La lectura que hace de “Madera de deriva” Miguel A. Zapata (mi querido hermano Monk) es de las que irradian inteligencia, profundidad, sagacidad y alto vuelo creativo. En la revista Pliego Suelto, Revista de Literatura y Alrededores.
LA GEOMETRÍA MUTANTE DE LOS RELATOS DE ÁNGEL OLGOSO EN “MADERA DE DERIVA”.
Nuestro colaborador Miguel A. Zapata reflexiona sobre el nuevo libro de Ángel Olgoso, “Madera de deriva” (Libros del Innombrable, 2025), que plasma una tipología cuentística “desabrochada y libre”, donde aparecen entrelazadas –de forma lúdica y lúcida– la Historia, la ciencia, las artes, la cita erudita, la imaginación y la metaliteratura:
<<Hace tres años despedíamos una etapa en la producción literaria de Ángel Olgoso. A priori, Devoraluces (Reino de Cordelia, 2021) sería el último jalón en la reconocidísima labor narrativa (por parte de crítica y público) del autor granadino. Pero ahora aparece este volumen de título ambiguo, “Madera de deriva”, y el lector poco atento podría pensar que aquella “despedida” ha sido finalmente revocada. Nada más lejos de la realidad. Porque esta obra es tan diferente a su producción anterior como un espejo a su reflejo en otro. Iniciemos el viaje.
Sobrevolando a vista de pájaro la obra, apenas picoteando sus manjares, se nos muestra un compendio de textos sobre el tiempo y su inacabable capacidad de mutación, sobre la manera en que pespuntea los contornos de cada ser y cada cosa, cada acto y cada proyecto futuro, cada recuerdo y cada cosa no sucedida. Para la literatura de Olgoso, el tiempo ni pasa ni se detiene, simplemente es, simplemente está, y él es el cartógrafo de su presencia.
Da la sensación de que, a pesar de seguir indagando en las perfecciones de su escritura sensorial y plena de brillos y meandros, su material de escritura es precisamente eso, el tiempo del mundo y las cosas, la cuenta atrás de lo humano, la autopista infinita de las posibilidades infinitas de lo real.
Tiempo licuado, tiempo macerado, una escritura llena de milésimas y eones.
En un análisis más minucioso, atisbamos la verdadera esencia del cambio de tercio en la trayectoria del autor, excediendo los límites de los géneros habitualmente transitados por él. Podría decirse que Olgoso lleva a cabo en “Madera de deriva” un paseo walseriano alrededor de su propio cráneo, como aquella novela de Frigyes Karinthy.
Así, en “Papel sonoro” traza un hermoso paralelismo poético entre la hoja que cae del árbol y es guardada con mimo dentro de las páginas de un libro por un paseante y el lector que acude a la granadina librería Babel para hacer lo propio rescatando ese libro destinado también al olvido o al deterioro amarilleante de los años.
En ese opúsculo traza Olgoso el arco vital de todo lo destinado a desaparecer, aliviando el artificio que es cualquier novedad editorial con lo efímero de su destino, casi una hoja más en el suelo embarrado de otoño, como querían los poetas taoístas.
Surge entonces tras esta primera lectura el primer tema de la nueva entrega olgosiana y casi una declaración de principios: lo efímero como motor de la belleza, como el inevitable destino de cualquier acto humano, la melancolía por la intuición de lo finito como forma bizarra de alcanzar una revelación fulgurante.
Avanzando en la lectura, en “Espuela vana” surge el Olgoso tiernamente misántropo (que luego, ya veremos, se contradice a sí mismo o a sus lectores despistados), el que quiere renunciar a la vulgaridad de este mundo industrioso, pero con un quiebro final casi desacostumbrado: una conciencia abiertamente optimista y un ecologismo que a este crítico le ha recordado a El clamor de los bosques, de Richard Powers.
“Besos de fantasmas” podría ser un cuento truncado de espíritus errantes o una reflexión sobre la necesidad del arte de encontrar nuevos meandros en el río de Heráclito. Al fin y al cabo, lo inesperado no es otro remanso de agua distinta pero agua al fin y al cabo, sino la posibilidad de la Candela Verde (aquí se intuye, elíptico y juguetón, el Olgoso patafísico) bajo el espejeo de lo que creías dos simples moléculas de hidrógeno junto a una solitaria de oxígeno.
Para ello, Ángel recurre a la tensión entre la inmovilidad de la obra de arte y el movimiento secreto que la anima, que la hace mutar, que siempre la hará diferente con cada nueva lectura, escucha o visionado.
El arte nunca es igual a sí mismo, ni a Heráclito, ni a Dorian Gray. La idea del fantasma en todas sus posibles acepciones está también presente en “Glosario”, con mucho humor y mucho amor.
¿Es para Olgoso la inconsistencia del fantasma un estado ideal del espíritu, alejado de los relojes y de la posible corrupción de la materia? ¿Es su aspiración convertirse en psicofonía o en ectoplasma, alcanzar la excusa perfecta para no escribir más sino ser él mismo materia de escritura purísima, como cuando de adolescentes contábamos historias de fantasmas y secretamente queríamos ver el mundo desde la perspectiva de la mujer de la curva o del espectro de Verónica o del autoestopista sin cabeza?
Esta arista del escritor mostrando la ambigüedad caleidoscópica de su literatura es otra de las singularidades de sus nuevas narraciones, auténticos tratados del espejeo y el salto cuántico entre géneros canónicos.
Y también acoge esta obra, como viene siendo habitual en su producción en los últimos tiempos, a un Olgoso que era difícil de imaginar (hablo de lo estrictamente literario) hace casi dos décadas, siempre serio e hiperestésico, quijotesco y theotocopulesco: el Olgoso enamorado. “Chile en el corazón” habla de lo eterno, es su carta de amor (otra más) a la poeta y artista Marina Tapia.
Y es también un recorrido por el asombro de descubrirse en los demás (“El alborozo de parecer otro”, escribe), en este caso en la tierra y la familia chilena de su pareja, que lo convierten en un espectador admirado de la fragante diversidad del mundo, como aquel caminante de Friedrich detenido ante el mar de nubes, que para Ángel se disipan al otro lado del Atlántico, entre la belleza salvaje de Viña del Mar, el cerro Playa Ancha, la playa Las Torpederas, el honor al topónimo en Valparaíso.
También hay espacio para el Olgoso fragmentario y erudito, disfrutón de lo feérico, que aparece en “Asteriscos de la constelación de la Osa Mayor”, junto a referencias a Hearn, Browne, Baudelaire, Poe o Calasso:
Encontramos paseos reparadores que duran siglos como silbando, poseedores fantasiosos del universo y sus mundos, focas que son mujeres que son focas que fueron madres y esposas, porfías metafísicas acerca de un improbable Quijote asesino, la conjura del temible Titivillus.
En esta distancia nueva y más cercana al miniensayo que al cuento canónico encuentra el autor un filón para ajustar el texto a un interregno limítrofe con la narración, la poesía, el apólogo chispeante, residiendo aquí la novedad de su nueva entrega.
“Gaveta de miniaturas” también se recrea en esa pulsión de lo extraño que habita nuestra miseria cotidiana, la transfiguración que late detrás del aparente equilibrio: hijos que podrían ser perros, paraísos espejeantes o espejismos paradisíacos, ceremonias de cortejo infructuosas, fabulillas misántropas.
Son esquirlas híbridas para las que se requiere la decantación de miles de lecturas junto a un talento especial para la argumentación imposible.
Desde la narración de lo excéntrico, a veces, cuando quiere, llega el granadino a nuevos centros de sí, marcados con el compás que ensarta una aguja en territorios que son a veces astros lejanísimos o ese folio blanco de un cuaderno de dibujo escolar ahí frente a la mesa. Una forma de exorcizar o equilibrar la balanza de su querencia por la muerte, las infinitudes insufribles, la metafísica como autoflagelo: el nuevo Olgoso frente al espejo del viejo Olgoso, ambos acaso la misma cosa.
En este sentido, “Las islas de los bienaventurados” quiere situar el paraíso personal tan cerca que sea casi imperceptible, parte de nosotros para poder expulsarnos a placer. Con idéntica intención emocional, “Enterradme en una nube” es un texto escrito desde la excusa perfecta para el perfecto epitafio de un artista que siempre soñó con la transustanciación y seguir la línea de muertes exquisitas minuciosamente teorizadas, como Cunqueiro, Benjamin, Eckhart, Amiel, Céline o Carandell.
Y un acto casi final en este viaje olgosiano y la vuelta a la última esquina de su propio universo: ¿acaso creíamos que el Olgoso creador de seres inauditos, el demiurgo aplicado había desaparecido? En absoluto: “El tuercecuello y la ruedecilla” abre las puertas de esos gabinetes de maravillas tan afines al autor con la gestación del iunx, pájaro del desconcierto y el delirio, aparataje erótico, ingenio mecánico, llamada amorosa, pegamento de los amantes, tal vez solo un deseo imposible.
Olgoso no quiere deslumbrarnos con la materialización de un ser concreto, sino quizá con la teorización sobre sus límites, como tal vez ocurra con estos textos suyos que quieren alcanzar la desintegración para reintegrarse en otra dimensión que solo podemos intuir.
Así, “Odiadores del silencio”, gracias al talento para elevar la famosa teoría del iceberg literario a la categoría de arte mayor, no debe leerse como el testamento desesperado de un creador sensible masacrado por el ruido de los otros, sino la delicada carta de amor de un hombre que adora el silencio como la forma más acabada, más perfecta de no odiar a esos otros.
“Dóciles huestes” cierra la geometría mutante de este volumen espléndido con un poema en prosa que aboga por cierto beatus ille melancólico, casi perfilado sobre el ala de una libélula con un cáñamo, imagen que podría serle grata al autor en lo que parece apenas un deseo que justifica esta obra singular: convertirnos en sombra o aceptar que no somos otra cosa que sombra, mas sombra enamorada. Dulce consuelo para lúcidos>>.

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