Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

domingo, 9 de diciembre de 2018

Reseña de Las frutas de la luna por Miguel Arnas


Más que un amigo de Ángel Olgoso, Miguel Arnas es como un hermano mayor y el culpable de haberlo espoleado a fundar el Institutum Pataphysicum Granatensis. Escritores ambos, académicos de Buenas Letras y patafísicos, su amistad va a cumplir veinte años. Os dejo con esta jovial y afectuosa reseña que Miguel escribió para su blog elarboldearnas sobre Las frutas de la luna cuando se publicó aquel libro capital de Ángel.

Con Miguel Arnas y José Luis Gärtner

LAS FRUTAS DE LA LUNA, DE ÁNGEL OLGOSO

Miguel Arnas Coronado

Me gusta hablar de mis amigos. También me gusta hablar de maestros de la escritura, de aquellos a quienes leo y acabo admirando. Cuando se aúnan ambas categorías es un placer. Y un dolor, porque hablar o escribir es arriesgarse, es caminar sobre el cable por encima de las rugientes cataratas o sobre el foso pletórico de hambrientos cocodrilos. 

El viernes día 15 de marzo pasado asistimos, y digo asistimos porque allí estábamos un porción de amigos, y también mi mujer, que a horas de hoy sigue siendo mi mejor amiga, a la presentación de Las frutas de la luna, libro de cuentos de Ángel Olgoso. Corrió a cargo la alocución, que acostumbra acompañar estos eventos, del insigne Juan Carlos Friebe, granadino de ascendencia alemana (es curioso que tantos amigos haya aquí de origen germánico; bueno, decir tantos es una exageración porque están él y José Luis Gärtner, que desde luego, también estaba aunque llegase tarde) y por descontado, a mucho esfuerzo que yo le ponga, estas palabras que colocaré aquí, en mi blog, nunca alcanzarán la calidad de las inteligentísimas con las que nos obsequió Juan Carlos. 

Hablar de Olgoso es placer y dolor, como digo, placer porque nos une, no sólo amistad y admiración, al menos por mi parte, y creo que por la suya algo hay de eso también, sino incluso jefatura puesto que él es el Rector Magnífico y Perezoso del Institutum Pataphysicum Granatensis en tanto yo no soy más que satrapilla (porque si utilizase el título legal, Sátrapa Trascendente, acabaría creyéndome lo de la trascendencia y la hemos jodido). Eso de la jefatura no le gusta seguro, como a mí tampoco, y ni siquiera al padre que parió a esto de la Patafísica, Alfred Jarry, pero no se me ocurre llamarlo de otra forma pues la jerarquía es siempre la jerarquía. Dolor porque ¿cómo agenciarme palabras que estén a la altura de Ángel? (sin ser Friebe, claro).

Con Miguel Arnas durante la Velada Patafísica Pública


Ya solo el título del libro, Las frutas de la luna, da ganas de bajárselas del árbol, de ese Yggdrasil, fresno universal, árbol del Bien y del Mal que además de varas que nos azuzan a escribir mejor, a tener sana y perversa envidia de cómo escribe Ángel y tratar de emularlo conociendo nuestra paleta de colores, además da frutas. Ese es el asunto de Ángel: su paleta de colores, esos sabores, aromas y colores que conforman las frutas de su producción, el manejo que tiene del lenguaje como si condujese una cuadriga de cuarenta mil caballos y los dominase a todos con paciencia, sabiduría, firmeza e imaginación. Y para muestra un botón: compárese, quien tenga el libro a mano, la inmersión e indagación que hace en el lenguaje (además, como si en realidad, en el cuento no hubiera otra cosa que eso, lenguaje) de las zonas rurales granadinas en Jueces del valle de Josafat, con la riqueza léxica e incluso culterana de otras narraciones como Perlas de Indra o Aramundos

Hará un año, quizá, me envió un cuento llamado El síndrome de Lugrís que le había costado más de medio año escribirlo, un cuento que ocupa 40 páginas de este libro. Desacostumbrado a narraciones de tal extensión, me pedía que le diese mi parecer. ¡Pobre!, Ángel ignora que de lo que él escribe, me pasa como con la mujer amada, que me gusta todo. A pesar de lo cual le trasmití mi deteriorado juicio. Ahora me lo vuelvo a encontrar: nueva experiencia, degustación reverdecida. Y daos cuenta: el muy cofrade (es insulto que hemos puesto en el diccionario patafísico Gärtner y yo) da nombre a un trastorno, a una insania mental que padece el protagonista. 

La especialidad de Ángel es la narración corta, y sobre todo, si tiene su punto fantástico. No todos los cuentos de este libro son propiamente fantásticos. Mucho lo es el primero, Contraviaje, que en cierta forma me hizo pensar en el pintor René Magritte, o La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos, que me llevó de la mano a los cuadros de Kubin o a los esqueletos de Juan Soriano. ¿Pintura?, ¡no!, alusiones, nada más. Porque para pintura el último cuento, Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde, donde sitúa a un Caspar David Friedrich a la búsqueda de lo inalcanzable en arte, inalcanzable que Ángel alcanza, sí, y el asunto (de ahí mi envidia) es que no exagero. También tenemos un microrrelato (media página), Promesa, capaz de poner los pelos de punta, tanto como lo hacía aquel señor Valdemar de Poe.

Con Miguel Arnas, Umberto Eco, Miguel Mochón y Ginés Cutillas


Incluso os diré que inventa un nuevo género, el que se podría llamar de economía-ficción, en la narración La materia oscura, en la cual no se da una distopía (no pensemos en 1984 ni en Un mundo feliz) sino una fantasía evaluando hasta dónde puede llegar la exageración (y ahí sí la hay porque estos sinvergüenzas que nos dominan desde sus despachos bancarios o empresariales, y no penséis en el mecánico de la esquina, también empresario, sino en aquellos que quitan y ponen políticos y hasta monarcas, esos cenutrios a quienes basta un simple clic del ratón, esos no se suicidan, y si no nos matan es porque seguiremos siéndoles útiles y necesarios, porque sin nosotros no tendrían facturación, y eso sí joroba, mire usted) en cierta dictadura empresarial y del beneficio a costa de lo que sea. 


No voy a extenderme en describir cada narración, a alguna de las cuales podría llamársele microrrelato, género en el que él es ya uno de los grandes, no sólo nacional sino mundial (no os preocupéis, Van Gogh vendió apenas y no se le conoció y reconoció sino pasado un tiempo de su muerte; el ser humano es enormemente desagradecido con sus benefactores). Sí destacar Dybbuk, cuyo título hace referencia al judío semimuerto errante capaz de poseer los espíritus y aun los cuerpos de otras personas, y que en el caso de mi amigo Ángel, protagonista de su propio cuento, lo sustituye en una de esas presentaciones o lecturas públicas, a las que tan reacio es a acudir porque Ángel, nuestro Ángel, es enfermizamente tímido y tiene un pánico escénico insuperable (de hecho, cuando me acerqué para que me firmase el ejemplar que había comprado, me confesó que estaba “atacao”; en esta fauna de los escritores está el típico que se hincha, que engorda ante su público y goza como un marrano al sentirse escuchado y mirado, y en el otro extremo está Ángel Olgoso). Pero lo destacable de ese cuento, al menos para mí, es que me convierte en personaje de él, especie de antagonista con un lenguaje curiosísimo (he sospechado que escondida en el bolsillo de su camisa llevaba una de esas grabadoras modernas y cibernéticas que ocupan lo mismo que una tarjeta de crédito) y con algunas frases hechas muy propias (perdona Ángel, pero te ha faltado aquella de “ese merece que le den un tiro de mierda en mitad de la frente”), así como palabras y alocuciones en catalán, que es mi segunda lengua pues, como sabéis, tengo el honor de ser bilingüe. De modo que Ángel me convierte en eterno, en trascendente, ahora sí. Pues cuando la niebla del olvido se vaya corriendo sobre mi nombre, ahí quedará este cuento de Olgoso para goce de futuras generaciones, como han quedado los de Borges y algunos nos preguntamos a quién o a qué hace referencia cuando el argentino habla de esto o aquello.

Con Miguel Ángel Moleón Viana y Miguel Arnas en la presentación de "Los demonios del lugar"


Otra cosa curiosa y destacable son esas listas o enumeraciones de las que voy a trascribir un ejemplo para que se vea de qué van, porque si bien es cierto que recuerdan las de Perec, también es verdad que nada tienen que ver con ellas. El ejemplo está entresacado de La torre de Hunan, uno de sus cuentos sobre un pintor a quien el rey Luo Meng encarga pintar cada día un objeto, para lo cual lo encierra en esa torre. Y la cita dice así: "Zhu (el pintor) debía convertir cada ganso en fénix, cada cañaza en crisantemo, cada muladar en laca labrada, cada anciano decrépito en grácil joven… el preso dibujó las Diez Mil Cosas, los guijarros y los bueyes, las calabazas y los templos, las nubes y las grullas, las tinajas de grano y las balas de variada seda”. Tal vez haya alguna otra enumeración entre estos 20 cuentos que sea más interesante, pero creo que esta da una idea de cómo construye Ángel sus mundos, porque es un recurso al que a menudo echa mano. 

Amigos, editorial Menoscuarto, Las frutas de la luna, Ángel Olgoso. No se os vaya a escapar porque, por desgracia en este país, las buenas películas duran poco en los cines y los buenos libros, poco en las librerías. Veréis, leer a Ángel es como ir a uno de esos restaurantes donde te sirven poquito pero de aromas y gustos enloquecedores. Y no es pasión de amigo, porque si fuese yo solo quien así piensa quizá debería ir al médico, pero Fernando Valls, José María Merino, David Roas y otros, opinan parecido. 

Con José Abad, Miguel Ángel Contreras, Gärt y Miguel Arnas

domingo, 2 de diciembre de 2018

Escalas de Jacob (homenaje a Fermín López Costero)

A principios de año nos dejó el amigo leonés Fermín López Costero. Como en Granada se editaron sus últimos libros (La fatalidadTeatro de sombras y La costumbre de ser lluvia), la editorial Entorno Gráfico ha inaugurado con un homenaje a su calidad humana y literaria la colección Fidelis Memoriae. El fabulador o Palafitos de sueños es el título de este humilde pero hermoso homenaje, de esta bella y casi artesanal edición al modo de libro intonso, que ha sido coordinada por Francisco Acuyo y que reúne textos de queridos amigos de Fermín como Ángel Olgoso, Ester Folgueral, Carmen Busmayor, Pablo Andrés Escapa, Noemí Sabugal, Magda Robles, Giorga Pordenoni, Paolo Remorini, Isabel Baílez, Carlos Fidalgo y Francisco Acuyo.

A continuación os dejo con el texto de Ángel Escalas de Jacob, que le había dedicado a Fermín en Breviario negro. Y reproduzco con permiso un fragmento del correo que Fermín le envió a propósito de este texto -según Ángel, una exacerbación fantástica medieval de la ruta jacobea-, que da cuenta del espíritu fraternal y de la huella viva dejada entre sus amigos y lectores: 

"Pero no quiero darte la matraca con cuestiones históricas. Prefiero agradecerte la dedicatoria de Escalas de Jacob, un cuento muy hermoso y muy característico de tu estilo. Mi hijo ha aprendido vocabulario con él y abrió unos ojos como platos cuando le dije que tú conocías todas las entradas del diccionario con todas sus acepciones. Tiene once años y, para mi desgracia, me ha salido futbolista".


ESCALAS DE JACOB 


Hacía doscientos años que aquel peregrino trataba de llegar a Santiago. Era simple y gozador, muy afecto al cebón asado y al tinto regoldador, curioso de tierra, canciones y costumbres. Este hijo de un curtidor de Gante, vestido con pañería fina y capa encarnada, que recorría el Camino para campear entre deleites, bien abastecida la bolsa de piel de potro, lo emprendió a buena marcha pero pronto los demonios dieron en entretenerlo con mil pleitos, aquí y allá: le ponían interdictos por servidumbres de paso; lo adormecían durante meses en bosquecillos de ginesta; lo apartaban veredas secretas, lo detenían murallas inesperadas y lo descarriaban neblinas matinales; salían a él los lobos del país; atacábanlo ladrones que lo desvalijaban y debía tocar la campanilla en el torno de los conventos, llegarse de oculto a las colmenas de cortizo, a las sacristías a mendigar una hogaza de candeal y velas de sebo, a los mercados a sisar pájaros en escabeche y aceite de las alcuzas y leche de los jarros vidriados; lo obligaron a nupcias tras catar las dulces mantecas, perfumadas con especias y palos de olor, de la hija que un panadero conservaba en flor; lo mordían perros y lo derribaban caballos garañones; lo avecindaban en oscuros claustros donde un arrullo de latines lo amolecía años enteros; le mandaban vientos traveseros que lo hacían retroceder leguas y leguas... El peregrino, hambriento, desmedrado, sin oficio ni preces, con el parvo hatillo y los pies de penitente maltrechos, nunca conseguía alcanzar Compostela. Su capa, remendada, ya tenía el color de la sopa de nabo y su corazón, con ese lento trenzadillo de mala fortuna, demandas y distracciones, con ese retablo de cansancio y dolores, era el de un alma en pena. Cada día, a punta de alba, el pobre errante echaba las cuentas de la lechera y se veía ya al amparo de los repiques de Santiago. Cada día soñaba que dejaba de trashumar como las bestias, que le daba fin a su sempiterno viaje por el Camino Francés y tenía mesa franca de magras con ajo, de cualquiera carne fácil al diente y, de añadido, jalea de castañas. Cada día se le hacía la boca vino al pensar que se aquietaba en un albergue de la ciudad de Jacobo, cubierto con una manta palentina, que hallaba entre sus piedras un descanso hermoseado por la paz de la muerte. Pero cada día el gallo cantaclaro lo descubría lejos de las mañanas gallegas. Hasta que una vieja de Astorga reconoció al peregrino -cuyo inútil empeño andaba en lenguas de los más del lugar- pordioseando bajo el arco carpanel de la iglesia de San Julián, le puso un cirio bendito entre las manos y recitó un responso. Al punto, mientras las sombras serpentinas de los demonios volaban a través de portaladas y ventanas saeteras, el cuerpo aún joven del peregrino y sus ropas gastadas se pulverizaron según era modo, su osatura se descabezó y sólo quedaron de él los hollines de una hoguera que no se ve arder.

Con Fermín e Isabel




domingo, 25 de noviembre de 2018

Reseña de Cuentos de otro mundo en EntreTanto Magazine

Siempre es un gusto para un escritor ver un libro suyo reeditado, más aún si lo ha sido tres veces. Éste es el caso de Cuentos de otro mundo: tras ganar en 1999 el Premio Caja España y ser publicado en Valladolid, en 2003 fue reeditado por Dauro, y en 2013 por Nazarí en un volumen que puede considerarse la versión definitiva, pues recoge todos los cuentos originales, carece de erratas y se enriquece con un magnífico prólogo de Miguel Ángel Muñoz y una impresionante portada de Santiago Caruso.
Os dejo con una de las reseñas que propició esta nueva edición, la desenfadada de Luis Borrás en EntreTanto Magazine.


RECUPERANDO LA FE


Luis Borrás 


A veces la literatura nos desconcierta. Pero es mucho peor cuando nos defrauda. Cuando se convierte en un lugar al que algunos acceden por tener un padrino electricista y unos cuantos amigos palmeros. 

Podemos entonces convertirnos en camorristas o abandonar asqueados. O podemos leer para olvidar. Leer para olvidar que hemos leído. Buscar la parte de verdad que hay en todo esto y dejar que sean otros los que trafiquen con estampitas. Refugiarnos en un escritor en el que no haya mentira ni amiguismo y que nos reconcilie con la literatura. Leer a Ángel Olgoso. 

Una nueva editorial que se estrena: Nazarí, nos concede ese oportunidad reeditando sus “Cuentos de otro mundo”, un libro en el que se reúnen tres colecciones de microrrelatos: “Mundo murciélago”; “Nuevos cuentos del Folio Club” -los dos de 1996- y “Cuentos alrededor de una mesita de té en el vientre de una ballena” -de 1985-. 

Y esta vista atrás sirve para darle una nueva oportunidad a lo descatalogado y también para comprobar que la maestría de Olgoso no es algo que surgiera por generación espontánea sino que es un embrión que ha ido evolucionando, mejorando y perfeccionándose hasta convertirse en ese reconocido refugio seguro lejos de cualquier podredumbre cortesana y maniobra extraliteraria. 

Y es que las tres colecciones de estos “Cuentos de otro mundo” se presentan de adelante a atrás –de 1996 a 1981- y es posible que se haya hecho así respetando el original -no lo sé-, pero yo hubiera aprovechado la ocasión para hacerlo al revés, es decir, primero lo más antiguo y después lo más nuevo. Y lo hubiera hecho así porque de esa manera se puede apreciar -y disfrutar- mejor esa evolución en la narrativa de Olgoso de la que hablo. 

Es curioso, pero no soy muy aficionado a los microcuentos. Mi desconfianza se debe a que en general esa “nueva narrativa del siglo XXI” se ha convertido en un circo al aire libre para domingueros. Muchos llegan allí y hacen un par de trucos, unas acrobacias, unas piruetas –o lo que es peor cuentan tres o cuatro chistes- y ya por eso se creen estrellas del Cirque du Soleil. 



Y esa teoría la confirma Olgoso con los micros de “Cuentos alrededor de una mesita de té en el vientre de una ballena” (los más antiguos, los de 1981). En esta colección hay un título que le robaría: “El beso de los sonámbulos”, algunos excelentes micros como “Viejo granuja” y “Osolubaf odnum”, pero en general son bastante simplones e incluso alguno que se queda en mera gracieta. Una colección que sigue la fórmula típica de la idea ocurrente, el golpe de ingenio, el chupito y el petardo de peseta. 


En “Mundo murciélago” y “Nuevos cuentos del Folio Club” ese Olgoso veinteañero y barbilampiño a la moda desaparece y nos encontramos diez años después con el escritor reconocible y admirable. Ya no es sólo el chispazo de la idea ingeniosa sino imaginación y mucho más. Y esa evolución es la que marca la diferencia, la que hace que se desmarque de ese pelotón de –bienintencionados o vanidosos- acróbatas domingueros y -contumaces y extasiados- pajilleros. 

Y siendo las dos colecciones del mismo año: 1996, utiliza dos medidas diferentes. En “Mundo murciélago” utiliza el micropárrafo –aunque la mitad de las veces lo alarga hasta la página completa- pero los argumentos no son ya ideas simples y efectistas sino imágenes más complejas y elaboradas y con un lenguaje mucho más rico. Está ese elemento consustancial al micro: la sorpresa; pero es un destino al que se llega paladeando el trayecto. Aparece ya, desde el primero: “Samsara”, ese escritor del adjetivo preciosista y exacto al que tanto admiramos: “el ciclo de reencarnaciones –arbitrarias, maliciosas, extemporáneas- se convierte en un estigma insoportable”. Aparecen ya los temas recurrentes en su narrativa: el difícil ejercicio de la fábula (animales que piensan y hablan) si que resulte un ridículo dibujo animado; la multiplicidad y variedad argumental (el péndulo de ese exotismo escenográfico e histórico y la inquietud científica tan típicas en él); insectos y hombres en universos paralelos que conviven en éste; el reverso, la cara oculta de lo aparente; el humor, lo vulgar y lo fantástico, lo misterioso y lo aterrador; lo lírico, la mirada que se detiene y fija en lo minúsculo; lo descriptivo y su visualización: “A la luz del día polar –escasa, claustral, subsumida- contemplé las resquebrajadas placas de hielo entrechocando furiosamente”. 

Y en “Nuevos cuentos del Folio Club” están todas esas virtudes –con algún resbalón: “El pescador rojo”– en una distancia mayor que supera esa medida estándar del párrafo único para lograr una nueva, personal e innovadora versión del relato breve. 

Como dijo hace poco Menéndez Salmón en la entrevista que le hizo Antonio Fontana en ABC cultural: “…creo que hay mucha literatura banal, mucha literatura que cuenta poco o nada. Hay una literatura que, para mí, es un don; y junto a ella libros intrascendentes que son otra cosa: mercancía, aire”. 

Sí, hay algún día en el que dan ganas de volverse un camorrista o renunciar. En uno de esos días basta con leer a Olgoso para recuperar la fe en la literatura. 




domingo, 18 de noviembre de 2018

La belleza del abismo

Rescato la estupenda reseña que del libro Los líquenes del sueño publicó en el blog El síndrome Chéjov Manuel Moyano, escritor multidisciplinar y creador del Premio Setenil al mejor libro de cuentos publicado en España que, desde 2004, convoca anualmente el ayuntamiento de Molina de Segura (Murcia). Antes de hablar de Los líquenes del sueño, donde Olgoso reunió los relatos escritos entre 1980 y 1995, Manuel Moyano pone en su contexto la obra de Ángel.


Alfred Kubin




LA BELLEZA DEL ABISMO 

Manuel Moyano 


La publicación en 2007 de Los demonios del lugar hizo que muchos se fijaran en un autor hasta entonces apenas conocido, Ángel Olgoso (Granada, 1961), quien sin embargo llevaba tres decenios confeccionando maravillosos textos breves, casi siempre de contenido fantástico, con la paciencia y la delicadeza de un miniaturista medioeval. Dicho libro, que Miguel Ángel Muñoz ha calificado de “enciclopedia del relato fantástico”, evidenciaba algunas de las mayores virtudes de este escritor andaluz con raíces gallegas y célticas. 

En primer lugar, una prosa brillante, de cualidades sensoriales, que más que leerse se degusta, y en la que cada palabra tiene un peso específico y ha sido elegida con todo cuidado (Olgoso se refiere a su propia labor como “taraceado”). En segundo lugar, una gran profusión de referentes culturales, de vocación cosmopolita, que, lejos de estorbar, enriquecen el texto y forman parte de su misma esencia. En tercer lugar, una imaginación tan fértil como oscura (o perversa), capaz de generar multitud de historias, en diferentes registros, y sobre la que orbita una visión poco optimista del hombre y del universo, aunque todo ello bajo el tamiz del humor. 

Todo ello conduciría a la que, a mi entender, es la principal cualidad de Olgoso, y que respondería a la máxima de Juan Ramón Jiménez: “El verdadero arte no debe mostrar, sino evocar”. En efecto, cada una de sus páginas parece trasladarnos a otro mundo, a viajes realizados o soñados, a lecturas de la adolescencia, a historias escuchadas junto al fuego en una noche de campamento. En sus párrafos puede sentirse el olor de la pólvora, el tacto de un vestido vaporoso, los murmullos de la selva, el sabor de un licor añejo, los destellos del sol sobre la coraza de un guerrero o sobre la carrocería de un viejo automóvil.



Con posterioridad a la publicación de Los demonios del lugar (Almuzara, 2007) han aparecido en poco tiempo dos nuevos volúmenes con la firma de Ángel Olgoso: Astrolabio (Cuadernos del Vigía, 2008) y La máquina de languidecer (Páginas de Espuma, 2010). Su figura no ha dejado de crecer en este último trienio y su obra ha sido objeto de ensayos académicos tanto en España como en Sudamérica (entre ellos, podríamos destacar los textos de Irene Andres-Suárez y de Fernando Valls, o el monográfico que le ha dedicado la revista hispanoamericana de ficción breve ‘Fix 100’, editada en Perú). Cualquier estudio que tratara hoy día sobre narrativa fantástica en nuestra lengua, o sobre microrrelato (género en el que Olgoso se ha alzado como uno de sus practicantes más brillantes), quedaría incompleto si no se citara su nombre. Incluso Jesús Ortega ha llegado a acuñar el término “olgosiano” para referirse al modo en que este autor refleja el mundo a través de su arte. Puede decirse, por tanto, que Ángel Olgoso ha alcanzado un estilo propio y reconocible, lo que constituye la máxima aspiración de todo artista.

En este contexto, resulta significativa la aparición ahora de Los líquenes del sueño (Tropo Editores, 2010), objeto de esta reseña. Si bien es el último libro publicado de Olgoso, en realidad se trata de una reedición del hoy inencontrable Granada, año 2039 y otros relatos (Comares, 2000), una ‘summa’ de sus primeros quince años de escritura de relatos que el autor ha lavado y remozado para la ocasión. Este afortunado rescate permite comprobar que muchas de las características que han venido conformando el estilo olgosiano estaban ya desde el principio, latentes o bien patentes: la belleza de la prosa, los títulos sorprendentes, la riqueza léxica (entresaco algunas palabras como cascabullos, esmegma, basárides, narguiles), el humor, la sátira, la truculencia, la erudición, el delirio surrealista, el sentido de la maravilla, el eco de otros autores y culturas... Sólo achacaría a este libro el efectismo de algunos finales o el cripticismo de algunos textos, aspectos de los que Olgoso ha ido desprendiéndose con el tiempo y que apenas pesan sobre el conjunto, puesto que su poder de evocación lo domina todo.



Léon_Spilliaert


El libro se divide en seis partes. De la primera, Las mixtiones naturales, destacaría un relato largo, El perro verde, protagonizado por un campesino que se cree perro de caza y donde Olgoso adopta un registro propio de Delibes o de García Pavón. También resaltaría Preludio para la siesta de un buzo, en el que dos gemelos intercambian su destino, o Días felices, cuyo narrador es una montaña; la montaña dice así: 

"Enclavado, inmóvil, la cabeza hacia el noroeste, siempre me he considerado un privilegiado. Enriquecido por todas las estaciones del año, perfumado. Mi limo reabsorbe el olor de limo de las turberas y las semillas de bejuco que despereza el viento. Mi abdomen es de carbón. Mi corazón de ónice coloreado. Despliego graciosamente las extremidades hasta las pequeñas poblaciones del valle, de tal manera que los habitantes humanos lo agradecen besando mi musgo fresco y pellizcando el hinojo silvestre que crece en mi frente". 


En la segunda parte, Gabinete victoriano, Olgoso despliega toda la artillería y consigue que recuperemos el placer de la lectura que una vez pudimos sentir ante los libros de Arthur Conan Doyle, de Joseph Conrad o de Rudyard Kipling. Además de El manuscrito de Argyll Moor (una investigación sobre el Más Allá que remite también a Poe), se encuentra en esta parte la que es, sin duda, una de las piezas más ensalzables del libro, El lecho celeste del doctor Graham, un relato holmesiano que termina con un imprevisible giro erótico y del que no me resisto a copiar el siguiente párrafo, pues creo que demuestra hasta qué altura puede llegar la prosa de Olgoso: 

"La tormenta había cesado, la señora Hudson abrillantaba abajo las tulipas flamígeras mientras canturreaba para sí ‘Paddy me está guiñando el ojo’, la tierra giraba, el corazón de lord Byron latía en su urna de la iglesia de Hucknall, ciertos viajeros tomaban asiento en el correo de Edimburgo, el recipiente portapipas de raíz de brezo bostezaba, volvía el dolor a los heridos en la batalla de Balaklava, y la luna extraía reflejos metálicos de los adornos en los arneses de los carruajes y de los ojos de un rastreador de cloaca que asomó de pronto la cabeza sobre los adoquines del Strand". 


Léon Spilliaert



La cuarta parte del libro, Los baobabs, es seguramente la más redonda, pues casi todas sus piezas son especialmente memorables: Wu (un mendigo cuenta sus sucesivas reencarnaciones al estudiante que le ha ayudado), Franz y los ornitorrincos (el protagonista se enfrenta a una realidad subvertida, poblada por seres deformes), Botany Bay Blues (un científico es abandonado en una isla para estudiar su fauna), Los uiji (sobre una tribu que regatea al revés, al alza), Daiquiri (ambientado en los mares del Sur) o Espadas negras (un cuento oriental). 

Sin ánimo de ser exhaustivo, destacaré de la quinta parte (Cuentos del fumadero), las piezas Licor de sombras y Van Utt y el millar de mundos, con su sorprendente e irónico final; y de la sexta parte (Coreografías del guardagujas alegre, eminentemente surrealista) el relato Contratiempos, cuyo protagonista, Fulvio Roldán, acude a su primera entrevista de trabajo con 45 años y ha de enfrentarse a los más delirantes obstáculos. 

Éste es, en cualquier caso, un libro que no admite una lectura despreocupada ni apresurada y que hay que tomar a sorbos: sus páginas son demasiado densas para hacerlo de otro modo. Algunos de sus textos tampoco deben leerse estrictamente como cuentos, ya que no se ajustan al tradicional esquema de principio, nudo y desenlace: hay que disfrutar de forma individual de cada línea, de cada párrafo, de cada página, como fines en sí mismos, no como medios al servicio de un fin. 

Los líquenes del sueño nos permite, en definitiva, acercarnos a la obra primera de un autor de creciente prestigio que, como Borges, no se debe a ninguna tradición sino que las asume todas; un autor que puede adoptar los modos de un escritor inglés del siglo XIX, de un narrador oriental o de un escritor español del siglo XVI, pero conservando siempre ese estilo personal -hermoso, oscuro, irónico, fantástico, evocador- que se ha dado en llamar olgosiano.


Manuel Moyano nació en Córdoba en 1963 y desde 1991 reside en Molina de Segura (Murcia). Es autor de las novelas: "El imperio de Yegorov" (Finalista Premio Herralde), "La coartada del diablo"(Premio Tristana de Novela Fantástica), "La agenda negra", "El abismo verde" y "La hipótesis Saint-Germain" (Premio Carolina Coronado). Como cuentista ha publicado "El amigo de Kafka" (Premio Tigre Juan), "El oro celeste", "El experimento Wolberg" y "Teatro de ceniza". Es también autor del volumen misceláneo "La memoria de la especie" y del libro de viajes "Travesía americana". Los títulos que componen su trilogía antropológica participan de la narrativa y del ensayo y son fruto de trabajos de campo en la Región de Murcia: "Galería de apátridas", "El lobo de Periago" y "Dietario mágico". Licenciado como ingeniero agrónomo por la Universidad de Córdoba, en la actualidad trabaja en la gestión cultural. Es miembro de la Orden del Meteorito de Molina de Segura y sátrapa trascendente por el Institutum Pataphysicum Granatensis. 

sábado, 10 de noviembre de 2018

Invitación para entrar en la obra plástica de Ángel Olgoso

Con estas palabras pretendí reivindicar la obra gráfica de Ángel Olgoso, sus collages fantásticos en el doble sentido, que son un aspecto no tan conocido de su labor creativa. Creo que es muy importante tenerlos en cuenta para poder hacer una valoración integral del escritor, porque opino que sus relatos y sus imágenes forman parte de un mismo tronco, de su particular visión del mundo. 
Aquella inolvidable tarde en la Casa de América de Madrid, acompañamos a los coordinadores de Nocturnario. 101 imágenes y 101 escrituras (José María Merino y Ángel), los escritores Rosa Montero, Andrés Ibáñez y una servidora. Tras la presentación, algunos de los cien autores que participaron en el libro leyeron sus textos.



INVITACIÓN PARA ENTRAR EN LA OBRA PLÁSTICA DE ÁNGEL OLGOSO 


Marina Tapia


He tenido la suerte de crecer en una familia de pintores y poetas; he contemplado, en mi padre y en mi madre, esa ansia de encontrar un lenguaje propio, un estilo; los he visto inmersos en el trance de la creación, en ese dialogar íntimo con un cuadro, con una hoja en blanco, o deambular por los pasillos de la casa de Valparaíso abstraídos buscando una idea para completar la nueva serie de pinturas que realizaban, como hipnotizados, hablando solos, leyendo en voz alta, haciendo bocetos en el aire. He sido testigo y partícipe de la celebración, del espíritu de fiesta que llenaba el hogar cuando mi padre daba por terminado un poema y lo compartía con nosotros, o la alegría contagiosa que transmitía mi madre al buscar, por todos los rincones del taller, plásticos, tuercas, objetos en desuso para realizar sus “matéricos”. Por eso me es familiar esa forma con la que Ángel navega entre lenguajes. Le imagino deslumbrado en el proceso de crear, haciendo acopio de material, recortando, pensando, probando combinaciones, trabajando en sus collages con entrega, paciencia y pasión, con la actitud seria –pero a la vez ligera– que tiene un niño cuando juega con los elementos del mundo que descubre, actitud fundamental que posee el artista genuino. Por eso nos deslumbran, por eso es fácil dejarnos envolver con la capa traslúcida de sus visiones, porque en su obra –tanto en la plástica como en la narrativa– hay un entusiasmo febril y auténtico que el lector siente y reconoce; un mundo único poblado de historias extrañas y perspectivas perturbadoras; un cosmos sombrío pero lleno de maravillas; una formidable potencia imaginativa y una versatilidad asombrosa; una luz que traspasa, una llamada a reflexionar, a despertar, a estar atento. Después de leerle, de acercarnos a su universo, no volveremos a estar situados en el mismo punto en el que nos encontrábamos antes de tan intensa experiencia: es un autor transformador, que encamina al ojo hacia nuevas posibilidades de mirar, que invita a percibir la cotidianidad de otra manera, a atrevernos a cuestionarlo todo, a no quedarnos en la superficie. Y creo que esta capacidad solo la logra la buena literatura, el arte verdadero. Esta alquimia no es posible sin riesgo, sin compromiso; no hallaremos la sustancia que nos ofrece su obra en la literatura complaciente con las modas y gustos del momento. Las creaciones de Ángel parten de una imperiosa necesidad de contar, de fabular, de sumergir a un lector-espectador en esos parajes que se encuentran en los bordes de nuestra realidad. Su lector pasará a tener una actitud activa, será permeable a lo que lee o contempla porque, insisto, la obra de Ángel Olgoso transforma. 



Él bucea en la palabra escondida tras la imagen, dota de vida, de diálogos y gestos una estampa quieta (que antes tenía una sola lectura, que ilustraba un determinado capítulo o pasaje de un libro). Sus collages son una muestra visible de que el arte puede transmutar la materia desde la cual parte, que el arte tiene múltiples vías de expresión, puentes donde se comunican las distintas disciplinas que lo conforman, donde se dan la mano para alumbrar algo único, cargado de sentido y que puede hermanar y redefinir los conceptos de belleza y verdad. 


Es sus collages viaja, va de un tiempo a otro y de una esfera a otra, con sutileza realiza una perfecta integración de distintos personajes, ambientes y escenarios. Podemos degustar en ellos elementos irónicos y contestatarios, mágicos y surrealistas, costumbristas y apocalípticos, minimalistas y barrocos, poéticos y realistas, y en todos encontraremos la postura del autor, su mirada analítica que recorre la vida y la muerte, todas las épocas de la historia, todas las clases sociales, toda la humanidad.


Por eso, os invito a entrar en la mansión de su obra, en ese palacio de las imaginaciones, os emplazo a cruzar la puerta de este libro, quiero que tengáis la ventura de conocer, de transitar, de dialogar con ese mundo preñado de posibilidades, de beber el agua de los aljibes que este autor levanta en el desierto.


Cuando se ha tenido la suerte de leer todos y cada uno del más de medio millar de relatos de Ángel Olgoso, se advierte en seguida que el centenar de imágenes suyas que ilustran Nocturnario es otro hijo legítimo de su fecunda imaginación; otra faceta de este poeta de la narrativa, que forma parte de una obra coherente y de abrumadora belleza; otra prueba de que cuando se tienen alas para volar no importa el lugar si hay aire donde moverlas, ya sea abriéndose paso a través de la prosa repujada o de las líneas tramadas de los grabados.
 

domingo, 4 de noviembre de 2018

Presentación y entrevista a Jesús Ortega


Hoy traigo el divertido texto que Ángel Olgoso leyó en una velada matinal celebrada en la Biblioteca de Andalucía de Granada el 5 de mayo de 2012 (en plena efervescencia del Gran Saqueo, como él llama a esta supuesta crisis económica de la que no se sabe si emergeremos algún día) en torno a la obra y la valoración de Jesús Ortega, y las preguntas con que abordó los libros de éste hasta la fecha, su modus operandi y su opinión sobre el género del relato.


Con Jesús Ortega, J. J. Muñoz Rengel y Miguel Ángel Zapata en la presentación de "La máquina de languidecer" en la librería Tres Rosas Amarillas, de Madrid.



Buenos días a todos. Por lo que veo -y como diría Macedonio Fernández- son tantos los ausentes que si falta uno más no cabe. Conviene aclarar que estaba previsto que la presentación la hiciera El Gran Wyoming o, en su defecto, Andreu Buenafuente, pero Jesús se empecinó en que quería a un presentador verdaderamente gracioso. Y, por lo visto, Juan Carlos Friebe, que organiza de maravilla estos encuentros, entendió -por lo de la rima- que Jesús quería como presentador a Olgoso. Desde entonces los estoy viendo a los dos en mis más selectas pesadillas. Ya en serio: cuando Jesús se acercó a mi inexpugnable torre de marfil y me propuso que presentara su lectura, mi primera reacción ante tal eventualidad fue hacer la maleta y huir a Laponia. Luego estuve varios días con el vello de punta y, haciendo un esfuerzo sobrehumano para serenarme, únicamente perdí diez kilos (he aquí la evidencia) Hasta que comprendí que Jesús no iba a ceder por mucho que le insistiera acerca de mi timidez patológica (debida probablemente a alguna tara en mi débil constitución mental), por mucho que lo alertara de que con toda seguridad mi torpe y extraña presencia estropearía su acto; o por mucho que le repitiera esa sabia máxima del crítico alemán Reich-Ranicki: pedirle a un escritor que entienda de literatura es como pedirle a un pájaro que entienda de ornitología. Hasta que comprendí, además, que no podía rechazar el privilegio de presentar a uno de los más interesantes homme de lettres que tenemos en Granada y, de paso, aprovechar para airearme un poco la cabeza de la pesadilla, del genocidio socioeconómico, de la absoluta perplejidad, del Mare Tenebrarum en el que los nuevos y desbocados señores feudales nos sumergen a diario, en un momento en que -para decirlo al modo del actor y borrachín W. C. Fields- la situación está preñada de notable peligro, en un momento en que -para decirlo al modo bíblico- se verifica que no son precisamente los mansos los que van a heredar la tierra. Así que, como estaba claro que no había más remedio, decidí arrastrarme hoy hasta aquí, a la Biblioteca de Andalucía. No obstante, Jesús, demostrando un sadismo desconocido en alguien de su bonhomía, me puso aún más nervioso si cabe al decirme que deseaba un acto informal, sin papeles por medio, como si estuviéramos en la terraza del Café Fútbol, y que presumiría de haber sido el primero en conseguirlo (se siente, Jesús, otra vez será -digo mostrando victoriosamente los folios- esta acotación no tenía que leerla). Sin duda era loable su intención, sin duda quería arrojarme a la piscina para que aprendiera a nadar o me ahogara de una vez, sin duda pretendía ahorrarme un mes de pulimento de los dos folios de la presentación, pero yo no podía dejar de verla en todo momento como una traición artera de Jesús. Ahora que ya ésta ya se ha consumado, aunque sea a medias, ahora que estamos tan cómodos como en la terraza del Café Fútbol, no sé si hacer uso de una retórica proverbial para interrogarlo sobre su obra o para preguntarle si quiere un mojito o un chocolate con churros...



Todos conocéis los múltiples talentos de Jesús Ortega: su labor editorial, tan exigente e impagable como discreta; la finura y profundidad de sus aforismos o esquirlas y, sobre todo, de los comentarios, reseñas y análisis que colgó en su blog (no puedo dejar de llamar la atención sobre una de estas piezas, la llamada Mi Sherwood Anderson, en mi opinión, una de las mejores críticas literarias que se hayan escrito nunca en este país); su interés proteico por cualquier aspecto relacionado con la escritura, su destreza de zahorí para detectar la existencia de flujos magnéticos desconocidos, de vetas literarias subterráneas (véase si no el reciente "Proyecto Escritorio", con el que está consiguiendo dar a conocer una zona de sombra en la labor creadora, la intersección entre el espacio físico y el momento de trabajo del propio escritor); incluso me han llegado rumores -épicos, míticos- de su habilidad como bailarín, y rumores -menos legendarios es cierto- de su destreza futbolística, etc. etc. Pero la faceta en la que brilla con luz propia, y por la que estamos hoy aquí, es la de autor de relatos. 

1ª) Para abrir fuego, Jesús, mi impresión es que si tu primer libro, El clavo en la pared, era un magnífico volumen compuesto por relatos potentes, afilados y dolorosos como sugiere el título, pero también melancólicos, el segundo, Calle Aristóteles, supone una reafirmación y un salto cualitativo, y contiene un texto con vocación de clásico,Pájaros. ¿Cuál es la percepción que tiene desde tu obra desde dentro del bosque? 


2ª) Yo tengo el gusto viciado por lo fantástico, sin embargo reconozco que me resulta bastante grato el naturalismo de tus cuentos, no sólo por la acuñación eficaz de las palabras, por el juego de piernas que realizas con las distintas voces, sino porque las cosas suceden con fluidez, porque logras transmitir con limpieza las relaciones entre los personajes, sus sensaciones, sus ideas y sus sentimientos.¿Qué importancia le das al sentido de la observación?

Con Jesús Ortega y Miguel Ángel Muñoz en la presentación de "Los líquenes del sueño" en la Casa de los Tiros


3ª) Al releer tus relatos, he visto los textos El zurdoLa segunda vez (de El clavo en la pared) como unos primeros esbozos de Pájaros, en los que el foco se desplaza de los tebeos, la escritura o las redacciones escolares a la vocación ornitológica. ¿Es así o sólo coinciden en que tienen el mismo el marco, el de la infancia? 


4ª) Tus finales me parecen muy sugestivos, abiertos, minimalistas, como si resonaran al final del relato con una estruendosa delicadeza. Recordemos algunos: “Le salió una figura extraña, un borrón ilegible”. “Y ahora estoy aquí”. “Y abrió la puerta con todo el cuidado del mundo”. “Estamos en paz”. “Tratando de imaginar lo que se le venía encima”. “Alza un brazo y la llama, y eso es todo”. “Y me dará otra oportunidad”. “Pero no cedió a la tentación”. “No me dejes sola”. “Vámonos, dijo”, etc. ¿Qué importancia le das al remate del texto? ¿Sales de viaje con el final ya en la mochila, te lo encuentras por el camino o lo buscas desesperadamente a última hora? 

5ª) En tus relatos no quedan residuos visibles del caudal de lecturas, tu cultura libresca se ha filtrado a la perfección en la malla narrativa hasta pasar desapercibida, no así el lógico cosmopolitismo de tus viajes. ¿Tu máxima aspiración es quizá conmover a través de ese estilo invisible que se señala en la contraportada? 



6ª) En el relato Sin querer usas la segunda persona; utilizas los monólogos en esas lecciones de oralidad que son Mal de ojoCalle Aristóteles y Cara de llamarse Antonio (para el que quiera ver esta técnica llevada al paroxismo puede leer también el relato de Boris Vian Martin me telefoneó); y, En otros espejos te ejercitas en una de esas “progresiones” tan queridas a Dino Buzzati, en las que un texto comienza afirmando categóricamente un supuesto para darle poco a poco la vuelta hasta acabar en el extremo contrario. ¿Te interesa experimentar, forzar los límites de la narración, o te pliegas por entero a las exigencias de cada historia? 


7ª) Con frecuencia insistes en sobreentender que no me gustan los tacos en tus relatos, algo que nunca he dicho: sí reconozco que no me gusta demasiado la realidad presentada en crudo. Supongo que si el texto lo precisa, adelante, pero quizá no habría que confundir la autenticidad con el buen gusto, el retrato fiel de lo ordinario con esa elevación sensorial o espiritual que debe procurar el arte. Un ejemplo: en un determinado momento del maravilloso relato Bésame, el protagonista de esta dramática historia de desamor le dice al gato “Soy yo, gilipollas” y le da una patada. A mi parecer, con la patada hubiera sido más que suficiente y el insulto no haría chirriar la perfección formal del relato. Sin embargo, los “joder” de Un clavo en la pared y “esta mierda de ciudad” en Calle Aristóteles sí parecen algo más pertinentes. 


8ª) ¿Crees que el relato se va abriendo camino en el corazón de los lectores? 

9ª) En la línea de un cuento dices “El destino no es más que el cumplimiento de los temores”: ¿Perteneces a la fraternidad de autores que siempre serán fieles al género (bien por predisposición genética, por cabezonería, por falta de talento para otra cosa como un servidor) o tienes ya planeado algún escarceo libinidoso con una de esas pelanduscas rollizas y acaparadoras a las que llaman novelas? 


10ª) Para responder a posibles interpelaciones por parte del presentado: 


-Me acojo a la Quinta Enmienda. 

-Te contesto si me concedes una semana para preparar la respuesta y pulirla. 


-"La esencia es esencial, y la forma es formal, pero la forma es la formalidad de la esencia" (Rémy de Gourmont). 


-Pascal dijo del hombre: si se ensalza, lo rebajo, si se rebaja, lo ensalzo. 


Con Miguel Ángel Muñoz y Jesús Ortega tras la presentación de "Los líquenes del sueño"

domingo, 28 de octubre de 2018

Astrolabio ilustrado (12)

Los bajíos es uno de mis relatos preferidos de Ángel, en el que se presenta la mitología desde una óptica más realista, más corpórea, con mayor detalle, y en el que el destino -del que las sirenas ansían huir- se fusiona con la rutina, más que con la tragedia, como era habitual en el mundo griego. En esta ilustración también decidí cambiar la perspectiva y que no apareciera el tradicional marinero. 
Se acompaña la entrada con el audio del texto leído por Roberto Martínez Mancebo.



LOS BAJÍOS 


Se untan con pomadas para cicatrizar las terribles grietas que deja en su piel la humedad constante y reblandecedora. Frotan sin piedad sus uñas con estropajos y perfuman su cuerpo con artemisa y lavanda para enmascarar el hedor a pescado. Toman infusiones con miel para suavizar sus destrozadas cuerdas vocales. Pero el efecto es poco duradero: ningún emplasto las libra del dolor de garganta, de las profundas estrías, del sabor submarino a algas que prevalece sobre cualquier empeño. Y, rendidas, vuelven disciplinadamente a su ocupación, como bestias uncidas al yugo, como esos niños con las orejas clavadas al banco de trabajo en la fábrica, regresan a su puesto en esta isla rocosa sin discutir la índole de su tarea, doce horas con el agua hasta la cintura, absortas entre las piedras infestadas de minúsculos cangrejos, percebes y pulgas de mar, en compañía de los cormoranes, de las flagelaciones de espuma, de la rutinaria pesadilla de las tormentas, del gemido agónico de los ahogados, siempre ojo avizor tras cualquier barco que cabotea cerca o hace ondear las velas, las grímpolas y las flámulas, llorando en silencio, soñando con subir a bordo y escapar lejos de estos bajíos, surcar las aguas crestadas de blanco hacia no importa qué país, perderse tierra adentro en un bosque de hayas, en un desierto quemado por el sol salvaje, en una atronadora ciudad, en las herbosas laderas de una montaña. Mientras tanto, la sombría marea baja les absorbe la vitalidad y sienten que su piel se va apagando como la de un lagarto que acabase de morir, ya no es más que un manchón de plata, con largos cabellos apresados en salitre y esa pronunciación de escamas abajo. Sin embargo, a pesar de todo, aún cantan con exquisita dulzura, quizá lo hagan al dictado de arcaicas servidumbres, pero cantan sin parar, aún cautivan, aún entonan promesas que atraerán irresistiblemente a marinos incautos.



sábado, 20 de octubre de 2018

Breves juegos literarios


En "La sombra del ciprés", suplemento cultural del diario El Norte de Castilla, Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan publicó esta medida reseña de Breviario negro. En ella hace hincapié en la versatilidad y la pasión por los cuentos de Ángel Olgoso, cuya obra desmiente la tesis del realismo inherente a la literatura española.

Victor Delhez


BREVES JUEGOS LITERARIOS 

Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan*


Ángel Olgoso es en estos momentos uno de los cuentistas más solventes que hay en España. Su labor, continuada en el tiempo, muestra la exigencia de quien no se conforma con entregar bagatelas a la prensa. Sus relatos suelen tener hechuras consistentes que dejan al lector con buen sabor de boca y ganas de leer más. 

En Breviario negro Olgoso vuelve sobre algunos temas y formas que había explorado con anterioridad. El libro es, como indica su título, un compendio de lo fantástico y figuras aledañas. Lo fantástico, ya inmersos en el siglo XXI, no puede entenderse a la manera decimonónica exclusivamente. El surrealismo, la angustia existencial de Franz Kafka, el juego literario de Julio Cortázar, por señalar algunos hitos del siglo XX, o la obra de Juan Perucho y Álvaro Cunqueiro, restringidos a la cultura española, obligan a una apertura de lo fantástico hacia zonas en ocasiones alejadas pero nunca ajenas. 

Olgoso da al lector cuarenta y una narraciones breves, muy breves –de las que hoy en día llamamos microcuentos pero podríamos también denominar viñetas o apólogos o fábulas, si la moda no nos hubiese llevado a preterir tales términos. Las narraciones, ya lo he dicho, vagan por la vecindad de lo fantástico en sus varias modalidades: hay algunas que tienen una impronta propia del surrealismo, otras en las que la huella de Kafka es evidente. Muchas están ambientadas en la Edad Media o en una edad pasada indefinida y actúan como bellas evocaciones de tiempos remotos. Otras bordean el presente, también indefinido, para acercarse a corrientes más o menos en boga, como es el caso de ‘Cartografía’ en el que un cuerpo es un mapa que alguien puede recorrer. Hay otros cuentos que son también una reflexión sobre la escritura, así, ‘Palabras, destierros, máscaras’, que merodea por la metaficción posmoderna; o sobre la ficción, por ejemplo, en ‘El Palacio de las imaginaciones’ que comienza del siguiente modo: «En este lugar inexistente donde todo el mundo ha estado alguna vez». El libro se abre con ‘Cartografía’, en cierto sentido una invitación a explorar el mundo y la literatura; y se cierra con ‘Aghone’ con su clara referencia a Las mil y una noches y su inacabable invitación a contar cuentos. 


José Hernández


No son pocos los debates sobre el realismo inherente a la literatura española. Tampoco es menos cierto que hay abundantes obras que desmienten dicho aserto, aunque haya quienes aún no se han enterado y repitan machaconamente que el realismo está en la esencia de la literatura española. Olgoso demuestra por la vía de los hechos que no es así. En Breviario negro exhibe una extraordinaria asimilación de toda aquella literatura que ha privilegiado el componente fantástico o fantasioso por encima de la representación realista del mundo. 


Son cuentos donde nada sobra y la economía literaria ayuda a que las narraciones sean intensas. Nadie espere anécdotas o historias en las que el final sorprendente lastre la narración. Ni ingenioso ni predecible –los dos grandes males de los escritores de hoy–, Olgoso logra breves narraciones por el simple procedimiento de solo fijarse en lo esencial y despojar de lo accesorio a sus narraciones. Tampoco es moderno en el sentido de estar de moda o dejarse llevar por lo que ahora causa furor. Fuera del tiempo, el libro aguantará bien su paso no solo para solaz de futuras generaciones, también para el de los relectores.

Victor Delhez


*Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan (Zaragoza, 1968) es profesor de Literatura Norteamericana y Literatura poscolonial en la Universidad de Valladolid. Fue becario SAAS/ Fullbright en 2005. Ha sido investigador visitante en la Universidad de Colorado en Boulder. 
Le interesa sobre todo el cuento norteamericano, el ensayo poscolonial y las relaciones literarias entre Estados Unidos y España. Entre sus publicaciones destacan la edición y traducción de unos cuentos de Henry James, "Daisy Miller, Otra vuelta de tuerca y otros cuentos" (Espasa Calpe, 2005), "Antología del cuento grotesco" (Espasa Calpe, 2007) y "En torno a los márgenes. Ensayos de literatura poscolonial" (Minotauro digital/ Minobitia, 2009). 
Colabora también con asiduidad en la prensa cultural. Entre las revistas en las que ha publicado artículos o reseñas destacan Lateral, Archipiélago y Turia.

domingo, 14 de octubre de 2018

Astrolabio ilustrado (11)

Al abordar la ilustración de este relato de Astrolabio quise unir la figura del ventilador a la de un faro, que vigila a la pareja mientras duerme a la deriva en el mar de los sueños. Me gusta la idea de los objetos que se transforman. Creo que muchos relatos de Ángel apuntan a las metamorfosis, a la polivalencia de los artefactos, a la vida secreta de las cosas inanimadas. Me pareció interesante fusionar la luz y el aire como elementos perturbadores de nuestra tranquilidad. No le quitéis ojo a esas piezas mecánicas, aparentemente inofensivas, que os rodean o velan vuestro sueño. 




ARTÍCULO GENUINO 



La pareja duerme. Un ventilador con cabeza oscilante, de pie frente a la cama, vela los cuerpos. Sus aspas giran veloces y sigilosas, de un lado a otro, sin interrupción. En el calor nocturno todo está quieto, distendido, aletargado, en silencio, salvo el mecanismo que hace bascular la redonda cabeza del ventilador, obsequioso y altanero a un tiempo, pugnaz pero con movimientos inequívocamente controlados, como si mirara a la derecha, evaluando los detalles a la vista, y luego vigilara su izquierda, embistiendo de la manera servil que imaginamos en una máquina. El ventilador domina el espacio sin desfallecer, lame incansable los dos cuerpos con lengüetazos de suaves masas de aire removido. La pareja descansa, no se precave del rumor, de la leve vibración vertiginosa, de la compañía inquieta y familiarizada con sus secretos que todas las noches se orienta en la oscuridad, delineándola, segándola, en un punto ciego entre la indiferencia y la determinación. La pareja sueña despreocupadamente, vuela sin sobresaltos, ajena al movimiento acompasado e implacable del ventilador, a su morbosidad de centinela fiel, a su obsesivo zumbido, a su monotonía despiadada.

sábado, 6 de octubre de 2018

El universo en la punta de los dedos

En su impecable e imprescindible blog de reseñas Anotaciones al margen, el escritor peruano Félix Terrones dedicó una reseña entusiasta -que ahora compartimos- al último libro de relatos publicado por Ángel Olgoso, Breviario negro.
Las imágenes son cuadros de la inconfundible pintora surrealista Remedios Varo.



EL UNIVERSO EN LA PUNTA DE LOS DEDOS: BREVIARIO NEGRO DE ÁNGEL OLGOSO


Félix Terrones*



El escritor español Ángel Olgoso ha sabido ganarse a pulso un lugar entre los lectores hispanohablantes. Desde su primer libro, titulado Los días subterráneos, el autor granadino ha planteado situaciones y atmósferas únicas, personales, en las que el lenguaje adquiere un lugar preponderante. Pese a la calidad literaria que le caracteriza, durante mucho tiempo los lectores de Olgoso se restringieron a un selecto círculo de adeptos, acaso debería decir fieles, que esperaban cada una de sus nuevas publicaciones con el vértigo de quienes serán sometidos a experiencias límite. Sin embargo, lentamente, gracias a las recomendaciones, los consejos, las conversaciones, en resumidas cuentas esa manera tan sana que todavía tienen los lectores de poder dar a conocer distintos escritores, el autor de Cuentos de otro mundo se ha ido asentando como un referente cuando se trata de formas breves, sean éstas cuentos, relatos o microficciones. Hoy por hoy, podemos decir, sin temor a equivocarnos, ni a pecar de exagerados, que las formas breves en España están representadas por tres nombres: José María Merino, Eloy Tizón y Ángel Olgoso. Los tres son escritores de intereses literarios divergentes, aunque se les puede reunir por la alta exigencia y variedad de sus ficciones. Para esos escritores la literatura supone una apuesta arriesgada por la búsqueda permanente de originalidad, así como una inusual discreción, por no decir elegancia, muy escasa en nuestros tiempos, como actores públicos.


Breviario negro es la última colección de ficciones de Ángel Olgoso. Conformada por poco más de cuarenta relatos puede ser leída como un acabado ejemplo de la literatura del granadino. Como en anteriores entregas, presenta historias, todas más o menos breves, en la que se conjuga un cuidado permanente por contar, elaborar historias sin descanso, junto con la inquietud de hacerlo mediante una persuasiva exploración formal. Tomo como ejemplo, para clarificar lo que digo, el comienzo del relato “Cartografía”: Sara es un mapa que puede doblarse a sí mismo hasta hacerse infinitesimal y desplegarse hasta descubrirme que todos los lugares están ahí. En una sola oración, de manera sintética, el narrador nos introduce en ese espacio doblemente ficcional (literario y topográfico) que es Sara. Además, no deja de resultar inquietante ese efecto tipo acordeón que realiza al cerrarse hasta lo infinito para, inmediatamente después, abrirse hacia lo universal. El torbellino de la paradoja, la inquietud de los opuestos reunidos se encuentran formulados en una oración sinuosa y llena de misterio que en sí contiene todo el arte del granadino.



Me gustaría subrayar, en este sentido, la capacidad inventiva del autor, quien con el mismo desparpajo nos introduce en salones franceses decimonónicos, milenarias ensoñaciones chinescas, palacetes árabes, habitaciones de ancianas cansadas, entre muchos otros espacios y situaciones. Si muchas veces el poder de fabulación es dejado de lado por escritores que se esconden detrás de las piruetas técnicas, el fácil psicologismo, el repertorio de palabras, en el caso de Ángel Olgoso éste se plantea a sí mismo como el centro de todo. Cada uno de los relatos es la prueba de una imaginación tan desbordante como rigurosa. Poco importa si Olgoso no ha sido pintor decimonónico, escritor alemán de comienzos de siglo, solo para dar dos ejemplos, cuando la imaginación fabula y al hacerlo crea esa sensación de verosimilitud sustentada nada menos que en las frágiles palabras. Escribo frágiles y de inmediato me quiero corregir porque cuando se trata del autor de Breviario negro sus relatos tienen la solidez de aquellos que salen de boca de nuestras abuelas; es decir, existen porque la imaginación cree en ellos, porque en ellos las palabras se reúnen para dar forma al portento, lo extraordinario, el milagro minúsculo o cósmico.


El lenguaje, y con él el estilo de Olgoso, merecen un párrafo aparte. Bien dice José María Merino que la voz narrativa del granadino está “construida con la riqueza de léxico que (le) es habitual (…) y una escritura estupendamente desarrollada”. Para muestra de lo señalado por Merino, me gustaría recuperar un fragmento del relato titulado “Ancianas tomando bizcochos en salitas sombrías” (título que en sí es una trouvaille literaria):

El silencio fragua recodos y pabellones, vestíbulos y aposentos, sella zócalos y techos de bóvedas cruzadas, se reafirma en la capa de polvo en las alfombras, de vitrinas y roperos, de bandejas y espejos de luna, de desvaídas acuarelas y tapices de mácrame, amortaja incluso los emparrados del pequeño jardín, y sus dedaleras y robinias centenarias. Sentadas en el saloncito a la luz atenuada de una lámpara, insomnes y tan viejas e incorruptibles como las antigüedades del caserón, las dos hermanas, solteras, pero vestidas de negro, comisquean unos dulces con modos tranquilos y dan inapreciables sorbos a las infusiones. (p.74).

Basta leer el par de oraciones precedentes para advertir la calidad de escritor de Olgoso, un escritor en plena posesión de sus medios, con un manejo equilibrado de la puntuación, cuyo estilo es una larga y sinuosa sucesión de palabras. Acompasadas, cristalinas, livianas. Desde el comienzo, nos sorprendemos por esa personalización del silencio. El silencio posee el espacio, es más se desplaza por este de manera más que visual. El desplazamiento no se efectúa de manera inocente si consideramos la serie de verbos que caracterizan su accionar: “fragua”, “sella”, “reafirma”, amortaja”. Poco a poco, nos introducimos en una atmósfera marcada por algo peor que el estatismo, la muerte misma. En medio del saloncito, rodeadas de nada más que silencio, aparecen dos ancianitas. Son ellas, “insomnes” e “incorruptibles”, quienes quiebran de manera más que perturbadora ese silencio presentado como avasallador hasta la aparición de ambas. La descripción en la literatura de Olgoso nunca es estática, sino que posee un dinamismo que apunta a contar mediante los objetos y personajes que aparecen, pero también a entregarles unas características comunes o, en ocasiones, como en el fragmento, antagónicas. El lenguaje que despliega el narrador busca reflejar el silencio, el tiempo detenido, de pronto violentado por los sorbitos de las ancianas. Algo está ocurriendo en ese espacio callado y lleno de polvo, algo que sobrepasa la insignificancia de las ancianitas sin decirlo pero rodeándolo. Inquietud cósmica que pende de un hilo. Un fragmento que encierra el mundo entero.


Quizá eso es lo que le entrega sentido al título del libro, tan evocador como perturbador: Breviario negro. Breviario por libro eclesiástico o, por asumir una interpretación mas moderna, por conjunto de brevedades, cada cual más mortífera que la precedente. Por su parte, el color le entrega ese carácter mortuorio que en los cuentos de Ángel Olgoso adquiere el valor de broma, ironía, en ocasiones cinismo que deja al lector a contrapié. De cara al abismo. No olvidemos, por otro lado, que desde el título se establece, de manera elíptica, el vínculo con una tradición letrada. Dicho vínculo será amplificado en cada uno de los relatos pues, lejos de ser un libro que reivindique una especificidad, como si se tratase de un vegetal sin raíces, Breviario negro es un título hecho de lecturas, que se nutre de autores, antes que nada, alemanes, ingleses y franceses. Un libro que es un homenaje literario no a cualquier tipo de tradición sino a la de su autor; por lo tanto una tradición exigente, cosmopolita, a diferencia de muchos de sus compatriotas, quienes se contentan con el empobrecedor diálogo castizo. Los relatos y cuentos de Ángel Olgoso son una invitación a una experiencia perturbadora que, en su brevedad, no excluye el homenaje o el diálogo, ni la línea divergente. Tampoco el vértigo.




Tours, febrero 2016


*Lima, 1980. Escritor y crítico peruano. Doctor en literatura por la Université Michel de Montaigne Bordeaux III. Ha publicado las novelas cortas A media luz (PUCP, 2003), la novela El silencio de la memoria (Mundo Ajeno, 2008), el libro de microrrelatos El viento en tu cara (Nazarí, 2014) y, en formato electrónico, el libro de cuentos Cenizas y ciudades (SUB-urbano, 2014). Columnista en la revista SUB-urbano de Miami. Desde el 2004 vive en Francia, donde ha enseñado lengua y literatura latinoamericanas como profesor contratado en la Université François Rabelais (Tours) y ahora es lector de español en la École Normale Supérieure de París. Ha editado la antología de la obra del escritor peruano Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Actualmente, traduce la novela Conquistadors del novelista francés Eric Vuillard.