He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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lunes, 22 de junio de 2026

Reseña de "Madera de deriva" en Anthropologies, por Rodolfo Padilla

Muy agradecido a Rodolfo Padilla Sánchez por su maravillosa singladura de “Madera de deriva” (Libros del Innombrable) en la revista Anthropologies. Es de las pocas ocasiones en que se ha confeccionado una reseña de un libro mío hilvanando de forma narrativa e impecable prácticamente todos los textos:



<<VIAJE MISCELÁNEO A LA BELLEZA: “MADERA DE DERIVA, DE ÁNGEL OLGOSO”


Vamos a embarcar en el navío “Madera de deriva”, flotado por la compañía Libros del Innombrable (2025). Lo vemos a lo lejos, recortado por el arrebol, y algo resalta a la vista: las velas y la popa muestran una dirección divergente a la acostumbrada; el simple hecho pudiera parecer una minucia fruto de alguna ilusión óptica, y es que, aunque así fuera ya determina que no va a ser un viaje ordinario. La impresión cobra fuerza al saber que su capitán es Ángel Olgoso, aventurero de reconocido prestigio por haber degustado las frutas de la luna y transitado en incontables veces la laguna Estigia y salir indemne para revelarnos los secretos de la tierra de los muertos, mientras que experiencias siderales lo llevaron a conocer todas las eras humanas y a reconocer la naturaleza caprichosa de Dios. Ahora su ambición es mayor si cabe, pues después de casi un millar de maravillosas aventuras, en este viaje misceláneo pone rumbo hacia la Belleza, buscándola en lo cotidiano sin menoscabar su particular mirada del mundo.

Conforme soltamos amarras comprendemos que la belleza es esquiva y para localizarla hace falta identificar primero la fealdad y destruirla, sólo entonces nuestros ojos quedarán libres para observar la naturaleza primigenia y aprender cómo levantar utopías. Por eso, en nuestra primera parada escuchamos el «Papel sonoro» de hojas caídas y libros rescatados entre novedades invasivas y superfluas, aquejadas de la misma prisa con que serán olvidadas, pues en «La pocilga de la facilidad» hay mucha soberbia y reconocimiento efímero, mucho impostor que se cree escritor por publicar e ignora que la creación se parece más a «La lentitud del meteoro» que fragua obras de artesanía únicas e irrepetibles como el «Hápax» hallado en libros aún no escritos. Observar la alienación le llevará a preguntarse «si el grito tiene sintaxis» cuando contemplemos los «forúnculos ciclópeos» cuya desaparición sería imprescindible para recuperar la pureza frente al vandalismo visual; luego podremos ser testigos en «El resplandor de lejanos incendios» de cómo hechos y actos insignificantes en apariencia tienen mayor repercusión que la vana grandeza.

Tendremos ocasión de compartir momentos de intimidad con Ángel Olgoso en los que confesará alguna de sus derrotas como esos «Besos de fantasmas» que quiso dibujar con palabras y nunca llegó a escribir, aunque sus descripciones serán tan precisas, sus referencias de autores previos tan valiosas, que nos introducirá en la paradoja de visualizar como obra terminada lo no realizado; y aunque no es desconocida su afición por el más allá, son variados los espectros que habitan en su «Glosario», como el propio amor, que pese a su concepción peligrosa y fantasmagórica nunca adquirirá mayor corporalidad y placidez que durante nuestra estancia latinoamericana que nos dejará a «Chile en el corazón», pues la exuberancia paisajística y gastronómica del país y la mirada antropológica de su cultura se concretará en la luz, la creatividad arrolladora y la confirmación de haber hallado la felicidad y el amor verdaderos encarnados por la poeta Marina Tapia.

Las tierras lejanas que visitaremos nos llevarán a la voluptuosidad de «Cruzar la estepa a lomos de un oso a medianoche» y a descubrir el propósito común de la versátil forma del iunx, beberemos el «Bálsamo de Fierabrás» como antídoto de un Stendhal hipocondríaco, nos convertiremos en programadores-ficcionadores del mundo mientras atravesamos «Las montañas flotantes de Plutón» y elaboraremos el insólito «Vino de viña submarina». En «Las islas de los bienaventurados» sabremos que la belleza se muestra en su plenitud cuando no hay hombres cerca, aunque podremos admirarla como apóstoles de un tiempo remoto «Caminando sobre el mar de Thetys» o en el vuelo de pájaros e insectos de «Tántalo», mientras los cronotopos de «Tulpas» nos hacen ver el pasado como un segundo corazón. Sin embargo, no todo será placer en el viaje: «Odiadores del silencio» intentarán perturbar nuestra paz y será difícil escapar de ellos porque, al contrario de las criaturas mitológicas, estas bestias aulladoras son humanas y estamos obligados a convivir entre ellas y afrontar sus ignominiosas masacres midiendo «El peso específico de la barbarie». En cualquier caso, al contrario que el pobre «Suertesquiva» perseguido por la fatalidad, nosotros contamos con el viento a favor y habrá suficientes momentos de dicha y armonía que nos inviten a la constante «Celebración», y si el proceso de la vida nos pesa, rodeados por el humo de «Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro» nos entregaremos con pasión al acto de escritura, a la epifanía de la creación como recurso para desembarazarnos de la angustia de la existencia.

Ángel Olgoso puede metamorfosearse y si lo conocemos como el capitán que nos guía en esta búsqueda ideal, cuando veamos los páramos helados del norte se transformará en el Gran Danés para predicar en favor del placer y descubrirnos «el límite indistinguible del silencio y la luz», aunque quienes sólo anhelan el miedo a la vida no lo escuchen; también será el astrónomo que en noches diáfanas nos muestre los «Asterismos de la constelación de la Osa Mayor» donde habitan toda clase de prodigios y parábolas que abren una brecha entre la realidad y la imaginación que nos invita a saltar, pero será en los días nublados cuando descifremos en las nubes epitafios de grandes imaginadores yacentes en la eternidad de la que de vez en cuando precipitan para regar los campos de la irrealidad y librarnos de la pesadilla del pragmatismo y las expectativas cumplidas. Y es que nuestro capitán particular se declara a sí mismo como un sempiterno habitante de las nubes, «desarmado ante el lado externo y utilitario de la realidad», incluso a partir del encuentro con su admirado Bioy Casares se atreve a calificarse como secundario por su timidez, cuando lo cierto es que en las nubes guarda el «Árbol candelabro» que desde el hallazgo de su «Kairós» en las luciérnagas de su Cúllar Vega natal no sólo alumbra, sino que mejora las leyes que rigen el mundo.

Al terminar el viaje y desembarcar estaremos embriagados por todas las experiencias vividas y estaremos convencidos no sólo de haber encontrado la belleza, sino también de disponer de las herramientas imprescindibles para repararla. La mirada melancólica y a veces descarnada de Olgoso nos demuestra que hemos entendido mal el pesimismo: no es angustia ni dolor, es una actitud crítica y de rebeldía ante los defectos del mundo que no incurre en la pasividad del conformismo, aunque todo a nuestro alrededor se desintegre. La visión olgosiana nos mantiene despiertos y lúcidos con la firme esperanza de que está en nuestra mano revertir la mezquindad>>.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Reseña de “Holobionte” y “Madera de deriva” por Pedro Bohórquez Gutiérrez

Comparto la generosa, certera y pormenorizada lectura personal que Pedro Bohórquez Gutiérrez publica en el magacín TriplEnlace de mis dos últimos libros publicados, “Holobionte” (Eolas) y “Madera de deriva” (Libros del Innombrable).



<<“Holobionte” es el primer libro de relatos que leo de Ángel Olgoso. Granadino, de Cúllar Vega, el autor está reputado como sólido referente en el panorama del relato breve en lengua castellana, con más de una veintena de libros publicados.

Hasta ahora solo conocía de Olgoso los microrrelatos incluidos en dos importantes antologías de lo que se ha dado en llamar «el cuarto género»: la exhaustiva y completa “Antología del microrrelato español (1906-2011)” (ed. de Irene Andrés-Suárez. Cátedra. Letras Hispánicas) y la más específica “Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica” (ed. de Antonio Serrano Cueto, Menoscuarto Ediciones). En esta, como en la anterior, las «historias mínimas» de Ángel Olgoso y otros autores de su generación conviven con las de los grandes maestros (Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Juan José Arreola, Augusto Monterroso o Marco Denevi) de un género que no es una invención reciente como pudiera hacer creer tanto el auge actual de su cultivo y su proliferación como el desconocimiento de la tradición de una concepción «hiperbreve» del relato que no por haber sido considerada, injusta y erróneamente, «menor» es menos antigua, y de tanta raigambre y exigencia que la de sus hermanos mayores, el cuento o la novela.

“Holobionte” (Eolas Ediciones, 2026) es el último libro de su autor. Su lectura, una experiencia gozosa y un auténtico festín literario, ha ido precedida en mi caso de la de otro libro de Olgoso, de difícil clasificación, “Madera de deriva” (Libros del Innombrable, 2025), donde ficción y realidad, reflexión y poesía se funden y confunden en una amalgama coherente y feliz. Sus textos están a caballo entre el ensayo breve y el artículo, la crónica –viajera, en varios casos– y el poema en prosa, pues de todo hay en la obra, jubilosamente revuelto.

Podemos rastrear, además, en “Madera de deriva”, diseminada por sus textos, toda una «poética» en la que el autor expone su concepción de la literatura y de un género, el cuento en todos sus formatos y fórmulas, al que hasta ahora Olgoso ha prestado una especial, aunque no exclusiva, atención: también es poeta en verso, y de ello hay muestras en el libro “Holobionte”.

A falta de un decálogo del «perfecto cuentista», como el que el gran Horacio Quiroga pergeñó o el que otro señero cultivador del género, Julio Ramón Ribeyro, dejó en su introducción a la recopilación de sus cuentos completos “La palabra del mudo”, podemos rastrear en “Madera de deriva” las líneas maestras con las que concibe el oficio de contador de historias del autor granadino.

No sé si Ángel Olgoso habrá inventado su propio decálogo, como recomendaba Ribeyro, pero tengo la impresión, dada la variedad de registros y de tonos de sus relatos, que se atiene al consejo con que el peruano remata su personal decálogo: la transgresión regular de cualquier conjunto de preceptos, incluido el propio.

Traigo, a continuación, una cita del autor de la que puede extraerse una poética, amplia y versátil, del género breve, ya sea cuento o historia mínima:

..nadie recela de que contar historias sea sanador para el alma; de la imaginación como cartografía, como modo primigenio que tiene el hombre de entender el mundo, de sentir la evanescencia de lo real a pesar de sus sólidos contornos; de que la inclinación por las imposibilidades, de que el deleite por lo estrafalario, por lo peregrino, por lo ocioso, por la ensoñación en suma –con su caos liberador, su vuelo liviano y titilante a través del espacio y el tiempo– son una pulsión atávica, un placer innato e irrenunciable….
(Asterismos de la constelación de la Osa Mayor, pág.89)

Esta otra cita, extraída de ‘La lentitud del meteoro’, otro de los ensayos de “Madera de deriva” pone de relieve la apertura del autor a lo inefable y peregrino, hacia lo fantástico e imaginado o soñado, hacia la fértil, feliz e insospechada «ocurrencia», donde la observación va de la mano, en perfecto equilibrio, de la invención, llena de resonancias y correspondencias secretas, como maneras o vías de abordar y penetrar en el misterio del existir y de la experiencia humana en toda su amplitud:

Ya que la creación es la más extrema de las experiencias humanas (un desdoblamiento que satisface el hambre de irrealidad, esa necesidad tan antigua como comer o adornarse), quizá no haya que despreciar nunca lo que de carácter sagrado tiene la escritura, de poder fáustico, de atención dirigida a lo inefable; quizá únicamente desde la invención pueda explicarse lo vivido; y tal vez no deba escribirse solo sobre lo que se sabe sino también sobre lo otro, como quería Felisberto Hernández. Es por eso por lo que la exigencia con la que ha sido forjado un libro, por lo que el relieve de una prosa matizada, verdaderamente humana, inolvidable, capaz de impregnar la sensibilidad de los lectores, el fulgor de una forma que tenga fuerza y la singularidad para durar, o la tenacidad de un escritor que asume el riesgo de dejar su impronta en cada párrafo, contrastan notablemente con esa literatura levantada con el adobo de simples conocimientos formularios, con una sarta de anécdotas inteligibles y corrientes, con una poesía informe, difusa y banal.
(Pág. 177)

Su alejamiento de la escritura roma, pedestre por adocenada y predecible, y su autoexigencia estética como escritor, su inclinación y gusto (contagioso) por la palabra y la expresión precisas, capaces de nombrar lo más difícil sin traicionarlo y banalizarlo, están aquí, en esta lúcida declaración de principios extraída de “Madera de deriva”:

…escribir bien deviene un acto profundamente moral donde estética y ética se confunden.

Porque, como afirma y matiza más adelante el autor de “Holobionte”,

…no basta con que algo pueda ser leído con agrado, sino sentir que la llama creativa ha ardido al rojo vivo. Lo menos a que está obligado un creador es a hacer las cosas de la mejor manera posible, con paciencia y con recogimiento, con minuciosidad y moroso esmero, con palabras hechas a medida, sin atajos y sin expectativas, poniendo toda la carne en el asador, como uno de esos ígneos cuerpos estelares que atraviesan cuidadosa pero decididamente el espacio hasta colisionar con el otro que les estaba destinado (el lector, en este caso).
(Pág. 177)

De “Holobionte” puede afirmarse lo que el propio Olgoso dice de la obra “Prosas apátridas” de uno de los dos maestros del cuento hispanoamericano a quienes homenajea en sendos retratos literarios, impagables para sus admiradores y que incluye “Madera de deriva”, ‘Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro’ (el otro va dedicado a Adolfo Bioy Casares, con quien narra un encuentro, bajo el título de ‘Los secundarios’): una vez que el lector se «instala» en sus páginas «ya se ha suscitado la devoción». No encuentro mejores palabras para expresar mi experiencia lectora de “Madera de deriva” y “Holobionte”.

El término ‘holobionte’ procede del campo de la biología y designa la asociación simbiótica entre macroorganismos (animal o planta) y microorganismos. El título podría interpretarse como una referencia al equilibrio entre especies que colaboran entre sí y también como una referencia al ser humano, puesto que su cuerpo presta albergue a microrganismos en un intercambio de beneficios mutuos. El significado de ‘holobionte’ podría abarcar también a la sociedad humana donde únicamente, y gracias al apoyo mutuo al darse recíproco uno al otro, puede desarrollarse y prosperar la vida del hombre. Sin embargo, desde el primer relato hasta el último –con excepciones– se pone de relieve el sentido irónico del título, tal como advierte el prologuista Raúl Brasca.

Esa relación simbiótica que en teoría es consustancial al ser humano aparece cuando no amenazada (‘Perspectiva’, ‘Hispania II’, ‘Huéspedes’), llena de fricciones y desequilibrios (‘Hispania I’, ‘La travesía’) o se presenta rota, como un claro aplastamiento del ser indefenso e inocente por la fuerza bruta y la maldad (‘Perlas de Indra’, ‘El prójimo’), o del individuo inerme ante el monstruo del poder deshumanizado y corrompido (‘El lobo viejo de las desgracias’, ‘El tabernáculo’, ‘La corporación’, ‘Contratiempos’). A veces, es la propia conciencia del individuo escindido el escenario donde se confrontan los impulsos contradictorios desatados por el equilibrio roto de la simbiosis entre el individuo y los otros (‘El síndrome de Lugrís’, ‘Claudicación’, ‘El hombre bifurcado’, ‘Amargo’, ‘Laconismo’).

Las vías para escapar del choque con el prójimo, de la infelicidad y del dolor se muestran cegadas y ni la memoria y ni el apartamiento sirven (‘Será como si no hubieras existido’, ‘El misántropo’, ‘Curso acelerado de filantropía’, ‘Cuento de horror’). Hasta el amor de pareja parece marcado por el desencuentro (‘La mujer transparente’, ‘Venablos’, ‘El solipsista’, ‘Ultima necat’, ‘Doxografía’). El mal y la desgracia se ciernen sobre el hombre como una fatalidad contra la que la acción evitadora está condenada al fracaso (‘Dones’). Con todo, en este panorama desolador, la ironía y el soterrado humor, la poesía y el poder de la palabra abren brechas por las que asoma la compasión (‘Perlas de Indra’), el perdón (‘Carta al hijo’), o el amor en sus variadas facetas (‘Okitsu’, ‘Émula de la llama’) y la armonía de la simbiosis parece restablecerse, y el «holobionte» del título cobra su sentido exacto. El darse mutuamente ofrece sus frutos: «tu firmamento es mío, mi firmamento es tuyo», expresa el narrador, transmutado en poeta, en el largo y torrencial poema de amor que, con el título ‘Émula de la llama’, tomado del poema que a la rosa dedicó el poeta barroco sevillano Francisco de Rioja, se abre pasada la mitad del libro. Olgoso combina verso y prosa en este poema, que, en cierto modo, contrasta con el laconismo y la condensación que impone la brevedad del cuento y la historia mínima. Sus enumeraciones exhaustivas y exuberantes, y sus poderosas imágenes arrastran al lector en este caudaloso poema barroco de amor.

Otro texto, un cuento largo y de apariencia realista, ‘El síndrome de Lugrís’, sirve también de contrapunto en el conjunto, formado por sesenta y cinco «relatos» de formatos diversos en los que predomina el microrrelato (alguno de apenas dos líneas como este ‘Cuento de horror’: «Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano») o el cuento corto.

Si nos atenemos a la clasificación temática que en unos de sus títulos (“Cuentos de amor, de locura y de muerte”) hace Horacio Quiroga, ‘El síndrome Lugrís’ entraría de lleno entre los cuentos de locura. A diferencia de lo que ocurre con ilustres antecedentes, como en ‘El hombre de la multitud’, ‘El gato negro’ o ‘El corazón delator’, de Poe, o en ‘El Horl’a del otro gran padre de la cuentística moderna, Guy de Maupassant (dejo aparte a ‘El licenciado vidriera’ de Cervantes), aquí no se nos hace partícipe a los lectores del proceso que lleva a la locura mediante el uso de una primera persona narrativa que nos instala en la mente perturbada del protagonista por ser desde su perspectiva desde la que se narra, sino que se recurre, en un arriesgado «más difícil todavía», al narrador testigo. Sin embargo, no por ello el resultado es menos inquietante, angustioso y perturbador. Al contrario. El autor nos enfrenta ante el misterio de la locura y la angustia que suscita más allá de explicaciones racionales. Nos pone, sin recurrir al artificio ya explotado por otros de contar desde dentro las etapas, frente a frente ante la locura y su misterio descarnados, en crudo, tan difíciles de explicar (aunque la ciencia esté en ello) y de comprender. Como todo lo que rebasa los parámetros de la razón y la lógica, la locura suscita angustia y miedo, y el autor sabe convocarlos. De resultas de esa convivencia tan estrecha y afectiva que el personaje narrador –el cuento también puede leerse como un homenaje a la fidelidad en la amistad– mantiene con su amigo perturbado, la visión delirante de este impregna y se mezcla con su angustia y miedo propios, y tememos que también se apodere de él, y de paso que prenda en nosotros, los lectores. Es un cuento de terror sin paliativos, con fantasmas interiores.

Las referencias geográficas y la ubicación en lugares concretos propias de un cuento realista –tan raras en un conjunto de relatos donde el espacio es inventado o mítico en la mayoría de los casos, siempre difuso e inconcreto–, acentúa por contraste la sensación de extrañamiento que suscita el relato del lector. ‘El síndrome Lugrís’ discurre en una Galicia donde las nieblas parecen haber sido disipadas por la alegría de vivir. Otra excepción en la que el espacio se concreta es el cuento largo Amargo en el que las calles y los bares de una Granada nocturna son el escenario por el que el protagonista arrastra su soledad radical en su bajada al infierno.

La intertextualidad es otro atractivo del conjunto. ‘Carta al hijo’, imaginada respuesta a la famosa ‘Carta al padre’ de Frank Kafka, propone otro final en un juego de espejos para la amarga ‘La metaformosis’. ‘El misántropo’ es una genial y humorística variante del «enterrado vivo» de Edgar Allan Poe. ‘Okitsu’, por delicadeza y su rosa alada recuerda a los maestros japoneses. El argumento de ‘Determinación’ parece condensar el argumento de ‘La bien amada’ de Thomas Hardy. ‘El solipsista’ podría pasar por una página arrancada de “Rayuela” y un homenaje a Julio Cortázar.

El lector que se adentre en las páginas de “Holobionte” podrá encontrar muchas sugestiones y diferir (por supuesto) de mi personal lectura. Como ocurre con la buena literatura, “Holobionte” puede leerse muchas veces –es aconsejable– y no se agota en una sola lectura. El placer está garantizado en cualquier caso>>.

ALGUNAS CITAS
De «Madera de deriva»

El límite indistinguible del silencio y de la luz…
(Pág. 72)
  …un estado de exaltación muda, una epifanía, un punto exacto pero localizado, un kairós, un intervalo oportuno y decisivo, un instante bellamente herido, un gozo sensual, una delicadeza difusa, sin materia. Era como si las manchas de luz tintinearan y los sonidos centellearan durante aquel lapso…
(Págs. 78/79)
…nadie recela de que contar historias sea sanador para el alma; de la imaginación como cartografía, como modo primigenio que tiene el hombre de entender el mundo, de sentir la evanescencia de lo real a pesar de sus sólidos contornos; de que la inclinación por las imposibilidades, de que el deleite por lo estrafalario, por lo peregrino, por lo ocioso, por la ensoñación en suma –con su caos liberador, su vuelo liviano y titilante a través del espacio y el tiempo– son una pulsión atávica, un placer innato e irrenunciable…
(Pág. 89)
…cuánta violencia, ambición, vanidad y pleitos, aparatosamente y para nada.
(Pág. 94)
Hacer del mundo un lugar decente para todos, ya que únicamente nos llevaremos lo que hemos dado.
(Pág. 95)
Era otro de nuestros viajes de proximidad (la vida no da para más). Exponernos por un día a un territorio diferente, a otra realidad, agudiza los sentidos. Nosotros –pobres y esporádicos viajeros de paso– no viajamos para huir sino para alcanzar la posibilidad del misterio, para nuestro propio deleite, para compartir un temblorcillo de curiosidad, un acto sensorial, un trayecto iniciático, una búsqueda del tesoro.
(Pág. 98)
…la belleza necesita que alguien la vea.
(Pág. 102)
Se pertenezca o no a un pueblo para el que el sol se pone invariablemente sobre el regazo del mar, quizá los paraísos –si los hay– residan en puntos más próximos e inapreciables, como una simple gota de agua que serpea por el borde de una hoja. Aunque no haya un hombre cerca para apreciarla. Sobre todo si no hay un hombre cerca.
(Pág. 109)
Pero sigamos admitiendo el pasado como un condimento necesario de los placeres de la vida. Esas secuencias tangibles del ayer nos reconcilian con nuestra caducidad, nos consuelan de nuestra incompletitud y nos desagravian de la muerte, con su disolución, su podredumbre y su olvido inadmisibles. (…) esa especie de ámbar no solo alberga brutales delitos, lances heroicos e intempestivos y todo cupo de infortunios y de terribles fúlguras de la historia de la humanidad (…), sino también humildes ocasiones cotidianas; que puede percibirse todavía, mucho después de haber titilado la materia, esa vibración afanosa y delicada como alas de libélula en las habitaciones en las que alguien ha llorado, ha amado o ha muerto.
(pág. 132)
No puedo evitar traer a colación también entre los cronotopos, siquiera someramente, las coyunturas espaciales en que cada uno leyó los libros que timbraron su vida…
(Pág. 135)
… nada que nos concierne se desvanece para siempre sin dejar rastro, y menos aún estos apegos, nuestros dolores, nuestros goces o nuestra necesidad de consuelo. Todo es único, todo sobrevive de una manera u otra a los estragos del tiempo y de la relegación.
(Pág. 137)
…en Ribeyro cada vez encuentro más cosas similares a las que pienso y siento y tan bien dichas, además, que me eximirían de escribirlas…
(Pág.139)
…un escritor no puede en realidad formarse idea de la dimensión de su escritura. Según Salter, resulta improbable ver a esta íntegramente como un edificio o una escultura, ya que es solamente una especie de humo capturado y estampado en una página.
…para muchos será mejor vivir de la literatura que con la literatura.

No basta con que algo pueda ser leído con agrado, sino sentir que la llama creativa ha ardido al rojo vivo. Lo menos a que está obligado un creador es a hacer las cosas de la mejor manera posible, con paciencia y con recogimiento, con minuciosidad y moroso esmero, con palabras hechas a medida, sin atajos y sin expectativas, poniendo toda la carne en el asador, como uno de esos ígneos cuerpos estelares que atraviesan cuidadosa pero decididamente el espacio hasta colisionar con el otro que les estaba destinado (el lector, en este caso)….
(Pág. 177)
…la peor tinta es mejor que la mejor memoria….
(Pág. 182)
Lo mejor que puede hacer el desventurado es aislarse del resto de los hombres. Hay que evitarlos porque son enemigos del que sufre. Quien es desdichado, piensan, es culpable. Lo único que le resta entonces al infeliz es no perder la dignidad. El orgullo es el corolario de la desdicha. Cuando un revés del destino nos arroja fuera de la sociedad, nuestra alma, desprovista de objeto al cual dirigir sus apetitos, se dilata hasta encontrar refugio en el orden armónico de la creación. La desgracia tiene un lado útil: afina el diapasón del alma. Logra entonces estar en paz consigo misma, pues sabe en carne propia que el alma sin herida es un alma muerta
(Pág. 183).

De «Holobionte»

El malentendido es la carta de presentación de los solitarios.

Yo escuchaba a mi padre embelesado, y él se derretía de dicha ante mis ojos abiertos como calderos de bronce por la exposición de sus ocurrencias.

Nuevo como el sol de cada mañana, iba descubriendo el alarde discreto de la naturaleza artificial, su esplendor menos transitorio que el nuestro…

…el melancólico gorjeo de los cuclillos que vuelan entre el reino de los vivos y el de los muertos…

Ya no vigilas nidos, ya no habrá más verdes renuevos ni terroncillos de azúcar que llevarte a los labios, ya tus miembros no van a las mil maravillas, ya no recibirás nunca un mirar amistoso ni volverás a meter el brazo hasta el codo en la aventura. Ya quedaron atrás las espigas en los calcetines. El dibujo infantil de las casitas del pueblo, los manteles limpios, el olor de un libro nuevo, la luz sobre su cuerpo desnudo, la risa del niño-jabato, el rosal que plantasteis, las vacaciones como castañas cocidas en leche fresca, la verbena del mundo con sus brillantes cadenetas de momentos e ilusiones.

Vivos mientras yo paso inmóvil por las pasiones que me destrozan sin rozar siquiera el muro que me separa del universo. Sufro de verdad. No soy sino una mueca de mí mismo. ¡Tan angustioso y tan ridículo! Ha, ha… «El corazón es un cazador solitario». Eso es. Mi liberación interna entraña determinadas modificaciones: debería, en primer lugar, abandonar la conciencia de mí mismo en todo lo que hago; y después, particularmente, dejar de mordisquear mi propio martirio. Quizá escriba un relato, una confesión.

Cuento de horror: Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano.

miércoles, 25 de marzo de 2026

En el Taller de Escritura de La Zubia de Marina Tapia

Del muro de Marina Tapia:

<<Fue un verdadero placer contar ayer con la visita de Ángel Olgoso en nuestro Taller de Escritura de La Zubia. Una tarde cálida, divertida e inolvidable, llena de exquisita literatura en torno al género híbrido (centrada en su última obra 'Madera de deriva'), a la pasión por el lenguaje y al respeto por la inteligencia del lector. El encuentro contó además con dos sorpresas, la visita de Ramón Melgarejo, amigo de su época estudiantil, y la lectura de un texto homenaje por parte de Carmen Moral Santaella creado especialmente para la ocasión. Gracias, querido compañero, por regalarnos tu larga experiencia creativa y tus fascinantes obras, que nos alientan a seguir en la búsqueda de la belleza y de nuestra propia voz. 


Os dejo con algunas fotos de Margarita Osborn Belt y Daniel Martin Peralta, y con mis palabras de bienvenida:

PALABRAS DE BIENVENIDA PARA ÁNGEL OLGOSO

Vivir con un grandísimo escritor como Ángel Olgoso deja una marca imborrable en tu forma de mirar el mundo y de entender la literatura. No sabéis cuánto le debo, aunque lo imagináis.

Vengo de una familia en la cual la escritura, la creación y la lectura siempre han estado presentes, pero, a pesar de mis orígenes y del ambiente artístico-cultural en el que crecí, os puedo asegurar que nunca antes había conocido a alguien con las características de Ángel: una persona que tuviera en exclusiva un cuaderno con un listado de posibles títulos (para sus creaciones, sí, pero también para regalárselos a otros escritores ‘necesitados’ de una buena palabra aglutinadora); una inmensa colección de citas repartida en decenas de libretas y recopiladas durante décadas; y menos aún, una verdadera máquina perfecta para la confección de prólogos, epílogos, reseñas, presentaciones, o nutridos comentarios (¡para enmarcar!) dedicados de una forma tan honesta y desinteresada a un centenar de creadores de diversos puntos de la geografía y de diversas épocas. Todos estos gestos y actitudes muestran claramente su vocación y su compromiso con la palabra justa, con el lenguaje bien cimentado, con la literatura que se toma en serio. Y también da fe de esto que comparto: su amplia correspondencia −y apoyo− con otras autoras y autores a lo largo de toda una vida, y su labor al frente del Institutum Pataphysicum Granatensis, sociedad puesta en marcha por él que oxigena y refresca las acartonadas maneras de los grupos literarios o académicos −en las que pueden caer− las ciudades de provincia. Y, a pesar de todo esto, uno podría imaginarse un Ángel Olgoso con aura de literato, con pose de intelectual y consciente de su valía. Una podría pensar que sus conversaciones giran en torno a sus procesos de escritura, a las corrientes actuales imprescindibles, o que saca a relucir el centenar de antologías en las que está incluido (como quien no quiere la cosa), o que asume sin rubor el término de ‘maestro’ que muchos le aplican. Pero no. El Ángel Olgoso que a diario se pasea por la casa en que vivimos, el que ordena notitas en el escritorio, el que toma apuntes con letra minúscula (esa que casi pide perdón por desplegarse), el que abre los ojos deslumbrado ante una palabra nueva que le regala un libro, el que se recuesta a leer buscando el tímido sol que entra por las ventanas es totalmente sencillo, es una persona tímida, un enhebrador de pensamientos dispersos y flotantes, un hombre predispuesto a lo cotidiano que ni repara siquiera en su excepcionalidad. Un creador sin aureola o marco dorado.

En este curso, en el que abrimos nuestro aprendizaje con el estudio del género híbrido y con una amplia muestra de algunos de sus exponentes, cómo no aprovechar esa ‘conexión’ estrecha que me une con el autor antes citado para invitarlo a nuestra aula, cómo no celebrar el hecho de tenerlo tan a mano y profundizar así en este tipo de escritura que él tan maravillosamente desarrolla. Nos hemos acercado a su deslumbrante ‘Madera de deriva’, y hemos tenido la suerte, además, de leer algunos inéditos de ‘Mirabilia’. Hoy es un día gozoso porque podemos avasallarlo con preguntas y observaciones, quizá no tanto para él a causa de su timidez. Hoy es un día de fiesta del lenguaje. Quién mejor que Ángel para motivarnos a no temer a usar todas las palabras del diccionario que necesitamos para ser más precisos; quién mejor que él, absoluto amante de los géneros que abordan el pensamiento y la reflexión (ensayo, diarios, literatura de viajes, textos misceláneos…) para inspirar nuestras búsquedas hacia nuevos puertos.

Te damos la bienvenida a este taller tan receptivo, y que tanto admira tu trabajo, querido Ángel. Este bello grupo humano en el que cultivamos el aprendizaje como forma de vida. Para ser buenos creadores y creadoras es siempre tan importante tener buenos modelos y espejos en los que mirarse, y tú eres uno de esos referentes: has conseguido crear un mundo y una obra sólida a pesar de tus circunstancias iniciales: un hogar en el que no había libros, crecer teniendo como marco un pueblo de la vega granadina sin grandes recursos educativos, en una época en que lo más apremiante era trabajar para subsistir. Gracias por crecer y siempre ser fiel a tu voz, por no plegarte a las demandas del mercado, por hacer de tu oficio un ejemplo para todos nosotros.

(Marina Tapia)>>










miércoles, 28 de enero de 2026

Reseña de "Madera de deriva", por Miguel A. Zapata, en Pliego Suelto

La exhaustiva lectura que hace de “Madera de deriva” Miguel A. Zapata (mi querido hermano Monk) es de las que irradian inteligencia, profundidad, sagacidad y alto vuelo creativo. En la revista Pliego Suelto, Revista de Literatura y Alrededores. 



LA GEOMETRÍA MUTANTE DE LOS RELATOS DE ÁNGEL OLGOSO EN “MADERA DE DERIVA”.


Nuestro colaborador Miguel A. Zapata reflexiona sobre el nuevo libro de Ángel Olgoso, “Madera de deriva” (Libros del Innombrable, 2025), que plasma una tipología cuentística “desabrochada y libre”, donde aparecen entrelazadas –de forma lúdica y lúcida– la Historia, la ciencia, las artes, la cita erudita, la imaginación y la metaliteratura:


<<Hace tres años despedíamos una etapa en la producción literaria de Ángel Olgoso. A priori, Devoraluces (Reino de Cordelia, 2021) sería el último jalón en la reconocidísima labor narrativa (por parte de crítica y público) del autor granadino. Pero ahora aparece este volumen de título ambiguo, “Madera de deriva”, y el lector poco atento podría pensar que aquella “despedida” ha sido finalmente revocada. Nada más lejos de la realidad. Porque esta obra es tan diferente a su producción anterior como un espejo a su reflejo en otro. Iniciemos el viaje.

Sobrevolando a vista de pájaro la obra, apenas picoteando sus manjares, se nos muestra un compendio de textos sobre el tiempo y su inacabable capacidad de mutación, sobre la manera en que pespuntea los contornos de cada ser y cada cosa, cada acto y cada proyecto futuro, cada recuerdo y cada cosa no sucedida. Para la literatura de Olgoso, el tiempo ni pasa ni se detiene, simplemente es, simplemente está, y él es el cartógrafo de su presencia.

Da la sensación de que, a pesar de seguir indagando en las perfecciones de su escritura sensorial y plena de brillos y meandros, su material de escritura es precisamente eso, el tiempo del mundo y las cosas, la cuenta atrás de lo humano, la autopista infinita de las posibilidades infinitas de lo real.

Tiempo licuado, tiempo macerado, una escritura llena de milésimas y eones.

En un análisis más minucioso, atisbamos la verdadera esencia del cambio de tercio en la trayectoria del autor, excediendo los límites de los géneros habitualmente transitados por él. Podría decirse que Olgoso lleva a cabo en “Madera de deriva” un paseo walseriano alrededor de su propio cráneo, como aquella novela de Frigyes Karinthy.

Así, en “Papel sonoro” traza un hermoso paralelismo poético entre la hoja que cae del árbol y es guardada con mimo dentro de las páginas de un libro por un paseante y el lector que acude a la granadina librería Babel para hacer lo propio rescatando ese libro destinado también al olvido o al deterioro amarilleante de los años.

En ese opúsculo traza Olgoso el arco vital de todo lo destinado a desaparecer, aliviando el artificio que es cualquier novedad editorial con lo efímero de su destino, casi una hoja más en el suelo embarrado de otoño, como querían los poetas taoístas.

Surge entonces tras esta primera lectura el primer tema de la nueva entrega olgosiana y casi una declaración de principios: lo efímero como motor de la belleza, como el inevitable destino de cualquier acto humano, la melancolía por la intuición de lo finito como forma bizarra de alcanzar una revelación fulgurante.

Avanzando en la lectura, en “Espuela vana” surge el Olgoso tiernamente misántropo (que luego, ya veremos, se contradice a sí mismo o a sus lectores despistados), el que quiere renunciar a la vulgaridad de este mundo industrioso, pero con un quiebro final casi desacostumbrado: una conciencia abiertamente optimista y un ecologismo que a este crítico le ha recordado a El clamor de los bosques, de Richard Powers.

“Besos de fantasmas” podría ser un cuento truncado de espíritus errantes o una reflexión sobre la necesidad del arte de encontrar nuevos meandros en el río de Heráclito. Al fin y al cabo, lo inesperado no es otro remanso de agua distinta pero agua al fin y al cabo, sino la posibilidad de la Candela Verde (aquí se intuye, elíptico y juguetón, el Olgoso patafísico) bajo el espejeo de lo que creías dos simples moléculas de hidrógeno junto a una solitaria de oxígeno.

Para ello, Ángel recurre a la tensión entre la inmovilidad de la obra de arte y el movimiento secreto que la anima, que la hace mutar, que siempre la hará diferente con cada nueva lectura, escucha o visionado.

El arte nunca es igual a sí mismo, ni a Heráclito, ni a Dorian Gray. La idea del fantasma en todas sus posibles acepciones está también presente en “Glosario”, con mucho humor y mucho amor.

¿Es para Olgoso la inconsistencia del fantasma un estado ideal del espíritu, alejado de los relojes y de la posible corrupción de la materia? ¿Es su aspiración convertirse en psicofonía o en ectoplasma, alcanzar la excusa perfecta para no escribir más sino ser él mismo materia de escritura purísima, como cuando de adolescentes contábamos historias de fantasmas y secretamente queríamos ver el mundo desde la perspectiva de la mujer de la curva o del espectro de Verónica o del autoestopista sin cabeza?

Esta arista del escritor mostrando la ambigüedad caleidoscópica de su literatura es otra de las singularidades de sus nuevas narraciones, auténticos tratados del espejeo y el salto cuántico entre géneros canónicos.

Y también acoge esta obra, como viene siendo habitual en su producción en los últimos tiempos, a un Olgoso que era difícil de imaginar (hablo de lo estrictamente literario) hace casi dos décadas, siempre serio e hiperestésico, quijotesco y theotocopulesco: el Olgoso enamorado. “Chile en el corazón” habla de lo eterno, es su carta de amor (otra más) a la poeta y artista Marina Tapia.

Y es también un recorrido por el asombro de descubrirse en los demás (“El alborozo de parecer otro”, escribe), en este caso en la tierra y la familia chilena de su pareja, que lo convierten en un espectador admirado de la fragante diversidad del mundo, como aquel caminante de Friedrich detenido ante el mar de nubes, que para Ángel se disipan al otro lado del Atlántico, entre la belleza salvaje de Viña del Mar, el cerro Playa Ancha, la playa Las Torpederas, el honor al topónimo en Valparaíso.

También hay espacio para el Olgoso fragmentario y erudito, disfrutón de lo feérico, que aparece en “Asteriscos de la constelación de la Osa Mayor”, junto a referencias a Hearn, Browne, Baudelaire, Poe o Calasso:

Encontramos paseos reparadores que duran siglos como silbando, poseedores fantasiosos del universo y sus mundos, focas que son mujeres que son focas que fueron madres y esposas, porfías metafísicas acerca de un improbable Quijote asesino, la conjura del temible Titivillus.

En esta distancia nueva y más cercana al miniensayo que al cuento canónico encuentra el autor un filón para ajustar el texto a un interregno limítrofe con la narración, la poesía, el apólogo chispeante, residiendo aquí la novedad de su nueva entrega.

“Gaveta de miniaturas” también se recrea en esa pulsión de lo extraño que habita nuestra miseria cotidiana, la transfiguración que late detrás del aparente equilibrio: hijos que podrían ser perros, paraísos espejeantes o espejismos paradisíacos, ceremonias de cortejo infructuosas, fabulillas misántropas.

Son esquirlas híbridas para las que se requiere la decantación de miles de lecturas junto a un talento especial para la argumentación imposible.

Desde la narración de lo excéntrico, a veces, cuando quiere, llega el granadino a nuevos centros de sí, marcados con el compás que ensarta una aguja en territorios que son a veces astros lejanísimos o ese folio blanco de un cuaderno de dibujo escolar ahí frente a la mesa. Una forma de exorcizar o equilibrar la balanza de su querencia por la muerte, las infinitudes insufribles, la metafísica como autoflagelo: el nuevo Olgoso frente al espejo del viejo Olgoso, ambos acaso la misma cosa.

En este sentido, “Las islas de los bienaventurados” quiere situar el paraíso personal tan cerca que sea casi imperceptible, parte de nosotros para poder expulsarnos a placer. Con idéntica intención emocional, “Enterradme en una nube” es un texto escrito desde la excusa perfecta para el perfecto epitafio de un artista que siempre soñó con la transustanciación y seguir la línea de muertes exquisitas minuciosamente teorizadas, como Cunqueiro, Benjamin, Eckhart, Amiel, Céline o Carandell.

Y un acto casi final en este viaje olgosiano y la vuelta a la última esquina de su propio universo: ¿acaso creíamos que el Olgoso creador de seres inauditos, el demiurgo aplicado había desaparecido? En absoluto: “El tuercecuello y la ruedecilla” abre las puertas de esos gabinetes de maravillas tan afines al autor con la gestación del iunx, pájaro del desconcierto y el delirio, aparataje erótico, ingenio mecánico, llamada amorosa, pegamento de los amantes, tal vez solo un deseo imposible.

Olgoso no quiere deslumbrarnos con la materialización de un ser concreto, sino quizá con la teorización sobre sus límites, como tal vez ocurra con estos textos suyos que quieren alcanzar la desintegración para reintegrarse en otra dimensión que solo podemos intuir.

Así, “Odiadores del silencio”, gracias al talento para elevar la famosa teoría del iceberg literario a la categoría de arte mayor, no debe leerse como el testamento desesperado de un creador sensible masacrado por el ruido de los otros, sino la delicada carta de amor de un hombre que adora el silencio como la forma más acabada, más perfecta de no odiar a esos otros.

“Dóciles huestes” cierra la geometría mutante de este volumen espléndido con un poema en prosa que aboga por cierto beatus ille melancólico, casi perfilado sobre el ala de una libélula con un cáñamo, imagen que podría serle grata al autor en lo que parece apenas un deseo que justifica esta obra singular: convertirnos en sombra o aceptar que no somos otra cosa que sombra, mas sombra enamorada. Dulce consuelo para lúcidos>>.

lunes, 26 de enero de 2026

Reseña de "Madera de deriva", por Fernando Parra, en Diario Información de Alicante

Muy agradecido al escritor Fernando Parra por su excelente reseña de “Madera de deriva”, publicada en el suplemento Arte y Letras del Diario Información de Alicante:



PAPEL SONORO

Para encabezar nuestra reseña nos apropiamos del título con el que Ángel Olgoso nombra el primero de los 35 relatos que conforman “Madera de deriva” (Libros del Innombrable). La elección no es baladí, pues uno de los aspectos que enseguida llama la atención es el exquisito uso del lenguaje, su musicalidad, lirismo y elegancia. No en vano, Olgoso dedica tres de sus textos a posicionarse con indisimulada vehemencia contra la indigencia verbal de nuestros días («La pocilga de la facilidad») defendiendo la labor lenta y minuciosa de la orfebrería lingüística («La lentitud del meteoro»), y todo ello pese a Cioran, cuya cita contra el uso de la poesía en la prosa remata, en un divertido anticlímax, el impresionante despliegue retórico de un voluptuoso relato erótico. Y es que la metaliteratura está muy presente en este libro de pecios rescatados: unas notas tomadas a vuelapluma para el borrador de un cuento se convierten, gracias a su capacidad evocadora, en el cuento mismo; un catálogo de escritores enfermos que hallaron alivio en la escritura descubren el bálsamo de Fierabrás; y tres maravillosas evocaciones de Bioy Casares, Ribeyro y Cela reclaman el imperio de los secundarios, de los tímidos y frágiles, y –otra vez– del lenguaje en todos sus matices. Este gusto por la estampa se repite dos veces más en una sugestiva enumeración de momentos del pasado o en la originalísima «constelación» de situaciones, a medio camino entre la verdad histórica y la imaginación desbordante.

Hay también en el libro un profundo descreimiento del ser humano rayano en la misantropía. Así, Olgoso se queja amargamente de la invasión de carteles publicitarios que ahogan a la Naturaleza; reformula el tópico del ‘beatus ille’ evocando un lugar ideal en el que han desaparecido los hombres; repasa los estragos producidos por el ser humano a lo largo de la Historia en una asfixiante concatenación de atrocidades; o arremete contra «los odiadores del silencio», al que más tarde dedica rá una oda casi elegíaca. Como refugio ante la hostilidad que sus propios congéneres obran sobre un espíritu sensible e ilustrado, Olgoso, soberano demiurgo de su propia realidad, diseña cosmogonías habitables en sus distopías positivas o simplemente utópicas que, en ocasiones, como en «Dóciles huestes», aspiran a alcanzar un nuevo orden metafísico. Otras veces se refugia en el juego literario, como en su divertido glosario de epitafios o en la invención de su propio hápax (voz registrada una sola vez en una lengua, en un autor o en un texto), o en el recreo epistolar ‘à la salonnière’. En ese mismo sentido de asilo contra la intemperie, se sitúa la fantasía, porque nunca «hay que envejecer ante el asombro». Entre estos relatos destacan, por ser continuación de lo que Olgoso ya hiciera en otros libros como “Estigia” (Eolas), su «Gaveta de miniaturas», pequeñas píldoras narrativas que retan a la lógica y crean situaciones extrañas y desconcertantes y, por eso mismo, magnéticas.

Finalmente, otra válvula de escape es el viaje, como el que emprende junto a su mujer a Chile, cuya estancia se convierte en un oasis de plenitud y también en un canto de amor a Marina; o el realizado a tierras cordobesas, con la evocación de los fósiles marinos adheridos a las paredes de casas y edificios para quien sepa verlas, porque «la belleza necesita que alguien la vea».

El libro, además, llama a otros libros: un copioso muestrario de referencias que demuestran el enorme bagaje cultural de su autor y que suponen un acicate para el lector curioso que quiera descubrirlas.

Con “Madera de deriva” se confirma lo que ya muchos sabíamos: que Ángel Olgoso es, hoy por hoy, uno de los maestros del relato corto en España, no solo por la calidad de sus textos sino, también, por su inquebrantable posicionamiento ético y estético que, en Olgoso, es una misma cosa. Esta madera no es el «flaco leño» de Fray Luis de León, sino tabla de salvación hacia una gloriosa deriva. La del que se sabe seguro a merced de la literatura>>.

sábado, 3 de enero de 2026

Reseña de "Madera de deriva" por Javier Navarro en Todoliteratura.es

Comparto esta absoluta maravilla que es la reseña de “Madera de deriva” (Libros del Innombrable) publicada en Todoliteratura.es por Javier Navarro, donde recoge y recorre de manera diáfana y perspicaz todas las características de mi obra sin dejarse ni una, presentando el abanico de los textos prácticamente con todo su varillaje al completo. Profesor, historiador y escritor (autor de "Tableaux Vivants" y de "La Pasión según Diodoro"), Javier y un servidor somos afines en atmósferas y temas y en el cultivo del relato.




<<LABERINTO GOZOSO DE LA IMAGINACIÓN.

En medio de la nadería y la cacofonía que nos envuelven a partes iguales, también por desgracia en la literatura, es siempre motivo de alegría saludar la publicación de un nuevo libro de Ángel Olgoso, uno de nuestros mejores cuentistas en lengua castellana. Si la difusión de una obra y el reconocimiento público en el mundo literario no se guiara por criterios que tienen que ver cada vez más con los arbitrarios criterios de la promoción, los algoritmos y los nichos de mercado, la imagen televisiva o el peso de una a menudo intrascendente y estúpida viralidad en las redes sociales, tal vez tendría Olgoso el puesto que merece en nuestras letras.

Ha construido Olgoso a lo largo de los años un sólido y fascinante universo literario con sus relatos, un denso y hermoso bosque cultivado libro tras libro, en el que siempre nos sumergimos con inmenso placer. Sus cuentos son ejercicios de una fecunda y desinhibida imaginación, llenos de materia vital, juegos con lo fantástico y pura literatura. Y guiños también de inteligente complicidad con sus lectores.

En su nuevo libro, “Madera de deriva” (Libros del Innombrable, 2025), Ángel Olgoso nos muestra una versión más híbrida de su literatura, que no se circunscribe a la ficción. Uno de los sellos dichosamente distintivos de Olgoso ha sido siempre el dominio de una multiplicidad de registros, el juego con estilos y tonos diferentes, con fuentes e inspiraciones diversas, siempre con suma habilidad y al servicio de la buena literatura. Ahora el autor incorpora, y en clave de miscelánea o mosaico (algo tan cercano a su imaginario), la memoria personal y la evocación, la crónica y el ensayo, el diario de viajes o la metaliteratura. Todo ello, por supuesto, junto al poema en prosa (la prosa poética o como decidamos llamarle), el cuento o el microrrelato, formatos tan propios de Olgoso. En medio de esta rica diversidad, “Madera de deriva” siempre consigue interesar y nunca se pierde en lo vacuo o insustancial. Olgoso es uno de nuestros grandes maestros de lo breve y esa maestría en la concisión permite que el libro jamás vacile en intensidad a la vez que equilibra gratamente el conjunto: nada se desborda aquí, excepto la imaginación.

Otros rasgos de la literatura del autor están felizmente presentes en este libro. El gusto por el fino humor y la ironía, que marca un cierto -y sabio- distanciamiento; la enorme capacidad de evocación y esa imaginación desbordante ya aludida; la riqueza de referentes literarios; una precisión y despliegue léxicos que abruman (y que hay que detenerse en paladear) o el gusto por lo fantástico, perturbador e inquietante. Tras todo ello late algo que preside siempre la literatura de Olgoso en mi opinión: la profunda autenticidad, la poderosa veracidad que destila su pluma, no importa el contexto (realista, fantástico) que nos proponga, la trama o el registro escogidos.

En “Madera de Deriva”, y al calor de esa hibridez ya gratamente adoptada, Olgoso se muestra en primera persona en sus páginas. El autor se encarna (o desencarna) en muchas de las piezas de esta colección. Lo hace -siempre a través de la literatura, obviamente- de forma desinhibida, cuando así lo desea, sin disfraces. ¡Qué suerte esa capacidad de elegir si nos vestimos o desnudamos, si nos disfrazamos o no! Ese poder elegir… ¡qué fortuna en la literatura! Así, compartimos con Olgoso sus impresiones en ese diario de viaje que es “Chile en el corazón” de forma directa, cercana, con la autenticidad antes aludida. Los escritores también podemos sentir como próximas las reflexiones del autor al hablar de sus propios proyectos literarios, de los vericuetos de su proceso creativo, de cómo se nos acumulan la vida y las ideas a lo largo del tiempo, muchas de las cuales tal vez no puedan ver ya la luz ("Besos de fantasmas", "Carta a Marie de Vichy-Chamrond").

Sincera confesión personal y amor por la literatura hay a partes iguales en “Los fuegos fatuos”, y también compromiso con la última en “La lentitud del meteoro”. Una declaración esta que debería firmar todo creador, por cierto, y que se contrapone a esa crítica demoledora de la ciénaga literaria que es “La pocilga de la facilidad”. También cabe aquí el emotivo homenaje de Olgoso a escritores como Bioy (acertadísimamente solapado con el recuerdo personal en “Los secundarios”) Ribeyro (“Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro”) o el divertido juego de estilo con Cela en “Alcancía”.

Por otro lado, la crónica sobre lo cotidiano, sin perder el anclaje con la literatura, está presente con brillantez en “Odiadores del silencio” o “Bálsamo de Fierabrás”, en este caso sobre la enfermedad a través de la mirada del joven Stendhal y otros escritores al referirse a sus particulares “ferreterías de los dolores” (en expresión de Macedonio Fernández, como recuerda el propio Olgoso). El paso del tiempo y la vida se aborda con feliz ironía en “Enterradme en una nube” (con una revisión de posibles epitafios) o en esos prodigios de la reflexión sobre los momentos del pasado que son “Kairós” o “Tulpas”.

Encontramos también argumentos de ficción muy cercanos al gusto por lo fantástico, en los que siempre destaca Olgoso: el ya citado “Besos de fantasmas”, “El resplandor de lejanos incendios”, ”Vino de viña submarina”, “Caminando sobre el mar de Tethys” u “Otra modesta proposición”. Asimismo, nos resultan también muy próximos a sus lectores y amantes de lo maravilloso esas muestras de su maestría en la pieza brevísima, con el formato de bestiario, mosaico o catálogo, en esos deliciosos “Asterismos de la constelación de la Osa Mayor” o “Gaveta de miniaturas”.

Son estos solo algunos ejemplos de los pasillos de este laberinto gozoso de la imaginación y la literatura que es “Madera de deriva”, como lo es el conjunto de la obra de Olgoso, por otro lado. Pero el lector puede escoger otros. Siempre se verá gratamente sorprendido en sus descubrimientos>>.

sábado, 29 de noviembre de 2025

Entrevista sobre "Madera de deriva" en la revista ExPERPENTO

Comparto la entrevista sobre “Madera de deriva” que Reyes Muñoz, directora de ExPERPENTO, me hizo para el número de otoño de esta revista de cultura y ocio que forma parte del circuito cultural independiente desde 2004 (“Ejercemos el canibalismo cultural. Somos y comemos cultura”). Tiene edición en papel en numerosos puntos de distribución, y descarga y visualización en su web.




<<ÁNGEL OLGOSO: [MADERA DE DERIVA]

La vida quiere que lea “Madera de deriva” en medio de un debate nacional en torno al objeto de la literatura. Resoplo y agradezco que existan sellos que publican a Ángel Olgoso. La red me explica que el granadino es uno de los maestros españoles del relato breve y de la literatura fantástica; y él, en uno de los textos del libro, recuerda el día en que «el secundario» de Borges —Bioy Casares— lo nombró su secundario.

--¿Qué es “Madera de deriva”? ¿Los restos de un naufragio o la balsa improvisada? ¿Son cuentos guardados en un cajón que vienen ahora a salvarte; o son escritos actuales para salvarte en momentos concretos? («resplandor de lejanos incendios», dices en algún lugar).

Es una obra híbrida, un ‘collage’ literario que juega con los límites, los moldes y las etiquetas. Un caleidoscopio lleno de textos fronterizos y de fervor por la literatura. Un libro que transita por senderos desusados, un libro de prosas apátridas en el sentido que le dio Ribeyro, donde he disfrutado practicando el contrabando de géneros. He de aclarar que —a pesar del título— estos escritos no son restos de naufragio sino piezas forjadas con toda premeditación, con la intención de elucubrar libremente y hasta sus últimas consecuencias, con respeto por la inteligencia del lector y por la lengua.

--El humor melancólico es resiliencia contra la tristeza, o llevado a tu libro, besos de fantasma…

Hace cuarenta años, el humor de mis relatos comenzó siendo negrísimo, sarcástico, un tanto bárbaro, macabro incluso. Supongo que el paso del tiempo ha ido afilando dientes y garras y, ahora que uno va entrando en lo que Umberto Eco llamaba delicadamente momentos aurorales de la senectud, el humor se ha vuelto por fuerza más melancólico. El escritor, que entre otras cosas es un augur que puede leer los signos y las señales de su tiempo en cielo y tierra y en las entrañas de los seres vivos, refleja lógica y primeramente los cambios que se operan en sí mismo.

--Hay mucho de «a la fuerza matan» en «Suerteesquiva», que me lleva a una de las citas que incluyes en el inicio: «Lo más difícil del mundo es hablar de uno mismo sin exasperar al prójimo. Una confesión solo es tolerable si el autor se disfraza en ella de pobre diablo». Las citas del principio son mucho más que frases que te gustan, ¿no?

Entre los setecientos relatos que escribí en el pasado, y como buen defensor a ultranza que he sido de la imaginación, apenas si se cuenta una docena basados en experiencias propias, pero a partir de “Madera de deriva” —influido también por la fatiga de las formas literarias, por mi pereza y mi deseo de librarme del apretado corsé de la ficción, por ese hambre reciente y circundante de realidad— me estoy volcando un poco más en la tensión entre el yo y el mundo exterior, siempre mediante una vibración discreta. Por lo cual este libro es, en cierta forma, un autorretrato indirecto. Y sí, acostumbro a valerme de las citas más idóneas como pórtico de mis libros, una epigrafía que pienso que sirve para dar pistas, indicar el camino y enriquecer conceptualmente la obra.

--Viajamos contigo por Chile. ¿Sacaste fotos con el móvil? ¿O esas son tus fotos?

Si no hubiera sido escritor me hubiera gustado ser fotógrafo. Saqué cientos y cientos de fotos en Chile (la ocasión, la naturaleza, las intervenciones en los espacios abiertos o urbanos, la gente, lo merecían de sobra), y al mismo tiempo iba tomando algunas notas que posteriormente, ya en Granada, usé para escribir esa crónica austral que me dicen ha quedado bastante viva y plástica, teniendo en cuenta que es la primera que escribo. Aunque en “Madera de deriva” hay además otra crónica de un viaje más cercano a Cabra, en la provincia de Córdoba, que se asienta literalmente sobre fósiles. De ahí el título de esta excursión en el tiempo, «Caminando sobre el Mar de Tethys».

--La pregunta de moda estos días es para qué o para quién escribe un escritor (que no un escribidor). Tú dedicas muchos cuentos a personas concretas, el libro completo se lo dedicas a tu hijo Ángel… ¿a quién regalas los cuentos que no tienen dueño?

No sé los demás, yo en principio para mí mismo. Como un gusano de seda que va hilando poco a poco palabras de la mejor manera posible hasta crear un capullo armónico y autónomo. Si luego le sirve al lector para hacerse con él una cálida prenda, miel sobre hojuelas, pero el compromiso primero —y más honesto— debe ser con uno mismo y con el material que segrega. No obstante, al mismo tiempo me seduce la idea de que el escritor, el artista, tenga al menos una función, en este caso sagrada: la de dar comida de lo que no existe para que la gente se alimente. En cuanto a las dedicatorias, es de bien nacido ser agradecido: dedicarles un texto a los amigos me parece una manera humilde de corresponder su generosidad. Ciertamente, da la impresión de que los cuentos sin dueño quedan un poco huérfanos, pero confío en que los adopte algún lector.

--¿Qué pesa para que zanjes un párrafo (o casi, casi, una estrofa con sus versos)? ¿La ética o la estética, o las dos? (Parafraseando a Makinavaja, el último poeta).

Más que la ética el fondo, porque la literatura es fondo y forma, pero sin forma no hay fondo. O, como decía Rémy de Gourmont, la esencia es esencial, y la forma es formal, pero la forma es la formalidad de la esencia.

--Me gustaría que me dijeras qué son los asterismos de la constelación de la Osa Mayor. He pensado que pueden ser un futuro libro o un libro inacabado (para el que faltaron fuerzas).

Son textos curiosos extraídos de la corriente humana de los siglos. Una especie de ampolletas de sorpresas, una serie de pequeños viales conteniendo la mixtura de lo extravagante, de lo erudito, de lo ignoto, del despropósito, de la noticia curiosa. Estos caprichos —con frecuencia en contacto con lo que no acertamos a ver o con lo que no existe— están organizados al desgaire, en coordenadas informales, al modo de esas estrellas menores que se conectan mentalmente a líneas, a patrones, a figuras astronómicas de vida efímera.

--En la nota y el dossier se dice que has virado tu carrera literaria en “Madera de deriva”… ¿Hay tanto volantazo como el que se publicita? Porque hay mucho de literatura fantástica, pero de la de Borges y secundario —Bioy Casares— de quien se te nombró secundario. (Apunté «Vino de viña submarina»).

Me temo que ese golpe de timón es totalmente real. Tras cuarenta años cultivando la ficción, el Romanticismo Negro, la narración de la extrañeza y de lo insólito en la estela de Poe, Kafka o Borges, y aunque ya había experimentado con los relatos y jugado con los límites de su territorio, la hibridación me ha ido pareciendo cada vez más sugestiva, un verdadero espacio de libertad. Esta nueva época creativa va dando textos libérrimos, más vivenciales y alérgicos a la trama: la unidad estética reside en la voz del autor y en la tela de araña conceptual con la que merodea en torno a los temas. Por otro lado, resulta inevitable que no pueda zafarme de golpe de toda una vida de fabulación, y que la dicción, los modos, los motivos y los registros propios sigan permeando en alguna medida los textos posteriores.

--Sabía que Borges consideraba las novelas un género innecesario. Me suena haber leído en el libro algo así como «el género de los chismosos»… (no lo apunté). ¿Qué piensas tú de las novelas?

Juan Ramón Jiménez pronunció una sentencia demoledora que pocas veces se tiene en cuenta: basta lo suficiente. En efecto, nada vale por sus dimensiones. Hay muchas novelas admirables, incluso alguna perfecta, pero también bastantes que son pellejos hinchados de viento, de genealogías interminables, de tiempos muertos, de lugares comunes, de reiteraciones, de detalles intrascendentes, de multitudes errantes, de hechos que se enroscan y desenroscan como una tenia infinita. Los lectores, en general, prefieren todo eso; la cómoda velocidad de lectura de las novelas, quedarse a vivir en una historia inacabable y en una misma época. A mí siempre me ha parecido más sugestiva y enriquecedora la posibilidad de diversificar la atención, de vivir muchas vidas en un solo libro de narraciones breves e independientes, de sufrir audaces, limpias, veloces y estimulantes emboscadas, de cambiar de escenarios y personajes cada pocas páginas.

--Iba a terminar el cuestionario con «Dulces huestes», pero la marea me lleva a «Glosario». ¿Cómo quieres que leamos el libro? Diría que es un libro-disco, que se lee del tirón o se lee por caras, o se lee por canciones…

Al tratarse de una miscelánea, hay libertad absoluta para barajar los textos. El libro-disco es un magnífico símil. También podría serlo la bodega de un barco con su cargamento de exóticos ultramarinos. O el clásico jardín de flores curiosas, en el que el lector puede pararse de vez en cuando a coger alguna flor extraña, a meditar sobre lo efímero del mundo o a oler el aroma acre de remotos incendios del pasado. Óscar Esquivias, en su encantador prólogo, lo califica de zoco oriental. Y Jesús Ortega, en la presentación granadina del libro, de laboratorio de ideas. Quizá también venga a cuento ahora aquella afirmación de Bernardo Atxaga de que todas las cosas raras están en el corral.

--Con muy pocas nociones sobre el tema, me gustaría que me dijeras hasta dónde te llega la patafísica. Y si te debemos tomar en serio.

Personalmente, hasta lo más profundo del tornillo sinfín de la espiral. Y, epifenoménicamente, la Patafísica, la Ciencia de las Excepciones y de las Soluciones Imaginarias, la Ciencia de las Ciencias, llega más allá de la Física y de la Metafísica. De hecho, si el Universo dejara de existir, la Patafísica seguiría imperturbable su camino. A ella sí hay que tomarla en serio>>.




martes, 25 de noviembre de 2025

Reseña de "Madera de deriva" en TodoLiteratura.es por Custodio Tejada

Muy agradecido al poeta Custodio Tejada por esta maravillosa y extensa reseña de "Madera de deriva" publicada en TodoLiteratura.es, donde hace doblete hablando también de "Estigia":



<<MADERA DE DERIVA de Ángel Olgoso. Editorial Libros del Innombrable. 192 páginas y 36 textos/relatos, casi todos dedicados. El libro, lleno de 'emociones y maravillas', está escoltado por el “Prologuillo hecho con astillas” de Oscar Esquivias y una sinopsis en la contraportada de Eloy Tizón, tres gigantes reunidos de nuestras letras en un palmo de papel. La portada es un collage del propio autor, coloreado por Marina Tapia. Una imagen onírica que nos hace viajar por los sueños con final incierto y un toque surrealista. Es un texto híbrido por el que mientras lees lo mismo transitas por la poesía, la opinión, el cuento, las memorias, los viajes, la crítica, la metaliteratura… En 2025 publica "ESTIGIA" en Eolas Ediciones (252 páginas y 99 relatos) y "Madera de deriva", y así, a la vez, hace balance entre su debe y su haber como escritor y expande su cuenta de resultados. Su escritura seductora no te dejará indiferente.

Yo soy un lector de retales, y ¿por qué digo que soy un lector de retales? Porque como mucho uno puede leer unas cuantas obras completas de un puñado de autores sin morir de empacho o de viejo. Por lo general ningún lector lee obras completas, lee de aquí y de allá, y picotea con ahínco donde más le gusta y se encuentra cómodo. Pocos pueden ser los lectores que cogen unas obras completas de un autor y cuando las acaba va a por las de otro y así hasta que no acaba unas no empieza las otras. Por lo que ningún lector es un lector absoluto, jamás habrá un lector absoluto, por falta de tiempo y de ganas, simple y llanamente. Y para colmo ese mundo editorial que no se detiene. Entonces uno descubre que no vivirá para contarlo sin morir antes en el intento, y descansa enormemente sabiendo que jamás será un lector absoluto porque jamás podrá leerlo todo. Por lo que el síndrome del lector total se desvanece y la ansiedad y el estrés también. Ya uno lee sin prisas y sin complejos. Aunque al otro lado tenemos el síndrome del lector selecto, que no deja espacio para los no consagrados, y solo busca las listas de los mejores libros o de los más vendidos. Así que todos somos lectores de retales, lectores de saldos o antologías, lectores tránsfugas y pasajeros que esperan en un viejo andén el paso de un nuevo libro o un nuevo autor que nos lleve por los raíles del asombro y la belleza. Por lo que todos somos víctimas y verdugos de nuestro afán lector, entendido éste como un síndrome o enfermedad incurable. Nadie lee por generosidad literaria, sino por egoísmo lingüístico y compulsivo. El lenguaje es nuestro alimento favorito. Lo necesitamos para vivir, sin sus nutrientes no somos nada ni nadie. Nuestra alma está hecha de relatos, de poemas, de historias, de aforismos y de palabras que se traducen en pensamientos y sentimientos.

Son muchas las apreciaciones aparecidas sobre la obra de Ángel Olgoso. Oscar Esquivias nos advierte en su prologuillo que este libro es “variopinto, raro, sabio, misterioso, lleno de fervor por la literatura, en el que relata historias reales que parecen fábulas y cuentecillos con aspecto de noticias o crónicas”, “cada texto debe ser leído como si fuera un cuento o un poema”. Y Eloy Tizón, en la contraportada, dice: “Ángel Olgoso tiene el coraje de dar un volantazo inesperado a su prosa e internarse por territorios de hibridación y humor melancólico, con la libertad y maestría del que ya no necesita demostrar nada… "Madera de deriva" es un modelo de cuento desabrochado y libre en el que no escatima los juegos con la Historia y la ciencia, la cita culta y oportuna ni la imaginación metaliteraria”. Para Jaime Lechuga, ilustrador de Estigia, "Madera de deriva" es “destilación purísima de la literatura (microrrelato, libro de viaje, teoría literaria, memorias, crítica social, poesía, artículo de opinión…)". Para Francisco Morales Lomas (publicado en el suplemento Cuadernos del sur del Diario de Córdoba) con "Madera de deriva" se inicia una nueva etapa en la que los elementos autobiográficos poseen un espacio e identidad propia tanto como la reflexión metaliteraria”, “es una obra enormemente rica, heterodoxa, plural…” Para Jesús Ortega es una “hermosa miscelánea… Con sus ensayos narrativizados y sus narraciones ensayísticas, con sus evocaciones, sus crónicas, sus textos memorialísticos, sus notas de lectura, sus poemas en prosa, sus ensayos de poética personal". Marina Tapia dice de "Madera de deriva" que es un conjunto de “narraciones híbridas, frescas, empapadas, embebidas y sin complejos, armonizadas por una voz que arroja con su minuciosidad detalles, referencias y citas”, lleno de “humor e ironía marca de la casa”, “de los ecos y resonancias de otros maestros”, “un equilibrio entre pensamiento y vida”. Así que con estas mimbres críticas el lector no tiene excusas para hincarle el diente a esta exquisitez.

Ángel Olgoso, en este nuevo volumen de su aventura literaria, da fe y levanta acta de sus emociones, de sus miradas y pensamientos. Y así va como un náufrago a la deriva del lenguaje y en busca del lector, yendo de la Dehesa del Camarate en Lugros a la librería Babel en Granada, a vuelapluma y volando en una alfombra de palabras y frases. Se convierte en un cicerone para llevarnos de la palabra precisa a la imagen locuaz y viceversa. Porque "Madera de deriva" es un viaje físico y emocional, por el lenguaje, pero también por la experiencia o la memoria, por el conocimiento y la biografía, un perfecto artefacto lingüístico repleto de vida y anécdotas. Una existencia escrita que fluye desde textos como “Glosario” (p. 25) a otros como “Chile en el corazón” (p. 29) con un trato más costumbrista, que funciona como un relato de viaje o un retrato de familia. Unos más críticos e irónicos como "Besos de fantasmas", "Los fuegos fatuos" o "La pocilga de la facilidad"(donde hace un retrato peculiar del mundo literario y su intemperie) y otros más metaliterarios como "Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro". El autor expande los límites del conocimiento y disuelve lo real y lo imaginado, el mito y el logos, con su narrativa detectivesca, como si fuera un Borges o un Bolaño. Ángel juega con el lector y se convierte en un autor que funciona como un club de lectura, siempre en sintonía y confidencia con el lector amigo, en complicidad, al que le gusta llevar y traer por sus andanzas lectoras y vitales como un Quijote para hacerle sentir inteligente cuando juega con él, especialmente lo digo por lo que tiene la escritura de Ángel Olgoso de juego erudito, metaliterario y humorístico, pero también de satírico e irónico. Ya que por sus páginas transitan un sinfín de nombres, obras, lugares, intenciones y momentos.

Si en "Madera de deriva", una nueva entrega “de cuento desabrochado y libre”, Ángel se presenta ante sus lectores, escoltado por los grandes Óscar Esquivias en el prólogo y Eloy Tizón en la contraportada, formando un trío de ases literarios; en "Estigia", una nueva recopilación y reorganización de sus antiguos relatos, le acompaña el magnífico prólogo de Ana María Shua. "Estigia" lo ha publicado en Eolas Ediciones, con 252 páginas y 99 relatos. Una nueva presentación de su legado, quizá la ordenación definitiva para reposar en sus obras completas.

En la portada de "Estigia" nos espera Caronte y su barcaza, en una posición de ida, que no de vuelta, casi invitándonos a que subamos en ella, quizá como metáfora lectora y sinestesia entre ilustración y escritura, entre sentidos y sentimientos. La imagen es de Jaime Lechuga Rodríguez del Castillo. En cambio, la portada de "Madera de deriva" es más onírica, incluso psicoanalítica. Un galeón con todo su velamen abierto surca el mar a todo pulmón, un rosetón gótico entre las nubes a modo de astro que recuerda a una catedral de aire, y como un sueño o pesadilla, a modo de naufragio o deriva dos manos con dos tenedores que imaginan ser dos barquitos de vela ligera, una de esas manos sujeta a una dama. Es un collage del propio autor coloreado por Marina Tapia.

Y es que, parafraseando a Marina Tapia en la página 36, el destino de todos los lectores quizá no sea tanto un lugar o un libro, sino estar junto a los escritores que los han seducido y encandilado, en una especie de metempsicosis lectora o bibliográfica, según haya sido la vida lectora de cada cual. Si esto fuera así, Ángel Olgoso ocuparía un lugar distinguido en ese territorio biblioteca y nosotros con él, porque los lectores transmigran sus almas a los autores que les hacen volar.

Ángel escribe sobre sí mismo, sobre su vida, sobre la madera de su vida que es deriva de trastos y nombres, de libros y recuerdos, de alegrías y desengaños, o sea, de su camino itinerario por el lenguaje y la biografía convertida en un vestigio. La vida también se escribe, como diría Pirandello, pero yo creo que muchas veces se lee más que se vive. Madera de deriva es un intento por preservar el pasado con las bolitas de alcanfor que resultan ser las palabras en las manos de Ángel Olgoso, otra forma de retener el tiempo y detener el olvido. Y como buen pintor de palabras que es, sabe llenar sus textos de pinceladas metaliterarias, satíricas, costumbristas, poéticas, humorísticas, irónicas… Porque el ingenio y la destreza de Olgoso no dejará de sorprenderte y encandilarte por mucho que lo leas. Cualquier libro suyo merece una tarde de mesa camilla y brasero>>.