Ángel Olgoso

He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

miércoles, 28 de enero de 2026

Reseña de "Madera de deriva", por Miguel A. Zapata, en Pliego Suelto

La lectura que hace de “Madera de deriva” Miguel A. Zapata (mi querido hermano Monk) es de las que irradian inteligencia, profundidad, sagacidad y alto vuelo creativo. En la revista Pliego Suelto, Revista de Literatura y Alrededores. 



LA GEOMETRÍA MUTANTE DE LOS RELATOS DE ÁNGEL OLGOSO EN “MADERA DE DERIVA”.


Nuestro colaborador Miguel A. Zapata reflexiona sobre el nuevo libro de Ángel Olgoso, “Madera de deriva” (Libros del Innombrable, 2025), que plasma una tipología cuentística “desabrochada y libre”, donde aparecen entrelazadas –de forma lúdica y lúcida– la Historia, la ciencia, las artes, la cita erudita, la imaginación y la metaliteratura:


<<Hace tres años despedíamos una etapa en la producción literaria de Ángel Olgoso. A priori, Devoraluces (Reino de Cordelia, 2021) sería el último jalón en la reconocidísima labor narrativa (por parte de crítica y público) del autor granadino. Pero ahora aparece este volumen de título ambiguo, “Madera de deriva”, y el lector poco atento podría pensar que aquella “despedida” ha sido finalmente revocada. Nada más lejos de la realidad. Porque esta obra es tan diferente a su producción anterior como un espejo a su reflejo en otro. Iniciemos el viaje.

Sobrevolando a vista de pájaro la obra, apenas picoteando sus manjares, se nos muestra un compendio de textos sobre el tiempo y su inacabable capacidad de mutación, sobre la manera en que pespuntea los contornos de cada ser y cada cosa, cada acto y cada proyecto futuro, cada recuerdo y cada cosa no sucedida. Para la literatura de Olgoso, el tiempo ni pasa ni se detiene, simplemente es, simplemente está, y él es el cartógrafo de su presencia.

Da la sensación de que, a pesar de seguir indagando en las perfecciones de su escritura sensorial y plena de brillos y meandros, su material de escritura es precisamente eso, el tiempo del mundo y las cosas, la cuenta atrás de lo humano, la autopista infinita de las posibilidades infinitas de lo real.

Tiempo licuado, tiempo macerado, una escritura llena de milésimas y eones.

En un análisis más minucioso, atisbamos la verdadera esencia del cambio de tercio en la trayectoria del autor, excediendo los límites de los géneros habitualmente transitados por él. Podría decirse que Olgoso lleva a cabo en “Madera de deriva” un paseo walseriano alrededor de su propio cráneo, como aquella novela de Frigyes Karinthy.

Así, en “Papel sonoro” traza un hermoso paralelismo poético entre la hoja que cae del árbol y es guardada con mimo dentro de las páginas de un libro por un paseante y el lector que acude a la granadina librería Babel para hacer lo propio rescatando ese libro destinado también al olvido o al deterioro amarilleante de los años.

En ese opúsculo traza Olgoso el arco vital de todo lo destinado a desaparecer, aliviando el artificio que es cualquier novedad editorial con lo efímero de su destino, casi una hoja más en el suelo embarrado de otoño, como querían los poetas taoístas.

Surge entonces tras esta primera lectura el primer tema de la nueva entrega olgosiana y casi una declaración de principios: lo efímero como motor de la belleza, como el inevitable destino de cualquier acto humano, la melancolía por la intuición de lo finito como forma bizarra de alcanzar una revelación fulgurante.

Avanzando en la lectura, en “Espuela vana” surge el Olgoso tiernamente misántropo (que luego, ya veremos, se contradice a sí mismo o a sus lectores despistados), el que quiere renunciar a la vulgaridad de este mundo industrioso, pero con un quiebro final casi desacostumbrado: una conciencia abiertamente optimista y un ecologismo que a este crítico le ha recordado a El clamor de los bosques, de Richard Powers.

“Besos de fantasmas” podría ser un cuento truncado de espíritus errantes o una reflexión sobre la necesidad del arte de encontrar nuevos meandros en el río de Heráclito. Al fin y al cabo, lo inesperado no es otro remanso de agua distinta pero agua al fin y al cabo, sino la posibilidad de la Candela Verde (aquí se intuye, elíptico y juguetón, el Olgoso patafísico) bajo el espejeo de lo que creías dos simples moléculas de hidrógeno junto a una solitaria de oxígeno.

Para ello, Ángel recurre a la tensión entre la inmovilidad de la obra de arte y el movimiento secreto que la anima, que la hace mutar, que siempre la hará diferente con cada nueva lectura, escucha o visionado.

El arte nunca es igual a sí mismo, ni a Heráclito, ni a Dorian Gray. La idea del fantasma en todas sus posibles acepciones está también presente en “Glosario”, con mucho humor y mucho amor.

¿Es para Olgoso la inconsistencia del fantasma un estado ideal del espíritu, alejado de los relojes y de la posible corrupción de la materia? ¿Es su aspiración convertirse en psicofonía o en ectoplasma, alcanzar la excusa perfecta para no escribir más sino ser él mismo materia de escritura purísima, como cuando de adolescentes contábamos historias de fantasmas y secretamente queríamos ver el mundo desde la perspectiva de la mujer de la curva o del espectro de Verónica o del autoestopista sin cabeza?

Esta arista del escritor mostrando la ambigüedad caleidoscópica de su literatura es otra de las singularidades de sus nuevas narraciones, auténticos tratados del espejeo y el salto cuántico entre géneros canónicos.

Y también acoge esta obra, como viene siendo habitual en su producción en los últimos tiempos, a un Olgoso que era difícil de imaginar (hablo de lo estrictamente literario) hace casi dos décadas, siempre serio e hiperestésico, quijotesco y theotocopulesco: el Olgoso enamorado. “Chile en el corazón” habla de lo eterno, es su carta de amor (otra más) a la poeta y artista Marina Tapia.

Y es también un recorrido por el asombro de descubrirse en los demás (“El alborozo de parecer otro”, escribe), en este caso en la tierra y la familia chilena de su pareja, que lo convierten en un espectador admirado de la fragante diversidad del mundo, como aquel caminante de Friedrich detenido ante el mar de nubes, que para Ángel se disipan al otro lado del Atlántico, entre la belleza salvaje de Viña del Mar, el cerro Playa Ancha, la playa Las Torpederas, el honor al topónimo en Valparaíso.

También hay espacio para el Olgoso fragmentario y erudito, disfrutón de lo feérico, que aparece en “Asteriscos de la constelación de la Osa Mayor”, junto a referencias a Hearn, Browne, Baudelaire, Poe o Calasso:

Encontramos paseos reparadores que duran siglos como silbando, poseedores fantasiosos del universo y sus mundos, focas que son mujeres que son focas que fueron madres y esposas, porfías metafísicas acerca de un improbable Quijote asesino, la conjura del temible Titivillus.

En esta distancia nueva y más cercana al miniensayo que al cuento canónico encuentra el autor un filón para ajustar el texto a un interregno limítrofe con la narración, la poesía, el apólogo chispeante, residiendo aquí la novedad de su nueva entrega.

“Gaveta de miniaturas” también se recrea en esa pulsión de lo extraño que habita nuestra miseria cotidiana, la transfiguración que late detrás del aparente equilibrio: hijos que podrían ser perros, paraísos espejeantes o espejismos paradisíacos, ceremonias de cortejo infructuosas, fabulillas misántropas.

Son esquirlas híbridas para las que se requiere la decantación de miles de lecturas junto a un talento especial para la argumentación imposible.

Desde la narración de lo excéntrico, a veces, cuando quiere, llega el granadino a nuevos centros de sí, marcados con el compás que ensarta una aguja en territorios que son a veces astros lejanísimos o ese folio blanco de un cuaderno de dibujo escolar ahí frente a la mesa. Una forma de exorcizar o equilibrar la balanza de su querencia por la muerte, las infinitudes insufribles, la metafísica como autoflagelo: el nuevo Olgoso frente al espejo del viejo Olgoso, ambos acaso la misma cosa.

En este sentido, “Las islas de los bienaventurados” quiere situar el paraíso personal tan cerca que sea casi imperceptible, parte de nosotros para poder expulsarnos a placer. Con idéntica intención emocional, “Enterradme en una nube” es un texto escrito desde la excusa perfecta para el perfecto epitafio de un artista que siempre soñó con la transustanciación y seguir la línea de muertes exquisitas minuciosamente teorizadas, como Cunqueiro, Benjamin, Eckhart, Amiel, Céline o Carandell.

Y un acto casi final en este viaje olgosiano y la vuelta a la última esquina de su propio universo: ¿acaso creíamos que el Olgoso creador de seres inauditos, el demiurgo aplicado había desaparecido? En absoluto: “El tuercecuello y la ruedecilla” abre las puertas de esos gabinetes de maravillas tan afines al autor con la gestación del iunx, pájaro del desconcierto y el delirio, aparataje erótico, ingenio mecánico, llamada amorosa, pegamento de los amantes, tal vez solo un deseo imposible.

Olgoso no quiere deslumbrarnos con la materialización de un ser concreto, sino quizá con la teorización sobre sus límites, como tal vez ocurra con estos textos suyos que quieren alcanzar la desintegración para reintegrarse en otra dimensión que solo podemos intuir.

Así, “Odiadores del silencio”, gracias al talento para elevar la famosa teoría del iceberg literario a la categoría de arte mayor, no debe leerse como el testamento desesperado de un creador sensible masacrado por el ruido de los otros, sino la delicada carta de amor de un hombre que adora el silencio como la forma más acabada, más perfecta de no odiar a esos otros.

“Dóciles huestes” cierra la geometría mutante de este volumen espléndido con un poema en prosa que aboga por cierto beatus ille melancólico, casi perfilado sobre el ala de una libélula con un cáñamo, imagen que podría serle grata al autor en lo que parece apenas un deseo que justifica esta obra singular: convertirnos en sombra o aceptar que no somos otra cosa que sombra, mas sombra enamorada. Dulce consuelo para lúcidos>>.

Presentación y mirada sobre "Mixtura", de Marina Tapia

En Granada hay tres cosas importantes: la luz, el agua que baja de Sierra Nevada y Marina Tapia. Podría añadirse la Alhambra. Por eso, amig@s granadin@s, no os perdáis la presentación de “Mixtura” (Averso) este viernes 30 de enero a las 19’00 h. en la Biblioteca de Andalucía: acompañada por la poeta Rosa Morillas, Marina nos descubrirá la antología personal donde recoge una buena muestra de sus diez poemarios, muchos de ellos inencontrables. Una gozada de libro, y con vocación de permanencia. Será un placer encontrarnos allí todas las amistades arropando a Marina. Para abrir el apetito, y para los que no estáis en Granada, comparto mi mirada sobre este maravilloso crisol donde Marina ha fundido sus diez primeros libros de genuina poesía:



<<Voy a comenzar diciendo lo mismo que Federico García Lorca les dijo a los estudiantes de la Universidad de Madrid en 1934 para presentarles a Pablo Neruda, porque sus términos se pueden aplicar a la también chilena Marina Tapia palabra por palabra: “Yo os aconsejo oír con atención a este gran poeta y tratar de conmoveros con él cada uno a su manera. La poesía requiere una larga iniciación como cualquier deporte, pero hay algo en la verdadera poesía, un perfume, un acento, un rasgo luminoso que todas las criaturas pueden percibir. Y ojalá os sirva para nutrir ese grano de locura que todos llevamos dentro, sin el cual es imprudente vivir”.

Marina es como uno de esos volcanes de su tierra natal, un volcán geológicamente activo en múltiples manifestaciones artísticas (desde muy pequeña cultivó la escritura, la pintura, el teatro, los títeres, la ilustración, el cómic o la declamación), un volcán creativo que durante cuatro décadas incubó su lava literaria y, sólo a partir de los últimos diez años, la ha ido emitiendo regularmente en forma de libros, de poemarios fundentes, hermosos, coherentes, insoslayables. Desde los poemas sociales sobre los distintos roles femeninos en “50 mujeres desnudas”, pasando por el erotismo caleidoscópico y elegante de “El relámpago en la habitación” y el amor desde los cinco sentidos en “El deleite”, hasta esa oración a la naturaleza a través de las cuatro estaciones que es “Marjales de interior”. Desde esa botánica fantástica, original y misteriosa como un códice sobre híbridos del mundo vegetal y animal que es “Jardín imposible”, pasando por las raíces hondas y ramas altas de ese refugio que es “Corteza”, hasta esa mirada al paisaje y su fusión con los límites del lenguaje que es “Bosque y silencio”. Desde ese homenaje a las voces poéticas femeninas y marcadoras de camino que es “Un kilim de palabras”, pasando por esa peregrinación de emoción contenida a múltiples territorios que es “Islario”, hasta llegar al misticismo telúrico, al panteísmo de “Piedra que mengua”, Marina ha transmutado alquímicamente su vida y su voz en una decena exacta de volúmenes, de los cuales se recoge felizmente una amplia selección en esta “Mixtura”. Digo felizmente porque muchos de ellos son imposibles de conseguir, inencontrables, al tratarse de ediciones en muchos casos fruto de premios institucionales y en algunos casos de ediciones cercenadas por el tajo de la pandemia. Aquí está, reunida en estas páginas, la obra poética de Marina Tapia, una escritura a veces voluptuosa, casi matérica, y otras de una delicadeza y pulcritud adánicas; una escritura entre la melancolía y la plenitud, entre la meditación y la inventiva, entre lo encendido y lo vulnerable; una escritura siempre trascendente, con hallazgos plásticos que sorprenden al lector por su osadía y, sobre todo, con una elegancia prístina y arrebatadora.

Como dije en uno de los prólogos que tuve el privilegio de escribir a alguno de sus libros, los versos de Marina son versos que polinizan el alma. O, por decirlo al modo de Cunqueiro, la poesía de Marina es ambrosía, madre de levitaciones. Y Marina es a su vez, como todos los poetas auténticos, una médium verdaderamente modesta. Su humildad custodia la pureza que necesita, por encima de todo, el poeta. Porque la escritura no es a sus ojos más que el rostro luminoso del hecho de vivir y de morir, y de algo así no puede sacar provecho ni vanidad. Pienso que Marina podría ser uno de aquellos ángeles que visitaron a Abraham, en pura misión de consolarnos en un mundo demasiado feo y bárbaro, con demasiada dureza y brutalidad y un lenguaje cada vez más zafio e incoloro. Que Marina podría ser como esos médicos, como esos contados seres misericordiosos que tienen la seguridad de que con dulzura y consuelo se curan muchas enfermedades. O como esos místicos que pasan de puntillas por su tiempo, porque el ruido del mundo no deja oírlos, pero luego, aunque sea mucho tiempo después, acaban resonando como un fragor en el corazón de las gentes, que por fin pueden escucharlos. Porque tengo la certeza -como la tiene cualquier persona que se haya acercado a su poesía o la frecuente en el futuro- de que la lectura de los versos de Marina es realmente un descansadero, un lugar de quietud, un espacio calmante del alma donde se amortiguan los ruidos y se otea el mundo, con sus colores y misterios, como desde una particular y gratísima lontananza; donde los sentidos se expresan y glorifican mediante la razón y el ritmo interno; donde los apetitos, con sus batallas y cicatrices, se subliman, y se auscultan apaciblemente los afectos; donde no hay impostura ni estridencias, donde la obra de arte no se convierte en vehículo del ego ni se transforma en altavoz de sus pequeñas pretensiones... Y todo esto resulta impagable.

Porque, además, Marina es una trabajadora incansable. Ella, siempre inquieta, estudia, investiga, absorbe el mundo y el conocimiento como una esponja. El crítico de arte Walter Pater hablaba de la genialidad por acumulación. En los resoles de la fragua creativa de Marina Tapia hay acopio de genialidad y de curiosidad, llamean colores nuevos, como lavados, refulgen glaciares de detalles, imágenes, formas y texturas. Quizá la sensación de transparencia que se respira en su obra provenga de que nuestra poeta no se deja atrapar por el paisaje, por las vivencias o los sentimientos, sino que los deglute y los fija para nosotros en planos mentales. Según Azorín, lo que da la medida de un artista es su sentido de la naturaleza: un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje. Pareciera que Azorín no habla sino de Marina. Ella, en su fragua incesante, es capaz de explorar la frontera entre la palabra y el silencio, de sondear epifanías alpinas, de esculpir las fases del deseo, de celebrar la vida como si fuera un centelleante trozo de ámbar, de agasajarla con versos, pinceles o títeres.

Para Gertrude Stein, la poesía perfecta era como perfecta sabiduría y santidad, simplicidad y transparencia. “Mixtura”, este crisol de la poesía hasta el presente de Marina Tapia, se acerca de manera extraordinaria a esa idea, a ese deleitoso ideal. Porque los poemas de Marina existen, no parecen haber sido fabricados sino que pertenecen al orden natural, como el lirio silvestre. Se encuentra uno muy a gusto respirando su aire puro, lleno de misteriosas fragancias, de brisas sensuales, de combinaciones armónicas, de exquisitas ósmosis. Sólo muy pocos libros o autores nos acompañan muy profundamente, creadores que poseen un don donde se funde la gracia y la tersura expresiva con una lucidez especialísima, genuinos artistas que son esclavos del don que han recibido. Sólo muy pocas veces nos penetran palabras esenciales por su verdad o su belleza. Por lo general, y porque la sed no se apaga sino con agua de manantial, hay que cavar un pozo muy hondo para encontrar una veta pura. Y la poesía de Marina lo es, un don como la claridad del agua o de la luz. Un don que no se sabe de dónde viene, sólo que hay que cavar mucho y esperar mucho. Hasta hoy, en que tenemos la suerte de atesorarlo en el cuenco de nuestras manos, quintaesenciado en este volumen de una poeta destinada a ser un clásico, porque sus libros poseen la elegancia, la limpieza y la precisión de lo atemporal>>.

lunes, 26 de enero de 2026

Reseña de "Madera de deriva", por Fernando Parra, en Diario Información de Alicante

Muy agradecido al escritor Fernando Parra por su excelente reseña de “Madera de deriva”, publicada en el suplemento Arte y Letras del Diario Información de Alicante:



PAPEL SONORO

Para encabezar nuestra reseña nos apropiamos del título con el que Ángel Olgoso nombra el primero de los 35 relatos que conforman “Madera de deriva” (Libros del Innombrable). La elección no es baladí, pues uno de los aspectos que enseguida llama la atención es el exquisito uso del lenguaje, su musicalidad, lirismo y elegancia. No en vano, Olgoso dedica tres de sus textos a posicionarse con indisimulada vehemencia contra la indigencia verbal de nuestros días («La pocilga de la facilidad») defendiendo la labor lenta y minuciosa de la orfebrería lingüística («La lentitud del meteoro»), y todo ello pese a Cioran, cuya cita contra el uso de la poesía en la prosa remata, en un divertido anticlímax, el impresionante despliegue retórico de un voluptuoso relato erótico. Y es que la metaliteratura está muy presente en este libro de pecios rescatados: unas notas tomadas a vuelapluma para el borrador de un cuento se convierten, gracias a su capacidad evocadora, en el cuento mismo; un catálogo de escritores enfermos que hallaron alivio en la escritura descubren el bálsamo de Fierabrás; y tres maravillosas evocaciones de Bioy Casares, Ribeyro y Cela reclaman el imperio de los secundarios, de los tímidos y frágiles, y –otra vez– del lenguaje en todos sus matices. Este gusto por la estampa se repite dos veces más en una sugestiva enumeración de momentos del pasado o en la originalísima «constelación» de situaciones, a medio camino entre la verdad histórica y la imaginación desbordante.

Hay también en el libro un profundo descreimiento del ser humano rayano en la misantropía. Así, Olgoso se queja amargamente de la invasión de carteles publicitarios que ahogan a la Naturaleza; reformula el tópico del ‘beatus ille’ evocando un lugar ideal en el que han desaparecido los hombres; repasa los estragos producidos por el ser humano a lo largo de la Historia en una asfixiante concatenación de atrocidades; o arremete contra «los odiadores del silencio», al que más tarde dedica rá una oda casi elegíaca. Como refugio ante la hostilidad que sus propios congéneres obran sobre un espíritu sensible e ilustrado, Olgoso, soberano demiurgo de su propia realidad, diseña cosmogonías habitables en sus distopías positivas o simplemente utópicas que, en ocasiones, como en «Dóciles huestes», aspiran a alcanzar un nuevo orden metafísico. Otras veces se refugia en el juego literario, como en su divertido glosario de epitafios o en la invención de su propio hápax (voz registrada una sola vez en una lengua, en un autor o en un texto), o en el recreo epistolar ‘à la salonnière’. En ese mismo sentido de asilo contra la intemperie, se sitúa la fantasía, porque nunca «hay que envejecer ante el asombro». Entre estos relatos destacan, por ser continuación de lo que Olgoso ya hiciera en otros libros como “Estigia” (Eolas), su «Gaveta de miniaturas», pequeñas píldoras narrativas que retan a la lógica y crean situaciones extrañas y desconcertantes y, por eso mismo, magnéticas.

Finalmente, otra válvula de escape es el viaje, como el que emprende junto a su mujer a Chile, cuya estancia se convierte en un oasis de plenitud y también en un canto de amor a Marina; o el realizado a tierras cordobesas, con la evocación de los fósiles marinos adheridos a las paredes de casas y edificios para quien sepa verlas, porque «la belleza necesita que alguien la vea».

El libro, además, llama a otros libros: un copioso muestrario de referencias que demuestran el enorme bagaje cultural de su autor y que suponen un acicate para el lector curioso que quiera descubrirlas.

Con “Madera de deriva” se confirma lo que ya muchos sabíamos: que Ángel Olgoso es, hoy por hoy, uno de los maestros del relato corto en España, no solo por la calidad de sus textos sino, también, por su inquebrantable posicionamiento ético y estético que, en Olgoso, es una misma cosa. Esta madera no es el «flaco leño» de Fray Luis de León, sino tabla de salvación hacia una gloriosa deriva. La del que se sabe seguro a merced de la literatura>>.

viernes, 16 de enero de 2026

Preámbulo a "Pedro Páramo en "Los 7 fantásticos"

Un privilegio que se me encargara la introducción a “Pedro Páramo” en el volumen de 500 páginas “Los 7 fantásticos”, nuevo ‘tour de force’ del editor Pedro Tabernero en su colección Laboratorio de Imágenes (Grupo Pandora). Siete historias imperecederas de la literatura fantástica del siglo XX contadas a través de las expresivas imágenes del pintor cubano Michel Moro, un total de 500 en cinco años de trabajo, cada una escogida de una frase de la obra en cuestión: La metamorfosis, Alfanhuí, El barón rampante, Alicia en el País de las Maravillas, El reino de este mundo, La invención de Morel y Pedro Páramo. Un invitación a la relectura de estos clásicos del siglo XX, a verlos como los vio y plasmó en imágenes Michel Moro, un artista con una visión única, y en la que participan con diferentes introducciones los escritores Manuel Moya, Javier Salvago, Antonio Sancho Villar, Gabriel Rodríguez Pascual, Albert Torés, Ricardo Reques y un servidor.
Os dejo con mi preámbulo a “Pedro Páramo” de Juan Rulfo:



<<Escribo estas líneas en Galicia, el reverso fresco, verde y esponjoso de Comala. Leí con sobrecogimiento “Pedro Páramo” en 1980, imantado por la fascinación que supuso, poco antes, el descubrimiento de Juan Rulfo en sus cuentos de “El llano en llamas”. Después supe que había leído la obra completa de Rulfo por orden de publicación. Este universo único, esta tragedia susurrada, como calificó Miguel Díez, ‘el viejo profesor’, la vida y obra Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, lacónico en todo menos en su nombre, esta destilación de tres talentos perfectamente combinados (escritor, fotógrafo y guionista), me revelaron también tres ideas capitales: la importancia de la brevedad, de encerrar todo un universo en cien páginas sin una palabra de más; de exigirle un esfuerzo al lector para recompensarlo luego sin que se aperciba de ello; y de la reverberación que debe revolotear, como un persistente remolino de polvo, en la mente del lector tras la lectura de la obra. Acompañar a Juan Preciado a Comala, ese lugar que destruye todo aquello que pretende arraigar en él, sentir ese “rencor vivo” que despierta a su alrededor el cacique Pedro Páramo, paladear el sobrio lirismo del autor, entre lo real y lo fantástico, entre lo local y lo universal, entre lo severo y lo vigoroso, entre lo violento y lo desolado, entre el sueño y el dolor a través de cada uno de los fragmentos, de las voces de los personajes y de los hilos temporales que se van alternando, es escalar sin aliento una de las cumbres de la literatura en español de todos los tiempos. Y al redactar estas líneas tiene uno, de pronto, la sensación de que el verano parece arrastrar hasta Mondoñedo el aire seco, áspero y asfixiante de Comala>>.
















miércoles, 7 de enero de 2026

En El Batracio Amarillo

Muy agradecido a la revista satírica El Batracio Amarillo, a Gato y al Jorobado de Motril por enlazar esta divertida caricatura con el certamen de poesía humorística La Flor del Cactus; y, sobre todo, por la estupenda reseña. Pocas veces la obra de un servidor ha sido descrita de forma tan clarividente:



REFERENTES LITERARIOS GRANAÍNOS PARA LA FLOR DEL CACTUS: ÁNGEL OLGOSO

¿POR QUÉ ES UN REFERENTE PARA LA FLOR DEL CACTUS?
Porque escribe como quien mira el mundo por el ojo de una cerradura y encuentra dentro el infinito. Ángel Olgoso es orfebre del cuento, miniaturista del pensamiento, alquimista del detalle. Cada relato suyo es una pieza tallada a conciencia, sin una palabra de más y sin una emoción fingida. Es un escritor que no busca entretener, sino revelar: detrás de su precisión hay vértigo, detrás de su lucidez, piedad. Su prosa destila una filosofía secreta, como si Borges hubiera nacido entre Sierra Nevada y la Alhambra. Y cuando se vuelve cruel, no es por maldad: es porque la verdad -bien contada- duele.

¿DÓNDE ESTÁ EL HUMOR?
En la exactitud del escalpelo. Olgoso maneja la ironía con la precisión del miniaturista que sabe que una sonrisa puede tener filo. Su humor es cerebral, casi invisible, pero brilla cuando lo descubres: una mezcla de erudición y sarcasmo contenido, de sabiduría con trampa. Ríes despacio, como quien acaba de resolver un enigma. En su universo literario, el absurdo tiene lógica y la crueldad, elegancia. Es humor de laboratorio: medido al miligramo, pero con una chispa que enciende todo el relato.

PARTICIPA EN EL CERTAMEN
Escribe con rigor, pero también con alma. Aquí no se premia la ocurrencia, sino la precisión con propósito. Sé lúcido, pero no pretencioso; filosófico, pero con risa; pequeño en forma, grande en fondo. Aprende de Olgoso: cada palabra puede ser un mundo si la colocas en el sitio exacto. Si logras que tu texto piense sin alardear y brille sin gritar, el cactus sabrá que estás en buena compañía.

Consulta las bases y envía tu obra a este correo: elbatracioamarillo@gmail.com


FUENTES CONSULTADAS
“Cuentos de otro mundo”, “La máquina de languidecer”, “Breviario negro”, “Racconti abissali”, artículos, entrevistas y ensayos.

Lecturas del Jorobado de Motril, que lo admira con la joroba inclinada y el respeto de quien sabe que hay cuentos que se leen una vez y se piensan toda la vida.