He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

jueves, 11 de julio de 2024

Reseña de "Nos tragará el silencio"

Mi reseña (un poco a destiempo) de un libro y de un amigo extraordinarios: “Nos tragará el silencio” y Miguel A. Zapata. En la revista Kopek.


CÁRCEL INVISIBLE


“Nos tragará el silencio” (Ed. Baile del Sol), de Miguel A. Zapata (Granada, 1974), es una de esas novelas totales y ambiciosas que justifican toda la obra de un autor. Una ‘ucronía que es a la vez fábula y ensayo y documento confesional’, una alegoría que muestra la desolación y la pesadilla en que ya estamos instalados, la degeneración de la existencia global, el cansancio propio de los roedores enjaulados. Nos encontramos ante un híbrido poderosamente desarrollado, ante un apabullante fractal que se multiplica en sus páginas como La Hiedra -ese enemigo difuso del que formamos parte, que crece y fagocita todo a su alrededor-, ante un volumen proteico a la vez denso y sincopado, administrativo y conversacional. Porque el autor se hace el encontradizo con el lenguaje arduo de cualquier informe funcionarial, antropológico o sociopolítico y, sin embargo, no puede evitar insuflarle vida, descreimiento, fluidez, complejidad, mala leche. Estamos ante un libro kafkiano y orwelliano, pero mucho más fresco y ágil: es como leer “El castillo” o “El proceso” y toparse de pronto con la línea de una canción en inglés, con un listado bibliográfico o con expresiones como ‘posmillennial’, ‘bombástico’, ‘compadre’, ‘orgásmico’ o ‘de puta madre’. A veces incluso parece que estemos leyendo a Boris Vian: ‘Traguito de regaliz’, ‘jodido sol’, ‘vodka rudo’ o ‘follan con ánimo estatuario’. Miguel A. Zapata continúa con la creatividad tipográfica marca de la casa (aunque más atenuada que en “Las manos”), con onomatopeyas (‘pfff’, ‘bip, bip. bep’, ‘blablablaetcétera’) que le prestan su viveza al discurso, y con toneladas de siglas, de fichas de trabajo, de Perfiles Cívicos y Certificados de Idoneidad. Pero es que “Nos tragará el silencio” no es producto de ‘un checo alegórico y neurasténico’, sino de un granadino ingenioso, imaginativo y vitriólico trasplantado a Madrid.

Tras leer las casi quinientas páginas de la novela, sentí que el corazón de esta distopía reside en la idea de Swedenborg según la cual un error de los condenados al infierno es creerse en el paraíso. Y eso, en efecto, es La Hiedra, un Estado intangible y ubicuo que muta, absorbe y desactiva, un sistema perfecto de obsolescencia ideológica que devora el idealismo de revolucionarios y reaccionarios, donde la burocracia se confunde con la vida, donde se finge una doctrina para acabar con las doctrinas, y donde la aparente descentralización administrativa esconde una profunda centralización. Los humanos desconocemos por lo general la farsa de la historia, al igual que las piezas que se van añadiendo una a una a La Hiedra permanecen incorpóreas e inasibles. ‘Se acabaron los cambios: somos la Antihistoria’, ‘No solo de Historia reduccionista y Lengua selectiva viven el hombre y la mujer’, ‘Puede una planta crecer sin que nadie consiga afirmar la existencia de esa planta’, ‘El destino humano es una mezcla de azar, voluntad e iniquidad del sistema’. A La Hiedra, ese Estado con las características propias de cualquier democracia contemporánea, enemigo de la algarada, y que ni quita ni otorga la libertad, no le interesa algo tan arcaico como el pensamiento único o el control de la información, sino el silencio a través del ruido multiplicado de los dispositivos y, con él, el vacío. La Hiedra ofrece un pragmatismo absoluto, una cínica flexibilidad, un utilitarismo perverso que da sentido a la inercia de toda la ciudadanía, a una ‘middle-class’ de cartón, ‘dejando que cada uno elija su forma de libertad y su condena y el grado que adquieren estas, porque la merma de libertad no siempre significa presidio ni agravio’. Su nacimiento proviene de EGONO, anagrama de Elegimos Gobernar Nosotros, antiguo partido que dio vida al Ministerio de la Centralidad, a una estructura estatal ambigua y no obstante poblada de Secciones Periféricas, Módulos de Superficie y Módulos Subterráneos, Consignadores y Agentes de Control Interno, Unidades Pedagógicas de Regeneración.

Novela colectiva escrita en primera persona en El Buche del Lobo, en los dominios de La Hiedra, “Nos tragará el silencio” resulta como mínimo el equivalente patrio de “Nosotros”, una impresionante puesta al día de la novela distópica publicada en 1920 por Evgueni Zamiatin. También un hito insoslayable de la literatura más vigorosa y renovadora del siglo XXI en castellano (que forma parte además de su ciclo de novelas sobre la degradación de nuestra cultura, junto con “Las manos” y “Arquitectura secreta de las ruinas”). Y, sobre todo, una prueba del asombroso talento de Miguel A. Zapata, capaz de levantar esta proeza hecha de elementos heterogéneos amalgamados a la perfección entre sus nutridas páginas (los despachos, el subsuelo, la cosmética programática, la naturaleza de los símbolos y del lenguaje), capaz de demostrar literalmente la sugestiva pintada que aparece en un baño de profesores: ‘Nadie te ha robado la libertad si no notas su pérdida’.



lunes, 10 de junio de 2024

Relato en en monográfico sobre faros de la revista Litoral

Feliz por esta contribución al último número de la revista Litoral, un espléndido monográfico sobre los faros. Y además haciendo compañía a Carlos Edmundo de Ory, al que en su momento tuve el honor de otorgar el II Premio Internacional A. F. Molina al Espíritu Patafísico. Os dejo con mi viejo relato (lo escribí hace casi cuarenta años).







BIOMÓRFICO CANAL TRECE


    El farero se pasó los dedos por los labios: necesitaba un trago. Se sirvió ginebra rebajada con agua y volvió a echarse lánguidamente en la mecedora, frente al televisor encendido. Había permanecido así casi toda la noche, como todas las noches anteriores desde que se hizo cargo del puesto, las pupilas inmóviles, fijas, plegadas en su cautiverio de anodinos programas y pésimo cine, pugnando por evitar los insoportables clavos con que la monotonía remachaba insistente sus horas. El último farero, flemático y experimentado noctámbulo, le previno que nunca desconectara el aparato y, aunque el no desoyó el consejo, optaba simultáneamente por otras acciones para contener esa soledad infinita que se filtraba a través de cada poro: seguir el acrobático vuelo de una mosca, fumar hasta desbordar el cenicero, acodarse en el frío de la barandilla exterior y pensar en Irene o contemplar la líquida desolación que se extiende hasta la línea del continente africano, mar velado esta noche por una gélida y profunda niebla y escarpado por un violento oleaje. Hacía meses que el farero no veía a Irene, ni sabía nada de ella. Le asaltó una idea subyugadora. Se acercó a la mesa, abrió el cajón donde guardaba los prismáticos, la brújula, los Alka-Seltzer y los cigarrillos, y arrancó tres hojas en blanco del cuaderno de notas en que consignaba la memoria semanal: le escribiría una carta. Distraídamente, con el aire decidido que le procuraba su nueva y salvadora ocupación -aunque sintiendo de forma vaga la profanación de una costumbre, la violación de una regla no escrita-, el farero apagó el televisor, desconectó el cuadrado azul y electrificado del televisor, del Ojo Único, de la Luz Que Guía En La Oscuridad.

    Esa noche, desamparados y ciegos en mitad de la niebla marina, después de hacer crujir sus cascos en inútiles virajes, los barcos se estrellaron contra los furiosos rompientes de la costa, y las borboteantes esquirlas de espuma no hallaron entre las olas el tembloroso destello con el que siempre jugaban.

viernes, 17 de mayo de 2024

Reseña de "Sideral" en Quimera

Mil gracias a José Abad por su estupenda reseña de “Sideral” (Eolas) publicada en el último número de Quimera.





CAOS VERSUS COSMOS
Por José Abad


<<La fantasía no es una sola, sino múltiple, y cualquier intento de clasificación con pretensiones de exhaustividad está condenado al fracaso. Así y todo, en “La infancia recuperada”, Fernando Savater propuso una distinción aceptablemente funcional entre ‘fantasías blandas’ y ‘fantasías duras’, sirviéndose de un par de adjetivos que tal vez llamen a engaño. (Tengo que aclarar que estos empeños taxonómicos responden al deseo de entender mejor el género, no con el fin de establecer jerarquías; tan odiosas, siempre). ¿Qué las diferencia? En las llamadas ‘fantasía blandas’ puede suceder absolutamente cualquier cosa -”todo es posible menos el orden”, escribe Savater- pues todo depende del temperamento o la imaginación del soñador; en las ‘fantasías duras’, en cambio lo extraordinario se cimenta en unas reglas fijadas por el autor que, dentro de la ficción, adquieren el rango de verdad inamovible; el soñador se autoimpone unos límites que no osa franquear. Personalmente, diría que Ángel Olgoso prefiere la alegre compañía del primer grupo, porque desconfía del segundo.

En una preciosa pieza incluida en “Sideral” intuimos el porqué de esta predilección: en “Geometría”, el prisionero encerrado en un calabozo triangular sufre el cruel diseño de un castigo exacto, mesurado, matemático. Las frías disposiciones de lo racional parecen ideadas para menoscabar la libertad del individuo. “El borde de la luz”, por su parte, invita a sospechar de ese orden que asociamos insensatamente a la idea de perfección: tenemos a un hombre sentado en un promontorio ante una idílica estampa marina: el sol, unas gaviotas en el cielo, la piel del mar delante y un bosque no muy lejos, “todo es amarillo y azul y eterno”, afirma el narrador, antes de confesar: “Pero bastaría mirar atentamente cualquiera de los detalles que esta escena acota para desconfiar, para advertir en ella algo inquietante, artificial, regido por una excesiva perfección”. La realidad como espejismo o simulacro recorre este volumen. En otro relato magnífico, uno de mis preferidos, “Contraviaje”, Olgoso contrata a dos operarios para que desmonten, poco a poco, uno a uno, los paneles del mundo circundante, que ocultan la nada más absoluta. No hay certezas. “La única certeza es el miedo”, afirmaba el narrador de “El borde de la luz”.

La idea de que en las ficciones olgosianas “todo es posible menos el orden” tiene una base epistemológica. Sus historias responden a la convicción de que el Cosmos es únicamente otra máscara del Caos, de ahí su preferencia por las fantasías desbocadas o -como él las llamó en un relato no incluido en este volumen, “Gabinete de maravillas”- fantasías infundadas. Para Olgoso, la fantasía es un modo oblicuo de acercarnos al despeñadero de la existencia; en algunos relatos sentimos sus manos en nuestra espalda y el impulso irrefrenable de empujarnos abajo, como en “Lucernario”, en el cual el circunspecto protagonista, de vuelta al hotel ya de noche, descubre tres lunas en el cielo; o en “Anomalía”, en el que, al salir de cortarse el pelo, un tipo corriente y moliente descubre que el mundo ha desaparecido y, en su lugar, “hay una neblina que tiene la viscosidad de la miel”. Estas ficciones son desafíos a nuestra inteligencia que nos sacan de nuestra zona de confort y nos abandonan a la intemperie. Se equivoca quien vea la fantasía como una mera evasión de la realidad. La fantasía es una invasión, en realidad; una horda bárbara que arremete furiosamente contra nuestras defensas e irrumpe en nuestras vidas al grito de: ¡Rendíos! Y no queda otra: nos rendimos>>.

miércoles, 1 de mayo de 2024

Raíces. Ficciones de la memoria

Un placer formar parte de "Raíces. Ficciones de la memoria", suculenta antología coordinada por Paola Tena y publicada en Tenerife donde 78 autoras y autores de 11 países de Iberoamérica reelaboramos leyendas e historias tradicionales, con el fin de rescatar esas narraciones que nos unen y nos definen. Todo un rico sustrato literario, histórico y sociológico. Raíces invisibles que comunican personas y pueblos y que se extienden de un continente a otro. Participo con el relato “Quauhxicalli”:


<<“En el primer día del mes, al son de los tambores de piel de jaguar, las víctimas de los sacrificios ceremoniales -niños, esclavos, prisioneros que se desmayaban de pavor- eran arrastradas por los cabellos escalinata arriba, hasta la cima del templo Mayor, y tumbadas de espaldas sobre el tajón. Mientras los sacerdotes, con pedernales y cuchillos de obsidiana, abrían vivos los cuerpos por el pecho y arrancaban sus corazones, espeluznantes alaridos enmudecían a los monos aulladores. La sangre chorreaba y nutría las jícaras, los brazaletes de jade, las plumas de guacamaya, la escritura de piedra, las aristas decoradas con cabezas de serpiente. Pero antes de que los cuerpos fuesen arrojados por la escalinata como muñecos rotos y los sacerdotes honraran al señor del Sol, al dios de los Vientos o a las divinidades Tlaloques de la lluvia ofreciéndoles el humo de los corazones que habían de quemar, éstos eran depositados mientras tanto, como manojos de cebollas rojas, en grandes copas de piedra. A veces allí, en los quauhxicalli, de aquellos órganos aún calientes y desconcertados que resbalaban viscosos unos sobre otros intercambiándose últimas voluntades, dolores extremos y pánico incolmable, de aquellas entrañas bárbaramente extraídas, partía un resuello, un siseo, el hipido de las arterias desgarradas al vaciarse de aire y que parecía decir: “Recuérdame, recuérdame.”>>