He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)
domingo, 29 de marzo de 2026
Reseña de "Devoraluces" por Alejandro Molina en Todoliteratura.es
lunes, 23 de marzo de 2026
Pablo Acevedo sobre "Devoraluces"
domingo, 8 de febrero de 2026
Opinión de Ángel Angulo
viernes, 14 de julio de 2023
Reseña de "Devoraluces" por Gerardo Rodríguez-Salas
(GERARDO RODRÍGUEZ SALAS, Universidad de Granada)
jueves, 20 de octubre de 2022
Discurso de recepción del Premio Andalucía de la Crítica por "Devoraluces"
miércoles, 21 de septiembre de 2022
Reseña de "Devoraluces" por Inma Gutiérrez López
DEVORALUCES, POR INMA GUTIÉRREZ LÓPEZ
“Es ‘Devoraluces’ un objeto precioso, un libro cuidadosamente editado que anticipa, desde el tacto de sus hojas y la belleza de la sobrecubierta y la cubierta, el placer de su lectura. Placer, en mi caso, largamente demorado no tanto por las circunstancias del tiempo y de mi oficio, como por la necesidad de disponer de mis cinco sentidos para adentrarme en sus luminosos recovecos sin sobresaltos ni interrupciones.
Mucho se ha escrito ya de este joyero de palabras y no me creo capaz de añadir nada diferente a lo que el propio autor y sus hermeneutas, incluida la propia Marina Tapia, han escrito antes que yo. Es ‘Devoraluces’ un libro que es muchos libros. Y no solo por las historias que entreteje.
¿Quién o qué es el ‘Devoraluces’ (¿o es un devoraluces?: el sustantivo huérfano del título, no nos permite aventurar si se trata de una criatura con nombre propio o de un concepto ignorado)? Su autor promete la salida de la sombra, la victoria sobre la atracción que el misterio ejerce sobre nosotros, el agotamiento de la fuerza centrípeta que nos hace girar en torno al vacío. Y, sin embargo… ¿qué queda si se devora la luz? No es Blake tampoco un pintor luminoso: la conciencia religiosa está demasiado presente en su obra como para que el aire en sus pinturas y las criaturas que lo pueblan sean definitivamente brillantes.
‘Aún así’, dice Van Gogh, ‘A veces’, aventura Kafka ...Y faltan, y los pide Marina Tapia, ‘corpúsculos de luz,/ racimos de color en la desdicha/ nobleza de cristal en la mirada’, todo ello en alguna de las bellísimas citas que Ángel ha espigado (le robo el concepto que él utiliza en redes para hablar de sus siempre interesantes calas de algunos de los libros que va leyendo) para sus lectores y que jalonan la entrada a ese mundo presuntamente luminoso. Me permito ir comentando cada uno de los textos que arman este artefacto, sin llegar a demostrar lo que arriba apunto.
¿Qué sonrisas no pintará en nuestra cara de adultos, a menudo desencantados, un relato que incluye los verbos piruetear, culebrear, pajarear, policromar? ‘Las luciérnagas’ es el primer texto y, sin embargo, bien podría cerrar el libro, si no fuera por la apuesta del autor por esa esperanza luminosa que va mucho más allá de los recuerdos de la infancia: ‘el fuego de la soledad, la amargura y la saña no han conseguido evaporar el fresco misterio de aquellas luminarias en las remotas noches de verano.’
‘Hajdú’ sueña tan lúcido que recuerda los nombres remotos de lugares como La Alquibla o Cenascuras (que hubiera sido mucho más poético con una ‘o’ intercalada), pero se tropieza con la propiedad cuando desea compartir la palabra (¿por qué aquí la palabra?¿hablamos en los sueños?) y sabe frustrado su anhelo cuando descubre que precisamente el sueño definitivo, ¡ay!, no es suyo.
La historia de Matteo Uccellino, también cuaja en el fulgor de su título y en el regalo de palabras como pipirigallo, cascabeleo, algarabía. Pero se detiene en un final que no lo es: esperamos un desenlace como el de ‘Las Ménades’ de Cortázar, un final como el de Jean Baptiste Grenouille en la obra de Patrik Süskind. Parece que el fogonazo de un flash de magnesio hubiera detenido la escena justo antes de la catástrofe. Hay una grieta en todo, así es como entra la luz, decía Cohen. Quizás hay una grieta en todo y así es como entra la oscuridad.
‘La Rosa de los Vientos’ es una de las razones que permiten hablar de ‘Devoraluces’ como de un libro de libros, un homenaje a las lecturas que nos han hecho amar las palabras y la aventura. Es un pequeño y vanidoso placer más saberse capaz de recuperar las historias a donde nos llevan las peripecias de ese Ulises que vive una nueva odisea con los protagonistas de ‘La isla misteriosa’, ‘Moby Dick’, ‘Por el camino de Swann’, ‘Canción de Navidad’, ‘Bajo el volcán’, ‘Quo vadis?’,’La Cartuja de Parma’, ‘Peter Pan’, ‘Alicia en el País de las Maravillas’, ‘El retrato de Dorian Gray’, ‘Las aventuras de de Huckleberry Finn’, ‘Madame Bovary’, ‘El tambor de hojalata’, no sé qué aventura de Sherlock Holmes, ‘El gatopardo’, ‘Los tres mosqueteros’, ‘Lázaro de Tormes’, ‘Don Quijote’, ‘El biombo del infierno’, ‘Hamlet’… En un dieciséis de junio.
En ‘Pelikan’, la esperanza es azul. Si para otro poeta el azul era ‘el color del ensueño, el color del arte, un color helénico y homérico, un color oceánico y firmamental’, para el narrador de su propio milagro el color que menos pesa “se escapa alegremente por los agujeros de los zapatos” de la muerte. Si pronunciamos en voz alta las palabras que aliteran cuando el protagonista descubre que va a vivir (teñir, sabañones, tiña, araña, roña, saña) nos sale la burla (ñeñeñeñe) con la que consigue escapar de la muerte en el lugar donde comienza el azul.
‘Villa Diodati’ es otro secreter en el que guardar y redescubrir historias: las que rodearon un momento único, siempre sugerente y diversamente recreado de la historia de la literatura. La casa que vio nacer al monstruo que perseguiría a su padre se enamora del poeta sufriente de perfil angélico y agradece a sus moradores haberla hecho temblar y vivir.
‘La ilusión del horizonte’ es un perfecto artefacto lingüístico al servicio de una historia, de nuevo, no tan luminosa a pesar de la cegadora luz fluorescente que indica el final del viaje.
‘Okitsu’, el tradicional tributo olgosiano al cuento japonés, es un canto a la palabra creadora. Hay algo de ‘Big Fish’, la película de Tim Burton, en esta historia de un fabulador sin cuento y de su hijo desengañado, como todos los hijos. El jardinero descubre que el silencio es más elocuente que la palabra y su padre, el carretero, vuelve en el jardín para seguir contando historias.
Y, de nuevo, la palabra tejiendo ficciones y criando sentimientos en el inesperado giro a la historia de Scherezade.
El artilugio sobre el que versa ‘El calendario quimérico de lo que podría haber sido’ se nombra como la biblia nombra al aliento de vida o a la persona. El néfesh, ese instrumento borgeano nos ubica ante la vertiginosa certeza de que toda persona contiene en sí misma el conjunto infinito de sus posibles vidas, de que cada elección o mínimo azar cercena infinitas posibilidades y se abre a ramificaciones también sinnúmero. Magnífica la explicación con los fractales, absorbente el inicio del relato y excelente su casi final (la última oración, casi cabalística, desconcierta).
‘Medio real’ es uno de esos mecanismos de relojería a los que Olgoso nos tiene acostumbrados. Imposible no sonreír tan bondadosamente como el, al fin, afortunado paseante de la Alcaná y dar gracias porque sus pasos lo condujeran a la puerta del sedero de la calle Cordonerías justo en el momento en que Estebanillo llegaba.
‘Émula de la llama’ es un libro independiente que, por razones no sé si inexplicadas, se incluye (¿se diluye?) en el ente ‘Devoraluces’ explicando el cambio de signo de las criaturas olgosianas sí, pero perdiendo, quizás parte de su sentido. Unánimemente ensalzado su carácter de canto al amor y al sexo, extraña por momentos lo inmediato de lo contado en un maestro en la alquimia de lo real, en alguien tan exquisito en la transustanciación de lo existente en literatura. Como otro libro que es, quizás debiera dejarlo fuera de este comentario.
‘Odres nuevos’ es una suerte de historia bíblica, carnalmente esperanzada, que tiene un algo de vanitas tras la celebración del sexo y de los pechos de Marina.
La Coda, esa maravillosa ‘Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies’, es mucho más que una coda. Sobradamente merecería también ser un libro independiente esta espléndida indagación en las posibilidades de una ficción no necesariamente narrativa. Una verdadera delicia para paladear despacio, uno y mil hallazgos en la que el autor se aventura ya por el territorio que parece querer explorar en adelante. Bienvenido sea ese deambular por las palabras y las sugerencias”.
martes, 30 de agosto de 2022
Reseña de "Devoraluces" por Francisco Morales Lomas
domingo, 26 de junio de 2022
Reseña de "Devoraluces" por Lilian Haydée Cheruse
Villa Diodati es una joya. Aunque todo Devoraluces lo es. Se dice que "las paredes oyen" y en Villa Diodati la morada piensa, observa a los allí reunidos, conoce sus debilidades, sus gustos, su obra, sus debates y hasta disfruta su presencia. Esa personificación se constituye en la anfitriona de Lord Byron, Mary Shelley, Percy Shelley, Polidori y Claire Clairmont. La ficción es patrimonio de Olgoso que ha investigado sobre los "ilustres iguales" y afianza su narración y su vuelo literario en el relato que los mismos escritores hicieron de aquella brevísima estadía a orillas del lago Leman. Un grupo de literatos "departiendo juntos en un lenguaje solo comprensible entre ellos". Villa Diodati es una semblanza de lo que pudo haber sido la convivencia de estos famosos que pernoctaron, se amaron, tomaron opio, navegaron, pasearon e inmortalizaron a sus monstruos de horror gótico. Así nacieron Frankenstein y el Vampiro, en el corazón de la mansión suiza. Olgoso narra con maestría, trae a la luz sus perfiles, sus debilidades, la genialidad del grupo como si hubiera visto el hacer de estos huéspedes y desarrolla el texto con toda la fascinación que provoca una pintura detallada. Crea imágenes y ambientaciones descriptivas del interior y exterior de la casona. Es un acontecer con quince subtítulos, quince aristas de aquellas reuniones y la vida de sus actores donde relata, imagina con un nivel estético superlativo. Cada arista es un espaciotiempo donde se explaya sobre el quehacer, las particularidades de estos hombres y las personalidades que representan "un regalo sin precio". La primera historia es una especie de presentación del escenario. Luego vendrán el volcán que supuestamente ha provocado esta tempestad. La escenografía conjuga los elementos de aquella "tormenta de rayos" y la asociación con esos huéspedes. La percepción es omnisciente y conoce el interior de sus inquilinos mientras en el afuera expone un lugar paradisíaco. La vegetación: " las ondas serpentean entre islas de hierbas, de gladiolos y sauces". Surge la invitación de Lord B: escribir una historia de fantasmas. Aparecen los notables que guareció Villa Diodati antes de ese presente memorable. Están los vecinos de "abolengo", los "invitados ginebrinos y extranjeros, holgazanes, las mujeres campana y mariposas muertas" que han "franqueado las columnatas de mi entrada". Complementa con costumbres de época, sus ropas, sus identidades. En "Este ser quimérico" Lord Byron vive en la textura olgosiana. Sucede también con el doctor Polidori y los demás en los escenarios siguientes. En "Los hombres solo distinguen..." compartimos una navegación por el lago donde la prosa lírica exalta “un martín pescador que incendia de brillantes colores…". Los rasgos siguen mostrándose en los cuadros que restan, párrafos para cada uno de los huéspedes que a su vez se entrelazan con los otros integrantes: la señorita M. W. Godwin y la señorita C. Clairmont. "La voz es la flor de la belleza" es un monólogo de la mansión que "con su corazón de cuarzo" y los sentidos -que no son otros que las dependencias y objetos que la componen- escucha y siente a sus visitas. Un escenario sensitivo y lírico, una página memorable. En síntesis: con Villa Diodati hemos participado, hemos compartido aquellos días de oro que el escritor ha inmortalizado.
La arena de las historias es un texto intertextual que con la magia de las palabras evoca antiquísimas historias, las que según Olgoso "se convertían en cuentos maravillosos, en talismanes". Nos referimos a la cadena de "estrellas" de las Mil y una noches, las que el escritor como la matriz de un ajuste, de un broche-cuento, de un engarce antiguo amarra entre sí con su propio relato. La arena de las historias es una especie de cuento de los cuentos para que esa antiquísima recopilación se mantenga iluminada. Su recreación encierra los antiguos decires, las arenas del desierto, los recuerdos de las noches de luna "en tiempos de los reyes Sasánidas". La narrativa es hipnótica por el clima oriental que le imprime, por la trama de ensueño donde cada frase derrama "miel y leche", remotos siglos y perfumada oscuridad, goteo de astros que revive la historia que da sentido al compendio fantástico. Olgoso trae al sultán Schariar victimario de sus esposas y a la hermosa Schahrasad que con un ardid vence la muerte. La mujer que con sus cuentos derrite el corazón del mandatario. El desarrollo estético nos sumerge en las aguas del antiguo Oriente vestidos con galas de sultanes y protagonistas de un cuento de hadas.

















