Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

lunes, 10 de agosto de 2026

"La máquina del tiempo de Morla Lynch" en Horizonte Garnata

Comparto mi artículo en la revista Horizonte Garnata acerca del que es probablemente el libro más vívido jamás escrito sobre Lorca, entresacado de sus extraordinarios diarios íntimos por el diplomático chileno Carlos Morla Lynch, “En España con Federico García Lorca”:





<<LA MÁQUINA DEL TIEMPO DE MORLA LYNCH.

Cualquiera puede viajar en el tiempo y recibir el estremecedor impacto de ver ‘vivo’ a García Lorca, en primera fila, de convivir doméstica y socialmente con esa criatura milagrosa y con toda una pléyade de los mejores creadores literarios y artísticos de la España anterior a la Guerra Civil. Ese artefacto prodigioso (en versión limitada desde 1957 y completa desde 2008) es el excepcional libro ‘En España con Federico García Lorca (Páginas de un diario íntimo, 1928-1936)’, obra del diplomático chileno Carlos Morla Lynch, compositor musical, escritor y humanista, quien mantuvo una íntima e intensa relación de amistad con Federico y con lo mejor de la intelectualidad española del momento, y la puso por escrito en estado de gracia. Sus casas de Madrid -primero en Velázquez, frente al torreón de Gómez de la Serna, y luego en Alfonso XII-, donde vivía con su esposa Bebé Vicuña y su hijo Carlos, fueron centro de reuniones literarias y de veladas sin parangón. Allí acudían no sólo los poetas de la generación del veintisiete, también sus compatriotas Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Vicente Huidobro, así como numerosos pintores, escultores, toreros, periodistas o políticos.

En mi opinión, este documento único, subyugante, es el testimonio más vívido jamás escrito sobre Federico, por encima incluso de los maravillosos libros de sus hermanos Francisco e Isabel. El mismo Morla Lynch lo explica al comienzo del volumen: “Alguien me dijo un día: -Tú que has fraternizado tanto con García Lorca y vivido una larga etapa unido a él; tú que llevas un apunte de tus impresiones diarias, ¿por qué no escribes una semblanza suya, un retrato íntimo y sencillo, un ‘film’ del Federico de todos los días, del cual tanto se habla sin un verdadero conocimiento de lo que fue su personalidad incomparable? Se desearía verle de cerca, sentirle vivir en esos trechos de su camino en que, desligado del público, se reintegraba al desempeño del papel de su personaje auténtico”. Morla Lynch se revela en este libro como un admirable memorialista, de los que por desgracia apenas existe tradición en las letras españolas. La altura literaria, la profundidad psicológica y el dinamismo de las páginas de este diario no tienen comparación ni equivalente: poseen la virtud de ser coloquiales, entrañables, mágicas, amenas, anecdóticas, sentimentales, antropológicas, filosóficas, dramáticas y, claro, conmovedoramente testimoniales. Destaca sobremanera la portentosa capacidad de Morla Lynch para el retrato de personajes en pocas líneas, verdaderos camafeos físicos y espirituales de los mismos, de esa gran familia, “de esa hermandad admirable que reúne en un haz de oro a Federico, Alberti, Cernuda, Manolito, Jorge Guillén, Aleixandre, Salinas, Gerardo Diego, Moreno Villa, etc.”, imágenes de una finura y plasticidad tales que hace que permanezcan indelebles en el lector. Además, y por encima de todo, siempre vale la pena rendir homenaje a la belleza y a la amistad, y más cuando vienen realzadas por la cultura, la alegría y la inteligencia.

En sendas cartas, Aleixandre y Jorge Guillén respectivamente, expresaron a Morla Lynch su entusiasmado parecer sobre la obra: “El libro rebosa cariño de la figura que lo llena, y está saturado de pululante vida, como escrito con el frescor de cada día”. “Tu libro es maravilloso, me ha tenido en vilo, me ha hecho gozar lo indecible, me ha divertido con una insólita alegría de otros tiempos, me ha causado admiración. Y me alegro infinito no haberme muerto sin conocer este testimonio único de aquella época, que bien evocada, tiene que hacernos llorar a los que la vivimos. Eres un observador de una increíble bondad, siempre generoso, y por eso mismo tan justo y sagaz. Posees un profundísimo sentido del prójimo, y siempre a través de un alma clara y un gran don de simpatía. Esa simpatía profunda era algo genial en Federico y en ti también. Para saber quién fue aquella extraordinaria criatura no habrá mejor testimonio que el tuyo. ¡Cómo reaparece todo: época, ambiente, gentes, amigos! Sí, te gusta España, y la sabes querer. Y esto también me conmueve”.
En estas “Aleluyas tiernas del Federico pirulino”, comparece un Lorca en primer plano, un ser de recursos inagotables que, según la expresión andaluza, tiene cielo. Él mismo dijo -hablando de otros- que “hay seres cuyas vidas han irradiado destellos demasiado intensos para que las sombras de la muerte puedan extinguirlos”. Según Morla Lynch, Lorca, “como todos los seres en los cuales predomina la bondad, no le da a su talento la importancia que merece”. El lector podrá estar a solas con él, acompañar a Federico de excursión (soberbias las de la Semana Santa de Cuenca y la Sierra de Gredos), verlo en la habitación del hotel en calzoncillos y roncando, o con sus viejas y feas botas, o con un pijama gris con rayas que le da un aspecto de presidiario, o en cama con barba de tres días y una gripe imaginaria. Podrá asistir, desde una privilegiada butaca, a conferencias, a lecturas privadas en el salón (“La obra leída por Federico es quizá la forma más perfecta de conocerla”), a estrenos teatrales en primicia (“Son éstos los momentos en que se me antoja que Federico es casi superior a sus obras; libro abierto que derrocha tesoros. Es casi imposible expresar lo que me inspira cuando se presenta en toda su deslumbradora autenticidad: felicidad de oírle hablar, felicidad de penetrar su espíritu, felicidad de sentirme a su lado”). Federico es un vendaval que va y viene con un caudal de noticias. “Exuberante, vibrátil, desordenado, efervescente, un volcán en constante erupción. Fuerza incontenible de estallidos violentos e inesperados. Con todo: el encanto de un niño grande, juguetón y travieso”.

Hay, asimismo, decenas de personajes irrepetibles, como Rafael Martínez Nadal, “algo así como una perpetua llamarada”, una especie de Harpo Marx de una vitalidad asombrosa, que de pronto lanza manotazos y alaridos y sale de las casas por la ventana (“Todo lo que se produce espontáneamente resulta superior e inimitable”). Hay poetas que no quedan muy bien parados en sus actitudes y suspicacias, como Neruda o Huidobro, perpetuos querellantes (“Vicente Huidobro me da su impresión particular sobre los poemas de Federico: -Pinceladas magníficas, pero meditación escasa, e imágenes demasiado fáciles”). Y, en medio de todos ellos, un Federico que “no me habla hoy de la muerte, sino de las bellezas de que está llena la vida. -Cada día -dice- trae consigo un nuevo aliciente y una nueva sorpresa”. Un Federico que le confiesa: “Yo también estoy acostumbrado a sufrir por cosas que la gente no comprende ni sospecha”, “Hay seres linajudos que tienen almas plebeyas, y campesinos que son príncipes”, “¿Dormir cuando la vida es buena? ¡Qué va! ¿Cómo puedes pensar en dormir cuando la vida está que arde fuera?”. Un Federico que “ha traído consigo todos los tesoros que abundan en su corazón de oro con el fin de distraerla y, con un derroche de ingenio y de fervor irresistible, los ha tendido a sus pies. Más que nunca ha brillado hoy en ese papel de sol que a veces desempeña”. Un Federico creador de neologismos, como ‘epéntico’ (los que crean pero no procrean), ‘chorpatélico’ (difícil de definir), que se propone crear un Club Elepente (“otro neologismo suyo que no expresa nada preciso, un club de seres buenos, simpáticos, comprensivos, sin prejuicios, que perdonan todo lo que es sincero aunque sea equivocado”) y el Teatro de la Anfistora, que significa todo, lo que se quiera o ninguna cosa. Y está, cómo no, esa escena antológica, la boda de Manuel Altolaguirre y Cóncha Méndez, “un descomunal disparate en un ambiente de alegría sin igual, de completa desorganización y revoltillo inenarrable”, hilarante y veloz como una secuencia de ‘slapstick comedy’.

Con su máquina del tiempo, con la modesta, minuciosa y continuada labor de su diario, Morla Lynch combate el poderoso avasallamiento de lo efímero. Para que no se pierdan los afectos, los pasatiempos, los fastos humanos de un grupo excepcional de gente, sus diálogos, diversiones, anhelos, proyectos y pensamientos, el diplomático chileno los recoge como una hormiga hacendosa y maravillada, y, mediante la fijación de un lenguaje a la vez exquisito y colorista, sutil y efusivo, grato siempre, logra la proeza de perpetuarlos, de mantenerlos tal y como eran en vida, pero animados, en el aire de sus gestos y sus palabras, del ambiente impar de sus reuniones, pícnics, tertulias, fiestas, ensayos, soirées como no se habrán visto otras iguales, corridas de toros, zarzuelas, de La Barraca, la Residencia de Estudiantes y el Pen Club, de la situación política del país (Cataluña o la Revolución de Asturias), esperando a un nuevo lector, a un nuevo viajero del tiempo que desee acceder a esa época concreta, a esa gota de ámbar bulliciosa de actividad donde podrá encontrarse por ejemplo -además de con todos los citados anteriormente- con Unamuno, Gregorio Marañón, Ortega y Gasset, Manuel de Falla, Valle-Inclán, La Argentinita, Azaña, María de Maeztu, Eugenio d’Ors, Rosa Chacel, Ignacio Sánchez Mejías, Maruja Mallo, Fernando de los Ríos, Jean Cocteau, Salvador de Madariaga, Wenceslao Fernández Flórez, Concha de Albornoz, el expedicionario capitán Iglesias, el cardenal Tadeschini, Francis Poulenc, Artur Rubinstein o Yehudi Menuhin.

En definitiva, en esta impagable edición de Renacimiento -notablemente aumentada con respecto a la edición anterior de los años cincuenta, censurada y expurgada, enriquecida ahora con imágenes, documentos y apéndices-, Carlos Morla Lynch atestigua, certifica, refleja y revela fidedignamente, a corazón abierto, la honda y cómplice amistad que mantuvo con Federico García Lorca y con buena parte de los integrantes de la fabulosa Edad de Plata de la cultura española. “Bajo el hechizo de esta lectura que nos hizo Federico, y que conservaré grabada en mi alma como se atesora lo sublime que no volverá a producirse, experimento la sensación de haber asistido a una ‘cosa perfecta’; perfecta como arte y belleza y perfecta como como armonía espiritual. Impresión de fiesta campestre improvisada, exenta de egoísmos y de rivalidades, en la que se han reunido tan sólo factores edificantes, inteligencia, levedad, colorido, poesía, pintura, música y, envolviéndolo todo, amistad, cariño y alegría. No se puede pedir más. Es uno de los días en que he sentido más contento a Federico. He observado que, para elevarse a estas cumbres, tiene él que dominar a la asistencia, planear sobre ella, ser él quien mande e impere quien ate a su auditorio al carro de su elocuencia. Y esto lo obtiene cuando quiere -cuando le interesa y cautiva el ambiente en que se encuentra-, porque posee la llama sagrada y el fluido magnético para hacerlo que ahuyenta todas las susceptibilidades. Logra así, travieso y atrevido mas nunca mal intencionado, que todo se le soporte y permita. No he podido llegar aún a explicarme cómo se las arregla para cantar y reírse a carcajadas a un tiempo sin que se pierda una palabra de lo que dice”.

A destacar también, además de la riqueza singular de su memoria y de su estilo -no sólo de ‘En España con Federico García Lorca’ sino del resto de sus diarios, el de París y Berlín-, la admirable caballerosidad de Carlos Morla Lynch, su compromiso social, su valentía para vencer el miedo generalizado tras el golpe militar franquista, su inusual equidistancia a la hora de conceder refugio en la embajada a cualquiera que lo necesitara, independientemente del bando o del partido. Como dice el prologuista Sergio Macías Brevis, “esperamos que se valore como se merece su contribución diplomática, solidaria, literaria, artística y, sobre todo, humana”. En una de las cartas, Federico se despidió de su amigo chileno a su manera inimitable y simpatiquísima: “No me has escrito y te has portado como con cerdito chiquito bonito que se llama Luisito y que tenía una copa en el culito. Carlitos tampoco me ha comunicado y se ha portado como un pescado colorado, que está demasiado salado y tiene el hígado esponjado. Escríbeme, Carlos. En seguida seré con vosotros y esto me alegra el aire adorable de Granada. Abrazos. Federico”>>.
(Ángel Olgoso)


domingo, 9 de agosto de 2026

Cuentos completos en marcha

Recuento de mis Cuentos completos (Eolas Ediciones). Los primeros cuatro volúmenes de seis, ordenados por temas. 700 relatos en total. Un universo de historias.



jueves, 23 de julio de 2026

Manuel Ángel Gómez Angulo escribe sobre "Los líquenes del sueño"

Muy agradecido al escritor Manuel Ángel Gómez Angulo por la frescura y originalidad de sus apreciaciones sobre "Los líquenes del sueño. Relatos 1980-1995" (Tropo), libro inencontrable que -según tengo entendido- ha conseguido en Inglaterra. Una lectura donde hace escala en algunos de mis relatos preferidos de aquella lejana época. En cualquier caso, todos estos textos van recogidos en los cuentos completos que está publicando Eolas en seis volúmenes:






<LA MODESTA OPINIÓN DEL LECTOR.

En los líquenes —edición descatalogada— pese (o gracias) a su multiplicidad de temas y universos hay un punto en común, la lengua. Creo que es el engrudo que nos hace deleitarnos con esas historias disparatadas o no (y lo que nos hará volver a ellas). Al final, todas son creíbles o verosímiles, que es de lo que se trata. Dejan algo, un transporte, un sabor del tipo que sea en nuestras bocas que 'paladean' su delicadeza, horror, humor o hermosura. En Ángel hay un cuidado especial por ella y por supuesto por la esmerada estructura del relato y la prestidigitación de sus finales. A volapié, me acuerdo del vampiro torero con el que no he parado de reír; de la disfunción eréctil de Holmes (fenomenal ejercicio camaleónico en el uso doyleano de la prosa de un maestro, al que supera); del cosmonauta /mamarracho Utt que lo mismo podría haber estrellado su nave contra un muro de la casa de Jeloquiti, un árbol centelleante del jardín de la abeja Maya o la espesa pelambre de los mundos de Yupi; esa genial vuelta de tuerca de continuidad de los parques en una pecera que me parece más imaginativa que la del propio original, etc etc etc. Para rematar la función, no es erróneo saludar y aplaudir la road movie de un gaucho/cowboy, que huye de un abrazo parricida a bordo de un destartalado Barracuda a través de un mundo desquiciado que ya quisieran para sí C. McCarthy o Dick o Vonnegut. A propósito de este último cuento, uno de los ejemplos paradigmáticos entre altura estilística y soberbia imaginación, pura alucinación a velocidad de vértigo, Olgoso hace gala, dueño de su usual maestría, de la imaginación y el sarcasmo hasta límites insospechados, sin caer por ello en ningún momento, en el mal gusto o la extravagancia.>>

Prólogo de "El mar interior y otras ingladuras", de Antonio Sancho

Un placer y un privilegio haber escrito el prólogo de “El mar interior y otras singladuras” (Grupo Pandora), libro de relatos de Antonio Sancho Villar, fantástico en su doble sentido e ilustrado profusamente a todo color por Kim Aubert, mítico historietista de El Jueves. Os dejo con mis palabras, como aperitivo de otra de las maravillosas ediciones de tirada reducida a las que nos tiene acostumbrados el gran Pedro Tabernero:




<<COMETAS BICÉFALOS QUE CRUZAN EL CIELO.

Como sabemos, la literatura maneja una segunda realidad, y esta es tan firme como la primera, aunque no tiene las mismas leyes: ofrece una realidad transfigurada, profundizando en el conocimiento de la primera. Antonio Sancho Villar forma parte de ese grupo de autores jóvenes que vienen despuntando, y que, aunque no desprecian el realismo y lo cultivan sin remilgos, lo enriquecen al prestar la debida atención a lo imaginativo, a lo fantástico, como el granadino Alejandro Molina, el valenciano Javier Navarro o el mexicano Juan Antonio Tamez-Elizondo. Todos ellos, partidarios de la invención, “cometas bicéfalos que cruzan el cielo”, son capaces de tornasolar sus obras con esas aves que no hay y esas rosas que no se marchitan de las que hablaba el añorado Cunqueiro, profeta celta de las ensoñaciones y las leyendas, nutricio en milagros, sirenas y ciudades sumergidas. Todos ellos profesan admirablemente, y casi a contrapelo, un gusto por las historias insólitas, extraordinarias, especulativas, delirantes, por los sabrosos desvaríos de la percepción, por los gabinetes de maravillas. Para todos ellos, la quimera de lo fantástico es realidad evidente y no hay que presentarla en bruto sino nimbada por el misterio y el escalofrío. Según José María Merino -otro eximio cultivador de lo irreal, de lo intranquilizador, de lo fabuloso, de lo ‘unheimlich’-, la literatura debe hacer la crónica de la extrañeza. Para que los artistas puedan considerarse como tales, quizá sea una condición indispensable el hecho de no ver nunca las cosas como son, de persuadir a sus semejantes a mirar más allá de la rutilante pero fina y engañosa piel de la realidad -si es que tal cosa existe-, de sembrar la duda en el lector sobre la verosimilitud de lo narrado, de inocularles una desazón irresoluble, una perplejidad no exenta de nostalgia por un mundo distinto al que nos toca vivir.

“El mar interior” y otras singladuras” es un magnífico ejemplo de cómo alinear el asombro con eficacia y naturalidad en el friso de lo habitual. Entre sus páginas, el lector encontrará ”licores llenos de ensueños y odiseas”, mares interiores, fantasmas y grimorios, caníbales y arponeros, ganado unicorne y taxidermia humana, ocultistas, mascotas fieles más allá de la muerte, pipas de espuma de mar con un diminuto mascarón de proa tallado en forma de ondina, micromundos delirantes encerrados en las cabezas de los locos. Entre estos “apocalipsis en miniatura”, entre estos desajustes cósmicos en los que se quiebra el orden natural, el lector se codeará con personajes fantasmales, con protagonistas que atraen los milagros, con almas en pena, con espectadores de la soledad y del horror del universo, encariñados con sus secretos, encerrados en pequeños infiernos hechos a medida, donde la mentira resulta más cómoda que la verdad, donde la cadena trófica, y el lugar que ocupas en ella, es lo único cierto.

Ya Casanova observó que la facultad de ver la verdad sólo se aviva en los seres humanos a través de un sobresalto o convulsión. Antonio Sancho posee un talento poco común para hacer soluble lo anómalo en lo ordinario, para favorecer en lo familiar lo imprevisto y lo fatal, y de manera más terrible por cercana e inesperada: desde las atractivas premisas, pasando por cierta concatenación de muñeca rusa en la narración, hasta las acertadas resoluciones, los intensos e inolvidables relatos de “El mar interior” satisfacen la sed de misterio, hacen sentir al lector “el hormigueo de lo imposible”, como un niño a la vez asustado y fascinado. Son relatos que se sitúan en esas equívocas y sugerentes fronteras entre la luz y la sombra, que demuestran a las claras que ”cualquier cosa que exista por mínima que sea, también los objetos inanimados, deja su huella fantasmal en la realidad”.

Algunas historias tal vez le podrán traer al lector la fragancia de Aldecoa o Dieste, otras de Roald Dahl o de Jean Ray. Pero en todas queda urdida un síntesis perfecta de lo real y lo fantástico, como la lograda por Torrente Ballester en Castroforte del Baralla, aquella ciudad imaginaria de su “La saga/fuga de J. B.”. Otro autor imaginativo que suscribiría sin duda las palabras que pone Antonio Sancho en boca de uno de sus personajes: “el mar es el representante en nuestro mundo de lo sobrenatural y lo mutable”. Y así se manifiesta en estos excelentes relatos, ya sea en ese mar que llega a Ardiza, la polvorienta ciudad de provincias, tras el capitán Ismael, o en ese mar interior bajo el Albaicín de Granada, con una isla repleta de tesoros. El mar, sonoro y poderoso, siempre haciéndose y rehaciéndose, navegando sin navegar, abre y cierra su colección de relatos del sevillano Antonio Sancho Villar, que alguna vez se definió como domador de tortugas y pacífico vendedor de teseractos. Nuestro autor, que repudia la estrecha senda que lleva a la cárcel de la razón, no sólo no tiene miedo de dejarse llevar por lo fantástico de sus historias (como en cierto modo le ocurría a Joan Perucho y Bioy Casares) sino que porta con brío su lumbre.

”La literatura es un pobre sustituto para el mundo de maravillas que se abre tras la muerte”, se lee en estas páginas no exentas de mirada irónica. Sin embargo, tras la lectura de “El mar interior”, donde tienen predicamento y posada los embelecos de la imaginación, dan unas ganas irrefrenables de quedarse a vivir entre sus fabulaciones y trances, entre sus sorpresas y prodigios, de convertirse también ahí en un feliz fantasma>>.

Reseña de "Holobionte" por Carlos Manzano en Entretanto Magazine

La magnífica reseña de "Holobionte" por el escritor Carlos Manzano en Entretantomagazine:





    <<Podría pensarse que los que hemos leído exhaustivamente a Ángel Olgoso, los que nos hemos empapado hasta la médula de la exquisitez de sus prosa, de la delicadeza de su estilo, tan lleno de aliento poético y tan proclive a la fabulación, difícilmente podremos sentirnos conmovidos de nuevo por sus monumentales construcciones semánticas, por sus imponentes juegos verbales, por sus impresionantes alegorías imaginativas, asentadas no obstante en unos trazos mínimos, unas breves pero enjundiosas frases que, en ocasiones, ni siquiera llegan a superar la longitud de una página. Sin embargo, igual que un viajero vocacional jamás se cansaría de admirar una y mil veces la majestuosidad del Taj Mahal o las refinadas geometrías de los techos de la Alhambra, los buenos lectores nunca nos hartaremos de degustar la prosa exquisita y depurada de Olgoso, su sentido preciso del ritmo ni su absoluto y apabullante dominio del idioma. El autor granadino escribe como si trazara exquisitas filigranas en los frisos de una imponente ‘haveli’ o afinara los sutiles y cimbreantes esmaltes que decoran el exterior de una porcelana Ming: sus textos pueden leerse una y otra vez sin que el ingenio que los ha hecho nacer ni su capacidad de causar asombro sufran merma alguna.

En «Holobionte», el cuarto volumen del total de sus relatos que la editorial Eolas se ha propuesto publicar a lo largo de seis entregas, tenemos una prueba más (como si hicieran falta más pruebas) de lo dicho. En «Holobionte» están sus textos más específicamente alusivos a lo que podríamos denominar la dimensión humana; los diferentes seres y la intrincada red de relaciones que se crean en el curso de la interacción social protagonizan el grueso de los relatos que tienen cabida en este volumen. Predomina, como primera característica, una mirada algo oscura, o tal vez escéptica, o puede que desencantada, sobre las circunstancias que definen la esencia de lo que somos. Más allá del excelente relato que da fin al libro, “Cuento de horror”, con el que por otra parte me identifico plenamente, hay otros más donde esa mirada se expresa con absoluta contundencia, como puedan ser “La travesía” o “El solipsista”. También nos encontramos con textos donde la exquisitez estilística de Olgoso se despliega con toda maestría, como sucede con “Nubes”, una exquisitez a la altura de los más grandes autores clásicos, o “Perlas de Indra”, que no por cruel y despiadado deja de ser eminentemente bello. Hay también otros donde se percibe el acerado sentido crítico del escritor granadino, como “El lobo viejo de las desgracias”, “Los ujiji” o “La corporación”. Igualmente, tenemos relatos donde la mirada actual se entronca con la del pasado como si se tratara de un juego de espejos deformantes, como “La larga digestión del Dragón de Komodo”. Y también hay textos en los que prevalece cierta fijación obsesiva en la conducta de sus protagonistas, como “Flores atroces” o “El descanso de Sísifo”. A lo largo del libro predominan los relatos breves, como mucho de tres o cuatro páginas, a menudo de un solo párrafo, con excepción de dos textos realmente magistrales como son “El síndrome de Lugrís”, quizá el más prosaico de todos, pero no por ello menos excepcional (de hecho es uno de mis favoritos), y “Amargo”, que al mismo tiempo destila una distinguida misantropía. También, por supuesto, los hay donde el sentido del humor de Ángel Olgoso hace acto de presencia, como “Hispania II” o “Darwinismo”, aunque la ironía y la sátira están presentes en mayor o menor medida en casi todos ellos.

    Habría muchos más relatos a destacar, obviamente (no creo que haya ni uno que no merezca el halago y el reconocimiento), en un libro que acoge hasta sesenta y cuatro cuentos, pero no es este el lugar apropiado para ello, por espacio y por intención de quien esto escribe. Solo cabría insistir en que Ángel Olgoso es uno de los más grandes escritores nacionales de la actualidad, que su extraordinario talento para construir universos ficcionales en unos pocos párrafos y edificar enjundiosas fabulaciones con el simple uso del lenguaje encuentra pocas correspondencias hoy en día (al menos que yo conozca), y que cada texto suyo, cada relato, contiene dentro de sí varias lecturas que jamás agotan su significado por muchas veces que se acuda a él. «Holobionte» es la más reciente prueba de ello>>.