A petición del escritor Francisco Bravo (autor de Visiones inefables y profesor de escritura creativa), que está enfrascado en un trabajo de literatura comparada entre un cuento de Clarice Lispector y Perlas de Indra, Ángel escribió las siguientes notas sobre la génesis de tan turbador relato, perteneciente a Las frutas de la luna:
He creado el Blog para compartir mi admiración por este singular escritor español, creador de un mundo propio, poético e inquietante, de una obra que trasciende los límites del género breve, del simbolismo y de la literatura fantástica. (Marina Tapia)
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domingo, 27 de mayo de 2018
domingo, 5 de agosto de 2018
Sucesos en la infancia: análisis comparativo
Como prometí en una entrada anterior, os traigo el trabajo de literatura comparada que ha realizado el escritor Francisco Bravo (autor de Visiones inefables y profesor de escritura creativa) entre el cuento Felicidad clandestina de Clarice Lispector y Perlas de Indra de Ángel Olgoso.
martes, 8 de agosto de 2017
Reseña de Flavio Sevilla
Rescatamos las palabras que en su momento escribió Flavio Sevilla en su blog Metaars, tras asistir a la presentación de Las frutas de la luna en la librería Nueva Gala. Es de agradecer la breve descripción del emotivo ambiente que reinó en el acto, así como sus apreciaciones sobre el libro y, en particular, sobre tres de sus relatos.
miércoles, 12 de agosto de 2020
Reseña de Las frutas de la luna, por Lilian Haydée Cheruse
Tras sus caleidoscópicas miradas a Los demonios del lugar y a Breviario negro, la escritora argentina Lilian Cheruse se adentra esta vez en Las frutas de la luna, libro de Ángel Olgoso que el autor siempre ha considerado su modesta cima literaria. Lilian despliega sus impresiones lectoras con minuciosa sensorialidad, y devuelve multiplicados los reflejos conceptuales que proponen los imaginativos relatos de Ángel, nada fáciles de diseccionar. Gracias una vez más a Lilian por su amistad y lealtad literaria, que nos enriquecen.
Acompañan esta entrada fotografías de Luis H. Vaca.
miércoles, 13 de mayo de 2026
Reseña de “Holobionte” y “Madera de deriva” por Pedro Bohórquez Gutiérrez
Comparto la generosa, certera y pormenorizada lectura personal que Pedro Bohórquez Gutiérrez publica en el magacín TriplEnlace de mis dos últimos libros publicados, “Holobionte” (Eolas) y “Madera de deriva” (Libros del Innombrable).
<<“Holobionte” es el primer libro de relatos que leo de Ángel Olgoso. Granadino, de Cúllar Vega, el autor está reputado como sólido referente en el panorama del relato breve en lengua castellana, con más de una veintena de libros publicados.
Hasta ahora solo conocía de Olgoso los microrrelatos incluidos en dos importantes antologías de lo que se ha dado en llamar «el cuarto género»: la exhaustiva y completa “Antología del microrrelato español (1906-2011)” (ed. de Irene Andrés-Suárez. Cátedra. Letras Hispánicas) y la más específica “Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica” (ed. de Antonio Serrano Cueto, Menoscuarto Ediciones). En esta, como en la anterior, las «historias mínimas» de Ángel Olgoso y otros autores de su generación conviven con las de los grandes maestros (Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Juan José Arreola, Augusto Monterroso o Marco Denevi) de un género que no es una invención reciente como pudiera hacer creer tanto el auge actual de su cultivo y su proliferación como el desconocimiento de la tradición de una concepción «hiperbreve» del relato que no por haber sido considerada, injusta y erróneamente, «menor» es menos antigua, y de tanta raigambre y exigencia que la de sus hermanos mayores, el cuento o la novela.
“Holobionte” (Eolas Ediciones, 2026) es el último libro de su autor. Su lectura, una experiencia gozosa y un auténtico festín literario, ha ido precedida en mi caso de la de otro libro de Olgoso, de difícil clasificación, “Madera de deriva” (Libros del Innombrable, 2025), donde ficción y realidad, reflexión y poesía se funden y confunden en una amalgama coherente y feliz. Sus textos están a caballo entre el ensayo breve y el artículo, la crónica –viajera, en varios casos– y el poema en prosa, pues de todo hay en la obra, jubilosamente revuelto.
Podemos rastrear, además, en “Madera de deriva”, diseminada por sus textos, toda una «poética» en la que el autor expone su concepción de la literatura y de un género, el cuento en todos sus formatos y fórmulas, al que hasta ahora Olgoso ha prestado una especial, aunque no exclusiva, atención: también es poeta en verso, y de ello hay muestras en el libro “Holobionte”.
A falta de un decálogo del «perfecto cuentista», como el que el gran Horacio Quiroga pergeñó o el que otro señero cultivador del género, Julio Ramón Ribeyro, dejó en su introducción a la recopilación de sus cuentos completos “La palabra del mudo”, podemos rastrear en “Madera de deriva” las líneas maestras con las que concibe el oficio de contador de historias del autor granadino.
No sé si Ángel Olgoso habrá inventado su propio decálogo, como recomendaba Ribeyro, pero tengo la impresión, dada la variedad de registros y de tonos de sus relatos, que se atiene al consejo con que el peruano remata su personal decálogo: la transgresión regular de cualquier conjunto de preceptos, incluido el propio.
Traigo, a continuación, una cita del autor de la que puede extraerse una poética, amplia y versátil, del género breve, ya sea cuento o historia mínima:
..nadie recela de que contar historias sea sanador para el alma; de la imaginación como cartografía, como modo primigenio que tiene el hombre de entender el mundo, de sentir la evanescencia de lo real a pesar de sus sólidos contornos; de que la inclinación por las imposibilidades, de que el deleite por lo estrafalario, por lo peregrino, por lo ocioso, por la ensoñación en suma –con su caos liberador, su vuelo liviano y titilante a través del espacio y el tiempo– son una pulsión atávica, un placer innato e irrenunciable….
(Asterismos de la constelación de la Osa Mayor, pág.89)
Esta otra cita, extraída de ‘La lentitud del meteoro’, otro de los ensayos de “Madera de deriva” pone de relieve la apertura del autor a lo inefable y peregrino, hacia lo fantástico e imaginado o soñado, hacia la fértil, feliz e insospechada «ocurrencia», donde la observación va de la mano, en perfecto equilibrio, de la invención, llena de resonancias y correspondencias secretas, como maneras o vías de abordar y penetrar en el misterio del existir y de la experiencia humana en toda su amplitud:
Ya que la creación es la más extrema de las experiencias humanas (un desdoblamiento que satisface el hambre de irrealidad, esa necesidad tan antigua como comer o adornarse), quizá no haya que despreciar nunca lo que de carácter sagrado tiene la escritura, de poder fáustico, de atención dirigida a lo inefable; quizá únicamente desde la invención pueda explicarse lo vivido; y tal vez no deba escribirse solo sobre lo que se sabe sino también sobre lo otro, como quería Felisberto Hernández. Es por eso por lo que la exigencia con la que ha sido forjado un libro, por lo que el relieve de una prosa matizada, verdaderamente humana, inolvidable, capaz de impregnar la sensibilidad de los lectores, el fulgor de una forma que tenga fuerza y la singularidad para durar, o la tenacidad de un escritor que asume el riesgo de dejar su impronta en cada párrafo, contrastan notablemente con esa literatura levantada con el adobo de simples conocimientos formularios, con una sarta de anécdotas inteligibles y corrientes, con una poesía informe, difusa y banal.
(Pág. 177)
Su alejamiento de la escritura roma, pedestre por adocenada y predecible, y su autoexigencia estética como escritor, su inclinación y gusto (contagioso) por la palabra y la expresión precisas, capaces de nombrar lo más difícil sin traicionarlo y banalizarlo, están aquí, en esta lúcida declaración de principios extraída de “Madera de deriva”:
…escribir bien deviene un acto profundamente moral donde estética y ética se confunden.
Porque, como afirma y matiza más adelante el autor de “Holobionte”,
…no basta con que algo pueda ser leído con agrado, sino sentir que la llama creativa ha ardido al rojo vivo. Lo menos a que está obligado un creador es a hacer las cosas de la mejor manera posible, con paciencia y con recogimiento, con minuciosidad y moroso esmero, con palabras hechas a medida, sin atajos y sin expectativas, poniendo toda la carne en el asador, como uno de esos ígneos cuerpos estelares que atraviesan cuidadosa pero decididamente el espacio hasta colisionar con el otro que les estaba destinado (el lector, en este caso).
(Pág. 177)
De “Holobionte” puede afirmarse lo que el propio Olgoso dice de la obra “Prosas apátridas” de uno de los dos maestros del cuento hispanoamericano a quienes homenajea en sendos retratos literarios, impagables para sus admiradores y que incluye “Madera de deriva”, ‘Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro’ (el otro va dedicado a Adolfo Bioy Casares, con quien narra un encuentro, bajo el título de ‘Los secundarios’): una vez que el lector se «instala» en sus páginas «ya se ha suscitado la devoción». No encuentro mejores palabras para expresar mi experiencia lectora de “Madera de deriva” y “Holobionte”.
El término ‘holobionte’ procede del campo de la biología y designa la asociación simbiótica entre macroorganismos (animal o planta) y microorganismos. El título podría interpretarse como una referencia al equilibrio entre especies que colaboran entre sí y también como una referencia al ser humano, puesto que su cuerpo presta albergue a microrganismos en un intercambio de beneficios mutuos. El significado de ‘holobionte’ podría abarcar también a la sociedad humana donde únicamente, y gracias al apoyo mutuo al darse recíproco uno al otro, puede desarrollarse y prosperar la vida del hombre. Sin embargo, desde el primer relato hasta el último –con excepciones– se pone de relieve el sentido irónico del título, tal como advierte el prologuista Raúl Brasca.
Esa relación simbiótica que en teoría es consustancial al ser humano aparece cuando no amenazada (‘Perspectiva’, ‘Hispania II’, ‘Huéspedes’), llena de fricciones y desequilibrios (‘Hispania I’, ‘La travesía’) o se presenta rota, como un claro aplastamiento del ser indefenso e inocente por la fuerza bruta y la maldad (‘Perlas de Indra’, ‘El prójimo’), o del individuo inerme ante el monstruo del poder deshumanizado y corrompido (‘El lobo viejo de las desgracias’, ‘El tabernáculo’, ‘La corporación’, ‘Contratiempos’). A veces, es la propia conciencia del individuo escindido el escenario donde se confrontan los impulsos contradictorios desatados por el equilibrio roto de la simbiosis entre el individuo y los otros (‘El síndrome de Lugrís’, ‘Claudicación’, ‘El hombre bifurcado’, ‘Amargo’, ‘Laconismo’).
Las vías para escapar del choque con el prójimo, de la infelicidad y del dolor se muestran cegadas y ni la memoria y ni el apartamiento sirven (‘Será como si no hubieras existido’, ‘El misántropo’, ‘Curso acelerado de filantropía’, ‘Cuento de horror’). Hasta el amor de pareja parece marcado por el desencuentro (‘La mujer transparente’, ‘Venablos’, ‘El solipsista’, ‘Ultima necat’, ‘Doxografía’). El mal y la desgracia se ciernen sobre el hombre como una fatalidad contra la que la acción evitadora está condenada al fracaso (‘Dones’). Con todo, en este panorama desolador, la ironía y el soterrado humor, la poesía y el poder de la palabra abren brechas por las que asoma la compasión (‘Perlas de Indra’), el perdón (‘Carta al hijo’), o el amor en sus variadas facetas (‘Okitsu’, ‘Émula de la llama’) y la armonía de la simbiosis parece restablecerse, y el «holobionte» del título cobra su sentido exacto. El darse mutuamente ofrece sus frutos: «tu firmamento es mío, mi firmamento es tuyo», expresa el narrador, transmutado en poeta, en el largo y torrencial poema de amor que, con el título ‘Émula de la llama’, tomado del poema que a la rosa dedicó el poeta barroco sevillano Francisco de Rioja, se abre pasada la mitad del libro. Olgoso combina verso y prosa en este poema, que, en cierto modo, contrasta con el laconismo y la condensación que impone la brevedad del cuento y la historia mínima. Sus enumeraciones exhaustivas y exuberantes, y sus poderosas imágenes arrastran al lector en este caudaloso poema barroco de amor.
Otro texto, un cuento largo y de apariencia realista, ‘El síndrome de Lugrís’, sirve también de contrapunto en el conjunto, formado por sesenta y cinco «relatos» de formatos diversos en los que predomina el microrrelato (alguno de apenas dos líneas como este ‘Cuento de horror’: «Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano») o el cuento corto.
Si nos atenemos a la clasificación temática que en unos de sus títulos (“Cuentos de amor, de locura y de muerte”) hace Horacio Quiroga, ‘El síndrome Lugrís’ entraría de lleno entre los cuentos de locura. A diferencia de lo que ocurre con ilustres antecedentes, como en ‘El hombre de la multitud’, ‘El gato negro’ o ‘El corazón delator’, de Poe, o en ‘El Horl’a del otro gran padre de la cuentística moderna, Guy de Maupassant (dejo aparte a ‘El licenciado vidriera’ de Cervantes), aquí no se nos hace partícipe a los lectores del proceso que lleva a la locura mediante el uso de una primera persona narrativa que nos instala en la mente perturbada del protagonista por ser desde su perspectiva desde la que se narra, sino que se recurre, en un arriesgado «más difícil todavía», al narrador testigo. Sin embargo, no por ello el resultado es menos inquietante, angustioso y perturbador. Al contrario. El autor nos enfrenta ante el misterio de la locura y la angustia que suscita más allá de explicaciones racionales. Nos pone, sin recurrir al artificio ya explotado por otros de contar desde dentro las etapas, frente a frente ante la locura y su misterio descarnados, en crudo, tan difíciles de explicar (aunque la ciencia esté en ello) y de comprender. Como todo lo que rebasa los parámetros de la razón y la lógica, la locura suscita angustia y miedo, y el autor sabe convocarlos. De resultas de esa convivencia tan estrecha y afectiva que el personaje narrador –el cuento también puede leerse como un homenaje a la fidelidad en la amistad– mantiene con su amigo perturbado, la visión delirante de este impregna y se mezcla con su angustia y miedo propios, y tememos que también se apodere de él, y de paso que prenda en nosotros, los lectores. Es un cuento de terror sin paliativos, con fantasmas interiores.
Las referencias geográficas y la ubicación en lugares concretos propias de un cuento realista –tan raras en un conjunto de relatos donde el espacio es inventado o mítico en la mayoría de los casos, siempre difuso e inconcreto–, acentúa por contraste la sensación de extrañamiento que suscita el relato del lector. ‘El síndrome Lugrís’ discurre en una Galicia donde las nieblas parecen haber sido disipadas por la alegría de vivir. Otra excepción en la que el espacio se concreta es el cuento largo Amargo en el que las calles y los bares de una Granada nocturna son el escenario por el que el protagonista arrastra su soledad radical en su bajada al infierno.
La intertextualidad es otro atractivo del conjunto. ‘Carta al hijo’, imaginada respuesta a la famosa ‘Carta al padre’ de Frank Kafka, propone otro final en un juego de espejos para la amarga ‘La metaformosis’. ‘El misántropo’ es una genial y humorística variante del «enterrado vivo» de Edgar Allan Poe. ‘Okitsu’, por delicadeza y su rosa alada recuerda a los maestros japoneses. El argumento de ‘Determinación’ parece condensar el argumento de ‘La bien amada’ de Thomas Hardy. ‘El solipsista’ podría pasar por una página arrancada de “Rayuela” y un homenaje a Julio Cortázar.
El lector que se adentre en las páginas de “Holobionte” podrá encontrar muchas sugestiones y diferir (por supuesto) de mi personal lectura. Como ocurre con la buena literatura, “Holobionte” puede leerse muchas veces –es aconsejable– y no se agota en una sola lectura. El placer está garantizado en cualquier caso>>.
ALGUNAS CITAS
De «Madera de deriva»
El límite indistinguible del silencio y de la luz…
(Pág. 72)
…un estado de exaltación muda, una epifanía, un punto exacto pero localizado, un kairós, un intervalo oportuno y decisivo, un instante bellamente herido, un gozo sensual, una delicadeza difusa, sin materia. Era como si las manchas de luz tintinearan y los sonidos centellearan durante aquel lapso…
(Págs. 78/79)
…nadie recela de que contar historias sea sanador para el alma; de la imaginación como cartografía, como modo primigenio que tiene el hombre de entender el mundo, de sentir la evanescencia de lo real a pesar de sus sólidos contornos; de que la inclinación por las imposibilidades, de que el deleite por lo estrafalario, por lo peregrino, por lo ocioso, por la ensoñación en suma –con su caos liberador, su vuelo liviano y titilante a través del espacio y el tiempo– son una pulsión atávica, un placer innato e irrenunciable…
(Pág. 89)
…cuánta violencia, ambición, vanidad y pleitos, aparatosamente y para nada.
(Pág. 94)
Hacer del mundo un lugar decente para todos, ya que únicamente nos llevaremos lo que hemos dado.
(Pág. 95)
Era otro de nuestros viajes de proximidad (la vida no da para más). Exponernos por un día a un territorio diferente, a otra realidad, agudiza los sentidos. Nosotros –pobres y esporádicos viajeros de paso– no viajamos para huir sino para alcanzar la posibilidad del misterio, para nuestro propio deleite, para compartir un temblorcillo de curiosidad, un acto sensorial, un trayecto iniciático, una búsqueda del tesoro.
(Pág. 98)
…la belleza necesita que alguien la vea.
(Pág. 102)
Se pertenezca o no a un pueblo para el que el sol se pone invariablemente sobre el regazo del mar, quizá los paraísos –si los hay– residan en puntos más próximos e inapreciables, como una simple gota de agua que serpea por el borde de una hoja. Aunque no haya un hombre cerca para apreciarla. Sobre todo si no hay un hombre cerca.
(Pág. 109)
Pero sigamos admitiendo el pasado como un condimento necesario de los placeres de la vida. Esas secuencias tangibles del ayer nos reconcilian con nuestra caducidad, nos consuelan de nuestra incompletitud y nos desagravian de la muerte, con su disolución, su podredumbre y su olvido inadmisibles. (…) esa especie de ámbar no solo alberga brutales delitos, lances heroicos e intempestivos y todo cupo de infortunios y de terribles fúlguras de la historia de la humanidad (…), sino también humildes ocasiones cotidianas; que puede percibirse todavía, mucho después de haber titilado la materia, esa vibración afanosa y delicada como alas de libélula en las habitaciones en las que alguien ha llorado, ha amado o ha muerto.
(pág. 132)
No puedo evitar traer a colación también entre los cronotopos, siquiera someramente, las coyunturas espaciales en que cada uno leyó los libros que timbraron su vida…
(Pág. 135)
… nada que nos concierne se desvanece para siempre sin dejar rastro, y menos aún estos apegos, nuestros dolores, nuestros goces o nuestra necesidad de consuelo. Todo es único, todo sobrevive de una manera u otra a los estragos del tiempo y de la relegación.
(Pág. 137)
…en Ribeyro cada vez encuentro más cosas similares a las que pienso y siento y tan bien dichas, además, que me eximirían de escribirlas…
(Pág.139)
…un escritor no puede en realidad formarse idea de la dimensión de su escritura. Según Salter, resulta improbable ver a esta íntegramente como un edificio o una escultura, ya que es solamente una especie de humo capturado y estampado en una página.
…para muchos será mejor vivir de la literatura que con la literatura.
No basta con que algo pueda ser leído con agrado, sino sentir que la llama creativa ha ardido al rojo vivo. Lo menos a que está obligado un creador es a hacer las cosas de la mejor manera posible, con paciencia y con recogimiento, con minuciosidad y moroso esmero, con palabras hechas a medida, sin atajos y sin expectativas, poniendo toda la carne en el asador, como uno de esos ígneos cuerpos estelares que atraviesan cuidadosa pero decididamente el espacio hasta colisionar con el otro que les estaba destinado (el lector, en este caso)….
(Pág. 177)
…la peor tinta es mejor que la mejor memoria….
(Pág. 182)
Lo mejor que puede hacer el desventurado es aislarse del resto de los hombres. Hay que evitarlos porque son enemigos del que sufre. Quien es desdichado, piensan, es culpable. Lo único que le resta entonces al infeliz es no perder la dignidad. El orgullo es el corolario de la desdicha. Cuando un revés del destino nos arroja fuera de la sociedad, nuestra alma, desprovista de objeto al cual dirigir sus apetitos, se dilata hasta encontrar refugio en el orden armónico de la creación. La desgracia tiene un lado útil: afina el diapasón del alma. Logra entonces estar en paz consigo misma, pues sabe en carne propia que el alma sin herida es un alma muerta
(Pág. 183).
De «Holobionte»
El malentendido es la carta de presentación de los solitarios.
Yo escuchaba a mi padre embelesado, y él se derretía de dicha ante mis ojos abiertos como calderos de bronce por la exposición de sus ocurrencias.
Nuevo como el sol de cada mañana, iba descubriendo el alarde discreto de la naturaleza artificial, su esplendor menos transitorio que el nuestro…
…el melancólico gorjeo de los cuclillos que vuelan entre el reino de los vivos y el de los muertos…
Ya no vigilas nidos, ya no habrá más verdes renuevos ni terroncillos de azúcar que llevarte a los labios, ya tus miembros no van a las mil maravillas, ya no recibirás nunca un mirar amistoso ni volverás a meter el brazo hasta el codo en la aventura. Ya quedaron atrás las espigas en los calcetines. El dibujo infantil de las casitas del pueblo, los manteles limpios, el olor de un libro nuevo, la luz sobre su cuerpo desnudo, la risa del niño-jabato, el rosal que plantasteis, las vacaciones como castañas cocidas en leche fresca, la verbena del mundo con sus brillantes cadenetas de momentos e ilusiones.
Vivos mientras yo paso inmóvil por las pasiones que me destrozan sin rozar siquiera el muro que me separa del universo. Sufro de verdad. No soy sino una mueca de mí mismo. ¡Tan angustioso y tan ridículo! Ha, ha… «El corazón es un cazador solitario». Eso es. Mi liberación interna entraña determinadas modificaciones: debería, en primer lugar, abandonar la conciencia de mí mismo en todo lo que hago; y después, particularmente, dejar de mordisquear mi propio martirio. Quizá escriba un relato, una confesión.
Cuento de horror: Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano.
martes, 1 de febrero de 2022
Entrevista para La Oruga Azul
Comparto esta entrevista para Absolem, revista editada en Guadix por la Asociación Cultural "La Oruga Azul". Con mi gratitud a Carmen Hernández Montalbán, por tirarme de la lengua.
HABLANDO DE LETRAS CON ÁNGEL OLGOSO
Ángel, gracias por atender nuestra entrevista.
• ¿Cómo y cuándo comenzó a escribir?
En la magnífica biblioteca de La Salle de Granada (interno de 1972 a 1975) descubrí la belleza de las palabras gracias al deslumbramiento que supuso La casa encendida y Cántico. Ahí empezó también la comezón de la escritura, apuntando versos en una libretita bajo las sábanas a la luz de la linterna, en el dormitorio comunal. Comencé a destacar en redacciones escolares. Primeros premios (en 1974, el de redacción de la Federación Andaluza de Montañismo). Tras cinco años escribiendo poesía con ribetes surrealistas, en 1978 recibí el formidable, el nutricio impacto de la Antología de la literatura fantástica, de Borges, Bioy y Ocampo, que contenía, a su vez, Sola y su alma, de Thomas Bailey Aldrich. Aquellos aldabonazos a la puerta de la única persona viva en el mundo, resonaron tan sobrecogedoramente en mi interior que abandoné la poesía y escribí mi primer relato, una variación de cinco líneas del célebre texto de dos de Aldrich. Entre 1978 y 1983 compuse −mucho antes de que se conociera y difundiera el microrrelato como tal− dos series de narraciones brevísimas, Trece planos cortos y Cuentos alrededor de una mesita de té en el vientre de una ballena, y un libreto caleidoscópico, La extraña caja de lápices del señor Wots, compuesto por imágenes y textos diversos de difícil clasificación.
Al recordar estos detalles tengo la sensación de estar cerrando un círculo literario, de completar un bucle vital: acabo de reunir todos mis microrrelatos completos en un volumen (La sombra de la sombra) y el primer libro de mi nueva etapa fuera de la ficción (Madera de deriva) es un libro híbrido, con textos de brujuleo libre, como aquel de hace más de cuarenta años.
• ¿Cuáles fueron sus principales lecturas? ¿Recuerda algún libro que le impactara en los primeros años de lector?
Como digo, la conmoción y conversión definitivas, la zambullida completa de cuerpo y mente, fue con la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy y Ocampo. Más una combustión espontánea que una lectura. Aquel viejo volumen -que mucho después tuve la fortuna que me firmara el propio Bioy- me inoculó para siempre el veneno del relato y de la literatura de extrañeza e imaginación. Al mismo tiempo me iban marcando nuevas revelaciones lectoras, algunas de ellas descubiertas en la antología Narraciones de lo real y lo fantástico, publicada en 1977 por Bruguera. Se trataba de autores que -por su producción escasa, originalidad, independencia o muerte temprana- no han tenido en general el reconocimiento que merecían: A. F. Molina, Manuel Pacheco, Raúl Ruiz, Alberto Escudero y, sobre todo, Francisco Ferrer Lerín, cuyas extrañas e hipnóticas prosas fueron imprescindibles para ahormar mis propios relatos y educar mi mirada en la rareza.
Después fui conociendo poco a poco a mi propia familia, con Poe y Kafka a la cabeza, los fantásticos victorianos, los fantásticos latinoamericanos, Maupassant, Schwob, Buzzati, Arreola, Denevi, Aickman, etc. Pasé por épocas consecutivas que tenían la vitola de Cortázar, de Vian, de Kerouac, de Mishima, de Chandler, de Bukowski, de Bradbury. Degusté la “prosa comestible” de Azorín, Aldecoa, Schulz, García Pavón, Rulfo, Pla. Pero si sólo pudiera nombrar dos debilidades, serían Álvaro Cunqueiro (un mágico y delicioso universo) y Chateaubriand (una cumbre estilística de la humanidad).
• ¿Qué es, para usted, un buen relato?
Supongo que el que posee la adecuación del fondo a la forma y de la extensión a la intensidad, el que aúna la precisión y belleza del lenguaje con la singularidad de la historia, el rigor con el misterio. Un buen relato debería ser algo incitante, sin tiempos muertos, genealogías interminables ni quincalla psicológica; a veces ni siquiera es necesaria una trama de aparatosa carcasa, basta con que pervivan el tuétano de los personajes y el aroma concentrado de la atmósfera. Debería ser una especie de destilado, un bebedizo a través del cual brillara una luz especial, cálida o inquietante, un ascua que acompañara al lector mucho después de la lectura. Personalmente me fascina la magia de la síntesis, de la puntería afinada, el expresar lo máximo a través de lo mínimo, pero a la vez me pierde la iluminación y riqueza de los detalles, la vibración colorista y sensual de la prosa. Anderson Imbert tenía una magnífica fórmula: intuición poética (como un éxtasis) más intriga singular (estéticamente valiosa) igual a forma expresiva con desenlace imprevisto.
Imagino que un buen relato ha de tener la capacidad de inaugurar un mundo, de crear emociones, de convocar realidades, de buscar otros ángulos de visión, una imagen más potente que las palabras que lo componen, tratando en definitiva de metamorfosear la oruga fea, caótica y doliente de la realidad en una estilizada mariposa.
• Hábleme de alguno de sus libros, el que para usted sea especial, y cuéntenos ¿Por qué?
Quizá Las frutas de la luna, no sólo porque lo crea el más logrado, no sólo porque contenga mi mejor relato entre los 700 que he escrito (El síndrome de Lugrís), sino porque en él intenté dar forma a ese “dolor cósmico” del Romanticismo, contemplar el planeta -en palabras de Chateaubriand- como un insecto microscópico inadvertido en el pliegue del manto del cielo. Tras acabarlo supe que, mientras lo escribía, se habían rodado Melancolía de Lars von Trier y El árbol de la vida de Terrence Malick, obras que abandonaron también la vista de gusano, a ras de tierra, como si participáramos de una misma perspectiva cósmica, de un momento cuasi apocalíptico de cambio de ciclo, de replanteamiento, de viaje al origen o al destino de nuestra especie.
El título alude a la posibilidad de contemplar los relatos del libro como frutos de formas y sabores extraños, a ese aire entre vívido y ensoñado de sus atmósferas, al deseo de hacer eclosionar la inquietud en la mente del lector. La misma extrañeza que sentiríamos ante la visión imposible de una fruta lunar, con su pátina plateada, sobrenatural, de ensueño, como un ascua fría de otro mundo. Puede sugerir una idea de evasión de la realidad pero no es así: en este caso se trata de un asunto de enfoque; hay en este libro relatos que son una visión de conjunto de la especie (Contraviaje, La torre de Hunan, Materia oscura, Dibujé un pez de polvo, Los túmulos, Aramundos o La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos), otros que aplican a los seres humanos una lente de aumento (El síndrome de Lugrís, Suero, Designaciones o Dybbuk), y otros que podríamos llamar bifocales, donde se alternan las dos perspectivas a la hora de acercarse a las sombras de la condición humana (Perlas de Indra, El confeti de nuestras cenizas, Águila de sangre o Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde).
A diferencia de otros libros míos, como ese macabro descenso a los infiernos que es Los demonios del lugar, de ese caleidoscopio de cien miniaturas de La máquina de languidecer, de los textos poéticos y lúdicos de Astrolabio, los sombríos de Breviario negro o los luminosos de Devoraluces, en Las frutas de la luna hay un aura más fatalista, casi de revelación bíblica, donde el dolor, las derrotas o las atrocidades de la vida nos alcanzan como especie. Pero aún subyace el deseo de lograr que lo inverosímil resulte verosímil, de grabar imágenes vívidas en el lector, de potenciar el misterio de la realidad. Son veinte historias que se bastan a sí mismas y tienen sus propias leyes: un viaje a la tramoya del universo, rituales vikingos, objetos que atraviesan los siglos, cuadros imposibles, un afilador capaz de detener el tiempo, la orilla donde convergen los vivos y los muertos, reliquias sacrílegas, un apagón cósmico, bestiarios fantásticos, un peine japonés, la pesadilla de la repetición del molde humano, monstruos creados por la timidez, dioses en un desván, la brillante red de los actos justos. Como ves, hay distintos registros y atmósferas, temas recurrentes de mis anteriores libros (los bucles temporales, el miedo, el vértigo, el asombro, las cosmogonías, las relecturas de la tradición cultural, los delirios sombríos, contratiempos que alteran la línea temporal o espacial), pero en esta ocasión también están presentes experiencias cotidianas, la ternura, el desencanto, la redención, las segundas oportunidades. Me ha interesado más la sensación de extrañeza provocada por su lectura que la propia naturaleza, extraña o no, de los hechos narrados.
Por otra parte, el lenguaje de los relatos del libro está empapado de poesía, densa y exuberante a veces, trabajada a conciencia siempre, cercana al desconsuelo metafísico, a la intensidad elegíaca, una prosa que -según la idea de Sartre- se sirve de las palabras pero también sirve a las palabras. Son por tanto páginas que hay que leer despacio, saboreando cada vocablo, como movimientos de un péndulo que busca hipnotizar. Especialmente en este libro, quería conseguir una exquisita conciliación de las asperezas de la realidad con la idealidad del arte.
• ¿Qué consejos daría a aquellas personas que se inician en el mundo de la escritura?
No soy nadie para dar consejos, ni me gusta hacerlo: cada uno siente y crea de manera puramente personal. Pero resulta obvio que para escribir es importante armarse con una perseverancia inhumana y con una coraza contra la desilusión. Todo depende del grado de pasión que sientan para lograr someter sus sueños, para enfrentar su mundo propio contra el real. Quizá les diría que no abandonen ese camino misterioso que va hacia el interior del que hablaba Novalis, porque -según él- es en nosotros y no en otra parte, donde se halla la eternidad de los mundos, el pasado y el futuro. Que luchen por cada átomo de imaginación; que, si pueden permitírselo, no piensen en el dinero y el prestigio, sino en poner sobre el papel, de la manera más perfecta y sutil, con elegancia y placer, su visión genuina de la vida. Que no piensen tampoco en el estilo, sino en emociones y percepciones, y en el sabor que éstas pueden transmitir a lo escrito.
De cualquier forma, no deben preocuparse, el triunfo o el fracaso, ser o no publicado y leído, al final nada de eso importa, para la inmensa mayoría de la humanidad los libros no sólo no son el único punto luminoso de la existencia, sino que los ignora por completo. Nuestro planeta mismo, nuestra galaxia, son algo periférico en el espacio, y la vida de la humanidad en la tierra no es más que un parpadeo en el tiempo.
• ¿Qué es el Institutum Pataphysicum Granatensis y qué méritos hay que tener para pertenecer a este colectivo?
Es un organismo dependiente e independiente del Collège de Pataphysique francés, sociedad de investigaciones sabias e inútiles que propaga la Patafísica, ciencia que estudia las excepciones y las soluciones imaginarias creada por Alfred Jarry, que cuenta además con su propio calendario de trece meses, santoral laico, organigrama, innumerables cátedras, departamentos y subcomisiones, cargos y dignidades de críptico nombre y publicaciones internas de alto valor bibliográfico.
Los Sátrapas Trascendentes del I.P.G. (una treintena ya) son cooptados por iniciativa propia si muestran un interés genuino hacia la 'Patafísica, dándose por entendido que se trata siempre de seres creativos, con inquietudes intelectuales y artísticas. No están sometidos a ninguna regla, actúan patafísicamente con su sola presencia o incluso con su ausencia; sin embargo todos son miembros catalizadores, muy activos, también cuando se abstienen de toda actividad. Y es que según el Artículo 11 de los Estatutos del Colegio, la 'Patafísica “no obliga a nada, sino que, por el contrario, desobliga en todos los sentidos de la palabra desobligar y de la palabra sentidos”.
• ¿Qué opina del mundo de los premios literarios?
La misma opinión que pueda tener de la lotería: somos muy libres de jugar a ella, intentando aliviar transitoriamente nuestra miseria o mostrarnos el espejismo de un mayor reconocimiento.
Resulta misterioso que en España cada pedanía, ayuntamiento y organismo público convoque un certamen literario, sobre todo atendiendo a la nefasta o inexistente distribución posterior de la obra. Sospecho que puede tener una remota conexión con la idea del prestigio de la cultura, o con el sentimiento de culpa por parte de los gobernantes, que les obliga a dejar caer a los menesterosos artistas unas migajas sobrantes de sus robos institucionales. El caso es que los premios están ahí, y un caramelo nunca sienta mal, pero al mismo tiempo hay que cuidarse de no quedar atrapado en esa red y acabar diabético, y de no presentarse a premios populares, destinados a gente que mueve los labios cuando lee; es decir, a mucha gente, lo que significa mucho dinero en juego, y esto, a su vez, nos lleva directamente a la muerte de la honestidad.
viernes, 15 de febrero de 2019
Presentación de Las frutas de la luna, por Juan Carlos Friebe
Os dejo con la maravillosa presentación que hizo Juan Carlos Friebe de Las frutas de la luna en la Sala Cultural Nueva Gala. Buen amigo de Ángel y uno de nuestros más excelentes y rigurosos poetas, Juan Carlos Friebe hace hincapié en la apabullante destreza lingüística de Ángel, en la fascinación de sus historias y en el lirismo de sus relatos, capaces de emocionar como si se tratase de poemas.
Las fotos las tomó Ángel Cabrera Fernández.
domingo, 9 de diciembre de 2018
Reseña de Las frutas de la luna por Miguel Arnas
Más que un amigo de Ángel Olgoso, Miguel Arnas es como un hermano mayor y el culpable de haberlo espoleado a fundar el Institutum Pataphysicum Granatensis. Escritores ambos, académicos de Buenas Letras y patafísicos, su amistad va a cumplir veinte años. Os dejo con esta jovial y afectuosa reseña que Miguel escribió para su blog elarboldearnas sobre Las frutas de la luna cuando se publicó aquel libro capital de Ángel.
domingo, 9 de julio de 2017
Reseña de Las frutas de la luna en Culturamas
El escritor y crítico Luis Borrás publicó esta fresca y a la vez rigurosa reseña de Las frutas de la luna en la revista Culturamas, donde aquilata de manera desenfadada la singularidad literaria de Ángel Olgoso. Da gusto encontrarse con reseñas que no se ciñen solamente al contenido del libro, sino que lo cercan con un único motivo recurrente (en este caso la pesca), haciendo un ejercicio de lo más interesante con dicho símil.
lunes, 31 de julio de 2023
Reseña de "Un unicornio fuera de su tapiz", por Marina Tapia
Medida, elegante, magnífica reseña la que Marina ha escrito sobre Un unicornio fuera de su tapiz (Entorno Gráfico), recién publicada en Todoliteratura.es. Mil gracias.
UN UNICORNIO FUERA DE SU TAPIZ, DE ÁNGEL OLGOSO
(Marina Tapia)
Qué poco se puede glosar cuando se ha leído la elaborada y deslumbrante prosa de Ángel Olgoso que, justamente, reúne artículos y textos críticos escritos de manera brillante acerca de otros creadores. Qué ínfimo el aporte que puedo donar al comentar otro nuevo libro de este exquisito narrador. Es como cantarle a María Callas con la voz de una. Pero, aun así, desenvaino mi osadía y me lanzo a esbozar unas conmovidas palabras con el deseo de acercar su trabajo literario a los lectores.
Si abordamos cada acto diario como una posibilidad para ser creativos y para desarrollar nuestras habilidades, gozaremos de una doble riqueza. Si esta máxima la aplicamos no sólo a la hora de escribir poesía, relato o textos personales, sino que la desplegamos en textos más formales o teóricos, estaremos aprovechando la oportunidad de transformar en arte lo sencillo o utilitario. Todo lo que hacemos puede tener nuestra impronta, el sello de nuestros principios, todo puede valernos para rendir tributo a nuestra lengua, para afirmar nuestros compromisos, para ser originales. Este enfoque es el que desarrolla Ángel Olgoso. No existe en él un cambio de actitud al escribir, sea cual fuere el texto realizado, no hay una diferenciación. En cada escrito que alumbra su pluma está el mismo compromiso sagrado con la palabra, la misma entrega y su visión creativa.
En este libro tan exquisitamente editado por Entorno Gráfico este 2023, celebraremos sus bellísimos textos de la más variada índole: prólogos, artículos, entrevistas, presentaciones, reseñas, conferencias, cartas, prefacios para exposiciones, poemas, y otras muestras literarias de la voz única de Olgoso, desde el acento de un verdadero creador −disidente y a contracorriente− con el que Granada cuenta por fortuna.
Y también, a través de las 200 páginas de “Un unicornio fuera de su tapiz”, conoceremos más profundamente al humanista resguardado tras el escritor, sus predilecciones, sus gustos y afinidades, sus fidelidades, su trayectoria, sus deseos y proyecciones. Pero, sobre todo, tendremos en nuestras manos un original compendio de la vida cultural granadina, la efervescencia de una ciudad donde lo creativo cobra un peso único. Ángel no sólo introduce libros narrativos, campo ampliamente desarrollado por él, sino que su mirada y su generosidad se vuelcan con los más singulares proyectos (como una presentación de “relatos carcelarios”, un “patchwork” de palabras de consuelo para un amigo, una reivindicación de la retórica o la noticia de un ejemplar de haikus culinarios).
En todos los comentarios del autor encontraremos su marca indeleble, esa precisión en la artesanía verbal, elegida por él para manifestarse contra un mundo complaciente y amante del realismo burdo y plano. Por eso, agradecemos su rebeldía mediante el preciosismo estilístico, en una época donde la libertad al escoger vocablos inusuales o en desuso es casi un sacrilegio que recluye y aparta. No nos engañemos, la península ibérica sigue prefiriendo el realismo y las experiencias en crudo.
Leamos este libro para ser partícipes de un espíritu fiel a sí mismo, leamos este volumen atentos a su vocación comprometida con el lenguaje: nos exorcizará de la monotonía de la realidad; dará alas a las posibilidades del detalle, con su puntillismo narrativo nos sentiremos inflamados y agradeceremos el vuelo poético de su obra.
La defensa del relato, del fantástico, de la imaginación, de la Patafísica, del arte oriental, de la cultura, de la amistad, son algunos de los pilares que Olgoso levanta en esta segunda miscelánea suya (tras “Tenue armamento”, publicado por Alhulia en su colección Mirto Acadamia). Múltiples argumentos en favor de la excelencia compositiva, textos que nos valdrán para afirmar nuestro ideario, nuestro gusto por la lectura.
Pero no solo veremos el “yo” del autor, también su red de afectos, su calidez para con otros escritores a los que siempre ha brindado un apoyo desinteresado. Lo social también está muy presente en el volumen. Nos emocionará, por ejemplo, su artículo acerca de “Perlas de Indra” que denuncia las violaciones en la India, así como la conmovedora evocación de Cúllar Vega, pueblo natal de Ángel.
“A lo fácil por lo difícil”, a modo de consigna patafísica, quedará resonando en la mente. Y, a pesar de la dimensión estética de sus letras, no nos toparemos con un libro denso: hay una pujanza de claridad, de comunicar con exactitud, de compartir con otros sus hallazgos. Nos saldrá al encuentro un despliegue de ideas frescas y tintineantes que nos transmitirán vitalidad y hondura. Quizá todos estos textos sean verdaderos ejercicios teóricos de la belleza.
Tal como nos recomienda el autor, “necesitamos la literatura y el arte para no asumir el mundo con la mirada de los demás”. Ese anhelo de dar una impronta única y reinventada a la realidad se lleva a cabo felizmente en este libro de Ángel Olgoso: ironía, finura, reflexión, humor, elegancia, emoción destilada y serena. Regalos inspiradores. No os perdáis la oportunidad de entrar en este vasto y maravilloso universo.
jueves, 23 de julio de 2026
Reseña de "Holobionte" por Carlos Manzano en Entretanto Magazine
La magnífica reseña de "Holobionte" por el escritor Carlos Manzano en Entretantomagazine:
<<Podría pensarse que los que hemos leído exhaustivamente a Ángel Olgoso, los que nos hemos empapado hasta la médula de la exquisitez de sus prosa, de la delicadeza de su estilo, tan lleno de aliento poético y tan proclive a la fabulación, difícilmente podremos sentirnos conmovidos de nuevo por sus monumentales construcciones semánticas, por sus imponentes juegos verbales, por sus impresionantes alegorías imaginativas, asentadas no obstante en unos trazos mínimos, unas breves pero enjundiosas frases que, en ocasiones, ni siquiera llegan a superar la longitud de una página. Sin embargo, igual que un viajero vocacional jamás se cansaría de admirar una y mil veces la majestuosidad del Taj Mahal o las refinadas geometrías de los techos de la Alhambra, los buenos lectores nunca nos hartaremos de degustar la prosa exquisita y depurada de Olgoso, su sentido preciso del ritmo ni su absoluto y apabullante dominio del idioma. El autor granadino escribe como si trazara exquisitas filigranas en los frisos de una imponente ‘haveli’ o afinara los sutiles y cimbreantes esmaltes que decoran el exterior de una porcelana Ming: sus textos pueden leerse una y otra vez sin que el ingenio que los ha hecho nacer ni su capacidad de causar asombro sufran merma alguna.
En «Holobionte», el cuarto volumen del total de sus relatos que la editorial Eolas se ha propuesto publicar a lo largo de seis entregas, tenemos una prueba más (como si hicieran falta más pruebas) de lo dicho. En «Holobionte» están sus textos más específicamente alusivos a lo que podríamos denominar la dimensión humana; los diferentes seres y la intrincada red de relaciones que se crean en el curso de la interacción social protagonizan el grueso de los relatos que tienen cabida en este volumen. Predomina, como primera característica, una mirada algo oscura, o tal vez escéptica, o puede que desencantada, sobre las circunstancias que definen la esencia de lo que somos. Más allá del excelente relato que da fin al libro, “Cuento de horror”, con el que por otra parte me identifico plenamente, hay otros más donde esa mirada se expresa con absoluta contundencia, como puedan ser “La travesía” o “El solipsista”. También nos encontramos con textos donde la exquisitez estilística de Olgoso se despliega con toda maestría, como sucede con “Nubes”, una exquisitez a la altura de los más grandes autores clásicos, o “Perlas de Indra”, que no por cruel y despiadado deja de ser eminentemente bello. Hay también otros donde se percibe el acerado sentido crítico del escritor granadino, como “El lobo viejo de las desgracias”, “Los ujiji” o “La corporación”. Igualmente, tenemos relatos donde la mirada actual se entronca con la del pasado como si se tratara de un juego de espejos deformantes, como “La larga digestión del Dragón de Komodo”. Y también hay textos en los que prevalece cierta fijación obsesiva en la conducta de sus protagonistas, como “Flores atroces” o “El descanso de Sísifo”. A lo largo del libro predominan los relatos breves, como mucho de tres o cuatro páginas, a menudo de un solo párrafo, con excepción de dos textos realmente magistrales como son “El síndrome de Lugrís”, quizá el más prosaico de todos, pero no por ello menos excepcional (de hecho es uno de mis favoritos), y “Amargo”, que al mismo tiempo destila una distinguida misantropía. También, por supuesto, los hay donde el sentido del humor de Ángel Olgoso hace acto de presencia, como “Hispania II” o “Darwinismo”, aunque la ironía y la sátira están presentes en mayor o menor medida en casi todos ellos.
Habría muchos más relatos a destacar, obviamente (no creo que haya ni uno que no merezca el halago y el reconocimiento), en un libro que acoge hasta sesenta y cuatro cuentos, pero no es este el lugar apropiado para ello, por espacio y por intención de quien esto escribe. Solo cabría insistir en que Ángel Olgoso es uno de los más grandes escritores nacionales de la actualidad, que su extraordinario talento para construir universos ficcionales en unos pocos párrafos y edificar enjundiosas fabulaciones con el simple uso del lenguaje encuentra pocas correspondencias hoy en día (al menos que yo conozca), y que cada texto suyo, cada relato, contiene dentro de sí varias lecturas que jamás agotan su significado por muchas veces que se acuda a él. «Holobionte» es la más reciente prueba de ello>>.
miércoles, 3 de junio de 2026
Reseña de "Holobionte" por Marina Tapia
Un honor que sea Marina Tapia la que abra fuego sobre “Holobionte” (Eolas Ediciones) con esta magnífica, completísima reseña publicada en la revista CaoCultura:
<<”HOLOBIONTE”: UN INTENSO VIAJE A LA ESENCIA HUMANA.
El prójimo puede ser encantador, pero también puede mostrarnos su cara más oscura. En un mundo donde todos colindamos, en este hormiguero, en este avispero, en este mar de cuerpos que chocan, es difícil no crear ciertas distancias, reparos, fobias, rechazos o antipatías hacia los otros. Pero la soledad absoluta tampoco es el antídoto. Necesitamos hermanos −para bien o para mal−, necesitamos ser piña, manada, rueda engrasada que hace girar el mundo. Necesitamos contacto físico, ser emisores y receptores: es parte de la herencia que nos han dejado generaciones anteriores. Nuestra fuerza como especie está en la comunidad. Sí, todos estos argumentos los sabemos y están sembrados profundamente en la tierra de nuestra educación, en los acuerdos tácitos y por escrito, y en diversos papelorios. Pero, el prójimo es una cruz, cargamos a los demás (que pesan como un muerto) sobre nuestra espalda a duras penas. Oídos, vista, olfato se resienten y erizan frente a la modulación de nuestros iguales. La resistencia interna, el mundo espiritual y el soliloquio no siempre forma una coraza. Somos débiles. Nos volvemos dependientes de familiares y compañeros, y queremos decir: "La libertad, Sancho…" pero caemos en los lazos y en las uniones, en el eslogan de las manos unidas y de las cadenas humanas ‘que todo pueden lograr’.
"Holobionte", de Ángel Olgoso (el cuarto volumen de ese anaquel de tesoros que son sus cuentos completos y que tenemos la fortuna de que esté publicando la editorial Eolas), muestra todo esto a la perfección, y refleja con excelencia la tirantez de esas órbitas en las que vive el hombre desde que nace. Este libro pone palabras a tantas emociones complejas y sutiles relacionadas con el edificio social. Nos sentiremos reflejados en él, nos reiremos de nosotros mismos gracias al delicioso e inteligente sarcasmo que el autor acuña. Encontraremos un relato y una expresión precisa para cada comportamiento humano. Es difícil no caer rendida ante todas las historias aquí planteadas, cuentos que son un muestrario amplísimo de situaciones, fieles retratos del Homo Sapiens. Un libro redondo como los anteriores volúmenes temáticos, "Bestiario", "Sideral" y "Estigia", más lúcido y necesario que nunca en estos días en los que amamos y aborrecemos a la humanidad casi por igual (inclinando la balanza, en numerosos momentos, hacia lo segundo).
"Holobionte" es un intenso viaje a la esencia humana. El libro se abre magistralmente con "Hispania I", relato que, con una ironía y maestría únicas, nos habla de las fricciones entre dos caracteres opuestos: el ser indolente que se deja llevar por sus impulsos primitivos y desenfrenados, frente al ser comedido y educado que intenta encajar recatadamente en la sociedad. Esa lucha de dos posturas, de dos fuerzas opuestas tan habituales, vale como acertada obertura de lo que encontraremos después. El narrador sigue avanzando por esta colección de piezas perfectas con relatos cortos unidos bajo la idea de la familia y de las distintas edades y etapas de la vida. Familia: ese primer espacio emocional donde experimentamos la colisión con los demás. Nos deleitarán "Perspectiva" (retratando la figura del padre), "La mujer transparente" (pintando los desvelos de una esposa), o "Reconciliación" (mostrando vivamente la soledad de una anciana). Ángel Olgoso es un maestro capaz de −en poquísimas líneas− mostrar arquetipos y patrones habituales. Pero también hay espacio en este libro para fundir lo humano con el mundo natural, como es el caso del bellísimo texto "Las nubes", con ese final tan potente: "disipándose en perezosos despojos de muselina, olvidadas, como nosotros". Entre sus páginas el autor da voz también a los afligidos, a los castigados por el egoísmo y la crueldad extrema de los otros, como en "La travesía", "El descanso de Sísifo", "El misántropo", "Caballeros de los puentes" o, sobre todo, "Perlas de Indra" que, doloroso y hermoso a la vez, da muestra de un terrible desgarro moral y luego, en otro plano dimensional, de una benéfica justicia poética. Y hay espacio para el sentimiento amoroso, por ejemplo en "Venablos", "Émula de la llama" (ópera pasional con distintas arias de erotismo explícito ordenadas alfabéticamente), "La fortaleza" o "El solipsista". Potentes narraciones, lejos del cliché del romanticismo fácil y almibarado. Quedan reflejados los habituales conflictos vecinales (que todos hemos sufrido por desgracia) de una forma dinámica, humorística o descarnada en relatos como "El tendedero", "El prójimo", "El misántropo" y "Huéspedes". Ángel se extiende a los de orden colectivo o mundial como en "Vidas privadas", "Anfiteatro", "El tabernáculo", "Hispania II", "La corporación" o "El mensaje". Interesantísimos textos epistolares "Las espuelas y la carne" y "Carta al hijo", texto que da voz al padre de Kafka, una genial vuelta de tuerca a la célebre misiva kafkiana y a la metamorfosis. En ella se muestra el el reverso paterno, ese sinsabor del progenitor al no ser comprendido por su hijo. También hallaremos la extrañeza ante un otro distinto, desconocido y amenazante ("Flores atroces") o el ser humano repetido como un patrón monótono hasta la saciedad ("El síndrome de Lugrís"). Y esa visión poética −unida a la extrañeza− tan frecuente en la obra de Olgoso, nos llevará a una especie de éxtasis sensorial, a un rapto, como cuando nos dice: "El tuétano de cada uno de mis huesos comenzaba a licuarse. La pura evidencia y el estupor me mantienen paralizado desde entonces. Solo sé que tengo ojos y veo. Y ayer me vi a mí mismo alejándome calle abajo". Maravilloso el texto "Okitsu", encarnando al hijo que ve a su padre en toda su dimensión, con una valoración tan desusada: "No soy más que mi propia, nimia y atolondrada creación floral. No soy más que la flor que brotó, para apartarse, del tronco seco de mi padre. No soy más que la imperfección voluntaria que requiere un jardín, la impureza exquisita de un paisaje, la limitación, lo inacabado".
Mención especial merece el relato más largo del volumen: "El síndrome de Lugrís", una portentosa y emocionante historia, la obra más extensa escrita por el autor entre sus setecientas piezas, y su preferida a juzgar por las declaraciones de Ángel. Canto a la amistad ungida del brillo esmerilado de palabras gallegas. Esa contraposición de la indefensión del personaje principal y de la sobreprotección de su amigo hiere como una estocada. La relación entre Manuel y Ramón nos dejará huella. El ‘demonio de la simetría’, de la repetición del molde humano, es el que desencadena el delirio. Y cómo no deleitarnos con la constelación de detalles, con la riqueza estilística de las enumeraciones y con las vivísimas caminatas a través de la geografía gallega. "No era miedo, insistía; como si se le hubiera activado una facultad desconocida, le dolía de golpe, y hasta la náusea, la concordancia general de los rostros de todos los hombres y mujeres más allá de épocas o razas, la sofocante proliferación de ese molde". "Siempre había tenido la certeza de que la vida estaba llena de imposturas, de miserias que ‘afogan e non matan’, de pequeñas vejaciones infligidas por el prójimo que se sucedían en vaivenes sin interrupción, en cúmulos de mayor o menor magnitud", "mientras siniestramente, por las galerías del edificio, por los caminos y ciudades del mundo, pululan y se propagan sombras provistas de cabezas, de cabezas todas iguales, de piernas y brazos iguales, sombras simétricas con las mismas extremidades duplicadas, el mismo paso alterno de las piernas y el mismo balanceo alterno de los brazos, huestes espectrales, dispersos ejércitos de insectos zancudos transportados de aquí para allá con feroz y marcial ansiedad". Es de celebrar que Olgoso haya inventado un síndrome nuevo, sustentado clínicamente de forma verosímil y que sienta un precedente acerca de este sofocador descenso a la locura (¿o a la lucidez?), de esta multiplicación clónica a la que cada vez estamos más abocados, de este futuro cada vez más estándar en todos los rincones del planeta.
El libro termina con un microrrelato brillante, "Cuento de horror", que en sólo dos líneas perfila y sintetiza el conjunto: "Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano". Y tal como destaca Raúl Brasca a esta visión crítica de la sociedad humana en su preciso prólogo: "Si algo caracteriza a ‘Holobionte’ es su exuberancia, en el mejor sentido. A todos los aspectos −temáticos, procedimentales, estéticos− puede aplicarse el término. Aplicado al lenguaje, hay que decir que tiene protagonismo, pero su frondosidad no es ornamental. Se trata de un lenguaje barroco y potente, capaz de alcanzar niveles expresivos muy altos, gracias a su precisión y belleza. Quiero decir que sirve bellamente a la historia que cuenta y, que aun siendo protagonista, nunca se pone por delante de ella". Sí, es el lenguaje en estado puro el culpable de esa fidelidad y de esa adicción nacida en los lectores que rápidamente nos volvemos ‘olgosianos’, el lenguaje con sus atmósferas y sus arpegios reconocibles en cuanto llegan a nuestros oídos, como ocurre con artistas como Miró o Remedios Varo.
Tras la relectura de este fabuloso libro, siento que se prende en mí la belleza, la indagación honesta, la búsqueda de la pulcritud y la justedad de las palabras, siento que puedo ver la humanidad transparentada. Todo lo que no encuentro en otros autores lo hallo en Olgoso: esa independencia, esa integridad, esa falta de complacencia, ese compromiso insobornable con el lenguaje. Ya se ha dicho tanto acerca de su escritura, que mis sencillas palabras son sólo un apunte entusiasta pero sincero. Seguro se perderán. Pero esta reseña ha nacido de la admiración y la gratitud hacia otro libro magnífico de Ángel.>>
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