He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

domingo, 27 de mayo de 2018

Perlas de Indra


A petición del escritor Francisco Bravo (autor de Visiones inefables y profesor de escritura creativa), que está enfrascado en un trabajo de literatura comparada entre un cuento de Clarice Lispector y Perlas de Indra, Ángel escribió las siguientes notas sobre la génesis de tan turbador relato, perteneciente a Las frutas de la luna:



Las perlas de Indra (o la red de Indra) no son más que uno de los muchos motivos, temas, conceptos o piedras miliares que me han fascinado desde siempre y que he guardado durante años en mis carpetas de proyectos, a la espera de una espoleta que los hiciera estallar. Esa imagen en concreto proviene del budismo Mahayana, de unos escritos de hace cinco mil años acerca de una red semejante a una tela de araña cubierta con gotas de rocío, que se expande en todas direcciones y que contiene en cada intersección una perla brillante que refleja todas las perlas de la red, en una fuga infinita de reflejos, de fenómenos interdependientes, de causas y efectos íntimamente conectados. 

La espoleta fue la indignación ante la reiteradas noticias sobre uno de los muchos horrores del mundo: las sistemáticas violaciones infantiles en la India, lacra social que sólo en Nueva Delhi arroja un saldo de tres niñas violadas cada día. Según cifras de la Agencia Nacional de Registro de Delitos de la India (NCRB), en 2015, último año del que hay datos, en el país se produjeron 32.328 abusos sexuales, y una tercera parte de las víctimas fueron niñas o niños. 

Normalmente trabajo con la extrañeza, me aplico a superponer estratos de misterios latentes o a armar cuentos simbólicos en torno a un núcleo, pero Perlas de Indra está más cerca del relato denuncia. Además de seguir explorando las refracciones del mal -como ya hice en Los demonios del lugar de manera intensiva y extensiva-, de lo inhumano de la naturaleza humana (que parece que nada pudiera cambiar), de lo atroz e intolerable en el hombre (al que no conocemos sino domado o con bozal en la civilización), mi intención con Perlas de Indra fue también la de ejercer una especie de justicia poética, resarcir -siquiera en la ficción- a las víctimas de violencia, procurarles un refugio a los pisoteados, a los vulnerables, a los inocentes, a todos los que alguna vez se han sentido clavos a merced de martillos inclementes. Buscaba transmutar el sufrimiento en compasión. Trascender el odio a través de una rebelión moral contra la indefensión, a través de una especie de trance místico. En este texto, mezclando a partes iguales lo devastador y esperanzador, intentaba burlar a la brutalidad, que la repulsión del poder desapareciera como por arte de magia en un salto espaciotemporal, en una totalidad resplandeciente. Es la visión de los parias liberados de sus íncubos, hurtados a ellos más bien. Es, sencillamente, el deseo de que ocurran milagros. 

Y pensé que la única forma de superar el malestar de la pavorosa escena del relato, esa realidad emotiva tan intensa, era mediante el dulcísimo conjuro de las palabras, mediante un lenguaje que fuera a la vez transmisor y bálsamo, que ayudara al lector a no apartar la vista, a no abandonar la lectura, que la propia poesía con la que estaba siendo narrada la historia inoculara un contraveneno para poder soportarla y sobrevivir anímicamente a ella. 

Y recordé a Schopenhauer confesando que no conocía plegaria más hermosa que aquella con que terminaban todas las obras antiguas del teatro hindú: "Puedan permanecer libres de dolores todos los seres vivientes".



PERLAS DE INDRA 


Tenía nueve años cuando ocurrió. Eran las primeras horas de la tarde y yo recogía berros en la orilla del canal Gobindapur, sola, con el agua hasta las rodillas. He sido huérfana desde que tengo memoria. Una vez alguien me dijo que quizá mi madre no pudo permitirse la dote de una segunda hija, que tal vez intentó envenenarme con bayas de adelfa y que algún familiar se apiadó de mí, abandonándome en la ciudad. Bela jai, el tiempo pasa. A veces, cuando había suerte, cocía perolas de ropa de bramán o tejía sin descanso en telares atestados y dormía en camastros de cuerda. Pero casi siempre mendigaba con un cuenco en la mano, como las viudas de cabeza afeitada que se sientan en la escalinata que desciende hacia el río, y dormía en el suelo, junto a las aguas fecales y las ratas que se electrocutan al morder el cableado eléctrico. Eran las primeras horas de la tarde y recogía berros en la orilla del canal cuando, a mi espalda, una voz colmada de amabilidad preguntó si tenía hambre. Me volví. Dos hombres me miraban fijamente, riendo entre dientes. El más bajo había tendido las manos abiertas en mi dirección. En una de sus palmas mostraba una paratha de trigo, doblada, rellena, hermosa como una una gran mariposa de color dorado. En la otra, un tentador plato de hoja de banano. De pronto me vi sobre la tierra de la orilla con los ojos avivados por la promesa de aquel festín. Tenía nueve años cuando ocurrió. Bela jai. En un abrir y cerrar de ojos, el hombre más alto me agarró del pelo y me arrastró tras el tronco de un tamarindo. Como grité, me abofeteó con fuerza y me empujó la cabeza contra el suelo mientras daba un graznido amenazador. Tenía un ojo en blanco y los pelos le desbordaban de las orejas. Con la mano libre levantó mi sari sucio y deshilachado. A esa hora, al otro lado del río, más allá de sus verdes isletas y de las plantaciones de añil, las aves limpiarían los dientes de los cocodrilos y los murciélagos colgarían de los mangos. A esa hora, en este lado, más allá de las entrecruzadas vías de ferrocarril, la gente martillaría el cobre, prepararía ladrillos de bosta de vaca para el fuego, colgaría cubos de un yugo, barrería esterillas de junco, escupiría jugo de betel dejando por todas partes manchas rojizas como hojas de henna. A esa misma hora, en la ciudad, el aire herviría con el calor y los gases de los tubos de escape, las calzadas estarían repletas de carromatos y de peatones apretujados, de vendedores y repartidores, de carteristas y astrólogos, de traperos y rickshawallas, de tullidos y timadores, de motos con seis pasajeros, moviéndose todos frenéticamente entre la ruidosa maraña de talleres y puestos callejeros. Tenía nueve años cuando me oriné de puro miedo bajo el peso de aquel hombre alto. Eran las primeras horas de la tarde. Mi corazón golpeteaba como el bastidor de un telar, como la lluvia del monzón. Tumbada, me manoseó con ferocidad mientras el otro hacía guardia y me miraba sonriendo de oreja a oreja. Al pie del tamarindo, en la sombra, llenos de polvo, descubrí el plato de hoja de banano y la paratha de trigo. Eso fue antes de que mi vientre ardiera de repente, como un terrón de alcanfor cuando se ofrenda ante un ídolo. Nunca había sentido tanto dolor. La saliva del hombre alto se descolgaba sobre mis mejillas. Tenía un ojo blanco y los pelos le desbordaban las orejas. Deseé ser una de esas arañas nadadoras que corren por el agua, pero mis piernas estaban abiertas y quebradas como una ramita de neem. Deseé ocultarme en la torre del silencio, formar una trenza con mi voz y mi llanto, entretejer los gritos con gemidos y estos con susurros hasta que el miedo quedara prieto en un nudo, pero el daño y la vergüenza me hacían chillar hasta enronquecer. Deseé que el dios mono me llevara lejos de la orilla del canal, asida al extremo de su cola en llamas, pero no podía soltarme. Deseé que mi vida no se prolongara ni un segundo más. Tenía nueve años cuando los dos hombres, enardecidos, se turnaron sobre mi diminuto cuerpo aplastado. De su arrimo nacieron reguerillos de sangre que sentía escurrir por los muslos. Bela jai. Un perro ladró a lo lejos. Me llegó el penetrante olor de flores de mogra y el especiado de un horno de barro. Eran las primeras horas de la tarde cuando, apremiada por cada empujón hacia la muerte, me acordé de aquel zarcillo que me gustaba contemplar, una y otra vez, en un bazar de la calle Masjidbari. Como si apretara muy fuerte una inesperada rupia en el puño, como si jugara de nuevo a atrapar con mi mano un rayo de sol, mi mente se aferró al recuerdo de aquella joya inalcanzable, delicada y fresca como una uva pelada. A partir de ese momento, el diluvio de aflicción fue cesando. Mis dientes dejaron de castañetear. Mi garganta, de implorar. Mis ojos, de extraviarse. Y, poco a poco, el aire se volvió más fresco, las hojas de palma dejaron de susurrar como papel crujiente y se hizo el silencio. A medida que la luz del zarcillo verde se abría camino desde mi centro, por primera vez en mi vida sentí curiosidad por lo que iba a suceder después. Con la dulzura de un bálsamo, su intensa claridad parecía baldear el dolor y el miedo, interceder por mi destino, librarme del desamparo para acogerme en esa red de la que había oído hablar a los santones junto al templo Paresnath, la de los actos justos. Dijeron que una red mantiene unido al mundo mediante finísimas cuerdas de seda, con perlas de gran brillo en cada cruce de esa telaraña de plata, reflejando cada una a todas las demás como espejos que corrieran hacia el infinito. En un instante, los dos hombres desaparecieron, sin tiempo para rematarme. El mundo también desapareció. Al menos el mundo que yo conocía. Y, a velocidad de relámpago, salté de un hilo de la red a otro, me dejé ir, volé hasta un lugar extraño pero confortable, un lejano lugar sin hambre ni calamidades, donde personas desconocidas con otro color de piel me procuraban sustento, pagaban mis estudios, se aseguraban de que sonriera. Había lechos mullidos, agua corriente y ropa limpia. Y si me miraba en los relucientes espejos, podía contemplar el zarcillo delicado y verde como una uva pelada, apreciar el milagro de su fulgor pendiendo de mi oreja derecha. Desde entonces lo acaricio con frecuencia entre las yemas de los dedos, pensando en el asombroso tránsito de mi vida, en la alianza que creía perenne de miseria y abandono y ahora desvanecida para siempre, preguntándome de quién habría sido voluntad todo lo sucedido hace treinta años. No he olvidado que tenía nueve cuando conocí la compasión. Eran las primeras horas de la tarde y yo recogía berros en la orilla del canal Gobindapur, sola, con el agua hasta las rodillas. Bela jai. El tiempo pasa. 




4 comentarios:

  1. Oh! Que cuento tan maravilloso, con que sutileza se transforma el dolor y la miseria en poesía. Que universo de sensaciones y palabras tan ricamente expresadas hasta llegar al fondo del alma. "Como desearía poseer una mil millonésima dosis de esa maestra imaginación". ME HA ENCANTADO.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Que maravilloso cuento y con que sabiduría y delicadeza has transformado el dolor y la maldad humana en poesía a la naturaleza. Me ha encantado. Cómo me gustaría poseer aunque solo fuera una mil millonésima parte de esa maestría.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  3. Querida amiga, siento que por un problema del blog no nos hayan llegado antes tus comentarios. Muchísimas gracias por tus palabras.

    ResponderEliminar
  4. Querida amiga, siento que por un problema del blog no nos hayan llegado antes tus comentarios. Muchísimas gracias por tus palabras.

    ResponderEliminar