He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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sábado, 28 de marzo de 2026

Encuentro de autor en Libros Prohibidos (Úbeda) con Alejandro Molina

Fue un verdadero placer este encuentro inolvidable en Libros Prohibidos, cálidamente arropado por la inteligente conversación con Alejandro Molina mientras enhebrábamos distintos relatos, por la logística de los libreros Bego y Jose, y por unos lectores (ubetenses y granaínos) tan receptivos y ya amigos. Así es fácil sentirse como en casa, todos en torno a la lumbre de los cuentos. Gracias a todos, y a Marina por las fotos. Comparto con gusto las generosas palabras introductorias de Álex:



“No exagero cuando digo que hoy tenemos la suerte de contar entre nosotros con Poe, Kafka y Borges en una misma persona, es decir: Ángel Olgoso, probablemente el mejor narrador de relato en castellano de la actualidad. Le debo mi primer contacto con Ángel a Ismael Ramos. Después de hablarme varias veces del Borges granadino, de recomendarme su obra y de verme siempre con libros de todo tipo menos de Ángel, acabó regalándome “Las frutas de la luna”. Elegí como primera lectura el relato “Designaciones”, y por poco no me desmayo nada más leerlo. En ese preciso instante supe que lo que tenía entre manos no era un libro cualquiera. De este relato -y de cualquiera de los suyos- podríamos hacer una tesis por cada una de sus innumerables virtudes: la relación entre lenguaje e historia, el ritmo, la enumeración, la visión del mundo, el retrato del hombre, la precisión léxica, la brevedad y su poética inherente, el logrado realismo de pátina macabra y hasta fantástica, la atmósfera…


Ángel estudió Filología Hispánica en la Universidad de Granada. Es miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada y de la Amateur Mendicant Society de estudios holmesianos, Auditeur del Collège de Pataphysique de París, y fundador y rector del Institutum Pataphysicum Granatensis, donde ha otorgado el rango de Sátrapa Trascendente —entre otros muchos escritores y artistas— a José María Merino y a Umberto Eco. Sus relatos han sido traducidos al inglés, alemán, italiano, griego, rumano y polaco y recogidos en más de sesenta antologías sobre el cuento. Ha colaborado con relatos y crítica literaria en revistas y periódicos, y obtenido numerosos premios como el Premio Andalucía de la Crítica en 2014 y 2022 (finalista otras tantas veces), el Premio Internacional Julio Cortázar, el Premio Caja España de Libros de Cuentos, el Premio de la Feria del Libro de Almería, ha sido finalista del Premio Setenil, etc.



Si bien la comparación con Poe, Kafka y Borges remite a quienes el mismo Ángel considera sus ancestros literarios, dado que sus temas y estilos pueden encontrarse en su prosa en una aleación que acaba forjando una voz propia y personalísima donde convergen lo extraño y onírico, lo paradójico, la erudición y el deleite en la palabra, me gustaría traer a colación otros aspectos menos evidentes que podemos relacionar igualmente con estos tres autores, como el impacto, originalidad y universalidad.


Los relatos de Ángel son, en gran parte por el uso maestro de la brevedad, historias impactantes. Pero no impactan merced a giros finales ocurrentes (que es lo habitual en el mundo del microrrelato), sino por la hondura del tema, por su capacidad por hundir en el lector ese hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros del que hablaba Kafka valiéndose tan solo de un puñado de líneas. Son historias que calan, que dejan poso, que resuenan y que despiertan como se despierta a alguien inconsciente arrojándole un cubo de agua helada.


El hecho de encontrar rasgos de estos escritores en Ángel no lo hace menos genuino. En esto del arte, todos caminamos a hombros de gigantes. Lo relevante en Ángel es ese factor de originalidad tal y como la entiende Poe: la capacidad de deleite egotístico que nos hace empatizar con el autor, junto al cual descubrimos cosas que no sabíamos de nosotros mismos y del mundo, merced a unos cuentos elaborados con una técnica exquisita en una duración perfectamente ajustada a ese descubrimiento que comporta, además, el impacto al que aludíamos más arriba.


Con Ángel pasa algo similar a lo que decía Cioran sobre Borges: nada escapa a su pluma (véase si no el amplio abanico de aspectos tratados en sus cuentos, que están siendo recopilados en seis temáticas distintas en las ediciones de Eolas). En sus cuentos encontramos historias sobre la humanidad, sobre la existencia en toda su magnitud: sus misterios y leyendas, lo más mundano y bajo, amén de aquello tan elevado que ni Ícaro alcanza. Ángel es universal, pero más importante aún: sus libros serían esa utopía a la cual yo me adheriría con gusto, en la que todos lo imitaríamos de un modo u otro.


Su gusto innato por la brevedad (nuestro autor tiene numerosas obras maestras que son toda una declaración de intenciones, como “Cuenta atrás”, “Conjugación” y sobre todo “Espacio”) se complementa por su querencia por la extrañeza (“me considero una de esas personas a las que les gustaría ser hombre que bebiera agua de lluvia de la huella de un oso y, a la vez, una de esas personas que no quiere vivir en la realidad diaria y objetiva sino en el lugar en que ocurren los prodigios”), por buscar otros modos distintos de abordar la realidad.


No han sido pocos los que han acusado a Ángel de abusar de las enumeraciones y de un léxico preciosista y enrevesado que, de algún modo, hace de centrifugadora de lectores: hay quien pasa por la que consideran una lectura sesuda y compleja, y hay quien prescinde de ella por considerarla innecesariamente compleja. Los hay incluso que se atreven a echar en cara a sus cuentos que necesitan estar concentrados para leerlos, como si se pudiera leer de otro modo. En estos tiempos en los que se reivindica la sencillez del lenguaje y suele tildarse de farragoso todo aquello que no resulte accesible en términos inmediatos o poco exigente, hago una reivindicación del barroquismo en su acepción más afín a lo pictórico, es decir: en lo referente a lo teatral, al naturalismo, al detalle y lo alegórico. ¿De qué otro modo se puede escribir si no es desde el prisma del más devoto amor a la palabra? En los relatos de Ángel, el lenguaje se mima, el léxico -con su precisión y con su declinación poética- contribuye a construir la atmósfera, el mundo.


En cuanto al amor, en la obra de Ángel tiene dos caras: lo sublime (el amor en relaciones personales, padre-hijo, pareja, etc.), y lo nefasto (el desamor, la relación con el prójimo). Es decir, el amor es tanto cárcel como libertad. Schopenhauer dijo “El amor es la compensación de la muerte, su correlativo esencial”. Quizá todos nos pasamos la vida escribiendo sobre lo mismo, el amor y muerte. De hecho, Ángel ha dedicado un volumen entreo a este tema cardinal, “Estigia”.



Decía Auden: “Como lectores, la mayoría de nosotros somos, hasta cierto punto, como esos granujas que dibujan bigotes en los rostros de las chicas en los anuncios”. Ángel, en “La pocilga de la facilidad”, realiza un reivindicativo análisis que mira de frente a ese espejo que es la creación literaria y que devuelve dos irreconciliables reflejos: uno que aspira a «la dulce piltrafa del reconocimiento», y otro que requiere «el coraje de ser odioso», de vivir en la soledad y la intemperie buscando sólo ser fiel a la visión creativa, pese a permanecer por ello en la sombra. Aunque Ángel siempre haya pensado, con Cicerón, que se puede ser sin ser percibido, aunque la consagración sea el peor de los castigos para el escritor en general y muy especialmente para un escritor insobornable como él, merecería muchos más lectores de los que tiene.


No son pocos los relatos de Ángel en los que se aborda el paso del tiempo. La forma en la que se enfoca suele ser la de un suspiro, un abrir y cerrar de ojos. Además de “Cuenta atrás”, están también el vertiginoso “Relámpagos”, “Umbrales”, “Rip Van Winkle” o “El resplandor de lejanos incendios”, unos pocos ejemplos entre muchos.


Terminemos con la lectura una de sus innumerables obras maestras, que sintetiza de manera espectacular su faceta más filológica, cuentista, poética y conmovedora, logrando una pieza que sin duda impacta, es universal y nos descubre a nosotros mismos:

<<LOS CABALLOS PENSANTES DE ELBERFELD

Me pidió un cuento y le conté la historia del gigante Pan Gu, que creó el mundo dividiendo el cielo y la tierra de un hachazo, y que tras aquel tajo descomunal permaneció entre ellos durante dieciocho mil años, empujando a la vez hacia arriba y hacia abajo en la tarea de mantenerlos separados. Esa noche la fiebre desapareció.

Me pidió un cuento y le conté la historia del niño glotón que tras la papilla se comió el plato, tras la mesa se comió la casa, tras la ciudad se comió los terrones de azúcar moreno de las montañas, tras beberse los océanos se tragó de un bocado el panecillo del planeta con su copete de helado, tras la macedonia del Sistema Solar engulló la ensaimada de las galaxias y el tazón de leche con canela de las nebulosas, tras los cascabillos garrapiñados de los meteoros se zampó el almíbar ardiente de las estrellas, tras la materia oscura con su punto de picante rebañó los restos ya fríos del universo, pero ni todo ese glorioso festín bastó para saciarlo. Esa noche no quiso otro biberón.

Me pidió un cuento y le conté la historia del viejo que trata de desprenderse de sus babuchas desgastadas, que harto de no conseguirlo porque alguien se las devuelve siempre, las arroja desde la azotea y golpea al emir de la provincia, que ordena su inmediata decapitación. Esa noche me sonrió como a un perro fiel tendido a su lado.

Me pidió un cuento y le conté dos historias, la del caballero inglés que sufría de melancolía y se quejaba de los términos de su vida, al que un amigo, para escarmentarlo, lo introdujo durante cinco minutos en el ataúd que usaba para guardar sus licores en el comedor de su casa, de donde el taciturno caballero salió contento y renacido, y la del poeta que se creyó hecho de mantequilla, por lo que eludía cualquier fuente de calor temiendo derretirse, hasta que una mañana muy calurosa, asustado, se arrojó de cabeza a un pozo y murió ahogado. Es noche le dejé la lucecita encendida.

Me pidió un cuento y le conté la historia de un posadero de Ática, un tal Procusto, que estiraba o cortaba las extremidades de sus huéspedes para que se ajustaran al tamaño de los lechos. Esa noche se mantuvo bien arropado.

Me pidió un cuento y le conté la historia del rey que decretó que fueran sacrificadas todas las personas mayores de treinta años, para estar rodeado sólo de belleza y juventud, pero que al cumplir él mismo esa edad cambió la ley y ordenó que fueran ejecutados los menores de treinta, para estar rodeado sólo de gente sensata y experimentada. Esa noche durmió a cuerpo de rey.

Me pidió un cuento y le conté la historia del indio coruba que, tras apuntar con una flecha hacia el avión que sobrevuela su poblado en el Amazonas, consigue derribarlo. Esa noche lloró añorando a su madre.

Me pidió un cuento y le conté la historia de los cuatro caballos pensantes de Elberfeld que, antes de morir en la Primera Guerra Mundial, sabían leer marcando sobre el pupitre las letras del abecedario y, para resolver raíces cuadradas y problemas matemáticos, contaban las decenas con una pata y las unidades con la otra. Esa noche no tuvo pesadillas con el colegio.

Un buen día, el tiempo que no transcurría ni hacia adelante ni hacia detrás al fin se decidió, y él creció y creció y, en razón a las circunstancias, ahora es él quien me lava y me viste, quien me peina y me arropa, quien me besa en la mejilla, y yo el que balbuceando, contemplándolo con aire de súplica y fervorosa gratitud, le pide un cuento, que me sorprenda cada noche con la fascinación que procura el asombro.>>















sábado, 20 de octubre de 2018

Breves juegos literarios


En "La sombra del ciprés", suplemento cultural del diario El Norte de Castilla, Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan publicó esta medida reseña de Breviario negro. En ella hace hincapié en la versatilidad y la pasión por los cuentos de Ángel Olgoso, cuya obra desmiente la tesis del realismo inherente a la literatura española.

sábado, 12 de mayo de 2018

Astrolabio ilustrado (8)

Este poético texto* de Astrolabio demuestra que a los relatos de Ángel se les podría aplicar la definición que Hermann Hesse dio de los cuentos de Kafka, etéreos como un sueño y exactos como un logaritmo.

sábado, 10 de febrero de 2018

Disecando colibríes



Os dejo con la lectura muy personal de Breviario negro que nos hace llegar Joaquín Medina Ferrer, amigo de Ángel y profesor del IES Luis Bueno Crespo. En ella realiza un pormenorizado repaso del libro, lleno de evocaciones, referencias y sensaciones desplegadas literalmente sobre la marcha durante un largo paseo. Se podría decir que estamos ante un nuevo género: la reseña running. Las ilustraciones de la entrada pertenecen a Alberto Savinio, original escritor, pintor y músico italiano, hermano de Giorgio de Chirico. Que la disfrutéis.

viernes, 7 de abril de 2017

Reseña de Los demonios del lugar

Alfred Kubin



En mi opinión, la que sigue (publicada en "Las lecturas de JB" del portal abandomoviez) quizá sea una de las mejores reseñas que se han escrito sobre este libro fundamental en su obra y, por extensión, acerca de Ángel Olgoso. Y lo es porque se centra sobre todo en esa vibración estética que posee la auténtica literatura. Aún recuerdo el impacto que me produjo la lectura, en una sola noche, de Los demonios del lugar, lo inquietante y con frecuencia sobrecogedor de sus historias, así como su riqueza estilística.

domingo, 26 de marzo de 2017

Entrevista en Granada Hoy

A pesar de que Ángel Olgoso ha sido siempre un escritor discreto, casi huidizo, acaba de aparecer en Granada Hoy esta divertida entrevista (selfie incluido) que le ha hecho el periodista y también escritor Andrés Cárdenas, centrada sobre todo en la literatura y en la Patafísica. Y aunque Ángel siempre ha estimado un arte hoy poco cultivado, el de desaparecer, me consta que, al menos en este caso, ha cumplido de buena gana -incluso disfrutado- esos a menudo penosos menesteres que obligan a hablar de uno mismo.

lunes, 6 de marzo de 2017

Revista Ínsula: Kafka en España


Ángel Olgoso aparece entre los escritores españoles consultados en el monográfico sobre Kafka que ha publicado la veterana revista Ínsula.


KAFKA Y LA LITERATURA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA.
ENCUESTA A ESCRITORES.
Javier Sánchez Zapatero



-¿Cuál cree que ha sido la principal aportación de Kafka a la literatura contemporánea?

Significó un calado en profundidad en la condición humana. Kafka excavó, minuciosa y pacientemente, sirviéndose de afiladas cucharillas como la lucidez, la sensibilidad extrema o la tradición judía, un túnel aún sin boca de salida, pero iluminado a trechos por fulgores puntuales, lo que explica la textura de pesadilla, de sonambulismo que envuelve el territorio kafkiano. El lector encuentra un mundo prolijamente demarcado, de manera a la vez analítica y onírica, donde todo parece sufrir un proceso de envilecimiento deliberado; un torrente interior de intuiciones racionales y de visiones verbales; una mente al mismo tiempo temerosa y sedienta de amor, sometida a la culpa pero liberada por un humor paradójico. Las páginas de Kafka muestran, sobre todo, extrañeza ante un universo que ya no tiene un sentido superior -ni siquiera un sentido-, a excepción del hombre que, según Camus, es el único ser que exige un sentido. La amnesia aparece también como otra constante en sus textos: todos se han olvidado de quién es el agrimensor que viene en busca del castillo.

-¿Cuál es la obra de Kafka que más le ha marcado, y por qué?

Sus colecciones de textos breves La condena y La muralla china, sencillamente porque fueron mis primeras lecturas de su obra, las que iniciaron el idilio, las que me descubrieron la pureza, la retórica y la imaginación singulares de un ser singular. Luego he sentido especial debilidad por sus Diarios.

-¿Reconoce alguna influencia kafkiana en su obra?

Cuando comencé a leerlo en la adolescencia, Kafka se convirtió de forma instantánea en una especie de hermano mayor: no es que me identificara exactamente con él como lo hice con “mi abuelo” Poe o con el joven Chateaubriand -el romántico avant la lettre de los primeros capítulos de Memorias de ultratumba-, sino que me contagió su manera de representar el mundo, más que de percibirlo. Con el paso de los años, Kafka se fue metamorfoseando en un padre severo, desconcertantemente irónico y de pensamientos trascendentales. El reto estribó entonces en distanciarse de la imponente presencia de un padre al que se teme y se admira más allá de toda medida, mientras intentaba definir un estilo personal. Su influencia ha sido palpable desde los textos primerizos recogidos en Nubes de piedra y en la recopilación de mis quince años iniciales de cultivo del cuento, Los líquenes del sueño, hasta relatos posteriores que traslucen la gramática kafkiana o la homenajean: Anfiteatro, El espanto, Geometría, Una velada (en Los demonios del lugar); Los reconocerás, Los despeñaderos (en Astrolabio). He llegado incluso a escribir narraciones (Carta al hijo, en Breviario negro) en las que me permití el atrevimiento de suplantar a su padre Herman, o al mismísimo Franz (La primera muerte de Kafka, en Los demonios del lugar) aprovechando los huecos dejados por unas fechas que no aparecían consignadas en sus Diarios.