Os dejamos con el texto completo
que Ángel Olgoso leyó durante la presentación de la reedición
ilustrada de Astrolabio
(Reino de Cordelia) en el Cuarto Real de Santo Domingo el pasado 16 de octubre, en
compañía de Andrés Cárdenas y de la ilustradora del volumen,
Marina Tapia, así como algunas imágenes del acto.
PRESENTACIÓN DE “ASTROLABIO”
(Ángel Olgoso)
Opina Lobo Antunes que esperar que un escritor diga cosas
interesantes es lo mismo que esperar de un acróbata que, en su vida
diaria, vaya dando saltos mortales por la calle. Me temo que, aunque
quisiera, no podría desmentirlo. Y los únicos saltos mortales que
podrían darse hoy aquí -a no ser que Marina o Andrés nos
sorprendan gimnásticamente- se encuentran en los relatos que
componen este libro, saltos detenidos en el aire y en el tiempo
mientras aguardan a un lector. Precisamente siempre me ha fascinado
ese símil de Merino que contempla las novelas como grandes planetas
que se mueven pesadamente, planetas de distintos tamaños y diferente
color, aunque todos se caracterizan por acarrear en su masa muchos
elementos óseos y musculares y desplazarse con cierta lentitud, por
muy majestuosa que llegue a ser. Alrededor de ellos están los
asteroides de los cuentos, un sistema rico donde bullen cuentos de
todas las formas y colores, cuentos voladores, saltarines, que se
asoman y desaparecen enseguida, dejándonos una poderosa impresión
de vida. Lo sorprendente es la solidez que, utilizando muy pocos
recursos, consiguen alcanzar esos cuerpecillos nerviosos y
versátiles.

Los relatos que componen este Astrolabio son textos
estéticamente autosustentados, textos independientes sin común
denominador, cada uno de ellos cristaliza según la necesidad interna
que gobierna su extensión, su estructura, su voz narrativa, su
ritmo, de lo cual resulta -por debajo de su planteamiento poético y
concentrado- una abundante variedad formal. Podrían emparentarse tal
vez estos textos con los “grutescos”; término etimológicamente
afín al de “grotesco”, pero que remite más bien a una curiosa
moda artística del siglo XVI, surgida a partir de los apuntes
tomados por los artistas, a la luz de las velas, de los frescos
romanos que cubrían los muros y las grutas de la Domus Aurea de
Nerón. Montaigne definió los grutescos como “pinturas
fantásticas, cuyo encanto radica en lo variado y lo extraño”, y
los enlaza con sus escritos, pues -dice- “¿qué son, en verdad,
éstos sino grutescos y cuerpos monstruosos formados con miembros
diferentes, sin ningún rostro, no teniendo más orden, lógica ni
proporción que las del azar?”. En Astrolabio he optado por
una libertad total de enfoques; es un libro poliédrico, versátil,
un pequeño caleidoscopio hecho de sueños disparatados, un puñado
de miniaturas un tanto desaforadas sorprendidas en esta deliciosa
edición de belleza casi artesanal a cargo de la editorial Reino de
Cordelia, donde brotan libros hechos para la fruición de los
sentidos, con un papel, unos detalles gráficos y una tipografía que
son toda una tentación para los lectores ávidos de belleza. Ha sido
un privilegio que -una vez agotada la primera edición de Astrolabio
de 2007- se me haya permitido el paso a esa cueva de maravillas que
es el catálogo del sello madrileño, repleto de joyas clásicas y
modernas. Por no hablar del milagro añadido de las fascinantes y
sugerentes ilustraciones de Marina Tapia, que no sólo potencian el
minimalismo a la vez barroco y abocetado de los textos sino que los
iluminan con otra luz y con otras sombras, vitaminizándolos con el
soplo de poesía y gracia propio de su arte y su persona, lo que como
resulta obvio ha supuesto un privilegio y un placer. Marina es
esencialmente poeta -yo diría que de nacimiento- pero las palabras
no son su única habitación, como para Emily Dickinson. Las palabras
son la estancia principal de la casa creativa de Marina, que contiene
sin embargo otras piezas más coloristas y comunitarias, la de la
pintura y la ilustración, la de los títeres, la de la transmisión
poética oral, o la del contagio por la belleza y el conocimiento.

Volviendo a Astrolabio, sus bebedizos han sido destilados
tras zarandear un poco el cuento bien construido, apelando a otros
registros y texturas más lúdicos, cuestionando sus límites, no por
desamor o por pura experimentación, sino para ayudar dentro de mis
modestas posibilidades a que no se apague su llama primigenia. Es la
obra de alguien a quien no le interesa reproducir la calderilla de lo
cotidiano o lo que Eça de Queirós llamaba “la impertinente
tiranía de la realidad”, sí gusta en cambio reinterpretarla o
suplantarla, sí le deleitan esos disparos a la luz de cuyos
fogonazos se pueden ver de pronto y quizá por primera vez rincones
escondidos; en definitiva, una literatura de imaginación, de torsión
de lo real, pero más acicateada aquí por los retos narrativos y por
una experimentación con géneros y subgéneros.

El añorado Álvaro Cunqueiro, respondiendo a supuestas similitudes
de su obra con otros autores fantásticos, aclaró en un ocasión que
Italo Calvino solía engarzar sus narraciones con algún aspecto
didáctico; que Borges intentaba darle un sentido cientifista para
que su narración se correspondiera con un orden cuasi matemático;
que Perucho hacía surgir su erudición como algo serio, lo cual
corta bastante la narración y da la sensación de que tiene miedo de
dejarse llevar por lo fantástico de su historia; y que a Bioy
Casares le sucedía algo semejante. La mía, sin embargo -dice
Cunqueiro-, parece como una pura broma, un divertimento, un contar
por contar, y el primer distraído y divertido soy yo. Pues bien, una
buena forma de describir este libro sería decir que en él se pueden
encontrar -salvando las lógicas y abismales distancias- ejemplos de
muchos de estos aspectos. Otra forma sería citar unos versos muy
pertinentes de Carlos Edmundo de Ory: “No hay más que sima y
cimas/ espanto y maravilla/ dicha y ruinas/ mieles y males/ bajo y
alto/ nubes y lotos/ no hay más que angustia y fiesta”.

El título, Astrolabio, designa el instrumento de navegación
(etimológicamente “el que busca estrellas”) y apunta, también,
a la unión de dos magnitudes distintas, el astro y el labio, lo
colosal y lo diminuto, la explosión y la implosión, lo ardiente y
lo tibio, lo lejano y lo cercano. Tal vez este Astrolabio guíe
al lector hacia algún lugar desconocido o imposible, hacia diversas
latitudes geográficas y temporales. O, al menos, lo extraiga por un
rato de las garras de lo real mediante una sacudida o un bálsamo,
atendiendo a la opinión que expuso Dickens en El grillo del hogar
acerca de los libros de cuentos, "cuyas benéficas narraciones
habréis bendecido cien veces, por lo bien que saben disipar la
monotonía de este mundo prosaico".

Si un libro mío anterior como Los demonios del lugar era un
descenso concéntrico y alucinado a los infiernos, y Las frutas de
la luna una perspectiva cósmica
de la especie, Astrolabio -aun con algunos delirantes
jirones de lo anterior- tiene una atmósfera menos oscura y
metafísica, un aura menos fatalista, su caligrafía se presenta
menos enrarecida, casi frívola en ocasiones. Con este instrumento
entre las manos, el lector podrá navegar a través del infinito mar
de las posibilidades y toparse con revisitaciones históricas, con
relecturas mitológicas, con piezas policíacas y metaliterarias, con
bibelots orientales, paradojas científicas, epifanías, juegos
temporales, universos autocontenidos, personificaciones de objetos y
animalizaciones de personas, experiencias místicas, placeres
inefables, percepciones extrasensoriales, metamorfosis, bilocaciones…
Uno de los primeros lectores de Astrolabio me comentó que
había experimentado algo semejante a un menú de Ferrán Adriá, muy
variado, de sabores audaces y texturas sorprendentes que iban de lo
dulce a lo salado, de lo crujiente a lo gelatinoso, de lo ácido a lo
agrio, de lo esponjoso a lo quebradizo. Y es cierto que ese ideal de
depuración, de mezcla de magia, emoción y laboratorio ha estado
siempre presente en mi obra. Stephen Spender decía que en un poema
la palabra tiene un peso específico y que, en prosa, las palabras
deben llevar una señal que diga “no me mires, la historia sigue en
esa dirección”. Sin embargo, yo no quiero renunciar a ninguna de
esas cualidades. Creo que se puede contar una historia con palabras
que tengan peso específico, con una prosa cuidada, exigente,
depurada. Creo que se pueden conseguir resultados de una aterradora
economía y, a la vez, de una mágica fulguración. Y este libro
ecléctico es fruto de ello y de una mirada hecha de inocencia y
extrañeza. Sin embargo, al igual que muchos otros de mis relatos en
los que he intentado aunar la precisión y belleza del lenguaje con
la singularidad de la historia, al ser visiones entre lo real y lo
onírico y tener un contenido simbólico, los de Astrolabio
pueden prestarse también a distintas interpretaciones. Me gustaría
pensar, además, que Astrolabio es un libro para la lectura y
la relectura, meta más que deseable para cualquier obra, junto con
la de lograr emocionar, inquietar o interrogar al lector.

Para finalizar, voy a reproducir la célebre conversación levantada
por Maupassant en esa rareza que es su novelita El doctor
Heraclius Closs, entre el Ilustre Decano que lo esperaba todo del
eclecticismo y el Doctor que lo esperaba todo de la revelación:
“-Amigo mío -decía el Decano-, hay que ser ecléctico. La
filosofía es un amplio jardín que se extiende por todo el planeta.
Recoja las flores resplandecientes del oriente, las floraciones
pálidas del Norte, las violetas de los campos y las rosas de los
jardines, haga un ramo con todas ellas y huélalo. Aunque su perfume
no sea el más exquisito que se pueda soñar, al menos será muy
agradable, y mil veces más suave que la esencia de una sola flor,
aunque fuera la más fragante del mundo.
-Sin duda alguna, será más variado -dijo el Doctor-, pero no más
suave si se consigue encontrar la flor que reúne y concentra en sí
todos los perfumes de los demás.”
Ojalá en este variado ramo encuentren ustedes numerosos perfumes y,
también, alguna esencia. Y confío en que, en esta nueva edición de
Astrolabio hermoseada por el arte de Marina, sus relatos aún
mantengan esa saludable inquietud, esa cuidadosa concentración de
detalles, esa rítmica emoción y esa chispa sensual sin las cuales
cualquier texto está muerto.