Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

viernes, 29 de julio de 2022

"Sed de cuentos" ("Pequeficciones") en Youtube

Mi texto sincrético "Sed de cuentos", compilado por José Manuel Ortiz Soto y Chris Morales para Pequeficciones. Piñata de historias mínimas, llega a Youtube adaptado encantadoramente en la voz e imagen de Arturo Campos.





domingo, 26 de junio de 2022

Reseña de "Devoraluces" por Lilian Haydée Cheruse

Tras sus exhaustivas reseñas de otros libros míos (Las frutas de la luna, Los demonios del lugar, Breviario negro, Astrolabio y La máquina de languidecer), la escritora argentina y querida amiga Lilian H. Cheruse aplica a Devoraluces su enriquecedora mirada, conceptual y sensorial a la vez, siempre minuciosa. Acompañan esta entrada algunas obras del pintor simbolista francés Edgar Maxence.




RESEÑA DE "DEVORALUCES" 
POR LILIAN HAYDÉE CHERUSE


Ha sido un verdadero placer volver sobre Devoraluces. Sin duda hay en este último libro de Ángel Olgoso un uso caudaloso de sus recursos estilísticos, pero con una elevada percepción como escritor porque suma su visión enamorada y la luz todo lo vuelve incandescente. Para interpretar el  sentido  de este libro deben incluirse la lectura de los diferentes epígrafes que ofician como subtítulos reveladores al comienzo del libro. Cada uno de ellos expresa luminiscencia. La claridad invade todas las perspectivas. El hombre y el escritor se integran y Ángel renueva su visión personal y su mirada como escritor. El hombre homenajea a su mujer y le cuenta al mundo que “la belleza, el amor y la literatura se aúnan”. Donde hubo sombras hay llamas y la dedicatoria a Marina lo confiesa, en ella converge la razón de tanta claridad. Esa marea de luz puede manifestarse como metáfora, como don, como belleza natural, como apropiación, como novel mirada, como resplandor interior, como palabra, como mandato del amor y la alegría. Esa marea interior lúcida y pura se expande en todo el prisma de Devoraluces. Invade los recursos estéticos, las abundantes reflexiones, los temas. Se adueña de las metáforas, las descripciones, las típicas enumeraciones, las elucubraciones, los títulos y subtítulos, los textos-cuentos, el diario amoroso, el narrador- objeto  de  Villa Diodati, la coda. Nuestro autor realiza un giro direccional que lo sitúa fuera de la sombra y perfila un estilo sin trabas, más libre, sin ataduras estructurales. No es casual la cita final de Jesús Cotta que convida a Ángel a escribir desde el resplandor. 

No es casual  tampoco que Las luciérnagas inicie este libro. Ellas, diminutos faroles, permanecen encendidas en el mundo interno de Ángel. Representan el faro del hombre que languidece. El texto es una pantalla estrellada de imaginación y fosforescencia. Los vocablos titilan  convertidos en  recursos visuales. La vega y el secano agigantan su vitalidad  con verbos inscriptos en la aventura inocente, en el juego, la risa y la magia de la "libertad del verano". Avanzan  las conjugaciones: pirueteábamos, perseguíamos, vigilábamos, destapábamos, picoteábamos, atrincherábamos, partíamos, saltábamos, arrancábamos... Fue la era de los niños sin asfalto, la niñez de libertad callejera. La atmósfera se vuelve paisaje, "eriazos del secano… lomas… almendros y olivos, el atardecer devenido en noche...". El artesano ha logrado el clima perfecto para la llegada de las luciérnagas y la riqueza sensorial se despliega en originales, fantásticas metáforas, sinónimos impensados del enjambre. La estética destella en cada vocablo y el movimiento ilumina nuestro propio espacio. El lector se ha queda absorto, inmerso en este baile de espejos, en esa "patina fosfórica" que se ha transformado en Devoraluces.  


He disfrutado con Hajdú, el  soñador, el nadador de las aguas fantásticas, con el pasajero de "un lago  nocturno" que transita como si fuera real. Hajdú solo necesita  un abrir y cerrar de párpados para pasar de un mundo a otro. La noche es propicia para alucinar y las anáforas nos convocan a  sus originales historias. Las comparaciones se suceden. Las descripciones bañan ese estado de vigilia, de alegría imperecedera porque allí convergen las fantasías de todo hombre. Sueños extraños, iluminados, sorprendentes que nos arropan como infantes. Los párrafos  nos sumergen en una estética mágica. Puede que  encontremos  un niño pez o descubramos  la región helada donde el sol de primavera repondrá la  voz de los vocablos. Estaremos  presentes en ese baile de disfraces del Castillo Púrpura donde las virtudes y los defectos revestidos de pompas  y ricas telas se enfrentarán. El texto se mece  en el mundo imposible que Olgoso teje con hilos de orfebre. El soñador encarnará  personajes y también viajará por antiguas islas… hasta llegar al último sueño, donde la pasión arrebatadora le dará  al final  otro final.    

Braceo en ese oleaje de luz que encarna Fulgor, el resplandor que todo lo invade, que se cuela en las palabras y contagia los sentidos.  Matteo es la  representación de una humanidad  mejor:  el  hombre  pobre y sencillo que canta la dicha de estar vivo, que vive en estado de "alborozo". La  luminiscencia  se expande por todo el texto con  fino cincelado y la trama  aumenta su intensidad de "alas de gasa" mientras transita la historia. La  marea humana crece, quiere  acercarse al hombre con alma de sol y las "alabanzas" se alzan por el aire. La luz de este tercer relato es aún más poderosa que los faroles de Las luciérnagas y que los rayos de sueños de Hajdú porque deviene de la pureza. El cántico de alegría se expande por "los puntos cardinales" del relato, aumenta como una ola abastecedora de hombres sedientos de bonanza. El mensaje no nace de la oscuridad que tiende a la claridad sino que su fuente es  la misma entraña de la llama. Las bondades de Matteo conforman un haz de metáforas de la dulzura. Las comparaciones dan cuenta de la grandeza de su virtud. Su fama corre por toda la tierra con forma de sinestesia. La multitud  dispuesta a conocerlo compone  largas enumeraciones descriptivas, calificativas, frases adjetivas, vocablos de significaciones diferentes  que convergen en un punto estético, comparaciones y acciones, anáforas iniciando párrafos. En forma progresiva, el escritor unifica el clima y la atmósfera para dar paso al paraíso terreno. El "desfile de pisadas", el aluvión humano quiere ser parte de ese maravilloso cielo terreno, el mundo que Olgoso transmite desde su propio interior. Angel Olgoso se muestra aquí pleno y eso se plasma en su talento. Los recursos estéticos de este engranaje narrativo poseen tal magnitud creativa, tal  pureza que lo sitúan en la perfección. Bendecido es el escritor granadino y merecido es su logro.


La Rosa de los Vientos es un  texto donde la imaginación entra en acción de modo tan poderoso que revive la figura del Ulises  como personaje de las páginas de otras obras señeras de la literatura. El héroe griego es el punto central de esa rosa mágica que señala  todas las  direcciones porque además de extraño y sorprendente, el relato tampoco es lineal. Una aventura puede estar incluida en otra que a su vez se conecta con la siguiente y los personajes de los diferentes clásicos interactúan en un nuevo espacio o tiempo. Un relato-juego donde deben reconocerse las piezas de ese todo intertextual que revive escenas y protagonistas. Olgoso genera un remolino de sorpresas y de párrafos escenográficos. Describe, conecta personajes de diferentes obras, recrea climas y atmósferas para deleite del lector que vuelve a recordar tanta literatura emblemática aunada por el mito griego. Olgoso testimonia y recrea con un gran conocimiento una asombrosa cantidad de libros reconocidos universalmente. Algunos nombres de este mosaico: el Jonas bíblico que  brinda el primer escenario y de allí parte la dinámica envolvente. Descubrimos entre otros: Veinte mil leguas de viaje submarino, La isla del tesoro, Moby Dick, Tom Sawyer, Canción de Navidad, Peter Pan,  Alicia en el país de las maravillas… y siguen los nombres hasta el cierre del telón con una reflexión donde el escritor concluye este homenaje reivindicando los sueños “por siempre jamás”. 

Pelikan toma la luz de Las luciérnagas, los rayos de Fulgor, la claridad de Hajdú y los funde extrañamente en azul, índigo o cobalto... El holocausto es ese espacio donde “comienza el azul”, dice el escritor que, con destreza, describe y contrapone el color del horror con el color de esa tinta que graba números e identifica a quienes han perdido la dignidad de personas. Una emblemática metáfora de un “mundo extraño y misterioso” donde “los inocentes estaban condenados, los sanos enfermos, los cuerdos locos”. Párrafos ambientando  ese límite extremo de la vida. El holocausto de hambre y  tortura, locura y muerte reconvertido en  imágenes de azules. Ellos  llegaban en trenes, “arrancados de cuajo” de sus seres amados, de sus pertenencias, de sus vidas. Son los recuerdos de un abuelo sobreviviente que con imaginación y deseo pintó la realidad de ilusión para salvarse. Pelikan es un estremecedor sueño azul que, cuanto más tiñe la escenografía del horror, más belleza destila en sí mismo.


Villa Diodati es una joya. Aunque todo Devoraluces lo es. Se dice que "las paredes oyen" y en Villa Diodati la morada piensa, observa a los allí reunidos, conoce sus debilidades, sus gustos, su obra, sus debates y hasta disfruta su presencia. Esa  personificación se constituye en la anfitriona de Lord Byron, Mary Shelley, Percy Shelley, Polidori y Claire Clairmont. La ficción es patrimonio de  Olgoso que ha investigado sobre los "ilustres iguales"  y  afianza su narración y su vuelo literario en el relato  que  los mismos escritores  hicieron de aquella  brevísima estadía a orillas del lago Leman. Un grupo de literatos "departiendo juntos en un lenguaje solo comprensible entre ellos". Villa Diodati es una semblanza  de lo que pudo haber sido la  convivencia  de estos famosos que pernoctaron, se amaron, tomaron opio, navegaron, pasearon e inmortalizaron a sus monstruos de horror gótico. Así nacieron Frankenstein  y el Vampiro, en el corazón de  la mansión suiza.  Olgoso narra con maestría, trae a la luz sus perfiles, sus debilidades, la genialidad  del grupo como si hubiera visto  el hacer de estos huéspedes y desarrolla el texto  con toda la fascinación que provoca una  pintura detallada. Crea imágenes y  ambientaciones descriptivas del interior y exterior de la casona. Es un acontecer con quince subtítulos, quince aristas de aquellas reuniones y la vida de sus actores donde relata, imagina con un nivel estético superlativo. Cada arista es un espaciotiempo donde  se explaya sobre el quehacer, las particularidades de estos hombres y las personalidades que representan "un regalo sin precio". La primera historia es una especie de presentación del escenario. Luego vendrán  el volcán que supuestamente ha provocado esta tempestad. La escenografía conjuga los elementos de aquella "tormenta de rayos" y la asociación con esos huéspedes.  La percepción es omnisciente y conoce el interior de sus inquilinos mientras en el afuera expone un lugar paradisíaco. La vegetación: " las ondas serpentean entre islas de hierbas, de gladiolos y sauces". Surge la invitación de Lord B: escribir una historia de fantasmas. Aparecen los notables que guareció Villa Diodati antes de ese presente memorable. Están los vecinos de "abolengo", los "invitados ginebrinos y  extranjeros, holgazanes, las mujeres campana y mariposas muertas" que han "franqueado las columnatas de mi entrada". Complementa con  costumbres de época, sus ropas, sus identidades. En "Este ser quimérico" Lord Byron vive en la textura olgosiana. Sucede también con el doctor Polidori y los demás en los escenarios siguientes. En "Los hombres solo distinguen..."  compartimos  una navegación por el lago donde la prosa lírica exalta “un martín pescador que incendia de brillantes colores…". Los rasgos siguen mostrándose en los cuadros  que restan, párrafos para cada uno de los huéspedes que a su vez se  entrelazan con los otros integrantes: la señorita M. W. Godwin y la señorita C. Clairmont.   "La voz es la flor de la belleza" es un monólogo de la mansión que  "con su corazón de cuarzo" y los sentidos -que no son otros que las dependencias  y objetos que la componen- escucha y siente a sus visitas. Un escenario sensitivo y lírico, una página memorable. En síntesis: con Villa Diodati  hemos participado, hemos compartido aquellos días de oro que el escritor ha inmortalizado. 


La ilusión del horizonte es la del ser humano. Esa percepción de nuestro camino rutinario que Olgoso ha definido con la construcción sintáctica desde el principio al fin del relato. La repetición del sintagma "Tendido eléctrico" hace a este esquema. Uno como lector se suma a este viaje de carretera de "ocasionales simetrías y perspectivas de fuga", y la descripción constante de ese paisaje carretero, de ese andar  lento y acompasado que nos invade y aletarga.  Sus menciones son cuadros móviles porque uno los ve pasar y quedar atrás. Diferentes escenarios que ofician desde los espacios que miran al exterior de ese vehículo. Pude sentirlo  como un mandala por el ritmo constante y por la "velocidad"  de ese transporte que son  las palabras de  Olgoso desarrollando el tema en una ruta simbólica. Los pasajeros y nosotros vamos desandando la "calzada de dos carriles" que es la vida, creyendo que existe un límite, un mejor destino. Los invitados a este viaje seguimos con expectativa, con nuestra vista ese pasar por delante de objetos, construcciones, personas que aparecen y luego quedarán a retaguardia. Es interminable esa enumeración que nos alcanza hasta que llegamos a un final que nos sorprenderá.

Okitsu es un bellísimo relato que transita lo emocional. Un texto basado en la relación de un padre con su hijo desde la niñez a hombre adulto. Vemos el curso del pensamiento y los sentimientos  con que ese hijo siente a su progenitor según pasan los años. Una pintura al estilo oriental.  Ambos están en una isla del Japón cuyo color verde había sido dado por los “ojos verdes” de su madre cuando niña. Esa connotación y los apuntes en los otros párrafos generan ternura y frescor. Escenas casi rurales, sencillas, puras, naturales. Sensaciones que impregnan los dichos, las descripciones.  Las  imágenes se ciñen a las acciones dando vida a una puesta costumbrista y aleccionadora. “Pera salvaje de la provincia de Shumano”. Okitsu ha pasado “sesenta años labrando ruedas”. Un carretero descripto en cuerpo y alma con delicadeza y tersura. Un artesano como el mismo Olgoso pero cada uno en lo suyo. El clima encantador  impregna la estructura. Los hechos se suceden entre historias mágicas, aprendizaje y esa naturaleza que crece libre. Aparecen juncos, melocotones de oro, musgo, bosque, ciervos, bambú, cerezos, pinos rojos y demás elementos entramados en el relato. El final conmueve con  el reconocimiento tardío al padre que ya no está: “…valiosa esencia del jardín…comienza a aflorar, y vuelve para enseñar…”.


La arena de las historias es un texto intertextual que con la magia de las palabras evoca  antiquísimas historias, las que según Olgoso "se convertían en cuentos maravillosos, en talismanes". Nos  referimos a la cadena de "estrellas" de las Mil y una noches, las que el escritor  como la matriz de un ajuste, de un broche-cuento, de un engarce antiguo amarra entre sí con su propio relato. La arena de las historias es una especie de cuento de los cuentos para que esa antiquísima recopilación  se mantenga iluminada. Su recreación encierra los antiguos decires, las arenas del desierto, los recuerdos de las noches de luna "en tiempos de los reyes Sasánidas". La narrativa es hipnótica por el clima oriental que le imprime, por la trama de ensueño donde cada frase derrama "miel y leche", remotos siglos y perfumada oscuridad, goteo de astros que revive la historia que da sentido al compendio fantástico. Olgoso trae al sultán Schariar victimario de sus esposas y a la hermosa Schahrasad que con un ardid vence la muerte. La mujer que con sus cuentos  derrite el corazón del mandatario. El desarrollo estético nos sumerge en las aguas del antiguo Oriente vestidos con galas de sultanes y protagonistas de un cuento de hadas.

El calendario quimérico de lo que podía haber sido. Ese extraño calendario, que ninguno posee, se hace objeto y espíritu porque su nombre, néfesch, en la tradición religiosa judeo cristiana representa al alma, esa denominación de origen hebreo y griego posee la significación primera del movimiento, del estar vivo. Es en realidad la demostración de la libertad del hombre porque “cobija todas las vidas de la persona… alternativas que fueron volatizadas por cada decisión, por cada golpe de azar…”. Todo el texto es un caleidoscopio de imágenes de luz y reflexiones, de pensamientos abstractos y existenciales. No hay aquí tiempos paralelos. Sino un “trompo”, una ruleta con el juego de elección de cada uno. Cada oración es una descripción perfecta de ese “instrumento” de la vida, que podemos barajar en la “hiedra del instante”. Este relato representa al unívoco tiempo y espacio aunque es múltiple y exponencial su giro con caras posibles, con direcciones que revelan la concreción  de los hechos no realizados. Como un Aleph máquina olgosiana: “todo sucede a la vez en una polarización interminable, en una dispersión de arabescos, de estelas, de retoños nuevos que se superponen…”, como si fuera un visor que llevamos dentro. Cada párrafo es un lujo estético, un alumbramiento. Según sus palabras, “es el regalo gratuito del presente…la fragua de los dioses”. Así lo creo porque aunque no sea posible, en  realidad somos quienes decidimos nuestros instantes de “este molino de calendas”. Un texto singular que se extiende con enumeraciones atrapantes que todo lo unen, con referencias líricas que no se agotan, que desbordan los renglones y que nos trasladan a ese otro estar diferente, mágico, extraño y tan deseado.


Medio real. Toledo, El Quijote de La Mancha y una minuciosa pintura local que nos coloca dentro de aquel famoso libro. El capítulo IX de la primera parte se ha extendido por arte de Olgoso, quien le ha adosado a la historia de los cartapacios de “un tal  arábigo llamado Cide Hamete Berengeli” el encanto de su propio relato. Nada es artificioso, ni forzado. El texto podría estar inserto en las páginas originales sumando detalles y dando proximidad a la historia. Está el barbero Torrearias  “y su casa rebosada de cal”, su mujer y sus hijos. Una descripción visual del descubrimiento de los documentos antiguos en la pared. Seguimos el camino para llegar a los documentos: ensanchar un boquete pero con clave de luz y con sus nombres identificatorios: “…alumbrar con un velón…ensancharon la grieta …como un postiguillo… después subió al camarachón y, a la luz pobre…”. Ellos aparecen en una alacena tapiada. No hay diferencias con el costumbrismo del libro cervantino. El diseño urbano, las calles, la descripción del barbero y médico Torrearias.  Su persona, su vida, las partes de su casa (la reja del ventano, estera de esparto del soportal, espigas colgadas en el muro de entrada, zaguán ancho, tejado terreno), los hábitos de la familia y la razón de la venta de esas viejas carpetas. No se aparta de la dimensión  de aquella época. El barbero pensó en conseguir por “el hallazgo medio real o una fanega de harina”. Allí va su hijo hasta el sedero que tenía el puesto en la calle Cordonerías. Olgoso complementa el cuento sin desvirtuar la narración original. Participamos del bullicio del pueblo, sus  lugares y su nomenclatura, el  movimiento cotidiano. Por fin aparece un hombre que por su descripción sico-física y sus modos no es otro que Cervantes. Intertextualidad  y  riquísima pintura como homenaje al creador que nos permite entrar en otro tiempo y espacio.


Émula de la llama. Dos epígrafes señeros  al comienzo de esta representación de la llama, del ardor que no puede expresarse en su total dimensión. Sí, una aproximación de su reflejo por la belleza y la palabra. La llama es luz y por lo tanto es visión, conocimiento, sabiduría. Para el hombre que es escritor, Marina es quien genera  y Ángel homenajea a esa mujer que lo ha provisto de nuevos ojos. Canto de nueve páginas con títulos abriendo alfabéticamente breves textos que incluyen introducción y epílogo. Un prisma con las facetas que acercan al narrador-hombre al cuerpo  y al alma de su mujer, pertenencia que se expresa por la vía de los poros y los sentidos. Fluye el sexo, el erotismo, el cariño con formato de alabanzas y aleluyas íntimos. Ella puede ser también concepto o noción significante del mundo intelectual o afectivo de Angel. Aljibe es  deslumbramiento y primer encuentro “a cielo abierto”, detalles temporales, personales, “colisión planetaria”, vínculo propiciatorio que como toda corriente humana es única en cada encastre de dos personas. Olgoso  ha dejado impreso su encuentro con el amor en la memoria lineal de Devoraluces. Los textos que  siguen dentro de esta especie de diario íntimo se abren para el  deleite vivencial de sus lectores. Aspiración es el deseo de penetrar en ella por cada célula, órgano, “cavidades y flancos”. Las enumeraciones se derraman por este rapto  de conjunción con el otro. Bocajarro: volcán de roles para  detallar ese apasionamiento: “seré beso a bocajarro en tus labios al rojo vivo”. Calendario: esas dos horas-siglos” del encuentro sexual, “esos dos siglos de caminos por tu piel”. Diapasón: sinónimos, frases, comparaciones, metáforas de los glúteos, uno de los símbolo eróticos femeninos. Espacio “sacro” donde siempre va “luna blanca”, “vasos paganos”, “pulpa, esmalte, palanquín”, “tórtolas saladas”, “coto incógnito”.  Estrellamar: un poema y un nuevo nombre para titularla  y apostrofarla. Vocablos y frases en sus versos  como modos de devorarse. Gusto: el deseo que se expande desde labios y boca y se disuelve en la literatura. Lactar: amamantarse con sus pechos y el deleite. Lamer:la sensualidad del tacto lingual. Literatura: Marina como sinónimo de “beso y escritura”. Maravilla: la palabra que responde a milagro, portento, prodigio es  anáfora  y exaltación del rubor y los suspiros, más besos, lunares, vulva, sudor, tristeza, complacencia, imaginación y maravilla de maravillas… Nupcias: una escena de sexo y erotismo salvajemente poético. Acercamiento y acoplamiento. Oído: una explosión del sonido de los cuerpos, del roce y del orgasmo. Olfato: imágenes inéditas y sinestésicas, imágenes que se desprenden del fuego sexual. Orbes: ese espacio de pertenencia, de abstracta electricidad, de encuentro y correspondencia, de instinto, el todo en la piel que desata el deseo y conjuga “lo sagrado y lo profano, lo cóncavo y lo convexo, los cúmulos y los nimbos”. Uno con el otro en el placer. Parque: el amor en arpegios del afuera de ese parque público donde el deseo aumenta aunque no desvista. Patria: la noción del suelo personal, de la contención, del espacio conocido, “hermandad inextinguible”, un pueblo de sentimientos cómplices y felices”, eso es esa pareja expuesta en la trama de Émula de la llama. También es Puerta: “abismo celestial, nido secreto, gruta ojival, aljibe” íntimo, sin límite. Sigue con Sudor: así dice el poema y todo se desenvuelve en movimiento que “fluctúa” a modo de “cascada”, “hijo natural de sacudidas gimnásticas” y todos los versos responden a ese juego de hacer sobre ella y transpirar. Luego titula Tacto: el recorrido de las yemas de los dedos por la piel. Vista: “el mirador del alma” y del cuerpo con  una invocación final. Epílogo: un derrame de apelativos tiernos, líricos, cercanos, lejanos, viscerales, literarios, cotidianos para Marina como un círculo que los guarda del afuera.


Odres nuevos: La luz como expresión del amor se nutre de muchas fuentes porque es vida. En Odres... se alimenta de  misericordia y derrama su caudal mientras la guerra desviste los  "montes pelados y resecos", mientras el calor asfixia con el "color de la cal". Las  imágenes  nos llevan por ese clima de fuga y de hambre, de dolor y de sed. El ambiente físico y el ámbito espiritual  aceleran el drama  en forma paulatina. El escenario es un camino  sofocante  que gravita en torno de ese hijo desertor que agoniza. La escenografía rural  destella en los nombres de los personajes, la mención de plantas, objetos y costumbres de aquellas  primeras décadas del siglo XX. Amador se está muriendo y la generosidad de Águeda cambia las reglas biológicas para auxilio de ese hombre hambriento y la sorpresa nos gana. Esos pechos destilarán leche para salvar al ex soldado.  Todo es posible al amparo de la luz y del deseo.

Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies. Esta Coda es un epilogo colorido, una reflexión sobre el valor  creativo, sobre el juego de la  imaginación en la conformación de una historia,  sobre el rol del escritor en su relación con el lector.  Un desarrollo narrativo, una especie de ensayo donde los títulos recrean las hojas "en blanco", que el escritor nos descubre como modo óptimo de recrear un relato. Olgoso testimonia con extraños titulares, extensos, sugerentes, algunos de apariencia incongruente, el poder creativo y libre de los lectores. Desde el título general avanza con relatos subtitulados donde desarrolla su pensamiento sobre el tema. Su modo de "vaciar" los textos con que culmina este libro es elucubrar sobre el don de la palabra y los vastos horizontes "que dicen" sin emitir sonido. Estos "dedos" hablan, se extienden sobre ese papel blanco… El "azar" como intervención. Es la búsqueda del equilibrio, del lector activo que complete la historia en su cabeza. Es el título como "tomatillo deshidratado que contiene en sí todo su rotundo sabor." Es la libertad del gran escritor, la decantación que está construyendo nuevos caminos. Ángel Olgoso escribe con la intencionalidad de quien domina los recursos estilísticos, el don de la palabra, del conocimiento amplio, de las citas literarias, del análisis y la síntesis, del meduloso hombre-escritor.

Ya no "devora" sino que expande su luz propia, pura, nacida desde el interior que no deviene de la sombra sino que se hidrata de sí misma. Ha comenzado una nueva etapa donde se permite mil modos para sus próximas obras.



LILIAN HAYDEE CHERUSE

Profesora en Letras, escritora y gestora cultural. Posgrado Internacional en Cultura y Comunicación (FLACSO). Ex Directora General de la Comisión de Cultura y Educación Concejo Municipal Rosario. Participación en programas radiales, televisivos y en forma digital por medio de revistas, entrevistas y Canal TV +, en eventos literarios como AEN, SADE San Pedro-Baradero, otros. Colaboró en Programa “El Concejo + la gente”, CableHogar, Canal 4 de Rosario. 2007 Diploma por labor cultural otorgó Movimiento Cultural Rosarino. 2010 Diploma de Honor por labor Cultural e Interés Municipal del libro “Lilian Escribe”, otorgó Concejo Municipal Rosario. 2019 Premio Madre Selva otorgó Medios TV+ como escritora y aporte cultural. 2019 Interés Municipal por “Vueltas Locas”, narrativa y “El cometa tiene un secreto”, infantil. Autora de reseñas y prólogos. Participó en Antologías, entre las que se cuenta Hispanoamericana de Microficción En Pequeño Formato (julio 2021). Ganadora 1 Concurso Infantil “Felices porque sí” con el libro Infantil “El avión Celeste” (julio 2021). Próxima publicación digital de Eos editorial del libro “Bitácora de Cielos (Seis Narradoras del Norte Bonaerense)”.





viernes, 24 de junio de 2022

"Sobre humanos y bestias"

Comparto con gusto desde Infolibre el texto que el escritor Alejandro Pedregosa dedicó a Bestiario en su presentación durante la Feria del Libro de Granada, y que ahora se publica en la sección cultural Los diablos azules de Infolibre.





SOBRE HUMANOS Y BESTIAS

Alejandro Pedregosa


La polisemia es siempre una opción. Podría empezar diciendo que los cuentos de Ángel Olgoso son fantásticos, y la verdad estaría de mi parte en cualquiera de sus significaciones. Podría decir también que se trata de un escritor bestial, monstruoso, incluso brutal, y sus lectores, con una sonrisilla cómplice, entenderían la picardía del asunto. Porque la polisemia –es lo que tiene– mata siempre dos pájaros de un tiro. También la metáfora participa de este juego reproductor y expansivo, pero de la metáfora hablaremos más tarde, cuando esté a punto de acabar la presentación.

Ahora vayamos sin más preámbulos de lo general a lo concreto. Voy a ser claro: nos encontramos ante un libro absoluto; un libro que trasciende la sofisticación estética –ampliamente celebrada en la obra de Olgoso– para situarse en los territorios de la literatura imprescindible, donde unas veces se llega por virtuosismo y otras por simple intuición, pero donde siempre, siempre, opera la irrefutable verdad de lo humano. Pues justo ahí, en esa alta comarca de las cumbres, se encuentra Bestiario.

Quizá el lector inadvertido –y es por eso que yo quiero advertirles– se abandone a la brillante panoplia de bichos y bestias que transitan por estas páginas. Y hará bien, porque ciertamente hay un goce en la inquietud que genera cada peripecia, un abismo en cada pregunta que nos surge y un puñetazo en cada respuesta. Pero por encima de eso –recuerden que estoy hablando de lo general y todavía no de lo concreto– hay en Bestiario una apelación constante a los cuatro elementos fundacionales, aquellos que nos han convertido en lo que somos, a saber: nuestra parte humana, nuestra zona animal, nuestra sofisticación fantástica y nuestros imponderables realistas.

Y me voy explicando.

Cuando el homo sapiens levantó la cerviz definitivamente dejó orillado –aunque no oculto– ese torrente sanguíneo que lo convertía en preso de su realidad más acuciante: el instinto. A cambio de abandonar ese poder –y como si de una novela fantástica se tratase– se le concedió otro aún mayor, una gracia inalcanzable para el resto de criaturas: el don del sueño. Empezó el ser humano a soñar su vida más allá de la cueva, la charca y la montaña, y soñó también el pasado mitológico de aquellos animales a los que temía, y de tanto soñar acabó por soñarle a sus muertos una vida eterna allá en las estrellas, para verlos tintinear cada noche y dormir bajo su amparo.

Una vez que la imaginación estuvo bien engrasada llegó el código. Una serie de palitos dibujados en el barro que, unidos de diabólica manera, conseguían fijar aquellos sueños en la memoria de un modo casi eterno. Ahí estaban, la fantasía y la escritura, las dos grandes armas con las que el ser humano se había pertrechado para explicar –es decir, para inventar– su mundo. No obstante, por más que ha inventado, por más que ha soñado nunca ha podido alejarse demasiado de esa orilla primigenia donde descansa jadeante su realidad animal. Porque –nos ha costado, pero ya empezamos a entenderlo–, del mismo modo que el ser humano es una evolución del ser animal, el discurso fantástico supone una evolución del discurso realista. No es su contrario, sino una extensión del mismo, una extensión imprescindible para nombrar esos lugares en sombra donde laten los verdaderos misterios.

Pues bien, es por todo esto que veo en Bestiario un libro absoluto y trascendente, porque mezcla, en un cóctel maravilloso y telúrico, lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos; y al mismo tiempo nos niega todas estas posibilidades, para presentarnos la mezcla indisoluble que nos corre por dentro, donde a ratos somos animales soñadores y a ratos alimañas realistas (e incluso surrealistas).

Acabo aquí lo general y me pongo con lo concreto. En este caso, cuanto puedo decir lo ha desentrañado ya la crítica que estudia los cuentos de Olgoso, pero no por eso voy a dejar de recordar algunos detalles de su estilo que andan más cerca del prodigio que del mero oficio de escritor. Lo primero es la audacia a la hora de elegir las situaciones narradas. Entra ahí un elemento que es previo a cualquier decisión gramatical: la mirada. Sin mirada no hay escritor. Y la mirada de Olgoso nos coloca en situaciones inmejorables para que estalle el relato. ¿Cómo no interesarse por los pensamientos de una pulga pegada a la oreja de un perro, o los del pollino blanco que cargaba a Jesús de Nazaret, o los del aquel tiburón que en mitad de un refrescante baño se topó inesperadamente con un naufragio? Un buen punto de partida es fundamental y Bestiario está repleto de grandes ideas iniciales.

Decía Maupassant que no debía la pluma tocar el papel hasta que no tuviera un designio claro de dónde iba a llegar. En este sentido los cuentos de Olgoso son artefactos perfectos, relojes de precisión que marcan cada tiempo del relato hasta llevarte a la explosión final, donde el lector cae abatido por las tres posibilidades inherentes al arte de contar: el impacto de lo inesperado, la reflexión sobre lo acontecido o el aroma del estilo. No son exclusivos ni incompatibles. De hecho, en algunos cuentos como “Botany bay blues” o “Lección de música” los tres finales se conjugan en un alarde delicado y conmovedor.

Pero no quiero terminar sin referirme a esa evidencia que todos celebramos en la literatura olgosiana: la virtud verbal. Trabajar el cuento con vocación de orfebre, no avanzar hasta que la palabra correcta esté en su lugar exacto, mezclar, como en un delicado elixir, aquellos adjetivos de naturaleza evocadora que le dan vuelo al relato con estos otros cuyo peso material anclan al sustantivo en el lugar idóneo, donde nunca lo moverá el viento de la vacuidad, ese hablar por hablar, ese contar por contar.

Les dije al principio que no solo la polisemia provoca el juego de espejos y referencias. También las metáforas ayudan a duplicar lo imaginado. Así, se me ocurre que cada cuento de Ángel, cada cuento de este Bestiario, es una olla exprés en ebullición. Y amplío la imagen: una olla exprés en ebullición observada por una tribu que apenas conoce el fuego. Nosotros, sus lectores, –humildes miembros de la tribu– miramos con arrobo la pequeña válvula por la que escapa el vapor de agua y decimos «Oh, es fantástico…, se trata de un cuento fantástico». Y sí, de acuerdo, es fantástico, pero para disfrutar del prodigio con más enjundia, conviene observar la olla en su conjunto, conocer los ingredientes que borbotean en su interior, porque sospecho que es ahí, y no en el silbido trepidante y blanco del pitorro, donde reside la magia de este cuentista sobrenatural que es Ángel Olgoso. Y dentro de la olla, no lo duden, está cociéndose el ser humano, en todas sus derivas animales y soñadoras.

"Pistas para descubrir si es usted un personaje de un cuento de Ángel Olgoso"

Ángel Olgoso y Carlos de la Fé


PISTAS PARA DESCUBRIR SI ES USTED UN PERSONAJE DE UN CUENTO DE ÁNGEL OLGOSO


Carlos de la Fé


Si se está preguntando si es usted un personaje de un cuento de Ángel Olgoso, mentiría si le dijera que es la primera vez que me hacen llegar a mi consulta esa inquietud. También si le dijera que es la segunda, la tercera o la enésima y, además, en mi estado, mentir es una virtud que no se me está permitida.

Hay incluso quien me ha amenazado para que le revelara cómo ser un personaje de Ángel Olgoso, pero esa es otra historia. No estoy sugiriendo que no lo sepa, solo que este no es el lugar. No estoy sugiriendo que no lo sepa, solo que este no es el momento.

Sin embargo, sí estoy en disposición de darle —a usted y a quien los necesite— algunos consejos, llámelos pistas si se empeña, para descubrir si es usted un personaje de Ángel Olgoso.

Déjeme advertirle, de entrada, que si usted se ha hecho alguna vez esa pregunta, la respuesta es evidente. Lo que yo me pregunto es cuándo empezó a dudarlo.

La recomendación más incontrovertible y, por lo tanto, la que se puede tropezar en cualquier suplemento literario, es que lea toda la obra olgosiana y que se busque. Mi experiencia me confirma que cualquier recensión, cualquier estudio o aproximación al universo olgosiano (perdón por el lugar común, por la manida frase de revista de letras) fracasará por no poder abarcar tanto. En este caso, además, porque se produce una cruel paradoja: si, finalmente, es usted un personaje de Ángel Olgoso, no podrá —no se lo podrá creer— reconocerse, y pensará entonces que no lo es.

La sugerencia más fácil —llámela, si quiere, aviso— es que se cuente el número de patas. Más de dos, la respuesta es sí. Menos de dos, también. Todas o ninguna, ídem. Con el número de cabezas, ojos y demás adminículos la respuesta es la misma. Llevo la cuenta.

Pero, reconózcamelo, si alguna vez se ha preguntado si es usted un personaje de un cuento de Ángel Olgoso, estará conmigo en que esa no es su principal inquietud. Lo que usted —como yo— realmente quiere —necesita; necesito— saber es en qué cuento aparece.

Déjeme compartirle las dos únicas certezas que sé a ciencia cierta (y créame que la palabra ciencia aquí está escogida con toda la —mala— intención): 

Primera: No es en este cuento.

Segunda: Ángel Olgoso no existe.