He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)

viernes, 10 de marzo de 2017

Designaciones


Quizá se podría decir de los relatos de Ángel Olgoso lo que Werner Herzog decía del cine, que tienen estratos de verdad más profundos, que son verdades poéticas, misteriosas, elusivas, y que sólo se pueden alcanzar a través de un trabajo conformado por la imaginación y la estilización. Entre otros muchísimos posibles ejemplos en su obra, sirva el siguiente relato, perteneciente a "Las frutas de la luna":


DESIGNACIONES

Levantó una casa y a ese hecho lo llamó hogar. Se rodeó de prójimos y lo llamó familia. Tejió su tiempo con ausencias y lo llamó trabajo. Llenó su cabeza de proyectos incumplidos y lo llamó costumbre. Bebió el jugo negro de la envidia y lo llamó injusticia. Se sacudió sin miramientos a sus compañeros y lo llamó oportunidad. Mantuvo en suspenso sus afectos y lo llamó dedicación profesional. Se encastilló en los celos y lo llamó amor devoto. Sucumbió a las embestidas del resentimiento y lo llamó escrúpulos. Erigió murallas ante sus hijos y lo llamó defensa propia. Emborronó de vejaciones a su mujer y lo llamó desagravio. Consumió su vida como se calcina un monte y lo llamó dispendio. Se vistió con las galas de la locura y lo llamó soltar amarras. Descargó todos los cartuchos sobre los suyos y lo llamó la mejor de las salidas. Mojó sus dedos en aquella sangre y lo llamó condecoración. Precintó herméticamente el garaje y lo llamó penitencia. Se encerró en el coche encendido y lo llamó ataúd.




lunes, 6 de marzo de 2017

Revista Ínsula: Kafka en España


Ángel Olgoso aparece entre los escritores españoles consultados en el monográfico sobre Kafka que ha publicado la veterana revista Ínsula.


KAFKA Y LA LITERATURA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA.
ENCUESTA A ESCRITORES.
Javier Sánchez Zapatero



-¿Cuál cree que ha sido la principal aportación de Kafka a la literatura contemporánea?

Significó un calado en profundidad en la condición humana. Kafka excavó, minuciosa y pacientemente, sirviéndose de afiladas cucharillas como la lucidez, la sensibilidad extrema o la tradición judía, un túnel aún sin boca de salida, pero iluminado a trechos por fulgores puntuales, lo que explica la textura de pesadilla, de sonambulismo que envuelve el territorio kafkiano. El lector encuentra un mundo prolijamente demarcado, de manera a la vez analítica y onírica, donde todo parece sufrir un proceso de envilecimiento deliberado; un torrente interior de intuiciones racionales y de visiones verbales; una mente al mismo tiempo temerosa y sedienta de amor, sometida a la culpa pero liberada por un humor paradójico. Las páginas de Kafka muestran, sobre todo, extrañeza ante un universo que ya no tiene un sentido superior -ni siquiera un sentido-, a excepción del hombre que, según Camus, es el único ser que exige un sentido. La amnesia aparece también como otra constante en sus textos: todos se han olvidado de quién es el agrimensor que viene en busca del castillo.

-¿Cuál es la obra de Kafka que más le ha marcado, y por qué?

Sus colecciones de textos breves La condena y La muralla china, sencillamente porque fueron mis primeras lecturas de su obra, las que iniciaron el idilio, las que me descubrieron la pureza, la retórica y la imaginación singulares de un ser singular. Luego he sentido especial debilidad por sus Diarios.

-¿Reconoce alguna influencia kafkiana en su obra?

Cuando comencé a leerlo en la adolescencia, Kafka se convirtió de forma instantánea en una especie de hermano mayor: no es que me identificara exactamente con él como lo hice con “mi abuelo” Poe o con el joven Chateaubriand -el romántico avant la lettre de los primeros capítulos de Memorias de ultratumba-, sino que me contagió su manera de representar el mundo, más que de percibirlo. Con el paso de los años, Kafka se fue metamorfoseando en un padre severo, desconcertantemente irónico y de pensamientos trascendentales. El reto estribó entonces en distanciarse de la imponente presencia de un padre al que se teme y se admira más allá de toda medida, mientras intentaba definir un estilo personal. Su influencia ha sido palpable desde los textos primerizos recogidos en Nubes de piedra y en la recopilación de mis quince años iniciales de cultivo del cuento, Los líquenes del sueño, hasta relatos posteriores que traslucen la gramática kafkiana o la homenajean: Anfiteatro, El espanto, Geometría, Una velada (en Los demonios del lugar); Los reconocerás, Los despeñaderos (en Astrolabio). He llegado incluso a escribir narraciones (Carta al hijo, en Breviario negro) en las que me permití el atrevimiento de suplantar a su padre Herman, o al mismísimo Franz (La primera muerte de Kafka, en Los demonios del lugar) aprovechando los huecos dejados por unas fechas que no aparecían consignadas en sus Diarios.



domingo, 5 de marzo de 2017

El baile de los silenos

El baile de los silenos, el blog del profesor y magnífico escritor Antonio Serrano Cueto, se hace eco hoy del nacimiento de este blog. Antonio y Ángel presentaron juntos en la Biblioteca de Andalucía de Granada la interesantísima antología Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica (Menoscuarto) el 19 de mayo de 2015. 




Y en su libro París en corto, "un mosaico de relatos donde nada es lo que parece, de los que surge un París insólito, menos conocido para el viajero pero igualmente fascinante, una ciudad inquietante y seductora a partes iguales", Antonio Serrano Cueto incluye el siguiente texto:



EL DUELO

A Ángel Olgoso

Sus padrinos han elegido una parcela umbría del bosque de Vincennes. La hojarasca cubre el suelo en la mañana fijada en el calendario. El Hombre Rebelde, sobrio incluso en lo imprescindible, apenas desayuna. Está algo deprimido y le sudan las manos. En cambio, el Filósofo Marxista toma varios de esos cafés minúsculos que beben los parisinos con excesiva liturgia, acompañado de un croissant con mantequilla, y luego se entrega al placer humeante de su pipa. Poco después dos vehículos se detienen en el límite del bosque y sendos grupos de hombres con semblante grave descienden, consultan sus relojes, caminan hacia el punto de encuentro. Comienza a llover sobre París, o quizá llueva únicamente sobre la arboleda que acoge este trance existencialista. Los padrinos revisan las pistolas, recuerdan las normas elementales del duelo, colocan a los contendientes espalda contra espalda y se retiran de la línea de fuego. Veinte pasos separan las diestras firmes que empuñan las armas. La lluvia contiene la respiración en ese instante supremo.

Mientras fuma después del desayuno, el Filósofo Marxista pagaría cuanto fuese necesario para que aconteciera esa cita lluviosa en el bosque de Vincennes y que el corazón del Hombre Rebelde dejase de latir traspasado por su bala certera. Pero la historia es insobornable y tiene reservada para el Hombre Rebelde otra cita, esta vez mortífera, en una carretera de Villeblerin.

(Antonio Serrano Cueto, París en corto, Valparaíso Ediciones)



lunes, 27 de febrero de 2017

Celebrando el Carnaval en México

Un vibrante y terrorífico relato histórico en la revista mexicana La Peste (monográfico sobre el Carnaval), con ilustración exclusiva de Fred Stonehouse.











LINAJES

A trece días andados del mes de abril, mientras gemía nocturno el mistral y los torbellinos del aguacero se abatían contra los verdores de la Borgoña, una docena de personas que dieron en refugiarse en la capilla del monasterio de Saint-Maur habían arrastrado hasta el altar, para comerlo, a un caballo flaco lleno de mataduras, un penco del que ahora descarnaban los huesos sobre las losas de los sepulcros. Apiñados en el presbiterio alrededor de un fuego improvisado, rezaban el Miserere, bebían en los vasos sagrados, renegaban ebrios, danzaban como locos, fornicaban, se contaban historias para aventar la sombra agorera de la muerte. Por mor de eso que llaman epidemia, su gran mano había metido el mundo en un sudario de tiniebla, hedor y miedo. Los naturales del país, aunque porfiaban en marcar las puertas de sus casas con cruces de ceniza y óleo bendecido, caían por obra de fiebres y supuraciones entre los muros de adobe o piedra, se arrojaban sedientos sobre las fuentes, venían a tierra en mercados y claustros quedando rígidos, cecinados. Pero la cabalgata espectral de huérfanos y vagabundos, de enfermos y difuntos llegó a tal que los cuerpos se alzaban a media vara en las pinas callejuelas de los gremios: ya no se podía dar camposanto ni mal cubrir con cal viva los negros despojos, no doblaban más las lúgubres campanas y los carros atestados de muertos se abandonaban por doquier. Entretanto, al fondo de la capilla, el grupo desmigaba las últimas hebras de aquella triste carne de jamelgo. Como lechones apretados contra las doce mamas de una cerda, se arrimaban a la lumbre avivada con banquetas viejas y maderos de confesionario y rogaban al cielo que mantuviera en pie el tablado de su fortuna, lejos de las asechanzas de la rondadora muerte. Uno de ellos, que a diferencia de los sayos, calzas y delantales agujereados de los demás, gastaba paño negro con capucha y no soltaba un bordón con contera de hierro, parecía, por veces, peregrino o señor principal. Enteco y silencioso, habló de pronto con voz rugosa y tonante como salida de una barrica vacía: “Se dice que las epidemias sólo embisten a la pobreza, que son cosa del demonio y que éste respeta la vida de los poderosos. Podemos engañarlo haciéndole creer, de socapa, que cada uno de nosotros desciende de nobles familias, de soberanos de feudos, de abades mitrados, de ricos mercaderes, de augustos paladines que salieron a la guerra. Bastaría con escupir dentro de una iglesia y, a cierra ojos, pretenderse un pasado de abolengo bajo las torres de castillos o palacios, una cuna blasonada con bolsas de dineros y flores heráldicas. El demonio es litigante pero, si se le borran con astucia las lindes del origen, se confunde como un pájaro y toma lo vivo por lo pintado”. El viento soplaba a través del campanario y la lluvia atormentaba las tejas del monasterio. Aquel hombre, tras mirarlos interrogativamente, halló que una punta de esperanza se abría paso en los once y vino a ennoblecerlos uno por uno, repartiendo alcurnias como plomo en troquel: emparentó al herrero con el señor de Ventoux, a la hilandera con Leonor de Aquitania, al ladrón de puercos con el rey Carlos el Temerario, al cantero tuerto con micer Bertrand du Guesclin, al soldado sin hueste con el sebastocrátor Constantino, al pellejero con el duque de Chalon, al fraile con el cardenal de la Mothe; y así, por arte suasoria, como quien desgrana maíz, le fue dando memoria gallarda y pompa lisonjera al mendigo y al labriego, a la nodriza y al carbonero. Luego, todos se aprestaron a escupir en suelo sagrado y a figurarse con gran convencimiento el lustre y las regalías de su nueva condición, imaginándose librados de la mortaja. El gallo quebró el alba, ya de retirada el chaparrón, en el momento en que preguntaron al extraño por su estirpe elegida: “La de Sammael, príncipe infernal, amante de Lilith y de Eva, padre de Asmodeo y de Caín”, dijo grave descubriéndose la cabeza. Los demás sintieron un repeluzno que les cortó el aliento cuando vieron, al chisporroteo de la hoguera, que aquel réprobo tenía córneo el borde de las orejas.




viernes, 24 de febrero de 2017

Mar de nubes y Lamedores de cielo



En su blog Mar de nubes, el escritor José Luis Gärtner acaba de publicar una entrada emocionada y emocionante sobre los perros, lo que me ha llevado al recuerdo de un conmovedor relato de Ángel Olgoso, "Lamedores de cielo".









LAMEDORES DE CIELO



Cuando estacioné y bajé del coche, el perro estaba allí, en la zona sombreada de una esquina del café, echado sobre la acera, mirándome. Dejé de saborear el cigarrillo. De pronto me di cuenta que estaba cambiando una mirada apreciadora, de una vívida afinidad, con un perro desconocido. Según observaba con más detalle al viejo animal, sentí un peso oprimiéndome la nuca. El despiadado estrépito de la ciudad, todos los sépticos ruidos de la vida, se desvanecieron. Creí apreciar huellas en su forma de ladear la cabeza, en la mansedumbre de sus ojos azulencos, en esa aura de reyezuelo indolente que el tiempo ha desamparado. Intuí otras formas bajo su tostado pelaje, otras facciones bajo su hocico y los pliegues de su testuz. Sopesé indefinidas reminiscencias, sombras en movimiento, reveladores vestigios. Un nexo de acción puramente refleja y de dolorosa nostalgia por todo aquello que falta. El perro olfateó desperezado. Y mientras sus ojos avanzaban hacia un brillo más intenso, la angustia me iba empapando como ese aguacero que se encona a veces sobre nosotros. Había algo sólido ahí dentro, en su mirada, sus parpadeos de reconocimiento murmuraban frases que instintivamente yo podía entender, palabras mudas que me dirigió diez años atrás mi hermano mayor antes de huir para siempre de nuestro padre y de nuestras vidas. Había un melancólico sentimiento piadoso retrepado en el interior de aquel perro callejero. Sus orejas colgantes y melladas hablaban en apariencia de huroneos interminables, de luchas y gemidos, de gloriosas carreras, de tácticas de garduño, de hambres y heridas, de territorios rendidos y recobrados. En el reflejo de sus ojos vi de pronto a las nubes amontonarse sobre la línea de los tejados, merced al impulso de un viento apacible. Y entonces, con un gesto de lealtad hacia el niño que fuimos, acaricié su lomo. Recibí una oleada de evocaciones, de imágenes y pensamientos, una especie de confirmación de identidad, de estupor extremo, un calor reconfortante que estalló inmediatamente entre mis dedos dejando escapar los infinitos susurros de seres sin hogar, de seres desencarnados, como si expiaran la absoluta aflicción que nos provocó su pérdida. La brisa trajo el olor de fuegos lejanos, el aroma de distantes recuerdos, entre tristes y cómicos. Por un momento me pareció que aquel perro, que mi hermano desaparecido y atrapado en aquel perro, asentían lenta e imperceptiblemente con la cabeza. Creí haber comprendido. Y de mis ojos manaron lágrimas.