He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve y de la literatura fantástica.

(Marina Tapia)

domingo, 11 de junio de 2017

Presentación de El mar y los siglos



El pasado 7 de junio, en el Cuarto Real de Santo Domingo, se presentó el libro de relatos de Josefina Martos El mar y los siglos (editorial Esdrújula). Acompañando a la autora y a la editora, Mariana Lozano, Ángel leyó el prólogo que ha escrito para este magnífico volumen de narraciones.









PRÓLOGO DE EL MAR Y LOS SIGLOS





“La belleza de los dioses reside en que no existen fuera de la imaginación, del éxtasis, del delirio”. La belleza de un libro como El mar y los siglos reside en su condición de animado tapiz boscoso, rebosante de portentos; de tanque transparente donde evolucionan criaturas fantásticas, dioses menores, seres mágicos y mixtos, bellos y extraños, que iluminan el lugar con el dorado fulgor de su orgullo; de universo abigarrado que linda con la Hélade, con Argentina, con Estambul, con Sefarad, con la India, con México; de escritura sacrificial que merodea sobre sí misma, transfigurando la lengua; de cosmos donde se arremolinan mitos, tradiciones paganas, genealogías bíblicas, historias blasonadas, escenas telúricas y aguafuertes sangrientos, donde conviven conejos que juegan al póker, la hierba sagrada mano-e-santo del brujo Celerino, los peculiares dulces de la tienda de Ultraterrenos de Misericordia Hernández, el pudding de cenizas del sobrecogedor Aniversario, los ocufos y los gorobas, islas y cementerios islámicos, montes de fuego y tribus rivales, fiebre y bubas, brahmanes y confituras de pétalos de rosa, fantasmas y médiums, nombres talismánicos, historias dentro de historias, videntes y vaticinadores, un pez-teta, la Puerta de la Noche y la Puerta de la Luz. 


Josefina Martos es una escritora única. No resulta fácil seguir su linaje, aunque su linaje signifique estilismo, intensidad y mordacidad. A veces puede recordar a Patrick Leigh Fermor o a D. H. Lawrence; pero también al Salambó de Flaubert o a desconocidos pilares de la literatura fantástica como Charles G. Finney, que en El circo del Dr. Lao reúne para contemplación del común de los mortales las criaturas mitológicas de todos los tiempos. Alterna con soltura estilizados pero potentes microrrelatos y cuentos extensos pero majestuosos. Sin embargo, gusta sobre todo de las palabras. Como para Félix (uno de sus personajes, que hace apostolado de ellas y se erige en defensor de palabras indefensas), son su mejor juguete, las paladea, las busca, las colecciona con deleite, se le antojan “bellas como letanías místicas, plenas de sensualidad”. 


En los relatos de El mar y los siglos, las palabras, rampantes, variadas, coloreadas, se empujan con brío, pugnan entre ellas para hacerse con los sentidos del lector, enristran acciones y pensamientos, lo acometen por doquier con adjetivos bruñidos y múltiples como una "rejilla de fina pleita entretejida", lo cercan sin recato con enumeraciones, con términos hermosos y desusados como peces de oro, con vocablos arcaicos y dichos llanos, lo ensartan sin tregua a la página con caudalosos diálogos. Josefina Martos es un ave canora cuya fértil parla se abre paso impetuosa, una bruja “tocada de descreimiento”, una diablera que conoce el secreto para remedar el habla mexicana, el idioma argentino, el verbo de las Sagradas Escrituras. Más aún, desde Azorín nadie había vuelto a atreverse a la hazaña del triple adjetivo, y con tal tino: él, que prevenía contra el abuso de los adjetivos que embarazan la marcha de la prosa sin que la prosa adelante un paso, fue el primero en hacer caso omiso de su propia exhortación. Apasionadamente, sirviéndose de su tornasolada caligrafía, nuestra autora apuntala con tan arriesgado recurso textos impresionantes como Biomyth, El toque dramático, La última corrida del Niño Salvaor o El goce de un arte absurdo. En La Libertad Definitiva, cruza la casa de Guadarrama de un reality televisivo con el Colegio de Patafísica, a los televidentes con el cocodrilo Lutembi. En Cuando la vida sea verdad, da cuenta desgarradora de ese “amor de tango” que anhela Deyanira, “perfumada y colorida como flor de un día, esa flor fugaz que endulza la melodía pero amarga el corazón”. En Biomyth, recrea “hermosos seres legendarios”, como los hermanos Tritón y Aglaofeme, la sirena, mediante “hibridación animal y combinaciones antropogénicas”. En el tiempo de El mar y los siglos, “las lombrices eran enormes víboras voraces que se lo comían todo”, una edad en que “los hijos no se parían, se encontraban inesperadamente por aquí o por allí”, y estos “aprendían a nombrar los zeppelines antes que a los pájaros porque eran grandes, llamativos y se les oía resoplar si volaban bajos”. 

El lector sediento de sensación de maravilla y exigencia estilística reconocerá en este libro su Grial. Y por un módico precio (el noble esfuerzo que supone el saboreo de una creación rigurosa), llevado de la mano de un lenguaje increíblemente sabroso, plástico, vívido, podrá codearse con demiurgos y Moiras, titanes y héroes, jenízaros y musas, djinns y algolas, arcángeles y rejoneadores. 

“Dioses, hombres. Engaños”. 



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