He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)
miércoles, 23 de abril de 2025
Jurado de la V Beca de Escritura de la Casa de Belmonte
martes, 27 de septiembre de 2022
Reseña de "Bestiario" por Antonio Tamez-Elizondo
martes, 8 de junio de 2021
Reseña de Devoraluces por Antonio Tamez-Elizondo
DE LA SOMBRA A LA LUZ
Antonio Tamez-Elizondo
Ocurre mucho, en especial cuando se desea animar a quienes pasan por un mal rato, asegurar que lo importante nunca ha sido el final de la historia, sino su trayecto. Es uno de esos suspiros de sabiduría popular que han perdido gran parte de su encanto, ya sea por culpa de la repetición o por no comulgar con el cinismo de los tiempos, aunque no significa que carezca de franqueza. Al menos en los terrenos de la ficción. Para los lectores, lo que importa no es que Frodo destruya el anillo en Mordor, sino cómo llega ahí desde la Comarca. Tampoco les importa mucho que el capitán Ahab logre vengarse del cachalote blanco, más bien que le dé la caza, o que Ulises llegue a Ítaca, sino los hechos por lo que tiene que pasar para encontrarse con su esposa y recuperar el trono de aquella isla.
Sin entrometernos en las funciones más filosóficas y estéticas de la literatura, leemos, nos gusta creer, para vivir situaciones en las que normalmente no podemos, o no queremos, encontrarnos. Si el autor hizo bien su trabajo, nos mantendrá contentos por un puñado de páginas, y aquellos que tienen compasión en sus almas le perdonarán un desliz o dos si la conclusión no se compara al resto de la historia. Lo importante, se supone, es el camino.
Todo esto está muy bien en lo teórico, pero lo cierto es que los finales no deben descuidarse. No son unos cuantos cristales de azúcar con la que se escarcha un pastel, sino el cierre de una labor que ha tomado esfuerzo para quien escribe y tiempo para quienes lo leen. Los hay para los que un mal final puede echar al lodo una experiencia por lo demás maravillosa. Ocurre sobre todo en historias en las que, Dios nos cuide, el protagonista cae de la cama y descubre que todo fue un sueño (y variantes de este pecado hay legión), o en cualquier otro final perezoso que apeste a los sudores de lo anti climático. Los escritores también se cansan, y es frecuente que pierdan el interés por encontrar un buen cierre al guion, novela o cuento en el que trabajan. Hay unos a los que incluso les da pereza encontrar una buena conclusión a su obra.
Qué difícil es construir un buen cierre. Sobre todo, para quienes han llevado una carrera distinguida en este valle de letras. Requiere planeación, pensamiento, cálculo. La manera en la que se escribe el cuerpo de una narración puede llegar a ser de total espontaneidad, una conspiración entre musas y daimones, pero un buen final no es cosa del azar. Hay que considerarlo y mimarlo, darle la vuelta, observar cómo la luz ilumina cada una de sus caras. Ángel Olgoso trabajó durante cinco años en su más reciente libro, Devoraluces (Reino de Cordelia 2021), y el rumor que se escucha es que se trata de su última incursión en el cuento breve, género en el que ha demostrado una y otra vez ser una de las mejores firmas. La noticia cae como cubo de aceite hirviendo, y no es asunto de los chismosos inmiscuirnos en sus razones. De lo que sí se puede tener certeza es que, de ser verdad, Olgoso ha cerrado su obra con los mejores broches.
También con un giro. Contrario a la tiniebla en sus colecciones pasadas, Devoraluces toma lugar en las horas diurnas de la ficción. El título engaña. Aquí la luz no se devora, más bien, se erige, como ocurre en Las luciérnagas, el primer relato, que da la sensación de una despedida a ese pasado de sombras y ficciones macabras. Llama la atención la cantidad de citas con las que abre el libro, trece en total, que funcionan como una especie de declaración de intenciones. En especial esa en la que Jesús Cotta invita a Olgoso a que, por favor, deje atrás tanta negrura para adentrarse en lo esperanzador.
Lo cual no significa que caiga en el vacío del lugar común o la cursilería. Aquí ya no hay diablos, espectros, crueldades o sufrimiento metafísico, pero eso no quiere decir que dejen de asomarse por las comisuras de la luz que ahora nos concierne. La podredumbre sigue ahí, pero por el momento se mantiene a raya. Se intuye en la chusma curiosa que en Fulgor irrumpe en la felicidad del humilde Matteo. O en las reflexiones sobre el color azul que hace un superviviente de los campos de exterminio en Pelikan. Con la necesidad de un descanso a muchas de las atrocidades a las que en los últimos diez años nos hemos acostumbrado, relatos como estos parecen decir que sí, puede haber un mejor mañana, pero no conviene que bajemos la escolta.
Algunos relatos son examinaciones de lo que ocurre cuando lo artístico se inmiscuye en terrenos de lo humano. Se observa, sobre todos, en Villa Diodati, el más extenso de los catorce reunidos, y que recuerda un poco a El año del verano que nunca llegó, de William Ospina. Entre el primer título y el segundo se comparten escenarios, personajes y un par de reflexiones, pero es ahí donde terminan los parecidos. Narrado desde el punto de vista de la pasillos y habitaciones, sus salas y sus jardines, la propia Villa Diodati espía los dramas y pecadillos de Byron, Shelly y Polidori, de los hombres y las mujeres que buscaron en el arte su propia luz interior mientras el resto del mundo se oscurecía por las cenizas que el volcán Tambora, allá en Indonesia, había escupido contra el cielo en el verano de 1816. «Cuando intenta conciliar el sueño», dice la Villa Diodati, «la señorita M. W. Godwin repara en que, del mismo modo que Franklin, Galvani o Volta en sus trabajos científicos, los artistas también persiguen descubrir el principio vital; poseen igual afán de engendrar algo novedoso, una nueva humanidad; traer el fantasma a la vida desde el dulce reino de lo siniestro, un monstruo sin pasado ni identidad, huérfano de especie.»
Conocido es el gusto de Olgoso por Japón y su tradición cultural y literaria. Esto ya ha quedado comprobado en relatos anteriores, así como en Ukigumo, su colección de haikus, pero aquí aparece de nuevo en la forma de Okitsu, una estampa de aprecio por parte del narrador, tal vez el propio autor, hacia su padre. Las imágenes son fantásticas, tejidas de sueños, pero resalta la tristeza y melancolía en ellas. El deleite por estéticas orientales se repite en La arena de las historias, una inversión de fondo a Las mil y una noches. Es uno de esos juegos con la materia prima de la historia universal de la ficción, tan conocidos en las narraciones de Olgoso, y de los cuales aquí se encuentran otros dos. Por un lado, el cervantino Medio real, escrito en un estilo muy clásico, casi arcano, para fines de argumento y atmósfera. Luego está La rosa de los vientos, donde el Ulises de Homero hace un recorrido express por la literatura, encontrándose de paso, entre otros, con personajes de Julio Verne, Malcom Lowry y Herman Melville.
Es posible que la joya de este libro sea El calendario quimérico de lo que podía haber sido, uno de esos relatos metafísicos que insinúan eternidades. Aquí el néfesch, una sutileza de la fuerza vital en el judaísmo, se presenta como una abstracción que encierra posibilidades, tiempos y universos. Un material con el que se podrían escribir varias enciclopedias, pero que la economía de palabras lleva a término elegante. Tan elegante como Odres nuevos, que, aunque toma lugar en un paisaje devastado por la miseria y la muerte, da espacio para que entre las ruinas surja un esbozo de erotismo, incluso ternura.
Así como el tono más placentero de estos relatos es un vuelco al estilo acostumbrado por su autor, Devoraluces concluye con un cambio de registro. Ya no en la ficción, sino en el ensayo, o al menos en la hibridación de un cuento ensayado. Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies es una secuencia de argumentos para llevar a la microficción a su evolución última: contar historias meramente con sus títulos. «No pasa un día sin que sueñe con escribir un libro de relatos compuesto únicamente por sus títulos», confiesa Olgoso en la primera línea para después justificar semejante deseo. Y no es un mero capricho, pues tiene su lógica. «Si un cuento», escribe más adelante, «por ser género más antiguo que la novela, podrá vivir más allá de esta, entonces la rúbrica del título ha de perdurar sobre todos.»
Y así concluye Ángel Olgoso su faceta de cuentista; o al menos eso es lo que se dice. ¿Qué podemos saber nosotros de las intenciones secretas de los demás? Lo cierto es que es difícil imaginarlo lejos de la escritura. Al contrario, se le puede ver en otras actividades propias de la carpintería del escritor. En algún universo paralelo, uno de esos contenidos en el néfesch, él pudo haber dedicado la primera parte de su carrera a la ensayística cultural y literaria antes de dar el paso a la ficción. Tal vez en este universo que compartimos ocurra el reverso.
Con Devoraluces Reino de Cordelia conserva la misma calidad de su entrega anterior, la reedición ilustrada de Astrolabio. Es siempre un placer sentir el papel y la tinta con la que fabrican libros, los aromas que desprenden y la elegancia que aportan. Ligero y fácil de llevar, como sus relatos, si esto ha de ser lo último que Ángel Olgoso nos narrará como cuentista, fue todo un placer estar ahí para presenciar el final.
Antonio Tamez-Elizondo (Monterrey, 1982) es arquitecto, Máster en Arquitectura Avanzada y Máster en Creación Literaria. Su libro de cuentos 'Historias naturales' ganó X Certamen Internacional de Literatura 'Sor Juana Inés de la Cruz', 2018.
sábado, 6 de febrero de 2021
Astrolabio en Revista de Letras
Nada mejor que comenzar el año con esta magnífica reseña de Astrolabio (Ed. Reino de Cordelia) a cargo del escritor mexicano Antonio Tamez-Elizondo, publicada en la Revista de Letras.
En su libro, La posibilidad de una galaxia, poco más que un panfleto de escasa circulación, Guillermo de Maquís, más conocido por su alquimia y ocultismo entre las sociedades secretas que por sus oficios artesanales, escribió que trabajaba en el diseño de una caja de madera, provista de sellos y cámaras ocultas, en la que podría guardarse la entereza del cosmos. Prometía, en esas mismas páginas, que más adelante revelaría el plano del cofre sólo a un puñado de iniciados, a sus amantes en los cabarets de Montmartre, a cualquier buen cristiano que le ayudara con una cena caliente y una buena cama para llevar la noche.
Se sabe que de Maquís llegó al fin de sus días en la pobreza más vil. Su cuerpo nunca se encontró, o al menos es así como versa el romance. Pocos amigos le extrañaron y se corrió el rumor de un cadáver engullido por el Sena. Su vida, como su obra, fue grandiosa dentro del secretismo, pues suya fue la gloria de las almas que trabajan en las periferias. De su caja se conocen dos detalles; sería de roble ornamentado y sus cámaras secretas, que las presumía de interminables, estarían contenidas en un volumen apenas poco mayor que su puño de señorito caído en la desgracia.
Al igual que de Maquís, Ángel Olgoso ha hecho de lo pequeño una caja en la que se contienen mundos. Sobrados son los practicantes de la prosa brevísima, pero contados son quienes la elevan a un arte tan personal y rico en detalles. Con derecho, se le considera uno de los más fascinantes cuentistas de nuestra lengua, con tantas publicaciones en revistas y colecciones, hispanas y extranjeras, como hay estrellas en las noches campestres. Leerle se asemeja a hurgar en los detalles del Bosco o Bruegel, capaces de contar historias en los rincones menores de sus pinturas. «Escribí un relato de tres líneas», comenta Olgoso en uno de sus cuentos, «y en la vastedad de su espacio vivieron cómodos un elefante de los matorrales, varias pirámides, un grupo de ballenas azules con su océano frecuentado por los albatros y los huracanes, y un agujero negro devorador de galaxias».
Así comienza Astrolabio, una magnífica colección publicada hace más de una década, pero traída de regreso a principios de 2020 por Reino de Cordelia, en una edición ilustrada por la artista y poeta chilena Marina Tapia. Un muestrario de la vasta cultura e imaginación de su autor, el libro abre con una cita de Dunsany que se lee como una clave de biografía artística y filosófica.
Como la caja de de Maquís, los compartimentos de este libro guardan las maravillas y los terrores de la vidia terrena, la de los cielos y, en especial, la de los infiernos; una Wunderkammer paginada. Más comparados con piezas de relojería, o las miniaturas en los textos iluminados del medievo, los 43 relatos van desde las flaquezas del amor en un matrimonio que se marchita, como ocurre en La mujer transparente, hasta laberintos metaliterarios y cervantinos, como es el caso de El incidente Avellaneda, que bien podría pasar por algún cuento desconocido de Borges.
Más maravillosos aún son los relatos que insinúan inmensidades. Ya de Maquís había escrito, años antes de su desaparición, y en supuesta correspondencia con Fulcanelli, sobre cajas que contienen universos donde se ocultan cajas que contienen otros universos. Parecido a como pasa en El lamento del dinosaurio, en el que un hombre recién apuñalado se niega a morir hasta saber la biografía completa de su asesino, con todas las ramificaciones que el ejercicio requiere. O, más vasto aún, en Si mi cabeza cae, donde se encuentra un panorama cósmico que retrata al Absoluto, ese que no puede mirarse a los ojos sin encontrar lo perverso y la bajeza humana en el propio corazón. Materias, estas últimas, que se visitan en estampas como El eremita, en la que lo sagrado y lo profano se niegan a compartir sitio en una sola persona, o Caballeros de los puentes, que, sin sentimentalismos, comenta sobre lo fácil que es para las placideces domésticas convivir con las mejores perversiones.
Marina Tapia aporta con sus ilustraciones una novedad sobre la edición de 2007, a cargo de Cuadernos del Vigía en aquel entonces. Su paleta es de negros y rojo, y aunque complementan a la narrativa que se tiene entre manos, son por sí mismas historias independientes, tan abiertas como el resto de los relatos a toda clase de interpretación posible.
Sobre la brevedad abundan sentencias y recomendaciones, aunque en la mesa de la literatura hay manjares para el gusto de todo el que se siente ante ella. Olgoso no necesita teorizar al respecto. Estoy condenado a la brevedad, dijo en alguna parte, por convicción, por gusto, por respeto al lector y porque no sé hacerlo de otra manera. Su talento ha hecho de él un miniaturista de grandes paisajes en los que se viven aventuras, lloran desgracias y disertan metafísicas.
Guillermo de Maquís compartía la misma lucidez de mente en la aplicación del ingenio en su arte. Conocidos, también, fueron sus tratos con los demonios de la Goetia, y hubo quienes creyeron que, al final de su vida, cansado de los sinsabores de este mundo, y cobarde de los terrores del siguiente, simplemente desapareció en el mundo interior de su caja. No muy diferente de lo que ocurre con quienes lean esta pequeña gran obra que Reino de Cordelia, se les agradece, tuvo la inteligencia de traer de vuelta en un formato sofisticado y elegante. Tal vez, en un futuro, veremos el mismo trato con otros libros de su autor.




