Comparto mi prólogo de “Ordalías”, el magnífico libro de relatos de Alejandro Molina (Entorno Gráfico) que presentamos el sábado en la Sala Zaida, y algunas imágenes del acto y del encuentro con algunos amigos escritores en la 44 Feria del Libro de Granada:
<<”Hay que ver lo difícil, lo extraordinario que es escribir algo divertido y ameno. La gente no quiere creerlo así. Supone que es mucho más serio lo que le aburre que lo que le divierte”, se quejaba Baroja. El último libro publicado de Alejandro Molina, “Ordalías”, demuestra la clarividencia de don Pío. Autor de una nutrida obra narrativa, las novelas “Defunctos Ploro”, “Elección y sacrificio”, “Y tú durante” y los libros de relatos “Mañana no habrá ayer”, “El glaciar” y “Luces prestadas” (todos en Ediciones Oblicuas), Alejandro recupera en “Ordalías” muchos de sus cuentos inéditos e incorpora alguno de última hornada, evidenciando que su talento literario se remonta a la adolescencia y juventud. Y es que una vez comenzada su lectura, ya no se puede parar hasta terminar el volumen: son piezas adictivas, algo muy difícil de lograr, en el mismo sentido en que lo fue para un servidor en su momento la obra de Bukowski, por ejemplo. El humor de premisas y enfoques, la soltura, la frescura, el ritmo vivacísimo, la endiablada pericia para los diálogos (sin necesidad de guiones ni verbos ‘dicendi’) procuran el placer casi culpable de una drogadicción, indepedientemente del tema tratado. Por algo, además de profesor de Historia, Alejandro es diplomado en Escritura de Guión por el Instituto de Cine de Madrid. Pero la plasticidad de esas reverberaciones de emisores y receptores hilvanadas al instante, ese torrente increíblemente fluido que atrapa al lector deslizándolo como sobre una tabla de surf, esa facilidad comunicativa para que los personajes ofrezcan a tal velocidad −y con tal naturalidad− sus duelos de esgrima verbal viene sin duda de más allá, del lugar donde nacen los milagros. Como decía Pierre Michon, “la literatura no solo requiere oficio, hay una parte de don que resulta inexplicable. Y se posee o no. Ya existen demasiados oficinistas de la literatura”.
En el pasado, Alejandro Molina acreditó de sobra que sabe levantar el vuelo estilístico y dotar a un texto de altísima densidad literaria (¡y de qué modo en su faulkneriana novela “Y tú durante”!), pero con esta recopilación también revela que no necesita una retórica granada y poderosa para componer piezas vitales, inquietantes o jocosas. Los relatos de “Ordalías”, como los de sus libros anteriores, tienen unos acordes más naturalistas pese a su cercanía en ocasiones a lo fantástico, unos mimbres más sencillos y corrientes, sin embargo el lector se los bebe igual, los engulle golosamente, tal es la prodigiosa agilidad de las narraciones. Todo ello se enriquece, además, con la diversidad temática del conjunto: deudor por lo general de Carver en sus relatos y de Faulkner en sus novelas, Alejandro lleva su curiosidad innata a lo paranormal y luctuoso, y sabe modular el grado de intensidad de los textos; véase, por ejemplo, “Un relato de Lovecraft”, “El agujero”, “Juan XI, v.43”, “Antigüedades”, “Un palmo más pequeño” o “Der Garten”. A este grupo pertenece “El cajillas”, una verdadera obra maestra que disecciona el mundo rural con un personaje inolvidable (“No hay nadie en el mundo que no haya conocido a alguien que se haya muerto”). Trata asimismo el desnorte existencial en “Dios se escribe con mayúscula” o en “La costumbre del sur, del pájaro”. La cultura, cómo no, y los intereses artísticos están presente en estas páginas, sobre todo en cuentos metaliterarios como “La alfombra”, con esa Estefanía que, harta de los relatos normativos, declara que la literatura convencional es un arte muerto y decide explorar otra forma de escritura más creativa. Esos otros caminos literarios más sugestivos, menos amojamados, aparecen de nuevo en “Hanakotoba”. El volumen está poblado de numerosas y espléndidas ‘tranches de vie’, rodajas llenas de nervio y fuerza donde palpita la humanidad en su miseria y su grandeza: “Lo que dicen las violetas” (sobre el paso del tiempo, la memoria y la rutina), “Crónica de un último acorde” (sobre la pasión musical), “Azules como dos luceros” (sobre los presentimientos y la pérdida) o “Ya lo puedes ver”, impresionante la ambientación inmersiva de ese bar. No obstante, donde lógicamente brilla más el singular realismo sucio de Alejandro −potente, cinematográfico, a veces sutil y a veces demoledor− es en los formidables relatos más declaradamente carverianos: ”Uñas”, ”Audrey”, “Sin prisa, hija mía”, “Las sombras del ficus”, o “Ya no se ven luciérnagas como antes”. Mención aparte merece el excelente trabajo con las voces, el logro de una polifonía que va de lo culto a lo popular, que poliniza paulatinamente al lector con delicada, vigorosa o divertida naturalidad: las parrafadas torrenciales de “¿Qué va a decir ése que a mí me interese?”, el monólogo de “En equilibrio” o el perfecto contrapunto de las referencias futbolísticas en “Una palabra tuya bastará para sanarme”. Estamos ante esa idea de Victor Hugo de que la forma es lo que sube desde el fondo a la superficie. Por otra parte, “Métodos”, una historia sobre los peligros del Método Stanislavski, podría servir como epítome de las características esenciales de este conjunto de relatos: diálogos dinámicos, personajes tridimensionales, humor desenfadado y trama adictiva.
En este magnífico libro de relatos que Entorno Gráfico ha tenido el buen tino de publicar, el lector podrá saborear una prosa tan límpida y elegante como siempre y a la vez pegada a la tierra y a su propio tiempo, podrá degustar unos finales muy bien traídos y unas pistas sabiamente diseminadas, podrá palpar la tensión con la experiencia de lo real, podrá ser llevado en volandas por unos diálogos vertiginosos, podrá sonreír, inquietarse, regocijarse, conmoverse, removerse y sorprenderse. Alejandro Molina es uno de esos escritores que sabe ser preciso en las expresiones de lo impreciso, que no confía demasiado en la literatura como melifluo estado del alma y que insiste en ella, con impúdico rigor, como efecto de las palabras. Pese a que su vena lúdica nos lo pueda mostrar como un autor irónico, travieso o hilarante, Alejandro no deja nada a la casualidad, y sabe que el arte −además de sacudir el polvo de la vida común y ordinaria, como decía Picasso− es una continua victoria de la conciencia y de lo inefable sobre el caos de las realidades exteriores, al modo del combate de Jacob con el ángel. De ahí que acompañe y guíe al lector mediante los alados andariveles de sus diálogos, de manera rauda y amena en apariencia, permitiéndole sólo fugaces e inciertos vislumbres de los profundos abismos de la existencia y dejándole una extraña sensación, entre la acidez y la melancolía. En la misma medida que en sus robustas y extraordinarias novelas (donde se orienta y nos orienta a placer entre constelaciones de relaciones familiares, amistosas o amorosas, nutridas de vivencias, recuerdos, cábalas, gestos, diálogos, cicatrices, gustos culturales, sentimientos, ‘elecciones y sacrificios’), Alejandro Molina vuelve a confirmarse aquí como un cuentista de raza, como un escritor cuajado, imaginativo, atento a las inflexiones orales de la lengua, con un paso seguro, impetuoso pero medido, capaz de obras de largo aliento y de obras que se baten con lo breve con igual fortuna>>.










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