He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

domingo, 2 de octubre de 2022

Reseña de "Bestiario" por Miguel Arnas Coronado

Comparto la magnífica reseña de “Bestiario” que Miguel Arnas Coronado (gran escritor de grandes libros grandes, gran patafísico, gran amigo, gran persona, de las que insuflan un poco de alegría al horror del mundo) ha publicado en La Página de los Libros, de Ideal. Mil gracias, querido Miguel.


ANIMALES SUGESTIVOS, PALABRAS FASCINANTES

Miguel Arnas Coronado


Valéry habló de la ‘parole juste’, la palabra precisa, tanto en el sentido de exacta como en el de necesaria. Necesaria para decir exactamente lo que se quiere decir. Esa es la característica de la prosa de Olgoso. Y ese es el auténtico protagonista de este libro, como de otros anteriores: el lenguaje. Los temas de los cuentos son subsidiarios, pero lo son como esos actores secundarios que, a despecho de su condición de anexos, consiguen el Óscar.

En este caso, Olgoso se centra en pequeñas narraciones sobre animales, tanto reales como soñados, ficticios o fantásticos. Hay pesadillas, sí, como nos tiene habituados: onirismos alteradores del ritmo cardiaco, pero también hay animálculos e incluso monstruos bondadosos que despiertan en el lector, no la carcajada vulgar, sino la sonrisa cómplice.

Maestro del microrrelato, sin duda uno de los mejores en nuestra lengua, Olgoso crea un lenguaje propio, inconfundible, lleno de imágenes portentosas, metáforas brillantes. Un lenguaje que a uno le impulsa a releerlo, a relamerse, a gozar como quien observa y admira un diamante facetado en el que se refleja lo existente y lo incierto, un diamante que luce en el cuello de una bella dama: nuestra lengua. Capaz de crear mundos, no se inhibe, solo se contiene y construye miniaturas. Olgoso se hace tigre en sus relatos, deviene perro, narval, pulga, camaleón o cocodrilo, y nos sorprende con finales luminosos como lo es el rayo, que ilumina y destruye, aunque lo que dicho rayo se digna destruir es nuestra monotonía, nuestro romo realismo. Se recrea más en las cucarachas que en los mininos, cierto, porque es kafkiano, no edulcorado: un gatito melindroso puede convertirse, en una de las narraciones, en pesadilla amenazante que se aproxima sinuosa con siniestras intenciones. O unos dinosaurios pueden entretenerse, a la espera de la extinción, en discutir sobre teoría literaria utilizando conceptos abstrusos que generan la hilaridad (comedida, como dije) de quien se atreve a merodear por entre estos cuentos.

¿Antecesores, inspiración? Olgoso tiene muchos, pero Olgoso es Olgoso. Porque nadie pule las palabras como él, nadie deja la frase como acabada de nacer. Y es con esa arma, el lenguaje, que sus animales se vengan de la condición vasalla a la cual los hemos condenado. 

Algunos cuentos eran ya conocidos de anteriores libros, pero retornar sobre ellos es grato, y encontrárselos nuevos, sin conocer esas antiguas entregas, es adentrarse en el marasmo de su forma de narrar que, no solo es eficaz, sino también sabrosa. Dije en una ocasión que Olgoso me recordaba a Spinoza puliendo sus lentes. En el prólogo de Fernández Bustos se habla de labor de taracea. Todo es cierto: su prosa no es solo arte, sino también artesanal, extraordinaria, bella.

martes, 27 de septiembre de 2022

Reseña de "Bestiario" por Antonio Tamez-Elizondo

Comparto la extraordinaria reseña de “Bestiario” que el escritor y arquitecto mexicano Antonio Tamez-Elizondo ha publicado en MEER, revista norteamericana en seis idiomas e innovador canal digital. Antonio analiza admirablemente esta primera recopilación temática de mis relatos, enmarcándolos a la perfección en sus coordenadas, y lo hace con su enjundia habitual (por algo es el autor de los brillantísimos e inquietantes cuentos de “Historias naturales”, y poseedor de un mundo propio).


LOS CUENTOS DE ÁNGEL OLGOSO Y LA INDUSTRIA EDITORIAL. ¡QUÉ HERMOSAS LAS BESTIAS!

 Antonio Tamez-Elizondo


Con frecuencia se escucha decir por ahí (en las academias, en los cursos, en los talleres de escritura creativa) que el cuento no solo es un género cargado de sus propias complicaciones; es, si cabe, más complejo incluso que la propia novela. De esto sabrán más quienes tienen experiencia comprobable en ambos géneros, pues, hablando desde lo personal, me costaría mucho afirmar la veracidad de lo que he escrito hasta el momento. A mi haber hay solo una pequeña colección de relatos, y he perdido cuenta de las novelas inconclusas que guardo en el cajón imaginario de mi computadora, esperando el día en que se aclare la nube de mi mente para al fin terminarlas. Más acertado, me parece, sería decir que cada género cuenta con su propia lógica y maquinaria especializada.

Nótese aquí que he hecho un pequeño truco de mago; una prestidigitación grosera, pero no por eso sin sus razones. Me tomé la molestia, a medio camino del párrafo anterior, de cambiar el sustantivo «cuento», por el más cómodo «relato», en lugar de agregar la coletilla «para adultos», que me parece excesiva, por no decir vulgar. Es una manía que a algunos nos asola, y viene de la muy común experiencia de que se nos pregunte, una vez que hemos hablado de nuestros pequeños logros, si nuestros cuentos pueden ser leídos por niños de tal o cual edad. Nada en contra de la literatura infantil, pero es cierto que, en un mundo en el que la novela es vista como «el género» al que se dedican los escritores serios y de éxito, el cuento es supuesto por muchos como un dominio exclusivo para el deleite de los más jóvenes. Algo así como lo que ocurre con lo fantástico y lo insólito que, se supone, tampoco deberían entrometerse en la buena conversación literaria. Tonterías que de tanto en tanto nuestra cultura asegura.

Estas observaciones no son originales; ya muchos las han hecho antes y mejor. Se encuentran, incluso, en las primeras páginas del prólogo escrito por Jorge Fernández Bustos para celebrar Bestiario (Eolas, 2022), la más reciente publicación de Ángel Olgoso (Granada, 1961), un libro que a muchos de quienes le admiramos nos vino como un regalo, luego de que se anunciara, tras la aparición de Devoraluces (Reino de Cordelia, 2021), que quien es considerado uno de los mejores cuentistas contemporáneos de nuestra lengua se despedía para siempre de este pequeño gran género. Un sentimiento fugaz, ya que Bestiario es una colección de 59 relatos tomados de las muchas publicaciones a nombre de Olgoso.

Sobre él se puede afirmar lo que se encuentra en los canales comunes de investigación. Nació a finales de febrero de 1961, en la pequeña Cúllar Vega. Se educó entre los lasallistas, de cuyas bibliotecas extrajo el gusto por las palabras, y fue mientras estudiaba con ellos que logró su primer premio literario en 1974. Por aquel entonces se inclinaba por la poesía, y fue la clásica Antología de la literatura fantástica, editada por Borges, Casares y Ocampo, el encuentro afortunado que lo enmarcó en su vertiente cuentista. Estudió filología hispánica en la Universidad de Granada, y, tras varios años de escritura, publicó en 1991 su primer libro, Los días subterráneos, un logro al que le siguieron más de otros quince títulos, además de artículos y crítica literaria en la prensa, por no hablar de los muchos premios y reconocimientos. Su nombre figura también como fundador y director del Institutum Pataphysicum Granatensis, donde se estudia y practica la patafísica de Alfred Jarry. Un sitio de naturaleza no del todo divorciada del resto de su obra escrita, esa en la que lo extraño y lo fantasmagórico existen como parte de una dimensión más poética del buen y el mal vivir, aquí abajo en «este sueño». Pues, escribe Olgoso en su introducción:

Según Chesterton, hay dos movimientos hacia lo imaginativo, hacia lo fantástico, uno centrípeto y otro centrífugo: una espiral marcha hacia dentro, hacia los secretos sueños del hombre, y otra hacia los poderes o verdades que están más allá de su alcance.

Cada una de las pequeñas bestias que duermen y sueñan dentro de este Bestiario fueron extraídas del grueso de su catálogo, que es otra manera de decir que han sido seleccionadas de entre los casi setecientos textos que, a lo largo de cuarenta y cuatro años, han fluido de los bolígrafos de Olgoso. Moscas, tigres, perros, narvales, ñus y zopilotes, cocodrilos, cucarachas, luciérnagas, dinosaurios, camaleones y algunos otros de extracción más mítica, como el buey negro guardador de la «nada». Aquí se cumple el cometido de todo buen bestiario, como los viejos del medievo, en cuanto a su función de muestrario de animales que viven más allá de la experiencia ordinaria, distorsionados todos por la fugacidad de la memoria, la licencia artística del dibujante, o la exageración del testigo. Pero no se trata de un bestiario cualquiera, ya que no se molesta con los animales de nuestro mundo ordinario, cuantificado y catalogado, sino en los que habitan los bosques, las montañas y las vastas llanuras de la imaginación.

Leerlo me recuerda un poco a la manera en la que Maurice Maeterlinck solía escribir sobre las hormigas, las abejas, y las termitas. También trae recuerdos de El libro de los seres imaginarios, si al menos en espíritu, ya que sus propiedades son otras. Mientras que aquel libro de Borges es un compendio de las fieras literarias y míticas del mundo, el de Olgoso reúne a las que acechan las cavernas de su mente. Cuentos de animales o sobre animales en los que estos pueden ser su centro o el conducto a otras dimensiones de la experiencia humana, como la crueldad en Águila de sangre, las pretensiones de clase en Aristocracia, la locura repentina (la más hermosa) en El perro verde, o el lamento por las oportunidades perdidas en Cálculo de probabilidades. Ya de antiguo nos viene la tradición de utilizar a los animales como símbolo para expresar lo que la lengua, por sus limitaciones y contradicciones, es incapaz de decir, o para dar color a lo que deseamos comunicar. Se es sabio como un búho o astuto como un zorro, calenturiento como un conejo y necio como un burro, siniestro como el cuervo o anticuado como el dinosaurio. Los santos hablan el idioma de las aves, pues están cerca del cielo, y el verdadero Señor de este mundo se aparece en el cruce de los caminos como un gran chivo negro. Para Ana de Bretaña, reina consorte de los franceses, el armiño representaba la pureza de su legado. Para Schopenhauer, su perrita Atma fue toda la dulzura a la que la humanidad, sucia, cruel e inmunda, jamás podrá llegar.

Bestiario no es una colección en la que las narraciones compartan una única atmósfera, una estética, o una fijación temática a la manera en la que los cuentos de Aickman o Ballard, por ejemplo, comparten las mismas atmósferas, estéticas y fijaciones. Hay una variedad de técnicas narrativas, puntos de vista, incluso humores, que las diferencian bien unas de otras, aunque están todas hermanadas por la riqueza de su vocabulario, la precisión de relojero con las que fueron escritas, su erudición y barroquismo. Esta última cualidad, en especial, muy apreciada por algunos de nosotros, a pesar de ser considerada por otros tantos como una reliquia literaria que no tiene sitio en un mundo en el que la atención y la paciencia lectora descienden sin piedad. Un barroquismo, sin embargo, que se integra sin costuras a la brevísima extensión con la que Olgoso trata muchas de sus ficciones, haciéndolas ver en ocasiones como el trabajo de un miniaturista rococó.

En alguna otra parte he comparado sus cuentos con los paisajes de Brueghel el Viejo y El Bosco, y es una comparativa que no me canso de hacer. Como ocurre en la obra de los neerlandeses, la oscuridad y la comedia aquí también son muy buenas comadres. Al igual que con los dos pintores, hay una rica abundancia en personajes y detalles. No deja de sorprenderme la facilidad con la que bestias y hombres, dioses y monstruos, científicos y exploradores, personajes de la literatura y héroes de la mitología, llegan y salen sin problema de entre las líneas mínimas en las que transcurren muchos de sus cuentos. Deidades de varios panteones se asoman y hacen estragos en Un melange mitológico, de apenas 115 palabras, y el curso de las civilizaciones y sus tragicomedias se deslizan sin problemas por las diecinueve líneas en De coleópteros y firmamentos. Cuando lo complejo nos parece sencillo sabemos que estamos ante la presencia de un talento que ha logrado la maestría de lo artesano e intelectual.

Varios de los textos reunidos aquí, como en el resto de su obra, son menos narraciones y más estampas: paisajes o retratos en los que lo importante es la composición verbal de la imagen, la transmisión de una idea, una sensación o reflexión. La presencia de los animales, así, hace de Bestiario algo parecido a pasar una tarde solitaria en un parque en el que lo que impera son los pensamientos de uno mismo y el canto de los pájaros.

Que Olgoso haya hecho del cuento fantástico —y del microcuento—el eje de casi toda su obra, y cultivado con este un listado de reconocimientos y premios, debería ser reflexión para una industria (y un público) en la que la novela es vista como garantía del pedigrí de quien escribe. Incluso mejor aún si su realismo social es de lo más rancio. «Nadie te leerá hasta que no tengas una novela», me dijo alguien hace tiempo, y es esta la situación en la que nos encontramos. Pero hay que recordar que la literatura no es lo mismo que la industria del libro; la primera existe bajo reglas muy distintas a las de la segunda, por lo que uno puede estar bien asentado en una de ellas sin necesariamente tener un pie en la otra. Desde luego, y por fortuna, existen aún sellos y casas editoriales como Eolas que no le hacen el feo al cuento y lo reciben con ediciones bien cuidadas como la de este Bestiario.

Aunque la narrativa ya ha llegado a su fin en la carrera de Olgoso, sigo esperando que esto no signifique el término de su obra. No dejo de recordar el caso del compositor estadounidense Harold Budd, quien en dos ocasiones dijo haber terminado su carrera musical solo para resucitarla dos veces más. ¿Tal vez ahora Ángel Olgoso se dedicará al micro ensayo? Habrá que preguntárselo al oráculo, aunque, como bien ocurre casi siempre, estas sorpresas solo pueden disfrutarse más adelante en el tiempo.

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Reseña de "Devoraluces" por Inma Gutiérrez López

Es la marca de una persona verdaderamente educada saber qué no leer. Por fortuna, Inma Gutiérrez desoyó el célebre pensamiento de Ezra Taft Benson y, con el generoso y a la vez riguroso fervor literario del que siempre hace gala, escribió este maravilloso documento sobre su lectura de “Devoraluces”.



DEVORALUCES, POR INMA GUTIÉRREZ LÓPEZ


“Es ‘Devoraluces’ un objeto precioso, un libro cuidadosamente editado que anticipa, desde el tacto de sus hojas y la belleza de la sobrecubierta y la cubierta, el placer de su lectura. Placer, en mi caso, largamente demorado no tanto por las circunstancias del tiempo y de mi oficio, como por la necesidad de disponer de mis cinco sentidos para adentrarme en sus luminosos recovecos sin sobresaltos ni interrupciones. 

Mucho se ha escrito ya de este joyero de palabras y no me creo capaz de añadir nada diferente a lo que el propio autor y sus hermeneutas, incluida la propia Marina Tapia, han escrito antes que yo. Es ‘Devoraluces’ un libro que es muchos libros. Y no solo por las historias que entreteje.

¿Quién o qué es el ‘Devoraluces’ (¿o es un devoraluces?: el sustantivo huérfano del título, no nos permite aventurar si se trata de una criatura con nombre propio o de un concepto ignorado)? Su autor promete la salida de la sombra, la victoria sobre la atracción que el misterio ejerce sobre nosotros, el agotamiento de la fuerza centrípeta que nos hace girar en torno al vacío. Y, sin embargo… ¿qué queda si se devora la luz? No es Blake tampoco un pintor luminoso: la conciencia religiosa está demasiado presente en su obra como para que el aire en sus pinturas y las criaturas que lo pueblan sean definitivamente brillantes. 

‘Aún así’, dice Van Gogh, ‘A veces’, aventura Kafka ...Y faltan, y los pide Marina Tapia, ‘corpúsculos de luz,/ racimos de color en la desdicha/ nobleza de cristal en la mirada’, todo ello en alguna de las bellísimas citas que Ángel ha espigado (le robo el concepto que él utiliza en redes para hablar de sus siempre interesantes calas de algunos de los libros que va leyendo) para sus  lectores y que jalonan la entrada a ese mundo presuntamente luminoso. Me permito ir comentando cada uno de los textos que arman este artefacto, sin llegar a demostrar lo que arriba apunto.

¿Qué sonrisas no pintará en nuestra cara de adultos, a menudo desencantados, un relato que incluye los verbos piruetear, culebrear, pajarear, policromar? ‘Las luciérnagas’ es el primer texto y, sin embargo, bien podría cerrar el libro, si no fuera por la apuesta del autor por esa esperanza luminosa que va mucho más allá de los recuerdos de la infancia: ‘el fuego de la soledad, la amargura y la saña no han conseguido evaporar el fresco misterio de aquellas luminarias en las remotas noches de verano.’

‘Hajdú’ sueña tan lúcido que recuerda los nombres remotos de lugares como La Alquibla o Cenascuras (que hubiera sido mucho más poético con una ‘o’ intercalada), pero se tropieza con la propiedad cuando desea compartir la palabra (¿por qué aquí la palabra?¿hablamos en los sueños?) y sabe frustrado su anhelo cuando descubre que precisamente el sueño definitivo, ¡ay!, no es suyo.

La historia de Matteo Uccellino, también cuaja en el fulgor de su título y en el regalo de palabras como pipirigallo, cascabeleo, algarabía. Pero se detiene en un final que no lo es: esperamos un desenlace como el de ‘Las Ménades’ de Cortázar, un final como el de Jean Baptiste Grenouille en la obra de Patrik Süskind. Parece que el fogonazo de un flash de magnesio hubiera detenido la escena justo antes de la catástrofe. Hay una grieta en todo, así es como entra la luz, decía Cohen. Quizás hay una grieta en todo y así es como entra la oscuridad.

 ‘La Rosa de los Vientos’ es una de las razones que permiten hablar de ‘Devoraluces’ como de un libro de libros, un homenaje a las lecturas que nos han hecho amar las palabras y la aventura. Es un pequeño y vanidoso placer más saberse capaz de recuperar las historias a donde nos llevan las peripecias de ese Ulises que vive una nueva odisea con los protagonistas de ‘La isla misteriosa’, ‘Moby Dick’, ‘Por el camino de Swann’, ‘Canción de Navidad’, ‘Bajo el volcán’, ‘Quo vadis?’,’La Cartuja de Parma’, ‘Peter Pan’, ‘Alicia en el País de las Maravillas’, ‘El retrato de Dorian Gray’, ‘Las aventuras de de Huckleberry Finn’, ‘Madame Bovary’, ‘El tambor de hojalata’, no sé qué aventura de Sherlock Holmes, ‘El gatopardo’, ‘Los tres mosqueteros’, ‘Lázaro de Tormes’, ‘Don Quijote’, ‘El biombo del infierno’, ‘Hamlet’… En un dieciséis de junio. 

En ‘Pelikan’, la esperanza es azul. Si para otro poeta el azul era ‘el color del ensueño, el color del arte, un color helénico y homérico, un color oceánico y firmamental’, para el narrador de su propio milagro el color que menos pesa “se escapa alegremente por los agujeros de los zapatos” de la muerte. Si pronunciamos en voz alta las palabras que aliteran cuando el protagonista descubre que va a vivir (teñir, sabañones, tiña, araña, roña, saña) nos sale la burla (ñeñeñeñe) con la que consigue escapar de la muerte en el lugar donde comienza el azul. 

‘Villa Diodati’ es otro secreter en el que guardar y redescubrir historias: las  que rodearon un momento único, siempre sugerente y diversamente recreado de la historia de la literatura. La casa que vio nacer al monstruo que perseguiría a su padre se enamora del poeta sufriente de perfil angélico y agradece a sus moradores haberla hecho temblar y vivir.

‘La ilusión del horizonte’ es un perfecto artefacto lingüístico al servicio de una historia, de nuevo, no tan luminosa a pesar de la cegadora luz fluorescente que indica el final del viaje. 

‘Okitsu’, el tradicional tributo olgosiano al cuento japonés, es un canto a la palabra creadora. Hay algo de ‘Big Fish’, la película de Tim Burton, en esta historia de un fabulador sin cuento y de su hijo desengañado, como todos los hijos. El jardinero descubre que el silencio es más elocuente que la palabra y su padre, el carretero, vuelve en el jardín para seguir contando historias.

Y, de nuevo, la palabra tejiendo ficciones y criando sentimientos en el inesperado giro a la historia de Scherezade. 

El artilugio sobre el que versa ‘El calendario quimérico de lo que podría haber sido’ se nombra como la biblia nombra al aliento de vida o a la persona. El néfesh, ese instrumento borgeano nos ubica ante la vertiginosa certeza de que toda persona contiene en sí misma el conjunto infinito de sus posibles vidas, de que cada elección o mínimo azar cercena infinitas posibilidades y se abre a ramificaciones también sinnúmero. Magnífica la explicación con los fractales, absorbente el inicio del relato y excelente su casi final (la  última oración, casi cabalística, desconcierta).

‘Medio real’ es uno de esos mecanismos de relojería a los que Olgoso nos tiene acostumbrados. Imposible no sonreír tan bondadosamente como el, al fin, afortunado paseante de la Alcaná y dar gracias porque sus pasos lo condujeran a la puerta del sedero de la calle Cordonerías justo en el momento en que Estebanillo llegaba.

‘Émula de la llama’ es un libro independiente que, por razones no sé si inexplicadas, se incluye (¿se diluye?) en el ente ‘Devoraluces’ explicando el cambio de signo de las criaturas olgosianas sí, pero perdiendo, quizás parte de su sentido. Unánimemente ensalzado su carácter de canto al amor y al sexo, extraña por momentos lo inmediato de lo contado en un maestro en la alquimia de lo real, en alguien tan exquisito en la transustanciación de lo existente en literatura. Como otro libro que es, quizás debiera dejarlo fuera de este comentario. 

‘Odres nuevos’ es una suerte de historia bíblica, carnalmente esperanzada, que tiene un algo de vanitas tras la celebración del sexo y de los pechos de Marina.

La Coda, esa maravillosa ‘Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies’, es mucho más que una coda. Sobradamente merecería también ser un libro independiente esta espléndida indagación en las posibilidades de una ficción no necesariamente narrativa. Una verdadera delicia para paladear despacio, uno y mil hallazgos en la que el autor se aventura ya por el territorio que parece querer explorar en adelante. Bienvenido sea ese deambular por las palabras y las sugerencias”.

martes, 30 de agosto de 2022

Reseña de "Devoraluces" por Francisco Morales Lomas

Reseña de “Devoraluces” por Francisco Morales Lomas, publicada en Todoliteratura.es.




LA LUZ DE OLGOSO EN DEVORALUCES. UN HOMENAJE A LA LITERATURA Y LAS LECTURAS.

Francisco Morales Lomas


Lo conforman trece historias y una coda. Un conjunto de historias diferenciadas en las que hay mucho de ejercicio literario, momentos de autoficción y hacia el final una introducción en el ámbito de la metaficción y la metaliteratura que se está adueñando de muchos libros en la actualidad. Se ha puesto de moda y se practica con cierta asiduidad por muchos autores contemporáneos. Siempre hay que destacar la importancia del significante en su obra, la especial pulcritud con el que trata la lengua española y la facilidad para recrearse en ella con una extraordinaria calidad en la dicción aunque esto puede impedir que las historias avancen más raudas. Sin duda que es una voluntad de estilo y él es consciente de ello y se recrea por momentos como el que se queda extasiado contemplándose ante su espejo vital.

Se inicia con la expresión de sensaciones ante la luz del verano y la dura realidad que lo conmueve para adentrarse en procesos de alegorización (los sueños de Hajdú) que acaban en realidad en un sueño de la mujer creando una sugerente antítesis. Ama las retahílas, la adjetivación y el uso de un léxico muy literaturizado para mostrar ya asuntos tratados en literatura que él recrea, como la historia del cíclope y Ulises en La rosa de los vientos, con la mezcla de personajes diversos, en realidad un homenaje a lecturas, la exaltación alegórica del azul, en muchos casos síntesis de lo artístico en terrenos de lo humano como en Villa Diodati, y la rememoración de aquellas jornadas con Lord Byron, el doctor Polidori, Mary Shelly… que nos indica su maestría para la escritura y la creación de mundos originales.

En ocasiones con gran lirismo, en otras preciosista hasta la exhaustividad ralentizando las historias, aunque no es lo que le preocupa sino la recreación en un lenguaje de gran fortaleza que opera como esa metáfora de los diamantes para una anciana “la adornan, pero no pueden embellecerla”. Con su lenguaje adorna el texto y lo embellece como pocos en el panorama actual pues sabe que el instrumento que maneja es la historia de la palabra, y trata de cuidarla y darle esplendor.

Le gusta la experimentación, el uso sintagmático como en La ilusión del horizonte o la oda al padre en Okitsu, que forma parte de ese gusto de Olgoso por Japón y su tradición cultural y literaria. Pero aquí en un ejercicio de autoficción nos habla de su relación con “el padre”, definiéndose en relación a él y su mundo, que no dejaría de ser tampoco una ficción interesante e interesada, como el mismo autor aclaró en un diálogo con él: “No soy más que mi propia, nimia y atolondrada creación floral. No soy más que la flor que brotó, para apartarse, del tronco seco de mi padre”. Lo considero uno de los más interesantes del libro y lo es porque se despoja de cierta retórica y juega con la ficción de la sinceridad, algo que ya había denunciado sistemáticamente en su Paradoja del comediante Denis Diderot.

Lo oriental se haya presente en La arena de las historias en su recreación de Las mil y una noches o en su propio aleph borgiano en ese néfesch que ocupa la historia de El calendario quimérico de lo que podía haber sido. Ese néfesch que significa vida (sangre), ese “mecanismo universal, que este tapiz de sucesos, que este calendario quimérico de los que podía haber sido se construyó según los ejes maestros de la constelación de Eridanus”.

También hayamos un homenaje a Cervantes en Medio real. Y este libro, Devoraluces, lo es en general por ese devorar la luz que lo ha guiado. Como la exaltación del erotismo y el amor en Émula de la llama, todo un ejercicio de retórica sexual que haría las delicias de Bukowski, Burroughs, Anaïs Nin o Pierre Louÿs. Y por supuesto a nuestro querido Gregorio Morales. Enumeraciones hiperbólicas y escenas sexuales mezcladas con poemas, en una pasión exorbitante. Desde luego que es un maestro en sus descripciones y en el uso del lirismo, así como en la precisión lingüística y en el uso de la adjetivación y su léxico de gran altura, nada habitual en comparación con la forma de escribir presente. Para finalmente centrarse en la metaficción y realizar opiniones sobre el arte de escribir y que este es su último libro de relatos. Existe en esta como cierta entrega: “Una invención realmente nueva nunca va a salir de nuestros viejos cerebros, donde todo ya está condicionado y resabido. Solo el azar de una maquinación ajena a nosotros nos dará eso nuevo”.


lunes, 29 de agosto de 2022

Video íntegro del coloquio en el Festival Palabra de León

Video completo en Youtube de la Mesa de narrativa en el Festival Palabra y las VIII Jornadas de la RIUL de la Universidad de León. Intervienen Valeria Correa Fiz y Ángel Olgoso para hablar sobre sus últimas obras: "Hubo un jardín" y "Bestiario". Modera Natalia Álvarez Méndez, profesora de Teoría de la Literatura de la ULE.