginativo, a lo fantástico, como el granadino Alejandro Molina, el valenciano Javier Navarro o el mexicano Juan Antonio Tamez-Elizondo. Todos ellos, partidarios de la invención, “cometas bicéfalos que cruzan el cielo”, son capaces de tornasolar sus obras con esas aves que no hay y esas rosas que no se marchitan de las que hablaba el añorado Cunqueiro, profeta celta de las ensoñaciones y las leyendas, nutricio en milagros, sirenas y ciudades sumergidas. Todos ellos profesan admirablemente, y casi a contrapelo, un gusto por las historias insólitas, extraordinarias, especulativas, delirantes, por los sabrosos desvaríos de la percepción, por los gabinetes de maravillas. Para todos ellos, la quimera de lo fantástico es realidad evidente y no hay que presentarla en bruto sino nimbada por el misterio y el escalofrío. Según José María Merino -otro eximio cultivador de lo irreal, de lo intranquilizador, de lo fabuloso, de lo ‘unheimlich’-, la literatura debe hacer la crónica de la extrañeza. Para que los artistas puedan considerarse como tales, quizá sea una condición indispensable el hecho de no ver nunca las cosas como son, de persuadir a sus semejantes a mirar más allá de la rutilante pero fina y engañosa piel de la realidad -si es que tal cosa existe-, de sembrar la duda en el lector sobre la verosimilitud de lo narrado, de inocularles una desazón irresoluble, una perplejidad no exenta de nostalgia por un mundo distinto al que nos toca vivir.

“El mar interior” y otras singladuras” es un magnífico ejemplo de cómo alinear el asombro con eficacia y naturalidad en el friso de lo habitual. Entre sus páginas, el lector encontrará ”licores llenos de ensueños y odiseas”, mares interiores, fantasmas y grimorios, caníbales y arponeros, ganado unicorne y taxidermia humana, ocultistas, mascotas fieles más allá de la muerte, pipas de espuma de mar con un diminuto mascarón de proa tallado en forma de ondina, micromundos delirantes encerrados en las cabezas de los locos. Entre estos “apocalipsis en miniatura”, entre estos desajustes cósmicos en los que se quiebra el orden natural, el lector se codeará con personajes fantasmales, con protagonistas que atraen los milagros, con almas en pena, con espectadores de la soledad y del horror del universo, encariñados con sus secretos, encerrados en pequeños infiernos hechos a medida, donde la mentira resulta más cómoda que la verdad, donde la cadena trófica, y el lugar que ocupas en ella, es lo único cierto.

Ya Casanova observó que la facultad de ver la verdad sólo se aviva en los seres humanos a través de un sobresalto o convulsión. Antonio Sancho posee un talento poco común para hacer soluble lo anómalo en lo ordinario, para favorecer en lo familiar lo imprevisto y lo fatal, y de manera más terrible por cercana e inesperada: desde las atractivas premisas, pasando por cierta concatenación de muñeca rusa en la narración, hasta las acertadas resoluciones, los intensos e inolvidables relatos de “El mar interior” satisfacen la sed de misterio, hacen sentir al lector “el hormigueo de lo imposible”, como un niño a la vez asustado y fascinado. Son relatos que se sitúan en esas equívocas y sugerentes fronteras entre la luz y la sombra, que demuestran a las claras que ”cualquier cosa que exista por mínima que sea, también los objetos inanimados, deja su huella fantasmal en la realidad”.

Algunas historias tal vez le podrán traer al lector la fragancia de Aldecoa o Dieste, otras de Roald Dahl o de Jean Ray. Pero en todas queda urdida un síntesis perfecta de lo real y lo fantástico, como la lograda por Torrente Ballester en Castroforte del Baralla, aquella ciudad imaginaria de su “La saga/fuga de J. B.”. Otro autor imaginativo que suscribiría sin duda las palabras que pone Antonio Sancho en boca de uno de sus personajes: “el mar es el representante en nuestro mundo de lo sobrenatural y lo mutable”. Y así se manifiesta en estos excelentes relatos, ya sea en ese mar que llega a Ardiza, la polvorienta ciudad de provincias, tras el capitán Ismael, o en ese mar interior bajo el Albaicín de Granada, con una isla repleta de tesoros. El mar, sonoro y poderoso, siempre haciéndose y rehaciéndose, navegando sin navegar, abre y cierra su colección de relatos del sevillano Antonio Sancho Villar, que alguna vez se definió como domador de tortugas y pacífico vendedor de teseractos. Nuestro autor, que repudia la estrecha senda que lleva a la cárcel de la razón, no sólo no tiene miedo de dejarse llevar por lo fantástico de sus historias (como en cierto modo le ocurría a Joan Perucho y Bioy Casares) sino que porta con brío su lumbre.

”La literatura es un pobre sustituto para el mundo de maravillas que se abre tras la muerte”, se lee en estas páginas no exentas de mirada irónica. Sin embargo, tras la lectura de “El mar interior”, donde tienen predicamento y posada los embelecos de la imaginación, dan unas ganas irrefrenables de quedarse a vivir entre sus fabulaciones y trances, entre sus sorpresas y prodigios, de convertirse también ahí en un feliz fantasma>>.

Reseña de "Holobionte" por Carlos Manzano en Entretanto Magazine

La magnífica reseña de "Holobionte" por el escritor Carlos Manzano en Entretantomagazine:





    <<Podría pensarse que los que hemos leído exhaustivamente a Ángel Olgoso, los que nos hemos empapado hasta la médula de la exquisitez de sus prosa, de la delicadeza de su estilo, tan lleno de aliento poético y tan proclive a la fabulación, difícilmente podremos sentirnos conmovidos de nuevo por sus monumentales construcciones semánticas, por sus imponentes juegos verbales, por sus impresionantes alegorías imaginativas, asentadas no obstante en unos trazos mínimos, unas breves pero enjundiosas frases que, en ocasiones, ni siquiera llegan a superar la longitud de una página. Sin embargo, igual que un viajero vocacional jamás se cansaría de admirar una y mil veces la majestuosidad del Taj Mahal o las refinadas geometrías de los techos de la Alhambra, los buenos lectores nunca nos hartaremos de degustar la prosa exquisita y depurada de Olgoso, su sentido preciso del ritmo ni su absoluto y apabullante dominio del idioma. El autor granadino escribe como si trazara exquisitas filigranas en los frisos de una imponente ‘haveli’ o afinara los sutiles y cimbreantes esmaltes que decoran el exterior de una porcelana Ming: sus textos pueden leerse una y otra vez sin que el ingenio que los ha hecho nacer ni su capacidad de causar asombro sufran merma alguna.

En «Holobionte», el cuarto volumen del total de sus relatos que la editorial Eolas se ha propuesto publicar a lo largo de seis entregas, tenemos una prueba más (como si hicieran falta más pruebas) de lo dicho. En «Holobionte» están sus textos más específicamente alusivos a lo que podríamos denominar la dimensión humana; los diferentes seres y la intrincada red de relaciones que se crean en el curso de la interacción social protagonizan el grueso de los relatos que tienen cabida en este volumen. Predomina, como primera característica, una mirada algo oscura, o tal vez escéptica, o puede que desencantada, sobre las circunstancias que definen la esencia de lo que somos. Más allá del excelente relato que da fin al libro, “Cuento de horror”, con el que por otra parte me identifico plenamente, hay otros más donde esa mirada se expresa con absoluta contundencia, como puedan ser “La travesía” o “El solipsista”. También nos encontramos con textos donde la exquisitez estilística de Olgoso se despliega con toda maestría, como sucede con “Nubes”, una exquisitez a la altura de los más grandes autores clásicos, o “Perlas de Indra”, que no por cruel y despiadado deja de ser eminentemente bello. Hay también otros donde se percibe el acerado sentido crítico del escritor granadino, como “El lobo viejo de las desgracias”, “Los ujiji” o “La corporación”. Igualmente, tenemos relatos donde la mirada actual se entronca con la del pasado como si se tratara de un juego de espejos deformantes, como “La larga digestión del Dragón de Komodo”. Y también hay textos en los que prevalece cierta fijación obsesiva en la conducta de sus protagonistas, como “Flores atroces” o “El descanso de Sísifo”. A lo largo del libro predominan los relatos breves, como mucho de tres o cuatro páginas, a menudo de un solo párrafo, con excepción de dos textos realmente magistrales como son “El síndrome de Lugrís”, quizá el más prosaico de todos, pero no por ello menos excepcional (de hecho es uno de mis favoritos), y “Amargo”, que al mismo tiempo destila una distinguida misantropía. También, por supuesto, los hay donde el sentido del humor de Ángel Olgoso hace acto de presencia, como “Hispania II” o “Darwinismo”, aunque la ironía y la sátira están presentes en mayor o menor medida en casi todos ellos.

    Habría muchos más relatos a destacar, obviamente (no creo que haya ni uno que no merezca el halago y el reconocimiento), en un libro que acoge hasta sesenta y cuatro cuentos, pero no es este el lugar apropiado para ello, por espacio y por intención de quien esto escribe. Solo cabría insistir en que Ángel Olgoso es uno de los más grandes escritores nacionales de la actualidad, que su extraordinario talento para construir universos ficcionales en unos pocos párrafos y edificar enjundiosas fabulaciones con el simple uso del lenguaje encuentra pocas correspondencias hoy en día (al menos que yo conozca), y que cada texto suyo, cada relato, contiene dentro de sí varias lecturas que jamás agotan su significado por muchas veces que se acuda a él. «Holobionte» es la más reciente prueba de ello>>. 

miércoles, 24 de junio de 2026

Presentación de "Circunloquio de amapolas" de Sebástián Waldo

 Presentación en la Biblioteca de Andalucía, junto con Marina Tapia, de "Circunloquio de amapolas", el último poemario del poeta chileno afincado en Granada Sebastián Waldo. Comparto mi mi introducción:





<<Hoy presentamos el nuevo libro de Sebastián Waldo y, para ello, nos acompaña la también poeta y paisana suya Marina Tapia. Voy a ser muy breve, porque es a ellos a quienes hemos venido a escuchar.

Sebastián Waldo nació en Santiago de Chile en 1984. Además de poeta, es docente, licenciado en Lengua y Literatura por la Universidad Alberto Hurtado y doctor en Literatura por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Dirige la revista de literatura contemporánea Vórtice y es editor en Verba Editorial Cooperativa. Es autor de las obras El bosque de los ausentes (Puerto de Escape, 2015), Las arpas rotas (Bajo la Lluvia Ediciones, 2020), Espejismos (Vórtice Ediciones, 2022) y Jornadas neorrománticas (Averso, 2024). Sus poemas y artículos han sido publicados en diversas revistas literarias y una parte de su obra se encuentra traducida al inglés.

Sebastián Waldo es de la estirpe de los poetas caudalosos (aunque suele refrenar la montura del poema algo más que ellos), y los primeros que me vienen a la memoria son también, precisamente, dos chilenos que me impresionaron de manera viva e inolvidable en la adolescencia, los dos Pablos, Pablo Neruda y su enemigo Pablo de Rockha. A ese lirismo torrencial y telúrico asentado en las fuerzas terrestres, tan vigorosas en Chile, se une el vitalismo nerorromántico de Sebastián (como a él le gusta denominarlo), la reverencia amable a la naturaleza -reflejo del carácter gentil de nuestro autor- y la denuncia a veces iracunda de la modernidad tecnológica.

Es como si Lord Byron zigzagueara de nuevo en el intertiempo y aterrizara en las estribaciones de los Andes o junto al rumor del Pacífico, y se detuviera a reflexionar sobre el corazón humano bajo la sombra de los aromos y los copihues.

Sebastián Waldo contempla a la humanidad como una Atlántida agonizante, sepultada bajo la torrentera de su páramo rocoso y vacío. Pero en ese granito aún palpita la esperanza; aún vuela una mariposa, una golondrina, una gaviota; aún se vislumbra un color; aún crece alguna flor, una amapola por ejemplo. La poesía atávica y plutónica de Sebastián Waldo busca a quien “cantar en una tierra de sordos”, busca retornar a un “caudal de siglos”.

Por último, no puedo dejar de señalar lo un tanto extraño que resulta el título del libro -aunque Circunloquio de amapolas corresponde al primer poema del mismo- y que parece contradecir a priori la potencia visionaria de los versos que aloja en su interior. Pero, pensándolo mejor, también hay ebriedad aquí, como la había a raudales en esos dos maestros de la poesía compatriotas suyos. Al fin y al cabo, un campo de amapolas embriaga los sentidos; en especial, la vista>>.



lunes, 22 de junio de 2026

Reseña de "Madera de deriva" en Anthropologies, por Rodolfo Padilla

Muy agradecido a Rodolfo Padilla Sánchez por su maravillosa singladura de “Madera de deriva” (Libros del Innombrable) en la revista Anthropologies. Es de las pocas ocasiones en que se ha confeccionado una reseña de un libro mío hilvanando de forma narrativa e impecable prácticamente todos los textos:



<<VIAJE MISCELÁNEO A LA BELLEZA: “MADERA DE DERIVA, DE ÁNGEL OLGOSO”


Vamos a embarcar en el navío “Madera de deriva”, flotado por la compañía Libros del Innombrable (2025). Lo vemos a lo lejos, recortado por el arrebol, y algo resalta a la vista: las velas y la popa muestran una dirección divergente a la acostumbrada; el simple hecho pudiera parecer una minucia fruto de alguna ilusión óptica, y es que, aunque así fuera ya determina que no va a ser un viaje ordinario. La impresión cobra fuerza al saber que su capitán es Ángel Olgoso, aventurero de reconocido prestigio por haber degustado las frutas de la luna y transitado en incontables veces la laguna Estigia y salir indemne para revelarnos los secretos de la tierra de los muertos, mientras que experiencias siderales lo llevaron a conocer todas las eras humanas y a reconocer la naturaleza caprichosa de Dios. Ahora su ambición es mayor si cabe, pues después de casi un millar de maravillosas aventuras, en este viaje misceláneo pone rumbo hacia la Belleza, buscándola en lo cotidiano sin menoscabar su particular mirada del mundo.

Conforme soltamos amarras comprendemos que la belleza es esquiva y para localizarla hace falta identificar primero la fealdad y destruirla, sólo entonces nuestros ojos quedarán libres para observar la naturaleza primigenia y aprender cómo levantar utopías. Por eso, en nuestra primera parada escuchamos el «Papel sonoro» de hojas caídas y libros rescatados entre novedades invasivas y superfluas, aquejadas de la misma prisa con que serán olvidadas, pues en «La pocilga de la facilidad» hay mucha soberbia y reconocimiento efímero, mucho impostor que se cree escritor por publicar e ignora que la creación se parece más a «La lentitud del meteoro» que fragua obras de artesanía únicas e irrepetibles como el «Hápax» hallado en libros aún no escritos. Observar la alienación le llevará a preguntarse «si el grito tiene sintaxis» cuando contemplemos los «forúnculos ciclópeos» cuya desaparición sería imprescindible para recuperar la pureza frente al vandalismo visual; luego podremos ser testigos en «El resplandor de lejanos incendios» de cómo hechos y actos insignificantes en apariencia tienen mayor repercusión que la vana grandeza.

Tendremos ocasión de compartir momentos de intimidad con Ángel Olgoso en los que confesará alguna de sus derrotas como esos «Besos de fantasmas» que quiso dibujar con palabras y nunca llegó a escribir, aunque sus descripciones serán tan precisas, sus referencias de autores previos tan valiosas, que nos introducirá en la paradoja de visualizar como obra terminada lo no realizado; y aunque no es desconocida su afición por el más allá, son variados los espectros que habitan en su «Glosario», como el propio amor, que pese a su concepción peligrosa y fantasmagórica nunca adquirirá mayor corporalidad y placidez que durante nuestra estancia latinoamericana que nos dejará a «Chile en el corazón», pues la exuberancia paisajística y gastronómica del país y la mirada antropológica de su cultura se concretará en la luz, la creatividad arrolladora y la confirmación de haber hallado la felicidad y el amor verdaderos encarnados por la poeta Marina Tapia.

Las tierras lejanas que visitaremos nos llevarán a la voluptuosidad de «Cruzar la estepa a lomos de un oso a medianoche» y a descubrir el propósito común de la versátil forma del iunx, beberemos el «Bálsamo de Fierabrás» como antídoto de un Stendhal hipocondríaco, nos convertiremos en programadores-ficcionadores del mundo mientras atravesamos «Las montañas flotantes de Plutón» y elaboraremos el insólito «Vino de viña submarina». En «Las islas de los bienaventurados» sabremos que la belleza se muestra en su plenitud cuando no hay hombres cerca, aunque podremos admirarla como apóstoles de un tiempo remoto «Caminando sobre el mar de Thetys» o en el vuelo de pájaros e insectos de «Tántalo», mientras los cronotopos de «Tulpas» nos hacen ver el pasado como un segundo corazón. Sin embargo, no todo será placer en el viaje: «Odiadores del silencio» intentarán perturbar nuestra paz y será difícil escapar de ellos porque, al contrario de las criaturas mitológicas, estas bestias aulladoras son humanas y estamos obligados a convivir entre ellas y afrontar sus ignominiosas masacres midiendo «El peso específico de la barbarie». En cualquier caso, al contrario que el pobre «Suertesquiva» perseguido por la fatalidad, nosotros contamos con el viento a favor y habrá suficientes momentos de dicha y armonía que nos inviten a la constante «Celebración», y si el proceso de la vida nos pesa, rodeados por el humo de «Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro» nos entregaremos con pasión al acto de escritura, a la epifanía de la creación como recurso para desembarazarnos de la angustia de la existencia.

Ángel Olgoso puede metamorfosearse y si lo conocemos como el capitán que nos guía en esta búsqueda ideal, cuando veamos los páramos helados del norte se transformará en el Gran Danés para predicar en favor del placer y descubrirnos «el límite indistinguible del silencio y la luz», aunque quienes sólo anhelan el miedo a la vida no lo escuchen; también será el astrónomo que en noches diáfanas nos muestre los «Asterismos de la constelación de la Osa Mayor» donde habitan toda clase de prodigios y parábolas que abren una brecha entre la realidad y la imaginación que nos invita a saltar, pero será en los días nublados cuando descifremos en las nubes epitafios de grandes imaginadores yacentes en la eternidad de la que de vez en cuando precipitan para regar los campos de la irrealidad y librarnos de la pesadilla del pragmatismo y las expectativas cumplidas. Y es que nuestro capitán particular se declara a sí mismo como un sempiterno habitante de las nubes, «desarmado ante el lado externo y utilitario de la realidad», incluso a partir del encuentro con su admirado Bioy Casares se atreve a calificarse como secundario por su timidez, cuando lo cierto es que en las nubes guarda el «Árbol candelabro» que desde el hallazgo de su «Kairós» en las luciérnagas de su Cúllar Vega natal no sólo alumbra, sino que mejora las leyes que rigen el mundo.

Al terminar el viaje y desembarcar estaremos embriagados por todas las experiencias vividas y estaremos convencidos no sólo de haber encontrado la belleza, sino también de disponer de las herramientas imprescindibles para repararla. La mirada melancólica y a veces descarnada de Olgoso nos demuestra que hemos entendido mal el pesimismo: no es angustia ni dolor, es una actitud crítica y de rebeldía ante los defectos del mundo que no incurre en la pasividad del conformismo, aunque todo a nuestro alrededor se desintegre. La visión olgosiana nos mantiene despiertos y lúcidos con la firme esperanza de que está en nuestra mano revertir la mezquindad>>.