Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

domingo, 17 de junio de 2018

La mirada de un escritor

Alentador es para un escritor el hecho de que el público más joven dedique tiempo en clase a los relatos, un género ideal para motivar literariamente a los alumnos pero por desgracia minoritario (al que no se le destinan campañas de promoción, y que apenas si se incluye en el temario escolar o en el listado de libros de los clubs de lectura). Que por iniciativa propia un grupo de alumnas lean, analicen y expongan ante sus compañeros la obra de Ángel nos ha emocionado. Las fotografías -que tan gentilmente nos ha enviado su profesor Eduardo Iáñez- traslucen ese cariño que pusieron al realizar el power point, la alegría de descubrir ese mundo rico y único, el poso que dejaron sus relatos.
Cuando una creación vive y alimenta a otras mentes, cuando anima a imaginar, a desear seguir leyendo, a explorar nuevos caminos del pensamiento y otros lugares y culturas: un escritor siente que ese fuego feliz que lo arropó en la soledad es también una hoguera colectiva que aviva aquella luz mágica de la lectura. Y percibe que el trabajo realizado con tanta entrega se multiplica. Que ha valido la pena.
Os dejamos con la presentación expuesta en clase por Itxaso Bengochea Fortes y Marta Viladés Leblic, alumnas de 2º de ESO del I.E.S. Pedro Soto de Rojas.




ÁNGEL OLGOSO. LA MIRADA DE UN ESCRITOR 


Hablar de Ángel Olgoso en el mundo literario —especialmente de relato y microrrelato—, es hablar de una persona afable, tranquila, con ojos de bonachón, donde las ideas brotan de una inteligencia y sensibilidad interior propias de un artista. 



Tenemos la suerte de verlo a diario, de charlar con él, de conocer cómo es la vida de un afamado escritor. Ángel ha publicado un gran número de obras como Los días subterráneos (1991), La hélice entre los sargazos (1994), Nubes de piedra (1999), Granada, año 2039 y otros relatos (1999), Cuentos de otro mundo (1999, 2003 y 2013​), Tenebrario (2003),  El vuelo del pájaro elefante (2006), Los demonios del lugar (2007), Astrolabio (2007 y 2013), La máquina de languidecer (2009), Los líquenes del sueño. Relatos 1980-1995 (2010), Cuando fui jaguar (2011), Racconti abissali (2012), Las frutas de la luna (2013), Almanaque de asombros (2013), Las uñas de la luz (2013), Breviario negro (2015) el libro de haikus Ukigumo (2014). Además colabora con diferentes medios de comunicación, ha publicado diversos ensayos y es miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada. 



Sus textos son agudos, pero a la vez bellos; amenos, pero no simplistas; refinados, pero no pedantes; frescos; cercanos; sensibles…, en definitiva pequeñas obras maestras de corta duración. Mi libro preferido es La máquina de languidecer donde cada renglón te hace avanzar de forma inconsciente hacia un final que no se intuye y que siempre sorprende. Después suelo reflexionar sobre el relato y saborearlo; lenta, pero conscientemente, para posteriormente volver a releerlo deteniéndome en sus pequeños detalles, en la maestría del autor al recrear un personaje, un escenario o una situación. 



Al realizar este trabajo me impresionó cómo manejaba la escritura, cómo dentro de pocas líneas se pueden expresar tantas cosas. El tener a alguien importante que se haya visto mil veces y no saber reconocerlo es algo que no se debe permitir. Por ello se agradece que por medio de un trabajo aprendas un mundo nuevo que siempre ha estado frente a ti. Sus relatos son muy bonitos y están bastante trabajados, pues es difícil buscar un medio por el cual se dé a entender algo pero a través de un relato que resulte bonito e impactante. 




Espero que tengamos la suerte de disfrutar de Ángel durante muchos años en nuestro instituto, por lo que es y lo que representa para todos nosotros.






domingo, 10 de junio de 2018

Prólogo de El acero y la seda


Os traigo el prólogo que Ángel Olgoso compuso para el libro de relatos El acero y la seda, de José Abad, excelente escritor granadino y también profesor en su Universidad, donde imparte entre otras la materia «Cine y sociedad en Italia». Entre sus novelas publicadas están Nunca apuestes con el diablo y Del infierno, y otro libro de relatos, King Kong y yo. En el campo del ensayo ha centrado su atención en la literatura y el cine, destacando Las cenizas de Maquiavelo, El vampiro en el espejo (sobre el que Ángel escribió un artículo para el diario Granada Hoy que colgaremos más adelante) y Mario Bava. El cine de las tinieblas.




José y Ángel en la presentación de Los líquenes del sueño




PRÓLOGO


Se dice que los japoneses de los siglos XVII y XVIII jugaban a contarse historias de fantasmas: al atardecer, reunidos en una habitación con cien velas encendidas, apagaban una vela por cada cuento. Y así, poco a poco, la atmósfera se iba oscureciendo al tiempo que crecía la tenebrosidad de las historias y la inquietud de los oyentes.




Estos cuatro deliciosos relatos de José Abad podrían haber formado parte cumplidamente de aquellas veladas. Cada uno es un poema misterioso, un cuadro vivo, una refinada pero sólida estampa de trágico colorido. Como él mismo escribió sobre el arte de contar en su Elogio de la ficción, José Abad sabe “destilar la esencia de las vivencias, elegir los personajes y las acciones más significativas, reconstruir verosímilmente el momento y el lugar, verse en esos hechos pretéritos y repetir los pasos del pasado en el pensamiento”. Aunque fieles a los motivos de la tradición japonesa y a la imaginería del samurái, escritos con exquisita naturalidad, alérgicos al exceso, estos relatos captan y desarrollan emociones universales, verdades atemporales. José Abad reflexiona con elegancia acerca de la ofensa y la venganza, el honor y el coraje, las rivalidades entre clanes y las luchas contra uno mismo, acerca de la crueldad del destino, de la obstinación y la muerte, dejando una sensación de sosegada tristeza en el lector, que nota como si se levantara un palmo sobre el suelo, “como si caminase sobre un lecho de hojas caídas en otoños diferentes”.



No deja de ser sorprendente que, en Granada, tres narradores (en orden cronológico inverso: José Abad con los relatos incluidos en este libro, Carlos Almira con la magnífica novela Issa Nobunaga, y un servidor con los relatos Las manos de Akiburo, Los guardianes del trueno, Los mil cerezos de Yoshitsune o Un cuenco de madera de ciprés, con agua, para recoger la luz de la luna) nos hayamos sentido atraídos por el Japón medieval, fascinados por audaces y feroces héroes que retaban a la autoridad y morían sin rendirse, por la sobrias costumbres de esa sociedad cerrada regida por exigentes códigos de virtud y violencia, por la sutileza de sus manifestaciones artísticas y de su relación con los elementos naturales. Quizá el motivo no resida sólo en el hecho de que estas historias proporcionan el obvio placer de lo lejano, sino en que conjugan como ninguna las emociones más impetuosas y las más gráciles (entre batallas, muchos de aquellos guerreros componían sofisticados poemas con primorosa caligrafía), en que al viajar a ese pasado remoto nos deslizamos “en el regazo de la leyenda”, en que el torbellino de las acciones y el roce de la seda nos llegan con los colores singularmente vívidos, atractivos y enigmáticos de otro tiempo, entre real y mítico, como iluminado desde arriba por la luz de un fanal. Es más, me atrevería a afirmar que José Abad, apasionado cinéfilo él mismo, ha logrado dotar al primero de los relatos -Holocausto (entendido en su acepción de sacrificio)- del hálito fatalista propio de las películas de Akira Kurosawa; y, a los otros tres, de la melancolía ruda, del desafiante sacrificio que exudan las de John Ford. Al fin y al cabo, según se afirma muy acertadamente en estas páginas, “una buena fábula, como el filo de una buena espada, puede hacerte un profundo corte”.


Entre los cuatro textos, merece destacarse con justicia Kagemusha (que significa sombra o doble) donde, al albur de una implacable persecución, José Abad realiza el prodigio de una descripción cristalina y no obstante sombría de la naturaleza, de un paisaje que refleja las tensiones internas, y cuyo fin sume por igual en la zozobra al protagonista y al lector. Así como el más extenso, El vuelo incierto de la libélula, el vuelo inquieto del gorrión, impresionante tapiz temporal en el que se devana el hilo, ligero y al mismo inquebrantable, que nos une a lo que más amamos; y por supuesto el relato que presta título al libro, donde el samurái Senbei ordena sus pensamientos antes de batirse en duelo casi fantasmal, a la sombra de un cerezo, con su rival Fukasaku. Pero todos los cuentos de este hermoso y delicado librito producen una íntima catarsis; sus tramas, concentradas, trágicas e inciertas, se cumplen como infortunios purificadores. Los cuatro relatos nos devuelven, en fin, la impresión que deben dejar los buenos textos breves, la de ocupar más espacio en la memoria que sobre la página.


sábado, 2 de junio de 2018

La técnica de despertar y seguir soñando

En el número 3 de Microtextualidades. Revista Internacional de Microrrelato y Microficción, la estudiosa portuguesa Ana Sofia Marques Viana Ferreira, de la Universidad de Salamanca, ha publicado otro magnífico estudio sobre los relatos breves de Ángel. Desde aquí le agradecemos cariñosamente su interés y su dedicación a la literatura olgosiana, presente en trabajos anteriores como Luciérnagas bajo calaveras: lo fantástico en Los demonios del lugar, Entre artefactos cíclicos y espirales apabullantes: lo onírico en Ángel Olgoso, Lo fantástico entre abrazos: acercamientos a Los demonios del lugar, o en su trabajo fin de máster de 2012 Destapando cajas y abriendo escotillas: la escritura de microrrelatos en Astrolabio.
Los cuadros que ilustran esta entrada son obra del pintor y escritor chileno Iván T. Contardo.

Con Ana Sofia, Julien Cluzel y la profesora Francisca Noguerol en la Universidad de Salamanca

LA TÉCNICA DE DESPERTAR Y SEGUIR SOÑANDO. LO ONÍRICO Y LO FANTÁSTICO EN LOS MICRORRELATOS DE ÁNGEL OLGOSO (2007-2015) 

Ana Sofia Marques Viana Ferreira


Espacios Virtuales



RESUMEN 

Es en el juego asociado a la indefinición y disolución de barreras entre realidad y ficción, realidad y sueño, realidad y fantasía que encontramos en Olgoso el motor de un prolífico homenaje a varios tópicos de la tradición literaria en su acepción más global. Entre ellos, nos interesa el recurso a los mundos hipotéticos como mecanismo de ruptura con una normalidad y estabilidad cotidianas y su consecuente efecto de desazón y zozobra en el lector. En este estudio proponemos un análisis a los mecanismos de inclusión de lo onírico y su relación con lo fantástico en microrrelatos de Olgoso que manifiesten esta relación, presentes en Astrolabio (2007), La máquina de languidecer (2009), Los líquenes del sueño (2010), Las frutas de la luna (2013) y Breviario Negro (2015) y ver cómo esa incorporación implica una acentuación de los efectos de conmoción producidos por lo fantástico, conduciendo a una poética del desencanto. 

Los Visitantes

La sensibilidad por la palabra justa, la concisión narrativa, la predilección por la temática fantástica y por materias de lo siniestro y lo abyecto son marcas indiscutibles en la producción literaria del escritor granadino Ángel Olgoso (1961). Pocos escritores españoles pueden enorgullecerse por un recurrido tan vasto y diverso en materias de lo fantástico y onírico en la narrativa breve, como el que posee este escritor. Uno de los aspectos más sugerentes en una parte significativa de estos textos está en el uso de elementos de lo fantástico y onírico que, conjuntados, proyectan con eficacia un fondo de desilusión y fatalismo hacia la naturaleza y condición humanas. Partiremos en este trabajo de la distinción y vinculación teóricas que poseen las categorías fantástico y onírico. Estas servirán para llegar a la parte que más nos interesa: analizar aquellos microrrelatos que integren el mundo del sueño en su trama y justificaremos su inclusión como una extensión más de lo fantástico en este autor, en la medida en que creemos que la incursión del mundo del sueño en Olgoso no solamente constituye una vertiente de los mundos hipotéticos clásicos –la sombra de Kafka es por supuesto aquí ineludible–, sino que también, asociado a los mecanismos de concisión del microrrelato, representa una técnica más al servicio de la manifestación de lo simbólico y de una estética de aproximación a lo existencial que rompe con la puesta de soluciones terminantes y cerradas. Creemos, además, que el recurso a lo onírico en Olgoso apacigua el tono sarcástico e irónico que con frecuencia irrumpe en sus textos. Por una cuestión de espacio, restringimos el análisis a las obras que fueron publicadas entre 2007 y 2015 –Astrolabio (2007), La máquina de languidecer (2009), Los líquenes del sueño (2010), Las frutas de la luna (2013) y Breviario Negro (2015)– y que rinden homenaje y revitalizan el tópico literario kafkiano de transferencia del valor de realidad al sueño. Teniendo en cuenta que son varios los relatos que incorporan el elemento onírico, estructuraremos nuestro análisis en tres mecanismos que hemos detectado en Olgoso y que se pueden enumerar en los siguientes términos, por creciente grado de distanciación de la realidad y lógica cotidiana: 1) el sueño como representación de la muerte del sujeto; 2) la irrupción de lo fantástico, materializado en el proceso de animalización y personificación de cosas, mientras el sujeto duerme; 3) asunción de consecuencias que lo soñado tiene en la realidad cotidiana de los personajes. 

Hacia lo alto 1

1. Explorando los horizontes de lo onírico y fantástico en Olgoso


Uno de mis defectos es que disfruto haciendo desaparecer la tierra bajo los pies del lector, arrancándolo de la miserable cárcel de lo cotidiano, situándolo en esa cuerda floja tendida entre el espacio y el tiempo. (Olgoso en González Torres, 2008)

En Ángel Olgoso (Cúllar Vega, 1961), autor con una enraizada tradición y devoción hacia los discursos breves, lo extraño, lo misterioso, lo onírico y, sobre todo, lo fantástico constituyen categorías omnipresentes y absolutamente imprescindibles en su quehacer literario. Si lo onírico representa únicamente una de las líneas de variación de la estética de lo ominoso, podríamos decir que lo fantástico sí cubre temáticamente en su casi totalidad su obra. Como el propio autor dijo alguna vez,

La mía es una literatura de fabulación, de distorsión de la realidad inmediata, más seducida por los corceles de la imaginación que por los ratones de la trivialidad. Sin embargo, no cultivo la extrañeza por mero capricho, lo hago irremediablemente porque responde a mi percepción de la vida; mi visión de las cosas es extraña, pero la realidad lo es aún más. Creo, con Thomas Hardy, que sólo lo excepcional es digno de ser contado y no me interesa, por tanto, reproducir la calderilla de lo ordinario, lo que le ocurre todos los días a todo el mundo, sino violentar las reglas de lo posible, la inalterable legalidad del orden natural, describir la irrupción de lo inadmisible, ese momento inesperado en que —según Cortázar— la puerta que antes y después da al zaguán se entorna lentamente para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio. (Olgoso, 2010: 58-59)


Con este planteamiento, Olgoso sigue unas coordenadas en el empeño por enseñar la otra cara de la experiencia vital que rompe continuamente con los esquemas de lo cotidiano, subsanando todas las carencias, defectos y vacíos que, según él, lo real, tal y como lo concebimos, no es capaz de cubrir o reparar. Es por ello que, tal como lo enuncia Andres-Suárez, “los relatos de Olgoso nos presentan un ángulo nuevo desde el que contemplar la verdadera e inquietante cara de la realidad y tratan de indagar en los secretos sueños del hombre y en las verdades que están más allá de su alcance” (2010: 330). Ésta es la principal razón por la que toda su obra poética deriva en sucesivos homenajes a la tradición fantástica y, en general, a la literatura que germina de los cauces de la imaginación en su sentido más virtuoso.

Relaciones Espaciales


La línea de lo fantástico que es más constante y más representativa en Olgoso, dentro del amplio espectro que puede llegar a cubrir esta categoría temática en este autor, se ubica en el desarrollo de una poética que se cita con el desencanto hacia las carencias humanas, sus imperfecciones y, sobre todo, sus condenaciones. En esta misma línea lo define Elguera Olórtegui cuando afirma:

Olgoso pesca el verdadero sino de la vida en cada una de sus piezas: uno va calmado, por un camino aparentemente sin óbices o senderos, no obstante, acaece la hora aciaga y lo vitando cobra forma de una dentellada. (Elguera, Christian, 2002: 21)

Si el tema es de por sí solemne, vemos que la forma lo desacraliza, al introducir una voz ecuánime y pseudoestoica que le quita trascendencia y gravedad al asunto. Un ejemplo paradigmático de esta postura lo encontramos en el microrrelato “Árboles al pie de la cama”, del libro Astrolabio:

Árboles al pie de la cama 

Volvía del trabajo, al anochecer, cansado, casi enfebrecido, cuando se me ocurrió que me gustaría ser un animalillo silvestre, que sabría administrar esa vida simple, limpia de la confusión y el alboroto de las preocupaciones, que podría acomodar con facilidad mi conciencia a ese estado ideal. Como una bendición, alguien, lejos de escamotear mi deseo, me dio la forma de una criatura peluda y diminuta y me soltó en el bosque. Era, como vi después, una vida descorazonadora: no sentía interés por otra cosa que no fuera acarrear alimentos, avariciosa e infatigablemente, hasta mi agujero al pie del tronco de un árbol podrido; los límites de cada territorio desencadenaban continuos litigios entre los habitantes de la fronda; las voces de los pájaros me ensordecían; los parásitos habían invadido mi pelambre; los apareamientos resultaban tan gravosos como los espulgos; y mis ojos revolaban de pánico en sus órbitas cada vez que presentía a los rapaces. Aquel desconsuelo, por fortuna, no duró demasiado. Un día se acercó con sigilo un trozo de oscuridad y, aunque husmeé su hedor a distancia y oí luego las pisadas y los furiosos ladridos, apenas tuve tiempo de entrever sus dientes cerrándose sobre mí. (Olgoso, 2007b: 8)

Veremos que este campo del sueño abarca un conjunto importante de posibilidades de exploración: no olvidemos que el campo del sueño, desde sus atribuciones semánticas, es un territorio densamente vasto, ocupando un espectro de significación amplio y aparentemente contradictorio: no se refiere exclusivamente a una expresión del inconsciente que destella nuestros miedos y experiencias vividas, sino que es también el espacio de fabricación, por así decirlo, de nuestras aspiraciones y proyecciones de futuro.

La Esfera de la Magia

Muchos de los títulos publicados por Olgoso, aparte de apelar al aspecto más visual y sugerente del código lingüístico, materializan una disputa entre medios y entornos y, más que eso, reivindican los espacios de transición y transformación. Cuentos de otro mundo reproduce la idea de ficciones que saltan la pertenencia a la esfera de lo real, o por lo menos, del concepto de nuestra realidad como seres humanos. Astrolabio representa ese instrumento de navegación que permitía al ser humano visualizar la posición de los astros y constelaciones, elementos considerados místicos por su inaccesibilidad y al mismo tiempo fuentes inabarcables de ficciones, mitos y leyendas. El título Los demonios del lugar sugiere la inclusión y permanencia en un espacio físico determinado de seres maravillosos y malditos, ajenos a la órbita cotidiana pero también, tal como en su momento el autor explicó, una bajada a los abismos del mundo interior. A su vez, La máquina de languidecer, evoca un mecanismo de anulación de actividad y endeblez, condiciones que se asocian al acercamiento a estados de inconsciencia como la del sueño o de la propia muerte. Las frutas de la luna fusiona en un mismo sintagma elementos terrestres y cuerpos celestes distantes, implicando la transferencia y disipación de oposiciones entre los dos territorios. Breviario negro y Nocturnario –esta última inaugura su faceta como artista plástico– entablan ambos, a partir de lenguajes distintos, un llamamiento a una luz oscura impregnada de extrañeza cósmica y de una carga fuertemente onírica, tal como lo declaró Merino en el prólogo a Breviario negro. Pero el título que alude literalmente a la dimensión onírica y que asegura el trasvase entre mundos y confronta abiertamente la inmersión de lo raro, lo inexplicable en la dimensión inconsciente es sin lugar a duda Los líquenes del sueño. La simbiosis del componente orgánico con el estado provisorio de inconsciencia resulta uno de los títulos que más translucen la habilidad del autor en hacer interferir dos elementos totalmente lejanos y potenciar una carga sugerente a partir de esa mezcla. Desde su composición biológica híbrida, el liquen, fusión de alga y hongo, representa ese ser que se superpone a algo ya muerto o inanimado –y que por lo tanto es inofensivo– como son los troncos de los árboles y las piedras. La imagen creada no podría ser más nítida para nombrar una obra que premia y resulta ella misma de un ejercicio continuo de compensación de lo real y que involucra en el mismo hábitat sueño y vida, fantasía y cotidianidad.

Antiestrella

La proximidad y conexión entre el mundo onírico y la muerte –y que confluye en lo que Herrero Cecilia categorizó como fantástico “existencial” (Herrero, 2000:30)– representa una asociación en cierto modo obvia, por la aparente inanición del cuerpo y la anestesia que se produce en los sentidos –sobre todo la ausencia de contacto visual- mientras uno duerme. Pero también no es de obviar alguna tradición mística que destaca las conexiones que se pueden establecer entre vivos y muertos en este estado de inconsciencia. Este suceso muchas veces se justifica bajo el pretexto del sujeto que intenta entender eventos del pasado que se han quedado sin explicación o para satisfacer alguna curiosidad que en el mundo de los mortales jamás podría llegar a conocer. Eso ocurre, por ejemplo, en “La visita” (2007b:37), microrrelato que encarna el encuentro, explícitamente durante el sueño, entre narrador y su padre ya muerto. Esta reunión, marcada ya por el desasosiego de una aproximación perturbadora para el sujeto, ve amplificada su carga dolorosa y cruel con otra revelación: tras la muerte, la actividad de los individuos se reduce única y exclusivamente a contemplar la forma cómo los vivos se pelean para evadirse de la muerte. La línea de tensión perpetrada por la confidencia, no exenta de un profundo desconcierto terrorífico, no se deja decaer hasta el final del texto, gracias a una sensibilidad de concisión profunda, por la súbita desaparición del padre, dejando el peso de la soledad, de la efímera y frágil condición animal colmar el espacio dejado por la presencia fantasmagórica, antecedida por la expresión: “Cuando la presencia me acarició el rostro con los cendales de sus dedos percibí verdaderamente, hasta un punto que nunca antes había experimentado, mi calavera bajo la carne” (2007b: 37). La consolación o apaciguamiento no tienen aquí cabida, siendo únicamente la delicadeza del lenguaje el responsable por dulcificar y sublimar lo expuesto. Vemos aquí que el proceso de revelación, que supone un acto de trascendencia y de comunicación con lo metafísico, se vuelve una maniobra dolorosa que, añadido a la temeraria curiosidad por lo que supera el ámbito de lo real, se retribuye y se devuelve con el reconocimiento de la propia fragilidad y condena de la existencia humana. 

Antiguos Escritos

La misma impresión sobrecogedora tomada de la relación sueño y muerte se manifiesta en “Los túmulos”, del libro Las frutas de la luna (2013:179-180). Bajo un encuadramiento bastante detallado y acompañado de una narración matizada por una distanciación crítica que toma el narrador como un sujeto ajeno a la realidad que describe se señalan los movimientos rutinarios de los seres humanos –como si de máquinas se trataran– cuando se da el ocaso y se preparan para dormir: “Al caer la noche, el conjunto de los hombres –que han alcanzado su refugio como los elefantes su cementerio, entre la resignación y el consuelo– se va disponiendo de manera horizontal, y la somnolencia parece dejar paso poco a poco a un aquietamiento sin fin” (2013:179). Así, testificamos cómo el acto de acostarse es percibido como un ritual mecánico, que se rige por códigos constantes, lo que no significa que estén privados de una cierta aura de misterio que necesita una explicación: “[los hombres] se aprontan a tumbar en sus camas tras experimentar un servil pero profundo deseo de acceder a una región más silenciosa y grata, a una torre ciega donde sus conciencias jugarán a placer” (2013: 179). El relato afluye en una constatación que, pronunciada sin cualquier antecedente que lo previera, asume, una vez más, una dimensión metafísica: “no deseo dejar de anotar en mi informe acerca de la naturaleza de este mundo –para tratarla quizá después en consecuencia– la semejanza entre los dormidos y los muertos” (2013: 180). El contraste entre una voz imparcial con la conclusión a la que llega tras su análisis pone el dedo en la herida: de cada vez que se acuesta, el hombre simula su propia muerte. Vemos una vez más que lo onírico incita a una revelación, que viene a resaltar la condición trágica del ser humano. 

Viaje Astral


No obstante, hablar de lo onírico en Olgoso es también considerar que el mundo está en constante transformación y se burla del alcance de nuestros sentidos. La segunda línea que abarca lo onírico olgosiano lo conecta con lo fantástico, en la medida en que se da la personificación y animalización de objetos en el momento en el que el ser humano se muestra más desprotegido. En “Artículo genuino” (Astrolabio, 2007b: 45), la narración se inicia con la mención a una pareja que duerme. El tercer elemento, un “ventilador con cabeza oscilante” (2007b: 45) que se vuelve el protagonista de la trama, irrumpe en la escena con el sentido de presentar el entorno, romper con el mutismo y ser él el centro de la narración –son sus movimientos, provistos de vida, los que acaban por crear una atmósfera inquietante, por la figuración de un ataque, cual aspas de molinos quijotescos: 

El ventilador domina el espacio sin desfallecer, lame incansable los dos cuerpos con lengüetazos de suaves masas de aire removido […]. La pareja sueña despreocupadamente, vuela sin sobresaltos, ajena al movimiento acompasado e implacable del ventilador, a su morbosidad de centinela fiel, a su obsesivo zumbido, a su monotonía despiadada. (Olgoso, 2007b: 45) 

Semejante escenario ocurre en “Empirismo” (La máquina de languidecer, 2009), aunque en esta ocasión el narrador tiene consciencia de las mutaciones que se producen en su entorno cuando ocurre la desactivación y relajación de los sentidos. Aunque no hay una mención explícita al sueño, podemos, en este texto en particular, interpretar la acción de cerrar los ojos como una simulación o disimulo del acto de dormir. Si lo comparamos con “Artículo genuino”, descubrimos un matiz esencial –la deformación del mundo sucede cuando el sujeto tiene su sentido de la visión activado, o, lo que es lo mismo, el mundo se convierte en algo despiadado y bárbaro cuando el hombre toma conciencia de su entorno: 

Cuando cierro los ojos, el mundo desaparece. Cuando los abro, el mundo corre a recomponerse casi instantáneamente. A veces, durante el período infinitesimal de esa transición –no es más que una fugaz percepción–, creo sorprenderlo ultimando su tarea, los contornos de las cosas difuminados, ciertos crujidos, algún chispazo a destiempo, un acomodarse de las distancias, la luz del día que aún no posee su sabor pleno, mis hijos demorándose apenas una milésima en desplegar sus formas habituales, el pelaje del gato parece desdibujado y sus bigotes no existen todavía, descuidos, hilachas de un tapiz evasivo, disgregador, hasta que todo irrumpe de nuevo y se reintegra velozmente al orden, hasta que todo recobra su textura, su volumen y su nombre y este mundo plegadizo vuelve, una vez más, a ser perpetuamente engendrado e inhumano. (Olgoso, 2009: 21)

Arenas del Tiempo

He aquí uno de los motivos por los cuales el concepto de realidad en Olgoso se vuelve muy resbaladizo y se desvirtúa: no solamente los sentidos humanos no están aptos para captar todo lo que ocurre en el alrededor de los personajes, sino que el propio mundo externo trata de ocultar su verdadera cara. Para justificar este continuo intercambio e imprecisión entre el ámbito de lo real y sus territorios extrafronterizos, Ángel Olgoso, en una entrevista concedida a Miguel Ángel Muñoz, declara: 

[…] la realidad es una ilusión, muy poderosa, pero ilusión al fin y al cabo, y que lo que vemos y oímos sólo representa una parte de lo existente (ya Demócrito advertía que de la realidad no aprehendemos nada que sea absolutamente verdadero). […] Por muy embarazoso que resulte, me atrevo a decir que lo fantástico, sustentado con frecuencia en un proceso lógico, ilumina los rincones en sombra de lo que no sabemos (Muñoz, 2009: 1) 

Ahora bien, si los límites entre realidad y sueño/fantástico son muy difusos, las fronteras entre mundo y sujeto humano asumen contornos muy nítidos, en la medida en que estas dos entidades se colocan continuamente en posiciones en cierto grado enfrentadas. 

El último mecanismo de inclusión de lo onírico en la obra de Ángel Olgoso y que enlaza y articula los mecanismos anteriormente descritos se localiza en las implicaciones prácticas que el sueño puede hacer resonar en el cotidiano de los personajes, directamente resultante del trasvase entre mundo empírico y lo fantástico. Esto se ve muy claramente en textos como “La técnica de soñar monstruos” (Breviario negro, 2015: 20-21), cuyo inicio, que casi parece un guiño paródico al verso de Pessoa “Deus quer, o Homem sonha, a obra nasce”, es totalmente demostrativo de esa experiencia de temor a que lo soñado pertenezca a la realidad empírica del sujeto: “A fuerza de soñar un monstruo, el monstruo nace”. Partiendo de la descripción de sucesivas pesadillas que tenía el narrador cuando era niño y que transitan alrededor de la misma situación agonizante y del mismo ser agresor, lo que confiere al relato una atmósfera inquietante desde su inicio, aparte de las constantes apariciones de este monstruo, es el no saber de qué animal se trata: “Carecía de atributos concretos. Era una sombra veloz y exacerbada, un toro, una gigantesca araña, un cárabo nocturno de ojos desorbitados” (2015: 20). Tal atmósfera, tal como es frecuente en el autor granadino en los relatos de tintes de terror, va ganando aún más tensión, con la intrusión del monstruo a los confines de lo real: “Había cruzado la frontera, había nacido, arrancado de la oscuridad, de la incesante digestión de los sueños” (2015: 21). La presencia de la conjunción adversativa en la oración “Pero también supe que ni a los monstruos les conviene estar solos” trae el giro que prepara la aproximación de la resolución. El desenlace, que podría coronarse con un enfrentamiento entre ambos personajes, gana por conmoción sobrecogedora por la familiaridad y vínculo estrecho que le otorga el narrador al personaje monstruo: “Desde entonces aquel monstruo vive conmigo y, para dormir descuidado, hasta le puse nombre: Padre” (2015: 21).

Hacia lo alto 2

Semejante mecanismo de trasvase del sueño al cotidiano de los personajes ocurre en “Contrapeso” (La máquina de languidecer), un microrrelato que, tal como en “La técnica de soñar monstruos”, se sirve de una frase con mucha fuerza asertiva, para luego acomodar la introducción de un objeto amenazante mediante la vaguedad y huecos de definición que demandan un regreso a la aserción retóricamente tan o más arrebatadora que su comienzo: 

Contrapeso 

El sueño se volvió pesado, aturdidor. Había algo en sus imágenes que revelaba mi asistencia a una escena peligrosa o quizá infernal. Huía como si anduviera bajo el agua sobre enviscados bancos de arena y, en el límite del esfuerzo humano, arrancara al mismo tiempo chispas del pedernal del suelo con mi lento avance. Una sombra, un peso sin parangón, crecían a mi espalda. Y aunque comenzaba a sudar y a jadear, sabía que nada de eso me concernía realmente y que, en última instancia, el efecto de aquel sueño sobre mis sentidos sería poco duradero. Pero después, al despertarme, me vi atado a una cuerda que entraba por el ojo de una enorme muela redonda de piedra, como de molino, cuyo volumen ocupaba casi por completo el espacio libre del dormitorio (Olgoso, 2009: 103) 

Si en el microrrelato anterior, de Breviario Negro, se explora un sueño recurrente, “Contrapeso” se adentra en un sueño casual, también consciente, y con la misma sensación fóbica de ahogo por parte del protagonista. Sin embargo, la esencia de “Contrapeso” se basa en una trampa que el sueño juega al sujeto, al contrario de “La técnica de soñar monstruos” en donde el protagonista acepta y da como hecho la penetración del mundo soñado en el mundo empírico. Desde este planteamiento, en “Contrapeso”, el individuo confía en la posibilidad de volver a la realidad para neutralizar e erradicar todos los efectos físicos y psicológicos plasmados en el sueño, presunción esa que no llega a concretarse, ya que, jerárquicamente hablando, el estrato onírico en Olgoso siempre se superpone y se infiltra en lo que comúnmente adoptamos como espacio de lo real.

Planeando

2. Manifestación de la poética de lo sombrío y funesto. 

Llegados a estas observaciones, podemos admitir algunas conclusiones sobre el procedimiento de inmersión de Ángel Olgoso en el microrrelato de tintes oníricos y fantásticos. Lo primero que cabe destacar es el grado de extrañamiento y desconcierto que estos textos producen, debido a la fusión de materia insólita e ilógica con una concisión extrema que no deja caer la línea de tensión narrativa y que canaliza la acción para un efecto sorpresa impactante. Si ya lo podríamos atisbar con el microrrelato puramente fantástico, verificamos que en este caso la conexión con los miedos más primitivos del ser humano parece hacerse eco de una forma más aterradora, puesto que, en todos ellos, la carga pesimista es más que evidente y se apela a una consciencia de fragilidad y desamparo humanos implacable. Por otra parte, asociado a lo onírico, parece siempre converger un valor de revelación o confidencia que delega el acceso al conocimiento de modo asensorial, constatación que trae a la memoria las palabras profesadas en “El día primero de la tumba” del libro Los demonios del lugar: “Recordó de repente que sus ojos abiertos eran el obstáculo” (2007a: 129). Ahora sí, este método de llegar al conocimiento se vuelve oneroso en la medida en que, siendo el sueño un mecanismo impuesto y de supervivencia a todo el ser humano, expone en discurso directo la debilidad física –una condición efímera y vulnerable ante el cosmos– y metafísica –por una especie de conspiración urdida por su entorno hacia el malogro humano. 

Estructuralmente, verificamos que la inclusión de lo onírico viene acompañada por atmósferas difusas, por relatos formalmente representados por una curvatura que cerciora su paso por el suspense, lo extraordinario y lo abrumador y que recupera su definición en un remate tan radical cuanto sorprendentemente cruel, eventos estos que lo aproximan a una sensibilidad apocalíptica, tal como José María Merino muy bien lo proclama (2015:11). Es cierto que, si analizamos toda la obra del escritor granadino, la gran mayoría de su producción literaria se vuelca en una poética del desencanto y del fatalismo, pero el tono satírico o irónico que podemos encontrar en tantos otros microrrelatos de Olgoso no tienen cabida en el dominio de lo onírico, como podemos verificar en “Más que humano”: 

Él nunca admitiría tener ojillos de rata, risa de hiena, malas pulgas o hambre canina. En cambio, reconocería con gusto ser más listo que un lince y hacer vida de hormiga. Para hablar con exactitud, era un animal de costumbres. Bien es verdad que en este caso, bajo su rala piel de cordero, se escondía un tiburón de las finanzas. Sin que él sospechara nada, sus enemigos querían llevarse la piel del oso: lo mataron como a un perro mientras él echaba por la boca sapos y culebras. Pero, desgraciadamente, los asesinos inexpertos siempre rehúsan comprobar si su víctima tiene más vidas que un gato. (Olgoso, 2007b: 58)

Redes

Asimismo, incorporar lo onírico presupone un uso inapelable de finales abiertos, encumbrados por idas y venidas constantes entre materia cotidiana y materia insólita, lo que perpetua movimientos de distanciación y aproximación al elemento de focalización de la narrativa, tal como una cámara que va variando constantemente el objetivo de foco. 

Sumada a una concisión muy bien medida, estos microrrelatos ganan una notable dimensión humana y existencial, manifiesta en la eterna confrontación entre Hombre y Universo, y unidos frecuentemente al tema del recuerdo y de la memoria como herramientas de modelación identitaria y fórmulas de hiperbolizar la condena humana. Si hay alguna dosis de previsibilidad en los textos de Olgoso, esta se ubica en el perseverante cotejo de que, en esta lucha, es el ser humano quien invariablemente pierde, arrastrando con el fracaso la evidencia de su soledad y desamparo cósmico. Que se engañe aquel que piense que a través de un aparente distanciamiento temático de lo que es puramente real –como puede ser lo fantástico y/o lo onírico– uno no puede llegar a punzar de modo tan franco y vertiginoso los miedos e inquietudes universales del ser humano. 

Prisma

domingo, 27 de mayo de 2018

Perlas de Indra


A petición del escritor Francisco Bravo (autor de Visiones inefables y profesor de escritura creativa), que está enfrascado en un trabajo de literatura comparada entre un cuento de Clarice Lispector y Perlas de Indra, Ángel escribió las siguientes notas sobre la génesis de tan turbador relato, perteneciente a Las frutas de la luna:



Las perlas de Indra (o la red de Indra) no son más que uno de los muchos motivos, temas, conceptos o piedras miliares que me han fascinado desde siempre y que he guardado durante años en mis carpetas de proyectos, a la espera de una espoleta que los hiciera estallar. Esa imagen en concreto proviene del budismo Mahayana, de unos escritos de hace cinco mil años acerca de una red semejante a una tela de araña cubierta con gotas de rocío, que se expande en todas direcciones y que contiene en cada intersección una perla brillante que refleja todas las perlas de la red, en una fuga infinita de reflejos, de fenómenos interdependientes, de causas y efectos íntimamente conectados. 

La espoleta fue la indignación ante la reiteradas noticias sobre uno de los muchos horrores del mundo: las sistemáticas violaciones infantiles en la India, lacra social que sólo en Nueva Delhi arroja un saldo de tres niñas violadas cada día. Según cifras de la Agencia Nacional de Registro de Delitos de la India (NCRB), en 2015, último año del que hay datos, en el país se produjeron 32.328 abusos sexuales, y una tercera parte de las víctimas fueron niñas o niños. 

Normalmente trabajo con la extrañeza, me aplico a superponer estratos de misterios latentes o a armar cuentos simbólicos en torno a un núcleo, pero Perlas de Indra está más cerca del relato denuncia. Además de seguir explorando las refracciones del mal -como ya hice en Los demonios del lugar de manera intensiva y extensiva-, de lo inhumano de la naturaleza humana (que parece que nada pudiera cambiar), de lo atroz e intolerable en el hombre (al que no conocemos sino domado o con bozal en la civilización), mi intención con Perlas de Indra fue también la de ejercer una especie de justicia poética, resarcir -siquiera en la ficción- a las víctimas de violencia, procurarles un refugio a los pisoteados, a los vulnerables, a los inocentes, a todos los que alguna vez se han sentido clavos a merced de martillos inclementes. Buscaba transmutar el sufrimiento en compasión. Trascender el odio a través de una rebelión moral contra la indefensión, a través de una especie de trance místico. En este texto, mezclando a partes iguales lo devastador y esperanzador, intentaba burlar a la brutalidad, que la repulsión del poder desapareciera como por arte de magia en un salto espaciotemporal, en una totalidad resplandeciente. Es la visión de los parias liberados de sus íncubos, hurtados a ellos más bien. Es, sencillamente, el deseo de que ocurran milagros. 

Y pensé que la única forma de superar el malestar de la pavorosa escena del relato, esa realidad emotiva tan intensa, era mediante el dulcísimo conjuro de las palabras, mediante un lenguaje que fuera a la vez transmisor y bálsamo, que ayudara al lector a no apartar la vista, a no abandonar la lectura, que la propia poesía con la que estaba siendo narrada la historia inoculara un contraveneno para poder soportarla y sobrevivir anímicamente a ella. 

Y recordé a Schopenhauer confesando que no conocía plegaria más hermosa que aquella con que terminaban todas las obras antiguas del teatro hindú: "Puedan permanecer libres de dolores todos los seres vivientes".



PERLAS DE INDRA 


Tenía nueve años cuando ocurrió. Eran las primeras horas de la tarde y yo recogía berros en la orilla del canal Gobindapur, sola, con el agua hasta las rodillas. He sido huérfana desde que tengo memoria. Una vez alguien me dijo que quizá mi madre no pudo permitirse la dote de una segunda hija, que tal vez intentó envenenarme con bayas de adelfa y que algún familiar se apiadó de mí, abandonándome en la ciudad. Bela jai, el tiempo pasa. A veces, cuando había suerte, cocía perolas de ropa de bramán o tejía sin descanso en telares atestados y dormía en camastros de cuerda. Pero casi siempre mendigaba con un cuenco en la mano, como las viudas de cabeza afeitada que se sientan en la escalinata que desciende hacia el río, y dormía en el suelo, junto a las aguas fecales y las ratas que se electrocutan al morder el cableado eléctrico. Eran las primeras horas de la tarde y recogía berros en la orilla del canal cuando, a mi espalda, una voz colmada de amabilidad preguntó si tenía hambre. Me volví. Dos hombres me miraban fijamente, riendo entre dientes. El más bajo había tendido las manos abiertas en mi dirección. En una de sus palmas mostraba una paratha de trigo, doblada, rellena, hermosa como una una gran mariposa de color dorado. En la otra, un tentador plato de hoja de banano. De pronto me vi sobre la tierra de la orilla con los ojos avivados por la promesa de aquel festín. Tenía nueve años cuando ocurrió. Bela jai. En un abrir y cerrar de ojos, el hombre más alto me agarró del pelo y me arrastró tras el tronco de un tamarindo. Como grité, me abofeteó con fuerza y me empujó la cabeza contra el suelo mientras daba un graznido amenazador. Tenía un ojo en blanco y los pelos le desbordaban de las orejas. Con la mano libre levantó mi sari sucio y deshilachado. A esa hora, al otro lado del río, más allá de sus verdes isletas y de las plantaciones de añil, las aves limpiarían los dientes de los cocodrilos y los murciélagos colgarían de los mangos. A esa hora, en este lado, más allá de las entrecruzadas vías de ferrocarril, la gente martillaría el cobre, prepararía ladrillos de bosta de vaca para el fuego, colgaría cubos de un yugo, barrería esterillas de junco, escupiría jugo de betel dejando por todas partes manchas rojizas como hojas de henna. A esa misma hora, en la ciudad, el aire herviría con el calor y los gases de los tubos de escape, las calzadas estarían repletas de carromatos y de peatones apretujados, de vendedores y repartidores, de carteristas y astrólogos, de traperos y rickshawallas, de tullidos y timadores, de motos con seis pasajeros, moviéndose todos frenéticamente entre la ruidosa maraña de talleres y puestos callejeros. Tenía nueve años cuando me oriné de puro miedo bajo el peso de aquel hombre alto. Eran las primeras horas de la tarde. Mi corazón golpeteaba como el bastidor de un telar, como la lluvia del monzón. Tumbada, me manoseó con ferocidad mientras el otro hacía guardia y me miraba sonriendo de oreja a oreja. Al pie del tamarindo, en la sombra, llenos de polvo, descubrí el plato de hoja de banano y la paratha de trigo. Eso fue antes de que mi vientre ardiera de repente, como un terrón de alcanfor cuando se ofrenda ante un ídolo. Nunca había sentido tanto dolor. La saliva del hombre alto se descolgaba sobre mis mejillas. Tenía un ojo blanco y los pelos le desbordaban las orejas. Deseé ser una de esas arañas nadadoras que corren por el agua, pero mis piernas estaban abiertas y quebradas como una ramita de neem. Deseé ocultarme en la torre del silencio, formar una trenza con mi voz y mi llanto, entretejer los gritos con gemidos y estos con susurros hasta que el miedo quedara prieto en un nudo, pero el daño y la vergüenza me hacían chillar hasta enronquecer. Deseé que el dios mono me llevara lejos de la orilla del canal, asida al extremo de su cola en llamas, pero no podía soltarme. Deseé que mi vida no se prolongara ni un segundo más. Tenía nueve años cuando los dos hombres, enardecidos, se turnaron sobre mi diminuto cuerpo aplastado. De su arrimo nacieron reguerillos de sangre que sentía escurrir por los muslos. Bela jai. Un perro ladró a lo lejos. Me llegó el penetrante olor de flores de mogra y el especiado de un horno de barro. Eran las primeras horas de la tarde cuando, apremiada por cada empujón hacia la muerte, me acordé de aquel zarcillo que me gustaba contemplar, una y otra vez, en un bazar de la calle Masjidbari. Como si apretara muy fuerte una inesperada rupia en el puño, como si jugara de nuevo a atrapar con mi mano un rayo de sol, mi mente se aferró al recuerdo de aquella joya inalcanzable, delicada y fresca como una uva pelada. A partir de ese momento, el diluvio de aflicción fue cesando. Mis dientes dejaron de castañetear. Mi garganta, de implorar. Mis ojos, de extraviarse. Y, poco a poco, el aire se volvió más fresco, las hojas de palma dejaron de susurrar como papel crujiente y se hizo el silencio. A medida que la luz del zarcillo verde se abría camino desde mi centro, por primera vez en mi vida sentí curiosidad por lo que iba a suceder después. Con la dulzura de un bálsamo, su intensa claridad parecía baldear el dolor y el miedo, interceder por mi destino, librarme del desamparo para acogerme en esa red de la que había oído hablar a los santones junto al templo Paresnath, la de los actos justos. Dijeron que una red mantiene unido al mundo mediante finísimas cuerdas de seda, con perlas de gran brillo en cada cruce de esa telaraña de plata, reflejando cada una a todas las demás como espejos que corrieran hacia el infinito. En un instante, los dos hombres desaparecieron, sin tiempo para rematarme. El mundo también desapareció. Al menos el mundo que yo conocía. Y, a velocidad de relámpago, salté de un hilo de la red a otro, me dejé ir, volé hasta un lugar extraño pero confortable, un lejano lugar sin hambre ni calamidades, donde personas desconocidas con otro color de piel me procuraban sustento, pagaban mis estudios, se aseguraban de que sonriera. Había lechos mullidos, agua corriente y ropa limpia. Y si me miraba en los relucientes espejos, podía contemplar el zarcillo delicado y verde como una uva pelada, apreciar el milagro de su fulgor pendiendo de mi oreja derecha. Desde entonces lo acaricio con frecuencia entre las yemas de los dedos, pensando en el asombroso tránsito de mi vida, en la alianza que creía perenne de miseria y abandono y ahora desvanecida para siempre, preguntándome de quién habría sido voluntad todo lo sucedido hace treinta años. No he olvidado que tenía nueve cuando conocí la compasión. Eran las primeras horas de la tarde y yo recogía berros en la orilla del canal Gobindapur, sola, con el agua hasta las rodillas. Bela jai. El tiempo pasa. 




domingo, 20 de mayo de 2018

Exilios y otros desarraigos

Letralia, la revista electrónica decana de los escritores de habla hispana (fue la primera revista literaria publicada en Internet desde Venezuela y también la primera en ser distribuida por correo electrónico en América Latina), cumple hoy 22 años y lo celebra editando un libro monográfico, digital y de acceso gratuito sobre los desplazados en el mundo, Exilios y otros desarraigos. Entre los autores seleccionados de todos los países hispanohablantes está Ángel Olgoso, con su plástico y estremecedor relato La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos, perteneciente a Las frutas de la luna.


Os dejo con las palabras del editor de Letralia, Jorge Gómez Jiménez, con el relato de Ángel y con el audio del mismo, leído por Roberto Martínez Mancebo.




Letralia cumple 22 años y publica un libro sobre el exilio 

La primera edición de Letralia, Tierra de Letras, circuló el lunes 20 de mayo de 1996. Son veintidós años de trayectoria difundiendo la obra de los escritores de habla hispana en todos los géneros, y por ello hemos preparado una edición especial que circulará a partir del domingo 20 de mayo de 2018 en forma de libro digital de acceso gratuito. 

Letralia se edita en Venezuela, nación que atraviesa un duro momento histórico en el que millones de ciudadanos se han visto obligados a buscar otros horizontes en aras de asegurarse un mejor futuro. Se trata de un proceso hasta ahora desconocido para este país, que siempre acogió a exiliados de diversas latitudes. 

Regímenes tiránicos, corruptos o ineficientes, guerras, hambrunas, desastres naturales y otras circunstancias han producido a lo largo de la historia migraciones que han convertido la patria en el territorio de la nostalgia. Este es el tema que abordamos en nuestra edición aniversaria: los desplazados. La partida que emprenden grandes grupos humanos para salvar la libertad y la vida, la cara humana de estos procesos, la vivencia del expatriado, el papel de los inmigrantes en los países de acogida. 


En su vigésimo segundo aniversario, la revista Letralia, Tierra de Letras, ha querido revisar el tema en compañía de firmas de todo el mundo. El exilio, los desplazados, los refugiados, son los protagonistas de este libro que incluye textos de 62 autores. El lector encontrará poemas, cuentos, crónicas, ensayos y otros materiales que analizan el tema del abandono forzado de la patria desde todas las perspectivas posibles. Es nuestra aspiración que este trabajo contribuya en algo con el entendimiento de un fenómeno que ha llenado de dolor el mundo entero.

Santiago Caruso, Stones



LA PEQUEÑA Y ARROGANTE 

OLIGARQUÍA DE LOS VIVOS


Cuatro días hace que llegué a la costa por cierto asunto. Como me ocupa sólo las tardes, dedico las horas de la mañana a pasear desde los últimos pinos del pueblo hasta los riscos puntiagudos del espigón, a recorrer la playa muy despacio y con la cabeza vacía, a dejar que la brisa salobre limpie de parásitos mi alma, encarado al mar. Y como es invierno, nadie suele molestarme. Ayer, cuando alcancé el suave promontorio donde muere el camino, no escuché el amortiguado rumor de las olas e intuí un mar desacostumbradamente sombrío, de tan pajizo, como si la luz del sol luchara sin ímpetu para abrirse paso entre las nubes o les pidiera licencia para reflejarse en el agua. Pero el cielo no estaba cubierto, excepto unas migajas sueltas color rosa vinagre que punteaban el norte. Acerté a pensar que esa luz cargada de tristeza, el silencio estéril, el opresivo horizonte, la naturaleza compacta del agua a lo lejos, la ausencia de salpicaduras en el ribete de la playa, todo conspiraba para imaginarme en la costa de otro país. Según salvaba los doscientos metros que separan en línea recta el promontorio de la orilla, no parecía sino que una especie de toldo infinito, de color ceroso y abullonado por una amalgama de pólipos u hongos, cubriera la superficie entera del mar. A decir verdad, sólo cuando estuve a varios pasos pude cerciorarme de lo singular de la visión: aquel mar era una apiñadísima masa de cuerpos inertes mecida por la marea, una maraña humana tan entrelazada que no permitía ver el agua por intersticio alguno. Levanté la mirada y comprobé que ese tumultuario aluvión, esa prieta esponjosidad de cadáveres desnudos, continuaban hasta perderse de vista en el horizonte. De pronto, una tímida ola que comenzó a pronunciarse mar adentro avanzó elevándose poco a poco, se dilató en los flancos y se adensó dispuesta a acometer la playa. En el cenit de su impulso, mientras se sustentaba pesadamente en el aire, advertí con claridad que su cresta se componía de personas vivas, como una espuma vehemente que se moviera con un frenesí un tanto pueril, como una delirante guirnalda de burbujas que eran cabezas embestidoras, ojos en alegre desafío, bocas que mostraban tesón o desdén, extremidades que braceaban al unísono, cientos de torsos jóvenes, elásticos, que se sostenían victoriosos arriba por un instante antes de derrumbarse, con una exhalación más sorda que bronca, entre la cinta pedregosa de la orilla y la superficie grávida de cuerpos. Allí quedaban, a la deriva, muertos ya e indistinguibles del resto de despojos, adormecidos para siempre en el placentario vaivén de un regazo ilimitado. Poco después, una nueva ola despuntó al fondo, inició la infatigable fuga hacia delante, fue creciendo lentamente alentada por la premiosa resaca, y volví a ver esa onda colectiva, esa voluta donde bullían protuberancias tersas y peludas, ese festón horizontal de humanos vivos que, deslizándose sobre la base de difuntos, se esforzaban ciegamente, casi con altanería, con una engañosa vocación de eternidad, por ganar el rompeolas. Luego, a medida que se desplomaban contra las piedras de la playa con un blando golpeteo de rodamiento, con un roce viscoso, el múltiple cabeceo se debilitaba, la tenacidad desplegada cedía, las figuras vivas eran ganadas por una melancolía irreversible antes de morir, antes de sumergirse y volver a emerger y reintegrarse a los demás, a la miríada de prójimos, al tapiz de pieles, a la saturación animal de pellejos biliosos e hinchados, para no turbar un proceso que parecía incubarse a sí mismo sin descanso. Tardé en aceptar la evidencia de un pensamiento tan elemental: no se trataba de cadáveres desnudos flotando arracimados en el agua; esos cuerpos innumerables eran el agua, eran el mar mismo, eran sus corrientes, constituían cada una de sus moléculas, desde la superficie hasta los confines de las profundidades abisales, eran el turbión alimentado con el acúmulo de cien generaciones, el rompiente donde se engolfan todos nuestros antepasados. Comprendí también por qué razón las gaviotas sobrevolaban, sin precipitarse nunca, aquel mar incierto y pútrido. A fin de cuentas, en la distancia, en las alturas, la suplantada extensión acuática quizá se percibiera como la mole escamosa de un armadillo inabarcable, meciéndose morosamente, con su opacidad color badana, frente al litoral. De hecho, hasta donde alcanzaba la vista, no se distinguía ninguna embarcación, y el perfume del aire no traía el menor indicio de sal o de yodo. Mientras tanto, el sol hacía vano alarde de fuerza. Nada podía su luz velada contra el mórbido resplandor que despedía la palidez amarillenta de los cuerpos, de ese piélago silencioso y cárnico, frío y mortecino, de espeso reflujo, donde sin cesar, como obedeciendo a una llamada, nacían nuevas olas formadas por concentraciones de criaturas de fugacísima existencia, a las que pronto se les retiraría la exigua gracia concedida, ajenas por completo a la playa final, a su agónico desencuentro con la tierra, a la extinción de su breve reinado, a su veloz regreso, resignado y definitivo, al vasto mar de los muertos.