Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

jueves, 22 de octubre de 2026

Reseña de "Madera de deriva" por Luis Cerón en Hojas Sueltas

Comparto la reseña del escritor Luis Cerón acerca de “Madera de deriva” (Libros del Innombrable), publicada en el periódico cultural Hojas Sueltas. Mil gracias, Luis y Anxo.



<<PREDOMINANTE MADERA NOBLE.

Todo buen escritor que se precie hace justicia a los azares (o caminos) que van sucediéndose en torno a él, o bien, en relación con todos aquellos acontecimientos que tienen lugar mientras este capta la vida. En el caso de Ángel Olgoso, los astros se han alineado para ofrecernos la obtención de este fin. Este gran mago del relato fantástico y breve, dentro del espectro concreto al que ha dedicado gran parte de su obra, conforme la escribía y atesoraba, aún le dedicaba tiempo a otra temática -por no llamarla género- literaria. En este caso, nuestro autor da cabida a la prosa breve de no ficción; es decir, a otro ejemplo de confección de óptima literatura, que si bien no está aderezada con mitos de diferentes culturas, espectros zigzagueantes, arcanos entes y musas diversas, no está exenta de magia, deleite e incluso pertinente didáctica. Tanto es así, que me atrevería a afirmar que Olgoso llega a dirigir alguna que otra crítica -o filípica, incluso- contra el desdén político, sociocultural y literario que nos circunda; reivindica la devoción y la constancia por el hallazgo de la auténtica literatura. Claro que para ello hay que dejar atrás boatos, remilgos y falsos reconocimientos de gurús omnímodos que destilan opinión a pestilencia. Porque, al final, todo ello es pura filfa. Por ello hemos de recolectar la mejor obra literaria: relato, poema, obra teatral o novela posibles, sin sucumbir a los cantos de sirena del ‘merchandising’ que reina en el absolutismo de número imperante en el mundo editorial.

“Madera de deriva” (2025) está publicado por Libros del Innombrable. Contiene un prólogo de Óscar Esquivias, así como una pequeña semblanza de Eloy Tizón. Ambos autores son conocedores de la obra de este hacedor único de microcosmos hilvanados. Consta de treinta y seis textos. Todos y cada uno de ellos enarbolan el buen hacer literario de Ángel Olgoso. Su nítida textura nos transmite una sensación de bienestar al leerlo. Trata temas que están relacionados con su existencial devenir, sobre todo diario y, ante todo, vivido. Varios son los ejemplos que podríamos pormenorizar para dejar clara esta grata declaración de intenciones, que hará las delicias de todo aquel ser humano que deguste las páginas de este libro. Para ello, Olgoso nos invita a “sugerir las acciones más que a explorarlas plenamente”. De esta manera, podremos imaginar una situación más abstracta dentro del matiz concreto que subraya el contexto de cualquiera de las piezas aquí contenidas. También podríamos afirmar que, en éstos “el límite indistinguible del silencio y de la luz “ es una realidad. Casi es imperceptible. Nos narra una anécdota o recuerdo y, como si nada (o sea, sutilmente), te transporta no solo a la peripecia de sus evocaciones sino que, al invitarte a acompañarle, recreas tú tus propias vivencias. Se nos presenta la literatura en sí. Tal cual. Son “sensaciones desnudas, sin adornos ni justificaciones”. A fin de cuentas, han de ser las “pasiones” las que “empujen la trama”. La pasividad o el estatismo conducen al tedio, a la muerte en vida. Para demostrarnos su profundo sentir, Olgoso recurre a varios de sus autores más cotizados, tales como Julio Ramón Ribeyro. A juicio de Olgoso, el autor peruano “intuye otros caminos” mientras “busca... sacar algo de la nada... de otros reflejos.” Todo sea por “crear un orden de palabras que lo satisfaga”, extendiendo un manto certero y profundo de significado, caracterizándolo debidamente a la vez que se afila su retrato. En ‘La pocilga de la facilidad’, Olgoso hace una descripción de la caverna que constituye el boato literario al que tanto se ciñen los altavoces mediáticos predominantes... Porque “todos saben que hay más brochas que pinceles”, con lo cual hay que buscar mucho para hallar a “un parnasiano entre ganaderos”.

De entre todos los matices, e incluso géneros, dispuestos en este gran cuaderno de bitácora, Olgoso ha abordado con maestría uno -a mi juicio- en concreto: el de la crónica de viajes. Me remito al texto titulado ‘Chile en el corazón’, cuya extensión y pormenorización fechados no resultan de una elección baladí. Casi podría afirmar, y casi sin temor a equivocarme, que este texto es todo un dietario de agudeza y arte de ingenio de nuestro autor. Y no es para menos. Olgoso ha hecho de un viaje a Chile una experiencia única. Tanto es así que regresa a España transformado. Una muestra de esta metamorfosis la expresa la narración de los acontecimientos que nuestro autor acomete mientras va disfrutando de su viaje a lo largo y ancho de sus doce partes. “Tras mi ansiado bautizo en el Pacífico como un Balboa a destiempo... Seguimos el paseo litoral.” Ángel Olgoso dixit. Esta proeza transatlántica es fruto de su unión inefable con la poeta y artista multidisciplinar (casi renacentista) Marina Tapia: “Amor ideal, perdurable, una dulce cadena de recuerdos y labores en común.” E incluso podríamos afirmar que “Madera de deriva” es un tratado de vivencias culturales de toda índole, llegando así, por ejemplo, a beber los vientos por su admiración... ante una escuela de Bellas Artes: “[...] jardín con esculturas, piso rechinante de madera, olor permanente a óleo...” Y es que, conforme se lee este viaje, uno está cada vez más seguro de la imposibilidad de cumplir el postulado esgrimido por Pirandello: “La vita, o si vive o si scrive”. O la mención expresa que Olgoso hace a la génesis del microrrelato, ensalzándolo, tal y como no podría ser menos para un genio en esta materia. Dos pruebas de ello son ‘Gaveta de miniaturas’ y ‘Asterismos de la constelación de la osa mayor’, tal y como nos reza él mismo en ‘Cuento de horror’: “Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano”; o en ‘Lalande’: “La erección permanente puede conseguirse -según Hemingway- golpeándose en un accidente la duodécima vértebra.” Estos son solo dos ejemplos de esa chispa ingeniosa de la que Olgoso hace gala, como si no fuera con él la cosa. Es tal la facilidad con la que nos ofrece esos destellos tan fantásticos, tan irónicos y tan singulares, que el lector no da abasto para asimilarlos debidamente.

Por tanto, yo trataría de resaltar la pasión por la verdadera literatura que Ángel Olgoso tiene por bandera y que, con cariño, nos ofrece con humildad. Una prueba de la fe de esta devoción es la admiración que profesa el autor por el buen hacer de sus escritores predilectos, cuyos ecos o evocaciones astilladas se dejan sentir plenamente. Sobre Bioy, gran compañero de correrías literarias y existenciales de Borges, llega a escribir que le “daba la sensación de que... tenía miedo de dejarse llevar por lo fantástico de sus historias”. O sea, lo mismo que le ocurre a él mientras atesora esta predominante madera noble que sutilmente nos ofrece, con la salvedad de que a él no le atemorizan sus propias historias: las recrea con viveza; pero siempre trasladadas al papel con firmeza; o sea, sin olvidarnos de la lengua, ese vehículo de comunicación común e inalienable existente entre el combo argentino ya mencionado y el escritor granadino: “La literatura española es una pequeña literatura lateral. A nosotros nos ha dado lo mejor: el idioma.” Afirmación borgiana, pues, sublime y atinada>>.

miércoles, 21 de octubre de 2026

“Entre umbrales: cronotopo, topopoética y experiencia del misterio en la minificción de Ana María Shua y Ángel Olgoso”

Muy agradecido a la profesora Agata Draus-Klobucka, de la Universidad de Breslavia en Polonia, por su artículo “Entre umbrales: cronotopo, topopoética y experiencia del misterio en la minificción de Ana María Shua y Ángel Olgoso”, publicado en el nº18 de la revista Microtextualidades, Revista Internacional de Microrrelato y Minificción.
El artículo muestra cómo brevedad, elipsis y vacíos informativos intensifican la inestabilidad perceptiva y el tránsito entre un Más Acá y un Más Allá. En “La sueñera”, el umbral es interior y atmosférico: lo onírico (vigilia/sueño) y sus silencios sostienen el efecto de extrañeza. En “Cuentos de otro mundo”, el umbral se exterioriza: irrupciones espaciales, objetos extraordinarios e incógnitas de sesgo científico abren cosmologías paranormales y desposeen al sujeto. La comparación propone el misterio como conocimiento literario afectivo y sugiere la topopoética como herramienta fértil para la crítica hispánica.

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<<4. Ángel Olgoso: cronotopías de lo insólito y poéticas del lugar en Cuentos de otro mundo.

En la poética de Ángel Olgoso, “lo insólito” no funciona como un simple adorno temático, sino como una forma de reorganizar —con extrema economía— las coordenadas de tiempo y espacio: un modo de forzar al lector a reubicar su percepción de lo real. Lidia Morales Benito subraya justamente esa hibridez (realismo, maravilloso, fantástico, absurdo) como rasgo estructural, y recuerda, citando al propio Olgoso, que su impulso es “hacer posible lo imposible” y “violentar el orden natural” para mostrar “otras perspectivas, otras dimensiones” (Morales Benito, 2016: sin p.). Esa voluntad de torsión de la norma se puede leer —en clave cronotópica— como una insistencia en el umbral: no tanto un “lugar” fijo, sino un punto de paso donde el mundo cotidiano revela fisuras y se deja atravesar por otro orden.

En esa misma dirección, resulta significativa la formulación (recogida por Patricia García García) de que a Olgoso le produce placer “despojar al lector de esas gafas [espacio-tiempo]” con las que se orienta en lo real (García García, 2013: 117). No se trata únicamente de “contar” hechos extraños: el gesto es más radical, porque afecta a la organización de la experiencia narrativa. Por eso, en Cuentos de otro mundo (2013) los microrrelatos no solo presentan mundos “otros”, sino que fabrican un “otro mundo” dentro de la cotidianeidad a través de microdislocaciones temporales, inversiones topológicas y metamorfosis del lugar.

4.1. El tiempo como condena: cronotopos del ciclo, la repetición y el bucle.

Un primer conjunto de textos configura un “umbral” estrictamente temporal: no se cruza una puerta espacial, sino la frontera entre linealidad y repetición. En “Samsara” el narrador encadena muertes y reencarnaciones en lugares y épocas heterogéneas (ñu devorado; sacrificio tolteca; fusilamiento centroeuropeo; trabajo forzado en monumentos globales), hasta desembocar en una imagen final de quietud degradada: “soy ese cocodrilo que cuelga del techo y os mira” (Olgoso, 2013: “Samsara” 5 ). En términos cronotópicos, el relato concentra una experiencia de tiempo no progresiva: un retorno arbitrario, “malicioso”, que cancela la teleología y convierte el devenir en castigo.

Lo decisivo aquí es que la variación espacial (África, Mesoamérica, Europa, Roma, Andes) no ofrece escape, sino que funciona como máscara del mismo tiempo- cárcel: cada coordenada geográfica se revela equivalente porque está subordinada a una lógica de repetición mortífera. El umbral no separa “vida” y “muerte”, sino muerte y otra muerte. Esa estructura altera incluso la perspectiva del cierre: el sujeto termina como objeto suspendido (cocodrilo disecado), integrado en un espacio turístico que incluye al lector (“sobre vuestras cabezas”). El cronotopo, así, no solo representa el ciclo: lo impone como experiencia de lectura, pues convierte la mirada final en una escena de interpelación (el lector queda dentro del “aquí” de la taberna).

Una variación extrema de esta economía temporal aparece en “El bucle”, donde la materia narrativa reproduce formalmente el fenómeno que enuncia: el protagonista declara haber viajado “hacia atrás” en un “artefacto criogénico”, pero confiesa no poder determinar la duración del desplazamiento ni saber si el tiempo posee carácter “cíclico”; acto seguido, el texto se repite a sí mismo (Olgoso, 2013: “El bucle”). Aquí el cronotopo no es “tema”, sino dispositivo textual: el tiempo se pliega en la sintaxis, y el espacio del laboratorio/artefacto se vuelve indistinguible del espacio del relato, que queda atrapado en su propia recurrencia.

La operación es doble. Por un lado, el microcuento dramatiza un límite epistemológico (no medir el tiempo del viaje). Por otro, lo resuelve mediante una estrategia microrrelatística de máxima precisión: la repetición literal hace que el lector experimente el bucle, no que lo entienda solo como información. Dicho de otro modo: la “prueba” de la ciclicidad no está en el mundo narrado, sino en la forma. Se trata de un umbral entre ciencia y escritura: el artefacto criogénico funciona como metáfora del texto breve, capaz de comprimir (y reactivar) un mismo instante una y otra vez.

En ambos relatos, la dimensión topopoética (en el sentido de cómo el lugar se presenta como experiencia sensible) no desaparece, sino que se desplaza: el “lugar” central ya no es un paisaje externo, sino el cuerpo (en “Samsara”) o el aparato (en “El bucle”). La espacialidad se reduce a soportes materiales que encarnan el tiempo: el cuerpo devorado, la vitrina turística, el dispositivo criogénico. Esa reducción intensifica la lectura: el mundo se contrae a un punto donde tiempo y materia se vuelven inseparables.

4.2. El umbral como superficie: inversiones especulares y pasajes mínimos.

Otro grupo de microrrelatos radicaliza el umbral como frontera topológica: no se viaja “lejos”, se atraviesa una superficie, se invierte un signo, se pasa al otro lado con un gesto mínimo. “Osolubaf odnum” ya anuncia el programa en su título palindrómico: “Mundo Fabuloso” invertido. El protagonista (también invertido: Knarf) se prepara “un día más de trabajo”, se ajusta uniforme y gorra, y finalmente “se marchó a través del espejo” (Olgoso, 2013: “Osolubaf odnum”).

La eficacia del texto reside en que el espejo no se describe como portal espectacular: es un elemento doméstico, rutinario, casi invisible. El cronotopo del umbral se construye con acciones repetitivas (despertador, aseo, uniforme) y culmina con un salto ontológico sin transición explicativa. El paso “a través del espejo” no está dramatizado como aventura, sino como extensión natural de la jornada laboral. Ahí se produce el efecto propiamente olgosiano: lo extraordinario se integra en el mismo registro sobrio que lo cotidiano, de modo que el “Mundo Fabuloso” no es necesariamente liberación, sino otra forma de rutina.

Topopoéticamente, el espejo funciona como un lugar que piensa: ordena la identidad, invierte nombres, y transforma un espacio de intimidad (el baño) en una membrana narrativa. Y al mismo tiempo, la imagen del “vigilante jurado” en un parque temático reintroduce una dimensión crítica: el umbral no promete un “más allá” luminoso, sino que puede ser la entrada a un espacio reglado, vigilado, laboralizado. El paso al “otro mundo” no elimina el poder; lo reorganiza.

Este mecanismo de pasaje mínimo —un espejo, un giro, una inversión— conecta con la observación de Morales Benito sobre relatos donde lo maravilloso irrumpe en un contexto realista y “la verosimilitud se restablece inmediatamente”, dificultando clasificaciones rígidas (Morales Benito, 2016: sin p.). En “Osolubaf odnum”, la “restauración” consiste en naturalizar el imposible (atravesar un espejo) como si fuera una salida de casa. El umbral, por tanto, no es un clímax; es un procedimiento.

4.3. Movilidad y adhesión: el viaje detenido en “Al Aaraaf”.

Una variante especialmente productiva del umbral aparece cuando el relato instala una escena de viaje para luego convertirla en inmovilidad. “Al Aaraaf” se sitúa en el cronotopo del crucero: cena a bordo del Zanzíbar, “por el Mar Arábigo”, conversación social, relato dentro del relato sobre una isla donde existen “imanes humanos” que, si se paran, quedan adheridos al suelo y solo pueden ser liberados con fuerza (y un “débil chispazo eléctrico”). Tras la risa de los comensales, el narrador confiesa que no atina a levantarse de la silla y queda esperando que el capitán acepte un soborno para liberar sus piernas y hacer escala en la isla (Olgoso, 2013: “Al Aaraaf”).

El movimiento aquí es paradójico: un barco destinado al desplazamiento contiene, en su interior, un cuerpo que se vuelve “isla” por adhesión. En términos cronotópicos, el viaje se transforma en frontera: la silla funciona como punto de fijación y el mar como horizonte inaccesible. El “otro mundo” (la isla) no aparece físicamente; opera como atractor que reconfigura la escena principal. De hecho, el relato sugiere una contaminación ontológica: la condición fantástica narrada (imanes humanos) se contagia al narrador sin necesidad de que este llegue al lugar. El umbral no está “allí”, sino que se instala en el cuerpo cuando el cuerpo se detiene.

Topopoéticamente, el texto compone un espacio de presión social (la cena, la risa colectiva) y un espacio íntimo de vergüenza/timidez (“quizá por timidez o por displicencia”). Ese tránsito afectivo produce un desplazamiento del lugar: el comedor del barco deja de ser un espacio convivial y se vuelve escenario de aislamiento. La inmovilidad corporal fabrica un paisaje moral: el sujeto queda expuesto, dependiente, y su única salida es una negociación corrupta (soborno). La frontera no separa realidad y fantasía, sino autonomía y sujeción.

4.4. Topografías afectivas: del salón al Ártico, del cielo a la alfombra.

Si en los relatos anteriores el umbral se concentra en una forma (bucle) o una superficie (espejo), en otros textos el pasaje se produce por metamorfosis del entorno (Morales Benito, 2016: sin p.): el espacio se vuelve extensión del afecto y, en ese sentido, la lectura topopoética adquiere un papel central. En “El narval”, la escena comienza en un salón sofocante, con un vaso de té helado, hielo, y un dolor amoroso (“el desprecio de Carla”). El narrador añade cubitos hasta que desbordaron, cayeron sobre la alfombra y “cubrieron toda la habitación”, arrastrándolo; la habitación se transforma en mar ártico con aves, “día polar”, placas de hielo, oleaje, y dos ballenas narvales atrapadas; el cierre introduce el avance del cuerno hacia el corazón del narrador (Olgoso, 2013: “El narval”).

Cronotópicamente, el relato superpone dos espacios incompatibles (interior doméstico / océano polar) sin marcar una frontera explícita. El tiempo también se densifica: el “a esas horas” de la escena inicial se convierte en una duración expandida donde el día polar —“escaso, claustral, subsumida”— instala un presente largo, casi inmóvil. La ruptura no se explica como sueño, alucinación o metáfora: el texto actúa como si la topografía pudiera reconfigurarse a partir de una intensidad afectiva. De ahí que el umbral sea, literalmente, una operación térmica: el calor del salón y el hielo materializan la oscilación entre ardor emocional y congelación.

Desde una perspectiva topopoética, lo importante es cómo la materialidad del lugar “arrastra” al sujeto: los cubitos se vuelven oleaje, la alfombra se vuelve hielo, los objetos domésticos (libros, vitrina) sufren embates del mar. El espacio no “representa” un estado de ánimo: lo produce y lo devuelve al cuerpo. Incluso el dolor amoroso se formula como temperatura y materia (“lengua de fuego”, “frío glacial”), lo que convierte el paisaje en una experiencia encarnada. El narval, “unicornio marino”, introduce además una capa legendaria dentro de la escena íntima, como si el mito emergiera del desastre sentimental para otorgarle figura y amenaza.

En “Las Pléyades” la operación es semejante, aunque más comprimida: un adolescente sueña que caza estrellas durante toda la noche con escopeta; al despertar, encuentra bajo sus pies una alfombra “cuajada de estrellas de mar” heridas y desecadas (Olgoso, 2013: “Las Pléyades”). El cronotopo onírico funciona aquí como umbral, pero el giro decisivo es topológico: lo celeste (estrellas) reaparece como marino (estrellas de mar) en el suelo doméstico. La distancia cósmica se contrae en un interior íntimo, y el gesto heroico (caza) se resemantiza como crueldad absurda (cadáveres exangües).

Este pasaje compacta varias tensiones: (1) el sueño como espacio de poder, expansión y euforia (“alborozado, sin clemencia”); (2) el despertar como reingreso a una materialidad culpable; (3) la inversión del objeto deseado: la estrella celeste deviene criatura herida, y la fantasía de conquista se revela como violencia residual. Topopoéticamente, la alfombra se vuelve un lugar “imposible” (un litoral seco dentro del dormitorio), y esa imposibilidad afecta al estatuto moral del personaje: lo que parecía juego nocturno se vuelve prueba material diurna. El umbral, por tanto, no separa sueño/realidad, sino inocencia/daño. Este tipo de textos confirma, desde otro ángulo, la observación de Ana Sofía Marques Viana Ferreira sobre “idas y venidas constantes entre materia cotidiana y materia insólita”, que sostienen finales abiertos y una dimensión existencial marcada por la confrontación “Hombre y Universo” (Marques Viana Ferreira, 2018: 167). En Cuentos de otro mundo esa confrontación no se formula con discurso filosófico, sino con un gesto espacial: el universo entra en la habitación, pero entra degradado, hiriente, o convertido en amenaza corporal.

4.5. Cosmogonías domésticas y rituales de escritura: el mundo como artefacto.

Un cuarto conjunto de microrrelatos sitúa el umbral en la frontera entre creación y destrucción, donde la espacialidad cotidiana (casa, árbol, objetos) se vuelve escenario cosmogónico o ritual. En “Hojaldre de universos”, Labiel dedica años a componer un puzle descomunal que ocupa por completo una vivienda vacía; al sostener la última pieza, teme que colocarla signifique “una catástrofe”; finalmente la coloca y “nada sucede”, pero queda la pregunta final: “¿qué ocurrirá cuando Labiel deshaga el puzle?” (Olgoso, 2013: “Hojaldre de universos”).

Cronotópicamente, el texto construye un tiempo dilatado (años de trabajo) que desemboca en un instante extremo (la última pieza). Pero el espacio es igualmente decisivo: la “vivienda vacía” funciona como cámara absoluta, como mundo reducido a superficie de composición. El puzle ocupa “por entero” la casa: el hogar se transforma en mapa/cosmos. El umbral no es la última pieza en sí, sino la indecidibilidad entre gesto mínimo y consecuencia total: una microacción potencialmente apocalíptica. Desde una lectura topopoética, la casa deja de ser contenedor para convertirse en medio de creación: la vivienda “vacía” se llena no con muebles, sino con una imagen totalizante.

La espacialidad doméstica se vuelve metafísica porque encarna la tensión del creador: el terror no nace de fuerzas externas, sino de la propia conciencia de que el mundo puede depender de un encaje. La frase final desplaza el suspense desde el acto de completar hacia el acto de desmontar: es decir, desde la creación al retorno, desde la figura al vacío. El “otro mundo” no está en el puzle terminado, sino en el momento en que su orden se revierta.

El vínculo entre creación y violencia —y, de manera más oblicua, entre creación y escritura— se hace explícito en “Los peligros de la ambición”. Nils Hønaffos, “escritor en ciernes”, convoca espíritus de poetas noruegos para beber el elixir de la inmortalidad literaria: entierra un sapo junto a un acebo, camina en círculo hasta el amanecer, aparecen los poetas y le entregan un odre; Nils bebe y muere: “era tinta; oscura, humilde y ponzoñosa tinta” (Olgoso, 2013: “Los peligros de la ambición”).

El cronotopo del relato es ritual y liminar: medianoche/amanecer, árbol solitario, círculo repetido, aparición de espectros. El espacio rural (acebo, nube baja, rayos) se carga de una temporalidad arcaica que contrasta con la idea moderna de “carrera literaria”. El giro final convierte el deseo de trascendencia en literalidad tóxica: la inmortalidad es tinta, pero tinta como veneno. Lo fantástico aquí opera como inversión moral: el pacto con maestros no eleva, mata.

Topopoéticamente, el árbol y el círculo configuran un espacio de obediencia y repetición (otra vez, la lógica del bucle), pero ahora asociado a la ambición artística. Además, el texto ironiza la imaginería romántica del poeta: el “elixir” no es inspiración sublime, sino sustancia oscura que anula el cuerpo. Si en “Hojaldre de universos” el creador teme destruir el mundo con una pieza, aquí el aspirante a creador destruye su propio cuerpo con el “material” mismo de la escritura.

4.6. Después del mundo: ruina, resto semiótico y humor apocalíptico.

Finalmente, “Tabula rasa” ofrece un cronotopo post-catástrofe: tras el fin, no queda vida excepto cucarachas; entre ruinas, hedor y “pirámides de cráneos”, aparecen restos de pasquines publicitarios que anuncian el “control, tratamiento y exterminio de sus cucarachas” con un número de teléfono (Olgoso, 2013: “Tabula rasa”). El umbral aquí no separa dos mundos coexistentes, sino el mundo humano y su resto: un paisaje huérfano donde solo persiste lo mínimo (insectos) y lo banal (publicidad).

Lo notable es que el texto desplaza el centro de lo apocalíptico: el horror no es únicamente la destrucción, sino la supervivencia de un discurso instrumental (el anuncio) que pierde su referente humano y se vuelve grotesco. Cronotópicamente, el tiempo es el “después” absoluto: un presente sin proyecto. El espacio es el exceso material de la muerte (ruinas, hedor, cráneos), pero dentro de esa materialidad se incrusta un resto cultural que suena casi cómico por su inadecuación. Aquí se condensa la idea, señalada por Morales Benito, de que incluso cuando Olgoso parece partir de un gesto de liberación imaginativa, “la mayoría de los cuentos desagradan y perturban” y conducen por “caminos inesperados” (Morales Benito, 2016: sin p.). En “Tabula rasa”, el camino inesperado es el de la ironía: lo que sobrevive a la humanidad es su lenguaje mercantil automatizado. El “otro mundo” no es trascendente; es un mundo degradado donde el signo continúa funcionando sin sujeto.

En este recorrido se perfilan dos rasgos especialmente consistentes. Primero, el umbral en la microficción de Olgoso se presenta como una reconfiguración de coordenadas, no como escenario estable. En Olgoso, el “otro mundo” no es (solo) un lugar alternativo; es un modo de desorientar el espacio-tiempo: bucles, inversiones, adhesiones, metamorfosis, “después” apocalípticos. En segundo lugar, la espacialidad aparece como experiencia encarnada, donde el lugar no decora, sino que actúa: arrastra cuerpos (“El narval”), fija piernas (“Al Aaraaf”), suspende sujetos como objetos (“Samsara”), condensa cosmos en superficies (“Hojaldre de universos”).

5. Síntesis comparativa: dos regímenes del umbral en la minificción contemporánea.

En Ana María Shua, el umbral tiende a interiorizarse: se instala en espacios mínimos, domésticos o mentales, donde la crisis no siempre estalla como acontecimiento externo sino como estado sostenido. En Ángel Olgoso, en cambio, el umbral tiende a exteriorizarse y expandirse: se convierte en dinámica espacial que actúa sobre el cuerpo y desborda el marco íntimo. La transgresión suele presentarse como pasaje sin negociación, como ruptura que desposee al sujeto de control y estabilidad. El espacio no es un simple escenario sino un agente de transgresión: el lugar produce su propia lógica y empuja el relato hacia un régimen donde el mundo se vuelve otro desde dentro de lo cotidiano (García García, 2013: 113-124). Este desplazamiento se radicaliza cuando el cuerpo aparece literalmente capturado por fuerzas espaciales: el sujeto arrastrado (Olgoso, 2013: “El narval”), inmovilizado (Olgoso, 2013: “Al Aaraaf”) o suspendido como objeto (Olgoso, 2013: “Samsara”). En “Osolubaf odnum” el umbral adopta forma especular y desestabiliza la identidad a partir de un dispositivo espacial mínimo (el espejo), pero su efecto ya no es la espera sino la proliferación inquietante de una realidad duplicada (Olgoso, 2013: “Osolubaf odnum”). Aun cuando el texto condensa la cosmología (“Hojaldre de universos”, “Las Pléyades”), lo que domina no es la intimidad sino una expansión de escala: la frontera se vuelve cósmica sin dejar de tener consecuencias corporales y perceptivas (Olgoso, 2013: “Hojaldre de universos”; “Las Pléyades”). Y en “Tabula rasa” el umbral ya no separa vigilia y sueño, sino humanidad y posthumanidad: un cronotopo postapocalíptico donde el mundo persiste como resto y la experiencia humana queda desplazada por completo (Olgoso, 2013: “Tabula rasa”). Si en Shua el umbral puede ser “vivido” como una zona de indecisión, en Olgoso aparece con frecuencia como umbral-acontecimiento: una fuerza que reconfigura el mundo y deja al sujeto (o al lector) en intemperie ontológica.

Esta diferencia puede formularse como contraste entre umbral de suspensión (Shua) y umbral de ruptura (Olgoso), pero conviene precisar: ambos autores trabajan también con cruces internos y con estallidos, respectivamente; lo decisivo es la tendencia dominante del corpus analizado. En Shua, incluso cuando el tiempo “salta” — como en el microrrelato donde los despertares sucesivos hacen avanzar la Historia a velocidad absurda (Shua, 2016: n.º 15)— la experiencia sigue marcada por un gesto de repliegue (volver a dormir, dormir más hondo, posponer la confrontación). En Olgoso, incluso cuando el dispositivo parece mínimo (un espejo, una consulta, un objeto), el efecto tiende a expropiar al sujeto: el lugar no se limita a rodearlo, sino que lo vuelve vulnerable, lo redefine, lo convierte en pieza o residuo de un orden más vasto. Por eso, en la articulación cronotopo–topopoética, Shua enfatiza la frontera como atmósfera (densidad afectiva en espacios estrechos), mientras Olgoso la enfatiza como vector (trayectoria forzada que atraviesa y distorsiona espacio, cuerpo y escala).

Desde la perspectiva topopoética, la divergencia se vuelve especialmente productiva. Shua trabaja con una materialidad verbal que produce cercanía y asfixia: lo umbral se siente en la economía de detalles, en la repetición de gestos cotidianos, en el humor que no cancela el escalofrío sino que lo hace más punzante. La risa, en su caso, es un modo de sostener el umbral sin resolverlo: convierte la crisis en hábito, y el hábito en inquietud. Esa convivencia entre humor y fantástico ha sido señalada por la crítica como rasgo estructural de su microficción (Boccuti, 2008: 223-239), y se potencia cuando el umbral se desplaza hacia la propia textualidad: el rectángulo de la página como espacio fatal y el texto como lugar donde se precipita una decisión sin salida (Shua, 2016: n.º 404). En Olgoso, la topopoiesis opera con una intensidad distinta: proliferan imágenes de fijación, caída, arrastre, suspensión, y una imaginería que se abre hacia lo mítico o lo cósmico sin perder el filo corporal. En su poética de lo insólito, el umbral se vuelve generador de formas híbridas —a la vez fantásticas y ancladas en lo real—, y esa hibridez (cuando se manifiesta en el espacio) funciona como una máquina de extrañamiento (Morales Benito, 2016: sin p.). Si Shua concentra el umbral hasta hacerlo caber en un pasillo, una cola o un sillón, Olgoso lo despliega como paisaje transgresivo, constelación o ruina.

Un segundo eje comparativo decisivo es el de la agencia. En Shua, el personaje suele conservar una forma de maniobra: puede elegir no decidir, puede “administrar” el miedo, puede incluso distraer a la muerte con una conversación sobre el cobre o con la escena doméstica de una cena (Shua, 2016: n.º 35). En “La Comisión de Pesadillas”, la burocracia mental es precisamente la figura de esa agencia degradada: no garantiza control, pero muestra la necesidad humana de convertir el umbral en procedimiento (Shua, 2016: n.º 36). En Olgoso, por el contrario, la agencia del sujeto se estrecha: el cuerpo se vuelve material sobre el que actúa el espacio, y el umbral adquiere una dimensión de captura. Por eso, incluso cuando el relato adopta un tono lúdico o irónico —por ejemplo, en la miniatura ritual donde beber la tinta para “escribir por dentro” deriva en desaparición (Olgoso, 2013: “Los peligros de la ambición”)— lo que queda es la exposición del sujeto ante fuerzas que lo exceden. La diferencia no es psicológica, sino estructural: en Shua el umbral se negocia como zona de convivencia con lo indeterminado; en Olgoso, se atraviesa (o se padece) como tránsito hacia un régimen donde el mundo ya no está hecho a escala humana.

Un tercer eje atraviesa ambos corpus: el umbral como relectura de tradición y como dispositivo de memoria cultural. Shua reinscribe cuentos y textos canónicos para mostrar que el umbral no separa solo espacios ontológicos (real/sueño), sino también regímenes de lectura: lo conocido se vuelve inquietante cuando el texto lo hace pasar por el filtro de la miniatura y por la lógica onírica (Shua, 2016: n.º 1; n.º 349). Olgoso, por su parte, activa umbrales que remiten a repertorios míticos, astrales o simbólicos (“Al Aaraaf”, “Las Pléyades”), y en esa activación el pasaje no es solo espacial: es un salto de régimen (de realidad, de escala, de temporalidad). En ambos casos, el umbral funciona como un lugar de fricción entre lo heredado y lo actual; pero mientras Shua tiende a ironizar la tradición para volverla doméstica (sin neutralizar su violencia), Olgoso tiende a intensificarla para volverla cósmica.

Si reunimos estos ejes, la conclusión puede formularse así: Shua y Olgoso cartografían dos modos de hacer mundo desde el umbral. Shua convierte el umbral en una zona de intensidad interior donde lo fantástico aparece como prolongación crítica de lo cotidiano: el sueño invade, pero lo hace filtrándose por pasillos, colas, oficinas mentales, páginas; la crisis se vuelve hábito, y el hábito se vuelve crisis. Olgoso convierte el umbral en una fuerza expansiva que reorganiza el mundo por desposesión: el espacio actúa, arrastra, fija, suspende; abre constelaciones o deja ruinas; hace de la transgresión un principio de realidad. En ambos, la microficción no simplifica la experiencia: la condensa hasta el punto en que el lector se encuentra situado en la frontera. Por eso, el “entre umbrales” del título no describe únicamente el tema de los relatos, sino también la posición del lector: leer estos microtextos es habitar un lugar inestable donde la realidad se vuelve un efecto de montaje espacial y temporal.

En suma, la tipología aquí propuesta —dos regímenes del umbral, suspensión y ruptura— no pretende agotar la diversidad del microrrelato fantástico, pero sí ofrecer una herramienta descriptiva para comparar poéticas breves sin reducirlas a motivos recurrentes. El cronotopo permite fijar cómo el umbral concentra y redistribuye el tiempo narrativo; la topopoética, por su parte, explica por qué ese umbral se vuelve experiencia: la materialidad verbal produce presencia (ritmo, tensión, afecto) y hace que el espacio actúe sobre el cuerpo del lector. Desde esta doble perspectiva, Shua y Olgoso muestran que el misterio no reside en la promesa de un “otro mundo” plenamente representable, sino en la inestabilidad misma de nuestras coordenadas espacio- temporales cuando el texto las pone en juego. Queda abierta, así, una línea de investigación particularmente fértil para los estudios hispánicos: explorar la productividad de la topopoética —todavía poco transitada en la crítica sobre microficción— en otros corpus, soportes y tradiciones (microrrelato digital, ciclos temáticos, escrituras del cuerpo y de la catástrofe), así como afinar la tipología del umbral mediante comparaciones diacrónicas y transatlánticas>>.

viernes, 9 de octubre de 2026

Taller «La literatura híbrida: una nebulosa en expansión» en La Madraza

Un gusto y un privilegio haber sido invitado a participar en esta siempre interesante iniciativa promovida por la UGR y Granada Ciudad de Literatura Unesco. Comparto la información de este taller:


<<El miércoles 14 de octubre de 2026, a partir de las 18:30 h y hasta las 2100 h, tendrá lugar en la Sala Mariana de Pineda del Palacio de la Madraza el microtaller gratuito «La literatura híbrida: una nebulosa en expansión», impartido por Ángel Olgoso.
    El número de plazas es limitado, hasta un máximo de 15. Las personas interesadas pueden solicitar su inscripción gratuita en: talleres@granadaciudaddeliteratura.com.
    Este microtaller forma parte del conjunto de colaboraciones que desde 2018 mantienen Granada Ciudad de Literatura Unesco y el Vicerrectorado de Extensión Universitaria, Patrimonio y Relaciones Institucionales de la Universidad de Granada (UGR), a través del Área de Literatura y la Cátedra Federico García Lorca de La Madraza-Centro de Cultura Contemporánea de la UGR.

EL TALLER
    La literatura híbrida, aunque se remonte a la antigüedad, ha ido cobrando cada vez más protagonismo como fiel reflejo de una realidad fragmentada, veloz y múltiple, de un mundo convertido ya en una distopía global. La literatura híbrida busca comprender lo contemporáneo desde una mirada transversal, pone la literatura universal en movimiento perpetuo, la estruja para indagar en nuevos sentidos.
    Este taller se dirige a todos los interesados en la escritura heterodoxa que reniega de los géneros, las etiquetas y las convenciones; que juega con los límites, las permutaciones, lo imprevisto, las bifurcaciones, lo poliédrico. Este microtaller está pensado para los que entienden la ficción y la no ficción como un territorio abierto en el que dialogan las más diversas disciplinas. Se trata de un taller que apuesta por los textos mestizos e inclasificables, los libros descentrados, las obras fronterizas que salen al encuentro de lo diferente, ajenas a los moldes, incómodas y que combinan pensamiento y acción, contextos y registros.
    La idea es contemplar la hibridación como un espacio de libertad y ruptura, más cerca de los márgenes que del centro; como un hábitat de la innovación; como un criadero de estrellas de donde pueden surgir nuevos mundos. En el microtaller se dará cumplida noticia de una selección de autores y obras imprescindibles de esta nebulosa en constante expansión. Y, por supuesto, se dedicará un amplio espacio a la elaboración de textos híbridos propios, siguiendo para ello algunas estrategias que el autor utilizó en su libro “Madera de deriva”>>.














miércoles, 7 de octubre de 2026

"El proyecto" en Youtube

Mi relato “El proyecto” en el canal de Youtube “Historias con RalFer”:




EL PROYECTO

El niño se inclinó sobre su proyecto escolar, una pequeña bola de arcilla que había modelado cuidadosamente. Encerrado en su habitación durante días, la sometió al calor, rodeándola de móviles luminarias, le aplicó descargas eléctricas, separó la materia sólida de la líquida, hizo llover sobre ella esporas sementíferas y la envolvió en una gasa verdemar de humedad. El niño, con orgullo de artífice, contempló a un mismo tiempo la perfección del conjunto y la armonía de cada uno de sus pormenores, las innumerables especies, los distintos frutos, la frescura de las frondas y la tibieza de los manglares, el oro y el viento, los corales y los truenos, los efímeros juegos de luz y sombra, la conjunción de sonidos, colores y aromas que aleteaban sobre la superficie de la bola de arcilla. Contra toda lógica, procesos azarosos comenzaron por escindir átomos imprevistos y el hálito de la vida, desbocado, se extendió desmesuradamente. Primero fue un prurito irregular, luego una llaga, después un manchón denso y repulsivo sobre los carpelos de tierra. El hormigueo de seres vivientes bullía como el torrente sanguíneo de un embrión, hedía como la secreción de una pústula que nadie consigue cerrar. Se multiplicaron la confusión y el ruido, y diminutas columnas de humo se elevaban desde su corteza. Todo era demasiado prolijo y sin sentido. Al niño le había llevado seis días crear aquel mundo y ahora, una vez más en este curso, se exponía al descrédito ante su Maestro y sus Compañeros. Y vio que esto no era bueno. Decidió entonces aplastarlo entre las manos, haciéndolo desaparecer con manifiesto desprecio en el vacío del cosmos: descansaría el séptimo día y comenzaría de nuevo.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

“El fenómeno fantástico a través de la integración de la ficción breve y collage: algunas creaciones de Ángel Olgoso”.

Muy agradecido a Paula Fernández Chamorro, profesora de la Universidad de León, por su exhaustivo artículo “El fenómeno fantástico a través de la integración de la ficción breve y collage: algunas creaciones de Ángel Olgoso”, publicado en la revista Narrart. Arte y Narrativa Hispánica Contemporánea (Cátedra Miguel Delibes):





<<INTRODUCCIÓN.

En esta investigación voy a centrarme en el análisis de parte de la obra narrativa y gráfica del escritor Ángel Olgoso, nacido en Granada en 1961. En lo literario, la obra del autor se caracteriza principalmente por dos rasgos: su brevedad y su inclinación personal por lo fantástico. Así, por un lado, Olgoso reconoce que le fascina el relato como miniatura, esa magia de la síntesis y la conmoción, de la puntería afinada, de la veloz emboscada. Por el otro, en lo concerniente al género, él mismo dirá: “No puedo evitarlo: me gusta lo poco común, me encuentro cómodo con lo extraño y me procura una enorme felicidad estética lo asombroso y lo inquietante”. En su prolífica obra se pueden encontrar varias centenas de cuentos y microrrelatos recogidos en aproximadamente veinte libros propios y más de setenta antologías de literatura breve. De este modo, comparte actividad con autores pertenecientes a dos grupos: el propio escritor indica que se ve “como un humilde puente entre los autores que de manera magistral y valiente, aunque esporádica, lo cultivaron en España hasta los setenta (Gómez de la Serna, Ana María Matute, Max Aub, A. F. Molina, Alfonso Sastre, Pere Calders o Ferrer Lerín) y la legión que ha venido después”.

Remorini aclara que los escritores más populares de esta nueva “legión” a la que se refiere Olgoso son Hipólito G. Navarro, Pedro Ugarte, David Roas, Andrés Neuman, Fernando Iwasaki, Miguel Ángel Zapata o Carlos Almira Picazo.

Cabe destacar que, además de en narrativa breve, el autor al que aquí se alude ha hecho pequeñas incursiones en el terreno de lo poético, como pone de manifiesto su libro de haikus “Ukigumo”. Nubes pasajeras, publicado en 2014. Es pertinente destacar cómo, muchas veces, estas composiciones —que en su sentido más tradicional poco tienen que ver con lo angustioso o perturbador— recogen los rasgos insólitos de la poética del autor. Esto puede verse, por ejemplo, en “Se ha movido / un poco y sin viento. / Espantapájaros” (Olgoso, 2014: 116), o en “Asoma el ciervo / la testuz tras el olmo. / Decapitado” (Olgoso, 2014: 126); de este modo, más que a una contemplación del mundo natural, el lector se enfrenta a, respectivamente, un hecho sobrenatural y alarmante y una imagen cercana al horror que rompen con la armonía de la naturaleza. Como se verá a continuación, similar transposición de la poética narrativa del autor puede hallarse en diferentes creaciones que trascienden lo literario para alcanzar otras artes. En esta investigación, voy a hablar de una de ellas, a saber, el collage, una técnica de origen vanguardista “que se fundamenta en la yuxtaposición de materiales sobre un soporte (por lo general bidimensional), para lograr una composición plástica”.

En concreto, voy a dirigir mi atención a uno de los libros más particulares del escritor granadino, “Tenebrario”, publicado en 2003 como resultado de un primer puesto en la V Edición de los Premios de Cuentos Ilustrados convocados por la Diputación de Badajoz. Se trata de un volumen en el que Olgoso recupera textos de su anterior obra “Cuentos de otro mundo”, publicada por primera vez en 1999 —y también ganadora, en este caso del Premio Caja España de libros de cuentos 1998—. Sin embargo, en esta ocasión, los textos del volumen “Tenebrario” se combinan, como elemento novedoso, con diferentes collages obra también del propio autor.

Olgoso, que en lo literario es sin duda un autor fecundo, cuenta que, sin embargo, la mayor parte de sus collages fueron fruto de una época de bloqueo literario que experimentó entre 1994 y 1999 . Interrupción que, no obstante, le permitiría la realización de una exposición de los mismos en 1999 en el instituto Pedro Soto de Rojas, en Granada y, con posterioridad, la ilustración de, como sabemos, “Tenebrario” en 2003. A esta última publicación se debe añadir, años más tarde, “Nocturnario. 101 imágenes y 101 escrituras” (Merino y Olgoso, Ed. Nazarí, 2016).

Aunque principalmente voy a hablar de los textos y collages de “Tenebrario”, me gustaría hacer una breve alusión a “Nocturnario”, obra de gran interés para lo que aquí se refiere. En esta, Olgoso y el también escritor José María Merino se unieron para la creación de un volumen compuesto por una selección de 101 collages de Olgoso, cada uno de los cuales sirvió de inspiración para la escritura o selección de 101 microrrelatos inéditos de 101 autoras y autores distintos del panorama de las letras en lengua española. Precisamente, “Nocturnario” contiene muchos de los collages ya publicados en “Tenebrario”. Asimismo, cabe destacar la similitud morfológica y semántica de ambos títulos, conformados ambos por un nombre al que se le ha añadido el morfema derivativo -ario. Los dos sustantivos, tiniebla (del latín tenĕbrae) y noche se relacionan con la falta de luz, la oscuridad, es decir, el caldo de cultivo idóneo para que ocurra el fenómeno inquietante. En efecto, los dos volúmenes contienen numerosas ficciones e imágenes en las que lo sobrenatural o pavoroso es protagonista indiscutible.

Es precisamente en el prólogo de “Nocturnario” en el que Olgoso refiere algunas de sus fuentes: sobre todo ilustraciones de Doré y volúmenes de grabados del siglo XIX sobre moda, fauna, maquinaria, erotismo, viajes, medicina, etc. Merino encuadra las creaciones gráficas del granadino en la estela de la tradición surrealista de Marcel Duchamp, Juan Benet y Max Ernst. Además, Marina Tapia, también escritora y artista, y el propio Olgoso especifican, en el blog dedicado al autor granadino, quiénes son las dos principales influencias seguidas en la composición de sus collages: el caricaturista francés J. J. Grandville y, de nuevo, el dadaísta y surrealista Marx Ernst. Este influjo puede verse, como indica el propio autor, en su estilo “en blanco y negro, con todos sus elementos integrados en un fondo y contando una historia”.


1. ÁNGEL OLGOSO: LO FANTÁTICO, EL MICRORRELATO Y EL COLLAGE.

En primer lugar, me gustaría hacer una reflexión acerca de la relación que se establece entre los elementos collage, microrrelato y fantástico en la obra de Ángel Olgoso. Antes se ha destacado cómo, en la definición que del collage da el propio escritor, se alude al hecho de que esta creación artística cuenta una historia. Esto, sin duda, lo acerca al microrrelato, género que, en palabras de Andres-Suárez, además de por su brevedad, se caracteriza precisamente por su “narratividad” (2010: 57), rasgo que lo diferencia del aforismo, el refrán o la greguería, por ejemplo. La propia brevedad, a mi juicio, también permite establecer una cierta vinculación entre ambas formas de arte y literatura, pues, en los dos casos, en un breve instante puede percibirse más o menos la completitud de una historia. Es curiosa, además, la utilización de la misma metáfora para describir el proceso de Olgoso tanto de composición del collage como de redacción de sus ficciones: la meticulosa labor artesana de la taracea granadina. Asimismo, el autor confiere a aquel arte gráfico la característica de “extraña epifanía”, precisamente uno de los rasgos esenciales que Lagmanovich atribuye a la ficción hiperbreve.

El collage, por otro lado, es un práctica basada en la “apropiación” (Trabado Cabado, 2022: 167), en la reelaboración de elementos, lo que nos aporta otro punto en común: de acuerdo con Andres-Suárez, la intertextualidad constituye —junto con lo fantástico y el humor— una de las tres estrategias para reducir el microrrelato a su mínima expresión pues, a través de los conocimientos compartidos, permite “llevar la astringencia textual y lingüística hasta sus últimas consecuencias”. De este modo, los dos tipos de creación vuelven la cabeza a elementos preexistentes con el objeto de aprovecharlos, rehacerlos o jugar con ellos, sirviéndose de estos y dándoles otros sentidos.

Como acabamos de ver, Andres-Suárez destaca asimismo la estrategia de lo fantástico, que, como se ha mencionado al comienzo, es el género literario predilecto de Olgoso. Para Roas, el relato fantástico “nos sitúa inicialmente en un mundo cotidiano, normal (el nuestro), que inmediatamente es asaltado por un fenómeno imposible y, como tal, incomprensible que subvierte los códigos y las certezas que hemos diseñado para percibir y comprender la realidad”.

Este mismo efecto se produce en el collage: de nuevo, recupero el concepto de “epifanía”, que Trabado Cabado aplica de la siguiente manera hablando de esta técnica artística: “en esa combinación anómala de dos realidades disímiles existía una verdadera epifanía, un extrañamiento conseguido a partir de la conjunción insólita de elementos cotidianos”. Así, como también expone Bermúdez Dini, en el collage se toma con ademán violento la cotidianidad y se pervierte la naturaleza, lo que resulta en lo siniestro que plantea Freud. De este modo, a través de la utilización de ambas técnicas, la razón entra en entredicho por la imposibilidad de concebir o entender lo que estamos leyendo, viendo e imaginando. Además, así como la brevedad favorece al género fantástico —pues la lectura continua intensifica su efecto final—, de la misma manera, el collage produce su impacto en un vistazo, en una percepción inmediata y global de la imagen.

De la combinación de la ficción breve y el collage, entonces, concluiríamos que se puede llegar a producir una suerte de potenciación de la fractura, de la inquietud fantástica, pues se traspasan en mayor medida los límites del lenguaje, es decir, esa imposibilidad de explicación o descripción de la que habla Roas (2011: 128). A través del comentario de una selección de textos e imágenes del escritor granadino, podremos comprobar si, en su caso, esto es cierto.

Para comenzar, he constatado que la propia forma de redacción de Olgoso podría considerarse en muchos textos una suerte de “collage en palabras”. Si algo caracteriza su proceso de redacción, es una tendencia a la lista o enumeración descriptiva; de este modo, Andres-Suárez se refiere a “sus galas de estilista, su inmenso talento para la descripción así como la riqueza y diversidad de su lenguaje”, y también a su “densidad poética y plástica”. Es decir, por un lado, a partir de esa sucesión de elementos —muchas veces diversos e incluso en ocasiones aparentemente azarosos— que describen un acontecimiento, un proceso o un objeto, Olgoso construye una historia. Por el otro, pese a tratarse de textos breves, el autor consigue, a través del esmero en el lenguaje y la adjetivación, unas descripciones tan minuciosas, tan plásticas que pareciera que pretenden comunicar, en un “golpe de lectura”, tanto como una imagen.

Para ilustrar esta idea, voy a referirme al relato “Yggdrasil”. Este sitúa al lector en una subasta luganesa al tiempo que enumera los diferentes objetos de la puja, valiosísimos por antigüedad y rareza. Así, en la primera página se realiza el inventariado de estas reliquias, completamente diferentes y heterogéneas en apariencia y tradición —como los elementos que conforman un collage—: “el planeador de Saqqara; un juego de billar «mamontova kosty», marfil de mamut de característico color humo moscovita; un sello «misionero» de Hawai, un ejemplar de dos centavos azul”. Sin embargo, para el narrador, resultarán meras “trivialidades”, pues, como expondrá, él ha ido a obtener —para, a continuación, destruir— “la Flor de la Miseria”; aquí entraría, en efecto, el elemento insólito.

Similar mixtura de componentes puede verse en un peculiar microrrelato, de carácter fundamentalmente humorístico, con la originalidad de que, en este caso, la enumeración se encuentra en el propio título:

“El capitán cuenta historias de piratas de tesoros ocultos que todos buscan y que nadie encuentre así como historias de mujeres bellísimas con vestidos de agua de mar rociados con polvo de oro para conquistar a las cuales cualquier hazaña es poco y después duelos y donde se encuentra el buen vino y las ballenas que se pasean con un bosque sobre el lomo y dentro del bosque viven las sirenas”.

El cuerpo del microrrelato es, sin embargo, brevísimo: “El capitán, ciertamente, no carece de imaginación”. La miscelánea de motivos literarios, cuya disparidad queda acentuada por la ausencia de marcas de puntuación, se complementa además con un collage en la página derecha que nos conduce también a las historias y cuentos maravillosos: caballeros de armadura, un bosque en el que una mujer se encuentra prisionera, una señal mágica en el cielo o bandadas de amenazantes pájaros.


2. COLLAGES Y FICCIONES BREVES EN “TENEBRARIO”.

Los dos últimos textos comentados pertenecen ya a “Tenebrario”, en el que Olgoso incluyó 40 collages y más de 80 ficciones breves. De entre ellos, se pueden encontrar textos a los que presumiblemente les corresponde un collage, collages que no parecen asociarse a un texto concreto y, también, textos sin correlato gráfico. Por otro lado, aunque, como el collage, el contenido del libro resulta variopinto y heterogéneo, podemos destacar un tema fundamental que se repite dentro del crisol de historias literarias y composiciones visuales: a saber, la muerte.

Como indica Andres-Suárez, la muerte, junto con sus manifestaciones físicas, constituye uno de los temas recurrentes de Olgoso. De hecho, en este 2025, el escritor ha publicado en Eolas Ediciones “Estigia”, una recopilación de ficciones del autor granadino agrupadas en torno al citado tema —como perfectamente ilustran el título y la portada del volumen—. Y es que lo fantástico, a través de la inquietud y el extrañamiento que busca ocasionar, es un género que permite reflexionar, jugar o aventurarse con diferentes miedos, y uno de los más universales es, sin duda, la muerte.

Por ejemplo, en “Samsara”, se muestra un ciclo de reencarnaciones —“arbitrarias, maliciosas, extemporáneas”— que, apelando al sufrimiento de todos, combina una sucesión de animales aniquilados por otros animales con humanos asesinados por otros humanos (en fusilamientos, inmolaciones, accidentes…). Este es un ejemplo de cómo el tema de la muerte es utilizado por Olgoso para poner de manifiesto una de las ideas que más se repite en sus textos: la desesperanza o derrota con las que ve la vida —al menos a través de su literatura— y, en concreto, al ser humano. En este sentido, Andres-Suárez ha hablado acerca de su “visión fatalista […] de la naturaleza humana y de la fugacidad de la existencia, acorde con el pensamiento estoico de Séneca y de la literatura ascética tan fecunda en las letras españolas”. A su vez, Fernández Bustos dirá:“Ángel Olgoso […] advierte en toda su obra que no hay salida y, a la manera de Juan Rodolfo Wilcock, compila una serie de historias tristes, incluso crueles, con un trasfondo pesimista”.

Algunos de los collages sin clara adscripción a un texto concreto también se vinculan con la muerte, tal y como sucede en el primero de ellos, altamente perturbador por, como diría Bermúdez Dini, “la acumulación en el espacio de tantas imágenes y mensajes disímiles”: unos hombres introducen un ataúd en un nicho al tiempo que una especie de quimera camina por el techo, un hombre en zancos amenaza con una espada a un bebé que duerme en una cuna y una mujer toca una pandereta —imágenes estas últimas incongruentes con la pesadumbre generalizada, pues en segundo plano se aprecian personajes de luto y otros llorando o con el rostro tapado—. También se puede relacionar con la muerte el collage que se presenta en la imagen expuesta más adelante (Fig. 1); en él se amalgaman ideas antitéticas: lo bello y lo feo, la vida y la muerte, el esplendor de una bandada de mariposas con lo sobrecogedor de la calavera a través de la que vuelan. Por otro lado, la parca, a la zaga de un caballero, aparece en forma de figura encapuchada en el collage de la página 85, que tal vez podría vincularse con el relato anterior, “Eternidad”, que describe el funeral sobrenatural de un escritor y que comienza con la metáfora: “El ángel de la muerte se inclinó sobre los hombros de Mordecai Brown”.

Es, asimismo, muy interesante la combinación entre el relato “La ceniza de los besos” y el collage que lo acompaña. El primero de ellos, basado en el empleo de la intertextualidad, relata la historia de una de las quizá últimas conquistas del célebre Casanova: como se dirá al final, “había seducido en realidad a una dama rica, furtiva y perversa como mazo de naipes y afectada secretamente de lepra”. Es en el collage, que aparece además en la portada de “Nocturnario”, en el que encontramos el elemento fantástico: tal y como Casanova persiguió a la marquesa M., ahora, lo que queda de él, nada más que un esqueleto burlado, implora a una mujer desnuda que parece estar perfectamente sana. ¿Podría converger, en la unión de ambos elementos, el tópico del enamorado que persigue hasta su propio final a una dama trasunto de la muerte?

En este último relato, se puede resaltar el tipo de la ‘femme fatale’, tipo que se repetirá en “Noches del Bósforo”, un texto de tintes eróticos en el que un encuentro sexual entre un hombre y una mujer termina con la muerte del primero:

“El placer olía a cúrcuma y a ciruelas pútridas y a agua de cocer bueyes de mar cuando Vlady, con un movimiento espasmódico, con una brutal sacudida de cabeza, cayó fulminado al suelo sobre las diminutas chinelas rojas de Lilith. Sucedió en un instante. Lilith permaneció tendida, muda, más oscura. Lilith era casi melancolía, casi cuévano, casi ensoñación vibrátil. No necesitaba inclinarse sobre Vlady para descubrir las estelas de baba reluciente, las dos perforaciones, la feroz mordedura venenosa”.

Además del tipo, este cuento comparte con el anterior el juego intertextual; en este caso, ambos personajes hacen referencia a, primero, el príncipe rumano que presumiblemente inspiró al personaje del Conde Drácula y, segundo, la mujer del folclore religioso judío con vinculación demoníaca. El fragmento presentado anteriormente constituye el final del cuento, en el que se da aquella “epifanía” o giro conclusivo: frente a lo que cabría esperar, no es él el que ha succionado la sangre de ella hasta su defunción, sino que es ella la que, tal y como adelantaba el tatuaje sobre su piel —“Una mano prodigiosa había grabado con minuciosidad contundente aquella boa esmeralda enroscada en toda la cálida extensión de Lilith”—, le ha dado el mordisco ponzoñoso y letal que la hace libre. Se puede hablar, en ambos casos, de figuras monstruosas (una mujer diablo con capacidad de metamorfosearse en serpiente y un vampiro), tema estrechamente vinculado con lo fantástico en el que haré hincapié más adelante5. El relato “Noches del Bósforo” aparece seguido de un collage con el que fácilmente se puede establecer una relación: en él, una mujer desnuda se encuentra encadenada a una pared sobre la que cae una suerte de lluvia de fuego; esta, además, está rodeada de una larga fila de hombres encapuchados. Así, tenemos en ambos casos a la mujer bruja, la mujer poderosa y libre, vista como fatal por el patriarcado y castigada, de este modo, por su conocimiento y autonomía (Fig. 2).

En muchos otros textos, la muerte se manifiesta de forma grotesca, una categoría estética que, según Roas, “depende de la combinación de dos elementos esenciales: la risa y el horror (o sentimientos vecinos a este como la inquietud, el asco o lo abyecto)”. Este es el caso, por ejemplo, de “Océanos de ceniza”, microrrelato en el que los árboles frutales que rodean la tapia del cementerio comienzan a dar frutos “cerúleos, helados, horrendos, como bulbos híbridos, como homúnculos o creaciones imperfectas y caprichosas exudadas de las esencias sacras de nuestros antepasados”. Se puede apreciar cómo a través de la descripción y la cuidada elección de adjetivos, se crea una imagen que lleva a la repugnancia y la risa nerviosa. El mismo efecto se genera a partir de muchos de los collages presentes en “Tenebrario”; por ejemplo, se puede mencionar una estampa protagonizada por una pareja de cocineros cuya casa se ve repleta de cuerpos indefensos enterrados cabeza abajo, de los que solo pueden verse los miembros inferiores; la idea del canibalismo queda reforzada por la obesidad de aquellos, que además portan sendos cuchillos de grandes dimensiones.

Por su parte, en muchos otros collages, lo grotesco se consigue a través de la hibridez entre cuerpos de seres pertenecientes a especies diferentes, lo que genera monstruos. Como indica Trabado Cabado en relación con el monstruo y el collage, este ser, como la técnica artística, alberga también una enorme potencia visual. Además, el collage muchas veces comparte con el ser la forma compositiva, es decir, la mezcla, la fusión; así, Bermúdez Dini dirá:

“La monstruosidad del collage debe comprenderse, en primer lugar, a propósito de su régimen heterogéneo de naturalezas distintas. Lo que sustenta a todo collage es su afán híbrido de mezclar materiales sobre un mismo soporte hasta generar una maraña enrevesada de sentidos y visualidades. Esa es, sin duda, la principal característica monstruosa: su acertado golpe contra la belleza clásica, contra las composiciones diáfanas y contra la homogeneidad”.

Dentro de los collages de Olgoso, se puede ver un ejemplo de aquella monstruosidad grotesca en uno de la segunda parte, en el que aparece una mujer-araña, bastante repulsiva por los seis miembros inferiores arácnidos, que suman ocho con los brazos humanos del ser —situados estos últimos en una posición inverosímil—; en esta composición, la criatura está siendo abatida por un soldado que la apunta con un rifle —aparece, de nuevo, el tema de la muerte—.

Hay muchos más collages en los que pueden verse este tipo de seres monstruosos. Por ejemplo, en Olgoso encontramos uno cuya cabeza es una suerte de caracola marina y cuyo cuerpo es aparentemente humano y se encuentra decentemente trajeado —acompaña, de hecho, a un tercer microrrelato, “Bebe, ésta es mi sangre”, protagonizado por la figura vampírica: en él se expone una supuesta teoría sobre el origen de la leyenda de este chupasangres, caracterizado muchas veces, como en la imagen, por su suma elegancia—. Aparecen, en otros casos, damas con cara de ave, caballeros con cabeza de rana, galgos con testa de anciano, mujeres con cuernos de ciervo o cara de insecto o, también, un gran ser con rasgos de pulpo, pez y reptil que amenaza a un diminuto individuo. Estamos, en todo caso, ante la presencia de monstruos formados por fusión, definidos por Carroll como compuestos que unen atributos que “se tienen por categorialmente distintos y/o opuestos en el esquema cultural de las cosas en una entidad espacio-temporal discreta”. En general, seres imposibles que, desde siempre, han representado uno de los principales resortes de la literatura fantástica, pues constituyen, en palabras de Casas, “el desvío de la norma, la violación de los límites que hemos creado en relación a lo que resulta aceptable desde un punto de vista físico, biológico, y también social y moral”.

También en relación con la muerte y lo adverso, me gustaría destacar otro de los temas que sobresalen en “Tenebrario”: la debacle, que a veces se convierte en el fin del mundo. Este es un motivo que se repite en muy diferentes textos del autor, a veces en una línea más cercana a la ciencia ficción, y otras en las que la especulación imaginativa no hace hincapié en las ciencias tecnológicas, sociales o humanas que han causado la catástrofe, pues no es tan importante el porqué del cambio, sino que este constituye solo un marco fantástico en el que se desarrollan los hechos7. Dentro de “Tenebrario”, encontramos ejemplos de esta última orientación en ficciones como “Hojaldre de universos” —un hombre se plantea qué acontecimiento catastrófico tendrá lugar cuando complete un rompecabezas, no obstante “Nada sucede, pero ¿qué ocurrirá cuando Labiel deshaga el puzle?”; “La caja de los truenos” —en una clara alusión al mito de Pandora, la vida se detiene y millones de seres vivos “con voraz ansia y la respiración suspendida” aguardan inquietos cuando un niño llamado Nayib se dispone a abrir una cajita de madera—; o “Tappity tappity tap tap ding!” —en un planteamiento metaficcional, se juega con la idea del escritor pretencioso en su torre de marfil que, sin embargo (y como ya había adelantado el hecho de que en su ordenador solo pudiese escribir en griego “Descenso a los infiernos”), termina cayendo: “¿cómo es posible que alguien de mi talento se esté hundiendo?”—.

“Tábula rasa”, por el contrario, se recrea más en la debacle. En pocas palabras, se describen las infectas ruinas de un orbe en el que “Tras la catástrofe, no ha quedado vida alguna sobre el planeta a excepción de las cucarachas”; con cierto matiz irónico, se aclara que entre las ruinas han aparecido pasquines publicitarios para la eliminación de aquellos insectos. No por casualidad, este texto se encuentra precedido y seguido de dos collages que representan sendos desastres: en el primero, un tren descarrila en un paraje natural escarpado mientras un ángel, quizás el de la muerte, lo contempla todo desde arriba; en el segundo, cientos de humanos se apilan buscando refugio en torres palaciegas mientras jaurías de lobos les dan caza (Fig. 3). A mi juicio, tanto el microrrelato como los collages pueden analizarse desde una línea ecocrítica, pues a menudo, en sus ficciones, Olgoso pone de manifiesto que la naturaleza y los seres que pertenecen a ella podrían llegar a vengarse del maltrato a los que han sido sometidos por parte del ser humano y su visión antropocéntrica. Así, aunque el tren descarrile, el mundo natural, con sus cascadas, acantilados, rocas e incluso cucarachas, va a permanecer impasible; o, más directamente, los lobos, hambrientos, pueden buscar su alimento en el frágil ser humano, da igual su dinero o condición, pues somos son una especie más de las millones que habitan el planeta.

Por último, en “Tenebrario” se puede constatar la presencia de relatos que, no tan relacionados con el tema de la muerte, evidencian una correlación directa con el collage que los acompaña (o viceversa); así, se produce una interacción entre ambos elementos que, como se vio, incrementa su efecto. Por ejemplo, el texto de tono eróticos “Manzanas fermentadas”, relativo al mito de Adán y Eva, se ilustra con una imagen de ambos personajes, identificables por estar desnudos en una suerte de locus amoenus. El elemento disonante, híbrido, aparece en el collage, donde se ve que los personajes bíblicos están siendo contemplados por una pareja, diminuta en comparación, que los observa desde un viejo Rolls Royce. Se pueden resaltar otros ejemplos similares: tanto el microrrelato “Al Aaraaf” como el cuento “Marmaduke y Scarmentado, filibusteros”, de ambientación marítima, tienen a su derecha sendos collages que representan una embarcación —delante del primer barco un golfista que camina sobre las aguas va a hacer un swing; el segundo bajel, muy similar al primero (de hecho, parece que comparten la misma bandera), va a ser abordado por dos peces de enorme proporción, uno sin piel y otro con ella—.

Por su parte, el microrrelato “El gigante” —en el que se describe, de forma casi mítica, la llegada de la noche— aparece seguido de un collage donde encontramos una suerte de ser humano sin piel, imagen probablemente procedente de un libro de anatomía, rodeado por personitas que no le llegan ni a la rodilla (Fig. 4). De este modo, para generar la idea de anormalidad y fractura inherentes al fenómeno fantástico, en muchos de sus collages Olgoso no solo juega con la inserción y mezcla de elementos dispares, sino también con las dimensiones de estos mismos. Por ejemplo, en el collage que aparece antes del microrrelato “El gigante”, destaca un murciélago de proporciones desmedidas en comparación con los humanos de su alrededor. En la página 50, un ser descomunal, del que solo se ve la mano, entra con una jeringuilla —otro elemento médico— a un refugio en el que se guarecen varias decenas de personas. Este tipo de imágenes generan, de nuevo, una serie de monstruos fantásticos formados, en este caso, por magnificación. En esta última línea, Olgoso muestra una particular preferencia por el juego con los tamaños de diferentes insectos, grotescos en muchas ocasiones por la repulsión o asco que generan —Carroll, precisamente, aplica la magnificación a “entidades o seres ya típicamente juzgados como impuros o repugnantes en el seno de la cultura”—: un saltamontes gigante rodeado de un aura de divinidad parece nombrar a un caballero o un hombre carga a sus espaldas con dificultad a, por lo menos, cuatro escarabajos ingentes en relación con las dimensiones con las que los encontramos en la naturaleza.


CONCLUSIONES.

Con todo, en “Tenebrario” Olgoso hibrida técnicas literarias y artísticas, formas y motivos, sin que esto pierda un cierto aire de uniformidad. Todo ello lo consigue a través de la elección de temas y argumentos —la muerte, lo grotesco, el monstruo en sus variantes de configuración y tamaño, la catástrofe, en definitiva, el miedo— que, sin duda, encajan tanto dentro de los resortes literarios de la narración breve fantástica como dentro de la técnica compositiva del collage.

De hecho, a través de la particular combinación de ambas formas de creación —coherente, como se ha visto, por las numerosas similitudes que presentan—, a lo largo de todo el volumen el escritor logra la creación de una atmósfera de inquietud y desazón que potencia en gran medida el efecto e impacto del fenómeno sobrenatural. El propio Olgoso es defensor de esta idea: “Quizá a los autores imaginativos la palabra escrita nos resulta insuficiente para contener tantas visiones, y necesitamos además otras formas de expresión o buscamos atajos para poder representar”.

En este sentido, “Tenebrario” debe leerse no solo como una colección de microrrelatos y cuentos fantásticos, sino también como una obra integral, donde lo visual y lo verbal se entrelazan para generar una experiencia estética más compleja, que traspasa las fronteras de la ficción breve y se establece como vía original para el acceso al territorio de lo fantástico>>.