Fue un verdadero placer este encuentro inolvidable en Libros Prohibidos, cálidamente arropado por la inteligente conversación con Alejandro Molina mientras enhebrábamos distintos relatos, por la logística de los libreros Bego y Jose, y por unos lectores (ubetenses y granaínos) tan receptivos y ya amigos. Así es fácil sentirse como en casa, todos en torno a la lumbre de los cuentos. Gracias a todos, y a Marina por las fotos. Comparto con gusto las generosas palabras introductorias de Álex:
“No exagero cuando digo que hoy tenemos la suerte de contar entre nosotros con Poe, Kafka y Borges en una misma persona, es decir: Ángel Olgoso, probablemente el mejor narrador de relato en castellano de la actualidad. Le debo mi primer contacto con Ángel a Ismael Ramos. Después de hablarme varias veces del Borges granadino, de recomendarme su obra y de verme siempre con libros de todo tipo menos de Ángel, acabó regalándome “Las frutas de la luna”. Elegí como primera lectura el relato “Designaciones”, y por poco no me desmayo nada más leerlo. En ese preciso instante supe que lo que tenía entre manos no era un libro cualquiera. De este relato -y de cualquiera de los suyos- podríamos hacer una tesis por cada una de sus innumerables virtudes: la relación entre lenguaje e historia, el ritmo, la enumeración, la visión del mundo, el retrato del hombre, la precisión léxica, la brevedad y su poética inherente, el logrado realismo de pátina macabra y hasta fantástica, la atmósfera…
Si bien la comparación con Poe, Kafka y Borges remite a quienes el mismo Ángel considera sus ancestros literarios, dado que sus temas y estilos pueden encontrarse en su prosa en una aleación que acaba forjando una voz propia y personalísima donde convergen lo extraño y onírico, lo paradójico, la erudición y el deleite en la palabra, me gustaría traer a colación otros aspectos menos evidentes que podemos relacionar igualmente con estos tres autores, como el impacto, originalidad y universalidad.
Los relatos de Ángel son, en gran parte por el uso maestro de la brevedad, historias impactantes. Pero no impactan merced a giros finales ocurrentes (que es lo habitual en el mundo del microrrelato), sino por la hondura del tema, por su capacidad por hundir en el lector ese hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros del que hablaba Kafka valiéndose tan solo de un puñado de líneas. Son historias que calan, que dejan poso, que resuenan y que despiertan como se despierta a alguien inconsciente arrojándole un cubo de agua helada.
El hecho de encontrar rasgos de estos escritores en Ángel no lo hace menos genuino. En esto del arte, todos caminamos a hombros de gigantes. Lo relevante en Ángel es ese factor de originalidad tal y como la entiende Poe: la capacidad de deleite egotístico que nos hace empatizar con el autor, junto al cual descubrimos cosas que no sabíamos de nosotros mismos y del mundo, merced a unos cuentos elaborados con una técnica exquisita en una duración perfectamente ajustada a ese descubrimiento que comporta, además, el impacto al que aludíamos más arriba.
Su gusto innato por la brevedad (nuestro autor tiene numerosas obras maestras que son toda una declaración de intenciones, como “Cuenta atrás”, “Conjugación” y sobre todo “Espacio”) se complementa por su querencia por la extrañeza (“me considero una de esas personas a las que les gustaría ser hombre que bebiera agua de lluvia de la huella de un oso y, a la vez, una de esas personas que no quiere vivir en la realidad diaria y objetiva sino en el lugar en que ocurren los prodigios”), por buscar otros modos distintos de abordar la realidad.
No han sido pocos los que han acusado a Ángel de abusar de las enumeraciones y de un léxico preciosista y enrevesado que, de algún modo, hace de centrifugadora de lectores: hay quien pasa por la que consideran una lectura sesuda y compleja, y hay quien prescinde de ella por considerarla innecesariamente compleja. Los hay incluso que se atreven a echar en cara a sus cuentos que necesitan estar concentrados para leerlos, como si se pudiera leer de otro modo. En estos tiempos en los que se reivindica la sencillez del lenguaje y suele tildarse de farragoso todo aquello que no resulte accesible en términos inmediatos o poco exigente, hago una reivindicación del barroquismo en su acepción más afín a lo pictórico, es decir: en lo referente a lo teatral, al naturalismo, al detalle y lo alegórico. ¿De qué otro modo se puede escribir si no es desde el prisma del más devoto amor a la palabra? En los relatos de Ángel, el lenguaje se mima, el léxico -con su precisión y con su declinación poética- contribuye a construir la atmósfera, el mundo.
En cuanto al amor, en la obra de Ángel tiene dos caras: lo sublime (el amor en relaciones personales, padre-hijo, pareja, etc.), y lo nefasto (el desamor, la relación con el prójimo). Es decir, el amor es tanto cárcel como libertad. Schopenhauer dijo “El amor es la compensación de la muerte, su correlativo esencial”. Quizá todos nos pasamos la vida escribiendo sobre lo mismo, el amor y muerte. De hecho, Ángel ha dedicado un volumen entreo a este tema cardinal, “Estigia”.
Decía Auden: “Como lectores, la mayoría de nosotros somos, hasta cierto punto, como esos granujas que dibujan bigotes en los rostros de las chicas en los anuncios”. Ángel, en “La pocilga de la facilidad”, realiza un reivindicativo análisis que mira de frente a ese espejo que es la creación literaria y que devuelve dos irreconciliables reflejos: uno que aspira a «la dulce piltrafa del reconocimiento», y otro que requiere «el coraje de ser odioso», de vivir en la soledad y la intemperie buscando sólo ser fiel a la visión creativa, pese a permanecer por ello en la sombra. Aunque Ángel siempre haya pensado, con Cicerón, que se puede ser sin ser percibido, aunque la consagración sea el peor de los castigos para el escritor en general y muy especialmente para un escritor insobornable como él, merecería muchos más lectores de los que tiene.
No son pocos los relatos de Ángel en los que se aborda el paso del tiempo. La forma en la que se enfoca suele ser la de un suspiro, un abrir y cerrar de ojos. Además de “Cuenta atrás”, están también el vertiginoso “Relámpagos”, “Umbrales”, “Rip Van Winkle” o “El resplandor de lejanos incendios”, unos pocos ejemplos entre muchos.
Terminemos con la lectura una de sus innumerables obras maestras, que sintetiza de manera espectacular su faceta más filológica, cuentista, poética y conmovedora, logrando una pieza que sin duda impacta, es universal y nos descubre a nosotros mismos:
<<LOS CABALLOS PENSANTES DE ELBERFELD
Me pidió un cuento y le conté la historia del gigante Pan Gu, que creó el mundo dividiendo el cielo y la tierra de un hachazo, y que tras aquel tajo descomunal permaneció entre ellos durante dieciocho mil años, empujando a la vez hacia arriba y hacia abajo en la tarea de mantenerlos separados. Esa noche la fiebre desapareció.
Me pidió un cuento y le conté la historia del niño glotón que tras la papilla se comió el plato, tras la mesa se comió la casa, tras la ciudad se comió los terrones de azúcar moreno de las montañas, tras beberse los océanos se tragó de un bocado el panecillo del planeta con su copete de helado, tras la macedonia del Sistema Solar engulló la ensaimada de las galaxias y el tazón de leche con canela de las nebulosas, tras los cascabillos garrapiñados de los meteoros se zampó el almíbar ardiente de las estrellas, tras la materia oscura con su punto de picante rebañó los restos ya fríos del universo, pero ni todo ese glorioso festín bastó para saciarlo. Esa noche no quiso otro biberón.
Me pidió un cuento y le conté la historia del viejo que trata de desprenderse de sus babuchas desgastadas, que harto de no conseguirlo porque alguien se las devuelve siempre, las arroja desde la azotea y golpea al emir de la provincia, que ordena su inmediata decapitación. Esa noche me sonrió como a un perro fiel tendido a su lado.
Me pidió un cuento y le conté dos historias, la del caballero inglés que sufría de melancolía y se quejaba de los términos de su vida, al que un amigo, para escarmentarlo, lo introdujo durante cinco minutos en el ataúd que usaba para guardar sus licores en el comedor de su casa, de donde el taciturno caballero salió contento y renacido, y la del poeta que se creyó hecho de mantequilla, por lo que eludía cualquier fuente de calor temiendo derretirse, hasta que una mañana muy calurosa, asustado, se arrojó de cabeza a un pozo y murió ahogado. Es noche le dejé la lucecita encendida.
Me pidió un cuento y le conté la historia de un posadero de Ática, un tal Procusto, que estiraba o cortaba las extremidades de sus huéspedes para que se ajustaran al tamaño de los lechos. Esa noche se mantuvo bien arropado.
Me pidió un cuento y le conté la historia del rey que decretó que fueran sacrificadas todas las personas mayores de treinta años, para estar rodeado sólo de belleza y juventud, pero que al cumplir él mismo esa edad cambió la ley y ordenó que fueran ejecutados los menores de treinta, para estar rodeado sólo de gente sensata y experimentada. Esa noche durmió a cuerpo de rey.
Me pidió un cuento y le conté la historia del indio coruba que, tras apuntar con una flecha hacia el avión que sobrevuela su poblado en el Amazonas, consigue derribarlo. Esa noche lloró añorando a su madre.
Me pidió un cuento y le conté la historia de los cuatro caballos pensantes de Elberfeld que, antes de morir en la Primera Guerra Mundial, sabían leer marcando sobre el pupitre las letras del abecedario y, para resolver raíces cuadradas y problemas matemáticos, contaban las decenas con una pata y las unidades con la otra. Esa noche no tuvo pesadillas con el colegio.
Un buen día, el tiempo que no transcurría ni hacia adelante ni hacia detrás al fin se decidió, y él creció y creció y, en razón a las circunstancias, ahora es él quien me lava y me viste, quien me peina y me arropa, quien me besa en la mejilla, y yo el que balbuceando, contemplándolo con aire de súplica y fervorosa gratitud, le pide un cuento, que me sorprenda cada noche con la fascinación que procura el asombro.>>















































