He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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viernes, 21 de noviembre de 2025

Entrevista en la revista Quimera (nº503)

Comparto la entrevista que me ha hecho el gran Miguel Arnas para la revista Quimera. Este número de noviembre (503) incluye, entre otros interesantes contenidos, ensayos sobre Henry Miller, Guillermo Cabrera Infante, Cormac McCarthy y Roberto Juarroz, y entrevistas a Sabina Urraca y Cristina Sánchez-Andrade:

                                                                                

QUIMERA (503-Noviembre 2025)
Cambio de amura. Entrevista a Ángel Olgoso

Miguel Arnas Coronado

La entrevista que le hice hace ya veinte años para la revista Ficciones -y que supuso el inicio de una fértil, profunda y patafísica amistad- la titulé “Ángel Olgoso o el relato poético”. Con esta otra, de algún modo se cierra un ciclo aprovechando que Ángel va por la mitad de la publicación de los seis volúmenes de sus relatos completos, unos setecientos, hazaña que lo emparenta, en cantidad y calidad sostenida, con producciones cuentísticas de la envergadura de Maupassant o Pardo Bazán. Al mismo tiempo, se acaba de editar la primera obra de una nueva etapa híbrida y sin apenas ficción, “Madera de deriva”. El universo olgosiano es un espacio reconocible, de perspectivas insólitas, de relatos simbólicos y medulares por su concentración e intensidad, de mimo en la precisión y coloratura del idioma, de un singular minimalismo barroco, como diría él. Una literatura de quilates aunque venga en pequeños recipientes. Al adentrarse entre sus páginas inquietantes y sorprendentes, el lector no puede sino sentirse abrumado por la potencia imaginativa, la riqueza estilística y la versatilidad de un escritor que trasciende los límites de los géneros breve y fantástico, y del que muchos pensamos que no ocupa el lugar que merece por derecho propio. Cualquier otro autor con este bagaje sería ya hace tiempo un hito insoslayable.

-Estás publicando tus cuentos completos en una serie de seis tomos, donde los seleccionas en función de su temática. Al menos desde fuera, da impresión de proeza ¿Qué sientes al echar la vista atrás?

Es cierto, Miguel, tras abandonar la ficción (unos 700 relatos escritos en 42 años) por otros senderos narrativos más híbridos, los estoy recopilando temáticamente. Ya han aparecido los tres primeros volúmenes en la editorial Eolas: “Bestiario”,  “Sideral” y ”Estigia”. Y están previstos que salgan otros tres más: "Holobionte", "Ánfora" y "Maelstrom". Siento la satisfacción, y un poco la inquietud, del deber cumplido, de dejar organizada la obra de mi vida. 

-Setecientos relatos son un número considerable ¿Cómo lo has hecho, no te has encontrado con la duda de clasificar alguno que podría figurar a la vez en dos o más compendios?

A pulso, vertiéndolos relato a relato en cada uno de sus seis archivos correspondientes, con cuidado de no repetir ninguno. En realidad, sólo el tema del amor y el erotismo tenía entidad para componer otro volumen unitario, pero este asunto recorre transversalmente los otros seis volúmenes, a los que sin duda presta un toque de color y calidez. Más allá de esto, no he tenido dudas con los ejes temáticos de mis relatos completos, que he estabulado mediante agrupaciones de algún modo imperativas. 

-Hace ya muchos años Justo Navarro dijo que posees una capacidad verbal e imaginativa que es una excepción en la literatura que se escribe en España. Desde luego tu estilo inconfundible implica un altísimo tratamiento del lenguaje, un prurito en las enumeraciones, una prosa muy cercana a la poesía, unos finales sorpresivos, una fantasía voladora. ¿El amor por la palabra es tu clave de bóveda?

Como supiste ver muy bien en aquella antigua entrevista, algo de la poesía que cultivé entre los trece y los diecisiete años ha seguido rezumando en todos los relatos que he escrito, como las gotitas de un cántaro poroso. Supongo que porque soy un apasionado de las palabras vivas o muertas: me parecen claves de acceso a otro mundo, polizones que desenmascaran o interrogan la realidad, caballos de Troya de la mente. Me sirvo y sirvo a las palabras: no sólo cuentan la historia, son la historia. Encuentro extremadamente vigorizante el embeleso verbal y tangible que procuran. Siento una clara simpatía por autores que tratan el lenguaje como un material totalmente artístico (‘prosa comestible’ la llamo), Azorín, Cunqueiro, Gabriel Miró, Pla, Aldecoa, García Pavón, Dieste o Caballero Bonald. Creo que la belleza formal ejerce de contrapunto de los delirios un tanto sombríos que conforman la mayor parte de mi obra. Ese gusto por la orgía perpetua del lenguaje proviene de mi querencia adolescente por el barroco de Carpentier o Lezama Lima, y de la herencia formal de la Andalucía barroca, que se superpone a la herencia familiar gallega, de aliento céltico y neblinoso. No considero las frases tornasoladas como un simple adorno, sino como una condición esencial de la literatura, la de su capacidad para crear belleza a través de las palabras, que es también el más fundamental de los placeres. Tal vez después de todo, como dijo D. H. Lawrence, al comienzo no era el Verbo sino un gorjeo.

-Es evidente que los cuentos han sido la médula de tu obra.

Por supuesto. Los cuentos son como las perlas, decía Karen Blixen, enfermedad transformada en belleza. Pescar esas perlas ha sido la pasión de mi vida. Creo que de joven padecía un estado interior ígneo, eran veinticuatro horas de erupción imaginativa. Aunque ese magma se haya ido enfriando, sigo pensando que la imaginación puede entender el mundo lo mismo o mejor que la razón: el escritor como visionario, como domesticador de relámpagos. Y que esas ‘islas de orden’, esas medidas estructuras, esos diminutos cedazos, esos precisos mecanismos narrativos son un género destinado a autores que no necesitan escribir largo para decir mucho. Por su brevedad, el relato permite la estética del todo, la armonía del conjunto cerrado, autoconclusivo, algo imposible en una novela, que se cifra en algunos fragmentos satisfactorios, y donde es muy difícil que todo esté a su misma altura. Mi estética, además, ha intentado traducir el sentimiento de extrañeza que produce el mundo. Historias contadas con brevedad, intensidad y trascendencia. Mis relatos son como esas gárgolas y bajorrelieves de monstruos en los capiteles del Románico, proyecciones del inconsciente, del lado oculto de la naturaleza humana, de sus pesadillas, de lo que no se puede expresar. 

-¿Podemos afirmar entonces que eres de los que consideran que la obra de arte, en lugar de ser un espejo en el camino, debe transportar al lector o al espectador a un mundo en el que no ha estado?

Clarísimamente. Poco hay más estimulante que cuando se diluyen los límites entre lo real y lo soñado, cuando arrancas al lector de la costumbre. Al arte le pido una especie de cautivación. Esta es la función del creador artístico: dar comida de lo que no existe para que la gente se alimente. Pienso, con Gonzalo Suárez, que si partes de la realidad sólo puedes falsificarla, pero si partes de la ficción paradójicamente no te escapas de la realidad. Porque la realidad (categoría, por cierto, que a estas alturas se ha pulverizado hasta límites cuánticos) no es sólo lo que vemos, también lo que imaginamos y soñamos. Siempre he creído en la primacía de la imaginación (desbordante y filistea en mi caso y jugadora a veces de malas pasadas), en su capacidad para transfigurar y subvertir la realidad, para abrir puertas, para ‘asombrar desde la sombra’. 

-Te he visto como inoculado siempre por ese insobornable fervor imaginativo, que es también el gusto por el misterio y la excepción.

Así es, el vínculo con el misterio está en la base no sólo de la creación artística sino de la conciencia humana. Lo imaginativo, lo insólito, todo lo que tiene la relación adecuada con lo Extraño, es como una lente a través de la cual examinar la realidad. Mis relatos se propusieron cautivar, hechizar al lector, que viajara al encuentro con lo sorprendente, a otros estados de conciencia, mediante visiones singulares, de una intensidad exacerbada, y mediante atmósferas inmersivas. El misterio fragua estéticamente. En cuanto a la excepción, creo que el estudio de la realidad reside menos en las leyes que en las excepciones, y que el interés del artista debe dirigirse a lo excepcional, en un esfuerzo por superar los hechos genéricos; algo que -como sabemos, dada nuestra condición de Sátrapas del Institutum Pataphysicum Granatensis- que está en el centro mismo del corazón espiral de la Patafísica.

-Corre la leyenda de que Ángel Olgoso es en realidad un combinado, un escritor conformado en calibrada proporción por tres partes perfectamente prorrateadas, Poe, Kafka y Borges.

Es una visión muy plástica, y desde luego halagüeña e hiperbólica hasta más no poder. Para completar tan milagroso compuesto, yo añadiría algunos excipientes imprescindibles -Schwob, Azorín, Buzzati, Arreola o Cunqueiro, por citar los principales- que dan consistencia a aquellos principios activos.

-De pronto, nos anuncias que has dejado de escribir ficción. Pero, por lo que sabemos, no implica abandono de la escritura. Tus cuentos nos han seducido durante décadas. ¿A qué se debe este golpe de timón? ¿A qué te vas a dedicar, o quizá ya te estás dedicando?

Sigo siendo defensor a ultranza de la imaginación como recurso creativo primordial pero deseaba zafarme de las bridas y convenciones de la narración tradicional. Es decir, subyace un deseo de libertad. Aunque antes ya había experimentado con los relatos y jugado con los límites de su territorio, la hibridación (lo que Ginés Cutillas denomina con acierto el ensayo-ficción) me ha ido pareciendo cada vez más sugestiva. Me ha permitido diversificar mi atención, levantar el tingladillo de una teoría peregrina, dar rienda suelta a la jugosidad interior sin una necesidad constante de fabulación. Quizá me influyó esa fatiga reciente de las formas literarias, ese magnetismo actual de lo fragmentario, ese hambre circundante de realidad. Las piezas de los dos primeros libros de esta nueva época, “Madera de deriva” (Libros del Innombrable) y “Mirabilia”, suceden entre la epigrafía, el ensayo, la poesía y otros géneros. Prosas apátridas en el sentido que le dio Ribeyro, textos alérgicos a la trama. Tal vez, a medida que uno envejece, descubre que la meditación es un país incomparablemente más vasto que el de la ficción.

-Acabas de publicar tu primer libro de la nueva manera, “Madera de deriva”. ¿Qué puedes decirnos de él? Por lo que comentas, va a ser afín al ensayo. ¿Te satisface tanto tu nueva tarea como la que has abandonado? Te pregunto esto porque de tu narrativa anterior se deducía un goce íntimo, no solo del lector, del que doy fe, sino también un goce grande del propio autor.

“Madera de deriva” es una obra miscelánea de textos fronterizo, un ‘collage’ literario donde hago acopio de apostillas libérrimas, de elementos marginales de la cultura, entradas de diccionario, evocaciones, viñetas, teorías extravagantes, guiones, marcapáginas de la Historia y algún texto discretamente confesional. Aunque aquí el grado de ficción se haya reducido, sigue habiendo esa capacidad del arte de dilatar la realidad. Y en todo está presente cierta pulsión poética, reflexiva o incluso erudita. Un libro lleno de fervor por la literatura. Pero a pesar del título estos escritos no son restos de naufragio sino piezas forjadas con toda premeditación y hasta sus últimas consecuencias, con respeto por la inteligencia del lector y por la lengua, y sin miedo a la exigencia ni al culturalismo.

-Me consta que tienes cuentos largos como El síndrome de Lugrís, Los palafitos, Villa Diodati, Dybbuk o Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde para los que has necesitado muchísimo tiempo. Estos textos híbridos, o como quieras llamarlos, ¿te son igual de costosos?

Ahora que lo dices, soy consciente de pronto de lo brutal del contraste: si “Madera de deriva”, el libro entero, me llevó tres intensos meses -los del confinamiento-, el esfuerzo y el tiempo que requirieron relatos como El síndrome de Lugrís (ocho meses), Los palafitos (cinco años), y Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde (veinte años de acopio de documentación) pueden suponer una desproporción bárbara e incomprensible, pero creo que no sólo son indicadores de mi lentitud sino también de la implicación absoluta, de una dedicación enfermiza a la búsqueda de la excelencia literaria. Recordemos que, si no hay precisión, la pasión creativa se convierte en caos.



martes, 10 de septiembre de 2024

Mi reseña de "La Novena" de Miguel Arnas en la revista Quimera

Comparto, en el número de septiembre de la revista Quimera, mi reseña de otra extraordinaria muestra del poderío narrativo de Miguel Arnas: su última novela publicada “La Novena” (Ed. Nazarí).




<<OBSEQUIO PARA LOS DIOSES.


Miguel Arnas es nuestro Anthony Burgess. Caudalosos, prolíficos, totalizadores y grandes amantes de la música clásica, ambos han intentado integrar las estructuras musicales en la literatura. Si el autor de ‘La naranja mecánica’ acometió el reto en ‘Sinfonía napoleónica. Una novela en cuatro movimientos’, nuestro patafísico, nuestro catalán y granadino de adopción lo acaba de hacer con ‘La novena. Un trasunto de la Novena Sinfonía de Beethoven’, también en cuatro movimientos pero con mucho más: hay textos reflexivos que operan como puentes enlazando los temas familiares, musicales y literarios que se persiguen a sí mismos; hay interludios que revisitan la vida de esos músicos que, como el propio Beethoven, compusieron su ‘Novena Sinfonía’ y murieron; hay un riquísimo y peculiar vademécum con 39 (número cabalístico) personajes representativos a la vez que esquinados de Europa; y, entretanto, la narradora, cercada por la muerte, cuenta la vida y milagros de las familias López, Pedrosa y Rodero (a la que pertenece) a lo largo del inmoderado siglo XX español hasta bien entrado el XXI.

A excepción de sus poemarios en prosa ‘El árbol’ o ‘Piano en pájaro’, la narrativa de Miguel Arnas es por lo general dionisíaca (véanse si no esos impresionantes hitos, ‘La insigne chimenea’, ‘Nos’, ‘Lejos de todo esa gente con ideas’, ‘Ashaverus el libidinoso’ o ‘Ashaverus el creador’) un torrente que sin embargo arrastra de manera armoniosa -en ocasiones incluso sincopada- realismo, metafísica, escatología, psicologismo, historia e intrahistoria, poesía, experimentación o mitología. Entre las páginas de esta poderosa obra última aprendemos que la creación artística es heroica y viene del trabajo, y que son Beethoven, Schubert o Burgess (y añado a Arnas) quienes obsequian a los dioses con su fuego. Aprendemos, entre una profusa pero suculenta cornucopia de imágenes, asociaciones y conceptos, que los arces sonrojan el cielo, que la sorpresa es pajarera, que la ciencia es fe carboneril, que el olor de los perales en flor recuerda al de unas medias femeninas. Que el placer artístico es anomalía, y que nos ayuda a no morir de tanta realidad. Miguel, pletórico de recursos, de armonías, de acordes y desarrollos, arde una vez más en su zarza. Y el lector de La novena es arrebatado por la efervescencia de este juego imposible, de esta novela laberíntica dentro de la novela, de este puzle de múltiples piezas divisibles en otras más pequeñas, de esta música despiezada; es arrebatado por la música como morfina, como rapto, como resoplido de cetáceo, como elixir que inunda por dentro; es arrebatado por los cuatro movimientos de la sinfonía convertidos en capítulos: “lo heroico, lo orgiástico, lo bucólico con algo de marcha fúnebre, y por último, Europa, lo épico y lo anodino de este continente”.

Sí, cuando el arte es grande guía al hombre al firmamento. Sí, la música logra expresar lo inexpresable mejor que la palabra porque está más cerca del espíritu. Sí, la belleza es elixir que inunda por dentro. Sí, para aprender a escribir novelas quizá haya que escuchar con atención la ‘Novena Sinfonía’ el genial sordo de Bonn, y leer ‘La novena’ de Miguel Arnas>>.

viernes, 17 de mayo de 2024

Reseña de "Sideral" en Quimera

Mil gracias a José Abad por su estupenda reseña de “Sideral” (Eolas) publicada en el último número de Quimera.





CAOS VERSUS COSMOS
Por José Abad


<<La fantasía no es una sola, sino múltiple, y cualquier intento de clasificación con pretensiones de exhaustividad está condenado al fracaso. Así y todo, en “La infancia recuperada”, Fernando Savater propuso una distinción aceptablemente funcional entre ‘fantasías blandas’ y ‘fantasías duras’, sirviéndose de un par de adjetivos que tal vez llamen a engaño. (Tengo que aclarar que estos empeños taxonómicos responden al deseo de entender mejor el género, no con el fin de establecer jerarquías; tan odiosas, siempre). ¿Qué las diferencia? En las llamadas ‘fantasía blandas’ puede suceder absolutamente cualquier cosa -”todo es posible menos el orden”, escribe Savater- pues todo depende del temperamento o la imaginación del soñador; en las ‘fantasías duras’, en cambio lo extraordinario se cimenta en unas reglas fijadas por el autor que, dentro de la ficción, adquieren el rango de verdad inamovible; el soñador se autoimpone unos límites que no osa franquear. Personalmente, diría que Ángel Olgoso prefiere la alegre compañía del primer grupo, porque desconfía del segundo.

En una preciosa pieza incluida en “Sideral” intuimos el porqué de esta predilección: en “Geometría”, el prisionero encerrado en un calabozo triangular sufre el cruel diseño de un castigo exacto, mesurado, matemático. Las frías disposiciones de lo racional parecen ideadas para menoscabar la libertad del individuo. “El borde de la luz”, por su parte, invita a sospechar de ese orden que asociamos insensatamente a la idea de perfección: tenemos a un hombre sentado en un promontorio ante una idílica estampa marina: el sol, unas gaviotas en el cielo, la piel del mar delante y un bosque no muy lejos, “todo es amarillo y azul y eterno”, afirma el narrador, antes de confesar: “Pero bastaría mirar atentamente cualquiera de los detalles que esta escena acota para desconfiar, para advertir en ella algo inquietante, artificial, regido por una excesiva perfección”. La realidad como espejismo o simulacro recorre este volumen. En otro relato magnífico, uno de mis preferidos, “Contraviaje”, Olgoso contrata a dos operarios para que desmonten, poco a poco, uno a uno, los paneles del mundo circundante, que ocultan la nada más absoluta. No hay certezas. “La única certeza es el miedo”, afirmaba el narrador de “El borde de la luz”.

La idea de que en las ficciones olgosianas “todo es posible menos el orden” tiene una base epistemológica. Sus historias responden a la convicción de que el Cosmos es únicamente otra máscara del Caos, de ahí su preferencia por las fantasías desbocadas o -como él las llamó en un relato no incluido en este volumen, “Gabinete de maravillas”- fantasías infundadas. Para Olgoso, la fantasía es un modo oblicuo de acercarnos al despeñadero de la existencia; en algunos relatos sentimos sus manos en nuestra espalda y el impulso irrefrenable de empujarnos abajo, como en “Lucernario”, en el cual el circunspecto protagonista, de vuelta al hotel ya de noche, descubre tres lunas en el cielo; o en “Anomalía”, en el que, al salir de cortarse el pelo, un tipo corriente y moliente descubre que el mundo ha desaparecido y, en su lugar, “hay una neblina que tiene la viscosidad de la miel”. Estas ficciones son desafíos a nuestra inteligencia que nos sacan de nuestra zona de confort y nos abandonan a la intemperie. Se equivoca quien vea la fantasía como una mera evasión de la realidad. La fantasía es una invasión, en realidad; una horda bárbara que arremete furiosamente contra nuestras defensas e irrumpe en nuestras vidas al grito de: ¡Rendíos! Y no queda otra: nos rendimos>>.

domingo, 13 de junio de 2021

Reseña de Devoraluces en Quimera

Muy agradecido al escritor César Rodríguez de Sepúlveda por la luminosa y entusiasta reseña que ha engastado maravillosamente con las páginas de "Devoraluces". Su lectura certera y atenta a los detalles es de las que contagian amor por la cultura, de las que confortan y alimentan, de las que logran desvanecer la pesadez del día como una ola que retrocediese con la resaca. Ha aparecido en el número 450 (junio 2021) de la revista Quimera.





DEVORALUCES

César Rodríguez de Sepúlveda

Aunque la ilustración de sobrecubierta sea un grabado de Blake que dice, en el original, "así lloró la voz del ángel", aquí la voz de Ángel (Olgoso) no solo no tiene nada de lacrimosa, sino todo lo contrario: es puro júbilo, pura celebración, puro goce. Se afirma en la contracubierta que con este libro pone su autor "proa a un territorio luminoso", lo cual es absolutamente cierto, sin perjuicio de que se encuentre también en el libro el Ángel Olgoso que conocemos y admiramos desde hace años. Sigue firmemente en pie la apuesta del autor por lo breve, por la insinuación, por lo incompleto. Con más rotundidad si cabe, como atestigua la ensalada de textos con que se cierra el libro, la "Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies" (muy olgosiano esto de sembrar misterios con los títulos). La "Nomenclatura", a manera de fragmentaria poética, es la orgullosa declaración de independencia de un escritor que reivindica la libertad de imaginar: "el mejor texto es el perímetro virgen, el que tiene los atributos de la bruma, el espacio de vivir lo imaginario que puede expandirse como el universo, como un puño antes de ser mano abierta". Mejor imaginar que narrar, dice en otro momento, porque el acto de contar acaba por resultar repetitivo, rutinario, perdido ese fulgor inicial del encuentro de un mundo nuevo. Desde luego, sí algo no falta en la obra de Ángel Olgoso (uno, modestamente, ha leído unos cuantos libros suyos) es el ejercicio continuado de una desbordante imaginación. Imaginación que, incluso enjaulada en textos breves o hiperbreves (o quizá precisamente por ello), irradia una capacidad de sugerencia casi infinita.

En los textos que componen este libro encontramos estimulantes viajes por la historia de la literatura ("La Rosa de los Vientos", perfectamente orientada); cuentos que muestran otra perspectiva de los textos canónicos ("Medio real", "La arena de las historias"); una casa que espía a sus románticos habitantes ("Villa Diodati", que me ha recordado una preciosa novela de Mujica Láinez); miradas sarcásticas ("La ilusión del horizonte"); himnos al placer de imaginar ("Fulgor"); y artificios borgianos ("El calendario quimérico de lo que podría haber sido"). De todo hay en este gran bazar, en esta juguetería mágica, en esta selva exuberante de la imaginación. ¿El "modus operandi "? El del demiurgo que se divierte poniendo en marcha mundos fascinantes para abandonarlos en cuanto, muy bien pulidos, empiezan a brillar con luz propia. ¿Para qué seguir caminos ya trazados cuando es posible abrir, una y otra vez, otros nuevos?

El Olgoso inventor de mundos extraordinarios es también el genial orfebre de una prosa cautivadora, por lo precisa tanto como por lo sorprendente, por los hallazgos léxicos y por su fantástica y barroca arquitectura de enumeraciones y paralelismos, torres de Babel sintácticas como castillos de naipes que alcanzan altura sin perder su estabilidad.

Aunque, si todos los textos ofrecen una prosa extremadamente cuidada, hay uno en particular, que no es propiamente narrativa ni propiamente poesía, cuya osadía verbal es deslumbrante. En este texto extraordinario, "Émula de la llama" (título tomado de una silva del renacentista Francisco de Rioja), el tema es el erotismo vivido de forma intensa, exultante, expresado con una prosa tan arrebatadora que difícilmente se le encontrará un paralelo en nuestra literatura (pensaba en algún libro de Umbral, pero nada que ver: aquí la entrega gozosa desconoce los límites y el cálculo). La escritura del placer coincide y se identifica con el placer de la escritura, y es tan íntimo a veces lo que se nos cuenta que el lector puede llegar a sentir cierto reparo y preguntarse si no debería mejor cerrar la puerta y dejar solos a los amantes en su gozoso frenesí...

O sea, que están aquí, en buena compañía, el Ángel de las tinieblas y el Ángel enamorado, orbitando feliz en torno a su estrella, sediento de su luz. Y aquí están también el placer, y el amor, y la vida. Y la literatura. Feliz fiesta.


miércoles, 13 de mayo de 2020

Reseña de Haikulinario en Quimera

Comparto la reseña que del libro "Haikulinario" de Marta López Cuartero escribió Ángel Olgoso, recién aparecida en el último número de la revista Quimera (nº 437, mayo 2020).


sábado, 18 de enero de 2020

Tenue armamento en Quimera


El profesor y también escritor José Abad ha publicado su estupenda reseña sobre Tenue armamento en el último número (enero 2020) de la revista Quimera, que contiene además un sabroso dossier sobre Josep Pla.

domingo, 7 de abril de 2019

Los pescadores de perlas

Ángel Olgoso participa en Los pescadores de perlas. Los microrrelatos de Quimera con tres textos que escapan en cierta medida a los límites del género: Nebulosa Rho OphDe masticatione mortuorumEspléndida teoría física que nos explica la aurora boreal por el reflejo de los arenques, todos pertenecientes a su libro Breviario negro. La antología, coordinada por Ginés S. Cutillas y publicada por Montesinos, recoge los relatos publicados en dicha sección de la revista Quimera: ochenta autores, españoles e hispanoamericanos, consagrados y emergentes, que ofrecen un completo muestrario del texto breve actual. Reproducimos a continuación dos de los relatos de Ángel.