He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)
miércoles, 30 de junio de 2021
"La máquina de languidecer" en Cambridge
martes, 22 de junio de 2021
Presentación de "Cenizas", de Alfonso Salazar
Cenizas es un libro extraordinario, de un realismo simbólico, con piezas tersas y bien trabadas, escritas con pulso magistral y con un plástico y rítmico fraseo por un conocedor de las hechuras clásicas, un libro muy trabajado sin que se note, un volumen redondo e inevitablemente crepuscular, que desprende un aire de vida en retirada, donde el destino semeja una araña que tejiera implacable una tela de muerte en el pecho de los protagonistas. Por fortuna, Alfonso sabe paliar el lado macabro, casi agónico, de sus historias con el contrapunto vívido del humor, la ternura o la melancolía. La galería de estas lecturas no se abre a jardines salvajes, a mansiones misteriosas, a frondas agitadas por la brisa de los mares del Sur o al vaporoso río de los sueños; no entra en ellas a raudales un sol ebrio, tampoco esa luz órfica, fantasmal, en noches de escalofrío, ni esa otra luz de farolillos llorados por una lluvia que difumina la realidad. Los soportales de este libro se abren a panoramas más cercanos, a un territorio eminentemente ibérico, a un verismo de mercerías y pensiones, rellanos y hospitales, desguaces y gasolineras, pandillas y braceros, borracheras y coches que se estrellan, pobres ilusos y cuartelillos de la Guardia Civil, altercados en la playa y cementerios ineludibles, un piso en Hortaleza y el aroma de azahar en los bancales del valle de Lecrín, conversaciones triviales y dignidades marchitas, camareros y fotocopias, malos presagios y encrucijadas, barrios y jornales, “tragedias que se quedan marcadas adentro”, ya que los humanos -como escribió Cunqueiro- no dejamos de ser una flor que crece al borde del camino y que puede acabar sepultada bajo las ruedas de un coche o coronando un hermoso ramo.
Alguien dijo también que el mundo es un manicomio de cuerdos, levantado con una cucharadita de seriedad y otra de jocosidad. Si sumamos a esta argamasa materiales como el absurdo, el azar y un humor literalmente negro, obtenemos una certera radiografía de este libro. Sus personajes, al igual que todos nosotros, caminan hacia la nada llevando dentro de sí un incendio y propagándolo. Algunos son incinerados tras la muerte, pero muchos se chamuscan poco a poco, se van cremando en vida. De hecho, y el rotundo y despojado título lo anuncia explícitamente, la ceniza es el cuerpo extraño alrededor del cual crece la perla de cada uno de sus cuentos. Como por ejemplo la nube de cenizas en que se convierte la protagonista del relato Amadísima, “una misionera de bobinas, dedales y botones”. Como la ceniza de los perdedores en el relato Una docena de filosofías hundidas, esa ceniza de la vergüenza de los hijos de los vencidos, esa ceniza de las mentiras para sobrevivir. Como las cenizas del recuerdo en la límpida evocación del amor y la juventud, eternos en su fugacidad, que es el relato No sé qué estrellas son esas. Como la ceniza y unos cuantos muelles que quedan del muñeco quemado en una pira para conjurar los miedos y el silencio de los pueblos pequeños en el relato La voz del ventrílocuo. Como los restos de una vida ardiendo en una papelera en el relato Heredera. Como la ceniza de los naipes del mago Aristóteles Arreola en el relato Vuelta de Cuba. Como el paradero final de las cenizas del vetusto escritor en el relato Enterrar al padre, paradero gestionado por la venganza. O como esos estados residuales en el relato Mil pesetas: de la capa de polvo de unos zapatos ajados por la precariedad hasta la ceniza de un billete de diez mil pesetas con el que se enciende dispendiosamente un puro habano.
No cabe duda de que, en estos cuentos, Alfonso Salazar sabe cebar los anzuelos de la historia y consigue el ideal de todo creador: suspender las leyes naturales del tiempo y el espacio (leyes que Lovecraft calificaba no sin razón de mortificantes) mientras engarza lugares, pensamientos, objetos, anhelos, desavenencias y relaciones personales a una realidad incontrolable que dinamita cualquier convicción, convirtiendo dichas certezas en desechos terribles de nuestro pasado. El lenguaje aquilatado y las voces narrativas refuerzan la sensación inmersiva del lector. Véanse esos tour de force del costumbrismo y del registro oral en el relato Estelas en el mar y del monólogo del taxista en el relato Sueños cumplidos, así como el lenguaje de los atestados, minucioso y deliciosamente arcaico, en el relato Pirómano. Encontramos además equívocos y escenas que hubieran encantado a Berlanga o a Rafael Azcona, como en el relato La mortaja, donde un vestido rojo de faralaes demuestra que la vida es en ocasiones un astracán siniestro, pura serendipia. A destacar también la efectividad con que Alfonso narra -en el relato Anemoticónico- los vínculos emocionales previos y posteriores tras una muerte inesperada, atento a los detalles, a las volutas inasibles de los pensamientos y a las migas de pan de los emoticonos. O el memorable relato El mejor poeta de su generación, cuyo protagonista “ya no es un pichón de escritor”, sino que anhela formar parte de esa larga cadena que llega al eslabón primigenio de Homero, a través de la cual se va pasando de mano en mano el dardo de fuego de la palabra.
lunes, 21 de junio de 2021
Entrevista para "Prensado en frío"
El poeta Javier Gilabert entrevista a Ángel Olgoso en la sección “Prensado en frío” de SecretOlivo, a propósito de Devoraluces.
ENTREVISTA PARA “PRENSADO EN FRÍO”
Ángel Olgoso deja tras de sí una colección que supera los 700 y con Devoraluces (Reino de Cordelia, 2021) pone el punto final de su obra entendida como ficción pura. Además, este último volumen nos lo entrega cargado de luz, a modo de celebración de la mera existencia. Lo recibimos en la Prensa de secretOlivo como se merece…
Javier Gilabert (J.G.): ¿Por qué este libro y por qué ahora?
Ángel Olgoso (A.O.): Devoraluces es, esencialmente, una afirmación vital. Supongo que nació como una defensa lógica contra la fragilidad humana y la fugacidad de todo. Y lo hizo en el momento adecuado y con la compañía adecuada. A cierta edad, resulta inevitable resaltar el ardor efímero de sentirse vivo frente a la amenaza del paso del tiempo, de la muerte o de un mundo con frecuencia oscuro y ruin. Por eso Devoraluces tiene esta dimensión celebratoria, quiere ser un libro benigno, abierto a los sentidos, poético, donde el lenguaje intenta festonear algo hermoso en cada renglón. En una ocasión, el amigo Miguel A. Zapata calificó mi obra como “una nave cargada de estrellas y calaveras”: a medida que estas últimas se van acumulando en el platillo de la realidad, más necesidad de luz hay en el otro platillo de la balanza, el de la creación, para compensar. A estas alturas, uno ya no se puede permitir el lujo de prescindir de los elementos de gratitud y dicha de la existencia, de sus fulguraciones sensuales, de sus misterios incapturables.
J.G.: ¿Cómo y cuándo surge la idea del libro?
A.O.: Necesitaba un cambio de enfoque, dejar de pulsar (después de cuarenta años y casi 700 relatos) esa nota un tanto sombría, espectral o de humor negro, propia de un huésped de las tinieblas, de una estética romántica de vapores de plata en los que flota la luna, melancólica como el vuelo de una mariposa nocturna. Y en eso conocí en 2013 a la poeta y artista chilena Marina Tapia. Y su influencia benéfica potenció creativamente los textos de Devoraluces, este diálogo literario con la esporádica alegría de vivir, con los raros momentos de plenitud, con los sentimientos más positivos. A la dulce colisión con Marina se sumó, como otro propulsor decisivo, el reto involuntario del escritor y crítico Jesús Cotta: en su reseña de La máquina de languidecer se lamentaba de que a pesar de estar maravillado con mis relatos, estos se asomaban a un mundo oscuro y en ocasiones espantoso, invitándome a escribir textos “donde de pronto se haga la luz allí donde había solo oscuridad”. Recogí el guante.
J.G.: ¿Qué pistas o claves te gustaría dar a l@s posibles lector@s?
A.O.: En Devoraluces el lector podrá encontrar algunas de las infinitas manifestaciones de la luz, desde el fulgor misterioso de las luciérnagas hasta las sencillas claridades que otorgan la bondad, la esperanza, la alegría o la compasión, pasando por la lumbre eterna de las historias y los sueños y por los incendios arrasadores de la creación artística y de la pasión amorosa. Todos necesitamos en nuestra vida una gota de luz que contrarreste esa noche que trae la miseria, la mezquindad, el dolor o la crueldad. Todos compartimos esa capacidad tan humana de maravillarse. Y me gusta pensar que la experiencia literaria nos ayuda a ver el mundo como un milagro.
J.G.: ¿Qué efecto esperas que tenga el libro en ell@s?
A.O.: Ojalá Devoraluces fuera recibido como un bálsamo para estos tiempos sombríos. Quisiera despertar en los lectores -según palabras de Cioran-“el deseo de una claridad ajena a la luz y de unas tinieblas que no dependan de la noche”, que el embeleso formal y la belleza prendan un chispazo emocional singular, que saquen al lector de sí mismo, que lo acaricien, lo arrullen o lo engullan ¿Qué efecto concretamente? Me viene a la cabeza una frase de Édouard Levé que le va a este libro como anillo al dedo: “Estaría bien conseguir un abrigo de luciérnagas”.
J.G.: ¿En qué medida veremos en él —o no— al Ángel Olgoso de tus anteriores obras?
A.O.: Como te comentaba antes, ahora hay un énfasis en la gentileza de la vida, en su lado acogedor, en los bienes elementales, en esa magia que a veces fluye como una gracia inesperada. Reconozco que mis libros anteriores eran más perturbadores, que buscaban explícitamente inquietar, pero podían causar una sensación de desesperanza. Otra novedad es que regreso al manantial primigenio del cuento para homenajearlo y despedirme de él (Homero, Las mil y una noches, Cervantes, etc.). No obstante, aunque en Devoraluces permanecen aún el sobrepujar de la imaginación, la lucha a muerte por el esmero de las palabras, el aliento poético y sensorial y el tratamiento atmosférico de la materia narrativa, algunos de sus textos dejan de surcar las resplandecientes aguas de la ensoñación y de las quimeras, y comienzan ya a apuntar más abajo, a ras de tierra: quizá voy necesitando los excitantes de la realidad (siempre destilados, nunca en crudo) para ponerme al rojo vivo. En cualquier caso, en todos mis libros continúo explorando literariamente el mundo como quería Bioy Casares, más allá de lo visible y lo elocuente.
J.G.: ¿Supone este libro un punto de inflexión en tu producción como relatista? ¿O quizá un punto y final? ¿Y a partir de ahora, qué?
A.O.: En efecto, Devoraluces es el punto final de mi obra entendida como ficción pura. En otros libros anteriores habían comenzado ya a infiltrarse algunas piezas de un universo fragmentario y multidimensional, que diría Vila-Matas, entre lo metafísico, lo ensayístico y lo confesional, pero ya tengo listo el primer volumen de esta nueva etapa más libérrima, titulado Madera de deriva. Siento cierto hartazgo de la ficción y, al mismo tiempo, mucha curiosidad y ganas de explorar este territorio fronterizo, mediante otros registros pero sin dejar totalmente de lado los mundos sumergidos y fascinantes de la imaginación. Si recapitulo, compruebo que me he dado a luz literariamente tres veces: en La Salle con la poesía (año 1973), en Cúllar Vega con los relatos (año 1978) y en La Zubia con los textos híbridos (año 2020). A pesar de tantos partos, estoy decidido a seguir intentando transfigurar de alguna manera esta condenada realidad.
J.G.: Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte solo con tres relatos de ‘Devoraluces’, ¿cuáles serían?
A.O.: Intentaría salir del aprieto citando por ejemplo Villa Diodati, un relato fruto de una exhaustiva documentación de varios años, en el que la propia casa realiza una apasionada crónica de aquellas noches fundacionales y del delirio artístico que en 1816, el año sin verano, llevó a la creación de Frankenstein y del vampiro. También me quedaría con el especial, por íntimo, Émula de la llama, una especie de Cantar de los Cantares del frenesí erótico, de la delectación de los placeres, expuesto por orden alfabético. Y, por último, destacaría Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies, que es la concreción de un sueño de adolescencia: escribir libros de relatos compuestos únicamente por sus títulos, concentrando historias invisibles en las pocas palabras de su encabezamiento, como un blasón que contuviera todo el sabor del argumento, un reino de posibilidades que el lector podría completar después a su gusto y libremente.
J.G.: Por último, como lector, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’?
A.O.: Como comprenderás, Javier, me encantaría que “prensaseis” a Marina Tapia, una creadora de nacimiento, genuina, integral, en la que confluye el fuego divino de la poesía con otros múltiples dones. Una de esas personas únicas que -como decía Villaespesa- “abren en la tragedia muda/ de tanta fatalidad/ un paréntesis de oro”. Creo, sinceramente, que frecuentarla a ella y a sus poemas sería un enriquecedor privilegio para los lectores.
jueves, 17 de junio de 2021
"Conjugación" en La Internacional Microcuentista
lunes, 14 de junio de 2021
Reseña de Devoraluces en Infolibre
domingo, 13 de junio de 2021
Reseña de Devoraluces en Quimera

jueves, 10 de junio de 2021
"Las huellas de los pájaros en el aire" en la revista Kopek
martes, 8 de junio de 2021
Reseña de Devoraluces por Antonio Tamez-Elizondo
DE LA SOMBRA A LA LUZ
Antonio Tamez-Elizondo
Ocurre mucho, en especial cuando se desea animar a quienes pasan por un mal rato, asegurar que lo importante nunca ha sido el final de la historia, sino su trayecto. Es uno de esos suspiros de sabiduría popular que han perdido gran parte de su encanto, ya sea por culpa de la repetición o por no comulgar con el cinismo de los tiempos, aunque no significa que carezca de franqueza. Al menos en los terrenos de la ficción. Para los lectores, lo que importa no es que Frodo destruya el anillo en Mordor, sino cómo llega ahí desde la Comarca. Tampoco les importa mucho que el capitán Ahab logre vengarse del cachalote blanco, más bien que le dé la caza, o que Ulises llegue a Ítaca, sino los hechos por lo que tiene que pasar para encontrarse con su esposa y recuperar el trono de aquella isla.
Sin entrometernos en las funciones más filosóficas y estéticas de la literatura, leemos, nos gusta creer, para vivir situaciones en las que normalmente no podemos, o no queremos, encontrarnos. Si el autor hizo bien su trabajo, nos mantendrá contentos por un puñado de páginas, y aquellos que tienen compasión en sus almas le perdonarán un desliz o dos si la conclusión no se compara al resto de la historia. Lo importante, se supone, es el camino.
Todo esto está muy bien en lo teórico, pero lo cierto es que los finales no deben descuidarse. No son unos cuantos cristales de azúcar con la que se escarcha un pastel, sino el cierre de una labor que ha tomado esfuerzo para quien escribe y tiempo para quienes lo leen. Los hay para los que un mal final puede echar al lodo una experiencia por lo demás maravillosa. Ocurre sobre todo en historias en las que, Dios nos cuide, el protagonista cae de la cama y descubre que todo fue un sueño (y variantes de este pecado hay legión), o en cualquier otro final perezoso que apeste a los sudores de lo anti climático. Los escritores también se cansan, y es frecuente que pierdan el interés por encontrar un buen cierre al guion, novela o cuento en el que trabajan. Hay unos a los que incluso les da pereza encontrar una buena conclusión a su obra.
Qué difícil es construir un buen cierre. Sobre todo, para quienes han llevado una carrera distinguida en este valle de letras. Requiere planeación, pensamiento, cálculo. La manera en la que se escribe el cuerpo de una narración puede llegar a ser de total espontaneidad, una conspiración entre musas y daimones, pero un buen final no es cosa del azar. Hay que considerarlo y mimarlo, darle la vuelta, observar cómo la luz ilumina cada una de sus caras. Ángel Olgoso trabajó durante cinco años en su más reciente libro, Devoraluces (Reino de Cordelia 2021), y el rumor que se escucha es que se trata de su última incursión en el cuento breve, género en el que ha demostrado una y otra vez ser una de las mejores firmas. La noticia cae como cubo de aceite hirviendo, y no es asunto de los chismosos inmiscuirnos en sus razones. De lo que sí se puede tener certeza es que, de ser verdad, Olgoso ha cerrado su obra con los mejores broches.
También con un giro. Contrario a la tiniebla en sus colecciones pasadas, Devoraluces toma lugar en las horas diurnas de la ficción. El título engaña. Aquí la luz no se devora, más bien, se erige, como ocurre en Las luciérnagas, el primer relato, que da la sensación de una despedida a ese pasado de sombras y ficciones macabras. Llama la atención la cantidad de citas con las que abre el libro, trece en total, que funcionan como una especie de declaración de intenciones. En especial esa en la que Jesús Cotta invita a Olgoso a que, por favor, deje atrás tanta negrura para adentrarse en lo esperanzador.
Lo cual no significa que caiga en el vacío del lugar común o la cursilería. Aquí ya no hay diablos, espectros, crueldades o sufrimiento metafísico, pero eso no quiere decir que dejen de asomarse por las comisuras de la luz que ahora nos concierne. La podredumbre sigue ahí, pero por el momento se mantiene a raya. Se intuye en la chusma curiosa que en Fulgor irrumpe en la felicidad del humilde Matteo. O en las reflexiones sobre el color azul que hace un superviviente de los campos de exterminio en Pelikan. Con la necesidad de un descanso a muchas de las atrocidades a las que en los últimos diez años nos hemos acostumbrado, relatos como estos parecen decir que sí, puede haber un mejor mañana, pero no conviene que bajemos la escolta.
Algunos relatos son examinaciones de lo que ocurre cuando lo artístico se inmiscuye en terrenos de lo humano. Se observa, sobre todos, en Villa Diodati, el más extenso de los catorce reunidos, y que recuerda un poco a El año del verano que nunca llegó, de William Ospina. Entre el primer título y el segundo se comparten escenarios, personajes y un par de reflexiones, pero es ahí donde terminan los parecidos. Narrado desde el punto de vista de la pasillos y habitaciones, sus salas y sus jardines, la propia Villa Diodati espía los dramas y pecadillos de Byron, Shelly y Polidori, de los hombres y las mujeres que buscaron en el arte su propia luz interior mientras el resto del mundo se oscurecía por las cenizas que el volcán Tambora, allá en Indonesia, había escupido contra el cielo en el verano de 1816. «Cuando intenta conciliar el sueño», dice la Villa Diodati, «la señorita M. W. Godwin repara en que, del mismo modo que Franklin, Galvani o Volta en sus trabajos científicos, los artistas también persiguen descubrir el principio vital; poseen igual afán de engendrar algo novedoso, una nueva humanidad; traer el fantasma a la vida desde el dulce reino de lo siniestro, un monstruo sin pasado ni identidad, huérfano de especie.»
Conocido es el gusto de Olgoso por Japón y su tradición cultural y literaria. Esto ya ha quedado comprobado en relatos anteriores, así como en Ukigumo, su colección de haikus, pero aquí aparece de nuevo en la forma de Okitsu, una estampa de aprecio por parte del narrador, tal vez el propio autor, hacia su padre. Las imágenes son fantásticas, tejidas de sueños, pero resalta la tristeza y melancolía en ellas. El deleite por estéticas orientales se repite en La arena de las historias, una inversión de fondo a Las mil y una noches. Es uno de esos juegos con la materia prima de la historia universal de la ficción, tan conocidos en las narraciones de Olgoso, y de los cuales aquí se encuentran otros dos. Por un lado, el cervantino Medio real, escrito en un estilo muy clásico, casi arcano, para fines de argumento y atmósfera. Luego está La rosa de los vientos, donde el Ulises de Homero hace un recorrido express por la literatura, encontrándose de paso, entre otros, con personajes de Julio Verne, Malcom Lowry y Herman Melville.
Es posible que la joya de este libro sea El calendario quimérico de lo que podía haber sido, uno de esos relatos metafísicos que insinúan eternidades. Aquí el néfesch, una sutileza de la fuerza vital en el judaísmo, se presenta como una abstracción que encierra posibilidades, tiempos y universos. Un material con el que se podrían escribir varias enciclopedias, pero que la economía de palabras lleva a término elegante. Tan elegante como Odres nuevos, que, aunque toma lugar en un paisaje devastado por la miseria y la muerte, da espacio para que entre las ruinas surja un esbozo de erotismo, incluso ternura.
Así como el tono más placentero de estos relatos es un vuelco al estilo acostumbrado por su autor, Devoraluces concluye con un cambio de registro. Ya no en la ficción, sino en el ensayo, o al menos en la hibridación de un cuento ensayado. Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies es una secuencia de argumentos para llevar a la microficción a su evolución última: contar historias meramente con sus títulos. «No pasa un día sin que sueñe con escribir un libro de relatos compuesto únicamente por sus títulos», confiesa Olgoso en la primera línea para después justificar semejante deseo. Y no es un mero capricho, pues tiene su lógica. «Si un cuento», escribe más adelante, «por ser género más antiguo que la novela, podrá vivir más allá de esta, entonces la rúbrica del título ha de perdurar sobre todos.»
Y así concluye Ángel Olgoso su faceta de cuentista; o al menos eso es lo que se dice. ¿Qué podemos saber nosotros de las intenciones secretas de los demás? Lo cierto es que es difícil imaginarlo lejos de la escritura. Al contrario, se le puede ver en otras actividades propias de la carpintería del escritor. En algún universo paralelo, uno de esos contenidos en el néfesch, él pudo haber dedicado la primera parte de su carrera a la ensayística cultural y literaria antes de dar el paso a la ficción. Tal vez en este universo que compartimos ocurra el reverso.
Con Devoraluces Reino de Cordelia conserva la misma calidad de su entrega anterior, la reedición ilustrada de Astrolabio. Es siempre un placer sentir el papel y la tinta con la que fabrican libros, los aromas que desprenden y la elegancia que aportan. Ligero y fácil de llevar, como sus relatos, si esto ha de ser lo último que Ángel Olgoso nos narrará como cuentista, fue todo un placer estar ahí para presenciar el final.
Antonio Tamez-Elizondo (Monterrey, 1982) es arquitecto, Máster en Arquitectura Avanzada y Máster en Creación Literaria. Su libro de cuentos 'Historias naturales' ganó X Certamen Internacional de Literatura 'Sor Juana Inés de la Cruz', 2018.