Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

miércoles, 13 de mayo de 2026

Reseña de “Holobionte” y “Madera de deriva” por Pedro Bohórquez Gutiérrez

Comparto la generosa, certera y pormenorizada lectura personal que Pedro Bohórquez Gutiérrez publica en el magacín TriplEnlace de mis dos últimos libros publicados, “Holobionte” (Eolas) y “Madera de deriva” (Libros del Innombrable).



<<“Holobionte” es el primer libro de relatos que leo de Ángel Olgoso. Granadino, de Cúllar Vega, el autor está reputado como sólido referente en el panorama del relato breve en lengua castellana, con más de una veintena de libros publicados.

Hasta ahora solo conocía de Olgoso los microrrelatos incluidos en dos importantes antologías de lo que se ha dado en llamar «el cuarto género»: la exhaustiva y completa “Antología del microrrelato español (1906-2011)” (ed. de Irene Andrés-Suárez. Cátedra. Letras Hispánicas) y la más específica “Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica” (ed. de Antonio Serrano Cueto, Menoscuarto Ediciones). En esta, como en la anterior, las «historias mínimas» de Ángel Olgoso y otros autores de su generación conviven con las de los grandes maestros (Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Juan José Arreola, Augusto Monterroso o Marco Denevi) de un género que no es una invención reciente como pudiera hacer creer tanto el auge actual de su cultivo y su proliferación como el desconocimiento de la tradición de una concepción «hiperbreve» del relato que no por haber sido considerada, injusta y erróneamente, «menor» es menos antigua, y de tanta raigambre y exigencia que la de sus hermanos mayores, el cuento o la novela.

“Holobionte” (Eolas Ediciones, 2026) es el último libro de su autor. Su lectura, una experiencia gozosa y un auténtico festín literario, ha ido precedida en mi caso de la de otro libro de Olgoso, de difícil clasificación, “Madera de deriva” (Libros del Innombrable, 2025), donde ficción y realidad, reflexión y poesía se funden y confunden en una amalgama coherente y feliz. Sus textos están a caballo entre el ensayo breve y el artículo, la crónica –viajera, en varios casos– y el poema en prosa, pues de todo hay en la obra, jubilosamente revuelto.

Podemos rastrear, además, en “Madera de deriva”, diseminada por sus textos, toda una «poética» en la que el autor expone su concepción de la literatura y de un género, el cuento en todos sus formatos y fórmulas, al que hasta ahora Olgoso ha prestado una especial, aunque no exclusiva, atención: también es poeta en verso, y de ello hay muestras en el libro “Holobionte”.

A falta de un decálogo del «perfecto cuentista», como el que el gran Horacio Quiroga pergeñó o el que otro señero cultivador del género, Julio Ramón Ribeyro, dejó en su introducción a la recopilación de sus cuentos completos “La palabra del mudo”, podemos rastrear en “Madera de deriva” las líneas maestras con las que concibe el oficio de contador de historias del autor granadino.

No sé si Ángel Olgoso habrá inventado su propio decálogo, como recomendaba Ribeyro, pero tengo la impresión, dada la variedad de registros y de tonos de sus relatos, que se atiene al consejo con que el peruano remata su personal decálogo: la transgresión regular de cualquier conjunto de preceptos, incluido el propio.

Traigo, a continuación, una cita del autor de la que puede extraerse una poética, amplia y versátil, del género breve, ya sea cuento o historia mínima:

..nadie recela de que contar historias sea sanador para el alma; de la imaginación como cartografía, como modo primigenio que tiene el hombre de entender el mundo, de sentir la evanescencia de lo real a pesar de sus sólidos contornos; de que la inclinación por las imposibilidades, de que el deleite por lo estrafalario, por lo peregrino, por lo ocioso, por la ensoñación en suma –con su caos liberador, su vuelo liviano y titilante a través del espacio y el tiempo– son una pulsión atávica, un placer innato e irrenunciable….
(Asterismos de la constelación de la Osa Mayor, pág.89)

Esta otra cita, extraída de ‘La lentitud del meteoro’, otro de los ensayos de “Madera de deriva” pone de relieve la apertura del autor a lo inefable y peregrino, hacia lo fantástico e imaginado o soñado, hacia la fértil, feliz e insospechada «ocurrencia», donde la observación va de la mano, en perfecto equilibrio, de la invención, llena de resonancias y correspondencias secretas, como maneras o vías de abordar y penetrar en el misterio del existir y de la experiencia humana en toda su amplitud:

Ya que la creación es la más extrema de las experiencias humanas (un desdoblamiento que satisface el hambre de irrealidad, esa necesidad tan antigua como comer o adornarse), quizá no haya que despreciar nunca lo que de carácter sagrado tiene la escritura, de poder fáustico, de atención dirigida a lo inefable; quizá únicamente desde la invención pueda explicarse lo vivido; y tal vez no deba escribirse solo sobre lo que se sabe sino también sobre lo otro, como quería Felisberto Hernández. Es por eso por lo que la exigencia con la que ha sido forjado un libro, por lo que el relieve de una prosa matizada, verdaderamente humana, inolvidable, capaz de impregnar la sensibilidad de los lectores, el fulgor de una forma que tenga fuerza y la singularidad para durar, o la tenacidad de un escritor que asume el riesgo de dejar su impronta en cada párrafo, contrastan notablemente con esa literatura levantada con el adobo de simples conocimientos formularios, con una sarta de anécdotas inteligibles y corrientes, con una poesía informe, difusa y banal.
(Pág. 177)

Su alejamiento de la escritura roma, pedestre por adocenada y predecible, y su autoexigencia estética como escritor, su inclinación y gusto (contagioso) por la palabra y la expresión precisas, capaces de nombrar lo más difícil sin traicionarlo y banalizarlo, están aquí, en esta lúcida declaración de principios extraída de “Madera de deriva”:

…escribir bien deviene un acto profundamente moral donde estética y ética se confunden.

Porque, como afirma y matiza más adelante el autor de “Holobionte”,

…no basta con que algo pueda ser leído con agrado, sino sentir que la llama creativa ha ardido al rojo vivo. Lo menos a que está obligado un creador es a hacer las cosas de la mejor manera posible, con paciencia y con recogimiento, con minuciosidad y moroso esmero, con palabras hechas a medida, sin atajos y sin expectativas, poniendo toda la carne en el asador, como uno de esos ígneos cuerpos estelares que atraviesan cuidadosa pero decididamente el espacio hasta colisionar con el otro que les estaba destinado (el lector, en este caso).
(Pág. 177)

De “Holobionte” puede afirmarse lo que el propio Olgoso dice de la obra “Prosas apátridas” de uno de los dos maestros del cuento hispanoamericano a quienes homenajea en sendos retratos literarios, impagables para sus admiradores y que incluye “Madera de deriva”, ‘Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro’ (el otro va dedicado a Adolfo Bioy Casares, con quien narra un encuentro, bajo el título de ‘Los secundarios’): una vez que el lector se «instala» en sus páginas «ya se ha suscitado la devoción». No encuentro mejores palabras para expresar mi experiencia lectora de “Madera de deriva” y “Holobionte”.

El término ‘holobionte’ procede del campo de la biología y designa la asociación simbiótica entre macroorganismos (animal o planta) y microorganismos. El título podría interpretarse como una referencia al equilibrio entre especies que colaboran entre sí y también como una referencia al ser humano, puesto que su cuerpo presta albergue a microrganismos en un intercambio de beneficios mutuos. El significado de ‘holobionte’ podría abarcar también a la sociedad humana donde únicamente, y gracias al apoyo mutuo al darse recíproco uno al otro, puede desarrollarse y prosperar la vida del hombre. Sin embargo, desde el primer relato hasta el último –con excepciones– se pone de relieve el sentido irónico del título, tal como advierte el prologuista Raúl Brasca.

Esa relación simbiótica que en teoría es consustancial al ser humano aparece cuando no amenazada (‘Perspectiva’, ‘Hispania II’, ‘Huéspedes’), llena de fricciones y desequilibrios (‘Hispania I’, ‘La travesía’) o se presenta rota, como un claro aplastamiento del ser indefenso e inocente por la fuerza bruta y la maldad (‘Perlas de Indra’, ‘El prójimo’), o del individuo inerme ante el monstruo del poder deshumanizado y corrompido (‘El lobo viejo de las desgracias’, ‘El tabernáculo’, ‘La corporación’, ‘Contratiempos’). A veces, es la propia conciencia del individuo escindido el escenario donde se confrontan los impulsos contradictorios desatados por el equilibrio roto de la simbiosis entre el individuo y los otros (‘El síndrome de Lugrís’, ‘Claudicación’, ‘El hombre bifurcado’, ‘Amargo’, ‘Laconismo’).

Las vías para escapar del choque con el prójimo, de la infelicidad y del dolor se muestran cegadas y ni la memoria y ni el apartamiento sirven (‘Será como si no hubieras existido’, ‘El misántropo’, ‘Curso acelerado de filantropía’, ‘Cuento de horror’). Hasta el amor de pareja parece marcado por el desencuentro (‘La mujer transparente’, ‘Venablos’, ‘El solipsista’, ‘Ultima necat’, ‘Doxografía’). El mal y la desgracia se ciernen sobre el hombre como una fatalidad contra la que la acción evitadora está condenada al fracaso (‘Dones’). Con todo, en este panorama desolador, la ironía y el soterrado humor, la poesía y el poder de la palabra abren brechas por las que asoma la compasión (‘Perlas de Indra’), el perdón (‘Carta al hijo’), o el amor en sus variadas facetas (‘Okitsu’, ‘Émula de la llama’) y la armonía de la simbiosis parece restablecerse, y el «holobionte» del título cobra su sentido exacto. El darse mutuamente ofrece sus frutos: «tu firmamento es mío, mi firmamento es tuyo», expresa el narrador, transmutado en poeta, en el largo y torrencial poema de amor que, con el título ‘Émula de la llama’, tomado del poema que a la rosa dedicó el poeta barroco sevillano Francisco de Rioja, se abre pasada la mitad del libro. Olgoso combina verso y prosa en este poema, que, en cierto modo, contrasta con el laconismo y la condensación que impone la brevedad del cuento y la historia mínima. Sus enumeraciones exhaustivas y exuberantes, y sus poderosas imágenes arrastran al lector en este caudaloso poema barroco de amor.

Otro texto, un cuento largo y de apariencia realista, ‘El síndrome de Lugrís’, sirve también de contrapunto en el conjunto, formado por sesenta y cinco «relatos» de formatos diversos en los que predomina el microrrelato (alguno de apenas dos líneas como este ‘Cuento de horror’: «Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano») o el cuento corto.

Si nos atenemos a la clasificación temática que en unos de sus títulos (“Cuentos de amor, de locura y de muerte”) hace Horacio Quiroga, ‘El síndrome Lugrís’ entraría de lleno entre los cuentos de locura. A diferencia de lo que ocurre con ilustres antecedentes, como en ‘El hombre de la multitud’, ‘El gato negro’ o ‘El corazón delator’, de Poe, o en ‘El Horl’a del otro gran padre de la cuentística moderna, Guy de Maupassant (dejo aparte a ‘El licenciado vidriera’ de Cervantes), aquí no se nos hace partícipe a los lectores del proceso que lleva a la locura mediante el uso de una primera persona narrativa que nos instala en la mente perturbada del protagonista por ser desde su perspectiva desde la que se narra, sino que se recurre, en un arriesgado «más difícil todavía», al narrador testigo. Sin embargo, no por ello el resultado es menos inquietante, angustioso y perturbador. Al contrario. El autor nos enfrenta ante el misterio de la locura y la angustia que suscita más allá de explicaciones racionales. Nos pone, sin recurrir al artificio ya explotado por otros de contar desde dentro las etapas, frente a frente ante la locura y su misterio descarnados, en crudo, tan difíciles de explicar (aunque la ciencia esté en ello) y de comprender. Como todo lo que rebasa los parámetros de la razón y la lógica, la locura suscita angustia y miedo, y el autor sabe convocarlos. De resultas de esa convivencia tan estrecha y afectiva que el personaje narrador –el cuento también puede leerse como un homenaje a la fidelidad en la amistad– mantiene con su amigo perturbado, la visión delirante de este impregna y se mezcla con su angustia y miedo propios, y tememos que también se apodere de él, y de paso que prenda en nosotros, los lectores. Es un cuento de terror sin paliativos, con fantasmas interiores.

Las referencias geográficas y la ubicación en lugares concretos propias de un cuento realista –tan raras en un conjunto de relatos donde el espacio es inventado o mítico en la mayoría de los casos, siempre difuso e inconcreto–, acentúa por contraste la sensación de extrañamiento que suscita el relato del lector. ‘El síndrome Lugrís’ discurre en una Galicia donde las nieblas parecen haber sido disipadas por la alegría de vivir. Otra excepción en la que el espacio se concreta es el cuento largo Amargo en el que las calles y los bares de una Granada nocturna son el escenario por el que el protagonista arrastra su soledad radical en su bajada al infierno.

La intertextualidad es otro atractivo del conjunto. ‘Carta al hijo’, imaginada respuesta a la famosa ‘Carta al padre’ de Frank Kafka, propone otro final en un juego de espejos para la amarga ‘La metaformosis’. ‘El misántropo’ es una genial y humorística variante del «enterrado vivo» de Edgar Allan Poe. ‘Okitsu’, por delicadeza y su rosa alada recuerda a los maestros japoneses. El argumento de ‘Determinación’ parece condensar el argumento de ‘La bien amada’ de Thomas Hardy. ‘El solipsista’ podría pasar por una página arrancada de “Rayuela” y un homenaje a Julio Cortázar.

El lector que se adentre en las páginas de “Holobionte” podrá encontrar muchas sugestiones y diferir (por supuesto) de mi personal lectura. Como ocurre con la buena literatura, “Holobionte” puede leerse muchas veces –es aconsejable– y no se agota en una sola lectura. El placer está garantizado en cualquier caso>>.

ALGUNAS CITAS
De «Madera de deriva»

El límite indistinguible del silencio y de la luz…
(Pág. 72)
  …un estado de exaltación muda, una epifanía, un punto exacto pero localizado, un kairós, un intervalo oportuno y decisivo, un instante bellamente herido, un gozo sensual, una delicadeza difusa, sin materia. Era como si las manchas de luz tintinearan y los sonidos centellearan durante aquel lapso…
(Págs. 78/79)
…nadie recela de que contar historias sea sanador para el alma; de la imaginación como cartografía, como modo primigenio que tiene el hombre de entender el mundo, de sentir la evanescencia de lo real a pesar de sus sólidos contornos; de que la inclinación por las imposibilidades, de que el deleite por lo estrafalario, por lo peregrino, por lo ocioso, por la ensoñación en suma –con su caos liberador, su vuelo liviano y titilante a través del espacio y el tiempo– son una pulsión atávica, un placer innato e irrenunciable…
(Pág. 89)
…cuánta violencia, ambición, vanidad y pleitos, aparatosamente y para nada.
(Pág. 94)
Hacer del mundo un lugar decente para todos, ya que únicamente nos llevaremos lo que hemos dado.
(Pág. 95)
Era otro de nuestros viajes de proximidad (la vida no da para más). Exponernos por un día a un territorio diferente, a otra realidad, agudiza los sentidos. Nosotros –pobres y esporádicos viajeros de paso– no viajamos para huir sino para alcanzar la posibilidad del misterio, para nuestro propio deleite, para compartir un temblorcillo de curiosidad, un acto sensorial, un trayecto iniciático, una búsqueda del tesoro.
(Pág. 98)
…la belleza necesita que alguien la vea.
(Pág. 102)
Se pertenezca o no a un pueblo para el que el sol se pone invariablemente sobre el regazo del mar, quizá los paraísos –si los hay– residan en puntos más próximos e inapreciables, como una simple gota de agua que serpea por el borde de una hoja. Aunque no haya un hombre cerca para apreciarla. Sobre todo si no hay un hombre cerca.
(Pág. 109)
Pero sigamos admitiendo el pasado como un condimento necesario de los placeres de la vida. Esas secuencias tangibles del ayer nos reconcilian con nuestra caducidad, nos consuelan de nuestra incompletitud y nos desagravian de la muerte, con su disolución, su podredumbre y su olvido inadmisibles. (…) esa especie de ámbar no solo alberga brutales delitos, lances heroicos e intempestivos y todo cupo de infortunios y de terribles fúlguras de la historia de la humanidad (…), sino también humildes ocasiones cotidianas; que puede percibirse todavía, mucho después de haber titilado la materia, esa vibración afanosa y delicada como alas de libélula en las habitaciones en las que alguien ha llorado, ha amado o ha muerto.
(pág. 132)
No puedo evitar traer a colación también entre los cronotopos, siquiera someramente, las coyunturas espaciales en que cada uno leyó los libros que timbraron su vida…
(Pág. 135)
… nada que nos concierne se desvanece para siempre sin dejar rastro, y menos aún estos apegos, nuestros dolores, nuestros goces o nuestra necesidad de consuelo. Todo es único, todo sobrevive de una manera u otra a los estragos del tiempo y de la relegación.
(Pág. 137)
…en Ribeyro cada vez encuentro más cosas similares a las que pienso y siento y tan bien dichas, además, que me eximirían de escribirlas…
(Pág.139)
…un escritor no puede en realidad formarse idea de la dimensión de su escritura. Según Salter, resulta improbable ver a esta íntegramente como un edificio o una escultura, ya que es solamente una especie de humo capturado y estampado en una página.
…para muchos será mejor vivir de la literatura que con la literatura.

No basta con que algo pueda ser leído con agrado, sino sentir que la llama creativa ha ardido al rojo vivo. Lo menos a que está obligado un creador es a hacer las cosas de la mejor manera posible, con paciencia y con recogimiento, con minuciosidad y moroso esmero, con palabras hechas a medida, sin atajos y sin expectativas, poniendo toda la carne en el asador, como uno de esos ígneos cuerpos estelares que atraviesan cuidadosa pero decididamente el espacio hasta colisionar con el otro que les estaba destinado (el lector, en este caso)….
(Pág. 177)
…la peor tinta es mejor que la mejor memoria….
(Pág. 182)
Lo mejor que puede hacer el desventurado es aislarse del resto de los hombres. Hay que evitarlos porque son enemigos del que sufre. Quien es desdichado, piensan, es culpable. Lo único que le resta entonces al infeliz es no perder la dignidad. El orgullo es el corolario de la desdicha. Cuando un revés del destino nos arroja fuera de la sociedad, nuestra alma, desprovista de objeto al cual dirigir sus apetitos, se dilata hasta encontrar refugio en el orden armónico de la creación. La desgracia tiene un lado útil: afina el diapasón del alma. Logra entonces estar en paz consigo misma, pues sabe en carne propia que el alma sin herida es un alma muerta
(Pág. 183).

De «Holobionte»

El malentendido es la carta de presentación de los solitarios.

Yo escuchaba a mi padre embelesado, y él se derretía de dicha ante mis ojos abiertos como calderos de bronce por la exposición de sus ocurrencias.

Nuevo como el sol de cada mañana, iba descubriendo el alarde discreto de la naturaleza artificial, su esplendor menos transitorio que el nuestro…

…el melancólico gorjeo de los cuclillos que vuelan entre el reino de los vivos y el de los muertos…

Ya no vigilas nidos, ya no habrá más verdes renuevos ni terroncillos de azúcar que llevarte a los labios, ya tus miembros no van a las mil maravillas, ya no recibirás nunca un mirar amistoso ni volverás a meter el brazo hasta el codo en la aventura. Ya quedaron atrás las espigas en los calcetines. El dibujo infantil de las casitas del pueblo, los manteles limpios, el olor de un libro nuevo, la luz sobre su cuerpo desnudo, la risa del niño-jabato, el rosal que plantasteis, las vacaciones como castañas cocidas en leche fresca, la verbena del mundo con sus brillantes cadenetas de momentos e ilusiones.

Vivos mientras yo paso inmóvil por las pasiones que me destrozan sin rozar siquiera el muro que me separa del universo. Sufro de verdad. No soy sino una mueca de mí mismo. ¡Tan angustioso y tan ridículo! Ha, ha… «El corazón es un cazador solitario». Eso es. Mi liberación interna entraña determinadas modificaciones: debería, en primer lugar, abandonar la conciencia de mí mismo en todo lo que hago; y después, particularmente, dejar de mordisquear mi propio martirio. Quizá escriba un relato, una confesión.

Cuento de horror: Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano.

jueves, 7 de mayo de 2026

50º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

Un honor participar en la 50º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, invitado por Raúl Brasca (coordinador de la Jornada Ferial de Microficción y prologuista de “Holobionte”), a través de un video con la lectura de mi texto “Designaciones”. En compañía de grandes nombres del género y de la querida amiga rosarina Lilian Cheruse.





DESIGNACIONES

Levantó una casa y a ese hecho lo llamó hogar. Se rodeó de prójimos y lo llamó familia. Tejió su tiempo con ausencias y lo llamó trabajo. Llenó su cabeza de proyectos incumplidos y lo llamó costumbre. Bebió el jugo negro de la envidia y lo llamó injusticia. Se sacudió sin miramientos a sus compañeros y lo llamó oportunidad. Mantuvo en suspenso sus afectos y lo llamó dedicación profesional. Se encastilló en los celos y lo llamó amor devoto. Sucumbió a las embestidas del resentimiento y lo llamó escrúpulos. Erigió murallas ante sus hijos y lo llamó defensa propia. Emborronó de vejaciones a su mujer y lo llamó desagravio. Consumió su vida como se calcina un monte y lo llamó dispendio. Se vistió con las galas de la locura y lo llamó soltar amarras. Descargó todos los cartuchos sobre los suyos y lo llamó la mejor de las salidas. Mojó sus dedos en aquella sangre y lo llamó condecoración. Precintó herméticamente el garaje y lo llamó penitencia. Se encerró en el coche encendido y lo llamó ataúd.

martes, 5 de mayo de 2026

Acerca de “Las suites del último ilusionista”, de Francisco Acuyo.

    Una lectura poética en la librería Sideral -en la que participaban Marina Tapia, Francisco Acuyo, Carlos Andreoli y Alex del Moral- fue la ocasión del feliz encuentro con “Las suites del último ilusionista”, de Francisco Acuyo. Esta preciosa edición de Alhulia en su colección Sy~laba es el último poemario publicado por Francisco, hombre renacentista de múltiples talentos, escritor (poesía, ensayo, narrativa), editor, conferenciante, experto en Semiótica, Astronomía y Astrofísica.




    “Las suites del último ilusionista” fue escrito en la sombría clausura del confinamiento, en una época de inseguridad y vulneralibilidad extremas, cuando al poeta sólo le queda invocar a un mundo pavorosamente ajeno, asirse a la certeza del poema, ofrendar la belleza de la materia verbal. Y así Francisco Acuyo miró por sobre su terraza, levantó la cabeza al cielo nocturno (“un canto de alabanza/ sobre los astros suena”) y compuso “un himno constelado” y armónico: alféizares, flores y colores que tocan la frente de la tierra, arcángeles, relámpagos indecibles, silencios profundos, brisas, balcones donde “pende la eternidad un instante”, esferas, macetas, dimensiones transparentes, la luz de un verbo, la naturaleza del saber residiendo en la nada, insomnios, simas siderales, ventanas iluminadas como amarillas corolas, mirlos y vencejos, gorriones que examinan el universo, la nieve dibujada a lo lejos con pincel flamígero, la soledad del gato como efigie, el bisbiseo de la lluvia, la floresta de las nubes, los siete sellos del sueño, la conciencia de los espejos.

    Una delicia esta poesía límpida, precisa, luminosa y celebratoria donde el mundo se contempla a sí mismo -con vigor cierto, tornasolado y pleno- a través del poeta entre las páginas de un cuaderno de “pura luz/ no tocada, vigilante”; donde laten ecos de la maravilla cristalina del “Cántico” de Jorge Guillén, y del ingrávido Juan Ramón: “Cisne, mariposa, sombra/ abeja, paloma, llama;/imagen, pulso, reflejo:/ en ti se deslizan, alma”.

    En “Las suites del último ilusionista” cada poema (que viene galoneado con subtítulos de piezas musicales, zarabanda, rondó, minueto, giga, contradanza, badinerie, corrente, alla spagnola, pasacalle, alemanda o gavota) ejecuta su pequeña y delicada danza en un decorado vacío, mudo, libre del ruido de la humanidad (“la soledad habita/ triste escenario”), bajo la luz de las estrellas. De la Osa Mayor a la Osa Menor, de Arturo a Mirak (“inductora/ del misterio, música/ de luz armoniosa”) parecen contemplar y hablarle a ese “ilusionista” del título como si lo hicieran al último hombre vivo sobre el planeta, al único testigo del edén silencioso, de su fauna y su flora perplejas, de sus alimentos terrestres, libres momentáneamente del depredador humano: “Un cielo/ vívido que invita/ a la reflexión/ e interior pesquisa”. El poeta, absorto “en este claustro diario”, en “la soledad colosal”, destila su alquimia, interpreta sus suites, siente nostalgia por “la gloriosa mañana,/ aún no vista”. El poeta, liviano sobre el parapeto, en el “colmado vacío” de la terraza, mira desde su alto emplazamiento el vuelo de los pájaros azules, sostenidos como él en el aire, mientras da fe de “esos instantes/ escogidos por lo eterno”.

lunes, 4 de mayo de 2026

Presentación de "Nômade", de Marina Tapia

Muchísimas gracias a tod@s l@s que abarrotasteis el sábado la Sala Zaida en la presentación de “Nômade” de Marina Tapia (Entorno Gráfico). Para los que no pudisteis acompañarnos en esta ceremonia de la amistad y la literatura, y para los que queríais volver a escucharlo, comparto el texto que tuve el privilegio de escribir acerca de la nueva joya poética de Marina:




<<Resulta fácil presentar cualquier libro de Marina, dada la calidad intrínseca de todos ellos. Y al mismo tiempo resulta muy difícil presentar a Marina dada su humildad, su deseo congénito de invisibilidad. Es como intentar atrapar a un humilde gorrión sin que se le parta a uno el alma; un gorrión que, a lo sumo, sólo quiere que nos fijemos en su vuelo y no en su condición de ave, de criatura aérea. Pero cómo hablar de la poesía de Marina sin decir que pertenece a ese linaje escaso de los poetas de nacimiento, que viven, respiran y transmiten poesía. Seguro que ahora mismo tiene el corazón saliéndose del pecho, azorada por las cosas que ando diciendo, pero cómo ocultar su singularidad, tan rara y valiosa sobre todo en un presente colonizado por vanidades, oropeles impostados y egos revueltos. Aunque a Marina le horroricen estas afirmaciones, somos afortunados de que su suculenta savia chilena esté renovando de nutrientes los vasos liberianos de la poesía granadina y española.



Tras ese hito en su trayectoria creativa que ha sido “Mixtura”, la antología personal en la que ha recopilado una buena muestra de sus diez primeros poemarios (algunos inencontrables al tratarse de ediciones debidas a diversos premios literarios), hoy nos entrega su nueva obra, “Nômade”, que Entorno Gráfico ha tenido el tino y buen gusto de publicar aquí, en Granada, el hogar desde hace trece años de una Marina ya no tan nómada. De alguna manera, “Nômade” entronca con “Islario”, una obra suya anterior donde peregrinaba con emoción contenida a numerosos lugares del mundo, ya que “Nômade” fue escrito en gran parte durante su residencia en Óbidos, becada por Granada Ciudad de Literatura Unesco. Digo en gran parte porque, además de contener “Cuaderno portugués”, con los poemas destilados y tamizados durante su estancia en aquella hermosa ciudad medieval, “Nômade” cuenta con un segundo grupo de poemas titulado “Errantía”, formado exclusivamente por sonetos. Piezas todas hermosísimas, en las que Marina retoma, se ciñe y revitaliza los temas de este molde clásico con una altura tal que uno parece estar leyendo por ejemplo a Sor Juana Inés de la Cruz. “Cuaderno portugués” es belleza sencilla, es azul, es melancolía, es bodega, es Atlántico, es muralla, es verdín, es tiempo desflecado, es dulzura, es nudo y salitre, es barca amarrada, es viento verde, es alfiletero de saudades. “Errantía”, en cambio, es verbo sonoro, espíritu inquieto, rima felina, destierro leve, nácar escarchado, es andadura, feliz ejercicio, vida renovada, pupila y bravura, es sol a manos llenas, es orbe de diamante.



Como dije en uno de los prólogos que tuve el privilegio de escribir a alguno de sus libros, los versos de Marina polinizan el alma. O, por decirlo al modo de Cunqueiro, la poesía de Marina es ambrosía, madre de levitaciones. Y Marina es a su vez, como todos los poetas auténticos, una médium verdaderamente modesta. Su humildad custodia la pureza que necesita, por encima de todo, el poeta. Pienso que Marina podría ser uno de aquellos ángeles que visitaron a Abraham, en pura misión de consolarnos en un mundo demasiado feo y bárbaro. Que Marina podría ser como esos médicos, como esos contados seres misericordiosos que tienen la seguridad de que con dulzura y consuelo se curan muchas enfermedades. O como esos místicos que pasan de puntillas por su tiempo, porque el ruido del mundo no deja oírlos, pero luego, aunque sea mucho tiempo después, acaban resonando como un fragor en el corazón de las gentes, que por fin pueden escucharlos. Porque tengo la certeza -como la tiene cualquier persona que se haya acercado a su poesía o la frecuente en el futuro- de que la lectura de los versos de Marina es realmente un descansadero, un lugar de quietud, un espacio calmante del alma donde se amortiguan los ruidos y se otea el mundo, con sus colores y misterios, como desde una particular y gratísima lontananza; donde los sentidos se expresan y glorifican mediante la razón y el ritmo interno; donde los apetitos, con sus batallas y cicatrices, se subliman, y se auscultan apaciblemente los afectos.



Quizá la sensación de transparencia que se respira en su obra provenga de que nuestra poeta no se deja atrapar por el paisaje, por las vivencias o los sentimientos, sino que los deglute y los fija para nosotros en planos mentales. Según Azorín, lo que da la medida de un artista es su sentido de la naturaleza: un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje. No parece sino que Azorín se refiriera a Marina. Porque ella no habla acerca de las hojas de los árboles y de las ardillas y de la espuma y del musgo en las rocas y de las golondrinas, sino que habla en su nombre, sin intermediarios, impregnada la poeta de su gracia, de sus átomos, de su sustancia tangible, ataviada de pura luz, transmitiéndonos -con cordial belleza y frescura- un mundo natural vivo, soberano, inteligible, en primera persona. Marina, en su fragua infatigable, es capaz de explorar la frontera entre la palabra y el silencio, de sondear las entrañas tectónicas de la Tierra, de sentir apego por todos los seres, de atrapar epifanías en la pinaza de un bosque, de esculpir las fases del deseo, de atisbar el infinito tras los marcos azules de una ventana portuguesa, de celebrar la existencia como si fuera un centelleante trozo de ámbar, de agasajarla con versos, pinceles o títeres.



Como dice María Negroni, la poesía es la continuación de la infancia por otros medios. Y es que hay una afinidad entre las cajitas donde los niños guardan sus diminutos tesoros y los retazos de vida, los datos sedimentados del mundo que los poetas guardan en sus libros. Lo infantil, como lo poético, es una sublimación de la curiosidad y la memoria, una resistencia testaruda. Igual que el espacio mágico de la infancia, la poesía de Marina Tapia se habita más que se lee, es el arte del silencio inteligente y hermoso, del fervor asombrado, de las esquirlas de un yo que se preocupa por todos nosotros y cuyos temas giran alrededor de la poeta en una espiral armónica, como quería Sor Juana Inés de la Cruz.



Para Gertrude Stein, la poesía perfecta era como perfecta sabiduría y santidad, simplicidad y transparencia. La poesía de Marina Tapia, hasta este su último libro, “Nômade”, se acerca de manera extraordinaria a esa idea, a ese deleitoso ideal. Porque los poemas de Marina existen, no parecen haber sido fabricados sino que pertenecen al orden natural, como el lirio silvestre. Se encuentra uno muy a gusto respirando su aire puro, lleno de misteriosas fragancias, de brisas sensuales, de combinaciones armónicas, de exquisitas ósmosis. Sólo muy pocos autores nos acompañan muy profundamente, creadores que poseen un don donde se funde la gracia y la tersura expresiva con una lucidez especialísima, genuinos artistas que son esclavos del don que han recibido. Sólo muy pocas veces nos penetran palabras esenciales por su verdad o su belleza. Por lo general, y porque la sed no se apaga sino con agua de manantial, hay que cavar un pozo muy hondo para encontrar una veta pura. Y la poesía de Marina lo es, un don como la claridad del agua o de la luz. Un don que no se sabe de dónde viene, sólo se sabe que hay que cavar mucho y esperar mucho. Hasta hoy, en que tenemos la suerte de atesorarlo de nuevo en el cuenco de nuestras manos, en este pequeño volumen de una poeta destinada a ser un clásico, porque sus libros poseen la elegancia, la limpieza y la precisión de lo atemporal>>.





martes, 28 de abril de 2026

Presentación de "Holobionte" en la Feria del Libro de Granada

Feliz por el bautizo de “Holobionte”, por la lealtad lectora de los amigos, por el ingenio de Álex Molina y su menú olgosiano en una tarde de domingo pletórica en la Feria del Libro de Granada, por todos los cómplices, por todos los peregrinos de la belleza que se acercaron a este o a cualquiera de los actos, casetas, libros y autores que están poniendo un granito de arena para una manera civilizada de vivir. Comparto mi texto de presentación de este “Holobionte” que es una visión irónica de la sociedad humana y un espejo incómodo de su naturaleza: el mal y la fealdad ya se cuidan solos, son el bien y la belleza los que necesitan de nuestros cuidados.



<<El título que quizá hubiera sido perfecto para este libro ya lo usó para el suyo en el siglo XVIII un monje benedictino, fray Juan Crisóstomo de Olóriz: “Molestias del trato humano”. Este tomito fue el libro de cabecera de Pío Baroja y a él volvía cada vez que era víctima de alguna de las mil refinadas formas en que el prójimo tiene por costumbre expresarse, incomodando a los demás queriendo o sin querer. El título mío, “Holobionte”, es una actualización más biológica; remite al término acuñado por la bióloga Lynn Margulis para designar el ecosistema conformado por la simbiosis entre especies que colaboran entre sí y, al hacerlo, acaban modificando el medio en que viven. Los humanos mismos somos holobiontes: nuestro cuerpo aloja miríadas de microorganismos que cumplen diversas funciones en su propio beneficio y en el nuestro. Como apunta en su prólogo el maestro argentino del relato breve Raúl Brasca, y como sugiere la hermosa portada de Marina, este libro es una visión crítica de la sociedad humana.



Es cierto que gran parte de los relatos que componen este cuarto volumen de mis cuentos completos -donde he extraído todos los escritos en más de cuarenta años con referencias al prójimo y la sociedad- tratan sobre la desconfianza en la compañía humana, sobre las misteriosas y azarosas órbitas en las que todos nos movemos y que provocan rivalidades y sometimientos o dolorosas colisiones, sin embargo también abarcan situaciones más dulces, compañías menos ásperas o incluso gloriosas, así como comunidades adorables: desde narraciones que hablan de colaboración, lealtad, abnegación y amistad en distintos grados, pasando por variadas formas de amor filial, hasta un texto que describe los momentos climáticos de la pasión, de la fusión más íntima y completa entre dos personas. Pero también es cierto que, dependiendo de la suerte que se tenga en ámbitos familiares, laborales o vecinales, la gente por lo general provoca más molestias que favores o placeres. Creo que fue Pla el que dijo que el hecho de que te dejen en paz y de dejar en paz a los demás es la empresa humana más elevada. Y es que muchas veces la entrada en nuestra vida de otras personas, con su agitación, supone una de las causas más profusas de dolor, aunque por fortuna también de felicidad. Por otro lado, Azorín se quejaba de que en El Quijote una interminable caterva de malandrines y bellacos engañaban, aporreaban, lisiaban al sin par caballero, y el escritor alicantino se preguntaba “¿Qué país es éste?” Un hombre bueno camina por España a la ventura, deseoso de hacer el bien a todos; es discreto, cortés, generoso. Y todos lo maltratan y lo burlan, desde el ventero hasta el duque. ¿Qué país es éste?, se volvía a preguntar Azorín.



No puede uno dejar de pensar que la vida es un obsequio (envenenado, pues sabemos que conlleva la pena de muerte), que aquí estamos todos disfrutando momentáneamente este regalo, y que nos han dejado con nuestros semejantes, los otros condenados, minúsculos todos y perdidos en el abrumador vacío universal. ¿Y qué hacemos? Levantarnos en guerra contra nuestro prójimo, convertirnos en adversarios, en víctimas o en opresores, en tierra ignota para el otro. Pero, como se preguntaba Lou Reed, ¿no somos todos tan comunes como copos de nieve? No obstante, aunque cada uno de nosotros vivamos en la conciencia de un único yo -por la que cada cual se cree inevitablemente el centro del mundo-, todo, hasta lo fantástico o lo sobrenatural, tiene un constructo social. Sólo lo social -a partir de instrumentos como el lenguaje, el juego o los vínculos familiares- nos ayuda a desarrollarnos y a percibir las emociones. Incluso los que carecemos de habilidades sociales, los que vivimos en una Siberia carente de lazos colectivos, debemos acatar esta verdad. En definitiva, nos acompañamos, nos hacemos daño, nos amamos mientras intentamos responder nuestra pregunta primordial: ¿estamos vivos antes de morir?



Dostoyevski, que no creía en la influencia del entorno sobre el comportamiento humano y pensaba que el hombre tenía ya dentro de sí todo lo bueno y todo lo malo, no influyó tanto en mi visión del mundo como lo hicieron, marcándome a fuego, las ideas de Schopenhauer: la vida del ser humano es un perpetuo combate, una guerra sin tregua, no sólo contra males abstractos -la miseria, la fugacidad o el hastío- sino contra los demás; un infierno en el que los hombres se dividen en almas atormentadas y diablos atormentadores; una cacería incesante donde los seres, unas veces cazadores y otros cazados, se disputan las piltrafas de una presa. Sin ser muy quisquilloso, cuántas veces no se ha visto esto refrendado en la convivencia inhóspita de cada día. Todos somos mezquinos en algún momento. Es el dilema del erizo, propuesto también por Schopenhauer, donde las convenciones son una coraza que protege a unos erizos de las púas de otros erizos; donde, al buscar la proximidad corporal para satisfacer su necesidad de calor, más dolor causan las púas del erizo vecino y, al alejarse, vuelve la sensación de frío y soledad, lo que los obliga a encontrar la separación óptima, la más soportable.



En “Holobionte” se baja al barro, se saca punta a la condición humana, a los vínculos que nos unen y a los rencores que nos separan, al cíclico teatro de la vanidad, la estupidez y la crueldad de los hombres. En ese espejo incómodo y nada complaciente hay miradas irónicas acerca de ella, sarcásticas, terroríficas, tiernas, implacables, cómplices o esperanzadoras. Es una geometría fractal de las relaciones interpersonales, un caldero donde hierven los sentimientos, la fatalidad, las luchas de poder, los encontronazos como carneros salvajes, los protocolos hipócritas, las miserias, las vilezas, las humillaciones, pero también las entregas desinteresadas y todas esas personas maravillosas y esas pequeñas loterías que tocan de vez en cuando haciendo soportable el baño maría de la existencia. En muchos de sus relatos, la inocencia y la singularidad de los protagonistas se ven amenazadas por el carácter despótico del prójimo o por la brutalidad de las instituciones. He intentado mirar la naturaleza humana no sólo con su patetismo, sus prejuicios, incoherencias y servilismos, sino también con sus grandes cualidades, su constancia, entusiasmo o solidaridad. Por estas páginas pasean misántropos, solipsistas, vecinos inquietantes, padres e hijos, máscaras y dobles, tribus y corporaciones, revoluciones y reconciliaciones, ceremonias grupales, guerras civiles, veladas absurdas, historias de amor y desamor. Y está también el que considero el mejor relato que he escrito nunca, “El síndrome de Lugrís”, el más extenso: para mí fue como mi propia subida al Everest, un esfuerzo titánico en mi humilde búsqueda de la excelencia literaria. Durante cuatro décadas he escrito relatos que son una visión de conjunto de la especie, otros que aplican a los seres humanos una lente de aumento, y otros que podríamos llamar bifocales, donde se alternan las dos perspectivas. Esto hace que los lectores puedan reconocerse en ciertas conductas; a fin de cuentas, reconocer al otro es quizá nuestra asignatura pendiente y una perenne fuente de dolor a lo largo de la historia. Y es que las ficciones sociales a menudo son fricciones amargas. Paradójicamente, estas animosidades contempladas desde una nube resultarían insignificantes; de cerca, son absurdas e incomprensibles. Nada raro por otra parte porque, como dice el biólogo Edward Wilson en su célebre cita, hemos creado una civilización de La Guerra de las Galaxias, con emociones de la Edad de Piedra, instituciones medievales y tecnología que parece de dioses.



Este volumen (en el que predominan los microrrelatos a la hora de tratar el rumor de la colmena humana, el eterno y delicado problema de la incomprensión de los seres y de sus complejísimas relaciones, y que aunque siendo relatos breves se siguen moviendo -como siempre en mi caso- entre la concisión y la exuberancia de detalles) es un viaje en compañía de nuestros semejantes, un viaje para encontrar -además de desencuentros- una pizca de sentido, e incluso pequeñas victorias éticas. Montaigne decía que se debe viajar no sólo para conocer el espíritu y las costumbres de los países, sino para frotar y limar nuestro cerebro con el de los demás. En realidad, el azar ya se encarga de eso, pues somos como bolas de billar lanzadas con efecto: basta un roce con otra bola para salir disparados hacia otro punto inesperado. Pero las relaciones humanas pueden ser motivo de cordialidad. Aunque a veces se tenga la impresión de que el ser humano lleva dentro una fiera que no debe oler la sangre, hay muchísimas más almas comprensivas que tiznadas de un hollín demoníaco. Cada ser humano me parece un milagro, decía Julián Marías. Habría que hallar el valor extraviado de las palabras, de la concordia, de la cortesía, de escuchar y contar, de sentir compasión, de recuperar nuestra humanidad. Puede que el verdadero encanto de la existencia resida en la belleza de darse a los demás. Recordemos el lema humanista de la Institución Libre de Enseñanza: “Todo lo sabemos entre todos”. Puede que, después de todo, no sea el prójimo el más experto de los torturadores, sino uno mismo.



Con frecuencia resulta difícil defender esta tesis, mientras se sufre compañía, se ven las noticias y se vive en un mundo que sólo protege a los sátrapas, donde la bondad y la inteligencia parecen estorbar, y donde la sociedad tiende hacia una esclavitud voluntaria, sin amos. Según H. G. Wells, ningún camino intermedio se abre ante la humanidad: o se eleva o se hunde. Esto no tiene remedio hasta que dejemos de odiar la libertad ajena, hasta que sepamos organizar la rabia y defender la alegría, hasta que no cambie la cultura, entendida como las normas para una manera civilizada de vivir, de relacionarse con los demás y con el resto de seres vivos del entorno; hasta que se imponga por sí sola la forma más noble de inteligencia, la empatía, esa apertura del corazón, esa capacidad de ponerse en el lugar del otro; hasta que dejemos de estar separados por las fronteras de la mente; a un lado el respeto y el pudor, y al otro el abuso, el dominio o la barbarie. A lo que voy: el mal y la fealdad ya se cuidan solos, son el bien y la belleza los que necesitan de nuestros cuidados. Por otra parte, cada uno de nosotros contiene multitudes, lo que lo complica aún más todo, y cada uno de nosotros es -como pensaba Pascal- gloria y desecho del universo. Así son las cosas. En todas partes ocurre que para que unos estén contentos otros tienen que no estarlo. Por el simple hecho de abrir los ojos se comprueba que el mundo es mundo y los hombres son los hombres, siempre con su carga de soledad y flaquezas, de afectos y odios, de anhelos y alegrías, cada uno representando como buenamente puede su papel en este escenario. Hasta que llega el momento en que alguien nos dice al oído: “Aparte de eso, señora Lincoln, ¿qué le ha parecido la representación?”>>.