Muy agradecido al escritor Alejandro Molina por esta fantástica reseña de “Devoraluces”, el libro con el que me despedí del género del cuento. En Todoliteratura.es.
<<Decía Poe, a propósito de Hawthorne, que «la auténtica originalidad —auténtica con relación a sus propósitos— es aquella que, al hacer surgir las fantasías humanas, a medias formadas, vacilantes e inexpresadas; al excitar los latidos más delicados de las pasiones del corazón, o al dar a luz algún sentimiento universal, algún instinto en embrión, combina con el placentero efecto de una novedad aparente un verdadero deleite egotístico». Creo no exagerar ni un ápice si digo que Ángel Olgoso es esa clase de escritor auténticamente original, y “Devoraluces”, el último libro de relatos que publicó antes de abandonar el género, la definitiva de las irrefutables pruebas que apuntalan semejante afirmación.
Como suele ser habitual en sus cuentos, Ángel demuestra, principalmente, dos cosas: la primera, un dominio de la palabra y una técnica narrativa que no conocen límites; y la segunda, una habilidad pasmosa para poner sobre la mesa esos sentimientos universales o instintos embrionarios que tanto placer provocan; eso que se ha ido pero que de algún modo sigue ahí; eso que al resto de los mortales se nos queda en la punta de la lengua pero para lo que Ángel dispone de unos cebos infalibles con los que es capaz de pescarlo. Los relatos recopilados en “Devoraluces” son un ejemplo de ambas virtudes, si bien se dirigen, tal y como hace su primer relato (a mi juicio uno de los más importantes de la obra de Olgoso), hacia ese resquicio de luz que alumbra el oscuro túnel de la existencia, al tiempo que nos advierte sobre la eterna pervivencia de lo extinto.
“Las luciérnagas” es un portento literario capaz de contener en un puñado de párrafos toda una infancia (o quizá el aspecto más propiamente infantil, es decir: el asombro y el juego que es todo descubrimiento en tanto comporta mayor o menor grado de arrojo), con un final que cae sobre el lector como una losa de la que sin embargo escapa, en las últimas líneas, esa luz que es la magia en mitad de un atroz raciocinio, magia a la que Ángel se aferra como escritor para buscar, en las tinieblas de la realidad adulta, y con esa mirada de niño, todo aquello que merece la pena. Se trata sin duda de una especie de poema narrado, en el que la enumeración, tan característica del autor, cobra una importancia esencial al constituir las imágenes que vertebran el cuadro completo, con esa conclusión que conforma el estruendo provocado por la catarata de escenas descritas en sus páginas.
En “Hajdú” encontramos de nuevo esas características enumeraciones visuales, increíbles como de costumbre, y que contribuyen a afianzar esa idea que ya “Las luciérnagas” siembra, con la salvedad de que es ahora el sueño el que ocupa el territorio que abandonó la infancia. Ángel sitúa aquí la piedra de toque de su edificio retórico: el sueño-arte en tanto que evasión como ‘paraíso donde ondula el misterio de lo vislumbrado’, el umbral que solo a la intuición o la fe les está permitido cruzar a cambio de quedarse para sí las palabras con las que quizá pudiéramos nombrarla, en cuyo caso, me temo, dejaría de ser eso que nos sobrecoge y asombra, aquello que, como decíamos, es en el fondo el mundo a ojos de la infancia.
Estos dos primeros cuentos nos permiten apreciar el valor que Ángel otorga a lo simbólico, a la metáfora como esfera de existencia verdadera, dadora de significado y, por tanto, única realidad posible. Y entre todos los símbolos que constituyen su mundo, que lo dotan de sentido, la fantasía (el misterio que es en realidad ese vislumbrar del arte, de los sueños y de la infancia) es el pilar fundamental.
“Fulgor” aborda con maestría las consecuencias del contagio de una emoción. Se trata de una borrachera de felicidad alimentada por la leyenda en que se convierte un hombre feliz capaz de sobreponerse a la desgracia y que se conforma con lo mínimo. Esta historia retrata cómo el abandono, el desposeimiento y el nomadismo de todo viaje con una meta que de tan grande no se pierde nunca de vista, se traducen en felicidad. De nuevo una luz al final del camino que se resiste a ser devorada y que triunfa hasta casi cegarnos de pura dicha si se persevera lo suficiente. No obstante, y aun a riesgo de resultar reiterativo, debemos, una vez más, arrodillarnos ante el lenguaje, el ritmo y la dicción que descubrimos en esta pieza, una oda al inconmensurable poder de la palabra, al borde siempre de convertirse en hechizo o en mantra de tan finamente hilados y tan bien escogidos como están los términos que lo componen.
“La rosa de los vientos” es un hermoso mapa de erudición en el que ‘la realidad suprema del arte incendia las sombras imperfectas y degradadas de lo visible’. Entre las líneas de esa Ítaca a la que volvemos los que soñamos porque la realidad no es suficiente o es lo contrario de lo que nos gustaría (o tal vez, todo hay que decirlo, hemos sido demasiado cobardes o conformistas), vamos repasando los hitos de la literatura donde suceden ‘las cosas que no ocurrieron jamás pero que son siempre’.
Encontramos a continuación una gota de realismo que encierra en sí misma, sin embargo, su propia vía de escape: el color Azul, ese azul de la flor que representa el romanticismo desde Novalis y que en “Pelikan” eleva a salmo lo que de patria encontramos en el exilio.
En el siguiente relato, “Villa Diodati”, leemos: ‘buscan lo bello en las tinieblas del abismo’. Se trata de una nueva luz que alumbra esta vez la famosa villa que alumbró al moderno Prometeo. Ahora es el hombre quien ilumina sus estancias con su ‘fervor sobrehumano’. Una casa que se alimenta no ya de sus huéspedes, sino de su actividad, indisoluble de lo literario. En su final, leemos una de tantas frases que, a decir de Carver, deberíamos clavar en nuestra pared en una ficha de tres por cinco: ‘Aquí donde palpitó, podrá descansar mi corazón’.
“La ilusión del horizonte”, un título de por sí lo suficientemente elocuente como para no tener que escribir el cuento (según los preceptos que el propio autor recopila en la coda del presente volumen), es una preciosa recopilación de ‘vibrantes sensaciones sin pensamiento’. Impresiones de un viaje que tan pronto es un desplazamiento espacial como temporal, que regala tantos recuerdos como esperanzas, que engaña en su dirección y que es al mismo tiempo sendero señalizado y laberinto, con ese engañoso horizonte que nunca se alcanza porque, de hecho, nunca es la meta de viaje alguno por mucho que los dirija a todos.
El siguiente cuento, “Okitsu”, constituye una lección de filosofía que, como podemos comprobar a lo largo de la lectura, está presente en todos los cuentos, y que defiende una postura ante la vida que nace directamente del enfoque lumínico que cada relato nos presenta: la belleza de darnos a los demás ardiendo en las llamas de ese fuego constante que es la invención, es decir: la naturaleza, pero también las historias, la fantasía, la memoria. La literatura. Leemos: ‘mi padre me curó de la simetría’, dicho por un hijo al que le aflora con el tiempo su progenitor merced a esas historias a las que tanto le gustaba entregarse y que brotan ahora en su retoño, tal y como ocurre en la naturaleza. No hay lugar para las reglas forjadas a modo de barrotes, pues, ¿no es todo, al fin y al cabo, por delicado o elegante que se muestre, sino un disparate? ¡Qué hermosa reinterpretación del ‘wu wei’!
‘La palabra no era disfraz de la verdad’ en tiempos de los Sasánidas. Así de contundente se muestra Ángel en “La arena de las historias”. Toda una manifestación de esa idea que comparte con la poesía de Juan José Castro, según la cual el lenguaje es una cárcel que, sin embargo, en autores tan grandes como ellos es capaz de provocar una sensación de liberación incomparable. Ese disfraz de verdad que asume todo lo verosímil, todo lo realista, no tiene cabida en este cuento, pues aquí (y en la literatura que a Ángel le interesa) el lenguaje es mucho más que una correspondencia factual. “La arena de las historias” es una vuelta de tuerca a “Las mil y una noches” que se traduce en una revisión de “La bella y la bestia”, solo que aquí el elemento redentor o sanador es la palabra que entreteje las historias. No puedo pasar al siguiente relato sin clavar en mi pared una ficha de tres por cinco con la siguiente imagen: ‘el privilegio sublime de que la persona amada permanezca al lado de uno, sin estar sometidos al indecible dolor de la separación en las frágiles bárbulas de la pluma de la vida’, no ya por lo apoteósico de su composición, sino por ser igualmente una reflexión de suprema importancia para la conclusión del relato.
En sus últimas cinco historias, Ángel abraza nuevas formas y enfoques narrativos que van desde la poesía hasta el ensayo aforístico. En “El calendario quimérico de lo que podría haber sido”, reafirmamos el discurso de “Devoraluces” con esas posibilidades ‘al otro lado de la luz del prisma’ que son la imaginación en tanto que ramificaciones de la versión única que se nos entrega cuando vivimos nuestras vidas.
En “Medio real”, asistimos a una estupenda radiografía del tropiezo de Cervantes con su futura obra. Ángel aquí nos demuestra que es capaz de abordar como nadie factores de ambientación como los olores, el lenguaje, las ropas y costumbres y todo aquello que caracteriza un lugar y un tiempo hasta el punto de hacerlos tan vívidos que, nos cuente lo que nos cuente, no puede más que ser cierto.
‘Después de conocerte, no acierto a definir la literatura; te has mezclado con ella’. Será en “Émula de la llama” donde Ángel nos regale un canto al amor y la pasión que le va de la mano, en un tono que va de lo explícito a lo críptico, entregándonos una faceta suya hasta ahora poco conocida. No han sido pocas las ocasiones en que me he preguntado por qué Ángel no escribía poesía, y tras leer algunos de los versos que componen esta historia, he comprendido que no necesitaba hacerlo. Siempre han estado ahí. Hace, como Gospodínov, poesía filtrada en prosa, demostrando una vez más que las frases de sus cuentos son mucho más que versos.
“Odres nuevos” es un final de lo más apropiado para este viaje, una manera tan hermosa como poética de santificar la figura materna que es al fin y al cabo el origen y la luz primera de nuestra existencia. Una conmovedora delicia para quienes solo a través de la ficción comprendemos el mundo que nos rodea.
La última de las piezas, ensamblada a modo de coda, y denomina “Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies”, se desarrolla como un ensayo-despedida acerca de las virtudes de la brevedad, sublimada aquí al extremo de conformarnos con el simple título de una historia, pudiendo prescindir del desarrollo, dado que el título (uno bueno, por supuesto) posee ya ‘los atributos de la bruma’, es decir, la facultad de entrever tanto lo que está como lo que no. Ya dijo Poe que ‘La brevedad extremada degenera en lo epigramático; el pecado de la longitud excesiva es aún más imperdonable. In medio tutissimus ibis’, y dudo que Ángel se atreva a discutir a uno de sus maestros. Se trata, por tanto, de una invitación a un debate del que se extraen interesantísimos planteamientos, pero que ahonda en la tesis que venimos tratando desde el principio, pues no en vano el título pasa a ser un ‘limpio y estático charco de luz’ frente al edificio de lo narrado, entroncando así con este juego de luces y sombras al que nos entregamos a lo largo de todo el libro. Me gusta en especial la apreciación, según el paisaje japonés del XIV: ‘la uniformidad es indeseable’, una idea que encaja con esa cura de la simetría a la que se hace referencia en el cuento “Okitsu”, y que me parece un modo realmente adecuado de reivindicar la figura del lector al que no se le marque el paso gracias a una historia que esté viva siempre y respire a su propio ritmo, se salga de la norma, rompa reglas y crezca libre y no según los manuales de narrativa-botánica.
Se trata, en fin, de una compilación de relatos que, además de regalarnos lo mejor de la obra de Ángel (la enumeración constante, la imagen poética, el cuidado de un lenguaje tan rico que parece brotar con cada línea y ser siempre nuevo), se abre también a un enfoque más reflexivo que de costumbre, con el hilo conductor de la búsqueda de una respuesta a la contemplación del mundo y su misterio, y que no es otra que esas historias a las que, antes de ser el disfraz de la verdad, nos agarramos como a un clavo ardiendo>>.

No hay comentarios:
Publicar un comentario