He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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jueves, 22 de octubre de 2026

Reseña de "Madera de deriva" por Luis Cerón en Hojas Sueltas

Comparto la reseña del escritor Luis Cerón acerca de “Madera de deriva” (Libros del Innombrable), publicada en el periódico cultural Hojas Sueltas. Mil gracias, Luis y Anxo.



<<PREDOMINANTE MADERA NOBLE.

Todo buen escritor que se precie hace justicia a los azares (o caminos) que van sucediéndose en torno a él, o bien, en relación con todos aquellos acontecimientos que tienen lugar mientras este capta la vida. En el caso de Ángel Olgoso, los astros se han alineado para ofrecernos la obtención de este fin. Este gran mago del relato fantástico y breve, dentro del espectro concreto al que ha dedicado gran parte de su obra, conforme la escribía y atesoraba, aún le dedicaba tiempo a otra temática -por no llamarla género- literaria. En este caso, nuestro autor da cabida a la prosa breve de no ficción; es decir, a otro ejemplo de confección de óptima literatura, que si bien no está aderezada con mitos de diferentes culturas, espectros zigzagueantes, arcanos entes y musas diversas, no está exenta de magia, deleite e incluso pertinente didáctica. Tanto es así, que me atrevería a afirmar que Olgoso llega a dirigir alguna que otra crítica -o filípica, incluso- contra el desdén político, sociocultural y literario que nos circunda; reivindica la devoción y la constancia por el hallazgo de la auténtica literatura. Claro que para ello hay que dejar atrás boatos, remilgos y falsos reconocimientos de gurús omnímodos que destilan opinión a pestilencia. Porque, al final, todo ello es pura filfa. Por ello hemos de recolectar la mejor obra literaria: relato, poema, obra teatral o novela posibles, sin sucumbir a los cantos de sirena del ‘merchandising’ que reina en el absolutismo de número imperante en el mundo editorial.

“Madera de deriva” (2025) está publicado por Libros del Innombrable. Contiene un prólogo de Óscar Esquivias, así como una pequeña semblanza de Eloy Tizón. Ambos autores son conocedores de la obra de este hacedor único de microcosmos hilvanados. Consta de treinta y seis textos. Todos y cada uno de ellos enarbolan el buen hacer literario de Ángel Olgoso. Su nítida textura nos transmite una sensación de bienestar al leerlo. Trata temas que están relacionados con su existencial devenir, sobre todo diario y, ante todo, vivido. Varios son los ejemplos que podríamos pormenorizar para dejar clara esta grata declaración de intenciones, que hará las delicias de todo aquel ser humano que deguste las páginas de este libro. Para ello, Olgoso nos invita a “sugerir las acciones más que a explorarlas plenamente”. De esta manera, podremos imaginar una situación más abstracta dentro del matiz concreto que subraya el contexto de cualquiera de las piezas aquí contenidas. También podríamos afirmar que, en éstos “el límite indistinguible del silencio y de la luz “ es una realidad. Casi es imperceptible. Nos narra una anécdota o recuerdo y, como si nada (o sea, sutilmente), te transporta no solo a la peripecia de sus evocaciones sino que, al invitarte a acompañarle, recreas tú tus propias vivencias. Se nos presenta la literatura en sí. Tal cual. Son “sensaciones desnudas, sin adornos ni justificaciones”. A fin de cuentas, han de ser las “pasiones” las que “empujen la trama”. La pasividad o el estatismo conducen al tedio, a la muerte en vida. Para demostrarnos su profundo sentir, Olgoso recurre a varios de sus autores más cotizados, tales como Julio Ramón Ribeyro. A juicio de Olgoso, el autor peruano “intuye otros caminos” mientras “busca... sacar algo de la nada... de otros reflejos.” Todo sea por “crear un orden de palabras que lo satisfaga”, extendiendo un manto certero y profundo de significado, caracterizándolo debidamente a la vez que se afila su retrato. En ‘La pocilga de la facilidad’, Olgoso hace una descripción de la caverna que constituye el boato literario al que tanto se ciñen los altavoces mediáticos predominantes... Porque “todos saben que hay más brochas que pinceles”, con lo cual hay que buscar mucho para hallar a “un parnasiano entre ganaderos”.

De entre todos los matices, e incluso géneros, dispuestos en este gran cuaderno de bitácora, Olgoso ha abordado con maestría uno -a mi juicio- en concreto: el de la crónica de viajes. Me remito al texto titulado ‘Chile en el corazón’, cuya extensión y pormenorización fechados no resultan de una elección baladí. Casi podría afirmar, y casi sin temor a equivocarme, que este texto es todo un dietario de agudeza y arte de ingenio de nuestro autor. Y no es para menos. Olgoso ha hecho de un viaje a Chile una experiencia única. Tanto es así que regresa a España transformado. Una muestra de esta metamorfosis la expresa la narración de los acontecimientos que nuestro autor acomete mientras va disfrutando de su viaje a lo largo y ancho de sus doce partes. “Tras mi ansiado bautizo en el Pacífico como un Balboa a destiempo... Seguimos el paseo litoral.” Ángel Olgoso dixit. Esta proeza transatlántica es fruto de su unión inefable con la poeta y artista multidisciplinar (casi renacentista) Marina Tapia: “Amor ideal, perdurable, una dulce cadena de recuerdos y labores en común.” E incluso podríamos afirmar que “Madera de deriva” es un tratado de vivencias culturales de toda índole, llegando así, por ejemplo, a beber los vientos por su admiración... ante una escuela de Bellas Artes: “[...] jardín con esculturas, piso rechinante de madera, olor permanente a óleo...” Y es que, conforme se lee este viaje, uno está cada vez más seguro de la imposibilidad de cumplir el postulado esgrimido por Pirandello: “La vita, o si vive o si scrive”. O la mención expresa que Olgoso hace a la génesis del microrrelato, ensalzándolo, tal y como no podría ser menos para un genio en esta materia. Dos pruebas de ello son ‘Gaveta de miniaturas’ y ‘Asterismos de la constelación de la osa mayor’, tal y como nos reza él mismo en ‘Cuento de horror’: “Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano”; o en ‘Lalande’: “La erección permanente puede conseguirse -según Hemingway- golpeándose en un accidente la duodécima vértebra.” Estos son solo dos ejemplos de esa chispa ingeniosa de la que Olgoso hace gala, como si no fuera con él la cosa. Es tal la facilidad con la que nos ofrece esos destellos tan fantásticos, tan irónicos y tan singulares, que el lector no da abasto para asimilarlos debidamente.

Por tanto, yo trataría de resaltar la pasión por la verdadera literatura que Ángel Olgoso tiene por bandera y que, con cariño, nos ofrece con humildad. Una prueba de la fe de esta devoción es la admiración que profesa el autor por el buen hacer de sus escritores predilectos, cuyos ecos o evocaciones astilladas se dejan sentir plenamente. Sobre Bioy, gran compañero de correrías literarias y existenciales de Borges, llega a escribir que le “daba la sensación de que... tenía miedo de dejarse llevar por lo fantástico de sus historias”. O sea, lo mismo que le ocurre a él mientras atesora esta predominante madera noble que sutilmente nos ofrece, con la salvedad de que a él no le atemorizan sus propias historias: las recrea con viveza; pero siempre trasladadas al papel con firmeza; o sea, sin olvidarnos de la lengua, ese vehículo de comunicación común e inalienable existente entre el combo argentino ya mencionado y el escritor granadino: “La literatura española es una pequeña literatura lateral. A nosotros nos ha dado lo mejor: el idioma.” Afirmación borgiana, pues, sublime y atinada>>.

jueves, 5 de diciembre de 2024

Reseña de "Sideral" por Luis Cerón, en Culturamas

Muy agradecido a Luis Cerón por su reseña de "Sideral" en la revista Culturamas.

‘Sideral’, de Ángel Olgoso: Sublime cosmovisión literaria

Por Luis Cerón Marín

    <<La literatura es la máxima expresión artística departida gracias a la lengua. Y el idioma es el vehículo conductor que hace posible la traslación de ese lenguaje que el autor quiere plasmar en la obra literaria, más allá de ser su composición un intercambio lingüístico radicado entre la relación establecida, obviamente, entre las personas emisora y receptora. A diferencia de un discurso ofrecido como gramático, prosaico y meramente comunicativo, el discurso literario va más lejos de lo que la obra verbal pudiera ofrecer a simple vista. Representa, en suma, una relación muy estrecha con todo lo que atañe a la dimensión estética. Tanto es así, que podríamos decir que la obra literaria pretende denotar una visión más amplia y filosófica. Por esa vertiente discurren los cauces de expresión más profundos del alma humana. Y para exponerlos en el papel (o piedra o papiro o pequeña tabla de arcilla) se necesitan nuevas formas para transmitir esos contenidos. Y dentro de esa amalgama existente de maneras innovadoras caben diversos géneros literarios. Entre ellos, el género narrativo; y dentro de él, el relato breve; y más adentro, la ciencia ficción. Una vez dispuestos los utensilios y artificios varios para gestarlo, tan solo resta hallar autores o autoras que den rienda suelta a sus visiones, percepciones u ocurrencias varias. O sea, dejarse llevar por el torrente desbocado que constituye la imaginación. Y escritores como Ángel Olgoso reúnen toda esa retahíla de requisitos previos a la composición de una obra literaria.

    "Sideral" es el título del nuevo libro de relatos de Ángel Olgoso, de este ingente hacedor de historias granadino, un narrador clave para entender el devenir del relato breve en España. El estudio de su obra merece ser degustado debidamente. Y es que su impronta literaria es tan propia como amena. Ante esta situación, nosotros, los lectores, únicamente tenemos que dejarnos llevar por el deleite sumo de su lectura para dejarnos transportar a otros ámbitos más recónditos e inimaginables, a priori. Pues bien, este libro reúne a la perfección todos los ingredientes necesarios para que nuestra inmersión en sus relatos no nos deje indiferentes. Porque Olgoso no crea su cosmología literaria a vuela pluma. Su profundo corpus fantástico nace, más bien, de la anatomía de un instante sin parangón, en el que cualquier hecho, segundo (o milésima del mismo), destello o nota desbordante acaecidos pasan a ser los eminentes protagonistas del relato, dentro de una atmósfera mágica en la que la idiosincrasia de los acontecimientos que van aconteciéndose se nos ofrecen surrealista y patafísicamente sin plan alguno, tan solo imbricados por la inercia fantástica que destila la escritura de nuestro autor.

    Sirvan como ejemplo relatos tales como ‘El espanto’, en el que la descripción enérgica, rápida y emotiva que Olgoso nos ofrece parece estar trazando un boceto en espiral, yendo de un menor bucle inicial a una mayor ondulación léxico-semántica: "Y su efecto hace que, de pronto, tenga del hombre la percepción -repugnante en el más genuino sentido de la palabra- de algo como una langosta"; o la ‘Historia del rey y el cosmógrafo’, en el que nuestro escritor destape el tarro de las mil y una esencias inimaginables gracias a su locuaz inventiva: "Se dijo que aquel día, hasta su declinación, obraron más extraños prodigios en la sala del trono: brisas del lejano sur soplaron sobre los tapices, se oyó al aire restallar…; […] y después, con cada giro del globo, los aromas tomaron voz […] nueces de cayú…, incienso árabe…, parras y olivos…, violetas de presbiterio..." Todo nos está ofrecido como un placer engalanado. Se nos dispone, por tanto, un buen compendio de luz y color y una exposición de movimiento y estatismo excelentes. Tanto es así, que Olgoso nos consigue sumergir en ese ambiente ideal, en ese locus amoenus tan propicio para soñar otros mundos. "El conjunto se ve reforzado por la placidez del momento, por una calma sobrenatural..." Todo ello nos produce "terror a no ser más que una fotografía". Pero es que nuestro escritor también resulta innovador en el manejo de la técnica narrativa. En ‘La aurora de Zürn’ podemos ver cómo, sin olvidar tampoco su innata capacidad de percepción, nos sigue cautivando gracias a su agudeza y arte de ingenio. En esta ocasión, el autor habla en primera persona constatando así una mayor implicación epistolar, si cabe, a la hora de escribir este relato: "Se me permite salir en ocasiones especiales del lugar en que me oculto"; y prosigue, así: "[debido a] esta raza abominable e inmunda a la que ahora pertenezco". El texto habla por sí mismo. Cobra relevancia per se. Siguiendo con esta entelequia, otro aspecto a destacar es la comicidad que existe en algunos relatos, como ‘La cámara Limehouse’, en el que […] "una cámara catóptrica provista de lentes, espejos y prismas producen un resultado formidable al aplicarse sobre la adecuada zona cerebral del moribundo", cuya perspectiva inicial es, en principio, "balbuceante", tanto que semeja "un infusorio incipiente". Y Olgoso lo hace modelando un caso de transfiguración plena entre realidad y ficción. Muy bien conseguido. Al igual que la evocación onírica latente en ‘El mundo en el año uno antes de la nada’, relato en el que Olgoso hace gala de una miscelánea óptica mitológica que nos adentra en unas imaginarias profundidades abisales…: "Sin sus arcanos, el Universo no sería más que un puñado de polvo en una violenta tempestad". O el cálido fervor erotizante que suscita ‘Iris’, una pieza relevante de este libro. Podría escoger diversos fulgores de este relato. Cualquiera valdría, ya que el irisado resultado ofrecido es sublime. El lector es transportado a los confines de todo ente físico, palpable… hasta hacerle llegar a una sensación de clímax total: "La velocidad y la quietud total se funden en una noche cegadora. Me voy a pique". O el final de ‘Biomórfico Canal Trece’, que como si tal cosa (como si nada fuera), reza así: […] "y las borboteantes esquirlas de espuma no hallaron entre las olas al tembloroso destello con el que siempre jugaban". Inmejorable. O la ternura humanizante que constituyen las almas del astrónomo Ennio Torrese y del leñador Tanabe, protagonistas de los relatos ‘Materia oscura’ y ‘Los mil cerezos de Yoshitsune’, respectivamente; dos pequeños sujetos cuya sensibilidad va más allá de simples observaciones rutinarias: "A Ennio le gustaba contemplar las blancas aspas de los aerogeneradores que se extendían, como el vello erizado de un antebrazo gigantesco, a lo lejos, sobre la línea descendente de las colinas…"; sobre Tanabe, decir que "era bueno, alegre y hospitalario, pero su ejemplar condición y su amor por todos los seres se empequeñecían frente a la curiosidad que sentía por todas las cosas".

    Y podría citar más ejemplos de la fantástica prosa del escritor que nos ocupa. Son tantos los detalles de este astral espectro de lo desconocido, que no resulta fácil poder abarcarlos. Sucumbir a tal deleite no está exento de riesgo. La inspiración y la constancia creadoras de Olgoso son tan profusas como un eminente surtidor de cristalinas aguas, cuyo parterre de frutos silvestres y destellos de fatuas llamas dinamiza a la perfección el matiz predominante que late en el relato. Nada queda al azar. Toda textura tratada en este inusual libro está amenizada por una impronta caótica, inusual y ajena a toda lógica circundante. He aquí el innegable efecto de la ciencia ficción que entinta, espolvorea y baña las entrañas que anidan en este "Sideral" concepto, que tan gratamente enmarca el también escritor y filósofo Juan Jacinto Muñoz-Rengel. Ante esta situación, lo mejor es que el lector se adentre en él y se deje llevar por el innegable rumbo indeleble que late en esta sublime cosmovisión literaria>>.

lunes, 4 de septiembre de 2023

Reseña de "Nubes de piedra" por Luis Cerón

Agradecido a Luis Cerón por su estupenda reseña de “Nubes de piedra”, aparecida en Todoliteratura.es.




FULGENTES DESTELLOS DE HACES
(Luis Cerón Marín)


La creación literaria no es otra cosa que la caracterización de una prolongación de la vida. Y si para este cometido nos centramos en la ficción como artífice constructivo, ésta nos permite disponer de un sinfín de matices, texturas y variaciones de lo más nutrido para escribir una obra, ya sea un relato, una novela, un poemario o una obra de teatro. El género es lo de menos. Lo realmente importante es la eclosión de la ficción como componente literario. De ahí en adelante podremos modelar nuestro texto a nuestro albedrío, dejando aparte -por ahora- las correcciones morfológicas, sintácticas y semánticas. Todo eso es secundario. Lo que pretendo destacar en este momento es el estilo.

"Nubes de piedra" (2023) es el título del nuevo libro de relatos de Ángel Olgoso, que la editorial Fagus ha tenido a bien publicar. “Nuevo” en alusión a su reciente aparición, ya que éste recoge treinta y cinco relatos correspondientes a la incipiente obra literaria del autor, fechados entre finales de los años setenta y principios de los ochenta. En ellos se plasman las inquietudes literarias de Olgoso junto a su afán prolífico de pergeñar historias con un sello singular tan propio como inalienable. Sus relatos dan fe de una orbe que solo los grandes autores literarios han conseguido -y aún consiguen- gestar, macerar y transmitir sin tacha. Pues bien, el autor que nos ocupa es uno de ellos. Se trata de un escritor que, aun visto lo visto, todavía podría ansiar más en torno a su cénit literario. Si se lee cualquiera de sus libros anteriores, comprobaremos el porqué de su reconocimiento literario a nivel nacional -e incluso más allá- en lo que a relato breve se refiere. Y si comprobamos el contenido de Nubes de piedra, quedaremos atónitos ante el nivel alcanzado en sus primeros escritos, los cuales se abordaron junto a un tenue proceso de creación poética.

Estos relatos corresponden a su incipiencia más curiosa, la adolescente, esa que es consecuencia de la curiosidad más boyante y de las lecturas más gozosas. Fruto de esa plenitud son estos escritos, cuya inspiración principal no es otra que la gran imaginación de la que hace gala el autor que nos ocupa. Ésta resulta fundamental para crear todo tipo de personajes, para enhebrar tramas y para crear atmósferas inimaginables a simple vista; la imaginación nos permite vivir más de una vida y, además, nos facilita la tarea a la hora de sintetizar una historia en muy pocas líneas. Podría poner varios ejemplos de ello… Entretanto, vaya por delante este fragmento de ‘La extraña caja de lápices del señor Wots’: “Mi nombre no importa… Confieso que al escribir este relato abrigo aún la esperanza de ser creído […]” Pues bien, en este trozo de cierto corte autobiográfico, Olgoso logra aunar todos estos elementos para crear un universo mágico en el que no hay lugar para la percepción ambivalente. Su cosmogonía está creada a conciencia, por y para hacer justicia a un solo instante vital, para tornarlo literario. Nada queda al azar: “Alfa y omega. Íncubo y súcubo. Tus dolores son una cancerosa catedral varada en el fango de la eternidad” (‘Tierra de cáscaras y demonios’). En esta ocasión se nos muestra, pues, una impronta arcana envuelta en una entelequia barroquizante. Sin embargo, cuando creemos hallar un mísero segundo de paz ante tanta ebullición lingüística, nuestro autor nos sacude con diversos ejemplos de una importante vis cómica: “-Debo suplicarle al señor que cuide sus juanetes -me aconsejó Agostiño… Naturalmente, me importaban un pimiento…” (‘Pulstar’). Así, a vuela pluma, puede inducirnos a la risa, a la reflexión o a ambas cosas; pero no hay duda de que nos mantiene despiertos ante la magnífica fruición con la que emplea el lenguaje, redondeando la trama que está componiendo y revitalizando la caracterización de los personajes y la descripción de los ambientes. Con todo, Olgoso conjuga realmente bien el maridaje de todos estos elementos, el cual está imbuido de matices oníricos que enriquecen las secuencias aparecidas en cada relato. Y si este autor granadino se caracteriza por dominar el relato breve, tanto mejor, ya que este género se presta al empleo de estos útiles tan plásticamente narrativos.

El libro está escrito en varias partes. Algunos relatos son muy pequeños; otros son más grandes, y otros son una apuesta literaria algo más ambiciosa, en la que se entremezclan una serie de tonos con una particularidad muy novedosa. En esta última mención, sirva citar el título de varios relatos, tales como “China”, en el que una pareja de novios visita China tanto desde un punto de vista turístico como desde un caleidoscopio soñador, acompañados de la ideal ‘familia Ping’ y aderezadas sus peripecias con varias ofrendas literarias de exótico y erótico bagaje, así como de una helénica mención de lo más épico, entre tantos otros ingredientes sugestivos; o “El Club de los Novecientos Flautistas”, cuya estructura está dividida en catorce capítulos, de cierto corte didáctico y moralizante (sic), a cual más embriagador e hilarante. En este pequeño intento de novela breve, una tríada de personajes de lo más patafísico y, por ende, borisvianés, protagonizan una serie de aventuras destinada a ensalzar el valor del absurdo. Ariel, Passalacqua y el Varón se encargarán de preconizar “la desproporción entre las medidas del cuerpo y de la inteligencia”, como agentes pertenecientes a tan selecto club que son. He aquí un fragmento del penúltimo capítulo, de proverbial traza: “Las facciones del doctor [Spitzer, malvado aprendiz de matasanos] adquirieron un excepcional color amatista luminoso, obligando al tierno cerebro que cobijaban a saltar limpiamente hacia arriba…”. Este es, pues, otro ejemplo de la irreverente tentación irónica que Olgoso nos ofrece sin ambages.

Pero eso no es todo. La poeta y artista multifacética Marina Tapia ha contribuido en la germinación de esta fascinante criatura literaria, cuya exquisita factura estaba inmersa en ingentes y profundas lecturas -José Luis Gärtner, escritor y dramaturgo, autor del prólogo también lo atestigua-, así como en un tardío acné irreverente, a través de unas ilustraciones perfectamente retrotraídas a la intención inicial. Es decir, que la autora los ha confeccionado a posteriori, ofreciéndonos así una relectura inédita de estas pétreas nubes tan singulares. Es más, sirven de colofón a varios de los relatos más insolentes y deslumbrantes. Aunque todo el libro denota unos fulgentes destellos de haces sabiamente coronados.


viernes, 1 de mayo de 2020

Astrolabio en la revista Kopek

Comparto la estupenda reseña que el crítico y escritor Luis Cerón (Luis Traspié) publicó en la revista Kopek sobre la reedición de Astrolabio de Ángel Olgoso (Reino de Cordelia).