He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

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lunes, 26 de febrero de 2024

Reseña de "Nubes de piedra" en Libros de Cíbola

Muy agradecido por esta magnífica reseña de “Nubes de piedra” en el exquisito blog cultural Libros de Cíbola.




Fagus es una pequeña editorial radicada en Manzanares (Ciudad Real) cuya existencia desconocía hasta que publicaron a mediados del pasado año Nubes de piedra, el «último» libro de cuentos del Ángel Olgoso. El entrecomillado es pertinente, puesto que en realidad se trata de una reedición de un volumen de narraciones juveniles de Olgoso publicado en Granada en 1999 en edición no venal y que se encontraba totalmente inencontrable. Ya hemos dicho en varias ocasiones que Ángel Olgoso es uno de los mejores cultivadores españoles del cuento antirrealista, con una larga lista de títulos esenciales dentro del género breve. Olgoso, desde sus inicios como escritor, siempre se ha movido entre el microrrelato y el relato corto, y esa predilección es tanto teórica como práctica: «Estoy condenado a la brevedad, por convicción, por gusto, por respeto al lector y porque no sé hacerlo de otra manera. No se trata de escribir mucho o poco, sino tener el don de encontrar la extensión exacta».
El autor ha declarado en una entrevista a propósito de este libro: «Lo escribí a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, y creo que ya está presente el germen de los principales temas de mis libros posteriores: lo extraño, lo sorprendente, la ironía o incluso la sátira, las premisas extravagantes, las composiciones pesadillescas o vertiginosas, las propuestas asombrosas, los retos compositivos. Creo que los 35 relatos de Nubes de piedra viven en ese estado fronterizo entre el sueño y la realidad, entre la humorada y la insolencia propia de la primera juventud, entre la fantasía y una incipiente exigencia formal». Pero debemos preguntarnos ante una recuperación como ésta es si los textos de Nubes de piedra son unos meros ejercicios de aprendizaje (el libro recoge piezas escritas entre los 17 y los 22 años, es decir, estamos hablando de un autor casi adolescente), o bien prefiguran y cimentan las obras posteriores de Olgoso. Pues bien, sorprende que los temas, los procedimientos y el lenguaje están totalmente asentados en el autor, que muestra una inesperada madurez y continuidad en el resto de su obra.

EL LIBRO DEL BATIR DE PALMAS DE LAS MEDUSAS

Había una vez un rico erudito italiano, Lucca Cappodicazzo, que quiso reunir en la biblioteca de su mansión todos los libros raros, heterodoxos y de temas imposibles que habían sido escritos en el mundo. El resto de su vida, a partir del momento de aquella decisión, lo dedicó a coleccionar dolorosamente papiros, tablillas, códices, manuales, cosmogonías, monografías, catálogos, demonologías, miles de volúmenes de caracteres casi indescifrables que hablaban de reinos escondidos, de lluvias de perros, de estrellas que reían, de elixires y talismanes mágicos, de una trenza infinita hecha con horizontes, del toro de cuatro mil ojos que sostenía la Tierra, de teosofías y signos fatales, del Mirmecoleón, de los animales de los espejos, de las arquitecturas del aire, del origen y final de los tiempos… La noche del noventa y nueve cumpleaños de Lucca Cappodicazzo, una chispa furtiva que escapó de la chimenea quemó su mansión hasta los cimientos. La tempestad de fuego y lapislázuli redujo a la nada los centenares de estantes rebosantes de valiosísimas maravillas. El viejo murió olvidado. Su vida fue uno de esos libros imposibles que nadie podría ya nunca leer y coleccionar.

Como digo, ya se pueden observar algunas características reconocibles en la escritura de Ángel Olgoso: cierto barroquismo en su prosa (rico vocabulario, habitual empleo de largas enumeraciones), escasa o nula acción, ausencia de diálogos, predominio del monólogo discursivo, uso de la ironía, erudiciones inventadas; en definitiva, un estilo literario muy trabajado que se aparta de manera radical del coloquialismo imperante. Por más que Olgoso admita su admiración y deuda con algunos grandes maestros (Poe, Kafka, Borges, Schwob, Buzzati, Cunqueiro, entre otros), lo cierto es que el universo olgosiano no se parece a ningún otro; también en este aspecto radica uno de sus mayores atractivos. Lo expresa el prologuista, José Luis Gärtner, de forma inmejorable: «Al igual que deberíamos ser capaces de identificar a Bach en unas cuantas notas, uno lee un párrafo de Ángel Olgoso y reconoce que es de su autoría aunque sea la primera vez que lo afronta».

Los argumentos y procedimientos de los cuentos son muy diversos, destacando el empleo del humor negro y el sarcasmo en grado mayor que en volúmenes posteriores. Precisamente esa tendencia a lo surrealista y casi grotesco es una de las características del fantástico en lengua española (basta recordar la obra de Javier Tomeo o Gonzalo Suárez), que pocas veces desemboca en lo verdaderamente terrorífico o en lo cerebral. En general, me han gustado más los textos cortos o microrrelatos, que considero más perfectos y memorables que lo cuentos más largos, aunque entre estos últimos merece citarse El Club de los Novecientos Flautistas, un delicioso relato plagado de fantasía y humor.

Quizá Nubes de piedra no es el libro que recomendaría para iniciarse por primera vez en la lectura de Olgoso. Yo indicaría más bien títulos como La máquina de languidecer, Los demonios del lugar o Breviario negro; en cambio, para los veteranos seguidores olgosianos este libro será un nueva ocasión de dicha. En cualquier caso, el interés intrínseco de estos cuentos y la belleza de la edición y de las ilustraciones a carboncillo de Marina Tapia lo hace apetecible para cualquier aficionado al relato.

«Ojalá el lector que se acerque a esta historias las recuerde luego como sueños», señala el autor en la citada entrevista. Forjar sueños para que el lector los asuma como propios; no creo que haya mayor felicidad y recompensa para un escritor.


lunes, 18 de septiembre de 2023

Reseña de "Nubes de piedra" por Diego Prado

Breve semblanza a cargo de Diego Prado en la revista Librújula a raíz de la publicación de “Nubes de piedra” (Fagus Editorial).



“No descubro nada si digo que Ángel Olgoso (Granada, 1961) es, junto a Hipólito G. Navarro (nacido el mismo año), uno de los más importantes e insobornables cultivadores del cuento en su vertiente más ampliamente fantástica. Los días subterráneos, su primer libro publicado, data de 1991, un momento de eclosión del cuento español no realista tras décadas de arrastrar el yugo del realismo social, y que ya había ido asomando la década anterior en autores como Merino o Fernández Cubas. Fiel desde sus primeros relatos a una poética donde lo insólito, lo anómalo, lo inquietante y lo fabuloso constituyen el eje de su obra, Olgoso asume y asimila muy pronto la voz de los maestros (claramente Cunqueiro, Calvino, Perucho, algo de Cortázar, de Borges, de Quiroga, del surrealismo y la patafísica). Nubes de piedra, cuya primera versión se editó en Granada en 1999, reúne cuentos escritos entre los 17 y los 22 años de su autor, una arqueología literaria que no solo demuestra una inventiva y madurez estilística sorprendentemente precoz, sino que asentó los cimientos sobre los que ha ido alzando un castillo de fantasías, terrores y prodigios que alcanza ya la altura de una veintena de libros. Olgoso es un maestro en lo suyo y este libro, bellamente ilustrado por Marina Tapia, resulta el mejor portón para adentrarse en su peculiar mundo!”.

(Diego Prado)

domingo, 6 de agosto de 2023

Entrevistas sobre "Nubes de piedra" en Ideal y Todoliteratura.es

Muy agradecido a Todoliteratura.es y al diario Ideal por esta completa entrevista acerca de "Nubes de piedra" (Fagus Editorial).




1.-¿Cómo definiría o presentaría “Nubes de piedra”?
Este libro es mi prehistoria literaria -mi prehistoria narrativa concretamente-, del que sólo han quedado fuera los primeros balbuceos en prosa tras cinco años escribiendo poesía. Lo escribí a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, y creo que ya está presente el germen de los principales temas de mis libros posteriores: lo extraño, lo sorprendente, la ironía o incluso la sátira, las premisas extravagantes, las composiciones pesadillescas o vertiginosas, las propuestas asombrosas, los retos compositivos. Creo que los 35 relatos de “Nubes de piedra” viven en ese estado fronterizo entre el sueño y la realidad, entre la humorada y la insolencia propia de la primera juventud, entre la fantasía y una incipiente exigencia formal: aquel narrador ya comenzaba a gozar con la capacidad subversiva de la escritura breve.

2.-Para usted, según ha dicho, ¿la imaginación es el bien más verdadero y liberador?
Así lo creo, tengo el convencimiento absoluto de que la imaginación proporciona un sustituto soberano a la vulgaridad cotidiana. La imaginación, que es al mismo tiempo el fermento de la experiencia y el antídoto contra el horror de la vida, nos hace poderosos siendo como somos seres insignificantes y efímeros, nos permite trascender las infinitas magnitudes del espacio y el tiempo. Vivir sólo una vida me parece una terrible prisión. Decía Pessoa que toda la literatura es un esfuerzo por hacer real la vida, que es absolutamente irreal en su realidad directa. Yo lo simplificaría aún más con la siguiente fórmula: la realidad es fantástica y la ficción real. Y la imaginación se nos presenta como un ave de grandes alas con la que podemos sobrevolar el territorio en busca de tesoros valiosos, confortadores, nutritivos. Cuando escribí “Nubes de piedra” era joven, me fascinaban las perspectivas imposibles de Escher, las prisiones imaginarias de Piranesi o el expresionismo fantástico de Kubin, e intentaba que lo imaginativo cabalgara con furor desbocado, que fuera -como en el primer Romanticismo- hermoso, loco, embelesador, y un tanto perverso, como se podrá comprobar a lo largo del libro en muchos ejemplos de incorrección política.


3.-¿Cuál es el núcleo de estos relatos, si es que lo tienen?
Los relatos de “Nubes de piedra” son extraños disparates, historias que tienen un pie en el delirio (Como en “In extremis”, “El efecto del polvo Pyrethrum sobre los insectos”, “El otro diluvio” o “El hombre sucio”), piezas provistas de formas y texturas distintas (como “China”, “Látigo”, “Creciente” o “34 historias de amor”), y creo que que su centro de gravedad es la fruición imaginativa, aunque el placer lingüístico ya empieza a despuntar (véase “Primula Veris”). Pensándolo bien, quizá estos relatos expresen, esencialmente, la perplejidad de aquel joven ante el mundo, su rebeldía contenida, sus miedos, su necesidad de evasión.

4.-¿Es cierta la impresión de que en este primer libro de relatos hay mucho más humor que en los posteriores?
Totalmente, aunque con matices. No puedo evitar que en casi todos mis libros se filtre la ironía, pero sí es verdad que lo hace de forma decreciente (supongo que a medida que la vida va tomando rasgos de pesadilla demencial y que uno ya se va acercando a los momentos aurorales de la senectud). Y, al mismo tiempo, entre el abundante humor negro de “Nubes de piedra” comienzan a emerger ya burbujas de misterio, maravilla o sorpresa. En aquella época, además, descubrí la Patafísica e hice mío el lema de Boris Vian, uno de sus más inspirados príncipes: me esfuerzo de buena gana en pensar cosas en las que pienso que los demás no pensarán. De hecho, la Ciencia de las Soluciones Imaginarias potenció claramente algunos de estos relatos, como “Pulstar” o “El Club de los Novecientos Flautistas”. También me gustaba en aquellos años el sarcasmo desmitificador, aunque un poco elemental y escatológico, de Gógol: “El ser humano es un sujeto que se cree estupendo hasta que sufre un retortijón”.

5.-Marina Tapia vuelve a ilustrar un libro suyo, ¿no es cierto?
En efecto, Marina, una de las más cabales poetas en castellano, también es artista gráfica y ya tuve el privilegio de que ilustrara la segunda edición de “Astrolabio” (Reino de Cordelia). Y es un verdadero placer contar de nuevo con su arte. Ella siempre capta el espíritu del texto y lo enriquece con sugestivos detalles y perspectivas. Marina, que tiene una curiosidad insaciable por el mundo y a la vez una delicadeza especial para mirarlo, sabe destilar poéticamente cada relato y dejarlo en sus elementos esenciales. Flaubert, por ejemplo, era enemigo de las ilustraciones, le exasperaban, pensaba que “la más hermosa descripción literaria es devorada por el dibujo más ramplón”. No obstante, opino que, en este caso, el inmenso talento de Marina y el libérrimo carácter de estos relatos impiden tal eventualidad.

6.-¿Por qué se ha decantado por Fagus Editorial?
Por la entusiasta labor a favor del cuento por parte de la editora Silvina Elías y del escritor Beni Domínguez (tienen incluso el proyecto de revivir los “Pliegos de cordel” ilustrados. A ambos les agradezco de corazón su interés en publicar esta mi primera colección de relatos. Y no me olvido de José Luis Gärtner, que le ha regalado al volumen un pórtico de altura, un estimulante, un ingenioso y completísimo prólogo. Ojalá el lector que se acerque a esta historias las recuerde luego como sueños. Ojalá, aunque hayan cumplido ya cuarenta años, al lector que muerda esta fruta desconocida (en su doble acepción de obra inédita y extraña) le parezca una pieza refrescante que todavía conserva su acidez.




lunes, 12 de junio de 2023

Presentación de "Nubes de piedra"

Os dejo con mi texto para la presentación de Nubes de piedra (Fagus Editorial), con ilustraciones de Marina Tapia y prólogo de José Luis Gärtner. Se celebró en la librería Picasso de Granada el sábado 10 de junio de 2023.




    No puedo estar más feliz por el nacimiento de esta criatura de papel: fue gestada hace casi cincuenta años (¡qué barbaridad!) y sin embargo llega hoy lustrosa al mundo, como un recién nacido arropado por los mejores padrinos y madrinas posibles, por la editora Silvina Elías y el escritor Beni Domínguez con su entusiasta labor a favor del cuento en Fagus Editorial; por José Luis Gärtner con su generoso, ingenioso y completo prólogo, tan heterodoxo como él mismo; y por Marina Tapia con su arte, con sus vislumbres, con su delicadeza especial para mirar el mundo, con su capacidad para destilar poética y sugestivamente cada relato dejándolo en sus elementos esenciales.


    Aunque fui uno de esos niños repelentes que a los once años ya está escribiendo versos debajo de las sábanas (mientras estudiaba en La Salle), no creo haber sido uno de esos jóvenes letraheridos y arrogantes que se imaginan que el mundo está esperando su prosa. De hecho, fue un servidor el que tuvo que esperar veinte años a ver un libro suyo en el escaparate de una librería y treinta a ser publicado por una editorial nacional. Pues bien, tras aquella etapa en La Salle y tras cinco años escribiendo poesía, en 1978 cayó en mis manos la Antología de la literatura fantástica, de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, y sufrí una combustión espontánea. La lectura de aquel libro me inoculó para siempre el veneno del relato imaginativo. El formidable, el nutricio impacto de aquellos textos (junto con el de otros autores menos conocidos descubiertos, por ejemplo, en la valiosísima antología publicada en 1977 por Bruguera en dos volúmenes, Narraciones de lo real y lo fantástico) me hicieron abandonar la poesía y entregarme con brío a la imaginación, capaz esta de convertir las historias en alfombras voladoras. Aún me veo escribiendo con furor desbocado, tecleando con fuerza en una Olivetti verde, en mi dormitorio, rodeado de posters de cine, imágenes de cómic y fotografías de escritores, envuelto en un papel pintado lleno de espirales que mareaban a todo el que entraba en la habitación. Aún recuerdo ese milagroso impulso, esa poderosa excitación, esa pasión creativa caudalosa y libre. Aún recuerdo a la mente hirviendo, encendiéndose como un tizón que alumbrara un lugar encantado, cuando uno se creía capaz de ponerle herraduras al diablo. Aún revivo esa intensidad, esa ebriedad de la imaginación haciéndome planear sobre las tierras y mares del tiempo, sin miedo a la gramática, a la sintaxis, a los anacronismos o los neologismos, haciéndome vivir febrilmente en el interior de los seductores espejismos de las ficciones. Eran los jóvenes años en que uno anhelaba que lo imaginativo fuera, como en el primer Romanticismo, hermoso, loco, embelesador. Eran los años de un convencimiento absoluto: que la imaginación proporciona un sustituto soberano a la vulgar realidad de la experiencia veraz. Me fui acostumbrando, sin saberlo, a que sólo lo extraño me resultara familiar. Pronto sentí predilección por las historias extraordinarias, desaforadas, especulativas, visionarias, enemigas del día, por los desvaríos de la percepción, por los gabinetes de maravillas, por el lado de la sombra en definitiva.



    Este libro que hoy presentamos, Nubes de piedra, es mi prehistoria literaria, mi punto de partida, pero no es sólo un libro de tanteo; creo que en él, escrito a finales de los 70 y comienzos de los 80 (cuando, como dice José Luis Gärtner en el prólogo, “era rubio y hermoso como la cerveza”; ahora, me temo, no soy más que un chupito de ron pálido y añejo) ya está presente el germen de los principales temas de mis libros posteriores: lo extraño, lo inquietante, lo sorprendente, la ironía e incluso la sátira, las premisas extravagantes, las composiciones pesadillescas, las propuestas asombrosas, los retos narrativos. Aquel narrador en ciernes ya comenzaba a gozar con la capacidad subversiva de la escritura breve. Ya comenzaba a pulsar las notas espectrales, a desarrollar ángulos de visión inusuales, historias inauditas, mundos alternativos, a violentar las reglas de los posible, a percibir el mundo con una mirada curiosa y perpleja. Que lo haya conseguido o no, es ya otra historia. De lo que sí tengo certeza es de que, al principio, en mis relatos las palabras caían más como meteoritos, mientras que con el tiempo he intentado de que lo hagan como suaves copos. Pese a todo, aquella prosa era de alguna forma más relajada, más permisiva con el material que dejaba entrar en ella. Al no existir Internet, al no disponer de libros de consulta a mi alcance aparte de una pequeña enciclopedia de tapas rojas, al verme obligado -cada vez que necesitaba hacer alguna consulta en la Biblioteca Provincial de Granada- a coger dos autobuses desde el pueblo y caminar andando por la Vega de noche en caso de perder el último, opté en no pocas ocasiones por inventarme flora, fauna y vocablos diversos; algo que, al tratarse de literatura más o menos fantástica, le venía como anillo al dedo. Al fin y al cabo, estas historias me las contaba a mí, me complacía hablar de lo que no conocía, y no tenía ningún interés en la reproducción a escala real del mundo. Al fin y al cabo, hasta el mismo Marcel Proust, en una carta a madame Straus, reconoció que la única forma de defender el lenguaje es atacarlo.



    Más tarde descubrí la Patafísica e hice mío con ganas el lema de Boris Vian, uno de sus más inspirados príncipes: me esfuerzo de buena gana en pensar cosas en las que pienso que los demás no pensarán. Máxima creativa que empezó a dar sus frutos en este volumen, donde hay alojados dos relatos estrictamente patafísicos, Pulstar y El Club de los Novecientos Flautistas. Supe luego que la literatura se oxigena mediante los desafíos, que aquellos que no tienen imaginación se refugian en la realidad, que en la guerra contra la realidad la imaginación es la única arma. Y la mía, en aquella época, era un tanto perversa, como podréis comprobar en muchos ejemplos de incorrección política que espolvorean estas Nubes de piedra, a años luz de nuestro tiempo de fábulas esterilizadas por el buenismo o la moralina. Sigo pensando que se lee para sumergirnos en otros mundos, precisamente en esos mundos remotos, exóticos, fascinadores y -por qué no- desasosegantes de la imaginación. Es sabido que lo que se sueña, lo que se desea, tiene también su realidad, aunque de ordinario las ordinarias preocupaciones de la vida práctica no dejen volar al daimon de los sueños. Por esa razón adoraba -y trataba de emular- a los profanadores de realidades, a los creadores de asombros, a los exploradores de los márgenes, a los que construyen en el lomo del misterio, a los que buscan el sentido de lo inaudito, del milagro, del estupor. Por ese motivo pensaba que los escritores que son esclavos de la realidad están penosamente limitados. Pascal, en sus Pensamientos, confiesa que nada hay más inquietante que oír el giro de una veleta de noche sin viento. Esa sensación, ese escalofrío, esa reverberación especial de la mente es lo que buscaba en mis narraciones, adobadas además con frecuencia (sobre todo en aquella primera etapa), con dosis abundantes de humor negro.



    Creo que los 35 relatos de Nubes de piedra viven en ese estado fronterizo entre el sueño y la realidad, entre la humorada y la insolencia propia de la primera juventud, entre la fantasía y una incipiente exigencia formal. Son como una sonrisa sin gato del personaje de Alicia en el País de las Maravillas. Lógicamente, muchos los escribía sobre la base de mis lecturas mientras luchaba por encontrar el vínculo entre literatura y vida. Me parece, pensándolo ahora, que la ironía presente aquí se debía tal vez a un innato sentido de la injusticia, al deseo de emular por ejemplo la salvaje indignación de Swift, de vengar (al menos sobre el papel) la que sufren aquellos miembros de la especie que son víctimas de la estupidez, la ambición, la crueldad o la hipocresía de sus semejantes. Por otra parte, con estos textos comencé a tantear las posibilidades de ese cubo de Rubik que es el relato corto: en poco espacio hay que crear la premisa, el conflicto, los personajes, la atmósfera, la voz narrativa y la resolución, y todo ello intentando mantener el interés de la página. 48 años después, ya he abandonado el cultivo de ese primoroso y sugestivo jardincillo de la ficción por el terreno sin bardas de lo híbrido. En cualquier caso, a estas alturas, tengo la impresión de que si llevo la penitencia del carácter minoritario de mi obra es debido, entre otras cosas, a una independencia insobornable, a mi condición de autor periférico, a mi preciosismo estilístico y a que solía anteponer la invención y la imaginación a la calderilla de la realidad ordinaria. Como Jules Laforgue -o como todo buen epígono del Romanticismo- me lamento sin cesar de que la vida sea demasiado cotidiana, objetiva y chata, me lamento de no vivir en el lugar en que ocurren los prodigios.



    Se dice que las obras de juventud son fuego y oro y las de madurez sobriedad y plata. Ojalá este libro sea al menos, para el lector, como morder una fruta desconocida, en su doble sentido de obra inédita y extraña. Un fruta refrescante que todavía conserva su acidez. Y espero que las historias que contienen resulten interesantes no sólo para el seguidor que ya me ha tomado cierto apego, el especialista o el curioso, sino también para el aficionado al género del relato en particular y el amante de la literatura en general. En fin, como solía decirse, si sale con barba san Antón, y si no la Purísima Concepción.