Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

lunes, 14 de junio de 2021

Reseña de Devoraluces en Infolibre

Da gusto comenzar la semana con una reseña tan completa y entusiasta de “Devoraluces” como la que ha publicado el escritor Pedro M. Domene en Infolibre.es.


                                        

EL MONSTRUO QUE SE ALIMENTABA DE LITERATURA

Pedro M. Domene 


Ángel Olgoso (Granada, 1961) plantea prodigiosos momentos en su forma narrativa, su expresión es milimétrica, su estilo es depurado y logra un efecto concreto y curioso porque la mayoría de sus relatos provocan una emoción, con esa facilidad que solo es capaz de regalar la pluma de los escritores verdaderamente grandes. Y si añadimos la precisión, la destreza y la fascinación que produce en el lector la maestría de su lenguaje, una característica esencial que se complementa con esa variada temática recurrente que encabeza la denuncia de un mundo imperfecto, los vaivenes y mixtificaciones de la Historia, su concepto de la imaginación y el mundo de las alucinaciones, el anverso y el reverso de lo visible, el misticismo de lo real, e incluso lo irreal, las evidentes carencias de los humanos y, en muchas de sus colecciones, un acusado lirismo, o quizá un intimismo aún más logrado.

La nueva entrega de Ángel Olgoso, Devoraluces (2021), reúne 14 piezas de diversa extensión y, una vez más, ofrece una amplia variedad temática y de registros que dejan esa huella personal del granadino. Los relatos enfrentan al lector a toda una serie de curiosos homenajes intertextuales respecto a obras universales como Las mil y una noches, el Quijote o la Odisea, y se convierte en un curioso viaje a la esencia misma de la literatura occidental por la que el mítico Ulises se pasea por distintas obras hasta llegar al siglo XX. Además, nos sumerge en una interesante y original revisión de la literatura erótica en una suerte de Cantar de los cantares que irá desgranando en microtextos, para terminar su recorrido con una exquisita poética sobre el cuento breve, una reflexión con la que el autor, pretendidamente, dejará atrás la ficción breve entendida como invención para entrar, según propósito, en una nueva etapa creativa.

Dentro del viaje al que nos invita, Olgoso propone en cada relato otro periplo dentro del mismo viaje, una suerte de bitácora de la mente fantástica del autor y de su extensa travesía vital, casi una sublimación íntima y apasionada de sí mismo y de su oficio a lo largo de una veintena de propuestas e historias, desde Los días subterráneos (1991) a Astrolabio (2020), que subliman el concepto de relato breve en su expresión más concreta. Y para más señas, con Devoraluces emprendemos el viaje por el complejo mundo del arte, tanto textual como visual, sin olvidar algunos apuntes biográficos que nos regalan referencias al mundo del cine, auténticos guiños de un cinéfilo, como se aprecia en el relato “Hajdú”, un personaje cuyos ojillos maliciosos recordaban a Charles Laughton, el elegante cinismo de George Sanders y la esnob pedantería de Clifton Webb.

Aunque en el primer relato, “Las luciérnagas”, ya se nos ofrece un viaje por la memoria, por los recuerdos del corazón, que nos acercan a una geografía ya perdida y a unos sentidos ya lejanos en el tiempo, aunque cercanos en las emociones y los sentimientos. Sobresale una memoria íntima y el homenaje a un tiempo ido, presente cuando es nombrado, y se rememoran esos lugares reconocidos por la nostalgia: la Vega, Charca de la Viña, Cruz de los Cigarrones, Cerrillo del Tesoro, El Salado, Acequia Gorda. El relato “Fulgor”, de la mano de Matteo y El Pajarillo, nos apunta el devenir de un senderista y su pasión por la naturaleza y los caminos que es la literatura y la vida. El eje literario de “La Rosa de los vientos” nos implica en un prolongado homenaje bibliográfico donde aflora el inquieto lector que Olgoso lleva dentro, y nos guía por las aguas procelosas de la literatura, un itinerario que conduce Ulises, alter ego del autor. El relato se llena de nombres que resuenan como una letanía, Polifemo, Cíclope, Crotón, Ligia, Laertes, Paris, Ítaca, Homero, o los más cercanos, Nautilus, Capitán Nemo y Julio Verne, Moby Dick y Melville, Swan y En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, Scrooge o el Cuento de Navidad, de Charles Dickens, James M. Barrie y la tripulación pirata de Peter Pan, Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, Basil Hallward y Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, Tom Sawyer y sus aventuras, de Mark Twain, Madame Bovary de Gustave Flaubert, Davy Byrne y James Joyce, el niño Oskar Matzerath y El tambor de hojalata, de Günter Grass, Lázaro de Tormes, o don Quijote. Con el relato “Pelikan” nos lleva hasta la metáfora de un campo de concentración, y el siguiente, “Villa Diodati”, se convierte en una evidente propuesta metaliteraria que nos devuelve el protagonismo de Lord Byron, Percy B. Shelley y Mary Wollstonecraft en aquel palacio suizo, de tenebroso ambiente romántico, recreando el episodio como si se tratara de un momento literario único y fundacional de todo un género literario: el Romanticismo, porque Olgoso le tributa su particular homenaje de testigo privilegiado, y nos esperan escenas visionarias de futuros títulos universales.

El granadino, según afirma, no quiere ser “el primero en ensayar lo nuevo ni el último en abandonar lo viejo”, y desde las primeras páginas nos lleva a las lindes del misterio y de la fantasía, acompañados de una palabra compuesta Devoraluces que parece estar escrita al trasluz, cual espejo en que mirarnos. El título, como una metáfora, nos lleva a la mitología griega y a sus monstruos con cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón, aunque, también, viajamos al Siglo de las Luces, a la Ilustración y sus fantasmas/mitos o al romanticismo de los seres góticos. Todo un esplendor de luz y también de sombras incluso el título, con esa palabra nueva compuesta de verbo más sustantivo: podría significar en lo más hondo el nombre de un monstruo bueno, que se alimenta de rayos de sol y de destellos de vida, o de esas migajas que desprenden nuestros sentidos.

“La ilusión del horizonte” es, casi, un viaje de precisas y sutiles enumeraciones, de frases cortas y simples, de abundantes puntos, de reiterada ausencia de comas y una enumeración de imágenes en un solo párrafo. “Okitsu” se traduce como una ofrenda verbal y nos transporta a los rituales de la infancia con esas palabras y el momento en que se aprendieron, abundan las oraciones extensas y compuestas, y un uso más frecuente de comas frente a los puntos, quedando dividido en dos amplios párrafos. “La arena de las historias” cuenta, de la mano del sultán Schariar y Schahrasad, una singular recreación de Las mil y una noches y subraya la oralidad de los cuentos, y deja testimonio de esa intertextualidad que rezuma el fértil reloj/desierto/vergel de Devoraluces. En “El calendario quimérico de lo que podía haber sido”, su néfesch nos sumerge en la luz y en la oscuridad; y, en el siguiente relato, “Medio real” transmutado en Cide Hamete Benengeli, y por añadidura en don Quijote de la Mancha y en Miguel de Cervantes, el autor nos traslada a Toledo y paseamos por sus calles. “Émula de la llama” es un curioso relato que encabezan dos citas, una de Petrarca y otra de Paul Klee. De exquisita textualidad, se convierte en un poemario de amor dedicado a Marina Tapia donde va “su voz destilándose en el alambique sagrado de la poesía”, un total de 22 poemas, 2 en verso y el resto en prosa, cuyos títulos inician otro viaje más, el del “erotismo en aluvión”: “Aljibe”, “Aspiración”, “Bocajarro”, “Calendario”, “Diapasón”, “Estrellamar”, “Gusto”, “Lactar”, “Lamer”, “Literatura”, “Maravilla”, “Nupcias”, “Oído”, “Olfato”, “Orbes”, “Parque”, “Patria”, “Puerta”, “Sudor”, “Tacto”, “Vista”, y un epílogo, “Apelativo”. Y es aquí donde sucede el milagro y el autor reconoce: “no acierto a definir la literatura; te has mezclado con ella”.

En “Odres nuevos” nos lleva a la Guerra Civil con Társila y Elisio, con Águeda y Amador, donde “durante tres años, a los hombres se les había ido cayendo la ceniza del corazón”. Y en la “Coda” final, que titula, “Nomenclatura Boghini para los dedos de los pies”, reúne hasta 30 entradas breves y elabora un auténtico ensayo de crítica literaria, reflexiones, deseos, explicaciones sobre la escritura, vuelven los homenajes/deudas/agradecimientos. Esos textos se convierten en metaliteratura en su estado más puro, porque frente a la página en blanco, se ejercita en conceptos de sintaxis y de gramática, y el autor se desdobla en un “constante principio de incertidumbre”, y enumera toda una lista de intertextualidad de biblioteca, y se recuerdan los nombres de Borges, Leopardi, Nicanor Parra, Benjamin, Hannah Arendt, Gombrowicz, Thoreau, Blake, Chateaubriand, Savater, Aramburu, Flaubert, Raymond Roussel o García Márquez.

Un libro como Devoraluces se merece un pormenorizado recorrido por sus páginas, porque, además, cada uno de estos cuentos podría reclamar aquel título de un relato que nunca se escribió, como al final leemos de la mano de Olgoso, y bien deberían titularse “los mejores relatos del mundo”.

domingo, 13 de junio de 2021

Reseña de Devoraluces en Quimera

Muy agradecido al escritor César Rodríguez de Sepúlveda por la luminosa y entusiasta reseña que ha engastado maravillosamente con las páginas de "Devoraluces". Su lectura certera y atenta a los detalles es de las que contagian amor por la cultura, de las que confortan y alimentan, de las que logran desvanecer la pesadez del día como una ola que retrocediese con la resaca. Ha aparecido en el número 450 (junio 2021) de la revista Quimera.





DEVORALUCES

César Rodríguez de Sepúlveda

Aunque la ilustración de sobrecubierta sea un grabado de Blake que dice, en el original, "así lloró la voz del ángel", aquí la voz de Ángel (Olgoso) no solo no tiene nada de lacrimosa, sino todo lo contrario: es puro júbilo, pura celebración, puro goce. Se afirma en la contracubierta que con este libro pone su autor "proa a un territorio luminoso", lo cual es absolutamente cierto, sin perjuicio de que se encuentre también en el libro el Ángel Olgoso que conocemos y admiramos desde hace años. Sigue firmemente en pie la apuesta del autor por lo breve, por la insinuación, por lo incompleto. Con más rotundidad si cabe, como atestigua la ensalada de textos con que se cierra el libro, la "Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies" (muy olgosiano esto de sembrar misterios con los títulos). La "Nomenclatura", a manera de fragmentaria poética, es la orgullosa declaración de independencia de un escritor que reivindica la libertad de imaginar: "el mejor texto es el perímetro virgen, el que tiene los atributos de la bruma, el espacio de vivir lo imaginario que puede expandirse como el universo, como un puño antes de ser mano abierta". Mejor imaginar que narrar, dice en otro momento, porque el acto de contar acaba por resultar repetitivo, rutinario, perdido ese fulgor inicial del encuentro de un mundo nuevo. Desde luego, sí algo no falta en la obra de Ángel Olgoso (uno, modestamente, ha leído unos cuantos libros suyos) es el ejercicio continuado de una desbordante imaginación. Imaginación que, incluso enjaulada en textos breves o hiperbreves (o quizá precisamente por ello), irradia una capacidad de sugerencia casi infinita.

En los textos que componen este libro encontramos estimulantes viajes por la historia de la literatura ("La Rosa de los Vientos", perfectamente orientada); cuentos que muestran otra perspectiva de los textos canónicos ("Medio real", "La arena de las historias"); una casa que espía a sus románticos habitantes ("Villa Diodati", que me ha recordado una preciosa novela de Mujica Láinez); miradas sarcásticas ("La ilusión del horizonte"); himnos al placer de imaginar ("Fulgor"); y artificios borgianos ("El calendario quimérico de lo que podría haber sido"). De todo hay en este gran bazar, en esta juguetería mágica, en esta selva exuberante de la imaginación. ¿El "modus operandi "? El del demiurgo que se divierte poniendo en marcha mundos fascinantes para abandonarlos en cuanto, muy bien pulidos, empiezan a brillar con luz propia. ¿Para qué seguir caminos ya trazados cuando es posible abrir, una y otra vez, otros nuevos?

El Olgoso inventor de mundos extraordinarios es también el genial orfebre de una prosa cautivadora, por lo precisa tanto como por lo sorprendente, por los hallazgos léxicos y por su fantástica y barroca arquitectura de enumeraciones y paralelismos, torres de Babel sintácticas como castillos de naipes que alcanzan altura sin perder su estabilidad.

Aunque, si todos los textos ofrecen una prosa extremadamente cuidada, hay uno en particular, que no es propiamente narrativa ni propiamente poesía, cuya osadía verbal es deslumbrante. En este texto extraordinario, "Émula de la llama" (título tomado de una silva del renacentista Francisco de Rioja), el tema es el erotismo vivido de forma intensa, exultante, expresado con una prosa tan arrebatadora que difícilmente se le encontrará un paralelo en nuestra literatura (pensaba en algún libro de Umbral, pero nada que ver: aquí la entrega gozosa desconoce los límites y el cálculo). La escritura del placer coincide y se identifica con el placer de la escritura, y es tan íntimo a veces lo que se nos cuenta que el lector puede llegar a sentir cierto reparo y preguntarse si no debería mejor cerrar la puerta y dejar solos a los amantes en su gozoso frenesí...

O sea, que están aquí, en buena compañía, el Ángel de las tinieblas y el Ángel enamorado, orbitando feliz en torno a su estrella, sediento de su luz. Y aquí están también el placer, y el amor, y la vida. Y la literatura. Feliz fiesta.


Reseña de Devoraluces en Qué Leer

 


jueves, 10 de junio de 2021

"Las huellas de los pájaros en el aire" en la revista Kopek

La exquisita revista literaria Kopek publica en su sección Creación el relato Las huellas de los pájaros en el aire, perteneciente a Breviario negro (Ed. Menoscuarto).



Recuerdo que graznaban las cornejas y que había una nubazón sobre el monte cuando encontramos al ángel. Los caminos del mundo lo arrojaron desnudo al final de la rambla, por la parte que da a nuestra vieja casuca. Parecía una bestia mansa y acorralada a la que le hubieran cortado los talones. Tenía, además, arañada su carne blanca de camelia, se le abuchaban las mejillas en busca de aire y aún agitaba el plumaje de las largas alas taheñas, que crujían delicadamente como la nieve bajo el primer sol de la mañana. Hermoso en su majestad derribada, su cara era de buena ley pero a sus grandes ojos pacíficos asomaba el bichito de luz de la soledad. El cabello, espeso y enredado, tenía el color de la cebada madura. Madre nos ordenó que metiéramos dentro a aquella criatura herida y amedrentada. Apenas podíamos con él los tres hermanos, tan pequeños éramos entonces. Desde el primer momento se levantó del suelo un olor fino a huesos de almendra, hasta que tumbamos al ángel en un recanto de la cocina, junto a la boca negra de la chimenea.

Recuerdo los días del hambre interminable. Ya no había leche con unto o uña de vaca, ni siquiera dulzonas vainas de algarroba. En ayunas, con escalofríos de calentura, andábamos al olor de cualquier animal que sirviera para unas magras. La alacena estaba vacía, las jaulas huérfanas. Recuerdo las rachas de cellisca, los días de no encontrar alma viva, le puertas cerradas a cal y canto. No pasaban cuadrillas de segadores, ni arrieros a lomo de mulo que nos lanzaran un cantero de pan duro. Tampoco se oía el algareo de los tratantes. Madre vestía siempre ropón de luto y tenía ojeras moradas de tanto desespero por el buche apellejado de sus tres hijos.

Recuerdo que Madre removió las brasas, calentó agua, la volcó en el lebrillo y, allí mismo, lavó al ángel como a un recién nacido al que se unge con aceite. Los reflejos de la lumbre y de las perolas de latón convertían las plumas mojadas en rojizas girándulas de fuego. Yo, el menor de todos, no podía apartar mis ojos de las alas, como cuando el hambre no estorbaba y se me iba la mañana en la áspera barrancada, mirando y remirando la piel brillante de las culebras, hocicado contra la manzanilla, la mejorana o las barbajas de pino. Madre sujetó la cabeza del ángel con una mano que no temblaba y, de un envión sin saña, le clavó en el cuello el afilado cuchillo de las matanzas. Madre no era de muchas hablas: a un gesto suyo, uno de mis hermanos arrimó una alcuza al canalillo de la herida para recoger la sangre. Rezumaba muy limpia, transparente como un jugo de perlas. Cuidando que no cuajara, la removíamos mientras cada uno bebía, impaciente, un cuartillo. Sabía -ahora puedo tasarla- a vino nuevo. Aquel trago, a poco de bajarnos, prendió la yesca de la gratitud en nuestros estómagos. Y la carne del ángel, clara y fresca como pulpa de fruta, dividida en partes iguales, aventaría los rescoldos del hambre durante semanas. Con la cabeza echada atrás, en sus ojos abiertos todavía amarilleaban unas centellitas de suave desconsuelo: Madre no había tenido corazón para cegarlo. Pero las alas, tras un último golpetazo desesperado, pronto aquietaron su rumor de hojarasca.

Recuerdo que con el cabello trenzamos nidos para atraer a las aves, y que se rellenaron almohadones con sus plumas lucientes. Recuerdo que fuimos espetando los bancales resecos con sus huesos, al modo de fierros blancos, y que se nos bendijo con renovadas cosechas. El hambre ya nunca vino tan apretada. Aunque se recele de las cosas que no son de creer, cualquier alimento es de buen labio para los necesitados. Sin embargo, desde que entramos a aquel peregrino distinto y gallardo bajo el techo de la cocina, desde que lo rematamos en una tierra ajena como cordero en medio de lobos, cargo con un fardel lleno de dudas: si aquel ángel que nos alimentó traía un mensaje a los hombres, si dejó algo de sí en los lugares por los que pasó, si embelleció la ingratitud con su inocencia. Aún hoy, oreado por tantos años en medio, me llega su fino aroma a huesos de almendra. Aún hoy guardo su cráneo seráfico, singular, esponjoso, en la vieja casuca a la que he vuelto para morir. Lo pongo sobre la madera deslucida de la mesa, sobre una tinaja, sobre una cómoda donde remuele la carcoma o sobre la paja de centeno del suelo de la cuadra, y no parece sino que aquella cabeza, de tan ligera, va a sostenerse en el aire, no parece sino que está a punto de elevarse y subir a pique con una gracia de pájaro volantón.

(Ángel Olgoso, Breviario negro, Ed. Menoscuarto, 2015)

martes, 8 de junio de 2021

Reseña de Devoraluces por Antonio Tamez-Elizondo

Comparto la extraordinaria reseña que en la Revista de Letras publica el escritor mexicano Antonio Tamez-Elizondo acerca de Devoraluces (Reino de Cordelia).


DE LA SOMBRA A LA LUZ

Antonio Tamez-Elizondo


Ocurre mucho, en especial cuando se desea animar a quienes pasan por un mal rato, asegurar que lo importante nunca ha sido el final de la historia, sino su trayecto. Es uno de esos suspiros de sabiduría popular que han perdido gran parte de su encanto, ya sea por culpa de la repetición o por no comulgar con el cinismo de los tiempos, aunque no significa que carezca de franqueza. Al menos en los terrenos de la ficción. Para los lectores, lo que importa no es que Frodo destruya el anillo en Mordor, sino cómo llega ahí desde la Comarca. Tampoco les importa mucho que el capitán Ahab logre vengarse del cachalote blanco, más bien que le dé la caza, o que Ulises llegue a Ítaca, sino los hechos por lo que tiene que pasar para encontrarse con su esposa y recuperar el trono de aquella isla.

    Sin entrometernos en las funciones más filosóficas y estéticas de la literatura, leemos, nos gusta creer, para vivir situaciones en las que normalmente no podemos, o no queremos, encontrarnos. Si el autor hizo bien su trabajo, nos mantendrá contentos por un puñado de páginas, y aquellos que tienen compasión en sus almas le perdonarán un desliz o dos si la conclusión no se compara al resto de la historia. Lo importante, se supone, es el camino.

    Todo esto está muy bien en lo teórico, pero lo cierto es que los finales no deben descuidarse. No son unos cuantos cristales de azúcar con la que se escarcha un pastel, sino el cierre de una labor que ha tomado esfuerzo para quien escribe y tiempo para quienes lo leen. Los hay para los que un mal final puede echar al lodo una experiencia por lo demás maravillosa. Ocurre sobre todo en historias en las que, Dios nos cuide, el protagonista cae de la cama y descubre que todo fue un sueño (y variantes de este pecado hay legión), o en cualquier otro final perezoso que apeste a los sudores de lo anti climático. Los escritores también se cansan, y es frecuente que pierdan el interés por encontrar un buen cierre al guion, novela o cuento en el que trabajan. Hay unos a los que incluso les da pereza encontrar una buena conclusión a su obra.

    Qué difícil es construir un buen cierre. Sobre todo, para quienes han llevado una carrera distinguida en este valle de letras. Requiere planeación, pensamiento, cálculo. La manera en la que se escribe el cuerpo de una narración puede llegar a ser de total espontaneidad, una conspiración entre musas y daimones, pero un buen final no es cosa del azar. Hay que considerarlo y mimarlo, darle la vuelta, observar cómo la luz ilumina cada una de sus caras. Ángel Olgoso trabajó durante cinco años en su más reciente libro, Devoraluces (Reino de Cordelia 2021), y el rumor que se escucha es que se trata de su última incursión en el cuento breve, género en el que ha demostrado una y otra vez ser una de las mejores firmas. La noticia cae como cubo de aceite hirviendo, y no es asunto de los chismosos inmiscuirnos en sus razones. De lo que sí se puede tener certeza es que, de ser verdad, Olgoso ha cerrado su obra con los mejores broches.

    También con un giro. Contrario a la tiniebla en sus colecciones pasadas, Devoraluces toma lugar en las horas diurnas de la ficción. El título engaña. Aquí la luz no se devora, más bien, se erige, como ocurre en Las luciérnagas, el primer relato, que da la sensación de una despedida a ese pasado de sombras y ficciones macabras. Llama la atención la cantidad de citas con las que abre el libro, trece en total, que funcionan como una especie de declaración de intenciones. En especial esa en la que Jesús Cotta invita a Olgoso a que, por favor, deje atrás tanta negrura para adentrarse en lo esperanzador.

    Lo cual no significa que caiga en el vacío del lugar común o la cursilería. Aquí ya no hay diablos, espectros, crueldades o sufrimiento metafísico, pero eso no quiere decir que dejen de asomarse por las comisuras de la luz que ahora nos concierne. La podredumbre sigue ahí, pero por el momento se mantiene a raya. Se intuye en la chusma curiosa que en Fulgor irrumpe en la felicidad del humilde Matteo. O en las reflexiones sobre el color azul que hace un superviviente de los campos de exterminio en Pelikan. Con la necesidad de un descanso a muchas de las atrocidades a las que en los últimos diez años nos hemos acostumbrado, relatos como estos parecen decir que sí, puede haber un mejor mañana, pero no conviene que bajemos la escolta.

    Algunos relatos son examinaciones de lo que ocurre cuando lo artístico se inmiscuye en terrenos de lo humano. Se observa, sobre todos, en Villa Diodati, el más extenso de los catorce reunidos, y que recuerda un poco a El año del verano que nunca llegó, de William Ospina. Entre el primer título y el segundo se comparten escenarios, personajes y un par de reflexiones, pero es ahí donde terminan los parecidos. Narrado desde el punto de vista de la pasillos y habitaciones, sus salas y sus jardines, la propia Villa Diodati espía los dramas y pecadillos de Byron, Shelly y Polidori, de los hombres y las mujeres que buscaron en el arte su propia luz interior mientras el resto del mundo se oscurecía por las cenizas que el volcán Tambora, allá en Indonesia, había escupido contra el cielo en el verano de 1816. «Cuando intenta conciliar el sueño», dice la Villa Diodati, «la señorita M. W. Godwin repara en que, del mismo modo que Franklin, Galvani o Volta en sus trabajos científicos, los artistas también persiguen descubrir el principio vital; poseen igual afán de engendrar algo novedoso, una nueva humanidad; traer el fantasma a la vida desde el dulce reino de lo siniestro, un monstruo sin pasado ni identidad, huérfano de especie.»

    Conocido es el gusto de Olgoso por Japón y su tradición cultural y literaria. Esto ya ha quedado comprobado en relatos anteriores, así como en Ukigumo, su colección de haikus, pero aquí aparece de nuevo en la forma de Okitsu, una estampa de aprecio por parte del narrador, tal vez el propio autor, hacia su padre. Las imágenes son fantásticas, tejidas de sueños, pero resalta la tristeza y melancolía en ellas. El deleite por estéticas orientales se repite en La arena de las historias, una inversión de fondo a Las mil y una noches. Es uno de esos juegos con la materia prima de la historia universal de la ficción, tan conocidos en las narraciones de Olgoso, y de los cuales aquí se encuentran otros dos. Por un lado, el cervantino Medio real, escrito en un estilo muy clásico, casi arcano, para fines de argumento y atmósfera. Luego está La rosa de los vientos, donde el Ulises de Homero hace un recorrido express por la literatura, encontrándose de paso, entre otros, con personajes de Julio Verne, Malcom Lowry y Herman Melville.

    Es posible que la joya de este libro sea El calendario quimérico de lo que podía haber sido, uno de esos relatos metafísicos que insinúan eternidades. Aquí el néfesch, una sutileza de la fuerza vital en el judaísmo, se presenta como una abstracción que encierra posibilidades, tiempos y universos. Un material con el que se podrían escribir varias enciclopedias, pero que la economía de palabras lleva a término elegante. Tan elegante como Odres nuevos, que, aunque toma lugar en un paisaje devastado por la miseria y la muerte, da espacio para que entre las ruinas surja un esbozo de erotismo, incluso ternura.

    Así como el tono más placentero de estos relatos es un vuelco al estilo acostumbrado por su autor, Devoraluces concluye con un cambio de registro. Ya no en la ficción, sino en el ensayo, o al menos en la hibridación de un cuento ensayado. Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies es una secuencia de argumentos para llevar a la microficción a su evolución última: contar historias meramente con sus títulos. «No pasa un día sin que sueñe con escribir un libro de relatos compuesto únicamente por sus títulos», confiesa Olgoso en la primera línea para después justificar semejante deseo. Y no es un mero capricho, pues tiene su lógica. «Si un cuento», escribe más adelante, «por ser género más antiguo que la novela, podrá vivir más allá de esta, entonces la rúbrica del título ha de perdurar sobre todos.»

    Y así concluye Ángel Olgoso su faceta de cuentista; o al menos eso es lo que se dice. ¿Qué podemos saber nosotros de las intenciones secretas de los demás? Lo cierto es que es difícil imaginarlo lejos de la escritura. Al contrario, se le puede ver en otras actividades propias de la carpintería del escritor. En algún universo paralelo, uno de esos contenidos en el néfesch, él pudo haber dedicado la primera parte de su carrera a la ensayística cultural y literaria antes de dar el paso a la ficción. Tal vez en este universo que compartimos ocurra el reverso.

    Con Devoraluces Reino de Cordelia conserva la misma calidad de su entrega anterior, la reedición ilustrada de Astrolabio. Es siempre un placer sentir el papel y la tinta con la que fabrican libros, los aromas que desprenden y la elegancia que aportan. Ligero y fácil de llevar, como sus relatos, si esto ha de ser lo último que Ángel Olgoso nos narrará como cuentista, fue todo un placer estar ahí para presenciar el final.


Antonio Tamez-Elizondo (Monterrey, 1982) es arquitecto, Máster en Arquitectura Avanzada y Máster en Creación Literaria. Su libro de cuentos 'Historias naturales' ganó X Certamen Internacional de Literatura 'Sor Juana Inés de la Cruz', 2018.