He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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lunes, 22 de diciembre de 2025

Reseña de "Mixtura", de Marina Tapia, en MoonMagazine

El mejor regalo navideño que se me ocurre es este chute de felicidad lectora: "Mixtura. Antología personal de Marina Tapia", que recoge una muestra muy completa de sus diez primeros poemarios. Dejo aquí mi reseña del libro, publicada en MoonMagazine.




MIXTURA DE FUEGO

    En la constante apuesta por la excelencia de su Colección Averso Poesía, la editorial Aliar celebra inmejorablemente este redondo número 50 con la oportunísima antología personal de Marina Tapia, “Mixtura”, realizada por ella misma y que fija la trayectoria y la evolución de esta poeta que se está convirtiendo por méritos propios en un clásico contemporáneo. Diez libros en diez años hablan a las claras de la necesidad expresiva de la autora, de su fructífera y tenaz eclosión y de la calidad sostenida de sus resultados.

    En su completo prólogo, el poeta Juan José Castro habla de ‘la palabra de fuego’, refiriéndose a la portadora de la llama de ese misterio que llamamos ‘poesía’. Marina, artista inquieta y multidisciplinar desde niña, trabajadora incansable, es en efecto un volcán creativo que durante cuatro décadas incubó su lava literaria y, sólo a partir de los últimos diez años, la ha ido emitiendo regularmente en forma de libros, de poemarios fundentes, hermosos, coherentes, insoslayables. Desde los poemas sociales sobre los distintos roles femeninos en “50 mujeres desnudas”, pasando por el erotismo caleidoscópico y elegante de “El relámpago en la habitación” y el amor desde los cinco sentidos en “El deleite”, hasta esa oración a la naturaleza a través de las cuatro estaciones que es “Marjales de interior”. Desde esa botánica fantástica, original y misteriosa como un códice sobre híbridos del mundo vegetal y animal que es “Jardín imposible”, pasando por las raíces hondas y ramas altas de ese refugio que es “Corteza”, hasta esa mirada al paisaje y su fusión con los límites del lenguaje que es “Bosque y silencio”. Desde ese homenaje a las voces poéticas femeninas y marcadoras de camino que es “Un kilim de palabras”, pasando por esa peregrinación de emoción contenida a múltiples territorios que es “Islario”, hasta llegar al misticismo telúrico, al panteísmo de “Piedra que mengua”, Marina ha transmutado alquímicamente su vida, sus estados emocionales y los armónicos acordes su voz poética en una decena exacta de volúmenes, de los cuales se recoge felizmente una amplia selección en esta “Mixtura”. 

    El lector dispone ahora, por fin, de un libro panorámico con muestras representativas de toda la obra completa hasta el momento (incluidos algunos poemas no recogidos en volúmenes editados) de una poeta verdadera e imprescindible. Un hito kilométrico, de balizamientos líricos, un Thesaurus bellamente editado, presentado cómodamente de forma cronológica y con una pintura original de la autora en la portada. Estas recopilaciones antologales ofrecen al lector y al propio escritor el regalo de la perspectiva a vista de pájaro, como señala Marina en su ‘Nota inicial’; pero su importancia radica también en lo oportuno de rescatar algunos libros que sufrieron la condición de no venales, debido a premios merecidos pero que suelen acabar destinándolos al limbo.

    Serena, sensitiva, carente de voluntad de poder, Marina Tapia tiene algo de etrusca: no trata de impresionar, lo suyo es la sutileza, la naturalidad y la alegría bondadosa, que dejan al pecho respirar con libertad y gusto, con una especie de plenitud vital que no necesita forzar nada. En su poesía, todo está vivo y fresco, primoroso en sus proporciones y cadencia, pequeño y encantador pero sólido y profundo en vez de impresionante. Una poesía eminentemente verbal, con los adjetivos justos. Me consta que la cualidad más apreciada por ella es el ritmo musical, el oído literario, el orbe sonoro que supone, antes que nada, respeto por el texto y adoración por el lenguaje, “poderoso de ritmos e imágenes de una enorme hondura” al decir del prologuista. Cada uno de sus poemarios no es una mera acumulación, sino que constituyen “un sistema u organismo cerrado, dotado de sentido y con una cohesión que trasciende los textos reunidos”. Goethe decía que escribir es un abuso de la palabra: aquí está Marina para contradecir al gigante alemán. Al recorrer las páginas de este reciente pero vasto periplo literario, de este florilegio hermoso -necesario para los lectores que ya se han deleitado con los versos de Marina o para los lectores que sin duda la aguardan en el futuro-, se comprueba que la poesía es para Marina una cosa sutilmente tramada en la materia, una tersura que fluye después por el alambique de la mente y el corazón hasta ser destilada en una gota ardorosa y límpida, como la llama azul del alcohol.  

    Porque los poemas de Marina existen, no parecen haber sido fabricados sino que pertenecen al orden natural, al igual que el lirio silvestre. Y como la rosa de los versos del poeta y teólogo Silesius, Marina Tapia “florece porque florece./ No cuida de ella misma, no desea ser vista”. Pese a todo, pese a sí misma, Marina se ha ido convirtiendo, vero a verso, libro a libro, en una candela para iluminar el día, como la candela de plata de la luna ilumina la noche. Con un libro cardinal como este, Marina es ya constelación encendida, es ya regalo de todos, como la fuente de una plaza en mitad del verano>>.

Reseña de "Poética del ermitaño", de Miguel A. Zapata, en MoonMagazine

Comparto mi reseña de esta extraordinaria nueva obra de Miguel A. Zapata, “Poética del ermitaño”, cobijada en la revista MoonMagazine, la revista lúdico-cultural de los lunáticos:



UNA EXTRAÑA FORMA DE INOCENCIA

Tras cinco libros de relatos y microrrelatos y su trilogía novelesca del “Ciclo de la degradación” sobre los iconos, los espacios vitales, la moral y la libertad del individuo, Miguel A. Zapata acaba de publicar “Poética del ermitaño” (Ed. Baile del Sol), primera entrega de su proyecto narrativo “Galería de insulares”. Esta espléndida nueva obra, con un sesgo más confesional y en la que el autor granadino (que desde hace muchos años desarrolla su labor literaria y docente en Madrid) aparece sublimado sutilmente en su personaje, habla de la soledad elegida como una forma de persistencia entre los despojos, de la distancia entre uno y los otros, de esa zona lábil, delicada, emocionalmente difícil de la interrelaciones humanas. Novela de personaje, “Poética del ermitaño” sustituye el arco narrativo convencional por uno dramático que contempla la evolución del protagonista en su entorno, y realiza calas -como en “una apnea vigilante”- en el ideario y la existencia de Don, ermitaño ambiguo y huidizo que ha hecho su hogar en una ermita abandonada al borde de un acantilado, un misántropo ascético y disfuncional, una oveja descarriada con un pasado familiar lamentable. “Don es una metáfora. Y una singularidad”. “Don arriba y el mundo abajo”. Don calla y otorga, Don barbado cordero místico, recolector de flores y baratijas, dandi monje, mesías descreído e hipocondríaco. Don, chaval de terruño, vino peleón, pez fuera del agua, Caronte aficionado. “Un hombre solitario debe ser precavido ante la iniquidad del mundo”.

Con la única compañía ocasional de la niña loca, del futbolista poeta Maxi o del niño fantasma, un mártir decapitado, Don -que había sobrevivido como pudo a la galerna de su vida- conversa con ectoplasmas del pasado, cultiva un huerto para su puestecito de remedios medicinales, siente pena por el Cristo en su cruz sobre el muro, hace inventario del “carrusel de agravios” y “de lo que apenas existe”, se aplica a la liturgia artesanal de la madera sobre una talla femenina, sueña con una reparación universal. “Los designios de un ermitaño son inescrutables”. Don, señor de la ermita, sin compromisos sociales, contradictorio, entre santo y simplón, esteta y vulgar, rodeado de bestezuelas, bestia instintiva él mismo, capaz de asar un gato en una parrilla oxidada y comérselo con esa hambre feroz que arrebata la dignidad. “Llegar hasta aquí debe considerarse una especie de logro”, según la lápida de un cementerio escocés. Don, que se limita a escrutar, a oler, a mirar sin interés el horizonte; que subió hasta la ermita del acantilado para estar solo, para frecuentar como mucho “la rara camaradería de los afines”, percibe con horror que efectivamente está solo; que más que habitar una solitud, una soledad voluntaria, ha muerto quizá antes de tiempo; que más que llevar una vida larvada de crisálida, se encuentra en un sarcófago a la intemperie, apresado por los largos cabos que nos atan al prójimo, que nos encadenan a sus miserias, anhelos o crueldades. “Para volar hay que olvidarse de volar”, decía el protagonista de “Vida de ermitaño”, aquella novela de Mario Pérez Antolín con la que “Poética del ermitaño” guarda ciertos vínculos dada la temática: en su decisión de apartarse de lo omnipresente, en su complicidad con el lector, en sus experiencias grotescas, oníricas e insospechadas, en su transversalidad.

Miguel A. Zapata vuelve a arriesgar literariamente. Compone esta “biografía lírica de un personaje fronterizo” con una estética a la vez excéntrica y concéntrica, donde va alternando el discurso mental, la alegoría, los recuerdos, el idealismo profético, o incluso el prodigio, con un descenso extremadamente físico a los escombros, al deseo, al hambre, a la violencia. El lector encontrará, además de una prosa rica en matices, esas oraciones sincopadas marca de la casa, y -aunque en menor medida que en otros libros- también esa sintaxis creativa suya, descoyuntada en ocasiones. Personalmente, a uno le ha parecido escuchar gratos y logrados ecos expresivos del Aldecoa de “Gran Sol” en las escenas de los pescadores, y aspirar tenues aromas entre marítimos y fantásticos a “La saga/fuga de J. B.” de Torrente Ballester (la nevada sólo sobre la ermita y el “Brebaje de Sueños” peligrosos y purgadores). Uno ha creído percibir asimismo reflexiones e imágenes que evocan la soledad montaraz del Zaratustra de Nietzsche o la intensidad percutante y escatológica de Céline.

Este libro es una ofrenda cambiante y descarnada, una Poética duramente poética sobre la condición humana, “un aguacero en las tripas”, una introspección radical, la búsqueda de redención por parte de un zapato extraviado y sin pareja, por parte de unos solitarios poseedores de “una extraña forma de inocencia”, por parte de una “tripulación de naufragios, de existencias cosidas a retales”. Y entonces no queda sino subir a este barco que ha botado el autor -con la maestría y la osadía habituales e irreductibles- al pie del acantilado, junto a un pequeño pueblo costero, entre escalofríos, calvarios, insectos, abalorios y bachatas; no queda sino acompañar la vida psíquica del ermitaño y la tangible de la comunidad, y sentir el vértigo de proa a popa, y ahogarse de melancolía, de verdadera soledad -la metafísica-, y encender un pitillo de matalahúva.

miércoles, 6 de agosto de 2025

Reseña de "Estigia" por Rodolfo Padilla

Muy agradecido al escritor Rodolfo Padilla Sánchez por su completísima, por su excepcional reseña de "Estigia" (Eolas) en la Revista MoonMagazineMoonMagazine.



MEMENTO MORI
Reseña de Estigia, de Ángel Olgoso (EOLAS Ediciones, 2025)

Rodolfo Padilla Sánchez


    ¿Qué nos espera al otro lado? Algunos dirán que el fuego del Infierno o la luz del Paraíso, una estancia en el Purgatorio que todavía podemos reducir con el pago de indulgencias, la Daena vieja o hermosa al otro lado del Puente de Cinvat en virtud de nuestros actos en vida, tal vez tengamos que seguir al perro que nos lleve al Mictlán o esperar que la pluma de Maat no nos arroje a las fauces del terrible Ammyt. Quizás, cuando esta máquina de languidecer (en homenaje a otro título de nuestro Caronte particular) emita el último suspiro, nos encontremos con la nada, con el vacío, o regresemos reencarnados en un insecto. La muerte es, junto con el amor, un tema universal que ha supuesto el centro de las preocupaciones del ser humano desde sus orígenes, por eso la religión busca moralizar y dar consuelo, la ciencia ensaya la inmortalidad, la filosofía reflexiona sobre la esencia del ser y el arte la ha utilizado para combatir a la vanidad en épocas de crisis o para ensalzar la vida en años felices.

    Nada es seguro frente a la muerte, salvo la muerte misma. Por eso, una vez hemos sucumbido a ella y aparecemos a orillas de la laguna mitológica que nos llevará irremediablemente al Hades, es mejor tomar la mano del barquero que nos amenizará el viaje con las múltiples historias que desde su desbordarte imaginación iluminan el inframundo. 

    Ese barquero no es otro que Ángel Olgoso, quien después de Bestiario y Sideral, publica Estigia, el tercer volumen temático de sus cuentos en EOLAS Ediciones, en la colección «Las puertas de lo posible», de un total previsto de seis. Compuesto por noventa y nueve relatos, es hasta el momento el más extenso de los tres volúmenes y evidencia, como el propio autor afirmó en una entrevista para Todoliteratura.es, que la muerte es un tema que le obsesiona «porque siempre está ahí como una sombra, rodeándote sin que te des cuenta, una presencia en sordina y, cuando de pronto se repara en ella, con un escalofrío, uno se siente como perdiendo pie, como tanteando en lo oscuro». Y es que no hay mejor manera de definir la literatura olgosiana que como un vértigo en la cuerda floja, un juego de expectativas donde la sorpresa, lo inesperado, nos deslumbra o aterroriza, nos hacer sudar, reír o temblar, nos transporta a lugares lejanos en unas pocas líneas o en varias páginas nos invita a la introspección. 

    Si utilizamos una doble terminología artística, Estigia conforma a la vez un collage y un mosaico: un collage, en tanto que cada tesela (cada relato) está fabricada de un material diverso de tonos, estilos, espacio, tiempo y temas, si bien están atravesados por el protagonismo absoluto de la muerte, el cual compone el mosaico en el que Olgoso-Caronte nos conduce hacia reflexiones profundas, terroríficas aventuras, cementerios profanados, canibalismo o sacrificios rituales, a veces con ironía o con la increíble ternura o la inocencia que transmite incluso en las narraciones más crueles e inhumanas, dejando un agradable sabor de normalidad entre lo extraño y terrible de suicidios (a veces reincidentes), asesinatos perpetrados o padecidos, fanatismo sectario, guerra, coleccionistas extravagantes, los viajes eléctricos de un condenado a muerte, niños sacados de las entrañas de su madre muerta durante el funeral, una barbería de muertos o el amor entre una madre y una hija unidas por un vínculo más allá de la sangre. 

    Entre la diversidad del collage, como señala Ana María Shua en su prólogo, hay una multiplicidad de estilos, desde las frases cortas y lapidarias de relatos como «Designaciones» o «Cuenta atrás», donde logra edificar un mundo y acabar con una vida en escasas líneas, hasta los relatos más barrocos e intrincados que mejor definen su estilo, con enumeraciones caleidoscópicas que fragmentan y diseccionan la (ir)realidad para describir todas las perspectivas posibles como en un cuadro cubista, relatos oscuros con otros luminosos, contemporáneos o historicistas como en «Quauhxicalli» o «El Valle», con la influencia de leyendas y cuentos populares como en «Toque de ánimas» o el registro coloquial de un velatorio en «Jueces del valle de Josafat», la narrativa japonesa en «Fantasmas de las Cuatro Suertes» o de la china de «Wu», con cierta pretensión edificante; relatos que nos invitan a viajar a lugares lejanos como la India de «Vínculos» y «El tintero de bronce», a cometer un asesinato infinito en el cíclico «Crimen perfecto» o a apreciar la espantosa y corrupta resurrección por medio de la jardinería en «Océanos de ceniza». 

    La comunión entre brevedad y tensión narrativa se manifiesta de forma palpable en relatos como «Conjugación», un microrrelato que al parecer pone siempre José María Merino como ejemplo del movimiento interno que debe tener este género:

Yo grité. Tú torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos olvidarán.
 
Gracias a esta multiplicidad de temas, estilos y tratamientos, Olgoso logra componer un mosaico perfecto de la muerte como tema universal, donde a veces se ríe de ella o la trata con veneración o hace una desgarrada crítica social en relatos como «Introito para arpa de tendones humanos», una escena extrema convertida en alegato capaz de disuadir todo afán belicista, o «Días felices», donde una montaña se lamenta de la barbarie del ser humano, ejemplo animista del que también encontramos otros como «Los trabajos del carnicero». Pero la muerte no es solo una dama vestida de negro y con una guadaña que siega nuestras vidas y nos lleva al más allá (sea el que sea), sino también la kafkiana rutina de «Un fúnebre sabor a tiempo muerto» que hace una ácida crítica al sistema que nos empuja a la repetición cansina e irracional de estar muertos en vida, y la búsqueda desesperada de la inmortalidad en la extravagante colección de «Naglfar». Incluso hay cabida para preguntarse con qué ojos miraríamos la vida si regresáramos de entre los muertos como en «La ciénaga» o para hacer una relectura de los mitos bíblicos con el Dios caprichoso de «Alternativa», así como el riguroso cumplimiento del voto de silencio que imponen las «Novedades en el cortejo» de una cofradía en Semana Santa o cómo el hambre puede llevarnos a cometer atrocidades contra seres celestiales en «Las huellas de los pájaros en el aire», que recuerda a aquel relato de García Márquez «Un señor muy viejo con unas alas enormes», pero con un final más tremendo y que deja las mismas dudas que en el narrador y, de forma inevitable, una habitación embargada por el olor de las almendras.

    Lo más destacado de sus relatos, junto con su extrema originalidad y el humor negro de muchos de ellos, es la naturalidad y la inocencia con que Ángel Olgoso puede narrar algo tan terrible como la interpretación literal de las frases hechas de «El futuro pertenece a nuestro alumnado» o la ternura con que afronta la pérdida cargada de remordimientos de un ser querido en «Tributo», la mezcla romántica y trágica de sufrir o imaginar la muerte de la persona amada de «La muerte desordenada» o «Los simunes del deseo». Además, y como es su sello personal, manifiesta la maestría de levantar falsas expectativas desde un título desconcertante como en «El octavo día de la semana» o «El confeti de nuestras cenizas» para adentrarnos en una narración que bien nos lleva desde lo común a la espiral de felicidad macabra que culmina con una última línea impactante, o bien establecer lo extraño e inquietante como regla para romperlo con la normalidad más absoluta.

Las alusiones al arte no son gratuitas, pues Ángel Olgoso concibe su literatura como los arquitectos de la antigüedad grecorromana que buscaban el estupor; él lo consigue con una literatura que cuida el detalle hasta el extremo, manejándonos a voluntad en relatos laberínticos que nos pierden o lanzándonos un dardo certero que nos hace replantearnos hasta lo más básico de nuestra existencia, utilizando a veces un vocabulario elevado y obscuro para, justo después, cambiar a un registro coloquial y de aparente simplicidad que no menoscaba sino que resalta la variedad de un estilo tan inabarcable como la propia muerte a la que homenajea en este volumen.

    Ahora, el viaje parece acercarse a su fin cuando la barca arriba en «El purgatorio» y este autor, que durante noventa y nueve relatos se ha erigido en nuestro Caronte a través de la laguna Estigia, finaliza su obra y se dispone a descansar para toda la eternidad. Y nosotros, sin más remedio, nos apeamos con el convencimiento de que la muerte es infinita y en ella cabe hasta la inquietud, los rumores, la asfixia, la desesperación y, si ahondamos en ella, también la risa y el placer.