He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

martes, 28 de abril de 2026

Presentación de "Holobionte" en la Feria del Libro de Granada

Feliz por el bautizo de “Holobionte”, por la lealtad lectora de los amigos, por el ingenio de Álex Molina y su menú olgosiano en una tarde de domingo pletórica en la Feria del Libro de Granada, por todos los cómplices, por todos los peregrinos de la belleza que se acercaron a este o a cualquiera de los actos, casetas, libros y autores que están poniendo un granito de arena para una manera civilizada de vivir. Comparto mi texto de presentación de este “Holobionte” que es una visión irónica de la sociedad humana y un espejo incómodo de su naturaleza: el mal y la fealdad ya se cuidan solos, son el bien y la belleza los que necesitan de nuestros cuidados.



<<El título que quizá hubiera sido perfecto para este libro ya lo usó para el suyo en el siglo XVIII un monje benedictino, fray Juan Crisóstomo de Olóriz: “Molestias del trato humano”. Este tomito fue el libro de cabecera de Pío Baroja y a él volvía cada vez que era víctima de alguna de las mil refinadas formas en que el prójimo tiene por costumbre expresarse, incomodando a los demás queriendo o sin querer. El título mío, “Holobionte”, es una actualización más biológica; remite al término acuñado por la bióloga Lynn Margulis para designar el ecosistema conformado por la simbiosis entre especies que colaboran entre sí y, al hacerlo, acaban modificando el medio en que viven. Los humanos mismos somos holobiontes: nuestro cuerpo aloja miríadas de microorganismos que cumplen diversas funciones en su propio beneficio y en el nuestro. Como apunta en su prólogo el maestro argentino del relato breve Raúl Brasca, y como sugiere la hermosa portada de Marina, este libro es una visión crítica de la sociedad humana.



Es cierto que gran parte de los relatos que componen este cuarto volumen de mis cuentos completos -donde he extraído todos los escritos en más de cuarenta años con referencias al prójimo y la sociedad- tratan sobre la desconfianza en la compañía humana, sobre las misteriosas y azarosas órbitas en las que todos nos movemos y que provocan rivalidades y sometimientos o dolorosas colisiones, sin embargo también abarcan situaciones más dulces, compañías menos ásperas o incluso gloriosas, así como comunidades adorables: desde narraciones que hablan de colaboración, lealtad, abnegación y amistad en distintos grados, pasando por variadas formas de amor filial, hasta un texto que describe los momentos climáticos de la pasión, de la fusión más íntima y completa entre dos personas. Pero también es cierto que, dependiendo de la suerte que se tenga en ámbitos familiares, laborales o vecinales, la gente por lo general provoca más molestias que favores o placeres. Creo que fue Pla el que dijo que el hecho de que te dejen en paz y de dejar en paz a los demás es la empresa humana más elevada. Y es que muchas veces la entrada en nuestra vida de otras personas, con su agitación, supone una de las causas más profusas de dolor, aunque por fortuna también de felicidad. Por otro lado, Azorín se quejaba de que en El Quijote una interminable caterva de malandrines y bellacos engañaban, aporreaban, lisiaban al sin par caballero, y el escritor alicantino se preguntaba “¿Qué país es éste?” Un hombre bueno camina por España a la ventura, deseoso de hacer el bien a todos; es discreto, cortés, generoso. Y todos lo maltratan y lo burlan, desde el ventero hasta el duque. ¿Qué país es éste?, se volvía a preguntar Azorín.



No puede uno dejar de pensar que la vida es un obsequio (envenenado, pues sabemos que conlleva la pena de muerte), que aquí estamos todos disfrutando momentáneamente este regalo, y que nos han dejado con nuestros semejantes, los otros condenados, minúsculos todos y perdidos en el abrumador vacío universal. ¿Y qué hacemos? Levantarnos en guerra contra nuestro prójimo, convertirnos en adversarios, en víctimas o en opresores, en tierra ignota para el otro. Pero, como se preguntaba Lou Reed, ¿no somos todos tan comunes como copos de nieve? No obstante, aunque cada uno de nosotros vivamos en la conciencia de un único yo -por la que cada cual se cree inevitablemente el centro del mundo-, todo, hasta lo fantástico o lo sobrenatural, tiene un constructo social. Sólo lo social -a partir de instrumentos como el lenguaje, el juego o los vínculos familiares- nos ayuda a desarrollarnos y a percibir las emociones. Incluso los que carecemos de habilidades sociales, los que vivimos en una Siberia carente de lazos colectivos, debemos acatar esta verdad. En definitiva, nos acompañamos, nos hacemos daño, nos amamos mientras intentamos responder nuestra pregunta primordial: ¿estamos vivos antes de morir?



Dostoyevski, que no creía en la influencia del entorno sobre el comportamiento humano y pensaba que el hombre tenía ya dentro de sí todo lo bueno y todo lo malo, no influyó tanto en mi visión del mundo como lo hicieron, marcándome a fuego, las ideas de Schopenhauer: la vida del ser humano es un perpetuo combate, una guerra sin tregua, no sólo contra males abstractos -la miseria, la fugacidad o el hastío- sino contra los demás; un infierno en el que los hombres se dividen en almas atormentadas y diablos atormentadores; una cacería incesante donde los seres, unas veces cazadores y otros cazados, se disputan las piltrafas de una presa. Sin ser muy quisquilloso, cuántas veces no se ha visto esto refrendado en la convivencia inhóspita de cada día. Todos somos mezquinos en algún momento. Es el dilema del erizo, propuesto también por Schopenhauer, donde las convenciones son una coraza que protege a unos erizos de las púas de otros erizos; donde, al buscar la proximidad corporal para satisfacer su necesidad de calor, más dolor causan las púas del erizo vecino y, al alejarse, vuelve la sensación de frío y soledad, lo que los obliga a encontrar la separación óptima, la más soportable.



En “Holobionte” se baja al barro, se saca punta a la condición humana, a los vínculos que nos unen y a los rencores que nos separan, al cíclico teatro de la vanidad, la estupidez y la crueldad de los hombres. En ese espejo incómodo y nada complaciente hay miradas irónicas acerca de ella, sarcásticas, terroríficas, tiernas, implacables, cómplices o esperanzadoras. Es una geometría fractal de las relaciones interpersonales, un caldero donde hierven los sentimientos, la fatalidad, las luchas de poder, los encontronazos como carneros salvajes, los protocolos hipócritas, las miserias, las vilezas, las humillaciones, pero también las entregas desinteresadas y todas esas personas maravillosas y esas pequeñas loterías que tocan de vez en cuando haciendo soportable el baño maría de la existencia. En muchos de sus relatos, la inocencia y la singularidad de los protagonistas se ven amenazadas por el carácter despótico del prójimo o por la brutalidad de las instituciones. He intentado mirar la naturaleza humana no sólo con su patetismo, sus prejuicios, incoherencias y servilismos, sino también con sus grandes cualidades, su constancia, entusiasmo o solidaridad. Por estas páginas pasean misántropos, solipsistas, vecinos inquietantes, padres e hijos, máscaras y dobles, tribus y corporaciones, revoluciones y reconciliaciones, ceremonias grupales, guerras civiles, veladas absurdas, historias de amor y desamor. Y está también el que considero el mejor relato que he escrito nunca, “El síndrome de Lugrís”, el más extenso: para mí fue como mi propia subida al Everest, un esfuerzo titánico en mi humilde búsqueda de la excelencia literaria. Durante cuatro décadas he escrito relatos que son una visión de conjunto de la especie, otros que aplican a los seres humanos una lente de aumento, y otros que podríamos llamar bifocales, donde se alternan las dos perspectivas. Esto hace que los lectores puedan reconocerse en ciertas conductas; a fin de cuentas, reconocer al otro es quizá nuestra asignatura pendiente y una perenne fuente de dolor a lo largo de la historia. Y es que las ficciones sociales a menudo son fricciones amargas. Paradójicamente, estas animosidades contempladas desde una nube resultarían insignificantes; de cerca, son absurdas e incomprensibles. Nada raro por otra parte porque, como dice el biólogo Edward Wilson en su célebre cita, hemos creado una civilización de La Guerra de las Galaxias, con emociones de la Edad de Piedra, instituciones medievales y tecnología que parece de dioses.



Este volumen (en el que predominan los microrrelatos a la hora de tratar el rumor de la colmena humana, el eterno y delicado problema de la incomprensión de los seres y de sus complejísimas relaciones, y que aunque siendo relatos breves se siguen moviendo -como siempre en mi caso- entre la concisión y la exuberancia de detalles) es un viaje en compañía de nuestros semejantes, un viaje para encontrar -además de desencuentros- una pizca de sentido, e incluso pequeñas victorias éticas. Montaigne decía que se debe viajar no sólo para conocer el espíritu y las costumbres de los países, sino para frotar y limar nuestro cerebro con el de los demás. En realidad, el azar ya se encarga de eso, pues somos como bolas de billar lanzadas con efecto: basta un roce con otra bola para salir disparados hacia otro punto inesperado. Pero las relaciones humanas pueden ser motivo de cordialidad. Aunque a veces se tenga la impresión de que el ser humano lleva dentro una fiera que no debe oler la sangre, hay muchísimas más almas comprensivas que tiznadas de un hollín demoníaco. Cada ser humano me parece un milagro, decía Julián Marías. Habría que hallar el valor extraviado de las palabras, de la concordia, de la cortesía, de escuchar y contar, de sentir compasión, de recuperar nuestra humanidad. Puede que el verdadero encanto de la existencia resida en la belleza de darse a los demás. Recordemos el lema humanista de la Institución Libre de Enseñanza: “Todo lo sabemos entre todos”. Puede que, después de todo, no sea el prójimo el más experto de los torturadores, sino uno mismo.



Con frecuencia resulta difícil defender esta tesis, mientras se sufre compañía, se ven las noticias y se vive en un mundo que sólo protege a los sátrapas, donde la bondad y la inteligencia parecen estorbar, y donde la sociedad tiende hacia una esclavitud voluntaria, sin amos. Según H. G. Wells, ningún camino intermedio se abre ante la humanidad: o se eleva o se hunde. Esto no tiene remedio hasta que dejemos de odiar la libertad ajena, hasta que sepamos organizar la rabia y defender la alegría, hasta que no cambie la cultura, entendida como las normas para una manera civilizada de vivir, de relacionarse con los demás y con el resto de seres vivos del entorno; hasta que se imponga por sí sola la forma más noble de inteligencia, la empatía, esa apertura del corazón, esa capacidad de ponerse en el lugar del otro; hasta que dejemos de estar separados por las fronteras de la mente; a un lado el respeto y el pudor, y al otro el abuso, el dominio o la barbarie. A lo que voy: el mal y la fealdad ya se cuidan solos, son el bien y la belleza los que necesitan de nuestros cuidados. Por otra parte, cada uno de nosotros contiene multitudes, lo que lo complica aún más todo, y cada uno de nosotros es -como pensaba Pascal- gloria y desecho del universo. Así son las cosas. En todas partes ocurre que para que unos estén contentos otros tienen que no estarlo. Por el simple hecho de abrir los ojos se comprueba que el mundo es mundo y los hombres son los hombres, siempre con su carga de soledad y flaquezas, de afectos y odios, de anhelos y alegrías, cada uno representando como buenamente puede su papel en este escenario. Hasta que llega el momento en que alguien nos dice al oído: “Aparte de eso, señora Lincoln, ¿qué le ha parecido la representación?”>>.








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