Si un escritor de la talla de Rafael Balanzá lo dice en X, no queda más remedio que darle las gracias y ponerse colorao.
He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)
viernes, 25 de julio de 2025
miércoles, 9 de julio de 2025
Entrevista en Aragón Radio
Entrevista en Aragón Radio a propósito de “Madera de deriva” (Libros del Innombrable), en el programa La Torre de Babel, conducido por Ana Segura con su cercanía y perspicacia habituales:
<<Ángel Olgoso es uno de los grandes del cuento en castellano. Publicado en varios idiomas, incluido en más de 60 antologías, una treintena de premios reconocen su labor como escritor a lo largo de los años. Ahora, Ángel cambia de tercio y por primera vez abandona la ficción para hablar de lo que le rodea en una serie de textos que publica con la editorial aragonesa Libros del Innombrable. “Madera de deriva” supone el abandono por parte del autor del género fantástico para adentrarse en un formato en el que el humor, la melancolía y la libertad creativa nos regalan textos magnéticos. Charlamos con Ángel en un programa en el que también presentamos el primer libro de poesía de Belén Gonzalvo.>>
martes, 8 de julio de 2025
"Madera de deriva" por José Antonio Ramírez Lozano
MADERA DE DERIVA.
No es un narrador habitual. Olgoso levanta la alfombra de la realidad y nos muestra su envés. Lo hace con ese tono narrativo culto, preciso y rico en su vocabulario. Arrastra en su deriva astillas críticas, líricas, remotas e irónicas a la vez. Asombra el empaque enciclopédico que va de Borges a Perucho. Un narrador indispensable si queremos que esto que se escribe hoy siga llamándose literatura. Enhorabuena, Ángel. Y gracias por la dedicatoria.
(José Antonio Ramírez Lozano)
lunes, 7 de julio de 2025
Reseña de "Estigia" por Santos Domínguez
Comparto la magnífica reseña que de "Estigia" ha escrito el poeta, catedrático de literatura y crítico literario Santos Domínguez Ramos para su veterano blog En un bosque extranjero:
ESTIGIA, DE ÁNGEL OLGOSO
“Para qué huir de ella. No puedes guardarte ni escapar. Antepone tu persecución a toda otra idea. Más pronto o más tarde, a la menor oportunidad, te atrapará. Con paso poderoso, como una sombra leonada, buscará hasta encontrarte. De nada te sirven la Capa de Invisibilidad y su caperuza cubierta de rocío, las Botas de Siete Leguas con las que corres treinta y dos veces más rápido que el más veloz de los hombres, la Hierba de Glauco que hace saltar las cerraduras de todas las puertas, el Tapete de Rolando que te permite convocar cualquier alimento que desees, la Flor Mágica capaz de colorear y perfumar cada una de tus desdichas. De nada te servirán cuando ella —ávida, arrogante, burlona— cierre los caminos y te cerque con infalible celeridad. Puede que llegue sin aliento —es vieja y seca—, que su jadeo delate lo agotador de la incesante tarea que la ocupa desde siempre, pero no puedes albergar dudas sobre el desenlace”.
Ese espléndido relato de Ángel Olgoso, titulado ‘La derrota’, forma parte de “Estigia”, el tercero de los seis volúmenes temáticos que, editados por Eolas Ediciones, reúnen un conjunto de setecientos relatos que ha venido escribiendo y publicando durante cuarenta y cinco años.
Suena en ese relato el eco de los perros que ladran en el inquietante aforismo de Kafka: “Todavía juegan los perros de caza en el patio, pero las piezas no se les escaparán por mucho que corran ahora por el bosque.”
Un aforismo kafkiano que es una alegoría de la muerte, el tema que recorre buena parte de la excepcional obra narrativa de Ángel Olgoso y que sirve para vertebrar este tercer volumen a través de un centenar de relatos en los que, entre Caronte y Virgilio, nos guía por la siniestra laguna que Patinir vio como nadie.
Relatos que abordan el tema de la muerte a través de muy diversos personajes y situaciones, desde muy distintas perspectivas y lo tratan literariamente con muy variados enfoques narrativos y registros estilísticos: entre lo físico y lo metafísico, entre el terror y la broma, entre lo satírico y lo simbólico, entre la ironía y el mito, entre el humor y la sorpresa.
Porque, como señala Ana María Shua en el prólogo que abre el volumen, “Olgoso nos hacer viajar en el tiempo, en el espacio, nos sumerge en la angustia de la transmigración, pero además nos pasea por las personas gramaticales. Todos los trucos son válidos si se trata de provocar el desasosiego del lector, juega con las posibilidades como un mago insondable al que siempre le queda un ardid más, listo para asombrar. Olgoso no pretende encontrarle una definición única a la muerte. Porque en realidad no estamos hablando de la muerte sino de la vida y de la literatura, una de las mejores maneras de burlar a la muerte, de distraernos y olvidarnos por un breve lapso de nuestro destino.”
Como he escrito cada vez que he reseñado un libro suyo, Ángel Olgoso es un maestro en la difícil tarea de equilibrar fondo y forma, de fundir tensión narrativa y altura estilística, imaginación y experiencia, vida y literatura; un autor dotado de una inusual capacidad para contar esas historias de frontera entre la realidad y el sueño con densidad y exigencia verbal sin caer nunca en los peligros de la prosa poética, porque en sus relatos la prosa se pone al servicio de la construcción narrativa y se orienta a crear en el lector estados de ánimo que le permitan entrar en los universos literarios que propone sus deslumbrantes relatos.
Estos dos textos son no sólo un reflejo de la variedad de tonos con que Ángel Olgoso aborda el tema de la muerte que vertebra el contenido del libro. Son también una muestra representativa de la magnífica prosa con que elabora sus admirable obra narrativa:
EL ESPEJO
“El barbero tijereteaba sin descanso. El barbero afilaba una y otra vez la navaja en el asentador. Clientes de toda laya acudían al local, abarrotándolo. El barbero manejaba las tijeras, el peine y la navaja con velocísimos movimientos tentaculares. Ser barbero precisa de unas cualidades extremas, formidables, exige la briosa celeridad del esquilador y el tacto sutil del pianista. Sin transición, el barbero despojaba a la nutrida clientela de sus largos mechones, de sus desparejas pelambres, señalizaba lindes en el blanco cuero cabelludo, se internaba en sus orejas y en sus fosas nasales, sonreía, pronunciaba las palabras justas, apreciaciones que sabía no serían respondidas, mientras los clientes miraban sin mirar el progreso de su corte en el espejo, coronillas, nucas, barbas cerradas, sotabarbas, patillas de distinta magnitud, luchanas, cabellos que planeaban incesantemente en el aire antes de caer formando ingrávidas montañas: el barbero nunca imaginó que el pelo de los cadáveres pudiera crecer con tanta rapidez bajo tierra”.
DESIGNACIONES
“Levantó una casa y a ese hecho lo llamó hogar. Se rodeó de prójimos y lo llamó familia. Tejió su tiempo con ausencias y lo llamó trabajo. Llenó su cabeza de proyectos incumplidos y lo llamó costumbre. Bebió el jugo negro de la envidia y lo llamó injusticia. Se sacudió sin miramientos a sus compañeros y lo llamó oportunidad. Mantuvo en suspenso sus afectos y lo llamó dedicación profesional. Se encastilló en los celos y lo llamó amor devoto. Sucumbió a las embestidas del resentimiento y lo llamó escrúpulos. Erigió murallas ante sus hijos y lo llamó defensa propia. Emborronó de vejaciones a su mujer y lo llamó desagravio. Consumió su vida como se calcina un monte y lo llamó dispendio. Se vistió con las galas de la locura y lo llamó soltar amarras. Descargó todos los cartuchos sobre los suyos y lo llamó la mejor de las salidas. Mojó sus dedos en aquella sangre y lo llamó condecoración. Precintó herméticamente el garaje y lo llamó penitencia. Se encerró en el coche encendido y lo llamó ataúd”.
domingo, 29 de junio de 2025
Reseña en CaoCultura de "Juan Benet y el aliento del espíritu sobre las aguas"
Mi artículo sobre la amistad entre el desafiante Juan Benet y Eduardo Chamorro, y su libro memorable y reincidente. En CaoCultura:
<<‘Juan Benet y el aliento del espíritu sobre las aguas’. Debo haber leído ya este libro unas tres veces. Algo intrigante, gozoso, hipnótico me vuelve a llamar cada cierto tiempo para que retome de nuevo sus páginas; ignoro si el cebo reside en el memorable protagonista, en el estilo, la estructura, la voz del narrador o en la amalgama de todos esos elementos. Quizá se deba a que no es sólo un riquísimo sumatorio de los veinticinco años de amistad entre Eduardo Chamorro y Juan Benet. No es tampoco una biografía ni un trabajo crítico sobre la obra de este último, sino una evocación que mezcla -en una deslumbrante coctelera- el retrato jovial y paradójico de esa figura excepcional de mente y lengua afiladas, el relato del ambiente literario de Madrid entre los años setenta y ochenta con reflexiones de altura sobre la poética benetiana. Un auténtico alarde.
Aquí comparece el Juan Benet más ocurrente que impertinente, el escritor anglófilo que germinó a la sombra de Faulkner, con su cuerpo filiforme, su flequillo cano e inminente, sus maneras expeditivas, su recepción minoritaria (al menos hasta quedar finalista de un pactado premio Planeta tras demostrarse, como un reto personal, que era capaz de escribir un libro ‘normal’, algo que hizo en un mes). También sus pasiones: el whisky, la música de Schubert, Brahms y Wagner, las estrategias militares, la subversión cómica pero solemne, la cartografía. El espectáculo de su inteligencia, que podía virar de lo acre a lo divertido e hilarante y de lo absurdo a lo afectuoso, dependiendo del contertulio; su singularidad, que convirtió a este seductor nato capaz de desconcertantes opiniones e impertinencias, en una suerte de mandarín generacional, suscitó y suscita aún la adhesión o el rechazo, pero nunca la indiferencia.
Estamos ante un libro a la vez exigente y divertido, al mismo tiempo agilísimo y con algunos parlamentos cuyo espesor arrancaría sollozos al lector más bragado. El discurso de Chamorro es, como el del propio Benet, frondoso, mercurial, de estímulo inagotable, pulverizador de las convenciones narrativas (“somos criaturas sinedócquicas”). En sus nutritivas páginas comparecen conversaciones desopilantes, amigos fieles (Vicente Molina Foix, Antonio Martínez Sarrión, Javier Marías, Juan García Hortelano, Félix de Azúa, Jaime Salinas, Francisco Regueiro, Javier Pradera, Rosa Montero, etc.), un viaje a Estambul con Benet y Rosa Regàs vivísimamente narrado, una imagen despiadada de Álvaro Pombo, el pub Dickens y el Oliver, charadas y funciones teatrales caseras, actitudes y propuestas casi patafísicas (la ley del doble frenesí, el arte de pedir el té a distancia, modos de comer bombillas), el forcejeo entre el Tiempo y el Caos, entre el conocimiento y el misterio, entre la ciencia y el mito, disquisiciones acerca del artificio, del disfraz, del miedo o de la muerte. Resulta evidente que aquellas reuniones y fiestas en la casa de Benet de la calle Pisuerga, “un lugar de complicidad en el disparate”, redimían toda la grisura y la caspa de aquellos años. “Allí no había jerarquía ni respeto ni promoción (…) No nos gustaba discutir. Lo que nos gustaba era charlar de lo que fuera, siempre y cuando permitiera el adorno de la displicencia”. Y, por encima y por debajo de todo, la mordacidad de un Benet que no condescendía con los necios ni con las vacas sagradas (Galdós, Joyce, Dostoievski, el realismo y el costumbrismo). Cáustico incluso consigo mismo: “Soy un ingeniero responsable y un escritor irresponsable”.
Pese a todo, Eduardo Chamorro se permite hacer profundas calas en la diversa obra benetiana (novelas, cuentos, ensayos, teatro), en esa gran ficción metafísica de su amigo, aparentemente oscura o turbia -como él quiso-, “todo un intento de descifrar lo intangible a cuenta de lo tangible”, en la presencia y el poder evocador de la desolación. Es de admirar, en los escritos de Benet, la soberana ambición literaria, el logro de la indeterminación existencial, del sentimiento de lo enigmático en sus atmósferas, del racionalismo y minuciosidad verbales, del hermetismo de la textura, de la identidad fantasmal de sus personajes. Al recorrer las largas oraciones se siente físicamente la densidad, como si el lector caminara sobre dunas, piedras o escombros.
Lástima que las propiedades de territorio tan peculiar no inviten demasiado a lectores desacostumbrados a lo diferente, a la complejidad, a la persuasión retórica del ‘grand style’, y más habituados a textos cada vez más elementales, por no hablar de la omnipresencia idiotizadora de las pantallas. Lástima que la muerte, con su fijación “propia de gente ineducada e incómoda”, nos despojara tan pronto (a los 65 años por un tumor cerebral) de esa figura tan difícil de encasillar: el creador de Región (aquel mundo propio donde era amo y señor, aquella novela que supuso una ruptura del panorama literario español por su rareza, innovación, vocabulario e incorporación del pensamiento a la narrativa), el ingeniero de caminos, canales y puertos que no logró vivir de la literatura, un desafiante interlocutor, un espíritu libre de estampa británica (automóvil incluido) infrecuente por estos pagos, una inteligencia extraordinaria y una ironía demoledora, uno de los autores capitales del siglo XX español.
Estoy seguro de que, dentro de unos años, volveré a picar el anzuelo y abrir ‘Juan Benet y el aliento del espíritu sobre las aguas’, un libro que no se acaba nunca porque se renueva en cada lectura y, sobre todo, porque proporciona invariablemente el alborozado reencuentro con una irradiación, la que emiten las personas lúcidas, agudas e intensas. Como sin duda le ocurre a la otra cara de la moneda: la más exhaustiva y rigurosa biografía de Benet, ‘El plural es una lata’, escrita con tesón documentalista y agilidad galopante por J. Benito Fernández. En ambas obras (también en Benet. ‘La ambición y el estilo’, de Rafael García Maldonado, un tanto elemental y personalista enfoque de la trayectoria vital e intelectual del autor de textos impenetrables) vive para siempre el Juan Benet poliédrico, provocador, de amplias lecturas y conocimientos enciclopédicos, que prefería hacer “cualquier cosa antes que escribir”, que creía que “la literatura debe arrancar al público de su costumbre”, arrogante, tierno, malicioso, atérmico, “con ese aire de recién duchado que se le ponía cuando estaba animado y contento”>>.
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