Una lectura poética en la librería Sideral -en la que participaban Marina Tapia, Francisco Acuyo, Carlos Andreoli y Alex del Moral- fue la ocasión del feliz encuentro con “Las suites del último ilusionista”, de Francisco Acuyo. Esta preciosa edición de Alhulia en su colección Sy~laba es el último poemario publicado por Francisco, hombre renacentista de múltiples talentos, escritor (poesía, ensayo, narrativa), editor, conferenciante, experto en Semiótica, Astronomía y Astrofísica.
“Las suites del último ilusionista” fue escrito en la sombría clausura del confinamiento, en una época de inseguridad y vulneralibilidad extremas, cuando al poeta sólo le queda invocar a un mundo pavorosamente ajeno, asirse a la certeza del poema, ofrendar la belleza de la materia verbal. Y así Francisco Acuyo miró por sobre su terraza, levantó la cabeza al cielo nocturno (“un canto de alabanza/ sobre los astros suena”) y compuso “un himno constelado” y armónico: alféizares, flores y colores que tocan la frente de la tierra, arcángeles, relámpagos indecibles, silencios profundos, brisas, balcones donde “pende la eternidad un instante”, esferas, macetas, dimensiones transparentes, la luz de un verbo, la naturaleza del saber residiendo en la nada, insomnios, simas siderales, ventanas iluminadas como amarillas corolas, mirlos y vencejos, gorriones que examinan el universo, la nieve dibujada a lo lejos con pincel flamígero, la soledad del gato como efigie, el bisbiseo de la lluvia, la floresta de las nubes, los siete sellos del sueño, la conciencia de los espejos.
Una delicia esta poesía límpida, precisa, luminosa y celebratoria donde el mundo se contempla a sí mismo -con vigor cierto, tornasolado y pleno- a través del poeta entre las páginas de un cuaderno de “pura luz/ no tocada, vigilante”; donde laten ecos de la maravilla cristalina del “Cántico” de Jorge Guillén, y del ingrávido Juan Ramón: “Cisne, mariposa, sombra/ abeja, paloma, llama;/imagen, pulso, reflejo:/ en ti se deslizan, alma”.
En “Las suites del último ilusionista” cada poema (que viene galoneado con subtítulos de piezas musicales, zarabanda, rondó, minueto, giga, contradanza, badinerie, corrente, alla spagnola, pasacalle, alemanda o gavota) ejecuta su pequeña y delicada danza en un decorado vacío, mudo, libre del ruido de la humanidad (“la soledad habita/ triste escenario”), bajo la luz de las estrellas. De la Osa Mayor a la Osa Menor, de Arturo a Mirak (“inductora/ del misterio, música/ de luz armoniosa”) parecen contemplar y hablarle a ese “ilusionista” del título como si lo hicieran al último hombre vivo sobre el planeta, al único testigo del edén silencioso, de su fauna y su flora perplejas, de sus alimentos terrestres, libres momentáneamente del depredador humano: “Un cielo/ vívido que invita/ a la reflexión/ e interior pesquisa”. El poeta, absorto “en este claustro diario”, en “la soledad colosal”, destila su alquimia, interpreta sus suites, siente nostalgia por “la gloriosa mañana,/ aún no vista”. El poeta, liviano sobre el parapeto, en el “colmado vacío” de la terraza, mira desde su alto emplazamiento el vuelo de los pájaros azules, sostenidos como él en el aire, mientras da fe de “esos instantes/ escogidos por lo eterno”.

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