He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

viernes, 22 de marzo de 2024

Reseña de "Sideral" por Santos Domínguez Ramos

Reseña de Sideral en el blog En un bosque extranjero, por Santos Domínguez Ramos:




SIDERAL, DE ÁNGEL OLGOSO

“Ahora, a punto de concluir el extenuante puzle, Labiel demora la colocación de la última pieza. Durante años ha cifrado únicamente su existencia en componer, con la precisión de un relojero, su gran proyecto, ese puzle descomunal que ocupa por entero la superficie de la vivienda vacía. Quizá -piensa- el acoplamiento de la última pieza signifique algo horrible para el mundo, un sacrilegio, una claudicación, una amenazadora transfiguración, una catástrofe. Labiel sostiene cansinamente en el aire la troqueleda pieza. Al fin se decide y, sin reprimir un estremecimiento, completa la imagen como quien dibuja un destino, levanta un castillo de naipes o procede a la última de los inmolaciones. Nada sucede, pero ¿qué ocurrirá cuando Labiel deshaga el puzzle?”

Ese Hojaldre de universos es uno de los cincuenta y un textos que forman parte de Sideral, el libro que reúne los relatos de ciencia ficción de Ángel Olgoso.

Publicado por Eolas Ediciones, es, tras Bestiario, el segundo volumen de un proyecto que recopilará en seis tomos los relatos completos de quien es un referente imprescindible del género en las últimas décadas en España.

Lo abre un prólogo en el que Juan Jacinto Muñoz-Rengel destaca la imaginación creadora como motor de la narrativa de Olgoso y la vincula a la escritura borgeana: “Porque, a la manera de Borges, hay autores de ideas. Autores que basan toda su escritura en una intuición, en un destello, en un instante -a veces mínimo- de gracia o de vértigo, en una revelación, en un pasmo. Es en el sustrato de esos instantes donde arraiga y crece la prosa de Ángel Olgoso.”

Con una enorme potencia imaginativa para darnos una perspectiva inédita del mundo a partir de su sostenida voluntad visionaria, estos relatos son una magnífica incursión en lo fantástico y una exploración iluminadora de otros mundos.

Entre la fascinación y el horror, la imaginación planetaria e interestelar de Olgoso se proyecta en el tiempo y el espacio para invitar al lector a viajar por las nebulosas y los agujeros negros, a observar de cerca las colisiones de galaxias y el desmontaje de las piezas del universo, a contemplar las Pléyades como piezas de caza y a sobrecogerse con un cielo de tres lunas.

Y entre la narrativa y la poesía, ese lector abducido por la cuidada palabra de este narrador excepcional asistirá a la irrupción de un pez de polvo y a la elaboración de un calendario quimérico, verá inolvidablemente la materia oscura y las montañas flotantes de Plutón, oirá la conversación de las máquinas rebeldes que sueñan e imaginan, evocará la creación de la vida y la geometría armónica de la muerte. Y conocerá el magnífico relato de la historia del rey y el cosmógrafo:

“Refiere Von Uexkull, en su Nouveaux voyages où personne n’a jamais pénétré, que cierto día el rey ordenó al mejor cosmógrafo del país la construcción de un globo terráqueo que superara a cualquier otro en grandiosidad y precisión. El cosmógrafo, un fraile menor, de nombre Jacob Haim o Behaim, accedió a los deseos reales aunque, por su disposición natural a la austeridad, rechazó las prebendas que se le otorgaban y se encerró a trabajar durante meses en su gabinete. El tiempo empleado en la elaboración del globo terráqueo fue motivo de controversia; su secretismo, de desmedidas figuraciones. Cuando llegó la mañana en que habría de descubrirse la obra maestra en el centro del salón del trono, bajo el óculo de tres metros de diámetro del techo, rodeaban al rey diputaciones de nobles y arquitectos, de obispos y algebristas. Con un calmoso movimiento del brazo, el cosmógrafo de hábito encordado retiró la tela: aquel globo terráqueo no tenía trazas de soberana perfección, no era monumental ni se hallaba montado sobre zócalos de bronce o pedestales esculpidos en mármol, no representaba la Geografía de Ptolomeo, no lo adornaban la Rosa de los Vientos, la flor de lis del norte, las banderas, los animales fabulosos, los rumbos de colores, las minúsculas notas descriptivas, no habían sido artísticamente dibujados sus husos, ni siquiera graduados para indicar las distancias, y los paralelos y meridianos tampoco se indicaban mediante flejes de oro. Era solo un pequeño globo terráqueo de madera de la altura de un hombre, puesto en pie sobre una sencilla peana de madera sin tornear, y con los contornos de tierras vagamente reconocibles como única pretensión científica. Toda la corte, perpleja en su avidez de ojos muy abiertos, afrentada por la simplicidad de tal representación del mundo, miró al rey que, confundido y ultrajado, mandó a sus capitanes detener al cosmógrafo y ajusticiar con el rigor que merecía a quien se burlaba así de los deseos reales. El fraile no profirió queja alguna. Se limitó a hacer girar suave y resignadamente la esfera y desapareció de la vista de todos, como llevado por la invisible fuerza centrípeta al interior del globo terráqueo, donde la madera no le vedó el paso. Se dijo que aquel día, hasta su declinación, obraron más extraños prodigios en la sala del trono: brisas del lejano sur soplaron sobre los tapices, se oyó al aire restallar en el gratil de unas velas, el ruido en sordina del oleaje, el trémolo metálico de un ancla; y después, con cada giro del globo, los aromas tomaron voz, y todos creyeron recibir en el salón real fragancias de las nueve partes del mundo, árboles de la pimienta, nueces de cayú, campos dilatados de espigas, incienso árabe, el olor meloso de calles entoldadas y el áspero de encuadernaciones de becerro en ciudades levíticas, piedras lavadas por las corrientes, flósculos de girasoles, marismas, parras y olivos, emanaciones telúricas de herrerías, barrunto de animales salvajes, violetas de presbiterio, hedor de miasmas. El rey y sus cortesanos imploraron el cese de las oleadas de esencias, de las infinitas figuraciones de vida que se expandían hacia ellos desde el cuerpo geométrico, alcanzándolos como una pleamar de veloces saetas, de afiladas crestas glaciales, de estrellas cayendo por el cielo hasta que, en su última vuelta, no quedó sobre la esfera terrestre más que una grata oscuridad sin dioses y la voz de un pájaro.”

O viajará a estos Pantanos celestes:

“Subí al Metro y eché una cabezadita en el asiento. Cuando desperté, ya habíamos dejado atrás el hermoso y multicolor flujo meteórico de los anillos de Saturno.”

Además del constante cuidado por la expresión que caracteriza la escritura de Ángel Olgoso, hay en estos cuentos una libertad imaginativa y una búsqueda de la extrañeza heredada de la mejor zona de la literatura fantástica. Sobre ese potencial literario de la imaginación, escribía en la presentación de Cuentos de otro mundo: “Cuando uno tiene imaginación, no puede evitar imaginar: se pirra por lo insólito, lo disparatado o lo imposible, por lo poco común, las ideas asombrosas, el extrañamiento, las epifanías siniestras, los misterios y las quimeras, las secretas perspectivas desde las que el mundo se manifiesta distinto, en definitiva por todo lo que le falta a esta vida cotidiana escandalosamente aburrida. Yo al menos no sé de cosa alguna que lo tonifique a uno tanto como hacer posible, en cualquier ámbito, lo imposible. Aunque, si se piensa con frío detenimiento, la literatura fantástica es realista de un modo inequívoco, porque reflexiona sobre el hecho enteramente fantástico de existir.”




Prólogo de "Sideral" por Juan Jacinto Muñoz Rengel

Si os gusta viajar lejos, visitar otros mundos y otras dimensiones, habéis venido al lugar apropiado: “Sideral”. Podéis empezar sintonizando el fantástico prólogo de Juan Jacinto Muñoz-Rengel, verdadera síntesis del género y extraordinaria destilación de mi segundo volumen recopilatorio.



I

“Para indagar en los antecedentes de la imaginación extraterrestre de Ángel Olgoso, en su forma de soñar, cósmica, lúdica, preciosista, enumerativa, rizomática, a veces macabra y no siempre tecnológica, tendríamos que ser mucho más ambiciosos.

Habríamos de revertir toda la historia de la civilización, sobrevolar más de dos mil años y situarnos en la épica apocalíptica del poema sumerio de Gilgamesh, para así buscar la inmortalidad con la misma valentía que lo hacen los personajes de nuestro autor en la expedición del volcán de la Montagne Pelée.

Deberíamos surcar continentes y arribar a la India, para asombrarnos ante las naves espaciales, los vimanas, que aparecen en la epopeya en sánscrito ‘Ramayana’ (siglo V a. C.), esas máquinas voladoras capaces de viajar al espacio o sumergirse bajo agua, y de destruir ciudades enteras utilizando avanzados proyectiles.

Tendríamos que abrir nuestra mente y desprendernos de los rigurosos esquemas del género.

Solo así nos aproximaríamos a las verdaderas raíces de la obra de Olgoso y a su modo de concebir su ficción científica. Si imagináramos con la misma libertad que lo hace Yambulo en ‘La Isla del Sol’ durante el periodo helenístico, convenciéndonos de que hemos arribado a una isla donde los días y las noches son siempre iguales y los nativos ostentan huesos flexibles. Estaríamos en sintonía con su misma perspectiva soñadora si nos dejáramos llevar y nos maravillásemos ante este pueblo pacífico y longevo, cuyos miembros viven hasta ciento cincuenta años con la salud intacta y, cuando se sienten envejecer, se echan a dormir sobre una planta de propiedades mortíferas.

Este sería el enfoque. Para entender las fuentes de los cuentos de este libro tendríamos que viajar, como lo hizo Antonio Diógenes en el mismo siglo III a. C en sus ‘Historias increíbles de más allá de Tule’, en línea recta, hacia el norte, donde siempre es invierno y las noches duran más de seis meses y habitan los muertos vivientes. Este vuelo pitagórico, el primero de la historia de la literatura universal que culmina con un hombre en cuerpo y alma sobre la superficie lunar, nos llevaría a conocer unas plantas y animales más espléndidos, suculentos y hermosos que los terrestres. Y, sin duda, se ajustaría de una forma mucho más precisa a la materia ficcional que nos ocupa.

Solo de este modo nos alinearíamos con la imaginación del escritor español. Eludiendo los cánones genéricos y avanzando de la mano de estos imaginadores libres, como Luciano de Samosata, que en el siglo II d. C. concibe en sus ‘Relatos verídicos’ el primer viaje espacial en el que aparecen formas de vida alienígenas, como los cabalgabuitres, guardianes de la frontera lunar, o un linaje de hombres arbóreos.

II

Porque, a la manera de Borges, hay autores de ideas. Autores que basan toda su escritura en una intuición, en un destello, en un instante —a veces mínimo— de gracia o de vértigo, en una revelación, en un pasmo.

Es en el sustrato de esos instantes donde arraiga y crece la prosa de Ángel Olgoso. Algunos de sus relatos pueden construirse por entero alrededor de un único coito, entregarse al repicar de los dientes entrechocando, las lenguas bullendo, el zureo de los gemidos, al sexo envarado, incandescente, y a sus empellones contra la pulpa abierta de una fruta reventada. O bien, desde el acodo en una mesita del café Madagascar, desde un promontorio de corales, desde un fumadero de opio, desde una nave interestelar, consagrarse a la mera contemplación de acontecimientos y paisajes: esa franja marítima de basalto donde crecen extraños árboles coronados de plata, los tambores africanos, los cuernos de caza de Yucatán, el reflejo de los astros sobre el agua y, bajo la superficie, adamantinos sargazos y bancos de peces de luz capaces de encender las profundidades del océano, los cantos en lenguas mazatecas, el hielo que se repliega y los mares que hierven, enjambres de pobladores derramándose por los valles, imperios desmoronándose, realidades errantes en las volutas de infinitos mundos posibles, que nacen y se deshacen fugaces. En ocasiones, la historia girará en torno a un descubrimiento, en torno a la revelación de que nuestra realidad no es tal, se arremolinará alrededor del presentimiento de que existe una lógica arcana e insondable, de que no hacemos pie y los muros de la razón se hunden, de que la gente que nos rodea cada día no era lo que parecía o ni siquiera lo es la pareja amante que vibra sobre nuestra pelvis. Y entonces, las más de las veces, es en esos momentos cuando resbalamos y nos precipitamos en el horror: el espanto de vislumbrar la verdadera anatomía, membranosa, escamosa o insondable, que se escondía bajo su piel. De reparar, de pronto, en la enorme masa de huevos primigenios que estaban adheridos al cemento de nuestros edificios. De contemplar, cara a cara, toda la miseria humana concentrada en el fruto del árbol Yggdrasil, que sostiene el universo. De no poder olvidar la visión de todo un pueblo dormido bajo el lecho marino, hombres, mujeres, niños y animales domésticos en trance, mecidos por las corrientes oceánicas. El pavor ante la posibilidad de que un buen día, a media mañana, el mundo se acabe sumiendo por completo en la oscuridad. O más aún, que al salir de la barbería, sencillamente, el mundo haya desaparecido.

Por el contrario, hay otros autores que se dedican al amplio y cabal desarrollo de las tramas de la literatura prospectiva, que invierten su tiempo en la documentación técnica y en la consulta a especialistas, en la laboriosa planificación de las escaletas. Escritores que edifican un mundo completo, con sus muchos personajes y sus líneas de acción cruzadas, con sus detalladas escenas a tiempo real, sus subconflictos y sus diálogos hiperrealistas. Muchos de los cuales, de hecho, se verán tentados y acabarán internándose en la ‘hard science fiction’.

Y por esta razón, y no por ninguna otra que pueda leerse por ahí en artículos o entrevistas, ni siquiera en palabras del propio Ángel Olgoso, todas sus ficciones literarias cobran forma de cuento o de microrrelato, y nunca hasta la fecha de novela. Porque su obra surge de un instante de clarividencia, explota hasta los límites de lo posible una imagen, un pálpito, un escalofrío, una conmoción, un diminuto seísmo. Pero su musa no tiene mayor interés en seguir avanzando, estudiando y acompañando ‘sine die’ a sus personajes. Su creación permanece en el instante suspendido, como el hombre que observa la superficie de un mar a la que no estremece ni el más ligero temblor, el mutismo de los árboles y la luz congelada del sol, las bandadas de pájaros petrificadas en el cielo.

Si tuviéramos que establecer un parangón, la imaginación de Olgoso se removería excitada ante la oscura y turbadora visión de los invasores de Wells; pero con probabilidad se mantendría ajena a las investigaciones científicas de Verne, a sus visitas a exposiciones y museos, indiferente a su constante estudio de maquetas y prototipos, a su afición por las publicaciones especializadas y, sobre todo, a su necesidad de justificar la precisión de sus inventos y de acertar en sus predicciones.

Sus relatos guardan un íntimo parentesco con las criaturas primordiales y la dimensión ominosa del universo de H. P. Lovecraft; pero repelen los complejos argumentos de suspense, la calculada arquitectura de giros inesperados y revelaciones escalonadas de los libros de Stephen King.

Y serían también consanguíneos de la misma libre inspiración que insufla vida a los cuentos de Bradbury en sus ‘Crónicas marcianas’. Mucho más que del Bradbury ordenado y disciplinado de ‘Fahrenheit 451’.

En ese sentido, entre los escritores distópicos tendríamos que descartar a todos aquellos que construyen precisos sistemas políticos anticipados, mundos viables, estables, basados en el estudio sociológico y de la economía. Y acaso solo nos quedaríamos con alguno tan poco convencional como William S. Burroughs.

Porque nuestro autor tiene mucho más de la imaginación desordenada, perturbadora, inflamada y febril de un J.G. Ballard o de un Philip K. Dick, que del tipo de mente científicamente rigurosa que comparten Arthur C. Clarke o Carl Sagan.

Si nos ciñéramos a los viajes en el tiempo, se aproximaría más a la alterada temporalidad de los tralfamadorianos y ‘Matadero Cinco’ de Kurt Vonnegut, que a las teorías planteadas en ‘El fin de la Eternidad’ de Asimov.

Estaría más ligado al mar protoplasmático y pensante de ‘Solaris’ de Stanisław Lem, o a los disparatados y gamberros viajes de sus ‘Diarios de las estrellas’, que a la tecnología, las hipótesis y el horizonte de sucesos de su titánica ‘Fiasco’.

En el panorama actual, podría perfectamente haber escrito ‘Exhalación’, de Ted Chiang, mucho antes que ‘El problema de los tres cuerpos’, ‎de Liu Cixin.

O, si se quiere, y por poner fin de una vez a este cotejo, la ciencia ficción de este volumen no es la de ‘Black Mirror’. En cambio, sí podríamos leerla como si viéramos ‘El gabinete de curiosidades’ de Guillermo del Toro.

III

Entonces, ¿qué se van a encontrar los lectores de ‘Sideral’ agazapado en el interior de sus páginas?

A estas alturas, alguien podría pensar que nada demasiado conforme al género de la ficción científica. Sin embargo, las páginas de este volumen están recorridas de principio a fin por una de las grandes preocupaciones de esta literatura, el tópico de la realidad como simulacro, la sospecha de que la realidad no es lo que perciben nuestros sentidos, tan presente desde la alegoría de la caverna de Platón hasta ‘El tiempo desarticulado’ o ‘El show de Truman’, desde la noción de ‘māyā’ hasta la película ‘Matrix’, pasando por Calderón, Borges o Lewis Carroll. Aunque en los relatos de Ángel Olgoso la matriz sea puesta al descubierto en «Contraviaje» por dos operarios tan mundanos como Tibor, montador jefe, y Ferenc, ayudante, dedicados a desmontar con toda parsimonia bastidores, paneles y el resto del armazón del decorado universal.

Y no es, ni mucho menos, el único de los grandes temas de la ciencia ficción tratado en este libro.

La realidad virtual, sin ir más lejos, se aborda en «Las montañas flotantes de Plutón» y no solo afecta a nuestro presente, sino también a todo nuestro pasado.

La inteligencia artificial se despliega pues en su versión digital, pero también con toda la contundencia de chapas, engranajes y pistones, en textos breves como «La impunidad de los sueños». Si bien, en consonancia con la mucho más libre condición soñadora del escritor granadino, que hemos venido proponiendo en estas líneas, quizá su verdadera aproximación a un modelo de IA se encuentre mucho mejor reflejada dentro del contexto y la tradición del gólem, de lo que es perfecta muestra «Nimrod», su criatura de piel soplada.

Los viajes en el tiempo a veces se manifiestan como meros desórdenes entre distintas dimensiones, como ocurre en «La miel de lo visible», o anomalías circulares, como en «El bucle». Aunque en otros casos también lleguen a adoptar la moderna forma de las conexiones espacio-temporales, a través de algo tan orgánico, laminado e iridiscente como «La vaina».

No faltan tampoco jugosas muestras de exploración galáctica, entre las cuales acaso la lectura más apasionante sea la de «Van Utt y el millar de mundos». Van Utt es uno de los doce pilotos distribuidos por el plasma abismal del universo en busca de inteligencia extraterrestre, y su última aventura resultará de lo más reveladora.

Y se hallan, claro que sí, formas de vida extraterrestre. Seres unicelulares, dicotiledóneos, simples filamentos, criaturas metamórficas, langostas invasoras que emiten repugnantes sonidos de masticación, gelatinosos rastreadores con aguanosa sangre de yema escarlata, elefantes amarillos, gatos tonkineses con plumas de avestruz, seres que parpadean de abajo hacia arriba, que poseen una piel lumínica o palpos sensores en la frente.

Incluso abundan los artefactos y los inventos, como la cámara Limehouse, un dispositivo catóptrico que aplicado sobre la corteza cerebral del moribundo nos permite ver el más allá. O el néfesch, un prisma de cristal con forma de crisálida que contiene todas las vidas posibles de cada individuo. O la celda triangular de mármol pulido y fulgores translúcidos de «Geometría», cuya ausencia de curvatura es capaz de despojar al preso de toda humanidad.

Y así, uno tras otro, los temas y las líneas maestras de la ciencia ficción van cobrando una forma nueva en las manos de Ángel Olgoso.

En tanto que, como si dispusieran de todo el tiempo del mundo, Tibor y Ferenc siguen cargando su camioneta, desacoplando monturas, introduciendo planchas bajo la lona raída y, capa por capa, acaban por desarmar este prólogo”.

domingo, 10 de marzo de 2024

Audiovisuales sobre "El proyecto"

Muchas gracias a Rafael Fernández Louro por su estupendo trabajo multimedia -en varios formatos- sobre mi relato “El proyecto”, perteneciente al nuevo libro “Sideral”.
https://www.youtube.com/watch?v=1dgkRQiJjcQ




“¡Hola, queridos amigos! ¡Hola, queridas amigas! ¡Bienvenidos, bienvenidas a mi canal! En este vídeo os traigo la lectura del relato titulado El proyecto, del escritor Ángel Olgoso. El Planeta Tierra es, que se sepa, un proyecto maravilloso, único y singular. Para muchos ha sido siempre objeto de culto, adoración y respeto. Otros, sin embargo, lo han convertido en fuente en la que saciar su avariciosa sed. Espero que os guste el relato”.

https://www.youtube.com/watch?v=1dgkRQiJjcQ

Podéis ver estos otros dos vídeos con el mismo cuento: • El proyecto, un cuento de Ángel Olgos... • El proyecto, un cuento de Ángel Olgoso También podéis visitar mi publicación en wordpress sobre este relato:

https://idiomasralfer.wordpress.com/2022/07/08/el-proyecto-un-cuento-de-angel-olgoso-con-video-subtitulado/

viernes, 8 de marzo de 2024

Presentación de "Sideral"

Muy agradecido a todos los amigos que nos acompañaron durante la presentación de Sideral en el Ateneo de Granada. A los presentadores José Abad y José Luis Gärtner, que tan sabia y descacharrantemente me propulsaron al espacio, situándonos a todos en órbita, A los rapsodas que leyeron maravillosamente algunos de los relatos, Marina Tapia, Carlos González e Ismael Ramos. Y a las artes fotográficas de Antonia Ortega, Ana Jiménez, Marina y Daniel Martin.















lunes, 26 de febrero de 2024

Reseña de "Nubes de piedra" en Libros de Cíbola

Muy agradecido por esta magnífica reseña de “Nubes de piedra” en el exquisito blog cultural Libros de Cíbola.




Fagus es una pequeña editorial radicada en Manzanares (Ciudad Real) cuya existencia desconocía hasta que publicaron a mediados del pasado año Nubes de piedra, el «último» libro de cuentos del Ángel Olgoso. El entrecomillado es pertinente, puesto que en realidad se trata de una reedición de un volumen de narraciones juveniles de Olgoso publicado en Granada en 1999 en edición no venal y que se encontraba totalmente inencontrable. Ya hemos dicho en varias ocasiones que Ángel Olgoso es uno de los mejores cultivadores españoles del cuento antirrealista, con una larga lista de títulos esenciales dentro del género breve. Olgoso, desde sus inicios como escritor, siempre se ha movido entre el microrrelato y el relato corto, y esa predilección es tanto teórica como práctica: «Estoy condenado a la brevedad, por convicción, por gusto, por respeto al lector y porque no sé hacerlo de otra manera. No se trata de escribir mucho o poco, sino tener el don de encontrar la extensión exacta».
El autor ha declarado en una entrevista a propósito de este libro: «Lo escribí a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, y creo que ya está presente el germen de los principales temas de mis libros posteriores: lo extraño, lo sorprendente, la ironía o incluso la sátira, las premisas extravagantes, las composiciones pesadillescas o vertiginosas, las propuestas asombrosas, los retos compositivos. Creo que los 35 relatos de Nubes de piedra viven en ese estado fronterizo entre el sueño y la realidad, entre la humorada y la insolencia propia de la primera juventud, entre la fantasía y una incipiente exigencia formal». Pero debemos preguntarnos ante una recuperación como ésta es si los textos de Nubes de piedra son unos meros ejercicios de aprendizaje (el libro recoge piezas escritas entre los 17 y los 22 años, es decir, estamos hablando de un autor casi adolescente), o bien prefiguran y cimentan las obras posteriores de Olgoso. Pues bien, sorprende que los temas, los procedimientos y el lenguaje están totalmente asentados en el autor, que muestra una inesperada madurez y continuidad en el resto de su obra.

EL LIBRO DEL BATIR DE PALMAS DE LAS MEDUSAS

Había una vez un rico erudito italiano, Lucca Cappodicazzo, que quiso reunir en la biblioteca de su mansión todos los libros raros, heterodoxos y de temas imposibles que habían sido escritos en el mundo. El resto de su vida, a partir del momento de aquella decisión, lo dedicó a coleccionar dolorosamente papiros, tablillas, códices, manuales, cosmogonías, monografías, catálogos, demonologías, miles de volúmenes de caracteres casi indescifrables que hablaban de reinos escondidos, de lluvias de perros, de estrellas que reían, de elixires y talismanes mágicos, de una trenza infinita hecha con horizontes, del toro de cuatro mil ojos que sostenía la Tierra, de teosofías y signos fatales, del Mirmecoleón, de los animales de los espejos, de las arquitecturas del aire, del origen y final de los tiempos… La noche del noventa y nueve cumpleaños de Lucca Cappodicazzo, una chispa furtiva que escapó de la chimenea quemó su mansión hasta los cimientos. La tempestad de fuego y lapislázuli redujo a la nada los centenares de estantes rebosantes de valiosísimas maravillas. El viejo murió olvidado. Su vida fue uno de esos libros imposibles que nadie podría ya nunca leer y coleccionar.

Como digo, ya se pueden observar algunas características reconocibles en la escritura de Ángel Olgoso: cierto barroquismo en su prosa (rico vocabulario, habitual empleo de largas enumeraciones), escasa o nula acción, ausencia de diálogos, predominio del monólogo discursivo, uso de la ironía, erudiciones inventadas; en definitiva, un estilo literario muy trabajado que se aparta de manera radical del coloquialismo imperante. Por más que Olgoso admita su admiración y deuda con algunos grandes maestros (Poe, Kafka, Borges, Schwob, Buzzati, Cunqueiro, entre otros), lo cierto es que el universo olgosiano no se parece a ningún otro; también en este aspecto radica uno de sus mayores atractivos. Lo expresa el prologuista, José Luis Gärtner, de forma inmejorable: «Al igual que deberíamos ser capaces de identificar a Bach en unas cuantas notas, uno lee un párrafo de Ángel Olgoso y reconoce que es de su autoría aunque sea la primera vez que lo afronta».

Los argumentos y procedimientos de los cuentos son muy diversos, destacando el empleo del humor negro y el sarcasmo en grado mayor que en volúmenes posteriores. Precisamente esa tendencia a lo surrealista y casi grotesco es una de las características del fantástico en lengua española (basta recordar la obra de Javier Tomeo o Gonzalo Suárez), que pocas veces desemboca en lo verdaderamente terrorífico o en lo cerebral. En general, me han gustado más los textos cortos o microrrelatos, que considero más perfectos y memorables que lo cuentos más largos, aunque entre estos últimos merece citarse El Club de los Novecientos Flautistas, un delicioso relato plagado de fantasía y humor.

Quizá Nubes de piedra no es el libro que recomendaría para iniciarse por primera vez en la lectura de Olgoso. Yo indicaría más bien títulos como La máquina de languidecer, Los demonios del lugar o Breviario negro; en cambio, para los veteranos seguidores olgosianos este libro será un nueva ocasión de dicha. En cualquier caso, el interés intrínseco de estos cuentos y la belleza de la edición y de las ilustraciones a carboncillo de Marina Tapia lo hace apetecible para cualquier aficionado al relato.

«Ojalá el lector que se acerque a esta historias las recuerde luego como sueños», señala el autor en la citada entrevista. Forjar sueños para que el lector los asuma como propios; no creo que haya mayor felicidad y recompensa para un escritor.