Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

sábado, 22 de septiembre de 2018

Daiquiri

En 2011 la editorial Cátedra publicó la magnífica antología Cincuenta cuentos breves, a cargo de los profesores Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada. El libro, prologado por Luis Mateo Díez, estaba destinado en principio a alumnos de Enseñanza Secundaria, e incluía un estudio preliminar y un comentario por relato.
De Ángel seleccionaron su relato "Daiquiri" (Los líquenes del sueño), cuyo comentario colgamos hoy aquí junto con el texto. 
Como recuerda la página narrativabreve.com, la antología está formada por una cincuentena de narraciones breves firmadas por autores europeos y americanos de los siglos XIX y XX, con especial predilección por los que escriben en castellano. Podremos leer a Maupassant (“La venganza”), Chéjov (“Vanka”), Jack London (“Ley de vida”), Heinrich von Kleist (“La mendiga de Locarno”), Ambrose Bierce (“Aceite de perro”) o Alphonse Daudet (“Wood´stown”), pero también a Ricardo Güiraldes (“El pozo”), Juan Eduardo Zúñiga (“La rosa”), José María Merino (“El desertor”), Álvaro Cunqueiro (“El paraguas Jacinto”) o el propio Luis Mateo Díez (“Hotel Bulnes”). Cincuenta cuentos breves es un volumen muy trabajado, un excelente muestrario de la narrativa breve durante los dos últimos siglos que posee además -para su considerable extensión de 300 páginas- una sorprendente relación calidad-precio: solo 7,40 euros.




COMENTARIO DE DAIQUIRI 


Este viejo relato escrito en los ochenta, uno más entre los cuatrocientos compuestos en estas tres décadas, fue concebido también como un pequeño diorama o como una de esas cajas tridimensionales, sugestivas y simbólicas, en las que Joseph Cornell reunía en poco espacio una serie de objetos minúsculos. En aquella época era tan adorador de la brevedad, de la concentración y de la intensidad como lo soy hoy día. Y ahora como entonces, busco esa crónica de la extrañeza fijada por José María Merino, intento lograr piezas bellas e incitantes, textos esencializados que encierren el Cosmos en una botellita. Daiquiri es una situación extrema, in media res y con el final sorprendente propio de los que seguimos la sentencia de Carlos Pujol: “Si la literatura no tiene una sorpresa constante no tiene gracia. Para eso, ya está la vida”. E imagino que el carácter lírico del texto responde a mi idea -quizá peregrina- de que la literatura no debería limitarse a reflejar fielmente una realidad anodina, vulgar o con frecuencia repulsiva, sino esforzarse en prestarle la forma poética de la que carece, aliñarla con otros contenidos, con otros ángulos y perspectivas, crear belleza e imaginar otros mundos, metamorfosear en definitiva esa oruga fea, caótica, aburrida y doliente en una estilizada mariposa. 

Recuerdo vagamente que al escribir Daiquiri me divirtió -era muy joven- borrar de un plumazo la posibilidad de paraíso en este planeta, seguro como estaba de que el hombre lleva consigo el infierno allá donde va. Creía además que el suicidio era, junto con la experiencia artística, el único modo de escapar del dolor inherente a la vida. Con el paso del tiempo, sin embargo, supongo que uno acaba aferrándose de manera desesperada a cualquier atisbo de paraíso, por muy fútil o menguado que sea. Pero pienso que hay algo que permanece intacto tras la lectura de Daiquiri, y es la innegable sensación de que los sueños se corrompen al contacto con la realidad. 

Este texto pretendía -creo recordar- darle un golpe de gracia al mito de los Mares del Sur, subvertirlo, enfrentarlo en su última línea a una realidad concluyente. La fascinación por la naturaleza y los usos sociales de esas tierras coralinas se remonta al siglo XVIII. Uno de los muchos navegantes que visitaron Tahití en aquellos años, escribió: “En todo lugar veíamos la hospitalidad, el reposo, una dulce alegría y todas las apariencias de la felicidad”. Era la percepción estereotipada de unas islas aparentemente pródigas y de unos nativos que vivían en paz sin reglas que los subyugasen, una imagen que encajaba con la del “noble salvaje” dibujada por Rousseau, y que ocultaba -a los ojos de todos aquellos literatos, pintores y antropólogos que llevaban puestas gauguinic glasses- jerarquías dominantes, tabúes, reglas muy estrictas y la necesidad de trabajar duro para sobrevivir. Este referente del paraíso en la Tierra, avivado en el XIX por los románticos, este discurso colonial consumido por generaciones sucesivas, este exotismo, tranquilidad paradisíaca, paganismo y expectativas turísticas, pueden devenir en desazón, en aislamiento asfixiante. Las líneas de Daiquiri juegan a destruir el mito mediante un travelling cinematográfico de ida y vuelta, sin puntos y aparte, en menos de una página y con un final que el lector puede completar si juega -él también- a imaginar por qué la realidad disparó contra la ilusión.

Santiago Caruso



DAIQUIRI 



Llueve. Llueve sin tregua sobre la isla. Llueve con una persistencia pegajosa y sobrenatural. Tendido en el jergón de bambú, empapado por el sudor y la humedad, tiene la vista errante en el ojo de buey de la lejanía sin horizonte, en el azul intenso y puro, en la arena abrasada de la playa desierta, en las palmeras y margallones hinchados de pulpa calada y tallos prensiles, en el hormigueo de las burbujas de lluvia que estallan viscosas sobre la lona curtida de los toldos, sobre las pencas de pescado en salmuera, sobre el barniz deshecho de los maderos del bungalow. Lo ve todo a través de sus gafas oscuras. Hace mucho tiempo que subió las persianas y abrió los podridos postigos de la habitación. Difusos cendales de lluvia verde-gris empañan el archipiélago entero con su rumor impreciso, ondulante y musgoso, excitando los sentidos y erizándolos de sofocantes olores, salazones pestilentes, caña de azúcar quemada, azafrán y jengibre y pimienta, flores, algas secas, tostaderos y vegetación renovada. Había partido de lejanas tierras en busca del paraíso. Siempre tuvo presentes a Gauguin y a Stevenson, a sus vidas transcurriendo en la radiante beatitud y en la inmensa y exótica soledad de los Mares del Sur. Como él ahora en esta cama, en esta isla dorada de maravillas, hospitalaria y salobre, bajo el brumoso enrejado de la lluvia, rodeado, aunque no turbado, por generosas indígenas, alegres y tímidas, ataviadas con ajorcas y collares, por galeones hundidos, peces luminosos, lunas tórridas, telúricas tormentas nocturnas, pájaros esmeralda y turquesa, lametazos de sombra rebrillando en la espesura enmarañada, chalupas danzando en pleamar o luchando contra tiburones fosforescentes. Llueve sin cesar, en racimos blanquecinos. Días y noches insomnes. Lloviendo. El zumbido amarillo de la desolación reverbera y resuena como los picotazos de los insectos, como el lenguaje de las serpientes, como el delicado y tibio ribeteo de las olas, como las goteras en los garrafones, calabazas y cocos vacíos. No escampa. El zumbido amarillo de la desolación se ensancha e irrumpe con sosiego sobre la vela consumida, sobre el quitasol, sobre el vaso de daiquiri a medio beber, sobre sus gafas de sol, sobre su mano helada, sobre el tambor de la pistola donde falta una bala. Llueve. 


domingo, 16 de septiembre de 2018

Las uñas de la luz

Fue en Roquetas de Mar, en la activa librería Teorema, donde se presentó Las uñas de la luz, primer número de la colección Cuadernos Metáfora, que pretendía poner a disposición de los lectores selecciones de diversos autores a un precio de lo más asequible. Acompañaron a Ángel, el poeta José Antonio Santano y el librero Isidoro Salvador. La portada de la edición fue una ilustración que Santiago Caruso realizó expresamente para la ocasión. 
Os dejamos con la reseña que Pedro Luis Ibáñez Lérida escribió acerca de este librito.
Acompañamos esta entrada con uno de los videos de la presentación.




ACERCA DE LAS UÑAS DE LA LUZ

Pedro Luis Ibáñez Lérida


Las uñas de la luz -Ángel Olgoso, Cuadernos Metáfora- es una obra antológica en cuanto a que recoge hasta veintitrés cuentos seleccionados por el propio autor, y que han sido publicados con anterioridad, a excepción del que encabeza el índice con el título de Cartografía, perteneciente a la obra inédita Breviario negro. En estos relatos de heterogénea extensión, modulando entre el cuento, el relato breve y el microrrelato, nos adentramos en la audición y sensación de la palabra como ser vivo, que logra trasminar el untuoso olor a almizcle que contiene. La capacidad fabuladora del escritor granadino no comporta un alejamiento de la realidad, más bien la hace permeable a aquélla, que la traspasa y humedece para sedimentar su raíz en un terreno indómito y siempre por redescubrir. El rico registro narrativo sintoniza con el uso lúdico que propone y dispone del espacio y el tiempo. En la inexorable reflexión a la que nos arrastra en todas y cada una de estas historias, hay un acto de conciencia y justicia literaria. No es un motivo en sí mismo, pero la consecuencia es palpable y manifiesta: lectores que solazan la mirada perdida tras degustar y atender al rastro erótico que es planisferio y conmemoración de la vida y la memoria en el nombre femenino que resalta su orografía, la sensualidad asomada en la contingencia azarosa del encuentro fortuito y preñado por la desazón del futuro, el simbolismo que es capaz de masticar la realidad hasta deglutirla y sintetizarla, el grito de horror atávico que vocifera la angustia vital y existencial frente a nuestros semejantes, la fragilidad que rebosa en nuestros actos desde el nacimiento hasta el cumplimiento de la pena de muerte consabida, la interpretación de los fenómenos naturales incardinados al fatalismo y la decadencia, la reordenación de los acontecimientos sabidos y la reformulación de las caprichosas consecuencias que provoca, el magín que retuerce al pensamiento hasta hacerlo contorsionar entre gloria e infierno, la cruel fantasía que irriga y fertiliza los campos de generosa sangre como ofrenda de inmejorable futuro, el encarcelamiento de la creación y el poder del arte para liberar y manifestar su alma, la lascivia entronizada en la miseria más pútrida que ambiciona, acusa y criminaliza, la atmósfera sacralizada del templo que torna las imágenes policromadas en vestigios de amenaza, la inerte piedra que colma la depuración de la existencia en un hilo de voz colmado por la ternura de la mano que la toma o "la fiera venganza del tiempo", como se entona en la letra del tango. 

Ángel Olgoso abriga un universo personal en su escritura, a la que aplica un trabajo de decantación de resultados excepcionales. Cada relato es un trago de bebida espirituosa cuya destilación lo ha dotado de cuerpo y estilo que, indefectiblemente, deja regusto en el paladar. Ahonda en la desenvoltura y prescinde afeites. Hay un cálculo premeditado en disponer la literatura sin aderezos o composturas para definir el caos. El mismo que motiva y objetiva la escritura del autor de El túnel y que, en cierta manera, es común denominador a la necesidad de desentrañar la esencia dual de espíritu y materia. Es decir la búsqueda de un orden y equilibrio -real o imaginario- frente al embrutecimiento y la barbarie -siempre real-. El autor de Las frutas de la luna -obra ganadora del XX Premio Andalucía de la Crítica de Relato/Cuento, que otorga la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios y que está representada en esta edición por cuatro relatos- establece como calibres de su medida creativa el rigor y la intensidad. El relato, según afirma- "no debe tener ni tiempos muertos, ni genealogías interminables, ni morralla psicológica, en ocasiones ni siquiera resulta necesaria la aparatosa carcasa de una trama. Esto lo convierte en un texto destilado e incitante donde sólo perviven -junto al tuétano de los personajes y al aroma concentrado de la atmósfera- el rigor y la intensidad.







domingo, 9 de septiembre de 2018

El espacio en Los palafitos

Hoy queremos compartir con vosotros el magnífico trabajo que la estudiosa Patricia García, de la Universidad de Dublín, dedicó a Los palafitos, relato incluido en Los demonios del lugar y que a Ángel Olgoso le llevó cinco años concluir, según confesó a Miguel Angel Muñoz en la exhaustiva entrevista para el blog de referencia El síndrome Chéjov. 
Las ilustraciones son del artista austriaco Christian Schloe.




EL ESPACIO COMO SUJETO DE LA TRANSGRESIÓN FANTÁSTICA EN EL RELATO “LOS PALAFITOS”


Patricia García 
Dublin City University 




Los espacios se han multiplicado, fragmentado y diversificado.
Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible por no golpearse. 
(Georges Perec, Especies de espacios)



En la primera parte de este estudio ampliaremos esta reflexión inicial sobre el tratamiento del espacio en la crítica de lo fantástico, antes de pasar al análisis textual en la segunda parte. Nos vamos a centrar en el cuento de Los palafitos (Ángel Olgoso, 2007), ya que en él se distinguen varios niveles de la experiencia y transgresión espacial: el ámbito topográfico (el espacio geográfico y entorno natural), el arquitectónico (el espacio construido y articulado), el cartográfico (el espacio representado y reproducido). Finalmente, abordaremos el espacio entendido como marco contingente de mundos ficcionales. Analizaremos la disposición de los varios mundos a lo largo del relato para resolver la inquietante metáfora final que apunta a la sustitución del espacio como referente, figura que, como expondremos, es rasgo distintivo de lo fantástico posmoderno.


2. LOS PALAFITOS (OLGOSO, LOS DEMONIOS DEL LUGAR, 2007)

Ángel Olgoso (Granada, 1961) es un escritor que sin duda se mueve con asiduidad en los confines del relato corto fantástico, como consta en Cuentos de otro mundo (2003), Los demonios del lugar (2007), Astrolabio (2007) y La máquina de languidecer (2009). Los palafitos (2007), relato que hemos seleccionado en este artículo, ha sido recogido recientemente como exponente central de la obra del autor en Perturbaciones: Antología del relato fantástico español actual (2009). 

El argumento es el siguiente: el protagonista, experto en botánica, nos cuenta que se pierde durante una de sus habituales excursiones por el campo, aunque sabe que está a un radio de 10km de una ciudad que conoce. Por el camino encuentra a un pescador que lo invita a descansar en su aldea situada junto a un lago, dato que ya sorprende al narrador, quien sabe no es una zona lacustre. La llegada a la aldea todavía le aguarda más sorpresas: sus habitantes viven en palafitos, esas viviendas primitivas construidas sobre pilotes en el agua. A medida que va conversando con el pescador, la extrañeza se va acentuando. Todo indica que esta comunidad se ha detenido en el pasado: sus costumbres arcaicas (el trueque y los entierros bajo el dolmen), materiales y utensilios (pieles, cuencos, arcilla y madera), alimentos (tapioca, leche de cebú y pescado seco) y supersticiones (la noche es un ente amenazador y sobrenatural). En la aldea desconocen el hormigón, asfalto, ladrillo y cristal. 

Una vez caída la noche, el pescador saca un pergamino con el mundo dibujado y es en ese momento cuando lo improbable se transforma en imposible. El mapa muestra un mundo que corresponde con la geografía del narrador, pero únicamente poblado de palafitos. Estas construcciones invaden todo, incluso las regiones en las que nunca hubo palafitos en el pasado. Este último detalle es crucial, como explicaremos más adelante. Ante semejante revelación, el protagonista pierde toda certeza acerca del mundo que creía conocer. La historia universal se desploma ante sus ojos. El relato cierra con un desenlace imprevisto para mayor desconcierto del lector: el viajero perdido acepta con naturalidad el mundo de palafitos y se somete a esta nueva realidad.


2.1. TOPOGRAFÍA: EL PASEO 



Las características geográficas del espacio, como el paisaje, son muy importantes sobre todo al principio del relato. En el primer párrafo el personaje está paseando sin rumbo fijo por la naturaleza, entregado “a un paseo despreocupado pero vigoroso, llevado por la deliciosa brisa que lame las laderas de las colinas” (Los palafitos, 2007: 45). Esta inmersión en la topografía de la zona se genera no solo a través de la vista sino también el oído (“el canto exultante del aligrís” [45]), tacto (la textura de la “hoja atrapadora de insectos” [45]) y olfato (el “aroma del majuelo” [45]). Así, vagabundeado absortos como el personaje, nos hemos ya extraviado en el dominio fantástico. Este cruce de umbral se ha producido a través de un sutil detalle que se esconde en las citas que acabamos de mencionar. El lector con conocimientos de fauna y flora se habrá dado cuenta de una incoherencia en este primer párrafo, relacionada con dos especies que observa el narrador en su paseo: el aligrís y el majuelo. El aligrís (o trompetero ala gris) es un ave grisácea que únicamente se encuentra en el Amazonas. El majuelo, sin embargo, es una especie de seto de las rosáceas que se encuentra en Europa, y algunas partes de África y Asia, pero no en la zona amazónica. Puesto que estas dos especies no pueden coexistir en el mismo terreno geográfico, estamos ya situados de inmediato en un espacio imposible. Seguimos con las anomalías relacionadas con la geografía: el protagonista acompaña al pescador a su aldea para refugiarse de la noche. Ésta se halla sobre un lago, pese a que en el espacio referencial del protagonista esto es improbable (“en una región seca como la nuestra, carente por completo de corrientes subterráneas y zonas dulceacuícolas” [46]). 



2.2. ARQUITECTURA: LA ALDEA



El descubrimiento de los palafitos produce todavía más estupor en el narrador, pues como dice, “no hay palafitos en la ciudad, ni siquiera en el país, de hecho dudo que aún existan palafitos en algún lugar que no sea una reproducción turística de la Edad del Bronce, o quizá en un poblado asiático o una isla perdida” (49). En el marco referencial del pescador, los elementos relacionados con la modernidad como la ciudad, el asfalto y los edificios no existen. “Palabras así no las hay, señor”, dice, a lo que el viajero replica: “Yo mismo vivo en un edificio de hormigón, ladrillo y cristal de doce plantas”, de nuevo el pescador contesta: “Señor, no habla por su boca la razón natural. ¿Doce cuerpos, dice?” (53). Nos damos cuenta de que estamos en un marco temporal diferente, que entra en conflicto con el del protagonista: al descubrir los palafitos, pensamos habernos transportado al pasado. 

El ingreso en este terreno es vivido como el retorno a la pureza original. De nuevo, esto queda a través de la “mirada sensorial” (48): “todo cobraba relieve”; el olfato, “un tufo almizclado a cueros, salazones y cocos recién partidos”; la vista, “la luz más cálida”, “los colores más intensos”y el oído, “la arremolinada eclosión aquí y allá de tallos de carrizo” (48). 

En el momento de la caída de la noche, la oposición espacio habitable/caos se refleja con el contraste entre la lumbre interior y oscuridad circundante (“Ese rociado de luz de un amarillo arcaico, como de fuego de fanal atizado en caverna milenaria, esparció sus regueros en todas direcciones”[56]). Por eso cuando el protagonista pretende abandonar el espacio delimitado por la aldea de los palafitos, el pescador responde: “Me sorprende que lo olvide. Todos los que desafían la oscuridad pierden pie en la vida” (55). El exterior de la aldea es “un peligro que de alguna manera, sujeto a leyes desconocidas y arbitrarias, amenaza desde el fondo de la tierra y de las aguas” (59). De esta forma, en el texto se genera la interesante imagen de la aldea como espacio ganado al caos. La luz es un elemento clave que distingue lo dominado frente a lo indómito que queda fuera de sus confines. El centro constituye un hogar, espacio iluminado, presidido por el fuego. Los palafitos poseen así además una dimensión simbólica relacionada con la función primigenia de la arquitectura:



El gesto primordial del arquitecto delinea una nítida frontera entre nuestro mundo y el de los otros (las alimañas, los muertos, los emisarios de la noche, los bárbaros, los seres [...]. El espacio iluminado se confronta con el mundo de las tinieblas. Se instituye un lugar habitable porque, más allá de la barrera que, como un surco profundo, abre la línea en la tierra, aparece el espacio en el que la vida no puede desarrollarse, los dominios de la noche y de los muertos. (Azara, 2005: 60) 


Esto refuerza esa imagen de la aldea de los palafitos como territorio originario, el único espacio (el arché) de la existencia humana. 


2.3. CARTOGRAFÍA: EL MAPA


El efecto fantástico llega definitivamente cuando el pescador despliega el mapa que muestra el mundo invadido de palafitos. En ese objeto, que sirve para transcribir y legitimar nuestra realidad, los palafitos “se prodigaban por todo el planeta: vi palafitos asentados en valles fértiles, entre los penachos de nieve de las montañas, entre los bosques a la luz de la luna, como nidales al borde de acantilados” (58). La trasgresión queda enfatizada en que el mapa muestra un espacio geográfico exactamente como el del narrador, pero con la imposible omnipresencia de palafitos, incluso en lugares donde en la antigüedad nunca los hubo. Y a raíz de esto se produce el derrumbe epistemológico y ontológico. 

El descubrimiento del mapa imposible genera en el narrador ese “miedo totalizador que se experimenta cuando desaparece bruscamente, bajo nuestros pies, la tierra de las certezas” (57). A continuación, el autor dedica más de tres páginas a desarrollar una de las metáforas espaciales más bellas del texto: la historia de la humanidad se derrumba en la mente del narrador a través de sus construcciones. Se desploman las pirámides, castillos, palacios, iglesias, catedrales, anfiteatros, templos, mausoleos y demás símbolos del progreso humano:

La verosimilitud que antes me llegaba en leves y dispersas oleadas, me alcanzó ahora de lleno, de forma instantánea: vastos tapices de civilización se desintegraban ante mis ojos como por ensalmo; las infinitas y vivas ciudades, los encajes de colosales arquitecturas, se hundían de nuevo en repentinos mares de polvo y de hierba; la catedral de los logros humanos, trabajosamente erigida, se desleía en gravilla y aire, una multitudinaria y frenética hueste de titanes, un laborioso ejército de canteros, una batalladora tropa de constructores de imperios, una tumultuosa sucesión de generaciones se disipaban como espectros colectivos en el vacío, en la esterilidad, en la nada. (LP, 2007: 59)


Las voces arquitectónicas que han levantado las crónicas de la humanidad (“piedra, mármol, campanas y martillos” [59]) quedan silenciadas con el inesperado despliegue del mapa, que borra toda referencia física, geográfica, social y cultural. Como indica el mismo autor, el efecto perseguido era “la progresiva demolición de la historia universal” (entrevista El síndrome Chéjov, 2009), y así lo hace el despliegue mapa, momento que sintetiza una quiebra absoluta del marco referencial del personaje. 

De nuevo, la luz se vuelve un elemento clave que identifica espacio con la realidad conocida: la lumbre, fundadora del espacio humano, se va extinguiendo como las certezas del personaje acerca de qué es lo conocido y verdadero: “La fantasmagoría desplegada impávidamente tras el fortuito encuentro con el pescador disolvía los recuerdos, apagaba luces y faros, atomizaba volúmenes de toda clase y tamaño [...]” (60). 

El viajero experimenta este desplome de lo conocido como un descenso al vacío, lo que desemboca en el retorno “al fresco comienzo, a su semilla, a su matriz intacta” (59). Esta imagen recuerda a las metáforas arquitectónicas que Descartes reitera para expresar la puesta a prueba de toda certeza en su Discurso del método (1637). Recordemos que para este filósofo, la razón aparece como algo que el hombre necesita construirse para cobijarse de la incertidumbre y del caos. La falta de conocimiento equivale a la intemperie, la desprotección, el desamparo.



2.4. ESPACIO COMO MUNDO FICCIONAL


Una vez establecido cómo se genera la trasgresión fantástica mediante la topografía, arquitectura y cartografía, nos queda analizar el espacio en su dimensión más abstracta: como mundo ficcional o receptáculo que contiene toda materia existente.

A nuestro parecer, la complejidad central del relato se halla en la disposición de los espacios o mundos narrativos. ¿Qué mundo contiene al otro y cómo se hallan dispuestos? Para abordar esta cuestión, proponemos un ejercicio cartográfico de estos dominios, que permitirá visualizar las diferentes ideas de mundo que se proponen en el relato.

Ya hemos indicado que hay dos mundos narrativos en el texto. Por una parte está el mundo referencial del viajero, que comparte tiempo y espacio con el lector, con ciudades, asfalto y “edificios sólidos a ras de suelo” (LP, 2007: 53). Desde este marco referencial, el otro mundo, el que representa el mapa de los palafitos, es arcaico. Sin embargo, como vamos a ver, la idea de mundo pasado implica un presente de referencia, por lo que nuestro marco o modelo de mundo se mantendría en su posición central. Pero es precisamente esta función referencial la que queda aniquilada al final del relato. 

Podemos distinguir tres configuraciones jerárquicas entre los dominios o, dicho de otra forma, tres “mapas ontológicos” distintos a lo largo del relato. 

Al principio, el narrador (y por extensión el lector) cree haber accedido a una región que desconoce. La aldea de los palafitos es una zona extraordinaria en su entorno. Así dice el narrador: “ustedes son la excepción... Una excepción del todo pintoresca e imposible en estas latitudes” (59). Por lo tanto el marco de referencia del personaje queda quizás extrañado por este hecho pero no invalidado. La aldea no es más que una porción contenida en el mundo del viajero; una interpolación o agujero de lo fantástico en nuestra realidad.

Sin embargo, a medida que avanza la narración, hay demasiados elementos que contradicen este primer mapa ontológico. Conversando con el pescador, el narrador descubre que en la aldea se desconocen los elementos de la modernidad, con lo que el cree hallarse en el pasado. Entonces pensamos que ha abandonado su época, pero aún así su mundo sigue actuando como referencia. Nos hallaríamos así ante una distorsión fundamentalmente del eje temporal: un salto al pasado. En nuestra cartografía mental, esta figura muestra una yuxtaposición de dos épocas (presente-pasado) contenidas en la misma idea de mundo. 

Finalmente, el momento culminante llega con el mapa que muestra un mundo con palafitos incluso donde nunca los hubo en la antigüedad. No hemos pasado simplemente a nuestro mundo en el pasado mientras que el marco de referencia presente nos sigue aguardando en alguna parte sino que el mundo de los palafitos es prueba irrefutable de que las dos ideas de mundo (la del protagonista y la de los palafitos) no pueden coexistir. El personaje entonces acepta, con una naturalidad que deja estupefacto al lector, esta nueva realidad fantástica. Cierra el relato explicando que desearía hallarse esa noche con su esposa “vestida de yute y adornada con brazaletes y conchas, guarecidos ahí de la intemperie y la oscuridad, mutuamente reconfortados, acodados ambos en la baranda de bambú de nuestro palafito” (62).


En resumen: primero a través de los detalles geográficos percibimos que ya no estamos en el espacio referencial cotidiano sino en una región excepcional. Segundo, la inmersión en la aldea de los palafitos demuestra que ya no nos hallamos en el mismo marco temporal, y tercero a través del mapa, nos damos cuenta de que no solo de que ya no estamos en el mismo tiempo sino que debemos abandonar nuestra idea de mundo que hemos mantenido como referencia. Se trata al cierre del relato de una distorsión del espacio entendido como dimensión que alberga el mundo, en la que el dominio referencial no solo queda extrañado sino destruido por otra imagen de mundo. Finalmente, ¿qué representa esta última figura? ¿Qué significado alberga este desplome del mundo que pensábamos real y único? 


CONCLUSIÓN: EL DESPLOME DE LA REALIDAD.



El asalto sobrenatural del espacio entendido como mundo es, en nuestra opinión, un motivo característico de lo fantástico posmoderno. El texto describe cómo nuestro modelo de mundo deja de ser el único modelo referencial. Es ésta una manera de ilustrar la destrucción de lo absoluto y unívoco. Frente a la solidez del mundo real que presupone lo fantástico tradicional, como indicaba la célebre fórmula de Roger Caillois, nos hallamos ahora ante un fantástico que, al contrario, es consciente de anclarse en un modelo de realidad (extratextual) frágil. Surge así una modalidad de lo fantástico que no busca únicamente atacar el marco de realidad a través la excepción como puede ser la aparición del fantasma, sino de revelar la artificialidad de este marco en este caso otros modelos de mundos verosímiles, como el mundo de los palafitos. 




Siguiendo a Davies, si “la totalidad del espacio es el universo y la totalidad del tiempo es la historia del universo”, hemos visto cómo en el relato que las categorías tiempo y espacio colaboran para cuestionar la validez de nuestro modelo de universo. Estamos así de acuerdo con la reflexión de Juan Jacinto Muñoz Rengel, quien indica que la naturaleza del mundo y las teorías del universo son líneas temáticas predominantes en lo fantástico contemporáneo, precisamente para expresar la precariedad del modelo de realidad sobre el que se ancla. 

Como hemos observado en el cuento de Olgoso, este aspecto se traduce en el cuestionamiento del espacio narrativo a varios niveles, culminando en éste concebido como totalidad; orden en el que se mueven los personajes a través de un sistema de regularidades, es decir como marco de referencia estable. Este tratamiento temático del espacio narrativo demuestra una importante diferencia con lo fantástico tradicional. Frente a la presupuesta pasividad del decorado (por eso raramente era un motivo sobrenatural), aparece aquí la idea del espacio como entidad que fracasa en su función contingente y estructuradora de la realidad textual. No se trata aquí de un simple trasfondo realista, estable e inocente, ni de una dimensión subyugada a otro motivo fantástico, sino que se convierte en el sujeto de la trasgresión fantástica. Así, no conforme con deslizarse por esos escenarios tradicionalmente neutros, lo fantástico toma también los espacios. 

Ante un modelo de realidad extratextual descentrado y sin fundamentos estables que tomar como referencia, las transgresiones fantásticas de la dimensión espacial expresan la inseguridad del individuo en un mundo donde apenas puede orientarse y de cuya ontología desconfía. Si, como decía Maupassant, “solo se tiene miedo realmente de lo que no se comprende”, y ese miedo incomprensible es el que forma el eje de lo fantástico, no sorprende que la dimensión espacial haya entrado definitivamente en la esfera temática de la literatura fantástica actual. Este hecho revela la necesidad de que ese “giro espacial” en las aproximaciones teóricas literarias de las últimas décadas se extienda también a esta forma narrativa. 




Patricia García es doctora por la Dublin City University (donde trabaja actualmente, así como en el Departamento de Estudios Hispánicos del Trinity College) y licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad Autónoma de Barcelona. También es profesora asociada en el Instituto Cervantes de Dublín, donde imparte clases sobre el relato corto en España y Latinoamérica, y sobre escritura creativa. Forma parte del Grupo de Estudios sobre lo Fantástico (GEF) de la Universidad Autónoma de Barcelona. Y ha publicado artículos en revistas académicas internacionales en inglés y en español; entre sus publicaciones, se puede destacar un libro sobre las figuras del desplazamiento en Thomas Bernhard y Agota Kristov (2010).

domingo, 2 de septiembre de 2018

Astrolabio ilustrado (10)


Amigos, ahora que han terminado las vacaciones para la mayoría, os dejamos con un relato de Ángel (Venablos) que pone el punto de mira en el carácter huidizo e indómito del tiempo, que tuerce los caminos del amor y del deseo, ese tiempo que fluye igual que el viejo río de Heráclito, y que se muestra –en los meses de verano- dilatado a su antojo, como aquellos relojes blandos de Dalí. Feliz regreso y que os sea leve la rutina.

M. Tapia



VENABLOS 


Cuando te vi por primera vez, tan despiadadamente joven y hermosa, dirigiéndote hacia aquella vieja puerta anónima, te lancé mi mirada más decidida, implacable, rectilínea, penetrante, arraigadora, imantada, limpia, impúdica, devota y cómplice, pero tú, con una leve rotación de cabeza, con un imperceptible gesto disuasorio, con un matiz de crueldad o de inconsciente arrogancia, volviste el rostro hacia la cerradura en ese mismo segundo y mi mirada no dio en la diana color pardo de tus ojos, rozó sólo tu cabello hasta clavar su doble filo en la puerta de madera, y allí estuvo muchos años hasta hoy, en que regresas frente a ella enlutada de tiempo, desposeída de ilusiones y escrúpulos, marchita la piel, con ojos de ceniza, buscando en el fondo de mi mirada el mismo fulgor de juventud y belleza de entonces, las mismas carnalidades de animal perfecto, tratando de reavivar un mundo que se ha desvanecido para siempre, de volver al punto de partida, de tender un puente imposible, de reflejarte en las huellas que un día dejaron incrustadas mis pupilas en la madera, tal vez bastaría con limpiar la capa de limo acumulado, como a un tesoro hundido y luego expuesto en la cubierta del barco, para que mi arponeante mirada volviera a resplandecer llena de los secretos, habitaciones, susurros, resquemores, viajes y recuerdos, risas y sollozos, placeres y naufragios compartidos que negó aquel día tu cabeza tercamente vuelta hacia la puerta, con vehemencia quieres ahora desclavar mi mirada todavía prístina, con desesperación quieres arrancarla y devolvérmela. 

Pero es tarde.




lunes, 27 de agosto de 2018

Almanaque de asombros en la Revista Litoral

En el nº 264 de la Revista Litoral, en uno de sus siempre hermosos y espectaculares monográficos ("El cuerpo. Arte y literatura"), se publicó Calaveras airadas, un breve texto de Ángel Olgoso extraído de su Almanaque de asombros, librito misceláneo donde el autor se deleita con el lenguaje arcaico y con los prodigios, al estilo de los filósofos naturales, de los imagineros de la Edad Media o de las célebres compilaciones de hechos asombrosos Jardín de flores curiosas, de Antonio de Torquemada, y de Silva de varia lección, de Pedro de Mexía.
Para completar la magia de estas hojas volanderas venidas del pasado, contó en su publicación (Ed. Traspiés, colección Vagamundos), con las deliciosas ilustraciones del artista Claudio Sánchez Viveros.





CALAVERAS AIRADAS 

Dice Diodoro cosa que no es nueva ni imaginada y que repugna al común ser: que acaece algunas veces chillar espantablemente las calaveras cuando vienen a moverlas del lugar donde estaban enterradas, y rugir y ladrar otrosí, y obran agraviadas sus secretos humores con tanta fuerza acerbísima y ponen tan gran pavor en los corazones de los hombres que las manejan, que procúrales al cabo la muerte si se detienen mucho con ellas en las manos o no tornan a dejarlas con diligencia en la misma sepultura que las guardaba.





MONTAÑESES LIVIANOS 


Dicen Plinio y Estrabón y el egipcio Hermes Trimegistos que en los montes Fribalos y Umonniris, al cabo del mundo, entre una dificultosa espesura, hay una provincia de gentes cargadas sin descanso de cadenas y piedras pesadísimas, el cual desatino es recio de creer a los que no lo hubieren visto, que no a los negociantes que corrían tras fortuna por la región, los cuales determinaron de averiguarlo muy atacados de curiosidad, y respondioles la gente de las montañas que si trabajaban y comían y dormían aferrados y asidos de esos pedruscos y ligaduras no fuera por ley o maldición, sino por la propia ligereza de sí que tenían sus cuerpos, que en librándose del peso de la plomada se elevarían volando con grande ingravidez a favor de los vientos. 




MÉDICOS DE SOMBRA 


Según la mucha noticia que de éstos se tiene, los filósofos naturales y otros historiadores y hombres de grande autoridad hacen muy notada mención de la materia en sus parlerías y discusiones de ingenio sutil y vivo, señaladamente Eliano ("Historia Natural"); el Doctor Boleyn ("Libro del Conocimiento"); Lulio ("Libro de las maravillas"); V. de Beauvois ("Speculum historiale”) que informa de un médico vizcaíno, estimado como fortísimo sanador por coser también las sombras cuando cosía los cuerpos de los heridos en batalla, los cuales saberes pasaron a sus hijos, llegando el vizcaíno a edad casi de cien años en un monasterio del Canigo, en el Pirineo; el Marqués de Villena (“El arte cisoria o Tratado del arte de trinchar"); el sabio Juan de Caramuel y Lobkowitz, conde de Zen, del Consejo de su Majestad y obispo de Vigevano ("Escrutinio de la recta administración de la Medicina"); y más autores que no es ahora la ocasión de citar, pero otros hay que traen noticia más acabada, y son Benevento ("Anales") y Sigeberto de Gembloux. Como lo leí, lo escribo: 

En Viccino, cabeza del maestrazgo de Nagona, vivía en tiempos un médico que tenía excelencia en estas cosas de procurar la salud remediando la sombra de los enfermos; y dícese que la licencia y la maravillosa panacea egipciaca se las dieron los turcos, y que era sabedor de toda la botánica secreta, la cual se le antojaba de más calidad para amansar los dolores que las sangrías en creciente y los pediluvios de perla índica molida y diente de lobo en polvo, expedidos de ordinario por mano de otros físicos. 

Un día tuvo consulta este médico fabuloso con el Duque de Pandolfina al que, a la sazón, menguábale la vida por causa del ataque de un velloso y fiero jabalí. Dos pavorosos tajos principales casi le separaban un brazo del hombro y la cabeza del cuerpo, y tenía mal y desfiguración en todos los miembros. Con buen ánimo, empero, el médico mandó lo descendieran de la cama doselada y lo asentaran al pie del ventanuco, y en doblándose sobre la sombra del Duque, dijo el apotegma: "Solve et coagula"; y primero taponole con cera virgen las heridas a la sombra sobre el piso de piedra, y asentó luego encima de ella esencias de mirtilo, y de genciana, y de menta piperita, cosiendo al aire los tajos con cerdas muy finas, y para acabar púsole sobre corazón y pulsos de la sombra unas gotas de lo que él refería secretamente "agua de ángeles"; y con esto de tal manera ligó los miembros que el Duque, cosa es grande y admirable, recobró la coloración y se sostenía en pie sin auxilio de criados y saltaba regocijándose de ello, y juraba que le había vuelto la bravura de su mocedad. 

Como el médico siguió oficiando prodigios, cobró fama, y no le dolían las plagas y las enfermedades difíciles para sanar a través de la sombra. Y es de notar que por despachar males no pedía bolsa con dineros, que aún se defendía de recibir cueros de aceite o de vino o a lo menos pan de salvado. Así corrió el país con su zamarra y su acemilero, causándose de ello el bien de las gentes, y a quien le consultaba con ánimo curioso la razón de su medicina milagrosa, él decía que la sombra es camisa liviana que se teje y desteje. 


DEL DEMONIO EN LO INTERIOR 

En el "Akathistos" griego y en el "Beato de Saint­ Sever" leemos los peligros gravísimos de adormirse con la boca abierta, que aquí halla el diablo provecho propio para asentarse dentro del cuerpo, apoderándose sutil del alma del durmiente. En tanto obra su señal, que no es sino el chirriar de las roldanas de los pozos, llega nocturno, salivador, y métese soto lengua hasta lo interior, trastornando los humores y engendrando malas fiebres y flemas y viciosos gestos, mostrando muy gran enojo el poseído, que puede muchas veces verse al punto de muerte rabiosa. 

Si damos crédito a Enrico Buceburgense, sábese que en el año veinte sobre cuatrocientos se determinó de ver lo que estaba dentro de un licenciado poseso; vinieron pues a su acostamiento en Sábado Santo y, abriéndolo, le hallaron un demonio asido de las entrañas, la pelambrera colorada, y empezuñado, más horrible y azufroso que los Cabiros amigos de Vulcano, guardianes abominables de tesoros y metales. 




PEZUÑAS DE CENTAURO 

Otra es la que cuenta fray Martyn de Castañega en la "Selección muy sotil de bocados de oro"; que transcurrido el año milésimo y cerca de treinta y tres más, cuando el tenebroso eclipse, salió sin aviso a los caminos por Logroño un buhonero nigromante, nombrado Joachim, cetrino y ojiprieto, y muy cicalado para su condición, con su mercaduría de propiedades ocultas y prodigios de alquimia, que acudía raudo y con propósitos no embaucadores sino salutíferos y favorecedores al escuchar que alguien lo demandaba, y tanto prosperó aquel ariolo que corrían sus remedios de mano en mano, hecho hablilla de todos, y no tuviera más pedidos si despachara por torno. 

Afirma fray Martyn que lo interior de su carromato era servido de muy grande diversidad de escudillas y vidrios y vasijas con géneros y adobos que sustentaban y aún alargaban la vida de los hombres, o a lo menos acomodábanla: sobras del milagroso y curativo pez de Tobías; y plata putrefacta, célebre entre los jázaros; y bolsitas de alcanfor para alejar las tentaciones; y pezuñas de centauro para cobrar fuerzas; y cánulas conteniendo partes de la nube de fuego en que Elías fue arrebatado; y aceite de castor para ablandar el virgo de la mujer en los débitos conyugales; y Aqua Celestis causada del rocío matinal escurrido de toldos de lienzo; y párpados de cabra para favorecer a los aojados; y escritos singularísimos y admirables de la "Didactica Magna" de Comenius y del "De Augmentis Scientarum"; y pesarios de estiércol de elefante para fallar los engendramientos; y polvos del río Letheo, que traen el olvido. 

Y dice asimismo fray Martyn de Castañega una cosa harto de notar, que aquellas gentes antiguas contaban como muy averiguado que el arúspice Joachim ocultaba en la especiería de su carromato el Elixir de la Inmortalidad; y hasta parece que unos fueron movidos de ver, tras el polvico de los frascos, los melocotones de los inmortales sabios chinescos y la sangre del dragón al cual Sigfrido dio muerte, y otros el Agua de la Vida que Salomón negose a beber según la leyenda persa guardada por El Vaez ul Kashifi; y un curtidor toledano probó más, y fue que (antes que nunca más lo vieran) el salisatre Joachim le dijo en un aparte que los alquimistas gobernaban sus artes de manera torcida, y que la verdadera materia de la Piedra Filosofal era la más vil y mezquina de las cosas, y hablole esto no cogiendo en sus manos un quilatador de oro y plata sino un puñado de arena ordinaria. 





EL CAMINO DE LAS CALDERAS 


Como está dicho que cuenta Abel en el "Libro de las virtudes de los planetas y de las propiedades de todas las cosas del mundo" (el cual escribió antes de ser muerto por su hermano Caín), que la entrada cierta del Infierno hállase entre grande espesura cerca de Carrión, cabeza del maestrazgo de Urueña, en la cueva Tragallena. 

No lo osara yo creer si no lo refiriera notoriamente un cazador de fama del lugar; pues dice haber visto a la anochecida, temeroso en espacio de años, como se mudan allí sin pausa muertos de ésta y de otras provincias y aún de países de los confines sin errar el camino, con gesto entristecido y amansado por su alejamiento de los vivos; y cómo conoció de hito en hito bajo las mortajas la encarnadura del capellán de Carrión, y del tesorero, y de la hidromante, y del atabalero que estaba toda la Pascua sin ir a estaciones, y del ingrato procurador que despeñó a su hermano (la miseria es sobrina de la envidia) por un litigio de heredad, y del molinero que aguaba el engrudo y torcía los pesos; y dice más, que en la boca de la caverna do se transita a lo inferior del Hades acontece siempre un remolino furioso de niebla, impriméndola de pestilencia de solimán corrompido y de mucha calor, y es ésta de tanta fuerza que el cazador no vio nunca allí sino áspides y alacranes por abajo y cornejas por arriba; y dice finalmente que las ánimas de las mujeres, por tener miembros mas débiles y sutiles, tardan más en saltar penas y herbachos y llegarse a la cueva Tragallena, do descienden a acogerse a las calderas requemadas y a empachar a diablos y basiliscos. 

Y bien se prueba que los regidores de Carrión y de todo el maestrazgo de Urueña ninguna duda ponen del testimonio fehaciente del cazador, pues ha tiempo trajeron a la zaga de la caverna el siguiente aviso: "Alguaciles de la justicia impondrán cepo y picota al que entrase una legua de aquí". 



domingo, 19 de agosto de 2018

Manantiales humanos: Sobre El vampiro en el espejo

José Abad, que imparte en la Facultad de Filosofía y Letras la materia “Cine y Sociedad” (donde es profesor del Departamento de Filologías Románica, Italiana, Gallego-Portuguesa y Catalana) publicó su libro El vampiro en el espejo en la Editorial Universidad de Granada. Según la contraportada, este ensayo sobre el vampiro y su vinculación con la fábrica de sueños ofrece, en siete capítulos y cerca de 300 páginas, “un recorrido por la Historia del cine y el análisis exhaustivo de un centenar de películas, entre las cuales hallarán los títulos más famosos sobre el tema, así como un nutrido ramillete de rarezas”.
En su libro, José Abad reflexiona sobre el mito de los bebedores de sangre, sobre los muertos vivos, sobre el tema del doble, sobre uno de los iconos más arraigados en el imaginario popular: "El vampiro puede representar el pasado que vuelve o que se niega a desaparecer. Es un individuo al margen, en el borde, al otro lado. En él se condensan lo atávico y lo eterno, la pulsión de vida y de muerte, lo prohibido, oculto o silenciado… Y el cine, espejo oblicuo de nuestro tiempo, ha tenido en esta figura una fuente inagotable de ficciones”.
Os dejamos con el artículo que Ángel escribió acerca del libro de su amigo José Abad.


MANANTIALES HUMANOS. 
SOBRE EL VAMPIRO EN EL ESPEJO


Si Bram Stoker, en su inmortal obra Drácula, afirmó que los seres que llamamos vampiros existen y que algunos de nosotros tenemos pruebas irrefutables de ello, en este delicioso y exhaustivo vademécum, José Abad demuestra -y de qué modo- que en efecto los vampiros existen, al menos en el cine. Igual que los sobrenaturales bebedores de sangre saciaban su sed en infinitos cuellos, los amantes de esas criaturas nocturnas, los cinéfilos -criaturas nocturnas a su vez- o los simples curiosos pueden saciar la suya en estas caudalosas, nutritivas e ilustradas páginas. Ya en la introducción, encontramos un imprescindible compendio de los Señores de la Noche: mitos ancestrales, cultos y ritos inquietantes, la atávica relación sangre/vida, fantasías necrófilas, Villa Diodati, muertos vivos, lamias, Vlad Tepes, folclore y superstición, el frenesí de la condesa Erzsébet Báthory, exaltación romántica, patologías morbosas, asesinos célebres, Eros y Thanatos, el doble, Carmilla, las sombras, Fausto. Durante el siglo XIX, la literatura fue la encargada de cimentar la leyenda del oscuro cazador. 

Nosferatu (1922)

En el XX, el cine propagó sus representaciones casi hasta el agotamiento, y el arquetipo del vampiro ( “a veces esculpido en mármol, otras modelado en arcilla”) arraigó poderosamente en el acervo popular. En palabras de Juan Carlos Rodríguez, el cine se convirtió en el único espejo donde el vampiro podía reflejarse. Los imaginativos, los irónicos títulos y subtítulos de cada capítulo aluden, de forma traviesa y eficaz, a numerosas y reconocibles referencias del cine fantástico y de terror. Con el magnífico pulso literario que caracteriza siempre su escritura, con su limpia y bien fundada erudición, con su fresca mordacidad, José Abad comenta un centenar de ficciones cinematográficas sobre el vampiro y su enfermizo linaje (unas pocas clásicas, bastantes notables y multitud de curiosas u horrendas en el lapso que va de 1915 a 2012), situándolas en el contexto correspondiente, creando una urdimbre de relaciones en la que cada hilo ayuda a crear una trama de influencias, líneas argumentales y efectos visuales, hallazgos y secuencias, personajes y datos históricos, sabrosos pormenores técnicos y de producción.

La mansión de Drácula (1945)


Para José Abad, la pantalla es el otro lado del espejo, un territorio donde toma cuerpo aquello que tememos. Y, en su impecable e implacable exposición, analiza la misteriosa, la malsana pulsión que nos mantiene inmóviles en la butaca del cine, deseando que la estaca de una buena historia de vampiros -con su inquietante brecha en las leyes físicas- nos atraviese de nuevo el corazón. Nosotros, víctimas sacrificiales en la realidad, podemos, mediante la momentánea suspensión de la incredulidad, experimentar el Mal, las Tinieblas o la Inmortalidad en el espejo seguro y fascinador de una pantalla, en el sarcófago temporal de una sala de cine. 

Alan Pedroso


No obstante, cabe preguntarse si en una época como la nuestra, en la que estamos sometidos a diario, y a plena luz del día, a la amenaza exacerbada de una élite económica y política de codiciosas sanguijuelas, de depredadores verdaderamente amorales y terroríficos, estos vampiros de celuloide, estos melancólicos émulos del murciélago no nos parecerán, por contraste, criaturas inspiradoras de ternura, héroes trágicos alejados de la monstruosa aberración cotidiana, de la auténtica degradación que ostentan algunos de nuestros semejantes, mortales capaces, estos sí, de orquestar pavorosas pesadillas, de situarse al margen de la sociedad y de transgredir despiadadamente sus reglas (ya el añorado Voltaire advirtió que los verdaderos chupadores de sangre no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios). Quizá también el Nosferatu de Herzog tuviera toda la razón: “La muerte no es lo peor”.

Nosferatu (1922)

domingo, 12 de agosto de 2018

El embrujo del agua

Según su director, el escritor Francisco Beltrán, la cuarta edición de "El embrujo del agua", celebrada en la casa de Federico García Lorca de Valderrubio el pasado 20 de julio, ha tenido este año el lema El agua en las tres culturas. Al objetivo inicial de estos encuentros ideados por Francisco Beltrán y por el cantautor Enrique Moratalla, sobre la promoción de la multiculturalidad desde la poesía y la canción de autor, han ido sumando la sensibilización por la sostenibilidad integral del ser humano con los territorios que habita, propiciando un espíritu crítico, dando vida poética a la casa de Valderrubio, animando al gusto por la cultura popular y fomentando en la juventud los valores humanos desde la cultura, especialmente desde la poesía, la música y la danza.

La velada contó con la presencia del poeta catalán Javier Gil, de la marroquí Aicha Bassry, de la bastetana Natalia M. Navarro y de los granadinos Francisco Beltrán y Ángel Olgoso, acompañados todos por la música clásica interpretada por Cristina Serra, Esther Padilla e Irene Díaz; con la cantautora vasca Sara Nievas; con la danza de Julia M. Rodríguez; con las voces de Esther Casares y Lola García recitando la poesía de García Lorca y Miguel Hernández; y con el grupo andaluz de música popular medieval Zalema -que en mozárabe quiere decir ‘la paz sea con nosotros’-.

Ángel participó con una lectura de relatos, varios de los cuales colgamos a continuación en esta entrada: El narval (Cuentos de otro mundo), Lamelibranquios (La máquina de languidecer), La bañera (La máquina de languidecer), Las lluvias (Breviario negro) y Puntualidad (La máquina de languidecer).



EL NARVAL 

El calor en el salón era ya, a esas horas, un bramido solar, una llamarada negra. Me serví abundante hielo en el vaso. Y aunque bebí de un trago el té helado, en el pecho aún me quemaba el desprecio de Carla, su flagrante desapego. El hielo se derritió. La lengua de fuego mascaba mi corazón destrozado. Añadí y añadí más cubitos hasta que se desbordaron, cayeron sobre la alfombra y cubrieron toda la habitación, arrastrándome con ellos. Cormoranes y gaviotas me sobrevolaban. A la luz del día polar -escasa, claustral, subsumida- contemplé las resquebrajadas placas de hielo entrechocando furiosamente. La alfombra, algunos libros, la vitrina y yo mismo sufríamos los embates del oleaje ártico. Dos ballenas narvales, atrapadas entre los hielos, entablaban un impetuoso duelo. No me paralizó el terror sino la imagen de una Carla cada vez más lejana, visión que ensartaba recuerdos en un largo collar de melancólicas piedras. El frío glacial del viento y de las aguas apenas atenuaba el dolor. De pronto, uno de aquellos unicornios marinos majestuosos y legendarios, emitiendo amenazadores vahídos, nadó en mi busca. Mantuve los ojos abiertos, apretando con la mano el vaso vacío, mientras notaba progresar su cuerno hacia mi corazón.


Esther Casares






LAMELIBRANQUIOS

Eres buscador de perlas en un mar subtropical. Buceas hoy a mayor profundidad, más allá de la barrera del arrecife de coral. Anémonas. Blenios dentados. Anguilas-jardín. Erizos. Peces arlequines. Bosque de quelpos. Descubres regocijado un vastísimo criadero natural. Semienterradas en el fondo limoso, las conchas cubren por entero la pradera submarina. Blandes el cuchillo, lo introduces con habilidad entre los bordes sellados de uno de los moluscos bivalvos y haces palanca. Contemplas entonces atónito, a través de la turbia luz, el sexo femenino que se aloja en su interior, su palpitante morfología venusina, sus labios abultados, el vello crespo sombreando el contorno, su fresita retráctil, sus repliegues de cresta de gallo, ababosados, salidizos, pultáceos. Abres otra concha. Y otra. En aquel delirante criadero de las profundidades, acunados por las aguas madres, todos los lamelibranquios cobijan un sexo con vida propia, encarnado, de contacto mucilaginoso, ciliado, como un pequeño hocico mostachudo y acuoso. Incrédulo aún, sientes cierto escalofrío cuando alcanzas a calibrar la peculiaridad del lugar.




Sara Nievas


LA BAÑERA

Un día, mientras aguardas el regreso de tu mujer, prolongas ese baño sedante, la grávida sensación de deriva en el agua jabonosa, los lametazos del minúsculo oleaje, la indolencia que lleva a perder deliciosamente la noción del tiempo, y adivinas que se va a apoderar de ti una monotonía sin deseos, que ya no sobresalen las medias lunas de tus hombros y de tus rodillas, que poco a poco tu piel se va acomodando a la blancura de la bañera, a sus curvas, a sus bordes, que te desvaneces en el esmalte, que te invade un sentimiento de rigidez, de malestar, de miedo, cuando fracasas en los intentos por abandonar la bañera, y luego de escuchar los pasos de tu mujer, que se desnuda en silencio y deja caer el agua sobre tu fondo y se sumerge con un suspiro de júbilo, sientes el aviso de la firmeza de sus miembros contra ti como la sondaleza de un barco que tocara el fondo del río, sientes la suavidad de su piel sonrosándose con el agua caliente, y descubres que nunca volverás a abrazarla, que no podrás orientarte por más tiempo en tu memoria blanca, lisa, pulida, que asistes impávido a los latidos de su corazón, a sus movimientos acariciadores y basculantes, a los rosetones de luz que refleja el cuerpo de tu mujer, completamente sola en el cuarto de baño.



Julia M. Rodríguez




LAS LLUVIAS 

De madrugada, la crecida del río inunda el antiguo cauce. Un furioso turbión de agua y barro, estribándose sobre la colina arbolada, lo arrasa todo a su paso. Troncos y piedras atoran caminos y recovecos. Una vorágine líquida se desmanda, colma, invade con estruendo. El montículo de arcilla del hormiguero es barrido y las galerías subterráneas anegadas. Una tromba caótica, espumeante, sumerge las calles, las casas del pueblo, las cámaras de cría. Sin esperanza, sólo hay tiempo para un pestañeo de pánico, un temblor de delgadas antenas, una tragantada de angustia, un aleteo aterrorizado. El embate de la riada fija las formas antes de arrastrarlas a un fin repentino, de voltearlas, de hundirlas con lentísima violencia. Las paredes vibran aturdidas. El tiempo se suspende. Sobrevienen enconados remolinos que desgonzan las puertas, densos infusorios que deshacen los túneles de la colonia. El golpeo de las aguas se lleva la porcelana de los vasares, las larvas y las pupas, la ropa blanca de los armarios, el almacén del enjambre, muebles ya inservibles, legiones de obreras con trozos diminutos de hojas entre sus mandíbulas. Palitos como mástiles, sillas como ramas, pasillos como bocanas, habitaciones como médanos. Un hervor de fríos borbotones, grávido de vientres hinchados a la deriva, de ojos compuestos, de zapatos vacíos, de segmentos abdominales. Un múltiple ahogo, una devastación de refugios derruidos, un recuerdo pavoroso que irá olvidándose hasta que regresen a las márgenes ya secas del río, levanten de nuevo el montículo de tierra, restituyan la electricidad, excaven con esmero minucioso otra colonia nutrida, vuelva la vida grata a sombra de tejados, la recolección de semillas, el cobijo de sueños y pasiones, el trabajo y el periódico de los domingos, el néctar embriagador de la rutina, los vuelos nupciales, la verbena en la plaza, las hembras que se arrancan las alas y comienzan a poner huevos. 

Lola García



Zalema





PUNTUALIDAD 

Todos los veranos regreso al lugar que un día ocupó mi pueblo, sumergido desde hace treinta años bajo las aguas del pantano. Me siento en la orilla, o en un roquedo, y cada mañana, a las diez en punto, escucho un sonido que sube desde las profundidades, un tintineo sordo, conmovedor, helado como una pena. No, no es el tañido de las campanas de la iglesia, me digo siempre, se parece más al timbre de la bicicleta del cartero. 


Francisco Beltrán y Míriam Martín





Fotos: M. Tapia