He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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domingo, 29 de marzo de 2026

Reseña de "Devoraluces" por Alejandro Molina en Todoliteratura.es

Muy agradecido al escritor Alejandro Molina por esta fantástica reseña de “Devoraluces”, el libro con el que me despedí del género del cuento. En Todoliteratura.es.




<<Decía Poe, a propósito de Hawthorne, que «la auténtica originalidad —auténtica con relación a sus propósitos— es aquella que, al hacer surgir las fantasías humanas, a medias formadas, vacilantes e inexpresadas; al excitar los latidos más delicados de las pasiones del corazón, o al dar a luz algún sentimiento universal, algún instinto en embrión, combina con el placentero efecto de una novedad aparente un verdadero deleite egotístico». Creo no exagerar ni un ápice si digo que Ángel Olgoso es esa clase de escritor auténticamente original, y “Devoraluces”, el último libro de relatos que publicó antes de abandonar el género, la definitiva de las irrefutables pruebas que apuntalan semejante afirmación.

Como suele ser habitual en sus cuentos, Ángel demuestra, principalmente, dos cosas: la primera, un dominio de la palabra y una técnica narrativa que no conocen límites; y la segunda, una habilidad pasmosa para poner sobre la mesa esos sentimientos universales o instintos embrionarios que tanto placer provocan; eso que se ha ido pero que de algún modo sigue ahí; eso que al resto de los mortales se nos queda en la punta de la lengua pero para lo que Ángel dispone de unos cebos infalibles con los que es capaz de pescarlo. Los relatos recopilados en “Devoraluces” son un ejemplo de ambas virtudes, si bien se dirigen, tal y como hace su primer relato (a mi juicio uno de los más importantes de la obra de Olgoso), hacia ese resquicio de luz que alumbra el oscuro túnel de la existencia, al tiempo que nos advierte sobre la eterna pervivencia de lo extinto.

“Las luciérnagas” es un portento literario capaz de contener en un puñado de párrafos toda una infancia (o quizá el aspecto más propiamente infantil, es decir: el asombro y el juego que es todo descubrimiento en tanto comporta mayor o menor grado de arrojo), con un final que cae sobre el lector como una losa de la que sin embargo escapa, en las últimas líneas, esa luz que es la magia en mitad de un atroz raciocinio, magia a la que Ángel se aferra como escritor para buscar, en las tinieblas de la realidad adulta, y con esa mirada de niño, todo aquello que merece la pena. Se trata sin duda de una especie de poema narrado, en el que la enumeración, tan característica del autor, cobra una importancia esencial al constituir las imágenes que vertebran el cuadro completo, con esa conclusión que conforma el estruendo provocado por la catarata de escenas descritas en sus páginas.

En “Hajdú” encontramos de nuevo esas características enumeraciones visuales, increíbles como de costumbre, y que contribuyen a afianzar esa idea que ya “Las luciérnagas” siembra, con la salvedad de que es ahora el sueño el que ocupa el territorio que abandonó la infancia. Ángel sitúa aquí la piedra de toque de su edificio retórico: el sueño-arte en tanto que evasión como ‘paraíso donde ondula el misterio de lo vislumbrado’, el umbral que solo a la intuición o la fe les está permitido cruzar a cambio de quedarse para sí las palabras con las que quizá pudiéramos nombrarla, en cuyo caso, me temo, dejaría de ser eso que nos sobrecoge y asombra, aquello que, como decíamos, es en el fondo el mundo a ojos de la infancia.

Estos dos primeros cuentos nos permiten apreciar el valor que Ángel otorga a lo simbólico, a la metáfora como esfera de existencia verdadera, dadora de significado y, por tanto, única realidad posible. Y entre todos los símbolos que constituyen su mundo, que lo dotan de sentido, la fantasía (el misterio que es en realidad ese vislumbrar del arte, de los sueños y de la infancia) es el pilar fundamental.

“Fulgor” aborda con maestría las consecuencias del contagio de una emoción. Se trata de una borrachera de felicidad alimentada por la leyenda en que se convierte un hombre feliz capaz de sobreponerse a la desgracia y que se conforma con lo mínimo. Esta historia retrata cómo el abandono, el desposeimiento y el nomadismo de todo viaje con una meta que de tan grande no se pierde nunca de vista, se traducen en felicidad. De nuevo una luz al final del camino que se resiste a ser devorada y que triunfa hasta casi cegarnos de pura dicha si se persevera lo suficiente. No obstante, y aun a riesgo de resultar reiterativo, debemos, una vez más, arrodillarnos ante el lenguaje, el ritmo y la dicción que descubrimos en esta pieza, una oda al inconmensurable poder de la palabra, al borde siempre de convertirse en hechizo o en mantra de tan finamente hilados y tan bien escogidos como están los términos que lo componen.

“La rosa de los vientos” es un hermoso mapa de erudición en el que ‘la realidad suprema del arte incendia las sombras imperfectas y degradadas de lo visible’. Entre las líneas de esa Ítaca a la que volvemos los que soñamos porque la realidad no es suficiente o es lo contrario de lo que nos gustaría (o tal vez, todo hay que decirlo, hemos sido demasiado cobardes o conformistas), vamos repasando los hitos de la literatura donde suceden ‘las cosas que no ocurrieron jamás pero que son siempre’.

Encontramos a continuación una gota de realismo que encierra en sí misma, sin embargo, su propia vía de escape: el color Azul, ese azul de la flor que representa el romanticismo desde Novalis y que en “Pelikan” eleva a salmo lo que de patria encontramos en el exilio.

En el siguiente relato, “Villa Diodati”, leemos: ‘buscan lo bello en las tinieblas del abismo’. Se trata de una nueva luz que alumbra esta vez la famosa villa que alumbró al moderno Prometeo. Ahora es el hombre quien ilumina sus estancias con su ‘fervor sobrehumano’. Una casa que se alimenta no ya de sus huéspedes, sino de su actividad, indisoluble de lo literario. En su final, leemos una de tantas frases que, a decir de Carver, deberíamos clavar en nuestra pared en una ficha de tres por cinco: ‘Aquí donde palpitó, podrá descansar mi corazón’.

“La ilusión del horizonte”, un título de por sí lo suficientemente elocuente como para no tener que escribir el cuento (según los preceptos que el propio autor recopila en la coda del presente volumen), es una preciosa recopilación de ‘vibrantes sensaciones sin pensamiento’. Impresiones de un viaje que tan pronto es un desplazamiento espacial como temporal, que regala tantos recuerdos como esperanzas, que engaña en su dirección y que es al mismo tiempo sendero señalizado y laberinto, con ese engañoso horizonte que nunca se alcanza porque, de hecho, nunca es la meta de viaje alguno por mucho que los dirija a todos.

El siguiente cuento, “Okitsu”, constituye una lección de filosofía que, como podemos comprobar a lo largo de la lectura, está presente en todos los cuentos, y que defiende una postura ante la vida que nace directamente del enfoque lumínico que cada relato nos presenta: la belleza de darnos a los demás ardiendo en las llamas de ese fuego constante que es la invención, es decir: la naturaleza, pero también las historias, la fantasía, la memoria. La literatura. Leemos: ‘mi padre me curó de la simetría’, dicho por un hijo al que le aflora con el tiempo su progenitor merced a esas historias a las que tanto le gustaba entregarse y que brotan ahora en su retoño, tal y como ocurre en la naturaleza. No hay lugar para las reglas forjadas a modo de barrotes, pues, ¿no es todo, al fin y al cabo, por delicado o elegante que se muestre, sino un disparate? ¡Qué hermosa reinterpretación del ‘wu wei’!

‘La palabra no era disfraz de la verdad’ en tiempos de los Sasánidas. Así de contundente se muestra Ángel en “La arena de las historias”. Toda una manifestación de esa idea que comparte con la poesía de Juan José Castro, según la cual el lenguaje es una cárcel que, sin embargo, en autores tan grandes como ellos es capaz de provocar una sensación de liberación incomparable. Ese disfraz de verdad que asume todo lo verosímil, todo lo realista, no tiene cabida en este cuento, pues aquí (y en la literatura que a Ángel le interesa) el lenguaje es mucho más que una correspondencia factual. “La arena de las historias” es una vuelta de tuerca a “Las mil y una noches” que se traduce en una revisión de “La bella y la bestia”, solo que aquí el elemento redentor o sanador es la palabra que entreteje las historias. No puedo pasar al siguiente relato sin clavar en mi pared una ficha de tres por cinco con la siguiente imagen: ‘el privilegio sublime de que la persona amada permanezca al lado de uno, sin estar sometidos al indecible dolor de la separación en las frágiles bárbulas de la pluma de la vida’, no ya por lo apoteósico de su composición, sino por ser igualmente una reflexión de suprema importancia para la conclusión del relato.

En sus últimas cinco historias, Ángel abraza nuevas formas y enfoques narrativos que van desde la poesía hasta el ensayo aforístico. En “El calendario quimérico de lo que podría haber sido”, reafirmamos el discurso de “Devoraluces” con esas posibilidades ‘al otro lado de la luz del prisma’ que son la imaginación en tanto que ramificaciones de la versión única que se nos entrega cuando vivimos nuestras vidas.

En “Medio real”, asistimos a una estupenda radiografía del tropiezo de Cervantes con su futura obra. Ángel aquí nos demuestra que es capaz de abordar como nadie factores de ambientación como los olores, el lenguaje, las ropas y costumbres y todo aquello que caracteriza un lugar y un tiempo hasta el punto de hacerlos tan vívidos que, nos cuente lo que nos cuente, no puede más que ser cierto.

‘Después de conocerte, no acierto a definir la literatura; te has mezclado con ella’. Será en “Émula de la llama” donde Ángel nos regale un canto al amor y la pasión que le va de la mano, en un tono que va de lo explícito a lo críptico, entregándonos una faceta suya hasta ahora poco conocida. No han sido pocas las ocasiones en que me he preguntado por qué Ángel no escribía poesía, y tras leer algunos de los versos que componen esta historia, he comprendido que no necesitaba hacerlo. Siempre han estado ahí. Hace, como Gospodínov, poesía filtrada en prosa, demostrando una vez más que las frases de sus cuentos son mucho más que versos.

“Odres nuevos” es un final de lo más apropiado para este viaje, una manera tan hermosa como poética de santificar la figura materna que es al fin y al cabo el origen y la luz primera de nuestra existencia. Una conmovedora delicia para quienes solo a través de la ficción comprendemos el mundo que nos rodea.

La última de las piezas, ensamblada a modo de coda, y denomina “Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies”, se desarrolla como un ensayo-despedida acerca de las virtudes de la brevedad, sublimada aquí al extremo de conformarnos con el simple título de una historia, pudiendo prescindir del desarrollo, dado que el título (uno bueno, por supuesto) posee ya ‘los atributos de la bruma’, es decir, la facultad de entrever tanto lo que está como lo que no. Ya dijo Poe que ‘La brevedad extremada degenera en lo epigramático; el pecado de la longitud excesiva es aún más imperdonable. In medio tutissimus ibis’, y dudo que Ángel se atreva a discutir a uno de sus maestros. Se trata, por tanto, de una invitación a un debate del que se extraen interesantísimos planteamientos, pero que ahonda en la tesis que venimos tratando desde el principio, pues no en vano el título pasa a ser un ‘limpio y estático charco de luz’ frente al edificio de lo narrado, entroncando así con este juego de luces y sombras al que nos entregamos a lo largo de todo el libro. Me gusta en especial la apreciación, según el paisaje japonés del XIV: ‘la uniformidad es indeseable’, una idea que encaja con esa cura de la simetría a la que se hace referencia en el cuento “Okitsu”, y que me parece un modo realmente adecuado de reivindicar la figura del lector al que no se le marque el paso gracias a una historia que esté viva siempre y respire a su propio ritmo, se salga de la norma, rompa reglas y crezca libre y no según los manuales de narrativa-botánica.

Se trata, en fin, de una compilación de relatos que, además de regalarnos lo mejor de la obra de Ángel (la enumeración constante, la imagen poética, el cuidado de un lenguaje tan rico que parece brotar con cada línea y ser siempre nuevo), se abre también a un enfoque más reflexivo que de costumbre, con el hilo conductor de la búsqueda de una respuesta a la contemplación del mundo y su misterio, y que no es otra que esas historias a las que, antes de ser el disfraz de la verdad, nos agarramos como a un clavo ardiendo>>.

lunes, 23 de marzo de 2026

Pablo Acevedo sobre "Devoraluces"

Qué grato encuentro de fulgores ha propiciado el azar: el reciente "Fulgor" de Pablo Acevedo (I Premio Internacional de Poesía 'Motril, Puerto de la Alhambra ') y mi viejo relato "Fulgor" ("Devoraluces"). A ambos nos ciega el destello vivificante de las palabras, su plenitud creativa. Brindo por la sincronía, la admiración y la amistad:


<<Conocí la obra de Ángel Olgoso después de conocer a Ángel Olgoso. Este último me aseguraba haber empleado el título de "Fulgor" en una de las narraciones de ese otro Ángel Olgoso que lo releva o revela en los libros y que, por la razón expuesta, me urgía visitar. Nada más adentrarme en esa versión literaria de Ángel Olgoso, tuve sobrados motivos para confraternizar con él, y además de una manera -permítanme decir que- definitiva. Y si uno está siempre tentado a admitir determinados prejuicios, como que la máscara escritural de un literato debe adaptarse a su verdadera fisonomía espiritual, o que todo disfraz de piel se aviene con la propia obra, quise yo frecuentar a ese otro Ángel Olgoso cuyo clon empírico, en apenas conociéndolo, me hubo informado de la existencia de un relato suyo titulado "Fulgor". Tamaña coincidencia, junto a la buena impresión que me causó su persona, y no menos a los rendidos elogios que precedían al otro Ángel Olgoso (ahora sé que justificados), me bastó para rastrear dicho texto de entre sus ya numerosas obras, pues Ángel Olgoso es un escritor de extensa y acreditada trayectoria. ¡Qué tan celebrado azar! En la obra de Ángel Olgoso encuentro muchas de las virtudes literarias que más aprecio en un escritor (hoy casi extintas), sin reconocerle en cambio ninguno de los defectos que aquejan la literatura contemporánea. Todo esto me lleva a desearle públicamente (a Ángel Olgoso, pero también a Ángel Olgoso) la justicia de que son (uno y otro) merecedores. Buenas tardes>>.





domingo, 8 de febrero de 2026

Opinión de Ángel Angulo

Muy agradecido a Angel Angulo por su generosa mirada sobre mis cosillas.


"Olgoso teje de manera exquisita sus historias cortas. No hay por qué temer dejarse atrapar por ellas, incluso si la tela de araña con la que están urdidas resulte tan incómoda y pegajosa como llena de claroscuros sorpresivos y perturbadores, de sonrisas sardónicas y de humor negro (seguro que André Breton lo habría incluido en su célebre antología). Aquí dos ejemplos de una voz literaria elegante, hechicera y distinta. Píldoras de literatura en estado puro".

viernes, 14 de julio de 2023

Reseña de "Devoraluces" por Gerardo Rodríguez-Salas

Muchísimas gracias a Gerardo Rodríguez-Salas por su magnífica, por su impecable reseña de “Devoraluces” (Premio Andalucía de la Crítica 2022) en la revista Castilla-Estudios de Literatura.




DEVORALUCES (Ángel Olgoso, Ed. Reino de Cordelia)

La escritora británica Angela Carter hablaba de «vino nuevo en odres viejos» para describir su reescritura de cuentos tradicionales en la colección de relatos 'The Bloody Chamber'. Podría decirse que en ‘Devoraluces’, la última colección de relatos de Ángel Olgoso—no sólo la más actual, sino la que marca el fin de su trayectoria como maestro del género—, el autor no sólo reescribe cuentos tradicionales como 'Las mil y una noches', o dialoga intertextualmente con obras de la literatura universal como 'La Odisea' o 'Frankenstein', sino que, al igual que Carter, toma el molde del cuento tradicional (o 'folktale') para ofrecernos variaciones actuales y absolutamente idiosincráticas que elevan el género a otra dimensión.

Carter y Olgoso coinciden en el preciosismo y elegancia del lenguaje, la exquisitez de metáforas e imágenes retóricas y la dimensión onírica. Sin embargo, mientras que Carter altera radicalmente la estructura de los cuentos tradicionales y su barroquismo tiene un punto de artificio que podría alejarnos del cuento como refugio, Olgoso mantiene la exuberancia verbal pero su lirismo es tan intrínseco que, además de reinventar los cuentos tradicionales, conserva el sabor atemporal y misterioso. El artificio subversivo de Carter desaparece en las manos de Olgoso de modo que, en los cuentos de éste, nos adentramos en un espacio temporal contemporáneo ('hoc tempus') que, paradójicamente, mantiene el 'illud tempus' o atemporalidad del cuento tradicional que teorizaba Marie Von Franz. El resultado, en Olgoso, son los «odres nuevos» que dan título a uno de sus relatos.

En «Fulgor», por ejemplo, encontramos reyes y súbditos, doncellas y mancebos, mercaderes y artesanos y un argumento que bien podría ser el de algún cuento tradicional: un hombre pobre que es tan feliz que todo el mundo quiere participar de su fulgor. Como las fábulas de Esopo, el cuento de Olgoso no prescinde de moraleja—el retorno a la simplicidad, a la pobreza, a lo que verdaderamente importa, a la luz—pero es un cuento que bien podría simbolizar el proceso evolutivo del propio autor en su ficción. Incluso en relatos como éste, el que más se acerca al formato clásico, Olgoso transciende los estereotipos de caracterización y nos hace caminar hacia el Pajarillo—que así llaman al protagonista de «Fulgor»—unidos a «aquella grey trashumante», en busca de la luz que desprende el autor y que nos hipnotiza como la música del flautista a los ratones.

Con ‘Devoraluces’, como reconoce el propio Olgoso en una reciente entrevista en TodoLiteratura, culmina su larga trayectoria como cuentista en «territorio fronterizo entre lo narrativo, lo poético y lo metafísico». Aquí, nos cuenta, la diferencia es que regresa a los orígenes del cuento—Homero, ¡Las mil y una noches¡ o Cervantes—para despedirse de él. En efecto, este volumen de 14 relatos es el adiós de Olgoso al género corto de la ficción con otra diferencia que también aclara el autor en esta entrevista: es un libro más vitalista.

En esto relatos predomina la liminalidad, una tierra de nadie entre la realidad y el sueño que nos deja con un regusto a ensoñación pero con los pies bien anclados en una certeza ineludible: las palabras. Olgoso es un maestro de la imaginación con palabras tan bien entrelazadas y urdidas que el tapiz resultante—o más bien almazuela—es una filigrana. Como en «Hajdú», estos relatos tienen «algo de mediodía tardío, donde no se sabe cuál es el cielo y cuál el mar»; «la alucinación provoca efectos extraños sobre los sentidos». Y es que en Olgoso las palabras cobran vida, son reales y sagradas, palpables—los cuentos «avanzan como una caravana de dóciles camellos»—y él las mima, las acicala con cuidado para regalárnoslas en todo su esplendor; nos hace verlas, tocarlas, saborearlas como «esponjoso pan de azúcar».

Estos relatos nos invitan a adentrarnos en la luz del recuerdo y de los sueños, de lo que fuimos y lo que quisimos ser, de lo que nunca seremos pero podemos imaginar en la ficción, la luz que, como a Hajdú, nos puede llevar a descubrir «con una puñalada» un nuevo color que no conocíamos. De hecho, en «Villa Diodati», donde otorga voz al lugar que acogió a Byron, Polidori y los Shelley en 1816, destaca «la luz exaltadora» de estos insignes resistentes en un verano oscuro, en sus «ojos brillantes, encendidos por la hoguera interior de la creación». De la pluma de Mary Shelley nació un monstruo que se parecía demasiado a nosotros y nosotras, y es la escritura quien puede aliviar esa soledad de nuestra especie y sacar luz de la tiniebla.

En Olgoso los relatos, sobre todo por las noches, se abren «como el loto bajo la mirada de la luna». A pesar de ser un despliegue de fuegos artificiales, ‘Devoraluces' irradia una luz sin alharacas, como la de la luciérnaga o la de la luna, momentos de gran intensidad pero pasajeros, que encienden el recuerdo para que luego quede oculto de nuevo entre las sombras hasta que volvamos a imaginarlo.Como nos exhorta la voz narrativa en «La ilusión del horizonte»—uno de los relatos más innovadores con un estilo entrecortado que recrea magistralmente una sucesión de impresiones provocadas por un viaje aparentemente por carretera a modo de flujo de conciencia—«Saldremos hechos águilas de este viaje». Aquí se repite insistentemente la referencia al «tendido eléctrico»y a una migración generacional de abuelos, tíos y padres, la luz que enciende el camino, que en este relato cobra especial importancia en su metáfora como viaje de la vida.

Los relatos de Olgoso se convierten en barcos que nos adentran en una aventura, como argonautas junto a un Ulises atemporal que, en su relato «La Rosa de los Vientos», recorre la literatura universal de todos los tiempos para buscar un hogar, una Ítaca entre letras. En estos relatos nos reencontramos con las luciérnagas de un pasado idílico que huele a eterna niñez; buscamos nuestras propias ensoñaciones en un mundo de «sueños sin dueño» o la luz y el fulgor en la vida sencilla de antaño; encontramos salida a los campos de concentración a través de un nuevo color; volvemos a la Villa Diodatti que, en esta ocasión, toma voz para narrarnos el oscuro verano de 1816; realizamos un trepidante viaje por carretera cargado de vívidas impresiones que cambiará (o no) nuestro destino; buscamos desesperadamente al padre perdido que nos contaba historias y añoramos su presencia, que quizás una vez despreciamos; escuchamos cuentos durante Mil y una noches, pero con un inesperado cambio de guión; experimentamos a través de una máquina todas las vidas alternativas que podríamos haber vivido y que danzarán sincronizadas ante nuestros ojos; descubrimos cómo acabaron en manos de Cervantes los papeles de Cide Hamete Benengeli; nos embriagamos, como una pareja en sus comienzos, con el frenesí del amor expuesto por orden alfabético y con regusto al 'Cantar de los cantares'; lloramos rendidos al poder del amor maternal que sobrevive a los estragos de la guerra más allá de límites biológicos; concluimos el viaje anticipando la nueva etapa en la que se adentra Olgoso con un tratado sobre el cuento.

Este último cuento, «Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies», que nos regala a modo de coda, se convierte, en palabras del autor en la entrevista antes indicada, en un texto bisagra que separará en dos su producción literaria: un sueño de juventud, que consiste en escribir libros de relatos con tan sólo títulos para concentrar así historias apasionantes en una sola línea. Para Olgoso, este texto representa su entrada en una nueva época creativa, «más híbrida y libre, dejando atrás para siempre la ficción entendida como invención». Este cuento metaficcional se torna en exquisita poética sobre el relato corto y concluye: «No es culpa mía si encuentro más vida en el carácter concentrado, disminuido, de una obra así que en el curso predecible de una narración y su grosero barullo de situaciones establecidas de antemano». Con este relato-poética nos invita Olgoso a reflexionar sobre un género que ha trabajado durante treinta años, desde ‘Los días subterráneos’ (1991) hasta ‘Devoraluces’ (2021), corroborando las opiniones de críticos que conciben el relato como un espacio de belleza arquitectónica de notables estilistas (John Baker o Suzanne C. Ferguson), caracterizado por su sugestión, o lo que Austin Wright denomina en inglés 'recalcitrance'. El relato nos ofrece un espacio de sugerencia y una luz intermitente, similar a la de la poesía, momentos epifánicos de una intensidad incomparable, momentos que, como «Las luciérnagas» del relato inicial, se quedan grabados a fuego en el recuerdo. El motivo de la luciérnaga es, sin duda, la imagen más acertada para resumir el impacto de estos cuentos con los que Olgoso se despide del género: «el fuego de la soledad, la amargura y la saña no han conseguido evaporar el fresco misterio de aquellas luminarias en las remotas noches de verano».

Cuando cerramos el libro tras haber devorado las luces que conforman este último alarde de fuegos artificiales de Olgoso, no podemos sino sentirnos como el hijo de Okitsu, eternamente agradecidos a este padre del cuento breve al que echaremos de menos. Eso sí, siempre podremos releer su prolífica obra para recrearnos en los detalles de sus filigranas, para admirar la destreza de su oficio y esperar, como dijera T. S. Eliot, las palabras de un nuevo año, de un nuevo Olgoso, que vendrán acompañadas de una nueva voz. Mientras tanto sus cuentos volarán, como nos dice en Devoraluces, «como vilanos de un cardo deshilachado que poblaran súbitamente el aire».

(GERARDO RODRÍGUEZ SALAS, Universidad de Granada)

jueves, 20 de octubre de 2022

Discurso de recepción del Premio Andalucía de la Crítica por "Devoraluces"

“Muchísimas gracias a todos por vuestra presencia, al Patronato de La Alhambra, al jurado de la Asociación de Escritores y Críticos Literarios con su presidenta Remedios Sánchez al frente, y a Francisco Morales Lomas por la generosidad de su glosa. Me disculpo por tener que leer: muchos ya sabéis que me horroriza improvisar y, como me temo que me ha tocado el papel de paladín del relato, voy directamente al grano.

El cuento no es una poda ni una suma de poquedades, sino un arte mayor en un formato menor. Nada hay comparable al placer, la emoción, la intimidad que procura el regalo más valioso: el érase una vez, la dulcísima miel de las historias -que nos ayudan a afrontar los desafíos de la vida-, la delicada urdimbre del lenguaje, el sagrado fuego de la palabra, el aura de los cuentos desovillados primorosa y fascinadoramente, esas crisálidas que se abren al contacto con el lector, esas piedras pulidas por la concisión y la intensidad y que nimban de interés al género. Aunque Kant afirmara que lo posible no se convierte en real al nombrarlo, tengo la firme convicción de que la imaginación es omnipotente y puede sostener la realidad, puede conmover, seducir o inquietar, dar cuenta del mundo y conferirle un sentido. Y es que el artista da comida de lo que no existe para que la gente se alimente.

Premios como éste ayudan a visibilizar un género casi invisible pero ancestral y de fulgor palpitante, capaz de abarcar tanto el arcano más hondo de las más sencillas y minúsculas cosas como las mayores complejidades cósmicas, a sacarlo del circuito de menosprecio y malentendidos, a que todos los lectores dejen de ver a los autores de cuentos como gente empeñada en llevar el traje dos o tres tallas más pequeñas. Y, en lo personal, con unas gotas de orgullo, unos litros de vergüenza y un quintal de alegría, agradezco de corazón a la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios que haya vuelto a reparar en mi obra. Este es un momento muy especial de mi trayectoria creativa (no sé si un cambio de rasante o una encrucijada) y me siento muy honrado de que hayan distinguido los castillos verbales de Devoraluces -cuyo verdadero Big Bang es Marina Tapia-, aunque lo recibo sobre todo como un estimulante colofón a una labor larga, sostenida y solitaria de más de cuatro décadas de cultivo ininterrumpido del relato; un trabajo de disciplina casi prusiana que mi hermano Miguel A. Zapata, felizmente aquí presente, sintetizó de manera preciosa hace muchos años como “una nave cargada de estrellas y calaveras”.

Devoraluces es un viaje y un homenaje a las fuentes primigenias del cuento (Homero, Las mil y una noches, El Quijote...), una despedida de la ficción como heredero agradecido y, al mismo tiempo, una puerta entreabierta al futuro, simbolizada en el último texto del libro.

En situaciones tan gratas como ésta (más grata aún por desarrollarse bajo la sombra asombrada de nuestra Granada), es inevitable evocar las palabras de Juan Rulfo al recoger el Premio Nacional en 1970, rogando que no se le guardara ningún resentimiento: “Si estamos aquí, pobres de nosotros, tal vez se deba a que tenemos algunas virtudes que ni nosotros mismos conocemos”.

En cualquier caso, la miopía te hace individualista a la fuerza: te ves perfectamente a ti y ves borrosos a los demás. Quizá por eso uno sabe cómo se siente: un poco como un loco de los cuentos, como un iluso que intentara avistar esos milagros que hay a mares sin que nos demos cuenta, como un técnico de I+D que ensayara una astronomía de formatos imaginativos, excursiones al abismo, vertiginosos bucles, caprichos del sueño o visiones perturbadoras. Como digo, esta encomiable y rigurosa iniciativa de la Asociación favorece una literatura orientada a la excelencia, propicia la existencia de una punta de ariete que abra paso literario al futuro, de un puñado de autores exigentes (como los que hoy nos acompañan), de argonautas en busca de lo nuevo para los que escribir sea un fin y no un medio, capaces de potenciar tentativas arriesgadas de forma y pensamiento, de encender las palabras, de producir una sacudida medular en el lector, de adentrarse en el país desconocido de la conciencia, de dejar una estela de emoción, de ofrecer el hechizo del arte y, además, una verdad que inspire o ilumine, como ocurre con los clásicos.

Somos seres efímeros y, por ello, siempre buscaremos la embriaguez y la revelación de una historia eterna, siempre anhelaremos un buen arranque para un cuento embelesador, para un cuento mágico, para un cuento extraordinario, para un cuento como promesa de misterio, para un cuento sin fin. Muchas gracias”.

Ángel Olgoso







miércoles, 21 de septiembre de 2022

Reseña de "Devoraluces" por Inma Gutiérrez López

Es la marca de una persona verdaderamente educada saber qué no leer. Por fortuna, Inma Gutiérrez desoyó el célebre pensamiento de Ezra Taft Benson y, con el generoso y a la vez riguroso fervor literario del que siempre hace gala, escribió este maravilloso documento sobre su lectura de “Devoraluces”.



DEVORALUCES, POR INMA GUTIÉRREZ LÓPEZ


“Es ‘Devoraluces’ un objeto precioso, un libro cuidadosamente editado que anticipa, desde el tacto de sus hojas y la belleza de la sobrecubierta y la cubierta, el placer de su lectura. Placer, en mi caso, largamente demorado no tanto por las circunstancias del tiempo y de mi oficio, como por la necesidad de disponer de mis cinco sentidos para adentrarme en sus luminosos recovecos sin sobresaltos ni interrupciones. 

Mucho se ha escrito ya de este joyero de palabras y no me creo capaz de añadir nada diferente a lo que el propio autor y sus hermeneutas, incluida la propia Marina Tapia, han escrito antes que yo. Es ‘Devoraluces’ un libro que es muchos libros. Y no solo por las historias que entreteje.

¿Quién o qué es el ‘Devoraluces’ (¿o es un devoraluces?: el sustantivo huérfano del título, no nos permite aventurar si se trata de una criatura con nombre propio o de un concepto ignorado)? Su autor promete la salida de la sombra, la victoria sobre la atracción que el misterio ejerce sobre nosotros, el agotamiento de la fuerza centrípeta que nos hace girar en torno al vacío. Y, sin embargo… ¿qué queda si se devora la luz? No es Blake tampoco un pintor luminoso: la conciencia religiosa está demasiado presente en su obra como para que el aire en sus pinturas y las criaturas que lo pueblan sean definitivamente brillantes. 

‘Aún así’, dice Van Gogh, ‘A veces’, aventura Kafka ...Y faltan, y los pide Marina Tapia, ‘corpúsculos de luz,/ racimos de color en la desdicha/ nobleza de cristal en la mirada’, todo ello en alguna de las bellísimas citas que Ángel ha espigado (le robo el concepto que él utiliza en redes para hablar de sus siempre interesantes calas de algunos de los libros que va leyendo) para sus  lectores y que jalonan la entrada a ese mundo presuntamente luminoso. Me permito ir comentando cada uno de los textos que arman este artefacto, sin llegar a demostrar lo que arriba apunto.

¿Qué sonrisas no pintará en nuestra cara de adultos, a menudo desencantados, un relato que incluye los verbos piruetear, culebrear, pajarear, policromar? ‘Las luciérnagas’ es el primer texto y, sin embargo, bien podría cerrar el libro, si no fuera por la apuesta del autor por esa esperanza luminosa que va mucho más allá de los recuerdos de la infancia: ‘el fuego de la soledad, la amargura y la saña no han conseguido evaporar el fresco misterio de aquellas luminarias en las remotas noches de verano.’

‘Hajdú’ sueña tan lúcido que recuerda los nombres remotos de lugares como La Alquibla o Cenascuras (que hubiera sido mucho más poético con una ‘o’ intercalada), pero se tropieza con la propiedad cuando desea compartir la palabra (¿por qué aquí la palabra?¿hablamos en los sueños?) y sabe frustrado su anhelo cuando descubre que precisamente el sueño definitivo, ¡ay!, no es suyo.

La historia de Matteo Uccellino, también cuaja en el fulgor de su título y en el regalo de palabras como pipirigallo, cascabeleo, algarabía. Pero se detiene en un final que no lo es: esperamos un desenlace como el de ‘Las Ménades’ de Cortázar, un final como el de Jean Baptiste Grenouille en la obra de Patrik Süskind. Parece que el fogonazo de un flash de magnesio hubiera detenido la escena justo antes de la catástrofe. Hay una grieta en todo, así es como entra la luz, decía Cohen. Quizás hay una grieta en todo y así es como entra la oscuridad.

 ‘La Rosa de los Vientos’ es una de las razones que permiten hablar de ‘Devoraluces’ como de un libro de libros, un homenaje a las lecturas que nos han hecho amar las palabras y la aventura. Es un pequeño y vanidoso placer más saberse capaz de recuperar las historias a donde nos llevan las peripecias de ese Ulises que vive una nueva odisea con los protagonistas de ‘La isla misteriosa’, ‘Moby Dick’, ‘Por el camino de Swann’, ‘Canción de Navidad’, ‘Bajo el volcán’, ‘Quo vadis?’,’La Cartuja de Parma’, ‘Peter Pan’, ‘Alicia en el País de las Maravillas’, ‘El retrato de Dorian Gray’, ‘Las aventuras de de Huckleberry Finn’, ‘Madame Bovary’, ‘El tambor de hojalata’, no sé qué aventura de Sherlock Holmes, ‘El gatopardo’, ‘Los tres mosqueteros’, ‘Lázaro de Tormes’, ‘Don Quijote’, ‘El biombo del infierno’, ‘Hamlet’… En un dieciséis de junio. 

En ‘Pelikan’, la esperanza es azul. Si para otro poeta el azul era ‘el color del ensueño, el color del arte, un color helénico y homérico, un color oceánico y firmamental’, para el narrador de su propio milagro el color que menos pesa “se escapa alegremente por los agujeros de los zapatos” de la muerte. Si pronunciamos en voz alta las palabras que aliteran cuando el protagonista descubre que va a vivir (teñir, sabañones, tiña, araña, roña, saña) nos sale la burla (ñeñeñeñe) con la que consigue escapar de la muerte en el lugar donde comienza el azul. 

‘Villa Diodati’ es otro secreter en el que guardar y redescubrir historias: las  que rodearon un momento único, siempre sugerente y diversamente recreado de la historia de la literatura. La casa que vio nacer al monstruo que perseguiría a su padre se enamora del poeta sufriente de perfil angélico y agradece a sus moradores haberla hecho temblar y vivir.

‘La ilusión del horizonte’ es un perfecto artefacto lingüístico al servicio de una historia, de nuevo, no tan luminosa a pesar de la cegadora luz fluorescente que indica el final del viaje. 

‘Okitsu’, el tradicional tributo olgosiano al cuento japonés, es un canto a la palabra creadora. Hay algo de ‘Big Fish’, la película de Tim Burton, en esta historia de un fabulador sin cuento y de su hijo desengañado, como todos los hijos. El jardinero descubre que el silencio es más elocuente que la palabra y su padre, el carretero, vuelve en el jardín para seguir contando historias.

Y, de nuevo, la palabra tejiendo ficciones y criando sentimientos en el inesperado giro a la historia de Scherezade. 

El artilugio sobre el que versa ‘El calendario quimérico de lo que podría haber sido’ se nombra como la biblia nombra al aliento de vida o a la persona. El néfesh, ese instrumento borgeano nos ubica ante la vertiginosa certeza de que toda persona contiene en sí misma el conjunto infinito de sus posibles vidas, de que cada elección o mínimo azar cercena infinitas posibilidades y se abre a ramificaciones también sinnúmero. Magnífica la explicación con los fractales, absorbente el inicio del relato y excelente su casi final (la  última oración, casi cabalística, desconcierta).

‘Medio real’ es uno de esos mecanismos de relojería a los que Olgoso nos tiene acostumbrados. Imposible no sonreír tan bondadosamente como el, al fin, afortunado paseante de la Alcaná y dar gracias porque sus pasos lo condujeran a la puerta del sedero de la calle Cordonerías justo en el momento en que Estebanillo llegaba.

‘Émula de la llama’ es un libro independiente que, por razones no sé si inexplicadas, se incluye (¿se diluye?) en el ente ‘Devoraluces’ explicando el cambio de signo de las criaturas olgosianas sí, pero perdiendo, quizás parte de su sentido. Unánimemente ensalzado su carácter de canto al amor y al sexo, extraña por momentos lo inmediato de lo contado en un maestro en la alquimia de lo real, en alguien tan exquisito en la transustanciación de lo existente en literatura. Como otro libro que es, quizás debiera dejarlo fuera de este comentario. 

‘Odres nuevos’ es una suerte de historia bíblica, carnalmente esperanzada, que tiene un algo de vanitas tras la celebración del sexo y de los pechos de Marina.

La Coda, esa maravillosa ‘Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies’, es mucho más que una coda. Sobradamente merecería también ser un libro independiente esta espléndida indagación en las posibilidades de una ficción no necesariamente narrativa. Una verdadera delicia para paladear despacio, uno y mil hallazgos en la que el autor se aventura ya por el territorio que parece querer explorar en adelante. Bienvenido sea ese deambular por las palabras y las sugerencias”.

martes, 30 de agosto de 2022

Reseña de "Devoraluces" por Francisco Morales Lomas

Reseña de “Devoraluces” por Francisco Morales Lomas, publicada en Todoliteratura.es.




LA LUZ DE OLGOSO EN DEVORALUCES. UN HOMENAJE A LA LITERATURA Y LAS LECTURAS.

Francisco Morales Lomas


Lo conforman trece historias y una coda. Un conjunto de historias diferenciadas en las que hay mucho de ejercicio literario, momentos de autoficción y hacia el final una introducción en el ámbito de la metaficción y la metaliteratura que se está adueñando de muchos libros en la actualidad. Se ha puesto de moda y se practica con cierta asiduidad por muchos autores contemporáneos. Siempre hay que destacar la importancia del significante en su obra, la especial pulcritud con el que trata la lengua española y la facilidad para recrearse en ella con una extraordinaria calidad en la dicción aunque esto puede impedir que las historias avancen más raudas. Sin duda que es una voluntad de estilo y él es consciente de ello y se recrea por momentos como el que se queda extasiado contemplándose ante su espejo vital.

Se inicia con la expresión de sensaciones ante la luz del verano y la dura realidad que lo conmueve para adentrarse en procesos de alegorización (los sueños de Hajdú) que acaban en realidad en un sueño de la mujer creando una sugerente antítesis. Ama las retahílas, la adjetivación y el uso de un léxico muy literaturizado para mostrar ya asuntos tratados en literatura que él recrea, como la historia del cíclope y Ulises en La rosa de los vientos, con la mezcla de personajes diversos, en realidad un homenaje a lecturas, la exaltación alegórica del azul, en muchos casos síntesis de lo artístico en terrenos de lo humano como en Villa Diodati, y la rememoración de aquellas jornadas con Lord Byron, el doctor Polidori, Mary Shelly… que nos indica su maestría para la escritura y la creación de mundos originales.

En ocasiones con gran lirismo, en otras preciosista hasta la exhaustividad ralentizando las historias, aunque no es lo que le preocupa sino la recreación en un lenguaje de gran fortaleza que opera como esa metáfora de los diamantes para una anciana “la adornan, pero no pueden embellecerla”. Con su lenguaje adorna el texto y lo embellece como pocos en el panorama actual pues sabe que el instrumento que maneja es la historia de la palabra, y trata de cuidarla y darle esplendor.

Le gusta la experimentación, el uso sintagmático como en La ilusión del horizonte o la oda al padre en Okitsu, que forma parte de ese gusto de Olgoso por Japón y su tradición cultural y literaria. Pero aquí en un ejercicio de autoficción nos habla de su relación con “el padre”, definiéndose en relación a él y su mundo, que no dejaría de ser tampoco una ficción interesante e interesada, como el mismo autor aclaró en un diálogo con él: “No soy más que mi propia, nimia y atolondrada creación floral. No soy más que la flor que brotó, para apartarse, del tronco seco de mi padre”. Lo considero uno de los más interesantes del libro y lo es porque se despoja de cierta retórica y juega con la ficción de la sinceridad, algo que ya había denunciado sistemáticamente en su Paradoja del comediante Denis Diderot.

Lo oriental se haya presente en La arena de las historias en su recreación de Las mil y una noches o en su propio aleph borgiano en ese néfesch que ocupa la historia de El calendario quimérico de lo que podía haber sido. Ese néfesch que significa vida (sangre), ese “mecanismo universal, que este tapiz de sucesos, que este calendario quimérico de los que podía haber sido se construyó según los ejes maestros de la constelación de Eridanus”.

También hayamos un homenaje a Cervantes en Medio real. Y este libro, Devoraluces, lo es en general por ese devorar la luz que lo ha guiado. Como la exaltación del erotismo y el amor en Émula de la llama, todo un ejercicio de retórica sexual que haría las delicias de Bukowski, Burroughs, Anaïs Nin o Pierre Louÿs. Y por supuesto a nuestro querido Gregorio Morales. Enumeraciones hiperbólicas y escenas sexuales mezcladas con poemas, en una pasión exorbitante. Desde luego que es un maestro en sus descripciones y en el uso del lirismo, así como en la precisión lingüística y en el uso de la adjetivación y su léxico de gran altura, nada habitual en comparación con la forma de escribir presente. Para finalmente centrarse en la metaficción y realizar opiniones sobre el arte de escribir y que este es su último libro de relatos. Existe en esta como cierta entrega: “Una invención realmente nueva nunca va a salir de nuestros viejos cerebros, donde todo ya está condicionado y resabido. Solo el azar de una maquinación ajena a nosotros nos dará eso nuevo”.


domingo, 26 de junio de 2022

Reseña de "Devoraluces" por Lilian Haydée Cheruse

Tras sus exhaustivas reseñas de otros libros míos (Las frutas de la luna, Los demonios del lugar, Breviario negro, Astrolabio y La máquina de languidecer), la escritora argentina y querida amiga Lilian H. Cheruse aplica a Devoraluces su enriquecedora mirada, conceptual y sensorial a la vez, siempre minuciosa. Acompañan esta entrada algunas obras del pintor simbolista francés Edgar Maxence.




RESEÑA DE "DEVORALUCES" 
POR LILIAN HAYDÉE CHERUSE


Ha sido un verdadero placer volver sobre Devoraluces. Sin duda hay en este último libro de Ángel Olgoso un uso caudaloso de sus recursos estilísticos, pero con una elevada percepción como escritor porque suma su visión enamorada y la luz todo lo vuelve incandescente. Para interpretar el  sentido  de este libro deben incluirse la lectura de los diferentes epígrafes que ofician como subtítulos reveladores al comienzo del libro. Cada uno de ellos expresa luminiscencia. La claridad invade todas las perspectivas. El hombre y el escritor se integran y Ángel renueva su visión personal y su mirada como escritor. El hombre homenajea a su mujer y le cuenta al mundo que “la belleza, el amor y la literatura se aúnan”. Donde hubo sombras hay llamas y la dedicatoria a Marina lo confiesa, en ella converge la razón de tanta claridad. Esa marea de luz puede manifestarse como metáfora, como don, como belleza natural, como apropiación, como novel mirada, como resplandor interior, como palabra, como mandato del amor y la alegría. Esa marea interior lúcida y pura se expande en todo el prisma de Devoraluces. Invade los recursos estéticos, las abundantes reflexiones, los temas. Se adueña de las metáforas, las descripciones, las típicas enumeraciones, las elucubraciones, los títulos y subtítulos, los textos-cuentos, el diario amoroso, el narrador- objeto  de  Villa Diodati, la coda. Nuestro autor realiza un giro direccional que lo sitúa fuera de la sombra y perfila un estilo sin trabas, más libre, sin ataduras estructurales. No es casual la cita final de Jesús Cotta que convida a Ángel a escribir desde el resplandor. 

No es casual  tampoco que Las luciérnagas inicie este libro. Ellas, diminutos faroles, permanecen encendidas en el mundo interno de Ángel. Representan el faro del hombre que languidece. El texto es una pantalla estrellada de imaginación y fosforescencia. Los vocablos titilan  convertidos en  recursos visuales. La vega y el secano agigantan su vitalidad  con verbos inscriptos en la aventura inocente, en el juego, la risa y la magia de la "libertad del verano". Avanzan  las conjugaciones: pirueteábamos, perseguíamos, vigilábamos, destapábamos, picoteábamos, atrincherábamos, partíamos, saltábamos, arrancábamos... Fue la era de los niños sin asfalto, la niñez de libertad callejera. La atmósfera se vuelve paisaje, "eriazos del secano… lomas… almendros y olivos, el atardecer devenido en noche...". El artesano ha logrado el clima perfecto para la llegada de las luciérnagas y la riqueza sensorial se despliega en originales, fantásticas metáforas, sinónimos impensados del enjambre. La estética destella en cada vocablo y el movimiento ilumina nuestro propio espacio. El lector se ha queda absorto, inmerso en este baile de espejos, en esa "patina fosfórica" que se ha transformado en Devoraluces.  


He disfrutado con Hajdú, el  soñador, el nadador de las aguas fantásticas, con el pasajero de "un lago  nocturno" que transita como si fuera real. Hajdú solo necesita  un abrir y cerrar de párpados para pasar de un mundo a otro. La noche es propicia para alucinar y las anáforas nos convocan a  sus originales historias. Las comparaciones se suceden. Las descripciones bañan ese estado de vigilia, de alegría imperecedera porque allí convergen las fantasías de todo hombre. Sueños extraños, iluminados, sorprendentes que nos arropan como infantes. Los párrafos  nos sumergen en una estética mágica. Puede que  encontremos  un niño pez o descubramos  la región helada donde el sol de primavera repondrá la  voz de los vocablos. Estaremos  presentes en ese baile de disfraces del Castillo Púrpura donde las virtudes y los defectos revestidos de pompas  y ricas telas se enfrentarán. El texto se mece  en el mundo imposible que Olgoso teje con hilos de orfebre. El soñador encarnará  personajes y también viajará por antiguas islas… hasta llegar al último sueño, donde la pasión arrebatadora le dará  al final  otro final.    

Braceo en ese oleaje de luz que encarna Fulgor, el resplandor que todo lo invade, que se cuela en las palabras y contagia los sentidos.  Matteo es la  representación de una humanidad  mejor:  el  hombre  pobre y sencillo que canta la dicha de estar vivo, que vive en estado de "alborozo". La  luminiscencia  se expande por todo el texto con  fino cincelado y la trama  aumenta su intensidad de "alas de gasa" mientras transita la historia. La  marea humana crece, quiere  acercarse al hombre con alma de sol y las "alabanzas" se alzan por el aire. La luz de este tercer relato es aún más poderosa que los faroles de Las luciérnagas y que los rayos de sueños de Hajdú porque deviene de la pureza. El cántico de alegría se expande por "los puntos cardinales" del relato, aumenta como una ola abastecedora de hombres sedientos de bonanza. El mensaje no nace de la oscuridad que tiende a la claridad sino que su fuente es  la misma entraña de la llama. Las bondades de Matteo conforman un haz de metáforas de la dulzura. Las comparaciones dan cuenta de la grandeza de su virtud. Su fama corre por toda la tierra con forma de sinestesia. La multitud  dispuesta a conocerlo compone  largas enumeraciones descriptivas, calificativas, frases adjetivas, vocablos de significaciones diferentes  que convergen en un punto estético, comparaciones y acciones, anáforas iniciando párrafos. En forma progresiva, el escritor unifica el clima y la atmósfera para dar paso al paraíso terreno. El "desfile de pisadas", el aluvión humano quiere ser parte de ese maravilloso cielo terreno, el mundo que Olgoso transmite desde su propio interior. Angel Olgoso se muestra aquí pleno y eso se plasma en su talento. Los recursos estéticos de este engranaje narrativo poseen tal magnitud creativa, tal  pureza que lo sitúan en la perfección. Bendecido es el escritor granadino y merecido es su logro.


La Rosa de los Vientos es un  texto donde la imaginación entra en acción de modo tan poderoso que revive la figura del Ulises  como personaje de las páginas de otras obras señeras de la literatura. El héroe griego es el punto central de esa rosa mágica que señala  todas las  direcciones porque además de extraño y sorprendente, el relato tampoco es lineal. Una aventura puede estar incluida en otra que a su vez se conecta con la siguiente y los personajes de los diferentes clásicos interactúan en un nuevo espacio o tiempo. Un relato-juego donde deben reconocerse las piezas de ese todo intertextual que revive escenas y protagonistas. Olgoso genera un remolino de sorpresas y de párrafos escenográficos. Describe, conecta personajes de diferentes obras, recrea climas y atmósferas para deleite del lector que vuelve a recordar tanta literatura emblemática aunada por el mito griego. Olgoso testimonia y recrea con un gran conocimiento una asombrosa cantidad de libros reconocidos universalmente. Algunos nombres de este mosaico: el Jonas bíblico que  brinda el primer escenario y de allí parte la dinámica envolvente. Descubrimos entre otros: Veinte mil leguas de viaje submarino, La isla del tesoro, Moby Dick, Tom Sawyer, Canción de Navidad, Peter Pan,  Alicia en el país de las maravillas… y siguen los nombres hasta el cierre del telón con una reflexión donde el escritor concluye este homenaje reivindicando los sueños “por siempre jamás”. 

Pelikan toma la luz de Las luciérnagas, los rayos de Fulgor, la claridad de Hajdú y los funde extrañamente en azul, índigo o cobalto... El holocausto es ese espacio donde “comienza el azul”, dice el escritor que, con destreza, describe y contrapone el color del horror con el color de esa tinta que graba números e identifica a quienes han perdido la dignidad de personas. Una emblemática metáfora de un “mundo extraño y misterioso” donde “los inocentes estaban condenados, los sanos enfermos, los cuerdos locos”. Párrafos ambientando  ese límite extremo de la vida. El holocausto de hambre y  tortura, locura y muerte reconvertido en  imágenes de azules. Ellos  llegaban en trenes, “arrancados de cuajo” de sus seres amados, de sus pertenencias, de sus vidas. Son los recuerdos de un abuelo sobreviviente que con imaginación y deseo pintó la realidad de ilusión para salvarse. Pelikan es un estremecedor sueño azul que, cuanto más tiñe la escenografía del horror, más belleza destila en sí mismo.


Villa Diodati es una joya. Aunque todo Devoraluces lo es. Se dice que "las paredes oyen" y en Villa Diodati la morada piensa, observa a los allí reunidos, conoce sus debilidades, sus gustos, su obra, sus debates y hasta disfruta su presencia. Esa  personificación se constituye en la anfitriona de Lord Byron, Mary Shelley, Percy Shelley, Polidori y Claire Clairmont. La ficción es patrimonio de  Olgoso que ha investigado sobre los "ilustres iguales"  y  afianza su narración y su vuelo literario en el relato  que  los mismos escritores  hicieron de aquella  brevísima estadía a orillas del lago Leman. Un grupo de literatos "departiendo juntos en un lenguaje solo comprensible entre ellos". Villa Diodati es una semblanza  de lo que pudo haber sido la  convivencia  de estos famosos que pernoctaron, se amaron, tomaron opio, navegaron, pasearon e inmortalizaron a sus monstruos de horror gótico. Así nacieron Frankenstein  y el Vampiro, en el corazón de  la mansión suiza.  Olgoso narra con maestría, trae a la luz sus perfiles, sus debilidades, la genialidad  del grupo como si hubiera visto  el hacer de estos huéspedes y desarrolla el texto  con toda la fascinación que provoca una  pintura detallada. Crea imágenes y  ambientaciones descriptivas del interior y exterior de la casona. Es un acontecer con quince subtítulos, quince aristas de aquellas reuniones y la vida de sus actores donde relata, imagina con un nivel estético superlativo. Cada arista es un espaciotiempo donde  se explaya sobre el quehacer, las particularidades de estos hombres y las personalidades que representan "un regalo sin precio". La primera historia es una especie de presentación del escenario. Luego vendrán  el volcán que supuestamente ha provocado esta tempestad. La escenografía conjuga los elementos de aquella "tormenta de rayos" y la asociación con esos huéspedes.  La percepción es omnisciente y conoce el interior de sus inquilinos mientras en el afuera expone un lugar paradisíaco. La vegetación: " las ondas serpentean entre islas de hierbas, de gladiolos y sauces". Surge la invitación de Lord B: escribir una historia de fantasmas. Aparecen los notables que guareció Villa Diodati antes de ese presente memorable. Están los vecinos de "abolengo", los "invitados ginebrinos y  extranjeros, holgazanes, las mujeres campana y mariposas muertas" que han "franqueado las columnatas de mi entrada". Complementa con  costumbres de época, sus ropas, sus identidades. En "Este ser quimérico" Lord Byron vive en la textura olgosiana. Sucede también con el doctor Polidori y los demás en los escenarios siguientes. En "Los hombres solo distinguen..."  compartimos  una navegación por el lago donde la prosa lírica exalta “un martín pescador que incendia de brillantes colores…". Los rasgos siguen mostrándose en los cuadros  que restan, párrafos para cada uno de los huéspedes que a su vez se  entrelazan con los otros integrantes: la señorita M. W. Godwin y la señorita C. Clairmont.   "La voz es la flor de la belleza" es un monólogo de la mansión que  "con su corazón de cuarzo" y los sentidos -que no son otros que las dependencias  y objetos que la componen- escucha y siente a sus visitas. Un escenario sensitivo y lírico, una página memorable. En síntesis: con Villa Diodati  hemos participado, hemos compartido aquellos días de oro que el escritor ha inmortalizado. 


La ilusión del horizonte es la del ser humano. Esa percepción de nuestro camino rutinario que Olgoso ha definido con la construcción sintáctica desde el principio al fin del relato. La repetición del sintagma "Tendido eléctrico" hace a este esquema. Uno como lector se suma a este viaje de carretera de "ocasionales simetrías y perspectivas de fuga", y la descripción constante de ese paisaje carretero, de ese andar  lento y acompasado que nos invade y aletarga.  Sus menciones son cuadros móviles porque uno los ve pasar y quedar atrás. Diferentes escenarios que ofician desde los espacios que miran al exterior de ese vehículo. Pude sentirlo  como un mandala por el ritmo constante y por la "velocidad"  de ese transporte que son  las palabras de  Olgoso desarrollando el tema en una ruta simbólica. Los pasajeros y nosotros vamos desandando la "calzada de dos carriles" que es la vida, creyendo que existe un límite, un mejor destino. Los invitados a este viaje seguimos con expectativa, con nuestra vista ese pasar por delante de objetos, construcciones, personas que aparecen y luego quedarán a retaguardia. Es interminable esa enumeración que nos alcanza hasta que llegamos a un final que nos sorprenderá.

Okitsu es un bellísimo relato que transita lo emocional. Un texto basado en la relación de un padre con su hijo desde la niñez a hombre adulto. Vemos el curso del pensamiento y los sentimientos  con que ese hijo siente a su progenitor según pasan los años. Una pintura al estilo oriental.  Ambos están en una isla del Japón cuyo color verde había sido dado por los “ojos verdes” de su madre cuando niña. Esa connotación y los apuntes en los otros párrafos generan ternura y frescor. Escenas casi rurales, sencillas, puras, naturales. Sensaciones que impregnan los dichos, las descripciones.  Las  imágenes se ciñen a las acciones dando vida a una puesta costumbrista y aleccionadora. “Pera salvaje de la provincia de Shumano”. Okitsu ha pasado “sesenta años labrando ruedas”. Un carretero descripto en cuerpo y alma con delicadeza y tersura. Un artesano como el mismo Olgoso pero cada uno en lo suyo. El clima encantador  impregna la estructura. Los hechos se suceden entre historias mágicas, aprendizaje y esa naturaleza que crece libre. Aparecen juncos, melocotones de oro, musgo, bosque, ciervos, bambú, cerezos, pinos rojos y demás elementos entramados en el relato. El final conmueve con  el reconocimiento tardío al padre que ya no está: “…valiosa esencia del jardín…comienza a aflorar, y vuelve para enseñar…”.


La arena de las historias es un texto intertextual que con la magia de las palabras evoca  antiquísimas historias, las que según Olgoso "se convertían en cuentos maravillosos, en talismanes". Nos  referimos a la cadena de "estrellas" de las Mil y una noches, las que el escritor  como la matriz de un ajuste, de un broche-cuento, de un engarce antiguo amarra entre sí con su propio relato. La arena de las historias es una especie de cuento de los cuentos para que esa antiquísima recopilación  se mantenga iluminada. Su recreación encierra los antiguos decires, las arenas del desierto, los recuerdos de las noches de luna "en tiempos de los reyes Sasánidas". La narrativa es hipnótica por el clima oriental que le imprime, por la trama de ensueño donde cada frase derrama "miel y leche", remotos siglos y perfumada oscuridad, goteo de astros que revive la historia que da sentido al compendio fantástico. Olgoso trae al sultán Schariar victimario de sus esposas y a la hermosa Schahrasad que con un ardid vence la muerte. La mujer que con sus cuentos  derrite el corazón del mandatario. El desarrollo estético nos sumerge en las aguas del antiguo Oriente vestidos con galas de sultanes y protagonistas de un cuento de hadas.

El calendario quimérico de lo que podía haber sido. Ese extraño calendario, que ninguno posee, se hace objeto y espíritu porque su nombre, néfesch, en la tradición religiosa judeo cristiana representa al alma, esa denominación de origen hebreo y griego posee la significación primera del movimiento, del estar vivo. Es en realidad la demostración de la libertad del hombre porque “cobija todas las vidas de la persona… alternativas que fueron volatizadas por cada decisión, por cada golpe de azar…”. Todo el texto es un caleidoscopio de imágenes de luz y reflexiones, de pensamientos abstractos y existenciales. No hay aquí tiempos paralelos. Sino un “trompo”, una ruleta con el juego de elección de cada uno. Cada oración es una descripción perfecta de ese “instrumento” de la vida, que podemos barajar en la “hiedra del instante”. Este relato representa al unívoco tiempo y espacio aunque es múltiple y exponencial su giro con caras posibles, con direcciones que revelan la concreción  de los hechos no realizados. Como un Aleph máquina olgosiana: “todo sucede a la vez en una polarización interminable, en una dispersión de arabescos, de estelas, de retoños nuevos que se superponen…”, como si fuera un visor que llevamos dentro. Cada párrafo es un lujo estético, un alumbramiento. Según sus palabras, “es el regalo gratuito del presente…la fragua de los dioses”. Así lo creo porque aunque no sea posible, en  realidad somos quienes decidimos nuestros instantes de “este molino de calendas”. Un texto singular que se extiende con enumeraciones atrapantes que todo lo unen, con referencias líricas que no se agotan, que desbordan los renglones y que nos trasladan a ese otro estar diferente, mágico, extraño y tan deseado.


Medio real. Toledo, El Quijote de La Mancha y una minuciosa pintura local que nos coloca dentro de aquel famoso libro. El capítulo IX de la primera parte se ha extendido por arte de Olgoso, quien le ha adosado a la historia de los cartapacios de “un tal  arábigo llamado Cide Hamete Berengeli” el encanto de su propio relato. Nada es artificioso, ni forzado. El texto podría estar inserto en las páginas originales sumando detalles y dando proximidad a la historia. Está el barbero Torrearias  “y su casa rebosada de cal”, su mujer y sus hijos. Una descripción visual del descubrimiento de los documentos antiguos en la pared. Seguimos el camino para llegar a los documentos: ensanchar un boquete pero con clave de luz y con sus nombres identificatorios: “…alumbrar con un velón…ensancharon la grieta …como un postiguillo… después subió al camarachón y, a la luz pobre…”. Ellos aparecen en una alacena tapiada. No hay diferencias con el costumbrismo del libro cervantino. El diseño urbano, las calles, la descripción del barbero y médico Torrearias.  Su persona, su vida, las partes de su casa (la reja del ventano, estera de esparto del soportal, espigas colgadas en el muro de entrada, zaguán ancho, tejado terreno), los hábitos de la familia y la razón de la venta de esas viejas carpetas. No se aparta de la dimensión  de aquella época. El barbero pensó en conseguir por “el hallazgo medio real o una fanega de harina”. Allí va su hijo hasta el sedero que tenía el puesto en la calle Cordonerías. Olgoso complementa el cuento sin desvirtuar la narración original. Participamos del bullicio del pueblo, sus  lugares y su nomenclatura, el  movimiento cotidiano. Por fin aparece un hombre que por su descripción sico-física y sus modos no es otro que Cervantes. Intertextualidad  y  riquísima pintura como homenaje al creador que nos permite entrar en otro tiempo y espacio.


Émula de la llama. Dos epígrafes señeros  al comienzo de esta representación de la llama, del ardor que no puede expresarse en su total dimensión. Sí, una aproximación de su reflejo por la belleza y la palabra. La llama es luz y por lo tanto es visión, conocimiento, sabiduría. Para el hombre que es escritor, Marina es quien genera  y Ángel homenajea a esa mujer que lo ha provisto de nuevos ojos. Canto de nueve páginas con títulos abriendo alfabéticamente breves textos que incluyen introducción y epílogo. Un prisma con las facetas que acercan al narrador-hombre al cuerpo  y al alma de su mujer, pertenencia que se expresa por la vía de los poros y los sentidos. Fluye el sexo, el erotismo, el cariño con formato de alabanzas y aleluyas íntimos. Ella puede ser también concepto o noción significante del mundo intelectual o afectivo de Angel. Aljibe es  deslumbramiento y primer encuentro “a cielo abierto”, detalles temporales, personales, “colisión planetaria”, vínculo propiciatorio que como toda corriente humana es única en cada encastre de dos personas. Olgoso  ha dejado impreso su encuentro con el amor en la memoria lineal de Devoraluces. Los textos que  siguen dentro de esta especie de diario íntimo se abren para el  deleite vivencial de sus lectores. Aspiración es el deseo de penetrar en ella por cada célula, órgano, “cavidades y flancos”. Las enumeraciones se derraman por este rapto  de conjunción con el otro. Bocajarro: volcán de roles para  detallar ese apasionamiento: “seré beso a bocajarro en tus labios al rojo vivo”. Calendario: esas dos horas-siglos” del encuentro sexual, “esos dos siglos de caminos por tu piel”. Diapasón: sinónimos, frases, comparaciones, metáforas de los glúteos, uno de los símbolo eróticos femeninos. Espacio “sacro” donde siempre va “luna blanca”, “vasos paganos”, “pulpa, esmalte, palanquín”, “tórtolas saladas”, “coto incógnito”.  Estrellamar: un poema y un nuevo nombre para titularla  y apostrofarla. Vocablos y frases en sus versos  como modos de devorarse. Gusto: el deseo que se expande desde labios y boca y se disuelve en la literatura. Lactar: amamantarse con sus pechos y el deleite. Lamer:la sensualidad del tacto lingual. Literatura: Marina como sinónimo de “beso y escritura”. Maravilla: la palabra que responde a milagro, portento, prodigio es  anáfora  y exaltación del rubor y los suspiros, más besos, lunares, vulva, sudor, tristeza, complacencia, imaginación y maravilla de maravillas… Nupcias: una escena de sexo y erotismo salvajemente poético. Acercamiento y acoplamiento. Oído: una explosión del sonido de los cuerpos, del roce y del orgasmo. Olfato: imágenes inéditas y sinestésicas, imágenes que se desprenden del fuego sexual. Orbes: ese espacio de pertenencia, de abstracta electricidad, de encuentro y correspondencia, de instinto, el todo en la piel que desata el deseo y conjuga “lo sagrado y lo profano, lo cóncavo y lo convexo, los cúmulos y los nimbos”. Uno con el otro en el placer. Parque: el amor en arpegios del afuera de ese parque público donde el deseo aumenta aunque no desvista. Patria: la noción del suelo personal, de la contención, del espacio conocido, “hermandad inextinguible”, un pueblo de sentimientos cómplices y felices”, eso es esa pareja expuesta en la trama de Émula de la llama. También es Puerta: “abismo celestial, nido secreto, gruta ojival, aljibe” íntimo, sin límite. Sigue con Sudor: así dice el poema y todo se desenvuelve en movimiento que “fluctúa” a modo de “cascada”, “hijo natural de sacudidas gimnásticas” y todos los versos responden a ese juego de hacer sobre ella y transpirar. Luego titula Tacto: el recorrido de las yemas de los dedos por la piel. Vista: “el mirador del alma” y del cuerpo con  una invocación final. Epílogo: un derrame de apelativos tiernos, líricos, cercanos, lejanos, viscerales, literarios, cotidianos para Marina como un círculo que los guarda del afuera.


Odres nuevos: La luz como expresión del amor se nutre de muchas fuentes porque es vida. En Odres... se alimenta de  misericordia y derrama su caudal mientras la guerra desviste los  "montes pelados y resecos", mientras el calor asfixia con el "color de la cal". Las  imágenes  nos llevan por ese clima de fuga y de hambre, de dolor y de sed. El ambiente físico y el ámbito espiritual  aceleran el drama  en forma paulatina. El escenario es un camino  sofocante  que gravita en torno de ese hijo desertor que agoniza. La escenografía rural  destella en los nombres de los personajes, la mención de plantas, objetos y costumbres de aquellas  primeras décadas del siglo XX. Amador se está muriendo y la generosidad de Águeda cambia las reglas biológicas para auxilio de ese hombre hambriento y la sorpresa nos gana. Esos pechos destilarán leche para salvar al ex soldado.  Todo es posible al amparo de la luz y del deseo.

Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies. Esta Coda es un epilogo colorido, una reflexión sobre el valor  creativo, sobre el juego de la  imaginación en la conformación de una historia,  sobre el rol del escritor en su relación con el lector.  Un desarrollo narrativo, una especie de ensayo donde los títulos recrean las hojas "en blanco", que el escritor nos descubre como modo óptimo de recrear un relato. Olgoso testimonia con extraños titulares, extensos, sugerentes, algunos de apariencia incongruente, el poder creativo y libre de los lectores. Desde el título general avanza con relatos subtitulados donde desarrolla su pensamiento sobre el tema. Su modo de "vaciar" los textos con que culmina este libro es elucubrar sobre el don de la palabra y los vastos horizontes "que dicen" sin emitir sonido. Estos "dedos" hablan, se extienden sobre ese papel blanco… El "azar" como intervención. Es la búsqueda del equilibrio, del lector activo que complete la historia en su cabeza. Es el título como "tomatillo deshidratado que contiene en sí todo su rotundo sabor." Es la libertad del gran escritor, la decantación que está construyendo nuevos caminos. Ángel Olgoso escribe con la intencionalidad de quien domina los recursos estilísticos, el don de la palabra, del conocimiento amplio, de las citas literarias, del análisis y la síntesis, del meduloso hombre-escritor.

Ya no "devora" sino que expande su luz propia, pura, nacida desde el interior que no deviene de la sombra sino que se hidrata de sí misma. Ha comenzado una nueva etapa donde se permite mil modos para sus próximas obras.



LILIAN HAYDEE CHERUSE

Profesora en Letras, escritora y gestora cultural. Posgrado Internacional en Cultura y Comunicación (FLACSO). Ex Directora General de la Comisión de Cultura y Educación Concejo Municipal Rosario. Participación en programas radiales, televisivos y en forma digital por medio de revistas, entrevistas y Canal TV +, en eventos literarios como AEN, SADE San Pedro-Baradero, otros. Colaboró en Programa “El Concejo + la gente”, CableHogar, Canal 4 de Rosario. 2007 Diploma por labor cultural otorgó Movimiento Cultural Rosarino. 2010 Diploma de Honor por labor Cultural e Interés Municipal del libro “Lilian Escribe”, otorgó Concejo Municipal Rosario. 2019 Premio Madre Selva otorgó Medios TV+ como escritora y aporte cultural. 2019 Interés Municipal por “Vueltas Locas”, narrativa y “El cometa tiene un secreto”, infantil. Autora de reseñas y prólogos. Participó en Antologías, entre las que se cuenta Hispanoamericana de Microficción En Pequeño Formato (julio 2021). Ganadora 1 Concurso Infantil “Felices porque sí” con el libro Infantil “El avión Celeste” (julio 2021). Próxima publicación digital de Eos editorial del libro “Bitácora de Cielos (Seis Narradoras del Norte Bonaerense)”.