Un placer y un privilegio haber escrito el prólogo de “El mar interior y otras singladuras” (Grupo Pandora), libro de relatos de Antonio Sancho Villar, fantástico en su doble sentido e ilustrado profusamente a todo color por Kim Aubert, mítico historietista de El Jueves. Os dejo con mis palabras, como aperitivo de otra de las maravillosas ediciones de tirada reducida a las que nos tiene acostumbrados el gran Pedro Tabernero:
<<COMETAS BICÉFALOS QUE CRUZAN EL CIELO.
Como sabemos, la literatura maneja una segunda realidad, y esta es tan firme como la primera, aunque no tiene las mismas leyes: ofrece una realidad transfigurada, profundizando en el conocimiento de la primera. Antonio Sancho Villar forma parte de ese grupo de autores jóvenes que vienen despuntando, y que, aunque no desprecian el realismo y lo cultivan sin remilgos, lo enriquecen al prestar la debida atención a lo imaginativo, a lo fantástico, como el granadino Alejandro Molina, el valenciano Javier Navarro o el mexicano Juan Antonio Tamez-Elizondo. Todos ellos, partidarios de la invención, “cometas bicéfalos que cruzan el cielo”, son capaces de tornasolar sus obras con esas aves que no hay y esas rosas que no se marchitan de las que hablaba el añorado Cunqueiro, profeta celta de las ensoñaciones y las leyendas, nutricio en milagros, sirenas y ciudades sumergidas. Todos ellos profesan admirablemente, y casi a contrapelo, un gusto por las historias insólitas, extraordinarias, especulativas, delirantes, por los sabrosos desvaríos de la percepción, por los gabinetes de maravillas. Para todos ellos, la quimera de lo fantástico es realidad evidente y no hay que presentarla en bruto sino nimbada por el misterio y el escalofrío. Según José María Merino -otro eximio cultivador de lo irreal, de lo intranquilizador, de lo fabuloso, de lo ‘unheimlich’-, la literatura debe hacer la crónica de la extrañeza. Para que los artistas puedan considerarse como tales, quizá sea una condición indispensable el hecho de no ver nunca las cosas como son, de persuadir a sus semejantes a mirar más allá de la rutilante pero fina y engañosa piel de la realidad -si es que tal cosa existe-, de sembrar la duda en el lector sobre la verosimilitud de lo narrado, de inocularles una desazón irresoluble, una perplejidad no exenta de nostalgia por un mundo distinto al que nos toca vivir.
“El mar interior” y otras singladuras” es un magnífico ejemplo de cómo alinear el asombro con eficacia y naturalidad en el friso de lo habitual. Entre sus páginas, el lector encontrará ”licores llenos de ensueños y odiseas”, mares interiores, fantasmas y grimorios, caníbales y arponeros, ganado unicorne y taxidermia humana, ocultistas, mascotas fieles más allá de la muerte, pipas de espuma de mar con un diminuto mascarón de proa tallado en forma de ondina, micromundos delirantes encerrados en las cabezas de los locos. Entre estos “apocalipsis en miniatura”, entre estos desajustes cósmicos en los que se quiebra el orden natural, el lector se codeará con personajes fantasmales, con protagonistas que atraen los milagros, con almas en pena, con espectadores de la soledad y del horror del universo, encariñados con sus secretos, encerrados en pequeños infiernos hechos a medida, donde la mentira resulta más cómoda que la verdad, donde la cadena trófica, y el lugar que ocupas en ella, es lo único cierto.
Ya Casanova observó que la facultad de ver la verdad sólo se aviva en los seres humanos a través de un sobresalto o convulsión. Antonio Sancho posee un talento poco común para hacer soluble lo anómalo en lo ordinario, para favorecer en lo familiar lo imprevisto y lo fatal, y de manera más terrible por cercana e inesperada: desde las atractivas premisas, pasando por cierta concatenación de muñeca rusa en la narración, hasta las acertadas resoluciones, los intensos e inolvidables relatos de “El mar interior” satisfacen la sed de misterio, hacen sentir al lector “el hormigueo de lo imposible”, como un niño a la vez asustado y fascinado. Son relatos que se sitúan en esas equívocas y sugerentes fronteras entre la luz y la sombra, que demuestran a las claras que ”cualquier cosa que exista por mínima que sea, también los objetos inanimados, deja su huella fantasmal en la realidad”.
Algunas historias tal vez le podrán traer al lector la fragancia de Aldecoa o Dieste, otras de Roald Dahl o de Jean Ray. Pero en todas queda urdida un síntesis perfecta de lo real y lo fantástico, como la lograda por Torrente Ballester en Castroforte del Baralla, aquella ciudad imaginaria de su “La saga/fuga de J. B.”. Otro autor imaginativo que suscribiría sin duda las palabras que pone Antonio Sancho en boca de uno de sus personajes: “el mar es el representante en nuestro mundo de lo sobrenatural y lo mutable”. Y así se manifiesta en estos excelentes relatos, ya sea en ese mar que llega a Ardiza, la polvorienta ciudad de provincias, tras el capitán Ismael, o en ese mar interior bajo el Albaicín de Granada, con una isla repleta de tesoros. El mar, sonoro y poderoso, siempre haciéndose y rehaciéndose, navegando sin navegar, abre y cierra su colección de relatos del sevillano Antonio Sancho Villar, que alguna vez se definió como domador de tortugas y pacífico vendedor de teseractos. Nuestro autor, que repudia la estrecha senda que lleva a la cárcel de la razón, no sólo no tiene miedo de dejarse llevar por lo fantástico de sus historias (como en cierto modo le ocurría a Joan Perucho y Bioy Casares) sino que porta con brío su lumbre.
”La literatura es un pobre sustituto para el mundo de maravillas que se abre tras la muerte”, se lee en estas páginas no exentas de mirada irónica. Sin embargo, tras la lectura de “El mar interior”, donde tienen predicamento y posada los embelecos de la imaginación, dan unas ganas irrefrenables de quedarse a vivir entre sus fabulaciones y trances, entre sus sorpresas y prodigios, de convertirse también ahí en un feliz fantasma>>.

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