He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

jueves, 5 de diciembre de 2024

Reseña de "Sideral" por Luis Cerón, en Culturamas

Muy agradecido a Luis Cerón por su reseña de "Sideral" en la revista Culturamas.

‘Sideral’, de Ángel Olgoso: Sublime cosmovisión literaria

Por Luis Cerón Marín

    <<La literatura es la máxima expresión artística departida gracias a la lengua. Y el idioma es el vehículo conductor que hace posible la traslación de ese lenguaje que el autor quiere plasmar en la obra literaria, más allá de ser su composición un intercambio lingüístico radicado entre la relación establecida, obviamente, entre las personas emisora y receptora. A diferencia de un discurso ofrecido como gramático, prosaico y meramente comunicativo, el discurso literario va más lejos de lo que la obra verbal pudiera ofrecer a simple vista. Representa, en suma, una relación muy estrecha con todo lo que atañe a la dimensión estética. Tanto es así, que podríamos decir que la obra literaria pretende denotar una visión más amplia y filosófica. Por esa vertiente discurren los cauces de expresión más profundos del alma humana. Y para exponerlos en el papel (o piedra o papiro o pequeña tabla de arcilla) se necesitan nuevas formas para transmitir esos contenidos. Y dentro de esa amalgama existente de maneras innovadoras caben diversos géneros literarios. Entre ellos, el género narrativo; y dentro de él, el relato breve; y más adentro, la ciencia ficción. Una vez dispuestos los utensilios y artificios varios para gestarlo, tan solo resta hallar autores o autoras que den rienda suelta a sus visiones, percepciones u ocurrencias varias. O sea, dejarse llevar por el torrente desbocado que constituye la imaginación. Y escritores como Ángel Olgoso reúnen toda esa retahíla de requisitos previos a la composición de una obra literaria.

    "Sideral" es el título del nuevo libro de relatos de Ángel Olgoso, de este ingente hacedor de historias granadino, un narrador clave para entender el devenir del relato breve en España. El estudio de su obra merece ser degustado debidamente. Y es que su impronta literaria es tan propia como amena. Ante esta situación, nosotros, los lectores, únicamente tenemos que dejarnos llevar por el deleite sumo de su lectura para dejarnos transportar a otros ámbitos más recónditos e inimaginables, a priori. Pues bien, este libro reúne a la perfección todos los ingredientes necesarios para que nuestra inmersión en sus relatos no nos deje indiferentes. Porque Olgoso no crea su cosmología literaria a vuela pluma. Su profundo corpus fantástico nace, más bien, de la anatomía de un instante sin parangón, en el que cualquier hecho, segundo (o milésima del mismo), destello o nota desbordante acaecidos pasan a ser los eminentes protagonistas del relato, dentro de una atmósfera mágica en la que la idiosincrasia de los acontecimientos que van aconteciéndose se nos ofrecen surrealista y patafísicamente sin plan alguno, tan solo imbricados por la inercia fantástica que destila la escritura de nuestro autor.

    Sirvan como ejemplo relatos tales como ‘El espanto’, en el que la descripción enérgica, rápida y emotiva que Olgoso nos ofrece parece estar trazando un boceto en espiral, yendo de un menor bucle inicial a una mayor ondulación léxico-semántica: "Y su efecto hace que, de pronto, tenga del hombre la percepción -repugnante en el más genuino sentido de la palabra- de algo como una langosta"; o la ‘Historia del rey y el cosmógrafo’, en el que nuestro escritor destape el tarro de las mil y una esencias inimaginables gracias a su locuaz inventiva: "Se dijo que aquel día, hasta su declinación, obraron más extraños prodigios en la sala del trono: brisas del lejano sur soplaron sobre los tapices, se oyó al aire restallar…; […] y después, con cada giro del globo, los aromas tomaron voz […] nueces de cayú…, incienso árabe…, parras y olivos…, violetas de presbiterio..." Todo nos está ofrecido como un placer engalanado. Se nos dispone, por tanto, un buen compendio de luz y color y una exposición de movimiento y estatismo excelentes. Tanto es así, que Olgoso nos consigue sumergir en ese ambiente ideal, en ese locus amoenus tan propicio para soñar otros mundos. "El conjunto se ve reforzado por la placidez del momento, por una calma sobrenatural..." Todo ello nos produce "terror a no ser más que una fotografía". Pero es que nuestro escritor también resulta innovador en el manejo de la técnica narrativa. En ‘La aurora de Zürn’ podemos ver cómo, sin olvidar tampoco su innata capacidad de percepción, nos sigue cautivando gracias a su agudeza y arte de ingenio. En esta ocasión, el autor habla en primera persona constatando así una mayor implicación epistolar, si cabe, a la hora de escribir este relato: "Se me permite salir en ocasiones especiales del lugar en que me oculto"; y prosigue, así: "[debido a] esta raza abominable e inmunda a la que ahora pertenezco". El texto habla por sí mismo. Cobra relevancia per se. Siguiendo con esta entelequia, otro aspecto a destacar es la comicidad que existe en algunos relatos, como ‘La cámara Limehouse’, en el que […] "una cámara catóptrica provista de lentes, espejos y prismas producen un resultado formidable al aplicarse sobre la adecuada zona cerebral del moribundo", cuya perspectiva inicial es, en principio, "balbuceante", tanto que semeja "un infusorio incipiente". Y Olgoso lo hace modelando un caso de transfiguración plena entre realidad y ficción. Muy bien conseguido. Al igual que la evocación onírica latente en ‘El mundo en el año uno antes de la nada’, relato en el que Olgoso hace gala de una miscelánea óptica mitológica que nos adentra en unas imaginarias profundidades abisales…: "Sin sus arcanos, el Universo no sería más que un puñado de polvo en una violenta tempestad". O el cálido fervor erotizante que suscita ‘Iris’, una pieza relevante de este libro. Podría escoger diversos fulgores de este relato. Cualquiera valdría, ya que el irisado resultado ofrecido es sublime. El lector es transportado a los confines de todo ente físico, palpable… hasta hacerle llegar a una sensación de clímax total: "La velocidad y la quietud total se funden en una noche cegadora. Me voy a pique". O el final de ‘Biomórfico Canal Trece’, que como si tal cosa (como si nada fuera), reza así: […] "y las borboteantes esquirlas de espuma no hallaron entre las olas al tembloroso destello con el que siempre jugaban". Inmejorable. O la ternura humanizante que constituyen las almas del astrónomo Ennio Torrese y del leñador Tanabe, protagonistas de los relatos ‘Materia oscura’ y ‘Los mil cerezos de Yoshitsune’, respectivamente; dos pequeños sujetos cuya sensibilidad va más allá de simples observaciones rutinarias: "A Ennio le gustaba contemplar las blancas aspas de los aerogeneradores que se extendían, como el vello erizado de un antebrazo gigantesco, a lo lejos, sobre la línea descendente de las colinas…"; sobre Tanabe, decir que "era bueno, alegre y hospitalario, pero su ejemplar condición y su amor por todos los seres se empequeñecían frente a la curiosidad que sentía por todas las cosas".

    Y podría citar más ejemplos de la fantástica prosa del escritor que nos ocupa. Son tantos los detalles de este astral espectro de lo desconocido, que no resulta fácil poder abarcarlos. Sucumbir a tal deleite no está exento de riesgo. La inspiración y la constancia creadoras de Olgoso son tan profusas como un eminente surtidor de cristalinas aguas, cuyo parterre de frutos silvestres y destellos de fatuas llamas dinamiza a la perfección el matiz predominante que late en el relato. Nada queda al azar. Toda textura tratada en este inusual libro está amenizada por una impronta caótica, inusual y ajena a toda lógica circundante. He aquí el innegable efecto de la ciencia ficción que entinta, espolvorea y baña las entrañas que anidan en este "Sideral" concepto, que tan gratamente enmarca el también escritor y filósofo Juan Jacinto Muñoz-Rengel. Ante esta situación, lo mejor es que el lector se adentre en él y se deje llevar por el innegable rumbo indeleble que late en esta sublime cosmovisión literaria>>.

lunes, 2 de diciembre de 2024

Reseña de "Rizenmuseum", de Custodio Tejada

       


    En 1992 escribí una colección de haikus (“Ukigumo”, Nazarí, 2014) y en cada uno de mis libros de relatos suele habitar una historia ambientada en el Japón tradicional: es lógico que me fascine cualquier nueva publicación que albergue o reivindique formas tradicionales japonesas. Autor de siete poemarios y de una novela, Custodio Tejada demuestra en “Rinzenmuseum” tener muy buena mano para las estrofas japonesas; haikus y tankas sobre todo, pero también gogyokas, jiseis, zappais y senryus. Como dice en su apasionado y sugestivo prólogo, Custodio se propuso “retener la fugacidad de la existencia, capturar la esencia de la vida con su perfume inmaterial”, “disecar el asombro, la emoción y el pensamiento”. “Rinzenmuseum” es, en efecto, un museo de despertares súbitos, de asombros, de negativos fotográficos, de latidos, de epifanías. Con su estética de lo inefable, el arte taxidérmico de Custodio Tejada liofiliza los instantes, convirtiéndolos en esencias, en imágenes reveladoras e indelebles, crea breves cobijos de ámbar, gotas de rocío muchas veces liberadas del corsé del ‘kigo’ (esa referencia a la estación del año), y sin hacer asco a la mezcla de las actividades mundanas, las localizaciones geográficas, el fútbol, los cuatro elementos, la Semana Santa, el fado, la Filosofía, la consulta del dentista, la llama del deseo, las vacaciones de verano o ese “puente místico” que es la poesía y, al cabo, el lenguaje. Custodio, que divide esta obra en cuatro partes (“El jardín de los instantes luciérnaga o los trinos panojas”, “Luminiscencias gyotaku”, “Cámara obscura” y “Puente místico”), trae al haiku, con habilidad y pertinencia, motivos occidentales, peninsulares, granadinos. Este ‘haijin’ nacido en Purullena logra el momento hecho consciencia, el instante como motivo sagrado, el aquí y ahora que apela a las sensaciones, alcanza la sutileza y la asimetría del haiku, su condición iluminadora. “Rinzenmuseum”: contemplación y comunión, la eternidad atrapada en solo tres versos.


domingo, 17 de noviembre de 2024

Reseña de "La era de los últimos propósitos", de Begoña Callejón

Comparto mi reseña de la primera y magnífica novela de Begoña Callejón, “La era de los últimos propósitos” (Loto Azul Editorial). En la revista CaoCultura.



EUTHANASIA COASTER


Hace falta un acto de valentía para crear algo y Begoña Callejón arriesga en su último libro, la novela ”La era de los últimos propósitos”, una obra cosmopolita, variada, compleja y escrita con pulso, un estudio necrópsico rico en referencias y perspectivas, un caleidoscopio de personajes que tejen su tapiz de recuerdos, de presencias y ausencias. La premisa es potente y basada en un concepto real: una montaña rusa de acero, la más gran grande jamás vista, diseñada para el suicidio de veinticuatro personas por viaje. Euthanasia Coaster. Un nuevo amanecer, como reza el folleto. Altura de 510 metros, velocidad de 360 km/h., y aceleración de 8 a 10 G. La autora hace catas en distintas geografías del mundo, sondea el cerebro de veinticuatro personajes (por algo es especialista en neuropsicología), en el rencor, el odio, la desesperación, la fatalidad, las separaciones, las enfermedades, el vacío. Personajes que ansían la aniquilación del yo, colgarse de sus propias ramas, personajes que ansían ser tierra, que piensan en cómo será su muerte: “Ella había admirado siempre a todas aquellas personas que eran capaces de sobreponerse a la adversidad, al sufrimiento”.

El lector se topará con travesuras escalofriantes de la IA, con cambios de parámetros, con ‘chatbots’, con traumas y excitaciones brillantes como las escamas de una serpiente, con un estilo limpio y sincopado, rico en registros expresivos, punteado de tecnología, de emails, sueños, diálogos o de la viveza de monólogos como el soliloquio descoyuntado de Ian Curtis o del intensísimo episodio en el Gran Bazar. El lector asistirá a la representación del mundo como una ‘performance’ siniestra, como una búsqueda de consuelo, un mundo de una actualidad asoladora, de crueldad, soledades y miedos, de noticias atropelladas, “un caos organizado, instaurado por algún tipo de dios”. La novela va dedicada a los que ya no están, pero se podría extrapolar perfectamente a los que no estarán y, en definitiva, a todos nosotros. Porque a la montaña rusa de la muerte todos hemos subido ya: será el último viaje, del que los pasajeros no regresaremos vivos, pero donde nos sentiremos al fin libres. Será el último momento, el último aliento. Euthanasia Coaster realizará ‘loopers’ cada vez más pequeños, con un efecto devastador para el organismo humano mediante una hipoxia cerebral prolongada, que pasaría primero por una visión túnel hasta un síncope causado por visión negra. “En algo más de tres minutos habrá acabado todo”. Es cierto que quizá la voz narrativa de los veinticuatro personajes debería haber tenido discursos más diferenciados; en cualquier caso, resulta toda una proeza manejar a la vez tantos y tan dispares hilos, como lo hace la autora sobre todo en la reunión final en Hill Station Resort (cuyos capítulos demuestran la buena mano de la autora para los títulos). Begoña imagina, da vida, penetra omnisciente en la identidad de esos veinticuatro personajes, levanta una máquina monstruosa y sin embargo verosímil, un lugar que no existía: “Me di cuenta, tiempo después que, al igual que los pasajeros, los lugares también mueren”.

Es curioso cómo a veces se coagula en el aire una especie de interés común, una concreción temática, cómo coinciden en una misma cuestión diversos creadores aunque se realice a través de lenguajes diferentes: sin salir de España, “La habitación de al lado” de Pedro Almodóvar y “Polvo serán” de Carlos Marqués-Marcet, son acercamientos cinematográficos a la muerte deseada, del mismo modo que esta novela de Begoña Callejón, “La era de los últimos propósitos”, interesantísima, insólita, contrapuntística, heterógenea y coherente al mismo tiempo. Una obra que de alguna forma conecta con esa hermosa idea del ‘cielo oblicuo’ de Clarice Lispector, donde sólo pueden entrar los que se han ido torciendo de tanto sentir, de tanto sufrir, de tanto vivir, de tanto llevar el peso del mundo en su espalda. Una obra que es, a su vez, una enérgica montaña rusa, un columpio mortal de pasajeros que devienen más que un número, una obra que se cifra en un axioma irrefutable: “Toda esperanza tiene un final”.

sábado, 5 de octubre de 2024

Círculo Literario de la Zubia, presentación y lectura

Ayer, en La Casa Con Libros, nuestro grupo Círculo literario de La Zubia dio a conocer su proyecto y ofreció un pequeño recital. Nuestro agradecimiento a todos l@s amig@s que se acercaron y apoyaron esta iniciativa de sinergias creativas.