Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

martes, 28 de abril de 2026

Presentación de "Holobionte" en la Feria del Libro de Granada

Feliz por el bautizo de “Holobionte”, por la lealtad lectora de los amigos, por el ingenio de Álex Molina y su menú olgosiano en una tarde de domingo pletórica en la Feria del Libro de Granada, por todos los cómplices, por todos los peregrinos de la belleza que se acercaron a este o a cualquiera de los actos, casetas, libros y autores que están poniendo un granito de arena para una manera civilizada de vivir. Comparto mi texto de presentación de este “Holobionte” que es una visión irónica de la sociedad humana y un espejo incómodo de su naturaleza: el mal y la fealdad ya se cuidan solos, son el bien y la belleza los que necesitan de nuestros cuidados.



<<El título que quizá hubiera sido perfecto para este libro ya lo usó para el suyo en el siglo XVIII un monje benedictino, fray Juan Crisóstomo de Olóriz: “Molestias del trato humano”. Este tomito fue el libro de cabecera de Pío Baroja y a él volvía cada vez que era víctima de alguna de las mil refinadas formas en que el prójimo tiene por costumbre expresarse, incomodando a los demás queriendo o sin querer. El título mío, “Holobionte”, es una actualización más biológica; remite al término acuñado por la bióloga Lynn Margulis para designar el ecosistema conformado por la simbiosis entre especies que colaboran entre sí y, al hacerlo, acaban modificando el medio en que viven. Los humanos mismos somos holobiontes: nuestro cuerpo aloja miríadas de microorganismos que cumplen diversas funciones en su propio beneficio y en el nuestro. Como apunta en su prólogo el maestro argentino del relato breve Raúl Brasca, y como sugiere la hermosa portada de Marina, este libro es una visión crítica de la sociedad humana.



Es cierto que gran parte de los relatos que componen este cuarto volumen de mis cuentos completos -donde he extraído todos los escritos en más de cuarenta años con referencias al prójimo y la sociedad- tratan sobre la desconfianza en la compañía humana, sobre las misteriosas y azarosas órbitas en las que todos nos movemos y que provocan rivalidades y sometimientos o dolorosas colisiones, sin embargo también abarcan situaciones más dulces, compañías menos ásperas o incluso gloriosas, así como comunidades adorables: desde narraciones que hablan de colaboración, lealtad, abnegación y amistad en distintos grados, pasando por variadas formas de amor filial, hasta un texto que describe los momentos climáticos de la pasión, de la fusión más íntima y completa entre dos personas. Pero también es cierto que, dependiendo de la suerte que se tenga en ámbitos familiares, laborales o vecinales, la gente por lo general provoca más molestias que favores o placeres. Creo que fue Pla el que dijo que el hecho de que te dejen en paz y de dejar en paz a los demás es la empresa humana más elevada. Y es que muchas veces la entrada en nuestra vida de otras personas, con su agitación, supone una de las causas más profusas de dolor, aunque por fortuna también de felicidad. Por otro lado, Azorín se quejaba de que en El Quijote una interminable caterva de malandrines y bellacos engañaban, aporreaban, lisiaban al sin par caballero, y el escritor alicantino se preguntaba “¿Qué país es éste?” Un hombre bueno camina por España a la ventura, deseoso de hacer el bien a todos; es discreto, cortés, generoso. Y todos lo maltratan y lo burlan, desde el ventero hasta el duque. ¿Qué país es éste?, se volvía a preguntar Azorín.



No puede uno dejar de pensar que la vida es un obsequio (envenenado, pues sabemos que conlleva la pena de muerte), que aquí estamos todos disfrutando momentáneamente este regalo, y que nos han dejado con nuestros semejantes, los otros condenados, minúsculos todos y perdidos en el abrumador vacío universal. ¿Y qué hacemos? Levantarnos en guerra contra nuestro prójimo, convertirnos en adversarios, en víctimas o en opresores, en tierra ignota para el otro. Pero, como se preguntaba Lou Reed, ¿no somos todos tan comunes como copos de nieve? No obstante, aunque cada uno de nosotros vivamos en la conciencia de un único yo -por la que cada cual se cree inevitablemente el centro del mundo-, todo, hasta lo fantástico o lo sobrenatural, tiene un constructo social. Sólo lo social -a partir de instrumentos como el lenguaje, el juego o los vínculos familiares- nos ayuda a desarrollarnos y a percibir las emociones. Incluso los que carecemos de habilidades sociales, los que vivimos en una Siberia carente de lazos colectivos, debemos acatar esta verdad. En definitiva, nos acompañamos, nos hacemos daño, nos amamos mientras intentamos responder nuestra pregunta primordial: ¿estamos vivos antes de morir?



Dostoyevski, que no creía en la influencia del entorno sobre el comportamiento humano y pensaba que el hombre tenía ya dentro de sí todo lo bueno y todo lo malo, no influyó tanto en mi visión del mundo como lo hicieron, marcándome a fuego, las ideas de Schopenhauer: la vida del ser humano es un perpetuo combate, una guerra sin tregua, no sólo contra males abstractos -la miseria, la fugacidad o el hastío- sino contra los demás; un infierno en el que los hombres se dividen en almas atormentadas y diablos atormentadores; una cacería incesante donde los seres, unas veces cazadores y otros cazados, se disputan las piltrafas de una presa. Sin ser muy quisquilloso, cuántas veces no se ha visto esto refrendado en la convivencia inhóspita de cada día. Todos somos mezquinos en algún momento. Es el dilema del erizo, propuesto también por Schopenhauer, donde las convenciones son una coraza que protege a unos erizos de las púas de otros erizos; donde, al buscar la proximidad corporal para satisfacer su necesidad de calor, más dolor causan las púas del erizo vecino y, al alejarse, vuelve la sensación de frío y soledad, lo que los obliga a encontrar la separación óptima, la más soportable.



En “Holobionte” se baja al barro, se saca punta a la condición humana, a los vínculos que nos unen y a los rencores que nos separan, al cíclico teatro de la vanidad, la estupidez y la crueldad de los hombres. En ese espejo incómodo y nada complaciente hay miradas irónicas acerca de ella, sarcásticas, terroríficas, tiernas, implacables, cómplices o esperanzadoras. Es una geometría fractal de las relaciones interpersonales, un caldero donde hierven los sentimientos, la fatalidad, las luchas de poder, los encontronazos como carneros salvajes, los protocolos hipócritas, las miserias, las vilezas, las humillaciones, pero también las entregas desinteresadas y todas esas personas maravillosas y esas pequeñas loterías que tocan de vez en cuando haciendo soportable el baño maría de la existencia. En muchos de sus relatos, la inocencia y la singularidad de los protagonistas se ven amenazadas por el carácter despótico del prójimo o por la brutalidad de las instituciones. He intentado mirar la naturaleza humana no sólo con su patetismo, sus prejuicios, incoherencias y servilismos, sino también con sus grandes cualidades, su constancia, entusiasmo o solidaridad. Por estas páginas pasean misántropos, solipsistas, vecinos inquietantes, padres e hijos, máscaras y dobles, tribus y corporaciones, revoluciones y reconciliaciones, ceremonias grupales, guerras civiles, veladas absurdas, historias de amor y desamor. Y está también el que considero el mejor relato que he escrito nunca, “El síndrome de Lugrís”, el más extenso: para mí fue como mi propia subida al Everest, un esfuerzo titánico en mi humilde búsqueda de la excelencia literaria. Durante cuatro décadas he escrito relatos que son una visión de conjunto de la especie, otros que aplican a los seres humanos una lente de aumento, y otros que podríamos llamar bifocales, donde se alternan las dos perspectivas. Esto hace que los lectores puedan reconocerse en ciertas conductas; a fin de cuentas, reconocer al otro es quizá nuestra asignatura pendiente y una perenne fuente de dolor a lo largo de la historia. Y es que las ficciones sociales a menudo son fricciones amargas. Paradójicamente, estas animosidades contempladas desde una nube resultarían insignificantes; de cerca, son absurdas e incomprensibles. Nada raro por otra parte porque, como dice el biólogo Edward Wilson en su célebre cita, hemos creado una civilización de La Guerra de las Galaxias, con emociones de la Edad de Piedra, instituciones medievales y tecnología que parece de dioses.



Este volumen (en el que predominan los microrrelatos a la hora de tratar el rumor de la colmena humana, el eterno y delicado problema de la incomprensión de los seres y de sus complejísimas relaciones, y que aunque siendo relatos breves se siguen moviendo -como siempre en mi caso- entre la concisión y la exuberancia de detalles) es un viaje en compañía de nuestros semejantes, un viaje para encontrar -además de desencuentros- una pizca de sentido, e incluso pequeñas victorias éticas. Montaigne decía que se debe viajar no sólo para conocer el espíritu y las costumbres de los países, sino para frotar y limar nuestro cerebro con el de los demás. En realidad, el azar ya se encarga de eso, pues somos como bolas de billar lanzadas con efecto: basta un roce con otra bola para salir disparados hacia otro punto inesperado. Pero las relaciones humanas pueden ser motivo de cordialidad. Aunque a veces se tenga la impresión de que el ser humano lleva dentro una fiera que no debe oler la sangre, hay muchísimas más almas comprensivas que tiznadas de un hollín demoníaco. Cada ser humano me parece un milagro, decía Julián Marías. Habría que hallar el valor extraviado de las palabras, de la concordia, de la cortesía, de escuchar y contar, de sentir compasión, de recuperar nuestra humanidad. Puede que el verdadero encanto de la existencia resida en la belleza de darse a los demás. Recordemos el lema humanista de la Institución Libre de Enseñanza: “Todo lo sabemos entre todos”. Puede que, después de todo, no sea el prójimo el más experto de los torturadores, sino uno mismo.



Con frecuencia resulta difícil defender esta tesis, mientras se sufre compañía, se ven las noticias y se vive en un mundo que sólo protege a los sátrapas, donde la bondad y la inteligencia parecen estorbar, y donde la sociedad tiende hacia una esclavitud voluntaria, sin amos. Según H. G. Wells, ningún camino intermedio se abre ante la humanidad: o se eleva o se hunde. Esto no tiene remedio hasta que dejemos de odiar la libertad ajena, hasta que sepamos organizar la rabia y defender la alegría, hasta que no cambie la cultura, entendida como las normas para una manera civilizada de vivir, de relacionarse con los demás y con el resto de seres vivos del entorno; hasta que se imponga por sí sola la forma más noble de inteligencia, la empatía, esa apertura del corazón, esa capacidad de ponerse en el lugar del otro; hasta que dejemos de estar separados por las fronteras de la mente; a un lado el respeto y el pudor, y al otro el abuso, el dominio o la barbarie. A lo que voy: el mal y la fealdad ya se cuidan solos, son el bien y la belleza los que necesitan de nuestros cuidados. Por otra parte, cada uno de nosotros contiene multitudes, lo que lo complica aún más todo, y cada uno de nosotros es -como pensaba Pascal- gloria y desecho del universo. Así son las cosas. En todas partes ocurre que para que unos estén contentos otros tienen que no estarlo. Por el simple hecho de abrir los ojos se comprueba que el mundo es mundo y los hombres son los hombres, siempre con su carga de soledad y flaquezas, de afectos y odios, de anhelos y alegrías, cada uno representando como buenamente puede su papel en este escenario. Hasta que llega el momento en que alguien nos dice al oído: “Aparte de eso, señora Lincoln, ¿qué le ha parecido la representación?”>>.








lunes, 27 de abril de 2026

Presentación de "Ordalías", de Alejandro Molina en la Feria del Libro de Granada

Comparto mi prólogo de “Ordalías”, el magnífico libro de relatos de Alejandro Molina (Entorno Gráfico) que presentamos el sábado en la Sala Zaida, y algunas imágenes del acto y del encuentro con algunos amigos escritores en la 44 Feria del Libro de Granada:





<<”Hay que ver lo difícil, lo extraordinario que es escribir algo divertido y ameno. La gente no quiere creerlo así. Supone que es mucho más serio lo que le aburre que lo que le divierte”, se quejaba Baroja. El último libro publicado de Alejandro Molina, “Ordalías”, demuestra la clarividencia de don Pío. Autor de una nutrida obra narrativa, las novelas “Defunctos Ploro”, “Elección y sacrificio”, “Y tú durante” y los libros de relatos “Mañana no habrá ayer”, “El glaciar” y “Luces prestadas” (todos en Ediciones Oblicuas), Alejandro recupera en “Ordalías” muchos de sus cuentos inéditos e incorpora alguno de última hornada, evidenciando que su talento literario se remonta a la adolescencia y juventud. Y es que una vez comenzada su lectura, ya no se puede parar hasta terminar el volumen: son piezas adictivas, algo muy difícil de lograr, en el mismo sentido en que lo fue para un servidor en su momento la obra de Bukowski, por ejemplo. El humor de premisas y enfoques, la soltura, la frescura, el ritmo vivacísimo, la endiablada pericia para los diálogos (sin necesidad de guiones ni verbos ‘dicendi’) procuran el placer casi culpable de una drogadicción, indepedientemente del tema tratado. Por algo, además de profesor de Historia, Alejandro es diplomado en Escritura de Guión por el Instituto de Cine de Madrid. Pero la plasticidad de esas reverberaciones de emisores y receptores hilvanadas al instante, ese torrente increíblemente fluido que atrapa al lector deslizándolo como sobre una tabla de surf, esa facilidad comunicativa para que los personajes ofrezcan a tal velocidad −y con tal naturalidad− sus duelos de esgrima verbal viene sin duda de más allá, del lugar donde nacen los milagros. Como decía Pierre Michon, “la literatura no solo requiere oficio, hay una parte de don que resulta inexplicable. Y se posee o no. Ya existen demasiados oficinistas de la literatura”.


En el pasado, Alejandro Molina acreditó de sobra que sabe levantar el vuelo estilístico y dotar a un texto de altísima densidad literaria (¡y de qué modo en su faulkneriana novela “Y tú durante”!), pero con esta recopilación también revela que no necesita una retórica granada y poderosa para componer piezas vitales, inquietantes o jocosas. Los relatos de “Ordalías”, como los de sus libros anteriores, tienen unos acordes más naturalistas pese a su cercanía en ocasiones a lo fantástico, unos mimbres más sencillos y corrientes, sin embargo el lector se los bebe igual, los engulle golosamente, tal es la prodigiosa agilidad de las narraciones. Todo ello se enriquece, además, con la diversidad temática del conjunto: deudor por lo general de Carver en sus relatos y de Faulkner en sus novelas, Alejandro lleva su curiosidad innata a lo paranormal y luctuoso, y sabe modular el grado de intensidad de los textos; véase, por ejemplo, “Un relato de Lovecraft”, “El agujero”, “Juan XI, v.43”, “Antigüedades”, “Un palmo más pequeño” o “Der Garten”. A este grupo pertenece “El cajillas”, una verdadera obra maestra que disecciona el mundo rural con un personaje inolvidable (“No hay nadie en el mundo que no haya conocido a alguien que se haya muerto”). Trata asimismo el desnorte existencial en “Dios se escribe con mayúscula” o en “La costumbre del sur, del pájaro”. La cultura, cómo no, y los intereses artísticos están presente en estas páginas, sobre todo en cuentos metaliterarios como “La alfombra”, con esa Estefanía que, harta de los relatos normativos, declara que la literatura convencional es un arte muerto y decide explorar otra forma de escritura más creativa. Esos otros caminos literarios más sugestivos, menos amojamados, aparecen de nuevo en “Hanakotoba”. El volumen está poblado de numerosas y espléndidas ‘tranches de vie’, rodajas llenas de nervio y fuerza donde palpita la humanidad en su miseria y su grandeza: “Lo que dicen las violetas” (sobre el paso del tiempo, la memoria y la rutina), “Crónica de un último acorde” (sobre la pasión musical), “Azules como dos luceros” (sobre los presentimientos y la pérdida) o “Ya lo puedes ver”, impresionante la ambientación inmersiva de ese bar. No obstante, donde lógicamente brilla más el singular realismo sucio de Alejandro −potente, cinematográfico, a veces sutil y a veces demoledor− es en los formidables relatos más declaradamente carverianos: ”Uñas”, ”Audrey”, “Sin prisa, hija mía”, “Las sombras del ficus”, o “Ya no se ven luciérnagas como antes”. Mención aparte merece el excelente trabajo con las voces, el logro de una polifonía que va de lo culto a lo popular, que poliniza paulatinamente al lector con delicada, vigorosa o divertida naturalidad: las parrafadas torrenciales de “¿Qué va a decir ése que a mí me interese?”, el monólogo de “En equilibrio” o el perfecto contrapunto de las referencias futbolísticas en “Una palabra tuya bastará para sanarme”. Estamos ante esa idea de Victor Hugo de que la forma es lo que sube desde el fondo a la superficie. Por otra parte, “Métodos”, una historia sobre los peligros del Método Stanislavski, podría servir como epítome de las características esenciales de este conjunto de relatos: diálogos dinámicos, personajes tridimensionales, humor desenfadado y trama adictiva.


Al igual que en aquella prueba ritual usada en la Europa medieval mediante la que se dictaminaba la inocencia o culpabilidad de una persona o cosa (libros, obras de arte, etc.) acusadas de pecar o de quebrantar las normas jurídicas, los personajes de “Ordalías” someten a otros a medios probatorios, a ardides, agitaciones e impaciencias, o son sometidos ellos mismos por otros a juicios cotidianos, a torturas psicológicas o a mecanismos de carácter mágico e irracional, invocando razonamientos y prejuicios propios o colectivos. Como he apuntado antes, Alejandro logra convocar personajes de carne y hueso; y, a pesar de que con frecuencia comparecen muchos en una sola historia, el autor consigue algo al alcance de muy pocos creadores, darles unas voces reconocibles, tónica que se mantiene a lo largo de toda la obra.


En este magnífico libro de relatos que Entorno Gráfico ha tenido el buen tino de publicar, el lector podrá saborear una prosa tan límpida y elegante como siempre y a la vez pegada a la tierra y a su propio tiempo, podrá degustar unos finales muy bien traídos y unas pistas sabiamente diseminadas, podrá palpar la tensión con la experiencia de lo real, podrá ser llevado en volandas por unos diálogos vertiginosos, podrá sonreír, inquietarse, regocijarse, conmoverse, removerse y sorprenderse. Alejandro Molina es uno de esos escritores que sabe ser preciso en las expresiones de lo impreciso, que no confía demasiado en la literatura como melifluo estado del alma y que insiste en ella, con impúdico rigor, como efecto de las palabras. Pese a que su vena lúdica nos lo pueda mostrar como un autor irónico, travieso o hilarante, Alejandro no deja nada a la casualidad, y sabe que el arte −además de sacudir el polvo de la vida común y ordinaria, como decía Picasso− es una continua victoria de la conciencia y de lo inefable sobre el caos de las realidades exteriores, al modo del combate de Jacob con el ángel. De ahí que acompañe y guíe al lector mediante los alados andariveles de sus diálogos, de manera rauda y amena en apariencia, permitiéndole sólo fugaces e inciertos vislumbres de los profundos abismos de la existencia y dejándole una extraña sensación, entre la acidez y la melancolía. En la misma medida que en sus robustas y extraordinarias novelas (donde se orienta y nos orienta a placer entre constelaciones de relaciones familiares, amistosas o amorosas, nutridas de vivencias, recuerdos, cábalas, gestos, diálogos, cicatrices, gustos culturales, sentimientos, ‘elecciones y sacrificios’), Alejandro Molina vuelve a confirmarse aquí como un cuentista de raza, como un escritor cuajado, imaginativo, atento a las inflexiones orales de la lengua, con un paso seguro, impetuoso pero medido, capaz de obras de largo aliento y de obras que se baten con lo breve con igual fortuna>>.






jueves, 23 de abril de 2026

Presentación de "Herida y ventana", de Fernando Parra Nogueras

Un placer y un privilegio presentar "Herida y ventana", la magnífica novela de Fernando Parra Nogueras candidata a los premios de la Crítica Valenciana, en la librería Tremenda de Granada. Comparto mis palabras introductorias. Un gusto formar humilde parte de la andadura de esta obra y asistir al nacimiento de una buena amistad. Gracias a Marina y a Daniel por las fotos:

<<Fernando es un escritor tan bueno que hasta se le perdona lo imperdonable, a saber, que le guste el fútbol y que sea tan joven (casi nació en el 80, lo dice uno que nació en el 61), él está prácticamente en la ‘acmé’ de la vida; es decir, como se explica en el libro, está en el momento de mayor esplendor. 
    Últimamente uno se siente como un pez fuera del agua presentando novelas. Se hace con gusto porque son muy buenas novelas (y además muy hermosas, y cinceladas a conciencia, como esta “Herida y ventana”) pero es como pedirle a un esprínter que hable de las cualidades y pormenores de una carrera de maratón. Porque Fernando Parra Nogueras es de esos autores a los que le mueve un deseo de totalidad. Acostumbrado como está uno a la concisión, el pulimento, la concentración y la velocidad de meteorito del relato, resulta difícil aprehender todo un mundo, abarcar la pujanza de la vida incluso con sus sombras, describir un universo cuajado de una infinitud de detalles, un vórtice donde prosperan por igual las listas de la compra y la mitología grecolatina, la ITV y la Divina Comedia, Jekyll y Hyde y los blíster de pastillas, la pena negra y Spotify, los arcones y las cigarras, el diazepam y el fútbol, Clavileño y Lazarillo de Tormes, los gallos que cantan a todas horas y el iPhone, la tristeza y los quesos de oveja con mermelada, los ojos de los alumnos y las marcas de coches, las estadísticas y los cementerios, los sofás, las televisiones, los rencores, las vigas, la muerte súbita, la pizza casera de pepperoni, la soledad, un viaje a Grecia, las canciones de Manolo Tena y Danny Daniel. Todo un caleidoscopio maravillosamente bien organizado, todo un panorama estroboscópico, todo un mäelstrom a la vez ordenado y tempestuoso, sinestésico y balbuceante en la mente del protagonista, un profesor de instituto -y escritor de tercera según él-, de baja por depresión, un ser menguado ahora, que se abandonó al deseo de consumirse, que se retiró del mundo para sanar en soledad, que viajó a la vieja casa de sus abuelos al final de la calle de ese finis mundi que es El Noguero, donde -en sesiones de escritura terapéutica- escribe su propia “Montaña mágica” para soportar la carcasa que es, proyectando en la oscuridad “el cinerama de lo vivido” durante el frágil equilibrio conquistado con la medicación. Aunque en realidad parece que escribe esta “ficción autoinflingida” más para su mujer, Bea, que para él, como Dante para Beatrice. Para la altruista y maternal Bea, para la Bea dolorida Teresa de Calcuta, para la Bea marsupial, con sus estrategias para cuidar de este “rehén de las sombras”, protegiendo a su esposo como a un niño, como a un polluelo en “el nido de sus palmas”, para velarlo en su “proceso narcótico de agotamiento”. 
            Por otro lado, resulta admirable que esta profunda inmersión en lo personal la presente Fernando de manera discreta, llevando en sí el negro sol de la melancolía del que habló Gérard de Nerval, pero al mismo tiempo de un modo tremendamente creativo, sin caer en los peligrosos abismos del morbo: como decía Pascal -el pensador de la razón y del corazón, el gran moralista-, el yo es odioso. 
        Y resulta curiosa la conexión de esta novela de Fernando con otra reciente de mi ‘hermano’ Miguel A. Zapata, “Poética del ermitaño”, que tuve el placer de reseñar: la similitud temática de esta y otras obras me lleva a pensar que tal vez nuestra época alienta cada vez más (y no me extraña nada dado el estado de cosas) el apartamiento, la reclusión, el enclaustramiento, ese síndrome de Hikikomori, como llaman los japoneses al aislamiento social. ¿Debe dar la espalda la literatura a lo que sucede? se pregunta -tutelado por figuras femeninas- el protagonista de esta magnífica novela. Dejemos la respuesta al arbitrio de cada autor y de cada lector. Lo verdaderamente importante (y por eso no me ha importado hacer algún espóiler antes) es el placer estético que procura “Herida y ventana”, con una voz, con una corriente de conciencia que -más ordenadamente de lo que parece- va sacando cerezas enlazadas del cesto de su mente, recuerdos y acciones que llevan prendidas, como al desgaire, de forma natural, referencias literarias, musicales, pictóricas, futbolísticas, históricas o turísticas. Aunque Fernando, por boca del protagonista, declare que “las palabras no se dejan conducir”, que son caballos desbocados, y que “es posible que este libro me venga grande”, aunque hable de “la facundia estéril de la literatura”, a lo largo de la obra desvela su interés, su fruición por las etimologías, por la lexicografía, por los neologismos y hasta por los juegos de palabras. Especial gracia y acierto tiene cada vez que se complace en arrimar la mitología, la literatura épica y la clásica a las cosas más prosaicas. El lector podrá encontrar numerosos ejemplos del arte fernandino de adecuar la palabra a un propósito literario.
 Para ir terminando -pues es al artífice de esta espléndida novela al que habéis venido a escuchar-, Fernando Parra Nogueras, con su estilo prístino, inteligente, entre Gabriel Miró y Faulkner, con su costumbrismo transfigurado por un yo herido, pertenece a una minoría de autores españoles que, como si de una irreductible resistencia literaria se tratara, aún miman la expresión, aún respetan el lenguaje, aún lo enriquecen creativamente, aún se esfuerzan en lograr ese hermoso ideal, la fusión de lo cotidiano humano -y sus sombras- con la armonía del mundo>>.










domingo, 19 de abril de 2026

“Toque de ánimas” en la antología digital «Y ser como la estrella inaccesible y alta, alumbrando en silencio»

Muy agradecido a Pedro Luis Ibáñez Lérida por convocarme una vez más (participo con el relato “Toque de ánimas”) a una nueva obra colectiva del proyecto Encuentro Letras Celestes: la antología digital «Y ser como la estrella inaccesible y alta, alumbrando en silencio».

Propuesta nacida de la colaboración entre la Diputación provincial de Sevilla, el consistorio de La Puebla de los Infantes y la Sociedad cooperativa andaluza Virgen de las Huertas, Encuentro Letras Celestes es una iniciativa literaria, ciudadana y rural en defensa, fomento, promoción y recreación de la lectura. Esta última antología se centra en la mirada sobre el silencio y cuenta con múltiples colaboraciones poéticas, narrativas y visuales. El título proviene de dos hermosos versos de Dulce María Loynaz, poetisa cubana, extraídos de su obra «Versos (1920-1938)», publicada en 1950. Esta obra es refrendo de las obras antológicas que le precedieron, «Azzáyt, el carmen del olivar» «Mueve la voz Amor de mi gemido», «De repente, ¡oh belleza!, canta el verderol», editadas en 2023, 2024 y 2025, respectivamente.

En este enlace se puede descargar la obra completa.





viernes, 10 de abril de 2026